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Maximina

Chapter 22: XX
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About This Book

La novela sigue el regreso de Miguel a un pequeño pueblo costero y su cortejo a una joven tímida, cuyo pudor y modestia complican los preparativos de matrimonio y la convivencia familiar. A través de escenas domésticas y conversaciones se exploran las relaciones entre parientes y vecinos, la influencia de la madrastra, los celos de una hermana y la vida social local; se observan pequeñas hipocresías, afectos vacilantes y tensiones entre tradición y deseos personales. El relato combina observación psicológica con descripciones del ambiente costero y episodios cotidianos que revelan caracteres y costumbres del lugar.

Quedóse unos instantes pensativo, dió una chupada al cigarro y añadió:

—No conozco el distrito de Serín. ¿Usted sabe cómo anda aquello, Mendoza?

—Me parece que el Gobierno dispone de él en absoluto. El General no ha tenido siquiera oposición.

—Bien; pero hay que tener presente que el General es figura de primera magnitud en la política, y que su nombre bastaría para ahuyentar toda oposición.

—Sin embargo, yo creo que el distrito, con pequeño esfuerzo que el Gobierno haga, es seguro.

—¿De veras?

—Sí, señor.

—¿Y el General está conforme con la candidatura del señor?

—Desde luego; es antiguo amigo suyo. Por él le he conocido yo.

—Pues si es así—dijo levantándose y poniendo una mano en el hombro á Miguel,—cuéntese diputado.

Sintió éste un leve estremecimiento de placer, y respondió, levantándose también:

—Muchísimas gracias, señor Presidente.

—No las acepto. ¡Qué otra cosa pudiera yo desear que todos los diputados de la mayoría fuesen como usted!... No deje usted de venir por aquí á charlar algún rato. Aunque las elecciones se retrasarán todavía un poco, conviene que usted escriba al distrito y se entienda por medio del General con alguna de las personas caracterizadas. No dé usted manifiesto ninguno. Cuando llegue la ocasión, ya escribiremos al gobernador. Adiós, señores; tanto gusto en conocer á usted. Ya sabe usted dónde me tiene á sus órdenes. No me olvide usted, y déjese ver por aquí alguna vez.

Miguel salió entusiasmado de la entrevista. Cuando estuvo en la calle, exclamó:

—¡Pero qué simpático es el Presidente, Perico! Cualquier jefe de negociado está más hinchado que él, en su oficina. Bien se echa de ver la superioridad de las personas, cuando es legítima. Ya no me sorprende que tenga tantos amigos y tan decididos... ¡Es tan fácil á un personaje elevado conquistárselos! Aquí me tienes á mí que con sólo una acogida natural y afectuosa y algunas frases de cortesía, soy capaz de matarme por él.

—No hay que descuidarse en escribir al General—dijo Mendoza gravemente.

—¡Eres un hombre de hielo, Perico! Para ti no hay amistades ni odios, hombres simpáticos ó antipáticos. De todos tomas lo que te hace falta y sigues tu camino... Quizá tengas razón.

XVIII

O estás enojada conmigo, Maximina? ¡Dejarte sola todo el día!—dijo, acercándose á la cama de su esposa.

—¡Bah! Cuando tú lo has hecho, por algo sería—respondió ella besándole la mano con que la acariciaba el rostro.

Al día siguiente, recibieron la visita de la tía Martina y de su hija Serafina. La buena señora había enflaquecido notablemente: ¡tal vida llevaba con su marido! Don Bernardo estaba cada vez más loco con sus disparatados celos. Al referirles lo que en su casa acaecía, lloraba á lágrima viva.

—Al cabo de cuarenta años de matrimonio, ¡cómo se me había de ocurrir faltar á tu tío, Miguel! ¿No te parece que tengo bien probada mi virtud? Y si hubiera de caer, además, no sería con un viejo carcamal que huele á drogas de una legua, como tú comprenderás, ¿no es cierto?...

Miguel asintió con la cabeza, reprimiendo á duras penas una sonrisa; pues le hacía gracia que su tía encontrase verosímil el que un joven la galantease.

—Yo soy una mujer honrada... Serafina, no vengas á aquí; vuélvete con el niño al comedor—dijo, interrumpiéndose al ver á su hija entrar en la alcoba con la criatura en los brazos.—Toda la vida lo he sido. Ni con el pensamiento he faltado jamás á mi marido. En pago de esto, ahora me avergüenza delante de los criados, tratándome poco menos que como una mujer pública. Yo no puedo sufrir más tiempo este martirio, Miguel. Me muero, me muero sin remisión. El otro día armó un escándalo porque halló una colilla de cigarro en mi gabinete. Como ni Vicente ni Carlos fuman, se empeñaba en que allí había estado Hojeda. Hasta sostenía que era de un cigarro igual á los que éste fuma, cuando en su vida fumó pitillos. A mí me acometió un desmayo: hubo que llamar al médico. Por fin, allá de noche, viendo el grave disgusto que en casa había, un criadillo de quince años que tenemos le confesó á la doncella que había sido él quien dejara olvidada la colilla, y ésta se lo fué á decir á Bernardo. Pues aunque lo despidió al instante, todavía no quedó tranquilo. No nos duran los criados más de quince días. Todos se le figura que son alcahuetes del boticario... Anteayer subió el chiquillo de los periódicos y me los entregó á mí, que pasaba casualmente por el corredor. Mi marido, que lo ve, se le mete en la cabeza que es un emisario y sale corriendo al balcón. ¡Por cuanto á los pocos minutos pasaba por la calle Hojeda!... No os quiero decir lo que allí pasó; ¡un delirio, una catástrofe! Si no es por Vicente, me mata con el revólver... No puedo salir sino acompañada de mi hija, y eso dejando escrito en un papel adónde voy... Ha mandado deshacer todos los colchones de la casa para hallar unas cartas que dice que yo tengo ocultas.... En fin, ¿queréis más? Ha mandado poner una reja á la chimenea, porque piensa que por allí entra Hojeda en casa...

—¡Ave María! ¡Está loco el pobre tío!—exclamó Miguel.

—No lo creas: habla tan acorde como tú y como yo, y no se le olvida nada.

—Tía, no está usted fuerte en frenopatía. Los locos han progresado, como todo en este mundo. Ahora discurren y hablan como los demás. Para distinguir un loco de un cuerdo es necesario acudir á los especialistas. Por consiguiente, no se meta usted en honduras; cuanto más que mi tío está dando señales muy sospechosas hasta para los profanos.

Loco ó cuerdo, quiero separarme de él, porque mi vida es un infierno. Pero una vez que solté la especie, se puso frenético, diciendo que yo deseaba el divorcio para unirme con mi querido, y que me daría seis tiros si llegaba á hacerlo...

—¡Pobre tía!—dijo Maximina llorando también.

—¡Qué os parece de mi vida!... Pues no es eso sólo. Tengo otra porción de disgustos encima. Una niña de Eulalia la tenemos casi ciega...

—¿De qué?—preguntó la joven madre.

—¿De qué ha de ser, muchacha? De la vista.

—Le preguntaba de qué enfermedad.

—¡Ah! No sé qué nombre le da el médico. Además, Encarnación, la doncella, que ya sabéis que era mis manos y mis pies, se ha casado el lunes de la semana pasada. No os podéis figurar cómo está la casa desde que ella salió. Aquello es una república, hijos. Yo no puedo multiplicarme: ¡como hacía doce años que descansaba en ella!... Ella tenía las llaves de la ropa blanca; ella tomaba la cuenta á la lavandera; ella sacaba el chocolate y los garbanzos; ella avisaba en el almacén de vinos, cuando hacía falta, y mandaba por aceite y por azúcar; ella planchaba las camisas á Carlos y Enrique (porque Vicente las manda á planchar fuera). En fin, yo apenas estaba enterada de lo que comían los criados, porque ella los traía bien sujetos...

—¿Y Enrique? ¿Qué es de él?—preguntó Miguel, temiendo que su tía, hablando de criados, no concluyese nunca, según su costumbre.

—Esa es otra. ¡Empeñado en casarse con la chula! No hay quien se lo saque de la cabeza. Su padre no quiere oir hablar de él siquiera, y ya ha dicho que, si continúa en relaciones con ella, lo echa de casa. Vicente y Eulalia tampoco le dirigen la palabra. Quien paga los vidrios rotos en casa soy yo, porque á mí me da lástima, ¿sabéis?

—Sí; Enrique siempre ha sido el preferido.

—Toda la familia se empeña en eso, y no es verdad; pero como veo que es el más desgraciado... Él, en cambio, me trata peor que á un zapato.

La entrada de Serafina con el chico, cortó de nuevo la conversación. Detrás de ella venían todas las criadas, dando muestras de viva agitación.

—¿Qué pasa?

—Que el niño se ha reído—dijo Serafina.

—Se ha reído como hay Dios en los cielos, señorita—confirmó una criada.

—Vaya, están ustedes locas—dijo D.ª Martina.—¡Si no tiene más que dos días!

—No puede ser—manifestó Maximina poniéndose, sin embargo, colorada de la impresión.

—Que sí, señorita, que sí—prorrumpieron todas.

—Verá usted cómo fué, señorita—dijo una de ellas muy sofocada.—Estaba la señorita Serafina así con el niño, ¿sabe? Y voy yo y le cogí así, por la espalda, ¿sabe? y lo levanté en alto, y lo empecé á menear y á decirle: «Chiquirritín, botón de rosa, clavel, ¿quieres llamarte Miguelito como tu papá?» El niño, nada. «¿Quieres llamarte Enriquito como tu tío?» Tampoco hizo nada. «¿Quieres llamarte Serafín como tu tía?» Entonces abrió los ojillos un poco, ¿sabe? ¡y nos hizo una muequecita tan salada!

Maximina sonreía como si estuviese escuchando un secreto celeste. Lo mismo ella que la tía Martina se dejaron convencer al instante; pero Miguel se resistió.

—Yo, en materia de sonrisas de niños, por más que cuenten cincuenta y siete horas de existencia, tengo un escepticismo inveterado. Soy como Santo Tomás: «Ver y creer».

—Que se ha reído, Miguel, no te quepa duda; te lo aseguro yo—dijo Serafina.

—No me ofreces garantías suficientes de imparcialidad.

—Bueno; pues va á hacerlo otra vez. Ya verás.

Serafina cogió el niño y lo levantó por encima de la cabeza con gran decisión, preguntándole al mismo tiempo si deseaba llamarse Serafín, á lo cual el niño no juzgó oportuno responder, tal vez por un exceso de diplomacia, porque no sería raro que el nombre le pareciese ridículo.

Maximina estaba pendiente de sus labios como si se hallase en el ejercicio de preguntas de una oposición á cátedra.

—Á ver con usted, Plácida—dijo, procurando ocultar su aflicción.

Plácida se destacó del grupo como una artista del circo de Price que sale á ejecutar su trabajo. Levantó el niño con sorprendente maestría, lo movió de Norte á Sur, después de Oriente á Occidente y le hizo con voz recia las preguntas consagradas: «Chiquirritín, monín, botón de rosa, clavel, ¿quieres llamarte Miguelito como tu papá? ¿Quieres llamarte Enriquito como tu tío? ¿Quieres llamarte Serafín como tu tía?»

Un silencio lúgubre siguió á estas palabras. Todos los ojos estaban clavados en el joven opositor, quien lejos de mostrar predilección por ninguno de los nombres que le indicaban, manifestó bien claramente, aunque en forma inarticulada, que no hallaba motivo para que por mera cuestión de nombres le batiesen tanto los hipocondrios.

—¿Lo veis?—dijo Miguel.

—Es que ahora no está de humor de reirse—contestó Maximina muy desabrida.—Tampoco tú te ríes cuando te lo mandan. Además, ahora debe de tener hambre. ¡Traédmelo, traédmelo! ¡Pobrecillo de mi vida! ¡Corazón mío!

Y la niña-madre ocultó á su hijo dentro de las sábanas y le puso el pecho en la boca.

A los tres días se efectuó el bautizo. Con la resignación melancólica que las madres manifiestan en este caso, Maximina dejó que le llevasen á su hijo.

—Ya es cristiano, señorita—le dijo la muchacha entregándoselo.

La niña lo besó con ternura y lo apretó contra su seno diciendo por lo bajo:

—Ya no te separarán más de mí, hijo de mis entrañas.

A los cinco días ya se levantaba de la cama. Era una naturaleza provinciana, rica de sangre, en la cual, esta función augusta de la vida, lejos de dejar huella dolorosa, provocaba un aumento de salud y de fuerzas. A los ocho ya desempeñaba todos los menesteres de la casa. A los quince salía de paseo. Fueron padrinos del niño Enrique y Julita, y se llamó como el primero.

Los placeres que todo esto proporcionaba á Miguel, estaban amargados con el grave peligro que su fortuna corría. A todas horas le mortificaba tal pensamiento, en términos que le costaba hacer un esfuerzo grande sobre sí mismo para aparecer alegre delante de su esposa. Se había escrito al General; pero éste había contestado en forma tan ambigua y maliciosa, que ya no le quedó duda de que por ese lado el negocio estaba perdido. Desde entonces consideró cuerdamente que su salvación estaba en salir diputado, ganar influencia en la mayoría y con los ministros y aprovecharla en un momento dado para sacar de los fondos reservados el dinero que había comprometido.

Pero Eguiburu ya le había hecho otras tres ó cuatro visitas, y le apuraba para que garantizase el dinero restante. En la última, con muchos rodeos y perífrasis, llegó á amenazarle con una demanda ejecutiva. Comprendió entonces que era preciso jugar el todo por el todo. Si no se avenía á garantizar, la ruina era segura. Eguiburu le sacaría á subasta las casas, y por más que le quedase algún dinero, porque valían más que el importe de la deuda, no sería mucho. Por otra parte, esto traería consigo el escándalo. Le considerarían todos como un hombre arruinado, cuando no como tramposo, y no le harían caso: tenía suficiente conocimiento del mundo para verlo claramente. De la diputación sería preciso asimismo despedirse: la pobreza huele mal en todas partes.

Decidióse, pues, á firmar el pagaré de los doce mil duros, y para ello convino con su acreedor el día y la hora. Con la emoción natural en quien va á quemar las naves, se presentó una tarde en casa de Eguiburu. Estaba en su despacho hablando con dos personas. Quiso aguardar Miguel á que éstas saliesen para tratar su asunto; pero el banquero comenzó desde luego á hablar en voz alta, y como observase que el joven dirigía frecuentes miradas á los intrusos y se mostraba reservado para contestar, le dijo:

—Puede usted hablar con toda confianza, Rivera. Estos señores son amigos y no les importa nuestros negocios.

Miguel se hizo cargo en seguida de lo que aquello significaba:—«Este miserable tiene miedo de que yo niegue la firma y ha traído dos testigos». Pensando esto, la bilis se le revolvió. Hubiera deseado no tener familia para tirar los treinta mil duros por la ventana y abofetear en tal momento á aquel puerco. Se reprimió con trabajo y comenzó á ventilar su asunto con el feroz banquero, el cual hablaba cada vez más alto, sacando á luz todos los antecedentes. Miguel contestaba secamente á sus preguntas. Al fin, cuando las hubo satisfecho á su gusto y se disponía á firmar el pagaré, le dijo:

—Ahora surge una dificultad, amigo Rivera. Para mí es doloroso decírselo á usted porque no le ha de agradar; pero no puedo pasar por otro camino. Además de los doscientos cuarenta y seis mil reales que para los gastos del periódico he facilitado, entregué también en diversas fechas algunas cantidades, ya al General, ya al Sr. Mendoza, ya al administrador del periódico, las cuales suman ciento once mil reales... Aquí están los recibos. En ellos se expresa que estas cantidades estaban destinadas para el socorro de los emigrados, aunque en realidad eran para los manejos revolucionarios... Yo, como usted comprenderá, no he de perder este dinero.

—Y quiere usted que lo pierda yo, ¿verdad?

—Podría exigírselo al General y al Sr. Mendoza, firmantes de los recibos; pero me costaría trámites judiciales, molestias...

—Sí, sí, más vale que yo garantice también esos cinco mil duros—dijo Miguel con acento sarcástico. Así se libran ellos y usted de molestias.

—Yo, Sr. de Rivera, siento muchísimo perjudicar á usted...

—Nada, no lo sienta usted; cuando se tiene á un hombre cogido por el cuello se debe apretar... Á ver ¿dónde está ese pagaré?... Extienda usted el otro.

Eguiburu, ruborizado, le alargó un papel, y Rivera lo firmó con mano nerviosa. Tenía el semblante demudado y la voz alterada; pero conservaba una actitud grave y fría.

—¿No ha extendido usted aún el pagaré de los ciento once mil reales?—preguntó con sequedad.

—Voy allá, Sr. de Rivera—respondió el banquero, sin poder ocultar cierta confusión, que probaba que aún no había perdido del todo la vergüenza.

Cuando hubo terminado, Miguel lo firmó, dejó caer la pluma con orgulloso ademán, y se despidió, inclinando la cabeza.

—Buenas tardes, señores.

Salió sin dar la mano á ninguno.

Las mejillas le echaban fuego cuando se encontró en la calle. Lo primero que hizo fué ir á la redacción de La Independencia, y anunciar á los redactores y empleados que el periódico cesaba en su publicación. Escribió un artículo de despedida, y dejó medio arreglados los asuntos. En los días siguientes quedaron zanjados por completo.

Muerta La Independencia, quedó más desahogado y pudo consagrarse enteramente á «trabajar la elección». En ella tenía cifrada su esperanza. Si salía diputado, confiaba hacerse notar pronto entre la mayoría: su palabra no era torpe: estaba avezado además á la polémica: finalmente, se juzgaba con más ilustración que la mayor parte de los que á la sazón representaban al país. Se aplicó, pues, con ahinco á buscar recomendaciones, no sólo de primera, sino de segunda, tercera y hasta de cuarta mano, escribió numerosas cartas é hizo varias visitas. Guardóse, no obstante, de hacérselas por de pronto al Presidente: tenía suficiente malicia ó tacto para comprender que no debía mostrar un afán demasiado vivo, á fin de que no se le desdeñase. Lo mejor era trabajar por su cuenta primero, y después recordar al ministro su palabra.

Mendoza no aprobó la muerte de La Independencia.

—Ha sido un mal golpe, Miguel, que te puede costar caro—dijo, torciendo el gesto.

—¿Qué querías—respondió impetuosamente aquél,—que estuviese soportando de mi bolsillo todos los gastos, además de la fianza que tengo encima?

—Aun haciendo un sacrificio, te hubiera convenido sostener el periódico al menos hasta después de la elección.

Miguel todavía se empeñó en sostener lo contrario; pero en el fondo, al instante vió claramente que su amigo tenía razón y que había obrado con ligereza.

Trascurrido un mes ó más desde la primera visita que hizo al Presidente, determinó hacerle la segunda. Se fué allá á la hora en que solía estar en su despacho. El portero le dijo que su excelencia estaba ocupadísimo hablando con una comisión de diputados catalanes y que había dado orden de no dejar pasar absolutamente á nadie.

—Necesito hablarle: él ha sido quien me ha invitado á venir por aquí.

El portero le miró con esa expresión de indiferencia y fatiga, preñada en el fondo de desprecio, del que está escuchando constantemente las mismas cosas y sabe que son mentira.

—Si usted quiere aguardar, puede sentarse.

Aquello quería decir:

—¡Qué retonto es usted, amigo! ¿Cree usted que tengo ganas de oir simplezas?

Miguel se ruborizó y fué á sentarse en un diván de la antesala donde había otras seis ú ocho personas aguardando.

Al poco rato entró un caballero de paletó, muy finchado, y el portero se inclinó reverente y le abrió la mampara del tabernáculo presidencial. De modo que la orden de no dejar pasar «absolutamente á nadie» era una farsa del portero. Miguel se levantó vivamente, y le dijo abriendo su cartera:

—Tenga usted la bondad de entregar esta tarjeta al Presidente.

—No puedo, caballero; tengo orden...

—Le digo á usted que entregue esa tarjeta al Presidente—repitió más alto y con acento enérgico que impuso al ujier, quien la tomó por fin, aunque murmurando, y entró en el despacho.

—Aguarde usted un instante, caballero—dijo saliendo otra vez.

Hora y media esperó; pero estaba resuelto á hablar con el jefe del Gobierno, y no bastaron á hacerle desistir de su propósito ni las miradas burlonas del portero, ni su propia impaciencia, que era grande. Al fin se abrió la mampara y salió un grupo de diputados, y entre ellos el Presidente con el sombrero puesto y con todas las trazas de irse á la calle.

—¡Ah! Sr. Rivera—dijo viéndole.—Dispénseme usted... Tantas cosas tengo en la cabeza... ¿Quiere usted que entremos en el despacho?

—No merece la pena—replicó Miguel, entendiendo que aquello molestaría al prócer.

Este le cogió familiarmente por la solapa de la levita, y lo llevó al hueco de un balcón.

—Viene usted á hablarme del distrito, ¿eh? ¿Cómo lo tiene usted?

—Creo que bastante bien. Hasta ahora, me parece que no hay oposición.

—Tenía que hablarle de esto. Pensaba escribirle para que viniese por aquí. Me alegro que usted se haya adelantado. Ayer me han dicho que por ese distrito trataba de presentarse Corrales.

—¿Quién, el ex ministro moderado?

—El mismo. No creo que tenga allí ningún arraigo, ni que el Gobierno necesite ejercer gran presión para derrotarle; pero conviene no vivir descuidados. Por nada en el mundo quisiera que el representante más genuino, y uno de los más temibles del moderantismo, se nos colase de rondón en nuestra casa. Porque el distrito de Serín es nuestra casa, puesto que ha elegido á Ríos, que es factor importante de la revolución. ¿Ha trabajado usted mucho?

—Bastante.

—Bien; pues uno de estos días tráigame usted los datos que tenga reunidos, los nombres de los alcaldes que nos sean contrarios, y los de las personas sobre las cuales el Gobierno pueda influir. En tanto, no ceje usted un momento. Comprometa usted á los amigos que han dado la elección al General; pero no se fíe usted mucho de las palabras. Procure usted tenerlos cogidos de algún modo, bien con promesas ó con amenazas. Quedamos en que usted me traerá los datos, ¿verdad? Adiós, Rivera. No olvide usted el camino de esta casa.

Se despidió con un cordial apretón de manos. Miguel quedó, como la vez pasada, plenamente satisfecho. El jefe del Gobierno tenía un tacto especial para hacerse perdonar sus descortesías, un carácter abierto y cariñoso, que cautivaba inmediatamente á cuantos se le acercaban.

Quince días tardó en verle de nuevo, porque dos veces que había ido, se le dijo que su excelencia no podía recibirle por estar despachando con el subsecretario.

—Hola, Rivera; ya sé que ha estado usted otra vez aquí. He sentido en el alma no poder verle. De todos modos, hasta ahora no corría prisa el asunto. Vamos á ver; siéntese usted. ¿Cómo lleva usted ese distrito? ¿Le da á usted mucho que hacer Corrales?

—Hasta ahora no es gran cosa.

—¿De veras?—dijo el Presidente sorprendido.—Pues muy distintas son mis noticias entonces. Me han dicho que se está moviendo de un modo prodigioso; que el clero trabaja por él con decisión, y que algunos de nuestros amigos, á quienes, al parecer, Ríos no ha podido ó no ha querido servir, se le han pasado con armas y bagajes... Pero es posible que usted esté mejor informado.

—Sr. Presidente, las cartas que de allá recibo no dicen nada de eso; antes me aseguran todos los amigos del General que estando éste conforme con mi candidatura, y apoyado por el Gobierno, no es posible dudar por un momento del triunfo.

—Con todo, es conveniente que usted vaya en persona á allá, hable con ellos y vigile la elección. Los que llevamos algunos años en la vida pública, sabemos que no hay ninguna segura.

—Está bien. ¿Cuándo cree usted que debo marcharme?

—Cuanto antes mejor; pero antes pásese usted por aquí á fin de que yo le dé algunas cartas. Para el gobernador no la necesita usted, puesto que ya sabe hace tiempo que es usted el candidato oficial... Además, creo que ustedes se tratan...

—Sí, señor; le he conocido cuando era redactor de La Iberia.

XIX

UES estando Miguel con este afán y congoja por el temor de una ruina inminente en su fortuna, otro peligro mil veces mayor le amenazaba sin saberlo. Ya hemos visto qué extraña inclinación se despertó en D. Alfonso Saavedra hacia Maximina. No puede compararse más que á la del lobo de que nos habla el apólogo, quien teniendo á su disposición el rebaño entero de un rico fué á devorar la única oveja que un pobre poseía.

Como el caballero andaluz no era hombre avezado á los desdenes, ó porque tropezase casi siempre con mujeres fáciles, ó porque su figura arrogante, su fortuna y su astucia le hiciesen temeroso aun para las firmes, quedó altamente desabrido de la escena del baile en que tan ridículo papel había hecho á sus propios ojos. La carencia absoluta de coquetería, que notaba en la esposa de Rivera, era lo que más le mortificaba precisamente, pues no podía siquiera forjarse la ilusión de que la indiferencia con que había acogido sus galanteos fuese en poco ó en mucho fingida. Decir que después del baile su afición subió de punto grandemente, sería hacer poco honor á la penetración de los lectores. Nadie ignora que para el amor el desdén no suele ser el mejor calmante y que en la mayoría de las pasiones locas que en el mundo vemos, entra con un contingente respetable el amor propio.

No enloqueció Saavedra, ni aun quiso aparentarlo haciendo sandeces como D. Quijote en Sierra Morena; pero como hombre sagaz y corrido en aventuras de esta clase, determinó no perder otra vez su sangre fría y establecer el bloqueo de la plaza según las reglas que de su experiencia había sacado. Penetrando pronto en el carácter de Maximina, comprendió que con ella no servía de nada la amabilidad henchida de arrogancia, el acatamiento empapado de desdén con que había enamorado á su prima Julia. Aquella naturaleza serena, grave y humilde, no podía ser atacada por la vanidad. Era preciso dirigirse al corazón. Propúsose, pues, ganarla poco á poco, no en calidad de amante desdeñado, que esto bien se le alcanzaba que era perder para siempre su estimación, sino como amigo sincero, cariñoso y servicial. Procuró con todas sus fuerzas ahuyentar las sospechas que la conversación del baile pudiera haber dejado en el ánimo de la joven esposa. Pronto se cercioró de que la agitación en que entonces se hallaba no le había permitido fijarse en que la estaba galanteando: y pudo á su sabor desplegar el plan de campaña que había meditado.

Poco á poco empezó á frecuentar más la casa, venciendo con maña la antipatía que Miguel no era poderoso á ocultar. Para ello dejóle entrever cierto cambio en su conducta favorable á las ideas de orden y á la paz y bienestar que consigo trae la vida de familia. Mostrósele en algunas confidencias como hombre hastiado de la vida corrompida y desengañado de los placeres mundanos. Para lisonjear sus aficiones literarias y científicas, pidióle algunos libros, y después de leerlos le habló de ellos con prolijidad y entusiasmo, que hacían reir á nuestro joven interiormente. Entonces, mejor que nunca, comprendió, y no dejó de admirarse, de la supina ignorancia de los hombres llamados de mundo. D. Alfonso no había leído en su vida más que unas cuantas novelas francesas; y hacía algunas veces tales preguntas, que pasmarían á cualquier niño de la segunda enseñanza.

—Es uno de nuestros salvajes más distinguidos—decía á su esposa hablando de aquella nueva afición á los libros.

Con Maximina sostenía el caballero andaluz largas conversaciones acerca de sus viajes, fijándose en las costumbres domésticas de otros países.

—Mire usted (Saavedra no tuteaba á Maximina; á Miguel sí), en Inglaterra se come cinco veces al día. Por la mañana se desayuna uno con cualquier cosa: á las nueve ó las diez se hace un almuerzo relativamente fuerte: á la una, otro más flojo: á las cinco ó las seis, se come, y al tiempo de retirarse también se toma algo.

Maximina, como ama de casa, se interesaba por estos pormenores, preguntaba el precio de las viandas y el de las habitaciones. Admirábase muchísimo de la libertad que en aquellos países tenían las mujeres para salir solas por la calle y aun para viajar.

—Vamos, el gran país para Maximina—decía Miguel.—Le da vergüenza ir sola á misa, y está la iglesia á cuatro pasos.

La niña sonreía avergonzada.

—Pues ayer he ido con Juana á la calle de Postas á comprarte calzoncillos.

—Hé ahí una palabra que no podía usted pronunciar en Inglaterra delante de gente.

—¡Madre! ¿Y cuando los compran, cómo los llaman?

—Lo dicen al dependiente bajo secreto de confesión—respondió Miguel.

—No haga usted caso—dijo Saavedra riendo.—Para aquellas damas los dependientes de comercio no son gente.

También procuraba ponerla en algunas confidencias íntimas de su casa y familia, pidiéndole consejo y siguiéndolo á menudo.

—La verdad es que en punto á buenos consejos no echo de menos á mi madre. Usted, Maximina, hace sus veces divinamente. Me declaro hijo adoptivo de usted, aunque bien puedo ser su padre.

—Pero no es usted todo lo obediente que yo quisiera.

—Sólo en un punto, ya lo sabe usted... En los demás la obedezco ciegamente.

El punto era el del matrimonio. Maximina no cesaba de aconsejarle que se casase.

—Hasta ahora no he hallado una mujer que me satisfaga para esposa—contestaba él.

—¿Por qué no se casa usted con Julia?—le dijo un día á boca de jarro, con la ingenuidad que la caracterizaba.

D. Alfonso quedó un poco confuso.

—Julia es una buena chica... muy bien educada... tiene talento... es bonita... Pero aquí, en confianza, Maximina, ¿cree usted que yo sería feliz con Julia?

—¿Por qué no?—replicó la niña.

Saavedra guardó silencio unos instantes, quedando en actitud reflexiva. Después, dijo:

—Ya comprenderá usted que siendo usted su cuñada y yo su primo, ni uno ni otro podemos delicadamente hablar de ella, sino para elogiarla, cuanto más que lo merece por muchísimos conceptos. Pero con usted tengo confianza para decirle una cosa, y es que no congeniamos. Somos los dos...

Y D. Alfonso puso los dedos índices uno frente á otro.

—Pues yo creía que se querían ustedes.

—Sí, nos queremos, pero... de eso á casarse hay alguna distancia... Le recuerdo que acabo de hablarle como si fuese usted mi madre. No diga nada de esto á Miguel. Es su hermano y la cosa más insignificante podría molestarle.

De esta manera insidiosa quiso la serpiente introducirse en aquel paraíso. Y lo consiguió al cabo. Como tenía prudencia bastante para no abusar, entró pronto en la casa con cierta familiaridad, pero siempre á las horas en que Miguel estaba. Bien se le alcanzaba que una sombra de sospecha que por la mente de éste pasase, bastaría para que todo concluyese Dios sabe cómo. Aprovechaba también las ocasiones en que la brigadiera y Julia venían á visitar al matrimonio, para acompañarlas. Los celos, que había sentido la noche del baile, se le habían borrado por completo á la hija del brigadier, al ver la confianza fraternal con que don Alfonso trataba á su cuñada y el empeño que ésta mostraba en reunirlos y verlos conversar aparte.

—Tú me has casado á mí. Yo me he empeñado en casarte á ti—le decía.

—Sí; pero yo te he casado con el hombre que querías—contestaba Julia riendo.

—Tú también quieres á Alfonso: no finjas, Julita—replicaba Maximina besándola.

Por otra parte, Saavedra, en vez de romper el lazo amoroso que le unía á su prima, habíalo apretado más en los últimos tiempos, quizá para apartar toda sospecha de su plan, ó por ventura porque tuviese otro y pretendiese conducirlos á un tiempo; que todo podía esperarse de su carácter depravado.

Pero habían trascurrido ya algunos meses, y su nefanda empresa no había adelantado un solo paso. Verdad que en la casa de Miguel se le otorgaba cada día más confianza, que comía con ellos á menudo, que venía de tertulia muchas noches, y otras les acompañaba al teatro, que Maximina le trataba ya como un hermano. Pero esto, justamente, era lo que impacientaba al caballero. En aquella casa le trataban como á un hermano futuro. La joven esposa no se había dejado vencer de su negativa, y al verle persistir en sus relaciones amorosas, creía que sólo había negado por hipocresía ó por no dar su brazo á torcer, pero que en el fondo estaba profundamente enamorado de su prima. Y así era razón, dado que Julia (tal lo creía Maximina) era la joven más hermosa y más seductora de Madrid.

Cuando se efectuó el feliz alumbramiento de la joven esposa, Saavedra se condujo como un amigo consecuente, prestando los servicios que estaban en su mano, viniendo diariamente á saber el estado de la enferma, demostrando, en fin, tanta adhesión y cariño á los esposos, que el corazón tierno de Maximina correspondió con afectuosa gratitud, como no podía menos. Ya hemos indicado que ésta, después de aquel crítico suceso, había cobrado nueva gracia y atractivo en su figura. Como todas las mujeres que han nacido de veras para esposas y para madres, y se han unido al hombre que aman, cada uno de estos sucesos impresionaba y sacudía favorablemente su naturaleza. Era difícil reconocer en aquella linda joven de mejillas sonrosadas y ojos dulces y brillantes á la pálida y encogida niña de Pasajes.

La impaciencia iba penetrando poco á poco en el ánimo del caballero andaluz. La primera parte de su plan estratégico se había desenvuelto punto por punto, como él tenía previsto: había ganado la estimación, y aun el cariño de Maximina. Faltaba la segunda, que era la más escabrosa y peliaguda en su ejecución, la más dulce en el resultado. ¿Cómo empezar? Á pesar de su inconcebible orgullo, D. Alfonso temía mucho que en cuanto diese los primeros pasos le iba á faltar tierra, y dilataba el ataque para no despeñarse. No obstante, como el deseo y la impaciencia le pinchaban cada día más fuertemente, y no era hombre á quien en ninguna ocasión le faltase la audacia, túvola para dirigirle algunos embozados galanteos, que la niña recibió como bromas de un amigo mimado, y también para apretarla demasiadamente la mano al saludarla, rozar suavemente sus pies por debajo de la mesa, y sacarla una horquilla del pelo con disimulo, estando su dueño reclinado en una butaca. Maximina, en un principio, atribuyó algunos de estos actos á casualidad, y no se fijó en ellos. Mas habiendo el andaluz insistido, se sobresaltó un poco, aunque sin darse cuenta clara del peligro, procuró no colocarse nunca cerca de él, y le tuvo, desde entonces, un miedo vago. Con este resultado tan poco lisonjero en sus primeros tanteos, D. Alfonso acabó de enardecerse, y, aunque él no quería confesárselo, estaba muy predispuesto á perder la sangre fría de que tanto se gloriaba, y á echar la casa por la ventana. Como así pasó, según vamos á referir.

Miguel era muy partidario de que el niño se orease. Estaba imbuído en las modernas teorías de la educación, y creía que los niños debían vivir el mayor tiempo posible al aire libre, desde su nacimiento. Así que, en cuanto Maximina estuvo para salir, comenzó con ella á dar largos paseos por el Retiro. ¡Qué feliz era nuestra chica llevando al lado á su marido y delante á su hijo! ¡Y qué hijo aquél! Era necesario haber seguido paso á paso, como ella, sus progresos, durante mes y medio, para comprender las portentosas facultades de que estaba dotado, y los infinitos recursos de su ingenio privilegiado. Mucho le ofendería quien supusiese que todavía se mamaba los dedos, cuando topaba con ellos casualmente. Nada de eso. Á los quince días de estar en este valle de lágrimas, ya se llevaba el dedo pulgar á la boca, con la intención firme y deliberada de mamárselo, no con otro propósito. Lo cual no significa, ni mucho menos, que dicho dedo pulgar le pareciese tan bien como el pecho de su mamá: lo hacía, únicamente, por no aburrirse en los momentos de ocio. Igualmente demostró su gusto exquisito y delicado, rechazando con energía la harina lacteada que Juana tuvo la osadía de proponerle cuando la señorita estaba durmiendo. La expresión airada del semblante, y los gritos con que recibió la proposición, no daban lugar á dudas. Antes prefería morirse de hambre, que echar á perder el estómago con drogas tan insustanciales como nocivas.

Pero el asunto en que mejor se mostró su talento práctico, al par que la entereza de su carácter, fué en el sueño. Desde que nació se había propuesto dormir veinte horas diarias, poco más ó menos. Cuanto se hizo para disuadirle de este propósito, fué en vano: al parecer, tenía poderosas razones fisiológicas para ello. Cuando, desgraciadamente, algún cuidado ó preocupación que le desvelase descomponía su plan, ponía el grito en el cielo y la casa en conmoción. Miguel era el primero que acudía, le cogía en brazos, y comenzaba á dar furiosos paseos por el corredor pretendiendo ¡el iluso! dormirle de este modo. El infante protestaba cada vez más ruidosamente contra medio tan poco adecuado. El padre se ponía nervioso, al cabo de algún tiempo, y, «por no estrellarlo contra la pared», lo entregaba al brazo secular de Juana, la cual pocas veces lograba hacerle callar. Era necesario entregarlo á la madre, quien poseía en su hermoso y abundante pecho el secreto de ahuyentar los pensamientos lúgubres, y hacerle ver el mundo de color de rosa.

—¿Pero ha de estar mamando siempre ese chicuelo?—decía Miguel incomodado.—Te va á agotar.

Maximina sonreía encogiéndose de hombros, y daba un beso á su hijo, como diciéndole que estaba aparejada á dar mil vidas por él.

Mas cuando menos se esperaba, Juana, fértil en trazas, como Ulises, halló una que por lo nueva y lo eficaz, dejó pasmados á todos. Y como la mayor parte de los inventos fecundos y peregrinos, tenía el mérito además de la sencillez. Consistía en mantener al niño entre los brazos boca arriba, meciéndole arriba y abajo suavemente, y cantándole al propio tiempo, con voz algo plañidera, cierta melodía. Hemos sido siempre partidarios de que las grandes invenciones de resultados prácticos para la humanidad se difundan lo más pronto posible. Por consiguiente, no tendremos el egoísmo de callar este originalísimo cuanto simple recurso, que acaso el lector pueda utilizar (yo se lo deseo de todo corazón) algún día. La letra de la canción es como sigue:

Ea, ea, ea,
¡Qué gallina tan fea!
¡Cómo se sube al palo!
¡Cómo se balancea!

En cuanto á la música, yo creo que no estaba en ella el toque. Puede, por tanto, ponérsele cualquiera en la seguridad de obtener un feliz resultado, con tal que (entendámonos), con tal que se repita varias veces y en tono moribundo el último verso. Oirla el testarudo infante y quedarse arrobado con los ojos fijos en contemplación extática de no se sabía qué, era todo uno. Tal vez sería de la terrible gallina que sin cesar se balanceaba sobre el palo. Lo cierto es que aquellos ojillos tan abiertos y espantados, se cerraban blandamente al poco rato. Los habitantes todos de la casa daban un suspiro de satisfacción. El niño pasaba acto continuo al gran lecho nupcial, donde se le dejaba perdido en un rincón como un envoltorio de ropa.

Digo que en un principio Miguel se avenía de buen grado á salir con su esposa de paseo. Cuando el niño pedía el pecho, Maximina se lo daba sentándose en un banco, que procuraba estuviese en algún lugar solitario. Después solían entrar en la casa de vacas que allí hay, donde la joven tomaba chocolate. Mas al cabo de algunos días el hijo del brigadier, bien porque sus negocios lo exigiesen, ó porque tuviese ganas de charlar con sus amigos, dejó de acompañarla, proponiéndole que fuese sola con la niñera, pues de ningún modo quería que su hijo dejase de tomar el aire. Con harto dolor de su alma, aunque disimulándolo lo mejor que pudo, cedió ella á este deseo. El niño le infundía valor, es verdad; pero nunca pudo vencer enteramente la vergüenza y el miedo que las calles de Madrid le inspiraban cuando no iba con su marido.

Los primeros dos días no le fué mal en la excursión; mas al tercero, caminando por una calle solitaria del Retiro para comer un pedazo de pan que la niñera llevaba á prevención—pues por nada en el mundo hubiera osado entrar sola en la chocolatería,—se encontraron de manos á boca con Saavedra. A pesar de haberle visto el día anterior en casa, sintió un leve estremecimiento sin saber por qué y se puso fuertemente colorada, señal que no le desagradó al audaz lechuguino. Saludóla con efusión, hizo mil fiestas al niño, y sin pedir permiso se emparejó con ella. La niñera, por respeto, marchó delante. La conversación versó sobre los tópicos ordinarios del tiempo, lo saludable del paseo para los niños, etc., etc. De pronto Saavedra, parándose, le preguntó sonriendo:

—¿Qué ha hecho usted del pedazo de pan que estaba comiendo, Maximina?

La niña quedó tan confusa que no supo qué responder.

—Estoy seguro de que lo ha dejado usted caer al suelo. ¿Por qué le da á usted vergüenza comer cuando está criando un niño tan hermoso y robusto?

Animada con este elogio, que para ella era el más sabroso que en este mundo podían hacerle, contestó:

—Ahora siento debilidad á media tarde...

—El pan seco no le sentará á usted bien, criatura. Vamos á la chocolatería.

—¡Oh, no, ya estoy bien! No tengo ganas de chocolate.

—No sea usted hipocritilla. Cuando sale usted con Miguel lo toma usted todas las tardes. Ni ayer ni anteayer lo ha tomado usted, acaso porque no se atreve á entrar sola... Usted dirá ahora: «¿Cómo Alfonso sabrá todas estas cosas?»

—Es verdad; no comprendo...

—Y yo le diré á usted muy bajito, muy bajito (don Alfonso acercó los labios al oído de la niña): porque la he seguido á usted estas tardes.

La niña sintió que su miedo crecía. Hubiera hecho en aquel momento cualquier sacrificio por verse en su casa. No respondió una palabra y siguió caminando. D. Alfonso también siguió silencioso para que la bolita de veneno hiciese mejor operación. Cuando calculó que la imaginación de Maximina había ya dado bastantes vueltas, reanudó nuevamente la conversación por donde había comenzado, esto es, por los lugares comunes al uso. Entabló una plática familiar como dos amigos íntimos, haciéndole numerosas preguntas acerca del niño, por ser el tema más socorrido y el que más debía agradar á la joven, la embromó cariñosamente, sacó á plaza las manías de su tía la brigadiera: en suma, procuró con gran habilidad calmar su agitación y que reinase otra vez la confianza entre ellos. Mas no lo pudo acabar. Maximina estaba trémula, aunque hacía esfuerzos prodigiosos por ocultarlo, y contestaba con voz alterada y ronca á sus preguntas. Sin embargo, á fuerza de tiempo y saliva, Saavedra logró serenarla á medias. Instóla con fervorosos ruegos para que fuera á la chocolatería; pero ella se negó terminantemente y manifestó que ya era tiempo de regresar á casa; aunque no fuese verdad.

El sol desparramaba todavía sus rayos por las arenosas calles. Corría un aliento tibio y perfumado que presagiaba la primavera próxima: las yemas hinchadas de los árboles también la denunciaban con alegría. Veíanse muchos niños con el cabello por la espalda, elegantemente vestidos, corriendo detrás de los aros y de las pelotas, seguidos de sus padres ó ayos. Maximina se había dicho muchas veces en días anteriores: «¡Cuándo el mío será así!» Mas ahora los miraba desfilar por delante de ella acaso sin verlos; tan honda era la emoción que la embargaba.

D. Alfonso había procurado retenerla algún tiempo; pero cuanto más él instaba por que se quedase, más vivos deseos expresaba ella de irse. Caminando, pues, hacia la salida del Retiro y considerando por un lado que pronto tendría que dejarla y por otro que el paso que había dado era demasiado atrevido para poder volverse atrás, resolvió echar el pecho al agua y dijo parándose de nuevo:

—A todo esto, Maximina, usted todavía no me ha preguntado por qué la seguía estas tardes pasadas.

La niña sintió un estremecimiento más fuerte, su faz empalideció, las piernas le flaquearon.

No quiso ó no pudo contestar á lo que le preguntaban.

—Pues voy á decírselo: porque experimento por usted, Maximina, lo que hasta ahora no he experimentado por ninguna mujer de este mundo. En cuanto empecé á tratar á usted me inspiró una simpatía viva, irresistible, de esas que nos subyugan. En seguida comprendí que esta simpatía iba á convertirse en amor y luché con todas mis fuerzas por que no sucediese. Ha sido inútil. He tratado á muchísimas mujeres, he amado ó he creído amar á algunas; pero le juro que el sentimiento que me inspiraron estaba muy lejos de parecerse al que ahora me domina. Las trataba de igual á igual, veía sus cualidades y sus defectos, me admiraba y me enardecía su hermosura; ¡pero ahora! ahora no es amor solamente lo que siento, es una adoración profunda á su carácter sencillo é ingenuo, un respeto que ha enfrenado hasta ahora mi lengua á pesar de que el secreto pugnaba por salir. En mis ojos podía usted leerlo siempre que la miraba. Hace unos cuantos meses que mi espíritu está impregnado de tal modo de usted, hermosa y buena Maximina...

El gentil caballero decía toda esta retahila cursi, con labio balbuciente y ademanes descompuestos como es uso entre los seductores, aunque éstos sean como él «hombres de mundo». La observación me ha hecho aprender que los «hombres de mundo», los que se han llamado sucesivamente pisaverdes, lechuguinos y lyones, no son espirituales, ó mejor en castellano, no hablan con ingenio y donaire más que en las novelas. En la vida, y sobre todo cuando se despojan del aspecto lánguido y aburrido que los caracteriza, suelen ser tan vulgares y tan cursis como el último estudiante de medicina.

La pobre Maximina quedó tan turbada escuchando aquella algarabía amorosa, de la cual no entendió sino el sentido general, que de pálida se puso lívida; después la sangre afluyó repentinamente al rostro, los ojos se le nublaron y estuvo á punto de caer. Mas por un movimiento automático, del cual ella más tarde no se daba cuenta alguna, separándose violentamente de su acompañante, echó á correr gritando: «¡Plácida, Plácida!» Hasta que se emparejó con ella, y entonces le dijo: «¡Corra usted, corra usted, que me siento mal!» Ambas corrieron buen rato hasta que la fatiga les obligó á aflojar el paso. Pero ya estaban muy lejos de Saavedra, quien permanecía en el mismo sitio maravillado y extático ante aquella súbita é inesperada fuga.

Buscada y meditada de antemano una lección severa para tal insolencia y ruindad como la que D. Alfonso acababa de cometer, no hubiera salido más dura y cruel que aquella huída. Maximina, sin saberlo, no sólo había salvado su dignidad, sino que había impuesto al atrevido el castigo más doloroso en casos semejantes, que es el del ridículo. Saavedra quedó clavado al suelo de rabia hasta que, viendo pararse á algunos transeúntes y mirarle con curiosidad y volver después los ojos hacia las que huían, dió la vuelta y á paso largo se apartó de aquellos sitios.

Por fortuna cuando Maximina llegó á casa no estaba en ella Miguel. Si estuviese, al verla tan turbada, hubiera indagado la causa, y quizá entrado en sospechas. Tuvo tiempo á serenarse. Las criadas creyeron de buena fe que se había puesta enferma, y lo mismo él cuando llegó á comer. Sin embargo, aquella noche y el día siguiente nuestra niña estuvo muy intranquila. No sabía qué partido tomar. Por lo pronto determinó no salir á paseo sola, pretextando que temía le acometiese un desmayo como el que le había amagado. Pero si D. Alfonso venía á visitarla, ¿cómo se presentaría delante de él? Estaba segura de turbarse. El aborrecimiento y el miedo que le había tomado eran tan grandes, que por fuerza habían de salir á la cara. Quiso Dios que D. Alfonso lo entendiese también así, y no vino más por casa de Miguel. A éste, acostumbrado á verle á menudo, le llamó la atención su ausencia, y dijo estando á la mesa:

—Muchos días hace que no viene por aquí Alfonso.

Maximina no respondió y siguió comiendo con la cabeza baja. Al cabo de un momento añadió:

—Me alegraría de que no volviese. Por más que hago, no consigo tragar á ese hombre. El miércoles, según me han dicho, ha tenido un duelo que á mi juicio fué una verdadera cobardía. Se batió con un ingeniero que en su vida había cogido un arma, y, claro está, al primer encuentro le hirió peligrosamente. El que va á batirse con la seguridad que él iba en este caso, no es un hombre leal, ni siquiera una persona decente.

—¡Oh qué razón tienes!—hubiera exclamado de buena gana Maximina.

Pero se calló. La pobrecilla se figuraba que ya Saavedra no se acordaría más de ella. Sin que su adorado Miguel hubiese tenido disgusto alguno, todo había quedado resuelto satisfactoriamente. Poco sabía la cándida niña en achaque de pasiones humanas. Pronto aprendió, por desdicha, lo que la soberbia y la lujuria unidas son capaces de acometer.

XX

N estos mismos días fué cuando Enrique tomó la determinación de «arrastrar por el lodo el honor y el decoro de su familia.» Al efecto, se personó una tarde en casa de Miguel y le comunicó su proyecto advirtiéndole, con lágrimas en los ojos, que su intención no era arrastrar cosa alguna y mucho menos el honor de la familia, sino cumplir lealmente el compromiso que había contraído y la palabra que había dado á Manolita.

—Soy caballero, Miguel. Yo no puedo faltar decentemente á esa chica. Ponte en mi caso. Bien comprendo que mi familia tiene razón para oponerse á este matrimonio. Pero te juro que no es mi ánimo arrastrar su decoro. ¿Por qué había de arrastrarlo? ¿Qué gusto había de tener yo en arrastrarlo, vamos á ver?

—Es claro; tú no debes de tener ningún motivo de resentimiento con el decoro de tu familia.

—¡Naturalmente!

Después, algo remolón y acobardado, le confesó que traía una pretensión, la cual costó mucho trabajo hacerle desembuchar.

Al fin, á fuerza de ruegos, declaró que, si Maximina le hacía el honor de ser la madrina de su boda, se consideraría el ser más dichoso del universo. Después de haberlo dicho le pesó. Y viendo que Miguel quedaba pensativo, se puso tan afligido, que arrojó el sombrero contra el suelo y comenzó á llamarse bruto y á mesarse los cabellos.

—¿Qué es eso, Enrique, te has vuelto loco? Por mi parte no hay inconveniente en que lo sea. Pídeselo á ella, y si te lo concede está hecho.

—No; yo no se lo pido. Manolita es una chica honrada, pero de una clase muy humilde. Todos los que vayan á la boda van á ser también hijos del pueblo... gentuza, ¿sabes, chico? Hay que decir las cosas por su nombre. Tu mujer no querrá estar allí, y con razón.

Miguel se levantó de su asiento, asomóse á la puerta y gritó:

—¡Maximina!

Al instante se presentó la niña.

—Enrique te viene á suplicar que seas madrina de su boda. ¿Aceptas la invitación?

—¡Oh! ¿Conque te casas, al fin? Pues ya lo creo que tendré mucho gusto en ser madrina.

El semblante de Enrique se iluminó como si en aquel punto estuviese mirando desfilar todos los ángeles, arcángeles, tronos y dominaciones del cielo. Mas poniéndose repentinamente serio y enfurruñado:

—No, Maximina; tú no puedes ser madrina. Á mi matrimonio no irán personas de tu clase.

La niña le miró asombrada.

—¿De mi clase?

—Sí; allí no irán más que mujeres del pueblo; pescaderas, fruteras, taberneras, etc.

—¿Y qué importa que vaya quien vaya? Seré madrina si tú me quieres. ¿Soy yo por ventura alguna princesa?

—¡Lo que eres tú, un ángel!—exclamó Enrique poniéndose loco en el mismo instante. Para dar testimonio de ello, echó el sombrero al alto como antes lo había arrojado contra el suelo: acto continuo, se lanzó al aire en su seguimiento, haciendo tres ó cuatro piruetas portentosas: abatiéndose de pronto, tomó las manos de Maximina y comenzó á besarlas con frenesí.

—Me dispensarás este arranque, ¿verdad, Miguel? Tienes una mujer mejor que si fuese de oro y brillantes.

—Ya lo creo. ¿Qué iba á hacer yo con una mujer de oro y brillantes?

—Hombre, no seas material; es un decir. Maximina, todo él mundo habla bien de ti... hasta mi hermana Eulalia, que es cuanto se puede imaginar. Pero nadie sabe bien lo que vales. En cuanto mate otra vez, te brindo el toro.

—¡No, Enrique, no!—dijo la chica riendo.

La cara de aquél volvió á oscurecerse.

—Es verdad, un toro muerto por mí vale poca cosa. Pero te aseguro que he de conseguir, ó poco he de poder, que Lagartijo, el mismo Lagartijo, te lo brinde en una corrida de abono.

—No lo decía por eso, sino porque yo no voy nunca á las corridas de toros.

—¿Qué, no te lleva Miguel? ¡Valiente sin vergüenza! No tengas cuidado, hija: déjalo de mi cuenta, que para la primera corrida no os ha de faltar un palco ó cuando menos dos delanteras de grada.

El padrino designado para acompañar á Maximina fué un capitán de caballería, antiguo compañero del novio.

—Sentiría que no fuese de tu agrado, madrina. (Desde aquel momento hasta el fin de sus días Enrique no volvió á llamar otra cosa á la esposa de Miguel.) Porque aunque es un hombre notabilísimo, es bastante peña, ¿sabes?

—No entiendo...

Miguel se echó á reír.

—Que no le gusta el trato de las señoras.

—¡Ah! bueno—replicó la niña,—procuraré no molestarle.

—¡Qué has de molestar tú, lucero de la mañana—exclamó Enrique volviendo á ponerse loco,—si vale más oirte á ti hablar que á Tamberlik el credo del Poliuto! Lo que yo siento es que él no sepa decir esta boca es mía.

El día señalado fué un miércoles, y la hora las siete de la mañana. Amaneció hermoso y espléndido. En las calles de Madrid no se veía pizca de lodo. El que ensució el decoro de la familia Rivera era puramente metafórico. Miguel y Maximina fueron á casa de la desposada, que era un cuarto tercero de la misma calle del Baño, sin vistas á la calle. Enrique lo había alquilado de acuerdo con su novia, y lo había alhajado poquito á poco, llevando todos los días, como un jilguero, su pajita en el pico; un día el aparador, otro la mesa, otro dos sillas de rejilla, más adelante algunas docenas de platos y así sucesivamente. El nido resultaba pobre y pequeñito, pero agradable como todo lo que es nuevo y arreglado por y para el amor.

Enrique no había mentido. No se veía ninguna dama ni caballero de levita, exceptuando el padrino, que traía una, bien atrasadilla por cierto. En cambio las buenas mujeres que allí estaban y chulas lindísimas, ostentaban en su traje un lujo pintoresco muy grato de ver: ricos mantones de Manila floreados de mil colores, extendidos casi hasta el suelo; encima la mantilla de encaje ó de felpa; zapatos de charol descotados; en las orejas largos pendientes de perlas; en los dedos enormes sortijas de diamantes. El peinado de todas era casi idéntico; partido por el medio, moño atrás empingorotado y sortijillas en las sienes. Los hombres vestían en su mayoría chaqueta y sombrero de ala ancha; pero había bastantes toreros, amigos todos del novio, y éstos llevaban chaquetillas bien ceñidas de terciopelo ó paño fino, según su categoría en el arte, pantalón ajustado y camisa bordada con grandes brillantes en la pechera.

No había ningún individuo de la familia más que Miguel. Julita, que por éste lo había sabido, hubiera querido ir; pero se lo prohibió su madre. Enrique no invitó tampoco á los amigos de su clase por la razón que había dado á Maximina, esto es, por no avergonzarlos.

Cuando la esposa de Miguel se presentó oyóse un murmullo de respeto y simpatía entre los convidados. Los hubo entre ellos tan finos, que hasta se quitaron el sombrero. Manolita, que entre paréntesis, estaba preciosa con su trajecito negro de merino y mantilla de terciopelo, al verla entrar quedó confusa como si fuese la reina, y se dirigió á ella temblando y ruborizada.

—Señorita... mucho le agradezco... ¿Cómo sigue usted?

¿Pero no habíamos quedado en que Manolita era una chula desgarrada, y temible si las hay? dirán los lectores. Pues ahí verán ustedes. La mayor parte de estas chulas son en el fondo, siguiendo la expresión vulgar, unas infelices. La cáscara es lo único terrible que hay en ellas.

Lo raro en este caso es que Maximina estaba tan colorada y confusa como ella. En vez de entonarse ó afectar un continente protector, como muchas harían al verse entre gente plebeya, nuestra niña parecía que acababa de entrar en una asamblea de príncipes.

Púsose en marcha la comitiva hacia San José. Pero antes que se nos olvide diremos que entre los convidados se hallaba el diestro José Calzada (a) el Cigarrero, con su cuadrilla, de la cual, por desgracia, faltaba el simpático Baldomero. El matador de toros estrechó con respeto la mano da Maximina, y ésta, que había derramado lágrimas cuando Miguel le describió la muerte del Serranito, le demostró en la mirada, más que con las palabras, la simpatía que su noble conducta le inspiraba. Manolita le presentó también á su padre, aquel pavoroso cíclope que ya conocemos, el cual, por fortuna, aún no había tenido tiempo de emborracharse. Para saludarla se despojó del sombrero, que bien pesaría media arroba, y dejó escapar una serie de gruñidos tan odiosos, que la esposa de Miguel quedó helada de espanto.

La casa de la calle del Baño estaba toda en conmoción con aquella boda. El cortejo de los novios hacía un ruido infernal por la escalera. Las vecinas abrían sus puertas para verlos pasar. En la calle la gente también se paraba y se oían las voces de «¡una boda! ¡una boda!» y las preguntas de los transeúntes:

—¿Quiénes son?—preguntaba un viejo tendero.

—Una lechera que se casa con un señorito: mírelo usted, es aquel que va delante—contestaba una chula parada delante de la tienda.

—¿Y la novia?

—Aquella que va allí en el medio de todos con una señorita.

—¡Hermosa pieza! Tiene gusto el señorito. Yo me casaría lo mismo con ella.

—¡Aja! ¡Misté qué gracia!

—Y contigo también, barbiana.

—¡Ay, que me muero! Buen hombre, perro nuevo y perro viejo, nunca han hecho buen trebejo.

—Señorita—le decía en tanto Manolita á su madrina,—nunca podré pagarle el favor que me hace. ¡Razón tenía Enrique en deshacerse en elogios de usted!

—¡Oh! Por Dios, no me llame usted señorita. Yo soy su prima. Quisiera que usted me tutease.

—¡Eso nunca! Lo que voy á pedirle por favor es que cuando estemos en casa, me deje darle una docena de besos.

Maximina sonrió apretando la mano de la chula con afecto.

El cura bendijo la unión de los novios en la sacristía: después pasaron á la iglesia y oyeron misa y comulgaron.

Cuando salieron á la calle, eran ya las ocho bien sonadas. La comitiva había engrosado notablemente. Pasarían de sesenta las personas que rodeaban á los desposados. Como en el cuarto de la calle del Baño no podía tomar chocolate tanta gente, ya se había decidido días antes que fuesen al café de Cervantes, que está cerca de la iglesia. Allí entraron, en efecto, y casi lo ocuparon por completo. Las conversaciones se animaron de tal manera, que al poco rato, apenas se oía nadie. Enrique, rojo por la emoción, se sentó en una mesa con Miguel y empezó á desahogar su pecho con notable verbosidad.

—Ya sé yo, Miguel, que podría casarme con una señorita; pero ¿sabes tú? á mí no me ha dado nunca por las señoritas. Dicen que es que no tengo conversación. Podrá ser. Vamos á ver, Miguelillo, ¿no vale más mi flamenca que todas las señoritas de alfeñique que van á la Castellana? Y además, sabe trabajar, lo que no sabe ninguna de esas cursis; y sabe vivir con dos pesetas al día; y sabe ponerse un pañolito en la cabeza, ¿entiendes? y plantarse en la plaza de la Cebada donde las legumbres son más baratas. Y cuando vayamos al teatro no necesito llevarla á un palco ni á las butacas; con un par de paraísos vemos la función y quedamos tan contentos. Y si hace falta, ella misma se guisa la comida; y no necesito andar con ella todo el día del brazo haciendo visitas. ¡Al pelo, chico! Mira, yo ahora que estoy en activo, vengo á tener unos cuarenta y tres duros de paga. El cuarto me cuesta siete. Quedan treinta y seis. ¡Vivimos, Miguelillo, vivimos! Mi madre me prometió además ayudarme: me dará los garbanzos y el chocolate, y alguna cosita por debajo de cuerda, ¿sabes? Tenemos puesto el cuarto, ¡buen trabajo me ha costado! Hace cerca de un año que no tomo café, ni voy al teatro, ni fumo más que pitillos; todo por ahorrar para los dichosos muebles. ¡Hombre, con decirte que he tirado con un sombrero todo el año, y que he compuesto unas botas tres veces! Pero todo lo hacía con gusto por mi chulilla, que vale un Perú. ¡Mírala, mírala qué ojazos nos echa!

Era tan comunicativa la alegría de Enrique, que Miguel siempre estaba contento á su lado.

Este muchacho le había hecho pensar muchas veces que para ser feliz en el mundo bastaba creérselo.

Aún no habían concluido de tomar chocolate, cuando se abrieron las puertas del café y penetraron seis ó siete menestrales, que formaban con instrumentos de metal una horrísona y fementida murga, la cual entonó acto continuo un vals ó cosa así. Pues en vez de escapar y refugiarse en la buhardilla, aquella gente la recibió como si fuese la Sociedad de Conciertos, y se puso á acompañar el vals con la boca y con las cucharillas, que el mismo diablo no pararía allí.

Maximina se levantó, no por el ruido, sino porque estaba impaciente por su niño, que acaso ya tendría hambre. Manolita la miró con ojos tímidos como recordándole su promesa. La esposa de Miguel la abrazó y la besó tiernamente, diciéndole al oído:

—Irá usted por casa á conocer á mi chico, ¿verdad?

Cuando marido y mujer salieron del café iban contentos.

Escuchando de lejos el ruido de la murga y los cánticos, exclamó Miguel:

—¡Qué boda tan feliz la de estos muchachos! No se pronunciarán brindis ni se leerán poesías.