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Maximina

Chapter 23: XXI
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About This Book

La novela sigue el regreso de Miguel a un pequeño pueblo costero y su cortejo a una joven tímida, cuyo pudor y modestia complican los preparativos de matrimonio y la convivencia familiar. A través de escenas domésticas y conversaciones se exploran las relaciones entre parientes y vecinos, la influencia de la madrastra, los celos de una hermana y la vida social local; se observan pequeñas hipocresías, afectos vacilantes y tensiones entre tradición y deseos personales. El relato combina observación psicológica con descripciones del ambiente costero y episodios cotidianos que revelan caracteres y costumbres del lugar.

XXI

ON las debidas precauciones, esto es, insinuándole primero la idea vagamente, precisándola después cada vez más, comunicó Miguel á su esposa la necesidad de ir á Galicia unos días. Recibió ésta la noticia con espanto; pero viendo que su marido se impacientaba, hizo un esfuerzo sobre sí misma, y se serenó, y hasta en lo sucesivo procuró mostrarse alegre. Mas hallándose, como siempre después de almorzar, sentada sobre las rodillas de su esposo, mientras «el pillo de playa» dormía, y poniéndose á hablar de la ropa que el viajero había de llevar en su excursión, se le saltaron las lágrimas cuando menos podía presumirse.

—¡Qué chiquilla!—dijo Miguel besándola.—¡Por unos días de separación!

—No lloro por eso precisamente—respondió ella haciendo esfuerzos por sonreir.—¡De pocos días á esta parte tengo unas ideas tan tristes!

—¿Qué ideas?

—Se me figura que voy á morirme pronto.

—¡Ave María, qué atrocidad! ¿De dónde sacas tales aberraciones?

—No sé de dónde—replicó la niña sonriendo y resbalándole, sin embargo, las lágrimas por las mejillas.—Lo que siento es dejar á mi hijo tan pequeñito.

—¡Vamos, no desbarres!—dijo Miguel con impaciencia.—Esas ideas lúgubres son producidas por la tristeza que mi viaje te ocasiona. Por lo demás, aunque todos estamos sujetos á la muerte, no hay motivo alguno para pensar que tú estés cerca de ella. Eres una niña de diez y siete años. No has estado en tu vida un solo día en la cama, como no sea ahora, en el parto. Gozas de una salud á toda prueba... Más natural es que yo muera antes que tú. Te llevo una porción de años. Luego tengo una naturaleza endeble, como sabes...

—¡Calla, calla!—exclamó Maximina abrazándole y llorando perdidamente.—Yo no quiero oir que te has de morir.

—Pues hija, no hay más remedio.

—Pues yo no quiero oirlo, ¡no quiero! ¡no quiero!—replicó con una resolución tan graciosa, que el esposo la cubrió de besos.

Al cabo de un rato, y cuando ya habían hablado de otra cosa, Maximina volvió al mismo tema.

—Si yo me muriese, tú te volverías á casar, ¿no es verdad, Miguel?—dijo con una expresión entre cándida y maliciosa, que ocultaba, sin embargo, una preocupación muy seria y viva ansiedad.

—¡Vuelta á lo mismo! Deja de una vez esas tonterías, querida.

—¿Te volverías á casar, Miguel?—insistió dejando la sonrisa y descubriendo su ansiedad.

—Pues bien, voy á hablarte con franqueza. Si tú te murieras (que no te morirás), no te respondo de que en el curso de mi vida no tuviera relaciones materiales ó carnales ó como se llamen con otras mujeres; pero sí te respondo y te juro que no me uniría en matrimonio con ninguna. Y esto no sólo por el profundísimo y entrañable amor que te tengo, hasta el punto de que hoy eres una parte esencial de mi ser, y si tú me faltases es como si faltase la mitad de mi yo, sino aun por razones de egoísmo. Sería desgraciado con cualquiera otra mujer. Dios te ha dotado, hermosa mía, de todas, absolutamente de todas las cualidades necesarias para hacerme feliz.

La niña comprendió bien que aquellas palabras eran sinceras y miró á su marido con entusiasmo y alegría. La pobrecilla se conformaba de todo corazón con que se divirtiese, con tal de que no se casara.

Miguel, al pronunciar las últimas palabras, se había enternecido. Tapóse los ojos con la mano y volvió la cabeza. Al verle en aquella actitud, una sonrisa de gozo iluminó el semblante de su esposa.

—¿Lloras?—le preguntó al oído.

Miguel no contestó.

—¿Lloras?—volvió á decir.—Lloras, sí; no me lo niegues.

Y trató de separarle las manos de la cara con infantil curiosidad.

—¡Quita, quita!

—Déjame verte llorar, Miguel.

Y luchó con todas sus fuerzas hasta conseguir ver algunas lágrimas en los ojos de su marido.

—¿Estás contenta ya?—dijo éste riendo.

Después de unos instantes de silencio:

—¿Y tú, Maximina?—dijo con acento conmovido.—¿Te casarías?

—¡Oh, por Dios!

—Eres muy joven y nada tendría de singular que eso sucediese. Al cabo de algún tiempo las mismas circunstancias te lo impondrían. Acaso tus parientes te empujarían á ello. Una mujer no está bien sola en el mundo... Si así fuese, no dudo que amarás á tu marido; pero yo te juro que no le amarás tanto como á mí. Hay cosas, Maximina, que no vuelven jamás, y una de ellas es el primer amor; mucho menos si este primer amor ha sido bendecido por el cielo como el tuyo... Fíjate en las paredes de este despacho, conserva en tu memoria indeleble la forma de estos muebles, el color de la alfombra, la dulzura de ese rayo de sol que penetra por el trasparente. Todo esto que ahora tiene tan poca importancia, si yo me muriese la adquiriría quizá muy grande: porque los instantes de dicha que ahora pasamos aquí, tú sentada sobre mis rodillas, yo mirándome en tus ojos, no volverían, Maximina, ¡jamás volverían para ti!

La niña se dejó caer sobre el pecho de su esposo oyendo estas palabras, como una sensitiva que se doblega al más leve contacto.

—¡Oh, Miguel de mi vida! ¿Qué te he hecho para que me hables así?

Y los sollozos la ahogaban.

Procuró calmarla por cuantos medios estaban á su alcance; mas para conseguirlo se vió obligado á prometerla solemnemente que no se moriría.

Llegó por fin el día de la marcha. Se había convenido en que, durante la ausencia de Miguel, Julita vendría á dormir con su cuñada. Lo mismo ella que la brigadiera habían acudido aquella tarde á despedir al viajero. Era la hora del oscurecer. Miguel, después de comer apresuradamente y solo, mandó avisar un coche y se preparó á partir. Al dirigirse á su esposa para besarla, ésta se apartó bruscamente y corrió á ocultarse en su alcoba.

—¡Si es tu marido, tonta!—gritóle Julita riendo.

Miguel la siguió y buscando á tientas dió con ella en un rincón.

—¿No quieres que te bese, vida mía?

—¡Oh! sí, Miguel; pero allí delante de gente me muero de vergüenza.

Al meterse en el coche, nuestro joven llevaba el corazón apretado:—«¡Si no fuese por lo que es, cualquier día me metería yo en estos líos, y sobre todo dejaría á mi mujer y á mi niño!»—se dijo con cierta amargura.

Antes de llegar al distrito se detuvo en la capital de la provincia, donde fué recibido por el gobernador con extremada cordialidad. Era un joven que acababa de desempeñar la tarea de segundo ó tercer gacetillero en un diario liberal de la corte. Se decía en la ciudad que sus conocimientos administrativos acaso podrían ser más sólidos sin inconveniente; pero en cambio, cuando bien se le antojaba, respondía en verso á las comunicaciones, paseaba por las calles de chaqueta y hongo, convidaba á manzanilla á los diputados provinciales la mayor parte de los días, gastaba bromas con los porteros, y en las sesiones de la Diputación se autorizaba algunas veces silbar por lo bajo aires de Barba Azul ó La Gran Duquesa. Llamábase Castro.

En cuanto Miguel se presentó en el Gobierno civil, le dió un abrazo apretadísimo, como si fuese íntimo amigo, aunque no se habían hablado en Madrid más de cuatro veces, y comenzó familiarmente á tutearle. Prometióle inmediatamente todo el apoyo oficial.

—Te sacaré á flote aunque sea por los pelos, chico. Vé al distrito y escribe desde allí todo lo que te haga falta, que lo haré aunque sea una barbaridad.

Alegre con este recibimiento, y lisonjeado, tomó nuestro héroe al día siguiente la diligencia para Serín, que distaba unas siete leguas de la capital. Era un pueblecillo mezquino, pero admirablemente situado cerca de una ría, cuyas orillas mostraban la vegetación lujuriante de los países cálidos, y el fresco verdor de los setentrionales. Los naranjos, limoneros y laureles de la ribera casi se daban la mano con los castañares y robledos que se extendían por la falda de las montañas. Estas eran suaves y verdes en los primeros términos negras y abruptas en los últimos, de suerte que formaban un grandioso cordón que hacía más pintoresco el paisaje. El grupo de casitas blancas que componía el pueblo de Serín, estaba envuelto por una tupida faja de árboles, excepto por la parte de la ría, en cuyas aguas claras y azules se espejaba.

Pues aquel deleitable paraje que parecía un rinconcito del paraíso, lo era del infierno á lo que pudo averiguar inmediatamente Miguel. Sin que le faltase, como vamos á ver, no una, sino dos serpientes para atormentar á sus indígenas. Estos se hallaban, desde tiempo inmemorial, divididos en dos bandos, los de la Casona y los de la Casiña, llamados así porque los primeros se reunían en un edificio grande, oscuro, con dos torres almenadas, que había en lo alto del pueblo, y los otros en una casa de un solo piso, construída con lujo de adornos, hermoso portal con verja de hierro y dos grandes miradores, sita en el muelle. También se llamaban «los de D. Martín» y «los de D. Servando»; por el nombre de sus respectivos caudillos. La división de estos partidos no se fundaba en que los unos, los de la Casona, representasen el elemento tradicional y conservador, y los de la Casiña, el novador y liberal, supuesto que se había visto varias veces á los primeros defendiendo á los gobiernos liberales, y á los segundos sostener la causa del candidato moderado. La pelea estaba encendida solamente por el afán de dominar en el Ayuntamiento y ser dueños por ende del pueblo. Lo demás les tenía sin cuidado. Sin embargo, no es posible negar que en los de D. Martín había tendencias marcadas hacia el absolutismo. En los de D. Servando no se advertían en cambio hacia la libertad.

Este D. Servando fué quien recibió á Miguel al apearse de la diligencia, y le llevó quieras ó no á su casa. Era un hombre grueso, de regular estatura y que frisaría en los sesenta años. Su rostro, de un color rojo subido, estaba exornado por cortas patillas grises. Gastaba levita negra muy larga y hongo negro también.

—¿Tengo el honor de hablar con el Sr. Corcuera?—le preguntó muy fino, con marcado dejo gallego.

—No, señor, me llamo Miguel Rivera, para servir á usted.

—Está muy bien—respondió, y dirigiéndose á un mozo en seguida:—Muchacho, recoge el equipaje del señor y ten cuidado de él: ya se te avisará dónde has de llevarlo.

—Supongo que será usted el Sr. Bustelo—se apresuró á decir Miguel.

—Allá, en doblando aquella esquina, hablaremos. Le agradecería que me hiciese el favor de seguirme.

Y D. Servando se puso á caminar con paso firme y reposado hacia la esquina indicada. Miguel le siguió, sin comprender lo que aquello significaba.

Cuando hubieron llegado, D. Servando le dijo sin mirarle y como si hablase con la mencionada esquina:

—He recibido aviso del señor gobernador de que llegaba usted esta tarde, y cuento que usted me honre aceptando una modesta habitación en mi casa.

—¿De modo que es usted el Sr. Bustelo?

—Aquella casa que usted ve allí, donde hay un carro parado, es la de usted, mi señor. Tenga la bondad de ir delante, que no tardaré en seguirle.

Miguel hizo lo que le mandó sin comprender qué objeto tenía aquel misterio. Después tampoco lo supo; pero no le sorprendió. La cualidad predominante de don Servando, la que resplandecía en todos sus actos y jamás le abandonaba, era la cautela. No preguntaba nunca directamente más que lo que ya sabía: lo que deseaba averiguar, siempre lo hacía por medio de largos rodeos y ocultando bien su deseo. No respondía tampoco jamás de una vez y claramente á las preguntas, por insignificantes ó indiferentes que fuesen. Á las pocas horas de estar en su compañía, Miguel se convenció de que era inútil tratar de enterarse de nada de lo que á su persona se refería. Por esta cualidad sobresaliente era admirado de sus amigos y temido de sus adversarios, en grado sumo. Hablaba poco y sin mirar al interlocutor.

Después que hubieron cenado y de haber traído la maleta del huésped con infinitas precauciones, se encerraron los dos en el despacho de D. Servando, y éste, en menos de una hora, se bebió seis botellas de cerveza.

—Parece que es usted aficionado á la cerveza, señor Bustelo.

—Phs... así así... prefiero el vino—contestó con la gravedad y el acento gallego que le caracterizaban.

En los días siguientes pudo observar Miguel que apenas probaba el vino.

Uno en pos de otro, y como si se tratase de peligrosa conspiración, vinieron á visitar al candidato oficial los partidarios de D. Servando, los cuales se las prometían muy felices en la elección. Sin embargo, no tardó en comprender Miguel que las fuerzas estaban muy equilibradas; porque si bien, en la que pudiéramos llamar región urbana, esto es, en el casco de la población de Serín, predominaban los de la Casiña, en la parte rural se hallaban en patente minoría. Las fuerzas oficiales tampoco estaban por entero á su disposición, pues si el Ayuntamiento de Serín era suyo, el de otros dos concejos, Agüeria y Villabona pertenecían á D. Martín, y en ellos estaba, sobre todo en el último, la clave de la elección. El General Ríos se había presentado sin oposición por este distrito, y desde este momento los partidarios de la Casona habían rivalizado con los de D. Servando en solicitud y eficacia para servirle. Tal era la táctica usual entre ellos. Cuando se veían en la imposibilidad de luchar, humillaban la cabeza y hacían lo posible por captarse la amistad, ó al menos la benevolencia del diputado, á fin de recabar algunas migajitas de favor que no les pusiera del todo á merced de sus implacables enemigos. Bien sabían por experiencia que si esto llegaba á suceder, les aguardaba toda clase de vejaciones y algunas veces el presidio, pues unos y otros se pintaban solos para empapelar al lucero del alba. Gracias á ello, aunque el General se inclinaba á los de la Casiña, no había consentido que se maltratase á los otros, y aun había llegado á dejar en sus manos algunos empleos retribuidos por el Estado, cosa que alteraba la cólera de los amigos de D. Servando, y los encendía de tal modo, que secretamente murmuraban del Conde y hasta se proponían vengarse de él en ocasión propicia. Así que veían el cielo abierto teniendo en perspectiva otro diputado que esperaban fuese enteramente suyo y arrancase de cuajo la influencia de don Martín en el concejo, al menos, por una larga temporada. Por esta razón, D. Servando tuvo la precaución maliciosa de alojarle en su casa, á fin de que ni D. Martín ni ninguno de los amigos de D. Martín pudieran visitarle.

Al día siguiente de llegar, por la mañana, después de escribir á Maximina, salió á echar la carta al correo, proponiéndose al mismo tiempo recorrer la villa. En la primer calle, que desembocaba en el muelle, columbró un buzón y á él se dirigió; mas al acercarse observó que tenia clavada una tabla sobre la abertura. Siguió caminando y algo más lejos vió otro; pero sucedió lo mismo, é igualmente en otros tres ó cuatro que acertó á ver en distintos parajes del pueblo.

—¿Quiere usted decirme dónde puedo echar esta carta al correo?... Todos los buzones que he visto están clavados—dijo á una doméstica que pasaba.

—Es que la cartería ahora la tiene D. Matías... un comercio de comestibles que está cerca del muelle, ¿sabe?... No tiene pérdida; siga esta calle abajo y la hallará.

La cartería, en efecto, según pudo después averiguar, era uno de los estados que los dos bandos de Serín se disputaban con encarnizamiento, pasando alternativamente de las manos de un amigo de D. Martín á las de otro de D. Servando, y viceversa. Como generalmente eran personas distintas, porque precisaba contentar á todos, de aquí que muchas de las casas de Serín se hallasen agujereadas. La cartería estaba dotada con el sueldo de tres mil quinientos reales al año.

Caminando por una de las calles tropezó con don Servando, el cual le saludó gravemente y trató de pasar de largo.

—¿Qué hay, Sr. Bustelo, va usted hacia su casa?

—No, señor, no; voy dando una vueltecita. Después tengo algunos negocios... Quede con Dios, Sr. de Rivera.

Este se fué á casa, y antes de llegar vió que entraba en ella D. Servando. ¿Por qué había mentido? Sólo Dios lo sabe.

Al tener noticia de que Miguel había echado una carta al correo, quedóse lívido el jefe de los de la Casiña.

—¿Cómo... Sr. Rivera... una carta?

—Sí, señor, una carta—respondió, sin comprender aquella sorpresa.

—¿Pero no sabe usted, mi señor, que D. Matías es... de los otros?

—¿Y qué?

—Aquí no recibimos ni echamos cartas al correo en la villa; las enviamos á Malloriz, y allí tenemos también una persona que recibe las que nos escriben y nos las remite después.

—¡Hombre, qué desconfianza!

—Toda es poca, mi señor; toda es poca.

Tranquilizóse al saber que la carta era para su mujer, y acto continuo le convidó á beber una botellita de cerveza. Para el jefe de la Casiña el beber cerveza era una función augusta de la vida. Tenía espantado al pueblo porque se decía, quizá con verdad, que bebía cinco duros diarios de este licor. No poco ayudaba tal prodigalidad, verdaderamente horrible en aquel país, á mantener su prestigio. D. Servando era el único rico que gastaba todas sus rentas en Serín, y eso que estaba soltero.

XXII

O primero que los de la Casiña exigieron de Miguel para afianzar su elección fué que trabajase para destituir al alcaide de la cárcel, quitar la cartería á D. Matías y el estanquillo á un sujeto llamado Santiago, todos amigos de don Martín. Y efectivamente, Miguel escribió al gobernador y á sus amigos de Madrid. A los cinco ó seis días vino la separación del estanquero y de D. Matías, y poco después la del alcaide, nombrándose en su lugar á otras tres personas adictas á la cerveza de D. Servando. Este, al escuchar la noticia, se dignó sonreir y bebió tres vasos sin respirar. Los amigos vislumbraron en aquélla sonrisa y en la succión de los tres vasos tanto y tan hondo misterio, que se miraron henchidos de fe y entusiasmo por su jefe.

Pero los de la Casona estaban envalentonados á pesar de hallarse en la oposición, y proclamaban á los cuatro vientos la candidatura de Corrales, que por haber sido ministro varias veces gozaba de mucha notoriedad en el país, aunque no dispusiese de la fuerza oficial. Verdad que era dueño de los ayuntamientos de Agüeria y Villabona y que la votación de estos concejos compensaba muy bien la mayoría que en Serín pudieran llevarles sus contrarios. Aunque la elección fuese por sufragio universal, unos y otros tenían perfectamente calculadas sus fuerzas. Por eso la primera cuestión que se puso sobre el tapete aquella noche en casa de D. Servando, una vez conseguida la separación del alcaide, fué la suspensión de los ayuntamientos citados, la cual debía llevarse á cabo antes de comenzar el período electoral. Hallábanse discutiendo los medios más conducentes para conseguir tal propósito, cuando penetró en la estancia uno de los numerosos espías que D. Servando tenía en el pueblo, y les dijo que D. Martín había tomado asiento para el día siguiente en la Ferrocarrilana. Honda perturbación causó la noticia entre los circunstantes, y desde luego se supuso, aunque nadie osó preguntarlo, que D. Servando le acompañaría en el viaje, pues tal era la costumbre desde tiempo inmemorial. En cuanto D. Martín se movía del pueblo, su contrincante hacía la maleta y le seguía adonde quiera que fuese, suponiendo que cuando marchaba por algo sería, y este algo no podía ser otra cosa que algún daño para él ó para sus amigos. Cuando don Servando emprendía un viaje, su enemigo D. Martín hacía lo mismo. Todos en la villa conocían la costumbre y nadie se maravillaba.

En efecto, D. Servando, luego que todos se fueron, mandó á su criado á tomar un asiento de berlina en la Competencia. No se despidió de Miguel, pero lo dejó todo prevenido para que no le faltase nada durante su ausencia, la cual duró dos días. Al cabo de ellos regresó, ó por mejor decir, regresaron ambos jefes. Don Martín no había ido á la capital más que á orificarse una muela.

Todos los días recibía Miguel una cartita de sobre cuadrado y hermosa y grande letra inglesa (la del colegio de Vergara). Maximina no escribía largo, pero sí mucho más que cuando soltera. Su instinto le decía que Miguel no podía reirse ya de las nonadas que le contase, sobre todo si se referían al niño. En todas ellas se advertía un deseo irresistible de que volviese pronto á sus brazos, aunque procuraba ocultarlo para no turbarle en sus quehaceres.

«Ayer Julita me llevó al paseo. Estaba concurrido y ella muy animada. Yo cuando volví á casa sentí una tristeza tan grande que no te la puedo explicar. Recordaba que la última vez que paseé por la Castellana fué contigo, mi vida, mi todo.»

La niña de Pasajes, por la influencia de su marido, que no era nada parco de cariñosas palabras, se había hecho más expansiva en sus caricias. Á toda mujer amante le pasará lo mismo si tiene un marido como Miguel, un poco mimoso.

«Esta noche me desperté sobre las cuatro ó las cinco, y sin saber lo que hacía, fuí á dar un beso á Julia en el cuello figurándome que eras tú. Antes de hacerlo volví en mí: me acometió un dolor tan vivo que estuve llorando una hora. No sé cómo Julia no despertó. Perdóname que te diga estas cosas, mi vida, soy una tonta. Lo principal es que te vaya bien como dices y logres tu deseo. Tiempo nos queda, si Dios quiere, para estar juntos. No dejes, por Dios, de rezar las oraciones de costumbre al acostarte.»

Cada carta le ponía á nuestro candidato melancólico y pensativo para un rato.—«¡De qué buena gana mandaría á paseo á estos cafres y me iría á dar un abrazo á la hija de mi suegra (que Dios haya!)»—se decía algunas veces.

Pero como el negocio marchaba viento en popa, lo sufría con paciencia. Escribió á Madrid á varios amigos para que gestionasen la suspensión de los citados ayuntamientos enemigos. Mendoza, y lo mismo los otros, le contestaron que el presidente y el Ministro estaban conformes. Sin embargo, se pasaban los días y la orden no venía.

Otro asunto traían entre manos los de la Casiña que les preocupaba, aunque no tanto como el anterior. Era la carretera desde Serín á Agüeria, que el vecindario de ambos puntos ansiaba que saliese á subasta. Muchas veces se había gestionado por ambos bandos sin resultado: últimamente el General les había prometido trabajar hasta conseguirlo; pero su partida á Alemania frustró las esperanzas de los partidarios de D. Servando, los cuales esperaban que el distrito les debiese á ellos el beneficio y no á los de la Casona. Mas hete aquí que averiguan que éstos gestionan activamente en Madrid la subasta por medio de Corrales, quien como ex-ministro y persona muy conocida en la política, no dejaba de sostener buenas relaciones con los actuales ministros. Entonces los de la Casiña se alarman y obligan á Miguel á poner en juego otra vez sus influencias para que de ningún modo se conceda el favor á Corrales y sí al candidato oficial que ellos apoyan. De Madrid responden á Miguel que el negocio está en vías de arreglo: más tarde recibe otra carta en que le dicen que el ministro ha prometido sacarla inmediatamente: después otra en que le anuncian que la orden saldría muy pronto en la Gaceta. Pasaba, no obstante, lo mismo que con la de la suspensión. No acababa de llegar.

Y los genízaros de D. Servando, aunque muy confiados en el triunfo, se iban impacientando y apretaban á Miguel, quien á su vez se impacientaba mucho más por sus indirectas, y sentía atroces impulsos de decirles una insolencia.

Una tarde, hallándose como de costumbre bebiendo cerveza en el escritorio de D. Servando, oyeron la explosión de una bomba en los aires. Quedaron súbito, graves y silenciosos con el oído atento. Estalló al instante la segunda y uno de los presentes dijo:

—Son cohetes.

—¿Cohetes á estas horas?

Y las siete ú ocho personas que allí había se miraron sorprendidas y no poco alarmadas, porque los dos bandos vivían en perpetuo sobresalto.

—¿Hay alguna función de iglesia mañana?

—No, señor.

—Que salga uno á enterarse...

Salieron dos; los cuales volvieron á los pocos minutos, agitados y pálidos, diciendo con voz temblorosa:

—Los cohetes se están disparando desde los balcones de la Casona.

—¡Esos p... han recibido la noticia de la subasta!

La zozobra y el terror se apoderó de todos los corazones. Por un movimiento simultáneo volvieron los ojos hacia el jefe, ilustre por su prudencia.

D. Servando bebió pausadamente dos vasos de cerveza, y después de limpiarse repetidas veces los labios con el pañuelo, rompió el afanoso silencio diciendo:

—Alcalde, vaya usted al Ayuntamiento y mande los dos alguaciles á la Casona á prevenirles que no arrojen más cohetes. El artículo 62 de las Ordenanzas municipales prohibe que se arrojen sin permiso de la autoridad.

Los genízaros dejaron escapar un suspiro de satisfacción. No en vano habían depositado su confianza en el astuto caudillo.

Salió el alcalde y quedaron comentando el suceso, esforzándose por explicar cómo la noticia había llegado primero á los otros que á ellos. La opinión general era que les habían hecho una trampa en correos.

Los amigos de D. Martín, irritados por la prohibición del alcalde, reunieron la orquesta del pueblo, compuesta de diez ó doce instrumentos, casi todos de metal, y ofreciendo á los músicos una buena propina, á más de un pellejo de vino que se les mostró para animarles, les hicieron recorrer el pueblo tocando, y luego los situaron en medio de la plaza, donde comenzó á acudir la gente al reclamo: los mozos improvisaron un baile y hubo vivas á D. Martín y á la carretera.

Nuevo y doloroso conflicto para los de D. Servando, reunidos en cónclave.

—Alcalde—tornó á decir aquél,—mande usted cesar á la música. Las Ordenanzas municipales, arts. 59 y 60, previenen que se solicite el permiso de la autoridad para esta clase de manifestaciones.

Pero los de D. Martín no se acobardaron. En cuanto se les intimó la orden, sintiéndose fuertes, porque el público, ganoso de jolgorio, les apoyaba, pasaron con la orquesta el puente que hay sobre la ría y que divide el término municipal de Serín del de Agüeria por extraño caso. Una vez fuera de la jurisdicción del alcalde enemigo, la música bramó y chilló de un modo horrísono, y los de D. Martín, animando á la muchedumbre á seguirles, volvieron á organizar los bailes y á prorrumpir en vivas. Así pasó la tarde en fiesta y jarana, mientras los de la Casiña, reunidos en el escritorio de su jefe, paladeaban, haciendo muecas de disgusto, el amargor de la derrota.

Y para colmo de desdichas, El Occidente, periódico de D. Martín, que le tocaba salir al día siguiente, los insultaba más que nunca y se burlaba de ellos de un modo cruel. En Serín había dos periódicos semanales: uno El Occidente, de los de la Casona, que aparecía los jueves, y otro La Crónica, de D. Servando, que se publicaba los domingos. Estas eran las dos serpientes á que aludíamos al describir el paraíso de Serín. La Crónica estaba escrita casi entera por un ex-piloto, y por eso en todas sus cuchufletas había términos marítimos. Á D. Martín solía llamarle «el pailebot Martín Pescador», y á su mujer «la fragata de alto bordo doña Manuela», lo cual hacía morir de risa á sus partidarios. El Occidente estaba encomendado á un maestro de escuela, quien para insultarles rebuscaba los términos más estrambóticos del diccionario. Aquel día llamaba á D. Servando «tozudo y zorrocloco», y para Miguel también tenía algunas alusiones desvergonzadas. El primero tomó su «zorrocloco» con mucha filosofía; pero el segundo, poco avezado á las polémicas groseras de los pueblos, se puso fuertemente colorado y declaró «que estaba resuelto á abofetear y escupir en la cara al director de aquel papelucho».

Los amigos de D. Servando se miraron estupefactos.

—Despacio, despacio, mi señor—dijo aquél con la flema de siempre.—No le aconsejo que haga semejante cosa, porque es el mayor gusto que usted pudiera darles. El juez de primera instancia es suyo.

—¿Y qué tenemos que ver aquí con el juez? Se trata de un asunto de honra que se resolverá pegándonos ese individuo y yo una estocada ó un tiro.

Los circunstantes se miraron aún con mayor susto. En Serín eran desconocidos en absoluto semejantes procedimientos, y por consiguiente, no había que pensar en que nadie se batiera. Si ejecutaba lo que había anunciado, Miguel corría gravísimo riesgo de ir á la cárcel y aun de ser incapacitado. Convencido á la postre, renunció á su proyecto, aunque de mala gana.

No rieron mucho tiempo los de la Casona. A los tres días llegó la orden de suspensión de los Ayuntamientos de Villabona y Agüeria. ¡Entonces sí que hubo jarana y cerveza en la Casiña! D. Servando, para dar matraca á sus enemigos, hizo salir á la música y la tuvo doce horas cencerreando por las calles. Aquel día no quedó ni un solo cohete por disparar en Serín.

Con este golpe quedó asegurada por completo la elección de Miguel. Los de la Casona así lo comprendieron, y con las orejas caídas empezaron como siempre á gestionar el indulto. Faltaban solo nueve días para abrirse el período electoral.

Mas aquí conviene, como nunca, exclamar con el poeta:

¡Oh instabilidad, mudanza cierta!
¿Quién habrá que en sus males no te espere?
¿Quién habrá que en sus bienes no te tema?

Dos días antes de empezar dicho período, cuando los partidarios de la Casiña andaban alegres y descuidados, y mustios y emberrenchinados los de la Casona; cuando se susurraba y aun se daba por segura la retirada de Corrales, y Miguel se disponía á regresar á la corte, pues su presencia ya no era necesaria en el distrito, he aquí que cae en Serín, como una bomba, la noticia de haber sido repuestos los Ayuntamientos suspensos. Por desgracia la noticia era exacta. Los amigos de D. Servando, después que se hubieron repuesto un poco de la sorpresa (pues en un principio ni acertaban á hablar siquiera), convinieron en que era una equivocación ó había pasado «algo gordo» en Madrid. Como no había telégrafo para entenderse con el Gobernador, Miguel decidió, acto continuo, alquilar un coche y plantarse á escape en la capital.

Á pesar de la cordialidad con que le recibió, de los abrazos efusivos y la sonrisa campechana, nuestro candidato vió claramente en los ojos del Gobernador que algo tenía en la trastienda y desde luego se propuso sacarlo á luz cuanto antes. Comenzó, pues, á estrecharle con preguntas, á las cuales el jefe civil de la provincia contestaba en términos vagos. Nada sabía de las causas de aquella reposición. Acaso surgirían dificultades en el Consejo de Estado... Acaso el ministro consideraría innecesaria la suspensión para ganar las elecciones...

—Si el ministro lo ha hecho por sí solo, sin el acuerdo del Presidente, no ha obrado bien. ¿Tú crees que el Presidente tiene noticia de lo que ocurre?—preguntó Miguel.

—Hombre, yo no sé...

—Es que tengo su palabra terminante de que el Gobierno me apoyará con todas las fuerzas de que dispone. Sin esta palabra nunca me hubiera presentado candidato por un distrito que no conocía...

—Chico, no sé... no sé...

—Castro—dijo Miguel apretándole fuertemente una mano y mirándole con severa fijeza.—Eres mi amigo, y vas á decirme la verdad... ¿Qué ocurre?

—Ya comprenderás que mi posición no me permite hablarte con franqueza. Si pudiera lo haría.

—Ó eres ó no mi amigo. Díme lo que ocurre—insistió Miguel con energía.

—Pues bien, si me das tu palabra de caballero de que no harás uso ninguno de ello, te lo diré.

—Te la doy.

—¡Mira que te obligas á mucho!

—Te la doy. Habla.

—Quedamos en que no harás nada que signifique que sabes lo que voy á revelarte... Observando desde hace algún tiempo, y sobre todo en estos últimos días, que respecto á tu elección el ministro cerdeaba bastante, y sabiendo la amistad que te une al Presidente y las conferencias que con él has tenido, quise consultar con éste para saber de una vez á qué atenerme. Ayer telegrafié á su secretario. Mira la contestación que he recibido.

El Gobernador mostró un telegrama descifrado ya que decía:

«Candidato oficial.—D. Miguel Rivera.

Diputado.—D. Manuel Corrales.»

Miguel lo retuvo algún tiempo entre las manos. Dibujóse en sus labios una sonrisa triste é irónica.

—Está bien—dijo, arrojándolo sobre la mesa.—Una pedrada más de las muchas que el mundo me ha tirado.

—Lo siento en el alma, chico. El Presidente se habrá visto apretado; porque ya ves, Corrales es una persona muy importante de la situación pasada... Mañana puede ser ministro... y la política es así, chico... Hoy por tí y mañana por mí.

—Sí, sí, ya veo cómo es la política. El Presidente me ha dado su palabra de caballero de apoyar mi candidatura frente á la de Corrales: me ha hecho escribir una porción de cartas y mover numerosas relaciones; me ha obligado, últimamente, á separarme de mi mujer y mi hijo. El Presidente hacía todo esto, por lo visto, con la intención de venderme. Yo no sé qué nombre tiene esto en política; pero en castellano, sé que se llama una bajeza, una vileza (recalcando las palabras)... Queda con Dios, chico—añadió alargándole la mano.—Te agradeceré siempre, de todos modos, lo que por mí has hecho y la buena acogida que me has dispensado.

—Oyes—le dijo el Gobernador cuando ya salía.—Se me olvidaba decirte que aquí se ha recibido un telegrama para tí que debe de ser de tu familia.

Miguel se sobresaltó.

—¿Qué dice?

—Aquí debe estar; toma.

El parte era de su madrastra, y decía:—«Vente inmediatamente. Te necesito para un negocio urgentísimo».

Hasta cierto punto, le tranquilizó su contenido, porque, si estuviera enfermo alguno, lo diría. Pero como de todas suertes daba lugar á dudas, agitado y triste se metió aquella misma tarde en la diligencia con dirección á Madrid.

XXIII

A cortesía exquisita, abrumadora, de D. Alfonso Saavedra, sus atenciones delicadas con todo el mundo, sus modales respetuosos con las damas, ocultaban una soberbia satánica y una impudencia ilimitada. Desde muy temprano se había hecho eje del mundo, según la expresión vulgar, y profesaba el desprecio absoluto de la humanidad. Entre los jóvenes ricos, hijos de familias aristocráticas, no es rara esta conducta. El desprecio de todo es la única moda que no varía nunca entre ellos. Pero la mayoría no saben pasar de aquí, y llenos de celo, no ambicionan otra cosa que poder manifestar á sus semejantes, en cuantas ocasiones se presentan, este nobilísimo desdén, que forma parte integrante de su soberanía. Mas tal adorable ingenuidad les suele acarrear disgustillos á veces. Y aun se da el caso de que su desprecio no sea bien apreciado y comprendido; porque entre las muchas y ridículas manías que padece la humanidad, una de ellas es la de que no se la desprecie. Y no vale razonar este desprecio diciendo: «Yo debo noventa mil duros; soy vizconde y tengo mucha nuez; juego portentosamente al bacarrat; un antepasado mío calzaba las botas á Felipe II; guío un carruaje como el mejor mayoral y hace pocos días, entre otro vizconde y yo «tomamos el pelo» á un sabio en casa de Vallehermoso; llevo unos pantalones tan notables que obligan á volver la vista á los transeuntes y estoy enredado con una bailarina del Real, á quien pagan otros.» Nada; la humanidad se empeña en no reconocer la gravedad é importancia de los motivos que estos preclaros jóvenes alegan para despreciarla.

D. Alfonso, más cauto por naturaleza y más experimentado también por su estancia en países extranjeros, comprendía que era conveniente transigir con tal manía; pero en el fondo profesaba las mismas ideas. Aquel precepto de la filosofía kantiana, muy á la moda entonces: «No tomes á la humanidad como medio, sino como fin» era para él letra muerta.

Después del fracaso del Retiro, aunque herido en lo más hondo y lo más vivo de su orgullo, supo disimular perfectamente, y si no se presentó más en casa de Miguel no fué porque su resentimiento se lo estorbase, sino por el temor de que Maximina, prevenida ya, tomase una violenta resolución que le comprometiese. No conocía bien su carácter. Cuando halló al matrimonio, por casualidad, en la calle, estuvo tan fino y atento como siempre, disculpando su ausencia prolongada muy donosamente con un tío que le había salido de repente y cuya descripción viva y acabada les hizo. Saavedra, sin tener ingenio ni instrucción, poseía cierta entonación burlona y algo cómica que provocaba la risa, y también un poco de repulsión hacia su persona. Cuando acababa de «disecar á algún amigo,» la impresión que quedaba en los oyentes era penosa. Maximina, al tropezar con él se había puesto como una cereza y le costó grandísimo trabajo serenarse. Por fortuna, Miguel no lo advirtió.

El día mismo que éste se marchaba á Galicia, volvió á ver á Saavedra en el Ateneo, adonde solía acudir algunas veces el lechuguino á leer los periódicos franceses. Dióle cuenta de su viaje y se despidió. D. Alfonso quedó largo rato sentado en un diván. Una arruga cada vez más profunda se le fué señalando en la frente. Después, repentinamente, se deshizo la arruga, adquirió el rostro la expresión indiferente y desdeñosa de siempre y se levantó. Algo quedó resuelto debajo de aquella frente; algo que tenía poco que ver con el mandamiento de Kant y menos con los de la ley de Dios.

En casa de la tía se enteró de que Julita iría á dormir con su cuñada y la acompañaría todo el tiempo que le dejaran libre sus ocupaciones. Estas se reducían casi á las lecciones de piano y canto. Por nada en el mundo permitiría la brigadiera que dejase un sólo día de teclear las cuatro horas de reglamento y de hacer los gorgoritos señalados. D. Alfonso pasó cuatro ó cinco días meditando, espiando entradas y salidas, combinando planes. En este tiempo se mostró más amable que nunca y más rendido con su prima; pero rehusó acompañarla á casa de Miguel alegando diferentes pretextos.

Los sábados almorzaba siempre en casa de la brigadiera. El primero que le tocó, después de la marcha de Miguel, Julita, aunque almorzaba siempre con su cuñada, vino á casa por honrar al primo y porque ya no le era posible disimular el arrebatado amor que le profesaba. Durante el almuerzo estuvo jovial y divertido como siempre. Sin embargo, los ojos amantes de Julita creyeron advertir en sus ademanes cierta inquietud, como si estuviese preocupado con alguna idea. Naturalmente, la achacó á lo que más le convenía; al amor, cada vez más receloso y más ardiente, que su primo la demostraba. Cuando hubieron terminado, éste la preguntó en tono indiferente:

—¿Viene hoy el profesor de piano?

—Sí, á las cuatro.

—Entonces no volverás á casa de Maximina hasta que hayas dado la lección—volvió á decir con más indiferencia si cabe.

—Desde luego: no es cosa de andar yendo y viniendo—contestó la brigadiera.

Pasaron al gabinete, y Julita se sentó al piano y don Alfonso al lado de ella. Las ternezas que el primo la susurraba apagábalas la gentil chiquilla con un forte oportuno.

—Hoy te brillan los ojos de un modo, Julia, que si algo te faltase por quemar en mi corazón, habría que tocar á fuego ahora mismo.

—¡Pedal, pedal!—gritaba la niña riendo, y sofocaba las últimas palabras del lechuguino con un horrísono tecleo.

Levantaba de nuevo su piececito del pedal y comenzaba á tocar nuevamente. D. Alfonso aprovechaba algún morrendo para decir:

—Julita, te adoro; te quiero más que á mi vida...

—¡Pedal! Pedal!—tornaba á exclamar la niña; y no le dejaba concluir.

Mas al poco rato de hallarse de aquella suerte embebidos, D. Alfonso exclamó, llevándose una mano á la frente:

—¡Oh, qué desgracia!

—¿Qué hay?

—Que mi tío se marcha hoy para Sevilla y aún no he estado en casa del notario á arreglar los papeles de mamá.

—¡Qué cabeza de chorlito! Anda, ve á recogerlos; tienes tiempo.

—¡Oh, si se tratase de recoger solamente!... Tengo que examinar buena porción de ellos y echar algunas firmas.

—¡Corre entonces, haragán... corre!... De seguro que tu mamá me va á echar á mí la culpa de tus distracciones.

Julita dijo esto fingiendo enfado; mas sin poder ocultar el placer que el supuesto le causaba.

—¡Yo que iba á pasar una tarde tan deliciosa! ¡Meterme ahora en el archivo de un notario á comer polvo y á calentarme la cabeza!

—Anda, anda; lo primero es lo primero... De todos modos, llevabas camino de decir muchas mentiras esta tarde.

—Verdades como puños, prima divina.

—¡Vete, vete, embustero!

La berlina, según había ordenado al cochero, le esperaba en la esquina de la calle. Encendió un cigarro habano y dijo cerrando la portezuela:

—A casa de los Sres. de Rivera.

Cualquiera que le hubiera visto reclinado en el fondo del carruaje con el cigarro entre los dientes, le diputaría por un elegante aburrido que iba á dar una vuelta por la Castellana.

No obstante, la misma arruga, signo de intensas cavilaciones, que había aparecido en su frente cuando se despidió de Miguel en el Ateneo, surcábala ahora, quizás más honda y más oscura.

—A las seis, como siempre, en el Suizo—dijo al auriga bajándose del coche.

Y con lento paso, el semblante algo pálido, penetró en el portal de la casa de Miguel y subió la escalera.

Tiró de la campanilla con fuerza, como amigo familiar y mimado.

Salió á abrirle Plácida.

—¡Señorito, buenos ojos le vean!—exclamó con la simpatía que inspiran á las domésticas las visitas de la casa, cuando son buenos mozos.

—Hola, chiquita—dijo el caballero con acento protector, dándole una palmadita en la mejilla.—¿Tu amo?...

—¿Pero no sabe que el señorito se ha ido el lunes á Galicia? ¡Bien se conoce que ya no ensucia la escalera de esta casa con el polvo de sus botas!

—¿La señorita?—preguntó el elegante con gesto distraído, colocando, al propio tiempo, el bastón y el sombrero en el perchero.

—En su gabinete está cosiendo... ¿Quiere que la avise?

—No hay necesidad—replicó avanzando resueltamente hacia la sala, y abriendo la puerta del gabinete.

Maximina cosía alguna ropa del niño, mientras éste, ajeno enteramente á las luchas políticas en que estaba metido su papá, dormía en la alcoba ocupando dos cuartas cuadradas del gran lecho conyugal. El pensamiento de la niña volaba por encima de la blanca cabeza del Guadarrama, atravesaba los yermos campos de Castilla, é iba á perderse en las frondosas arboledas de Galicia. «¿Tendrá bastantes calcetines?»—se preguntaba en aquel momento. Esta era la grave preocupación de Maximina desde que su esposo se había ido. «Ocho pares, no bastan, no pueden bastar, mudándoselos todos los días como él acostumbra. En aquel país creo que no se lava la ropa á menudo. ¡Ay, Dios mío, y si llueve y se humedece los pies, ¿cómo se los va á mudar dos ó tres veces al día como hace aquí?... Estoy segura de que no se le ocurre comprarlos... ¡Es más dejado!...

Sonó el pestillo de la puerta. Al levantar la cabeza, sus ojos se encontraron con los de D. Alfonso.

Es difícil figurarse la sorpresa que aquella aparición repentina causó á Maximina, y el susto y el terror que de ella se apoderaron. Se puso pálida hasta dar en lívida, después fuertemente colorada, después otra vez pálida; todo en obra de muy cortos momentos.

Saavedra cerró la puerta y le alargó la mano con gran desembarazo.

—¿Cómo está usted, Maximina?

Ésta apenas pudo articular la contestación. Su mano temblaba fuertemente.

—¿Qué es eso, tiembla usted?—dijo el caballero reteniéndola un momento en la suya.

Nada contestó.

—Si fuese un enemigo el que aquí entrase, comprendo ese temblor; pero siendo un amigo tan apasionado... tan estúpidamente apasionado como yo lo soy de usted... Digo mal en llamarme su amigo: mejor haría en llamarme su esclavo, porque desde hace mucho tiempo ejerce usted sobre mí un dominio absoluto.

El rostro de la niña estaba contraído por una sonrisa, que más parecía mueca de terror. Sus ojos expresaban el mismo espanto. Quiso decir algo, pero la voz expiró en su garganta.

—El último día que hablé con usted, Maximina—siguió diciendo el andaluz, después de sentarse á su lado,—me aventuré á manifestarle algo de lo que pasaba dentro de mi corazón. Acaso haya cometido una tontería; pero el paso está dado y no puedo volverme atrás. Necesito completar hoy lo que entonces no hice más que indicarle; necesito expresarle á usted, aunque sea bien difícil, el amor, la idolatría que usted me inspira, las terribles congojas que desde hace un mes he experimentado, el estado de verdadera locura á que su crueldad me ha conducido...

Maximina seguía muda. Parecía la estatua de la desolación.

—Voy á contárselo á usted todo, ¡todo! ¿No es verdad que me perdonará usted, hermosa Maximina?

Y el osado caballero pronunció estas palabras con voz insinuante, melosa, apoyando suavemente al mismo tiempo la palma de su mano sobre el dorso de la de Maximina. Esta la retiró como si la hubiese tocado un animal inmundo, y poniéndose de pie como empujada por un resorte, corrió á la puerta, la abrió y entró en la sala. D. Alfonso la siguió y la retuvo por un brazo. Ella entonces, sacudiéndose con fuerza singular, se desprendió; pero en vez de huir se quedó frente á frente de él con las mejillas inflamadas y mirándole con unos extraviados ojos que daban miedo.

La verdad es que entre las muchas actitudes que había imaginado que la esposa de Miguel podía tomar, nunca había podido Saavedra representarse aquella. Esperaba repulsas, frases de indignación, hasta injurias, y tenía preparado para este caso un continente frío y sosegado: esperaba la orden de irse inmediatamente, la amenaza de gritar, y también tenía aparejado lo que había de decir para apaciguarla inmediatamente: por último, allá en el fondo del alma, su presunción le adulaba diciéndole que Maximina no podría resistir mucho tiempo á su atractivo y á su gloria de seductor. Mas aquellas extrañas huidas, intempestivas, aquel mudo terror, le sorprendieron y un poco le desconcertaron.

—¿Qué va usted á hacer, Maximina?—le dijo, aunque la niña no decía nada; pero le convenía prevenirla para cualquier evento.—Si usted grita ó llama á sus criadas, se compromete usted muy seriamente; habrá un escándalo, se enterará todo el mundo, incluso su marido, y usted irá perdiendo mucho más de lo que se figura... Vamos, sea usted razonable,—añadió en el tono meloso que había usado antes, y acercándose á ella.—La cosa no es para tomada de ese modo trágico. Que yo esté enamorado de usted perdidamente, no tiene nada de particular, ni tengo culpa de ello, sino Dios que la ha hecho tan hermosa, tan dulce, tan simpática... Y que usted me concediera un pequeño favor... que me permita besarla una mano en pago de tanta adoración, de tantas amarguras y tristezas como en este último mes he pasado, creo que tampoco tendría mucho de extraño. Sería en usted, no una prueba de amor, que ya sé que no la merezco, sino de su caridad, de su carácter bondadoso, que ni aún en ocasiones como ésta puede desmentirse. Este favor, que aunque insignificante para el mundo y para la conciencia, para mí sería inmenso, quedaría secreto hasta la muerte entre los dos... Mi agradecimiento por él sería eterno... Vamos, hermosa Maximina, no desmienta usted su bondad... Se lo pido á usted de rodillas. Déjeme usted poner los labios en su mano y me marcho tranquilo y feliz... ¿Quiere usted más humildad?

El audaz, cuanto astuto caballero, al pronunciar estas últimas palabras, había doblado, en efecto, la rodilla, y se apoderó de una mano de la niña. Pero ésta se la arrancó con sorprendente braveza y echó una mirada de angustia en torno, como buscando socorro. Después huyó como un relámpago al despacho de Miguel. D. Alfonso la siguió también corriendo. La niña se acorraló detrás de la mesa y volvió á arrojarle aquella pavorosa y extraviada mirada, propia, en realidad, de una loca.

Miguel había dejado sobre la mesa, abierto, su estuche de navajas de afeitar, y la que había usado, encima de él, abierta también. Por un refinamiento amoroso, Maximina no había querido tocar en estos objetos, ni que nadie tocase, dejándolos así hasta su regreso. Rápidamente se apoderó de aquella navaja, y acercándosela á su cuello dijo con voz ronca:

—¡Si usted me toca otra vez, me mato! ¡Me mato!

Fueron las primeras palabras que salieron de su boca en aquella escena, que duró pocos minutos.

El acento con que las pronunció y la mirada con que las acompañó, no daban lugar á duda. Aunque no llegase á matarse, Saavedra comprendió que se daría una cuchillada, correría la sangre y habría en la casa un serio conflicto del cual no saldría bien librado. Por eso se apresuró á decir:

—No la tocaré. Pierda usted cuidado.—Y luego añadió con sonrisa irónica, en tono que rebosaba de despecho:—Vaya, vaya; donde menos se piensa salta una Lucrecia. Si fuese pintor, Maximina, la retrataría á usted así, con el brazo levantado, y la mandaría á la exposición. Un poco prosaico es eso de la navaja; pero tales son los tiempos. Las Lucrecias ahora, en vez de puñal cincelado, gastan navaja de afeitar.

Quizá el desabrido tenorio hubiera seguido dirigiendo á su pretendida víctima otras groseras y cobardes burlas como estas: mas en aquel momento el oído de Maximina percibió hacia el gabinete el blando y levísimo quejido del niño que se despertaba. Era tan leve, que sólo una madre podía oirlo á aquella distancia.

Soltó la navaja y exclamó:

—¡Hijo de mi alma, allá voy!

Pasó como una saeta por delante de D. Alfonso. Si éste tratase de retenerla, es casi seguro, dado el ímpetu que llevaba y su robusta musculatura, que le hubiera volcado.

No pensó en semejante cosa el caballero. Lo que hizo fué girar sobre los talones, tomar el sombrero y marcharse á esparcir su mal humor y despecho á la Castellana.

Maximina se serenó pronto. Sin embargo, pocas horas después comenzó á sentir un frío intenso que la obligó á meterse en la cama y á pedir una taza de tila. Al día siguiente estaba ya buena. Pensó en escribir á Miguel rogándole que viniese; mas en seguida comprendió que se vería obligada á darle alguna razón, y no la tenía. ¿Y si sospechaba algo y la forzaba á declarar lo que había pasado? De seguro se desafiaría con Saavedra, y como éste era un espadachín, le mataría.

—¡Oh! ¡Primero me mataría yo que decírselo!

Y la fiel esposa, al pensarlo, se estremeció de horror.

XXIV

A fracasado la primera parte de mi plan: vamos á ver si en la segunda soy más feliz—se dijo D. Alfonso al salir de casa de Miguel.

Pasó aquella tarde, mientras su mirada vagaba perdida por la balumba de coches que trotaban por la Castellana, meditando odiosos y atrevidísimos proyectos, que pronto vamos á conocer.

En los días que siguieron comenzó á mostrarse más rendido y apasionado con su prima, pasando largas horas en su compañía. No le faltaba ya á Julita más que este súbito ardor de su galán para volverse loca. La aspereza de su temperamento inquieto y bravío se había trocado hacía tiempo en mansedumbre. D. Alfonso, gracias al vituperable descuido de la brigadiera, usaba con ella ciertas libertades, inocentes sí, pero muy peligrosas. Cuando la hubo hecho su esclava, le dijo un día:

—Julita, ¿quieres casarte conmigo?

—¡Qué preguntas!—exclamó la niña, poniéndose como una amapola.

—Bien; quedamos en que me aceptas por marido.

—¿Quién te ha dicho eso, majadero?

—Me lo has dicho con esos ojos pícaros, desde que te conocí. No lo niegues, Julia.

—¡Tonto! ¡tonto! ¡insufrible!—exclamó la niña, queriendo enfadarse.

—No hablemos más de eso. Negocio concluído. En principio convenimos ambos, la Srta. D.ª Julia Rivera, por una parte, y D. Alfonso Saavedra, por otra, en que queremos casarnos. Ahora: medios para llevar á cabo nuestro proyecto. Yo he cumplido ya los veinticinco años (si no lo sabías, ahora lo sabes) (Julia se ríe). Por consiguiente, la ley me autoriza para casarme cuando se me antoje, sin permiso de mi madre. No obstante, este permiso es para mí indispensable, primero, por el cariño frenético que me profesa, por el deber en que estoy de no contrariarla ó causarla disgustos que la pobre no merece; segundo, por una consideración egoísta que es también muy atendible. Yo he sido un pillo, Julita, un pródigo que se ha gastado en pocos años la fortuna heredada de su padre. El resultado de esto es que hoy me encuentro á merced de mi madre, la cual, en honor de la verdad, no ha sido hasta ahora tacaña conmigo. Pero como tú comprenderás, no sé lo que sucedería si me casase contra su gusto. Ahora bien, lo confieso con vergüenza, yo no estoy acostumbrado á trabajar, ni aunque fuese tal mi deseo, sabría en qué ocuparme. Necesitamos, pues, contar con mamá para casarnos. Mañana mismo la escribiré, y si, como presumo, no se opone á nuestra boda, podemos desde luego señalar la época para ella.

¡Qué noche de insomnio aquélla para Julita! Y sin embargo, ¡qué noche tan feliz!

D. Alfonso daba por seguro su matrimonio, y hablaba de él como si ya estuviera hecho. Las conversaciones que sostuvieron en los cuatro días trascurridos entre la carta y la contestación, versaron casi todas acerca de los preparativos necesarios para la boda, lo que harían después de unidos, etc. Se esperaba con impaciencia la bendición de la mamá de Sevilla. En cuanto á la brigadiera, como D. Alfonso era su ojo derecho, no se había pensado en ella siquiera. Por consejo de aquél, Julita no le había dicho una palabra todavía.

Llegó al fin la carta. ¡Nunca hubiese llegado! Saavedra entró en casa de su tía con el semblante pálido y ojeroso y una mortal tristeza pintada en él. Para este efecto teatral había pasado una noche de crápula previamente. Julia también se puso demudada al verle, pues en seguida entendió lo que pasaba. Cuando se hubieron sentado junto al piano, sitio donde mantenían casi todas sus conversaciones secretas, exclamó el caballero con acento dolorido, metiendo el rostro entre las manos:

—¡Qué desgraciado soy, Julia!

Ésta calló unos instantes, y después dijo:

—Tu madre no quiere que nos casemos, ¿verdad?

D. Alfonso no respondió.

Reinó silencio por largo rato. Julita lo rompió al fin con voz temblorosa.

—No te aflijas así, Alfonso. En vez de darme ánimos me los quitas.

—Tienes razón, hermosa mía: hasta en esto soy un egoísta. Debiera considerar que además del dolor que sentirás como yo, si me quieres, á ti se te hace una ofensa...

—No, no—se apresuró á decir la joven,—no siento la ofensa. Mi sentimiento es únicamente por no ser tuya.

Saavedra le dirigió una mirada de amor fascinadora y la apretó fuertemente la mano.

—Mamá no habla mal de ti. Si algo dijera que pudiera ofenderte, ya sabría yo contestar... Mejor será que tú misma leas su carta—dijo sacándola del bolsillo.

Esta carta escrita por el mismo Saavedra imitando la letra de su madre y remitida á un amigo de Sevilla, para que de allí se la mandase, era un documento notable por su malicia. No se mentaba á Julita en ella. La mamá se lamentaba vivamente «porque había soñado para su hijo un partido brillante; bien sabía él cual era. Que ésta había sido la ilusión de toda su vida; que había soltado la palabra y todos los parientes estaban ya en ello: en fin, que estando muy vieja y achacosa, aquel disgusto la causaría seguramente la muerte.»

El efecto que esta carta produjo en la joven fué el que tenía calculado su autor. En vez de templar el fuego, lo hizo crecer notablemente. Los celos eran la mejor leña para el caso.

—¿Quién es esa mujer con la cual quieren casarte, Alfonso?—dijo Julita tímidamente, mientras gruesas lágrimas le rodaban por las mejillas.

—No sé, no sé, ¡déjame!—exclamó él con tono desesperado.

—Dímelo, Alfonso: lo deseo vivamente.

—Qué importa quien sea. Yo la odio, la detesto.

—De todos modos, quiero saber cómo se llama.

—Es la condesa de San Clemente.

—¿Es joven?

—Mucho más vieja que tú: tiene lo menos veinticinco ó veintiséis años.

—¿Es bonita?

—¡Qué sé yo! Tanto la doy porque sea fea ó bonita.

—¿Pero es bonita?

—Dicen que sí; pero ya te digo que á mí no me importa nada.

Guardó silencio prolongado la niña. Su corazón latía apresuradamente. Al cabo de un rato dijo con acento melancólico clavando al mismo tiempo en su amante una mirada ansiosa:

—Concluirán por convencerte, Alfonso. Al fin pararás en casarte con ella.

El caballero andaluz levantó hacia ella su vista airada y exclamó con energía:

—¡Antes me harían pedazos que tal sucediese!

—No puedes asegurar nada—replicó ella mirándole con la misma zozobra.—Irán trabajando, trabajando sobre ti, te enredarán de tal modo, que al cabo no tendrás más remedio que sucumbir.

—No, no: ¡te juro que no!... Vamos, no me hables más de eso, Julita, porque es una conversación que me incomoda.

Los ojos de la joven brillaron con alegría un momento. Después volvieron á expresar el mismo abatimiento.

Transcurrieron cinco ó seis días. D. Alfonso redoblaba sus manifestaciones de cariño. Pesaba, no obstante, sobre los amantes un disgusto tan abrumador, que les obligaba á mantenerse largos ratos silenciosos con la cabeza baja y los ojos en el vacío. Julita lloraba á menudo, y Saavedra, enternecido también, hacía esfuerzos inútiles por consolarla. La verdad es que no veían salida para sus penas. El horizonte se mostraba enteramente cerrado y oscuro.

—Yo no tengo carrera ninguna: no sé trabajar—decía el caballero.—Si nos casáramos nos moriríamos de hambre... ¡Este es el resultado de haberme educado para rico!

Tanto como morirse de hambre, no lo creo—respondía Julita poniéndose muy colorada.—Mamá y yo no somos ricas, pero podemos vivir decentemente... Claro está que para tí, acostumbrado á otra clase de vida, esto sería muy duro... pero...

—¡Oh, no me hables de eso, Julia!—exclamó el caballero con el gesto de un hombre herido en su dignidad.—Es rebajarme demasiado creer que yo puedo consentir en que me mantengáis... Pero aunque perdiese el decoro hasta ese punto, tampoco lo haría, porque no quiero matar á mi madre.

La niña se calló y aparecieron como otras veces algunas lágrimas en sus mejillas.

—¿Sospecha algo tu madre de lo que nos está pasando?

—No.

—Pues ten mucho cuidado. Ya sabes cómo es su genio. Si se enterase de que mamá se opone, lo echaría todo á rodar y no me consentiría poner más los pies en esta casa.

Una tarde, pasados ya bastantes días, llegó el caballero con la faz más despejada que los anteriores. En vez de sentarse cerca del piano, fueron los amantes á colocarse en pie en el hueco del balcón. Después de pintarle las cosas muy negras, como siempre, y de lamentarse largo rato, D. Alfonso dijo á su prima:

—Como en todo el día y toda la noche no pienso más que en esto, querida Julia, se me han ocurrido ya algunos medios de salir del conflicto. No te los he dicho porque son muy disparatados. Sin embargo, esta noche dando vueltas en la cama sin poder dormir, me vino á la imaginación uno muy seguro, pero muy atrevido... tanto, que tengo miedo decírtelo.

—¿Tan malo es?

—Malo no; atrevido. Exige de tí desprecio á ciertas convenciones sociales y una gran fuerza de voluntad.

—Vamos, dilo: tengo ya curiosidad de conocerlo.

—Pues bien, Julia; mamá, aunque te la representes como una mujer dura, por tus recuerdos de la niñez, y porque en realidad tiene un exterior frío y grave que previene en contra suya, no deja de tener un corazón muy bueno. Me ha dado pruebas inequívocas de ello, perdonándome á veces demasiado pronto faltas gravísimas. Es un carácter orgulloso como el de tu mamá; pero estos caracteres son los más fáciles de vencer. Basta humillarse para que cedan... Pensaba yo esta noche:—Si Julia se atreviese á dar un golpe decisivo, á escaparse conmigo á Sevilla y presentarnos á ella, tengo la seguridad que no vacilaría en perdonarnos y darnos su bendición. Ninguna mujer, por mala que sea, consiente en dejar deshonrada á la hija de una prima hermana.

—Ese proyecto es una locura. ¡Parece mentira que tú me propongas semejante atrocidad!

—Yo no te lo propongo: no hago más que referirte un pensamiento que me ha ocurrido. Si á tí no te cuento lo que siente mi corazón y lo que cruza por mi mente, ¿á quién se lo he de contar, Julia mía?

—Eso es lo último que debías pensar.

—¡Tengo pensado tanto, que no es extraño que ya piense lo último! El proyecto será atrevidísimo, violento y repugnante para tí, pero no una locura como dices. Es un medio seguro, infalible, de conseguir nuestro objeto.

—Pues aunque sea seguro, infalible, yo no le acepto ¿lo oyes bien?

D. Alfonso no se dió por vencido. Continuó discutiendo sin perder la calma, aduciendo razones, poniendo numerosos ejemplos que traía preparados, destruyendo de mil mañosos modos los escrúpulos de Julia. Pero cuando la joven se veía acorralada, envuelta en las redes de la sofistería de su amante, se encolerizaba de pronto y exclamaba:

—Bien, será lo que tú dices; pero yo no quiero, no quiero, y basta.

Julia, aunque dotada de un carácter ligero é impetuoso, no tenía turbia la conciencia. Era una chica honesta, y por lo tanto, aquel proyecto hería de un modo vivo su pudor. No obstante, Saavedra seguía martillando sin cesar con la esperanza de quebrarlo.

Declinaba ya la tarde. El gabinete se iba poblando de sombras. D. Alfonso agotó al fin todos los recursos de su ingenio sin lograr lo que se proponía.

—Bien está—dijo al cabo de largo silencio, haciendo esfuerzos por ocultar su despecho y dando á sus palabras cierta entonación lúgubre.—He buscado con afán los medios de salir de este doloroso estado en que nos vemos. Te propuse el único factible y seguro. Tu misma has convenido en ello y has comprendido la necesidad de adoptar una decisión enérgica. Y, sin embargo, te niegas á aceptarlo. Respeto los escrúpulos que tienes para ello; pero me permitirás que te diga que la mujer que ama de veras se sobrepone siempre á ellos. Si el amor que me tienes fuese tan grande como dices...

—¡Alfonso!

—Ya sé que me quieres. No te esfuerces en decirlo... Pero el resultado es que, queriéndonos mucho, somos muy desgraciados, y que no hallamos medio de dejar de serlo. ¿Qué nos queda que hacer? Pues separarnos y procurar no volvernos á ver.

—¡Oh Alfonso!

—Sí, Julia, sí; conviene que nos separemos para siempre. Aquí no hacemos más que martirizarnos cruelmente. Es una vida infernal la de tener la felicidad delante de los ojos y no poder tocarla. Antes de proponerte este último recurso, muy violento sí, pero absolutamente indispensable, he decidido firmemente expatriarme en el caso de que no lo aceptases. Mañana, pues, tomo el tren para París. Lo confieso ingenuamente, no tengo valor para soportar esta angustiosa situación.

Calló el astuto caballero. Julia tampoco despegó los labios. Por su gracioso semblante se esparció una triste palidez. Los ojos se clavaron estáticos sobre un punto del espacio y permaneció inmóvil como una estatua. D. Alfonso la dejó en esta actitud largo rato sin turbar su ardiente y afanosa meditación, echándole frecuentes ojeadas. Su palidez iba cada vez en aumento.

Cuando juzgó que había llegado el momento oportuno, el audaz seductor fué á tomar el sombrero que había colocado sobre el piano, y volviendo hacia la niña, alargándola la mano, la dijo con voz temblorosa:

—Adiós, Julia.

Esta se la retuvo un instante, y echándole una mirada desesperada, con el rostro lívido ya, le dijo:

—No te vayas, Alfonso. Haz de mí lo que quieras. Estoy pronta á seguirte.

El caballero, después de cerciorarse de que su tía no los veía, la estrechó largo rato entre sus brazos.