—Está bien; ahora toma este otro rollo y extiende este pedazo de pasta hasta que lo conviertas en una lámina redonda.
El nuevo panadero se puso a la obra con ardor, con demasiado ardor, pues la pasta se agujereó varias veces de puro fina. Las criadas le contemplaban admiradas y sonrientes, mientras Marta permanecía grave y atenta a su tarea. En la cocina se respiraba una atmósfera sofocante, calentada por las chapas de hierro incandescente del fogón e impregnada de olores espesos de manjares a medio guisar, que empachan y repugnan al estómago cuando está ahíto y lo irritan y soliviantan cuando ayuno.
Ricardo no podía estarse callado un instante. Mientras hacía resbalar el rollo sobre la pasta con más precaución que si se tratase de confeccionar un filtro mágico, no cesaba de hacer preguntas y dirigir observaciones de todo género a Marta acerca de la empanada que tenía entre manos. «¿Cuántos huevos había echado en la harina? ¿Qué cantidad de manteca? ¿Con quién había aprendido a hacer empanadas? ¿Cuánto tiempo necesitaba estar en el horno?, etc., etc.» Marta respondía lacónicamente y sin levantar la vista a todas las preguntas, dejando asomar a sus labios una vaga sonrisa de superioridad condescendiente.
—Oye, Marta, ¿qué diría Manolito López si nos viera en este momento?
—¿Qué había de decir? Lo que se le antojara—contestó la niña ruborizándose levemente.
—¿No tendría celos al vernos tan cerca uno de otro?
—¿Pues?
—¡Qué sé yo!... Como está tan enamorado, según dicen...
—¡Qué ganas tienes de embromarme!
—Chica, es lo que se corre por ahí; yo no pongo nada de mi cosecha.
—Bien, pues dale expresiones, como tú dices.
—Se las daré en cuanto le vea.
—¡Vamos, no seas tonto!
Marta profirió esta exclamación demostrando en el acento cierto sobresalto. Se conocía que le molestaba un poco la broma. El fundamento que Ricardo tenía para dársela era deleznable, como sucede casi siempre en la adolescencia; pero verdadero hasta cierto punto. Los zagalillos de catorce o quince años, llamados por el vulgo pipiolos, corren en pos de las zagalas de la misma edad y establecen con ellas, tácitamente la mayor parte de las veces, ciertas relaciones que remedan los amores de los jóvenes. Se dice, por ejemplo, entre ellos, que Fulanito es novio de Fulanita, sin saber por qué, y Fulanito, por ese mero hecho, sin que le importe gran cosa de Fulanita, va a esperarla con otros amigos a la salida del colegio, y la sigue hasta su casa, molestando mucho a la doncella que la conduce; en las giraldillas que se forman en las romerías la saca a bailar con más frecuencia que a las otras; cuando es un poco atrevido le suele ofrecer dulces en cucurucho de papel dorado, y pasa por delante de su casa varias veces el día que se pone traje o sombrero nuevo; procura, cuando la sigue, hablar alto y con desenfado, para que ella le oiga y se regale con su buen decir, y se traba a mojicones por la cosa más insignificante, para lucir en presencia suya el arrojo y coraje que no tiene en ausencia; gasta los cuartos que posee en pomadas o aceites de olor, y se presenta en la misa a que ella asiste con la cabeza lamida y reluciente como un gato cuando sale del agua. La tarde en que se enfada porque ella no le hace caso, la sigue de cerca en el paseo, entre varios amigos, soltando palabras groseras y carcajadas estúpidas, y llegando a veces a tirarle por las trenzas del pelo, hasta que con esta y otras sandeces consigue hacerla llorar.
La conducta de Fulanita suele ser análoga. No le importa tampoco un ardite de Fulanito; pero como dicen que es su novio, hace lo posible por que lo parezca; y así, vuelve la cabeza a menudo para mirarle cuando sale del colegio; en la giraldilla le saca a bailar más veces que a los otros; sale al balcón cuando él pasa y se ruboriza cuando la bromean. Pero estos seudoamores casi nunca prevalecen ni se convierten en verdaderos. Tácitamente principian, tácitamente viven y tácitamente concluyen cuando la niña se pone de largo. La razón de tal frialdad es muy obvia. Fulanito no se encuentra todavía en la edad de las pasiones, sino en la de la gimnasia, los suspensos y los cigarros de salvia. Fulanita está siempre a mucha mayor altura por lo que respecta a la vida del corazón, y en su interior desprecia profundamente a Fulanito, que no sabe divagar un poco sobre la simpatía y el amor, ni es capaz de besar un abanico que cae de la mano, ni tiene pizca de bigote. Por eso, generalmente, cuando a Fulanita le agregan una cuarta más de tela al vestido, no vuelve a mirar ni por casualidad a Fulanito, el cual lo encuentra naturalísimo y no se desmejora por ello ni se suicida.
Tales eran las relaciones, con muy leves variantes, que sostenía nuestra Marta con Manolito López. A las causas generales que marchitan y secan en flor semejantes inclinaciones, debe agregarse en este caso la poca conformidad de los caracteres. Manolito, si bien de rostro expresivo y hasta hermoso, era travieso, ruidoso, pendenciero e insolente. Una buena cualidad se reconocía en él: la de no ser rencoroso. Marta era apacible, callada, firme, circunspecta y reservada. El defecto que en su casa le señalaban era el de ser un poco terca. No era posible, pues, una antítesis más perfecta. Si así no fuese, Marta hubiera llegado a querer a Manolito, porque su temperamento repugnaba la mudanza lo mismo en los muebles del cuarto que en los sentimientos de su corazón.
Cuando terminaron de modelar varias capas delgadas de pasta, Marta las fue colocando unas encima de otras en una tartera de cobre, formando el lecho de la empanada. Después una de las criadas le trajo el jamón, convenientemente aderezado y cortado en rajas. El pringue sazonado de especias exhalaba un olor irritante y apetitoso que hacía la boca agua. Una vez puestas las rajas sobre el lecho del modo más adecuado, la niña se puso a extender nuevas capas de pasta sobre el jamón. Ricardo ya no la ayudaba; al parecer, se había cansado. Mas cuando se trató de ejecutar los adornos de la tapa, acudió de nuevo a prestarle auxilio, complaciéndose largamente en ejecutar con la masa mil suerte de mosaicos, arabescos y primores de toda clase, que no había más que ver. Marta puso término a tan prolijas labores quitándole la pasta de la mano, porque no acababa nunca. Hecha la empanada, fue la misma niña a meterla en el horno, y siguiendo una piadosa costumbre tradicional de aquella tierra, se santiguó y rezó un padrenuestro, para obtener resultado feliz.
—¿Sabes una cosa, Martita?
—¿Qué te pasa?
—Que con estos olores de cocina y el trajín de la dichosa empanada, se me ha despertado un apetito más que regular.
—Pues mira, eso comiendo se quita. Ven conmigo.
Y le condujo al comedor, que estaba cerca, y le hizo sentarse a la mesa. Después sacó de un armario cubierto, servilleta, pan, vino, un plato de pavo en galantina y un tarro de dulce, y se lo fue colocando delante, uno en pos de otro, con el sosiego y compás que caracterizaban todos sus movimientos.
—Coma usted, señor marqués; coma usted.
Llamar a Ricardo señor marqués era una de las bromas más picantes que Marta se autorizaba respecto a su futuro hermano. No estaba en la índole de su genio dirigir cuchufletas y epigramas. Los que salían de su boca alguna vez eran para disimular una caricia que su carácter reservado le impedía hacer abiertamente a nadie, ni aun a su misma hermana.
Ricardo se puso a despachar un pedazo de pavo al estómago con toda solemnidad, empujándolo de vez en cuando con tragos de Valdepeñas, mientras la niña, en pie, lo contemplaba risueña y satisfecha, gozando con el voraz apetito de su amigo, y cuidando de escanciarle vino y arrimarle los platos siempre que hacía falta.
—Eres una gran mujer, Martita—decía Ricardo con la boca llena—. Se te puede comprar al peso, y eso que no debes pesar poco, a juzgar por las señales de que no quiero hacer mención porque no me llames pesado... En cuanto vea a Manolito López le diré que no piense en otra mujer si quiere ponerse gordo y rollizo (que buena falta le hace)... Si a mí me cuidas de ese modo, ¡cómo le cuidarás a él!... Basta, basta, Martita, no me pongas tanto dulce... Tú quieres, por lo visto, que pille una indigestión aquí en secreto... Está bien ese pavo: merece los honores que le he hecho... Échame un poquito de vino...
Marta escanciaba y seguía contemplándole con sus grandes ojos serenos, por donde resbalaba una leve sonrisa de complacencia sensual. Parecía que era ella la que se estaba atracando.
—Mira, chica, haz el favor de comer tú también, porque me da pena verte. Parece que te han castigado...
La niña no tenía apetito y se negó a tomar el plato que le presentó. Sin embargo, cortó un pedacito de pan y empezó a roerlo gravemente con sus dientes blancos y menudos.
—Te profetizo que no tardarás en despachar ese plato de dulce, Martita... La cuestión es empezar... Ya verás, ya verás... Lo peor es que ya son las doce, y que a la hora de comer me voy a hallar sin apetito... Martita, no seas tonta y cómete ese dulce que te está apeteciendo...
Cuando Ricardo daba ya fin a su tarea de engullir y charlar, entró en el comedor Genoveva, diciéndoles:
—A la señorita María le duele un poco la cabeza y está descansando sobre la cama.
—Voy allá—exclamó Marta, ausentándose velozmente.
—De su parte traigo para usted este recado, señorito—añadió la doncella, presentándole una carta.
Pero al ver que el joven trataba de romper el sobre, le dijo:
—La señorita le encarga que no la lea hasta que se vaya de casa.
—Bueno, bueno—articuló Ricardo un poco alterado.
Y tomando el sombrero y sin despedirse de nadie, se fue a escape a su casa devorado por la impaciencia, y rompiendo el sobre con mano temblorosa, leyó la carta que sigue:
«Mi queridísimo Ricardo: Hace ya tiempo que deseo comunicarte un pensamiento que me preocupa, sin atreverme a ello. Conozco bien tu genio; eres impetuoso en extremo, y tal vez antes de reflexionar sobre mis palabras y equivocándote acerca de su sentido, te inflamarías como una pólvora, lo echarías todo a rodar y me asustarías horriblemente como en la noche que celebramos el santo de mamá. Por eso, después de vacilar mucho, me resuelvo a decírtelo por escrito y no de palabra.
»El pensamiento que me agita estos días es el de suplicarte que aplacemos todavía algún tiempo nuestro matrimonio. No te enfades, Ricardo mío, y sigue leyendo con calma. Estoy segura de que lo primero que se te ocurre pensar es que no te quiero. ¡Cómo te equivocarás si lo piensas! Si pudieses leer en mi alma, verías que tu amor tiene avasallada mi conciencia, lo cual deploro amargamente. Pero no se trata ahora de esto.
»¿Estás seguro, Ricardo, de que tú y yo nos hallamos convenientemente preparados para tomar un estado que arrastra consigo tantos y tan graves cargos? ¿Has meditado bien lo que significa el sacramento del matrimonio? ¿No habrá en nuestros corazones más bien una inclinación irreflexiva mezclada tal vez de impulsos carnales que el propósito firme de emprender una vida austera y piadosa como conviene a una familia cristiana, educando a nuestros hijos en el temor de Dios y en la práctica de las virtudes? Si reflexionas un poco en lo frívolos que hasta ahora han sido nuestros amores y en los pecados que constantemente cometemos, no podrás menos de convenir conmigo en que dos muchachos tan desprovistos de gravedad y sólida virtud no están facultados por Dios para educar y dirigir una familia. Sentiría un gran remordimiento de conciencia casándome hoy (y tú debes de sentirlo también) y creería que Dios no podría bendecir ni hacer dichosa nuestra unión. Para que la bendiga es necesario que nos hagamos dignos de celebrarla, dejando para siempre el modo frívolo y mundano que tenemos de querernos por otro más elevado y espiritual, cesando por completo en ciertas expansiones terrenales a que nuestro gran amor nos impulsa, y preparándonos durante algunos meses, por lo menos, con una vida virtuosa y devota, haciendo algunos sacrificios y obras de caridad, y pidiendo a Dios constantemente que ilumine nuestro espíritu y nos dé fuerzas para cumplir los deberes que el nuevo estado nos impone.
»Hay un ejemplo en la historia que nos debe alentar mucho para llevar a cabo lo que te propongo. La Amada Santa Isabel de Hungría estuvo desposada desde su tierna edad con el duque Luis de Turingia, pero sin que las bodas se celebrasen hasta que ambos llegaron a la edad oportuna. Celebrados los desposorios, Isabel y Luis no volvieron a separarse, habitando el mismo palacio como si fuesen hermanos, hasta que por la voluntad de Dios fueron marido y mujer. Los piadosos sentimientos de los dos novios, junto con la austera educación que les dieron, hizo que su cariño fuese siempre puro y limpio, fundando la inalterable unión de sus corazones, no sobre los efímeros sentimientos de un atractivo puramente humano, sino sobre una fe común y la severa observancia de todas las virtudes que esta fe enseña. Hasta que el matrimonio los unió con vínculo indisoluble, siempre se llamaron hermanos, y aun después de casados continuaron dándose a menudo este dulce nombre.
»Te confieso, Ricardo, que el espectáculo de estos nobles y santos jóvenes me seduce hasta un grado indecible. El amor santificado de tal suerte es mil veces más hermoso y proporciona al corazón goces más puros y elevados. ¿Por qué no habíamos de seguir hasta donde nos fuese posible las huellas de estos esposos, dechado de abnegación y de ternura tanto como de pureza y fidelidad? ¿Por qué no habías de imitar tú, amado Ricardo, la virtud severa del joven duque de Turingia, la nobleza y dignidad de todos sus actos, la inocencia y la modestia de su alma, jamás desmentida, y que en nada se oponían al valor y fortaleza de que siempre dio relevantes pruebas? Por mi parte te prometo imitar en la medida de mis débiles fuerzas la ternura, la obediencia y fidelidad de su santa esposa Isabel, viviendo sujeta a la ley de Dios dentro del cariño que te profeso.
»Esto es lo que te propongo y deseo que hagamos. No te enfades, por Dios, querido Ricardo. Reflexiona sobre lo que te acabo de decir y verás como tengo razón. No dudes de que te quiere mucho, mucho, la que es por ahora tu hermana,
V
CAMINO DE PERFECCIÓN
La carta que acabamos de leer señala una etapa importantísima en la vida de nuestros amantes. Ricardo principió por enfurecerse y escribir una larga contestación a su novia, dando por terminadas sus relaciones, que no llegó a enviar a su destino. Después celebró con ella una conferencia, donde se desató en denuestos. Todo cuanto venía escrito en su epístola no era más que un tejido de necedades y simplezas, fabricado adrede para disimular su perfidia. Bien podía despedirle de otro modo menos grotesco, pues ya que no tuviese derecho a su amor, al menos podía y debía exigir la franqueza y lealtad que él había usado siempre; desde mucho tiempo atrás venía notando su frialdad y desvío, pero jamás pudo creer se sirviese para desatar el lazo que los unía de pretexto tan ridículo, etc., etc. María recibió con humildad tal granizada de insolencias, afirmando con palabras tiernas y persuasivas, siempre que le dejaba un instante para hablar, que le seguía amando con toda su alma; que podía poner a prueba su amor siempre que quisiera, pues resuelta estaba a hacer por él cuantos sacrificios exigiese menos el de su conciencia; que le atravesaban el pecho las sospechas de traición y de engaño, pero que se las perdonaba, teniendo presente el estado de exaltación en que se hallaba; que sentía igualmente en el alma que calificase de grotescos y ridículos los móviles de su resolución, cuando ella los tenía por tan respetables, y, en fin, que le rogaba se calmase.
Ya que hubo desahogado su bilis el joven marqués, sin resultado, comenzaron a desmayar sus ánimos y entró por el camino de las buenas razones, pasando en seguida al de los ruegos, aunque sin lograr mejor éxito. Empleó todos los recursos del ingenio y el lenguaje tierno y expresivo que le dictaba su honrado corazón a fin de convencerla de que ni ella ni él se hallaban, por fortuna, en el caso de ponerse a llorar sus pecados como dos criminales, pues si no eran más buenos, por lo menos lo eran tanto como el vulgo de los mortales; y en cuanto a tino y seso para gobernarse y gobernar a sus hijos en el matrimonio, no se creía tampoco menos apto que los demás, y que, en último término, pasarían por donde otros pasaron. Todo fue inútil. La joven opuso razones a razones y un silencio firme y obstinado a las súplicas salpicadas de ternezas de su amante.
Éste, en tal estado de tribulación, de que no hace mérito el padre Rivadeneira en su tratado, fue derecho a contar el caso y a pedir consejo y ayuda a don Mariano, a quien quería como a un padre. Dicho señor mostrose altamente sorprendido y confuso al leer la carta de su hija. Leyola repetidas veces, como si no acabara de dar en la clave, y a cada nueva lectura la encontraba más turbia e inexplicable. Por último, se la devolvió, con un gesto de susto, manifestando que su hija debía de haber perdido el juicio, porque no entendía nada de aquella monserga.
En efecto, don Mariano era un creyente sincero, que cumplía escrupulosamente con los preceptos morales de la religión, pero que miraba con un poco de tibieza, ya que no con desdén, los referentes al culto. Nunca había dudado de las verdades religiosas aprendidas en la niñez; pero jamás había dado capital importancia a las misas y oraciones, ni había pasado en las iglesias más que el tiempo estrictamente necesario. Sabía distinguir, cuando se trataba de estos asuntos, entre la religión y los curas, profesando hacia éstos cierta enemistad volteriana, que le venía de casta, al decir de doña Gertrudis, pues su abuelo, el mejicano, había sostenido relaciones amistosas y larga correspondencia con un miembro de la Convención francesa. Tenía fe incontrastable en el progreso moderno, y echaba mano de los inventos realizados continuamente por la industria humana para combatir los argumentos deleznables, y pulverizarlos, de sus constantes enemigos los partidarios de la tradición, entre los cuales no era el menos empedernido y molesto su mujer. Se recibía, verbigracia, en la casa un telegrama de cualquier pariente o amigo; don Mariano, con sonrisa triunfal, después de leerlo, se lo alargaba a su señora, diciendo:
—Toma; este endiablado invento moderno viene a comunicarnos que tu hermano ha llegado bueno a París.
Gustaba de hacer consideraciones picarescas sobre el espanto que se apoderaría de nuestros abuelos, si de repente los metiesen en el coche de un ferrocarril, o les dijesen que podían conferenciar cuando quisieran con un amigo residente en la Habana. En cuanto tenía noticia por los periódicos de cualquier invención peregrina, corría a leerle el suelto a su mujer, y guardaba el periódico para leérselo igualmente a los muchos tradicionalistas que frecuentaban la casa. Si el invento no era costoso, hacía que le remitiesen la máquina, aunque no le sirviese para nada. Así, que tenía la casa poblada de artefactos curiosos, casi todos empolvados y descompuestos por la falta de uso; máquinas de hacer hielo, manteca, sidra, pitillos, etc.; telégrafos de salón, estereoscopios, cacerolas para asar la carne con un pedazo de papel, salvavidas, bastones con silla y carabina, paraguas con tienda de campaña, impermeables y otro sinfín de objetos extraños. Cuando la máquina no daba el resultado apetecido, don Mariano tenía un disgusto, se creía humillado y temiendo que por esto sufriese menoscabo la prez de la civilización moderna, no hablaba del aparato delante de su señora, o viéndose obligado, escurría el bulto, como suele decirse, por la tangente, atribuyendo siempre el éxito desgraciado a su propia torpeza y no a la calidad del invento.
Este amor fervoroso que profesaba a los increíbles adelantos de la época presente, y la lucha que dentro y fuera de casa sostenía a todas horas contra los amigos de la tradición, le impulsaban en ocasiones a valerse de armas prohibidas, como eran, por ejemplo, el exagerar el poder de la industria moderna, forjando nuevas y estupendas empresas que él daba por comenzadas, cuando a nadie se le habían pasado aún por la cabeza. Un día asombraba a sus amigos manifestándoles que se pensaba muy seriamente en establecer un puente flotante entre Europa y América, por el cual se podría ir en ferrocarril al Nuevo Mundo; otro, los dejaba atónitos diciéndoles que se estaba construyendo un telescopio que traería la luna a media legua de distancia, con el que podríamos percibir si en este satélite había seres movientes; otro, les llenaba de admiración noticiándoles que en los Estados Unidos habían trasladado entera una catedral de un pueblo a otro, por medio de la presión hidráulica. En materia de progresos mecánicos don Mariano tenía más imaginación que Shakespeare. La política nacional le preocupaba poco en comparación del incesante y sublime progreso realizado por la humanidad, y odiaba las exageraciones que en su concepto lo retrasaban. Estaba afiliado al partido conservador liberal.
Con estos antecedentes fácil es imaginarse el efecto que la carta de su hija le causaría. Considerola como una extravagancia de las muchas que la niña había padecido en su vida, y prometió a Ricardo solemnemente hacerla desistir de aquella tontería. Mas después de haberla llamado a su cuarto y pasar encerrado con ella cerca de dos horas, empezó a sospechar que la cosa no era tan fácil como a primera vista parecía. Ni con echarlo a broma haciendo chacota de su austero propósito, ni con mostrarse enojado, ni con bajarse a las súplicas logró nada nuestro buen caballero. María opuso a estos ataques, como había hecho con su novio, una actitud humilde, pero resuelta, imposible de vencer. A unos y a otros no les quedó otro recurso que resignarse, y eso hicieron de mal grado con la secreta esperanza de que la joven cambiaría pronto de acuerdo una vez satisfecho el capricho. Aplazose, por tanto, la boda indefinidamente, y el pobre Ricardo empezó a desempeñar su papel de duque de Turingia, casi tan mal como un actor español. Las entrevistas con María fueron desde entonces menos frecuentes y familiares. La joven parecía huirle y evitar las ocasiones de conversar con él íntimamente como antes. Ricardo las buscaba con empeño y las aprovechaba unas veces para dirigirle amargas reconvenciones, otras para decirle con labio balbuciente mil frases apasionadas. Ella se mostraba siempre dulce y cariñosa, mas procurando encaminar la conversación hacia asuntos serios. Ricardo siguió acariciándola siempre que tenía ocasión para hacerlo; pero no volvió a obtener de ella la acostumbrada reciprocidad por más que hizo increíbles esfuerzos para conseguirlo. Y no sólo no logró este favor, sino que poco a poco la joven evitó que él se propasase a lo primero, hablándole siempre delante de gente. Un día que la encontró sola en el comedor, se dijo con íntimo gozo: «Esta es la mía.» Y, acercándose a ella cautelosamente por detrás, le dio un sonoro beso en el cuello. María se levantó bruscamente de la silla y le dijo con cierta dulzura no exenta de severidad.
—Ricardo, no vuelvas a hacer eso.
—¿Pues?
—Porque no me gusta.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre; no seas tonto.
Estas palabras las dijo ya con enojo, y señaló otra etapa desgraciada de los amores de Ricardo. Cesaron casi en absoluto aquellos felices momentos de tiernas expansiones, dulces y amables como los placeres de los ángeles, cuyo recuerdo esparce por toda la vida, hasta por la del hombre más prosaico, una vaga y poética melancolía que ayuda a sufrir los contratiempos de la existencia y a contemplar sin envidia la felicidad ajena. Lo más que recabó el joven marqués de su amada fue que le permitiese besarla en la frente de vez en cuando a título de hermano. Y no es necesario manifestar a los experimentados lectores que con este ayuno forzoso el amor del joven, lejos de mermarse, creció y se sobresaltó hasta lo indecible; porque deben suponerlo.
María pudo entregarse de lleno a la vida de perfección, a la cual aspiraba con vehemencia. Las horas del día le parecían pocas para orar, lo mismo en la iglesia que en su casa, y para llorar sus pecados. Frecuentaba los sacramentos cada vez más, y asistía y tomaba parte con su presencia y dinero en todas las solemnidades religiosas que se celebraban en la villa. El tiempo que le dejaban libre sus oraciones lo empleaba en leer libros devotos, los cuales formaron al poco tiempo una biblioteca casi tan numerosa como la de novelas. Las vidas de las santas le placían sobre todos los demás. Devoró pronto una multitud, fijándose, como es lógico, en las de aquellas que más gloria alcanzaron y más esplendor han dado a la Iglesia: la vida de Santa Teresa, la de Santa Catalina de Siena, la de Santa Gertrudis, Santa Isabel, Santa Eulalia, Santa Mónica y la de algunas otras que, sin hallarse canonizadas aun, fueron célebres por su piedad y por las gracias espirituales que Dios les otorgó, como la Beata Margarita de Alacoque, Mademoiselle de Melum, etcétera. Estas lecturas causaron profundísima impresión en el ánimo ardiente y exaltado de nuestra joven, empujándola más y más por el camino de la devoción. Los increíbles y maravillosos esfuerzos de aquellas almas heroicas que, por el amor y la caridad, lograron elevarse al cielo y gozar por anticipado en la tierra de las gracias reservadas a los bienaventurados la llenaban de íntima y fervorosa admiración. Extasiábase ante los incidentes más insignificantes de la existencia de las santas, en los cuales solía mostrar Dios que las tenía elegidas para sí y que no permitía que el mundo se las arrebatase, como, por ejemplo, la escena del milagroso sapo que Santa Teresa vio hallándose conversando en el jardín con un caballero hacia quien se sentía inclinada; la muerte inopinada de Buenaventura, hermana de Santa Catalina, que encaminaba a esta santa por la senda mundanal del adorno del cuerpo y los placeres, y otros muchos de que están llenos los libros referidos. María admiraba a las insignes heroínas de la religión, como se admiran los fenómenos y prodigios de la naturaleza, con emoción y asombro. Mucho tiempo se pasó sin que osara levantar sus ojos hasta ellas para imitarlas. Limitábase a pedirles con interminables oraciones que intercediesen para que Dios le perdonase sus pecados. Compraba las mejores efigies que de ellas encontraba, y después de ponerles un rico marco, las colgaba de las paredes de su cuarto. Para hacerlo hubo necesidad de descolgar a Malec-Kadel y a otros varios guerreros de la Edad Media que las tenían invadidas. Le seducían en alto grado las escenas de los años infantiles y los primeros pasos que las bienaventuradas habían dado en el camino de la perfección. Pero al llegar a aquella parte de la vida que determina el apogeo de su gloria en la tierra, cuando Dios, vencido de su constante amor, de su fidelidad y de los pasmosos sacrificios que se imponen, comienza a otorgarles favores y regalos espirituales por medio de éxtasis y visiones, quedaba un poco turbada y hasta aterrada. No comprendía aún el goce místico de la comunicación directa y sensible entre el alma y su Dios, y se confesaba con gran remordimiento que si en ella se efectuase una de estas maravillosas visiones sentiría mucho más miedo que placer.
No tardó, sin embargo, en nacer en su corazón el deseo de imitarlas. De la admiración a la imitación va siempre poco trecho. Principió por donde debía, esto es, por imitar su humildad. Hasta entonces había sido modesta, aunque no tanto que no le gustase verse lisonjeada y aplaudida; mas a partir de esta época no sólo huyó toda alabanza con cuidado, sino que rechazó las que le dirigían y hasta procuró ocultar sus habilidades para quitar a los amigos la ocasión de ensalzarla. Principió a hablar lo menos posible, tanto con los de fuera como con los de casa, y a ejecutar al instante cualquier cosa que le suplicaran, lamentándose en su interior de que no se lo mandasen en términos ásperos. Hizo con maña que los criados le sirviesen en la mesa después que a todos los demás y que le pusiesen siempre pan duro en vez de tierno. Para vencer los naturales impulsos del amor propio se mostró más afable con las personas que le habían causado algún disgusto que con las otras, y bastaba que una le hiriese más o menos en el orgullo para que inmediatamente la colmase de atenciones como si le debiese gratitud. En cambio, con las que sabía que la querían y la admiraban gustaba de aparecer desabrida para que no la tuviesen en mejor concepto del que merecía.
Enderezada por esta piadosa vía, que todos los santos han recorrido, para honra de Dios y del género humano, y socorrida de su viva imaginación, llevó a cabo una porción de actos extraños y hasta incomprensibles para aquellos cuya atención está convertida al mundo y no a las prácticas religiosas, actos que el ilustre biógrafo de Santa Isabel califica de secretas y santas fantasías, que son los peldaños místicos por donde el alma sube a la perfección y se comunica con Dios. Un día, por ejemplo, le venía en mientes comer con los criados humildemente como si fuese uno de ellos. Para realizarlo simulaba a la hora de comer una jaqueca y se quedaba en su cuarto; y cuando la familia se hallaba reunida en el comedor bajaba muy despacito a la cocina, y allí se estaba todo el tiempo que duraba la comida, sirviéndose por sí misma las sobras de la mesa, con sorpresa y admiración de la servidumbre.
Otro día, en que, a su parecer, no había contestado con bastante respeto a su padre, se presentaba repentinamente en el despacho, se hincaba de rodillas y le pedía perdón. Don Mariano la levantaba del suelo con ojos espantados.
—¡Pero, hija mía, si no me has ofendido en nada ni has cometido falta ninguna!... Y aunque la hubieses cometido no es para hacer esos extremos... ¡Vaya una tontería!... Anda, dame un beso y vete a coser con tu hermana, y no vuelvas a asustarme con tales boberías.
María no encontraba en el seno de su familia las contrariedades que hubiera deseado para probarse. Su padre y su hermana, aunque no la alentasen en las devociones, nada le decían en contra, y cada día le otorgaban mayores muestras de cariño, pues a ello les invitaba la creciente dulzura y afabilidad de su carácter. Su madre la adoraba con pasión loca y aplaudía ciegamente todos sus actos de piedad. No se cansaba de alabar la virtud y el talento de su primogénita. Los criados, y muy particularmente Genoveva, hacían coro también a estas alabanzas difundiendo por la villa la fama de sus virtudes y formando en torno suyo una aureola de respeto y santidad. Nuestra joven hubiera preferido para los efectos de su salvación tener un padre bárbaro y tirano que la mandase con dureza, o una madre despegada o una hermana envidiosa que no la dejase vivir, pues ninguna santa se había librado de padecer persecuciones dentro de su familia, al decir de las historias que leía. Dolíase interiormente del sosiego y felicidad que en su casa disfrutaba, pensando en que nada sufría por el Dios que nos redimió con su sangre. Ansiaba que le levantasen una calumnia como las que Palmerina hizo sufrir a Santa Catalina de Siena, a fin de que la despreciasen y maltratasen; pero a ninguna persona de su casa ni de fuera se le pasaba por la imaginación semejante cosa.
Para compensar esta ausencia de persecuciones mortificábase con ayunos y penitencias, ejecutando siempre lo que más le disgustaba. Le repugnaba algún manjar de la mesa; pues se imponía la penitencia de comerlo, dejando, en cambio, otros que le placían extremadamente. Llegó hasta echar en algunos acíbar, a imitación de lo que hacía San Nicolás de Tolentino. Los viernes ayunaba rigurosamente a pan y agua, haciendo prodigios de habilidad para que su padre no cayese en la cuenta, pues de notarlo tenía por seguro que no se lo consentiría.
Traía siempre un medallón al cuello con el retrato de su novio. Un día que éste consiguió hablar un momento a solas con ella, le dijo:
—Oye, Ricardo; si no te enfadas, te diría una cosa.
—¿Qué es?—se apresuró a preguntar el joven con el sobresalto de quien teme siempre alguna desgracia.
—Estoy viendo que te vas a enfadar..., pero te lo diré. He quitado tu retrato del medallón.
La fisonomía de Ricardo expresó el asombro.
—Y lo peor es que lo he sustituido con otro...
La expresión de asombro se trocó en dolorida, de tal modo, que María, al contemplar aquel rostro contraído y rebosando de aflicción, no pudo menos de soltar una carcajada sonora y fresca como las que en otro tiempo salían a cada instante de su boca y que poco a poco habían ido cesando, como si se hubiese apagado el foco de luz y alegría de donde se escapaban.
—¡Dios mío, qué cara has puesto!... Espera; para que sufras más voy a mostrarte tu sustituto.
Y, quitando el medallón del cuello, se lo presentó. Tenía la efigie de Jesús coronado de espinas. Ricardo sonrió entre satisfecho y molesto.
—Ahora, bésalo.
El joven obedeció al punto posando los labios sobre la imagen del Señor y un poco también sobre los dedos rosados que la apretaban. María se escapó corriendo.
Al par que se ejercitaba en la humildad no descuidaba tampoco otra virtud, que es, por decirlo así, el fundamento de nuestra religión y el timbre mayor de gloria que la criatura puede ofrecer a Dios: la virtud de la caridad. Bastábale a nuestra joven su excelente corazón y el ejemplo de sus padres para aliviar siempre que podía las miserias del prójimo; pero añadíase a esto tener presente a la continua los increíbles esfuerzos de abnegación y caridad llevados a cabo por las santas que con más fervor veneraba, particularmente la santa duquesa de Turingia, que mereció el nombre de Madre de los pobres. Así que, mostrábase compasiva hacia todos los miserables, y no perdía ocasión de remediar sus necesidades con mano próvida. Todo el dinero que su padre le daba empleábalo en hacer limosnas. Visitaba, en compañía de Genoveva, las casas de algunos pobres, a los cuales aliviaba, no sólo con dinero, sino también con palabras de consuelo, atento que no sólo de pan vive el hombre. Para ejercitarse en la humildad, al tenor de lo que practicaba muy a menudo la santa reina de Escocia, Margarita, hizo venir en secreto algunos pordioseros a su cuarto y les lavó los pies con el mayor esmero. Cada uno de estos actos piadosos le llenaba de una santa e íntima alegría que jamás había experimentado anteriormente. Tomó la costumbre de no despedir sin limosna a ningún pobre que se la pidiese, pues, además de dictárselo así su corazón, tenía la multitud de casos en que Nuestro Señor o la Virgen se habían aparecido bajo la forma de pordioseros a muchos santos y santas. El temor y el deseo de que otro tanto le sucediese a ella, la obligaba a escudriñar el semblante de los pobres con cierta emoción. Mas como su peculio no bastase para atender a tan numerosas caridades, diose traza para obtener dinero de su padre valiéndose de mil ardides inocentes; un día pidiéndole para una sombrilla, otro para un reloj, otro para un estuche de costura, etcétera. Tanto fue lo que abusó, no obstante, que don Mariano sospechó la verdad y señaló un límite a sus larguezas. Su hija le hubiera arruinado con la mayor inocencia.
Arrastrada por su ardiente caridad, quiso también probarse en cuidar enfermos, sobre todo aquellos que padecían enfermedades repugnantes. Supo que cerca de su casa una mujer padecía de llagas en el pecho, y tomó la resolución de ir todas las mañanas a curárselas, lo cual puso en práctica al instante. Mas al hacerle la primera cura, queriendo añadir a ella lo que había leído en la historia de Santa Catalina, esto es, queriendo besar las llagas de la enferma, fue tanto el asco y el horror que se le apoderó, que le dio un vahído, se puso muy mala y fue necesario que Genoveva la llevase en brazos a casa. La pobrecita no atribuyó, como era justo, su fracaso a la debilidad de estómago, sino a falta de virtud, y se aplicó con creciente afán a mejorar su vida.
Genoveva era en todos esos ejercicios de piedad, más bien compañera y confidente íntimo que su doncella. Ayudábala sin comprender en muchos casos adónde iba a parar, persuadida enteramente a que no iría por mal camino, pues tenía fe ciega en la discreción de su señorita. Más que cariño era una especie de idolatría la que le profesaba, donde se mezclaba la admiración de su belleza, el respeto de su talento y el orgullo de haber visto nacer y contribuido a criar aquel prodigio. María no había logrado infundir en ella el entusiasmo místico de que se sentía poseída, porque Genoveva no era de suyo inflamable, y una ignorancia supina la ponía a cubierto de toda suerte de entusiasmos; pero había conseguido con sus actos y pláticas religiosas despertar en ella el fanatismo que duerme siempre en el fondo de las almas vulgares e ignorantes.
Una noche, después de recogida la familia y los criados, se hallaban ambas en el gabinete de la torre. María leía a la luz del quinqué de bomba esmerilada, mientras Genoveva, sentada en otra silla, frente a ella, se ocupaba en hacer calceta. Acaecíales muchas veces pasar de esta manera una o dos horas antes de acostarse, pues la señorita estaba acostumbrada de antiguo a leer en las altas horas de la noche.
No parecía tan absorta en la lectura como otras veces. Posaba el libro con frecuencia sobre la mesa y se quedaba largo rato pensativa con la mano en la mejilla. Tornaba a cogerlo vacilando, para dejarlo otra vez muy presto. Su cuerpo estaba nervioso, a juzgar por los crujidos que dejaba escapar la silla. De vez en cuando fijaba en Genoveva una larga mirada en que se vislumbraba un deseo inquieto y temeroso y cierta lucha interior con algún pensamiento que la preocupaba. Genoveva, en cambio, aquella noche estaba más embebida en la calceta que nunca, entreverando, sin duda, por sus puntos, una muchedumbre de consideraciones más o menos filosóficas que la obligaban tal vez que otra a dar con la frente en las manos, lo mismo que cuando se dormita.
Por último, la señorita decidiose a romper el silencio.
—Genoveva, ¿quieres leer este trozo de la vida de Santa Isabel?—dijo alargándole el libro.
—Con mil amores, señorita.
—Mira, ahí donde dice: Cuando su marido...
Genoveva comenzó a leer para sí el párrafo; pero muy presto la interrumpió María, diciéndole:
—No, no; lee en voz alta.
Entonces obedeció, leyendo lo que sigue:
«Cuando su marido estaba ausente, ella pasaba la noche entera en vela con Jesús, el esposo de su alma. Pero no se reducían a sólo éstas las penitencias que se imponía la joven e inocente princesa. Bajo los trajes más espléndidos llevaba siembre un cilicio a raíz de la carne; hacíase azotar en secreto y con dureza todos los viernes en memoria de la Pasión dolorosa de Nuestro Señor y diariamente durante la Cuaresma (a fin, dice un historiador, de pagar en algún modo al Señor el suplicio de los azotes), presentándose luego delante de la corte con alegre y sereno semblante. Andando el tiempo trasladó esta austeridad a las altas horas de la noche, y entrándose en un aposento inmediato a la cámara donde dormía con su esposo, hacía que sus doncellas le diesen áspera disciplina, volviendo después al lado de su marido más alegre y amable que nunca, confortada con estos rigores contra su misma y su propia debilidad. Así es como ella, dice un poeta contemporáneo, procuraba acercarse a Dios y romper las ligaduras de la cárcel de su carne como valerosa guerrera del amor del Señor...»
—Basta, no leas más: ¿qué te parece?
—Ya he leído muchas veces esto mismo.
—Es verdad; pero ¿qué pensarías si yo tratase de hacer algo parecido?—se arrojó a decir con precipitación, como quien se decide a proferir una cosa que le ha preocupado mucho.
Genoveva se le quedó mirando con los ojos muy abiertos, sin comprender.
—¿No entiendes?
—No, señorita.
María se levantó, y echándole los brazos al cuello, le dijo al oído con el rostro encendido de rubor:
—Quiero decir, tonta, que si tú te avinieses a hacer el oficio de las doncellas de Santa Isabel, yo imitaría a la santa esta noche.
Genoveva comprendió vagamente; pero todavía preguntó:
—¿Qué oficio?
—Tonta, retonta, el de darme algunos azotes en memoria de los que recibió Nuestro Señor y todos los santos y santas a su ejemplo.
—¡Señorita, qué está usted diciendo! ¿Cómo se le ha metido una cosa como esa en la cabeza?
—Se me ha metido porque quiero mortificarme y humillarme a un mismo tiempo. Esta es la penitencia verdadera y más agradable a los ojos de Dios por la razón de que Él mismo la sufrió por nosotros. He intentado hacerla por mí, pero no he podido, y además no es tan eficaz como sufriendo la humillación de recibirla por mano ajena... Conque no dejarás de satisfacerme este deseo, ¿verdad?
—No, señorita, de ninguna manera... No puedo hacer eso...
—¿Por qué, tonta? ¿No ves que es por mi bien? Si yo dejara de librarme de algunos días de purgatorio por no hacer lo que te pido, ¿no tendrías un remordimiento?
—Pero mi palomita del alma, ¿cómo quiere usted que yo la maltrate, aunque sea para su bien?
—Pues no tienes más remedio que hacerlo, porque es una promesa y tengo que cumplirla... Tú me has ayudado hasta ahora en el camino de la virtud... No me abandones a lo mejor. No lo harás, Genovita, ¿no es verdad que no lo harás?
—¡Señorita, por Dios, no me mande usted eso!
—¡Vamos, Genovita! Te lo pido por el cariño que me tienes.
—No..., no..., no me pida eso.
—Anda, querida, dame ese gusto... No sabes el sentimiento que tendré si no me lo das... Creeré que has dejado de quererme...
María agotó todos los recursos del ingenio para convencerla. Sentada sobre sus rodillas la cubría de caricias, le hacía mimos, enfadándose unas veces, suplicando otras y siempre poniendo unos ojos zalameros a los cuales parecía imposible resistirse. Semejaba una niña que demanda un juguete que le tienen guardado. Cuando vio a su doncella un poco ablandada o más bien fatigada de negar, le dijo con graciosa volubilidad:
—Verás, tonta; no vayas a creer que es una cosa del otro jueves... Mucho peor es un fuerte dolor de muelas y ya sabes que los he sufrido bastante a menudo... La imaginación te hace creer que es una cosa terrible, cuando, en realidad, tiene muy poco de particular... Todo depende de que ahora no se usa porque la virtud se ha desterrado del mundo; pero en los buenos tiempos de la religión era cosa común y corriente y nadie que se preciara de buen cristiano dejaba de hacer esta penitencia... Vamos, prepárate a darme ese gusto y hacer al mismo tiempo una buena obra... Aguarda un poco... Voy a buscar lo que nos hace falta...
Y, corriendo a la cómoda, abrió un cajón y sacó de él unas disciplinas, unas verdaderas disciplinas, con su mango torneado de madera y sus ramales de cuero. Después, toda agitada y nerviosa, con las mejillas encendidas, fuese a Genoveva y se las puso en la mano. Ésta las tomó sin saber lo que hacía, de un modo automático. Estaba completamente estupefacta. La joven volvió a acariciarla, animándola nuevamente con frases persuasivas, sin que ella profiriese una palabra. Entonces la señorita de Elorza, con mano trémula, comenzó a desabotonarse la bata de color azul que traía. Tenía pintado en el rostro el goce irritado y ansioso del capricho que va a ser satisfecho. Sus pupilas brillaban con luz inusitada, dejando adivinar vivos y misteriosos placeres. Los labios secos, como los de un sediento. Había crecido el círculo morado que rodeaba sus ojos y tenía rosetas de un encarnado subido en los pómulos. Respiraba agitadamente por las narices, más abiertas que de ordinario. Sus manos pálidas y aristocráticas, de dedos afilados y uñas sonrosadas, soltaban con extraña velocidad los botones de la bata. Con rápido movimiento despojose de ella.
—Verás, no tengo más que la camisa y la chambra. Ya me había preparado.
En efecto, quitose, o por mejor decir, arrancose la chambra y quedó cubierta solamente de la camisa. Detúvose un instante, echó una mirada al instrumento que Genoveva tenía en la mano y corrió por su cuerpo un estremecimiento de frío, de placer, de angustia, de terror y de ansia, todo en una pieza. Con voz baja y alterada por la emoción dijo:
—¡Que no sepa papá esto!
Y la camisa de batista se deslizó por el cuerpo, deteniéndose un instante en las caderas y cayendo después pausadamente al suelo. Quedó desnuda. Genoveva la contempló con ojos extáticos y la joven sintiose un poco avergonzada.
—No te enfadarás conmigo, ¿eh, Genovita?—preguntó sonriendo.
La doncella no acertó más que a decir:
—¡Señorita, por Dios!...
—Cuanto más pronto mejor, porque voy a constiparme.
De este modo quería obligar aún más a su doncella. Con ademán febril le arrancó las disciplinas de la mano izquierda, se las puso en la derecha, le echó nuevamente los brazos al cuello, y, dándole un beso, le dijo muy quedo al oído en tono jovial:
—Has de dar fuerte, Genovita, porque así lo he prometido a Dios.
Un violento temblor se apoderó de su cuerpo al decir estas palabras; pero un temblor delicioso que le penetró hasta los huesos. Luego, tomando a Genoveva de la mano, la atrajo un poco hacia la mesa donde estaba la imagen del Salvador.
—Aquí ha de ser..., hincada de rodillas delante de Nuestro Señor.
La voz se le anudaba en la garganta. Estaba pálida. Postrose, en efecto, humildemente ante la imagen, persignose rápidamente, cruzó las manos sobre el pecho, y, volviendo el rostro hacia su doncella con sonrisa dulce, le dijo:
—Ya puedes empezar.
—¡Señorita, por Dios!...—tornó a exclamar Genoveva toda confusa.
Por los ojos de la señorita pasó un relámpago de cólera que se apagó al instante; pero le dijo en tono un poco irritado:
—¿Estamos en eso?... Obedece y no seas terca. La doncella, dominada y convencida de que ayudaba a una obra de piedad, obedeció, descargando las disciplinas harto suavemente sobre las desnudas espaldas de la señorita.
Y en verdad que parecía sacrilegio tocar en aquel cuerpo, prodigio de hermosura y elegancia. María no poseía aún, ni era de presumir que poseyera nunca, atento su temperamento, la plenitud de la forma femenina. Era un poco delgada para que pudiera servir de modelo a un escultor. Pero esto mismo constituía atractivo más poderoso para los que gustan de contemplar en la belleza de la mujer el sello del espíritu, y anteponen a la hermosura clásica de la forma la delicadeza y la elegancia. Los brazos eran finos y frágiles, como los de un niño, pero admirablemente torneados; el cuello, flexible y esbelto, como el de la gacela, se unía a los hombros por una línea fugitiva y ondulante, cuya suprema gracia sólo se encuentra en las vírgenes de Rafael.
Los primeros azotes de la doncella fueron tan suaves y comedidos, que no dejaron rastro alguno en aquella preciosa epidermis. Pero María se irritó; quiso que fuesen más fuertes.
—No, así no; con más fuerza... Pero espera un instante; déjame quitar estas joyas, que son ridículas en este momento.
Y velozmente sacó todas las sortijas de los dedos, se arrancó los pendientes de las orejas y depositó el puñado de oro y pedrería a los pies de Jesús. También Santa Isabel, cuando oraba en la iglesia, depositaba la corona ducal al pie del altar.
Volvió a la misma actitud humilde, y Genoveva, viendo que no podía pasar por otro camino, empezó a macerar sin duelo las carnes de su piadosa ama. El quinqué despedía luz tibia y difusa, que bañaba el pequeño gabinete de una claridad discreta. Sólo al reflejarse en las joyas que yacían a los pies del Redentor lanzaba hermosos y fugaces destellos. El silencio en aquellas horas era absoluto: ni aun el viento dejaba oír su voz plañidera en las ventanas. Respirábase en el cuarto una atmósfera de misterio y recogimiento que enajenaba a María y la penetraba de un placer embriagador. Su hermoso cuerpo, desnudo, se estremecía cada vez que cruzaban por él las correas de las disciplinas con un dolor no exento de voluptuosidad. Apretaba la frente contra los pies del Redentor, respirando ansiosamente y con cierta opresión, y sentía latir en sus sienes la sangre con singular violencia, mientras el dorado y sutil vello de su nuca se levantaba de un modo imperceptible a impulso de la emoción que la embargaba. De vez en cuando sus labios, pálidos y trémulos, decían en voz baja:
—¡Sigue, sigue!
Los azotes habían dejado ya algunos surcos de color de rosa en su cándida epidermis, sin que hubiese pedido tregua. Mas llegó un instante en que el bárbaro instrumento hizo saltar sobre ella una gota de sangre. Genoveva no pudo contenerse; tiró las disciplinas muy lejos y se arrojó llorando a abrazar a su señorita, cubriéndola de caricias y pidiéndole, por la salvación de su alma, que no la obligase a hacer semejante atrocidad. María la consoló, asegurándole que le había dolido muy poco la flagelación. Y ya un tanto apagado su ardor y calmados sus impulsos ascéticos, despidiose de ella, pasando a recogerse a su alcoba.
VI
EN BUSCA DEL MENINO
—Te conozco, Ricardo, déjame.
Ricardo callaba.
—Vamos, déjame; mira que necesito concluir pronto para llevar el caldo a mamá.
El joven seguía tapándole los ojos por detrás sin decir una palabra.
—Por Dios me dejes, Ricardo... Ya no tiene gracia, después de haberte conocido...
—En castigo de no haber encontrado graciosa la broma, no te suelto.
—Bueno, pues confieso que tiene mucha gracia.
—Eso ya es otra cosa... Si te sometes te dejo..., pero con precauciones.
Marta, en cuanto se vio libre, corrió con la escoba enarbolada detrás de él, aunque sin lograr alcanzarle; por lo cual dio la vuelta y siguió barriendo el comedor. Aun no se había arreglado. Vestía una bata suelta de color carmesí bastante usada, y traía el cabello sujeto con una redecilla blanca. Mas pasaba una cosa singular con esta niña. Con el vestido usado, y descosido a veces, de trajinar por la casa, y el cabello al desgaire, estaba más linda que cuando se ponía de tiros largos. Bien fuese porque la índole de su belleza no era para brillar con los trajes ricos y suntuosos, como la de su hermana, bien porque la falta de costumbre de ponérselos (pues rara vez usaba los que le compraban), la hiciese aparecer atada y encogida cuando iba al paseo, lo cierto es que aquí y en el teatro Marta llamaba poco la atención y quedaba totalmente oscurecida por la hermosura altiva y espléndida de su hermana. En cambio, dentro de casa, aumentaban sus gracias sobremanera; sus movimientos eran sueltos y desembarazados, los ojos adquirían brillo y animación y todo su cuerpo cobraba una libertad que perdía así que ponía el pie en la calle.
Barría sin apresurarse, con firmeza y sosiego, como quien cuenta siempre llegar a tiempo, tarareando muy bajito un pasacalle. No tenía voz para el canto ni gran afición a la música, y todos los esfuerzos de sus maestros y su buena voluntad para el estudio se estrellaron contra esta ausencia de facultades filarmónicas. Las obras maestras de la música y aun las fantasías, réveries y nocturnos que María tocaba en el piano la dejaban fría, sin comprender su mérito. En cambio, confesaba, avergonzada, que ciertas melodías de zarzuela y muchas canciones populares la encantaban. Otra cosa no confesaba, aunque no era menos cierta. La música que algunas veces acompaña a los entierros, que por regla general es pésima y compuesta casi exclusivamente de instrumentos de bronce, la conmovía profundamente hasta hacerle derramar lágrimas. No cantaba, pues, casi nunca, pero solía tararear suavemente cuando ejecutaba alguna labor, como ahora. De vez en cuando se paraba a tomar aliento, apoyándose un instante en la escoba, y después de echar hacia atrás algunos rizos que le caían por la frente, seguía su tarea.
Ricardo apareció de nuevo en la puerta.
—¿Martita, estás enfadada aún?
—Sí que lo estoy—repuso entre severa y risueña—y escape usted pronto, señor marqués, antes que le siente las costuras con el palo de la escoba.
—¿Pero de veras estás enfadada?
—De veras lo estoy.
—Pues bien, te pido perdón humildemente—dijo poniéndose de rodillas—. Dame todos los escobazos que quieras, porque yo no pienso moverme.
—Vamos, álzate y no hagas boberías... Mira que te estás manchando los pantalones...
—Aunque me manchase el mismísimo cuello de la camisa, no me movería, mientras no me perdones.
—¡Qué payaso eres, Ricardo!
—Muchas gracias.
—¿Quieres alzarte, criatura?
—No, mientras no me perdones.
—Has de ser formal, Ricardo.
—Hablaremos de eso con espacio... ¿Me perdonas?
—Sí, pesado, sí; levántate.
Ricardo se levantó, aproximose a Marta y sacudiéndola fuertemente, exclamó:
—¡Chiquita, qué remonísima eres!... No me admira que Manolito... Ya me entiendes...
—¡Vaya un modo de empezar a ser formal!
—Lo seré con el tiempo; no te apures.
—Bien, pues ahora déjame concluir para llevar el caldo a mamá.
—¿Sabes que he recorrido toda la casa y no he hallado a nadie?
—Mamá aun no ha salido de su cuarto y papá y María están fuera.
—María en la iglesia, como siempre, ¿verdad?
—No fue más que a misa; pronto vendrá.
—¡Ya, ya!—exclamó el joven, poniéndose repentinamente grave y silencioso.
Marta dio fin a su tarea bajo la inspección seria y no muy atenta de su futuro hermano.
—¿Quieres aguardarme? No tardaré en venir...
Ricardo hizo un signo de asentimiento, y mientras la niña estuvo ausente, subió uno de los transparentes de los balcones y se puso a tocar el tambor con los dedos sobre los cristales, posando una mirada vaga y perdida en las casas de la vecindad.
No tardó en presentarse otra vez Marta.
—Anda, vente conmigo; voy a meter ropa en el armario.
Ricardo siguió a la niña como un cordero hasta una habitación clara y llena de armarios que daba a la huerta. En el centro de ella y sobre una mesa se hallaba una gran cesta atestada de ropa recién lavada.
—¿Quieres ayudarme a bajar esta cesta y ponerla aquí cerca del armario?
—¡Pues no faltaba más!
La cesta era enorme y costó trabajo llevarla al sitio designado. Mientras la conducían se les soltó la risa, lo que les obligó más de una vez a dejarla en el suelo.
El joven, con los esfuerzos, se ponía muy colorado, y esto hacía reír de tal modo a la niña que le privaba en absoluto de las fuerzas. Reía pocas veces, mas cuando se le soltaba la llave no había quien la atajase. Ricardo, con sus instintos de clown, procuraba hinchar los carrillos y ponerse aún más colorado. Se le había disipado por completo el mal humor. La cesta no avanzaba poco ni mucho: ambos permanecían inclinados y agarrados a ella sin poder alzarla un dedo del suelo, la una desternillándose de risa y el otro afectando una desesperación cómica.
—¡Qué militar tan valiente que no puede con una cesta de ropa!—exclamaba la niña en el colmo de la alegría.
—¡Quisiera yo ver aquí a Prim y a Espartero y hasta al mismo Napoleón! Esta no es una cesta cualquiera... Hay aquí lencería para un regimiento...
—¡Quita allá! Si no fuese que me haces reír, yo sola era capaz de llevarla.
Después de mucha risa y no poca brega, llegó la cesta a su destino. Marta abrió el armario, del cual se escapó el olor especial, fresco y penetrante de la ropa blanca. La niña lo aspiró algunos momentos con delicia mientras hacía hueco, trasladando las piezas de unos estantes a otros, a la nueva ropa que iba a introducir. Después quiso llamar a Carmen, una de las doncellas, para que le ayudase a estirar las sábanas, pero Ricardo le preguntó tímidamente:
—Oye, chica, ¿no serviría yo para eso?
—¡Oh! Si tú quisieras...
—¡Pues no había de querer!... Oro molido que fuese, preciosa... Tú dispones de mí como reina y señora...
—No será tanto.
—No rebajo nada..., puedes ponerme a prueba.
—Bien, pues, por lo pronto te mando que tomes las dos puntas de esta sábana y que tires hacia allá con fuerza... ¡No tanto, hombre, que me arrastras!... ¡Basta, basta! Ahora dobla como yo..., así..., una punta con otra... Bien, ahora tira otra vez..., más..., más todavía... ¡Basta!... Ahora vuelve a doblar..., tira otra vez... ¡Bastante!... Acércate ahora a mí... Trae... Esto corre ya de mi cuenta... Vamos a otra... Toma las dos puntas..., sacude bien y estira... Ten cuidado que ésta tiene guarnición..., no vayas a romperla... Estas son las sábanas de mamá y María.
—¡Qué ajena estará María de que yo estiro ahora sus sábanas!—exclamó Ricardo soltando una carcajada.
—Pues sí que lo son. A mamá y a ella les gustan muy finas y se las hacen de batista. A papá y a mí nos gustan más gruesas. Yo no puedo soportar las sábanas finas...; me deslizo dentro de ellas y no encuentro sitio. A papá tenemos que ponérselas sin ninguna clase de encaje, porque el tacto del almidón le crispa los nervios y el ruido que produce le despierta. Es una manía. Figúrate que cuando va de viaje y en alguna casa le ponen sábanas con guarnición, tiene la paciencia de deshacer la cama para meter los encajes debajo del colchón..., a los pies... A mí tampoco me gustan, pero si me las ponen, me conformo... Papá tiene muchas manías: todas las noches se ha de quedar dormido con el cigarro en la boca... Yo ando cerca de su cuarto dando vueltas hasta que observo que se duerme, y entonces entro muy despacito, le quito el cigarro de la boca y apago la luz... ¡No tires tanto, que ya me duelen los brazos!... La verdad es que te obligo a hacer unas cosas bien impropias de un militar, ¿no es verdad?
—No lo creas: en el colegio, y aun después que salimos, en las casas de huéspedes, nos vemos precisados a hacer cosas peores. ¡Cuántos botones habré pegado yo en mi vida! ¡Y cuántas veces habré recosido los pantalones cuando se rozaban por debajo!
—¿De veras?
Marta se maravillaba sinceramente. No comprendía que un hombre tuviera que descender a estos oficios habiendo tantas mujeres en el mundo, y se informaba menudamente de las particularidades de la vida de colegio; cómo los trataban, qué comían, a qué hora se acostaban, quién les hacía las camas, les lavaba la ropa y se la planchaba; si los colchones eran duros o blandos, si bebían vino, cuántas veces a la semana les mudaban las toallas, etc., etc. Ricardo satisfacía a todas estas preguntas haciendo una relación circunstanciada de sus hábitos de colegial con la verbosidad del que tiene los recuerdos muy frescos y no le pesa traerlos a cuento. De las costumbres pasaba a las aventuras, narrando las que podían ser narradas delante de una niña, y entreteniéndose sobre todo a pintar con negras tintas las desdichas de la época de novatada y las crueldades que con ellos ejecutaban los antiguos. Les obligaban a pasar noches enteras haciendo pitillos de arena para que después saliesen mejor hechos los de tabaco; en el paseo no les permitían levantarse del asiento de piedra que les habían señalado de antemano; les ponían en el cepo de campaña sin motivo alguno, aunque fuese después de comer, sólo por divertirse; los que eran más débiles solían vomitar o caer desmayados...
Marta le escuchaba con atención profunda, revelando en su semblante todas las fases de la indignación; tiraba cada vez con más fuerza de las sábanas y las doblaba atropelladamente sin apartar los ojos de los del narrador. De vez en cuando soltaba una exclamación: «¡Pero, Dios mío, eso es una atrocidad! ¡Esos hombres estaban locos! ¿Por qué no dábais parte al jefe de tales atrocidades?» Ricardo no podía convencerla de que hubiera sido inútil revelarse ni dar parte al coronel, pues la novatada era costumbre tradicional en el colegio, que los jefes no querían arrancar. A todas sus razones contestaba: «Pues yo me hubiera presentado al coronel, y si no me hacían justicia me escaparía del colegio.»
—Vamos, no te pongas tan furiosa, Marta, que ya ha pasado. Así se hacen los hombres sufridos. Voy a narrarte ahora una cosa que me sucedió con el coronel. Después que salí a teniente...
Y, cambiando de rumbo, se ponía a contar aventuras chistosas y pasos divertidos que desarrugaban el rostro de la niña y concluían por hacerla reír a carcajadas. Poco a poco la cesta se iba vaciando y pasando su contenido al armario, que despedía siempre su olor punzante y un poco agrio de lencería lavada. Este olor había invadido toda la habitación y la refrescaba con un perfume de salud y de limpieza más grato que todas las esencias y pomadas. Era el perfume que acompañaba siempre a Marta, al decir de su padre, y parecía exclusivamente creado para ella. Cuando iba sola a abrir los armarios, experimentaba gran deleite en meter la cabeza dentro de ellos y hundirla entre la ropa, gozando de la frialdad del lienzo en el rostro y aspirando con voluptuosidad su aroma saludable. La luz que penetraba a torrentes por el blanco tul de las cortinas, la charla incesante y las sonoras carcajadas de los jóvenes llenaban la pieza de alegría y animación. Se le llamaba «el cuarto de la plancha», porque, en efecto, allí se planchaba la ropa de la casa. Las paredes que no ocupaban los armarios estaban pintadas lisamente de blanco.
Carmen entró como un huracán por la puerta gritando:
—¡Señorita Marta, señorita Marta!
—¿Qué sucede?—preguntó ésta con sobresalto.
—¡Que el Menino se ha escapado, señorita!
La niña dejó caer la sábana que tenía en las manos y exclamó con estupor:
—¿Se ha escapado?
—Sí, señorita; al pasar ahora por la galería, voy a mirar a la jaula y me encuentro la puerta abierta y que el pájaro no está allí.
—¡Vamos allá, vamos allá!
Y todos corrieron en tropel a la galería. En efecto, el Menino se había fugado. Por un descuido deplorable, Marta, al darle de comer y colocarlo al aire libre en la galería para que se alegrara con la perspectiva de la huerta y el canto de los otros pájaros, había dejado abierta la puerta de la jaula. Hacía tres años que el Menino estaba en poder de nuestra niña y en todo este tiempo no había dado señal alguna de nutrir en su cerebro proyectos de evasión; antes por el contrario, el grandísimo hipócrita mostraba siempre que podía que se le daba un bledo por la libertad y que había renunciado a ella de buen grado en obsequio de su amabilísima ama. Desde mucho tiempo atrás salía de la jaula a tomar con ella el chocolate, se le ponía sobre el hombro, le picaba suavemente en las manos a guisa de caricia, brincaba de aquí para allá sobre los muebles, y cuando tocaban a retirarse se metía otra vez en la jaula tranquilo como un cordero. Todo hacía presumir que era un canario dichoso que daba por bien perdida la libertad a cambio de ser cuidado y atendido por una niña tan linda y estar facultado para dar cuando quisiera algunos picotazos en sus mejillas sonrosadas. Y dejando a un lado estos goces más o menos espirituales, por los que más de un muchacho en la villa haría estupendos sacrificios, y atendiendo únicamente al aspecto material de la existencia, o sea al bienestar del cuerpo, menester es dejar escrito que el Menino estaba en su jaula como un arzobispo y tratado a qué quieres cuerpo, y pide por esa boca; cañamón por aquí, alpiste por allá, unas veces lechuga, otras, sopas de chocolate, otras, migajas remojadas en leche; en fin, que pedir más era ofender a Dios. Y en orden al aseo y limpieza de la habitación, tampoco podía envidiar a nadie: todas las mañanas la misma Marta se encargaba de barrer lo que el puerco de él ensuciaba, dejándole la jaula como un espejo. Pues a pesar de que la opinión general era que se hallaba muy a su gusto y que no se cambiaría por el director de la Fábrica del Sello, lo cierto es que el Menino esperaba con impaciencia la ocasión de escaparse; se había dejado dominar por la melancolía, se le había agriado el carácter y tenía la bilis excitada por la falta de ejercicio. Si no hubiera salido a respirar el aire fresco, el día menos pensado se hubiese levantado la tapa de los sesos contra las rejas de la jaula.
Debajo de ella deliberaron brevemente nuestros jóvenes lo que habían de hacer. Marta estaba atribulada. Decidiose que Carmen, con la planchadora y el jardinero, irían a recorrer la huerta, pues se sospechaba que faltándole práctica, no había de volar muy lejos del primer arranque, mientras Marta y Ricardo lo buscarían por toda la casa en la contingencia de que se hubiese quedado dentro brincando por las salas, como lo había hecho ya otra vez. Marta se constituyó en guía y registraron desde luego la habitación contigua al corredor; una gran sala cuadrada con dos alcobas en el fondo, donde ella y María habían dormido de niñas con sus respectivas doncellas. El papel de la habitación representaba escenas de caza que impresionaban mucho a Marta cuando chiquita, sobre todo una que figuraba a un ciervo moribundo sujeto por media docena de perros feroces. Recorrieron después algunos gabinetes destinados a los forasteros que viniesen de huéspedes a la casa; pasaron a los cuartos de las muchachas; bajaron a la cocina, que estaba en un entresuelo, y tornaron a subir sin obtener resultado. Después se fueron al cuarto de don Mariano, que era un magnífico gabinete con dos balcones a la plaza, decorado con gusto severo y clásico; grandes sillones de cuero, ricos tapices, escritorio de ébano y armarios para los libros de la misma madera. En las paredes colgaban algunos retratos de familia pintados al óleo.
Marta experimentaba siempre en este gabinete una sensación de bienestar y alegría que no gustaba en las demás habitaciones de la casa. Había en esta sensación una mezcla religiosa de respeto y enternecimiento en que se confundían todos los recuerdos de la infancia impregnados de ese amor filial exclusivo, fervoroso y absorbente, que produce la cólera rabiosa de los niños cuando la niñera les arranca de los brazos paternos y el ansia de ir a ellos cuando vuelven a tenerlos cerca. Así que tuvo fuerzas y habilidad para hacerlo, nunca permitió que nadie arreglara aquel cuarto más que ella. Por la mañana pasaba siempre media hora de amable sosiego y dulzura limpiando los enormes sillones, que le costaba gran trabajo mover de su sitio, y haciendo la vasta cama de don Mariano. Sentíase feliz en medio de aquella habitación grave y patriarcal. Los colosales armarios, la mesa, los sillones, los cuadros y las figuras circunspectas de los tapices posaban sobre ella una mirada silenciosa y benévola, en la cual sentía agitarse la gran sombra protectora de su padre.
Ricardo quedó parado ante un retrato.
—¿Esta es tu tía, eh?... ¡Cómo te pareces a ella!... Lástima fue que se hubiese muerto tan joven... Era una mujer muy simpática.
—¡Ya quisiera yo parecerme a ella!... Era alta y yo soy chiquita.
—¿Qué importa eso?... Te pareces y mucho... Y es natural, después de todo, porque se parece a tu padre y tú eres Elorza de los pies a la cabeza. ¡Qué grandes armarios de libros tiene don Mariano!... Hay aquí para entretenerse un rato...
—Pues María se ha leído la mayor parte.
—¿Y tú?
—¡Oh, yo leo muy poco!... Soy muy holgazana... Papá dice que me estorba lo negro—repuso la niña con su ingenua sonrisa y un poco avergonzada. Después añadió:—Mira tú, Ricardo, no es verdad completamente lo que dice papá. Aunque no tenga afición a los libros, algunos me gustan; pero apenas tiene uno tiempo para tomarlos en la mano... Yo no sé cómo me arreglo que no tengo una hora mía..., unas veces por uno y otras por otro...
—Confiesa, chica, que no te gustan y punto concluido.
—Si tú quieres lo confesaré, pero no es verdad; algunos me gustan.
—¿Y el Menino?
—¡Ay, sí, vamos, vamos!
Entraron en la habitación contigua, que era la de doña Gertrudis, la cual les aseguró que por allí no había parecido casta de Menino alguna, aun cuando ella tuviese en la cabeza una verdadera pajarera que le impedía sosegar un instante; y en su consecuencia pasaron al cuarto inmediato, que era el de Marta. Era una habitación que parecía forrada de espejos, pues todo estaba bruñido allí, desde el pavimento de madera hasta los hierros de los balcones. Lo que no estaba barnizado por mano del ebanista lo estaba a fuerza de trapo. La gran manía de Marta, la que le proporcionaba más alegría y más pesadumbre, era el lustre. Su inclinación exagerada a la limpieza le había llevado por una pendiente rápida a pretender sacar brillo a todos los objetos y muebles de la casa y muy particularmente a los de su cuarto. Todos los días, ayudada de la doncella, los frotaba con una bayeta bien seca, sobándolos con afán incansable hasta lograr que lanzasen vivos reflejos. Entonces, toda sofocada, a veces sudando como un río, con el cabello en desorden y las mejillas encarnadas, levantaba la bayeta y permanecía un rato contemplando su obra, los hermosos destellos que la luz producía en el objeto bruñido, con una satisfacción íntima y verdadera, con entusiasmo casi místico. En casa le daban mucha cantaleta, lo cual hacía que se ocultase para desempeñar esta tarea y que procurase cerrar su cuarto a todo el mundo. Ricardo no había entrado nunca en él. Así que sin pensar en el Menino se puso a contemplarlo con atención curiosa e impertinente. Pasaba revista a los cuadros, se detenía ante el tocador, abría los frascos, palpaba las cortinas y hasta entraba en la alcoba para ver la cama, dejando escapar exclamaciones de asombro por lo bien arreglado que estaba todo y especialmente por el lustre particular de los muebles.
—¡Qué cuarto tan lindo tienes, chica!... Parece una taza de plata... ¡Qué camita tan blanda y tan mona!
—Ricardo, no seas curioso..., anda..., vámonos. El Menino no está aquí.
La niña se sentía turbada por la atención del joven. Todas las mujeres bien nacidas tienen el pudor de su cuarto, si vale la frase; porque hay siempre en él como impregnado algo de lo íntimo de su alma y de su cuerpo que repugna mostrar a un hombre. Pero a este pudor se añadía en Marta la vergüenza de que se descubriesen sus manías infantiles y obstinadas como la del lustre, la de colocar los frascos del tocador con cierta simetría propia de un altar y otras tales que servían a los suyos para embromarla a la hora de comer. Por esto se empeñaba en hacerle salir tirando con fuerza de él.