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Maximina

Chapter 18: XVI
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About This Book

La novela sigue el regreso de Miguel a un pequeño pueblo costero y su cortejo a una joven tímida, cuyo pudor y modestia complican los preparativos de matrimonio y la convivencia familiar. A través de escenas domésticas y conversaciones se exploran las relaciones entre parientes y vecinos, la influencia de la madrastra, los celos de una hermana y la vida social local; se observan pequeñas hipocresías, afectos vacilantes y tensiones entre tradición y deseos personales. El relato combina observación psicológica con descripciones del ambiente costero y episodios cotidianos que revelan caracteres y costumbres del lugar.

—¿Por qué no me has avisado, mujer? ¡Buen susto me has dado!

Los porteros les saludaron.

—¿Podemos cerrar ya, señorito?

—Cuando ustedes quieran.

Subieron la escalera con el mismo silencio: entraron en casa, y después de haber dado las órdenes oportunas para que todas las luces se apagasen, Miguel condujo á su mujer hasta la alcoba; echó el cerrojo á la puerta, y dirigiéndose á la niña, que le miraba llena de espanto y zozobra, la obligó á sentarse en una silla. Después, arrodillándose á sus pies y besando sus manos con efusión, le dijo:

—Perdóname.

—¡Oh, no, Miguel!—gritó ella en el colmo de la confusión y la vergüenza, haciendo esfuerzos desesperados por arrodillarse y levantar á su esposo.—¡No me avergüences, por Dios! Yo soy, yo soy la que debe pedirte perdón por la atrocidad que acabo de hacer, por el disgusto que te he dado... ¡Suéltame! ¡Suéltame!... ¿Me perdonas?... Estaba loca, loca rematada... Pensé que no me querías ya, y se me amontonó el juicio... Quería morir á todo trance.

—¡Quieta, quieta!—repuso él sujetándola con fuerza.—Mañana haz lo que quieras. Hoy me toca á mí pedirte perdón y jurarte por Dios que ni con la chica de arriba, ni con otra alguna, te daré más celos en lo que me resta de vida.

Y es fama que cumplió su juramento.

XVI

CAECIÓ que, paseando entre calles cierta noche límpida y fría del mes de Febrero, Maximina dijo á su esposo:

—Me siento muy fatigada. ¿Quieres que nos volvamos á casa?

—¿Es fatiga solamente?—preguntó él mirándola con interés.—¿No te sientes mal?

—Un poquito—respondió la niña apoyándose con más fuerza en su brazo.

—Voy á llamar un coche.

—No, no; puedo caminar perfectamente.

Apesar de sus buenos deseos, Maximina fué caminando cada vez con mayor dificultad. Observándolo su marido, se detuvo de pronto:

—¡Estás pálida!

—Me duele algo el estómago y me encuentro débil.

Miguel reflexionó un instante y dijo apretándole la mano:

—Ya sé lo que tienes. Voy á llamar un coche.

La niña bajó la cabeza, avergonzada como si le imputasen un delito.

En el primer simón que cruzó vacío, se restituyeron á casa. En cuanto estuvieron en ella, Miguel adoptó el continente de general en vísperas de una gran batalla. Comenzó á dictar á las criadas, en voz baja, órdenes breves y perentorias. Al poco rato no se oían sino pasos precipitados, cuchicheos: veíanse cruzar mujeres con ropas de cama entre las manos, platos, frascos y otros enseres. Llamaron suavemente á la puerta: eran la portera y su madre que celebraron, con las domésticas en el recibimiento, largo y agitado concilio, hablando en voz de falsete. Miguel presidió en silencio y con gravedad el arreglo del gran lecho nupcial, mientras Maximina, sentada en una de las butacas del gabinete, los seguía con la vista, pálido el semblante y demudado.

—¿Qué sábanas ponemos?

—Toma las llaves, saca las que quieras.

—¿Las mejores dónde están?

—En el estante de arriba.

—Pondremos una colcha de damasco.

—¡Se va á estropear!

—No importa; es la mejor ocasión para echarla á perder.

—¡Cómo te molestas por mi causa, Miguel!

—¿Por tu causa?—exclamó él entre sorprendido y enfadado.—¡Pues estaría gracioso que no me molestase por mi mujer en ocasión semejante!

La niña le pagó con una sonrisa amorosa.

La cama quedó muy pronto hecha. Juana la contempló entusiasmada.

—¡Señorito, parece un altar! ¿La de la reina, será mejor?

—Ya no hay reina, mujer. Hágame el favor de no estar así hecha un poste. Traiga usted la cocinilla y póngala sobre la mesa de noche... ¡Pronto, pronto! Y las otras chicas, ¿qué hacen en la cocina metidas?

—Las dos se han ido á recados.

—¿Qué, no han venido todavía?

—¡Pero, señorito, si acaban de salir!

—Vamos, déjeme usted de historias y vaya por la cocinilla.

Juana marchó toda sofocada. El señorito había cambiado repentinamente de genio: estaba como loco: iba y venía por la casa á grandes trancos: mandaba en un momento más cosas que antes en un mes, y se irritaba con todo lo que le decían. De vez en cuando se acercaba á su esposa, la acariciaba con la mano y le preguntaba lleno de ansiedad:

—¿Qué tal estás?

Más de cien veces había ido á la puerta y había pegado á ella el oído, pero nadie llegaba. Desesperado, emprendía de nuevo sus paseos agitados. Al fin creyó percibir pasos en la escalera... ¡Si sería!... Nada; el portero que subía con un telegrama para el piso tercero. ¡Malos diablos le lleven! Otra vez á esperar, ¡qué fatiga! ¿Dónde se habría parado esa maldita Plácida? De seguro que la estaba esperando el sargentito de ingenieros. ¡Qué poca humanidad tienen estas criadas! En cuanto pase el trance, la planto en la calle. Mejor me hubiera sido mandar á Juana, que al fin no tiene novio.

—¿Te sientes peor, Maximina? Un poco de te no te vendría mal... Voy yo mismo á hacerlo... ¡Valor!

—Lo necesitas tú más que yo, pobrecillo—dijo la niña sonriendo.

Al cruzar por el pasillo sonó el timbre de la puerta.

—¡Por fin!...

Otra decepción. Era la Condesa de Losilla que venía á ofrecerse «para todo». Las niñas no bajaban, por razones fáciles de adivinar.

—Pero, Rivera, ¿cómo está usted tan pálido?

—Señora, la cosa no es para menos—respondió él, mohino.

—¿Por qué, hijo mío?—dijo ella reprimiendo la risa.—Si la cosa no viene complicada, como es de esperar, no hay nada más natural y sencillo.

Miguel, á su vez, hizo esfuerzos por reprimir la indignación. ¡Natural que yo tenga un hijo! ¡Qué estúpida es la aristocracia!

Maximina recibió aquella visita con agradecimiento, pero avergonzada. La Condesa empezó á maniobrar en la casa, como consumada estratégica, ordenándolo todo con calma y acierto. Desde este punto, Miguel quedó enteramente oscurecido. Las criadas ya no hicieron caso alguno de él, y se vió necesitado á vagar como alma en pena por los corredores. Una vez que atajó á Juana para advertirle que no llevase la tila en un vaso, sino en taza, le contestó que la dejase en paz, que él nada entendía de aquellas cosas. Y fué preciso aguantar.

Al cabo ¡loado sea Dios! llegó la partera. Miguel la siguió más muerto que vivo al gabinete; pero la Condesa le dió con la puerta en los hocicos. Pronto volvió á abrirse, y en la sonrisa de todos comprendió que el asunto no iba mal.

—Señorito, viene derecho—dijo la comadre.

—¿De modo que no hace falta llamar al médico?

—Para nada, gracias á Dios; yo respondo.

Quedó tranquilo, como si una divinidad se lo prometiese. Pero á los diez minutos perdió repentinamente la fe. Aquella mujer podía engañarle ó engañarse; ¡quién se fiaba de una bruja de éstas! Acercóse cautelosamente al gabinete, y dijo, metiendo la cabeza por la puerta:

—Á mí me parece que bien podría llamarse al médico... por precaución nada más—añadió tímidamente.

—Como usted quiera, señorito—respondió secamente y con gesto desabrido la comadre.

—¡Rivera, por Dios! ¿No le ha oído usted decir que ella respondía?—manifestó la Condesa.

—Bien, bien; si ella responde...—contestó avergonzado. Y luego preguntó afectando sangre fría:

—¿Para qué hora estará el asunto despachado?

Las mujeres todas soltaron una carcajada. La partera le respondió en tono condescendiente:

—Señorito, no se apure. Será cuando Dios quiera y con toda felicidad.

Tornó á vagar como una sombra por los pasillos, no poco desabrido é inquieto. El resultado era que todo el mundo le encontraba ridículo en aquella ocasión, que se reían de él en sus mismas barbas. Y, sin embargo, no acababa de persuadirse á que debía fiar su felicidad y su vida entera á una mujerzuela ignorante. De buena gana hubiera llamado á cónclave á todos los médicos eminentes de la corte. «Á la menor complicación que haya, la ahogo entre mis manos», se dijo con rabia. Y con esta promesa consoladora se quedó algo más sosegado.

Al poco rato llegó su madrastra, y acto continuo comenzó á dar disposiciones. Vino en seguida la señora del tercero, esposa de un empleado del Tribunal de la Rota, y en pos de ella una criada cargando con un enorme cuadro que representaba á San Ramón Nonnato, el cual se colocó en el gabinete con dos cirios encendidos á los lados. También esta señora se puso á dar disposiciones en cuanto llegó. En fin, allí todo el mundo tenía derecho á dar órdenes menos el amo de la casa, al cual todas aquellas señoras y hasta las criadas se complacían en manifestar un profundo cuanto injustificado desprecio. «Porque al fin y al cabo—como él decía muy bien, paseándose con las manos en los bolsillos, el semblante fosco y desencajado,—yo soy el marido, y soy además el... ó lo seré, que es lo mismo.

No abría la boca el pobre que no fuese para decir un disparate, digno cuando menos de una sonrisa desdeñosa. Una vez, viendo á su mujer en pie, apoyada en Juana y la comadre, se le ocurrió manifestar que estaría mejor acostada en la cama. El sexo femenino compacto fulminó contra él una terrible mirada, que no sabemos cómo no le redujo á cenizas. La brigadiera, procurando reprimirse y suavizar la voz, le dijo:

—Mira, Miguel, aquí nos estás estorbando. Te suplico que nos dejes y ya te avisaremos á su tiempo.

Obedeció á su pesar. Al tiempo de salir vió en los ojos de su esposa una expresión tan afectuosa y triste, que estuvo á dos dedos de abrir de nuevo la puerta y decir: «Ea, señoras, yo soy el amo, ésta es mi mujer y ustedes se van por donde han venido». Pero reflexionó que el altercado ocasionaría un disgusto á Maximina, y devoró su enojo.

Condenado ya definitivamente al ostracismo de los pasillos, discurrió por ellos buen rato, prestando oído á los rumores del gabinete. Ansiaba oir la voz de su mujer, aunque fuese para quejarse; pero nada: se oían las de todas menos la de ella.

—¿Cómo va?—preguntó á la Condesa, que cruzaba para la cocina.

—Bien, bien; no se preocupe usted.

Trascurrida una hora y rendido á tanto paseo, fué al salón y se dejó caer en un sofá. Estuvo algún tiempo sentado, con los ojos muy abiertos, tratando de vencer el sueño que á despecho suyo se le iba apoderando. Pero al cabo fué vencido; extendió las piernas, colocó la cabeza cómodamente, dió un bostezo de á cuarta, y quedó hecho un tronco.

Era ya día claro, cuando tres ó cuatro mujeres invadieron precipitadamente la sala dando gritos.

—¡D. Miguel!...—¡Rivera!—¡Señorito!

—¿Qué pasa?—exclamó despertándose sobresaltado.

—¡Que ya tiene usted un niño! Venga usted.

Y le arrastraron á la alcoba, donde vió á su esposa sentada aún en un una butaca, el semblante pálido, pero inundado de una dicha celeste. También vió allá en un rincón á Juana con una cosa entre las manos que chillaba horrorosamente. Mas apartó al instante la vista de ella para dirigirse á su esposa, á quien besó con efusión.

—¿Has sufrido mucho?

—Muy poco.

—No haga usted caso—interrumpió la Condesa:—ha pasado bastante la pobrecilla.

Miguel salió del cuarto con el corazón en la garganta.

Cuando se vió solo rompió á llorar como un niño.

—¡Pobrecilla!—murmuró.—¡Ella padeciendo dolores increíbles sin exhalar una queja, y yo durmiendo aquí como un bruto! No me perdonaré en mi vida este acto de egoísmo... ¡La culpa la tienen esas mujeres—añadió con exaltación,—esas entremetidas que me echaron del cuarto!

Pronto se calmó su remordimiento para dar lugar á las mil gratas emociones de la paternidad. Quiso entrar otra vez, pero las mujeres ¡siempre las mujeres! se opusieron á ello en tanto que el niño no estuviese lavado y enrollado y la señora librada y en la cama. Cuando todo esto se hubo efectuado, pasó á la alcoba. Su esposa estaba más linda que nunca en el lecho, con una cofia de encaje adornada con cintas azules y descubriendo los pliegues de una primorosa camisa. Sentóse á la cabecera, y ambos se contemplaron embelesados. Con pretexto de tomarle el pulso, le apretó la mano larga y tiernamente. La brigadiera le presentó un paquete de ropa diciéndole:

—Ahí tienes á tu hijo.

Miguel cogió el paquete y lo elevó á la altura de los ojos. Y vió una carita redonda y amoratada sin narices, los ojos cerrados y la frente deprimida, de cuya boca relativamente enorme salían unos chillidos nada melódicos.

—¡Qué feo es!—dijo en voz alta.

Un grito de indignación se escapó de todos los pechos, incluso del de su esposa.

—¡Qué atrocidad, Rivera! ¿Cómo dice usted esas cosas?—¿De dónde saca usted que es feo, señorito?—¡Si precisamente es uno de los niños más hermosos que he visto, Rivera!—¿Quiere usted que ahora tenga las facciones perfectas?

—¡Quita, quita!—dijo la brigadiera arrebatándoselo de las manos.—¡Vaya unas flores que le echas al pobrecillo!

—Quisiera yo ver cómo era usted á las dos horas de haber nacido, señorito—dijo Juana.

Miguel, sin enfadarse por aquella falta de respeto, contestó:

—Hermosísimo.

—¡Hombre, cómo se ha echado usted á perder!—exclamó la de Losilla riendo.

—No tanto, señora, no tanto: seguro estoy de que mi mujer encuentra gratuita esa afirmación.

—Nada de eso—dijo la niña, haciendo una mueca de enfado.

—¡Maximina!

—¿Por qué le has llamado feo?

—Vaya, veo que aquí hay un caballero que me ha desbancado.

En tanto, el paquete andaba de mano en mano, no sin que protestase con chillidos cada vez más enérgicos de aquel importuno trasiego. Pero esta desesperación aciaga era precisamente lo que constituía las delicias de aquellas buenas mujeres: se morían de risa contemplando aquella boca abierta que dejaba ver las fauces, y aquel expresivo y rabioso manoteo preñado de amenazas.

—¡Anda, anda, qué pulmones tienes, chico!—Así me gusta, ensánchate, hombre, ensánchate.—¡Vaya un genio que gastas, criatura! ¡Qué mono se pone llorando!

La verdad es que estaba horrible.

—¡Ay, que se queda, señora! ¡Ay, que se queda!—gritó Plácida.

Todas acudieron asustadas.

—¿Cómo? ¿Dónde se queda?—preguntó Miguel dando un salto en la silla.

—En lloro, señorito.

El niño, la faz contraída y la boca abierta, guardaba silencio. La Condesa lo sacudió con todas sus fuerzas á pique de matarlo. Al fin dejó escapar un grito más rabioso que los demás, y todas respiraron con satisfacción.

—Vaya, hay que darle de mamar á este tunante; si no, se nos va á enfadar.

—¿Cómo se pondrá este chico para enfadarse?—pensó Miguel.

Metiéronle en el lecho y le pusieron en la boca el pezón maternal; pero se negó á tomarlo, no sabemos bajo qué pretexto. Las mujeres encontraron aquella conducta muy inconveniente. Maximina le miraba con ojos severos, haciéndole interiormente cargos durísimos. La Condesa pidió agua con azucarillo y untó con ella el pezón. Entonces el chico, seducido por aquella atención delicada, no vaciló en acceder á los deseos de las señoras y comenzó á chupar la teta con poca expedición, como aprendiz al fin en el oficio.

—¿Han visto ustedes qué picarón?

—¡Ave María, si parece mentira que tenga ya tanta malicia!

—¡Cosa como ésta nunca se ha visto, mujer!

—Es un pillo de playa.

Después de haber mamado, el chico se propuso hacer cuanto estuviese de su parte por confirmar esta favorable opinión que de su ingenio habían formado. Al efecto, abrió un si es no es el ojo derecho, y volvió acto continuo á cerrarlo, con gran asombro y regocijo de los presentes. Después, habiendo tropezado casualmente con su propia mano, comenzó á dar feroces chupetones en ella. No contento con esta gallarda muestra de talento, lo probó aún más cumplidamente cuando Plácida le puso su lengua en la boca. En un principio la chupó con afán; pero advertido muy pronto de la burla que se le hacía, se enfureció de un modo terrible y dejó entender con bastante claridad que siempre que se tratase de ajar su dignidad, le verían protestar en iguales ó parecidos términos.

Vuelto de nuevo á la cama, se durmió al instante como un obispo (el símil es de Juana) mientras su madre levantaba de vez en cuando el embozo de la cama para contemplarle con tanta ternura como infantil curiosidad. Habiéndose acercado Miguel al lecho con poco cuidado, su esposa pensó al parecer que iba á lastimar al chico.

—¡Quita, quita!—gritó con acento colérico.

Y le dirigió una mirada tan iracunda, que el joven quedó estupefacto, pues no podía imaginarse que ojos tan dulces fuesen capaces de lanzarla. En vez de enfadarse, se echó á reir como un loco. Maximina, avergonzada, sonrió, y su faz inocente volvió á adquirir el amable sosiego que la caracterizaba.

Por desgracia, aquel sosiego fué turbado inopinadamente al poco rato. Sucedió que, habiéndose despertado el obispo, hubo en el consejo femenino ciertas sospechas de que su ilustrísima no andaba muy limpio en toda su persona, y se decretó inmediatamente una inspección ocular. La Condesa lo colocó sobre el regazo, lo despojó de sus vestiduras, y en efecto, así era como lo habían pensado. Pidió acto continuo agua caliente y una esponja. Trajeron además frescos pañales, y con mucho donaire y no pequeña satisfacción, dió comienzo al arreo del infante. Pero hete aquí que la brigadiera, que ya estaba celosa de ella desde hacía tiempo y había declarado solemnemente, aunque por la bajo, á las criadas «que aquella buena señora era una fastidiosa entremetida», manifestó ahora en tono algo desabrido que la faja no debía ir tan prieta como la Condesa la ponía.

—Déjeme usted, Ángela, déjeme usted, que bien sé lo que hago—dijo ésta con cierto dejo de suficiencia, continuando en su tarea.

—¡Pero si queda esa criatura que no puede resollar, Condesa!

—Necesitan estar así los primeros días para que no salgan torcidos.

—Si antes los asfixia usted, ni torcidos ni derechos.

—No necesito que me enseñe nadie á enrollar niños. He tenido seis hijos y, gracias á Dios, todos están en el mundo, vivos y sanos.

—Pues yo no he tenido más que una hija, pero no hubiera consentido nunca que la enrollaran de ese modo.

—Pues yo le digo que no admito lecciones de usted, ni en esto, ni en nada...

Las palabras que se habían cruzado eran ya sobrado ásperas, y la actitud airada en que ambas señoras se encontraban hacía presumir que pronto lo serían mucho más. Los que asistían á la escena se habían puesto muy serios. Maximina, asustada, hacía pucheros para llorar. Entonces Miguel, irritado por aquel proceder, intervino diciendo suavemente, pero con firmeza:

—Señoras, tengan ustedes consideración con esta pobre muchacha, que ahora necesita tranquilidad y descanso.

La de Losilla levantóse con altivez, entregó el niño á una criada y salió de la estancia sin despedirse. Á pesar de sus ruegos, Miguel, que la siguió, nunca pudo lograr que volviese: antes, su enojo fué creciendo á medida que se acercaba á la puerta, y allí le dijo un adiós muy seco, subiendo á su casa con ánimo, al parecer, de no bajar otra vez.

—¡Esta mamá siempre ha de ser la misma! ¡Qué genio tan remaldito!—exclamó al quedarse solo.

Pero tal disgusto se le borró pronto de la mente, porque las circunstancias felices y excepcionales en que se hallaba eran á propósito para ello.

Estaba de Dios, sin embargo, que en la copa de su felicidad habían de caer algunas gotas de hiel. Por la noche, cuando, fatigado ya del trajín del día, se disponía á retirarse dejando á Plácida que velase á su esposa, se oyó el toque importuno de la campanilla de la puerta.

—Señorito, hay ahí un caballero que desea hablar con usted.

—¡Vaya una visita impertinente! ¿Le ha introducido en el despacho?

—Sí, señorito.

Nuestro nuevo papá se fué hacia allá arrastrando perezosamente los pies, muy resuelto á que la visita no se prolongase largo rato. Pero al entrar en su despacho quedó sorprendido no muy agradablemente el encontrarse con Eguiburu «el caballo blanco» de La Independencia. Las relaciones que con este señor mantenía estaban muy lejos de ser íntimas. Después que había dado su firma en garantía de los treinta mil duros gastados en el periódico, no había vuelto á verle sino otras dos veces, para tomar de su mano dos cantidades que sumaban doce mil, los cuales no se habían gastado todos en el periódico, sino que habían servido también para socorrer á los emigrados. Llamóle, pues, la atención aquella intempestiva venida y aun le puso inquieto y receloso.

Era Eguiburu un hombre alto, flaco, de cara pálida y rugosa, ojos azules y pequeños, cabello rubio, bastante ralo, y muy desgarbado de toda su persona. El traje que llevaba, compuesto de unos calzones anchos de paño negro, chaleco largo y un enorme gabán pardo que le bajaba casi hasta los pies, no ayudaba á prestarle la gallardía de que tan necesitado estaba.

Saludóle Miguel cortés y gravemente, preguntándole á qué debía el honor...

—Sr. de Rivera—dijo sentándose sin ceremonia, pues Miguel, á causa tal vez de la sorpresa, no le había invitado á hacerlo.—Es el caso que hace ya algunos meses que son ustedes poder...

—Alto, mi amigo; no hay en España un hombre más desprovisto de poder que yo... Ni siquiera soy subsecretario.

—Bien, quien dice usted dice sus amigos. Todos ocupan hoy grandes destinos: el Conde de Ríos embajador; el Sr. Mendoza acaba de ser elegido diputado...

—¿Y quiere usted compararme á mí, insignificante pigmeo, con el Conde de Ríos y con Mendoza, dos estrellas de primera magnitud en la política española?

—Pues mire usted, Sr. de Rivera, valga la verdad, la otra noche en el café de Levante no hablaban muy bien del Sr. de Mendoza sus mismos amigos.

—¿Qué decían?

—Decían, con perdón de usted, que era un alcornoque.

—Son calumnias de los envidiosos. No lo dude usted, amigo Eguiburu, de esa madera se hacen los hombres de Estado.

—Yo me alegro mucho de que así sea, señor. Pero es el caso, como decía, que á pesar de su talento y de las posiciones que ocupan, ni el Sr. Conde ni Mendoza se acuerdan de indemnizarme del dinero que hace tiempo vengo gastando.

—¿Ha hablado usted con ellos?

—Les he escrito una carta á cada uno. Mendoza no me ha contestado. El Sr. Conde, al cabo de bastantes días, me dice en carta que aquí traigo y usted puede ver, «que las gravísimas atenciones políticas que sobre él pesan no le consienten ocuparse por ahora de estos asuntos, los cuales hace tiempo que tiene encomendados á su antiguo secretario particular el Sr. Mendoza y Pimentel». Yo, á la verdad, como usted comprenderá muy bien, no tengo necesidad de andar mendigando de puerta en puerta lo que es mío. Así que, sin más dilaciones, me he venido á su casa de usted.

—¿Por qué no ha ido usted antes á la de Mendoza?

Eguiburu bajó la cabeza y empezó á dar vueltas al sombrero. Al mismo tiempo sonrió como pudiera hacerlo una estatua de mármol, si le diesen facultad para ello.

—El Sr. de Mendoza me parece que tiene poca carne para mis uñas.

Al escuchar aquellas palabras y ver la sonrisa que las había acompañado, Miguel sintió cierto frío por la espalda y guardó silencio. Al cabo de algunos momentos levantó la cabeza, y dijo en tono resuelto:

—En suma, viene usted á reclamarme los treinta mil duros, ¿no es eso?

—Lo siento en el alma, Sr. de Rivera... Crea usted que lo siento de veras... porque al fin y al cabo, usted no se los ha comido.

—Muchas gracias: posee usted un corazón sensible, y le felicito por ello. La desgracia está en que yo no pueda corresponder á esa delicadeza de sentimientos, entregándole en el acto los treinta mil duros.

—Bien, ya me los entregará usted.

—¿Tiene usted seguridad de ello?

Eguiburu levantó la cabeza, y clavó sus ojos azules y pequeñuelos en los de Miguel, que le miraba de un modo frío y hostil.

—Sí, señor—contestó.

—Pues también le felicito; yo que usted no la tendría.

—¿No se hace usted cargo, Sr. de Rivera—dijo el banquero con amabilidad exagerada para paliar el mal efecto que iban á producir sus palabras,—que tengo aquí un papel en toda regla firmado por usted?

Y se llevó la mano al bolsillo del gabán al decir esto.

Miguel guardó silencio otra vez. Pasados algunos instantes, dijo con voz donde se traslucía una cólera reprimida á duras penas:

—¿Es decir, Sr. de Eguiburu, que pretende usted nada menos que arruinarme por una deuda que le consta á usted que yo no he contraído?

—Yo no pretendo más que cobrar mi dinero.

—Está bien—dijo sordamente.—Mañana escribiré al Conde de Ríos, y veré también á Mendoza. Quiero saber si el Conde es capaz de dejarme en la estacada... Si así fuese, ya veremos lo que se ha de hacer.

Después de estas palabras, hubo un rato de silencio embarazoso. Eguiburu daba vueltas al sombrero, observando de reojo á Miguel, que tenía la vista clavada en el suelo, y cuyos labios se movían con un imperceptible temblor, que no pasaba inadvertido para el banquero.

—Hay un medio, Sr. de Rivera—dijo tímidamente,—de que usted salga del compromiso en que se ve, y tenga tiempo para exigir del Conde y los demás amigos que cumplan como es debido... Si usted me garantiza el dinero que he soltado después para el periódico, no tengo inconveniente en esperarle... Me duele poner la pistola al pecho á una persona tan apreciable como usted...

Miguel siguió inmóvil, con la vista en el suelo, en actitud reflexiva; levantándose después repentinamente, dijo:

—Bien, ya veremos cómo se arregla este negocio. Por de pronto, mañana hablaré con Mendoza. De lo que resulte de esta entrevista y de la carta que escriba al Conde, le avisaré inmediatamente.

Eguiburu también se levantó y alargó la mano con exquisita amabilidad á Rivera, para despedirse. Éste se la estrechó, y mirándole con fijeza, mientras asomaba á sus labios una sonrisa burlona, le dijo:

—¿Tiene usted mucho cariño á esos treinta mil duros?

—¿Por qué me pregunta usted eso?

—Porque sentiría que usted se hubiese encariñado demasiado estando en vísperas de separarse para siempre de ellos.

—Explíquese usted—dijo el banquero poniéndose serio.

—Nada, hombre, que si usted no se los saca al Conde de Ríos, lo que es á mí...

—¿Cómo? ¿Qué dice usted?

—Que yo no se los podré pagar jamás, porque tengo hipotecadas las dos casas que constituyen mi fortuna.

Eguiburu se puso horriblemente pálido.

—Usted no podía hipotecarlas porque tenía firmada una obligación. La hipoteca es nula.

—Las tenía hipotecadas mucho antes de firmarla.

El banquero se pasó la mano por la frente con abatimiento. Levantándola después vivamente y clavando en Rivera una mirada fulgurante, profirió tartamudeando:

—Eso es... una picardía... Le llevaré á los tribunales por estafador.

Miguel soltó una carcajada, y poniéndole familiarmente la mano en el hombro, le dijo:

—¡Buen susto ha recibido usted! ¿No es verdad, amigo? Quedo un poco indemnizado del que usted acaba de darme.

—¿Pero qué mil rayos significa?...

—Que se serene usted; las casas no están hipotecadas. Tendrá usted el gusto de arruinarme el día menos pensado—repuso el joven con amarga ironía.

En el semblante de Eguiburu quiso aparecer un amago de sonrisa, pero se borró súbitamente.

—¿Habla usted formalmente?

—Sí, hombre, sí; no tenga usted cuidado alguno.

Entonces la sonrisa que había huído, apareció de nuevo insinuante y benévola en los labios del banquero.

—¡Qué bromista es usted, Sr. de Rivera! Nadie puede saber cuándo habla de veras ó de burla.

—Pues entonces hace usted mal en quedarse ahora tranquilo.

Tornó á ponerse serio Eguiburu.

—No, yo no puedo creer que usted se burle de cosas tan...

—Tan sagradas, ¿verdad?

—Eso es, sagradas.

—Sin embargo, confiese usted que no las tiene todas consigo.

—De ningún modo; usted es una persona de talento... y todo un caballero además.

—Vamos, no me adule usted, que no hay necesidad.

Iban caminando hacia la puerta. Eguiburu experimentaba una inquietud que en vano quería ocultar. Dió la mano tres ó cuatro veces más á Miguel, cambió de fisonomía y actitud más de veinte; y cuando aquél le mandó ponerse el sombrero, lo colocó torcido y erizado sobre el cogote. Quiso cambiar de conversación para demostrar que estaba plenamente seguro de la honradez del fiador; le preguntó con mucho interés por su esposa y el niño, enterándose de los pormenores del alumbramiento. No obstante, cuando ya estaba en la escalera y Miguel á punto de cerrar la puerta, preguntóle en tono indiferente y jovial, donde se traslucía viva ansiedad:

—Aquello pura broma, ¿verdad, Rivera?

—Vaya usted tranquilo, hombre—contestó éste riendo.

Pero al quedarse solo aquella risa se extinguió. Permaneció un momento con los dedos en el pestillo: después fué con paso lento otra vez al despacho, se sentó frente á la mesa y apoyó el rostro sobre una mano cubriéndose los ojos. Así estuvo largo rato meditando. Cuando se levantó los tenía hinchados y rojos, como después de haber dormido mucho. Pasó á la habitación de su esposa. Al atravesar el pasillo sintió un poco de frío.

Estaba todavía despierta. Al lado de la cama se había puesto un catre para Plácida.

—¿Quién era esa visita?—le preguntó.

—Nada, un señor que viene á hablarme de asuntos del periódico.

Algo extraño debía de haber en el metal de la voz de Miguel al dar esta sencilla contestación, cuando su mujer se le quedó mirando con inquietud. Para librarse de este examen, dijo en seguida:

—¡Qué cansado estoy! ¡Tengo un sueño!

La besó en la frente, alzó el embozo de la cama, contempló un momento á su hijo dormido y rozó con los labios su cabecita. Volvió á besar á su esposa y salió de la estancia. Cuando se metió en la cama tiritaba y sentía, no obstante, calor en las mejillas.

Largo rato estuvo en el lecho con los ojos muy abiertos y la luz encendida. Un enjambre de pensamientos tristes cruzó por su mente; mil recelos y temores le asaltaron. Como todos los hombres de imaginación viva, se puso de un brinco en lo peor. Se vió arruinado, teniendo que descender él y su esposa de la categoría social en que se hallaban colocados. Se acordó también de su hijo.

—¡Pobre hijo mío!—exclamó.

Y estuvo á punto de sollozar. Pero hizo un esfuerzo viril sobre sí mismo diciéndose:

—No; llorar por perder dinero no lo hacen sino los mentecatos y los avaros. El que posee una esposa como la mía, y ésta le acaba de dar un hijo, no tiene derecho á pedir más á Dios. Soy joven, tengo salud. En último resultado, trabajaré para ellos.

Al murmurar estas palabras dió un soplo violento á la luz y tuvo energía bastante para tranquilizarse, quedando dormido al poco rato.

XVII

AN pronto como se vistió al día siguiente, y después de pasar al lado de su esposa un rato mucho más corto de lo que las circunstancias exigían, salió de casa y se dirigió á paso largo á la de Mendoza.

Alojaba éste á la sazón en una de las mejores fondas y más céntricas de Madrid. Cuando Miguel llegó, aún estaba durmiendo. Entró, sin embargo, en la estancia, y se autorizó el abrir por sí mismo las puertas del balcón, como amigo cuya familiaridad era ilimitada.

—Hola; por lo que veo duermes lo mismo que cuando no eras un grande hombre.

Mendoza se restregó los ojos y le miró sorprendido.

—¿Qué es eso, Miguelito? ¿Cómo tan de mañana?

—Amado Perico; lo primero que vas á hacer, es suprimir ese acento protector. Cuando haya gente delante no tengo inconveniente en que me protejas y en llamarte usía ilustrísima, si quieres; pero estando solos, hazte cuenta que no soy tu vasallo.

—¡Siempre has de ser el mismo, Miguel!—repuso Mendoza algo amostazado.

—Esa es la ventaja que me llevas. Yo siempre el mismo. Tú en cambio, haciendo cada día un nuevo y lucido papel en la sociedad. Estoy contento, sin embargo, con el mío; tan contento, que el temor de hacer otro distinto es el que me trae tan de mañana á turbar tus sueños de gloria.

—¿Qué quieres decir?...

—Que habiendo pasado plaza hasta ahora de persona bien acomodada ó, como decimos los letrados, hidalgo «de solar conocido» y «de devengar quinientos sueldos».—¿Tú no sabes lo que es eso?

—No—respondió con gesto de impaciencia Mendoza.

—Pues es muy sencillo. Si tú me pegas una bofetada (que no me la pegarás), pagas quinientos sueldos de multa. En cambio, si yo te la pego á ti (que todo podría suceder), no necesito desembolsar un cuarto... Pues bien; habiendo hecho hasta ahora ese papel en sociedad, me dolería en el alma empezar el de pobrete ó perdulario que no tengo estudiado.

—No te entiendo.

—Voy allá. Ayer noche se presentó en mi casa Eguiburu, y sin preámbulos me ha reclamado los treinta mil duros que se han gastado en La Independencia y que yo garanticé cediendo á tus ruegos... ¿Entiendes ahora?

Brutandór guardó silencio unos momentos, quedando en actitud reflexiva. Después dijo con la grave lentitud que caracterizaba todos sus discursos.

—Yo creo que esa cantidad no eres tú quien debe pagarla, sino el Conde de Ríos.

—Ah, ¿crees eso?... Pues entonces estoy salvado. En cuanto sepa Eguiburu esa opinión, seguro estoy de que no se atreverá á reclamarme un cuarto.

—Si te los reclama, es una felonía.

—Veo con gusto que no se han borrado de tu mente los principios inmutables del derecho natural. Pero ya sabrás que el derecho positivo está de su parte, y por si le ocurre hacer uso de éste en vez de aquél, quiero saber si tendréis estómago para dejar que me arruine.

Miguel se había puesto muy serio y miraba á su amigo con la expresión fría y dura que era en él signo de cólera reprimida. Mendoza bajó los ojos mostrando confusión.

—Mucho sentiré que te pase una desgracia, Miguel.

—No se trata ahora de tu sensibilidad. Lo que yo quiero saber al instante, es si el General está dispuesto á pagar esa cantidad.

—Yo creo que el General no tendrá otro deseo...

—Tampoco se trata de los deseos del General. Quiero saber, ¿lo oyes? quiero saber si paga los treinta mil duros ó no los paga.

—Habrá que escribirle. Ya sabes que está en Alemania.

—Es que si no los paga le llevaré á los tribunales. Tengo cartas suyas en que declara la deuda—dijo paseándose agitadamente por el cuarto.

Mendoza dejó trascurrir unos instantes, y replicó:

—Se me figura, Miguel, que no debes precipitarte, ni tomar la cosa por las malas. Adelantarás con ello menos.

—¿Por que me dices eso?—repuso el hijo del brigadier parándose.

—Llevándole á los tribunales no sacarás nada en limpio.

—¿Pues?

—Porque el General no tiene fortuna. La que disfruta toda está á nombre de su mujer.

Los ojos de Miguel brillaron de ira.

—¡Miserable!—murmuró sordamente. Y luego añadió:—Me voy convenciendo, además, de que tú eres tan puerco como él.

—¡Miguel, por Dios!

—Lo dicho. Tómalo por donde quieras... Me alegraré que sea por el peor sitio.

Mendoza no quiso ó no se atrevió á replicar. Le dejó seguir paseando en espera de que su cólera se calmase, como hombre que de antiguo le tenía bien conocido. En efecto, á los pocos minutos se encogió de hombros, detúvose junto á la cama, y echándole las manos al cuello con cariñoso ademán, le dijo riendo:

—He cometido una injusticia. Me olvidaba de que eres demasiado tonto para ser un pillo.

Mendoza no se enojó por esta singular rectificación.

—Tienes el genio tan vivo, Miguel, que cuando menos se piensa le dejas á uno sin sangre en las venas.

—Peor es dejarle sin dinero.

—Hombre, tú todavía no lo has perdido. Me parece que el asunto se ha de arreglar.

—¿Sabes el arreglo que me propone Eguiburu?

—¿Cuál?

—Que garantice también los doce mil duros restantes que ha entregado, y me esperará.

Mendoza no respondió. Ambos quedaron meditabundos.

—A mí no me parece tan mal—dijo al fin aquél.—Al General desde luego te digo que no se le podrán sacar los treinta mil duros: conozco bien sus asuntos, y sé que no está en situación de abonar esa cantidad. Pero si de su bolsillo particular no salen, pueden salir del Tesoro público. Me consta que el Gobierno ha abonado ya algún dinero (aunque no cantidades tan crecidas como ésta) de lo que se ha gastado en periódicos, extrayéndolo de los fondos secretos del Ministerio de la Gobernación. El asunto aquí es tener suficiente influencia para que el ministro se avenga á ello.

—Supongo que el General interpondrá toda la suya.

—Desde luego; y yo haré también cuanto pueda. Pero el General no está en Madrid, y ya sabes que estos negocios difíciles ni se pueden tratar por cartas ni se arreglan de ese modo casi nunca. Es menester andar siempre á la pista, sofocar al ministro con visitas, hablar á todos sus amigos para que no le dejen de la mano, y si posible fuera, amenazarle con alguna interpelación en las Cortes sobre un asunto delicado que no le agrade menear.

—¡Caramba, Perico, has hecho en poco tiempo grandes adelantos: conoces el teje maneje de la política al menudeo!

—¿Cómo al menudeo?

—Hombre, sí, porque esa no es la que definen y explican los tratadistas.

Mendoza se encogió de hombros, haciendo al mismo tiempo con los labios un gesto de desprecio.

—Bien; ¿entonces quieres que traigamos al General á Madrid?—añadió Miguel.

—Eso no es posible.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Mendoza meditó.

—Si tú hubieras sido elegido diputado, la cosa sería más fácil. Al fin y al cabo seríamos dos á pedir, y teniendo al interesado delante, el ministro se miraría más para negarse...

—¡Pero como no soy diputado!

Mendoza meditó otro rato, y dijo:

—Aún pudiera arreglarse todo. El General, aceptando la embajada, dejó vacante un distrito, el de Serín, en Galicia. Pronto se procederá á segundas elecciones. Si el Gobierno te acepta por candidato adicto, tienes seguro el triunfo.

Rivera guardó silencio, y pareció también reflexionar.

—Hasta ahora, Perico, no había pensado en ser padre de la patria. Ya sabes que no sirvo para vagar por los despachos de los ministros, que no tengo carácter para sufrir impertinencias y desdenes, ni talento para urdir una trama, ni osadía para meterme en intrigas tenebrosas. Estoy de tal modo conformado, que un continente frío me hiere, una palabra descortés me saca de mis casillas, una deslealtad me abruma y desconsuela. Soy incapaz de dar una palabra y no cumplirla: no tengo serenidad suficiente para mantener mi independencia frente á la simpatía y el cariño, ó la aversión que los hombres me inspiran: me apasiono y me exalto con excesiva facilidad, y bajo el imperio de la pasión digo la palabra que me viene á la boca, por peligrosa que sea. Además, tengo la desgracia de ver siempre el aspecto cómico de las cosas, y no poseo virtud bastante para contenerme y dejar de expresar mis observaciones. Los personajes de la política, cuando no son merodeadores dignos de la cárcel, me parecen, salvo honrosas excepciones, rebaño de hombres adocenados, ignorantes, que han tomado ese oficio por ser el más descansado y lucrativo, los unos intrigantes de aldea que vienen á repetir en el Congreso los mismos chanchullos que han fraguado en el Ayuntamiento ó la Diputación, los otros despechados de la literatura, las ciencias y las artes, que, no habiendo conseguido en ellas notoriedad, la buscan en el campo más accesible de la política. Un joven, á quien le han silbado un drama; otro, que ha hecho seis oposiciones á cátedras, sin resultado; otro, que ha escrito varios libros que permanecen vírgenes y mártires en las librerías. Éstos son los que, penetrando en el salón de conferencias, donde los porteros no le preguntan á nadie por sus méritos, y poniéndose bajo la égida de un personaje que ha empezado como ellos, escalan los altos destinos, y rigen andando el tiempo los del país... Pero me he puesto demasiado serio—añadió, bajando de tono y sonriendo.—El principal argumento que tengo para no dedicarme á la política, te lo diré en secreto... es que me aburre, ¿sabes? me aburre soberanamente. Sin embargo, como me encuentro amagado á una ruina, estoy resuelto á entrar en ella para rescatar mi fortuna, que estúpidamente he comprometido.

Brutandór le miraba con los ojos muy abiertos. Cualquiera podría imaginar, viendo su actitud, que Miguel hablaba un lenguaje enteramente incomprensible. Cuando terminó, el nuevo diputado se encogió imperceptiblemente de hombros, é hizo con los labios un gesto, que mucho le caracterizaba, el cual nadie podría saber á punto fijo si era de indiferencia, ó de desdén, ó sorpresa ó resignación. Miguel sostenía que su amigo Mendoza sólo era capaz de entender once cosas en el mundo. Cuando le decían una distinta de las once, en vez de contestar hacía la mueca indicada, y podía darse por terminado el asunto.

—Bien—dijo, observando aquel gesto.—Según eso, necesito que me presentes al ministro de la Gobernación.

—Te presentaré al Presidente del Consejo; tengo más confianza con él que con Escalante.

—Me alegro, porque Escalante no me es simpático, y al Presidente, al menos, no le conozco. ¿Quieres que vayamos esta tarde á la Presidencia?

Mendoza le miró estupefacto.

—¿Pero no sabes que hablo hoy en el Congreso?

—Perdona, chico, no sabía una palabra. ¿Y sobre qué hablas?

—Sobre la reforma de aranceles. Es el primer discurso que pronuncio. Hasta ahora no he hecho más que preguntas.

—No seas tan modesto, Perico. Ya sé que has presentado también una exposición de los vecinos de Valdeorras sin cortarte, ni cosa que lo valga.

—No te rías: el trance de hoy es muy serio.

—¡Terrible!... sobre todo para los aranceles. ¿Y cuándo te casas?

Mendoza bajó la vista y se puso un poco colorado.

—El día quince.

—Me alegro que entres por el buen camino—dijo alegremente Rivera, á quien no se le ocultaba la vergüenza de su amigo, y quería generosamente evitársela.—Vamos, vístete, hombre, que ya son cerca de las once.

—Almorzarás conmigo, ¿verdad?

—Hombre, ya sabes que hoy es un día para mí excepcional.

—Pues lo siento, porque después iríamos juntos al Congreso y tal vez, si la sesión terminase temprano, pudiéramos ir á la Presidencia.

A Miguel le sedujo esto último, porque veía claramente que sus treinta mil duros pendían de la influencia que supiese conquistarse. Después de meditar un momento, dijo:

—Está bien, pasaré un recado á mi mujer para que no esté intranquila.

Se sentó á la mesa de Mendoza mientras éste se vestía, y puso cuatro letras á Maximina. Al escribirlas, no pudo menos de decirse con dolor: «¡Extrañas circunstancias las que me obligan á dejar á mi esposa sola al día siguiente de haberme dado un hijo! Por ella y por él, sin embargo, lo hago. Si fuese solo, poco me importaría arruinarme».

Después de vestirse, y antes de bajar al comedor, Mendoza mostró á su amigo las joyas que iba á regalar á su futura. Eran magníficas y de última novedad. Miguel las alabó como merecían, pensando, no obstante, de dónde sacaría Perico el dinero para comprarlas. Y aunque buenas ganas se le pasaron de preguntárselo, tuvo la delicadeza de no hacerlo. Pasaron después á un gabinete particular del piso entresuelo, donde Brutandór tenía costumbre de almorzar solo. El camarero les sirvió un almuerzo excepcional, con ostras, vino de Borgoña y champagne helado á los postres.

—Esto es un exceso, Perico—le dijo.—Otra vez te prohibo que me trates con tal cumplimiento.

—El señorito almuerza siempre así—dijo sonriendo con visible satisfacción el camarero.

—¡Hola!—exclamó Miguel sorprendido.—¡Quién había de decir, Perico, que aquellos artículos de fondo tan pesados que escribías en La Independencia se habían de convertir pronto en ostras, filetes de ternera y borgoña! ¡Esto sí que en realidad es «el verbo hecho carne... y vino!»

Brutandór bajó la cabeza, y hubo datos para creer que aparecieron en su rostro señales precursoras de una sonrisa. No obstante, si alguno se empeñase en negarlo, no le faltarían argumentos para sustentar su opinión. Las sonrisas de Mendoza siempre admitían litigio.

Después de almorzar se trasladaron al Congreso, no sin que el anfitrión fuese á su cuarto y trajese en la mano un lío de papeles, que resultaron ser las notas para el discurso.

—¡María Santísima!—gritó Miguel.—¡Qué descuidados estarán á estas horas los pobres diputados sin pensar en el terremoto que les espera!

Llegaron demasiado temprano. Había poca gente todavía en el salón y los pasillos. Mendoza fué á juntarse á unos cuantos personajes, graves y solemnes como él, con los cuales empezó á departir. Cuando uno hablaba, los demás guardaban cortés silencio. Pudiera dudarse, sin embargo, de que le escuchasen muy atentamente. De lo que no cabía duda era de que cada uno se escuchaba á sí mismo con rematado deleite. Miguel se unió á un grupo de periodistas, donde reinaba alegría tumultuosa.

Cuando iba á comenzar la sesión fué con ellos á su tribuna, que al poco rato estaba de bote en bote. Eran rostros juveniles casi todos los que allí se veían, y reinaba constantemente tal desorden y algarabía que costaba trabajo entenderse. En vano los porteros, con una familiaridad que en cualquier otra parte se llamaría insolencia, los amonestaban á cada momento y los conminaban. Los periodistas no hacían caso de sus amenazas, y cuando se dignaban escucharlas, era para contestar con alguna burla sangrienta. Si el portero concluía por enfadarse de veras, no faltaba alguno que le desarmase abrazándole afectuosamente y prometiéndole un ascenso «para cuando fuese ministro». Los unos se entretenían en tajar el lápiz, otros dividían el papel en cuartillas, aquéllos sacaban de entre el chaleco y la camisa enormes carpetas. Parecía una orquesta antes de empezar la función. En caprichosas actitudes colocados, todos charlaban, reían, gritaban, dirigiéndose pullas, haciendo comentarios llenos de donaire acerca de los diputados que iban entrando en el vasto y suntuoso salón, los cuales levantaban hacia ellos ojos de cordero moribundo, pidiendo misericordia. Eran generalmente los rurales. Los que vivían en Madrid siempre tenían algunos conocidos en la prensa, á los cuales hacían señas y guiños desde abajo, y algunas veces les mandaban caramelos, y ellos les correspondían con cartitas en verso.

Cruzábanse entre unos y otros en voz alta frases agudas que hacían prorrumpir en carcajadas y estimulaban á la víctima á apretar el intelectu para responder con otra cuchufleta más picante todavía. Derrochábase en aquel incómodo recinto mucho ingenio y más alegría.

—¿Sabes, Juanito, que vas perdiendo el talento?—le decía á gritos un joven á otro.

—¿Qué he de hacer, hombre, si ya van ocho días que el director me manda á la Academia de ciencias morales y políticas?

De vez en cuando, promovíanse disputas acaloradas sobre los asuntos más extravagantes ó ajenos á la profesión de los contendientes, verbigracia sobre el modo de cargar los fusiles de aguja, ó de guiar un coche. Y chillaban y se encendían, hasta que los porteros les obligaban á callar ó la burla oportuna de un compañero los sosegaba.

El presidente subió á su alto sitial. Al momento le rodeó un grupo de diputados, á los cuales comenzó á repartir con paternal solicitud buena copia de caramelos. Estos caramelos, que en aquella época no costaban más que veinticinco duros diarios al Estado, son una institución cuya historia por desgracia está muy abandonada. Ninguna empresa más útil que estudiar las vicisitudes por que ha pasado, la benéfica influencia que en el gobierno de nuestro pueblo ejercieron, y los elementos de progreso que consigo han arrastrado. Toda su historia podía contenerse en tres tomitos de lectura fácil y agradable.

Cuando se concluyeron, ó no quiso dar más el presidente, fueron los diputados á sus asientos y se abrió la sesión. El primero que tomó la palabra fué un anciano republicano de tez pálida, ojos opacos y larga melena que le hacía semejar á las imágenes que hay en nuestras iglesias. Se levantaba para hablar de una insurrección que había estallado en Cádiz. El asunto era palpitante, y había en el Congreso gran curiosidad por oir las declaraciones de aquel que se suponía era uno de los promovedores de la revolución. Comenzó en estos ó parecidos términos:

«En los tiempos primitivos de la historia, el hombre vagaba desnudo por las selvas, sustentándose con el fruto de los árboles y la leche y la carne de los animales que cazaba. Un día vió cruzar por el bosque un animal semejante á él. Le tendió el lazo y lo apresó. Era la hembra. De aquí la familia, señores diputados...»

Siguió trazando un curso completo, aunque sucinto, de la historia universal, y explicando por menudo las teorías del contrato social. Citó numerosos textos de sabios antiguos y modernos en apoyo de sus teorías. Llamó la atención sobre todas, una proposición, por su atrevida originalidad, y como fuese acogida con rumores por la asamblea, el diputado exclamó:

—«¿Qué? ¿Os sorprende? Pues no lo digo yo; lo dice Brígida.»

—¿Quién es Brígida?—preguntó un periodista novel.

—El ama de gobierno—contestó otro sin levantar la cabeza.

—¡Pues vaya una ridiculez venir á citar aquí á su ama de gobierno!—exclamó el primero.

Los diputados habían acogido con nuevos rumores el nombre de la autora del texto citado.

—«¡Lo dice Brígida!»—gritó el orador con toda la fuerza de sus pulmones.

Más altos y prolongados rumores. Cuando se calmaron, dijo en tono grave y solemne:

—«Lo dice Santa Brígida.»

—¡Ahaaaaa!—respondió la asamblea.

A los sucesos de Cádiz dedicó los cinco minutos últimos, y eso para decir que el Gobierno tenía la culpa de todo.

Parecía lógico que aquel señor saliese de allí enjaulado para una casa de orates. Nada de eso sucedió, no obstante. El ministro le contestó con toda formalidad y rebatió sus textos y teorías con otras teorías y otros textos. En aquellos tiempos todos los discursos comenzaban por Adán, y nadie se asombraba de ello.

Pasando después á la orden del día, tocó el turno á la reforma de aranceles, y se concedió la palabra á Mendoza. El cual, después de extender por el banco su terremoto de notas, toser tres ó cuatro veces y estirarse los puños otras tantas, dió comienzo á su magna oración. La voz era bien timbrada, clara y pastosa; el tono grave y altisonante; los ademanes nobles y reposados. Ni Demóstenes, ni Cicerón, ni Mirabeau han dispuesto seguramente de una presencia tan simpática y de un juego de actitudes tan primoroso como el que tenía nuestro amigo Brutandór. Pero estaba lo malo en que los conceptos que salían de su boca no correspondían poco ni mucho con tales actitudes. Aquel iracundo manoteo, aquel bajar y subir la voz, y aquellos cortos, pero vivos paseos por delante del banco, eran muy propios para acompañar al célebre «Díle á tu amo que sólo saldremos de aquí por la fuerza de las bayonetas», ó al «Quousque tandem Catilina»; mas para decir que en Inglaterra el consumo anual de algodón en 1767 era de cuatro millones de libras, y que en 1867 pasaba de mil cuatrocientos millones; que el número de trabajadores que se encuentran ocupados allí en la industria algodonera son 500.000, y 4.000.000 las personas cuya subsistencia depende de esta industria; que el valor del papel fabricado en 1835 era de ochenta millones de libras, y en 1860 excedía de doscientos veintitrés; que se contaban, á la sazón, en el Reino Unido 394 fábricas de dicho producto; que en Francia su producción asciende á veinticinco millones de kilogramos, etc., etc., no parecían, en verdad, tan adecuados. El discurso se redujo todo á esto, cantidades, datos, fechas. Los diputados, con más ó menos disimulo, fueron desertando del salón, uno en pos de otro.

—Este orador es una máquina neumática—dijo un periodista.—A este paso pronto hará el vacío absoluto.

Las cuchufletas y chanzas se generalizaron en la tribuna de la prensa. Miguel, que sabía á qué atenerse respecto á las dotes de ingenio de su amigo, escuchaba con disgusto que se burlasen de él. Estaba inquieto, y muy propenso á cortar las bromas de un modo brusco; mas como en aquella tribuna la libertad de comentar los discursos era tradicional, hacía esfuerzos por contenerse. Lo mejor que se le ocurrió para evitar compromisos, fué hacer una escapada á su casa, y enterarse de cómo seguía su esposa. Cuando volvió, todavía continuaba el orador en el uso de la palabra.

—«Ahora va el Congreso á ver el dato más curioso»—decía el bueno de Brutandór.

Y al volverse para recoger del banco los papeles en que estaba escrito, enseñó el trasero. Pero nadie advirtió este quid pro quo gracioso más que Miguel y un taquígrafo, á quien se le soltó la risa.

Seguía la zumba entre los periodistas. Sin embargo, los comentarios se decían más para dar pie á la risa que para herir al orador, á quien casi todos conocían y trataban. Sólo uno, redactor de un diario carlista, decía de vez en cuando frases graves, de mal gusto, como si tuviese algún resentimiento personal con Mendoza. Miguel le había mirado ya dos ó tres veces de modo agresivo, sin que el otro se diese por entendido. Al fin, encarándose con él, le dijo:

—Oiga usted, amigo, ya no me asombra que salgan las gacetillas de El Universo tan insulsas. ¡Se empeña usted en derrochar aquí toda la gracia!

—Lo que usted acaba de decirme, me parece una insolencia, caballero.

—Tal vez.

—Me dará usted inmediatamente una satisfacción—dijo muy enfoscado el periodista.

—No; prefiero darle á usted un disgusto—contestó Miguel sonriendo.

Entonces el redactor de El Universo tomó el sombrero y salió muy decidido. Al poco rato se presentaron dos diputados católicos en la tribuna preguntando por Miguel.

—¿Vienen ustedes á pedirme una reparación? Pues no doy ninguna: entiéndanse ustedes con estos dos amigos.

Y les presentó los que ya tenía avisados. Los padrinos del redactor católico no venían tan predispuestos á una solución belicosa. Después de conferenciar algunos minutos con los de Miguel, bajaron á pedir más instrucciones á su ahijado. Al poco rato tornaron á subir con el calumet de paz en la mano, diciendo que «los principios religiosos de su amigo no le permitían vengar las ofensas con las armas».

Al saberse esto, hubo una explosión de risa en la tribuna.

—Pues si sus principios religiosos no le permiten batirse—dijo Miguel irritado,—no había para qué nombrar padrinos. Más bien parece que ese señor quería probar fortuna.

Al fin terminó Mendoza su discurso con tres diputados en el salón, uno de ellos roncando.

Lo cual no fué óbice para que la prensa al día siguiente le declarase por hombre peritísimo «en asuntos financieros».

Cuando Miguel le fué á dar la enhorabuena, estaba sudando copiosamente; pero impasible y sereno como un dios, rodeado por todos los miembros de la comisión de presupuestos.

Salieron juntos del Congreso, y fueron á refrescarse al café de La Iberia. Después de charlar allí poco tiempo, llevando la palabra Miguel (ya sabemos que Mendoza no era hombre que malgastase su saliva á tontas y á locas), dijo éste levantándose:

—Vaya, Miguelito, dispensa que te deje: tengo algunas cosas que hacer.

Los ojos del hijo del brigadier expresaron el asombro y la indignación.

—Con las glorias, Perico, se te van las memorias. ¿No habíamos quedado en ver al Presidente después de la sesión?

—Es verdad; se me había olvidado—repuso Mendoza sin poder reprimir un gesto de tristeza y disgusto.—Yo no sé si en este momento... Se acerca la hora de comer...

Miguel, á quien no se le había escapado aquel gesto, dijo con la impetuosidad que le caracterizaba:

—Oyes, ¿te figuras que yo he perdido lastimosamente dos horas oyéndote citar datos que se encuentran en cualquier anuario de estadística, sólo por el gusto de hacerlo?... ¡Nunca pensé que tu egoísmo fuese tan refinado! Me ves á dos dedos de la ruina por tu causa, sólo por tu causa, y en vez de dedicar todas las fuerzas á salvarme, con lo cual no harías más que cumplir con tu deber, manifiestas olímpica indiferencia. Ni siquiera quieres molestarte yendo de aquí á la Presidencia. ¡Esto es indigno, repugnante! Te he dispensado muchas cosas en mi vida, Perico; pero esto pasa ya de la raya.

Rivera estaba trémulo y descompuesto al pronunciar estas palabras.

—No seas tan polvorilla, hombre, que yo no me he negado á ir contigo á la Presidencia ni á ninguna parte—dijo Mendoza poniéndole la mano en el hombro, mientras se dibujaba en sus labios la sonrisa humilde que llamaba Miguel «de perro de Terranova».—Vamos ahora mismo á la Presidencia.

—Vamos—dijo Rivera secamente, levantándose.

Á los pocos pasos ya le había desaparecido el enojo. Cuando llegaron, aún no había entrado el Presidente. Mendoza, como diputado, penetró en el despacho desde luego con Miguel, y allí le aguardaron ambos, sentados cómodamente en un diván, mientras la caterva de pretendientes se pudría en la antesala. No tardó en oirse el ruido de un carruaje en el portal. Al instante comenzaron á sonar rabiosamente todos los timbres de la casa.

—Ahí está el Presidente—dijo Mendoza.

En efecto, á los pocos segundos, entró en el despacho acompañado de varios diputados. Al ver á Mendoza, le saludó en el tono familiar y campechano con que se saluda á los amigos que se ven todos los días.

—Bien trabajado, querido Mendoza, bien trabajado. Ha producido muy buen efecto.

Aludía al discurso.

Aquél, en vez de acortarse ante la grandeza del personaje que tenía delante, le respondió en el mismo tono familiar y corriente. A Miguel no dejó de causarle maravilla aquel aplomo. Porque él, con estar más avezado al trato social, no podía menos de sentir cierta emoción respetuosa ante el hombre que empuñaba á la sazón las riendas del Gobierno. Tendría unos cincuenta años: era rubio, pálido, de facciones correctas y no desagradables. Lo único que afeaba su rostro era una fila de dientes grandes que dejaba harto al descubierto cuando sonreía; y lo hacía á menudo, por no decir constantemente.

—Le presento á mi amigo Miguel Rivera, director que es actualmente de La Independencia.

—Ya tenía noticias de este señor. Muchísimo gusto en conocer á usted personalmente, Sr. Rivera—dijo el Presidente, estrechándole la mano con excesiva amabilidad.

—Ustedes me dispensarán un momento, ¿no es verdad?—añadió, tocándoles en el hombro á ambos.—Tengo que hablar cuatro palabras con aquellos señores... Soy con ustedes al instante.

El instante fué de cerca de media hora. Miguel estaba ya impaciente. Sin embargo, le había complacido mucho la acogida cortés del Presidente y por eso le perdonaba sin dificultad la tardanza.

—Ea—dijo después que hubo despedido á todos,—ya soy de ustedes. ¿Qué se le ocurre, amigo Mendoza?

—Quería saber si han resuelto ustedes algo acerca del distrito de Serín.

—¿Qué distrito es ese; el que deja el General Ríos?—preguntó, dejando momentáneamente de sonreir y fijando los ojos en el balcón.

—Sí, señor.

—Hasta ahora no hemos pensado en los distritos que quedan vacantes. Las segundas elecciones tardarán dos meses lo menos en efectuarse.

—Aquí, mi amigo Rivera, tiene el proyecto de presentarse por ese distrito, en el caso de que el Gobierno le apoye.

—Tempranito es aún. Hace usted bien, sin embargo, en no descuidarse... ¡Pero usted, amigo Mendoza, es un pozo de ciencia!—añadió alegremente, sin poder saberse á punto fijo si hablaba ó no con ironía.—¡Vaya un discurso nutrido el que usted nos ha dado esta tarde!

Brutandór bajó la cabeza é hizo todo lo posible por sonreir.

—Con ustedes no gasto ceremonias, porque son amigos. Acompáñenme ustedes á comer, y así hablaremos con más espacio y comodidad.

Y les hizo pasar á un gabinete reservado donde estaba puesta la mesa. Ni Mendoza ni Miguel aceptaron la invitación; pero éste agradeció aquella amable franqueza.

Se puso á comer el Presidente, deplorando repetidas veces que no le acompañasen; mostróse cada vez más expansivo y cariñoso con Mendoza y abrumó á Miguel con finas y delicadas atenciones, ahora hablándole de su padre, á quien había conocido, y haciendo de él calurosos elogios, ahora recordándole algún buen artículo de La Independencia, otras veces, en fin, informándose con visible interés de los pormenores de su vida, si estaba casado, cuánto tiempo hacía, dónde había estudiado, en qué se ocupaba, etc., etc. Contóles varias anécdotas picantes, é hizo algunos retratos chistosos de personajes políticos ya fallecidos á quien en tiempos antiguos había tratado. De los vivos, aunque fuesen de oposición, hablaba siempre con bastante miramiento. Interrumpiéndose de pronto, dijo á Miguel:

—¿No es verdad, Sr. Rivera, que el Presidente del Consejo es un tantico desvergonzado?

—Dicen que Richelieu también lo era—respondió Miguel inclinándose.

—Siento tener sus defectos y no sus cualidades. ¡No sabe usted lo que yo envidio á esos hombres reservados, comedidos, prudentes... así como nuestro amigo Mendoza!

Tampoco era fácil saber ahora si el jefe del Gobierno hablaba en serio.

—Yo no: es privarse de uno de los mayores placeres de la vida.

—Convengo en ello; pero el más caro de todos.

Y á este propósito les refirió varios lances en que el decir con franqueza lo que pensaba le había ocasionado graves daños. Era su conversación alegre, insinuante, sin sombra de orgullo. Pecaba, al contrario, de excesiva familiaridad. Cuando terminó de comer, ofrecióles galantemente cigarros, y encendiendo uno, y echándose hacia atrás en la silla, preguntó á Rivera:

—¿Conque usted quiere ser diputado por Serín?

—Si usted no se opone á ello...

—¡Yo qué me he de oponer! Basta que usted sea hijo del brigadier Rivera y amigo de Mendoza. Además, la elección no podría ser más acertada: usted es un joven de talento, como ya lo tiene demostrado; pertenece al elemento democrático del partido, que dispone dentro de él de un respetable contingente; es usted independiente por su fortuna... Con hombres como usted, los jefes de Gobierno deben tener mucha cuenta y procurar á toda costa atraérselos. Á nosotros nos convienen los jóvenes de inteligencia y de porvenir; los astros que se levantan. En cuanto á los que se acuestan, cama de pluma para que descansen. Esta es la vida pública.