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Maximina

Chapter 10: VIII
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About This Book

La novela sigue el regreso de Miguel a un pequeño pueblo costero y su cortejo a una joven tímida, cuyo pudor y modestia complican los preparativos de matrimonio y la convivencia familiar. A través de escenas domésticas y conversaciones se exploran las relaciones entre parientes y vecinos, la influencia de la madrastra, los celos de una hermana y la vida social local; se observan pequeñas hipocresías, afectos vacilantes y tensiones entre tradición y deseos personales. El relato combina observación psicológica con descripciones del ambiente costero y episodios cotidianos que revelan caracteres y costumbres del lugar.

—Es bonita esa boquilla. ¿Qué representa?

—Un cañón sobre una pila de proyectiles... Quédese usted con ella, D. Miguel.

—No faltaba más—respondió éste devolviéndosela.—Está muy bien empleada.

—Pues yo tengo mucho gusto en que usted se quede con ella, y no la tomo.

—¡Vamos, no sea usted así, amigo Utrilla!

—Tírela usted al suelo si quiere, pero yo no la tomo.

Y no hubo más remedio que guardarla.

Después el antiguo cadete hizo que la conversación recayese sobre Julia, para implorar de su hermano protección, pues le había escrito cuatro cartas y á ninguna había contestado.

—Usted comprenderá, querido Utrilla—dijo Miguel poniéndose serio,—que este asunto es muy delicado y que yo no debo mezclarme en las cosas de ustedes.

—Es que—repuso el cadete exhalando un suspiro—con este carácter violento que Dios me dió, le he mandado hoy una carta diciéndole que, si persistía en su conducta, hiciese el favor de no escribirme más... y temo que se enfade de veras.

—Yo también temo—dijo Miguel riendo—que cumpla al pie de la letra su encargo.

El cadete quedóse algunos momentos pensativo y sombrío. Después, saliendo de su estupor doloroso y pasándose la mano por la frente, dijo:

—Pero, á todo esto, usted no se ha lavado las manos, D. Miguel.

Éste le miró con sorpresa.

—En la fábrica—siguió el cadete—siempre se ensucian. Aquí tiene usted jofaina y jabón.

—Muchas gracias, no las tengo sucias.

Pero Utrilla le presentaba al mismo tiempo la jofaina trasvertiendo de agua clarísima, y la jabonera, de tal modo que Miguel, por no aparecer enemigo de la limpieza, consintió en lavárselas. El jabón despedía un fuerte olor á naranja.

—¿Sabe usted que es un jabón muy fino y muy agradable?—dijo Rivera por decir algo.

—¿Le gusta?... Pues voy á darle á usted una pastilla...

—¡Amigo mío, por Dios!

Utrilla, sin escuchar sus protestas, sacó del pupitre el jabón, lo envolvió en un papel y se lo metió casi á la fuerza en el bolsillo. De allí en adelante se guardó Miguel de alabarle ningún objeto que estuviese á la mano.

Al despedirse, el ex cadete le apretó las manos con efusión y le dijo con voz conmovida:

—No deje de hablarla. ¡Si viera usted qué triste y qué inquieto estoy!

La verdad es que harto motivo tenía para ello, como se verá en el capítulo siguiente.

VI

I tu hijo fuese á parar á una fonda viviendo yo en Madrid, me enfadaría con él y contigo—había escrito la brigadiera Ángela á su prima María Antonia. Y su prima le contestó: «He dado traslado de tu carta á Alfonso, advirtiéndole que tendría mucho gusto en que se hospedase en tu casa. Aunque rebelde casi siempre á mis consejos, espero que esta vez me complacerá. Lo que siento, querida, es que su estancia te cause alguna molestia, porque yo no sé qué clase de hábitos habrá adquirido por París; pero tú lo has querido, tú te lo ten».

La brigadiera hizo arreglar la habitación que había ocupado Miguel, con tal esmero y cuidado, tanto mortificó á su hija Julia en los pormenores de la cama, las cortinas, etc., que la niña no llamaba á su primo más que el niño de la bola, cuando hablaba de él con las criadas. Antes de conocerle ya le era profundamente antipático. No poco contribuyó á ello también el que el viajero les dió por dos veces chasco anunciando su llegada. Las noticias que de él tenía tampoco eran muy favorables. Alfonso Saavedra había quedado sin padre desde muy niño, y heredero de una fortuna considerable. Su madre no tuvo energía ó habilidad bastante para educarle. Ni terminó carrera alguna, ni se ocupó en otra cosa que en divertirse y dar rienda suelta á sus pasiones, que, al decir de la gente, no podían ser más violentas. Contábanse de él algunas calaveradas chistosas, y otras muchas repugnantes. Había residido casi constantemente en París desde muy joven, donde había mermado bastante su capital; pero como aún le quedaba la herencia de su madre, que era tan cuantiosa ó más que la de su padre, vivía tranquilo y gastaba largo.

Al fin se recibió un telegrama noticiando la salida de París del niño de la bola. Y al día siguiente por la mañana ya estaba allí. Cuando oyó sonar la campanilla Julita, haciéndose la distraída, se retiró al cuarto de la costura, y comenzó á burlarse con la criada del aparato que su primo desplegaba, pues se advirtió en el pasillo mucho ruido de trastos.

—¿Dónde le han introducido, Inocencia?—preguntó á la doncella, que entraba en aquel momento.

—Está en el gabinete con mamá.

Á los pocos minutos se oyó un fuerte campanillazo.

—Llama la señora—dijo Inocencia corriendo.

—Señorita, que haga el favor de ir al gabinete en seguida, dice su mamá—manifestó al tornar.

—Bueno—respondió Julita, de mal humor.—¿Están sentados?

—Sí, señorita.

—Pues entonces pueden aguardar sin molestarse.

Mas á los pocos instantes se repitió el campanillazo con más fuerza, y la niña, adivinando el enojo de su madre, se levantó de malísimo talante, y dejando caer la costura exclamó con acento desdeñoso:

—¡Vaya, vamos á ver á D. Alfonso, Príncipe de Asturias!

D. Alfonso era hombre de unos treinta y cinco años de edad, buen mozo, de facciones correctas, las mejillas rasuradas y los bigotes retorcidos al estilo francés. En sus cabellos negros y ondeados brillaba tal cual hebra de plata; pero éste era el único signo que acusaba su madurez. Por lo demás, sus mejillas frescas y sonrosadas, la dentadura blanca y cuidada y los ademanes sueltos y graciosos le daban aspecto de muchacho. Su traje de viaje era elegante y coquetón, con ciertos perfiles parisienses no conocidos en Madrid. Julita se hizo cargo de todo ello con una rápida ojeada. No era éste el hombre que esperaba encontrar. Oyendo hablar de su primo como de un calavera gastado, se lo había representado siempre amarillo, flacucho, desgalichado, echando el pulmón por la boca como otros calaveras madrileños que conocía de vista.

Al ver á la joven se levantó apresuradamente.

—¡Oh, qué prima tan linda!—exclamó apretándole al mismo tiempo la mano de un modo cariñoso y franco.—¿Me perdonarás que te haya distraído de lo que estabas haciendo, verdad?

—No estaba haciendo nada... Siéntese usted.

D. Alfonso quedó un instante suspenso y, sentándose, exclamó con un gesto de resignación:

—¡Qué terrible desengaño, tía! Su hija no se atreve á tutearme... ¡Estas canas maldecidas!

Julita se puso fuertemente colorada.

—¡No es eso!

—Entonces es que te he sido antipático, confiésalo... Pero yo no tengo la culpa, ni de ser viejo, ni de que tu mamá te haya molestado por mi causa.

Julita, cada vez más colorada, no sabía cómo defenderse. Su madre vino en auxilio.

—Ni lo uno, ni lo otro, Alfonso; lo que hay es que como no te ha conocido hasta hoy, le da vergüenza.

—¿Es verdad eso?—preguntó á su prima dirigiéndole al mismo tiempo una mirada clara y risueña.

Aquélla hizo un gesto afirmativo, sonriendo.

—Menos malo... Pero me queda cierto escozor ó remordimiento. Te agradecería que me dijeses que me perdonas.

Julita, venciendo á duras penas el rubor que la sofocaba, le dijo á media voz:

—No tengo de qué perdonarte.

—Gracias, primita—manifestó D. Alfonso, levantándose y estrechándole otra vez la mano con ademán elegante y gracioso.

Después se puso á hablar con su tía en tono jovial acerca de la familia. Pasó revista á toda la parentela, informándose de ciertas particularidades que no conocía. La conversación rodó después sobre las costumbres de París, que describió con gracia y amenidad, procurando enaltecer á España en la comparación, en vez de deprimirla, como suelen hacer la mayoría de los viajeros. Esto le captó la simpatía de la brigadiera. D. Alfonso hablaba con aplomo y naturalidad, pero sin arrogancia: antes, en medio de la conversación, solía rectificar cualquier concepto que pareciese inmodesto, esforzándose con empeño en demostrar que no quería aparecer como hombre notable en ningun aspecto. Hablando de mujeres, todas le habían dado calabazas. Si hablaba de arte y daba su opinión sobre los museos ó los cantantes, era protestando de que entendía muy poco ó nada de pintura ó de música. Si por incidencia se veía obligado á referirse á algún lance personal que hubiera tenido, pasaba sobre ello como sobre ascuas, no sin dar á entender que había hecho todo lo posible por evitarlo, y haciendo de paso cierta burla del duelo y los duelistas. Como D. Alfonso tenía fama de ser afortunado en amores y se contaban bastantes devaneos suyos, como tocaba el piano bastante bien y era reputado por uno de los primeros tiradores de armas de París y se había batido más de una docena de veces, esta humildad suya en la conversación formaba un contraste gratísimo, que es prenda segura de éxito feliz en sociedad. Agregábase á estas buenas dotes el acento levemente extranjero que hacía más insinuante aun y más suave su palabra.

Escuchábale Julita fijando en él esa mirada intensa y zahorí con que las jóvenes analizan en un instante todo el ser físico y moral de un hombre. Del análisis resultaba su primo altamente favorecido. No tenía idea de que fuese un hombre tan amable y simpático. Los incidentes de su vida que le habían contado antes le acreditaban por altivo y violento de carácter, cuando no por grosero y desvergonzado. Una vez, en Sevilla, estando por la noche jugando al tresillo en su casa, porque no le daba bien el naipe, se fué excitando tanto, que concluyó por decir mil tonterías y anunciar á las señoras que allí había que iba á entrar por el salón montado en su jaca. Nadie lo creyó, y se le dejó ir sin hacer caso; mas á los pocos minutos se presentó en efecto á caballo, con espanto y terror de los presentes, particularmente de las señoras, que comenzaron á gritar, mientras él espoleando á la jaca soltaba carcajadas. En otra ocasión, hallándose en relaciones amorosas con una joven de la clase media, se presentó vestido de etiqueta en casa de los padres anunciándoles que iba á hablarles de un asunto reservado é importante. El papá, que era un modesto empleado del gobierno, figurándose, como todo hacía presumir, que iba á pedirle la mano de su hija, le recibió temblando de emoción. Después de muchos rodeos y perífrasis, Saavedra concluyó por pedirle que informase favorablemente cierto expediente que tenía en su mesa. Esta broma odiosa corrió por toda la población, poniendo en ridículo á aquel pobre é inocente señor. Pero viéndole y escuchándole Julita, se olvidó de estos y otros rasgos no más delicados. Aquel joven tan fino, tan modesto que tenía delante, no era el mismo indudablemente.

Saavedra, después de haberse mostrado tan galante con su prima, tardó mucho tiempo en dirigirle la palabra y aun en mirarla. Tan embebido estaba en su conservación con la brigadiera. Así que aquélla tuvo sobrado tiempo para hacer de él un escrupuloso examen. El cuello de la camisa, la corbata, la cadena del reloj, las botas, todo era elegante y acusaba por la novedad su origen traspirenaico.

—Tendrás deseo ya de quitarte el polvo y lavarte, Alfonso—dijo la brigadiera.—Vamos á guiarte á tu habitación, que es la que ocupaba mi hijo Miguel.

No se cansó de loarla D. Alfonso, encontrándolo todo á su gusto.

—Voy á estar aquí como el pez en el agua, tía. Va usted á tener que echarme; ya verá usted.

—Te advierto—dijo Julia—que la cama la he hecho yo. No digas después que has dormido mal.

En cuanto soltó estas palabras, tan propias de su carácter festivo, arrepintióse de haberlas dicho y se ruborizó. D. Alfonso volvió la cara hacia ella y la miró con cierta curiosidad risueña.

—Precisamente por eso dormiré mal, primita. No has hecho bien en decírmelo.

Julita se puso mucho más encarnada, y para disimular su turbación principió á arreglar los frascos del tocador y salió en seguida del cuarto. Dejólo solo al fin la brigadiera, y poco tiempo después se presentó de nuevo en la sala con otro traje de última y acabada elegancia.

—Julita—dijo la brigadiera,—avisa que pongan el almuerzo. Ya tendrás debilidad, Alfonso.

—No, tía, lo que tengo es hambre. La palabra es más prosaica, pero más exacta.

La brigadiera aceptó riendo el brazo que su sobrino le ofrecía para ir al comedor. Durante el almuerzo las tuvo de igual modo agradablemente entretenidas, contándoles mil sucesos curiosos, pintándoles minuciosamente las soirées del gran mundo parisién, y de ellas lo que más podía interesarlas, como era lo referente al tocado de las señoras y al adorno de los salones. Enmedio de la conversación, no se olvidaba, sin embargo, un instante de aquellas atenciones galantes y cuidados que su situación exigía. Sin mirar hacia allá veía cuándo le faltaba vino á Julia, ofrecía aceitunas á su tía, le acercaba la mostaza, le cortaba el pan, etc., etc. Julia estuvo alegre, decidora como siempre, acaso más que otras veces; pero en cuanto soltaba cualquier expresión más ó menos picaresca, se ruborizaba bajo la mirada firme, risueña y levemente irónica de su primo. Era la primera vez que se hacía violencia para estar graciosa y atrevida. Saavedra, cuando la niña tenía alguna ocurrencia feliz, levantaba la cabeza y con su sonrisa parecía decir: «Tiene gracia esta chiquilla». Esta sonrisa humillaba un poco á Julia, pues debajo de ella leía un sentimiento de protección desdeñosa, ó por lo menos una indiferencia absoluta, mal cubierta por la extremada cortesía que se desprendía de todas sus palabras y ademanes. Porque eso sí, D. Alfonso no se descuidaba un instante, no perdía una sola ocasión de manifestar su rendimiento y decir, lo mismo á su tía que á su prima, cuanto pudiera serles agradable.

En los días sucesivos no desmintió tampoco jamás su galantería. La brigadiera escribió á su prima manifestándole «que no un mes, sino toda la vida tendría á su hijo en casa; que era un perfecto caballero, y que en España los jóvenes no son capaces de adquirir una educación tan esmerada y unas maneras como las que él poseía». Entre él y Julia reinó pronto cordial y perfecta confianza. La niña le entretenía con su charla animada y pintoresca, que recordaba al expatriado sus años de infancia y adolescencia. D. Alfonso tocaba también la guitarra, y á esta habilidad y á la de cantar polos y sevillanas con alguna gracia, debía no pocos triunfos en los salones de la capital de Francia. Mas allí tocaba y cantaba para impresionar á las bellas y hacerse notar, mientras aquí para darse gusto y traer á la memoria días ó sucesos felices. Cuando tornaba á casa por la tarde, una hora antes de comer, gustaba de sentarse al lado de su prima, y con la guitarra sobre las rodillas, cantar todo el repertorio, no sólo de canciones clásicas, sino de pasacalles, habaneras y polkas de su tiempo. Julia le iba recordando algunas que él ya tenía olvidadas, y cada vez que esto sucedía, batía las palmas de gozo y alababa con entusiasmo la memoria de su prima. Ésta se hallaba en sus glorias aquellos días. No sólo tenía conversación y estaba entretenida gran parte del día previniendo las necesidades del forastero, inspeccionando el planchado de su ropa y la limpieza y aseo de su cuarto y curioseando con alegría infantil en el equipaje, sino que á todas horas se estaba oyendo llamar bonita, graciosa, elegante, encantadora. ¡Y qué muchacha sobre la tierra no goza con esto! Porque D. Alfonso poseía talento singular para echar requiebros sin repetirse y sin descender á las vulgaridades eternas, y sabía recoger con maestría cualquier ocasión para ensalzar todas y cada una de las partes del agraciado cuerpo de la niña. Unas veces eran sus manos, «¡se las comería!»: otras era su dentadura: «en el extranjero se veían muy pocas bocas frescas así como aquélla»; otras, en fin, eran sus cabellos negros como el azabache: «ya estoy cansado de no ver más que estopa sobre la cabeza de las mujeres». Sin darse cuenta cabal de ello, la niña esperaba con impaciencia por las tardes la llegada de su primo, y si algo se retrasaba, alzábase del asiento á menudo y tornaba á sentarse sin motivo alguno. En estos días fué cuando nuestro bizarro amigo Utrilla escribió aquellas famosas cartas de que se ha hecho mención en el anterior capítulo.

Una tarde, al entrar en casa Saavedra, Julia cruzaba casualmente por el pasillo corriendo. Al pasar por delante de él, sin saludarle, le tiró por la punta de la corbata y le deshizo el lazo.

—¡Alto, alto, gitanilla! Ven á arreglarlo... No te perdono...

Pero ya Julia había desaparecido riendo. D. Alfonso la siguió. Hallóla en el comedor. La niña al verle echó á correr de nuevo y se metió en la cocina.

—¡No te escapas!—gritó Saavedra.

—Sí me escapo—respondió ella, desapareciendo de nuevo.

Corrieron ambos por el pasillo; mas al llegar cerca de la sala, Julia se volvió, y dando algunos pasos hacia su primo, le dijo:

—No me persigas más, te haré el lazo, pero no respondo de hacértelo bien.

—Basta con que lo hagas. Es un castigo que te impongo.

Riendo, pero con la mano un poco trémula, le arregló la corbata.

—¿Qué traes aquí colgando?—le dijo después bajando la cabeza para examinar un dije que el forastero traía en la cadena del reloj.

—Un corazón de oro... ¡como el mío!

Y al decir esto, se bajó y estampó un beso en el cuello de la joven.

Julia se irguió como si la hubiesen pinchado, se puso roja y, echándole una mirada severa, le dijo sordamente:

—Te advierto que no quiero que vuelvas á hacer eso.

Saavedra la miraba con ojos risueños, provocativos, y sin hacer caso alguno del enfado, siguió hablando con ella tranquilamente. Julia, vacilando qué partido tomar, contestaba gravemente á sus preguntas sin mirarle. Al cabo, el perfecto sosiego y la seguridad de su primo la fueron venciendo, y concluyó por mostrarse alegre como antes.

Las relaciones siguieron cordialísimas algunos días, hasta que de pronto Julia, sin saber por qué, comenzó á mostrarse seria y melancólica. Algunas tardes, en vez de ir á la sala á dar conversación al forastero, le dejaba solo con su mamá. Si le encontraba en el pasillo, le dirigía una mirada furtiva y severa, y le dejaba pasar sin decirle nada. Algunas veces, cuando aquél le dirigía la palabra, no contestaba, fingiéndose distraída; otras veces, si iba á entrar en el gabinete y estaba él allí leyendo un periódico, daba la vuelta rápidamente. Todas estas señales de desprecio ó resentimiento, aunque parezca raro, no causaban efecto alguno en D. Alfonso, el cual, como si no las advirtiese, continuaba desplegando con ella la misma galantería, y aun más si cabe, sin cambiar tampoco en un ápice sus costumbres, ni sus horas de salir y entrar en casa. No todos los días estaba triste Julia. Había algunos en que, sin motivo alguno tampoco, parecía extremadamente alegre, atronaba con sus gritos la casa, embromaba á su mamá, á su primo, á todos los que frecuentaban la casa, y se mostraba en sus chistes más atrevida que otras veces. Pero acaecíale de pronto, en medio de esta ruidosa alegría, quedarse algunos momentos con los ojos fijos, extáticos, y entonces su fisonomía tomaba una expresión dolorosa muy singular. En estos días risueños afectaba con el forastero amabilidad inusitada, como si quisiera indemnizarle de los pequeños desaires que en los anteriores le daba. D. Alfonso le robó otros tres ó cuatro besos, lo cual ocasionaba siempre una protesta enérgica por parte de la niña, y últimamente la amenaza formal de decírselo á su madre. Sin embargo, no eran éstos los días de tristeza y abatimiento.

Formaban, cierta tarde, tertulia Julia, Miguel y Maximina con el forastero, en el gabinete de la brigadiera. Julia estaba muy contenta. De pronto, Saavedra dice:

—Oyes, Julita, ¿tú no tienes novio?

La muchacha se puso como una cereza; después pálida. Miguel, viendo su turbación, y equivocándose de medio á medio acerca del motivo, acudió en su auxilio diciendo:

—Julia no se ha fijado todavía en ningún hombre. Tiene el carácter demasiado ligero...

—¿Qué sabes tu?—interrumpió aquélla con furia, echándole una mirada feroz.

—Yo pensaba, querida mía...

—Tú puedes hablar de lo que sepas. De lo que pasa dentro de mí nada sabes—repuso con entonación severa; y volviéndose á su primo, y mirándole á la cara fijamente, añadió:

—Y si lo tuviese, ¿qué?

—Nada—respondió tranquilamente D. Alfonso;—que me alegraría fuese digno de ti, lo cual no me parece fácil, dado lo que tú vales, primita.

—¡Oh, sí: yo soy una divinidad!—exclamó la niña con acento sarcástico.

Permaneció un momento pensativa, y levantándose salió del gabinete.

Miguel había quedado sorprendido de la contestación de su hermana, no tanto por el alcance de sus palabras, como por el tono violento y desdeñoso que hasta entonces jamás había usado con él. Y deteniéndose á meditar un instante, no anduvo lejos de averiguar lo que pasaba por el corazón de la niña.

Entró ésta de nuevo, al cabo de unos minutos, con el semblante risueño, lo mismo que antes, y comenzó á alegrar la tertulia con sus ocurrencias. No se sentó. Daba vueltas por la habitación, moviéndose con la gracia y la volubilidad que la caracterizaban. Miguel observó, no obstante, que había demasiada agitación en aquella alegría. Pasaba de una conversación á otra violentamente: hacía preguntas que ella misma se contestaba, y dejaba escapar carcajadas por el más liviano motivo. Sentóse al piano, y se puso á teclear fuertemente. Después cantó una romanza de ópera, que interrumpió súbitamente para empezar una canción española, que tampoco concluyó. Dejó el piano después para retozar con Maximina, á la cual, quieras ó no, hizo bailar una polka. Luego, la emprendió con su hermano, á quien besó repetidas veces, diciendo á Maximina:

—No te celarás, ¿verdad?

Los ojos del forastero la seguían en todas estas evoluciones, fijos, persistentes, con cierta leve expresión de ironía. Miguel lo observó, é hizo un gesto imperceptible de disgusto.

En los días que siguieron, el desdén que Julia mostraba á su primo se fué acentuando de un modo poco conveniente. Bastaba que él entrase en la habitación donde ella estaba para que inmediatamente se saliese. Si la invitaba á cantar ó á tocar el piano, se negaba rotundamente. No le dirigía la palabra, y si se veía obligada á contestar á alguna pregunta, lo hacía con mal humor y sin mirarle á la cara. La brigadiera advirtió estas faltas, y la reprendió severamente; mas no consiguió nada. D. Alfonso parecía no advertirlas, y seguía imperturbable practicando su exquisita cortesía, y aprovechando cualquier ocasión para tributarle alguna alabanza, que, por supuesto, ella recibía de malísimo talante.

Un día, á la hora de comer, de sobremesa ya, la brigadiera departía amigablemente con su sobrino. Julita guardaba silencio obstinado, haciendo bolitas de pan y mirando fijamente á la mesa. Se hablaba de un baile que iba á dar un duque, amigo de Saavedra, en el cual se quería resucitar el antiguo y clásico minué. Al efecto, hacía días que se estaban ensayando, y Saavedra había encargado un lujoso vestido de casaca y pantalón corto, cuyos pormenores estaba describiendo prolijamente á su tía. Julita levantó la cabeza, y fijando en él una mirada provocativa, le dijo, con cierto encono mal refrenado:

—Parece mentira que tú te ocupes en esas cosas.

—¿Por qué, primita?—preguntó sonriendo con amabilidad D. Alfonso.

—Porque tú ya eres un viejo—repuso la niña con acento despreciativo.

Ante aquella salida grosera hubo un instante de silencio. La brigadiera fué quien lo rompió indignada, sin que la ira le dejase terminar las frases.

—¡Chiquilla! ¡Insolente! ¡No te da vergüenza! ¿Cómo te atreves?... ¡Si me fuese á llevar del genio!.. (levantándose en actitud airada).—¡Á ver... ¡Sal ahora mismo de aquí, desvergonzada!...

D. Alfonso, sonriendo con la misma tranquilidad, procuraba calmarla diciendo:

—Pero ¿qué tiene de particular eso, señora? Julia no ha dicho más que la verdad. Es lo mismo que yo me digo todas las mañanas al peinarme... Lo peor de todo es que soy un viejo verde...

La brigadiera, sin escuchar, le señalaba la puerta á su hija con el brazo extendido. Ésta, saltándosele las lágrimas, pero con semblante hosco y fiero, salió del comedor.

D. Alfonso siguió haciendo esfuerzos para calmar á su tía, que, no habiéndose desahogado, según costumbre, de un modo más brutal, buscando la compensación, cubría de dicterios á su hija. Sosegada á medias, se levantó para dormir un poco la siesta. El forastero también se levantó con el cigarro en la boca, y con paso lento, perezoso, se fué hacia el cuarto de costura, donde esperaba hallar á su prima. En efecto, allí estaba leyendo un libro frente á una mesilla, con la cabeza apoyada en una mano y la otra pendiente sobre el respaldo de la silla. D. Alfonso se detuvo á la puerta y la contempló algunos instantes, dibujándose en sus labios una sonrisa indefinible. Julia permaneció inmóvil, rígida, frunciendo un poco más la frente. D. Alfonso se acercó lentamente hasta ella y, bajando con humildad la cabeza, posó los labios en la mano pendiente de la niña, diciendo al mismo tiempo:

—¡Perdón!

Julia dió un brinco dejando caer la silla, y se escapó como una exhalación.

VII

A vida de los esposos se había ido regularizando. La casa estaba enteramente amueblada. Miguel se levantaba temprano y se iba al despacho á trabajar. Maximina quedaba algún tiempo más en la cama, desquitándose de los malos ratos que en el convento y en su casa la habían hecho pasar toda la vida. Porque su naturaleza reclamaba mucho sueño y jamás había podido satisfacer esta necesidad. Alguna vez se lo había pedido á su tía como una gracia singular.

—Tía, ¿cuándo me dejará usted dormir todo lo que yo quiera?

—Un día; un día te dejaré.

Pero ese día no llegó nunca. Á las cinco y media en invierno y las cinco en verano no había más remedio que ponerse en pie. Ahora que no tenía verdugo que la atormentase, pues Miguel, lejos de despertarla, se vestía haciendo el menor ruido posible, se dejaba arrastrar un poco de la pereza. Cuando al fin se levantaba y se iba derecha al escritorio, siempre saludaba á su marido avergonzada.

—¡Qué dirás de mí!

—¿Qué voy á decir, tonta? ¡Valiente cosa te has retrasado! No son más que las nueve y cuarto.

Maximina, que había visto al pasar en el reloj que eran cerca de las diez, agradecía aquella mentira á su marido, y le besaba con trasporte.

—Mira, otra vez has de llamarme cuando te levantes.

—Bueno, lo haré.

—¿Palabra formal?

—Palabra formal.

Claro está que Miguel no cumplía esta palabra formal. Le daba demasiada lástima para hacerlo.

En los primeros meses hicieron varias visitas y recibieron también algunas, entre ellas la de las señoritas gallegas que habían conocido en el viaje, las cuales manifestaban hacia Maximina una simpatía ardiente y bulliciosa propia de chicas. En todos sitios causaba la joven esposa grata impresión por su inocencia y humildad.

—¡Qué buena debe de ser su señora!—le decían á Miguel sus conocidos cuando le hallaban solo.

Y él sonreía con mal reprimido gozo exclamando:

—¡Es una chiquilla!

Pero decía para sí:

—Dios me ha iluminado.

El matrimonio no le había hecho perder independencia alguna, ni aquellos hábitos de soltero tan difíciles de arrancar á cierta edad. Maximina ni le exigía ni le suplicaba siquiera nada. Con ser esposa del hombre que adoraba se consideraba enteramente feliz. Y los actos cotidianos y vulgares de la existencia eran para ella un manantial de goces inefables. Cuando llegaba la hora de almorzar, levantaba suavemente el pestillo de la puerta del despacho, avanzaba tímidamente hasta su marido y le decía:

—Ya son las doce y media.

Mientras almorzaban, la conversación insignificante que sostenían olía de una legua á amor. Al encontrarse sus ojos se acariciaban tiernamente, y no pocas veces se apoderó Miguel por encima de la mesa de la mano de su esposa para besarla, con gran susto y terror de la niña, que tiraba de ella con fuerza mirando á la puerta, como si por ella fuese á entrar un dragón. El dragón era Juana, que podía aparecer á lo mejor con la fuente entre las manos. Después de almorzar llegaba el rato más dichoso para Maximina. Se iba al despacho con su marido, y éste, después de arrellanarse en una butaca, la sentaba sobre sus rodillas, la atraía hacia sí, ¡y le decía al oído unas cosas tan dulces! Sucedía amenudo que se quedaba dormido, y entonces Maximina no movía un dedo siquiera por temor de despertarle, y aunque la postura fuese incómoda, la sufría hasta que Miguel abría los ojos.

—Vaya, me voy—decía éste levantándose.

—¡Qué pronto!—solía exclamar ella con tristeza.

Miguel la acariciaba sonriendo y se despedía á la puerta. Estas despedidas duraban una eternidad.

—¡Que nos pueden ver del cuarto de enfrente!—decía Maximina, zafándose de sus brazos.

—¡Si está cerrada la puerta!

—No importa, pueden estar mirando por el ventanillo.

Á veces, por embromar á su esposa, trataba de marchar sin despedirse; mas al escuchar el pestillo aquélla dejaba repentinamente lo que tuviese entre manos, en el comedor, en la cocina ó en su cuarto, y corría desalada á la puerta. Cuando no oía el pestillo, Miguel hacía lo posible por que lo oyese.

Maximina se quedaba toda la tarde con las criadas. Además de Juana, habían tomado otras dos, una cocinera y otra doncella, que tuviese mejor noticia del planchado de la ropa que la moza de Pasajes. Cuando al oscurecer llegaba Miguel y hacía sonar la campanilla, el corazón de la niña daba un brinco. Ella misma acudía presura á abrirle la puerta. Algunas veces dejaba que la doncella abriese, mas era para esconderse detrás de la puerta ó en la habitación contigua. En el rostro sonriente de la doméstica comprendía nuestro joven que su esposa andaba por allí cerca, y decía, husmeando con gesto cómico:

—¡Aquí huele á Maximina!

Y se iba derecho adonde estaba y la cogía por el brazo.

—Yo no sé cómo me hallas tan pronto—decía ella con fingido disgusto.

Otras veces abría el ventanillo y preguntaba:

—¿Qué se le ofrece á usted?

—¿Vive aquí D. Miguel Rivera?—preguntaba él mismo.

—Sí, señor; pero no está en casa.

—¿La señora?

—La señora si está, pero no recibe.

—Dígale usted que hay aquí un caballero que desea darla un millón de besos.

Con estas puerilidades se reían y gozaban nuestros enamorados, y jamás se le ocurrió á la esposa pedir cuentas al esposo de su tiempo. Acompañábale al despacho. Miguel cogía un libro, y sentándose decía:

—Vaya, ahora déjame un instante que voy á leer.

—¡Malo! ¡malote!—respondía ella con enfado inocente.—Eres muy malo. En seguida me echas de tu lado.

Miguel se enternecía y la retenía por la mano.

Después de comer pasaban otro rato juntos, y después aquél se iba al café y de allí á la redacción, volviendo á las doce ó la una.

Su esposa se empeñaba en esperarle leyendo algún libro ó dormitando. Los sábados iba siempre al teatro, pues La Independencia no se publicaba los domingos, y también algún día entre semana cuando el trabajo no apuraba mucho. Una noche, bajando la escalera, como Maximina fuese distraída poniéndose los guantes, tropezó y cayó rodando algunos escalones.

—¡Ay, esposa mía!—gritó Miguel acudiendo en su auxilio.

La niña se levantó sonriendo, aunque roja por el susto. No se había hecho ningún daño. Pero el grito desgarrador que dió Miguel había llegado hasta el fondo de su alma. Sólo entonces también comprendió éste de qué modo aquella tierna criatura se había apoderado de su corazón.

Turbóse momentáneamente esta dicha con una leve enfermedad que nuestro héroe padeció en los primeros meses: unos fuertes dolores reumáticos que le retuvieron en la cama algunos días. Se puso pálido, delgado y sobre todo de un humor muy sombrío, pues no era hombre que sufriese con paciencia las adversidades. Maximina se impresionó vivamente, y por más que hacía no le era posible disimular su aflicción. Sentada todo el día al lado de la cama, no apartaba la vista de su marido. De vez en cuando le decía reventando por llorar, pero haciendo esfuerzos para contenerse:

—Te sientes mejor. ¿No es verdad que te sientes mejor? Sí, sí, te sientes mejor.

—Cuando tú lo aseguras estarás bien enterada—respondía él con sonrisa irónica.

Pero viendo humedecerse aquellos grandes ojos tímidos é inocentes, se arrepentía de sus importunas palabras, y añadía acariciándole una mano:

—No hagas caso. Estoy bien. Mañana no tendré nada; ya verás.

Y la niña era feliz algunos minutos, hasta que cualquier queja del enfermo volvía nuevamente á alarmarla.

¡Qué placer cuando al cabo se puso bueno! Fué la primera vez que su marido la oyó cantar en voz alta. Corría y saltaba, bromeaba con las criadas, y hasta supo con buen éxito remedar el acento madrileño que Juana usaba de algún tiempo á aquella parte. Este repentino acceso de alegría bulliciosa formaba un contraste gracioso con la seriedad permanente de su carácter. Miguel, que sabía á qué era debido, la miraba con gozo.

Pero, una vez enteramente bueno, fué preciso oir una misa de rodillas en San Sebastián. Así lo había ofrecido Maximina y así lo rogó con tanta humildad, que no tuvo valor para oponerse. La antigua colegiala del convento de Vergara no podía prescindir de mezclar la religión á todos los actos de la vida. Miguel, á pesar de su poca fe, hallaba tan poética, tan inocente, la piedad de su esposa, que no se le pasó por la imaginación siquiera arrancársela. «Si alguna vez cae en la mogigatería, ya será otra cosa.»

Por eso no tenía tampoco inconveniente en acompañarla todos los domingos á misa. Además, Maximina en los primeros meses no se atrevía á poner el pie en la calle sola. Mas sucedió que con el tiempo se fué descuidando el hijo del brigadier, y á pretexto de que San Sebastián estaba cerca, se quedaba en casa las mañanas de los domingos, mientras Maximina, con valor heroico, se arriesgaba á ir sola hasta la iglesia. No obstante, padecía mucho. Se figuraba que todos la despreciaban, que le iban á decir algo ofensivo. Las miradas hostiles, á la moda entre los indígenas de Madrid, la llenaban de espanto. Hubiera querido ser invisible. Pero no se atrevía á comunicar sus temores á Miguel por no molestarle haciéndole ir á misa contra su gusto. Cierta mañana, poco después de salir para la iglesia, oyó aquél un fuerte campanillazo. Abrióse la puerta del despacho y vió entrar á su esposa pálida como la cera.

—¿Qué te ha pasado?—preguntó levantándose.

Maximina se dejó caer en la butaca, ocultó el rostro entre las manos y comenzó á llorar.

Miguel insistió anhelante:

—¿Te has puesto mala?

La niña hizo señal afirmativa.

—¿Cómo fué, díme?

—No sé—respondió con voz débil y entrecortada.—Poco después de estar en la iglesia sentí así como náuseas... Después los santos empezaron á dar vueltas delante de mí... Sentí que la vista se me quitaba... Sin saber lo que hacía, eché á correr... y me encontré sin saber cómo cerca del altar mayor... Oí decir á la gente: ¿qué es eso? ¿qué es eso? y que había ruido... Yo di la vuelta, y sin mirar á nadie atravesé otra vez la iglesia y salí.

Miguel procuró calmarla. Hizo que le sirviesen una taza de tila y le prometió no dejarla nunca más ir sola á misa. Después de un rato, estando ya de pie y enteramente serena, le dirigió en voz baja una pregunta á la cual, bajando los ojos, contestó negativamente. Entonces, con semblante risueño, volvió á decirle al oído unas cuantas palabras. La niña, al escucharlas, se estremeció, le clavó un instante los ojos con expresión de anhelo, y confusa y ruborizada se dejó caer en sus brazos murmurando:

—¡Oh, no me engañes! ¡No me engañes, por Dios!

VIII

partir de este día la dicha serena y apacible que se reflejaba en el rostro de Maximina adquirió un aspecto más recogido, más íntimo, semejante á la expresión mística de los beatos que están seguros de llegar al cielo. No volvió á hablar del asunto con su marido. Cuando éste hacía alguna alusión á él, bajaba la vista sonriendo y se ponía levemente colorada. Pero Miguel comprendía perfectamente que no pensaba en otra cosa, que la idea dulcísima de ser madre tenía embargados todos sus sentidos, su vida y su ser. También él estaba gozoso. Mas no tanto por el nuevo papel que la naturaleza le llamaba á representar, como por ver la alegría de su esposa, cuya trasformación se complacía en seguir, espiando disimuladamente en sus ojos y en sus movimientos el misterio adorable que en su alma se efectuaba.

Cuando iban de paseo por las calles, observaba que dirigía rápidas y ansiosas miradas á los escaparates de ropa blanca, donde estaban expuestos algunos gorritos y camisitas de niños. Y adivinando que tendría gusto en pararse, buscaba pretexto fijándose en los pañuelos ó en las camisetas y dejaba que ella se recrease contemplando las prendas infantiles.

—¿Sabes ya—le decía después—lo que cuesta la docena de camisas de niño?

—No—contestaba riendo.

—¡Á que sí!

Un día, entrando por la puerta de la alcoba en el gabinete, vió que se estaba mirando en el espejo del armario. Le sorprendió, porque nunca mujer alguna estuvo más lejos de la presunción y la coquetería que ella. Mas la sorpresa trocóse en risa al observar que lo que estaba mirando era el bulto que levantaba su figura de perfil. Por no avergonzarla salióse otra vez de puntillas. Paseando otro día por las cercanías del Retiro, acertaron á ver un carro fúnebre pintado de blanco que conducía el ataúd de un niño, Maximina clavó sus ojos en él, con expresión de profunda pena, y después de pasar, todavía le siguió hasta perderle de vista. Después, dejando escapar un leve suspiro, exclamó:

—¡Qué lástima me da de los niños que se mueren!

Miguel sonrió, sin contestar, pensando que su mujer ya temía por el ser que aún no había salido de sus entrañas.

Mientras de este modo suave y deleitoso se deslizaba el tiempo para los recién casados, Marroquín, el hirsuto Marroquín se iba á salir con la suya. La nación estaba sobre un volcán, y no era el antiguo profesor del colegio de la Merced quien menos atizaba á la sordina, y en compañía de nuestro amigo Merelo y García, el fuego de la discordia civil. No se pasaba una sola noche sin que ambos hiciesen en el café de Levante sangrientos pronósticos para lo porvenir. Era incalculable el número de veces en que las instituciones habían quedado «derrocadas» sobre el mármol de la mesa. Los mozos, por escuchar los sermones democráticos, servían mal á los parroquianos. La policía secreta había entrado más de una vez en el establecimiento, al decir de los agitadores de la paz pública; pero no había hecho ninguna prisión, lo cual allá en el fuero interno traía desesperado á Marroquín. Gozaba lo indecible hablando al oído á todos los que llegaban á la mesa, fijando la vista al mismo tiempo en algún tranquilo parroquiano y haciendo fuertes aspavientos á fin de despertar su curiosidad.

—D. Servando—decía en voz alta á un señor sentado allá lejos,—¿piensa usted mañana salir á paseo?

—Siempre, Sr. Marroquín.

—No saque usted á la señora y los niños.

—Hombre, ¿por qué?

—Por nada, por nada. No le digo más que eso.

Pero cuando más gozó el profesor revolucionario fué cuando logró traer al café una noche á su antiguo amigo y compañero D. Leandro. Aún se hallaba éste adscrito á la gleba del colegio de la Merced, que ya no pertenecía ni estaba dirigido por el excapitán de artillería, sino por el capellán D. Juan Vigil. D. Leandro era el único profesor que había quedado de los antiguos, y eso por ser un infeliz y sufrir con paciencia los caprichos y sandeces del capellán, que ahora más que nunca se complacía en atormentarle y dar testimonio á sus expensas de las prodigiosas fuerzas con que natura le había dotado. Marroquín le encontró un domingo en la calle, y después de saludarle con efusión, como tenía por costumbre, comenzó á hablarle mal del cura (como tenía por costumbre también). Esto halagaba infinito al buen D. Leandro, si bien no quería persuadirse de ello, porque aborrecía la murmuración y tenía mucho miedo al infierno, sobre todo al de los condenados: al purgatorio no tanto. Así que Marroquín, á pesar de sus depravadas ideas, logró con este poderoso señuelo que entrase con él en Levante á tomar una copa, de agua, por supuesto. D. Leandro asentía sonriendo á cuantas perrerías se le ocurrían al herético profesor acerca de su enemigo nato. Y todavía de vez en cuando dejaba deslizar alguna palabrita malévola, prometiendo, allá en su interior, confesarlo inmediatamente. Pero lo serio del caso era que el confesor de D. Leandro era el mismo capellán, pues éste, como su glorioso antecesor Gregorio VII, aspiraba á poseer la llave de las conciencias de sus súbditos, y no consentía que ningún alumno ó dependiente del colegio fuese á depositar los pecados en otro seno que en el suyo. Ocasionaba esto, como es lógico, un malestar muy grande para el pobre D. Leandro, que, como se confesaba bien, se veía obligado á decir al capellán todo lo malo que de él pensaba. Mas el tormento de éste era muchísimo mayor y más cruel. Á menudo, mientras D. Leandro desahogaba su pecho, él exhalaba profundos suspiros, y hacía rechinar el confesonario como si el asiento le pinchase. Estuvo tentado á despedirle del colegio; pero consideraba esto como un atentado al sagrado de la confesión, pues D. Leandro cumplía perfectamente con su deber; y para arrojarlo necesitaba fundarse en lo que sabía por el tribunal de la penitencia. Después se le ocurrió mandarle que se confesase con otro. Mas aunque todos los días se prometía hacerle la indicación, nunca llegaba á efectuarlo, y continuaba oyendo desmenuzar sus acciones sin poder defenderse.

—¡Barájoles, qué penitencia me ha dado Dios!—decía luego paseándose por su cuarto á grandes trancos.—¡De qué buena gana le daría un par de mocadas á ese mastuerzo!

D. Leandro al entrar en Levante no contaba que iba á reunirse con tantos señores, ni menos que éstos fueran unos desalmados revolucionarios enemigos de «todo freno religioso». Así que cuando empezó á oirles hablar del Gobierno en los términos en que solían hacerlo, se puso fuertemente colorado y comenzó á dirigir miradas de susto á todas partes, y particularmente á Marroquín.

—¿Sabe usted, Sr. Marroquín?—le dijo por lo bajo.—Podíamos volver la hoja.

Marroquín, sonriendo con superioridad, le contestó:

—No tema usted nada, amigo D. Leandro. La policía ya ha entrado aquí varias veces; pero no se atreve á echar mano á ninguno. Si lo hiciese, como ya la cosa está tan madura, sería la señal para que estallase la gorda.

—¿Qué gorda?

—La revolución, hombre de Dios.

—¡Santo Cristo! ¿Sabe usted, Sr. Marroquín? Estas cosas son muy serias, muy serias... Si usted no se enfadase, yo me iría... Así como así, tengo algo que hacer...

Marroquín le retuvo por el brazo y le obligó á sentarse de nuevo.

—No tenga usted miedo, querido. A usted no le puede pasar nada, porque no figura usted, como yo, en todas las listas que la policía manda al Gobierno.

—No importa. Si á usted no le da más, volveremos la hoja.

La hoja se volvió, en efecto. Pero la página siguiente fué más terrible y endemoniada. Se habló nada menos que de la Reina, y ya pueden todos representarse lo que allí se diría de la augusta señora que estaba próxima á perder la corona y salir desterrada al extranjero. Tan pronto como nuestro profesor oyó algunas de aquellas atrocidades, se puso lívido, y no fué posible retenerlo. Salió sin despedirse, y no paró hasta el colegio, adonde llegó casi sin aliento. El pobre tuvo la inocencia de contar este episodio al mayordomo, y á éste le faltó tiempo para ponérselo en el pico al director. ¡Desdichado D. Leandro! Durante muchos días tuvo que padecer la vaya pesada y grosera del capellán, que ya de antiguo conocemos. Lo que más le afectaba era que delante de los niños le llamase conspirador, con el tonillo sarcástico que el cura usaba en tales casos. Otras veces le apodaba el conjurado de Venecia, todo lo cual hacía reir á los chicos; y como decía muy bien D. Leandro, «la dignidad del profesorado quedaba por los suelos».

Los trabajos de nuestro amigo Mendoza, por mal nombre Brutandór, en pro de la causa revolucionaria, se movían en más alta esfera que los de Marroquín, Merelo y demás gente menuda de la grey liberal. Por lo pronto, ya sabemos que había desaparecido, y en España, esto de desaparecer una persona es cosa que le comunica una importancia infinita, y á veces gloria imperecedera. Porque, en efecto, cuando un hombre desaparece, el público presume, con razón, que debe de ser para llevar á cabo en la oscuridad grandes y notables empresas. Las de Mendoza, aunque no las conocemos, fueron portentosas, según se dijo, pues le obligaron á permanecer escondido en Madrid más de tres meses, cambiando de escondrijo y de disfraz un sinnúmero de veces. Algo sabía Miguel de su vida y milagros, pero últimamente le había perdido la pista.

Así estaban las cosas, cuando cierta noche, después de comer, hallándose Rivera sentado en la butaca del despacho, teniendo á Maximina sobre sus rodillas, sonó un fuerte campanillazo.

La niña se puso en pie de un salto.

—¿Quién será á estas horas?... ¿Ha salido alguna muchacha?—dijo Miguel.

—Creo que no.

Juana entró al instante.

—Señorito, es un mozo de café que desea hablar con usted.

—¿Un mozo de café? No recuerdo tener cuenta pendiente con ninguno... Dígale usted que pase.

—Aguarde, aguarde—dijo Maximina.—Déjeme usted escapar por esta puerta.

Y se salió corriendo por la de la sala, como tenía por costumbre siempre que entraba alguna visita. Al instante apareció el mozo, y Miguel pudo reconocer á duras penas, bajo aquel disfraz, á su amigo Mendoza.

—¡Perico!

—¡Chiiiis!—exclamó éste, haciendo una mueca de susto horrorosa.

Y fué á cerrar apresuradamente la puerta.

—¿Qué ocurre?—preguntó Miguel fingiendo gran ansiedad.

Mendoza se sentó, dió un suspiro, y respondió cándidamente:

—Nada.

—Ya me lo parecía.

Brutandór, sin fijarse en la ironía de aquellas palabras, comenzó á decir en voz de falsete y acercando la boca al oído de su amigo:

—He estado quince días en la Florida, escondido en casa de unos lavanderos...

—Hombre, si lo hubiera sabido, te habría hecho una visita.

—¡Nada de visitas!... Pudieran seguirte y dar conmigo.

—¿Y cómo te ha probado la temporada de campo?

—Lo he pasado bastante mal. No había más que una cama en casa. Por la noche, mientras los lavanderos dormían, yo me salía á dar una vuelta por la orilla del río, y al amanecer, cuando ellos se levantaban, me metía yo en la cama.

—¡Qué calentita y qué riquita estaría!

—Pues á mí me daba un poco de asco, ¿sabes? La comida me la mandaba la condesa de Ríos con muchas precauciones, cambiando de criado á cada momento... Pero anteayer el lavandero no durmió en casa, y esto, como comprenderás, me escamó...

—Es claro; cuando los lavanderos no duermen en casa, es muy mala señal.

—Hoy por la mañana le he visto con dos hombres de mala catadura... sospechosos, y entonces, temiendo que me entregase á la policía, me decidí á dejar el sitio. El mozo de un cafetucho que hay allí cerca me vendió este traje, y al oscurecer me escapé sin decir nada. Pensé en irme á las Ventas del Espíritu Santo, pero la policía registra á menudo aquellos lugares. Entonces se me ocurrió una gran idea: la de venir á tu casa. ¡Cómo diantre se van á figurar que estoy aquí! Una novia que tuve hace años, escondía las cartas entre los papeles de su padre, que andaba loco buscándolas por toda la casa.

—¿De modo que has robado la idea á tu novia? ¡Ni para huir el bulto has de ser original!... En fin, me alegro que hayas venido. No puede menos de lisonjearme mucho tener en mi casa un conspirador de tal importancia... Porque tú no sabes el prestigio de que gozas ni lo que se habla de ti por ahí...

—¿De veras?—exclamó Mendoza poniéndose rojo de placer.

—¡Ya lo creo! Se te cita entre los héroes de la revolución... Pero, querido, lo que mucho vale, mucho cuesta. Cuanto más nombre ganes entre los revolucionarios, mucho más expuesto te encuentras á que el Gobierno haga contigo una barrabasada. Si hoy te cogen, me parece que no te escapas sin cuatro tiros.

—¿Crees tú?...—dijo Brutandór poniéndose horriblemente pálido.

—Lo que oyes... pero no tengas cuidado. Aquí no vendrán á buscarte.

—Mira, te ruego que procures que las criadas no entiendan nada, porque á lo mejor se les escapa cualquier palabrita fuera... ¡y soy perdido!

—Dificilillo va á ser engañarlas—contestó Miguel riendo de la entonación con que su amigo pronunció las últimas palabras.

Acomodóse Mendoza en la casa; mas antes fué necesario que trajesen una maleta de su posada y se mudase de traje en la alcoba de Miguel, hecho lo cual se salió cautelosamente, y al poco rato volvió á llamar entrando en calidad de huésped. Con estas maniobras se engañó ó se creyó engañar á las criadas. Á Maximina no le gustó el acomodo. ¡Era tan feliz viviendo sola con su marido! Sin embargo, dócil siempre á los deseos de éste, ni dijo una palabra ni mostró en el semblante desabrimiento alguno. El tiempo que Miguel pasaba fuera de casa, Mendoza solía acompañarla; pero se pasaban horas sin cambiar una docena de palabras. Á la niña de Pasajes se le ocurría muy poco. Mendoza ya sabemos que tenía la costumbre de callarse las buenas cosas que se le ocurrían. Sin embargo, aquélla le observaba atentamente con el rabillo del ojo y luego comunicaba á su marido sus impresiones. Por más que lo disimulaba, éstas no eran muy favorables para el huésped.

—Me parece que Mendoza no te ha entrado por el ojo derecho.

Maximina sonreía sin contestar.

—Pues es un infeliz.

—Á mí se me figura que no te quiere como tú le quieres á él; que no le importa nada en el mundo más que él mismo.

—Tal vez tengas razón, pero no se puede negar que es simpático. Su egoísmo me hace gracia; es como el de un niño.

Maximina callaba como siempre, trabajando en su interior para que también le fuese simpático, aunque nunca llegó á conseguirlo.

Cinco días después de su instalación, Mendoza recibió una carta de la condesa de Ríos en que le incluía otra de su marido. Ambas llegaron á su poder pasando por varias manos. El General le decía que la persona que facilitaba el dinero para la publicación de La Independencia le avisaba que no podía dar un cuarto más si no se le garantizaban los treinta mil duros que tenía desembolsados. Como él no podía dirigirse á ninguno de sus amigos, ni juzgaba á su mujer idónea para el caso, le encargaba que á toda prisa se viese con el «caballo blanco» y le buscase una firma que consiguiese aplacarle, pues el periódico en aquellos críticos momentos les hacía muchísima falta. Mendoza entregó la carta á Miguel.

Aunque nada tenía que ver con la administración del periódico, ya hacía tiempo que éste sabía las dificultades monetarias con que luchaba La Independencia. Después de leer atentamente la carta, dijo levantando la cabeza:

—Bien, ¿y qué?...

—Que, como tú comprenderás, yo no puedo encargarme de este asunto, porque no saliendo de casa...

—Bueno, y quieres endosarme el mochuelo, ¿verdad?

Mendoza calló, poniendo los ojos en el suelo.

—Pues, amigo mío—dijo en tono resuelto el hijo del brigadier,—tengo el sentimiento de anunciarte que yo no sirvo para pedir dinero ni garantías de dinero á nadie.

Ambos guardaron, después de estas palabras, un rato de silencio. Al fin Mendoza, sin separar los ojos del suelo y visiblemente acortado, comenzó á decir:

—Yo creo que si tú quisieras se podría arreglar sin pedir nada á nadie... Á Eguiburu le bastaría seguramente con tu firma para seguir entregando las cantidades que acostumbra todos los meses...

Miguel le miró fijamente sin que el otro levantase la cabeza, y dijo sonriendo:

—Eres el hombre de las ideas felices. Si te mueres antes que yo, pienso decir, con tu cráneo en la mano, mejores cosas que Hamlet con el de Yorik.

Después se puso repentinamente serio, y comenzó á pasear por la habitación con la carta en la mano. Al cabo de un rato se paró delante de su amigo, que aún continuaba en la postura de colegial castigado, y le dijo:

—¿Y á mí quién me garantiza que el General pague mañana esos treinta mil duros?

—El General es hombre de honor.

—Eguiburu, por lo que se ve, no admite esa moneda; quiere oro ó plata.

—Además, el Conde tiene muchos amigos capitalistas. Algunos de ellos ya sabes que están comprometidos en el movimiento, y aunque fuese repartiendo entre todos el dividendo pasivo del periódico, quedaría pagado.

Discutieron todavía largo rato el asunto. Miguel, en el tono de burla que acostumbraba; Mendoza, con su imperturbable gravedad, sin mostrar impaciencia, pero insistiendo constantemente en sus razones. Riverita fué el vencido. Cedió al cabo á poner su firma. Además de los ruegos de su amigo, movióle á hacerlo el interés que tenía ya por la vida del periódico y el cariño que le había tomado. Por otra parte, aunque se burlase del honor del General, no dudaba de él, y estaba convencido de que no le dejaría en las astas del toro.

Cuando al día siguiente le dijo á Maximina lo que había hecho, ésta se calló y siguió trabajando en la puntilla que tenía entre manos.

—¿A ti qué te parece? ¿Habré hecho mal?

Maximina levantó sus dulces ojos rientes.

—¿Me lo preguntas á mí? Yo no entiendo nada de negocios. Además, para mí lo que tú haces siempre está bien hecho.

Miguel la besó y quedó convencido... de que había hecho una gran tontería.

Pocos días después, estando solos en el despacho, Mendoza le hizo una confidencia que le llenó de asombro.

—Tengo que decirte una cosa, Miguel...

—¿Y es?

—Que me caso.

—¡Cuánto me alegro! Sepamos quién es la desgraciada que ha tenido tan mal gusto.

—Me caso con Lucía Población, la viuda del general Bembo.

Debemos advertir, por si no lo hemos advertido ya, que el gigante D. Pablo hacía siete meses que había fallecido en Puerto Rico.

Miguel quedó estupefacto. No pudo reprimir un gesto de repugnancia. Á aquel hombre le constaba qué clase de mujer era la generala Bembo. Sabía perfectamente las relaciones que había sostenido con ella. ¡Y tenía estómago para hacerla su esposa! Por unos instantes permaneció suspenso sin saber qué decir, cosa que pocas veces le había sucedido en su vida. Después murmuró:

—Muy bien, muy bien; te felicito.

—En cuanto cumpla el año de luto, que será dentro de cinco meses, nos casamos. Es una mujer muy agradable... Después de tratarla íntimamente, me he convencido de que todo lo que se dice de ella por ahí es pura fábula. La pobre señora es víctima de unos cuantos tontos que la han pretendido sin conseguir nada.

Un relámpago de ira pasó por los ojos de Miguel. Se le figuró que aquellas palabras iban dirigidas á él, y tuvo en la punta de la lengua un sarcasmo feroz; pero supo reprimirse, considerando que la situación en que su amigo iba á hallarse le disculpaba.

—Y si no creyeras eso harías muy mal en casarte... Tengo entendido que Lucía posee una bonita fortuna, ¿verdad?—añadió, dejando ver claramente cuáles eran, á su juicio, los motivos de aquel matrimonio.

Mendoza, aunque no muy avisado, lo comprendió y repuso de mal humor:

—No sé, no sé... He conocido á Lucía en casa de Borrell, y desde un principio me gustó. ¡Es tan fina y revela tan buenos sentimientos! Á la pobre la casaron medio á la fuerza con un hombre que podía ser su padre. No hubiera sido extraño que se echase á perder. Sin embargo, ella supo conservar su decoro...

—D. Pablo debió de hacer muy buenos cuartos por América, á más de tener ya bastante renta por su casa—dijo Miguel sin hacer caso de las alabanzas de Mendoza.

—La señora de Borrell se puede decir que es la que ha arreglado este matrimonio. No puedes figurarte lo que quiere á Lucía y la buena opinión que tiene de ella.

—Algo se ha mermado la fortuna antigua de D. Pablo en los últimos tiempos, según dicen; pero como entraba más por América que salía por España, deben de existir grandes gananciales, cuya mitad corresponde en pleno dominio á Lucía. Por otra parte, los chicos son de corta edad. El usufructo de toda la hacienda le ha de corresponder por muchos años.

Miguel insistía en este asunto, viendo que molestaba á su amigo, para hacerle pagar las palabras de antes. Estaba tan sorprendido de aquel singular matrimonio, que, cuando por la noche le comunicó la noticia á Maximina, ésta no pudo menos de decirle:

—¿Por qué te enfadas? Aunque Perico se case por interés, no es el primero que lo hace. Lo único que me sorprende es que esa señora concierte el matrimonio siete meses después de la muerte de su marido.

Miguel no podía decirle los motivos que tenía para indignarse, pues procuraba velar á su esposa ciertos vicios sociales. Por otra parte, temía que se renovasen en ella los antiguos celos de Pasajes. Se calmó repentinamente, y lo echó á risa.

No pudo, sin embargo, arrancar de sí aquel sentimiento de repugnancia que la noticia le produjo. Había disculpado hasta entonces todos los rasgos de egoísmo de su amigo. Lo que iba á hacer ahora era demasiado abyecto para que se lo perdonase. Así que no dejó de sentir alegría secreta cuando, por cierto acontecimiento que sobrevino, Mendoza se decidió á abandonar su casa.

Hablaba éste un día con una de las doncellas revelando en su fisonomía gravemente benévola que no era del todo insensible á los ojillos negros y picarescos de la muchacha, quien lo era menos aún al corpanchón robusto y al rostro fresco y sonrosado del huésped. Mientras ella hacía su cama con remilgados ademanes volviéndose á cada instante para contestarle, él permanecía en una butaca con las piernas extendidas y un periódico en la mano.

—¡Qué deseos tengo, señorito, de que ustedes ganen!—dijo la chica después de un rato largo de silencio.

—¿Qué hemos de ganar, Plácida?

—Que ustedes tiren el Gobierno... vamos... y manden ustedes.

—Yo no me ocupo de esas cosas—respondió Mendoza poniéndose repentinamente serio.

—¡Vamos, señorito!—dijo la muchacha.—¿Se figura usted que no estamos enteradas de todo? ¿Pues por qué no sale usted de casa, entonces? Por miedo á los guindillas... ¡Que el diablo los lleve!... Desde que me quiso uno llevar á la cárcel por sacudir una alfombra, no los puedo ver ni pintados.

—¿Quién le ha dicho á usted que yo no salgo á la calle por miedo á los guindillas?—preguntó Mendoza, pálido ya.

—Pues el amo de la tienda de abajo. Nos dijo á la Juana y á mí que teníamos en casa un señor muy principal escondido, pero que no estaría mucho tiempo porque toíto estaba arreglao ya pa la rivolución... No no tenga usted cuidao, señorito—añadió viendo la palidez de Mendoza,—que el tendero no dirá nada, porque es más liberal que Riego... ¡Anda, anda, pues poquita gana que él tiene de que se arme!

Mendoza, lívido ya, se levantó del asiento y, sin contestar, salió del cuarto tambaleándose y se dirigió al despacho de Miguel.

—¿Qué pasa?—preguntó éste, viéndole tan descompuesto.

—¡Nada—respondió Mendoza con voz débil, dejándose caer en una butaca y tapándose el rostro con las manos,—que mi cabeza no está segura sobre los hombros!

—Eso siempre lo he dicho yo. Es demasiado grande.

—¡Déjate de bromas, Miguel! ¡La cosa es muy grave! Ya saben por ahí que estoy escondido en esta casa, y el día menos pensado vienen á echarme mano.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Plácida... El tendero de abajo lo sabe todo. ¡Figúrate quién no lo sabrá ya!... No puedo permanecer un día más aquí. Necesito buscar otro escondite. Lo mejor será salir de Madrid.

En otras circunstancias, Miguel le hubiera disuadido de esta determinación, porque estaba bien convencido de que su amigo, ni allí, ni en ninguna parte, corría peligro alguno; mas ahora, por las razones antes apuntadas, no tomó empeño en retenerle.

Después de discutir un poco, se convino por ambos que Mendoza se trasladase aquella misma tarde (por la noche había más vigilancia y podían darle el alto) á las Ventas del Espíritu Santo, disfrazado de aguador, y desde allí, si había peligro, se escapase de Madrid por la línea del Norte, para lo cual quedaba Miguel encargado de buscarle un pasaporte. Al efecto, se le compró al aguador de la casa el traje, que por cierto no estaba ni muy nuevo ni muy limpio. Después de emplear una hora en disfrazarse, untándose la cara con bermellón, alborotándose los cabellos, ensuciándose las manos, etc., etc., se fué nuestro revolucionario con la cuba al hombro hasta el gabinete, y se plantó delante del armario de espejo.

—¡Me conozco!—exclamó, con una cara tan angustiada, que Miguel y Maximina se echaron á reir como locos.