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Marta y María: novela de costumbres cover

Marta y María: novela de costumbres

Chapter 38: XVI
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About This Book

The narrative follows two sisters whose divergent temperaments—one practical and engaged in social charity, the other drawn to mystical, contemplative devotion—set off a series of episodes in a provincial community. Through scenes of domestic life, religious ceremonies, social gatherings and personal crises, the author contrasts active service with spiritual exaltation, examines the dangers of exaggerated mysticism, and sketches a broad gallery of townspeople and local intrigues. The work blends realist observation with moral reflection, tracing personal consequences for faith, love and social standing.

—Bien; yo no tardaré en salir.

—Dejo ya la tribuna de los músicos preparada. He avisado a don Serapio y al organista... ¡Preciosa, Mariíta, preciosa!... Fíjese usted en las colgaduras azules que hice poner en el retablo de la Virgen...

—Gracias, Ernesto, muchas gracias, se lo agradezco a usted en el alma.

A una señal de María todas las señoras se levantaron y se precipitaron detrás de ella por la escalera, sin dejar por eso su charla mareante. La joven fue derecha al cuarto de su padre y se encerró en él durante largo rato. Nadie supo lo que pasó dentro. Los que a la puerta esperaban oyeron sollozos, frases confusas pronunciadas en tono colérico, ruido de sillas. Las señoras, que aguardaban en la antesala, decían en voz de falsete a las que entraban: «Se está despidiendo, se está despidiendo de su padre... Don Mariano no quiere ir a la ceremonia.»

Después apareció otra vez María, risueña y serena como antes, diciéndoles:

—Vamos, señores; en marcha.

Con la misma serenidad atravesó los grandes salones de la casa sin dirigir una mirada a los muebles, y bajó por la anchurosa escalera de piedra sin notar vacilación alguna en sus lindos pies vestidos de raso blanco.

Y sin embargo, ¡cuántos recuerdos quedaban a su espalda! ¡Cuántas horas de luz y de alegría! La charla de sus labios infantiles, suave como el gorjeo de un pájaro; el canto un poco ronco, pero aun más tierno, por eso mismo, de su padre, al dormirla entre los brazos; los sueños, las frescas carcajadas de la adolescencia, el hermoso sol de las mañanas de abril que la bañaba en su cuarto, las caricias incesantes de su madre, el calor del hogar en suma, ese calor que no se compra con los tesoros de la tierra, todo quedaba detrás de ella impreso en las paredes, empapado en los muebles. ¡Y ella lo dejaba sin lágrimas!

A la puerta esperaba una magnífica carroza abierta, tirada por cuatro caballos blancos. Pedro había demostrado su gusto poniéndoles grandes penachos azules y adornándose él mismo con una librea de idéntico color. En aquel día todo debía ser azul, como emblema de pureza y virginidad. Hasta el cielo, por mayor gala, se había vestido de azul y se mostraba límpido y hermoso. María montó en el carruaje con la señora de Ciudad, su madrina, y las otras se despidieron hasta luego, tomando apresuradamente el camino de la iglesia.

Reinaba extraordinaria agitación en la villa. La toma de hábito de la señorita de Elorza, aunque esperada desde hacía algún tiempo, no por eso dejaba de impresionar profundamente. ¡Una joven tan rica, tan bella, tan lisonjeada por todo lo que el mundo tiene de risueño y apetecible! Interminables comentarios se hacían por aquellos días en las tertulias de las tiendas.

—¿Pero no decían que estaba ya arreglada la boda con el marquesito?—Nada, nada, ya no hay boda; el marquesito se ha quedado con un palmo de narices. La niña, después del extraño suceso de su prisión y la muerte de su madre, volvió con más fuerza que nunca a sus aficiones piadosas: es una vocación decidida, no hay que darle vueltas. Unos la juzgaban de un modo y otros de otro; pero en general María excitaba vivas simpatías, y en mucha gente, sobre todo entre la plebe, ejercía cierta fascinación, como todo lo que es extraordinario y hasta cierto punto maravilloso. Pasaba por una santa. El apagar todo el esplendor de su hermosura, riqueza y talento en las soledades de un claustro era el complemento único de su fama, la última firma echada en el expediente de su canonización popular. Todas aquellas mujerzuelas que se codeaban sin piedad para verla cruzar hacia la iglesia se creerían defraudadas si se hubiera casado prosaicamente y la viesen de bracero con su marido, precedida de una niñera con tierno infante en los brazos.

La plaza estaba llena de curiosos. Cuando la joven subió al carruaje, y Pedro, chasqueando la lengua y el látigo, hizo arrancar a los caballos, alzose un gran rumor en la muchedumbre, que llegó a los oídos de María como un coro de lisonjas. La gente se apartaba precipitadamente dejando paso. En presencia de aquel aparato, que sólo alguna vieja había visto en otra ocasión, los pacíficos habitantes se hallaban sobrecogidos de respeto y excitados a la par por una gran curiosidad. El coche empezó a caminar lentamente, rompiendo las apretadas filas de los curiosos. Los caballos piafaban impacientes, sacudiendo los penachos azules como si les corriese prisa llevar la desposada a los brazos del Esposo místico. Era una procesión regia. Y en verdad que María, por su gallarda presencia, mereciera ser reina. Así como estaba, espléndidamente ataviada, con sus ojos azules y profundos, que brillaban de emoción, y las mejillas de leche y rosas levemente coloreadas, era una figura de singular belleza, que ofrecía muchos puntos de semejanza con la Virgen rubia de Murillo que vemos en el Museo de Madrid. Las mujeres de la villa no podían reprimir el entusiasmo y le prodigaban en voz alta mil adjetivos a cual más lisonjero.

—¡Mírala, mírala qué preciosa va, mujer del alma!

—¡Si apetece comérsela a besos!

—¡Y qué traje tan rico lleva!

—Dicen que ha venido ex profeso de París. No ha querido vestirse de tisú. Las casullas que se habían de hacer de él las regalará por separado, y el vestido quedará para la Virgen del Amor Hermoso.

—¡Es que yo no he visto criatura más linda!... ¡Parece un ángel!

La carroza seguía su carrera majestuosa, y la joven sonreía dulcemente a la muchedumbre. Desde dos o tres casas dejaron caer sobre ella un diluvio de flores, cuyos pétalos multicolores esmaltaron un instante la tela blanca del vestido: algunos quedaron enredados en el cabello. La gente aplaudía.

—¡Mujer, la vocación de esta niña edifica!

—¡Ay, dichosa de ella!..., ¡quién estuviese en su lugar!

—Y aquí no pueden decir que ha sido obligada... Sé yo que su padre se ha puesto furioso cuando lo supo y trató de disuadirla por todos los medios...

—Vamos, entonces se casa con Jesucristo a disgusto de la familia—manifestó un joven que escuchaba la conversación.

Las mujeres se volvieron airadas a confundir al impío, que se alejó riendo.

Y la carroza seguía marchando bajo un sol radiante, que hacía centellear los cristales de los balcones, reverberando en el blanco caserío de la villa con transportes de felicidad. El firmamento mostraba sus purísimos senos sonriendo a todos los deseos de dicha, a todas las aspiraciones placenteras de los mortales, hasta a las de la hermosa virgen que iba por su voluntad a perderlo de vista y a hundirse para siempre entre las sombras del claustro. El carruaje cruzó por delante del palacio feudal de los Peñalta, cuyas vetustas paredes, manchadas a trechos de musgo, arrojaban sobre la calle un manto de sombra.

¡Qué haría a estas horas Ricardo!

María no se dijo esto; no. Pasó sin dirigir siquiera una mirada furtiva a los góticos balcones, con la misma sonrisa serena y protectora. La sombra, no obstante, le produjo un leve temblor de frío.

A la puerta de la iglesia esperábanla todas sus amigas, que habían llevado consigo a Martita. El templo rebosaba de gente, que se apretó para dejarle paso. En el altar mayor la recibió el obispo de..., que había venido adrede para darle el hábito. Hincose de rodillas y oró breves instantes. El rumor confuso de la gente se apagó, reinando un silencio ansioso.

El prelado comenzó a decir con voz clara y solemne:

—Sé, querida hija, que habéis formado resolución de encerraros para siempre en esta santa casa con propósito de ser toda la vida esclava del Señor... Sé también que vuestra voluntad es firme, y que habéis sabido resistir, no sólo a las vanas seducciones del mundo, sino también a aquellos goces honestos que la bondad de Dios nos permite... Pero la vida, hija mía, en el seno de la mortificación y penitencia suele ser más larga que en el tumulto de los placeres, y mientras nuestro espíritu resida aprisionado en la carne, somos el blanco de graves e incesantes tentaciones...

El anciano obispo hablaba con extraordinaria calma, haciendo largas pausas al final de los períodos, lo que prestaba a su discurso gran majestad. Su voz era dulce y clara y sonaba en la nave silenciosa del templo como una música suave. Entretúvose a trazar con terrible exactitud los pormenores de la vida religiosa, desplegando ante la vista de la joven todo el aparato de mortificación que arrastra consigo; los placeres del mundo, olvidados por entero; los sentidos, contrariados; los afectos terrenales, hasta los más puros, reprimidos. Y eso no un día, ni un mes, ni un año solamente, sino todos los días, todos los meses y todos los años hasta la hora de la muerte, buscando siempre con afán el dolor como otros buscan el placer. Mas después de pintar el cuadro sombrío de la mortificación, pasó a expresar con elocuencia los puros y vivos goces que dentro de ella se encuentran. ¡Abandonarse en los brazos de Dios como el niño en los de su madre, para que haga de nosotros lo que quiera! ¡Hallar a Dios en el fondo de las amarguras y dolores, unirse a Él!..., ¡poseerlo!... ¡Y ser la criatura predilecta, en quien su infinita Grandeza se recrea!... ¡Vivir eternamente unida a Él!... ¡Ser su esposa!... ¿No es bastante recompensa para los pequeños dolores que en una vida tan breve podemos experimentar?

Comenzó la profesión de fe. El obispo preguntaba, leyendo por un libro, si estaba pronta a dejar la vida del mundo y el comercio de las criaturas para consagrarse exclusivamente al servicio de Dios. María contestaba que había escuchado la voz del Señor y corría presurosa a su llamamiento. El prelado tornaba a preguntar si había meditado bien en su resolución, si la había tomado por algún respeto mundanal, herida de algún desengaño pasajero. María respondía que venía por su libre voluntad a confiarse y reposar en el seno del Amado de su alma. Todos los ejércitos de la tierra no la harían retroceder, porque su Dios la había hecho firme e inexpugnable, como la montaña de Sión.

Por encima de la cabeza de los fieles apareció una gran bandeja de plata, la misma que pocas horas antes estaba en una de las celdas del convento, y en ella el hábito de novicia bernarda. El prelado lo bendijo.

Dejáronse oír las notas agudas y gangosas del órgano y se puso en marcha la procesión. María delante y a su lado la madrina y Marta; detrás el obispo y en pos de él la clerecía. Parte de la gente los siguió y parte se quedó en la iglesia. Cerca de la puerta de ésta se hallaba la del convento por donde penetraron, internándose en un largo y sombrío claustro, iluminado a trechos por alguna viva raya de sol, que las molduras de los arcos dejaban pasar. Al fin de una de las galerías estaba ya una puerta abierta y guardándola, silenciosas, inmóviles, veíanse dos figuras blancas de monja, con sendas hachas de cera en las manos. Tornó a hincarse de rodillas la desposada, y levantándose al instante, estrechó vivamente entre los brazos a su hermana. ¡Era el último abrazo que le daba! Cuando quiso desprenderse tenía a Martita tan fuertemente colgada del cuello, que fue necesaria la intervención de algunas señoras para lograrlo. Abrazó igualmente a todas sus amigas que lloraban a lágrima viva, mientras ella, dando ejemplo de sublime serenidad, entró alegre y sonriente en la casa del Señor, escoltada por las dos monjas.

Las puertas se cerraron. Aunque era en el mes de agosto, Marta y las amigas sintieron frío repentino en el claustro y corrieron a refugiarse en la iglesia, donde don Serapio, acompañado del órgano, degollaba la hermosa plegaria de Stradella.

Esperose algún tiempo, con grandes ímpetus de curiosidad. Nadie atendía a la cascada voz del fabricante de conservas. Los ojos de la muchedumbre estaban fijos, clavados en el coro de las Bernardas, escrutando por entre sus rejas la portezuela del fondo.

Al fin apareció. Venía igualmente escoltada por dos monjas. El traje de novicia la hacía un poco más vieja. Sin embargo, estaba hermosa, ¡muy hermosa!, porque lo era realmente aquella santa y extraordinaria criatura. La gente la devoraba con los ojos y se repetía en voz baja: «¡Viene sonriendo, viene sonriendo!»

¡Ah, sí, la nueva esposa de Jesucristo sonreía, esperando el dulce premio de su sacrificio! Pero el anciano que en el mismo instante paseaba solitario por uno de los salones de la casa de Elorza..., ¡ése no sonreía! Y el joven que a la misma hora se hallaba cruzado de brazos, con la cabeza inclinada sobre el pecho, frente a un retrato de mujer, ¿acaso sonreía?... No, no; tampoco sonreía.

El prelado vino a la reja y dijo a la novicia:

—Ya no te llamarás María Magdalena, sino María Juana de Jesús.

La novicia fue a postrarse delante de la abadesa, y besó con respeto el crucifijo de su rosario. Después fue abrazando una por una a sus nuevas compañeras. Mientras duró esta escena, muchas de las señoras del concurso vertían lágrimas.

El obispo dijo la misa solemne, y al concluir, todas las religiosas, incluso María, comulgaron. Don Serapio apenas cerraba boca. El órgano chilló, silbó y roncó con más brío que nunca, estimulado quizá por la competencia. Parecía que don Serapio y él habían trabado un pugilato tremendo, un duelo a muerte, cuyas estrepitosas consecuencias recaían sobre las orejas de los fieles. Pero el órgano se reía con todo descaro del fabricante. Cuando se hallaba más extasiado, dejando resbalar por la garganta alguna complicada fioritura o fermata, un mugido horrísono se la estropeaba sin piedad, dejándole perdido y anegado para un buen rato. Volvía a sacar la cabeza el fabricante con una nota tierna y de efecto seguro... ¡Zas!, el órgano, como una fiera encarnizada, caía sobre ella y la desbarataba. Así estuvo jugando mucho tiempo, hasta que, harto de divertirse y embriagado por el triunfo, soltó de improviso y simultáneamente todas sus voces, que clamaron en el silencio de la iglesia con grito monstruoso e insufrible. El fabricante quedó asfixiado en aquel bramido diabólico y no volvió a aparecer.

Reinaron algunos instantes de silencio, que fue turbado por cierto triste chirrido. Era la cortina del coro que se extendía. Ya no se vio más. Las luces comenzaron a apagarse y la gente a desfilar a toda prisa. Las amigas íntimas se fueron al locutorio a dar la enhorabuena a María.

El locutorio era una pieza cuadrada y bastante obscura, cortada por una doble reja de hierro. La novicia apareció acompañada de la superiora..., ¿sonriendo tal vez?... Sí, sonriendo.

—¡Qué ejemplo nos has dado de valor y de virtud, María!—le dijo una.

La joven alzó los hombros, en ademán de arrojar de sí la gloria que le echaban encima.

—¡No dejes de pedir por nosotras!

—Sí, pediré, querida... Nosotras—añadió con un poco de énfasis—tenemos la obligación de pedir por los que se quedan en el mundo.

—¡Si supieras cómo lloraban los criados hace un momento!

—¡Pobre gente!... Les quiero yo mucho a todos.

—Aquí tienes a Marta, que quiere despedirse.

—Acércate, Marta... ¿Te vas conformando ya?...

—¡Qué remedio tengo, María!—repuso la niña pugnando por reprimir los sollozos.

—No, hermana mía; es necesario que te resignes con gusto, agradecida al Señor, por el favor que me ha dispensado... Serás buena siempre, ¿no es verdad?... Consuela a papá... No olvides aquellas oraciones que te he dado, ni dejes de leer los libros que te dije... Ven a oír misa todos los días... Procura siempre ser formal y humilde...

¡Ah!, no; Martita no procuraría, no procuraría. Cuando se nace honrada y humilde no hay necesidad de procurarlo. Podía estar tranquila sobre este asunto la esposa del Señor.

El estrecho cuarto donde las dos monjas se hallaban cerca de la reja parecía, por lo feo y obscuro, un calabozo. Sus túnicas resaltaban como dos manchas blancas detrás del negro enrejado.

Las amigas dirigían todas, alternativamente o a la vez, la palabra a María con cierta mezcla de admiración, de lástima, de curiosidad y cariño. Lo que más dominaba era la curiosidad. Se le hacían mil preguntas impertinentes y muchos encargos ridículos de oraciones, medallas, etcétera. Algunos pollos de los antiguos tertulianos de la casa de Elorza se habían deslizado en la concurrencia y contemplaban con grandes ojos abiertos y pasmados a la nueva religiosa, sin atreverse a dirigirle la palabra. Pero ella se mostraba serena y amable y les llamaba por sus nombres con cierta condescendencia protectora, dándoles recuerdos para sus familias. El más osado fue el ceremonioso mancebo del pelo por la frente, quien, abriéndose paso y llegando muy sofocado a la reja, dijo a la novicia, dándole ya su nuevo nombre:

—Hermana Juana, tengo que pedirle un favor..., que me envíe como recuerdo un poquito de azahar de la corona que llevaba...

—Si la madre consiente...—murmuró María dirigiendo la vista a la superiora.

Ésta hizo una seña con la cabeza y el ramito de azahar fue liberal y graciosamente otorgado.

En aquel instante entró la hermana Luisa, aquella monja castigada por su vanidad, y se puso de rodillas; pero ni el más leve soplo de rubor pasó por su rostro. La costumbre de ejecutar tales actos los priva de todo mérito.

Siguió la conversación versando sobre fiestas, novenas que se preparaban, la marcha del vicario que iba nombrado canónigo de la catedral, la persona que le sustituiría, etcétera. Insensiblemente todas fueron bajando el tono de la voz hasta convertirse en un cuchicheo monótono y triste. Más que de enhorabuena parecía una visita de pésame. Continuábase alabando el valor de María y su virtud. ¡Ay Dios mío, el considerar que está una encerrada para siempre y llevando una vida de tanto trabajo!...

La superiora, mirando para ella, exclamaba con cierta sonrisilla no muy tranquilizadora:

—¡Pobrecita!, ¡pobrecita!

Mas la joven, volviéndose con uno de esos arranques graciosos tan propios de su carácter, respondía:

—¡Riquita!, ¡riquita! digo yo, madre.

Poco a poco los muchachos se habían ido acercando a las muchachas, y sin respetar lo sagrado del recinto ni hacer caso de las cruces severas colgadas de los muros, comenzaban a decirse cositas más o menos picarescas al oído:—¿Cuándo sigue usted el ejemplo, Fulanita? La verdad es que si todas ustedes hiciesen lo mismo, ¡qué sería de nosotros!—Pues no dejaría usted de estar linda con el hábito.—Oiga usted, Amparito, si usted se metiese monja, yo quisiera ser vicario.—Pues yo quisiera que usted fuese un poco más formal, Suárez.—¡Cuántos ratos de compañía había de hacerle!... Lo peor es la reja... ¿No se quita la reja para el vicario?...—Calle usted, malvado; mire que es pecado hablar así en este sitio.

Rosarito y su novio se habían apoderado de un rincón y se comían con los ojos, diciéndose sólo de vez en cuando alguna palabra insignificante que la inflexión de la voz y el temblor de los labios hacían subir a la categoría de sentencia sublime. Sólo las viejas y algunas chicas que no habían logrado emparejarse, seguían charlando con las monjas. Al fin, la superiora se levantó de la silla y María siguió su ejemplo.

XVI

EL SUEÑO DEL MARQUÉS DE PEÑALTA

El traslado del joven teniente de artillería Ricardo de Peñalta no acababa de llegar. Se había solicitado quince días antes de la toma de hábito de la señorita de Elorza. Era ya pasado un mes desde la ruidosa ceremonia... y nada. Los personajes influyentes que nuestro amigo tenía en Madrid a su devoción, no se habían dado mucha prisa esta vez a satisfacer sus deseos.

¿Pero por qué este muchacho tenía tales deseos de alejarse de Nieva? Dicho sea en honor de la verdad, Ricardo cuando pidió el traslado sentía ganas vehementes de perder de vista para siempre aquellos lugares, donde tan feliz había sido y donde iba a ser tan desgraciado; mas ahora, después de transcurrido un mes, se habían calmado un tanto sus congojas y andaba cerca de acostumbrarse a su desgracia. No obstante, seguía muy abatido. Toda la villa lo advertía.

Desde el día en que le hizo aquella horrible proposición, que no podía recordar sin sentirse inflamado de cólera, comprendió que no sería dueño jamás del corazón de María. Una voz secreta e implacable se lo estaba diciendo sin cesar al oído. Así que no le causó gran sorpresa la carta en que se le notificaba la entrada en el convento. Hacía ya algún tiempo que corría este rumor en la población. Sin embargo, no pudo sustraerse, por más que hizo, a un dolor vivo y agudo y a un abatimiento que postró todas sus fuerzas. No es lo mismo la persuasión más o menos fundada de que la mujer querida no le corresponde a uno, que verlo confirmado por un hecho material y tangible. Ni aun le quedaba el derecho de encolerizarse y desahogar su rabia apellidándola pérfida, traidora, como acontece en la mayoría de los casos. Como cristiano sincero que era, le tocaba ver con paciencia, hasta con gusto (la carta bien lo decía), aquella piadosa sustitución de afectos terrenales, aunque nobles, por otros divinos y sublimes. María no era culpable de nada, absolutamente de nada. Su conducta, digna de elogios; y advertía que la villa entera los tributaba espontáneos y calurosos. Quizá en esta idea encontraba el joven marqués el único consuelo posible. Porque lo cierto era que la hermosa joven no le había dejado por ningún otro hombre, sino por seguir el áspero camino que conduce al cielo, para lo cual indudablemente debió necesitar hacerse gran violencia. Y en esta violencia cifraba nuestro marqués un poquito de orgullo, pensando con deleite y dolor al mismo tiempo en los esfuerzos que la nueva esposa de Jesús haría para arrancar las raíces de afecto tan sólido y antiguo.

Mas por entre el hermoso follaje de estos pensamientos, más o menos consoladores, sacaba no pocas veces su odiosa cabeza una idea triste y cruel. Aunque procurase todos los medios para alejar de sí tal idea, no podía menos de pensar muy a menudo que María jamás le había profesado un amor sincero y vehemente como el suyo; que había sido su novia por compromiso, por el influjo de las circunstancias especiales en que ambos se encontraban en Nieva; que tal vez ella se había engañado a sí misma, pensando quererle, pues si le hubiese amado realmente, nunca le hubiese venido la idea de meterse en conspiraciones ridículas ni mucho menos en proponerle odiosas traiciones; que María era una joven de mucho talento y gran imaginación, a propósito para brillar en el mundo o para acometer cualquier empresa religiosa o profana, con tal que fuese elevada, pero incapaz, tal vez por lo mismo, de la ternura de sentimientos, de la constancia, de la abnegación modesta y obscura que deben poseer las buenas esposas y madres. En fin, Ricardo presumía que su amada tenía más cabeza que corazón, o él no sabía lo que se pescaba.

Y poco a poco y a impulso de estas dudas que andaban cerca de ser certezas, nació en su espíritu cierto desvío del amoroso recuerdo que le embargaba. Cuando pensaba en la María de otros tiempos, tan alegre, tan gentil, tan bulliciosa, solía enternecerse y derramaba lágrimas. Cuando el pensamiento se enderezaba al día en que, escondido detrás de las cortinas, la vio cruzar impasible y sonriente por delante de su casa sin dirigir siquiera una mirada a los balcones, se llenaba su corazón de amargura no exenta de rencor. Y cuando la veía en la imaginación en hábito de monja bernarda, por entero olvidada de aquellas dulces escenas que habían sido el encanto de su vida, despreciándolas tal vez, y aborreciéndolas cual si fueran delitos, nuestro joven—¡que Dios le perdone el pecado!—llegaba a mirar con ojeriza a la esposa de Jesucristo. Estas dudas que sin cesar le asaltaban eran para su pasión un verdadero cauterio, doloroso y cruel como todos, pero de muy saludables efectos.

No dejó por un instante de frecuentar la casa de Elorza como antes; acaso más que antes. Había allí dos seres a quienes compadecer y que le compadecían. Además era un hábito el pasar algunas horas del día entre aquellas cuatro paredes, y no sólo hábito, sino deber de reconocimiento por el cariño que se le dispensaba, y no sólo deber, sino también, ¿por qué no hemos de decirlo?, también gusto, mucho gusto, pues no podía dejar de tenerlo en hacer compañía a un caballero tan cumplido como don Mariano, que le había dado pruebas de amarle como a hijo, y a una niña tan buena y hermosa como Marta, a quien quería como hermana. El dolor había estrechado aún más el parentesco de sus corazones. A medida que el recuerdo de María se iba haciendo menos grato, hallaba más dulce el cariño de aquella familia y se agarraba a él como a la última tabla, en el naufragio de sus esperanzas. Si dejaba escapar esta tabla, quedaría solo. ¡Solo, solo! Esta palabra le traía a la imaginación la horrible noche pasada en el tren cuando vino a Nieva después de la muerte de su madre. El destino cruel volvía a pronunciarla en sus oídos cuando menos lo pensaba. Al fin, mientras permaneciese en Nieva, no sonaba tan triste y desconsoladora, porque todo lo que veía y tocaba en su casa le hablaba de la ternura de su madre, cuando tropezaba en la de Elorza le recordaba el amor de María; pero ¿y después?... ¿Qué le dirían los campos yermos de Castilla por donde la rauda locomotora le haría cruzar? ¿De qué le hablaría la indiferente muchedumbre en las calles de Madrid?... Por eso, Ricardo temía ya, más que deseaba, el traslado que con tanta precipitación había pedido.

Todos los días al entrar en casa de Elorza le preguntaba Martita:

—¿Ha llegado eso, Ricardo?

A las pocas veces repuso entre risueño y enfadado:

—¿Acaso tienes ganas de que me vaya, Martita?

—¡Oh, no!...—dejó escapar la niña con una inflexión de voz que valía por un poema.

Pero Ricardo no acertó a leerlo. Estos náufragos del amor, estos hombres heridos de un desengaño, no saben leer más poemas que el suyo.

Después de la muerte de su madre, en cuya enfermedad tanto le ayudó y consoló Ricardo, Marta volvió a tratarle con la misma confianza y cariño que antes, un poco entibiados desde hacía algún tiempo. La hija menor de don Mariano había atravesado por una terrible crisis, que nadie sospechó siquiera en la casa. Mientras duró se hizo un poco arisca en el trato, más inquieta, más seria y reservada. Pero al fin su espíritu firme y su temperamento sano y equilibrado salieron vencedores. La muerte de doña Gertrudis, que era una desgracia más grande y positiva que todas las demás, contribuyó no poco a calmar las inquietudes y desórdenes de su corazón. Volvió a ser la misma Marta tranquila, serena y cariñosa de antes, atenta siempre a desembarazar de obstáculos el camino de los otros aunque el suyo estuviese cerrado por un muro infranqueable. ¡Dichosos los que en la vida tropiezan con estos seres benditos que fundan su felicidad en la ajena, que ofrecen las flores y se quedan con las espinas!

Ricardo pasaba largas horas en casa de Elorza. Las tardes, sobre todo, las dedicaba enteras a don Mariano y su hija, saliendo con ellos de paseo cuando hacía buen tiempo, y permaneciendo en casa cuando llovía. Algunas veces iba también por la mañana y entonces don Mariano solía invitarle a comer. Mientras Ricardo rehusaba y el caballero insistía, Marta no despegaba los labios, pero se advertía en su rostro la zozobra y en los ojos suplicantes el vivo deseo de retenerle. Cuando al fin aceptaba, ¡era de ver la alegría de la niña y la solicitud con que todo lo preparaba, entrando y saliendo en la cocina infinitas veces, improvisando los platos que sabía más del gusto del joven marqués y poniendo en movimiento a la servidumbre! El beefsteak a la inglesa, porque Ricardo se había acostumbrado allá por Madrid a comerlo un poco crudo; el pescado frío, el arroz suelto, la raja de limón (Ricardo echaba limón a casi todos los manjares), la mostaza inglesa, las aceitunas, etc., etc. Pero donde Marta ponía los cinco sentidos era en el café. Ricardo era un árabe, un sibarita en materia de café. Por eso la niña concedía un cuidado más atento y vigilante a la confección de este líquido que un químico analizando cualquier metal precioso. Mientras iba y venía disponiéndolo todo, el joven no cesaba de bromearla en el mismo tono cariñoso de los primeros tiempos, y eso que Marta, aunque de corto todavía, era ya una verdadera mujer, y no de las menos lindas, como hemos tenido ocasión de decir. Había crecido poco, no obstante.

—¡Anda, taponcito! ¿Cuándo acabas de estirar?—le decía Ricardo, reteniéndola por una de sus trenzas, cuando cruzaba por delante de él. La niña sonreía, encogiéndose de hombros, y proseguía su camino.

Desde el día en que se enfadó, Martita no volvió a preguntarle por el traslado; pero todos al entrar en casa le dirigían una mirada penetrante y ansiosa, queriendo leer en su rostro alguna noticia. Como no la había, la niña se tranquilizaba, tornando a la obra, que rara vez dejaba de tener en las manos. Ricardo tampoco hablaba para nada de partir. O no se acordaba de su petición, o afectaba no acordarse, o no quería acordarse. Tal vez hubiese de todo un poco. El marqués de Peñalta había pasado desde el desconsuelo a la melancolía, y de aquí iba paulatinamente dejándose ir a las sensaciones dulces. Aquella habitación, donde Marta cosía, inspiraba ideas risueñas de amable sosiego y felicidad.

Una mañana, como si fuera la cosa más natural del mundo, como si la noticia no desgarrase el corazón de nadie, como si se tratara de algo baladí y de poco momento, Ricardo entró en casa de Elorza, diciendo:

—Esta noche me ha llegado al fin el traslado para Valencia.

¡Ciego, ciego! ¿No ves la palidez de esa niña? ¿No observas el estremecimiento doloroso que corre por su cuerpo? ¡Mira que va a caer! ¡Corre, corre a sostenerla!...

Nada; no echó nada de ver el joven marqués. Él también estaba un poco pálido. El tono indiferente con que comunicó su noticia era pura comedia, porque aquella noche había dado vueltas en la cama hasta fatigarse, y las luces de la aurora le sorprendieron sin conseguir pegar los ojos.

Don Mariano hizo un gesto de disgusto, exclamando:

—¡Vaya por Dios, hijo, vaya por Dios!... Siento que te nos marches ahora... En fin, si es tu gusto...

Ricardo guardó un silencio sombrío. De buena gana hubiese exclamado: «¡Qué ha de ser mi gusto! ¡Mi gusto sería pedir la absoluta en este momento, y quedarme aquí para siempre y vivir tranquilamente al lado de ustedes; ¡de ustedes, que son las personas a quienes más amo en este mundo!» Pero tuvo la flaqueza de callarse, y estas flaquezas suelen costar muy caras en la vida.

—¿Y cuándo piensas irte?—preguntó el caballero.

—Mañana mismo. Necesito detenerme en Madrid algunos días para arreglar ciertos asuntos. A Valencia llegaré el diez del que viene.

—¿Vas a algún regimiento?

—Al primero montado.

—¡Ah!

Y guardaron silencio. La tristeza les dominaba a todos, asfixiando la conversación, que otras veces solía ser muy animada, aunque versara sobre menudencias domésticas. Don Mariano la entabló de nuevo en tono triste y distraído.

—¿Has estado ya alguna vez en Valencia?

—Sí, señor; he pasado allí un mes hace algunos años.

—Es muy bonito aquello, ¿verdad?

—Sí, muy bonito.

—Muchas naranjas, ¿eh?

—Muchas.

—Creo que es una población alegre.

—Eso no; a mí me ha parecido muy triste.

—Pues hombre, yo creía...

Y tornaron a guardar silencio. Los corazones estaban apretados, y el acento indiferente de las palabras no bastaba a ocultarlo. Marta no había dicho una sola en todo el tiempo. Sentada en una silla baja, al lado del balcón, seguía atentamente la obra de croché que tenía en la mano. Ricardo estaba reclinado en el sofá cerca de don Mariano. Mil pensamientos melancólicos se cernían sobre las cabezas de los tres, y aquella risueña habitación, esclarecida por la pura y brillante luz de la mañana, se poblaba a su despecho de silencio y tristeza. Cuando el señor de Elorza volvió a dirigir la palabra a Ricardo, se traslucía su emoción en la voz levemente ronca y temblorosa.

—¿Y cómo has arreglado tu casa? ¿Despides a los criados?

—Menos a Pepe el jardinero y a César el portero...

—¿Has hecho el equipaje?

—No; tengo tiempo esta tarde y mañana.

—¿Y las visitas?

—Realmente, don Mariano, las únicas personas que trato con intimidad aquí son ustedes... Con otras tres o cuatro visitas he concluido. A los demás enviaré tarjetas... Lo que siento más es dejar sin concluir la reforma del jardín y los dos pabellones de las esquinas en cimientos...

—No te ocupes de eso, yo cuidaré..., yo cuidaré..., yo cuidaré...

No pudo decir más. Le ahogaba la emoción. Aquellos pabellones habían sido idea de María, cuando estaba concertada la boda. Este recuerdo trajo consigo otros muchos, todos dolorosos, en que se mezclaban su esposa, su hija y Ricardo, poniéndole ante los ojos las graves desdichas que en poco tiempo había experimentado. Levantose bruscamente y salió de la habitación.

Ricardo, conmovido igualmente y dominado por un gran abatimiento, quedó cabizbajo y silencioso. Marta continuaba atenta a su tarea, como si nada tuviese que partir con lo que estaba pasando. No levantó una sola vez la cabeza durante la conversación, ni aun cuando su padre dejó la estancia. Ricardo la contempló fijamente largo rato. La actitud impasible de la niña empezaba a mortificarle. Se le había figurado al presuntuoso que Martita iba a ponerse muy alterada al saber la noticia, porque siempre le había dado pruebas de cariño. Tenía ciega confianza en la bondad de su corazón y en la firmeza de sus afectos; pero al verla tan serena, moviendo entre sus dedos pequeños y sonrosados la aguja de marfil, sin preguntarle nada, sin pedirle que demorase el viaje por algunos días, sin decirle nada, sufría un nuevo y doloroso desengaño. Y se dejó arrastrar por la pendiente de los pensamientos sombríos a una filosofía desesperada y pesimista. «Pues señor—se dijo lacrimosamente—, hay que aceptar el mundo y la humanidad como son... ¡Esta niña que yo creía tan sensible!... ¡Qué le vamos a hacer!... En la mujer no existe más que un afecto verdadero... ¿Estará tal vez enamorada esta chica?...»

Ricardo no tenía por qué irritarse ante semejante idea. Pero lo cierto es que se irritó, y no poco. Procuró rechazarla como un absurdo y no logró más que hacerse cargo de que no sólo no sería absurdo, pero que ni aun tendría nada de particular. Abatido como se hallaba, la irritación cedió muy pronto lugar a la tristeza, una tristeza profunda y desconsoladora.

—¿A ti no te pesa que me vaya, Martita?—dijo mientras se dibujaba en su rostro cierta sonrisa melancólica.

—¡Si es tu gusto!...—respondió la niña sin levantar la cabeza.

¡Dale con el gusto! Ricardo no tenía ya ningún deseo de marcharse. Estaba furioso contra sí mismo por haberlo solicitado. De buena gana lo echaría todo a rodar... Pero no dijo una palabra de lo que pensaba.

Su tristeza y desconsuelo iban en aumento. Tenía ganas atroces de llorar. No se atrevía a dirigir la palabra a Marta, porque no se le conociese la emoción. Además, ¿por qué se la había de dirigir?... ¡Una chica tan insensible!

Se hallaba en uno de esos momentos de postración en que todo se ve de color negro y se experimenta cierto amargo deleite en ello; momento en que (si vale la frase) el espíritu se revuelca con voluptuosidad en la tristeza, procurando acrecentarla con recuerdos y cálculos infaustos. Dejó caer la cabeza sobre el almohadón del sofá y cerró los ojos con ademán de meditar. ¡Había meditado ya tanto, tanto, desde hacía algunas horas! Sus nervios habían estado en tensión harto tiempo y empezaba a sentirse acometido de una languidez muy próxima al desmayo. Levantó un poco la cabeza para convencerse de que aun podía moverse y echó una mirada a Martita, que seguía en la misma actitud; pero no tardó en dejarla caer nuevamente. Parecía que le sujetaban contra su voluntad y le tenían allí reclinado, sin permitirle menear un dedo. Todavía estuvo algún tiempo con los ojos abiertos, aunque le pesaban como si fuesen de plomo los párpados. Al cabo los cerró y se durmió. Esto es, no es fácil decir si se durmió o se quedó solamente traspuesto. Lo cierto es que el marqués de Peñalta, de aquel modo extendido con los ojos cerrados, no parecía despierto y ofrecía un semblante tan pálido, tan ojeroso, tan abatido, que inspiraba lástima.

En el espacio de algunos minutos se pueden soñar muchas y diversas cosas. Todos han experimentado este fenómeno. Ricardo aun no había perdido enteramente la noción de la realidad cuando se encontró en una estancia semejante a la en que estaba positivamente. Había, sin embargo, la diferencia de que la nueva tenía en los balcones rejas de hierro muy espesas a manera de celosía, y uno de sus muros era también enrejado, al través del cual se veían allá en el fondo altares dorados, imágenes de santos, lámparas suspendidas del techo, en fin, una verdadera iglesia. Mirando atentamente desde el sofá, observó que en la iglesia penetraba una gran muchedumbre que producía sordo y desagradable ruido, hasta que se llenó por completo, y no pudo entrar más gente. Entonces empezó a oír los acordes del órgano que tocaba los valses de la reina de Escocia, lo cual le hizo sospechar que el organista era fray Saturnino, el capellán de San Felipe. Después, por encima de las cabezas, vio asomar los picos dorados de una mitra. Cesó el órgano y escuchó la voz gangosa de un predicador que pronunció largo sermón, aunque no pudo entender una palabra de lo que decía. Concluido el sermón, oyose un cántico suave que le hizo estremecerse de gozo: era la preciosa voz de María que entonaba con más dulzura que nunca el aria de Traviata: «Gran Dio, morir si giovine...» Cuando terminó, sonaron prolongados aplausos en la iglesia. Después, toda la gente se apretó contra el altar mayor dejando libres las cercanías del enrejado. Allá pasaba algo, porque oyó claramente algunas voces que decían: «Ahora le echa la bendición..., ahora..., ahora...»

Y en el mismo instante apareció en la puerta de la estancia don Máximo que le dijo: «—¿Qué hace usted ahí tumbado? ¿No sabe usted que María se está casando?—¿Con quién se casa?—Con Jesucristo; venga usted a ver la ceremonia.» Quiso levantarse, pero no pudo. Entonces el médico le dijo: «—Bien, ya que usted no puede moverse, voy a la iglesia a ver si consigo que la gente se aparte un poco para que usted vea desde ahí.» Y en efecto, al poco rato observó que la muchedumbre dejaba un bastante ancho pasillo frente al enrejado, y entonces vio a lo lejos, sobre las escaleras del altar mayor, la figura arrogante de María en traje de desposada. A su lado estaba otra figurilla menuda de hombre que la tenía cogida de la mano. El obispo les estaba echando la bendición. ¡Más cuál sería su asombro cuando aquel hombrecillo dio la vuelta! ¡Qué Jesucristo ni qué calabazas! El que se casaba con María era ni más ni menos que Manolito López, aquel chiquillo tan insolente y antipático. Se quedó como quien ve visiones. ¡Sería posible que una chica tan hermosa y discreta se uniera a este mocoso y le dejase a él, que al fin y al cabo era un hombre, entregado a la desesperación! La verdad es que había motivo para graves y dolorosas reflexiones. Pero cuando más enfrascado estaba en ellas, he aquí que entra en la sala la misma María en hábito de monja bernarda, y dirigiéndose a él le dice sonriendo dulcemente: «—¿Estás triste porque me caso?—¡Pues no he de estarlo!—Tonto (manifestó la joven acercándose más), aunque me haya casado con Jesucristo, lo mismo te sigo amando.» Entonces Ricardo se puso a suspirar y gemir. «—No, María, tú no me quieres, tú quieres a Manolito López.—Vamos, Ricardo mío, no digas disparates, ¡cómo he de querer yo a ese chiquillo!—¿No acabas de casarte con él?—Se me figura que estás soñando; no dices más que desatinos... Despierta, hombre, despierta... o espera un poquito, yo te voy a despertar..., ¡pero mira de qué modo tan dulce!...» Y, en efecto, la hermosa monja se acercó todavía más y le tomó el rostro entre sus delicadas manos con ademán cariñoso. Después fue aproximando el suyo lentamente y le dio un tierno y prolongado beso en la frente.

¡Oh, caso portentoso! Ricardo observó, con pasmo, que al tiempo de hacerle la caricia, el rostro de María se había trocado súbitamente por el de Marta. Sí; eran sus ojos negros y rasgados, sus mejillas frescas y sonrosadas, sus negros cabellos cayendo en rizos por la frente. Pero aquel rostro ofrecía una expresión tan triste y dolorida, que no pudo menos de gritar:—¡Marta, Marta!, ¿qué tienes?...—Y el mismo grito que dio le hizo despertar.

Marta seguía al lado del balcón, en la sillita baja, absorta al parecer en su tarea. Y, no obstante, el joven, aunque ya despierto, estaba convencido de que había lanzado un grito. Todo lo que había pasado era un sueño, pero, a su parecer, ni el grito ni los labios tibios y húmedos que sintió posarse en su frente eran imaginarios: no podía convencerse de eso.

¿Qué era aquello? ¿Qué había pasado?

Estuvo algunos instantes contemplando a Martita mientras coordinaba torpemente las ideas. Al fin, se decidió a dirigirle la palabra.

La niña levantó el rostro, que estaba encendido y turbado.

—¿No acabo de dar un grito?

Martita se turbó y encendió aún más, y apenas pudo responder con voz temblorosa:

—No..., yo no he oído nada.

Ricardo la miró fijamente y con asombro. ¿Por qué se ruborizaba aquella chica?

—Estaba soñando, pero juraría que he dado un grito... y juraría también, ¡qué cosa tan extraña!, que tú me has dado un beso.

Marta, al escuchar estas palabras, pasó repentinamente del color rojo al amarillo, dando señales de una profunda consternación. Sus manos trémulas no pudieron sostener la obra de croché y la dejaron caer sobre el regazo. Al mismo tiempo sus ojos se clavaron en Ricardo con tal expresión de miedo, de ternura, de súplica, de congoja, que éste sintió un fuerte estremecimiento, semejante al que produce una descarga eléctrica.

¡Era la misma mirada! ¡La misma que acababa de ver en sueños!

Sintiose inundado por una gran claridad, por una luz divina. En aquel instante supremo todo lo vio, todo lo comprendió. Disipose el polvo con que su loca pasión por María le había cegado hasta entonces y se encontró de frente con la escena del jardín, cuando Marta se mostraba tan ofendida de que le besase las manos... Y la vio y la comprendió. El raro desmayo que siguió a esta escena, también lo vio y también lo comprendió. Fue después con la imaginación a la playa de la isla. El sol derramando torrentes de luz sobre la arena; las olas azules y blancas ciñendo una peña donde los jóvenes estuvieron sentados largo rato; el sollozo que rompió el silencio del túnel; después, una niña que cae al agua y un joven que se arroja por ella y la salva. «Gracias, señor marqués... ¡No se estaba tan mal allá abajo!...» También vio, también comprendió. Después, repentino y asombroso alejamiento; unos ojos que no le miraban, unos labios que no le hablaban, unas manos que no le estrechaban...

¡Ah, sí, todo lo vio, todo lo comprendió!

Levantose bruscamente del sofá y acercando el rostro al de Marta, le dijo en voz dulce y cariñosa, pero con inocente petulancia:

—No lo niegues, Martita, tú acabas de darme un beso.

La niña se llevó las manos a la cara y rompió a llorar perdidamente. Mil diversas emociones de temor, de arrepentimiento, de cariño, de duda, de alegría y ansiedad cruzaron en un segundo por el corazón del joven marqués, que dobló la rodilla exclamando con acento conmovido:

—¡Marta, por Dios, me perdones la necedad que acabo de decir!... ¡Soy un estúpido!... ¡Acababa de soñar unas cosas tan tristes, y de repente terminaron todas tan bien!... No me resignaba a dejar escapar así la felicidad... Una idea absurda me vino a la cabeza, inspirada por el mismo deseo de verla realizada... Pero no..., no..., yo no puedo ser ya feliz en la tierra... Nací para ser desgraciado... Afortunadamente moriré pronto, como mi padre... y como mi madre... Perdóname esta locura de un momento y no llores... ¿Quieres saber lo que soñaba?... Te lo voy a decir, porque será quizá la última vez que me veas... Soñaba..., soñaba, Marta, que me querías.

La niña separó un poco las manos, y dejó escapar con cierta entonación colérica, pero adorable, estas palabras, que fueron cortadas inmediatamente por los sollozos:

—¡Soñabas la verdad, ingrato!

El marqués de Peñalta, loco, perdido, queriendo salírsele el alma por la boca, la estrechó entre sus brazos, sin poder articular una palabra. Al fin, muy quedo, con la sublime incoherencia del corazón, como un murmullo de celestial armonía, dejó caer en el oído de su amiga el himno del amor.

Marta escuchaba. Trémula, confusa, escondía la cabeza en el pecho de su amado, soltando un raudal de lágrimas. Ricardo la apretaba cada vez más contra su corazón, sin cansarse de repetir la misma frase, ¡la frase más bella que Dios ha sugerido a los hombres! Una vez sola levantó la niña la cabeza para preguntar en voz baja y temblorosa:

—No te marcharás ya, ¿verdad?

¡Buena gana tenía Ricardo de marcharse en aquel momento! Por cuanto hubiera de precioso en la tierra y en el cielo, no se marcharía. Su espíritu no osaba traspasar siquiera los cristales del balcón, temeroso de perder la dicha en que se bañaba. No obstante, tuvo aliento bastante para separarse un segundo y salir a la puerta gritando:

—¡Don Mariano, don Mariano!

El señor de Elorza, sobresaltado, como se hallaba desde hacía algún tiempo, acudió presuroso temiendo alguna desgracia. El rostro de Ricardo, donde se traslucía la profunda emoción que le embargaba, no era a propósito para tranquilizar a nadie. ¿Qué ocurría? ¿Por qué le llamaban?

—Don Mariano—dijo el joven anudándosele la voz en la garganta—, tengo el honor de pedir a usted la mano de su hija Marta.

¡Aquello era un escopetazo! ¿Pero cómo diablo?... ¿Se había vuelto loco?... ¿Qué era aquello, señor?... ¡Vamos a ver, vamos a ver!...

Nada; don Mariano no pudo decir nada, porque antes de que pudiera decir, hacer o pensar algo, ya tenía a su hija colgada del cuello llorando a lágrima viva. ¿Qué le restaba al noble caballero? Llorar también. Pues eso fue cabalmente lo que hizo, apretando a la hija de sus entrañas con un abrazo y estrechando con la otra mano la del marqués de Peñalta.

—Vosotros no me abandonaréis, ¿verdad, hijos míos?—dijo el anciano levantando su noble rostro varonil bañado en lágrimas.

Ricardo estrechó con más fuerza su mano. Marta apretó con más fuerza su cuello.

Hubo algunos instantes de silencio, durante los cuales todos los ángeles del cielo desfilaron por la salita que bañaba el sol de la mañana, posando sus ojos radiantes de alegría en aquel grupo interesante. Mas he aquí que Martita separa un poco el rostro de su padre, y sonriendo al través del llanto pregunta cándidamente a su amado:

—¿Comerás hoy con nosotros, Ricardo?

—Sí, preciosa mía—responde el joven marqués cayendo de rodillas y besando con efusión las manos de la niña—, comeré hoy, y mañana y pasado... y siempre...

Marta volvió a ocultar el rostro en el pecho paternal. ¡Tenía el corazón tan lleno de felicidad! Los tres lloraban en silencio.