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Maximina

Chapter 12: X
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About This Book

La novela sigue el regreso de Miguel a un pequeño pueblo costero y su cortejo a una joven tímida, cuyo pudor y modestia complican los preparativos de matrimonio y la convivencia familiar. A través de escenas domésticas y conversaciones se exploran las relaciones entre parientes y vecinos, la influencia de la madrastra, los celos de una hermana y la vida social local; se observan pequeñas hipocresías, afectos vacilantes y tensiones entre tradición y deseos personales. El relato combina observación psicológica con descripciones del ambiente costero y episodios cotidianos que revelan caracteres y costumbres del lugar.

IX

nrique había conseguido, por fin, abrazar el fantasma divino de la gloria, en pos del cual tantos hombres corren en vano. Fué en la plaza de Vallecas, el día de Nuestra Señora del Carmen. La novillada se organizó en Madrid, para socorrer á ciertos pobres inundados de la provincia de Valencia, y como era ya uno de los aficionados obligados de esta clase de fiestas, se le invitó galantemente á banderillear un toro, honor que él declinó. La comisión se hizo cargo en seguida del motivo de esta renuncia. Después de hacer algunos cálculos y combinaciones, le invitó de nuevo á estoquearlo, y entonces no vaciló en aceptar, viendo á cubierto su dignidad. Hacía lo menos un año que había tomado la alternativa.

Y fué, como ya hemos indicado, para gloria suya, tormento de sus envidiosos y honra de la respetable familia á que pertenecía, por más que otra cosa juzgase su digno jefe. Después de una brega un poco movida, tuvo la suerte de matar el novillo de una soberbia estocada á volapié, mojándose los dedos y entrando y saliendo limpio. El delirio de palmas, cigarros y sombreros. Los aficionados taurómacos se disputaban el honor de abrazarle. Fué conducido en triunfo hasta el coche y victoreado hasta Madrid. Al día siguiente, los periódicos, haciendo la revista de la novillada, le ponían sobre los mismos cuernos de la luna. El Tábano, periódico severísimo, dedicado exclusivamente á la fiesta taurina, le dijo que tenía sangre y vergüenza, y este elogio, algo brutal, sin saber por qué, le hizo tambalear de gozo. La noche pasóla en vela y febril, pero acariciada el alma por mil ideas risueñas. Por la mañana se dedicó á limpiar el estoque, y estando empleado en esta tarea nobilísima, tuvo la satisfacción inefable de recibir la oreja del toro por él inmolado, que le remitía la comisión en una bandeja de plata. El criado, después de recibir una propina desusada, le dijo, el corazón postrado de admiración:

—¡Qué gran volapié, señorito! ¡Ni el Tato!

—¡Phs! No hay que exagerar, querido, no hay que exagerar—respondió Enrique, afectando modestia.—¡El Tato era un gran torero!

—Que le digo á usted que sí, señorito; el Tato no sale más limpio por la cola. ¡Mire usted que yo sé lo que son toros! El señor Paco (que en gloria esté) me lo tiene dicho muchas veces, viéndome llegar con el caballo de la rienda hasta el mismo hocico del animal:—«Juanillo, hijo mío, tú tienes sangre torera; dedícate al arte, que algo más sacarás que limpiando botas y arreando los jacos en la plaza.»—¡Pero, señor Paco, si tengo una señora que me arma un lío toítos los domingos porque me pongo la blusa encarná». Pus mucho jabón, hijo. A las señoras, pa que anden bien, hay que jabonarlas un día sí y el otro también.—¡Y que no tenía razón el tío! Si yo hubiera seguido sus consejos, otra persona sería... Yo fuí el que le di á usté la muleta cuando se le cayó. ¿No me ha visto?

—Sí... No he reparado mucho; pero me parece haberte visto en la plaza...

—¡Vaya! Si no es por mí que me he metío en los mismos cuernos, á D. Ricardito le engancha ayer el segundo novillo... ¡Mal animal era aquél! Como que ya le habían toreado en el pueblo, sigún me dijo el pastor. El de usted, señorito, era un torete mu vivo, mu bravo y al mismo tiempo mu valiente. La estocá resultó que ni pintá.

—¡Phs! regular, regular...

—Manífica, D. Enriquito, manífica. ¡Lástima que al pasarlo haya usté bailado un poquirritiyo!

—¡Que yo he bailado!—exclamó Enrique poniéndose rojo.—Hombre, me parece que entiendes tanto de toros como el forro de mis pantalones... ¡Pues no dice que yo he bailado!

La modestia, que sólo estaba prendida con alfileres, se le escapó de pronto. El criado, visto el mal efecto de su crítica, quiso enmendarla.

—No, si la brega ha sido superior, señorito: un poco más movida ó un poco menos, eso no vale na.

—Pues valga ó no valga, ya hemos hablado bastante, y no tengo más ganas de oir simplezas...

Y abrió la puerta para dejarle paso, y en cuanto salió, la cerró con estrépito, murmurando:

—¡El diablo del babieca! Lo del baile se lo habrá dicho Ricardito... ¡Más le valiera á ese morral tener vergüenza y no dejar que Felipe Gómez parase los pies á su toro!

Y convencido plenamente de que la mancha caída en la honra de su émulo no la borrarían todos los perfumes de la Arabia, quedó relativamente tranquilo. La lectura de los periódicos y la presencia de la ensangrentada oreja, mudo testimonio de su valor, concluyeron por volverle toda la calma. Pero una cosa le preocupó en seguida, y fué la manera que tendría de conservar aquel trofeo. Si la dejaba en tal estado, no tardaría en pudrirse. ¿La metería en alcohol? Se le caerían los pelos y quedaría convertida en un cartílago indecoroso. ¿La disecaría? Necesitábase averiguar si era posible. Determinó llevársela después de comer á Severini, el disecador de la Carrera de San Jerónimo. En la mesa se habló de la novillada. D. Bernardo estaba ya enterado por los periódicos de la proeza de su hijo, y aunque lisonjeado en el fondo del alma por los aplausos que le tributaban, no dejó de mostrarse severo y reprenderle, aunque no con tal acritud como otras veces.

—Vaya, vaya, Enrique, que sea la última vez que te exhibes en público de ese modo. Ya sabes que no me gusta que un hijo mío, aun haciéndolo bien, haga el papel de torero.

Enrique adivinó que su padre no estaba enfadado, y se confirmó en el antiguo axioma de que el éxito feliz borra todas las culpas. Encendió un cigarro, envolvió la sagrada oreja en un trapo, se la metió en el bolsillo y salió á la calle enderezando sus pasos hacia el café Imperial, esperando recibir allí nuevos plácemes de sus inteligentes amigos, y disertar toda la tarde acerca de la novillada de Vallecas. De paso contaba entrar en casa de Severini.

Serían las tres de la tarde y hacía bastante calor. Nuestro teniente (porque había ascendido) caminaba por la calle del Baño vestido á la última moda, levita inglesa abrochada, pantalón claro, bota de charol y sombrero de copa puntiaguda. Había querido vestirse así y dejar el traje chulesco que ordinariamente gastaba para dar más fuerza y relieve á su portentosa estocada del día anterior. Caminaba lentamente, con la marcha tranquila y presuntuosa de los hombres satisfechos de sí mismos, dirigiendo miradas penetrantes á los transeuntes á ver si le reconocían, y lanzando bocanadas de humo á los aires. Nunca se había hallado en tan feliz situación de cuerpo y de espíritu.

A la puerta de una casa de vacas estaba una joven sentada con un libro entre las manos. Enrique le dirigió una mirada al pasar, y las benévolas disposiciones en que se encontraba respecto á todo ser viviente le impulsaron á detenerse un instante y contemplarla con ojos risueños. La muchacha levantó los suyos, que eran grandes y negros, con cierta expresión entre fiera y maliciosa. Después de mirarle fijamente un buen espacio, los convirtió de nuevo al libro con marcada indiferencia.

Enrique avanzó hasta colocarse frente á ella, y le dijo en tono melifluo:

—¿Qué lee usted, hermosa?

La joven levantó de nuevo sus ojos y, examinándolo con atención algún tiempo, respondió:

Memorias de cuatro pillos.

Y recalcó mucho la última palabra.

Enrique quedó un poco confuso; pero continuó inmóvil con la sonrisa en los labios. La joven se enfrascó de nuevo en la lectura. Al cabo de un rato volvió á levantar la vista, y le dijo con brío, en un tonillo irónico donde se traslucía la irritación:

—Pase usted, caballero, pase usted.

—De mil amores, prenda—repuso Enrique entrando en la tienda y colocándose en pie detrás de la chica.

Tornó ésta á mirarle con gesto altanero y le dijo muy seria:

—Hombre, me gusta usté por lo sinvergüenza.

—Y usted á mí por lo simpática.

—¡De veras! ¿Y desde cuándo?

—Desde la esquina, que la he visto á usted.

—¡Ay qué gracia! ¿Too eso sabía usté y se lo tenía callao?

—¿Pues á quién había de contárselo?

—A su abuela, hijo mío.

—No la tengo; la he perdido cuando era muy chiquitín.

—¡Qué mono!

—No; era más feo que ahora todavía.

—¿Y no lo enseñaba su papá en la feria?

—No me acuerdo. ¡Cáspita! ¿Tan feo me juzga usted?

—Pa qué le he de engañar... Como feo es usté más feo que azotar á un Cristo.

—Manolita—gritó la frutera de enfrente,—¿desde cuándo te has echao quitabrisas?

—Ahora mismito; ¿qué te paece?

—¿Se llama usted Manolita?—le preguntó Enrique.

—No, señor; me llamo Manuela.

—¡Qué saladísima y qué rica!

—¿Pus cuándo me ha probao usté?

Manolita era una chula en el porte, en el gesto, en el vestido, en el acento de sus palabras y en todos sus ademanes; pero era una chula muy linda, lo cual no es ningún milagro. Las hay como rosas de Alejandría por esas calles de Dios. Era su rostro ovalado, de color blanco mate; los ojos negros y rodeados de un leve círculo oscuro; negros también los cabellos, y peinados con sortijillas en las sienes; blanca y menuda y apretada la dentadura; la expresión de aquel conjunto grave y desdeñoso, como conviene á toda chula que no esté tirada á los perros.

—¿Conque decía usté que se iba de paseo al instante?

Enrique no había dicho semejante cosa.

—Antes de irme quisiera que usted me diese un vasito de leche.

Manolita se alzó gravemente de la silla, dejó en ella el libro y se dirigió al mostrador, y sin decir palabra llenó un vaso de leche, lo colocó sobre un plato y fué á posarlo en una de las tres ó cuatro mesillas de mármol que allí había. Mas al observar que Enrique no se sentaba y permanecía inmóvil en medio de la tienda, siguiendo sin pestañear todos sus movimientos, se detuvo repentinamente y le dijo con aquel tonillo irónico que no se le caía de los labios:

—¿Es que se lo quiere usté beber en casa, cabayero?

—En casa no lo bebiera aunque me diesen cinco duros.

—¡Pus hijo, ni que fuera rejalgar! Vaya, lo echaremos otra vez en la botija. No sea que se ponga usté malo y haya que mandar por la camilla al hespital.

Y diciendo y haciendo se fué derecha á la botija; mas Enrique la detuvo.

—No he querido decir eso, hermosa. En casa sí me haría daño, pero aquí... ¡Aquí se me hace todo gloria viéndola á usted!

—Señorito, usté necesita tila en vez de leche.

—¡Puede!... ¿Cuánto es esto?—añadió después de beber mirando risueño á Manolita.

—Menos de una onza.

—¿Cuánto?

—Medio rial.

Sacó unas monedas del bolsillo y, al posarlas en la mano de la chula, se sintió acometido súbitamente de una benevolencia vecina del entusiasmo hacia ella. Para dar testimonio de este sentimiento tan conforme con la esencia de la naturaleza humana y con el espíritu y doctrina del Cristianismo, que nos manda amar á nuestros semejantes, nuestro teniente no halló arbitrio mejor que darla un tierno abrazo acompañado de un beso más tierno aún. Mas antes de llevar á cabo tan plausible propósito, había echado una mirada cautelosa en torno para cerciorarse de que nadie vendría á turbar aquel acto benéfico, y se le habían erizado previamente los bigotes, como es costumbre en los buenos perros ratoneros. Una vez preparado de esta suerte, ¡allá voy!

Al verse en los brazos del teniente, la chula se revolvió como una fierecilla; desprendióse instantáneamente, dejó volar la mano, y ¡zas! le encajó un soberbio cachete en mitad de las narices.

De antiguo sabemos ya que las narices de Enrique tenían cierta influencia magnética sobre los cachetes, y los atraían como las agujas metálicas atraen las chispas eléctricas. Recordamos esto para que nadie se extrañe de que la bofetada hubiera ido á dar á aquel sitio delicado en vez de otra región del rostro. Dos chorritos de sangre salieron al instante por sus ventanas harto espaciosas, á dar fe de que Manolita no tenía las manos de cera, aunque lo pareciese en lo bien torneadas. Al ver la sangre, se embraveció más, como las leonas del desierto, y en poco estuvo que no le despedazase con un canjilón de hoja de lata, pues empuñado lo tuvo, y aun enarbolado un buen rato.

—¡Ay, qué rediós! ¿Qué me pasa?... ¿A usté qué se le ha figurao, tío silbante?... A usté le han engañao, señor. Le voy á aplastar del todo esa cara de chivo si no me la quita de delante más pronto que la vista...

Enrique se secaba las narices con el pañuelo, murmurando:

—¡Diablo, diablo, me ha hecho sangre!

—¡A ver si se larga usté, seo morral!... ¡seo morrral!... ¡seo morrrral!

Y cada vez iba recalcando más la erre, como si la salvación de su honra, puesta en peligro por el osado teniente, dependiese de la acertada pronunciación de esta preciosa paladial.

—Pero deme usted antes un poco de agua para lavarme... no puedo salir así.

—¡Agua de limón verde le daría yo! ¡Largo de aquí, tío indecente!

La joven extendía la diestra hacia la puerta con tanta dignidad que no cabía más. Enrique, atento á limpiarse la sangre y mirar con sorpresa las manchas que iban dejando en el pañuelo, no pudo apreciar en lo que valía aquella soberbia actitud digna de Juno, Palas, Cibeles ó cualquier otra diosa de la antigüedad. No obstante, la diestra mitológica se fué poco á poco doblegando á impulso de la compasión, y hasta al cabo de unos instantes fué la misma que trajo una jofaina, trasvertiendo de agua, de la trastienda, y la dejó sobre la mesa de mármol al lado del funesto vaso de leche que el morral se acababa de beber. Mas no vaya á creerse que esta operación dañó poco ni mucho á la dignidad de que la hermosa chula se había revestido; antes, al contrario, le dió más realce y esplendor. Y mientras el teniente se remojaba las narices sorbiendo el agua con miedo, ella, arrojándole miradas de olímpico desprecio al cogote y murmurando amenazas, se fué á sentar de nuevo á la puerta con el libro entre las manos.

Cortada la hemorragia y después de secarse bien con el pañuelo, salió el morral de la tienda y tuvo la desvergüenza de decir al pasar por delante de Manolita:

—Adiós, hermosa: no le guardo á usted rencor.

Nadie se atreverá á suponer que Manolita levantó siquiera los ojos del libro, cuanto más contestar á aquel tío.

Enrique se fué al Imperial con las narices rojas y un si es no es inflamadas, pero tan contento como si tal cosa. Los plácemes de los toreros y cierta disputa que duró toda la tarde, acerca de si es ó no lícito que el espada tenga un muchacho á las salidas en la brega cuando el toro no está huído y se revuelve por sí, le borraron de la memoria á la chula y su bofetada. Sólo al día siguiente, cuando salió de casa después de almorzar, le asaltó el recuerdo de su aventura. En vez de ascender por la calle del Prado para tomar la del Príncipe, como tenía por costumbre, se embocó por la del Baño lo mismo que el día anterior. Desde los primeros pasos que en ella dió, pudo columbrar allá á lo lejos el vestido á cuadros de percal y el pañolito azul de Manolita. El teniente sonrió, no recordando más que la parte deleitable del suceso. Era una de sus cualidades la de ver todas las cosas de este mundo por el aspecto más risueño. Y murmuró con dejo protector:

—Allí está mi chulilla. ¡Caramba si es salada y desenvuelta!

Y con una sonrisa almibarada entre los labios, se fué acercando lentamente á la vaquería, soltando bocanadas de humo y balanceándose como hombre cuya felicidad no podía ser turbada por bofetada de más ó de menos. Al llegar cerca de la joven, se detuvo lo mismo que el día anterior. La chula levantó la cabeza y, clavándole sus ojos airados, le dijo:

—¿Vuelve usté por otra?

—Si tiene empeño en dármela...

El rostro canino de Enrique expresaba una satisfacción tan pura, y al expresarla se había puesto tan horroroso, que la chula no pudo atajar una sonrisa que le brotó á la cara. Y bajándola para no comprometerse dijo:

—Vaya, vaya, siga usté su camino.

—No sea usted rencorosa, Manolita, y perdóneme.

—¡Música! Yo no soy cura pa dar asoluciones.

—Pues penitencias ya las sabe usted poner.

—No tal; debí darle con el canjilón, pa que no le quedase ganas de ponerse otra vez delante de mi vista.

—¡Eso sí que no! Las narices me puede quitar, ¡pero las ganas de verla á usted, nunca!

La chula, en estos dimes y diretes, se fué humanizando. Enrique, después de pedir permiso respetuosamente, consiguió entrar en la tienda y sentarse á tomar un vaso de leche. Y en buen amor y compaña, el teniente comenzó á hacerle el amor por lo fino, y la chula á contestarle por lo basto, bien que adivinándose que no le pesaba de ser festejada por un señorito de bomba. Enrique se hacía querer pronto por su carácter campechano y optimista. Manolita, hallándole como antes horroroso, comenzó á sentirse atraída hacia él.

—Pa qué más de la verdá—concluyó por decir:—es usté feo, pero tiene usté un aquel... vamos... particular.

—Sí, ya sé—respondió el teniente con gravedad:—soy feo, pero gracioso.

—¡No, eso tampoco!—exclamó la chula riendo.

—Bien, pues caigo en gracia sin ser gracioso.

—Eso es.

Cuando más embebidos se hallaban en su plática sabrosa, hé aquí que suenan en la trastienda unos pasos rudos y estrepitosos. Un hombre, mejor dicho, un gigante tuerto, aparece en la puerta del foro en mangas de camisa, calzones de paño pardo, faja encarnada y boina: el rostro, tan feo y temeroso como el de sus progenitores los cíclopes. Después de echar una mirada torva por el establecimiento, sin ver á Enrique ó sin que aparentase haberle visto, dejó escapar dos ó tres gruñidos, avanzó vacilando hasta el mostrador y, fijando su ojo vidrioso en el sombrero reluciente de felpa que el teniente había colocado allí, lo tomó con mucha delicadeza entre sus manazas descomunales, lo examinó con curiosidad como el naturalista que acaba de tropezar con un nuevo zoófito, y algo que quiso ser sonrisa pero que no pasó de mueca horrenda contrajo sus labios gordos y amoratados.

—Oj, oj, oj... Trr, trr, trr... ¿Hay un marqués en mi tienda, mal rayo?

Y echó otra mirada por la salita sin fijarla en parte alguna, como si allí no hubiese seres vivientes. Después, con mucha calma y cuidado, cual si ejecutara con él una de las últimas operaciones del arte, aplastó el sombrero hasta convertirlo en una tortilla; hecho lo cual, arrojólo por la puerta al medio de la calle con no menos delicadeza y sosiego.

Enrique se puso súbito rojo como una guindilla; inmediatamente pálido. Se alzó vivamente del asiento y, nuevo David, tuvo impulsos de arrojarse sobre el gigante; pero Manolita le contuvo haciéndole un sin fin de expresivas muecas, encaminadas todas á demostrar que el cíclope no estaba seco por dentro. Entonces Enrique se salió muy desabrido de la tienda.

—Padre, el sombrero era de ese cabayero, que es un parroquiano.

—Tú, á callar... ¿estamos?

Y para que mejor se hiciese cargo de este deseo, la tumbó de un bofetón.

Pero Enrique, ni oyó la amable advertencia de la hija, ni la suave contestación del padre, ocupado como estaba en estirar y aliñar el sombrero.

—¡Cuando yo vuelva á esta cochina tienda!...—exclamó encasquetándoselo con furia y marchando como un vendaval calle arriba en busca del sombrerero.

X

en efecto, no volvió... hasta el día siguiente; pero fué vestido de corto, esto es, con chaquetilla, pantalón ajustado y sombrero pavero.

—Oiga usté, señorito, ¿va usted al matadero á desollar alguna res?...—le preguntó Manolita así que le vió de aquella traza.

Y comenzó el tiroteo amoroso, él haciéndose jalea y puras mieles, ella contestando á cada requiebro con un fiero desplante. Enrique no se desanimaba por eso, y tenía razón. Por el ejemplo de sus amigas y compañeras y por su ruda educación, la chula estaba armada de una cáscara dura, llena de pinchos; pero bien sabe Dios, y Enrique lo supo también, que en el fondo era una pobre muchacha, buena, hacendosa, sufrida, ignorante como un pez y más inocente en ciertas materias de lo que hacía presumir su lenguaje y modales. Había perdido á su madre hacía cosa de dos años. Una hermana se había casado con el maestro de un cortijo y vivía hacia las Vistillas. Ella habitaba con su padre, que era vizcaíno, establecido en Madrid desde mucho atrás, en un cuartito con dos compartimentos frente al corral de las vacas. Era madrileña legítima, hasta el punto de no haber puesto siquiera los pies en un coche del ferrocarril ni haber ido en sus paseos más allá de Carabanchel. El vizcaíno, desde la muerte de su mujer, que no poco le contenía, se emborrachaba cada vez más amenudo y hacía sufrir á su hija muy malos tratos; pero ella estaba tan avezada á ellos ya en tiempo de su madre, que no se le había ocurrido siquiera que pasaba una vida muy desgraciada. Cuando cierto día se lo indicó Enrique, después de presenciar uno de aquellos actos de barbarie á que con frecuencia se entregaba el vaquero, le miró con sorpresa y le dijo que sí, que tenía razón, que era muy desdichada; pero en un tono que parecía expresar: «Hombre, ¿sabe usted que no había caído en ello?»

Entre unas y otras, asistiendo á diario á la vaquería, sufriendo las frescas, los rempujones y tal cual gofetá cuando se desmandaba, de la gentilísima chula, Enrique, quedó burla burlando, preso en las redes de su amor. Con el cafre del padre tuvo unas cuantas reyertas al principio. Después se hicieron grandes amigos desde que aquél supo que el señorito era inteligente en toros, que había lidiado novillos y era amigo íntimo de los mejores espadas, á los cuales profesan los plebeyos de Madrid fervoroso culto. Cuando entraba borracho en la tienda, Enrique tomaba el sombrero y se salía y al otro no le extrañaba nada esta conducta: de este modo evitaba los choques con él. Por las tardes se pasaba lo menos dos horas conversando con Manolita. Por las noches, después de cerrar la tienda, la acompañaba á los cafés á cobrar la leche que habían gastado en el día: él se quedaba á la puerta mientras ella arreglaba sus cuentas con el dueño. Como la chula tenía golosos, y éstos, de la clase del pueblo, veían con malos ojos que un señorito la galantease, nuestro teniente se vió repetidas veces amenazado y aun atacado; pero ya sabemos que en su calidad de bulldog era de lo más rabioso y atravesado. Con un bastón de hierro, que jamás le abandonaba, supo defenderse tan bien, que Manolita quedó altamente complacida, después de haberle ayudado bravamente, repartiendo á los agresores algunos soplamocos tan devastadores como bien dirigidos.

¿Cuáles eran los intentos de Enrique al comenzar estos amores? No podían ser más perversos é insidiosos. Contaba seducir á la chula, y á la postre llamarse andana. Mas él propuso y Dios dispuso: al mes de hallarse en relaciones, Manolita le tenía prisionero á sus pies, manso y domesticado como un perro de saltimbanqui; y esto (digámoslo en su bien, ya que referimos lo malo), porque tenía noble corazón y le compadecía la suerte de aquella pobre chica; tanto, que formó resolución de casarse con ella. Dando vueltas en la cabeza á este pensamiento estuvo algunos días, hasta que se arriesgó á abrir su pecho á su madre. D.ª Martina se irritó lo indecible, sin querer recordar su primitiva condición de planchadora; mas como era mujer de buena pasta, y Enrique su ojo derecho, pronto tomó partido por él, aunque nunca quiso hablar del asunto á su marido, pues conocía su genio y estaba bien convencida de que antes le harían pedazos que consentir en aquel matrimonio. Al fin, el teniente, no teniendo valor para hablar á su padre, determinó de escribirle, dejándole la carta sobre la carpeta de su mesa. D. Bernardo no contestó ni se dió siquiera por enterado de haberla recibido. Trascurridos algunos días, le dejó otra en el mismo sitio; idéntica contestación. Lo único que observó fué que el rostro de su padre, de ordinario nublado, lo estaba mucho más. Entonces, después de suplicar á sus hermanos Vicente y Carlos que interviniesen en su favor, y después de haber recibido de ellos una seria y rotunda negativa, fué á pedirle igual merced á su primo Miguel, con el cual seguía manteniendo viva y entrañable amistad.

—¡Buena recomendación la mía!—le dijo éste.—Si quieres que tu padre te eche de casa á puntapiés, la mejor que puedes buscar.

—No lo creas; mi padre te quiere, por más que no lo dé á conocer. Es él así... seco en apariencia... pero en el fondo muy cariñoso.

Miguel sonrió, respetando aquel juicio de un hijo bueno, y siguió negándose á su pretensión; mas tanto le instó y con palabras tan fervorosas y hasta con lágrimas, que al fin, aunque de muy mal grado, consintió en visitar á su tío y hablarle del negocio.

El día señalado para la entrevista, Enrique le aguardaba paseando por el corredor, en un estado de agitación fácil de explicar. Cuando llamó á la puerta, él fué quien le abrió.

—¡Qué pálido estás, amigo!—le dijo Miguel.

—Me salta el corazón más que si fuera á batirme.

—¡Pobre Enrique! Toma ánimo, que aunque el negocio salga mal, como preveo, no te faltará una hora para ahorcarte del hermoso árbol que has elegido.

—Mira, yo no puedo aguardarte en casa... Tengo la cabeza como un horno y necesito refrescarme... Te espero en el Imperial.

Antes de pasar á la habitación de su tío, Miguel fué derecho á la de Vicente, que continuaba siendo el maestro de ceremonias de la familia. Recibióle éste con la gravedad afable que le caracterizaba, y tuvo la amabilidad de ponerle al tanto, en una relación tan circunstanciada como interesante, de que el tubo que conducía el agua á su lavabo había sufrido aquellos días una pequeña rotura, lo cual había ocasionado filtraciones que estuvieron á punto de echarle á perder un tapiz de los Reyes Católicos; pero afortunadamente, había acudido en tiempo, y después de buscar mucho, había logrado tropezar con la malhadada grieta. En seguida de ésta, le hizo otra relación no menos interesante de cierto sistema de campanillas que había adoptado para entenderse con los criados y el cochero. Por último, el hijo mayor de los señores de Rivera, dando testimonio de una generosidad que tanto le honraba á él como á su primo, saco del armario un pequeño tríptico de marfil, recientemente adquirido en el Rastro. Era una obra primorosa, una verdadera joya, al decir de su dueño, aunque estaba un poco deteriorado. Después de bien mirado y admirado por ambos, dijo aquél, volviendo á colocarlo en su sitio y haciendo esfuerzos por no soltar la carcajada:

—¿Á que no sabes lo que quería darme el señor de Aguilar por este tríptico?

—No puedo calcular.

—Pásmate, Miguel... ¡un Trajano!... ¡Mira tú que querer meterme á mí un Trajano!

Y Vicente, no pudiendo resistir más, soltó el trapo de la risa hasta saltársele las lágrimas.

—¡Qué disparate!—exclamó Miguel riendo también, aunque sin saber á punto fijo lo que era un Trajano, ni mucho menos la equivalencia que podía guardar con un tríptico.

El buen humor que con este gracioso recuerdo se le despertó á Vicente dió por resultado el que á todo trance tratase de complacer á su primo.

-Tú quieres hablar con papá, ¿verdad? Pues mira, ahora está haciendo gimnasia en su cuarto; pero, de todos modos; voy á llevarte á él.

—¡Haciendo gimnasia!—exclamó Miguel lleno de sorpresa.

—Se lo ha prescrito el médico, porque había perdido completamente las ganas de comer, ¿sabes? Nada: no probaba bocado, y aun hoy come muy poco. Está amarillo y flaco de dos meses á esta parte, que no le conocerás.

Al entrar en la adusta y severa mansión de su tío, Miguel quedó, en efecto, profundamente sorprendido observando el cambio que en la figura del respetable caballero se había operado. El traje singular que llevaba puesto contribuía no poco á darle un aspecto siniestro y medroso: no traía más que una camiseta de punto, la cual dejaba ver su torso escuálido y huesoso, y amplios calzones de dril donde sus pobres canillas apenas se advertían. El rostro, largo siempre y descarnado, lo parecía ahora mucho más; la tez amarillenta, los ojos tristes y vidriados. Y como la navaja continuaba su obra devastadora, el bigote no era ya más que una exigua motita blanca debajo de la nariz. El gabinete estaba convertido en un gimnasio: había paralelas, algunos pares de pesas por el suelo, y colgadas del techo unas anillas de hierro.

Cuando entró Miguel, su tío estaba dando un paseo por las paralelas. Tuvo tiempo á contemplarle á su sabor, y no dejó de causarle pena. Observando aquel rápido y asombroso decaimiento, no pudo menos de decirse:—Es imposible que mi tío no haya tenido algún disgusto gordo.—Y como el caballero, absorto en la tarea penosa de salvar sobre las manos las paralelas, no advertía su presencia, dijo en voz alta:

—Buenos días, tío.

D. Bernardo se dejó caer al suelo y, mirándole con ojos empañados, contestó:

—¡Hola! ¿Qué traes por aquí?

—Siga usted, tío; siga usted, no quiero interrumpirle. ¿Cómo se encuentra usted?

—Así, así; ¿y tu mujer?

—Perfectamente; siga usted, siga usted.

D. Bernardo dió un brinco y se colocó otra vez sobre las paralelas.

—Puedes decirme lo que quieras: te escucho.

Miguel le contempló un momento, y comprendiendo que lo mejor era marchar derecho y sin vacilaciones al asunto, comenzó á decir:

—Venía á hablar á usted de un asunto que tal vez ó sin tal vez le será enojoso... pero me he comprometido á ello, acaso con sobrada precipitación, y no es tiempo ya de arrepentirse sino de cumplir como bueno... Enrique me ha significado su deseo...

D. Bernardo se dejó caer otra vez.

—¡Ni una palabra sobre Enrique!—dijo extendiendo el brazo con imperio.

Miguel se sintió herido por aquella soberbia, y dijo con ironía:

—¿Qué? ¿Ha decidido usted borrarlo de la memoria de los hombres?

El señor de Rivera le dirigió una mirada fría y altiva, que Miguel resistió con la misma altivez y frialdad. Volvió de nuevo á colocarse sobre las paralelas, y comprendiendo que se había conducido con poca cortesía, dijo con bastante trabajo, pues el paseo gimnástico le producía un fuerte resuello:

—Enrique es un mentecato. Después de haberme matado á disgustos toda la vida, quiere terminar su carrera deshonrando á su familia.

—Yo tenía entendido que sólo deshonra á su familia el que comete alguna vileza... Pero, en fin, puesto que usted no quiere, no hablemos de Enrique. Es mayor de edad y ya él sabrá lo que ha de hacer.

Dijo estas últimas palabras con la intención de prevenirle, para lo futuro. D. Bernardo no contestó. Bajóse de las paralelas, y después de tomar aliento, subióse otra vez y comenzó á ejecutar el paseo de la rana. Por no marcharse repentinamente, Miguel entabló conversación, diciendo:

—Le veo un poco desmejorado desde la última vez, tío.

—¡Sí!—respondió suspendiendo el paseo y quedando á horcajadas sobre las barras de madera.—¡Pues aún me verás mucho más! No como nada.

—¿Padece usted del estómago?

El caballero se quedó un instante inmóvil con los ojos extáticos, y dijo con acento de profunda melancolía:

—¡Padezco del alma!

Y emprendió de nuevo y furiosamente el ejercicio.

Nunca Miguel había escuchado de labios de su tío una palabra que se refiriese á sus sentimientos íntimos. Para él había sido, en este respecto, un hombre de madera. Así que, al oir aquella tierna confesión, se quedó como si viese visiones. Y juzgando que era Enrique la causa de sus pesadumbres, aunque no hubiese razón para disgustarse, todavía le compadeció sinceramente.

—Siento que sea Enrique, á quien tanto quiero, la causa de sus penas... pero tiene usted otros dos hijos que le proporcionan muchas satisfacciones.

—No, Miguel, no es eso... Enrique me ha causado algunos disgustos... pero el que ahora siento viene de más hondo.

Miguel se puso á discurrir de dónde vendría, y quiso imaginar que pudiera ser alguna pérdida ó menoscabo en su hacienda. D. Bernardo se bajó, arrimóse para descansar á una de las barras y se pasó el pañuelo por la frente sudorosa, dando un profundo suspiro. Después tomó unas bolas de hierro y comenzó á abrir y cerrar los brazos con la gravedad que imprimía á todos sus actos. Al cabo de un rato de silencio, que el sobrino no osaba interrumpir por más que la curiosidad le picase, el anciano caballero dejó las pesas en el suelo, y dirigiéndose á él con los ojos fijos y abiertos como un espectro, le dijo roncamente:

—Cuarenta años hace que me he casado... ¡Cuarenta años calentando á mi pecho una víbora! Al fin su veneno se ha infiltrado en mi sangre y moriré de la mordedura.

Miguel no entendió ó no quería entender aquellas palabras extrañas. Sin embargo, dijo:

—Yo siempre pensé que era usted feliz en su matrimonio.

—¡Lo era, Miguel! Lo era porque tenía una venda sobre los ojos. ¡Pluguiera á Dios que no me hubiese caído!... Hubo un día en mi vida, tú lo sabes bien, en que, arrastrando el decoro de nuestra familia por el suelo, descendí hasta dar la mano á una mujer de muy diversa condición que la mía. Por este inmenso sacrificio, ¿no te parece que esa mujer debiera besar el polvo que yo pisase?... Pues bien, esa mujer es una Mesalina.

—¡Tío!

—Mejor dicho, una Agripina.

—¡Pero al cabo de cuarenta años, cuando mi tía Martina es ya una anciana venerable!

—Eso hace aún más asqueroso su crimen.

—¿No estará usted obcecado, tío?

—Me ha costado trabajo persuadirme; pero ya no me cabe duda alguna.

—Deploro en el alma su disgusto; pero permítame usted que dude todavía...

—¿Sabes quién es el infame que ha ultrajado mi nombre?—dijo el señor de Rivera avanzando y metiéndole la voz por el oído.—¡También he calentado esa víbora á mis pechos!

—¿Quién?

—¡Facundo!... ¡Mi fraternal amigo Facundo!

—¡El Sr. Hojeda!

—Ni una palabra más—manifestó extendiendo su brazo con majestad.—Eres individuo de mi familia; estás casado, y te he comunicado mi secreto para prevenirte. Una espantosa catástrofe se cierne sobre nuestras cabezas.

—¡Pero tío!...

—Ni una palabra más.

D. Bernardo se agarró acto continuo á las anillas, levantó con energía los pies é hizo la sirena. Miguel salió del gabinete convencido de que, si no estaba loco ya, andaba muy próximo á la locura.

XI

IUDADANOS: El grito de libertad dado en Cádiz resuena ya en todos los ámbitos de la Península. Estad orgullosos, ciudadanos, estad orgullosos de llamaros liberales: el sol de la libertad ha roto al fin la niebla de la tiranía que le tuvo empañado largos siglos, y aparece más esplendoroso que nunca, pronto á borrar las huellas malhadadas de una raza funesta y espuria...»

Estas y otras razones muy semejantes gritaba el hirsuto Marroquín desde uno de los balcones de la redacción de La Independencia, rodeado de hasta media docena de banderas rojas, desencajado el rostro por la emoción y las manos temblorosas. Á su lado veíanse los de algunos de sus compañeros, pálidos también, aunque no tanto. Hacia ellos se volvía á menudo el orador demandando asentimiento, que generosamente le otorgaban todos, murmurando por lo bajo al final de cada período: ¡Bravo! ¡bravo! y otras exclamaciones que infundían nuevo y poderoso aliento en el exprofesor para seguir arengando á las masas. Escuchábanle éstas con la boca abierta desde las estrecheces de la calle del Lobo, y con sus voces y palmoteo también le animaban. Cuando se le agotaron, por fin, las metáforas astronómicas y no tuvo más que decir, recogiendo todas sus fuerzas gritó con voz estentórea:

—Ciudadanos: ¡Viva la libertad!

—¡Vivaaa!

—¡Viva el pueblo soberano!

—¡Vivaaa!

Y dió por terminado su discurso, retirándose del balcón. Una voz gritó desde la calle:

—¡Abajo los consumos!

—¡Abajooo!

La comitiva se puso en marcha de nuevo. No tardó en agregarse á ella Marroquín con todos sus compañeros, llevando enarbolado un descomunal estandarte azul donde se leía con letras doradas: Abolición inmediata del culto y clero.

Todo era jarana, bulla y regocijo aquel día, 30 de Septiembre, en la capital de las Españas. Las músicas recorrían las calles tocando himnos patrióticos; los balcones todos (ya se guardaría muy bien de faltar ninguno) ostentaban colgaduras multicolores; las campanas de los templos volteaban con fingido júbilo; en las calles principales se levantaban apresuradamente arcos triunfales para recibir á los vencedores de Alcolea, emigrados y mártires de la revolución; numerosas manifestaciones pacíficas discurrían por la ciudad parándose á cada instante para escuchar la voz de todos los oradores más ó menos improvisados. La en que iba Marroquín no era la menos nutrida y entusiasta. De sus proezas tuvo noticias Miguel por su antiguo profesor D. Juan Vigil, el capellán del colegio de la Merced, con quien topó á los pocos días en la calle.

—Ya habéis triunfado, ¡barájoles! Bien sabe Dios que no me pesa por ti y otros buenos amigos que tengo metidos en la danza. Lo único que siento son los excesos, ¿sabes? los excesos contra nuestra santa madre la Iglesia... Por delante de casa pasó el puerco de Marroquín al frente de una porción de canalla. Ya vi que tú no ibas allí, y te doy la enhorabuena por no mezclarte con semejante gentuza... Llevaba un cartelón donde decía: Abajo el culto y clero: se paró delante del colegio y comenzó á levantar el pendón gritando como un becerro: «¡Muera el clero!» «¡Abajo las aves nocturnas!» Yo estaba detrás de la persiana, y ¡barájoles, me entraron unas ganas de bajar á la calle y darle cuatro mocadas á ese cerdo!...

Miguel no pudo reprimir una sonrisa, recordando los mojicones que en otro tiempo le había propinado Marroquín á él; y para que el cura no cayese en el motivo de la risa, se apresuró á decir:

—¿No se acuerda usted, D. Juan, de la paliza que me dió un día por haber gritado á la hora de recreo «¡Viva Garibaldi?»

—Sí que me acuerdo; y tú no me la habrás agradecido, ¿verdad?

—Ni más ni menos.

—¡Eso es! ¡Desvívase usted por inculcar á sus discípulos las sanas ideas de religión y moral, enderece usted sus pasos por la senda de la virtud, corrija usted con mano paternal sus demasías, para que después que son hombres no le den las gracias siquiera por sus desvelos!

—No riñamos por eso, D. Juan: todo aquello lo agradezco en el alma; pero los palos, por paternales que ellos sean, no me los harán nunca agradecer, así me hagan cuartos.

—Bien está, y no se hable más del asunto: la más grande recompensa de mis cuidados es verte hombre formal y bien quisto en la sociedad.... Pero hablando de otra cosa: tú no sabes el susto que me ha dado el otro día ese diablo de Brutandór. Iba yo por la calle de Alcalá abajo, con propósito de ver la entrada de los caudillos de la libertad (como ahora decís), acompañado del mayordomo y dos discípulos, cuando entre la comitiva, y arrellanado en una carretela donde iban dos generales con gran uniforme, veo á mi Brutandór saludando á la gente como si fuese un emperador... ¡Ave María Purísima! dije santiguándome. Casi no quería creer á mis propios ojos. Ya yo sabía que politiqueaba ese gaznápiro y aun que embadurnaba algunos artículos en los periódicos, aunque siempre me figuré que serían tan suyos como las composiciones que tú le sacabas en la cátedra; pero ¿cuándo podía imaginar que me lo había de ver hecho un personaje importante pasando por debajo de los arcos triunfales como si viniera de conquistar las Galias ó vencer á los Escythas? ¡Y que no iba finchado el bodoque, balanceándose en la carretela, como si toda su vida hubiera andado en ella!

—Siempre ha sido usted injusto con Mendoza, don Juan. Cosas más portentosas le quedan aún por ver.

—Lo creo, no me lo jures. Si son éstos los hombres con que contáis para regenerar el país, lo he de ver pronto convertido en jigote.

Y maldiciendo de la gloriosa revolución, y despreciando en Brutandór á todos sus muñidores, despidióse amistosamente, no obstante, de Miguel, por el cual nunca había dejado de sentir predilección.

Poco se había curado éste del movimiento revolucionario, aunque figurase como un adepto decidido de las doctrinas democráticas. El cuidado interior de su espíritu, que comenzaba á cultivar entregándose sin tasa á la lectura, y la vida doméstica absorbían demasiado su atención para no consagrar á la política solamente una parte pequeña de sus fuerzas. El mismo periódico cuyo gobierno había tomado con ilusión, concluyó por fatigarle. Las eternas polémicas, la fraseología empalagosa de los artículos de fondo, causáronle tedio pronto, y ansiaba el momento de dejarlo y entregarse de lleno á otros trabajos más serios y útiles. En su vida doméstica era feliz; mas no al modo que había imaginado serlo. Porque pensaba antes de casarse que el amor y las felices expansiones que él trae consigo habían de llenar por entero su existencia, sin que le quedase tiempo ni deseos para ocuparse en otra cosa. Y al ver que el amor ocupaba en su vida un lugar como accesorio ó secundario y que seguían preocupándole otros asuntos, tanto los que se referían á su vida exterior como los tocantes á sus estudios y meditaciones; que un contratiempo leve le entristecía y cualquier palabra malsonante le irritaba como antes; que muchas veces volvía del café excitado por alguna discusión y no eran bastante las caricias de su esposa para calmarle, él mismo se sorprendía y confesaba que otra mayor influencia y alcance concedía al matrimonio. La misma Maximina tenía que sufrir algunas veces el mal humor que otros le causaban fuera. Cuando su genio se hallaba templado para irritarse, cualquier pequeña contradicción bastaba para ello, y aun sintiendo la injusticia que cometía, no por eso dejaba de reprender á su esposa cuando el aseo de su cuarto, ó de su ropa ó cualquier otra menudencia por el estilo no estaba tan á punto como quisiera. Verdad es que en cuanto veía asomar las lágrimas á los ojos de aquélla, todo se turbaba y se lanzaba acto continuo á besarla y abrazarla. Y como á Maximina, así que sentía los labios de su marido en el rostro, se le borraban como por ensalmo todas las penas, el resultado era que sus reyertas (si este nombre puede darse cuando el uno riñe y el otro calla) duraban siempre pocos minutos. En resolución, que nuestro héroe padecía del mal que en los niños suele llamarse mimos, ó lo que es igual, que avezado á ver á su esposa constantemente dulce, cariñosa, sumisa, no se le ocurría siquiera que podía ser de otro modo, y no sabía apreciar, por lo mismo, en lo que valía aquella paz y suave calor del hogar tras de los cuales tantos hombres corren en vano.

Maximina, en cambio, gozaba de una felicidad casi celestial. La presencia de su esposo, del cual cada día estaba más enamorada, bastaba para mantenerla en un estado de dicha que rebosaba de sus ojos y se traslucía en todas sus palabras y movimientos. Cuando estaba en casa apenas apartaba de él la vista. Le seguía con disimulo á todas las habitaciones, y ponía empeño en verle hasta cuando se lavaba y vestía. Miguel la embromaba por esta persecución: algunas veces, cuando estaba de mal humor, le decía:

—Vamos, déjame que voy á arreglarme.

Y hacía ademán de cerrar la puerta. Pero ella respondía con ojos tan suplicantes:

—¡Por Dios, no me eches de tu cuarto, Miguel!

Que no podía menos de sonreir, y tomándola de la mano, la sentaba en una silla como á una niña, diciéndole:

—Bien está; pero no te muevas de ahí.

Cuando estaba fuera de casa, ni un instante se le apartaba de la imaginación: cuanto hablaba con las criadas, directa ó indirectamente siempre venía á referirse á él. Si mandaba limpiar los cristales era para que él no advirtiese que estaban empañados; si leía en el libro de cocina era para aprender algún plato que á él le gustase; la ropa que cosía era la de él, y de él era la cadena que limpiaba con polvos, y el pañuelo de seda que mandaba lavar á la doncella, y las camisas que enviaba á componer, porque ella no se creía con méritos para hacer competencia al camisero, no por falta de voluntad.

Las únicas nubecillas que cruzaban por el cielo de su dicha eran los inmotivados enojos de su marido, los cuales se repetían demasiado. Alguna vez le dijo llorando:

—¡Me lo daba el corazón por la mañana, porque hacía ya cinco días que no me reñías!

Miguel, enternecido, como siempre, al verla llorar, la acariciaba, y todo volvía á su habitual serenidad y contento.

Sin embargo, una nube pasó de mayor tamaño y más negra que las otras. Y fué que en el cuarto segundo de la misma casa vivía la condesa viuda de Montilla con dos hijas de veintitrés y veinticuatro años respectivamente, seis y siete, por lo tanto, más que Maximina. Las tarjetas, los saludos en la escalera y las sonrisas al balcón trajeron consigo las visitas, y éstas una muy fina amistad entre las chicas y la joven esposa. Eran aquéllas, si no lindas, bastante agraciadas por lo menos. La primera, Rosaura, una morena de facciones abultadas y ojos negros y hermosos, aunque un poco saltones; la segunda, Filomena, era delgadísima, de tez pálida, ojos verdes, de mirar extraño y malicioso, y cabellos rubios cenicientos. Había en esta muchacha cierta desenvoltura impropia de su sexo y educación, que caía en gracia á los hombres aún más que su figura. Con ésta gustaba Miguel de mantener conversaciones un tanto resbaladizas y se recreaba en ver con qué serenidad y desenfado salía la muchacha del atolladero y cuánto ingenio mostraba al retorcer las frases y darles el significado que ella apetecía. Y dicho se está que, siendo la ocasión peligrosa, algunas veces se les tienen ido los pies á ambos cayendo en procacidades de mal gusto. Maximina, cuando comenzaba uno de semejantes tiroteos, solía marcharse al balcón con Rosaura. Aunque sonreía, no dejaban de repugnarle. Cuando se quedaba á solas con su marido nada decía; pero en el modo de mentar á Filomena se percibía que no la profesaba grande estima.

—Pues á pesar de sus atrevimientos—solía decir Miguel—y de sus modales hombrunos, es una buena muchacha... mejor, á mi entender, que su hermana.

Maximina callaba por no contradecirle, aunque pensaba cosa muy distinta. Un vago sentimiento de celos, del cual ella misma no se daba entera cuenta, contribuía también á hacérsele antipática.

Así estaban las cosas cierto día en que Miguel, arrellanado en una butaca de su despacho, escuchaba tranquilamente á Maximina que, sentada á sus pies en un taburete y reclinando la espalda en sus rodillas, le leía Las aventuras del escudero Marcos de Obregón, escritas por Vicente Espinel. Mientras la niña leía, jugaba él con la trenza de sus cabellos, que traía suelta en casa por darle gusto. Tal lectura no debía de ser muy del gusto de Maximina, á juzgar por el modo perezoso y distraído que tenía de arrastrar la voz. Las novelas que le gustaban no eran estas en que todo lo que pasaba era vulgar y prosaico, sino otras cuyo enredo y aventuras extraordinarias picasen su curiosidad. Casi todos los libros que su marido le daba á leer le producían cansancio y sueño, sorprendiéndose no poco de que él los alabase y dijese pestes, en cambio, de los que á ella le placían. Acababa de leer un capítulo terriblemente pesado para ella, cuando, volviendo de repente la cabeza y fijando en él sus ojos con expresión entre inocente y maliciosa, le preguntó:

—¿Te gusta esto?

—Muchísimo.

—Ya lo presumía. Cuando á mí no me gusta un libro siempre me digo ahora: ¡qué bueno debe de ser!

Pronunció estas palabras con tal ingenuidad y resignación tan graciosa, que su marido, riendo á carcajadas, le tomó la cabeza entre las manos y se la besó con entusiasmo. La niña, halagada por esta caricia, comenzó alegremente la lectura de otro capítulo.

Á la mitad de él estaría, poco más ó menos, cuando se interrumpió súbitamente, dejando escapar un ¡ay! reprimido y de singular entonación que sorprendió á Miguel. Se incorporó y pudo ver el rostro de su esposa enteramente rojo y reflejando un gozo casi místico.

—¿Qué te pasa?

—Acabo de sentir dentro de mí... así como una cosa...

—¿Qué cosa?—dijo él, adivinando perfectamente lo que era.

—Así como si un pie pequeñito me rozase suavemente.

—¿Y por qué no ha de ser el pie de tu hijo?

—¡Oh, Miguel! ¿Será?...

—Nada tiene de particular; has llegado ya al medio tiempo.

Maximina no quiso leer más; arrojó el libro sobre una silla y se puso de rodillas delante de su esposo. Comenzaron á charlar con viveza del niño.

—Oyes, ¿y por qué ha de ser niño y no niña?—dijo él.

—Porque yo quiero que sea niño.

—Pues yo quiero que sea niña y se parezca á ti... Pero hazme el favor de levantarte, porque si viene cualquier criada y te sorprende en esa postura, es muy ridículo...

—No, no; no quiero una mocosita fea que se parezca á mí. Quiero un niño, ¿lo oyes? un niño grande y robusto.

En aquel momento escucharon pasos al lado de la puerta, como Miguel se temía, y una voz que no era de ninguna criada preguntó:

—¿Se puede entrar?

Maximina se puso en pie de un brinco.

—Adelante.

Entró Filomena en traje de levantar, con los cabellos en estudiado desgaire y el cuerpo sumergido, si vale la expresión, en una magnífica bata de seda azul adornada de encajes blancos. Nunca había podido lograr Miguel que su mujer se vistiera en casa de aquel modo elegante y suntuoso. La pobre chica no sabía más que ponerse los trajes que ya no le servían, porque le causaba pena, según decía, vestirse una prenda nueva para entrar y salir en la cocina.

—Me parece que he venido á estorbar—dijo la joven, fijando una mirada maliciosa en el rostro turbado y rojo de Maximina.

—No, no; de ningún modo—contestó ésta, turbándose mucho más.

—Con los recién casados hay que andarse con mucho tiento... Y eso que ustedes no son de los más pegajosos. He entrado sin llamar porque las criadas han dejado la puerta abierta... Pero si estorbo me marcho... Conozco hace tiempo el onceno mandamiento.

Aquel tono ligero y un tantico desvergonzado maravillaba y hería cada día más á nuestra provinciana.

—Al contrario: en este momento nos estábamos acordando de usted—dijo Miguel en el mismo tono ligero y festivo, á propósito para que no se le creyese.

—Hombre, ¿qué me cuenta usted?—repuso ella con ironía.—Pues he venido—añadió, sentándose en una butaca y poniendo una pierna sobre otra—á preguntar á usted si deja ir á Maximina con nosotras á la apertura del Real. Tenemos palco...

Aquélla hizo una mueca á su marido para que negase el permiso; pero éste, ó porque no quisiera ó no se atreviese á tanto, respondió:

—Mil gracias... Allá ella.

Filomena dirigió la vista á Maximina, y ésta, sin fuerzas para negarse ó dar cualquier disculpa, hizo un gesto ambiguo que la hija de la condesa interpretó como asentimiento.

—Bueno; á las ocho en punto pasaremos á recogerla. Usted puede ir al palco también si quiere... ó puede aprovechar la ocasión para irse á tunantear por ahí.

—¡Filomena, por Dios!

—¡Sí, sí, buenos son ustedes! La que se fíe está fresca.

Y levantándose se puso á enredar con la plegadera, el pisapapeles y todos los objetos que halló sobre la mesa, entre ellos un cajón de cigarros puros.

—Á ver qué cigarros fuma usted... ¡Hombre, qué pequeñitos y qué cucos! ¿Son flojos?

—Bastante.

—Pues va usted á ver cómo sé fumar también.

Y sin aguardar más, tomó un puro y le cortó con los dientes la punta. Miguel le entregó riendo un fósforo encendido.

—Tengo la cabeza muy firme—manifestó dirigiendo una mirada atrevida á Miguel.

Pero á los cuatro chupetones arrojó el cigarro, diciendo:

—¡Jesús, qué cigarros tan detestables fuma usted! Sabe á cordobán.

—¡Hipocritilla! ¡Lo que sabe es á mareo!

Filomena se encogió de hombros y empezó á recorrer con la vista los libros de la biblioteca, nombrándolos en voz alta:

Obras de Moliere... Descartes: Discurso sobre el método... ¿El método de qué?... Gil Blas de Santillana. ¡Uf, qué pesado es este libro! No he podido llegar á la mitad. ¿No tiene usted ninguna novela de Octavio Feuillet?... Pues tiene usted muy mal gusto... Platón: Diálogos. Goethe: Fausto. Me llevo este libro, Miguel, porque no conozco más que la ópera y me interesa mucho el argumento... Stuart Mill: Lógica... Santo Tomás: Theodicea. Lope de Vega: Comedias... Balzac: Fisiología del matrimonio... Este libro lo he leído yo: tiene observaciones muy finas y muy exactas... ¿No lo ha leído usted, Maximina?

Ésta la miró consternada.

—Es uno de los pocos libros que Miguel me ha prohibido leer.

Filomena clavó la vista en éste y sonrió de un modo particular como diciendo: «Ya te entiendo».

Después, repentinamente, con la viveza y desenfado que imprimía á todos sus movimientos, dejó la librería, abrió la puerta de la sala y penetró en ella. Maximina y Miguel la siguieron. Sentóse al piano y comenzó á teclear fuertemente una polka. Antes de concluirla se levantó y se dirigió al entredós, donde había dos grandes macetas de flores, y sumergió en ellas repetidas veces el rostro, aspirando con delicia su fragancia.

—¡Oh, qué hermosas flores! ¿Las han comprado ustedes?

—Me las ha mandado mi cuñada Julia.

—Voy á hacerle á usted un ramo—dijo Miguel.

—No; es lástima estropear una maceta.

—No se estropea; voy á hacerle un bouquet chiquito. Maximina, tráeme un poco de hilo y unas tijeras.

La niña fué por lo que se le pedía y se lo entregó gravemente sin decir palabra. Después fué á sentarse en el sofá, y desde allí contempló la factura del ramo.

Mientras ésta se llevaba á cabo, Miguel y Filomena no dejaban de tirotearse jugando del vocablo con sobrada libertad por parte de ella, y no mucho respeto por parte de él. Maximina atendía á lo que decían, sin quizá comprender una palabra; pero la expresión de sus dulces ojos iba siendo cada vez más grave y reflexiva. Al terminar, Miguel le entregó con sonrisa galante el ramo. Ella lo recibió con otra sonrisa graciosa.

—Por este rasgo de galantería le perdono todas las inconveniencias que me ha dicho. ¡Caramba, ya son las once!—dijo consultando el reloj que había delante del espejo.—¡Y mamá que me mandó subir en un verbo! Adiós, Miguel; hasta luego, Maximina.

Y salió como un cohete de la habitación, y abrió ella misma la puerta de la casa y la cerró. La mirada escrutadora y un si es no es burlona que dirigió á Maximina al salir, probaba que algo se le alcanzaba de lo que en aquel momento pasaba por su espíritu.

La niña había hecho ademán de levantarse; pero al ver la presteza con que Filomena huía, tornó á sentarse y quedó con los brazos caídos, la cabeza baja y los ojos en el suelo. Miguel la miró con el rabillo del ojo, y comprendiendo perfectamente lo que aquella actitud significaba, no quiso, sin embargo, dar su brazo á torcer hasta después de un rato.

—¿Qué tienes?—dijo acercándose y sentándose á su lado.

—Nada—respondió levantando á él sus dulces ojos nublados de lágrimas.

—¡Oh, qué tonta! ¿Celos de esa casquivana?

—No, no tengo celos—respondió la niña esforzándose por sonreir,—sino que me ha dado ahora una pena sin saber por qué... ¡Era tan feliz hace un momento!

—¡Y lo mismo lo eres ahora, aprensiva!—dijo abrazándola.—¿No es verdad que lo eres?... Díme que sí... Unas cuantas bromas con esa chicuela desvergonzada ¿bastarían para destruir tu felicidad? Eso no tiene sentido común...

Pocas más palabras necesitó para desvanecer la penosa impresión de su mujer, la cual, limpiándose los ojos, exclamó con voz temblorosa arrancada del corazón:

—¡Si supieras, Miguel, lo que te quiero!

Después de reconciliados, salieron ambos de la sala cogidos por la cintura.

XII

ULITA visitaba á menudo á sus hermanos; pero su presencia no era para ellos tan amena como antes. El carácter de la joven habíase modificado notablemente en los últimos tiempos. Rara vez soltaba ya la llave á aquella risa franca y comunicativa que causaba el hechizo de cuantos la oían; ni su conversación ofrecía el donaire y sabor picante que tenía pendientes á todos de sus labios. Se había vuelto más reservada y comedida: la sonrisa que brotaba de vez en cuando á su boca era melancólica: se había hecho irritable y susceptible: en el espacio de pocos días tuvo tres reyertas con su hermano por motivos bien livianos, cosa que antes muy rara vez solía acontecer.

—¡Qué lástima, Julita!—exclamó Miguel al fin de una de ellas.—Vas sacando el genio de mamá.

Hasta en su aspecto físico había experimentado algún cambio, y no favorable. Las rosas de sus mejillas habían empalidecido un poco; los ojos estaban guardados por un azulado círculo que, si les daba más realce, les quitaba también en parte aquella expresión, dulce y picaresca á la vez, que los caracterizaba.

Todas estas cosas habían observado Miguel y Maximina, y se las comunicaron entre sí repetidas veces con tristeza; pero una sobre todo les llamó la atención, y fué asunto de largos comentarios entre ellos; y era la antipatía invencible que Julia mostraba hacia su primo D. Alfonso, y el afán con que procuraba sacarle á plaza en la conversación, con el exclusivo objeto de denigrarle. No había defecto que el caballero andaluz no tuviese para nuestra chica, complaciéndose en enumerarlos y ponderarlos todos con escrupulosa atención. En este punto todos los días hacía un nuevo descubrimiento que se apresuraba á traer á sus hermanos. Una vez era que se había comprado una partida crecida de corbatas, por lo cual le declaraba en su concepto por hombre despilfarrado; otra se burlaba de él con inusitada crueldad por la batería de perfumes que tenía en su tocador; otras veces le motejaba de haragán, de no abrir jamás un libro; otras de rizarse el bigote con tenacillas; otras de grosero por no acompañarlas en el paseo. Pero lo que más le indignaba y ponía fuera de sí era que se retirase constantemente á las dos, á las tres y á las cuatro de la madrugada, y que dos ó tres veces lo hubiese hecho ya de día.

—¿Qué hace ese hombre después que sale del teatro? ¿Dónde se mete? Más vale no pensar en ello. ¡De todos modos es asqueroso! ¡repugnante!

—Mal está—respondió Miguel;—pero no hay motivo para disgustarse tanto. Tu madre le ha convidado á pasar una temporada en su casa. Con no volver á admitirle en ella, está concluído.

Nada contestaba Julia á esto; pero al día siguiente volvía dando rodeos á poner á su primo sobre el tapete, ó, por mejor decir, sobre la picota.

—¿Sabes que me parece que Julia está enamorada de Alfonso?—dijo Maximina á su esposo una noche al tiempo de acostarse.

—Á mí también—respondió Miguel frunciendo el entrecejo,—y lo deploro, porque Saavedra es un hombre sin corazón y vicioso, que no se casará con ella, y si se casa la hará desgraciada... Y lo peor de todo es—añadió después de una pausa—que mamá está tan enamorada como ella. Ayer he querido hacerle una indicación sobre la inconveniencia de tenerle tanto tiempo en casa, y me atajó con una de esas salidas arrebatadas é impertinentes que ella suele tener; de modo que me quitó la gana de tocarle más este punto, y eso que lo creo muy necesario.

Hubo un momento de silencio, y Maximina exclamó:

—¡Pobre Julia!

—Sí, pobre Julia. Dios quiera que no tengas que decirlo con más razón que ahora.

En el par de meses que D. Alfonso pasó en Madrid, se divirtió cuanto le fué posible. Su nombre, su figura, su dinero y la fama de espadachín, que contrastaba gratamente con su carácter suave y apacible, le dieron entrada en la sociedad más selecta. Sus camaradas fueron inmediatamente los jóvenes á la moda, y las casas que frecuentaba las más aristocráticas de la corte. En la de su tía, lejos de hacer gala de esto, jamás decía dónde iba ni de dónde venía, ni mentaba en la conversación ningún episodio por el que se adivinase. Ponía, al contrario, particular cuidado en no hablarles de la alta sociedad, que ellas no frecuentaban, á fin de evitarles esta pequeña humillación, que para ciertas mujeres suele ser á veces dolorosa. Era el mismo caballero respetuoso hasta el extremo con su tía, afable y galante con su prima, dejando no obstante entrever en sus actos cierta frialdad orgullosa, que es la cualidad más adecuada para triunfar con las damas.

Una noche, al entrar en el teatro, Julia vió á su primo en el palco de una duquesa célebre en aquella época por su belleza y discreción, tanto como por sus conquistas. La actitud en que ambos estaban, retirados en el fondo é inclinados el uno hacia el otro hasta tocarse casi con las caras, la sonrisa insinuante de él y el gozo vanidoso que expresaba el rostro de ella, todo hizo tal efecto en la niña, que por un momento temió caerse, y sólo á duras penas pudo llegar á las butacas, donde madre é hija se sentaron. Repuesta de aquella sorpresa dolorosa, se dijo:—¡Pero qué tontería! ¿Por qué siento tal impresión, si no tengo absolutamente nada con él? Y aunque fuese mi novio, ¿qué tendría de particular que hablase con esa señora?—Saavedra les hizo en aquel momento un saludo gracioso con la mano. Julia respondió con una sonrisa forzada. La duquesa se volvió para ver á quién saludaba su amigo, y fijó los gemelos de un modo impertinente en aquélla. Julia, al sentir sobre sí la mirada, se puso tan seria que daba miedo verla. Y con el rabillo del ojo observó que la duquesa, dejando los gemelos, se inclinó hacia su primo y le dijo algunas palabras, á las cuales respondió éste mirando hacia ella de nuevo. En seguida la dama le dijo otras cuantas palabras con sonrisa medio burlona, que provocaron en Saavedra otra sonrisa fría y un gesto de displicencia.—Esa mujer le acaba de hablar de mí—pensó Julita, y se estremeció al ver el gesto de don Alfonso. Una ráfaga cálida de ira le abrasó el rostro, y arrojándoles una mirada fiera y despreciativa, murmuró:—¡Hablad lo que queráis; ya veréis lo que me ocupo yo de vosotros!»—Y en toda la noche no volvió, ni por casualidad, á entornar los ojos hacia el palco. En el intermedio entre el segundo y tercer acto, Saavedra vino á saludarlas, y se sentó detrás de ellas en una butaca desocupada. Un joven pálido con gafas vino por delante á hacer lo mismo, y se sentó en otra butaca. Julia los presentó á ambos con gran desembarazo:—Mi primo Alfonso Saavedra... El Sr. Hernández del Pulgar.—Después estuvo jovial y graciosa como nunca. La plática versó sobre el drama que se estaba representando, que era tremebundo y aciago como pocos de la escuela romántica. Julita hizo la parodia de las escenas más conmovedoras con no poca crueldad.

—Me pone nerviosa ese señor que tiene hipo y siempre está diciendo que se va á pegar un tiro. Me alegraría que se lo pegase pronto, y nos dejase en paz. ¡Ay, qué fatiga! No le envidio el novio á esa señorita tan sabihonda, tan antipática. Lo único que tiene envidiable es la facilidad para desmayarse. ¿Diga usted, Hernández, cómo se llama aquel señor tan furioso, que sin pasarle nada siempre está dado á Barrabás!

—D. Marcelino... Lo que yo no entiendo es por qué Mercedes rechaza á Fernando luego que se muere su padre.

—Hombre, porque el tener novio no es de luto rigoroso. ¡Y qué va á hacer esa señorita sin padre ni madre ni can que la ladre? Morirse, ¡como si lo viera!... Diga usted, ¿qué hacen D.ª Elvira y D. Marcelino metidos tanto tiempo en un cuarto solos?

Los jóvenes soltaron una carcajada y se miraron con malicia.

—¡Niña! ¿qué tonterías estás ensartando ahí?—dijo la brigadiera con acritud.

Julita se ruborizó comprendiendo que había ido demasiado lejos; pero no renunció á mostrarse alegre y expansiva, con una afectación que no se le escapó á D. Alfonso ni á su madre tampoco. Hernández del Pulgar se marchó encantado de su amabilidad y su gracia.

En el tercer acto, Saavedra tornó á colocarse al lado de la Duquesa, sin que Julita pareciese haberlo observado siquiera. Al salir del teatro llovía, y D. Alfonso las acompañó hasta dejarlas en un coche de punto. Cuando llegó á casa, media hora después que ellas, encontró á Julia tomando una taza de tila en el comedor.

Al encontrarse sus ojos, D. Alfonso sonrió, no muy claramente. Julita se puso fuertemente colorada. La sonrisa de D. Alfonso decía: «Ya sé por qué tomas esa tila». Los colores de Julita clamaban á voz en cuello: «¡Me has cogido infraganti!»

Á la entrada del verano Saavedra resolvió irse á pasar una temporada con su madre para después tornarse á París. Julia escuchó la noticia con indiferencia; hasta se puso á cantar poco después unas malagueñas al piano, dejando á su madre y primo conversar acerca del viaje. La brigadiera le rogaba que lo demorase algunos días. D. Alfonso se defendía suave, pero firmemente, alegando que se lo tenía ofrecido á su madre y que ya le había señalado el día en que debía llegar á Sevilla. Obstinábase la brigadiera en instarle, como mujer poco avezada á que le llevasen la contraria, y D. Alfonso no menos en resistir, como hombre cuyas resoluciones, aunque expresadas blandamente, eran siempre irrevocables. De pronto Julia interrumpió su canto y su solfeo, y volviéndose á medias dijo en tono seco y malhumorado: