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Maximina

Chapter 15: XIII
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About This Book

La novela sigue el regreso de Miguel a un pequeño pueblo costero y su cortejo a una joven tímida, cuyo pudor y modestia complican los preparativos de matrimonio y la convivencia familiar. A través de escenas domésticas y conversaciones se exploran las relaciones entre parientes y vecinos, la influencia de la madrastra, los celos de una hermana y la vida social local; se observan pequeñas hipocresías, afectos vacilantes y tensiones entre tradición y deseos personales. El relato combina observación psicológica con descripciones del ambiente costero y episodios cotidianos que revelan caracteres y costumbres del lugar.

—Mamá, le estás molestando. ¡Déjalo ya!

—No me voy por mi gusto, Julia—repuso D. Alfonso con dulzura.—Demasiado sabes que en ninguna parte lo paso yo mejor que aquí; y que al lado de la tía Angela y al tuyo no echo de menos nada; pero tengo deberes que cumplir con mamá, y tengo que hacer en Sevilla.

Julia escuchó estas palabras vuelta de espalda y se puso de nuevo á tocar y cantar sin responder palabra.

El día señalado por D. Alfonso para irse era un miércoles. Los dos ó tres que precedieron á su marcha Julia se mostró risueña é indiferente como antes; pero el círculo que rodeaba á sus ojos era más negro y dilatado. De vez en cuando se quedaba con ellos fijos en el vacío.

Saavedra tenía resuelto marcharse por la mañana en un tren mixto, con el fin de pasar el día en Aranjuez con un amigo que allí tenía casa de campo. Levantóse, pues, de madrugada, y después de arreglarse dió los últimos toques al equipaje. Su tía se levantó también para despedirle y prevenirle además algunas viandas. Pero Julia no dió cuenta de sí y permaneció cerrada en su cuarto, con enojo de la brigadiera, que la había llamado para que despidiese al viajero. Aprovechando un momento en que aquélla estaba ocupada en el comedor, Saavedra se deslizó con disimulo hasta el cuarto de su prima, levantó el pestillo suavemente y entreabrió la puerta. Julia estaba en el lecho. Sus ojos se clavaron con asombro en el intruso.

—¿A qué vienes?—dijo frunciendo la frente con severidad—¡Vete, vete pronto! ¡Esto es una cosa muy fea!...

Pero D. Alfonso, sin hacer caso, penetró tranquilamente en la estancia y dijo con tono humilde:

—Venía á decirte adiós, prima.

—Adiós—contestó la niña secamente y bajando los ojos al embozo de la cama.

D. Alfonso avanzó, y tomándole osadamente el rostro entre las manos y estampando en él un beso, dijo al mismo tiempo:

—A pesar de tanto desaire y tanta severidad, yo sé que me quieres...

La niña, confusa y encolerizada al mismo tiempo por aquella acción atrevida y por aquellas palabras, exclamó:

—¡No, no te quiero! ¡Mientes!... ¡Vete ahora mismo!

—Me quieres, y yo te quiero á tí—respondió D. Alfonso con gran sosiego acariciándole el rostro.

—¡Tonto, necio, presuntuoso!—gritó la niña cada vez más colérica.—No te quiero, pero si te quisiera, bastaría esto para que te aborreciese. ¡Vete!

—No soy necio y presuntuoso, Julia. Confieso humildemente que me muero por ti.

—¡Muérete cuando quieras, pero vete! ¡Vete ahora mismo, ó grito!

—No te apures más. Me voy—dijo él sonriendo;—me voy, pero ahí te queda mi corazón. Te escribiré en cuanto llegue á Sevilla.

Salió del cuarto y cerró. Quedóse un instante inmóvil y entreabrió de nuevo suavemente la puerta para mirar. Julia estaba vuelta de espalda y sollozando, con el rostro metido entre las sábanas.

XIII

N efecto, en todo el tiempo de su permanencia en Sevilla, no se acordó de escribirle, acaso porque otras bellezas y otros recreos le tuvieran subyugado, acaso por cálculo, acaso por ambas cosas. En cambio, á menudo mandaba epístolas muy cariñosas á su tía, al cabo de las cuales nunca dejaba de enviar recuerdos á Julia. Este rengloncito de recuerdos irritaba á la niña de un modo indecible. Para no oirlo leer solía escaparse á su cuarto así que veía á su madre con carta entre las manos.

Llegó el mes de Julio. La brigadiera escribió á Sevilla despidiéndose para Santander, en cuyo Astillero tenía alquilada una casita para pasar los dos meses más calurosos del estío. Contestó Saavedra diciendo que él se iba á Biarritz, y desde allí á París, y haciendo votos por que lo pasasen muy bien y Julia se divirtiese mucho.

Mas héte aquí que una tarde del mes de Agosto, hallándose ésta paseando en la Alameda con una familia, que habitaba también en el Astillero (su madre no había venido á la ciudad por estar con jaqueca), ve de repente á su primo paseando en compañía de unos jóvenes. Se puso horriblemente pálida, y acto continuo más roja que una cereza. Su naturaleza nerviosa y ardiente era incapaz de dominar las más leves impresiones, mucho menos las que como ésta la tocaban en lo vivo del corazón. Volvió la cabeza para no saludarle, y eso que advirtió en él ademán de acercarse. Á la vuelta siguiente hizo lo mismo, y así por tres ó cuatro veces, poniéndose tan seria y fruncida, que á cualquiera quitaría las ganas de abocarla. Mientras esto hacía, su imaginación le representó lo feo y extraño de su conducta, y calmada un poco la emoción, no pudo menos de decirse:—¡Qué necedad acabo de hacer!—Á la otra vuelta se encaró de lejos ya con Saavedra y le saludó cortesísimamente, aunque con marcada afectación. Después volvió á su gravedad.

Ó por deseo de ella, pues no estaba á gusto en el paseo, ó de la familia que la acompañaba, lo cierto fué que se retiraron temprano. D. Alfonso, que estaba á la mira, los vió irse. Al cabo de un rato también él se despidió de sus amigos y se fué al muelle, donde alquiló un bote para trasladarse al Astillero. Llegó allá cuando ya cerraba la noche. Despedidos los marineros, se subió lentamente por el frondoso montecillo sin querer preguntar por la vivienda de su tía, esperando que su buena ventura se la deparase.

Recorrió en poco tiempo todo el ámbito de aquel deleitable retiro contemplando las alegres casitas allí nuevamente edificadas, por cuyas ventanas comenzaban ya á verse algunas luces encendidas, deteniéndose frente á las verjas de los jardines por si veía alguna criada de su tía, ó á ella misma en persona ó á su prima. Al fin, en uno pequeñito donde crecían dos magníficas magnolias, que casi lo sombreaban todo, acertó á ver, debajo de un cenador cubierto de madreselva, á su prima sentada en un banco rústico con los codos sobre la mesilla de mármol y el rostro apoyado en las manos en actitud reflexiva. Traía puesto el mismo traje que en el paseo, y ni siquiera se había despojado del sombrero. Una luz extraña brilló en los ojos del caballero: acercóse á la puerta enrejada y chistó discretamente para no ser oído más que de la joven: levantó ésta vivamente el rostro, que súbitamente se le encendió al notar quién la llamaba: vínose después á la puerta y la abrió, saludando á su primo con una sonrisa graciosa, para compensarle, sin duda, de la mala acogida del paseo. D. Alfonso le tomó ambas manos y las apretó con efusión:

—¿Permites?...

Y sin aguardar respuesta, las llevó á los labios y las besó con no menos entusiasmo. La niña las retiró prontamente, pero sin que se apagase la sonrisa que iluminaba su cara.

—No puedo quejarme de mi suerte. Vengo al Astillero, y la primera persona con quien tropiezo, es la que más me interesa.

—¡Sí, sí, á mí con esas!—dijo Julia, sin ponerse tampoco seria.—Voy á avisar á mamá. Lo que menos piensa ella es que tú estés aquí.

—¿No se lo has dicho?

—Estaba descansando cuando llegué, y no quise interrumpirla—respondió la niña ruborizándose por la mentira que decía.

—Bien, pues no entremos todavía en casa: tengo antes que hablar contigo.

Y fué á sentarse en el banco del cenador, y se quitó el sombrero. Julia vaciló un instante; pero al fin también se sentó á su lado.

—¿Tú no sabes lo que yo tengo que decirte?—comenzó él mirándola amorosa y fijamente.

—No soy gitana, chico.

—Una gitana, precisamente, acaba de decirme en Sevilla que una morenita pícara y salada me ha de matar á desdenes.

—¿Y te lo has creído, inocente?

—¿Por qué no?

—Porque tú no puedes morirte más que de pillo.

—Mil gracias, prima.

—No las merece; adelante.

—Pues lo que tenía que decirte... ¿Sabes que era tanto que se me ha revuelto en la cabeza y no sé por dónde empezar? Me pasa lo que á los oradores que se cortan.

—Pues descansa unos minutos. ¿Quieres un vaso de agua?

—No hay necesidad; todo ello se reduce, como los mandamientos de la ley de Dios, á dos verdades: amarte sobre todas las cosas, y pegarme un tiro si tú no me quieres.

—¿Estás seguro de que son verdades?

—Segurísimo.

—¡Vaya todo por Dios! También en esto me he equivocado—dijo la niña dejando escapar con graciosa ironía un suspiro.

—¡Prima, prima, qué mala opinión tienes de mí! ¡Si supieses lo que pasa dentro de este corazón y qué bien aprisionado está en tus redes!

—¡Primo, primo, eres un pez demasiado grande para caer en mis redes!

—Pues yo te juro que soy tuyo, que ni pienso, ni aunque me maten puedo pensar desde hace tiempo en otra cosa más que en ti... ¿Sabes por qué no te he escrito desde Sevilla?...

—Sí; porque no has tenido ganas.

—Nada de eso; ha sido por ver si con la ausencia se apagaba esta hoguera que me consume...

—¡Hogueras y todo! ¡Calla, calla, no seas cursi!

—Ríete lo que quieras, no por eso es menos cierto que he sostenido conmigo una lucha cruel y que me he atormentado mucho para no escribirte... ¿Para qué? me decía. En vano es que conciba esperanzas, pues han de venir al suelo en seguida. ¿No me bastan los desaires que me ha dado?... Porque, prima, tú tienes un talento especialísimo para dar calabazas: no las das de una vez, sino que gozas en repetir un día y otro las tomas con refinada crueldad. Tengo apuntados en mi cartera los desaires, las malas contestaciones y hasta los insultos que me has dirigido en el espacio de dos meses... ¡Es cosa que pasma!... Mira... En buenas ó malas palabras me has llamado once veces viejo, veintisiete fatuo, veintidós tonto, seis orgulloso, una mal hijo, dos perdis, una D. Juan averiado, una descortés. Total, sesenta y un injurias... Aquí tienes...

—¡Qué tontería!—exclamó Julia riendo á carcajadas y dando un manotazo á la cartera que la hizo caer.

—Esta es la pura verdad—repuso D. Alfonso recogiéndola.—Y á pesar de todo ello, soy tan estúpido, que aún sigo queriéndote, mejor dicho, que cada día te quiero más, como lo prueba mi venida á Santander. Desde que me he separado de ti, Julia, no he tenido un momento de tranquilidad. Aunque procuraba por todos los medios imaginarios distraerme, no acordarme de ti, siempre tu imagen graciosa se interponía delante de mi vista. En Madrid padecía mucho, pues siempre estaba fluctuando entre el temor, la esperanza y la desesperación; pero en Sevilla, lejos de ti, echaba de menos esos sufrimientos y me parecía que el placer de verte, de escuchar tu voz y vivir bajo el mismo techo, los compensaban muy bien y aun quedaba ganancioso... No sé lo que me pasa; ó estoy loco ó me has dado hechizos. He recorrido el mundo y he tratado muchas mujeres; pues bien, te juro que ninguna me ha traído tan desasosegado, tan inquieto, tan fuera de mí como tú. Y que digo la verdad, bien lo sabes, pues no hay más que mirarme á la cara...

En efecto, D. Alfonso, al pronunciar estas palabras, parecía conmovido y tembloroso. Y como su carácter, aunque afable, era frío, impasible, con ribetes de desdeñoso, aquella emoción que en él se traslucía causaba doble efecto. Se había apoderado de una de las manos de Julia, y la apretaba entre las suyas. Ésta, roja de placer y sonriendo, exclamó con voz alterada también:

—¡Tan vivo lo pintas, que no va á haber más remedio que creerte!

—¡Sí, créeme, créeme, prima!—dijo Saavedra, besando con pasión la mano que tenía.—Porque aunque no me quieras, me llena de placer el que sepas que te adoro con toda mi alma. Mi suerte está echada. En tu boca está ahora mi salvación ó mi muerte. Merezco que me mates por la increíble simpleza de haber supuesto al marchar que me querías y habértelo dicho. ¡Cuánto me pesó después aquel acto! No me cansaba de llamarme necio, sandio y majadero...

—Pues mira, sigue llamándote ahora todo eso... por habértelo llamado antes sin razón—dijo Julia, lanzándole una mirada entre cándida y maliciosa.

—¿Será posible?...—exclamó Saavedra con ansiedad.

—Muy posible.

—¿De modo que me...?

—¿Quieres que te lo haga tragar con cuchara, primo?—dijo ella con impaciencia.

—¡Ay, prima hermosa, prima saladísima, prima divina, qué feliz me haces!

D. Alfonso, al mismo tiempo, la estrechó en sus brazos y acercó varias veces los labios al rostro de la niña, á pesar de la resistencia que ella le oponía.

—¡Basta, basta!—dijo, haciendo esfuerzos por irritarse y consiguiéndolo á medias.

En aquel momento un bulto blanco se acercó á la verja y dijo con voz chillona:

—Julia, Julita.

Ésta se desprendió con violencia de los brazos de su primo, y fué hacia allá.

—Esperanza; aguarda, allá voy.

Era una de las vecinitas que la habían acompañado al paseo; venía á invitarla á comer, anunciándola que después se bailaría. D. Alfonso se levantó y también se acercó á la verja y lanzó á la vecinita una mirada que, á ser ella de algodón pólvora, hubiera habido desgracias; pero dominándose prontamente, la saludó con toda cortesía. Rehusó Julia, bastante alterada, el convite, pretextando que su mamá estaba con jaqueca. La vecinita, no menos confusa, y mirando alternativamente á su amiga y D. Alfonso, no se atrevió á insistir y se retiró en seguida para ir á contar lo que había visto y lo que no había visto. Como ya era noche, los primos entraron en casa, donde después de los consiguientes y efusivos saludos cambiados entre tía y sobrino, se sirvió la comida. Mientras duró, las mejillas de Julia conservaron los colores que hacía meses se habían huído. Sus ojos brillaban risueños. En todos sus gestos y movimientos advertíase la viva emoción que la agitaba y una alegría que nada tenía de afectada como otras veces.

XIV

N deseo le retozaba á Miguel hacía tiempo por el cuerpo; y era el de reunir á algunos amigos en casa para celebrar á un mismo tiempo su matrimonio y la esperanza de tener muy presto un hijo. Aunque no se lo confesaba, lisonjeábale el intento de mostrarles su habitación, que, enteramente amueblada ya, estaba hecha una tacita de plata, todo nuevo y flamante, que daba gloria verla; y un poco, también, la vanidad pueril, aunque muy disculpable, de aparecer ante la sociedad como hombre de casa abierta y jefe de familia. Maximina, al escuchar la proposición, quedó turbada y confusa. Nunca había entrado en sus cálculos el «hacer los honores» de una reunión, por más que su marido la asegurase que sería de confianza. Cuando era simple tertuliana, esto es, cuando Miguel la llevaba por la noche á alguna casa conocida, se encontraba siempre cohibida y acortada, sin saber qué hacer ni decir, no quitando los ojos de él, para que la infundiese aliento; ¿qué sería ahora, obligada á saludar á todo el mundo, á decir á cada cual una palabra galante y á prevenir y adivinar sus deseos?—«¡Oh, Miguel; me voy á morir de vergüenza!»—Él se reía de sus temores y hasta hallaba un aliciente más para su proyecto, en ver á su esposa, tan niña, tan inocente y tan tímida, «oficiando de señora».

Al principio se pensó en un almuerzo; mas pronto se desechó el proyecto, atento que en el comedor sólo cabían cómodamente una docena de convidados. Después se imaginó dar por la noche lo que entonces estaba muy en boga, un te; pero á Miguel le pareció esto poco. Al cabo de muchas vacilaciones, se vino á resolver que sería una reunión ó soirée, con una semi-cena, compuesta de manjares fiambres. El pretexto para ella sería escuchar la lectura de un drama que su compañero de redacción, Gómez de la Floresta, había escrito, y que no acababa de representarse por intrigas de Ayala, García Gutiérrez y otros pocos ingenios que tenían vara alta en los teatros «y los monopolizaban».

—¿Pero no decías que era muy pesado ese drama, que te habías aburrido oyéndole?—preguntóle Maximina.

—Por lo mismo. En esta clase de reuniones es requisito indispensable que lo que se lea sea malo, porque todo lo que venga después de la lectura les parece á los convidados admirable. Con este drama, ya puedes traer champagne de treinta reales, que se lo beberán como néctar.

No entendió bien Maximina el razonamiento de su marido, y se le quedó mirando con los ojos muy abiertos; pero viendo que nada añadía para explicárselo, pasó á otro asunto, el de las invitaciones.—¿Á quién convidarían?—Por de pronto, á mamá y Julia.—Bueno; ¿y después?—Á la prima Serafina.—¿Quién la acompañará?—Que la acompañe Enrique.—¿Invitaremos á Eulalia?—Bueno; pero te advierto que no vendrá; su marido no acaba de tragarme.—¿Á las de Ramírez?—No hay inconveniente.—¿Á Asunción?—Tampoco.—Maximina se detuvo un instante, se puso más seria y dijo rápidamente:—Á las de arriba, por supuesto.—Una sonrisa imperceptible se dibujó en la boca de Miguel, y contestó:—Como tú quieras.—Á la tía Anita, también, claro.—Hombre, sí; me alegraré de ver á tío Manolo por aquí.—¿Y de hombres, á quién se invita?—Eso corre de mi cuenta.—¿Convidarás á tus compañeros de redacción?—Veremos; según como anden de ropa.—¿Y á Carlitos?—Sí; y será el encargado de ilustrar á la reunión sobre todos los puntos que se toquen.—¿Y á Mendoza?—¿Habíamos de dejar el más precioso ornamento?... Y eso que ahora, con el cuento de su matrimonio y la política, anda muy ocupado.

Ya que se acabó este negocio de las invitaciones, y se convino en escribir algunas cartas y visitar á ciertas personas para invitarlas personalmente, quedóse Maximina algún tanto pensativa y melancólica.

Al fin, cogiendo á su marido de la mano, y mirándole amorosa y tristemente, le dijo:

—Estoy segura de que te voy á avergonzar, Miguel... Yo no estoy acostumbrada á estas cosas. ¡Virgen María, cuánto daría yo por ser como una de esas señoritas tan elegantes y tan finas que tú saludas en los teatros! No sé cómo te has casado conmigo, que ni soy hermosa, ni puedo igualarme con las personas que tú tratas.

—¡Calla, calla!—dijo él tapándole la boca.—Estoy más orgulloso de haberme casado contigo, que si fuese con una princesa de la sangre.

—Yo sí, Miguel—repuso ella, rebosando sus ojos de amor y de dicha,—yo sí que estoy orgullosa de ser tu mujer, y que me hayas preferido á tanta mujer hermosa, elegante y rica, siendo una pobrecilla desvalida...

—Calla, calla... ó te muerdo—repitió él besándola con pasión.

En los días siguientes, como se había convenido, comenzaron los preparativos, y se pasaron las tarjetas de invitación. Miguel fué en persona á convidar á su tío Manolo.

Habitaba éste un magnífico cuarto en la calle del Pez. Con el matrimonio habían cambiado poco sus costumbres. Grave ofensa se le haría suponiendo que había cedido poco ni mucho en los prolijos cuidados que siempre había dedicado á su gallarda figura. Nada de eso. Las tinturas y cosméticos seguían en armonía con los últimos adelantos de la química; la faja y los tirantes en relación con los progresos de la ortopedia; el mejor zapatero de Madrid, el dentista más hábil, el sastre y el perfumista más acreditados. El tío Manolo era un monumento tan admirablemente conservado, que de él pudiera tomar ejemplo el Gobierno español para los suyos. No obstante, el tiempo despiadado había ido socavando aquel soberbio edificio, y ya algunas de sus grietas se percibían claramente en su fachada: las patas de gallo y las arrugas de todo linaje eran cada día más profundas: á despecho de los tirantes, se inclinaba un poco hacia adelante; el paso, en fin, no era ni la mitad tan ligero y firme como antes. No había duda que al menor descuido ó desmayo en su conservación vendría al suelo ruidosamente.

Miguel encontró á su tía Ana, por variar, al lado de la Chimenea, y eso que la estación aún no empujaba hacia el fuego. ¡En ella sí que su señoría el tiempo se iba cebando de lo lindo! Tanto, que era más fácil creer que la buena señora, una vez casada, había olvidado enteramente el cuidado y aliño de su persona, que no que en tan breve espacio se ocasionara tan fuerte estrago. Porque la intendenta tenía ahora todo el aspecto de una setentona; los cabellos ralos y blancos, el rostro desmayado y marchito, el talle de barril y las manos negras y arrugadas, que daba asco verlas.

—Adiós, tía, ¿cómo sigue usted?

—Regular, hijo, ¿y tú?—contestó ella perezosamente con voz quejumbrona.

—Yo bien, ¿y el tío?

—¿Qué sé yo cómo está tu tío?—repuso con acritud.—Ni me importa tampoco. ¿Y tu mujer? ¿Le molesta mucho su estado?

—Nada; sigue perfectamente.

Miguel observó que el tono despreciativo con que siempre hablaba la intendenta de su marido se había acentuado ahora de un modo alarmante. En la inflexión de la voz podía notarse no sólo desprecio, sino encono. Decidió, por consiguiente, no tocar este punto y llevar la conversación á otros parajes. Mas á pesar de sus esfuerzos, la intendenta traía, á menudo, la ocasión por los cabellos, para hacer alguna observación que recayese en desprestigio de su marido, cosa que á Miguel, como es natural, no le hacía ninguna gracia. Por eso, después de anunciarle el objeto de su visita, cortó la plática, pasando al cuarto de su tío.

Hallólo envuelto en una magnífica bata, sentado y leyendo un periódico, mientras el barbero daba los últimos toques con las tenacillas á las guías del bigote. No poco se alegró de ver á su sobrino, con el cual mantenía estrechas relaciones de camarada más que de tío. Desde luego aceptó con extremado gusto su invitación y le dió acerca de la proyectada cena prudentísimos consejos debidos á su luenga experiencia.—«Mira, díle á Lhardy que te prepare unas codornices trufadas como las que mandó hace pocos días á casa del ministro de Suecia, y unos sollos de río mechados, rellenos con baño de crema de cangrejos que he comido en el baile de los de Vélez. Después de esto encarga lo que quieras. Te participo que los vinos debes tomarlos en la bodega de Pardo de la calle del Carmen. Pide el Margot de diez años, y díle á Pardo que eres mi sobrino para que no te engañe... Te advierto que debe templarse un poquito momentos antes de pasar la gente al comedor. El champagne de la marca que yo tomo siempre, díselo. Jerez no tomes, yo te mandaré dos docenas de botellas de un barril que me han regalado; es de lo mejor que he bebido... Pero, en fin, yo iré por tu casa el día de la cena para prevenir lo que haga falta.»

Cuando se despidió el barbero, Miguel quiso sondar al tío acerca de su vida doméstica, pues no se le caía de la imaginación las palabras agresivas de la intendenta. Comenzó dando rodeos para llevar la conversación al punto que deseaba; mas cuando al cabo llegó, el tío Manolo le detuvo con un gesto lleno de dignidad.

—¡De mi mujer, ni una palabra, Miguel!

Extendió el brazo con majestad, frunció la frente terriblemente, y sus cabellos perfumados se agitaron sobre su cabeza inmortal.

Bien entendió Miguel, por las señas, que las relaciones de sus tíos no debían ser excesivamente cordiales, y determinó observarlos en silencio.

—Vamos á almorzar, que es hora—dijo el Sr. de Rivera sacando el reloj.—Tú almorzarás con nosotros, ¿verdad?

—Acabo de hacerlo, tío.

—Bien, entonces nos verás almorzar y saldremos juntos.

Pasaron al comedor, donde ya aguardaba la señora, y marido y mujer se sentaron á la mesa uno frente á otro, mientras el sobrino se acomodó no lejos de ellos en una silla. Pero una cosa le dejó estupefacto inmediatamente, y fué el ver al lado del plato de su tío, además del cubierto, un grande y magnífico revólver de seis tiros. Y su estupor creció al ver que el tío Manolo lo separaba suavemente un poquito como si se tratase del vaso, el tenedor ó cualquier otro de los enseres indispensables de la mesa; y todavía más al observar que su tía no hacía alto en ello y comenzaba tranquilamente á comer sus huevos cocidos como si fuese la cosa más natural del mundo. La imaginación de nuestro héroe comenzó á dar más vueltas que una rueda, perdiéndose en un piélago de conjeturas; mas nunca se atrevió á preguntar lo que aquello significaba, por más que la curiosidad le picase cruelmente, pues entendía sobradamente que cualquier pregunta sería indiscreta. No por eso se crea que renunció á saberlo; pero lo aplazó para mejor sazón.

El almuerzo se concluyó sin que ocurriese nada que pudiera exigir el uso del arma mortífera que el señor de Rivera tenía á su derecha, como era de esperar, dado que á la una del día no es costumbre que los salteadores penetren en las casas. La conversación fué general, aunque los esposos se dirigieran pocas veces la palabra, sobre todo el tío Manolo, que hacía empeño de prescindir por completo de su consorte. Esta, en cambio, lo ponía en lanzarle indirectas como balas rasas y pincharle y pellizcarle á su sabor hablando con el sobrino. El gallardo caballero, cuando el alfilerazo le dolía, clavaba una mirada iracunda en su dulce enemiga, y como ella se guardaba muy bien de sostenerla, sacudía la cabeza en testimonio de cólera, y hacía una mueca expresiva á su sobrino, cumplido lo cual tornaba á engullir lo que tenía delante.

Cuando hubieron terminado, despidióse Miguel muy cortésmente de su tía, y después de entrar nuevamente en el cuarto del tío Manolo para que se despojase de la bata, salieron juntos á la calle. En cuanto puso los pies en ella el Sr. Rivera, desapareció como por ensalmo el mal humor y la tristeza que le habían acompañado en el último tercio del almuerzo. Sacó la petaca, dió un cigarro á Miguel y encendió otro, comenzando á chuparlo con fruición mientras caminaban la vuelta de la Carrera de San Jerónimo. Miguel no podía, sin embargo, apartar de la memoria el revólver, y ansiaba descubrir el misterio que encerraba. Cuando hubieron doblado la esquina de la calle de la Puebla, hizo alto un instante, y le preguntó con osadía:

—Vamos á ver, tío, aunque usted me califique de indiscreto, voy á hacerle una pregunta, porque ya no puedo sufrir más la curiosidad... ¿Qué diablo significaba aquel revólver que usted tenía al lado del plato durante el almuerzo?

Nublóse otra vez al oir esto el rostro del ex-gentil caballero, bajólo hasta tocar con la barba en el pecho, y se puso nuevamente á caminar sin responder palabra. Al cabo de buen espacio, dejó escapar un profundo y dolorosísimo suspiro, y comenzó á decir con voz sorda:

—Has de saber, Miguel, que de algunos meses á esta parte mi vida es un infierno. Mi mujer (que, entre paréntesis, es la criatura más empalagosa que Dios echó al mundo) ha dado en la manía de pedirme celos. ¿Crees tú que un vejestorio semejante, un cuerazo, una zapatilla vieja tiene derecho á pedir celos á un hombre como yo? ¿No te parece que he hecho demasiado cargando con ella? Pues en vez de agradecerme este sacrificio, tiene la pretensión de que la adore, que me muera de amor por sus pedazos. Y como esto es el colmo del ridículo y no puede ser, me tiene comida el alma. Cuando me levanto, cuando me acuesto, cuando salgo de casa, cuando entro, cuando como y cuando duermo, ni un instante puedo disfrutar de sosiego: sobre todo á la hora de las comidas me martirizaba de tal modo, que llegué á comer la mitad menos, y aun eso me costaba trabajo digerirlo. No podía continuar así sin peligro de enfermar. Á grandes males, grandes remedios. Un día cogí el revólver y le dije:—«Si á la mesa me vuelves á decir otra palabra que me incomode, te meto una onza de plomo en la cabeza». Santa palabra fué aquélla, pues desde entonces no volvió á molestarme, y sólo hoy, prevalida de tu presencia, me ha lanzado algunas indirectas. Mi criado está encargado, al poner la mesa, de colocar el revólver á mi lado... Acaso te figurarás que tiene celos de alguna persona determinada y que yo hago mal en no desviarme de ella y quitarle de este modo ocasión para que me martirice; pues nada de eso hay. Cada día se cela de una mujer distinta, y ninguna vez acierta con la verdadera. Hombre, para que veas qué estúpida es, te diré que anteayer me envió una buena señora, á quien jamás se me ocurrió decirle por ahí te pudras, dos docenas de pastelillos, y sin más ni más, tiró la fuente al suelo y se puso á insultar al criado lo mismo que una sardinera. ¡Díme tú ahora si necesito paciencia, y si no me hubiera valido más haberme roto entrambas piernas, que haberme casado con esta calamidad!

Calló el tío Manolo y siguió un buen rato en silencio rumiando sus tristes meditaciones. Miguel no osó turbarle, pues harto comprendía que ningún consuelo eficaz podía ofrecerle. Al cabo, aquel varón magnánimo, más rico cada día en mortificaciones, detuvo otra vez el paso y preguntó con severa entonación al sobrino:

—Díme, Miguel, ¿no sabes de algún punto infestado ahora por el cólera ó por otra enfermedad contagiosa?

—No sé, tío—respondió aquél, pugnando por no reir.—¡Qué ocurrencia! ¿Acaso quiere usted matar á su mujer?

—Hombre, no; matar no. Yo no pienso en todo caso más que dejar á la naturaleza obrar... ¡Pero si tengo una suerte más negra! Figúrate que supe por un médico amigo que Madrid está lleno de calenturas y pulmonías por la mala costumbre de bajar al Prado por la noche en el mes de Septiembre. Pues bien: después de muchos ruegos y hacerme almíbar para ello, conseguí que mi mujer me acompañase á paseo unas cuantas noches. Vaya, me dije, si no pilla una pulmonía, lo que es unas calenturitas deben de caer, y como ella está débil... ¿entiendes?

—Perfectamente, ¿y las cogió?

—Calla, hombre, calla, ¡qué había de coger! El que cogió un catarro y estuvo cuatro días en la cama fuí yo. Aún no se me ha quitado la tos.

Caminaban á todo esto por la calle de Peligros, y vieron venir hacia ellos una joven no mal parecida, aunque traía las mejillas embadurnadas con colorete y lo mismo los labios. La ropa era llamativa y harto ligera. Al pasar sonrió frente al tío Manolo, dirigiéndole un saludo muy expresivo.

—¿Quién es esa muchacha?—preguntó Miguel.

—¿No la conoces? Es la Josefina García, una figuranta de los Bufos.

Y después de caminar algunos pasos más, añadió con cierta turbación:

—Mira, Miguel, si me dispensas voy á dejarte... Á las cinco nos veremos en la Cervecería, si tú quieres...

—Bueno, tío, bueno—respondió aquél sin poder reprimir una sonrisa.—Vaya usted donde guste. Ya nos veremos.

Y se despidieron con un apretón de manos.

XV

UÁNTO afán, cuánto disgusto costó á Maximina el preparar aquella fiesta! Su genio tranquilo se acomodaba mal con el de Miguel, sobradamente vivo y expedito. De aquí que al poner mano en los pormenores de la función se originasen desabrimientos entre ambos. Sin tener presente que era la primera vez que se veía metida en tales belenes, exigía Miguel de ella cosas imposibles. La pobre niña, viéndole enojado, hacía esfuerzos increíbles por acertar en todo, no porque el resultado le importase mucho, sino porque temía más que á la misma muerte cualquier reprensión de su marido. Este, sin comprenderlo, porque le cegaba la impaciencia, no las escaseaba en aquella ocasión, apurándola y mortificándola más de la cuenta. Sólo cuando después de alguna advertencia hecha en tono áspero veía asomar una lágrima á sus ojos se hacía cargo de lo injusto é insensato que había estado, y corriendo á ella la cubría de besos pidiéndole perdón. Maximina se ponía repentinamente contenta, y secándose los ojos le decía con inocencia conmovedora:

—Yo haré cuanto pueda por darte gusto. ¿No me reñirás más, verdad?

Concluyeron al fin los preparativos. Se compraron algunos nuevos muebles para el salón y se le adornó con elegancia. En el gabinete contiguo se puso la mesa, y en esta tarea les ayudó poderosamente el tío Manolo. Alquiláronse algunos criados para el servicio: se decoró convenientemente una de las alcobas para tocador de las señoras, adornóse la escalera con macetas de flores y se iluminó profusamente y lo mismo todas las habitaciones de la casa; al portero, mediante una buena propina, se le exigió que permaneciese en vela toda la noche con la puerta abierta y el portal iluminado. Tampoco se descuidó lo referente al vestido de Maximina. Miguel se empeñaba en que fuese rico y espléndido, á lo cual ella se oponía vivamente. Por último, se convino en dejarlo al arbitrio de la modista. Y el mismo día de la fiesta por la mañana vino aquélla con un traje sencillo, sí, pero de extremada elegancia. Mas ¡oh tristeza! aquel traje era descotado por delante en forma de corazón. Miguel encontró á su mujer abatida en un sofá con el vestido entre las manos y á punto de saltársele las lágrimas, mientras la modista, reprimiendo á duras penas la ira, sostenía que aquel reparo era impertinente, que ninguna señora cuando recibía en su casa en una tertulia de esta clase dejaba de descotarse poco ó mucho, y que el descote aquel era de lo más comedido que pudiera verse. Á todo lo cual replicaba Maximina dulce, pero firmemente, que ella no se había descotado jamás y que se moriría de vergüenza si ahora lo hiciese. Miguel trató de dar la razón á la modista, pero viendo la tristeza que se pintaba en el rostro de su esposa, y secretamente halagado por aquel delicado pudor, cambió repentinamente diciendo:

—Bueno, no se hable más del asunto. Si el traje se puede arreglar para hoy, que se arregle; si no, escoge entre los que tienes el que mejor te parezca.

Con dificultad se avino la modista á arreglarlo; mas viendo la firme resolución de los dos, no le quedó otro medio, y entre Maximina y ella excogitaron lo mejor para remediarlo.

Por la noche, después que la mesa fué puesta y el tío Manolo se marchó, quedaron los esposos solos con los criados. Maximina se encerró en su cuarto para vestirse y Miguel fué á hacer lo mismo al suyo. Cuando terminó, mandó encender todas las luces. Poco después de iluminada la casa, salió Maximina del cuarto hecha un botón de rosa.

—¡Oh, qué linda!—exclamó Miguel al verla entrar en el despacho, donde estaba arreglando los libros que andaban diseminados por las mesas.

La niña sonrió ruborizada.

—Vamos, no hagas burla de mí.

—¡Por qué he de hacer burla, criatura, si estás más hermosa que nunca!

En efecto, Maximina, que había embellecido mucho después del matrimonio, mostraba ahora toda la gracia fresca y sencilla con que el cielo la había dotado. La emoción le había prestado más color: la anchura, que ya bien se notaba en su talle, en vez de quitarle atractivo, se lo prestaba muy grande por el contraste que resultaba entre aquellas formas exuberantes que la maternidad iba imprimiendo en su cuerpo y la expresión enteramente infantil del rostro. El traje era de color de hoja seca: para cubrir el escote se le había puesto un peto de granadina muy tupida.

Miguel la tomó por las manos y la contempló algunos momentos con ojos de enamorado. Las cabezas de las criadas asomaron por la puerta para ver á su señorita.

—¿No es verdad que está muy linda mi mujer?—preguntó.

—Hermosísima, señorito.

—Parece mismamente una Virgen—dijo Juana.

—¡Eso sí que no!—repuso Miguel echando una mirada maliciosa á su talle.

—¡Quita, quita, tonto!—exclamó avergonzada, desprendiéndose violentamente de sus manos y echando á correr.

Se sentaron á la mesa como siempre; pero comieron muy poco: sobre todo Maximina estaba del todo inapetente. Ambos se interrumpían á cada instante para recordar algún pormenor que faltase, y más de una vez se levantó la señora á ejecutarlo por sí misma. Después pasaron al salón y aguardaron con impaciencia á los convidados. Maximina temblaba de emoción. Miguel mostraba una alegría inquieta, porque no estaba seguro de que la fiesta resultase agradable, y temía el ridículo. Cogió á su mujer de bracero y comenzaron á dar vueltas por la sala mirándose á los espejos. Maximina apenas se reconocía: se maravillaba de parecer una señora tan respetable y elegante.

—¡Lo ves!—decía Miguel.—Todo es apariencia en el mundo. Las personas que vengan no son ni más ni menos respetables que nosotros; por consiguiente, no tienes por qué asustarte.

Á pesar de estos alientos, Maximina cada vez los tenía menores. Á cada instante se le figuraba escuchar pasos en la escalera.

—Vamos, figúrate que yo soy un convidado que entro en este momento. (Miguel se dirigió á la antesala y volvió á entrar haciendo reverencias.) Señora, á los pies de usted; ¿cómo sigue usted? ¿El niño bueno?... (Digo, no, por el niño no se puede preguntar.) Tengo un verdadero honor y una gran satisfacción en asistir á esta soirée, donde mi amigo Miguel quiere mostrar á todo el mundo lo feliz que ha sido en su elección... Pero merece esta felicidad... Es un muchacho excelente. Tampoco usted, señora, tendrá que arrepentirse. La verdad es que ya tenía deseos de verle casado, y, aunque digno de envidia, lo mismo yo que todos sus amigos le deseamos cada día mayor dicha... (¡Vamos, mujer, dí algo!)

Maximina, en medio de la sala, inmóvil, escuchaba sonriendo con la boca entreabierta.

—¡Contesta, mujer!... Vaya, veo que nunca serás una estrella de los salones... ¡Ni falta de que lo seas!—añadió paso.

Y tomándola súbito por la cintura, se lanzó con ella por el salón, dando algunas vueltas de vals.

En aquel instante sonó el timbre. Ambos quedaron como petrificados: después se apartaron de prisa, y Miguel se entró en el despacho. El criado abrió la puerta y apareció un joven, que resultó ser Gómez de la Floresta. Miguel ya no se acordaba de que la lectura de su drama era el pretexto de la reunión. Experimentó leve malestar al verle con el manuscrito en la mano; pero no por eso le recibió con menos cordialidad. Los tres se sentaron en el despacho y departieron un rato largo, pues el poeta se había anticipado mucho. El primero que después llegó fué Utrilla, el ex-cadete de Estado Mayor, á quien Miguel había convidado con gusto, tanto por la amistad que entre sí mantenían, como por la compasión que le inspiraba su ciego amor por Julita, y el deseo de que ésta se lo pagase. Venía de frac, lo mismo que Gómez de la Floresta. Llegaron después y sucesivamente los primos Enrique y Serafina, Mendoza, Julita y su madre con Saavedra, Rosa de te y Merelo y García, las de Ramírez, los primos Vicente y Carlitos, Asunción y otras dos señoritas cuyo nombre no recordamos, y algunos convidados más. Sucedió lo que Miguel tenía previsto: Maximina, sonriente y ruborizada, recibía á la gente sin las frases de cajón y decoradas que en tales casos se usan; pero su naturalidad y modestia causó en todos grata impresión. La señora de Ramírez dijo á Miguel en un aparte:

—¡Qué buena debe de ser su señora, Rivera!

—¿En qué lo conoce usted?

—Basta verle la cara.

—Sí que es muy simpática—dijo una de las niñas con acento protector.

Los tertulios formaban grupos y se conversaba alegremente. Gómez de la Floresta ardía de impaciencia. Al fin Miguel, no tanto por complacerle como porque todo marchase en buen orden, le invitó á comenzar la lectura del drama. Se puso en pie al lado de la chimenea, debajo de un candelabro. La gente se distribuyó convenientemente por las sillas y divanes. Un criado trajo en una bandeja varios refrescos, y los colocó como pudo sobre la chimenea, cerca del poeta. Tosió éste dos ó tres veces, paseó una mirada turbada por el auditorio, y dió comienzo á la lectura del drama, que se titulaba El agujero de la serpiente, y pasaba en tiempo de Carlos II el Hechizado. No hay para qué decir, conociendo al autor, que predominaba en él la nota lírica, las tiradas de versos sonoros, los adjetivos primorosos y exóticos. Había puesto á contribución para escribirlo las bellas y peinadas frases de los Esmaltes y camafeos de Teófilo Gauthier, y las no menos bellas, pero más espontáneas, de nuestro Zorrilla. El resultado era un empedrado de palabritas lindas en diapasón, que producía notable efecto musical, alternando con tal cual frase ó sentencia á lo Víctor Hugo. Ningún personaje decía, ni aun casualmente, las cosas por derecho. Antes de manifestar quiénes eran y de dónde venían, todos se anegaban previamente en un río ó cascada de perlas orientales, rayos de luna, aljófares, perfumes de la Arabia, arreboles, esmeraldas y zafiros, con lo cual se perdía el hilo del discurso de tal modo, que nadie lograba saber una palabra de su carácter y procedencia. Cuando estaba á la mitad del acto, entraron en el salón la condesa de Losilla y sus dos hijas, las cuales venían más tarde que las otras, por estar más cerca que ninguna. Con su aparición se interrumpió algunos instantes la lectura. Levantáronse todos, y Maximina corrió á su encuentro. Las miradas de las señoras, ávidas, escrutadoras, pasaron minuciosa revista al vestido y aderezo de las chicas, que era en alto grado elegante y original, sobre todo el de Filomena, quien tenía un privilegiado ingenio para inventar y combinar adornos, separándose de la moda cuando le convenía, ó retorciéndola á su capricho: sabía beneficiar su extremada delgadez para ponerse trajes que á ninguna otra joven sentarían bien, y cuidaba, con un peinado extravagante, de dar más realce á la originalidad extraña de su fisonomía. Mientras duró el desorden, Gómez de la Floresta se bebió un vaso de grosella.

De nuevo comenzó la lectura. Al terminar el acto hubo muestras de aprobación, sobre todo entre las jóvenes, que aunque no habían entendido palabra, les sonaba muy bien. Algunos caballeros se quedaron en el salón mientras el poeta descansaba. Éste con otros varios se salió al pasillo á fumar.

—¿Qué opina Rosa de te?—dijo un tertuliano dirigiéndose al joven crítico.

Éste se ruborizó y pronunció algunas palabras incoherentes.

—Dejadlo, dejadlo con su dolor á solas—dijo Miguel, que se hallaba en el grupo.—Desde que los personajes de las comedias y novelas no toman resoluciones está desesperado.

El drama terminó á las once, con grande y mal disimulada satisfacción de todos y cada uno de los circunstantes. Durante el último acto, las niñas bostezaban de un modo angelical; los caballeros se hacían guíños expresivos en las barbas del mismo Gómez. ¡Entonces sí que estalló un aplauso nutrido y prolongado!: todos se deshacían en elogios y auguraban de él maravillas. El poeta, cortado, ruboroso, temblando de los pies á la cabeza, daba las gracias llevándose la mano al corazón, creyendo de buena fe que su obra ya estaba salvada de las garras del público. No sabía el mísero que muchos de los que le aplaudían le tenían aparejada una silba estrepitosa para la noche del estreno, en venganza de aquellas palmas arrancadas á la fuerza.

Pasaron después las señoras al gabinete, donde estaba servida la cena. Los caballeros se colocaron detrás, y dió comienzo entre ambos sexos á ese chisporroteo de frases insulsas y obligadas que constituye lo que llaman encanto de los salones. En aquel momento, después del drama de Gómez de la Floresta, no había palabra que no fuese ingeniosísima y que no excitase la alegría de los tertulios. Algo, y no mentiríamos si dijésemos mucho, contribuía á ello la perspectiva de la mesa bien provista y aderazada, como obra al fin del tío Manolo.

Saavedra había estado toda la noche sentado detrás de Julia diciéndole recaditos al oído, mientras Utrilla no lejos de ellos, y padeciendo como si le estuviesen tostando en parrilla, los acribillaba á miradas, proponiéndose llamar aparte á su rival y pedirle explicaciones tan pronto como la ocasión se presentase. Ya sabemos que en esto de los apartes era especialista. Digamos algunas palabras acerca del estado en que las relaciones de Julita, su primo y el ex-cadete se hallaban.

D. Alfonso pasó algunos días en el Astillero con su tía y prima, y en ellos se hicieron firmes sus amores con la última. Después se fué á París á arreglar sus asuntos y venirse definitivamente á España. En los primeros días de Septiembre, tornó en efecto á Madrid; mas no se alojó en casa de la brigadiera. Motivos de delicadeza que expuso á Julia le obligaron á ello. Mientras permaneció en París escribióle pocas cartas, y éstas en términos corrientes de primo afectuoso más que de amante. El orgullo de Julia le impidió pedirle explicaciones; mas á la vuelta él se apresuró á dárselas anunciándole en términos oscuros que deseaba guardar secretas por una corta temporada estas relaciones, á fin de arreglar sus asuntos convenientemente y declararse á su familia tan pronto como lo estuviesen y realizar la unión que tanto apetecía. Esta conducta reservada y algo equívoca, lejos de enfriar á Julia, cada día la iba haciendo más prisionera de su primo. El cual, fuera de las horas de dormir, se pasaba en casa de su tía casi todas las del día. Allí comía á menudo, y á menudo también las acompañaba al paseo ó al teatro. En cuanto á nuestro bizarro cadete, su suerte no podía ser más desdichada. Julita había roto con él toda clase de relaciones. Con tal motivo había descaecido del tal modo, que inspiraba compasión: el color de amarillo daba en verde: los huesos se le contaban á algunos pasos de distancia. Sólo una cosa había crecido en su cuerpo, y era la nuez: ésta había alcanzado proporciones realmente fantásticas.

Una de las veces que Miguel salió al pasillo, sintió que le tocaban en el hombro. Era Utrilla.

—D. Miguel, quiero pedirle á usted un favor.

—Usted dirá, querido.

—Necesito que usted, en compañía de otro amigo, se encargue de desafiar de mi parte á ese Sr. Saavedra, en este mismo momento. Pensaba hablarle yo, pero estoy algo excitado y no quiero exponerme á dar un escándalo en su casa.

Miguel quedó un instante suspenso, y al cabo dijo:

—Hombre, bien comprenderá usted que tratándose de un primo de mi hermana, y siendo por ella el motivo del enojo, yo no debo mezclarme en tal asunto... Pero por ser usted amigo mío muy querido, y porque deseo evitar disgustos, haré por usted cuanto me sea posible. Es necesario, sin embargo, que usted me prometa no dar un paso en este negocio y dejarme la entera resolución de él.

—Lo prometo.

Miguel quería ganar tiempo y evitar al pobre muchacho un grave disgusto, y también á su familia.

—Debo prevenirle—dijo después sonriendo—que Saavedra es uno de los famosos tiradores de armas.

—No me importa—contestó Utrilla, haciendo un gesto digno de Roldán ó de D. Quijote.

El hijo del brigadier le miró, asombrado de aquel valor ridículo y heroico á la vez.

Al volver al salón, después de haber dado algunas órdenes á los criados, topó casualmente con Filomena, que salía del tocador con una cajita de polvos de arroz en la mano.

—Tenía deseos de encontrarla á usted para decirle así bajito, bajito, que está usted preciosa, enloquecedora—dijo el infiel acercándose á ella con sonrisa insinuante y metiéndole la boca por el oído.

—¡Vamos, cállese usted, mala persona! Teniendo una mujer tan joven y tan graciosa, ¿se atreve usted á requebrar á las muchachas?

Se puso repentinamente serio; mas volviendo en sí inmediatamente, contestó riendo:

—La bendición del cura no ha podido privarme de mis cualidades innatas, y una de ellas es el sentimiento de la belleza.

—Todos ustedes son lo mismo; ¡el arte! ¡la belleza! Palabrotas con que pretenden disfrazar su poca vergüenza.

—Gracias, Filo, por haber hablado en plural, al menos. Conste de todos modos que me reservo el derecho de admirar á usted.

La chica alzó los hombros é hizo con los labios una mueca desdeñosa, y cogiendo repentinamente la brocha de los polvos se la pasó por la cara.

—¡Alto, alto!—dijo Miguel, reteniéndola por un brazo.—No se me escapa usted sin limpiarme.

—¡A que se figura usted que no tengo valor para hacerlo!-respondió dirigiéndole una sonrisa provocativa.

Y sin más aguardar, se puso á limpiarle con su pañuelo.

Los ojos de Miguel brillaron de un modo singular, y aprovechando lo cerca que tenía de los labios la cabeza de la chica, inclinóse rápidamente y los puso sobre su frente. Filomena la alzó con no menos presteza, y clavándole una mirada entre severa y maliciosa, dijo:

—¡Cuidadito, eh!

Cuando terminó, dijo Miguel:

—En pago de esta buena acción, la voy á conducir del brazo al salón.

La joven lo tomó sin decir palabra. Después del beso se había puesto seria.

Cuando entraron, todo el mundo estaba ya en él. Maximina, que estaba sentada en un diván hablando con Saavedra, los miró con una mezcla de asombro y desolación, que hubiera conmovido á Miguel si se hubiera percatado.

Una joven se había sentado al piano y preludiaba los primeros compases de un vals. El tío Manolo vino muy atento á invitar á Maximina, quien se dejó arrastrar por él al baile. Entonces Miguel, después de vacilar un instante (ó por remordimiento ó porque sabía lo celosa que su mujer estaba de Filomena), concluyó por invitar á ésta á bailar.

—Bailas muy bien, sobrina—dijo el tío Manolo, deteniéndose un momento á descansar.—¿Quién te ha enseñado?

—Miguel.

—No me sorprende: siempre ha sido Miguelito un famoso bailarín.

Bien lo veía, y á su pesar, la pobre Maximina, pues su marido pasó delante de ellos sin tocar apenas el suelo, llevando entre los brazos la liviana carga de Filomena. La niña no los perdió de vista un punto. Cuando cruzaron otra vez por delante de ella, fué del brazo y paseando. Miguel la dirigió una sonrisa, á la cual respondió con otra forzada.

—¿Qué tal mi mujer, tío?

—¡Magistral! Ni la Lola Montes.

—Bien lo veo; le ha convertido á usted en regadera.

En efecto, gruesas gotas de sudor le corrían al buen caballero por la frente, y allí se apresuraba á detenerlas con el pañuelo. Si hiciesen irrupción en las patillas, Dios sabe los sedimentos y las tierras que consigo arrastrarían.

Maximina, no obstante, se cansó pronto y manifestó deseos de sentarse. En cuanto lo hizo, Saavedra vino á colocarse á su lado. El tío Manolo se fué á invitar á otra joven.

Desde el comienzo de la reunión los ojos del caballero andaluz se habían clavado persistentes en Maximina y habían expresado con ligero temblor y cierre de los párpados absoluta aprobación. D. Alfonso era un inteligentísimo catador del sexo femenino. No se dejaba fascinar ni por el brillo, ni por la originalidad rebuscada, ni por los afeites: apetecía en la mujer la belleza y la gracia verdaderas, el atractivo inocente y la frescura. Como todo el que cultiva largos años con amor un arte cualquiera, había concluído por odiar lo que oliese de una legua á afectación, y prosternarse únicamente ante lo sencillo: el trato de las coquetas le divertía, pero no le subyugaba. Así que Maximina siempre le había sido extremadamente simpática, y lo había manifestado más de una vez en casa de su tía: decía de ella que su modestia é inocencia no eran de estos tiempos, sino del siglo de oro. En cierta ocasión que le había dirigido un requiebro embozado delante de la brigadiera y Julia, la niña se puso tan colorada, que don Alfonso determinó no volver á hacerlo, por temor de que se sospechase que la festejaba.

Aquella noche le había dado más golpe que nunca. Como ordinariamente Maximina no cuidaba mucho del adorno de su persona, la elegancia que á la sazón desplegaba le prestaba notable realce. El caballero andaluz, con la osadía sin límites que le caracterizaba, se propuso emprender una migajita de galanteo, sin consecuencias, por supuesto. Era demasiado experto para no comprender que en aquel caso se debía desechar la táctica habitual por inútil y comprometida. Nada de flores y requiebros; de miradas significativas, menos. Plática corriente y familiar acerca del baile, de los preparativos que la niña había tenido que hacer; preguntas y más preguntas, cuidando de repetir muchas veces su nombre, pues D. Alfonso tenía experimentado que á toda mujer le gusta esa repetición.

Maximina respondía con amabilidad, pero en pocas palabras. Había en su rostro cierta expresión distraída que disgustó al tenorio andaluz y un poco le descompuso. En vez de mantenerse firme en la actitud propuesta, se dejó deslizar y llegó pronto á dar señales del interés que le inspiraba.

Mientras tanto Miguel, después de llegarse á dos ó tres señoras y conversar breves momentos, tornó á colocarse al lado de Filomena. Ésta le recibió con mirada entre severa y burlona.

—¿Á qué viene usted aquí?... Márchese usted.

—Á contar los lunares que usted tiene en la mejilla izquierda: los de la derecha ya he averiguado que son siete, distribuídos con arreglo á los preceptos del arte.

—¡Ah! ¿Viene usted á insultarme?

—¿En qué crónica ha leído usted que un Rivera haya insultado jamás á una Losilla?

—Nunca hasta ahora; pero en los siglos venideros se sabrá que un Rivera ha tenido la descortesía de decir á una Losilla que trae lunares postizos.

—¡Vive Dios, que mentirá el cronista que tal refiera! El Rivera ha dicho, y resuelto está á mantenerlo con las armas en la mano, que la Losilla tiene hermosos lunares en su rostro, y que ellos son tales y de tal guisa derramados, que el más sutil artífice no los esparciría con más primor.

—Dejémonos de fablas. Lo importante aquí es que yo no quiero que usted se acerque á mí y tome ese aspecto de seductor aburrido, ¿lo oye usted? La gente se va á figurar que me está usted haciendo el amor.

—Bien; no le haré á usted el amor. ¿Qué quiere usted que le haga entonces?

Filomena volvió á lanzarle otra mirada de falsa cólera.

—¡Qué gracioso! ¿Sabe usted, Sr. de Rivera, que á pesar de su audacia, se me figura usted una criatura que quiere sacar los pies de las alforjas?

Miguel sonrió sin acortarse.

Maximina, allá enfrente, les dirigía frecuentes y tímidas ojeadas.

Mientras tanto Julia, que muy pronto había observado la atención persistente que su cuñada merecía á Saavedra y el empeño que mostraba en conversar con ella, estaba irritada y nerviosa hasta salírsele el enojo á la cara. Había procurado, en vano, con una llamada no muy oportuna traerle á su lado. Viéndose defraudada y humillada, ciega por los celos y ansiando vengarse, comenzó á coquetear de lo lindo con Utrilla. ¡Oh venturoso cadete, y quién había de decirte que en un momento habías de pasar de aquellos tormentos irresistibles á la cima de toda dicha y bienandanza! Porque tan pronto como Julita y él se acercaron, fué como si se tocasen los polos de la electricidad negativa y positiva. El amor estalló á la vista de todo el mundo. Julita sonreía, se ruborizaba, hablaba por los codos, le daba el abanico, y los guantes, y las flores del pecho, y se lo comía con los ojos; lo cual no era parte para que con el rabillo echase de vez en cuando á su primo y cuñada miradas como centellas.

Maximina procuraba con todas las fuerzas de su alma adivinar lo que su esposo decía á Filomena. La gravedad afectada con que ambos hablaban no la tranquilizaba. Sabía, por experiencia, que Miguel solía adoptar un continente serio para decir á aquella muchacha cualquier picardía que le viniese á la boca.

—¿No se acuerda usted nada de Pasajes?—le decía Saavedra en tanto.

—Un poco, sí, señor; pero aquí me encuentro muy bien.

—¿Cuántos meses hace que se ha casado usted?

—Hará nueve el cuatro del que viene.

D. Alfonso guardó silencio unos instantes y pareció reflexionar; al cabo dijo tristemente:

—¡Cuántas veces habré cruzado por Pasajes y habré visto aquellas casitas tendidas por las orillas de la bahía, sin que jamás se me hubiese ocurrido entrar en él!

—No ha perdido usted mucho. Todo el mundo dice que es un pueblo muy feo. Exceptuando la iglesia, que es bastante buena, la casa de D. Joaquín, la de Arregui y algunas en el Ancho, lo demás vale muy poco.

—Hoy, desde luego, no debe de valer nada; pero antes...

Maximina le miró sorprendida.

—Antes, menos que ahora: las mejoras que se hicieron son de cinco ó seis años á esta parte.

—Antes valía infinitamente más, porque estaba usted allí.

—¡Jesús! ¿Qué importa que yo esté allí ó deje de estar?—exclamó inocentemente la niña.

—Porque usted, aquí, y allí, y donde quiera que esté—repuso el caballero, picado por la indiferencia ingenua, sin asomo de coquetería, de la joven esposa,—será siempre un objeto precioso digno de llamar la atención de todos. Y lo que la hace más preciosa aún y más digna de admiración, es que usted no tiene remota idea siquiera de lo que vale; es usted una flor hermosa, fresca, aromática, que no sabe nada de sí misma...

Maximina no había oído estas últimas palabras. Sorprendiendo una mirada intensa de su marido á Filomena, no sabemos qué debió ver en ella, que la heló de espanto. Quedóse pálida como la cera, y acometida súbito de una idea que entonces juzgó salvadora, se levantó sin contestar á Saavedra, y dirigiéndose á Filomena, le dijo con voz ronca, esforzándose por sonreir:

—Filomena; ¿quiere usted ver aquella puntilla de que le hablé ayer?

Miguel y Filomena levantaron la cabeza sorprendidos. Miguel más avergonzado aún que sorprendido.

—Con mucho gusto, querida—dijo la joven.

Maximina echó á andar en dirección á la puerta. Filomena se entretuvo un instante á contestar á la última broma de Rivera.

—¿Viene usted, sí ó no?—dijo la niña parándose en medio del salón y lanzándole una mirada cargada de odio.

Jamás había visto Miguel en los ojos de su esposa aquella expresión, ni sospechaba tal energía en su voz.

—Voy, voy, Maximina—dijo la joven apresurándose á levantarse.

Y haciendo al mismo tiempo una mueca á Miguel, le dijo por lo bajo:

—¿Lo ve usted? Su mujer está ya celosa.

Miguel las miró salir, no sin algún sobresalto.

Saavedra, al ver levantarse á su pareja tan inopinadamente y con tal menoscabo de su fama de seductor, había fruncido la frente y se había mordido los labios con ira. Julia, que á pesar de hallarse embebida, al parecer, en la conversación con el cadete, no había perdido un solo pormenor de esta escena, lanzó una carcajada estridente. El caballero le dirigió una mirada atravesada y maligna, cuyo alcance estaba ella muy lejos de sospechar entonces.

El sarao terminó cuando el señor de Ramírez, sacando el reloj, anunció en alta voz que eran las dos y media de la madrugada. Varias mamás se levantaron como movidas por un resorte. Las niñas imitaron perezosamente su ejemplo. Formóse un grupo muy grande en medio del salón. Oyéronse adioses sin cuento, ruido de besos y carcajadas femeninas. Á la puerta de la escalera los jóvenes esposos despedían á sus tertulios ayudándoles con los criados á ponerse el abrigo y recibiendo de ellos las gracias y la enhorabuena. Después todo quedó en silencio.

Los jóvenes se volvieron al salón. Maximina se hallaba extremadamente pálida, según pudo percibir su marido con el rabillo del ojo. También notó que se dejó caer sentada en un sofá. Él, haciéndose el distraído, bajó la luz de los quinqués que ardían sobre la chimenea, y colocó algunos muebles en su sitio. Al volverse una de las veces vió á su esposa de bruces sobre uno de los almohadones en actitud de sollozar. Se dirigió á ella y le dijo manifestando sorpresa:

—¿Lloras?

La niña no contestó.

—¿Por qué lloras?—añadió con frialdad cruel.

Tampoco contestó Maximina. Miguel esperó un instante en pie: después se sentó en el otro extremo del sofá. Las luces de las arañas ardían silenciosamente. No se oían más ruidos que los que los criados hacían allá en el comedor y la cocina. Percibíase en el salón un penetrante olor, producto de todos los perfumes que las damás habían traído consigo. El hijo del brigadier Rivera, con el cuerpo doblado hacia adelante y los codos apoyados en las rodillas, jugaba con un guante. Al cabo de prolongado silencio ella exclamó entre sollozos:

—¡Madre mía, qué desgraciada soy!

El rostro de él se contrajo violentamente con expresión colérica. Después de un rato, haciendo esfuerzos por dulcificar la voz, pero saliendo con todo áspera en demasía, dijo:

—Lo ignoraba en absoluto. No pensaba que fuese tan mal marido.

—No, Miguel, no—se apresuró ella á decir;—eres muy bueno para mí; pero hoy me has atormentado mucho... acaso sin saberlo.

Miguel dejó escapar una risita irónica.

—No soy yo quien te atormenta: eres tú misma. Te empeñas en ver visiones, te pones loca y cuando menos se puede imaginar, ¡zas! haces una barbaridad... El paso que acabas de dar levantándote en actitud airada á llamar á Filomena, y la dureza con que le has hablado, pudo habernos comprometido á todos... Por fortuna, ella es una chica de talento que ha sabido disimular...

—Sí, sí, disimula porque le conviene. ¡Ya lo creo que disimula!

—Vamos, no digas tonterías, Maximina.

—Digo lo que es verdad, lo que todo el mundo ha visto... Esa mujer te quiere ó desea atormentarme. En toda la noche no ha dejado de echarme miradas burlonas...

—¿Sabes que te pones muy ridícula con tus celos? ¿Por qué te había de mirar Filomena de ese modo? Demasiado conoces su carácter, que siempre está de broma, y que esa expresión jocosa es habitual en sus ojos.

—¡Defiéndela, hombre, defiéndela!—exclamó la niña con acento de dolor.—¡Ella es la buena, la santa, la mujer de talento! ¡Yo soy la tonta, la necia, la ridícula!

Miguel se levantó, echó una mirada colérica á su mujer, y alzando los hombros con desprecio, exclamó:

—¡Qué estupidez!

Y se alejó lentamente en dirección al despacho. Al sentir los pasos de su marido, Maximina levantó vivamente la cabeza, y gritó con suprema angustia, los ojos bañados de lágrimas:

—¡Miguel! ¡Miguel!

Pero éste, sin volver siquiera la cabeza, respondió con afectado desdén:

—¡Vete á paseo!

Y entró en el despacho.

¡Necio Miguel! ¡cobarde Miguel! Pasarán los años, y cuando acudan á tu memoria estas palabras, sentirás que se te desgarra el corazón y que las lágrimas abrasan tus mejillas. Pero en aquel instante, agitado por la cólera, no pensaba en su injusticia y crueldad, ni en el estrago que podían causar en el alma sensible y delicada de su esposa. Sentóse delante de la mesa, abrió un libro y se puso á leer; mas no logró recobrar la calma. Al cabo de algunos minutos, la conciencia comenzó á darle pinchazos; las letras se amontonaban delante de sus ojos sin poder descifrar su sentido. Cerró el libro, se levantó y entró de nuevo en la sala con un punzante deseo de reconciliación. Maximina ya no estaba allí. Dirigióse al gabinete y la alcoba, y no la halló. Fué al comedor y á las habitaciones interiores: tampoco. Preguntó á los criados, y éstos no pudieron darle cuenta de ella. Entonces, imaginando que enojada se había metido en cualquier escondite de la casa, se puso á registrarla toda escrupulosamente. Mas, al pasar cerca de la puerta de la escalera, quedó extático y mudo, con la consternación pintada en el semblante.

—¿Alguno de ustedes ha abierto la puerta?

—No, señorito; no nos hemos movido de aquí.

Pálido como un muerto, cogió el sombrero de copa que pendía de la percha y bajó á saltos la escalera, que aún estaba iluminada. Halló al portero disponiéndose á apagar.

—Remigio, ¿ha visto usted salir á mi mujer?

El portero, la portera y la madre de ésta le miraron con asombro. Comprendiendo lo imprudente de aquella pregunta, añadió:

—Yo no sé si habrá ido á acompañar á mi madre y hermana hasta su casa. Mamá se sentía mal y mi mujer no quería dejarla marcharse...

—Señorito, nosotros no podemos decirle á usted nada con seguridad. Han salido muchas señoras... No pudimos distinguir.

—Hace poco—dijo una niña como de seis años—he visto salir á una señora sola...

—Nosotros habíamos ido al patio á llevar algunos tiestos de la escalera—manifestó la portera.

Miguel, sin más explicación, se lanzó á la puerta.

—Señorito, ¿va usted así? Va usted á coger una pulmonía.

En efecto, iba de frac. Deteniéndose y haciendo un gran esfuerzo sobre sí mismo para aparecer tranquilo, repuso:

—Es verdad; hágame el favor de subir por mi abrigo.

Cuando se lo trajeron dijo, poniéndoselo:

—Muchas gracias; les ruego no cierren hasta que yo venga. No tardaré.

—Pierda cuidado, señorito; aquí estamos.

Una vez en la calle, no supo adónde dirigirse. El corazón le daba saltos dentro del pecho; la ansiedad le turbaba por entero la inteligencia. Después de vacilar algunos momentos, emprendió su camino por la plaza del Ángel sin razón alguna para ello; pero tampoco la había para tomar otra dirección. Apretó el paso cuanto pudo sin ver á nadie más que al sereno allá en la esquina. Entró en la calle de Carretas y tampoco vió más que un grupo de jóvenes que se retiraban disputando sobre literatura. Al llegar á la Puerta del Sol, distinguió á lo lejos en la acera de la Carrera de San Jerónimo el bulto de una mujer. Experimentó una fuerte conmoción, y sin considerar que podían tomarle por un malhechor, echó á correr en pos de ella. Era una desgraciada, que al volverse para ver quién la seguía de aquel modo, encontró los ojos atónitos, espantados, del joven.

—Oye, querido—le gritó con voz ronca.

Pero Miguel ya había huído desalado por la calle del Príncipe. Y de repente se encontró otra vez en la plaza de Santa Ana. Entonces se detuvo, y apretándose las sienes con las manos, exclamó con angustia y en voz alta:

—¡Dios mío, qué me pasa!

Miró á todas partes con abatimiento, y no viendo á nadie, penetró en los jardines del centro para llegar primero á su casa y pedir auxilio al portero. Mas hete aquí que cuando ya estaba cerca de ella, ve sobre uno de los bancos que allí hay, blanquear el vestido de una mujer. No tuvo necesidad de dar muchos pasos para cerciorarse de que era la suya.

—¡Maximina, Maximina!

La niña, que sollozaba con la cabeza apoyada sobre el respaldo, la levantó con viveza. Miguel la tomó por la mano, la levantó suavemente, la obligó con la misma suavidad á apoyarse en su brazo, y salvó en silencio la distancia que le separaba de su casa. Al entrar en el portal, dijo con naturalidad, en alta voz: