WeRead Powered by ReaderPub
Marta y María: novela de costumbres cover

Marta y María: novela de costumbres

Chapter 30: XII
Open in WeRead

About This Book

The narrative follows two sisters whose divergent temperaments—one practical and engaged in social charity, the other drawn to mystical, contemplative devotion—set off a series of episodes in a provincial community. Through scenes of domestic life, religious ceremonies, social gatherings and personal crises, the author contrasts active service with spiritual exaltation, examines the dangers of exaggerated mysticism, and sketches a broad gallery of townspeople and local intrigues. The work blends realist observation with moral reflection, tracing personal consequences for faith, love and social standing.

La diminuta tertulia, después de agotar los no muy variados recursos del juego de prendas, permaneció inactiva y acomodada en el ángulo de la sala, entablando en voz baja una vivísima plática entrecortada de risas y exclamaciones, donde los jóvenes de ingenio tuvieron ocasión de lucirlo a expensas de algún desventurado a quien despellejaron sin piedad. Los que no lo tenían se contentaban con sonreír y aplaudir estúpidamente los chistes de los otros. Se daban interminables bromas a las niñas, sobre los aspirantes a sus respectivas manos, y aquéllas se defendían como de costumbre, con las clásicas respuestas: «No sé por qué dice usted eso.—Le han informado a usted muy mal.—Entra en casa como amigo y nada más, etcétera.» Las sonrisas maliciosas y la expresión de reserva que acompañaban a estas respuestas decían bien claro que a las niñas no les disgustaba la broma.

Doña Gertrudis se había dormido. Don Mariano y sus prosélitos seguían recorriendo de un cabo a otro el salón, enfrascados en profundas disquisiciones acerca de la baja probable de la propiedad inmueble. María continuaba con la frente pegada a los cristales, sumida, al parecer, en una de sus largas y frecuentes meditaciones a que ya estaban acostumbrados los de casa, en realidad explorando con ojos ansiosos las sombras que envolvían la plaza de Nieva, sin atender poco ni mucho a la frívola conversación que los amigos de la casa sostenían. De pronto creyó oír un extraño rumor a lo lejos y se estremeció, se abstrajo cuanto pudo de los ruidos de la sala y prestó atención profunda y llena de zozobra a aquel lejano rumor, que fue poco a poco creciendo en el silencio de la noche, haciéndose cada vez más claro y preciso. No era un rumor confuso y fantástico, como los que produce el viento o la mar, sino firme y bien definido, perfectamente claro para sus oídos. Pronto se convirtió en el ruido acompasado y característico de la muchedumbre que marcha ordenadamente. Los ojos atónitos de la joven distinguieron a la luz del farol las puntas de las bayonetas y los roses charolados de la tropa. Los tertulianos todos al escuchar los pasos acudieron en tropel a los balcones y vieron, con sorpresa, desfilar por delante de la casa dos compañías de soldados que cruzaron la plaza y se perdieron en las encrucijadas de la villa.

Los amigos de don Mariano se miraron con sorpresa.

—¿Qué vendrá a hacer esta tropa a tales horas?—preguntó una señora.

—No comprendo adónde pueda ir—repuso don Mariano—. Para dirigirse al interior de la provincia, aunque vengan del Occidente, no necesitaban pasar por aquí; tienen el valle de Cañedo a su disposición, que es un camino mucho más breve.

—Hoy precisamente he paseado con el capitán de carabineros—dijo don Máximo—y no me ha dicho una palabra de la venida de esa tropa.

—No lo sabría; lo más probable es que venga de marcha y no haga más que pernoctar aquí para continuar mañana su camino—dijo el señor de Ciudad.

—Rara marcha lleva—apuntó don Mariano—, pero en fin..., podrá ser..., podrá ser.

Los jóvenes volvieron a sus sitios y se olvidaron al instante del suceso, anudando la rota y alegre conversación. Los viejos siguieron su paseo, haciendo interminables comentarios e infinitas hipótesis acerca de aquella visita inesperada. María continuó obstinadamente pegada a los cristales del balcón, velada a los ojos de sus amigos por las grandes cortinas de damasco.

En el grupo juvenil donde la sensible señorita de Delgado figuraba, contra los deseos vehementemente expresados de Rosarito, que aseguraba sobre su honrada palabra que la citada señorita la había tenido a ella en brazos muchas veces, y que cuando iba a confesarse siendo niña, y la señorita de Delgado se hallaba en casa, le besaba la mano como a una persona mayor, se empezó a discutir con extraordinario fuego acerca de la música. Uno de los mancebos más elegantes, que se había preparado en Madrid para cinco carreras especiales consecutivamente, sostenía la primacía de los maestros alemanes, asegurando que no había óperas como Roberto, Hugonotes y Profeta, ni música sinfónica que pudiera competir con la de Beethoven y Mozart. Las señoras, poderosamente secundadas por los demás hombres, venían por los fueros de la música italiana.

—¡No nos maree usted con sus alemanes, Severino! ¡Vaya una música la de esos señores! ¡A mí me suena lo mismo que una jauría de perros ladrando!

—Eso no es más que al principio; si usted continuase oyéndola, llegaría a tomarle el gusto: sucede lo mismo que con las aceitunas y la cerveza.

—Pues si ha de pasar uno malos ratos antes de acostumbrarse, francamente, no merece la pena. Vea usted cómo con la música italiana no acontece eso y gusta desde el primer día.

—¡Claro, porque la mayor parte de la música italiana no es más que una tonadilla que se acompaña con cuatro guitarras!

—¡Calle usted, hombre, calle usted! No diga usted sacrilegios. ¡Quiere usted comparar ese galimatías que ni ellos mismos entienden con el sublime final de la Lucía o con el aria de tiple de la Favorita, que empieza: «Oh miooo Ferna... a... a... an... do... riii... raaa... ri... ra.., ro... riiira...!»

—¡Ah, si usted hubiera oído el cuarto acto de Hugonotes! ¡Qué música tan dramática! ¡Aquello sí que expresa!... ¡Se le ponen a uno los pelos de punta!... ¡Qué dúo aquel tan grandioso: «La... sciami... paar... tiiir... la... sciami... paar... tiiiir... riira... riri... riri... ra... roo... rir... ra... roo... laa... to... rii... ro... raa...!»

—¿Pero podrá haber nada más dulce que el concertante de la Sonámbula, que empieza: «Tooo... ra... ri... ro... ra... roooo... laa... riii... roo... raa... rora... rooo... tii... ra... ri... roo...?»

—¡No es posible, no es posible!—dijeron varios a un tiempo.

—Sobre todo, la música italiana conmueve el corazón, mientras que la alemana no hace más que aturdir los oídos—apuntó la señorita de Delgado.

—Es verdad—afirmó su hermana la viuda.

—Yo creo—siguió la señorita—que el objeto de la música es conmover..., elevar el alma, hacernos derramar lágrimas..., transportarnos a regiones ideales, lejos del mundo prosaico en que vivimos... Porque la verdad es que la prosa se va apoderando de tal modo de la sociedad que pronto va a parecer ridículo hablar de cosas que no sean materiales y sórdidas.

—Cierto—volvió a afirmar la viuda.

—La música sigue el camino de la prosa como todo lo demás... ¿No oyen ustedes qué tonterías cantan ahora, qué pasacalles tan desabridos? ¡Y gracias que no sea algún trozo indecente de una zarzuela bufa! En las canciones ya no se habla de amor; ya no hay más que frases con doble sentido que ocultan alguna suciedad.

—Creo que usted sabe varias canciones románticas muy lindas y las canta admirablemente—dijo el pollo del pelo por la frente, apercibido como siempre a proporcionar a la tertulia algún nuevo solaz.

—No, señor..., no lo crea usted... Antes cantaba alguna, pero ya se me han olvidado...

—Por mi parte—manifestó el pollo con sonrisa altamente diplomática—y pienso que también por parte de todos estos señores, le agradecería muchísimo que rebuscase en su memoria y nos hiciese conocer alguna..., ¿no es verdad, señores?

—Sí, sí, Margarita, cante usted, por Dios, alguna.

—¡Si no me acuerdo!

—Vamos, ya se acordará usted... Empezando, la irá usted sacando poco a poco.

—Me parece que no podrá ser... Además, yo me las acompañaba con guitarra...

—¿No hay en casa alguna guitarra?—se apresuró a preguntar el pollo, levantándose de su silla.

A la guitarra que trajo Marta le faltaban dos o tres cuerdas y fue menester echárselas, en cuya operación se invirtió algún tiempo. Después se tardó también un poco en templarla. Una vez templada, la señorita de Delgado declaró terminantemente que no cantaría porque no se acordaba de nada. La tertulia se conmovió profundamente y trató con reiteradas súplicas de infundirle un recuerdo fresco de alguna preciosa melodía. Mas como la cantante no abandonaba el instrumento y seguía haciéndole sonar dulcemente, volvieron todos a guardar silencio y a esperar con ansia la canción. Sin embargo, cuando ya estaba a punto de emitir la primer nota, la sensible señorita hizo nuevas y rotundas declaraciones en el mismo sentido que las primeras, lo cual afligió de tal modo a la tertulia, y en particular al pollo del pelo por la frente, que de buen grado habría concedido a la cantante en aquel momento toda la memoria de que disponía, con tal de que no le dejase en mal lugar. Por último, la señorita fijó los ojos en el techo y, con voz bastante dulce aunque temblorosa, entonó la siguiente canción:

Esperanza halagüeña a mis sentidos,
tú endulzas de mi pena el amargor;
¡ay!, tú no eres un bien imaginario,
eres el bálsamo grato al corazón.

Si lejos de la vista de mi amada
me lleva de los hados el rigor,
tan sólo es la esperanza quien mitiga
mi tormento cruel y mi aflicción.

—¡Bravo!, ¡bravo!—¡Qué bonita!—¡Qué dulce!—¡Qué melancólica!—Siga usted, por Dios, Margarita, siga usted.

La señorita de Delgado siguió de esta manera:

Si recuerdo en la noche solitaria
el nombre de la prenda de mi amor,
se presenta hechicera a mi memoria
la imagen de su rostro encantador:

y tú eres, esperanza, quien me anuncia
que amante corresponde a mi pasión,
y sólo tu dulzura es quien mitiga
mi tormento cruel y mi aflicción.

Al llegar a este punto y cuando el auditorio se preparaba a saborear las inefables dulzuras de una nueva estrofa, más apasionada tal vez y más patética que las anteriores, cuando la señorita de Delgado apoyaba lánguidamente sus dedos carnosos sobre las cuerdas del instrumento y la cabeza más lánguidamente aun sobre el pecho en testimonio de amargo duelo, acaeció en la casa de los señores de Elorza uno de esos sucesos terribles y extraños, más terribles aun por lo inopinados, a tal punto sorprendentes, que suspenden y cortan por un instante el uso de la palabra; una escena extraordinaria, realizada con tal brevedad que no da tiempo a reflexionar, y deja sumidos a los espectadores en profunda consternación, sin haber podido intervenir en ella.

Abriose con violencia la puerta de la sala, y los ojos de los circunstantes vueltos hacia ella vieron con asombro el rostro pálido de un criado que exclamó dirigiéndose a su amo:

—¡Señor, señor!

—¿Qué ocurre?—preguntó don Mariano con el acento enérgico que emplean los caracteres bien templados cuando adivinan un peligro.

—¡Los soldados están ahí!

—¿Y qué tengo yo que ver con los soldados, majadero?—replicó con voz colérica.

—¡Es... que vienen a prenderle!

—No es verdad—gritó una voz desde el pasillo.

Y al mismo tiempo seis u ocho figuras taparon la puerta por detrás del criado. Los primeros que se dejaron ver fueron un oficial muy joven con un uniforme de marcha y un caballero no muy bien parecido con gabán abrochado y llevando en la mano bastón con borlas.

Por detrás de ellos se veían los roses y los fusiles de algunos soldados. El hombre del bastón, que era al parecer quien había hablado, avanzó dos pasos por la sala y sin quitarse siquiera el sombrero, preguntó a don Mariano con tono áspero:

—¿Es usted don Mariano Elorza?

La mirada del anciano caballero centelleó de indignación.

—Ante todo, quítese usted el sombrero.

El hombre del bastón, un poco cortado por la actitud del caballero y las miradas del concurso, se quitó el sombrero.

—Ahora, ¿qué se le ofrece a usted?

—¿Es usted don Mariano Elorza?

—No; soy el excelentísimo señor don Mariano de Elorza.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo.

—Bien, dejemos discusiones: traigo orden de prender a su hija doña María.

Toda la energía del señor de Elorza se desvaneció de golpe como una sombra al escuchar estas monstruosas palabras. Quedó algunos momentos extático y petrificado, con la mirada apagada, como el que acaba de ver un milagro y no quiere creer a sus propios ojos. Después, recobrándose súbito, se lanzó sobre el hombre del bastón y sacudiéndole fuertemente por la solapa, le dijo con voz de trueno:

—¿Y quién es usted, insolente, para pensar en cosa semejante?

—Soy el jefe de orden público de la provincia, y le advierto que si usted intenta la menor resistencia, haré uso de la fuerza que traigo.

—¿Está usted bien seguro de que es a mi hija a quien viene usted a prender?

—Sí, señor, traigo orden de prender a la señorita doña María Elorza. Ruego a usted que me la entregue sin pérdida de tiempo.

—Aquí está—dijo María saliendo del hueco del balcón y avanzando hacia el jefe de los esbirros.

—¡Pero eso no puede ser!—rugió de nuevo don Mariano deteniendo a su hija—. ¡Este hombre está loco o viene equivocado!

—¿Está usted dispuesta a seguirme?—preguntó el comisario a la joven.

—Sí, señor—contestó ésta con firmeza.

—Pues vamos.

Don Mariano se llevó las manos al rostro y exclamó con un grito de dolor:

—¡Hija mía de mi alma! ¿Qué has hecho?

—Nada que pueda deshonrarme ni deshonrarte—replicó la niña levantando su rostro hermoso y altivo y saliendo precipitadamente del salón.

Don Mariano fue detenido por todos sus amigos que le habían rodeado; pero viéndose inmediatamente solo, porque todos, advertidos por un grito de Marta, acudieron a socorrer a doña Gertrudis, presa de un síncope, se arrojó también como un relámpago fuera de la sala.

XII

ANTECEDENTES

Algún tiempo antes de los sucesos que acabamos de narrar, los amores de Ricardo y María, que se habían ido desvaneciendo gradualmente como las notas de una hermosa melodía, hasta el punto de no saber el mismo Ricardo si realmente existían o se habían extinguido por completo, si aun era el amante de la primogénita de Elorza, o si no tenía sobre su corazón otros derechos que los que se conceden a un antiguo y estimado amigo; estos amores, decimos, habían cobrado, sin que nadie supiese a qué atribuirlo, repentina e inesperada vida, como si a una luz próxima a morir por falta de aceite, le echasen alguna buena cantidad de ese combustible. Todos se mostraban sorprendidos de verlos juntos charlando como antes, en un ángulo de la sala, larguísimos ratos, abstraídos de cuanto les rodeaba, habitando en ese rincón del cielo que los amantes encuentran tan fácilmente lo mismo en la soledad que entre la muchedumbre. A la sorpresa sucedía la complacencia en los amigos, y a la complacencia las hipótesis sobre la mayor o menor proximidad de la época del matrimonio y las conjeturas acerca de los motivos que habían operado tal cambio en la conducta de los novios. Los maliciosos, guiñando el ojo al decirlo, sostenían que de los tres enemigos del alma la carne era el más temible, y que Dios había dicho: «crescite et multiplicamini», y que era tontería oponerse a las leyes de la naturaleza. Las señoras manifestaban, bajando la vista, que en todos los estados se podía muy bien servir a Dios y que no eran las más flojas penitencias las que imponían el cuidado de los hijos, su educación y el gobierno de la casa.

Mas de todas suertes, el hecho era que las cosas habían cambiado sin saber por qué, y que señoras y caballeros se alegraban de ello, esperando que los ilustres novios les proporcionasen pronto un día agradable. El regocijo de don Mariano era tan grande, que se traslucía en los ojos cada vez que los dirigía hacia la gentil pareja, y mil hermosos ensueños, en que siempre figuraba un enjambre de nietezuelos rubios y traviesos como lo había sido su hija, venían por la noche a acariciarle en las soledades de su lecho feudal. Doña Gertrudis, como de costumbre, encontraba muy bien la conducta de María. He aquí ahora cómo se había efectuado el suceso.

Cierta mañana, en que el joven marqués de Peñalta se despertó más temprano que otras veces, observando por el balcón de su cuarto que el cielo estaba limpio (contra su costumbre inveterada), le vino en apetito el dar un paseo por los alrededores de la villa, y pensando y haciendo se vistió rápidamente y se echó a la calle en busca de aire puro. Mas antes de salir del casco de la villa y cruzando por delante de la casa de Elorza, tropezó casualmente con María, que iba hacia la iglesia con su doncella. Le dio un salto el corazón y un poco turbado se detuvo a saludarla. La niña le abocó con aquel gesto alegre y travieso, lleno a un mismo tiempo de malicia y de candor, que por ser peculiar de su carácter, no había podido vencer con ningún esfuerzo.

—Tú te habrás levantado temprano, por supuesto, para oír misa.

—¡Oh!, no—repuso Ricardo sonriendo—; salía a dar un paseo por el campo, que debe de estar muy hermoso.

—Bien, pues hoy no hay paseo; te secuestro y te llevo conmigo a misa—dijo la niña en tono resuelto y con cierta inflexión de voz adorable. Y acompañando el hecho al dicho le tomó por la mano y le llevó cogido de esta guisa unos cuantos pasos.

¡Venturoso Ricardo; qué otra cosa mejor podía apetecer en aquel momento que verse secuestrado de tan gentil manera! No supo decir palabra en los primeros momentos; embargole la emoción y una lágrima se deslizó por su rostro honrado y varonil.

—¡Oh, María, si supieses qué feliz me haces!—le dijo en voz baja y temblorosa—. Si tú quisieras llevarme, ¿adónde no iría yo contigo? Tú no puedes comprender lo que ansío que me hables, que me sonrías, que me dirijas. Busco con afán los medios de agradarte y no los encuentro. Dime con qué puedo complacerte, con qué puedo deshacer el hielo que seca nuestros amores. Y lo buscaré aunque sea a costa de mi vida. Si no te quisiera más que a ningún otro ser de este mundo, tanto como el recuerdo bendito de mi madre, ¡cuánto tiempo hace que hubiera huido de ti para siempre!... Pero es de tal suerte mi amor, tan poderoso, tan vivo, tan absorbente, que ha logrado concluir con todo mi orgullo... y temo que llegue a concluir con mi dignidad—añadió sordamente.

La joven le miró fijamente, agradecida y admirada de tan sincero cariño, y repuso con jovialidad:

—Por lo pronto, para complacerme, vendrás a misa conmigo, ¿no es verdad?

—Sí, querida mía.

—¿Vendrás mañana también y todos los demás días?

—Sí, hermosa; no deseo otra cosa.

—¡No sabes lo que me alegro, Ricardo!

—¿De veras?

—Sí; te quiero mucho, pero te quiero bueno y piadoso, porque antes que en todo lo demás debemos pensar en nuestra salvación y en hacer el mayor bien que podamos en este mundo.

El joven sintiose en aquel momento enternecido, saboreando las gotas de cariño que su amada dejaba caer sobre sus labios.

Nada hay que haga cambiar tan presto nuestras ideas más arraigadas y nuestros juicios más firmes como la voz de la mujer querida. Ricardo era un creyente tibio, como la generalidad de los hombres en nuestra época, que odiaba las exageraciones y miraba con cierta repugnancia las prácticas religiosas. Pues bien, por arte de encantamiento, esto es, por arte de aquella voz dulce y de aquellos ojos más dulces aún, que le miraban con elocuente expresión, se despojó súbitamente de sus opiniones anticlericales, transformándose en un decidido campeón del altar y en un fervoroso devoto de todos los santos y santas de la corte celestial. Pensó con alegría que lo que su novia ejecutaba, después de todo, nada tenía de censurable; que su piedad y su misticismo eran el reflejo de un noble y elevado espíritu; que esta misma piedad era la prenda más segura de su felicidad conyugal, pues la guardaría de las vanidades a que otras mujeres se entregan después de casadas; que nada tenía de particular que la pobrecita desease que su novio fuese creyente y devoto, dadas sus ideas acerca de la salvación eterna, y que en este concepto él había hecho muy mal en contrariarla de un modo tan obstinado, hiriéndola en lo más vivo de su fe sencilla y admirable. En fin, concluyó por resolver que él era un bárbaro incapaz de sacramentos ni de entender los misterios adorables que puede encerrar un corazón consagrado a Dios, y María una santa que le había sufrido con demasiada paciencia. Penetrado en parte de esta idea y en parte infinitamente más grande de la emoción que le produjo la inesperada ternura de su novia, repuso con acento conmovido:

—Escucha, María..., ya sabes que yo no soy ni he sido nunca un incrédulo... Es verdad que he mirado con cierta tibieza las prácticas religiosas, pero también debes saber que éste es un vicio frecuente en los jóvenes y particularmente entre los militares... Por lo demás, te lo digo con toda la sinceridad de mi alma, jamás me ha abandonado la fe que mi santa madre me inculcó en la niñez. Aun suenan en mis oídos sus consejos y aun podría repetir sin equivocarme la multitud de oraciones que me hacía decir de rodillas sobre la cama a la hora de acostarme... Esto no se puede olvidar, María..., ¡sería un infame si lo olvidase!... Hoy los mismos consejos vuelven a salir de unos labios idolatrados... ¿Cómo quieres que no sea para mí dulce la religión viniendo siempre predicada por los seres a quienes más he querido y respetado en mi vida?... Sí, hermosa mía, soy religioso por nacimiento y por convicción, y espero serlo aún más fervoroso con tu ayuda. Dime lo que quieres que haga en este punto y lo haré... Dime lo que quieres que piense y lo pensaré... Soy todo tuyo, en cuerpo y en alma...

—Así, así te quiero yo... Pero no has de ser piadoso por amor mío, porque entonces no tiene mérito alguno, sino por amor de Dios. Los lazos que en este mundo se establecen, ¿qué valen en comparación del que existe eternamente entre el Criador y las criaturas? Si me quieres mucho, quiéreme en Dios y por Dios, como yo te quiero a ti. De otro modo es pecado fijar nuestra atención y nuestro amor en ninguna criatura.

La emoción y el ardor de Ricardo recibieron un chorrito de agua fría con estas palabras, pero supieron resistirlo sin menoscabo y siguieron apoderados de su corazón hasta que llegaron al pórtico de la iglesia. Allí María le dijo, tomando el agua bendita, que le ofreció con la punta de los dedos.

—Ahora te quedarás debajo del coro a oír la misa; yo me voy a poner cerca del altar. ¡Cuidado que mires para mí una sola vez! Ya comprendes que eso sería profanar el templo y en tal caso más vale que no entres.

—No, no te miraré aunque me cueste mucho trabajo.

—Dame tu palabra de que lo harás así.

—Te la doy.

—Bien, pues, adiós..., hasta luego... Espérame a la salida.

Cuando ya se había alejado unos pasos se volvió para decirle, bajando cuanto pudo la voz:

—Cuidado que cumplas eso... Y que estés con devoción, ¿eh?

Ricardo hizo señal afirmativa mientras se dibujaba en sus labios una sonrisa feliz.

Desde entonces el marqués de Peñalta acompañó todas las mañanas a misa a la primogénita de los Elorza, separándose de ella a la puerta de la iglesia y volviendo a juntarse a la salida. María mostraba recibir mucho placer de este acompañamiento. En cuanto a Ricardo, no es necesario encarecer la dicha que de repente cayó sobre él con el cambio efectuado en la conducta de su novia.

Poco a poco la influencia de ésta empezó a pesar de tal suerte sobre su espíritu que en poco tiempo, como ya él mismo lo había anunciado, se modificaron notablemente sus ideas y no sólo sus ideas sino también sus hábitos y manera de vivir. Se hizo más circunspecto de genio y mesurado de palabras, más apacible y más religioso. Atento a dar gusto a su novia, que le solicitaba a la continua con súplicas y consejos, comenzó a abandonar las diversiones ruidosas y hasta la compañía de los demás oficiales de la Fábrica. Se retiraba temprano a casa, frecuentaba las iglesias y paseaba muchas tardes con algún clérigo; se hizo socio de varias cofradías piadosas, entre ellas de la de San Vicente de Paul, visitando a los pobres en compañía de los beatos de la villa y gastando no poco dinero en donativos para el culto. Por último, después de muchos y sentidos ruegos, hizo confesión general con fray Ignacio, el confesor de María.

Por más que parezca extraño, debemos declarar que Ricardo, lejos de sentir en esta nueva vida repugnancia o malestar halló profundos y misteriosos placeres, que hasta entonces jamás había gustado. El aparato del culto católico, en el cual había fijado poco la atención, empezó a fascinarle; el dulce recogimiento del templo, a la caída de la tarde, cuando se puebla de sombras y de murmullos, le infundía suave desasosiego, cierta ansia especial de un nosequé elevado y arcano; los olores del incienso y de la cera eran para él como grato beleño que le adormecían arrastrándole a regiones gloriosas de dicha inmortal; los actos de caridad frecuentes le producían un dejo agradable y grande bienestar que acrecía su fe; la humillación del sacramento de la penitencia, que al principio tanto le repugnaba, llegó a ser un manantial de goces que él mismo no sabía de dónde procedían ni de qué modo embargaban su alma.

La mañana en que tomó la comunión le dijo su novia al salir de la iglesia:

—Hoy me has causado el mayor placer de mi vida, Ricardo.

El joven marqués sonrió beatamente y repuso en voz baja:

—¿Me quieres más ahora?

—No quiero responderte—replicó la niña con una mueca graciosa—. Después de comulgar no se debe hablar de ciertas cosas... Esperemos a mañana.

Esperaron efectivamente a mañana, y entonces María le dijo sin rebozo que aquella conducta virtuosa le incitaba a amarle cada vez más, y que no desmayase en seguirla si quería verse siempre amado. En nada menos que en eso pensaba Ricardo, quien se hallaba tan a su placer con el nuevo estado de cosas, que por ninguna ventaja de este mundo consintiera en variarlo. Así, pues, siguió cada día con más decisión por la senda que su novia le trazaba, sin hacer caso de las bromas que los compañeros le daban en la Fábrica, pues que en otros sitios, como no fuese en su casa, en la de don Mariano o en la iglesia, era difícil echarle la vista encima.

—¡Me has convertido en un beato!—le decía a veces a su ídolo a modo de cariñosa reconvención.

—¿Y qué; te pesa, pícaro?

—No, querida, no; me alegro en el alma, porque así he conquistado tu amor...

—¿Nada más que por eso?

—¡Eso es otra cosa!

Digamos ahora (aunque el lector no dejaría de advertirlo) que la fantasía y aun la inteligencia de María eran superiores a las del joven marqués de Peñalta, y que en tal supuesto y teniendo presente el profundo cariño que éste la profesaba, no tenía mucho de sorprendente que defiriese a su parecer y a sus consejos en puntos en que otros hombres de más instrucción e ingenio ceden con frecuencia a sus madres y esposas. María, a más de su viva imaginación, estimulada y enardecida por la continua lectura, poseía un don especialísimo para persuadir. Su palabra era siempre fácil y pintoresca, ejercitándose con predilección en convencer a sus amigos cuando trataba de arrancar de ellos algún dinero para los pobres o para el culto de las iglesias. La rara volubilidad con que pasaba repentinamente de lo grave y patético a lo jocoso, y mezclaba en una súplica ardiente la sal de un dicho oportuno, la hacía irresistible. Las cofradías y sociedades devotas de Nieva no tenían en su seno otro cofrade más activo ni más poderoso, y contaban con ella en los trances difíciles como con un ángel tutelar que sabría sacarles del atolladero. Como es de suponer, no poco contribuía a mantener esta gran consideración, además de las preciosas cualidades morales y físicas de la joven, la circunstancia de ser hija del caballero más opulento y respetado de la villa.

Digamos asimismo que en la época en que estos sucesos se efectuaban, el clero y las tendencias religiosas de nuestro pueblo padecían cierta persecución por parte del gobierno, depositado a la sazón en manos de los liberales más extremados y más conocidos por sus ideas heréticas. Esto, como era de esperar, había excitado vivamente las conciencias timoratas, encendiendo en las provincias del Norte, más religiosas de suyo y más apegadas a nuestra tradición, una obstinada y sangrienta guerra civil que amenazaba concluir con el orden político establecido y de paso con nuestra riqueza y prestigio. Todas las personas más o menos piadosas y amantes de nuestras tradiciones católicas, todo el que detestaba la persecución que la Iglesia padecía y ansiaba el reinado de Jesús en la tierra por mediación de sus ministros, estaba pendiente de tal guerra formidable donde se debatían, no sólo los derechos más o menos respetables de un pretendiente al trono, sino también los más caros y augustos intereses de la religión. Los que frecuentaban las iglesias y se relacionaban con el clero ligábanse tácitamente contra los herejes del poder, acogiendo con alegría y comunicándose velozmente las noticias favorables a la causa monárquico-católica, y llenos de zozobra y tristeza las adversas. En las casas de los hacendados más ricos, en las sacristías y en las trastiendas de algún comerciante absolutista leíase en secreto el Cuartel Real, diario oficial del Pretendiente, que llegaba de vez en cuando entre las piezas de cretona o los paquetes de macarrones. Celebrábanse con gran pompa funciones de desagravio a la Virgen por las impiedades vertidas en el Congreso de los Diputados, funciones que en alguna ocasión terminaron violentamente por la intervención del populacho. Crecía la devoción al culto, sobre todo al de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, y mucha gente piadosa iba en peregrinación al santuario de Lourdes, contando de regreso a sus amigos las buenas disposiciones y la sólida organización que tenían las huestes católicas en las provincias vascas. Algunos jóvenes de las familias más conocidas de Nieva habían desaparecido de la noche a la mañana, dándose por seguro que habían ido a engrosarlas. De esto a la conspiración franca y resuelta hay poco que andar, y en Nieva se anduvo lo que hacía falta para llegar a la conspiración.

Actuaba dentro de la villa una junta carlista, que celebraba sus sesiones con cierto misterio y sostenía relaciones estrechas con la junta central, a la que obedecía, y frecuente correspondencia con el ejército del Pretendiente. Como en el país, aunque no de tanta monta como en las provincias vascas, existían bastantes elementos al servicio de la causa católico-monárquica, que bien aprovechados podían dar por resultado, si no una guerra formal, al menos alguna agitación conveniente, la junta de Nieva, instigada por la de la capital, decidiose, después de mucha vacilación y no pocas discusiones, a levantar una partida dentro del territorio. Los preparativos fueron largos. Comenzaron a principios del invierno y no terminaron hasta los comienzos de la primavera. Fueron noticias circunstanciadas a Bayona, vinieron órdenes y planes de conducta, hubo infinitos cabildeos, mezcláronse algunas mujeres, salieron subrepticiamente fusiles de la Fábrica, sustraídos por algunos operarios carlistas; hízose acopio de boinas blancas y polainas; por último, cierta noche salieron al campo como unos treinta jóvenes, en su mayoría estudiantes y seminaristas, a cuyo frente se puso el presidente de la junta, don César Pardo, a quien hemos tenido el honor de conocer al final del capítulo tercero de esta narración. Pasaban de trescientos los juramentados para salir aquella noche, mas sólo acudió aquel puñado de valientes, y don César, dando prueba de lo que era, esto es, de caballero firme y bizarro, no tuvo inconveniente en acaudillarlos, esperando arrastrar con su ejemplo a los tímidos. Dirigiéronse a la montaña por el valle de Cañedo, pero al día siguiente una docena de guardias civiles, que salió inmediatamente en su persecución, los sorprendió en el momento de estar acampados comiendo, y sin que pudiesen hacer resistencia los trajo para la villa amarrados. La gente que tuvo noticia del suceso acudió en gran número a esperarlos a la carretera, y violes desfilar hacia la cárcel, tristes, pero dignos y severos, mostrando en sus ojos altivos que, a no haber sido víctimas de una sorpresa, hubiera corrido la sangre en abundancia.

La primogénita de la casa de Elorza, ardentísima devota del culto religioso, entregada con alma y vida a la divina tarea de santificar su espíritu y salvarlo de las garras del pecado, incansable trabajadora del campo de la virtud evangélica, aspirando siempre a una perfección mayor y celosa propagadora de la fe y la piedad, no podía menos de participar de la indignación que ardía en los pechos de las personas con quienes más se relacionaba. A sus oídos llegaba muy aumentado el ruido de los excesos revolucionarios y de las impiedades diariamente vertidas por las hojas periódicas de la capital, aunque ella jamás osaba leerlas. Los confesores le encargaban que rogase a Dios en sus oraciones por el triunfo de la Iglesia y la confusión y arrepentimiento de sus enemigos; las amigas y compañeras de cofradía la solicitaban para que hiciese con ellas novenas de desagravio a la Virgen; en no pocas ocasiones le pidieron limosna para algún sacerdote que yacía en la miseria, y otras veces para las infelices monjas de algún convento arrojadas de él cruelmente para transformarlo en cuartel.

Todas estas cosas iban fomentando en su alma entusiasta y ardiente, a par de un cariño fervoroso a las santas instituciones así perseguidas, profunda aversión a sus perseguidores y a los impíos que gobernaban contra la ley de Dios. Alguna vez, arrastrada de su temperamento impresionable, sintió impulsos vehementes de seguir el ejemplo de Judith, haciendo expiar a algún malvado tan horribles sacrilegios. Quisiera tener en su mano a los perseguidores de Jesús para deshacerlos y convertirlos en polvo. Cuando estos ímpetus crueles la cogían, quedábale siempre una eterna compasión por las inocentes víctimas de las iras de la impiedad, y un vago deseo de contribuir con su sangre al reinado de Jesús y María sobre todas las potestades de la tierra. Sintió que en su corazón nacía un algo que la impulsaba hacia la vida activa, persuadiéndola a que dejase por algún tiempo las dulzuras de la contemplación por los dolores de la lucha, el reposo, por el trabajo, el encanto de la soledad por el tumulto; escuchó, como la esposa del sagrado Cantar, una voz que le decía: «Ábreme, hermana mía, amiga mía, mi paloma, mi inmaculada; porque mi cabeza está llena de rocío y mi cabellera mojada por las gotas de la noche.» Vio claramente que su Jesús padecía por las injusticias de los hombres y que demandaba su concurso, que le pedía una nueva prueba de amor arrancándola al bienestar que disfrutaba y arrojándola en medio de los huracanes del mundo.

Pero la hermosa joven vio al mismo tiempo las enormes dificultades que surgían delante de ella al primer paso que intentara dar, las persecuciones de que sería objeto y lo extravagante que parecería su conducta aun a las personas que la amaban. Comprendió su debilidad, tuvo miedo a los amargos dolores que se le preparaban y respondió como la esposa: «He quitado ya mi túnica; ¿cómo ponérmela otra vez? He lavado mis pies; ¿cómo mancharlos nuevamente?» Largo tiempo estuvo luchando consigo misma para apagar la voz que la llamaba a la vida activa, y convencerse de que ella no serviría de nada a la causa del Señor, pero fue en vano. A todos sus especiosos argumentos contestaba vigorosamente la voz haciéndole presente que no debía preocuparse de si su concurso serviría o no serviría, sino más bien de la voluntad con que lo prestaba; que Dios se complace muchas veces en mostrar su poder encargando la consecución de grandes empresas a una humilde y flaca criatura, de lo cual daban testimonio bien patente la ínclita Juana de Arco, Santa Catalina de Siena, Santa Teresa y otras egregias vírgenes que realizaron, contra altos poderes de la tierra, obras portentosas.

Un suceso de poca monta vino a decidir a María. Su tío Rodrigo, marqués de Revollar, que era uno de los magnates más importantes de la corte del Pretendiente, teniendo noticia de su acendrada fe y de las relaciones que mantenía con los partidarios de la monarquía católica en Nieva, le escribió desde Bayona preguntándole si se prestaría a servir de intermediario de la correspondencia entre él y don César Pardo, presidente de la junta carlista. María se apresuró a responder que tendría en ello mucho gusto, y desde entonces empezó a recibir con frecuencia cartas de su tío, dentro de las cuales venían otras para don César, que eran, a no dudarlo, el hilo por donde la conspiración carlista de Nieva se anudaba a las altas esferas de donde partían las órdenes. Y sin saber cómo, viose comprometida, sin que de ello le pesara, en la causa de los buenos cristianos que trataban, como a menudo escuchaba en boca de don César y de otros, de volver a Jesús a su santo trono y arrojar de él a la soberbia y la herejía. Lejos, pues, de sentir temor ni pesar por esto, crecieron sus ánimos con el peligro que corría, lo cual fue para ella señal evidente de que el favor del cielo la acompañaba, y enfrascose cada vez más en la empresa de los conspiradores, acudiendo a sus reuniones y sirviéndoles con celo y entusiasmo en todo lo que podía. Cuando la intentona armada de don César, ella fue quien bordó el estandarte y los corazones de franela que los defensores de la fe llevaban cosidos al chaleco. Los conspiradores sentían hacia ella grandísimo respeto por la fama de santidad de que gozaba, y le profesaban profundo cariño por el entusiasmo con que había abrazado su causa. En algunas de sus asambleas, invitada a emitir opinión, lo hizo con tanto ingenio y elocuencia, había tal fuego y al mismo tiempo tanta discreción en sus palabras, que los conjurados vieron en la hermosa joven un ángel enviado por Dios para sostener su fe y hacerles persistir en sus grandes propósitos.

Después del fracaso de don César, los carlistas de Nieva quedaron bastante abatidos, María derramó muchas lágrimas y pidió a Dios con fervor que no hiciesen prevalecer la iniquidad y la mentira sobre su santa ley y se compadeciese de los buenos defensores, desterrados y perseguidos a la sazón. Y, en efecto, Dios, compadecido, permitió que don César y la mayor parte de los jóvenes que con él fueron desterrados a las islas Canarias, se fugasen en un vapor extranjero y volviesen de incógnito a su patria, ocultándose en las casas de los amigos fieles y valerosos. Entonces, los partidarios de la tradición cobraron algunos bríos y tornaron nuevamente a conspirar, si bien vagamente y sin objeto determinado. El objeto no apareció hasta después de algún tiempo en que el bravo y obstinado don César les insinuó la idea de dar un golpe de mano atrevido que los pusiese repentinamente en aptitud de luchar ventajosamente contra la escasa tropa que había en la provincia. El golpe de mano que el valiente cabecilla les propuso, fue nada menos que apoderarse de la Fábrica de armas de Nieva. Al principio pareció a todos desatinado el proyecto, mas poco a poco, a fuerza de dar vueltas a la idea, fueron viéndolo menos inaccesible y hasta empezaron con lentitud y sin gran entusiasmo a preparar los medios de llevarlo a término. Hallándose en tal estado las cosas, una tarde se presentó María en la casa donde don César se ocultaba y quiso hablarle a solas. Lo que la joven le dijo debió ser tan importante y halagüeño, que el viejo cabecilla le dijo con voz conmovida, apretándole la mano y dándole un beso en la frente:

—Hija mía, usted va a ser nuestra salvación. Dios quiere poner en unas manos tan delicadas la suerte de muchos valientes y ¡quién sabe si también el triunfo de la causa!

Volvió a casa la joven y retirose a su cuarto, donde hizo oración largo rato, y después bajó a la habitación de su madre. No tardó Ricardo en llegar, como tenía por costumbre. Después de algunos momentos de conversación general, doña Gertrudis empezó a dormitar y los dos jóvenes se retiraron al hueco de un balcón a decirse los dulces secretos de todos los días, más dulces y más amables cuanto más se repiten. María estaba preocupada. Su novio, con la perspicacia del que ama de veras, lo notó al instante.

—¿Qué tienes hoy?... Parece que estás agitada...

—Me siento triste, Ricardo..., me siento triste como si fuera a sucederme una desgracia.

—Son los nervios que trabajan demasiado en ti, querida. Los ayunos te debilitan mucho. Debieras suspenderlos, así como tantas horas de oración, por algún tiempo... Te están poniendo muy delgada.

—Al contrario, nunca me he sentido tan bien como estos días. No son los nervios, sino una verdadera tristeza... Es el alma quien padece y no el cuerpo.

—¿Pero tienes acaso algún motivo de disgusto?...

—Tengo un presentimiento.

—¡Bah, quién hace caso de presentimientos!

María guardó silencio y Ricardo también. Era la hora del obscurecer. Ambos tenían la vista fija, al través de los cristales, en la gran plaza de Nieva, cercada de soportales, donde los chicos que acababan de salir de la escuela se recreaban corriendo y chillando. El sol se había retirado ya, dejando sobre el tejado de las casas consistoriales un gran pedazo de cielo teñido de leve tinta rosada, que hacia el cenit tomaba matices azules y hacia el horizonte amarillos. Los habitantes de la villa discurrían por las calles evacuando los últimos negocios del día y gozando aquel suave crepúsculo, al que no estaban avezados. Los balcones del café de la Estrella estaban ocupados por algunos parroquianos, que pasaban su errante mirada por los ámbitos de la plaza. En el balcón de la casa de enfrente, un niño de ojos azules y blonda y rizada cabellera se entretenía en arrojar con un canutillo pompas de jabón, que unos cuantos pilluelos desde abajo recibían con no poca algazara, deshaciéndolas con la gorra y el pañuelo.

Al cabo de un rato, María volviose hacia su novio, y posando en él una mirada intensa y ansiosa, le dijo con voz que temblaba:

—Ricardo, ¿me quieres mucho?

—¿Cómo me preguntas eso?... ¿No lo sabes bien?

—Sí, sé que me quieres, me has dado ya pruebas de ello..., pero en el amor, como todo lo que no pasa de este mundo, hay siempre más y menos. Sólo el amor divino es infinito. El que me tienes ha resistido bien a ciertas pruebas; ¡quién sabe si podrá resistir a otras!

—El amor que te tengo—dijo el joven marqués apoyando la mano sobre el corazón—tiene fuerza para resistir a todas las pruebas.

—¿A todas?

—A todas.

—¿Y si yo te pidiese la vida?

—¡Bah, bah!—repuso alzando los hombros con ademán desdeñoso—, eso sería pedir muy poco.

María sonrió con satisfacción, y después de una pausa preguntó tímidamente:

—¿Y si te pidiese el honor..., o lo que vosotros los hombres entendéis por honor?...—añadió corrigiéndose.

Ricardo se puso levemente pálido y tardó algún tiempo en contestar. Al fin dijo en voz más baja y con calma:

—El honor, querida mía, no nos pertenece; es un depósito que el cielo pone en nuestras manos al nacer y del cual nos pide cuenta al morir.

Un relámpago de indignación y desprecio pasó por los ojos de María al escuchar estas palabras.

—¿Y quién os ha dicho a vosotros lo que el cielo os deja y os pide, y por qué mezcláis al cielo en cosas que pertenecen muchas veces al infierno?...

Pero, calmándose inmediatamente y comunicando a sus palabras un tono dulce y persuasivo, añadió:

—Lo que el cielo confía al hombre al nacer nadie puede revelarlo más que la religión, y ésta nos dice que el hombre cifra no pocas veces su honor en lo que debiera considerar como su ruina y perdición... Generalmente, lo que el mundo más aprecia y apetece va contra la ley de Dios. Por eso debemos hacer muy poco caso de ese pretendido honor con que se disfraza el orgullo y la soberbia. El verdadero honor del cristiano consiste únicamente en servir a Dios y cumplir sus santos preceptos... Escucha, Ricardo... Cuando te preguntaba si me amabas mucho es porque tenía necesidad de saberlo..., de saberlo con entera y absoluta certeza... Voy a hacerte una confesión, después de la cual, si eres tan virtuoso y tienes tanta fe como puedo exigir de ti, tal vez me ames más... Si tu fe es tibia y vacilante y pagas tributo a las frívolas consideraciones mundanas, seguramente me amarás menos y quizá llegarás a huirme...

—¡Eso nunca!

—Aguarda un instante... Figúrate que tu novia, desechando y aun violando ciertas reglas que la sociedad exige y traspasando los límites que señala siempre a la mujer, sobre todo cuando es una niña soltera, se mezcla en asuntos puramente varoniles..., por ejemplo, en política... Y no sólo se mezcla con el pensamiento y la palabra, sino que toma en ella una parte activa. Figúrate que entra en una conspiración y trabaja con ahínco para que triunfe su causa... y pone en peligro su vida o su libertad para conseguirlo...

—¿Pero tú?

—Sí—dijo con resolución—; yo estoy unida con toda mi alma a una conspiración..., yo trabajo con todas mis fuerzas por el triunfo de la causa de los buenos. ¡Bien sabe Dios que no me importa nada que gobiernen unos u otros ni me ha arrastrado a tal proceder ninguna consideración terrenal! Pero he visto y estoy viendo maltratada a la religión y sus ministros, estoy viendo en peligro la salvación de muchas almas, veo todos los días al divino Jesús y su dulce nombre escarnecidos por los impíos que mandan casualmente en España, poniéndole una corona de espinas mil veces más dolorosa que la que llevó en Jerusalén... y siento que sus ojos me imploran y escucho su voz celestial que me solicita para que afloje un poco aquella terrible corona... ¿Crees tú que debo posponer los sublimes intereses de la religión, la salud de mi alma y la gloria de Jesús al pueril temor de desagradar al mundo?

—Yo no sé nada—dijo sordamente Ricardo, abismado en profunda meditación.

—¡Ves cómo tenía razón! Ahora que me he confesado contigo y te he dicho mi secreto, ya no me quieres y no tardarás seguramente en alejarte de mí y dejarme abandonada.

La última palabra de la joven hizo levantar vivamente la cabeza a Ricardo, quien, presintiendo algo grave, repuso en tono malhumorado:

—¿Y qué es lo que te ha movido a confiarme todas estas cosas que tanto reservaste hasta ahora?

—Ante todo perdóname que no te las haya confiado antes. Eran secretos que no me pertenecían... Además, recelaba que no pensarías como yo y levantarías algún obstáculo a mis planes... Pero hoy has variado mucho; eres más piadoso y amas el nombre de cristiano que posees. Por eso me decidí a abrirte enteramente mi alma y a poner en tus manos fieles y seguras la vida de muchos hombres generosos... Yo soy muy débil, Ricardo mío; no soy más que una pobre niña incapaz de luchar ni de resistir... ¡No me abandones..., por Dios, no me abandones!...

El joven presintió el peligro mucho más próximo y exclamó:

—¡Acabemos de una vez, María, y sepamos de qué se trata!

—Se trata de un gran merecimiento que puedes contraer para salvarte si abandonas las nefandas sugestiones del mundo y acudes al llamamiento del cielo... En esta villa existe un arma poderosa que en vez de servir a Dios, como todo el mundo debe servir, es un temible auxiliar del demonio. Esta arma es la Fábrica de fusiles... (María se detuvo un instante, y echando una mirada de temor a su amante, añadió con voz temblorosa): Tú puedes arrancar al demonio esta arma para ponerla en manos de Dios, entregando la Fábrica a los defensores de la religión, y...

Se detuvo otra vez mirando con espanto el rostro lívido y contraído del joven marqués, que agarrándola del brazo y sacudiéndola fuertemente rugió más que dijo:

—¿Quién te ha sugerido la idea de proponerme eso?... Respóndeme... ¿Quién ha sido el miserable, el vil y el canalla que te lo ha aconsejado?... ¡Quiero ir ahora mismo a arrancarle la lengua! Dímelo, dímelo, María... De ti no ha nacido ese pensamiento... Tú no has podido pensar que tu prometido, el marqués de Peñalta, el descendiente de tantos caballeros nobles, un militar pundonoroso y leal, pudiera escuchar con calma semejante proposición... Tú no has podido imaginar que el hombre que te adora sea un cobarde traidor a quien sus compañeros escupirían con razón en la cara... Sólo así te puedo perdonar las horribles palabras que acabas de proferir... Oye, por Dios, María... En este momento tengo la cabeza encendida y el corazón helado... Escucho dentro de mí una voz que me anuncia una gran desgracia. Pues bien, en este momento te digo que te quiero con toda mi alma..., hasta dar por ti la vida con gusto..., pero si el amor que te tengo se multiplicase por mil y no cupiese en este mundo, lo ahogaría, lo apagaría como se apaga una luz..., de un soplo, y me quedaría toda la vida en tinieblas antes que prestarme a tal villanía... ¡Qué digo!... Si el mismo Dios bajase a proponérmela y me amenazase con las penas eternas del infierno, la rechazaría... Preferiría condenarme con los leales a salvarme con los traidores.

María bajó consternada la cabeza. Al cabo de un rato pudo articular débilmente:

—No me entiendes, Ricardo, ni yo te entiendo tampoco. Para juzgar las cosas de este mundo nos colocamos en puntos de vista muy distintos. Tú miras por el cristal de las convenciones establecidas por los hombres y yo únicamente por la de la ley de Dios. Para ti el renombre de valiente, la fama de leal y de noble es lo primero. Para mí lo principal es la salvación del alma... Perdóname si te he ofendido, y que ese honor, al cual rindes tan fervoroso culto, te sirva para no acordarte de lo que hemos hablado.

Ricardo posó sobre la joven una mirada prolongada y triste. Acababa de hacerse cargo de que aquella mujer no podía ser suya; que en aquel corazón idolatrado, henchido de sentimientos misteriosos, quizá grandes y sublimes, pero incomprensibles para él, ocupaba lugar muy secundario. Una lágrima saltó a sus ojos y se deslizó temblorosa por sus mejillas.

—Tienes razón, María..., no te comprendo... Mi padre fue un hombre honrado, y tampoco te comprendería... Mi abuelo fue un militar que perdió la vida defendiendo a su patria, y tampoco te comprendería... Pero mi padre y mi abuelo se ofenderían, como yo me ofendo, de que alguno les recordase que debían guardar los secretos que se les confiaba.

Ambos guardaron silencio obstinado mirando tristemente al través de los cristales de la gran plaza de Nieva, que las sombras de la noche empezaban a ocultar. Los transeúntes se retiraban a sus casas con paso tardo y perezoso. Algunas luces brillaban ya en el fondo de las viviendas. Los pilluelos, que recibían afanosos las pompas de jabón que el chico de la casa de enfrente les arrojaba, habían desaparecido, y aquél, harto de soplar por el canuto, concluyó por dejarlo en el suelo, así como la taza del agua, poniéndose a hacer muecas a Ricardo y María. Pero éstos, graves y rígidos, no le hicieron caso como otras veces, y el niño, sorprendido de hallarlos tan serios, quedose también inmóvil mirándoles fijamente con sus claros y hermosos ojos de querubín.

XIII

EN QUE SE NARRAN LOS TRABAJOS DE UNA VIRGEN CRISTIANA

El comandante general que la vacilante república española tenía en la provincia de... era bastante bárbaro (dicho sea sin ánimo de inferirle agravio, pues todo hombre tiene derecho a ser lo bárbaro que juzgue conveniente dentro de la sana moral y las buenas costumbres). Lo primero que hizo, así que tuvo noticia por un soplo de que los carlistas de Nieva preparaban una algarada (así la llamaba él) e intentaban nada menos que apoderarse de la Fábrica de armas, fue llamar al comandante Ramírez y decirle:

—Necesito que antes de una hora salga usted con dos compañías y acompañado del inspector de policía para Nieva; y en cuanto llegue usted allá me prenda usted y me traiga amarrados codo con codo, ¿lo entiende usted bien?, amarrados codo con codo, a todos los individuos que van apuntados en ese papel.

—Está bien, mi general.

—Para custodiarlos no hace falta más que media compañía. Usted, con lo restante de la fuerza, se pone a las órdenes del coronel director hasta que yo disponga otra cosa.

—Está bien, mi general.

Cuando el comandante Ramírez, después de hacer su saludo, salía por la puerta del despacho, el brigadier volvió a llamarle.

—Oiga usted, Ramírez, ¿cómo le he dicho que trajese a los presos?

—Amarrados codo con codo, mi general.

—Perfectamente. Vaya usted con Dios.

La noche en que las dos compañías llegaron a Nieva era la señalada por los amigos de don César para dar el grito de guerra y apoderarse de la Fábrica. La conspiración estaba bien tramada. A la una de la madrugada debían reunirse cincuenta hombres en la huerta de un rico hacendado carlista y otros cincuenta en la bodega de otro para proveerse de armas y uniformes. A las dos en punto marcharían todos hacia la Fábrica, cuya guardia, encomendada a la sazón al joven marqués de Peñalta, no pasaba de veinticinco hombres, y la atacarían ostensiblemente por las puertas, mientras otros escalarían por detrás las tapias. Una vez dentro, se apoderarían rápidamente de los fusiles construidaos, cargándolos sobre mulos, que también estaban preparados, pegarían fuego a los talleres y se saldrían a toda prisa de la población. Para cuando fuesen atacados contaban llevar ya quinientos o seiscientos hombres bien provistos de armas y municiones. Don César no dudaba del buen éxito de su atrevida empresa; pero el maldito soplo tradicional en todas las conspiraciones habidas y por haber, vino a dar al traste con los proyectos del bravo caballero.

A las once de la noche el comandante Ramírez y el inspector de policía tenían presos ya a todos los individuos de la junta y a diez o doce de los más caracterizados carlistas de Nieva, los cuales, amarrados y custodiados por media compañía, según las prevenciones del comandante general, esperaban debajo de los soportales del Ayuntamiento la orden de marcha. La única mujer que iba entre ellos era María. En vano don Mariano, con lágrimas en los ojos, suplicó al jefe de la fuerza que le permitiese llevarla en un coche. El comandante Ramírez manifestó que sentía muchísimo no poder complacerle y que lo único que en su obsequio haría era llevarla suelta y aguardar unos instantes a que le trajesen calzado fuerte y ropa de abrigo, exponiéndose por ello a incurrir en las iras del general, que era... (Aquí el comandante Ramírez hizo uso del adjetivo que ya hemos tenido el honor de emplear.)

Al fin se dio la orden y el teniente emprendió la marcha con los presos. Don Mariano no quiso dejar a su hija. Aunque no llovía en aquel momento, la noche estaba muy húmeda y el piso, según acusaban las polainas de los soldados, verdaderamente asqueroso. En la villa se hallaban ya casi todos al corriente de lo que pasaba, y muchos bultos negros, silenciosos, ocupaban los balcones, sacándose los ojos para ver cómo desfilaban los presos. Al pasar por cierta calle una voz irritada de mujer gritó desde un balcón:

—¡Infames, ya las pagaréis todas en el infierno!

Los soldados levantaron la cabeza y tornaron a bajarla, prosiguiendo silenciosamente su marcha, cuyo rumor acompasado infundía tristeza y miedo. Todos ellos sentían sobre sus roses una continua descarga de miradas de odio, que, a pesar de no merecer, recibían con la resignación del que está avezado a padecer injusticias. Pronto dejaron las últimas casas del pueblo y entraron en la carretera, cuyo primer trozo estaba guarnecido de altos álamos.

El cielo seguía negro y espeso, envolviendo en tinieblas a la tierra. Apenas se percibían los bultos de los árboles cercanos y los de tal casa que otra de labranza construida al borde de la carretera. Los pies de los viajeros no producían el ruido seco que cuando caminaban por el empedrado de la villa, sino un chapoteo aún más triste. El teniente, que era un mancebo de veinte años, bastante simpático, dio la orden de colocarse en dos filas, dejando a los presos en el medio. Después se acercó a ellos, y, preguntándoles si se les ofrecía algo, disculpose con frases corteses de llevarlos atados; pero ya debían tener noticia de que el general era bastante... (El joven teniente hizo uso del mismo adjetivo que su comandante y que nosotros, los primeros, hemos echado a volar.) Los presos murmuraron las gracias encerrándose en un silencio digno. Al poco rato comenzó a llover fuertemente. Don Mariano, que no había cruzado la palabra con su hija, abrió el paraguas apresuradamente para taparla y la estrechó largo rato contra su corazón, murmurándole en el oído:

—¡Hija mía, qué trago tan amargo me haces pasar!... Embózate bien... ¿Tienes frío? ¡Oh, me las pagará ese bruto!... Iré a Madrid a ver al ministro de la Guerra y conseguiré mandarlo a un castillo. ¿Te entra el agua por algún sitio, corazón mío? ¿Quieres mi impermeable?... ¡Mandar traer atada a mi hija!... ¡Ah, grandísimo puerco! ¿De qué cuadra te habrá sacado este gobierno de sainete?... Si te pones enferma, le mato irremisiblemente... Pero a ti, mentecata, ¿quién te ha metido en estos líos de conspiraciones sin mi permiso?... ¡Si no te hubiese dejado arrastrar tanto los zapatos por las iglesias, a estas horas no estaría pasando tales amarguras! ¿Qué tienes tú que ver con los carlistas ni con los republicanos?... Una niña bien educada se está en su casa quietecita, cuidando de las camisas de su padre y haciendo calceta..., ¿estamos?..., y haciendo calceta... ¡Canalla! ¡Miserable! ¡Mandar traer atada a mi hija!... ¡Si le veo no respondo de no echarle las manos al cuello!...

—Cálmate, papá..., cálmate, por Dios... Voy perfectamente... Cuando se sufre por Dios, el sufrimiento se convierte en placer. Nunca me he sentido tan bien como en este momento... y es porque advierto en mi alma el consuelo de haber hecho algo por restablecer a Jesús en su santo reino... Lo único que me hace padecer es verte disgustado... ¡Ay, papá, cuánto daría porque tu fe fuese tan viva y ardiente como la mía, para que despreciases todos los dolores de la tierra y marchases tranquilo y contento como yo marcho adonde Dios quiera llevarme!

Don Mariano sintió que un torrente de palabras irritadas y coléricas se le agolpaban a la garganta, pero no pudo darle salida. Lo único que hizo fue echarle el impermeable encima a su hija, dejando escapar una especie de gruñido de elocuencia conmovedora.

Cesó de llover al fin. Sintiose un leve soplo de viento ábrego y la espesa capa del cielo comenzó a enrarecerse despidiendo tenue y escasa claridad, que hizo resaltar las siluetas de los soldados y los árboles y los enormes bultos de las montañas que cerraban el valle. El silencio en la comitiva era sepulcral. Los presos no cambiaban entre sí palabra alguna, devorando su rabia y tristeza. En la campiña tampoco se escuchaba ninguno de los gratos ruidos que acrecientan el misterio de la noche y llenan el alma de suave melancolía. Sólo al pasar por delante de alguna casa se oía dentro el gruñido amenazador de un perro que protestaba contra el desfile de la tropa a hora tan inusitada y tal vez que otra el no más dulce murmullo del sargento Alcaraz, que maldecía de la noche, de su suerte y de la madre que le había parido.

El viento siguió soplando cada vez más vivo; un viento tibio y húmedo que los presos encontraban asaz siniestro. Los árboles que bordaban las orillas de la carretera se retorcieron angustiados, dejando caer toda el agua de que estaban cargados. En la escasa claridad del cielo comenzaron a resaltar los bultos de grandes nubarrones negros que rodaban velozmente por la atmósfera cual si viniesen perseguidos de cerca por algún monstruo de la noche. Detrás de estas nubes no se percibía el azul oscuro del firmamento, sino un espeso manto gris que parecía impenetrable. No obstante, el viento, cuyo ímpetu iba siempre en aumento, logró desgarrarlo, al fin, por algunos sitios, formando gratos agujeros, en el fondo de los cuales se percibía el suave fulgurar de alguna estrella. Las grandes nubes negras venían a taparlos; pero el manto se desgarraba por otros parajes a toda prisa y las diminutas estrellas tornaban a hacer guiños amables a la tierra. Al cabo, una gran luz argentada bañó súbitamente toda la campiña. La luna había aparecido entre dos nubes, bella y esplendorosa como una virgen que abre las ventanas de su aposento. Mas apenas hubo echado una mirada curiosa a nuestra comitiva, cuando los nubarrones se estrecharon, poniendo venda a sus ojos y dejando a la tierra triste y sombría. De nuevo volvió a aparecer en lo alto y otra vez tornó a ocultarse, mirando resbalar por delante de sí una legión presurosa de nubes de todas formas y tamaños que volaban a regiones desconocidas. En el espacio de media hora presentose y ocultose un número incalculable de veces, ofreciéndose a los ojos de los viajeros como un navío presto a sumergirse en aquel océano inquieto y tenebroso.

Por último, sosegó la tempestad del cielo. Poco a poco habían ido desapareciendo detrás de las montañas los espesos nubarrones que manchaban la faz del firmamento. Unos cuantos que habían quedado rezagados y que a largos intervalos, cruzando por delante de la luna, sumían a la tierra en las tinieblas, también traspusieron los picos de las montañas. Y quedó el firmamento sereno y límpido, desplegando su oscuro manto tachonado de estrellas. La luna trazaba un círculo luminoso a su alrededor, en el cual, como reina orgullosa, no permitía brillar ningún otro astro. El dilatado valle pareció estremecerse suavemente de placer al sentir el beso de la luz. Y de sus bosquecillos de naranjos, y arroyos sosegados y blancos caseríos esparcidos aquí y allá dejó escapar millones de reflejos que se perdieron con dulce misterio en el aire. En ciertos parajes se extendían grandes sábanas argentadas donde se percibían con admirable claridad las siluetas de los árboles y vallados; en otros se acumulaban las sombras protegiendo el sueño de las plantas. El anchuroso valle así iluminado ofrecía un aspecto de lago dormido.

Después de caminar bastante tiempo por el medio, nuestra comitiva tocó en las montañas que lo cercaban. Era necesario trasponerlas para entrar en la campiña que rodea a... La carretera penetraba por los sitios más accesibles, ciñendo el costado de uno de los montes con declive bastante pronunciado. El horizonte se estrechaba de modo extraordinario. Al comenzar la subida, el teniente mandó hacer alto delante de un enorme mesón situado al pie de la carretera, y haciendo llamar al dueño le obligó a levantarse y a servir vitualla a la tropa. Los presos entraron en la casa y descansaron buen rato. Y otra vez emprendieron la marcha subiendo con calma el áspero repecho.

La briosa vegetación del valle había desaparecido. Los montes, que se cerraban cada vez más, dejando apenas paso a la carretera, estaban vestidos únicamente de helecho. De vez en cuando se tropezaba con el agujero de alguna mina de carbón, abierta sobre el camino. Don Mariano no pudo resistir a la tentación de hablar del ferrocarril de Nieva, y se acercó al teniente mostrándole por dónde iba el trazado de Sotolongo y explicándole ampliamente las ventajas que llevaba sobre el de Miramar. El piso estaba bastante más enjuto a causa de la pendiente, y la luna seguía desde lo alto esclareciendo la ruta, posando su dulce y tranquila mirada sobre los viajeros. Oyéronse los acordes de una guitarra. ¡Cuándo dejó de sonar la guitarra en una marcha de soldados españoles! Y una voz de timbre varonil, con acento del Mediodía, cantó:

Como cosita propia
te miraba yo,
te miraba yo;
pero quererte como te quería,
eso se acabó,
eso se acabó.

Cuatro o cinco soldados esparcidos en distintos puntos acusaron también su origen meridional, gritando al concluirse la estrofa: «¡Olé, olé!» Aquella canción, nacida en el ardiente suelo de Andalucía, fue una varilla mágica que ahuyentó la tristeza de los corazones. Las montañas severas, poseídas de súbito enternecimiento, hicieron resonar la voz del soldado, conduciéndola muy lejos al través de sus gargantas y quebraduras. Entabláronse animadas conversaciones en la tropa que se suspendían cada vez que el soldado andaluz lanzaba al aire una copla. Los presos continuaban en su obstinado silencio.

Todos marchaban perezosamente, con la boca entreabierta, gozando, sin darse cuenta, del cambio favorable que la noche había experimentado. De pronto, al salvar una de las numerosas revueltas de la carretera, en el sitio más fragoso de la divisoria, oyose el disparo de un fusil. Un soldado vino a tierra. Casi al mismo tiempo el grito formidable de ¡Viva Carlos Séptimo! fue lanzado al espacio. Al levantar la cabeza vieron todos no a mucha distancia y en pie sobre una de las rocas que dominaban el camino, a un hombre de grandes bigotes blancos vestido con zamarra y boina. Los presos reconocieron inmediatamente en él al presidente de la Junta, don César Pardo. El teniente ordenó en batalla a la tropa temiendo una emboscada, y mandó hacer fuego; pero la descarga no dio resultado. Disipado el humo, tornaron a ver a don César cargando tranquilamente su arma. Al dispararla, gritó otra vez con más fuerza:

—¡Viva Carlos Séptimo!

—¡Mal rayo te parta, viejo zorro, me has destrozado un brazo!—exclamó el sargento Alcaraz llevando la mano a la herida.

—¡Segunda fila, apunten, fuego!—dijo el teniente.

Tampoco se consiguió nada. Don César disparó de nuevo, gritando:

—¡Viva la religión!

Entonces el teniente ordenó con voz colérica:

—¡Fuego a discreción!

Un tiroteo incesante partió de la media compañía formada en batalla. Pero el solitario enemigo ni huía ni caía. En pie sobre la roca, sin intentar siquiera guarecerse detrás de alguna piedra, seguía cargando y disparando su arma, repitiendo siempre con voz terrible:

—¡Viva Carlos Séptimo! ¡Viva la religión!

Raro era el disparo que no ocasionase alguna baja en la tropa. La luna iluminaba su rostro altivo y feroz surcado de arrugas.

—¿Me conocéis?—gritó sin dejar de hacer fuego—. Soy don César Pardo, cristiano viejo y carlista de los pies a la cabeza.

—¡Eres un ladrón!—contestó un soldado.

—Oye, chiquito; te tiembla mucho el pulso y tus balas pasan muy lejos.

—¡Allá va ésa!

—¡Nada..., no has acertado!... Si trajese diez hombres conmigo, ¡cómo correríais todos, falderillos!

—Haced lo que queráis, muchachos... ¡A matar ese perro!—gritó el teniente en el colmo de la irritación.

Los soldados se lanzaron veloces a la montaña y se pusieron a treparla con la agilidad de gatos monteses. La rabia de que estaban poseídos redoblaba sus fuerzas. Pero al mismo tiempo el teniente, que había arrebatado el fusil a uno de los soldados, disparó sobre don César y le volcó.

—Basta, muchachos..., volveos..., ya cayó el milano—tornó a gritar con acento de triunfo.

—¡No tiene más que una pata herida!... ¡Todavía le queda el pico!—repuso el cabecilla con voz ronca.

Y, en efecto, con el muslo atravesado consiguió incorporarse y cargar su fusil, que disparó inmediatamente sobre los que subían. Éstos lanzaban rugidos de cólera mientras se iban agarrando a los helechos o hincaban las uñas en el musgo para trepar más presto.

—¡Venid, venid, cobardes!—decía don César trasportado también por el furor—. Venid a aprender a pelear... ¿Veis cómo se bate un oficial carlista?... ¿Veis cómo vale por cincuenta republicanos?... Contad mañana vuestra hazaña al general Bum Bum que os ha enviado... ¡Que os den la cruz laureada, valientes! ¡Allá va ese tiro por don Carlos!... Ya sé que lleváis una niña presa, bravos soldados de la república... Allá va ese otro por doña Margarita... ¿Te ha sabido mal la peladilla, muchacho?... ¡Oh, me alegro que ya estéis aquí! ¡Viva Carlos...!

No pudo acabar. Un soldado, que había llegado a la cima, le puso el cañón del fusil en la frente, y le deshizo la cabeza, diciendo:

—¡Muere, cochino!

Lo mató sin hacer caso de las voces de sus compañeros, que gritaban:

—¡Déjamelo a mí; déjamelo a mí!

Al llegar con las mejillas pálidas y los ojos inyectados, todos dispararon sobre el cuerpo inanimado del terrible cabecilla, que pronto quedó espantosamente destrozado. Una vez concluido aquel acto de barbarie, engendrado por la cólera, los soldados quedaron silenciosos. Calmada la irritación, se hicieron cargo de que habían luchado contra un hombre solo y no quedaron satisfechos de sí mismos. A su despecho se sentían poseídos de admiración.

—¡Tenía agallas el viejo!—dijo uno, limpiándose unas gotas de sangre que le habían saltado a la cara.

—¡Bien reñido estaba con la vida!—manifestó otro.

—La verdad es, muchachos, que uno por uno este viejo se hubiera tragado a la media compañía con trapos y todo—concluyó por apuntar un tercero, sin que nadie protestase.

En la tropa habían resultado cinco heridos. Colocáronlos como pudieron en andas improvisadas y emprendieron nuevamente la marcha. Lo mismo los soldados que los presos caminaban silenciosos y tristes, profundamente impresionados por el trágico suceso que acababa de ocurrir. El cielo seguía tan plácido y sereno como antes, y en medio de él la luna, que acababa de alumbrar con su luz tibia y poética aquella lucha desigual, seguía esparciéndola sobre la comitiva, que ascendía lentamente por la carretera y sobre el lívido y destrozado cadáver que dejaban atrás, encima de la roca. Las luchas, las alegrías, los dolores de estos pobres diablos que nos movemos por la tierra, ¡qué valor tienen, qué significan ante la paz augusta de los cielos! Para ellos lo mismo pesa la caída de un imperio que la de una hoja, lo mismo suena el suspiro de una niña enamorada que el estertor de un moribundo. «La naturaleza es sorda—dijo el gran Leopardi—y no sabe compadecer.»