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Marta y María: novela de costumbres cover

Marta y María: novela de costumbres

Chapter 22: VIII
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About This Book

The narrative follows two sisters whose divergent temperaments—one practical and engaged in social charity, the other drawn to mystical, contemplative devotion—set off a series of episodes in a provincial community. Through scenes of domestic life, religious ceremonies, social gatherings and personal crises, the author contrasts active service with spiritual exaltation, examines the dangers of exaggerated mysticism, and sketches a broad gallery of townspeople and local intrigues. The work blends realist observation with moral reflection, tracing personal consequences for faith, love and social standing.

—Anda, Ricardo..., no hay nada que ver aquí..., vámonos, vámonos...

—Déjame, niña, déjame contemplar esta monada de cuarto... ¡Qué precioso!—y metiendo la nariz por la cama decía con mucha seriedad:—¡Huele a Marta!

—¿Quieres callar, majadero?

—A ti no te costará trabajo conservar tu habitación de este modo; pero lo que es yo te aseguro, chica, que ni con pena de la vida podría tenerla así... ¡Si vieses mi cuarto, Martita!

—Sí, sí..., bueno estará... Siempre fuiste un adán... ¡Pero anda, criatura, vámonos!

—Vámonos cuando quieras... Mi cuarto es una cuadra comparado con éste; pero considera que allí entran los perros, los gatos, el jardinero con los zapatos sucios, el cochero con el olor de la cuadra y en fin todo bicho viviente... No es mía la culpa...

Después del cuarto de Marta recorrieron otras piezas, el comedor, el salón, la galería del patio, otra sala de confianza y algunas más sin que el dichoso Menino se dejase ver en ninguna parte. Como quedasen parados en medio de un pasillo sin saber adónde dirigirse, a Marta le vino de repente una idea y dijo:

—Vamos al terrado: aun no hemos estado allá.

El terrado no era a la sazón más que una vasta sala embaldosada de mármol y cubierta de cristales de color. Llamábase el terrado porque lo había sido en otro tiempo, pero don Mariano lo había cerrado con cristalería hacía pocos años, transformándolo en una hermosa y fantástica habitación de gusto árabe donde se iba a tomar café en las tardes de verano con sus hijas y algún amigo. Estaba por amueblar. Sólo había en un rincón tres o cuatro mesillas taraceadas y unas cuantas mecedoras de rejilla. Cuando llegaron nuestros jóvenes la sala se hallaba anegada en luz. El sol, desquitándose aquella mañana de sus largos y frecuentes encierros, salía fogoso y resuelto a visitar todos los rincones de la villa, y al tropezar con los mil cristales del terrado de Elorza, no queriéndola ver mejor, pasaba por ellos y se zambullía dentro con un esperezo vivo y ansioso que abrazaba enteramente el ámbito del salón. Era un mágico espectáculo. Millares de luces rojas, verdes, amarillas, carmesíes, grises y azules ardían dentro de él, poblando el pavimento, la techumbre y las paredes, descomponiéndose en infinitos matices que regocijaban los ojos y los deslumbraban. Sobre el mosaico del suelo caía una lluvia de rayos intensos donde flotaba un polvo ligero y coloreado, y estos rayos se cruzaban y tejían en el espacio formando una tela flamígera, sutil y vistosa, por cuyos intersticios pasaban los fugaces destellos de otros rayos más pálidos donde flotaba un polvo aun más aéreo. Y estos velos de polvo, de rayos, de destellos y de colores extendiéndose unos detrás de otros, a pesar de su transparencia apenas dejaban ver con vaga indecisión, como al través de una bruma, los cristales y arabescos de las paredes. El sol derrochaba sus tesoros de luz y color, como un bajá turco, en el recinto de aquella cámara oriental, demostrando una vez más que cuando él se empeña en formar una decoración brillante y fantástica, no hay tramoyista de teatro con todas sus lentejuelas, bengalas y telones que le ponga el pie delante.

Nuestros jóvenes quedaron un instante absortos ante el caprichoso y mágico trabajo de la luz, enteramente olvidados del Menino, y sin decirse una palabra penetraron en la sala y llegaron hasta el medio con el paso lento y vacilante del que entra en un baño. En efecto, quedaron sumergidos y anegados en un vapor luminoso donde nadaban todos los colores posibles.

—¡Qué hermoso está el terrado hoy!—acabó por decir Marta.

—¡Parece la habitación de un palacio encantado!... Aquí estarían mejor que nosotros un moro con turbante blanco y una odalisca cubierta de brocado y pedrería... ¡Qué juegos de luz tan caprichosos!... Espera un poco, Martita, ponte aquí frente a este rayo de luz roja... ¡Si vieras qué semblante tan particular tienes ahora!... Pareces una gitana..., una hija del desierto.

En efecto, aquella luz tostaba el blanco rostro de la niña, lo encendía con reflejos de sol moribundo y lo animaba con la expresión ardiente y feroz de las naturalezas meridionales. Toda la inocencia de sus ojos, toda la pureza de sus contornos virginales se borraba bajo el poder de aquella llama maliciosa y lasciva, transformándola en un ser distinto, fiero y voluptuoso al mismo tiempo, bien lejano por cierto del verdadero. Ricardo lo comprendió y le dijo:

—No; este color no te conviene... Vente a este otro...

Y la puso debajo de un rayo de luz verde.

—¡Jesús; pareces una muerta!... No, no; éste tampoco... Aquí; a ver el color amarillo... No estás mal..., pero te hace rubia, y las morenas deben quedarse morenas, quiero decir, las pelinegras, porque ya sabemos que tú eres blanca. Vamos a ver el azul... ¡Oh, sorprendente!... ¡Maravilloso!... ¡Qué hermosa estás, criatura!

Tenía razón el joven marqués. El color azul, que es el más espiritual, el más puro y el más sublime de los colores, se adaptaba admirablemente al rostro cándido de Marta. El rayo de luz caía sobre él como una caricia del cielo, bañándolo suavemente de una claridad diáfana. La negra cabellera quedaba teñida de azul profundo mientras el óvalo adorable de su rostro y el cuello firme y mórbido se coloreaban levemente por un azul celeste. La línea delicada y correcta de sus facciones adquiría perfección ideal, y todo su semblante se transfiguraba con una expresión angélica de beatitud.

No obstante, había cierta exageración de mal gusto en esta fisonomía arrobada y celeste que la tinta azul le prestaba. Aquélla no era la Marta verdadera, ingenua y modesta en su expresión como en sus rasgos, sino otra Marta afectada, teatral y fantástica. Ricardo concluyó por decirle que con ninguna luz estaba mejor que con la natural.

La niña exclamó de repente:

—¡Y el Menino, Ricardo!

—Es verdad; nos habíamos olvidado... ¿Pero dónde vamos ahora?... Ya lo hemos recorrido todo...

—Vamos a la habitación de María... Tal vez se haya subido allá...

—No me parece probable..., pero, en fin, vamos.

Subieron a la torre, sin lograr mejor resultado. Ni en la habitación de María ni en la de Genoveva descubrieron rastro del canario. Ricardo sintió cierta emoción al entrar en el cuarto de su amada, que no pasó inadvertida para Marta. Quedose grave y silencioso, y se puso a examinar con afán cuanto allí había, moviendo los objetos, destapando los frascos y hasta abriendo los cajones; de tal suerte que la niña se vio obligada a decirle:

—No enredes, Ricardo... Cuando venga María y vea sus cosas revueltas se va a enfadar.

—¡Y qué importa que se enfade!—respondió con alguna aspereza el joven.

—Es que me va a echar la culpa a mí.

—Bien, pues dile que he sido yo y asunto arreglado.

Entró en la alcoba, levantó las cortinas del lecho, tomó en la mano los libros que había sobre la mesa de noche, tornó a dejarlos y concluyó por tirar del cajón de la mesilla. Había dentro una porción de objetos hacinados, entre los cuales metió la mano, sacando uno por demás extraño.

Era una cruz ancha de cuero, llena de pinchos de bronce por uno de los lados y con un cordón para colgar al cuello.

—¿Qué es esto?—dijo dándole vueltas en la mano con asombro.

Marta adivinó lo que era.

—¡Déjalo, déjalo por Dios, Ricardo!... Se va a enfadar mucho María...

—¡Jesús, qué barbaridad!... ¡Esto debe de ser un cilicio!

—Puede ser..., pero déjalo, déjalo por Dios.

El joven lo arrojó otra vez con violencia dentro del cajón, haciendo un gesto de desprecio y repugnancia.

—María se ha vuelto loca... ¡Esto es una atrocidad que a nada conduce!

—¡No digas eso, que es pecado!... María es muy virtuosa...

—¡Virtuosa!..., ¡virtuosa!—murmuró con cólera el joven—. También tú lo eres sin necesidad de tales extravagancias...

—¡No me compares a mí con María!

Ricardo se puso a dar paseos por el cuarto, agitadamente y sin pronunciar palabra. Después volvió a la alcoba y tornó a sacar el cilicio del cajón, examinándolo con más cuidado.

—Parece que estos pinchos forman letras... Mira... ¿Tú sabes lo que dicen?

—No, yo no leo nada; será aprensión tuya.

—Sí, sí; aquí hay una inscripción... Pero, en fin, no quiero molestarme descifrándola... Todas estas cosas no son más que ridiculeces... Vámonos, chica, vámonos... Dejemos a cada loco con su tema...

Y cerrando el cajón con enfado salió de la alcoba, seguido de Marta. Al cruzar por delante de una de las ventanas del gabinete, la niña lanzó un grito de sorpresa y alegría:

—¡Mira, mira, Ricardo!..., ¡mira dónde está el Menino!

El joven se abalanzó a la ventana, y vio sobre el tejado de la casa, no a mucha distancia, dando brinquitos de satisfacción, muy orondo y espetado, al Menino en persona.

—¡Qué bribón, adonde se ha ido!... Es menester cogerle... ¿Por dónde se sale al tejado?

—Por aquí no; necesitamos bajar primero a casa y subir luego a la buhardilla.

—Pues, vamos.

Bajaron de la torre y después de atravesar algunas habitaciones tomaron la escalera del desván, que venía a parar a una de ellas. Estaba sumamente obscura y el joven subía con mucho trabajo.

En el segundo tramo dio un tropezón.

—¡Oh, se conoce que no estás acostumbrado!... Te vas a lastimar; dame la mano que yo te guiaré.

Tomó la mano de la niña, que era pequeña, pero firme y segura como la de una amazona. No tenía la suavidad del raso como las de María, porque los trabajos de la casa le habían curtido un poco; en cambio ofrecía la tersura amable de una epidermis rebosando de salud y de sangre. No estaba ardorosa tampoco como aquélla, sino siempre tibia y serena, y apercibida a toda molestia como las de una hija del pueblo.

El joven marqués no pudo hacer estas observaciones, porque marchaba atento solamente a no caerse. Entraron en un desván, débilmente esclarecido aquí y allá por algunos delgadísimos rayos de sol, que por los intersticios de las rejas se colaban. Después de caminar un rato, Marta soltó la mano, diciendo:

—Aguarda ahí; voy a abrir la ventana.

Y escapándose con ligereza subió media docena de escaleras que tenía la buharda y abrió de par en par la ventana. Una ola de luz viva, intensa y consoladora invadió súbitamente todo el desván y deslumbró a nuestro joven.

—¡Aquí está, aquí está el Menino!—gritó Marta desde arriba con entusiasmo—. ¡Está muy cerca!... ¡Menino! ¡Menino!... ¡Ven acá, tonto!... ¡Toma, toma!... ¿No me conoces?...

El Menino, que se hallaba a seis u ocho pasos de distancia, al oír la voz de su dueña, ladeó la cabeza con gracioso movimiento, como para escuchar. Los rayos del sol que caían de plano sobre él bañaban su plumaje amarillo, haciéndole resaltar de tal suerte sobre el color rojo del tejado, que parecía un pedacito de oro animado. Dio tres o cuatro brinquitos en son de acercarse a Marta y dijo pi... pii.

—¿Quieres que suba a ver si le cojo?—preguntó Ricardo.

—No; aguarda un poco..., parece que viene él... Menino, Menino..., ven acá, mono..., ven acá..., toma...

El Menino dio otros tres o cuatro brincos, acercándose, y se paró, ladeando otra vez la cabeza para escuchar. No es fácil saber lo que entonces pasó por su cerebro; algo de ruin y de bajo y de deshonroso para la raza a que pertenece debió de ser, porque olvidando en un punto los cariñosos cuidados de su ama, sus continuas caricias, los muchos chocolates que con ella compartió, el regalo de los bizcochos y los copiosos tarros de alpiste, se espulgó con grande indiferencia ante su vista, dijo varias veces pii, pii, con cierta sorna, y abriendo las alas se tendió por el espacio yendo a perderse entre el follaje de las huertas vecinas.

Marta lanzó un grito de dolor.

—¡Dios mío, se ha ido!

—¿Se ha ido?

—¡Sí!

—¿Muy lejos?

—Se perdió de vista.

—¡Pues señor, la hemos hecho buena!

Ricardo subió a la ventana, y siguiendo la dirección del dedo de la niña miró y remiró hasta sacarse los ojos, sin ver absolutamente nada que semejase de una legua a canario. Cuando volvió la vista a Marta observó que por sus mejillas rodaba una lágrima.

—¿No te da vergüenza llorar por un pájaro, tonta?

—Tienes razón—repuso la niña, haciendo esfuerzos por reír y secándose la lágrima con el pañuelo—. Pero me había encariñado con él como con una persona... Ya ves..., ¡hacía tres años que le cuidaba!...

VII

EL ALMA Y EL ESPOSO

El rocío de la Gracia seguía cayendo copiosamente sobre el alma de la primogénita de los señores de Elorza. Las virtudes cristianas florecían en ella como rosas místicas henchidas de fragancia, y uno por uno, con la impaciencia y ardor que imprimía a todas sus acciones, iba subiendo los peldaños de la escala de perfección que conduce al cielo. Sus actos de caridad y de humildad no sólo llenaban de asombro a las personas que vivían cerca de ella, sino que se esparcían ya por toda la villa, sirviendo de ejemplo edificante a jóvenes y viejos y de tema a las conversaciones de sacristía. Los ayunos y penitencias de toda clase, cada vez más frecuentes y ásperos, aumentaban el entusiasmo y la seráfica alegría de su alma, pero enflaquecieron al cabo notablemente el cuerpo. Su frágil naturaleza empezaba a rebelarse contra tanta mortificación y a mostrarse dolorida a cada instante, unas veces en el corazón, otras en el estómago, otras en la cabeza, aunque todo lo sufría con una resignación digna de envidia, y sin que la hiciesen cejar en sus santos propósitos. Padecía frecuentes desmayos, que la tenían largo tiempo sin sentido, y fuertes convulsiones. Algunos días, así que tomaba alimento lo devolvía, y en otros se quejaba de agudos dolores de cabeza. Don Máximo comenzó a recetar los preparados de hierro, baños de mar y vino de quina, con cuya medicación algo se mejoró, aunque poco. El doctor concluyó por afirmar que mientras no cambiase enteramente de régimen de vida no desaparecerían estos achaques; pero fue imposible reducirla a ello.

María comenzó a observar con gozo íntimo, del cual se acusaba a su confesor bañada en lágrimas, que infundía admiración y respeto a la gente; que cuando salía a la calle la saludaban algunos con frases de elogio y cuando estaba en la iglesia la miraban todos los fieles con particular insistencia. A sus oídos llegaban, por boca de los criados, muchas frases lisonjeras, que merecían sus virtudes a los sacerdotes más venerables y a las almas más piadosas de la población, y percibiendo en ellas cierto sabor dulce, les prohibió que se las repitiesen. Algunas señoras consultaban con ella sus casos de conciencia, y la hicieron presidenta de una escuela dominical de adultas, a las cuales comenzó a explicar la doctrina y la moral cristianas, con tanta claridad y elocuencia que no había otra cosa de qué hablar. Al segundo domingo se llenó el local que el Ayuntamiento les había cedido en un antiguo convento, no sólo de criadas y jornaleras, para las cuales se había fundado el instituto, sino también de las personas más distinguidas de la villa, ganosas de comprobar lo que la fama decía de la joven. Y en efecto, pudieron cerciorarse de que poseía especiales dotes para la enseñanza; una palabra sencilla y animada, maneras humildes y paciencia nunca desmentida. Las muchachas hicieron notables progresos bajo su dirección. No contenta con esto, suplicó y obtuvo de su padre que le cediese un pabellón que había en la huerta para reunir allí todos los días una docena de niñas huérfanas y enseñarles a leer, escribir y rezar y darles una educación apropiada a su sexo y posición social. La extremada dulzura con que trataba a las discípulas le granjearon pronto su cariño y hasta su adoración.

En todas partes recibía nuestra virtuosa heroína testimonios inexcusables del gran aprecio con que era mirada, pero muy particularmente en la sociedad de devotos y beatas, donde se la consideraba como un faro luminoso que había de reportar ventajas a la religión. En los tiempos de incredulidad a que habíamos llegado, el espectáculo de una joven tan linda, tan instruida y tan principal, consagrada exclusivamente al ejercicio de las virtudes y de los actos religiosos, no podía menos de influir saludablemente en las costumbres de la villa.

Cierta mañana, al retirarse de las gradas del altar, donde acababa de recibir la comunión, ofrecía su rostro tal expresión edificante, que una mujer salió del concurso, y arrodillándose delante de ella le pidió su bendición. María, turbada y confusa, quiso negarse; pero al fin no tuvo más remedio que ceder a sus instancias. En otra ocasión, pasando por uno de los arrabales con Genoveva, otra mujer que estaba a la puerta de una pobre vivienda, con un niño moribundo entre los brazos, le suplicó que le tomase entre los suyos y rezase un padrenuestro por él. María así lo hizo por complacerla, protestando de que ella era una miserable pecadora a quien Dios no podía escuchar; pero el niño, apenas se vio acariciado por tan hermosa mano, comenzó a sonreír y no tardó muchos días en ponerse bueno. Esta maravillosa cura, pregonada por la agradecida madre, hizo gran ruido en el pueblo. Desde entonces la casa de Elorza se vio invadida por una muchedumbre de mujeres que venían con niños enfermos a pedir a la señorita María que los tomase en brazos y los bendijese. Como esto tenía visos de milagro, al decir de la gente, nuestra joven se apresuró a consultar con su confesor si debía continuar cediendo a los ruegos de las afligidas madres, y el sacerdote, después de tomarse un día para reflexionar, le contestó que no veía ningún inconveniente, antes creía que de ello pudieran redundar algunas ventajas a la fe. ¿Cómo es posible, preguntó María, que Dios quiera obrar actos milagrosos por medio de una criatura tan ruin y tan pecadora como yo? A lo cual replicaba el confesor que significaba gran osadía pretender escrutar los altos designios de Dios, y que se abstuviese de hacer tan irrespetuosas consideraciones; que Dios se valía de quien quería para manifestar su santa voluntad, y que de todas suertes, aunque no hubiese en ello milagro, nunca era malo atribuir al poder del supremo Hacedor los bienes que experimentamos, lo mismo en el alma que en el cuerpo. María acataba estas razones y procuraba hacerse digna por todos los medios que estaban a su alcance, por la oración, por la humildad y la penitencia, de aquellas increíbles gracias que Dios ponía en su mano.

Poco a poco, y por virtud del apartamiento a que su vida piadosa la obligaba, iban aflojándose en su alma los lazos terrenales. Principió por huir toda diversión y entretenimiento mundanos, como bailes, teatros y paseos, donde antes brillaba por su hermosura y elegancia, llegando al extremo de aborrecerlos. Abstúvose después de ciertos recreos lícitos como cantar y tocar música profana, jugar a los naipes, correr por la huerta, tomar parte en las tertulias de su casa. En su afán de mortificarse concluyó por no contemplar a menudo el paisaje desde las ventanas de su cuarto y privarse de aspirar el aroma de las flores y el perfume de las esencias. Todavía le quedó, no obstante, y por mucho tiempo el gusto de vestirse con elegancia, lo cual procedía de cierta reflexión que había leído en un libro devoto francés, aconsejando a las jóvenes que no descuidasen el aseo y afeite del cuerpo, pues Dios se complacía en verlas hermosas y saber que para Él solamente se adornaban. Al mismo tiempo que se iba despegando de los placeres de este mundo se amortiguaban en su corazón los sentimientos de amor hacia las criaturas, aun hacia aquellas que más de cerca la tocaban. Comprendiendo que para amar a Dios es indispensable despojarse de los afectos terrenales, porque ningún otro afecto es digno de entrar en un corazón consagrado al Criador, se apartaba cada vez más del cariño, no sólo de su prometido, sino también de sus padres y hermana. Cesaron las frecuentes expansiones de amor que con todos tenía y por donde se revelaba la ternura de su apasionado espíritu. Cuando veía a su padre por la mañana, ya no se arrojaba a su cuello y le cubría de caricias. Con su hermana ya no desahogaba los secretos y pesares de su corazón. A todos los mantenía alejados por una prudente reserva revestida de dulzura y humildad.

El calor que escatimaba a los humanos iba subiendo, no obstante, como perfumado incienso, a un sitio más elevado, a un objeto infinitamente más digno de él. Su corazón no podía permanecer inactivo; necesitaba amar porque era su ley; necesitaba rebosar de entusiasmo por algo, en lo cual pensara en todos los instantes de la vida y a lo que dedicase continuos sacrificios. María no podía apetecer ni amar nada sin sentirse agitada por una fiebre que la consumía. Cuando era niña había amado a otra de la misma edad, morena, de grandes ojos negros y duros, y la había amado con tal pasión que se había convertido en su esclava voluntariamente. La niña de los ojos negros, hija de un pobre menestral de la villa, la trataba con la autoridad de reina y señora, le exigía todos los juguetes de que era poseedora, la obligaba a plegarse a todos su caprichos, la humillaba siempre que quería, y frecuentemente la maltrataba de palabra y de obra, sin que por eso disminuyese poco ni mucho el cariño de su apasionada amiga. En cierta ocasión, estando las dos planchando las enaguas de una muñeca, la cruel muchacha le dijo con cierto tonillo de burla:—Si tanto me quieres, ¿a que no eres capaz de ponerte por mí esta plancha en un brazo? María levantó con decisión la manga del vestido y aplicó la plancha encendida al brazo, ocasionándose una horrible quemadura. Por estas y otras cosas de que don Mariano tuvo noticia, puso en la calle a la amiguita y le prohibió pisar en adelante el portal de su casa, lo cual hizo enfermar a su hija de dolor.

Cuando un corazón es de tal suerte inflamable, su aspiración constante es la de abrasarse y consumirse en algún amor extraordinario, y cuando no lo tiene lo busca como el sediento la fuente de agua cristalina. María lo había buscado y lo había hallado; un amor puro e inmortal, sublime y maravilloso; el amor de un Dios que reduce a polvo los astros y se entrega como un manso cordero al alma enamorada. Este amor, que iba prendiendo cada vez con más violencia en su espíritu, no sólo se manifestaba en actos casi incomprensibles de humildad y mortificación, sino que se escapaba continuamente de sus labios con frases apasionadas que iban a refugiarse como tímidas avecillas en el sagrado Corazón de Jesús. En un principio había orado con admiración respetuosa, con el alma y el cuerpo prosternados, más asustada que enternecida, como el que hace una declaración de amor; pero así que por mil señales manifiestas comprendió que Jesús correspondía a su pasión y se la pagaba con creces, encontró más libertad y elocuencia en sus palabras y una felicidad más firme en todo su ser.

Los momentos más dichosos de su existencia eran los que consagraba a la oración, que más bien era un tierno coloquio de dos enamorados, incomprensible para los que no han sondeado jamás los profundos secretos del amor divino ni han gustado las dulzuras de la unión mística. A fuerza de conversar con Dios, de comunicarle sus más íntimos pensamientos e impresiones y de confesarle con lágrimas todos los días las más leves flaquezas de su conciencia, había llegado a establecer con Él una santa familiaridad llena de dichas y consuelos. A la hora del crepúsculo, cuando cesaba en sus piadosas tareas, que la tenían ocupada todo el día, acostumbraba a recogerse en su cuarto para gozar a su sabor de los regalos y deleites que Jesús le otorgaba en sus fervorosas súplicas como recompensa de los trabajos y mortificaciones del día.

En una tarde plácida y serena de las postrimerías del invierno, María se hallaba en su cuarto haciendo oración, postrada ante la imagen de Jesús. Todas las ventanas estaban abiertas para recoger la luz que ya se iba escapando lentamente. Por la que miraba a la tierra veíase la extensa llanura de prados y las suaves colinas que la circundaban bañadas en un vapor azul que se hacía cada vez más denso hasta convertirse en niebla. Por la que daba a la ría se veía la superficie de ésta tranquila, inmóvil, como si de improviso toda aquella agua se hubiese convertido en piedra. Cerca del Moral había cuatro o cinco montecillos de arena, llamados con propiedad los Arenales, que heridos por los moribundos rayos del sol brillaban como grandes topacios. Ni el más leve ruido turbaba el silencio del gabinete, que en aquel momento semejaba, por lo sombrío y recogido, un gran confesonario.

Una hora larga hacía que la joven conversaba con el Amado de su corazón, sin que ningún pensamiento terrestre se deslizase en su arrobado espíritu. Nunca se sintiera tan abstraída y despegada de la carne y de los intereses mundanos. Todo el calor de su cuerpo se había refugiado en el corazón, que latía con inusitado brío. Tenía los ojos cerrados. Después de haber rezado todas las oraciones que sabía de memoria, algunas compuestas por ella, dejó descansar los labios y se entregó a una suave meditación, donde su fantasía se espació como en un campo infinito esmaltado de flores. Lo mismo el confesor que los libros devotos le aconsejaban que pensase con frecuencia en la cruenta pasión y muerte del Redentor, y así lo había hecho hasta entonces, embargada de dolor y anegada en lágrimas. Se le clavaba en el alma aquel rostro contraído y angustiado de Jesús en la cruz, aquellos ojos entornados y moribundos, donde aun ardían el amor y la bondad eterna de un Dios. Cuando le veía marchar hacia el Calvario, cargado con el pesado leño y caer una, dos y tres veces, rendido de fatiga, sin encontrar en los feroces rostros que le rodeaban una mirada de compasión, sentía anudársele la garganta y estallar el pecho en sollozos. Asistía uno por uno a todos los dolores de Cristo, desde la memorable noche del huerto hasta el instante de cerrar los ojos para siempre entre dos ladrones, víctima de la perfidia de los hombres. Las sublimes palabras de perdón que al expirar pronunció, sonaban en sus oídos como una promesa del cielo y una esperanza de verle aún rodeado de gloria en la otra vida.

Pero en aquel instante su pensamiento huía de las escenas de muerte. En torno de él flotaban imágenes risueñas y gloriosas que le infundían una amable alegría que pocas veces había sentido, acompañada de indecible bienestar corporal. Creía sentir un suavísimo calor que irradiaba del corazón hasta las manos y los pies, como si la sumergiesen en un baño de leche tibia. Al mismo tiempo, unas manos delicadas y fragantes le tenían cerrados los ojos, mientras un hálito dulce le refrescaba la frente. El gabinete de la torre se henchía de vagos y tenues sonidos que su imaginación transformaba en conciertos misteriosos. Estaba tan fuera de sí que no sabía si se hallaba en realidad despierta, por más que conservase todas sus potencias. Poco a poco empezó a perder la voluntad; trató de abrir los ojos y no pudo; trató de separar las manos que tenía cruzadas, y tampoco lo consiguió. Una fuerza superior la ataba, pero tan dulcemente, que por nada en el mundo rompería aquellos lazos. Era un desmayo celestial de todo el ser que la sumía en deleites ignorados por ella hasta entonces. Las lágrimas resbalaban por su rostro como un licor exquisito que bañaba sus labios de dulzura, y desde los labios corría por lo interior de su cuerpo y penetraba en los huesos como unción suavísima, como un gran olor. Este licor la embriagaba y la fortalecía a la vez, y no se cansaba de beberlo. La salud penetraba como un torrente en su marchito cuerpo, prestándole una fuerza incomprensible; entraba en una vida plena y divina donde no existen los dolores, en un letargo extático lleno de molicie, del cual nacían muchedumbre de vagos deseos, como flores que abren su cáliz un instante y difunden por el aire su perfume. Los deseos de su alma también se difundían y apagaban en la inmensa alegría que la embargaba.

Mientras el cuerpo dormía en este dulce enajenamiento de los sentidos, velaba el espíritu con actividad maravillosa. Su memoria estaba bañada de claridad y la imaginación se lanzaba con raudo vuelo dando vuelta a los orbes. En vez de meditar sobre la muerte del Señor, pensaba con íntima complacencia en su adorable vida y recorría todos los pasos completamente embelesada, representándoselos con tal verdad como si realmente hubiese asistido a ellos. Veía primeramente a Jesús naciendo en la gruta de las cercanías de Belén, abrazando con sus tiernos brazos el cuello de la Virgen y sonriendo a los pastores y a los magos que de luengas tierras vinieron a adorarlo. Veíale en seguida transportado a Egipto, recorriendo los desiertos de la Arabia, durmiendo sobre el regazo de su madre debajo de algún árbol o en el fondo de alguna cueva. Después lo encontraba en los pórticos del templo de Jerusalén sentado en medio de los doctores, cuando sólo tenía doce años, con sus largos cabellos de color de bronce y la blanca túnica, que formaba graciosos pliegues hasta cubrirle los pies, asombrando a todos tanto por su belleza sobrehumana como por la profunda sabiduría de sus palabras. Contemplábale en su modesto albergue de Nazareth, en la paz de una vida obscura y contemplativa, nutriendo su divino espíritu de las sublimes verdades que el Eterno Padre le comunicaba en sus frecuentes solitarios paseos. Asistía después a sus primeras predicaciones por la Galilea y al primer milagro con que dio testimonio de su poder infinito en las bodas de Caná. Acompañábale a Cafarnaum, cuando de pie sobre una barca de pescar, mecida suavemente por las olas, dirigía su palabra, más clara que el sol que los alumbraba, más dulce que la brisa de la tarde, a la muchedumbre congregada a la orilla. Volvía con Él a Nazareth, de donde sus rebeldes e ingratos compatriotas le arrojaron sin dejarse vencer de su dulzura y elocuencia. Marchaba a Bethania, donde la santa de su nombre, María Magdalena, y Marta, su hermana, tuvieron la dicha de hospedarle y aquélla de escucharle sentada a sus pies por largo tiempo. En todas partes le veía sereno y hermoso como lo pinta la tradición, con sus ojos azules de inexplicable dulzura, el cutis sonrosado y transparente, la barba apuntada y su dorada cabellera partida por el medio cayendo en ondas sobre los hombros. Los numerosos retratos que había visto, no sólo de su divina persona, sino del país donde las predicaciones se efectuaron, unido a su poderosa fantasía, la transportaban a los tiempos de la Redención, como nadie pudiera imaginarse. Pero donde más se placía su imaginación era en verle entrar triunfante en Jerusalén, seguido de una muchedumbre embriagada de entusiasmo, en medio de hosannas y bendiciones. Entonces su hermoso rostro, que desaparecía casi entre el follaje de los ramos y las palmas, tomaba una expresión divina; sus ojos, tan apacibles, brillaban con el fulgor de la omnipotencia y sus manos se extendían sobre la ciudad, perdonándola de antemano el bárbaro deicidio. ¡Oh, cómo se recreaba su alma con esta escena poética y tierna en que Jesús alcanzó sobre la tierra un poco de la adoración que se le debe! Si ella se hubiese encontrado en aquellos parajes, formaría parte del séquito del Rey de los Reyes y elevaría su voz para aclamarle. La mezcla que había en Él de poder y de humildad, de fuerza y dulzura, la llenaba de entusiasmo y de admiración.

Sabía, no obstante, que la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén repetíase diariamente en un sentido místico; que el divino Señor gozaba más entrando en el alma de sus escogidos que en la ingrata hija de Sión; que el amor era poderoso contra el dueño absoluto de todas las cosas y tenía placer en entregarse a quien se lo profesaba. Mas para ello era necesario amarle mucho, amarle de tal modo que se prefiriesen los dolores y tormentos venidos de su mano a los deleites más exquisitos de la tierra, amarle hasta desfallecer y morir en su presencia y caer rendida a sus pies bajo el imperio de su mirada; era necesario pasar largas horas buscándole en las profundidades del cielo, en el sosiego de la tarde, en la hermosura de las flores, de los pájaros y de todas las criaturas, al lado de los moribundos, en el centro de los dolores y penitencias; era necesario dejar correr las horas en extática oración, sintiendo resbalar las lágrimas y quemar las mejillas; era necesario obedecer a todos, ser la sierva humilde de todos, despegarse de todo lo criado, hasta de sus mismos padres, y aborrecerse a sí misma para ser la amada de Jesús. ¡Así, así le amaba ella! ¡Cuántas horas del día y de la noche había pasado pensando en Él! ¡Cuántas lágrimas había derramado por su causa! ¡Cuántas veces en el silencio de la noche había salido su alma con ansias en amores inflamada como la Esposa del místico Cantar, en busca del Dueño de su corazón! Y cuando de esta manera le buscaba ardiendo en amoroso deseo, nunca dejaba de hallarle. En cierta ocasión, habiendo pasado todo el día curando a los enfermos del hospital, a la hora de acostarse sintió tan gran placer en su alma y en su cuerpo, que faltó poco para que se desmayase. Humillándose delante de alguno también percibía un dejo exquisito. Macerando su cuerpo con áspera disciplina, había sentido más deleite que jamás le había proporcionado el mundo con sus desabridos placeres. De esta suerte Jesús le empezaba a pagar subidamente el amor que le profesaba, transformando para ella en regalo lo que para otros era dolor y penitencia.

Esta última consideración penetró tan agudamente en su espíritu, que la hizo prorrumpir en un sinfín de gracias y bendiciones, que permanecieron encerradas en el corazón sin brotar a los labios. Sus labios estaban mudos, inmóviles como los de la esfinge, sin osar reproducir por medio de sonidos los inefables pensamientos que cruzaban por su mente. Escuchaba dentro de sí mil voces suaves que le hablaban, pero sin comprender lo que decían: sentíase suspendida por unos delicados brazos, que sin cesar la acariciaban y advertía cerca, aunque sin verla, como la presencia de un ser sobrenatural que la consolaba con su aliento. Entonces se persuadió de un modo repentino a que el Señor la amaba. Vio claramente con los ojos del espíritu que el esposo acudía ya a la voz de la esposa y no deseaba más que unirse a ella para enriquecerla y regalarla eternamente. Ya estaba cerca: lo sentía a su lado y se deshacía en ansias de verle; pero Él no se mostraba, no acababa de rendirse a sus tiernas y amorosas súplicas. Como el que muestra una golosina a un niño y se la oculta, y de nuevo se la enseña y torna a ocultársela para encenderle más el apetito, así el divino Esposo la tenía suspensa y embelesada, irritando más y más su deseo. La apasionada estrofa de San Juan de la Cruz acudió a su memoria:

¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero,
No quieras enviarme
De hoy ya más mensajero,
Que no saben decirme lo que quiero.

Y mil veces la estuvo repitiendo en su interior con una sublime congoja en que le parecía que el alma quería salírsele por la boca. Pero su boca seguía muda. Quería gritar, romper en alabanzas de Jesús, desahogar los ímpetus fervorosos de su pecho, y no le era posible. Sentía una extraña opresión que la mataba con una muerte celestial que no trocara por cien vidas.

Un deseo punzante, ansioso, irresistible se apoderó súbito de su corazón. Jesús, el Rey de las almas, había otorgado a alguna favores que espantaban por los grandes e incomprensibles. A Santa Isabel, después de sus prodigiosos actos de caridad y penitencia, se le había aparecido y le dijo: «Isabel, si tú quieres ser mía, yo quiero ser tuyo también, y nunca separarme de ti». A Santa Catalina de Siena la venía frecuentemente a consolar a su celda, platicaba y paseaba con ella y muchas veces la ayudaba a rezar sus oraciones. A Santa Teresa la tomaba entre sus brazos, sin que pudiese desprenderse y la acariciaba y la besaba. ¡Si ella lograse un regalo parecido! Apenas nació en su mente este pensamiento atrevido se espantó de él y sintió tanta vergüenza que de buen grado se hubiera ocultado debajo de la tierra. ¡Oh, no, Dios mío! ¡Quién era ella para recibir una gracia semejante, otorgada solamente a las mártires de la caridad y a las seráficas vírgenes que brillan en el cielo como claros luceros! ¡Perdón, Jesús mío, perdón!

Mas aquel osado deseo no quiso apartarse de su espíritu y continuó persiguiéndola sin que a pesar de muchos esfuerzos lograse desecharlo. Ella no era digna de tanta gloria, bien lo sabía, pero su deseo era hijo del amor que el divino Jesús le había infundido en el pecho; de suerte que no era ella, sino el mismo Jesús el autor de este deseo. Si no la hubiese abrasado en su celestial afecto y empezado a otorgar favores tan gratos como inmerecidos, nunca le hubiera venido a la cabeza idea tan disparatada. No, no pedía tanta gracia, tanto consuelo; le bastaba con lo que Jesús se dignase darle, con algunas migajitas de su amor inmortal. Se consideraría la más dichosa de las vírgenes del cielo si al cabo de largos años de oración y penitencia, de amarguras y tribulaciones, Jesús le consintiera poner los labios una sola vez en su divino rostro. ¿Oh Jesús mío, será pecado el pedir esto? ¿Podrá merecer jamás esta ruin criatura un gozo tan infinito?

Alzó los ojos. Jesús, con su nimbo dorado que brillaba entre las sombras reflejando la última y triste claridad de la ventana, y su luenga túnica de infinitos pliegues, extendía las manos hacia ella, clavándole al mismo tiempo una mirada dulce y profunda. Corrió por sus venas una sensación de frío cual si se sintiera próxima a la muerte; pero al instante fue substituida por otra de calor intenso que la hizo sudar por todos los poros del cuerpo. Comprendía vagamente que se estaba efectuando un adorable misterio a su vista, y un santo temor la sobrecogió. El gabinete estaba envuelto en la sombra: las ventanas parecían grandes ojos opacos que miraban por sus muros. Un enternecimiento suave y lánguido apoderose de su ser y la inundó de felicidad. Desapareció el temor. Entraba en ella la certidumbre de ser querida por Jesús, de ser la amada de un Dios. La ternura, la admiración, la dicha rebosaban de su pecho y ya no pudo apartar los ojos de los del Señor, bebiendo en ellos el misterio e inefable deleite de la gloria.

El mismo deseo se presentó de nuevo en su mente. Esta vez lo formuló con palabras, cuyo aliento cálido resbaló por sus manos cruzadas delante de la boca.

—Jesús mío, ¿permitiréis a vuestra sierva poner los labios en vuestra divina persona?

Jesús se inclinó aún más. María sintió que los cabellos se le erizaban y el corazón quería salírsele del pecho. Jesús había hablado. Su voz penetró como una música en el alma de la joven, que se creyó muerta y trasladada al cielo.

Jesús había dicho:

Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven.

—¡Señor, yo no soy digna!—exclamó María con un grito de angustia y de dicha a la vez.

Jesús volvió a decir:

Toda eres hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha.

—¡Jesús mío, os amo sobre todas las cosas!

Paloma mía, muéstrame tu rostro, suene tu voz en mis oídos, porque tu voz es dulce y tu rostro hermoso—replicó Jesús inclinándose todavía más.

Entonces la joven, arrebatada de gloria y entusiasmo, se abrazó a las rodillas del Señor y las inundó de lágrimas, diciendo entre sollozos, como la esposa del texto sagrado:

Mi alma se ha derretido cuando habló mi amado.

Y poco a poco sus brazos, anudados al cuerpo de Jesús, fueron subiendo hasta estrecharle el cuello. Faltole el aliento y sintió escapar su memoria, su imaginación y todas sus potencias, perdiéndose en una alegría inmensa y ansiosa, donde todo el ser se bañaba como en un éter purísimo. Acercó el rostro al del Señor; tocó con sus mejillas las del Amado, posó los labios en la blancura de su frente, en el fulgor de sus ojos, en el coral de sus labios.

Y en la sala de la torre, silenciosa, hundida en las tinieblas, sonó por largo tiempo un ruido de sollozos y besos comprimidos. Al cabo, un cuerpo humano, el cuerpo de la señorita de Elorza, privado de sentido, rodó pesadamente por el suelo. Genoveva, al entrar con luz, después de un rato, todavía la halló desmayada, con los ojos abiertos e inmóviles, reflejando en su rostro una celestial alegría.

VIII

COMO USTEDES GUSTEN

Llegó la primavera. Los vientos del N. E., a modo de escoba gigantesca manejada por la mano de algún dios aficionado a la limpieza, barrían a menudo el polvo y la ceniza del firmamento. Los marineros que salían de madrugada a la pesca, al poner el pie en el muelle veían muchas veces un gran pedazo de cielo azul sobre las casas lejanas del Moral, que se iba extendiendo lentamente hacia los cuatro puntos cardinales, dejando suspensas sobre el horizonte algunas levísimas rayas de niebla de color violeta semejando grandes cejas. La vasta sábana de la ría, en vez de los tristes y metálicos reflejos del invierno, dejaba escapar ahora hermosos destellos azules, y las cáscaras de nuez, llamadas barcos por mal nombre, cabeceaban impacientes en la dársena como otros potros preparados a salir. Mas por las tardes todavía el invierno reivindicaba sus derechos, ora esparciendo sobre la villa y la ría una espesa capa de niebla, que no tardaba en deshacerse en cierzo, ora haciendo correr por el cielo furiosamente negras y colosales nubes que iban a descargar su peso a lo interior. Algunos días no obstante, a la puesta del sol, un soplo de aire tibio llegaba de la parte de tierra, que advertía deliciosamente a los pacíficos habitantes de Nieva de la presencia en aquel partido judicial de la más amable y coqueta de las estaciones. Y este soplo de aire cargado de perfumes, subiendo por la nariz al cerebro de los vecinos más inclinados a la poesía y a las dulces expansiones del corazón, se portaba como enemigo declarado del sosiego de los espíritus femeninos y perturbador de la paz de las familias.

La villa dormía plácidamente como una sultana, recibiendo la caricia halagüeña de este soplo. Sin embargo, debajo de sus techos el sosiego era más aparente que real. Una gran parte del vecindario seguía durmiendo como antes a pierna suelta, pero otra no menos numerosa y estimable, sin saber a qué atribuirlo, despertaba varias veces en el curso de la noche y se pasaba en ocasiones una hora con la luz encendida leyendo los artículos de El Tiempo, sin lograr conciliar el sueño. Bebíase gran copia de vasos de agua; soñábanse cincuenta mil disparates, que al recordarlos por la mañana hacían sonreír con enternecimiento a los honrados moradores, y más de uno y más de dos atraparon una fluxión de pecho por habérseles caído la ropa de la cama. Despachábase en las dos boticas del pueblo una cantidad extraordinaria de cebada perlada; algunos rechazaban a la mesa el vino, con sorpresa de sus consortes; y dulcificábase extremadamente el carácter de los señoritos en el trato con las criadas. El librero de la calle de la Industria pedía a Madrid algunas novelas de Paul de Kock por encargo de sus parroquianos, y el profesor de piano hacía análoga reclamación a los editores de música, de varias romanzas sentimentales con títulos apasionados como Vorrei morir, Tutto per te, Non posso vivere y otras de igual jaez, por empeño de sus discípulas. Las golondrinas comenzaban a instalarse en los corredores, y después de cortejarse unos cuantos días por el aire persiguiéndose con gritos descompasados y partiéndose solas las parejas a los sitios más escondidos de las huertas, sin respeto alguno al qué dirán y a las buenas formas, celebraban sus bodas con la misma grosería, sin consultar la voluntad de los papás, ni suplicar dispensa cuando la necesitaban, ni proclamarse por conducto del párroco, ni encargar trousseau a París, ni recibir un mal juego de café de los parientes, ni pasar papeletas impresas a los amigos y conocidos participando su efectuado enlace, ni siquiera insertar en La Correspondencia de España un suelto diciendo: «Ayer, ante numerosa y escogida concurrencia, en la que figuraba lo más eminente de la nobleza, la política y la literatura, se verificó en casa de la desposada el anunciado matrimonio de la bellísima y distinguida golondrina doña Fulana de Tal con el acaudalado golondrino don Zutano de Cual. Después de servirse un espléndido buffet, los novios partieron a su rica posesión de los Robledales, en Aragón». Y quien habla de las golondrinas claro está que se refiere igualmente a toda la caterva de pájaros que habían sentado sus reales tanto en las huertas de Nieva como en los inmensos pinares que bordaban las orillas de su ría.

Entre las personas en quienes la influencia de este soplo primaveral se ejercitaba de un modo más señalado (dejando aparte, por supuesto, a la señorita de Delgado, con quien nadie se atrevería a mantener competencia en materia de sensaciones, sentimientos, emociones y todo lo referente a la vida del corazón) contábase nuestro conocido Manolito López. Su apreciable familia observaba con grata sorpresa, no sólo que el carácter del chico se dulcificaba a ojos vistas, sino también que crecían y se propagaban en él de un modo inusitado la inclinación al aseo y los hábitos de compostura. Esta loable inclinación manifestábase en todas las prendas de vestir que adornaban su persona, pero muy particularmente en el calzado. Un tarro de betún superior cada quince días no era bastante para el consumo de sus botas, gastando mucha parte de la mañana y de sus fuerzas físicas en ponerlas relucientes como un espejo, y aun así no estaba contento. Hubiera necesitado Manolito que el brillo del diamante brasileño y el de todos los de las coronas reales europeas, el de los mares y el de los astros viniera a refugiarse a ellas para quedar enteramente satisfecho. Después de dar la última mano de gato a sus cabellos, Manolito salía siempre en la amable compañía de sus botas charoladas a pasear por delante de la casa de Elorza, y calle arriba, calle abajo, allí se estaba todo el tiempo que le permitían sus ocupaciones y alguna parte también del que le prohibían. Los balcones de la casa permanecían por regla general herméticamente cerrados, pero Manolito, a juzgar por el gracioso contoneo que adoptaba al cruzar por delante, debía de sospechar que unos ojos fijos y enamorados le estaban siempre observando por detrás de las rendijas. Tal vez que otra los balcones se abrían, apareciendo en ellos la figura de Carmen, de Genoveva, de Adela o de algún otro sirviente, que le dirigían miradas no bastantemente respetuosas, atendiendo a la edad (quince años y tres meses) y al carácter de nuestro joven. De raro en raro solía aparecer también la linda cabeza de Marta, que paseaba sus ojos un instante por los contornos de la casa con expresión indiferente; la cual, dicho sea en honor de la verdad, no se trocaba en apasionada y halagüeña a la vista de Manolito, antes bien continuaba de la misma suerte, apagada y severa, como si nuestro joven no tuviese más personalidad que una columna de los soportales, o que el reloj del Ayuntamiento o el letrero del café de la Estrella o cualquiera de los objetos inanimados sobre los que se espaciaban los ojos de la niña. Manolito quedaba algunos momentos turbado, como si hallándose navegando por los mares del Polo viese de improviso llegar hacia él una enorme montaña de hielo, pero no tardaba en reponerse, exclamando para sus adentros: «¡Qué disimulada es esta chica!» Y aunque los balcones se cerrasen inmediatamente con chirrido desdeñoso y permaneciesen tapiados todo el día, Manolito no dejaba de pasear arriba y pasear abajo, atrincherado siempre en su convicción de que por los intersticios de las cortinas unos ojos extáticos y húmedos de amor le clavaban mil saetas apasionadas.

Pero donde la primavera ejercía un imperio más absoluto y hasta despótico (dejando siempre a salvo, por supuesto, el espíritu poético de la señorita de Delgado) era en la huerta de los señores de Elorza. Allí, sin consultar para nada la voluntad de las flexibles mimosas ni de las redondas acacias, ni de las imponentes catalpas, ni la de ningún otro árbol o arbusto, flor o legumbre, por respetable que fuese, comenzó a vestirlos todos de verde, matizando los trajes cuidadosamente, a éste dándole uno obscuro y profundo, a aquél claro y deslumbrante, al otro pálido y amarillento, haciendo con ellos una especie de mascarada risueña y original que lisonjeaba la vista de los que aun persisten en tener afición a las obras de la naturaleza. Sobre este traje brillaban como honoríficas condecoraciones algunas flores, amarillas, blancas, azules o encarnadas, prestas a embalsamar el ambiente con los suaves aromas que guardan en su corazón.

La huerta era extensa, como pocas, dilatándose desde la plaza, donde se alzaba la casa de don Mariano, hasta el muelle, por un lado, y por el otro hasta las últimas casas del pueblo. Y ora porque no fuese muy fácil cuidar esmeradamente tan gran pedazo de tierra, bien porque don Mariano no quisiera, como hombre de gusto, imponer su ley a la naturaleza, estableciendo en su finca un régimen tiránico de tijeras y líneas geométricas, lo cierto es que ofrecía toda ella el vigor desordenado, la exuberancia y la espontaneidad que no suele verse ya sino en las huertas provincianas gobernadas aún por un sistema español amplio y tolerante. Las calles, aunque tiradas a cordel, según prescribía la moda en el tiempo en que se abrieron, estaban ya torcidas, gracias a las invasiones o a las deficiencias de los setos de membrillo, boj y rosal. Los árboles cerraban en muchos parajes estas calles con bóveda espesa, prestándoles un tinte de amable misterio, que digan lo que quieran, es el hechizo mayor de los jardines, y apelamos al testimonio de todas las almas ardientes elevadas, particularmente a la de la señorita de Delgado.

Por detrás de los árboles y al través de los setos se veía algún fauno o sátiro de piedra, deteriorado, con grandes manchas verdes por las espaldas musculosas, arrojando agua por narices y boca; en esta agradable ocupación había pasado toda su vida. Las flores no tenían en el jardín de Elorza los monstruosos privilegios que suelen gozar en los flamantes parques modernos, sino que se habían establecido en un pie de igualdad con las modestas cuanto suculentas legumbres. Al lado de un grupo o cesto de dalias crecía una esparraguera, y a la vista de un magnífico macizo de cannas índicas y calladium prosperaba un bosque de alcachofas y un cuadro de berzas de la Alsacia. En una de las esquinas había un gran tendejón donde yacían hacinados muebles viejos de la casa, algunos coches estropeados, aperos de jardinería, etc., etc. Circundaba toda la huerta una tapia de bastante espesor y elevación por donde trepaban la yedra y la madreselva cautelosamente hasta asomar sus hojas por encima como pilluelos que entrasen a robar fruta y tratasen antes de espiar al jardinero. Sobre uno de los lienzos de la tapia se alzaban los palos de los barcos del muelle, que con sus numerosos cables, enlazándose y cruzándose en todos sentidos, semejaban de lejos arañas monstruosas. Una gran puerta enrejada de hierro ponía en comunicación a la huerta con el muelle.

La hija menor de los dueños de esta huerta se hallaba una mañana en ella cortando flores con las tijeras que pendían de su cintura y colocándolas después con mucha delicadeza en un cestillo de mimbre. Las iba eligiendo de un lado y de otro, parándose a veces a reflexionar delante de algunas, y dejándolas intactas para ir en seguida hacia otras y volver más tarde a las primeras, dando un sinfín de vueltas en todas direcciones con paso vacilante. Se hallaba tan embebida en las profundidades de alguna combinación referente al ramo de jardinería, que se dejaba tostar sin piedad por un magnífico sol iracundo y soberbio, como pocas veces solía estarlo. Desde la última vez que la vimos había experimentado en su figura algún leve cambio, no muy fácil de definir. Acababa de cumplir los catorce años. Su desarrollo físico, siempre exuberante y vigoroso, había dado una sacudida en los últimos tres meses, no estirándola y enflaqueciéndola a la par, como sucede generalmente con las niñas en esta edad, sino acabando de modelarla como un hermoso juguete. Marta iba a quedarse pequeñita. La naturaleza estaba dando los últimos toques a su figura, abultando la línea de su cadera, redondeando sus brazos, hinchando su seno virginal y perfilando la elipse de su rostro, sin acordarse para nada de otorgarle tres dedos más de estatura, que eran los que le hacían falta. Por eso un teniente de caballería andaluz, al hacerle un favor y un disfavor en el juego de prendas, le había dicho recientemente: «—Ez uzté mu bonita, pero ez uzté mu redondita». Y esto había servido para que los amigos de la casa la llamasen festivamente la redondita y la mareasen a la continua con el «ez uzté mu bonita, etcétera». La expresión del rostro continuaba siendo tan plácida, tan grave y dulce como antes. No obstante, sus grandes ojos negros, serenos y límpidos, que, como hemos dicho, ofrecían cierta singular inmovilidad semejante a la de los que padecen de gota serena, adquirían un movimiento tan sosegado y tan dulce que una de las señoritas de Ciudad, la misma que la había presentado al ingeniero Suárez, no pudo menos de exclamar la noche anterior:

—¿No repara usted qué mirada tan suave tiene Martita?

—En efecto—repuso el ingeniero—, esa niña parece que acaricia con los ojos cuanto mira.

Al mismo tiempo propendían a quedársele húmedos, lo cual aumentaba aún más su brillo y su ternura. Vestía en aquel momento un traje morado obscuro extremadamente ceñido y plegado al cuerpo, y si bien, a petición suya, se los hacían ya un poco más largos, todavía al bajarse para cortar las flores enseñaba gran parte de unas espléndidas y bien torneadas pantorrillas, que corrían pareja con los brazos de marras.

Después que hubo cortado, a su juicio, las suficientes flores, fue a sentarse en un banco de piedra a la sombra, y poniendo el cesto a su lado y sacando un ovillo de hilo, se dispuso con gran calma a hacer un ramillete. Tomó primero una magnífica rosa blanca de las llamadas de té, le quitó todas las espinas y foliolos y ató en torno suyo una serie de hojas de malva. Al llegar a este punto de la operación apareció Ricardo. Marta levantó la cabeza al oír los pasos y la bajó rápidamente para continuar su obra.

—Te andaba buscando, Martita.

—¿Para?

—Para nada..., para verte... ¿Te parece poco?

—Si no es más, me parece poco, sí.

—¿Acaso no quieres que te vea?

—No digo eso..., pero como no hace aún veinticuatro horas que has estado en casa...

—De todos modos tenía ganas de verte.

Marta calló y siguió su tarea poniendo en torno de la rosa y apoyados en las hojas de malva tres pensamientos obscuros. Ricardo había cambiado también un poco desde la última vez que le vimos. Su rostro estaba levemente descaecido, y a la ordinaria expresión de alegría había sucedido otra como de fatiga, que a veces rayaba en triste y amarga. Indudablemente no había sido muy feliz en los últimos meses. Ya sabemos que no tenía motivos para serlo. La perpetua lucha que necesitaba sostener con los escrúpulos de María y el desvío sincero o fingido que observaba en ella constituían un disgusto sordo y continuado que le amargaba la existencia. Los breves ratos en que conseguía hablar con su adorada, en vez de dedicarlos a las dulces expansiones del amor, se pasaban ordinariamente en reyertas y reconvenciones o cuando menos en largos discursos suasorios de la una y la otra parte; Ricardo convenciendo a María de que sus prácticas piadosas eran una exageración incompatible con la naturaleza humana; María tratando de persuadir a Ricardo a que abandonase las frivolidades del mundo y emprendiese el camino de la virtud, que es el de la salvación.

Después que hubo contemplado silenciosamente por un momento la obra de Marta, le preguntó:

—¿Para quién es ese ramo?

—Para María, que quiere empezar esta tarde sus flores a la Virgen. Me ha pedido que le hiciese dos y ya tengo uno en casa.

Un relámpago de alegría pasó por los ojos del joven al oír el nombre de su amada y empezó a interesarse en el arreglo del ramillete. Marta notó perfectamente la alegría y el interés de su futuro hermano.

Entre los tres pensamientos colocó tres claveles, uno rojo, otro de color de rosa y otro blanco. Después tomó algunas hojas de almoraduj y rosal, y ciñó con ellas el naciente ramo. En seguida colocó alrededor una faja de margaritas alternando los colores: encarnada, blanca, azul y jaspeada.

—Ahora debes poner más claveles—apuntó Ricardo con la osadía del ignorante.

—Cállate, Ricardo; no sabes lo que dices... Ahora se pone un relleno de almoraduj y malva para que las margaritas tengan donde apoyarse... Es necesario que las flores vayan sueltas y no se toquen unas a otras para que cada cual conserve su forma dentro del ramo... ¿Lo ves?... Ahora ya puede agregarse una faja de rosas sin temor de chafar las margaritas, una blanca, otra encarnada..., una blanca..., otra encarnada... Basta...

El hilo daba vueltas entre sus dedos, apretando suavemente las flores. El ramillete iba tomando una forma piramidal bien proporcionada. Ricardo, al dirigir la vista al cestillo, vio unos geranios de color rojo extremadamente vivo y exclamó:

—¡Oh qué geranios tan hermosos!... Este color tan vivo debe convenirte muy bien, Martita... Ponte uno en el pelo...

La niña, sin hacerse de rogar, cogió el que le presentaba y se lo colocó entre sus negros cabellos por encima de la oreja. Esta combinación tan vulgar de lo negro con lo encarnado que todas las niñas conocen se manifestó más armoniosa que otras veces por la intensidad excepcional tanto de lo obscuro como de lo rojo. El geranio, al trasladarse a aquel sitio, pareció haber cumplido su destino en la tierra, brillando más hermoso y satisfecho que nunca.

Ricardo contempló la cabeza de Marta con verdadera admiración, mientras por los labios y los ojos de ésta vagaba una inocente sonrisa de triunfo.

En torno de las rosas colocó en vez del relleno verde de almoraduj y malva otro de alelíes blancos y morados y en seguida una faja de geranios de todos colores, combinándolos graciosamente. Estaba hecho el ramillete. Para cerrarlo cogió algunos puñados de tomillo y los fue agregando a fin de que le sirviesen de apoyo. Las flores todas, artísticamente combinadas, aparecían sueltas, ostentando cada cual su propia forma perfectamente unidas al todo.

Marta levantó el ramo en alto, diciendo con orgullo infantil:

—¿No está bien?..., ¿no está bien?

—¡Admirable!..., ¡admirable!—prorrumpió Ricardo, y en el colmo del entusiasmo tomó el ramo, le dio una porción de vueltas y poniéndolo después en el cestillo cogió una mano de la niña y se la llevó a los labios.

Marta se puso tan encarnada como el geranio que llevaba en el pelo y la retiró velozmente. Ricardo, mirándola con sonrisa burlona, le dijo:

—¿Qué es eso, señorita? ¿Qué es eso? ¿Se avergüenza usted ya de que le besen una mano cuando no hace todavía cuatro meses que la besábamos todos en la mejilla?... No paso por ello... De ningún modo paso por ello...

Y tomándole a la fuerza las dos manos empezó a repartir besos en ellas a toda prisa sin darse punto de descanso hasta que creyó percibir algo raro sobre su cabeza y la levantó. Marta estaba llorando. La sorpresa del joven fue tan grande que soltó las manos sin decir palabra. La niña se tapó con ellas la cara y comenzó a sollozar con vivo sentimiento.

—Martita, ¿qué te pasa?... ¿Qué tienes?—le preguntó todo asustado, bajándose para verle el rostro.

—Nada, nada..., déjame.

—¿Pero por qué lloras?... ¿Te he lastimado?... ¿Te he ofendido?...

—No, no..., déjame, Ricardo..., déjame, por Dios.

Y levantándose del banco echó a correr en dirección de la casa, limpiándose los ojos. Ricardo la vio alejarse, cada vez más sorprendido, y permaneció algún tiempo en el banco tratando inútilmente de explicarse la conducta de la niña. Después se levantó y comenzó a pasear por la huerta. Al cabo de un rato se había olvidado enteramente del llanto de Marta. Otras memorias más punzantes vinieron a turbarle el ánimo y a embeber su atención. Una hora lo menos pasó dando vueltas por el parque meditando en ellas, cuando al cruzar por delante del banco donde estuviera sentado con la niña se fijó en que el ramo de ésta aun permanecía dentro del cesto, como lo había dejado, y ocurriéndosele que no estaba bien allí quiso llevarlo a casa. A la primera sirvienta con quien tropezó le preguntó dónde se hallaba la señorita.

—Me parece que debe de estar en la habitación de la señora.

Se encaminó hacia allá. A la puerta misma del cuarto de doña Gertrudis encontró a Marta, que salía de evacuar sin duda algún encargo de su madre. La niña, que aun llevaba el geranio rojo en el pelo, así que le vio dirigiole una sonrisa dulce, con señales de hallarse avergonzada.

—¿Estás enfadada todavía, Martita?—le preguntó en voz baja.

—Nunca lo estuve, Ricardo.

—¿Y aquel lloriqueo?...

—No sé yo misma lo que ha sido... Hace algunos días que no me encuentro bien... y sin saber por qué se me sueltan las lágrimas...

—Pues lo celebro en el alma, preciosa. No puedes figurarte lo que sentía haberte disgustado.

—¡Bah!...

—¡Y con qué sentimiento llorabas!... Creí que te pasaba algo grave de veras... ¿Has tenido algún disgusto hoy?

—No, no, no he tenido nada. Vuelvo en seguida... Hasta ahora.

El marqués de Peñalta entró en el cuarto de doña Gertrudis, donde se hallaban a la sazón conversando don Mariano y don Máximo, que no manifestaban de modo alguno en su rostro la zozobra angustiosa, la palidez y el espanto de los que presencian la agonía de un moribundo; lo cual irritaba de tal manera a doña Gertrudis, que casi se hubiera alegrado de morir en aquel momento sólo por darles un susto. Estaba, como siempre, arrellanada en su butaca, tapadas las piernas y los pies con una magnífica piel de cabra selvática, repartiendo miradas de amarga desolación entre el cielo raso y una copa de leche que tenía en la mano. De vez en cuando la acercaba a los labios y tragaba parte de su contenido alzando en seguida los ojos y exclamando interiormente: «¡Dios mío, que pase de mí este cáliz!» Tal vez que otra posábalos también con inefable serenidad en sus verdugos, expresándoles de una manera conmovedora que si Dios les perdonaba su crueldad, ella, por su parte, no tenía inconveniente en otorgarles un amplio y generoso perdón; aunque mucho dudaba que el Supremo Hacedor se lo concediera.

Ricardo fue a sentarse cerca de los verdugos sin ceremonia alguna, porque ya había tenido ocasión aquella mañana de disertar profundamente una buena hora sobre los nervios de doña Gertrudis. Ésta, haciéndose cargo de que quien alterna con delincuentes está muy expuesto a caer en el crimen, le comprendió de antemano en la omnímoda y liberal amnistía que tenía decretada a favor de sus malhechores.

—Yo no consentiría ni periódicos facciosos como La Tradición, ni autoridades que no obedeciesen puntual e incondicionalmente al Gobierno, don Máximo.

—Estoy de acuerdo con usted hasta cierto punto; aun nos encontramos en un período de lucha y es menester apelar a procedimientos excepcionales. Pero no me negará usted que bajo un régimen normal, la libertad...

—¡Qué libertad ni qué calabazas!... Libertad para trabajar..., ésa es la única que nos hace falta... Caminos, puentes, fábricas, saneamientos de terrenos, ferrocarriles y puertos; eso es lo que pide nuestra desgraciada nación... La libertad que ustedes los progresistas ambicionan es la libertad de morirse de hambre... Cuando considero que si no hubiera sido por la Gloriosa nuestro ferrocarril estaría ya a punto de terminarse, me acomete tal desesperación...

—Esto no es más que un sacudimiento pasajero, don Mariano... ¡Ya verá usted qué pronto luce el iris de paz!

—Sí, sí..., ¡ya escampa!... ¿Ha leído usted el artículo de entrada de La Tradición? (La Tradición era un periódico que se publicaba en Nieva los jueves.) Pues cuando lo lea ya verá usted qué arcos iris nos preparan los partidarios del altar y del trono...

—¿Está muy fuerte?

—Poca cosa... Dice que todos los buenos católicos deben empuñar las armas, para exterminar la caterva de impíos y desalmados que hoy nos gobiernan...

En aquel momento entraba Marta en el gabinete. Al pasar por delante de Ricardo, éste la cogió de una mano y la obligó a sentarse sobre sus rodillas, haciéndole una muda caricia con los ojos, sin dejar de atender a la conversación. La niña se sentó sin resistencia y escuchó también en silencio.

—¿Pero de veras dice eso?—preguntó don Máximo.

—¡Y tan de veras!... Léalo usted y se edificará... Para mí, los carlistas de acá están meditando y aun fraguando algún golpe de mano. El comandante general descuida demasiado esta región y distrae todas las fuerzas en perseguir las partidas de la montaña... La Fábrica necesita siempre una fuerte guarnición por lo que pueda acaecer... ¡Pues apenas es presa codiciada por ellos!...

—Yo no creo que se atrevan nunca a intentar nada por ese lado. Y si no que lo diga el marqués...

Ricardo no oyó bien las últimas palabras de don Máximo porque estaba saludando con sonrisa apasionada a María, que entraba a la sazón. Después que se hubo sentado cerca de doña Gertrudis y cambiado con él algunas miradas, fue cuando se acordó de la pregunta que le dirigían.

—¿Qué decía usted, don Máximo?

—Que yo no creo que los carlistas intenten nada contra la Fábrica... Sería una empresa ridícula.

—¡Oh!, no tanto..., no tanto como usted se figura, don Máximo... Hoy por hoy con la escasa guarnición que tenemos no sería un imposible ni mucho menos el sorprenderla... ¡Cuántas veces he pensado, haciendo la guardia de noche, que treinta hombres decididos me podían poner en un apuro!... Si lograsen entrar, la cosa estaba resuelta, bien pueden ustedes creerlo...

—¿Lo oye usted, hombre inconvencible, lo oye usted?... Ya verá usted cómo nos hemos de acordar de Santa Bárbara después que caigan rayos y centellas... Pero escucha una cosa, Ricardo, ¿por qué no aprovecháis para la defensa de la Fábrica los últimos adelantos que se han hecho en la luz eléctrica?

—¿Cómo?

—A mí se me figura que colocando en distintos parajes de ella unos cuantos focos de luz eléctrica que el oficial de guardia pudiese encender con sólo apretar un botón, se podría evitar muy bien el peligro de una sorpresa; y si al mismo tiempo se colgasen una buena cantidad de campanas poderosas, movidas igualmente por la electricidad, que produjesen alarma instantánea en la población y despertasen a los obreros, que por lo común viven cerca... Martita, ¿qué tienes?—exclamó de improviso cortando el hilo del discurso.

Todos acudieron a ella. La niña, que continuaba sentada sobre las rodillas de Ricardo, se había ido poniendo pálida sin que nadie se hiciese cargo. Cuando don Mariano se fijó en ella, casualmente, estaba blanca como el papel.

—¿Qué te pasa, hija mía?

—¿Qué tienes, Martita?

—Me siento un poco mal. Dadme un vaso de agua. María corrió por ella. Don Máximo le tomó el pulso y dijo:

—No es más que un amago de vahído, que se cortará con el agua.

En efecto, después que la bebió y se hubo sentado en el sofá empezó a serenarse, y a los pocos minutos ya estaba completamente bien. Siguió la conversación.