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Maximina

Chapter 27: XXV
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About This Book

La novela sigue el regreso de Miguel a un pequeño pueblo costero y su cortejo a una joven tímida, cuyo pudor y modestia complican los preparativos de matrimonio y la convivencia familiar. A través de escenas domésticas y conversaciones se exploran las relaciones entre parientes y vecinos, la influencia de la madrastra, los celos de una hermana y la vida social local; se observan pequeñas hipocresías, afectos vacilantes y tensiones entre tradición y deseos personales. El relato combina observación psicológica con descripciones del ambiente costero y episodios cotidianos que revelan caracteres y costumbres del lugar.

XXV

HICO, tráeme un vaso de limón... Tráeme dos, ¿entiendes?

El banquero se sofocaba. Era un hombre pequeño y gordo que casi echaba sangre por las mejillas. Se desabrochó el cuello de la camisa y continuó barajando, dando fuertes resoplidos, como si le amagase algún ataque apoplético.

—Juego.

Los puntos hicieron el suyo colocando las puestas al lado de las cartas. Una mano enguantada arrimó un paquete de billetes á una de ellas.

—¿Cuánto va de esto, Saavedra?—dijo el obeso tahúr levantando sus ojos, que expresaban terror y pedían misericordia.

—Todo—contestó secamente el caballero andaluz.

—¿Cuánto es?

—No sé.

El tono era asaz despreciativo. Sin embargo, el banquero no se ofendió. Tomó el paquete y se puso á contar bajo las miradas atentas del grupo de jugadores que en torno de la mesa estaban, unos sentados, otros en pie.

—Son diez mil doscientas pesetas.

—No hay bastante en la banca—dijo un punto alargando ya la mano para recoger su puesta.

—Va abonado—replicó el banquero, cada vez más rojo. Parecía que iba á estallar.

Mientras tiraba por las cartas reinó silencio absoluto. La de D. Alfonso era un siete.

—Ya está aquí—dijo el banquero con mal disimulado abatimiento, colocando la baraja sobre la mesa.

Acto continuo se puso á pagar las puestas menudas, dejando la de Saavedra para la última. Cuando llegó á ésta sólo sobraban siete mil pesetas.

—Debo tres mil doscientas—dijo, entregándoselas.

D. Alfonso las recogió y las metió en el bolsillo con displicencia. El juego se deshizo. El banquero, limpiándose el sudor de la frente con el pañuelo, se acercó al andaluz, que se había sentado en un diván y leía tranquilamente un periódico.

—Quince mil duros te llevas en el bolsillo, chico.

—No lo sé—replicó D. Alfonso, sin levantar la vista.

—Pues yo sí. Villar y González han perdido nueve mil y nosotros más de doce mil. Entre todos los demás no se han llevado seis mil duros.

—Phs; podrá ser—replicó el caballero.

—Cualquiera diría al verte la cara que son quince mil piedras las que tienes en el bolsillo, chico. Mira, préstame ocho mil pesetas y te pondrás de buen humor.

D. Alfonso, sin decir palabra, sacó la cartera y le dió un puñado de billetes.

—Saavedra, tú andas en malos pasos. La otra noche te he visto en un palco muy amartelado al lado de una chiquita saladísima. Ten cuidado: el día menos pensado te casas.

D. Alfonso sacó el reloj, y después de mirarlo, dijo sonriendo fríamente:

—En este momento voy á robar esa chiquita. Me escapo con ella al extranjero.

—¡No te vendría mal!—repuso el otro sin ocurrírsele siquiera que pudiera ser verdad.—Pero te cansarías pronto. Lo mismo tú que yo, estamos viejos para tales trotes.

—Adiós, Cubells.

—Adiós, chico... No dejes de venir esta noche, que hay partida del golfo.

—¿No te he dicho que me escapo con esa chica?—replicó desde la puerta el caballero con la misma sonrisa fría entre los labios.

—¡Buen bocado!... Ven tempranito, ¿eh? y no dejes de traer al Marqués si le encuentras.

Saavedra bajó lentamente la escalera alfombrada del Círculo. Al salir á la calle estaba oscureciendo. Su berlina le aguardaba á la puerta.

—Oyes, Julián: me llevas ahora á la calle de Carretas, paras allí y te colocas cerca del Correo. Vendrá una señora, abrirá la portezuela y se meterá dentro conmigo. En cuanto esto suceda, sin aguardar más, partes como un rayo para Jetafe. ¿Conoces bien el camino? Bien; pues es necesario, aunque se revienten los caballos, que te plantes allá en un periquete. Quiero coger el tren que sale de aquí á las ocho y media. No te asustes de la aventura. Es una bailarina del Real que quiere irse conmigo á Sevilla y no puede rescindir el contrato. Cuando lleguemos á Jetafe ya te daré más instrucciones sobre lo que has de hacer.

El carruaje llegó á la calle de Carretas y se situó donde su dueño había ordenado. D. Alfonso, reclinándose en una esquina para evitar las miradas de los transeuntes, esperó.

Julia había pasado la tarde en casa de su cuñada, pues no tocaba aquel día lección de piano; toda ella en un estado de agitación que no pudo pasar inadvertido para Maximina.

—¿Qué tienes, te sientes mal?—le dijo.

—¡No! ¿Por qué me preguntas eso? ¿Qué ves en mí de particular?—le respondió llena de zozobra.

—Nada, nada; no te asustes. Estás un poquito pálida y más ojerosa que otras veces. Nada más.

—Es que me encuentro un poco nerviosa hoy.

Maximina sonrió bondadosamente, suponiendo que habría tenido alguna reyerta con su novio, y mandó hacerle tila. A pesar de la profunda antipatía que le inspiraba D. Alfonso y los poderosos motivos que tenía para juzgarle un bellaco, veía tan enamorada á Julita, que no se atrevía á decirle una palabra en contra suya.

Según avanzaba la tarde, su inquietud iba en aumento. El último retoño de la raza de los Rivera estuvo á punto en varias ocasiones de padecer algún menoscabo á consecuencia del estado nervioso de su noble tía. Apretábalo ésta contra su pecho más de la cuenta, arrojábalo al aire para recogerlo otra vez, dábale centenares de besos en un mismo sitio del rostro dejándoselo más encendido que una brasa, y hasta le mordió ¡caso terrible! las narices. No hay para qué decir que el ilustre niño, henchido de indignación, protestaba contra tales atentados.

Con Maximina también se mostró la joven más expansiva en sus caricias que otras veces.

—¡Maximina, qué buena eres! ¡qué buena eres!

Y casi la asfixiaba entre sus brazos.

—Eso quisiera yo, ser buena—respondía la niña ruborizándose.

—¡Cuánto daría por ser como tú!

—¡Si no fueses mejor, estabas fresca!

—¡Oh! yo soy mala, Maximina, ¡muy mala!... Pero tú me perdonas todos mis defectos, ¿no es verdad?

Y acometida de súbita inspiración, se levantó diciendo:

—Voy á escribir una carta al despacho.

—¿No tomas la tila?

—Ya la tomaré; concluyo en seguida.

Entró en el escritorio de su hermano y se puso á escribir con precipitación la siguiente carta:

«Mi queridísima Maximina, hermana de mi alma: Cuando recibas ésta, la pobre Julia habrá cometido ya un pecado muy grande. Me voy á Sevilla con Alfonso á implorar de su madre el permiso para casarnos. Procura aplacar á...

—Julia, se te enfría la tila—dijo Maximina poniéndole una mano sobre el hombro.

La joven dió un grito y tapó el papel con las manos.

La esposa de Miguel retrocedió asustada.

—Dispensa, chica: ¡me cogiste tan desprevenida!—dijo Julia sonriendo y muy encarnada.

—Tú eres la que debes dispensarme por haber entrado sin avisar... No creí... Continúa, continúa—añadió con sonrisa maliciosa que significaba:—Ya sé para quién es la carta.

¡Cuán lejos estaba la inocente niña de la verdad!

Después que hubo salido, concluyó la carta, «...procura aplacar á mamá y á Miguel cuando venga. Creo que al fin todo se arreglará satisfactoriamente. Alfonso, aunque un poco frío, es todo un caballero. Perdona y ama mucho á tu hermana, que sólo de ti se despide, Julia

D. Alfonso le había encargado repetidas veces, y con mucho interés, que de modo alguno dejase carta escrita declarando donde iba. Mas por un impulso del corazón, de los muchos que no pueden explicarse, se le ocurrió escribir á su cuñada, en la cual tenía ciega confianza.

—Vaya, me voy—dijo poniéndose el sombrero, que tenía un tupido velo para echar sobre los ojos.—Ya es hora de comer, y mamá me estará esperando. ¡Como quien no quiere la cosa, no la he visto desde ayer noche! A las diez ya estoy aquí otra vez.

Se despidieron á la puerta. Maximina le dió un beso en la mejilla como siempre. Ella le devolvió más de una docena, tan fuertes y apasionados, que la joven esposa no pudo menos de exclamar riendo:

—¡Qué loca!

—¡Loca, sí! ¡Y bien loca!—contestó bajando de prisa la escalera y sin volver la cabeza.

Los besos y la entonación de aquellas palabras sorprendieron un poco á Maximina, pero no hizo alto en ello y cerró la puerta.

Juana era quien acompañaba á nuestra joven hasta su casa. Cuando salieron á la calle poco faltaba para ser de noche. Al llegar á la de Carretas, le dijo la señorita:

—Juana, hágame el favor de entrar en ese estanquillo, póngale un sello y eche esta carta en el buzón... ¿Sabe usted leer?—añadió temiendo que se enterase para quién era.

—No, señorita—respondió la guipuzcoana avergonzada.

Entró en el estanquillo y Julia hizo ademán de aguardarla á la puerta; pero en cuanto la vió arrimarse al mostrador, deslizóse velozmente por la calle abajo, y al llegar al coche, cuyos caballos conocía, abrió la portezuela y se metió dentro.

Oyóse inmediatamente una voz varonil que decía:

—¡A escape, Julián á escape!

Los caballos, fustigados por el cochero, emprendieron la carrera. Pronto salieron del casco de la población y se precipitaron medio desbocados por la carretera de Andalucía.

Cuando llegaron á Jetafe el tren silbaba ya á lo lejos. D. Alfonso tomó los billetes, y llamando aparte á Julián, le dijo:

—Mañana si te preguntan, di que me has conducido á Pozuelo, por la línea del Norte, ¿entiendes?

—Pierda usted cuidado, señorito.

—Toma—dijo dándole algunos billetes,—cuida bien los caballos. Ya te escribiré lo que has de hacer.

El tren los condujo rápidamente, no á Sevilla, sino á Lisboa. A media noche, habiendo salido el caballero fuera un momento, vino desolado diciendo que se había equivocado, que más arriba debieron haber cambiado de tren. La niña quedó estupefacta y aterrada.

—No te apures tanto, hija. Ahora, antes que quedarnos en cualquier poblachón de estos, adonde puedan avisar por telégrafo y cogernos, vale más que entremos en Portugal y desde allí nos trasladaremos inmediatamente á Sevilla.

Aunque protestó con violencia, la joven no tuvo más remedio que conformarse al cabo.

Llegados á Lisboa, se alojaron en una de las mejores fondas. D. Alfonso prometió á su prima emprender al día siguiente el viaje para Sevilla. Sin embargo, se pasó un día, y se pasaron dos y tres, y no se marchaban. El caballero encontraba un pretexto para dilatar el viaje; y era que había perdido el equipaje. Aguardaba la contestación del telegrama que había puesto.

Julita, en aquellos días, se hallaba en un estado de gran excitación que la hacía pasar instantánea y alternativamente de una alegría ruidosa é inconsiderada á un profundo abatimiento. Unas veces se encolerizaba contra su primo y le llenaba de dicterios y amenazaba escaparse sola ó dar parte á la policía: en seguida se dejaba caer en sus brazos pidiéndole perdón. En medio de la mayor tristeza, su amante comenzaba á remedar de un modo grotesco el acento de la camarera que les servía, y la niña reía á carcajadas como una loca. Otras veces se entusiasmaba con el espectáculo de la bahía y con el de la regia mansión de Cintra.

Mimábala el astuto caballero con los más finos y amorosos cuidados. Cuando se encolerizaba, dejábala desahogarse sin responder palabra: cuando se entristecía, ponía todos los medios por distraerla: cuando, por último, la veía contenta, aprovechaba estos momentos para salir con ella de paseo, dándole el brazo como si fuesen esposos. Por tales y recientes eran tenidos en la fonda.

Sin embargo, al cuarto día de haber llegado, hallándose en su gabinete después de almorzar, D. Alfonso, reclinado en la butaca fumando un cigarro puro, ella de pie, frente al espejo arreglándose para salir, le dijo el caballero acompañando sus palabras de una sonrisa ambigua:

—¿Sabes lo que estoy pensando, Julita?

—¿Qué?

—Que me encuentro admirablemente viviendo de este modo contigo.

—Yo no—repuso la joven secamente.

—¿Pues? ¿Qué te hace falta?

—Me hace falta no estar en pecado mortal; pedir perdón á mamá, y que tú seas mi marido.

—Pues á mí cabalmente lo que me gusta es vivir de este modo extra-legal. Somos dos pájaros que huyen del nido y tienden su vuelo por el aire. ¡Qué placer estar así solitos y libres! ¿Seremos por ventura más felices cuando un cura sucio é ignorante haya mascullado unos cuantos latines delante de nosotros?

Julita al oir esto y percibir el tono burlón con que D. Alfonso lo decía, sintió un frío particular en su cuerpo y dejó caer los brazos, que tenía alzados para arreglar el pelo. Quedó algunos momentos suspensa, y volviendo al cabo la faz pálida hacia él, le dijo pausadamente, pero con voz alterada:

—¡Parece mentira que hayan salido de tu boca unas palabras tan groseras y tan feas!

—¿Por qué han de ser feas, chica? No hice más que emitir mi opinión sin meterme á averiguar si es mala ó buena—replicó el caballero riendo.

—¡Calla, calla, Alfonso!... Hay momentos en que cruzan por mi imaginación unas cosas tan horribles, que si se detuvieran algún tiempo en ella, estoy segura que me volvería loca y me arrojaría por el balcón.

Al decir esto dejó el sombrero sobre el tocador y vino á sentarse en el sofá, quedando con la cabeza baja y las manos cruzadas en actitud meditabunda. Gruesas lágrimas empezaron á resbalarle por las mejillas.

—¿Lloras?—dijo el caballero acercándose á ella.

La niña levantó hacia él sus ojos chispeantes de furor.

—Lloro, sí—dijo con rabioso acento.—¿Y qué? ¿Qué tienes tú que ver con mi llanto? Yo quiero marcharme para mi casa, ¿lo entiendes? Quiero marcharme en seguida, ¡ahora mismo!

—Cálmate, Julia.

—No quiero calmarme. ¿Por qué estoy yo aquí contigo, vamos á ver? Hazme el favor de llevarme otra vez á mi casa. Aunque me mate mi madre quiero irme con ella en seguida, ¿lo oyes?

D. Alfonso guardó silencio: dejó trascurrir con astucia algunos minutos para que se sosegase un poco. Después dijo con voz apagada y triste:

—Bien: si es que ya te has cansado de mí, te llevaré á Madrid otra vez... Pensaba yo que fuese tu amor un poco más firme... Me he equivocado, ¡paciencia! No me remuerde la conciencia de nada. Después que hemos salido de Madrid hice cuanto me ha sido posible por cumplir como bueno. Las circunstancias nos han traído aquí y nos retienen contra mi voluntad... Pero en fin, de todos modos, nos marcharemos cuando tú quieras. La verdad es, que ya hemos aguardado bastante por el dichoso equipaje... Ahora voy á decirte una cosa—añadió con voz enternecida.—Si en algo te pude ofender en estos días, perdóname. Te quiero y te respeto como mi mujer legítima, pues lo eres ya ante Dios, y muy pronto lo serás ante los hombres... si es que me aceptas por esposo y no te vuelves atrás.

Julia, conmovida también, le alargó la mano que su amante se apresuró á besar.

Quedaron reconciliados.

—¿Quieres que nos vayamos hoy mismo?—preguntó al cabo de un momento Saavedra en tono indiferente.

—Aguardemos hasta mañana... Tal vez venga hoy el equipaje—respondió la joven, que deseaba hacer olvidar sus duras frases.

—Vamos entonces á dar un paseo por la bahía. La tarde es hermosa; alquilaremos una falúa...

—¡Oh, sí, sí, Alfonso! ¡Me muero por los paseos por el mar!—gritó Julia batiendo las palmas.

—De paso te comprarás la ropa que te haga falta.

Julia, alegre ya como unas castañuelas, se puso de nuevo frente al espejo para arreglarse el pelo.

—No sabes, Alfonso, lo que á mí me gusta pasear en lancha... y si hay un poco de oleaje, mejor. No me mareo. Cuando fuimos hace tres años mamá y yo desde Santander á Bilbao...

Al llegar aquí dió un grito horrible, de esos que ponen los cabellos de punta y dejan helada la sangre de quien los oye. Se le cayó el peine de las manos. Sus ojos clavados en el espejo, expresaron el terror y el espanto.

Por el espejo había visto abrirse la puerta del cuarto y aparecer en ella la figura de su hermano Miguel.

XXVI

L llegar á Madrid y enterarse de lo ocurrido, Miguel recibió en su corazón el dardo más cruel que el destino le arrojara después de la muerte de su padre. Halló á su madrastra en un estado de abatimiento, próximo á la imbecilidad. Aquella naturaleza soberbia é indómita se había doblegado al fin. Y como sucede siempre, al verla humillada, llorando en silencio, inspiraba doble compasión.

—¡Pobre mamá!—dijo abrazándola.—El golpe es rudo; pero aún no se ha perdido todo. El asunto se ha de arreglar, Dios mediante.

—No, Miguel, no; el corazón me dice que no se arreglará. Ese hombre es un malvado. No quise hacer caso de tí, y Dios me castiga.

Maximina se sobresaltó gravemente al saber que su marido partía aquella misma noche para Sevilla.

—¡No, no; yo no quiero que vayas!—exclamó agarrándose á él fuertemente.

—Maximina, eso no es digno de tí—repuso Miguel dulcemente.—¿Han robado á mi hermana y quieres que no vaya en su busca?

—¿Y si te mata ese hombre? ¡Mira que es capaz de todo!

—¿Por qué ha de matarme? Yo no voy á Sevilla más que á buscar á mi hermana. Como supongo que él no se negará á entregármela, pasado mañana estaré aquí con ella. Lo demás ya se arreglará.

—¿Me juras que no vas más que á eso? ¿Que no le provocarás?

—Te lo juro.

Juró en falso el hijo del brigadier. Nadie le motejará por ello.

Cuando llegó el momento de partir, su esposa, deshecha en llanto, volvió á hacerle repetir el juramento. Después, reteniéndole por las manos, le dijo:

—Júrame también que has de ser bueno con Julia que no le dirás ninguna palabra dura.

También lo juro.

Con estas dos promesas, Maximina le dejó marchar. Después salió al balcón, y alzando al niño entre sus brazos se lo mostró, como para obligarle más á que no expusiera su vida.

Al llegar á Sevilla, se enteró Miguel de que no estaban allí su hermana y D. Alfonso. Visitó á la madre de éste y quedó dolorosamente sorprendido al saber que esta señora no tenía noticia del acto llevado á cabo por su hijo, ni siquiera que mantuviese relaciones amorosas con Julia. Todas las dudas de Miguel se disiparon. Saavedra había robado á su hermana para hacerla su... La palabra no quería formarse en el cerebro.

Lo primero que pensó, cuando se hubo serenado un poco, es dónde pudo haberla llevado, no estando en Sevilla. Se le ocurrió que pudieran haber ido á Cádiz y embarcarse allí; pero habiendo hecho algunas pesquisas, no logró comprobar la hipótesis. Entonces determinó volverse y preguntar en todas las estaciones del tránsito por si alguno se acordaba de haber visto aquella pareja, cuyas señas podía dar bien. Nada supo de ellos, hasta la estación de Algodor.

Allí un mozo se acordaba de haber trasladado de un coche á otro unos abrigos, á un caballero de tales señas que iba con una joven como Miguel le pintaba; por cierto que el caballero le había dado la suma fabulosa de un duro, lo cual, en verdad, no poco contribuía á que se acordase.

Como en aquella estación se dividía la línea de Andalucía y la de Extremadura y Portugal, Miguel tuvo la sospecha vehemente, casi la certeza, de que habían ido á este último punto, y tomó billete para Lisboa. Al llegar aquí, el procedimiento que siguió fué ir preguntando en las principales fondas por la pareja de jóvenes españoles, juzgando, con acierto, que si estaban allí se alojarían en una de ellas. En efecto, á la cuarta ó quinta que recorrió dió con ellos.

—¿Están en casa, ó han salido?

—No los he visto salir—respondió en portugués el portero.—¿Quiere su señoría que pregunte?

—No hay necesidad, soy su hermano. ¿Qué número tiene el cuarto?

—Número 16, piso segundo.

Con la terrible emoción que se podrá suponer, subió el hijo del brigadier á la fonda, y recorrió los pasillos hasta dar con el número indicado. Detúvose á la puerta para sosegar su corazón que latía fuertemente. Puso el oído y oyó la voz de su hermana. Levantó con mano temblorosa el pestillo y abrió.

Julia, al verle en el espejo, dió aquel tremendo grito que hemos dicho. Después se volvió y se dejó caer de rodillas á sus pies. Miguel la levantó con dulzura y fué á sentarla en el sofá. Después, con ademán reposado, cerró la puerta y se dirigió hacia D. Alfonso, que se hallaba sentado en la butaca con las piernas cruzadas y fumando un cigarro con afectada impavidez, si bien extremadamente pálido.

—Ya estoy aquí—dijo Miguel, mirándole fijamente.

—Lo veo—repuso D. Alfonso, soltando una bocanada de humo.

—Bien supondrás á qué...

—¿Á pedirme cuentas de mi conducta?

—No; yo no quiero calificar tu conducta ahora. Lo único que me interesa en este momento es salvar el honor de mi hermana. Vengo á exigirte que te cases inmediatamente con ella ó te batas conmigo.

Hubo una pausa breve. D. Alfonso replicó con calma:

—Ni me caso con tu hermana ni me bato contigo.

—Lo veremos—dijo Miguel, sonriendo sarcásticamente.

—Dalo por visto.

—De la segunda parte ya hablaremos. Vamos á la primera. Sospeché, al saber el rapto de mi hermana, que no te había movido para llevarlo á cabo ningún fin santo. Sin embargo, no podía convencerme de que llegase tu cinismo hasta el punto de pretender hacer de una señorita que es de tu misma sangre tu querida.

Julita dejó escapar un gemido. Miguel volvió sus ojos compasivos hacia ella y le dijo:

—Perdona, Julia mía: no me hacía cargo que estabas presente.

—Al rehusar casarme con tu hermana—contestó D. Alfonso—no me impulsa ningún motivo que redunde en su menoscabo. Confieso que es una chica excelente. Lo único que hay es que no entra en mis cálculos el casarme, ni con ella ni con ninguna otra. Esta decisión, que desde hace mucho tiempo he tomado, no puedes alterarla tú ni nadie.

—¿Es esa tu última palabra respecto á la primera parte de mi exigencia?

—Esa es.

—Bien; vamos á la segunda. Supongo que no te negarás á darme una reparación por medio de las armas...

—Sí me niego. Yo te he ofendido gravemente. Tendría poca gracia que además te matase... Y dejar que tú me mates, francamente, tampoco la tendría.

—Hay un medio infalible para que te batas. Te abofetearé en público.

—No dudo que lo harás. Te considero hombre de corazón. Lo harás aunque sabes bien que firmas tu sentencia de muerte. Cualquiera que sea el arma que elijamos, no puedes ignorar que llevo noventa probabilidades contra diez de matarte ó herirte...

Miguel hizo un gesto de desprecio.

—Ya sé que eso no te arredra; pero vamos á cuentas. ¿Qué adelantas con morir? ¿Borrarás la afrenta de tu hermana? No la borras, y además la privas del único apoyo que tiene en el mundo. Pues supongamos (y es mucho suponer) que tú me matas. Tampoco adelantas más que hacer pública la deshonra que ahora, con un poco de cautela, puede quedar ignorada.

D. Alfonso, y lo mismo Miguel, hablaban en voz de falsete para no ser oídos de fuera; pero el gesto y la entonación eran tan vivos y enérgicos, sobre todo por parte del último, que suplían bien la falta de gritos. Julia estaba de bruces, inmóvil, sobre el sofá.

—¿Te figuras que voy á aceptar esa lógica con que quieres evitarte el disgusto de arriesgar la vida? No lo creas; aunque tuviese una probabilidad contra mil de matarte, sería para mí un placer el verme frente á ti con una espada ó una pistola. Cuanto más que la resolución firme que tengo de morir ó matar nos ha de igualar mucho, bien lo sabes. Deja, pues, esas razones propias de un cobarde, y allánate buenamente á pasar un rato amargo, ya que tú nos lo has proporcionado tan exquisito.

—Veo que me injurias. Hazlo sin temor. Te concedo el derecho... Pero líbrate de que en público salga una palabra mal sonante de tu boca.

—En privado y en público estoy resuelto á hacer lo mismo, ¡miserable!—exclamó Miguel fuera de sí.—En todas partes diré que eres un pillo, un cobarde asesino que sólo busca duelos con quien no sabe defenderse. Para que veas el miedo que te tengo, mira...

Al decir esto se arrojó como un león sobre Saavedra, que se había puesto de pie para esperarle. Antes que pudiese levantar la mano, el andaluz le sujetó los brazos y lo rechazó brutalmente hasta el medio de la habitación, haciéndolo tambalearse. Quiso de nuevo arrojarse sobre él; pero en aquel momento se sintió abrazado por otros brazos más dulces, los de su hermana, que con el rostro descompuesto, la mirada fulgurante, la voz sofocada por los sollozos, dijo:

—No, Miguel, no; tú no puedes medirte con ese hombre. Después de lo que acabo de oir, prefiero mil veces morir ó arrastrar toda mi vida la deshonra, á casarme con semejante monstruo.

—¡Déjame, déjame!—gritó Miguel, pugnando por desasirse.

—No, hermano mío; mátame á mí, enciérrame en un convento, pero no expongas tu vida... Acuérdate de Maximina y de tu hijo.

D. Alfonso extendió al mismo tiempo la mano y dijo con sosiego:

—Antes de comenzar una escena repugnante, indigna de dos caballeros como nosotros...

—¡De un caballero como éste: tú no lo eres, miserable!—exclamó Julia, lanzándole una mirada furibunda y abrazándose á su hermano.

—Antes de comenzar una escena como ésta—siguió el andaluz, haciendo ademán de despreciar la interrupción,—escucha una palabra, Miguel. Te he dicho ya que estoy resuelto á no batirme, porque no quiero exponerme á matarte, ni á morir. Desde aquí me marcho á París, y probablemente no volverás á verme en tu vida. Si intentas detenerme, rechazaré la fuerza con la fuerza. Si me injurias, como estoy en un país en que nadie me conoce, no tiene para mí gran importancia. Y si se te ocurre contarlo en Madrid, además de publicar tu deshonra, nadie te creerá; porque no es creíble que un hombre que se ha batido catorce veces, cinco de ellas á muerte, evite por miedo el desafío con otro que apenas sabe tener un arma en la mano. Entiende, pues, que mi decisión es irrevocable.

—¡Bien, entonces te mataré como á un perro!—dijo Miguel, sacando del bolsillo un revólver.

—Si me matas (que ya cuidaré de que no suceda)—repuso Saavedra, sacando otro revólver,—irás desde aquí á la cárcel, y tu hermana quedará desamparada.

Miguel permaneció unos instantes suspenso. Encogióse después de hombros con gesto de soberano desdén, y dijo, guardando el arma:

—Tienes razón. La verdad es que como pillo, ¡lo eres en toda regla! Vámonos, Julia, vámonos. Me abochorna cruzar más tiempo la palabra con ese canalla.

Y cogiendo á su hermana por la cintura, la sacó de la estancia.

D. Alfonso los miró alejarse. Escuchó un rato sus pasos hasta que se perdieron. Encogióse de hombros también. Guardó el revólver, y mientras se arreglaba la corbata frente el espejo para salir, murmuró con sonrisa diabólica:

—No he salido tan bien como pensaba... pero no he salido del todo mal de esta aventura.

XXVII

UEGO que regresaron á la corte los hermanos, tuvieron noticia de un suceso que les impresionó dolorosamente. Vamos á referirlo desde el principio.

Con la cariñosa preferencia que Julia le dispensó la noche del sarao, nuestro heroico amigo Utrilla cobró alientos para medio año lo menos. Su dulce enemiga le hizo beber de un solo trago la copa del triunfo. Ebrio de amor y de orgullo, se necesitó luego que le estuviese dando desaires durante dos meses consecutivos para que este glorioso joven advirtiese que había cambiado un poquito de humor. Claro está que tal cambio no logró afectarle gran cosa, pues estaba bien seguro, ahora más que nunca, de la irresistible fascinación que ejercía sobre la hermosa. Aquel cerrar el balcón cuando él pasaba por su calle; aquel volver los ojos del lado contrario y no contestar á sus cartas no eran para nuestro mancebo sino «cándidos ardides» con que la muchacha pretendía enamorarle y tenerle más sujeto. Como prueba de ello, diremos que, hallándose en el teatro y habiéndose colocado frente á ella en un entreacto, sin quitarla ojo, le dijo un amigo, tocándole al mismo tiempo en el hombro:

—Hola, compañero; parece que le gusta á usted aquella morenita.

—Es antiguo—respondió seca y dignamente el ex cadete.

—Y ella, ¿qué tal?

—¡Pobre niña!—exclamó, sacudiendo la cabeza, y sonriendo con lástima.

El amigo observó, sin embargo, que en toda la noche la chica no volvió los ojos hacia aquel sitio y sí muchas veces hacia un palco bajo de proscenio donde había algunos jóvenes aristócratas.

Muy lejos, pues, de desanimarse, Utrilla era un hombre casi feliz. Lo hubiera sido enteramente si en vez de llevar la cuenta de las bujías expendidas estuviese ocupado en otro asunto más conforme con sus inclinaciones, y si hubiera tenido la buena fortuna de haber dado muerte á alguno en desafío ó al menos haberle herido peligrosamente. Pero hasta entonces, por desgracia, no se le había presentado una coyuntura favorable. Sin embargo, la esperaba con ansia, porque, á la verdad, le remordía la conciencia de tener ya muy cerca de diez y ocho años y «no haber ido una sola vez al terreno». Últimamente había empezado á dar lecciones de florete en una sala de armas, y en presencia del profesor y de sus compañeros había hecho alusiones á cierto proyecto mortífero que abrigaba, el cual no debía de ser otro, á nuestro juicio, que el quitar del medio á su rival Saavedra.

Trascurrieron, pues, los meses, y á horas fijas, con una constancia digna de mejor éxito, Utrilla gastaba los tacones de sus botas sobre las aceras de la calle Mayor, y aun los torcía. De vez en cuando, Julita solía saludarle con la mano, correspondiendo al enérgico sombrerazo que desde la calle le soltaba su enamorado. No obstante, la mayor parte de las veces acaecía que, viéndole asomar por una esquina, la hija del brigadier se apresuraba á cerrar el balcón, lo cual tomaba nuestro joven como signo de exquisito pudor, y miedo á sus penetrantes miradas. Lo más que se autorizaba murmurar era:

—¡Esta Julita, cuándo dejará de ser una chiquilla!

Á mantenerle en esta ilusión, era suficiente la fe inquebrantable que tenía en la virtud fascinadora de su mirada y gentil talante; pero, hay que confesarlo, algo contribuía también el que Julita, no muy piadosamente, se servía de él en ciertas ocasiones, cuando reñía con Saavedra, para dar á éste celos. Y algunas veces, en el teatro, aconteció, irse al viso con él en presencia del mismo caballero andaluz.

Así estaban las cosas cuando estalló la bomba, esto es, cuando Julita se escapó de la noche á la mañana con su primo. La primera noticia que Utrilla tuvo de este suceso se la comunicó la portera de la brigadiera, con quien mantenía cordiales relaciones, refrescadas de vez en cuando con alguna peseta volante. Como es natural, el ex cadete se negó resueltamente á creerla. Mas, cuando tuvo que rendirse á la evidencia quedó hecho una estatua, no griega por cierto. Los lentes se le cayeron de las narices, y sus ojos vidriosos de miope no expresaron nada, si no es la imbecilidad más absoluta. La nuez se le pronunció de un modo verdaderamente monstruoso.

Utrilla meditó, pasado el susto, qué era lo que le tocaba hacer en aquel caso extraordinario. Pensó en salir detrás de los prófugos, alcanzarlos y matar al raptor de una estocada; pero sobre ser dificilísimo alcanzarlos, ¿con qué carácter se presentaría á ellos no siendo ni hermano ni marido de la doncella robada? Desechado este proyecto, se le ofreció claro como la luz que lo único que venía bien en tal caso, era el suicidio. Después de martirizarse los sesos un día entero, no halló otra solución más adecuada.

Jacobo Utrilla, con la asombrosa perspicacia de que estaba dotado en estos asuntos delicados que atañen al honor, comprendió en seguida que el mundo no le perdonaría jamás el no haberse suicidado en aquella ocasión. Y como hombre que estimaba su dignidad por encima de todas las cosas, resolvió sacrificar en aras de ella la propia vida, tan dulce á todos los seres creados.

¡Noche aciaga la que precedió á aquel trágico desenlace! Utrilla estaba perfectamente enterado de lo que debía hacerse al llegar una situación como ésta. Hubiera podido escribir, sin inconveniente alguno, un Manual del perfecto suicida. Así que pasó hasta el amanecer escribiendo cartas y tomando café puro. Una de ellas era para su padre pidiéndole perdón, mas haciéndole ver, al mismo tiempo, con razones de peso, que si de otra manera obrase deshonraría el apellido que llevaba. Otra para Julia, muy digna, muy comedida, muy generosa; lo único que le rogaba era que fuese alguna que otra vez á depositar una flor sobre su tumba. La última, en fin, era para el juez de guardia, noticiándole «que á nadie se culpase de su muerte, etc.»

Cumplidos escrupulosamente estos altos deberes, se lavó y se vistió con toda pulcritud y demandó el chocolate. D.ª Adelaida, que se levantaba siempre al rayar el alba, se lo sirvió sorprendiéndose no poco de verle tan de mañana de aquel modo acicalado.

—Jacobito, ¿cómo te has puesto de negro? ¿Vas á algún funeral?

—Sí, señora... al de un amigo de usted—respondió con admirable sangre fría.

—¿Quién es?

—Ya lo sabrá usted.

Mientras tomó el chocolate estuvo oportuno y jaranero como nunca, haciendo reir á la buena señora con sus ocurrencias. Utrilla no era chistoso por naturaleza, ni solía levantarse casi nunca de buen humor; pero consideró de todo punto necesario en aquel caso excepcional variar sus costumbres. Porque era hombre práctico y conocedor como nadie de esta clase de asuntos.

—Vaya, vámonos de aquí al Campo santo—dijo poniéndose el sombrero y cogiendo el bastón.

—¿Pero son los funerales en el cementerio, Jacobito?

—No; es una misa que se dice en la capilla... Usted no querría que yo me quedase por allá, ¿verdad?

—¿Dónde?

—En el cementerio.

—¡Ave María, qué bromas tienes, Jacobito!

Este soltó una carcajada con carácter de histérica. Sacó los guantes del bolsillo, pero antes de metérselos despojóse de una sortija y se la entregó al ama de llaves diciéndole:

—Esta sortija la enviará usted á casa de D. Miguel Rivera para que se la entreguen cuando vuelva.

—¿Es un regalo?

—Sí; por los muchos que él me ha hecho.

Acto continuo este joven magnánimo y pundonoroso salió con firme paso de la estancia apercibido á cumplir con su deber. Ni la belleza del día, que estaba riente y esplendoroso como pocas veces, ni la perspectiva de los placeres con que la vida le brindaba, ni el recuerdo tierno de su padre le detuvieron en su marcha serena y majestuosa. Al pasar cerca de la fuente Cibeles un organillo tocaba un vals-polka que le recordó cierta aventura que había tenido en el salón de Capellanes. Sintióse un poco enternecido; pero su alma heroica se sobrepuso inmediatamente á este flaco movimiento.

Llegó al Retiro. Estaba solitario. Recorriólo con lento paso buscando con los ojos un paraje oculto y misterioso. Cuando lo hubo hallado se sentó en un banco de piedra, quitóse el sombrero y lo colocó cuidadosamente á su lado. Se desabrochó la levita y cruzó una pierna sobre otra, cuidando de estirar los pantalones para que no se viese el calcetín. Después, llevando la mano al bolsillo y cerciorándose de que las cartas estaban en su sitio, sacó un revólver pequeño y niquelado.

En aquel momento una poderosa tentación asaltó el alma constante del mancebo. Llegó á pensar que no había motivo para suicidarse; que valía más dejar las cosas correr; que el mundo daba muchas vueltas y él era demasiado joven para privarse de la existencia. Si Julia se había escapado, con su pan se lo comiera. Matarse era cosa grave, ¡muy grave!

No obstante, su fortaleza, nunca desmentida, logró vencer la horrible tentación.—«No—se dijo,—yo no puedo vivir ya dignamente. Todos los que están enterados de estas relaciones tendrían derecho á reirse de mí. ¡Y de Jacobo Utrilla no ha nacido todavía quien se ría!»

Se echó hacia atrás, apoyó el codo izquierdo en el respaldo del banco reclinando poéticamente la cabeza sobre la mano. Con la derecha acercó el revólver á la sien y disparó.

Ó porque le temblase un poco la mano (suposición que nada tendría de particular si no se tratase de este invencible joven de corazón indomable), ó porque el arma no fuese de las más seguras, lo cierto es que Utrilla cayó malherido, pero no muerto. Fué conducido á la casa de socorro, y desde allí á la suya. Su estado era muy grave. Cuando Miguel llegó de Lisboa á los tres días de este suceso trágico, fué inmediatamente á visitarle. Quedó profunda y penosamente impresionado. La bala había interesado el nervio óptico y el infeliz estaba ciego. La junta de médicos no había dado un veredicto favorable. Estando la bala dentro del cráneo, muy cerca de la masa encefálica, auguraban que no era posible que viviese mucho tiempo. Cualquier movimiento traería consigo la muerte repentina.

Mas lo extraño y terrible del caso es que el infeliz muchacho, ciego ya, yacente en la cama, asaeteado por tremendos y prolongados dolores, no quería morir. Con gritos lastimeros que partían el corazón y arrancaban lágrimas á todos los circunstantes, pedía á su padre y hermanos que le hiciesen vivir, vivir á todo trance, aunque quedase sin vista.

No fué posible. A los doce días de haberse herido falleció aquel intrépido y desdichado joven. Miguel le asistió hasta sus últimos momentos.

XXVIII

OR acuerdo de todos quedó resuelto que la brigadiera y su hija se alejasen de Madrid y fuesen á vivir al Astillero de Santander.

Era el único sitio que, por tener ya casa alquilada, les ofrecía de pronto un retiro secreto para ocultar su vergüenza. Después que las hubo despedido, Miguel quedó algo más tranquilo. No obstante, una profunda tristeza se había apoderado de su corazón. Ni el amor de su esposa ni las gracias infantiles del niño eran bastante á disiparla. Y era que, á más del dolor que le causaba la desgracia de su hermana, vivía atormentado con la idea de su próxima ruina. No se le ocultaba que Eguiburu se apercibía como un tigre para dar el salto y caer sobre él y descuartizarle. Á Mendoza le veía muy de raro en raro. Observó que evitaba su encuentro, y cuando no podía menos, la plática era breve y embarazosa para ambos.

Un día entró en casa al oscurecer, bastante pálido. Maximina que, como siempre, salió á recibirle con el niño entre los brazos, no pudo observarlo por la falta de luz. Besó á su hijo con efusión varias veces y entró en el despacho. Su mujer se quedó á la puerta, inmóvil, mirándole con tristeza.

—Una luz—dijo en tono imperioso.

Maximina corrió al comedor, dejó al niño en poder de Juana, y ella misma le trajo el quinqué encendido. Miguel no reparó en ella y se puso á escribir. Cuando al cabo de unos instantes levantó la cabeza, viola apoyada en la chimenea, mirándole tristemente con los ojos arrasados de lágrimas.

—¿Por qué estás así? ¿Qué tienes?

La niña se acercó á él lentamente y poniéndole una mano sobre el hombro, le dijo, esforzándose por sonreir:

—¿He cometido alguna falta, Miguel?

—¿Pues?

—¡Como siempre al entrar me das un beso y hoy no has hecho ningún caso de mí!... Has besado al niño nada más...

Miguel se levantó y la abrazó estrechamente.

—No, mi Maximina, si he besado al niño solamente es porque venía pensando en él, preocupado con su suerte.

Después, sin poder articular otra palabra, se dejó caer súbito en el sillón sollozando.

Maximina quedó como si en aquel mismo momento viese hundirse la casa. Pasado el primer instante de estupor, se precipitó sobre él para abrazarle.

—¡Miguel, Miguel de mi vida! ¿Qué tienes?

—La desgracia pesa sobre nosotros, Maximina—respondió con el rostro entre las manos.—¡Os he arruinado estúpidamente, á ti y á mi hijo!

—¡No llores, no llores, Miguel!—exclamó la niña, acercando sus labios al rostro de su esposo.—Yo nada tenía, ¿cómo me habías de arruinar?

Cuando se hubo calmado un poco, le explicó lo que pasaba. Eguiburu le citaba al día siguiente, de conciliación, para reconocer las firmas y contaba presentar en seguida demanda ejecutiva.

—¿Te acuerdas de aquel día en que después de haber afianzado los treinta mil duros del periódico, para que pudiese continuar, te pregunté tu opinión? No te atreviste á decirme que había obrado mal, y contestaste con una evasiva. ¡Qué razón tenías!

—No, Miguel, no; estás equivocado—respondió ella, deseando evitar á su esposo la vergüenza de haber obrado con menos seso que una mujer.—¿Qué sabía yo de esas cosas? Si tú lo has hecho mal, yo lo hubiera hecho mucho peor... Pero, después de todo, lo que nos ha sucedido no es para que te apures tanto. Nos hemos quedado sin dinero. Bien ¿y qué? Trabajaremos para comer, como tantos otros. Yo estoy acostumbrada á ello: no soy una señorita: puedo vivir con mucha estrechez, sin padecer nada. ¡Ya verás qué poco te gasto! Y nuestro chiquitín, cuando sea grande, trabajará también, y será un hombre de provecho. ¡Vaya si lo será! Acaso, si supiera que no necesitaba trabajar, se entregaría á los vicios como otros jóvenes ricos. Y sobre todo, él, lo mismo que yo, lo que quiere es tener á su papá tranquilo, y contento, con dinero ó sin dinero.

¡Oh, qué suaves sonaron aquellas palabras en los oídos del atribulado Miguel!

—¡Eres mi ángel bueno, Maximina!—dijo besándole las manos.—No sé qué tienen tus palabras que endulzan instantáneamente mis amarguras, me sosiegan y me calman como si entrase en un baño aromático... ¿Dónde has aprendido esa elocuencia tan hermosa, vida mía?—añadió sentándola sobre sus rodillas.—No me lo digas; ¡de aquí sale todo!

Y la besó sobre el pecho, en el sitio del corazón.

Los esposos departieron todavía largo rato, tranquilos, risueños bebiendo con los labios y con los ojos el néctar divino del amor conyugal. ¡Caso extraño! A pesar de hallarse en vísperas de una gran calamidad, Miguel no recordaba haber pasado un rato más feliz en su vida. Y aunque los sucesos que á los pocos días se efectuaron le hubiesen entristecido, gracias á este bálsamo reparador, no lograron abatir su ánimo.

Eguiburu, al fin, cayó sobre su presa. La demanda ejecutiva prosperó. Las dos casas de Miguel de la calle del Arenal y Cuesta de Santo Domingo se subastaron en 48.000 duros. Si la enajenación hubiera sido voluntaria, no hay duda que se habría sacado bastante más por ellas. Los compradores se valieron de la ocasión, como era lógico.

El importe total de la deuda de nuestro héroe, sumando intereses y gastos, ascendía á 50.000 duros. Quedaba, pues, un pico por pagar. Miguel vendió una parte de su mobiliario y algunas joyas para hallarse enteramente libre. Hecho esto, buscó un cuarto barato en los barrios extremos de Madrid. Hallólo en Chamberí bastante bonito en el piso tercero de una casa recién construida, por el módico precio de doce duros mensuales. Se trasladó inmediatamente á él, y lo arregló bastante bien con el resto de sus muebles. La casa era chica; pero gracias á los esfuerzos de Maximina, quedó pronto convertida en una mansión bastante agradable. La mejor habitación se destinó para despacho de Miguel, pues renunciando á las visitas de cumplido, no necesitaban sala. De las criadas no conservaron más que á Juana, la cual se prestó á ser cocinera. Las demás, al saber que se las despedía, empezaron á llorar perdidamente: sobre todo Plácida estaba inconsolable.

—Señorita, por Dios me lleve consigo. Con usted voy sin salario á comer patatas en cualquier parte.

Maximina conmovida la consoló diciendo que no se iban de Madrid y que fácilmente podrían verse. El portentoso niño, cuyos rápidos progresos en los últimos tiempos habían llegado hasta el grado, verdaderamente increíble, de levantar las manos al cielo en cuanto oía cantar «¡Santa María, qué mala está mi tía!», fué objeto de feroces y encarnizados achuchones por parte de las domésticas, al despedirse.

Una vez instalados, pensó Miguel, como era justo, en procurarse algún sueldo para vivir, aunque fuese de aquel modo modestísimo. La política le horrorizaba: así, que desechó el periodismo, á pesar de ser la única profesión en que se había ejercitado. Supo que iban á salir unas plazas á oposición en el Consejo de Estado y se determinó á concurrir á ella. En el amor de su esposa y de su hijo y en la idea del deber, que jamás le había abandonado enteramente, y que ahora con la desgracia se levantaba vigorosa en su espíritu, halló estímulo y fuerza, no sólo para dedicarse con ahinco á estudios contrarios á sus inclinaciones, sino para vencer su orgullo. Un joven que había brillado en la sociedad madrileña, que estuvo al frente de un periódico y á dos dedos de ser diputado, era imposible que dejase de sentir cierta vergüenza disputando una plaza de doce ó catorce mil reales en contienda pública. Entregóse al estudio del derecho administrativo con tal furor, que apenas salía de casa, si no es por la noche un rato, para refrescar la cabeza.

El poquísimo dinero que le había quedado, gastábalo con moderación á fin de que alcanzase hasta la época de las oposiciones, que habían de efectuarse pasado el verano, hacia el mes de Octubre ó Noviembre. Maximina era para eso un modelo. No sólo no gastaba nada con su persona, pues tenía bastante ropa, sino que en el gasto de la casa hacía prodigios de habilidad para reducirlo á la mínima expresión. Miguel se apenaba y hasta vertía lágrimas en secreto cuando la veía hacer ella misma el jabón, porque salía unos céntimos, más barato que en la tienda, y estar muchas veces al cuidado de la cocina, cuando Juana había ido á un mercado lejano donde la arroba de patata era un real más barata, y a planchar la ropa más fina, etc., etc. Pero ella parecía feliz, más feliz acaso que cuando estaba en la opulencia. El lujo de la casa de la plaza de Santa Ana la imponía cierto respeto. Como ella no hacía la limpieza ni manejaba los muebles, apenas los tenía por suyos. Ahora, todo lo contrario. Ella los había colocado donde estaban después de graves perplejidades; les quitaba el polvo todos los días, barría y cepillaba la alfombra, limpiaba con polvos de asta de ciervo los tiradores de metal, lavaba con cuidado los cristales de la librería de su esposo, hacía, en fin, todos los menesteres de la casa. Era un placer para Miguel, no exento de melancolía, verla por las mañanas con un pañolito de seda atado á la cabeza al uso vizcaíno, y otro de estambre á la cintura, empuñando con garbo el plumero y la escoba y tarareando muy bajito algún zorcico sentimental de su tierra.

Pero Maximina entendía con exageración la economía en lo referente á su persona. Esto causaba hondos disgustos á Miguel de vez en cuando. Sin que él lo supiese, había suprimido el chocolate por la tarde. Cuando lo averiguó se puso furioso.

—¡Á quién se le ocurre! ¡Reducir el alimento cuando estás criando! Es una insensatez y hasta un pecado. Te lo prohibo, ¿lo entiendes? Antes que á ti te falte que comer, iré yo á partir piedras en una carretera ó á pedir limosna. Ya lo sabes.

—No me riñas, por Dios, Miguel. Es que no tenía ganas de chocolate estos días.

—Pues haber tomado otra cosa.

—No tenía gana de nada.

—Vaya, vaya, Maximina, dejémonos de tonterías... y que no vuelva á suceder.

Aunque la niña procuraba ocultar los pies en su presencia, otra vez advirtió que tenía las zapatillas rotas.

—¿Qué es eso?—le dijo.—¿Por qué no compras otras zapatillas?

—Ya las compraré.

—Es necesario comprarlas hoy mismo; están muy rotas.

—Bien, sí; hoy mismo mandaré por ellas.

Y procuró distraerle hablándole de otra cosa.

Pasados cinco ó seis días, volvió á observar que traía las mismas.

—¡Qué chiquilla eres, Maximina!—exclamó enfadado.

—¡No me riñas, no me riñas!—se apresuró á decir la niña, abrazándole y sonriendo avergonzada. Una palabra dura de Miguel era para ella el mayor de los disgustos.

—¡Cómo no he de reñirte si ya no me obedeces!

—Perdóname.

—Voy á tomarte la medida y hoy mismo te traigo unas zapatillas.

—¡Ah, no!—dijo con precipitación.—No tengas cuidado. Mandaré en seguida por ellas.

La razón de este sobresalto era que temía que su esposo las trajese más caras de lo que á ella le convenía.

Miguel, por su parte, también hacía economías en su persona, aunque no tan extremas. Pero esto no lo podía sufrir Maximina. Cuando le veía ponerse el hongo y un pañuelo de seda al cuello para ahorrar el sombrero de copa y los trajes buenos que tenía, hacíase la enfadada.

—¡Qué fachota traes! No me gustas así, Miguel.

—Es que no tengo ganas de arreglarme. No voy más que á un recado y vuelvo en seguida.

Si al cabo de unos cuantos días encontraba el mismo dinero en su chaleco, le decía con tristeza:

—No gastas nada, Miguel, ¿En el café, no tomas ninguna cosa? ¿Por qué no vas alguna noche al teatro?

—Porque ahora estoy muy ocupado. Ya iré en cuanto pasen las oposiciones. Además, hay que ahorrar un poquito.

—¡Cuánto me duele que no gastes como antes!—exclamaba abrazándole.—Por mí te impones esos sacrificios. Si fueses sólo vivirías mucho mejor.

—Vamos, no digas absurdos, Maximina. Sin ti no viviría mal ni bien... me moriría—contestábale riendo.

Aunque agitado con la perspectiva de las oposiciones, y trabajando para ellas, acaso más de la cuenta, nuestro héroe no era desgraciado. Cuando hay paz y amor en el hogar, la vida de familia es el mejor sedativo para los dolores morales. Esto por un lado, y por otro, la confianza que tenía en sus fuerzas, le hacían vivir, hasta cierto punto, dichoso.

Llegó un día, sin embargo, en que esta dicha y relativa tranquilidad desaparecieron, con el anuncio de que las oposiciones que esperaba, se suspendían indefinidamente, tal vez hasta el año próximo. Todos sus planes vinieron al suelo. Como no había pensado en otra salida para sus apuros desde hacía mucho tiempo, quedó anonadado. Tuvo fuerza, no obstante, para disimular con su esposa y aparecer en casa sereno y contento como antes. Repuesto de la sorpresa, despertaron con nuevo vigor las energías de su alma. «Es necesario, á todo trance, buscarse trabajo»—se dijo. No le quedaba dinero más que para un mes. Sin embargo, dejó á su esposa gastar como antes, seguro de que no podía estirarse mejor que ella lo hacía sin imponerse dolorosas privaciones. Lo primero en que pensó fué en procurarse un empleo en alguna sociedad particular. Visitó algunos amigos y todos ellos le animaron con buenas palabras. Sin embargo, trascurrió el mes, y el empleo no parecía. Se vió entonces en la necesidad de empeñar su reloj para pagar al casero y la cuenta de la tienda: á su mujer le dijo que se lo estaban componiendo. Pasó el segundo mes y tampoco consiguió nada. Un día Maximina le dijo muerta de vergüenza, como si cometiese algún delito:

—Miguel, el tendero de abajo me ha mandado la cuenta, y como no tenía un cuarto, no pude pagársela.

El hijo del brigadier se estremeció, pero disimulando lo mejor que pudo, le contestó con afectada indiferencia:

—Bien; ya se la pagaré yo ahora cuando salga. ¿Cuánto es?

—Cincuenta y seis pesetas.

—¿Necesitas más dinero, verdad?

Maximina bajó los ojos ruborizada.

—Debo el salario á Juana.

—Esta tarde te lo traeré.

Pronunció estas palabras sin saber bien lo que decía. ¿Á dónde iba á buscarlo? El tío Bernardo hacía algunos meses que había ingresado en un manicomio de París. D.ª Martina y su familia se habían ido á vivir á este punto para estar á su cuidado. Enrique no estaba en situación de proporcionárselo. Su madrastra se hallaba fuera, y tenía sólo lo suficiente para vivir con decencia. Además, le causaba una repugnancia invencible pedir algo de lo que había dado. No quedaba persona de la familia á quien pedir, más que el tío Manolo. A él se dirigió.

El tío Manolo, varón grave y de excelente doctrina, aunque sabía la ruina de su sobrino no pensaba que fuese tan completa. Quedó con la boca abierta al escuchar la demanda. Sacó del cajón los cuarenta duros que le pedía y se los entregó. Miguel, por ciertas palabras que se le escaparon, comprendió que se imponía mayor sacrificio de lo que cualquiera podía figurarse. Sospechó, ó por mejor decir, tuvo casi la certeza de que su tío yacía en una vergonzosa servidumbre. La intendenta no había querido, al parecer, abandonar la administración de su hacienda y le daba todos los meses una cantidad para sus gastos particulares, que continuaban siendo, como siempre, muy crecidos y «completamente indispensables». Salió, pues, mal impresionado de aquella entrevista y convencido de que arrancarle dinero en aquella situación al tío Manolo era darle un disgusto muy gordo.

Después de este suceso, penetrado de que no debía esperar socorro de sus parientes, afanóse doblemente en buscar trabajo, cualquiera que él fuese. Pero todas sus tentativas se estrellaban contra la mala suerte que sin piedad le perseguía. En unos sitios no había colocación, en otros, sabiendo que era un señorito, y no había estado en oficina alguna, desconfiaban de él. En las redacciones de los periódicos fué donde mejor le recibieron; pero como en aquella época y aun en ésta los asuntos económicos de la prensa suelen estar bastante embrollados, por buena voluntad que tuvieran los directores no era fácil asignarle un sueldo. Los más le daban palabra de colocarle en cuanto hubiera una vacante. Mas á él lo que le hacía falta, pronto, muy pronto, era algún dinero para comer, y los días se pasaban y éste no llegaba. Sin que lo supiese Maximina, empeñó una botonadura de oro y una sortija, recuerdos de su padre.

Por fin, el propietario de un diario de la tarde le dió palabra rotunda de asignarle cuarenta duros al mes, desde el próximo. En el que estaban, por ciertas dificultades de la administración, no podía pagarle. Nuestro héroe trabajó un mes entero gratis. Al comenzar el segundo, como necesitaba con urgencia algunos recursos, le pidió que le adelantase algún dinero. Entonces, el director propietario, adoptando ese continente entre dolorido y diplomático que toman todos los que van á negarse á una pretensión justa, pero incómoda, le pintó con negros colores la situación administrativa del periódico, la dificultad de hacer efectivos algunos créditos á su favor, la necesidad que tenían todos los redactores de «arrimar el hombro para sostener aquella empresa naciente», etc.

—Amigo Huerta—le contestó Miguel bastante desabrido,—el hambre me tiene demasiado flaco para poder arrimar el hombro á ninguna empresa; antes bien, necesito yo que me apuntalen para no caerme.

No fué posible sacarle un cuarto. Nuestro héroe se despidió indignado, tanto más cuanto que sabía que todo el dinero recaudado pasaba íntegro á la caja particular del director, quien se daba con él una vida de príncipe.

Comenzó entonces para los jóvenes esposos una existencia triste y acongojada. Miguel no pudo ocultar por más tiempo sus apuros. Uno á uno, los pocos objetos de valor que en casa tenían fueron pasando á las de préstamo, donde apenas les daban por ellos la quinta parte de su valor. Á menudo, el joven se desesperaba y maldecía de su suerte, y hasta hablaba de ir á pegar un tiro al Conde de Ríos y otro á Mendoza. Maximina, en estas crisis dolorosas, le consolaba, le animaba infundiéndole esperanzas, y cuando ya no podía más, con sus lágrimas conseguía enternecerle y alejar de su mente las malas ideas. Serena siempre y risueña, hacía esfuerzos heroicos por distraerle apelando al recurso supremo del niño. Ocultaba cuidadosamente los trabajos que en su ausencia ejecutaba, para que al llegar no notase ninguna falta.

La miseria, no obstante, les iba estrechando de día en día. Llegó, por fin, aquel en que materialmente no tuvieron una peseta en casa ni de dónde les viniese. En la tienda de ultramarinos no querían fiarles el alimento. Miguel, ocultándose de su esposa, tomó una levita, la envolvió en un papel y la llevó á empeñar. No le dieron más que dos duros. Á la vuelta, como viniese meditando en el modo de salir de aquella angustiosa situación, no viendo manera de encontrar empleo, tomó de pronto una resolución violenta, la de trabajar materialmente. Con el rostro contraído por una expresión dolorosa, se dijo mientras caminaba: «Antes que mi mujer padezca hambre, soy capaz de todo... ¡de todo!... de robar inclusive. Voy á intentar el último recurso».

Cerca de su casa había una imprenta, en la cual, durante los días de desaliento, cuando acababa de recibir algún desengaño, solía pasar largas horas mirando trabajar á los cajistas ó entreteniéndose en desempeñar él mismo alguna tarea fácil. El dueño era un buen hombre y mantenía con él muy cordiales relaciones. Entró en ella, y llamándole aparte le dijo:

—D. Manuel, me encuentro sin recursos para vivir. Por más que he trabajado en estos últimos meses no he podido obtener una colocación. ¿Quiere usted recibirme de aprendiz en su imprenta dándome algo á cuenta de los jornales futuros?

El impresor le miró con tristeza.

—¿Tan mal se encuentra usted, D. Miguel?

—En la última miseria.

Meditó unos instantes el dueño de la imprenta, y le dijo:

—Antes que usted se pusiera en condiciones de componer con alguna velocidad, se pasaría mucho tiempo... Además, no está bien que un caballero se ensucie las manos con la tinta. Lo único que usted puede hacer aquí es ayudar al corrector. ¿Tiene usted inconveniente?

—Estoy dispuesto á hacer cuanto usted me mande.

Pasó aquel día, en efecto, leyendo pruebas. Á la noche, el dueño le dijo que le señalaba de sueldo tres pesetas diarias hasta que despidiese al corrector, que era un gran borracho. Al tiempo de despedirse le metió en la mano un billete de diez duros como anticipo.

—Gracias, D. Manuel—le dijo conmovido.—En usted, que es un hijo del trabajo, he hallado más generosidad que en todos los caballeros que he visitado hasta ahora.

Durante algunos días trabajó cuanto pudo, cumpliendo á conciencia su tarea. Esta era pesada y molesta en grado sumo. Le tenía ocupado desde por la mañana temprano hasta la noche. Por otra parte, el sueldo reducidísimo no le bastaba ni aun para comer patatas; y aunque el impresor tenía deseos de echar al corrector y nombrarle en su lugar, Miguel se oponía por ser éste un padre de familia y no tener otro recurso para vivir.