WeRead Powered by ReaderPub
Maximina cover

Maximina

Chapter 33: XXXI
Open in WeRead

About This Book

La novela sigue el regreso de Miguel a un pequeño pueblo costero y su cortejo a una joven tímida, cuyo pudor y modestia complican los preparativos de matrimonio y la convivencia familiar. A través de escenas domésticas y conversaciones se exploran las relaciones entre parientes y vecinos, la influencia de la madrastra, los celos de una hermana y la vida social local; se observan pequeñas hipocresías, afectos vacilantes y tensiones entre tradición y deseos personales. El relato combina observación psicológica con descripciones del ambiente costero y episodios cotidianos que revelan caracteres y costumbres del lugar.

XXIX

N esta apurada y tristísima situación se encontraba cuando cierta tarde, acabando de subir de la imprenta, llamaron á la puerta. Juana le anunció que un caballero anciano deseaba hablarle. Mandó que le dejase pasar, y al instante penetró en su despacho el boticario Hojeda.

—¡D. Facundo!—exclamó con sincera alegría.

—Yo soy, Miguelito, yo soy. Vengo furioso. ¿No me lo conoces en la cara? Tengo que reñir muchísimo contigo. ¿A quién se le ocurre más que á ti, descastado, andar por esos mundos de Dios solicitando una colocación y no haberte acordado de un amigo tan antiguo como yo? Bien se conoce que soy un pobre viejo que no sirve para nada.

—No es eso, D. Facundo, no es eso... Es que como nuestras profesiones son tan distintas... Además, temía que lo llegase á saber mamá...

No hallaba disculpa. La verdad es que se había olvidado de aquel santo varón.

—Nada, hombre, nada, que eres un ingrato. Te olvidas de los que te quieren, y vas á pedir favores á hombres que no han conocido á tu padre siquiera.

—Tiene usted razón.

—Vaya, ya te he reñido bastante. Vamos ahora á lo que nos interesa. Te vengo á ofrecer una colocación en el Banco de Andalucía. Hace más de un mes que la vengo solicitando. Por fin hoy la han puesto á mi disposición. Son sesenta duros al mes. ¿Te conviene?

Miguel por toda contestación le apretó con fuerza la mano. Después de un momento exclamó, con los ojos arrasados de lágrimas:

—¡Si supiera usted, D. Facundo, á qué tiempo llega!

—No tienes recursos, ¿verdad?

—Ni una peseta.

—¿No has hallado ningún empleo?

—Sí, uno de ayudante de corrector de pruebas en la imprenta de ahí abajo.

—¿Cuánto ganas?

—Tres pesetas al día.

—¡Jesús! ¡Jesús!—exclamó el boticario llevándose las manos á la cabeza y quedando pensativo.

Tuvo la delicadeza de no preguntarle nada acerca de su ruina. Sin embargo, Miguel se espontaneó á contarle todos los pormenores. Cuando estuvo bien enterado, le dijo:

—Mira, Miguel, voy á suplicarte un favor.

—Usted dirá.

—Que aceptes estas mil quinientas pesetas—dijo poniendo los billetes sobre la mesa.—Soy soltero: el dinero que tengo me sobra.

—D. Facundo, no puedo...

—Te lo exijo en nombre de la amistad que me unía á tu padre.

No hubo más remedio que tomarlas.

—Tienes que darme palabra, además, de que si no te bastasen los sesenta duros para vivir y te encuentras en algún apuro, acudirás á mí primero que á nadie... No me marcho sin esa palabra.

Así se lo prometió el hijo del brigadier. Llamó después á Maximina y estuvieron largo rato charlando los tres de cosas indiferentes. D. Facundo quiso volverse loco con el niño. Al tiempo de despedirse, Miguel le retuvo por la mano, y muy conmovido le dijo:

—D. Facundo, renuncio á decirle á usted lo que en este momento pasa por mi corazón. Le repito únicamente lo que en otro tiempo le dije: ¡Es usted una gran persona!

—Miguelito, si vuelves á decirme esas tonterías, no vengo más á tu casa.

—Entonces, ¿cómo quiere usted que llamemos á los que sólo se presentan donde hay una desgracia que aliviar?

Con aquella oportuna visita terminó, á Dios gracias, la congoja de nuestros esposos. Los sesenta duros, bien manejados, bastaron para que viviesen satisfechos. Sin embargo, Miguel no quiso perder la conyuntura de la plaza del Consejo de Estado, y cuando se efectuaron las oposiciones, llevó una dotada con cuatro mil pesetas. Renunció en seguida al empleo del Banco que le daba demasiado trabajo. Con este sueldo y tres ó cuatro mil reales más que sacaba escribiendo, de vez en cuando, artículos en periódicos y revistas, se consideró enteramente dichoso.

Y lo era en efecto. La pobreza fortificó todavía más el lazo de su matrimonio. Los crueles desengaños que la sociedad le había hecho experimentar, le hicieron ver en su hogar el único sitio donde residía la verdadera dicha, un rincón del cielo donde Maximina hacía el papel de ángel. El amor que la tenía no creció, porque esto era imposible; pero sí su admiración. El alma sublime de esta niña no se le había mostrado tan admirable, tan digna de ser adorada de rodillas, como en los críticos y angustiosos días que acababan de pasar. Tan grande llegó á ser el amor y la admiración en nuestro héroe, que cuando hallaba en su despacho algún objeto olvidado de Maximina, lo besaba con ternura y respeto como si fuese una reliquia.

En las horas que le dejaba libre la oficina, entregóse con pasión al estudio. Salía poco de casa. Cuando lo hacía, generalmente era para leer en el Ateneo los libros que no podía comprar.

—¡Mucho lee usted, amigo Rivera!—le decía algún socio, poniéndole la mano en el hombro.

—Es que no tengo dinero—contestaba riendo.

Cuando volvía de allá á las diez y media ó las once de la noche, su esposa acababa de meterse en la cama. Era aquél el momento más feliz para Maximina. Desde el nacimiento del niño dormían separados: ella en un cuarto de dos camas, con Juana; él, solo, en otra alcoba. Al volver de noche se complacía Miguel en llevarle á la cama algún manjar, bien que lo trajese de la calle, bien de lo que había en casa, pues, á causa de hallarse lactando y tener el niño ya quince meses, sentía á esas horas mucha debilidad. ¡Qué placer tan grande para la pobre niña ver llegar puntualmente á su marido presentándole una raja de jamón ó alguna golosina de dulce! Si se extralimitaba trayéndole alguna cosa cara, le decía:

—Esto tiene que durar tres días.

Y quieras ó no, había que dividirlo en tres partes.

Miguel la veía comer con cierto arrobamiento sensual. Servíale el vino, partíale el pan y después retiraba todos los enseres. Y en voz baja, para no despertar al niño, que dormía en su cuna, charlaban á veces una hora y más. Juana, mientras tanto, dormía, vestida, sobre la cama, allá en un cuarto cerca de la cocina. Miguel, al retirarse al suyo, la despertaba (empresa no muy fácil), y ella, tambaleándose de sueño, venía á continuarlo cerca de su señorita.

El joven de los quince meses les proporcionaba, sin saberlo, más recreo que todos los tenores de ópera y zarzuela juntos. Ya caminaba (si es que puede aceptarse como tal el ir haciendo eses como un borracho) desde los brazos del papá á los de la mamá y viceversa. La tiranía que en la casa ejercía era verdaderamente escandalosa. Sobre todo, con Maximina se portaba de un modo bastante grosero, sin que esto sea tratar de ofenderle. Porque constándole muy bien que ella era la que con su propia sangre le suministraba el sustento, no sólo no le guardaba las altas consideraciones á que era acreedora, sino que la posponía, evidentemente, á Juana. Y esto no motivado en otra cosa sino en que la moza guipuzcoana le hacía reir más con sus carocas y bailoteos. La pobre Maximina no acababa de creer en esta cruel preferencia. Un día, después de almorzar, jugando los tres con el niño en el pasillo, Juana quiso demostrárselo.

—Anda, vé con tu mamá—le dijo al chiquillo.

Pero éste se agarraba con fuerza á ella.

—Está visto que á ti sólo te quiere cuando tiene hambre—le dijo Miguel para embromarla.

Maximina se puso triste y enfadada y trató de arrancar á Juana el niño; pero éste se defendía chillando.

—Vaya, ¿á que viene para mí?—dijo Miguel.

—¿Á que no?

En cuanto el papá abrió los brazos, el caprichoso infante se echó en ellos.

—¿Lo ves?—exclamó levantándole triunfante.

Entonces Maximina, dolorida y avergonzada, tanto más cuanto que su marido y Juana se reían á carcajadas de su derrota, quiso arrancárselo á viva fuerza. Miguel huía. Ella, cada vez más nerviosa y afligida, pugnando por no llorar, corría detrás de él. Por fin, no pudiendo alcanzarle, se retiró al despacho. Allí la encontró poco después Miguel, en pie, arrimada á la chimenea, tapándose los ojos con una mano en actitud de llorar. Avanzó suavemente, puso el niño en el suelo y le dijo:

—Anda, pide perdón á tu mamá y díle lo que me acabas de decir en secreto: que la quieres más que á nadie.

Al mismo tiempo acercó la boca del infante á la mano que tenía pendiente su esposa.

Al sentir el contacto de los labios frescos y húmedos de su hijo, la niña volvió la cabeza para mirarle. Al través de las lágrimas brilló en sus ojos una sonrisa de amor y perdón que es lástima que aquel ingrato arrapiezo no hubiese podido apreciar.

Una noche, después de comer, Miguel se emperezó como muchas veces y no quiso salir. Fueron al despacho y Maximina se puso á leerle el periódico. Después, sentada la esposa sobre las rodillas del esposo, comenzaron á departir, según costumbre, contándose las menudencias del día.

—¿Sabes que he tenido esta tarde una visita?—le dijo ella.

—¿Quién ha estado?

—Un joven—dijo la niña sonriendo maliciosamente.

Miguel no pudo reprimir un leve fruncimiento de cejas. Era muy celoso, como todo el que ama realmente, por más que procuraba ocultarlo cuidadosamente.

—¿Quién era el joven?

El tono un poquito áspero de la pregunta no se le escapó á Maximina.

—El cura de Chamberí.

—¿El viejecito que dice la misa de nueve?

—El mismo... Conque no te gustaba que fuese un joven, ¿eh, pícaro?—añadió abrazándole cariñosamente.

—¿Y á qué vino el cura?—preguntó Miguel rehuyendo, á su vez, la pregunta de su esposa.

—A empadronarnos... Me he reído un poco. Le abrí yo la puerta y me dice:—«Hola, niña, anda vé á decir á tu mamá que está aquí el párroco de Chamberí.»—«No tengo mamá»—le respondí.—«Entonces á la señora de la casa.»—«Soy yo»—le dije muerta de vergüenza.—Comenzó á hacerse cruces diciendo:—«¡Ave María, Ave María, qué jovencita!...»—Todavía se admiró más al saber que hace ya dos años y tres meses que estamos casados.

—Es claro, con esa carita redonda de niño llorón das un chasco á cualquiera.

—Eso debe de ser, porque no soy una niña ya; el mes que entra cumplo diez y ocho años.

Antes de irse á la cama abrieron el balcón para disfrutar un poco del espectáculo del cielo estrellado, apagando la luz previamente.

Era una noche tibia y serena de las postrimerías de Abril. Como se hallaban en un piso tercero, y aquel barrio estaba aún poco urbanizado, descubrían más de la mitad de la bóveda estrellada. En pie los dos, apoyada Maximina en el hombro de su esposo, contemplaron largo rato en silencio aquel espectáculo que eternamente será el más sublime de todos.

—¡Qué grande y qué hermosa es aquella estrella, Miguel! ¡Qué luz tan pura y tan blanca despide!—dijo Maximina apuntando al cielo.

—Es Vega. Pertenece á la constelación de la Lira y es la mas bella de nuestro hemisferio. Por lo demás, no es más grande y más hermosa que las demás, sino porque está á menor distancia: es una de las tres más próximas á nosotros.

—Aunque la hermana San Onofre nos lo estaba repitiendo siempre, yo no puedo figurarme que la tierra sea una estrella como esas, y más pequeña todavía.

—¡Y tan pequeña, Maximina! Cada una de las estrellas que ves, es millares y aun millones de veces más grande que la tierra. Nuestro sistema planetario, en el cual somos de lo más pobre é insignificante, forma parte de esa gran nebulosa que cruza el cielo como una faja blanca. Cada partícula de ese polvo es un sol como el nuestro en torno del cual giran otras tierras que, como la nuestra, no tienen luz propia. Para que te figures su tamaño, te diré que esta nebulosa está aislada en los cielos como una isla y tiene la figura de una lente; pues bien, para llegar un rayo de luz desde un extremo del eje mayor de esa lente al otro tarda diez y siete mil años. ¡Y la luz recorre setenta mil leguas por segundo!

—¡Madre mía, qué espanto!

—Pues esto no es nada. Nuestra nebulosa es una de tantas como pueblan el espacio. Hay otras muchísimo mayores. Con el telescopio constantemente se están descubriendo nuevas. Se inventa un telescopio de mayor fuerza que los anteriores, y entonces las nebulosidades se reducen á estrellas; pero más allá se encuentran nebulosidades que antes no se veían. Viene un telescopio de mayor potencia aún, y aquellas nebulosidades á su vez se reducen á estrellas; pero más allá aparecen nuevas nebulosidades... y así sucesivamente.

—¿De modo que el cielo no tiene fin?

—Es de presumir.

Maximina quedó unos instantes pensativa.

—¿Y en esos mundos habrá habitantes, Miguel?

—No existe razón alguna para que no los haya. Las observaciones que podemos hacer en nuestro sistema planetario acusan en los demás astros condiciones de vida muy semejantes á las nuestras... ¿Ves esa estrella grande y hermosa también como Vega? Es Júpiter, un hermano nuestro; pero un hermano mayor... mil cuatrocientas veces mayor que nosotros. Es un hermano privilegiado, el mayorazgo, como si dijéramos, del sistema. El día dura allí cinco horas y la noche otras cinco; mas como tiene cuatro satélites que le iluminan constantemente, y largos crepúsculos, puede decirse que las noches no existen. Las estaciones casi tampoco. Reina en toda su superficie una primavera eterna. Para nosotros es el símbolo ó ideal de una existencia feliz. ¿Por qué no han de existir habitantes en este mundo afortunado?

Volvió á quedar pensativa la niña, y dijo al cabo de un momento:

—¿Cómo se sostendrán esos mundos en el espacio y caminarán eternamente sin chocar?

—Se sostienen y viven por el amor... Sí, por el amor—repitió viendo la curiosidad pintada en los ojos de su esposa.—El amor es la ley que rige todo el universo. La ley sublime que une tu corazón al mío, es la misma que une á todos los seres de la creación, manteniéndolos, sin embargo, distintos. Unos somos en Dios, en el Creador de todas las cosas, pero gozando al mismo tiempo del hermoso privilegio de la individualidad... Sin embargo, este gran privilegio es al mismo tiempo nuestra gran imperfección, Maximina. Por él, estamos separados de Dios. Vivir eternamente unidos á El, dormir en su seno como el niño en el regazo de su madre, esa es la aspiración constante de la humanidad. El hombre que siente más viva y más imperiosamente esa necesidad, es el más bueno y el más justo. ¿Qué significa la abnegación ó el sacrificio? ¿Es por ventura otra cosa que la expresión de esa voz secreta que reside en nuestra alma, y que nos dice que amarse á sí mismo es amar lo finito, lo imperfecto, lo efímero, y amar á los demás es unirse con anticipación á lo Eterno? ¡Ay del hombre que no acude al llamamiento de esta voz! ¡Ay del que cierra los oídos á los suspiros de su alma y corre desalado en pos de los fenómenos fugitivos! Ese hombre será siempre un esclavo miserable del tiempo y la necesidad.

Miguel se iba exaltando á medida que hablaba. Maximina escuchábale con los ojos extáticos. No comprendía enteramente sus palabras, pero veía bien claro que todo lo que salía de los labios de su esposo era noble y elevado y religioso, y esto le bastaba para estar de acuerdo con él.

Habló todavía largo rato. Al fin, calló de pronto. Ambos quedaron silenciosos contemplando la inmensidad de los cielos. Una misma emoción grave y pura se había apoderado de ellos. Arrobados en la contemplación, escuchaban los acordes misteriosos de su alma, que, sin el intermedio de la palabra, por una especie de potencia magnética, se trasmitían de un corazón á otro. Al cabo de un rato, Maximina dijo en voz baja:

—Miguel, ¿quieres que recemos un Padre Nuestro?

—Sí—respondió él estrechándola suavemente una mano.

La niña dijo el Padre Nuestro con verdadera unción. Su esposo le contestó con igual fervor.

Jamás en su vida, ni antes ni después, nuestro héroe se encontró más cerca de Dios que en aquel momento.

La noche iba avanzando. El reloj del despacho vibró con doce campanadas. Cerraron el balcón y encendieron las luces para irse á acostar.

XXX

ESPIDIÉRONSE á la puerta del cuarto de Maximina. Esta nunca veía marcharse á su esposo sin tristeza. Aunque se resignaba á la cruel separación, porque el niño solía llorar y á Miguel le dolía la cabeza cuando pasaba mala noche, no era sin hondo y secreto pesar. Embargado todavía por la emoción, el joven se detuvo un momento con la luz en la mano, y viendo la tristeza que se pintaba en los ojos de su esposa, se le ocurrió de pronto una idea.

—Oyes, ¿quieres venirte á dormir hoy conmigo?

La niña le miró asombrada.

—¿Cómo?

—Nada, te vienes ahora á mi cuarto.

—¿Y el niño?

—Lo llevamos con nosotros.

En los ojos de Maximina brilló una chispa de gozo.

—¿Y Juana?

—A Juana la mando que venga á acostarse, y asunto concluído.

—¿Pero qué va á decir cuando se encuentre sola en el cuarto?

—Que diga lo que quiera.

Dicho y hecho. Maximina, vacilante todavía, un poco pálida y temblorosa como si fuera á cometer alguna grave travesura, pero brillándole los ojos con íntima alegría, levantó al niño de la cuna y lo trasportó á la cama de Miguel. Después entre los dos trasportaron la cuna. En seguida, aquél fué á avisar á Juana; pero antes Maximina se apresuró á encerrarse en el cuarto de su esposo. Una vez despierta la doméstica, él también se encerró. Por el agujero de la llave, Maximina la vió cruzar por el pasillo.

—¡Qué va á decir, Dios mío, qué va á decir?—exclamó levantando el rostro ruborizado hacia su esposo.

—Que tenemos gana de pasar una noche juntos—contestó él riendo.

Aquella vergüenza de su mujer, que era una prueba de su carácter inocente y pudoroso, le hacía gracia y le entusiasmaba.

La niña, una vez convencida de que Juana se estaba acostando, pues oyó cerrar la puerta del cuarto, se entregó sin reserva á la alegría.

—¡Cuánto tiempo hace que no pasamos una noche juntos! ¿verdad, Miguel?

Y se apresuraba con alegría infantil á despojarse del vestido. En medio de la operación soltaba una carcajada.

—¡Qué cara habrá puesto Juana no viendo á nadie en la alcoba!

—Esta cama es más estrecha que la nuestra. ¿Estarás incómoda?—decía Miguel.

—¡Si es casi matrimonial, chico! ¿de dónde sacas que es estrecha?—respondía ella dispuesta á encontrar magnífico un lecho de hojas en aquel momento.

La primer noche de bodas se repitió para nuestros esposos; pero más grata aún, porque la confianza había crecido. También el amor; y había adquirido, además, un carácter elevado y espiritual, gracias al fruto inocente que dormía cerca de ellos.

Por la mañana, después de tomar el chocolate, Maximina se sintió un poco indispuesta. Achacáronlo á una pequeña indigestión y no le dieron importancia. Todo aquel día lo pasó con el cuerpo muy pesado, pero en pie. Cuando vino Miguel de la oficina, estaba echada sobre la cama. Al oir la campanilla se levantó prontamente y salió como siempre á recibirle. Sin embargo, no tardó en tumbarse nuevamente. Se levantaba á cada paso para cualquier menudencia; pero en seguida se acostaba, unas veces sobre la cama de Miguel, otras sobre la suya.

—Voy á llamar al médico—le dijo éste.

Maximina se opuso resueltamente. Lo único que se logró fué que consintiese en llamarlo al día siguiente, con tal que no siguiese mejor. Confiaba en absoluto en amanecer buena y sana. Sin embargo, no fué así. Despertó con alguna destemplanza y Miguel se opuso á que se levantase. Se llamó á un médico que había en el barrio, viejo y práctico, el cual, después de pulsarla y mirarle la lengua, declaró que tenía alguna fiebre, sin que en la apariencia existiese indigestión. Miguel, en vista de esto, no quería ir á la oficina; pero su esposa tanto le instó, que al fin se decidió á ello, prometiendo venir temprano. Por la tarde, la calentura había aumentado un poco. Estaba tranquila, sin embargo. Sólo de vez en cuando, como si tuviese alguna opresión, daba altos y prolongados suspiros.

Por la mañana, el médico la halló con bastante fiebre; pero no podía aún afirmar de dónde emanaba, pues las frecuentes y largas inspiraciones que la obligaba á hacer, eran perfectas y no acusaban ningún síntoma catarral. Tampoco ofrecía síntomas gástricos. Inclinábase á creer que fuese una fiebre reumática, porque días antes, al aparecer, se había quejado de dolores en la espalda; mas no se atrevía á asegurarlo. Miguel fué á la oficina, pero volvió á las dos horas. El médico le dejó el termómetro para que de vez en cuando le tomase la temperatura y la apuntase en un papel. Como no podía dar el pecho á su hijo, la leche acumulada la molestaba vivamente, á pesar de que procuraban extraérsela con pezoneras y la daban unturas de manteca.

Al día siguiente la calentura fué en aumento. El médico se inclinó entonces á creer que la fiebre era nerviosa, porque los síntomas reumáticos no se determinaban bien. Le recetó el valerianato de quinina en píldoras, y una poción. Miguel fué á la oficina, á prevenir al jefe nada más. Detúvose, sin embargo, á hablar con los compañeros, entre los cuales había uno que estudiara la carrera de medicina, aunque no con gran lucimiento.

—¿Qué tiene su señora?—le preguntaron.

—No sé. El médico vacila entre si es una fiebre reumática ó nerviosa.

—Hombre, no comprendo qué tiene que ver una fiebre con otra—dijo con tono de suficiencia el empleado médico.—De todos modos—añadió,—pida usted á Dios, amigo Rivera, que no sea fiebre nerviosa.

Miguel, al escuchar aquellas palabras, quedó helado. Por su cuerpo pasó un estremecimiento singular. Hizo un esfuerzo sobre sí mismo, y dijo con voz alterada ya:

—El médico me manda tomarle la temperatura á menudo...

—¿Y qué grados tiene?

Aunque no sabía la relación que los grados guardaban con la fiebre, aterrado con las palabras de antes, no se atrevió á decir que tenía cuarenta y uno y unas décimas, y respondió:

—Cuarenta.

—No puede ser; esa ya es una fiebre muy alta... Vamos, amigo Rivera, se conoce que usted entiende más de filosofía que de tomar temperaturas.

—Sí, Rivera, debe usted estar equivocado—dijo otro.

Quedó clavado al suelo. Se puso horriblemente pálido y estuvo á punto de caer.

Notando los compañeros su palidez, comenzaron á animarle.

—Hombre, no se asuste usted... De seguro ha padecido una equivocación. Además, aunque así no fuese, no es caso extremo...

Un compañero, por darle más alientos, le dijo al oído:

—No haga usted caso de ese majadero. ¡Qué sabe él de fiebres, si no ha abierto en su vida un libro!

No obstante, llevaba ya la puñalada en el corazón. Salió de los Consejos con el semblante alterado y tomó un coche, porque se sentía desfallecer. Entró precipitadamente en el cuarto de su esposa.

—¿Cómo te sientes?

—Bien—contestó la niña sonriéndole dulcemente.

—A ver la temperatura—dijo, y se apresuró á meterle el termómetro debajo del brazo.

Su corazón latía apresuradamente. No pudiendo resistir quieto el tiempo que el termómetro debía estar allí, comenzó á pasear por la alcoba. Al fin, con mano trémula lo sacó y fué corriendo á la ventana, que estaba entornada; la abrió un poco más y miró. La temperatura había subido aún algunas décimas. Estaba tocando en los cuarenta y dos grados.

No pudo articular una palabra.

—¡Qué manía tienes con ese dichoso tubito!—dijo Maximina.—¿Para qué sirve?

—No sé; me lo manda el médico... Voy á apuntar la temperatura.

En vez de ir al despacho entró en su alcoba y se dejó caer de bruces y sollozando en la cama.

—¡Me han matado! ¡Me han matado!—murmuraba mientras bañaba con sus lágrimas las almohadas.

Cerca de media hora estuvo así sin cesar de repetir entre sollozos:—¡Me han matado! ¡Me han matado!

En efecto, una estocada por la espalda no le hubiera hecho más efecto que la idea espantosa que en la oficina le habían sugerido.

Al fin se levantó, lavóse los ojos con agua fresca, y entrando en el cuarto de su mujer otra vez, le dijo que iba á avisar á D. Facundo, porque no les perdonaría el no haberlo hecho. Cuando salía llamaba á la puerta la vecina del cuarto de enfrente, que venía á ofrecerse para todo, «absolutamente para todo». Era una buena señora, viuda de un coronel, y que tenía un hijo teniente que le daba bastantes disgustos. Aunque sólo había hablado algunas palabras con Maximina en la escalera, se conocía que le había sido extremadamente simpática. Miguel se lo agradeció mucho, y la introdujo en la alcoba, marchándose él en seguida.

Necesitaba desahogar el pecho con alguna persona; por eso fué en busca de D. Facundo. En cuanto le vió se echó á llorar como un niño. El pobre señor trató de consolarle como pudo.

—Eres muy impresionable, Miguelito. ¡A quién se le ocurre ponerse así cuando el médico no ha dicho aún que hubiese peligro! Pero de todos modos, ya que estás alarmado, bueno será que se celebre una junta de médicos, aunque no sea más que para tranquilizarte.

—¡Sí, sí, D. Facundo, quiero que haya junta!—exclamó el atribulado joven, como si de aquello dependiese enteramente la salvación.

—Bueno, yo avisaré á los médicos. Habla tú con el de cabecera para que no se ofenda.

Salió de la botica más tranquilo. Cuando llegó á casa, Maximina deliraba un poco.

—Se empeña—dijo la viuda del coronel—en que detrás de la cabecera hay una puerta abierta y le entra mucho frío.

—¿Cómo te sientes?—le preguntó Miguel, poniéndole una mano sobre la frente.

—Bien; pero entra mucho frío por esa puerta que hay aquí detrás.

—Tienes razón; voy á cerrarla.

Hizo ademán de ello, y quedó un momento tranquila. El joven quiso después besarla; pero ella le rechazó, diciéndole, muy apurada, en voz baja:

—¿Cómo eres tan desvergonzado? ¿No ves que está ahí esa señora?

Ni aun delirando se amortiguaba en aquella criatura el sentimiento del pudor.

Pasó la tarde bastante agitada, delirando á ratos. Además de la manía de la puerta se le figuraba que venían algunos hombres á cogerla. Cuando Miguel se acercaba al lecho le decía con terror:

—¡Mira, mira ese hombre que me quiere llevar!

—No tengas cuidado, preciosa; mientras yo esté aquí no te llevará nadie.

La voz y las caricias de su marido la volvían, como por encanto, á la razón y la sosegaban por algunos minutos.

La viuda se empeñó en quedarse á velar aquella noche porque hacía dos que ni Juana ni Miguel dormían.

Éste fué á tumbarse sobre su cama, encargando que si tuviera la menor novedad se le llamara.

Y, en efecto, la viuda le llamó á medianoche, diciéndole que Maximina se negaba á tomar la poción y se hallaba bastante agitada. Levantóse inmediatamente y fué al cuarto corriendo. Su esposa, por la lucha que había tenido que sostener con aquella buena señora, estaba agitadísima, con el rostro fuertemente encendido y los ojos extraviados. No conoció á su marido. Éste, viéndola en aquella situación, perdió todos los ánimos y rompió á llorar. Entonces Maximina le miró con fijeza. Sus ojos perdieron de pronto aquella terrible expresión delirante; incorporóse en la cama, y acercando su rostro al del joven, le preguntó:

—¿Por qué lloras, mi vida, por qué lloras?

—Porque te niegas á tomar las medicinas, y así no puedes sanar.

—La tomaré, la tomaré; ¡no llores, por Dios! Dámela.

Y bebió con avidez la cucharada que le presentó.

—¿No llorarás ya, verdad?—le preguntó ansiosamente después, y, oyéndole decir que no, le besó repetidas veces la mano.

Por la mañana se celebró la junta de médicos. Uno por uno fueron viendo á la enferma.

—¡Qué cansada estoy de enseñar la lengua, Miguel!—exclamó con un gesto cómico, que le hizo reir, á pesar de su tribulación.

Los médicos no pudieron afirmar resueltamente dónde residía la fiebre. Inclináronse todos, sin embargo, á creer que era en el centro nervioso. Lo que en su concepto hacía falta, á todo trance, era que la temperatura bajase por cualquier medio. Para ello recetaron la antipirina.

Corrió el mismo Miguel á buscarla. El éxito fué rapidísimo. Á las pocas horas de tomarla, la fiebre había bajado dos grados. Por la mañana, sólo marcaba el termómetro treinta y nueve y unas décimas. Habían desaparecido la inquietud y el delirio. Tan bien se encontró, que Miguel no dudó que á los cuatro ó cinco días podría levantarse de la cama. El exceso de alegría le agitó de tal modo, que no pudiendo permanecer en casa, salió á tomar el fresco de la mañana, á pesar de haber velado aquella noche. Dió una vuelta por el Retiro. La mañana estaba fresca y hermosa. El gozo que inundaba su alma le hacía ver en el sol radioso, en el canto de las aves, en el follaje de los árboles, bellezas misteriosas que antes no había logrado percibir. Poco le faltaba para abrazar á los solitarios paseantes con quienes tropezaba.

Mas ¡ay! no sabía que aquel remedio cumple su cometido cuando refresca la sangre encendida, sin tener facultades para destruir la enfermedad. La temperatura comenzó de nuevo á elevarse á la caída de la tarde. Tan ilusionado estaba, que lo achacó al recargo natural que padecen todos los enfermos en esa hora, y no le concedió importancia. El médico tampoco le dijo nada que pudiera alarmarle. Á las once se fué á acostar, dejando á Juana velándola. La voz de ésta le sacó del sueño profundo en que yacía.

—¡Señorito!, señorito, la señorita se pone peor!

La voz con que despiertan á un condenado á muerte para llevarle al suplicio, no sonó jamás tan terrible como aquella para Miguel. Se puso en pie de un brinco. Corrió al cuarto. Maximina tenía los ojos cerrados. Al entrar él los abrió, quiso sonreir, y de nuevo los cerró... para no abrirlos jamás. Eran las cuatro de la madrugada. Juana avisó corriendo al médico, llamando antes en el cuarto de al lado. La viuda del coronel afirmó que aquello no era más que un síncope. Entre ella y Miguel le pusieron unos sinapismos. Se avisó al cura. Pocos minutos después llegaba, al mismo tiempo que el médico. ¿Para qué?

Miguel recorría el pasillo sin cesar, pálido como un espectro. De pronto se detuvo y quiso penetrar en el cuarto de su esposa. La viuda, el sacerdote y el médico le pusieron las manos en el pecho.

—¡No; no entre usted, Rivera!

—Lo sé todo: déjenme ustedes paso.

En su mirada y actitud comprendieron que era inútil oponerse.

Se arrojó sobre el cuerpo de su esposa, del cual aún no había desaparecido el calor y la vida por completo, y lo besó con frenesí por algunos minutos.

—¡Basta, basta! Se está usted matando—le decían.

Al fin consiguieron arrancarle.

—¡Mejor que tú—gritó dándole el último beso—no la ha habido ni la habrá sobre la tierra!

—¡Dichosos, hijo mío, los que al morir pueden escuchar semejantes palabras!—respondió el anciano sacerdote.

Sacáronle de allí. Fué derecho á su escritorio y se arrimó al balcón. Aún no había amanecido por completo. La consternación secó sus lágrimas. Inmóvil, con los ojos extáticos y la frente pegada á los cristales, pasó largo rato escuchando en su espíritu la voz reveladora que sólo habla en esta hora suprema. Al cabo pudo oírsele murmurar con voz ronca:

—¡Quién sabe! ¡quién sabe!

XXXI

más queréis saber? Miguel se tambaleó como el atleta que recibe un golpe en medio de la frente; pero no vino al suelo. En la obligación ineludible de proteger al inocente niño que perdía á su madre cuando comenzaba á balbucir su nombre, halló fuerzas para vivir. Su historia, poco novelesca, se hace menos interesante aún desde entonces. Redúcese casi toda á meditaciones, dudas, esperanzas, abatimientos y borrascas que no salen de los senos arcanos del espíritu. Su relato sólo puede interesar al psicólogo. Abreviemos, pues, esta larga y fatigosa narración.

Consagró la vida entera á su hijo. El trabajo y el estudio, si no aplacaron su dolor, le distrajeron á ratos, dándole también más elevación: trasformóse con los años en honda y grave tristeza que no le quitaba ni espacio ni serenidad para pensar. Ni de día ni de noche se apartaba de su niño. Así que pudo, le llevaba muchas veces con él á la oficina. Colocábalo frente á sí para que, al levantar la cabeza, sus ojos tropezasen con aquel rostro diminuto en el cual buscaba con ansiedad rasgos, gestos, lineamientos de otro que tenía grabado con cincel en el alma. Si querían hacerle feliz por un instante sus amigos, no tenían más que asegurarle que el chico sería con el tiempo un vivo retrato de su madre. En cambio, si alguno le decía que iba á parecerse á él, quedaba triste y meditabundo largo rato. ¡Cuántas veces, sorprendiendo en sus labios ó en sus ojos alguna mueca peculiar de Maximina, hubo estallado en sollozos! La inocente criatura le miraba entonces sorprendida y aterrada, hasta que su padre le cogía en brazos y le decía besándolo apasionadamente:—«¡Dichoso tú que no sabes lo que has perdido!!»—Llevábalo también muchos días al cementerio y le hacía besar después que él la lápida del nicho donde su madre yacía. ¡Oh, si aquellos besos no se filtraban por el mármol y hacían temblar de gozo las cenizas de la niña de Pasajes, bien podéis asegurar que nada en el mundo conseguiría ya removerlas!

No solamente en el hijo veía la imagen viva de su esposa. Cualquier espectáculo grande, cualquier acción heroica, cualquier rasgo de caridad, cualquier obra de arte, sobre todo de música, se la traía súbito á la imaginación y con ella las lágrimas á sus ojos, como si aquella criatura, que ya no existía, estuviese aún unida á todo lo que de noble, hermoso y elevado guarda la tierra. Por eso repitió cuanto pudo estas emociones. Cultivó y acendró el sentimiento religioso, desfallecido algunas veces, pero no extinto jamás en su espíritu; amó las artes; buscó la amistad de los buenos.

Andando el tiempo, aquel Mendoza, su amigo, con quien no había vuelto á hablar desde que, arruinado, se había ido á vivir á Chamberí, llegó á ministro. A nadie le sorprenderá seguramente. Dadas ciertas premisas, las consecuencias son inevitables. Y cuando fué ministro le pasó un recado, no sabemos si por generosidad ó por egoísmo, preguntándole si quería ser su secretario particular, conservando además la plaza en el Consejo de Estado. La carne, flaca, quiso rebelarse un instante oyendo tal proposición. Sin embargo, logró dominarla en seguida y aceptó. Hacía tiempo que á fuerza de llorar y meditar, su vida interior se había emancipado del imperio del orgullo. Tras de terribles sacudimientos, su alma logró romper las cadenas que la ligaban á las pasiones terrestres. Aprendió, para no olvidarla ya jamás, la verdad sublime que eternamente flotará sobre la ciencia humana y será el compendio de todas las verdades, la negación de sí mismo.

Desde que pisó el suelo sagrado de la libertad, su existencia comenzó á deslizarse serena en medio de un reposo dulce y tranquilo. En el piélago de las pasiones humanas, en el torbellino de sus propios sentimientos, tuvo al fin la fortuna de hallarse á sí mismo y comprender lo que era. Su único pensamiento desde entonces fué avanzar más y más por el camino de la libertad, hasta que sonase para él la hora de la emancipación suprema. El solo y más ardiente deseo de su vida fué poder amar la muerte. En tanto, empleó la fuerza santa y divina de la imaginación en crearse un mundo particular y libre donde vivía con su esposa, en la misma dulce comunidad de otro tiempo, compartiendo con ella su amor y sus penas. Al terminar cualquier acto de la vida, nunca dejaba de preguntarse: «¿Lo aprobaría Maximina?» Diariamente se confesaba con ella y le comunicaba los más íntimos secretos del alma. Y cuando tenía la desgracia de caer en el pecado, se apoderaba de él una turbación profunda, pensando que aquel día se había alejado un poco de su esposa. De este modo, participando como criatura divina del augusto privilegio de Dios, logró prestarla nueva vida, ó, por mejor decir, que no muriese jamás.

Mas como criatura humana también, su espíritu fué sacudido más de una vez por el huracán de la duda. Padeció los crueles asaltos de la tentación y vaciló como el Hijo de Dios en el huerto de Gethsemaní. ¡Horas de agonía que le dejaban hondamente impresionado y mermaban sus fuerzas si no las abatían por completo! Asistamos á una de ellas.

Después que salía del Ministerio ó del Congreso, Mendoza acostumbraba á pasearse en carruaje descubierto por el Retiro. Miguel le acompañaba. Al cabo de un rato de deslizarse entre la balumba de los coches, el Ministro solía marearse y quedar amodorrado y aun dormitando, mecido por los blandos vaivenes de la carretela. Miguel, ajeno casi siempre á las curiosidades y galas del paseo, con los ojos fijos en el cielo ó en el paisaje, meditaba.

Era una tarde suave, la más suave y esplendorosa que la primavera había otorgado aquel año á los madrileños. El sol se estaba acostando. Por el balcón abierto entre los árboles sobre la vasta llanura de Vallecas, nuestro secretario le veía descender majestuosamente sobre el borde de una nube dejando estela de oro en la tierra.

Arrastrado por el curso de los pensamientos que á menudo le dominaban, se puso á considerar el tiempo que de aquel modo ardía en el espacio, y la región misteriosa del cielo hacia donde nos llevaba en su marcha violentísima; de dónde se había desprendido aquella masa inmensa; cuándo y de qué modo se extinguiría su luz. Pensó que su historia, por larga que parezca, no es más que un instante en la historia de la Creación. En los infinitos mundos que eternamente se están formando y extinguiendo, ¡qué papel tan insignificante hará este pobre sol que para nosotros es primer actor! ¿Por qué entonces nos parece tan grande y tan bello? ¿A quién se lo parecía antes que nosotros existiésemos? Esta madeja de oro, como la llaman los poetas, ¡cuántos miles de años se estuvo derramando por la tierra, sin acariciar otras cabezas que las de los saurios gigantescos, pterodáctylos, magalosauros, y otros monstruos horrorosos! ¿El velo que oculta los misterios infinitos del espacio, se descorrerá algún día? ¿Habrá seres que los comprendan ya? Abismado en tales reflexiones, en extática contemplación del horizonte, á lo cual se prestaban las frecuentes y largas paradas que el coche hacía, pasó largo rato. Cuando salió de su éxtasis, y puso los ojos sobre la multitud de trenes que en aquel sitio delicioso se estrujaban, le causaron la misma impresión que si viese un hormiguero. ¿Y qué otra cosa era aquello, salvo que las hormigas en vez de trabajar se paseaban? Al lado suyo se apiñaba una muchedumbre de animales atómicos, con la vista fija en la tierra, arrastrados por otros animales, á quienes habían hecho sus esclavos. ¡Pero también las hormigas poseen esclavos! Todos, lo mismo los amos que los caballos, tenían traza de creer que el mundo eran ellos, y nada más que ellos. Y sus proyectos, sus deseos, sus amores, sus restaurants y sus piensos, el único y más alto fin de la Creación. Sólo allá, entre los peones, vió un rostro pálido, adornado de luenga barba blanca, cuyos ojos tristes y soñadores se dirigían también al firmamento. Al pasar á su lado, aquel rostro le sonrió afectuosamente. Miguel le contestó diciendo:—«Adiós, D. Ventura». Era el más tierno y espontáneo de los poetas españoles, el insigne Ruiz Aguilera. Después, sus ojos se convirtieron á Mendoza, que dormía deliciosamente. Le miró con atención algunos momentos y le acometieron ganas de reir. ¡Pobre hombre! se cree en el pináculo de la gloria, porque dispone, durante algunos meses, de unas docenas de empleos. ¡Y á esto ha consagrado la vida entera, todas las fuerzas que Dios le dió! Mañana se morirá este hombre, y no habrá sabido lo que es el amor de una esposa tierna é inocente, ni el entusiasmo que despierta en el alma una acción heroica, ni la emoción profunda que origina el estudio de la naturaleza, ni el gozo purísimo de contemplar una obra de arte. No habrá pensado, no habrá sentido, no habrá amado. Sin embargo, juzga de buena fe que debe hincharse, porque suena un timbre en el Ministerio cuando él entra, y le quitan el sombrero algunos desdichados. ¡Cuánto esfuerzo, cuánta bajeza ha tenido que hacer esta hormiga para que otras hormigas le den las buenas tardes con respeto!

No pudo reprimir una carcajada. Mendoza entreabrió los ojos al oirla; pero avezado á aquellas salidas originales de su secretario, volvió al instante á cerrarlos, quedando otra vez dormido.

Con todo, siguió pensando, la religión, el arte, la caridad, el heroísmo, estos signos en los cuales yo creo ver la expresión de una naturaleza más elevada, ¿no serán también ilusiones como las que se forja de su importancia este pobre diablo? ¿La patria lejana por la cual suspiro, será una imagen engañosa de mis propios deseos? La idea del aniquilamiento acudió á su espíritu y le hizo estremecerse. Si todo se desvaneciese al fin como el humo, como la sombra; si las más puras emociones de mi alma, si el amor de mi esposa, si la inocente sonrisa de mi hijo tuviesen en la naturaleza el mismo valor que el odio del malvado ó la carcajada del vicio; si dos seres se uniesen y se amasen para separarse después eternamente, ¡oh, con qué placer te odiaría, infame universo! Si detrás de esos espacios tan hermosos no hay nadie capaz de compasión, ¿qué valen tus masas enormes, ni tu movimiento acompasado, ni tus ríos inmensos de luz? Yo, miserable átomo, soy más noble porque puedo amar y puedo compadecer...

Quedó algunos minutos suspenso, con los ojos en el vacío. Un enternecimiento singular, que pocas veces había sentido, se iba apoderando de su espíritu. Hizo con el pensamiento una rápida excursión por su vida pasada. Se le representó como una cadena de desdichas. Hasta los placeres de la juventud se le presentaron odiosos y despreciables. Sólo había en ella un oasis ameno y delicioso: los dos años de su matrimonio. Si todos los hombres—se dijo—volviesen la vista atrás, hallarían lo mismo. Tal vez algo peor, porque la mayoría de ellos no han sido acariciados por el cielo como yo breves instantes. Acudió á su memoria el recuerdo de algunos amigos muertos en la flor de la edad después de crueles sufrimientos; el de otros que, cansados de luchar contra la suerte, habían caído al fin rendidos en la miseria; vió los más nobles é inteligentes de ellos desempeñando humildes puestos, y encumbrados los necios y los perversos; se acordó de su buen padre, cuyos últimos años fueron amargados por una mujer soberbia y caprichosa; se acordó de su hermana, una criatura todo luz y alegría, engañada vilmente y sumida para siempre en la desgracia; recordó, en fin, á aquel ser angelical mitad de su propio ser, arrebatado al mundo cuando acababa de poner los labios en la copa de la dicha...

La Creación se le presentó de pronto con un aspecto terrible. Los seres devorándose los unos á los otros sin piedad; el más fuerte martirizando al más débil constantemente. Unos y otros, engañados por la ilusión de la felicidad que no ha de llegar jamás para ninguno, trabajan, padecen en provecho de cada especie, éstas en provecho de otras, y así sucesivamente, hasta el infinito. El mundo, en suma, se le ofreció como una estafa inmensa, un lugar de tormento para todos los seres vivos, más cruel aún para los conscientes. La felicidad absoluta para el Todo, porque es y será eternamente; la absoluta desdicha para los individuos, porque eternamente se renovarán para padecer y morir.

Ante aquel cuadro espantoso que vió con intensa claridad, su alma quedó turbada. Un estremecimiento de horror sacudió su cuerpo.—«¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?»—murmuraron repetidas veces sus labios trémulos. Y un sollozo desgarrador que se había ido formando poco á poco en el fondo del pecho estalló al fin con ruido.

El Ministro abrió los ojos asustado.

—¡Hombre, tú te pasas la vida riendo ó llorando!—le dijo.

—Así es—respondió el secretario llevándose el pañuelo á los ojos.

Faltas corregidas por el etext transcriptor:
del sarcerdote con voz clara=> del sacerdote con voz clara {pg 13}
Y dando una fuerre sacudida=> Y dando una fuerte sacudida {pg 37}
entraba en aqel momento=> entraba en aquel momento {pg 79}
se lohabía representado=> se lo había representado {pg 80}
sino todo la vida=> sino toda la vida {pg 85}
detras de la persiana=> detrás de la persiana {pg 143}
gozo casí místico=> gozo casi místico {pg 149}
Está la miró consternada.=> Ésta la miró consternada. {pg 153}
persona para invitarlas=> personas para invitarlas {pg 172}
habían clavado persístentes en Maximina=> habían clavado persistentes en Maximina {pg 172}
picado por la indeferencia ingenua=> picado por la indiferencia ingenua {pg 197}
Maximina levantó vivámente=> Maximina levantó vivamente {pg 200}
las facciones perfeectas?=> las facciones perfectas? {pg 211}
¡Está mamá siempre ha de ser la misma! ¡Qué gegio tan remaldito!—exclamó al quedarse solo.=> ¡Esta mamá siempre ha de ser la misma! ¡Qué genio tan remaldito!—exclamó al quedarse solo. {pg 215}
esa delizadeza=> esa delicadeza {pg 218}
profirio tartamudeando=> profirió tartamudeando {pg 220}
No hay que descuidase en escribir=> No hay que descuidarse en escribir {pg 245}
Maxima muy desabrida=> Maximina muy desabrida {pg 251}
bien porque sus negocios lo exigiese=> bien porque sus negocios lo exigiesen {pg 269}
como si en aquepunto=> como si en aquel punto {pg 277}
les díjo que D. Martín=> les dijo que D. Martín {pg 297}
alguna funcion de=> alguna función de {pg 300}
se mirarón aún=> se miraron aún {pg 302}
veces el lechugino á leer=> veces el lechuguino á leer {pg 309}
como si estuxiese preocupado con alguna idea=> como si estuviese preocupado con alguna idea {pg 310}
mudándaselos todos=> mudándoselos todos {pg 312}
can sonrisa irónica=> con sonrisa irónica {pg 316}
su temperamente inquieto=> su temperamento inquieto {pg 318}
me pronongas semejante=> me propongas semejante {pg 324}
tahur=> tahúr {pg 327}
sentado en un divan=> sentado en un diván {pg 328}
Saavedrá bajó=> Saavedra bajó {pg 329}
sin inconvenienle alguno=> sin inconveniente alguno {pg 349}
Sabes lo qne estoy=> Sabes lo que estoy {pg 334}
enterarse de lo ocurrrido=> enterarse de lo ocurrido {pg 338}
La carne, flaca, quiso revelarse=> La carne, flaca, quiso rebelarse {pg 390}
repusó Saavedra=> repuso Saavedra {pg 344}
aplanchar la ropa=> a planchar la ropa {pg 358}
Ádónde iba á buscarlo=> Á dónde iba á buscarlo {pg 362}
¿Cuanto ganas?=> ¿Cuánto ganas? {pg 368}
amigo Riveva=> amigo Rivera {pg 381}
la negacion de sí mismo=> la negación de sí mismo {pg 390}