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Maximina

Chapter 5: III
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About This Book

La novela sigue el regreso de Miguel a un pequeño pueblo costero y su cortejo a una joven tímida, cuyo pudor y modestia complican los preparativos de matrimonio y la convivencia familiar. A través de escenas domésticas y conversaciones se exploran las relaciones entre parientes y vecinos, la influencia de la madrastra, los celos de una hermana y la vida social local; se observan pequeñas hipocresías, afectos vacilantes y tensiones entre tradición y deseos personales. El relato combina observación psicológica con descripciones del ambiente costero y episodios cotidianos que revelan caracteres y costumbres del lugar.

III

UNQUE no había hablado de ello, Miguel tenía resuelto vivir en casa aparte; pero que fuese vecina á la de su madrastra. Cuando Julita supo esta decisión, experimentó grave disgusto y quiso indignarse contra su hermano. No tardó, sin embargo, en comprender que obraba cuerdamente. La brigadiera trataba á Maximina con toda la amabilidad de que era susceptible. Aquélla la abrumaba con atenciones y caricias; y á pesar de todo, no era posible vencer su timidez. No se la oía pedir nada de lo que la hiciese falta, lo cual hacía presumir que muchas veces se quedaba sin ello. En la mesa, cuando deseaba alguna cosa, lo más que se autorizaba era hacer disimuladamente una seña á Miguel para que se la diese. Jamás ordenaba cosa alguna á los criados de la casa. Sólo con su doncella Juana se entendía para los mil menesteres de la vida. Miguel, con esto, andaba un poco inquieto, porque bien se le alcanzaba, á pesar del rostro alegre de su esposa, que no debía de estar muy á su gusto en la casa; y aun la había reprendido suavemente por su falta de confianza. Un día, á los pocos de haber llegado, viniendo de la calle y disponiéndose á entrar en su cuarto, Juana le llamó aparte con mucho misterio y le dijo:

—Señorito, voy á decirle una cosa para que la sepa... La señorita tenía costumbre de merendar allá en su casa... Aquí se conoce que no se atreve á pedirlo... Hoy me ha mandado comprarle unas galletas... Mire usted, aquí las tengo.

—¡Ay, probrecita mía!—exclamó Miguel con emoción.—¡Pero qué tonta!

—No vaya por Dios á decírselo, porque entonces ya no vuelve á tener confianza conmigo.

—Pierde cuidado.

Y se entró en el cuarto de su esposa diciendo:

-Maximina, traigo el apetito muy despierto de la calle. No puedo aguardar la hora de comer. Anda, vé al comedor y dí que me traigan algo.

—¿Qué quieres?

—Cualquier cosa... Lo que tú hayas merendado.

La niña se quedó suspensa.

—Es que... es que yo todavía no he merendado.

—¿Cómo no?—exclamó Miguel en el colmo de la sorpresa.—¡Pues si ya son cerca de las seis!... ¿No te lo han traído?... Á ver, Juana, Juana (á grandes voces), llame usted á la señorita Julia.

—¿Qué vas á hacer? ¡por Dios! ¿qué vas á hacer?—exclamó la chica llena de terror.

—Nada, enterarme de por qué no te han servido el dulce, ó los pasteles, ó lo que tomes...

—¡Pero si no lo he pedido!

—No importa; tienen obligación de servirte á la misma hora lo que acostumbres á tomar.

—¿Qué querías, Miguel?—preguntó Julia entrando.

—Quería preguntarte por qué no han servido la merienda á Maximina, siendo ya cerca de la seis.

Julia quedó á su vez confusa.

—Es que... es que Maximina no merienda.

—¿Cómo que no merienda?—exclamó estupefacto.

—Se lo he preguntado el primer día y me dijo que no tenía costumbre.

Miguel volvió los ojos á Maximina, que bajó los suyos ruborizada como si hubiese cometido un delito.

—Pues yo te digo que sí—profirió en alta voz volviéndose á Julia con semblante severo.—Yo te digo que tiene esa costumbre, y has hecho muy mal, conociendo su carácter, en no insistir, ó al menos en no preguntármelo á mí.

—¡Por Dios, Miguel!—murmuró la esposa con acento de angustia.

Julia se puso fuertemente colorada, y girando sobre los talones, se salió de la estancia. Maximina estaba petrificada. Su marido dió algunos pasos con semblante hosco, y salió también yendo derecho al comedor, donde halló á su hermana muy triste, sacando platos. Tomándole la barba entre los dedos y soltando una carcajada, le dijo:

—Ya sabía que Maximina no merendaba. No hagas caso de lo que te he dicho. He querido ponerla en este apuro á ver si la curo de su timidez.

—Pues mira, chico, te ha salido el tiro por la culata, porque á quien has puesto es á mí—respondió la joven, enojada realmente.—¡Ya se han concluído para mí los mimos!

—¡Hola! ¿Celos tenemos?

—¡Eso quisieras tú, fatuo!

—Vamos, confiesa que sí—dijo sujetándola por los brazos y dándola un mordisco en el cuello.—Confiesa que ya han parecido...

—¡Quita, tonto, retonto!—contestó, forcejando por desasirse.—¡Que te estés quieto, Miguel! ¡Déjame, Miguel!

Y dando una fuerte sacudida, se zafó de sus manos y escapó airada de la habitación, mientras su hermano quedaba riendo.

En los días siguientes pudo éste convencerse de que Maximina había caído en gracia á todos en la casa. Ni era posible que otra cosa sucediese dada su condición apacible, callada y modesta. Sin embargo, nuestro joven observó con cierto disgusto que de esta condición se abusaba en algún modo, pues no se la consultaba para nada, y se ordenaba el plan del día, las salidas al paseo, á los teatros, á las tiendas y á las visitas, sin preguntarle siquiera si deseaba quedarse en casa. Esto contribuyó mucho á que apresurase su traslación, decidiéndose por un cuarto principal de la vecindad, muy amplio y hermoso, aunque un poco caro para su fortuna; pero contaba compensar el exceso privándose de otras cosas superfluas.

Era para nuestro héroe gratísimo solaz el salir con su esposa á comprar los muebles que les hacían falta. Desgraciadamente, la brigadiera y Julia les acompañaban la mayoría de las veces, y entonces ya se sabía que ante aquélla todos perdían el derecho de elección y hasta el de emitir dictamen. Molestaba esto no poco á Miguel, y por eso siempre que podía evitaba el que su madrastra les acompañase; pero, con sorpresa suya, Maximina no se mostraba ni más contenta ni más dispuesta á dar su opinión. Parecía que todo le era indiferente, y que aquel lujo que jamás había visto la impresionaba de mal modo. De vez en cuando apuntaba tímidamente que tal armario ó tal sofá eran bonitos, «pero caros». Miguel se había impacientado en dos ó tres ocasiones viendo su indiferencia, pero se había arrepentido luego al notar el gran efecto que cualquier contestación seca causaba en su esposa, y había concluído por embromarla por sus tendencias á la economía. Lo que más le placía á Maximina en aquellas salidas era ir sola con su marido por las calles, y eso que no había consentido en apoyarse en su brazo de día, á pesar de los ruegos que le había dirigido.

—Me da mucha vergüenza; todo el mundo mira para nosotros...

—Es que les sorprende que me haya enamorado de una mocosuela tan fea...

Maximina levantaba hacia él sus grandes ojos tímidos y sonrientes, para expresarle su agradecimiento.

—Yo también me sorprendo... Ahora que veo tantas mujeres hermosas por todas partes, no sé cómo has podido fijarte en mí.

—Porque siempre he tenido muy mal gusto.

—Eso será.

Miguel conmovido le apretaba con disimulo la mano.

Por la noche ya era otra cosa. Entonces consentía en que fuesen de bracero, y no podía ocultar el inmenso placer que esto le causaba. Sólo al pararse delante de algún escaparate y quedar bañados en luz, buscaba pretexto para soltarse. Una noche al salir de casa, fuese por distracción ó por broma, Miguel no la ofreció el brazo. Al cabo de un rato, Maximina, como si adoptase una resolución enérgica después de grandes cavilaciones, se apoyó sobre él bruscamente. Miguel la miró sonriente.

—¡Hola, qué bien has aprendido á tomar lo que te pertenece!

La niña bajó la cabeza ruborizada, pero no se soltó.

La brigadiera encontraba muy de su gusto á la esposa del hijastro, por más que le doliese que hubiera descendido hasta ella. Así lo expresaba á sus amigas y á Julia. Á Miguel no le decía nada, mas no por eso dejaba de estar enterado de tan favorable opinión. Sin embargo, no acababa de tranquilizarse, porque observaba que su madrastra iba ejerciendo sobre la joven esposa el mismo poder omnímodo y tiránico que sobre Julia, y aun mayor si cabe, por la condición más tímida y apacible de aquélla. Ni podía ocultársele que la simpatía en caracteres como el de la brigadiera está siempre en razón directa del grado de sometimiento á que llegan las personas que con ellas se relacionan. Al salir Julia una tarde del cuarto de los esposos, exclamó Maximina en un momento de expansión:

—¡Cómo me gusta tu hermana!

Miguel le clavó una mirada penetrante.

—¿Y mamá?

—...También—respondió la niña.

No le hizo más preguntas; pero aquel mismo día el hijo del brigadier avisó al administrador que no podía tomar el cuarto principal de aquella casa, y eligió otro en la plaza de Santa Ana. El pretexto que dió á su familia para este cambio fué que no podía vivir tan apartado de la redacción del periódico, ahora que iba á emprender una campaña más asidua. Y no le pesó, en verdad; antes á los pocos días tuvo ocasión de confirmarse en su acuerdo y darse por él la enhorabuena. Sucedió que un día, viniendo de dirigir los trabajos de instalación en su nuevo cuarto, encontró á Maximina con los ojos un poco enrojecidos como de haber llorado. El corazón le dijo que había pasado algo, y le preguntó con ansiedad:

—¿Qué tienes? Has llorado.

—No—contestó la niña sonriendo,—es que me he lavado hace un momento.

—Sí, te has lavado, pero por haber llorado antes. Díme, díme pronto qué ha sido.

—Nada.

—Bien—replicó el joven con firmeza,—yo lo sabré.

En efecto, Juana, aunque de un modo confuso, le enteró de lo ocurrido.

—Mire usted, señorito, al parecer, la señora le dijo hace ya días á la señorita que no le gustaba que estuviese hasta tan tarde sin arreglarse, porque podían venir visitas. Todos estos días la señorita se ha aviado temprano; pero hoy no sé cómo se descuidó y la señora la ha reprendido.

—¿Qué le ha dicho?

—Yo no sé. La señorita no ha querido decírmelo... pero ha llorado bastante.

Miguel entró en su cuarto rojo de ira.

—Maximina, avíate y arregla los baúles... Nos vamos ahora mismo de esta casa... Yo no consiento que nadie te haga llorar.

La joven quedó mirando á su esposo con más expresión de susto que de reconocimiento.

—¡Si nadie me ha hecho llorar!... He llorado sin saber por qué... Me sucede muchas veces... Puedes preguntárselo á mi tía...

—Nada, nada, ahora mismo nos vamos...

—¡Oh, Miguel, por Dios no hagas eso!

—¡Que sí, que nos vamos!

Maximina se arrojó en sus brazos llorando.

—¡No hagas eso, Miguel, no hagas eso! ¡Enfadarte con tu madre por mi culpa!... ¡Prefiero morir!

La cólera del joven fué cediendo y consintió al cabo en disimular su desabrimiento, si bien quedó decidido que al día siguiente irían á dormir á su casa. Así se realizó. Mas la brigadiera no se dejó engañar, y entendió bien los motivos que Miguel tenía para precipitar su traslación. No hay para qué decir que desde entonces Maximina perdió para ella gran parte de su valimiento.

El cuarto de la plaza de Santa Ana estaba alfombrado, pero aún había pocos muebles. Sólo tenían arreglados, y no enteramente, el comedor, un gabinete y su alcoba. En el resto de la casa había algunas sillas diseminadas y tal cual armario ó espejo fuera de su sitio. Á pesar de eso, Miguel y Maximina lo hallaron delicioso. Al fin estaban solos, y eran dueños de sus acciones. La independencia les embriagaba de gozo. Aquel aspecto de interinidad seducía á Miguel como una cosa extraordinaria y original. Maximina quiso hacer la cama por sí misma; pero ¡ay! el colchón pesaba tanto, que no podía moverlo. Viéndola forcejar hasta ponerse colorada, Miguel echó mano también y ayudó á batirlo, riendo á carcajadas sin saber de qué; acaso de placer. Pero á nuestros esposos se les había olvidado una porción de cosas indispensables para la vida, entre ellas, las lámparas para alumbrarse. Cuando llegó la noche, Juana tuvo que ir apresuradamente á comprar bujías y unos candeleros, para poder comer. Aquella primer comida á solas fué deliciosa. Maximina tenía el apetito casi siempre despierto, lo cual era para ella un gran defecto, y procuraba ocultarlo, quedando casi siempre con ganas. Mas ahora, delante de su marido solamente y pensando que éste no se fijaba, echaba en el plato lo que bien le placía. Cuando terminaron, Miguel le dijo:

—Has comido bien; mucho mejor que estos días pasados en casa de mamá.

Maximina se ruborizó como si le hubiesen descubierto un delito. Adivinando lo que pasaba en su interior, Miguel acudió inmediatamente en su auxilio.

—Vaya, ahora comprendo que no comías allí por vergüenza... Pues ten entendido que hoy es moda comer mucho... Además, á mí no hay nada que me cause tanto placer como ver comer con apetito; mucho más si es una persona querida. Por consiguiente, si quieres darme gusto, procura tenerlo siempre despierto... Para estómagos malos, basta el mío en la casa.

Aquella noche decidieron no salir á la calle. Se fueron desde el comedor al despacho, en donde no había mueble alguno, pues deseaba el joven amueblarlo con calma y á su gusto. Pero en el gabinete no había chimenea y allí sí. Juana la encendió y además un par de bujías. Miguel las apagó en seguida; prefería quedar con la luz de la chimenea solamente. Quiso después ir á buscar al gabinete un par de butacas, pero Maximina le dijo:

—Trae para ti solamente... Verás; yo me siento en el suelo y estoy más á gusto.

Y como lo dijo lo efectuó, dejándose caer suavemente sobre el pavimento alfombrado.

Su marido la miró sonriendo.

—¡Ah! pues entonces no voy por las butacas. No quiero ser menos que tú.

Y se sentó á su lado: ambos delante de la chimenea cuya llama iluminaba la sonrisa feliz de sus rostros. El marido tomó las manos de la esposa, aquellas manos regordetas, endurecidas, mas no desfiguradas por el trabajo, y las besó con pasión repetidas veces. La esposa no quiso ser menos, y después de vacilar un poco, tomó las del marido y las llevó á los labios. Á Miguel le hizo gracia aquel rasgo de inocencia y sonrió.

—¿De qué te ríes?—le preguntó la niña mirándole sorprendida.

—De nada... de placer.

—No; te has sonreído con malicia... ¿De qué te ríes?

—De nada te digo... Son aprensiones tuyas.

—¡Cuando digo que te ríes de mí! ¿He hecho algo mal?

—¡Qué habías de hacer, tonta! Me he reído porque no es costumbre que las damas besen las manos á los caballeros.

—¿Lo ves?... ¡Pero yo no soy una dama!... Y tú eres mi marido...

—Tienes razón—dijo él abrazándola,—tienes razón en todo lo que dices. Haz siempre lo que te salga del corazón como ahora, y no temas equivocarte.

La luz azulada del cok saltaba alegremente por encima de los carbones, surgiendo y desapareciendo á cada instante, cual si acudiese á escuchar las palabras de los esposos, y se retirase solícita después á comunicarlas á algún gnomo vulcanio. De vez en cuando un pedacito de escoria se desprendía de la masa incandescente, atravesaba la reja y venía rodando á parar á sus pies. Entonces Maximina aguardaba un instante á que se enfríase, la cogía entre sus dedos y la arrojaba al cenicero. No se oía más que el rumor estridente de los coches que cruzaban hacia el teatro.

La charla de los esposos era cada vez más viva y más íntima. Maximina iba perdiendo su cortedad, gracias á los esfuerzos incesantes de Miguel, y se atrevía á dirigirle preguntas acerca de su vida pasada, á las cuales el joven respondía con verdad unas veces, otras con mentira. Sin embargo de todo ello, dedujo la niña que su marido había hecho algunas cosas malas, y se asustó.

—¡Ay, Miguel! ¿Cómo te has atrevido á dar un beso á una mujer casada? ¿No temes que Dios te castigue?

El rostro del joven se oscureció de pronto. Una arruga profunda, maldita, surcó su frente y se quedó un rato pensativo. Maximina le miraba con ojos extáticos, sin comprender la razón de aquel cambio de fisonomía. Al cabo, con voz un poco ronca, mirando para el fuego, dijo Miguel:

—Si conmigo sucediese una cosa semejante, y lo averiguase, ya sé lo que había de hacer... Lo primero sería poner á mi mujer en la calle, de día ó de noche, á cualquiera hora que lo supiese...

La pobre Maximina se conmovió ante aquella salida, tan brutal como inesperada, y exclamó:

—Harías bien. ¡Dios mío, qué vergüenza para una mujer verse arrojada así!... ¡Cuánto más valdría morir!

La arruga de la frente de Miguel se desvaneció. Miró á su mujer amorosamente, y comprendiendo que aquella lección había sido tan inútil como inoportuna, le dijo besándole una mano:

—¿Por qué hemos de hablar de las maldades que acontecen en el mundo? Afortunadamente yo he hallado una tabla de salvación, que es esta mano. Á ella me agarro, seguro de ser bueno y honrado toda mi vida.

—Debes pedir perdón á Dios.

—Á Dios y á ti os lo pido.

—El mío ya está concedido.

—Y el de Dios también.

—¿Qué sabes tú... ¡Ay, qué tonta! Ya no me acordaba que te has confesado hace unos días.

—Eso es—dijo Miguel, que tampoco se acordaba.

Después hablaron de los pormenores domésticos, de los muebles, de los criados que necesitaban tomar. Maximina sostenía que bastaban Juana y una cocinera. Miguel quería además otra chica para la costura y la plancha. Con este motivo manifestó á su esposa los recursos de que podía disponer.

—Me quedan cuatro mil duros de renta; pero voy á dejar á mi hermana y á mamá mil para que puedan vivir decentemente... Con tres mil duros nosotros podemos arreglarnos perfectamente.

—¡Oh, ya lo creo!... ¿Por qué no les dejas á tu mamá y á tu hermana la mitad? Mira, ellas están acostumbradas al lujo, y yo no... Yo con cualquier vestido me arreglo...

—Es que no quiero que te arregles con cualquier vestido, sino con el que corresponde á tu clase.

—¡Si supieras qué gusto tan grande me darías cediendo á tu hermana la mitad!

—No puede ser... Hay que pensar también en los hijos.

—Aún te queda mucho.

—¡Tú no estás enterada de lo que se gasta en Madrid, querida!

Después de reflexionar un instante añadió:

—En fin, que no sea ni uno ni otro: partamos la diferencia. Les dejaré treinta mil reales, y nos quedaremos con cincuenta mil. Lo que sentiré es que me salga un cuñado pillo que se coma el capital.

Así charlando, llegaron las diez de la noche, y decidieron irse á la cama. Miguel se levantó primero y ayudó á su esposa á ponerse en pie. Encendieron la palmatoria y se encerraron en su alcoba. Maximina bendijo, como de costumbre, la cama pronunciando una porción de oraciones aprendidas en el convento, y se entregaron tranquilamente al sueño.

Allá hacia el amanecer, Miguel creyó oir á su lado un ruido singular, y despertó. Al instante observó que su esposa le besaba repetidas veces en el cuello, muy suavemente, con ánimo, sin duda, de no despertarle. Poco después oyó un sollozo.

—¿Qué es eso, Maximina?—dijo volviéndose bruscamente.

La niña, por toda contestación, se abrazó á él, y comenzó á llorar perdidamente.

—¿Pero qué tienes?... Díme pronto, ¿qué tienes?

Sofocada por los sollozos, comenzó á decir:

—¡Oh, acabo de soñar unas cosas tan malas!... Soñé que me arrojabas de casa.

—¡Pobrecilla!—exclamó Miguel cubriéndola de caricias.—Te has impresionado con lo que te he dicho esta noche... ¡Soy un estúpido!

—No sé lo que... habrá sido... ¡Qué angustia, Virgen mía!... Creí morir... Si no despierto me muero... Pero tú no eres estúpido, no... ¡Soy yo!

—Bien, seremos los dos... pero tranquilízate—dijo besándola.

Al poco rato, ambos se quedaron otra vez dormidos.

IV

N la redacción reinaba silencio inusitado. No se oía más que el crujir de las plumas de acero sobre el papel. Los redactores escribían en torno de una gran mesa forrada de hule, exceptuando dos ó tres colocados frente á unas mesillas de pino en los rincones de la sala. De pronto, uno de barba poblada y gris levantó la cabeza preguntando:

—Diga usted, Sr. de Rivera, ¿no estaba señalado para el día 18 el movimiento?

Miguel, que escribía en una de las mesitas privilegiadas, respondió sin levantar la cabeza:

—No me cansaré, Sr. Marroquín, de recomendar á usted la discreción. Observe usted que nuestras cabezas peligran todas, desde las más humildes como la del Sr. Merelo y García, hasta las más severas y magníficas como la de nuestro dignísimo director.

Los redactores sonrieron. Uno de ellos preguntó:

—¿Y qué es de Merelo? No ha venido todavía.

—Hasta las doce no puede venir—contestó Rivera.—De diez á doce conspira siempre contra las instituciones en el café del Siglo.

—Yo pensé que era en Levante.

—No, en Levante es á última hora, de dos á tres.

El primero que había hablado es aquel mismo señor Marroquín, de perdurable memoria, profesor de Miguel en el colegio de la Merced, enemigo nato del Supremo Hacedor y hombre hirsuto hasta donde un bípedo puede serlo. La razón de encontrarse allí es la siguiente: Un día, cuando estaba concluyendo de almorzar, pasaron á Miguel recado de que un caballero le aguardaba en el despacho. El caballero era Marroquín, que más parecía por la traza un mendigo. Tan pobre, sucio y raído estaba. Al ver á su discípulo se enterneció, aunque parezca extraño. Después le contó, con verdadera elocuencia, que no tenía una peseta, y se morían de hambre él y sus hijos, concluyendo por pedirle una plaza de redactor en La Independencia.

—Yo no soy propietario del periódico, querido Marroquín. Lo único que puedo hacer por usted es darle una carta para el general conde de Ríos.

En efecto, le dió la carta, y Marroquín se presentó con ella en casa del general; pero tuvo la mala fortuna de llegar en la peor sazón, cuando aquél, hecho un energúmeno por los pasillos de su casa, recordaba el repertorio de juramentos en que tanto se había distinguido el sargento Ríos. La razón era que uno de sus pequeños se había bebido un frasco de tinta persuadido de que era Valdepeñas. Si tienen ó no los juramentos é interjecciones de los carreteros influencia decisiva en los envenenamientos, no lo sabemos; pero el general los empleaba con la misma fe que si se tratase de un antídoto poderoso. El paciente inclinaba su cabecita pálida contra la pared derramando copioso llanto.

—¿Qué trae usted?—le preguntó el conde clavándole una mirada iracunda.

—Una carta—contestó el pobre Marroquín presentándosela con mano trémula.

—¡Vomita!—gritó el general con los ojos llameantes.

—¿Cómo?—preguntó tímidamente el profesor.

—Vomita, niño, vomita, ¡ó te estrello!—rugió el ilustre caudillo de Torrelodones sacudiendo á su hijo por el cuello.—¿Y qué dice la carta?

—Es del Sr. Rivera, pidiéndole una plaza de redactor en La Independencia para un servidor de V. E...

—¿No puedes? ¡Métete los dedos en la boca!... Ya sabe el Sr. Rivera sobradamente que no hay plaza, que todas están ocupadas, y que ya me duelen las orejas... ¡A ver si te metes los dedos, chiquillo, ó te los meto yo!

Marroquín obró prudentemente levantando el pestillo de la puerta y saliéndose con disimulo. Más adelante, Miguel habló al general en momento más propicio, y pudo conseguir que se le admitiese en la redacción con un sueldo mensual de veinticinco duros.

En La Independencia, escribía, además de aquel redactor de fondos que ya conocemos, un cura apóstata y liberal que se había dejado crecer la barba hasta el pecho y contaba á sus compañeros los secretos de la confesión cuando venía un poco ó un mucho beodo. Era íntimo de Marroquín. Ambos tenían la misma ojeriza á la Divinidad, y ambos trabajaban con afán por libertar á la humanidad de su yugo. Sin embargo, un día estuvo á punto de enfadarse seriamente con el hirsuto profesor porque hizo chacota de la Eucaristía, lo cual confirmó á éste en su opinión de que «el cura siempre tira al monte». Se llamaba D. Cayetano. Otro de los redactores era un joven rubio, bello y tímido, que se sentaba en uno de los rincones de la sala y sólo levantaba la cabeza al escuchar alguna frase brillante, por las cuales sentía pasión loca. Sus artículos eran siempre un empedrado de palabritas sonoras, fluidas, titilantes (adjetivos que representaban gran papel en el repertorio de Gómez de la Floresta). Jugaba con ellas lo mismo que un saltimbanqui. El que quisiera verle contento no tenía más que decir alguna metáfora ó inventar algún adjetivo armonioso. Rivera, que conocía este flaco, solía darle por el gusto.

—Esta tarde, señores, he visto una mujer cuya mirada brillaba como la hoja de un puñal damasquino.

Gómez de la Floresta levantaba, rojo de placer, la cabeza y le dirigía una sonrisa de felicitación.

—Eso es, una mirada fría y siniestra.

—Tenía el cutis terso y ardiente con surcos marmóreos. Los cabellos caían como una cascada de oro sobre su cuello de cisne aprisionado por un collar de brillantes que parecían gotas de luz....

—¡Gotas de luz! ¡Qué bonito es eso, Rivera! ¡Qué bonito!

—Era una mujer á propósito para hacer un poco de tiempo vida oriental.

—¡Eso es! Refugiados en un minarete, aspirando los perfumes de la Persia, dejando que sus manos de nácar acaricien nuestros cabellos, libando en su boca de rosa el néctar de la voluptuosidad.

—Veo con regocijo, Sr. de la Floresta, que está usted en lo firme. Hagamos punto, sin embargo. Se le han subido á usted las frases á la cabeza y preveo un desenlace fatal.

El redactor sonreía avergonzado y continuaba su tarea.

Un joven delgado, de pómulos salientes, ojos oblicuos y andar desgarbado entró haciendo mucho ruido y tarareando algunos compases de vals. Se acercó á la mesa donde escribía Miguel, y dándole una palmadita en el hombro, dijo con alegre entonación:

—Hola, amigo Rivera.

Este, sin levantar la cabeza, respondió muy gravemente:

—Despacio, despacio, Sr. Merelo; despacio, que no somos todos iguales.

Los redactores rieron.

Merelo, un poco acortado, exclamó:

—¡Este Rivera siempre está de broma!... Pues señor—siguió, arrojando el sombrero sobre la mesa,—en este momento llego de la reunión arancelaria del Teatro del Circo...

—¿Quién habló? ¿quién habló?—preguntaron varios.

—Pues hablaron D. Gabriel Rodríguez, Moret y Prendergast, Figuerola y nuestro director; pero el que mejor habló fué D. Félix Bona.

—¡Hombre! ¿Y qué ha dicho?

—Pues empezó diciendo que él... el más humilde de todos los que allí estaban...

—¿Y usted, Sr. Merelo, no ha protestado contra esa afirmación?—preguntó Miguel desde su mesa.

Merelo le miró sin comprender; mas sintiendo al cabo el alfilerazo, hizo una mueca de disgusto y siguió, aparentando desprecio:

—Que él venía á hablar allí en nombre del comercio al por menor...

—No, pero usted, amigo Merelo—interrumpió el ex cura, que gustaba mucho de embromar al noticiero,—debió haber protestado contra aquello de la humildad.

Merelo transigía, hasta cierto punto, con las bromas de Rivera, en quien reconocía superioridad; pero las del cura le crispaban los nervios. Así que, lleno de ira, juntó las manos como hacen los sacerdotes en misa y cantó:

¡Dóminus vobiscum!

Carcajada general de los redactores. El cura se puso colorado hasta las orejas; y fuertemente desabrido quiso continuar la broma, aguzándola cada vez más; pero el noticiero, que no tenía mucho ingenio, contestaba siempre:

¡Dóminus vobiscum!

Con entonación tan cómica y clerical, que los periodistas se desternillaban de risa.

El cura se puso al fin amoscado. En vez de bromas, lo que dirigía á Merelo eran verdaderos insultos. Uno de ellos fué tan vivo y desvergonzado, que aquél se vió en la necesidad de alzar la mano y soltarle una soberana bofetada. Momentos de confusión y tumulto en la redacción. Varios individuos sujetan, á duras penas, á D. Cayetano, que con las tijeras de cortar sueltos en la mano declara en alta voz su propósito de sacar las tripas á Merelo. Éste, á quien no complace poco ni mucho tal declaración, ruega á sus compañeros que le suelten, «que él no tolera imposiciones de nadie»; pero sus amigos comprenden que es pura retórica, y le sujetan cada vez con más cuidado. Al fin se logró calmar á los irritados contendientes, y vino un cuarto de hora de sosiego, durante el cual todos se aplicaron á escribir en silencio. Por fin levanta Miguel la cabeza y pregunta:

—Oiga usted, Sr. Merelo, ¿cuándo piensa usted ir á Roma?

—¿Á Roma?... ¿Á qué?

—Á que le perdonen el pecado de haber puesto la mano en persona sagrada. Aquí no le pueden absolver.

Se arma de nuevo una zambra de risa en la redacción. El cura furioso suelta la pluma, toma el sombrero y se va.

Y en tales bromas y en otras semejantes, siendo el alma de ellas casi siempre nuestro Rivera, solían perder mucho tiempo los redactores de La Independencia. Á más de éstos había otros tres ó cuatro de menor cuantía, y un sinnúmero de meritorios que acudían solícitos por las noches á llevar al director su ofrenda de sueltos y artículos, la cual era despreciada la mayoría de las veces. Entre todos estos llamaba la atención un señorito aún no entrado en quinta, feo, raquítico y bien trajeado, que solía escribir artículos de crítica literaria, los cuales firmaba siempre con el pseudónimo Rosa de te. Era severísimo con los autores, y se creía siempre en el deber de darles sanos consejos acerca del arte que cultivaban. Á menudo les decía que esto no era humano, aquello verosímil, lo otro castizo. Hablaba mucho de la vida, que á su juicio ningún autor conocía, ni tampoco las mujeres. Sólo Rosa de te tenía una idea exacta del mundo y del corazón de la mujer. Al comenzar sus críticas cuidaba siempre de colocar al autor en el banquillo de los acusados, subiéndose él al sillón del presidente del tribunal. Desde allí interrogaba, reprendía, disertaba, sonreía sarcásticamente: «¿Dónde ha visto D. Fulano que una joven exclame ¡cielos! cuando le duelen las muelas? ¡Bien se conoce que D. Fulano no ha pisado mucho los salones aristocráticos! La vida, D. Fulano, no es como usted la pinta: es necesario vivir dentro del medio social para aspirar á reflejarlo. Lo que no vemos tampoco en la obra de D. Fulano es el argumento. ¿Y el argumento, D. Fulano, y el argumento? ¿Qué carácter tiene el protagonista de su obra? En un capítulo dice que tiene mucho apetito, y se comería de buena gana una lata de sardinas de Nantes, y algunos capítulos más adelante dice que las sardinas le repugnan. ¿Qué lógica es ésta? Los caracteres en el arte han de ser bien definidos, lógicos, de una sola pieza. El protagonista de D. Fulano sólo toma en el curso de la obra, según nuestra cuenta, diez y nueve resoluciones. ¿Le parecen bastantes resoluciones éstas á D. Fulano para un protagonista? Ni siquiera nos parecen suficientes para un personaje secundario. Así que no tiene más remedio que resultar el carácter borroso, incoloro, falto de vida y energía. La energía en los caracteres es cosa que no me cansaré de recomendar á los autores dramáticos y novelistas. Además, procure D. Fulano ser más original. Aquella contestación que da Ricardo á la condesa en el capítulo sexto cuando dice:—¡Señora, no volveré á poner más los pies en esta casa!—ya la habíamos leído antes en Walter Scott».

A Miguel le hacía mucha gracia este muchacho, á quien llamaba siempre sacerdote, por las muchas veces que hablaba en sus artículos del «sacerdocio de la crítica». Rosa de te, tan bravo y altivo con los poetas y novelistas, era un santo Job para sufrir la vaya constante de Miguel y los demás redactores. Un día, sin embargo, tuvo la mala ocurrencia de censurar acremente á un poeta amigo de aquél, y Rivera, indignado, le llamó necio y badulaque en la cara, sin que el pobre Rosa la levantase para contestar. Cuando llegó Mendoza, irritado todavía, le dijo:

—Vamos á ver, Perico, ¿por qué consientes que escriba las revistas literarias ese chiquillo estúpido, que á cada momento está poniendo en ridículo el periódico?

Mendoza, según costumbre, guardó silencio. Pero Miguel insistió.

—Quiero que me expliques por qué...

—No cobra los artículos—respondió aquél en voz baja.

—¡Pues son muy caros!

Aunque sin mucha afición á la política, Miguel trabajaba con asiduidad en el periódico. La atmósfera revolucionaria se había condensado bastante, y ningún joven podía sustraerse á su influencia febril y turbulenta. El conde de Ríos fué desterrado á las Baleares á la postre. Mendoza, de la noche á la mañana, desapareció de Madrid, dejando una carta á su amigo Miguel, en que le decía que se escapaba porque tenía noticia de que la policía le iba á echar mano, y rogándole se encargase de la dirección del periódico. No poca risa le causó al hijo del brigadier la tal carta, pues estaba bien convencido de que el Gobierno no se acordaba para nada del pobre Brutandór. Se encargó, no obstante, de la dirección efectiva de La Independencia, ya que la aparente en aquellos calamitosos tiempos de persecución pertenecía siempre á un testaferro. Y para cumplir debidamente su cometido, comenzó á frecuentar los denominados círculos políticos, y muy especialmente el salón de conferencias del Congreso de los Diputados, que era entonces, lo es ahora y seguirá, probablemente, siendo la oficina donde se elabora la felicidad del país. Así que, al pisarlo por vez primera, no pudo reprimir un sentimiento de respeto y veneración.

Al ver el movimiento y la agitación que allí reinaban, nuestro héroe no pudo menos de comparar aquel salón y los pasillos que lo circundan á una gran fábrica. Muchedumbre de obreros con sombrero de copa, van, vienen, entran, salen, se saludan, se codean. En el rostro llevan impresa la huella de los altos cuidados que les agitan. Algunos se sientan delante de los escritorios y escriben con mano febril cartas y más cartas: de vez en cuando se pasan la mano por la frente y exhalan un suspiro de fatiga, y quizá de dolor, por verse obligados, en aras del interés del Estado, á negar un destino á algún elector poderoso que no lo merece. Otros salen del salón de sesiones y se sientan en un diván á meditar acerca del discurso que acaban de oir, ó se acercan á algún grupo y discuten acaloradamente lo que, por una modestia que les honra, no han querido discutir en la sesión. Otros se arriman al quicio de una puerta y esperan ansiosos el paso de algún ministro para recomendarle un asunto de interés general para la familia. Todo esto le recordaba á Miguel el trajín, el ruido y la actividad prodigiosa que había tenido ocasión de observar en una fábrica de fundición de hierro, allá en Vizcaya. Allí como aquí, los hombres se movían en direcciones contrarias, marchando cada cual á su tarea. Iban algo peor vestidos, y enseñaban un cuello y un pecho más tostados que debían de estarlo los de los representantes del país; pero esto consistía en que hacía más calor en la fábrica que en el salón de conferencias. En vez de cartas y otros documentos, los hombres llevaban allí barras de hierro candente en las manos, que se entregaban unos á otros, lo mismo que los diputados se entregan sus papelitos.

Ni se crea que en el salón de conferencias hace frío; nada de eso. En cada una de sus cuatro esquinas hay una gran chimenea donde arden añosos y secos troncos que el país previsor aporta para que sus representantes no se hielen. Además, los hornos de cok encendidos en los sótanos despiden columnas de aire tibio por algunas bocas abiertas en el suelo. Las alfombras, las cortinas, los ventiladores y mamparas hacen, finalmente, que la temperatura no sea ni fría ni extremadamente calurosa. Indudablemente el sistema de calefacción está mejor entendido en el salón de conferencias que en la fábrica de Vizcaya. Á lo largo de sus paredes hay anchos y cómodos divanes donde los diputados y los periodistas que los ayudan en la ímproba tarea de salvar al país pueden descansar algunos momentos. Y si quieren refrescarse ó restaurar las perdidas fuerzas, hay también una cantina donde la nación proporciona gratis á sus procuradores agua y azucarillos en abundancia, y mediante módico precio, jamón, pavo, pasteles, jerez, manzanilla, y otras viandas y bebidas. Inteligentes y solícitos porteros les despojan, apenas entran, de sus gabanes y los guardan con esmero, para restituírselos después á la salida, á fin de que por modo alguno se constipen. Á Miguel le impresionó vivamente, á su entrada en el Congreso, la sumisión y el profundo respeto con que un portero estaba quitando el gabán de pieles á un caballero de luenga perilla blanca, el cual le dejaba hacer con aire grave y displicente, inclinando la cabeza á un lado y á otro, como si no pudiese con los pensamientos que la llenaban. Después tuvo ocasión de ver á este mismo caballero en la cantina tomando unas rajas de lengua en escarlata: el mismo aire reflexivo, reservado, imponente. Supo con alegría que se llamaba el Sr. Tarabilla, gobernador que había sido de varias provincias, jefe superior honorario de Administración civil, presidente en otro tiempo de la Junta de Clases pasivas, teniente alcalde dos veces del Ayuntamiento de Madrid, presidente en la actualidad de la Junta de Ganaderos, y secretario que fué de la comisión de actas en el Congreso, donde á propósito de la de Becerrea formuló un voto particular, que no se llegó á discutir.

Tuvo nuestro héroe una de las más puras satisfacciones de su vida en conocer á un personaje de tanta monta dentro de la política, y se propuso ir poco á poco y de la misma suerte conociéndolos á todos. Solía andar de grupo en grupo escuchando atentamente las discusiones entabladas entre los prohombres más señalados. Era su deber enterarse de sus opiniones y propósitos á fin de dirigir con acierto el periódico. Sorprendiéronle algunos de estos debates familiares, pero muy particularmente uno á que asistió pocos días después de entrar en el salón de conferencias. En el centro de un grupo numeroso y apretado discutían vivamente un ministro y uno de los jefes de la oposición, sobre cierto artículo de la Constitución de 1845, en que se prohibía la pena de confiscación de bienes. El ministro sostenía que esta prohibición no era absoluta y que en el artículo se indicaban las causas por las que un ciudadano podía ser privado de sus bienes. El personaje de la oposición gritaba como un energúmeno que sí lo era tal, que no había tales causas ni tales carneros. Ambos estaban rojos y á punto de encolerizarse de veras. Por último, el ministro preguntó con energía:

—Pero vamos á ver, Sr. M***, ¿ha leído usted la Constitución del 45?

—No, señor, no la he leído, ni ganas—gritó el señor M*** furioso.—¿La ha leído usted?

—Aunque no la he leído—repuso el ministro con firmeza,—sé que en el título primero se señalan las causas para la confiscación... Y si no, aquí está el señor R***, que ha sido ministro en aquella época y nos lo puede decir.

El señor R***, que era un anciano completamente rasurado, al oir la interpelación y al observar que todos los ojos se volvían hacia él, sonrió entre malicioso y avergonzado, y dijo:

—El caso es, amigo mío, que yo tampoco me acuerdo de haberla leído toda.

En un principio estas discusiones y el conocimiento cada vez más amplio de la maquinaria política, le cautivaron. Mas á la postre, después de haber tenido el honor de conocer de vista y aun saludar á casi todos los próceres del reino y de haber aprendido de sus labios no pocos secretos para la gobernación de los pueblos, tuvo el sentimiento de comprender que empezaba á aburrirse. La mayoría de las tardes prefería coger un libro de Shakspeare, de Goëte, de Hegel, de Spinoza y sentarse á leer al lado de su esposa, mientras ésta cosía ó bordaba, á pasear por los corredores del Congreso y escuchar las disertaciones del Sr. Tarabilla y de otros notables varones. Y digo que lo averiguó con sentimiento, porque una voz interior le advirtió en seguida que no era éste el camino para llegar á la fortuna y la celebridad, sino el que gloriosamente iba recorriendo paso tras paso el Sr. Tarabilla. Pero siendo lo mejor, se empeñaba, sin embargo, en seguir lo peor, porque la humanidad es flaca y las pasiones la arrastran á menudo á la perdición. Hasta las tardes en que se dignaba visitar el Congreso, en vez de juntarse á los grupos, abrazar á los diputados, adular á los ministros y emitir su opinión en cuantas cuestiones se suscitasen, dejándose arrastrar de la melancolía (quizá de la nostalgia de su esposa, su butaca y su Shakspeare), se iba á sentar solitario en cualquier diván, y allí pensaba ó dormitaba, forjándose la ilusión de que estaba cumpliendo con su deber. Miraba con ojos distraídos desfilar el enjambre de diputados, periodistas y aficionados que los secundan, sin que su actividad febril, su agitación y su anhelo despertasen en nuestro perezoso el noble deseo de trabaja r por el país y contribuir de algún modo á su felicidad. Á veces, no sabiendo ya en qué pensar, se entretenía en buscar parecidos entre las personas que veía y otras que había conocido antes. Llamóle particularmente la atención un diputado, director de Aduanas, que se parecía como un huevo á otro á cierto pescador de Rodillero á quien apodaban Talín. Le había conocido con motivo bien triste: se le había muerto un hijo de sarampión y no tenía una peseta en su casa para enterrarle. El pobre tuvo que llevarle en brazos al cementerio y abrir él mismo la fosa. Pocos meses después pereció Talín en una célebre galerna descrita ya en las novelas. ¡Pero cómo se parecía aquel señor diputado á Talín! Había otro cuyo rostro, cuajado de costurones y cicatrices, sin cejas ni pestañas, perdidas en una enfermedad secreta, que le obligaba á ir todos los años á Archena, semejaba notablemente al de un pobre minero que había conocido en Langreo. Trabajaba éste en las chimeneas de las minas, pasando todo el día metido en un tubo estrecho que él mismo iba abriendo con trabajo. Un día se inflamó el gas y le quemó el rostro y las manos horriblemente. Después tuvo que pedir limosna.

Cuando estas imaginaciones le fatigaban, llamaba á Merelo y García y le hacía sentarse á su lado recreándose en oirle referir, con la vehemencia que le caracterizaba, todas las menudencias de bastidores (si no es irreverencia comparar los pasillos del Congreso á los bastidores de un teatro). Era Merelo entonces el fénix de los noticieros de Madrid y la envidia de los demás propietarios de periódicos, que más de una vez habían tratado de arrebatárselo al conde de Ríos, ofreciéndole el oro y el moro. Pero Merelo, con una lealtad nunca bastante loada, y eso que él no cesaba de loarla, se había mantenido firme, rechazando todas las proposiciones que se le hicieron. Ninguno como él para recorrer en un instante una docena de grupos, averiguar lo que hablaban, de lo que habían hablado y de lo que iban á hablar, deslizarse entre las piernas de los diputados y sorprender los secretos más íntimos y arcanos de la política, moler á preguntas á los embajadores, atreverse con los ministros, martirizar á los empleados y sacar á cada cual lo que tenía en el cuerpo, unas veces con suavidad, otras casi á viva fuerza. Realmente Merelo y García fué en España el Bautista de esa pléyade de jóvenes noticieros que actualmente tanto ilustran nuestra prensa. El fué quien trazó los primeros lineamientos de las conferencias, en forma de preguntas y respuestas, que después se han generalizado tanto. No obstante, en tiempo de Merelo aún estaban en mantillas, y los embajadores chinos ó marroquíes no contestaban de un modo tan preciso y categórico como ahora á los reporters cuando les preguntan verbigracia:—¿Cuántas horas han tardado ustedes en el viaje?—¿Ha podido usted conciliar el sueño?—¿Se ha bajado usted alguna vez al retrete? etc., etc.

Era nuestro Merelo más conocido que la ruda en todos los centros oficiales y más temido que el cólera morbo. Cuando se le metía en el caletre averiguar cualquier cosa, no le arredraban ni las malas caras ni las contestaciones groseras. Estaba á prueba de desaires. Se contaba que al salir de una importantísima conferencia diplomática el ministro de Estado, Merelo le abocó preguntándole con la mayor frescura:

—¿Qué tal, Sr. F***, se arregla ó no se arregla lo del tratado?

El ministro le mira con curiosidad y le pregunta:

—¿De qué periódico es usted redactor?

—De La Independencia—manifiesta Merelo muy risueño.

—Bien se conoce, por la poca vergüenza que usted tiene—repone el ministro fríamente, girando sobre los talones.

El general conde de Ríos contaba á sus tertulios con lágrimas de entusiasmo un famoso testimonio que de sus especialísimas dotes había dado Merelo en cierta ocasión. Hallábase éste como siempre á perro puesto en una de las puertas del salón de conferencias, olfateando hacía rato alguna noticia, cuando acertó á ver que un portero entregaba al presidente del Consejo de ministros un telegrama. Abriólo éste, lo leyó con atención, y frunciendo la frente, lo arrugó después entre las manos y se salió á paso lento hacia los pasillos. Merelo toma vientos y le sigue con las orejas tiesas, la mirada ansiosa, las narices abiertas. El presidente se mete en los retretes. Merelo le espera inmóvil. El presidente sale. Entonces se opera en el cerebro de Merelo una de esas revoluciones súbitas y terribles. Vacila algún momento en seguirle; pero en aquel punto le acomete una famosa inspiración que ha hecho raya en los fastos del noticierismo. En vez de seguir la presa, se introduce como un relámpago en los retretes, mira, busca, rebusca... En el fondo de la vasija de un urinario hay un papelito azul arrugado. Merelo no vacila y se apodera de él.

Aquella noche insertaba La Independencia el siguiente suelto: «Parece que encuentra dificultades en Roma la preconización del obispo electo de Málaga Sr. N***, primo hermano del presidente del Consejo de ministros». Leyó éste la noticia en la cama y quedó altamente sorprendido, según confesó después á sus amigos, pues la especie de que el Papa se oponía á la preconización de su primo se la había trasmitido el embajador por telégrafo. Dando vueltas á la imaginación, recordó que aquella tarde, después de leer el telegrama, una sombra le seguía por los pasillos del Congreso, y le aguardaba á su salida del retrete. El presidente adivinó de pronto y soltó una gran carcajada.—«¡Vaya, buen provecho!»—dijo apagando la luz.

V

TRILLA se había acostado por la noche calenturiento, nervioso. La cosa no era para menos. Había perdido por segunda vez el semestre. Quedaba por lo tanto expulsado de la Academia de Estado Mayor.

Se lo había dicho el corazón antes de entrar en el examen:—«Jacobo, te van á preguntar con seguridad el péndulo, que es en lo que estás más flojo.»—Y en efecto, así que tomó asiento delante del tribunal, ¡zas! el profesor de mecánica le dice con acento almibarado:

—Tenga usted la bondad, Sr. Utrilla, de desarrollarnos la teoría del péndulo.

El cadete se levanta un poco pálido y mira con ojos extraviados al tribunal. El profesor de álgebra sonríe irónicamente adivinando su confusión. ¿Por qué le había tomado tal ojeriza aquel tío? Utrilla sólo se lo explicaba por envidia. El profesor le había visto haciéndose el oso con Julita en un teatro. Se levanta, y con paso vacilante va al matadero, quiero decir, al encerado. Traza con mano trémula algunas cifras, y al cabo de quince minutos exhala un gran suspiro de descanso y se vuelve al tribunal. El profesor de Mecánica vuelve la cabeza, varias veces en signo negativo:

—No es eso, Sr. Utrilla, no es eso.

El cadete borra con la esponja las cifras que había trazado, y vuelve á comenzar la operación. Otro cuarto de hora de silencio; otro suspiro de descanso; más signos negativos por parte del profesor.

—Tampoco es eso, Sr. Utrilla.

Y Utrilla borra de nuevo, y de nuevo comienza á trazar guarismos. Pero esta vez desfallecido, confuso, lívido, pensando ya en la muerte.

—Tampoco, tampoco es eso, Sr. Utrilla—manifiesta el profesor con acento compasivo.

El de Álgebra sonríe mefistofélicamente, y dice con retintín en andaluz cerrado:

—De tre manera lo sé esí... percuraaor... porcurador y precurador.

Los señores del tribunal se tapan los ojos con la mano para ocultar la risa. Aquella burla le llega al alma á nuestro cadete, quien muda de color varias veces en pocos momentos.

—Puede usted retirarse—le dice el profesor de Mecánica, haciendo esfuerzos inútiles por ponerse serio.

El hijo de Marte se retira tropezando con todos los objetos, porque no ve. El cuello más largo, la nuez más abultada, el corazón roído por el despecho y la cólera.

Después vino á casa, y por consejo del ama de llaves se desmayó. Su padre, al saber la causa, lejos de socorrerle, exclamó furioso:

—¡Así te murieses, gran tuno! Me lleva consumido este chico más paciencia y más dinero que él vale.

Después vino la consiguiente escena de familia. Al salir del desmayo le pasaron recado de que su padre y su hermano le esperaban en el despacho del primero. Allí padeció nuestro soldado nueva y dolorosa humillación. Su padre le increpó con saña, le llamó imbécil y badulaque y le mostró el libro de cuentas donde constaban sus gastos:—Por tantos meses de preparación de matemáticas... tanto; clases de dibujo... tanto; uniforme de gala... tanto; ídem de diario... tanto; etc., etc.

Mientras su señor padre daba lectura con voz alterada de esta cuenta, su hermano mayor rechinaba los dientes como un condenado. De vez en cuando dejaba escapar un sonido gutural lamentable, como si algún diablo previsor viniese en aquel instante á echar más carbón en el horno donde le tostaban. Al fin, en un momento de respiro, pudo exclamar sordamente:

—¡Y que un hombre se esté mortificando de la mañana á la noche, metido entre sebo y porquería, para que lo que él suda se lo gaste un señorito en cintajos y copas de cognac!

—¡No sucederá más, Rafal, te lo juro!—gritó el padre.—Desde mañana este mocoso te ayudará en la fábrica. ¡Allí aprenderá cómo se gana el pan!

El ex-cadete quedó anonadado. ¡Él, un caballero cadete del cuerpo más aristocrático del ejército, pasar de pronto al servicio de una fábrica de bujías! Para Utrilla, esto era el colmo de la degradación. Guardó unos instantes de silencio, y al cabo profirió grave y pausadamente con su voz de bajo profundo:

—Si se ha de arrastrar mi dignidad hasta convertirme en un capataz de fábrica, valiera más que me sacasen ustedes al campo y me pegasen cuatro tiros.

—¡Cuatro palos que te deslomen te voy á dar yo, haraganazo! ¡Aguarda, aguarda!

Y el honrado fabricante giró en torno del despacho la irritada vista, y percibiendo un bastón de caña, arrimado á la pared, se lanzó con furia á empuñarlo. Pero ya Aquiles, el de los pies ligeros, había salido de la habitación y en cuatro trancos se había retirado á su tienda.

Una vez en ella, después de haber dado vuelta á la llave con admirable escrupulosidad y haber escuchado atentamente un rato con el oído pegado á la cerradura, á fin de cerciorarse de que Peleo no había pasado del promedio del corredor, pudo entregarse libremente á la meditación. Comenzó á recorrer la estancia en sentido oblicuo con las manos en los bolsillos, la cabeza hundida en el pecho, los hombros levantados, pensando seriamente en que... Pero la espada tropezaba á cada instante en los muebles y se le metía entre las piernas, estorbándole para andar. Se despojó de ella y la tiró con displicencia militar sobre el sofá. Pensó en que tenía dos caminos delante de sí. Uno, el de escaparse de casa, sentar plaza y satisfacer de esta suerte la única vocación de su vida. Otro, el de asistir á la fábrica y trabajar en ella como su hermano. Era preciso tomar una resolución decisiva, como convenía á su carácter inflexible y enérgico. Y en efecto, nuestro ex cadete, con una energía que no encontrará muchos imitadores en esta época degenerada, adoptó prontamente el acuerdo de trabajar en la fábrica de bujías. Resuelto este punto importantísimo, quedó más tranquilo, y pudo detenerse un momento á encender un pitillo. Quedaba otro, no obstante, de gran trascendencia, el de lavar la afrenta que el profesor de Álgebra le había hecho durante el examen. Utrilla razonaba de este modo:

—Si continuase en el ejército, la burla no sería injuria, porque ya se sabe que la disciplina impide al inferior, pedir satisfacción al superior, de las ofensas; pero una vez fuera del cuerpo y trasformado en paisano, la cosa varía de aspecto... ¡Vaya si varía!—repitió arrugando el entrecejo de un modo imponente.—Mañana quedará resuelto este punto.

Y en esta disposición aciaga de espíritu, nuestro cadete se puso á redactar el borrador de la carta que pensaba dirigir al profesor de Álgebra: «Muy señor mío: Si tiene usted alguna delicadeza (lo cual me permito dudar), comprenderá usted que, después de la grosera burla que usted ha tratado de hacerme ayer prevaliéndose del sitio que ocupaba, es de absoluta necesidad que uno de los dos desaparezca de la tierra. Para el efecto, se entenderá usted con mis amigos los señores (aquí dos blancos para los nombres, pues aún no había decidido cuáles habían de ser). Queda siempre á sus órdenes, etc.»

Después de leída tres ó cuatro veces esta carta, le pareció poco enérgica. La rompió, y acto continuo escribió esta otra: «Caballero: Es usted un miserable. Si esta ofensa no le basta para mandarme sus padrinos, tendrá el gusto de ir á escupirle en el rostro su seguro servidor, Q. B. S. M., Jacobo Utrilla».

Satisfecho plenamente del fondo y de la forma de la anterior misiva, el heroico mancebo la puso en limpio con particular esmero, la cerró con lacre bajo un sobre y la guardó en el cajón de la mesa hasta el día siguiente en que pensaba mandarla á su destino. Ya se llegaba la noche, y se metió en la cama sin querer tomar alimento alguno. El sueño tardó en visitarle. El ángel de la desolación batía las alas sobre su frente, inspirándole proyectos de exterminio á cual más horrendos. ¡Y sin embargo, á aquella misma hora el profesor de Álgebra dormía acaso tranquilamente sin sospechar siquiera la desventura que se cernía sobre su cabeza! Al ocurrírsele tal pensamiento, Utrilla no pudo menos de sonreir entre las sábanas de un modo siniestro. Al fin Morfeo logró apoderarse de él, mas no para darle un sueño dulce y reparador. Mil ensueños funestos le agitaron toda la noche. Desde la una hasta las seis de la madrugada se batió con un enemigo por todos los procedimientos conocidos hasta el día, y por algunos también de su exclusiva invención. Ahora se veía al frente del odioso profesor con un florete en la mano. Aquél le había herido en la mano derecha, pero incontinenti, Utrilla había exclamado:—¡Vamos con la izquierda! dejando á los testigos admirados de su sangre fría. Y con la mano izquierda, ¡zas! á los pocos golpes le hundía la espada hasta el pomo en el vientre. Ahora se hallaban ambos con una pistola en la mano. Los testigos dan la señal de avanzar. El profesor dispara y su bala le roza la mejilla; pero él avanza, avanza siempre. Entonces el profesor, próximo á morir, se deja caer de rodillas y le pide la vida. Él se la concede disparando al aire, no sin decir antes con desprecio:—¡Y que este hombre haya insultado á Jacobo Utrilla!

La Áurora divina, la del velo azafranado escalaba ya las alturas del Guadarrama cuando el mancebo despertó en la misma fatídica disposición de ánimo. ¡Triste día, aquel que comenzaba, para una familia inocente (el profesor de Álgebra tenía seis hijos) si Júpiter no se hubiera apresurado á enviar á la cabecera del héroe á su hija Minerva en figura de ama de gobierno!

—Jacobito, querido, te estarás muriendo de debilidad, hijo mío. Aquí te traigo el chocolate con ensaimada, que es lo que más te gusta.

Restregóse los ojos el mancebo, dirigió una severísima mirada al chocolate que tan tiernamente le presentaban, y se dispuso á tomarlo, no sin rechinar antes los dientes de un modo fatal que puso en alarma á la buena D.ª Adelaida.

—Vamos, Jacobito, hijo mío, no te apures ni te disgustes tanto, que vas á caer enfermo... La cosa ya no tiene remedio... El acostarte sin tomar nada ha sido una locura. Tu padre se irá conformando, al cabo, y todo se arreglará. Habrás dormido muy mal, ¡claro está! ¡Te empeñas en jugar con el estómago!... ¿Y ahora qué piensas hacer, hijo mío? Te tengo miedo con ese geniazo tan arrebatado que Dios te dió.

Jacobo al oir esta pregunta suspendió un instante la faena odiosa de engullir el chocolate, levantó la airada vista hacia el ama y exclamó con furor reconcentrado:

—¿Qué pienso hacer?... ¡Ya se verá, ya se verá lo que pienso hacer!

Y aquí se puso de nuevo á rechinar los dientes de tal modo que D.ª Adelaida, sobresaltada, se apresuró á decir:

—¡Vaya, calma, calma, Jacobito! Ya sabes que yo te he visto nacer, y que tu santa madre, que te dejó bien chiquito la pobre, me ha encargado velar por ti. Si hicieses algún disparate, me matarías de pena... Vamos, hijo mío, díme qué piensas hacer...

El mancebo, rechazando con un movimiento enérgico la jícara vacía y rodando convulsimamente los ojos, gritó más que dijo:

—¿Quiere usted saber lo que pienso hacer?... ¡Pues voy á decírselo ahora mismo!... Iré á la fábrica, me pondré la blusa, mancharé mis manos con el sebo, arrastraré las cajas de bujías, me tostaré la cara al pie de los hornos... Y cuando alguna persona desconocida llegue á la fábrica, los obreros podrán decir:—¡Ese que usted ve ahí sucio, asqueroso, hediondo, ha sido en otro tiempo un caballero cadete, un cadete de Estado Mayor!... ¡Ah—terminó con voz sorda,—no saben, no saben todavía de lo que es capaz Jacobo Utrilla!

El ama que, aunque esperaba una resolución violenta, no era de este carácter, prorrumpió en un grito de alegría.

—¡Eso, eso, hijo mío! Esa es la mejor manera de darles en cara á tu padre y á tu hermano, que me tienen ya apestada, diciendo que no sirves para nada, que eres un holgazán...

—Mas antes de eso—interrumpió Jacobo extendiendo ambas manos en ademán de contener alguna avalancha que se viniese encima—es forzoso que uno de los dos perezca.

—¡Virgen de Atocha!—exclamó D.ª Adelaida.—¿Quién ha de perecer, Jacobito? ¡Por Dios, no te vuelvas loco! ¿Quieres que muera tu padre?

—¡No es eso, señora, no es eso! Se trata del profesor de Álgebra, con el cual probablemente esta tarde ó á más tirar mañana por la mañana cambiaré una bala.

—¿Y qué te ha hecho el profesor de Álgebra? ¿Sacarte mal en el examen? Pues si hubieras estudiado, como tu padre te mandaba, no te hubiera sucedido eso.

—¡Señora—gritó Utrilla con voz estentórea, infernal, de tal modo que D.ª Adelaida dió un paso atrás asustada,—no hable usted de lo que no entiende! El Álgebra ya me duelen las narices de tenerla aprobada. Lo que me ha hecho es una burla, que no puede tolerar el hijo de mi padre, ¿sabe usted?

—Vamos, sosiégate, Jacobito. Estás muy alterado desde ayer. Acaso no sea eso que tú piensas. Puede que ese señor no haya tenido intención de burlarse de ti.

—Aunque no haya tenido intención, el hecho es que se ha burlado, y yo no he tolerado hasta ahora, no tolero, no toleraré jamás que nadie se quede conmigo. Ya sabe usted que en este punto soy un hombre muy especial.

—Ya lo sé, Jacobito, ya lo sé. Tienes el genio lo mismo que tu abuelo (q. e. g. e.). ¡Qué señor aquel! Era una pólvora. Figúrate que una vez estando afeitándose oyó un grito en el patio; volvió la cara tan deprisa, que se dió un tajo en las narices tremendo... Pero es necesario contenerse, hijo mío, reprimir un poco el genio para poder vivir en el mundo. Yo creo que si ese profesor se ha querido reír de ti, lo que debes hacer es reirte de él.

Tal fué, con leves variantes, el consejo que en los tiempos primitivos de la Grecia dió Minerva, la diosa de los ojos resplandecientes, al divino Aquiles en su famosa reyerta con el Atrida Agamenón. Fuerza es reconocer que nuestro héroe no se mostró tan sumiso á las órdenes de la diosa como el hijo de Peleo. En vez de envainar como éste la espada inmediatamente y someterse, se negó á incoar otro procedimiento que no fuese el de la fuerza. Lo único que D.ª Adelaida pudo conseguir, después de muchos ruegos, fué que aplazase para otro día la destrucción del profesor.

Aquella misma mañana, sin embargo, puso por obra su enérgica decisión de ir á la fábrica y trabajar allí todo el día «como un perro», lo cual es de presumir que dejaría enteramente avergonzados y confusos á su señor padre y hermano, aunque lo disimularon perfectamente. Vencidas de esta suerte, gracias á su increíble audacia y sangre fría, la mayor parte de las dificultades que su posición excepcional le había originado, lo único que le traía desasosegado era que Julita no llevase á bien aquel prematuro retiro del servicio militar. Así que tardó algunos días en comunicárselo. Mas no fué parte sólo el temor de enojarla para ello, sino también el que desde hacía algún tiempo no veía tan á menudo á su novia como antes. Julita había dado en la funesta manía de no salir al balcón sino raras veces, y en la no menos desastrosa de poner obstáculos al envío regular de las cartas. No obstante, Utrilla le escribió una noticiándole que «por razones de familia, y para atender al arreglo de sus intereses, se había separado del servicio». Fué la manera más decorosa que halló de decirle que le habían reprobado. Contra lo que él presumía, á Julia no le produjo gran efecto la noticia; tanto, que tardó cinco ó seis días en contestarle, y al cabo le dijo: «que si había dejado la carrera porque así le conviniese, hacía perfectamente; pero que de allí en adelante hiciese el favor de no escribirle por medio de la portera, pues tenía razones para oponerse, y que esperase á que ella le dijese á quién había de entregarle la carta.»

Justamente en estos días fué cuando Miguel tropezó con el ex cadete dos veces. Éste se alegraba tanto de verle y le mostraba tal simpatía y cariño, que Rivera no podía menos de corresponderle, llevando su magnanimidad hasta llamarle alguna vez «futuro cuñado».—Si de todos modos se ha de llevar un pillo á mi hermana, más vale que sea usted, amigo Utrilla—le decía. El antiguo cadete se hinchaba de gozo hasta rompérsele el pellejo, no sólo por la perspectiva del matrimonio con Julia, sino por oirse llamar pillo de modo tan galante. En ambas entrevistas le rogó encarecidamente que le hiciese el honor de visitar su fábrica, pues tenía grandes deseos de mostrársela, y de manifestarle las grandiosas reformas que pensaba operar en ella, si su padre y hermano (que aquí para los dos son unos rutinarios) no se oponían fuertemente. Con tal viveza expresó su deseo, que al fin cierta tarde, Miguel se decidió á tomar un coche y plantarse en los Cuatro Caminos, donde no le fué difícil topar con la fábrica de bujías de Utrilla y Compañía.

—¿Está el Sr. Utrilla?

—D. Manuel no suele venir por la fábrica. Vive en la calle del Sacramento, número cuarenta y seis.

—Busco á su hijo.

—¡Ah, D. Rafael!—dijo el portero.—Sí, señor, está pase usted.

—Es á D. Jacobo á quien busco.

—¿D. Jacobo?—manifestó el portero indeciso y sonriendo.—¡Ah, sí señor, Jacobito! ¡Ya no me acordaba! También está, pase usted.

Utrilla estaba escribiendo en compañía de su señor hermano, el cual, al saber que se trataba de un amigo de Jacobo, apenas se dignó levantar la vista y saludar con un leve movimiento de cabeza. En cambio, Utrilla se puso colorado hasta las orejas y vino á abrazarle con presteza.

—¡D. Miguel! ¿Usted por aquí?... ¡Cuánto le agradezco!... Rafael—añadió dirigiéndose á su hermano,—voy á enseñar la fábrica al Sr. Rivera...

Rafael sin levantar la cabeza respondió secamente:

—Está bien.

Salieron del despacho y recorrieron los talleres lentamente, parándose á examinar el mecanismo de cada operación, que Utrilla explicaba en voz alta. De vez en cuando llamaba con tono imperioso.

—Pepe, tráete ese molde... Enrique, levanta esa tapa.

Los subordinados no se apresuraban á cumplimentar estas órdenes, y era necesario entonces que las repitiese con una voz que envidiaría cualquier bajo de ópera.

El traje del ex cadete por la fábrica no podía ser más sencillo: pantalones de dril, camiseta encarnada, zapatillas y una americana vieja con el cuello levantado. Aunque hiciese mucho calor, Utrilla, lo mismo en la calle que en casa, llevaba siempre el cuello de este modo, lo cual daba á su figura cierta expresión de hombre arruinado por los vicios; y esto era lo que á él le encantaba. En el taller de mujeres, Utrilla se autorizó con las operarias algunas libertades, como guiñarles el ojo, tirarles suavemente del pañuelo y decirles una que otra cosita picaresca.

—Usted me dispensará, D. Miguel; son resabios de la vida militar. Aunque á uno le peguen cuatro tiros, no puede menos de decir alguna guasa á las muchachas.

—Nada, nada, por mí no se reprima usted, amigo Utrilla.

—Hombre, va usted á ver una cosa muy original que se me ha ocurrido estos días. ¡Se va usted á sorprender!... Ya me decía el maestro del taller: «Lo que á usted no se le ocurre, señorito, no se le ocurre al diablo».

—Veamos.

Le condujo entonces al depósito, y abriendo un armario le mostró algunos paquetes de bujías con unas etiquetas litografiadas que decían Julia (bujía extra-fina).

—¿Qué tal?—preguntó con aspecto radiante y triunfal.

—¡Muy bonito! ¡Muy delicado!—repuso Miguel sonriendo.

—Llévese usted un paquete.

—Hombre, no, muchas gracias.

—Nada, nada, se lo lleva usted... y si no se lo envío.

Desde allí le condujo á un cuarto que era un departamento destartalado, con un mal sofá de paja, tres ó cuatro sillas y una mesa con pupitre. En la pared había una panoplia con el ros, la espada, las espuelas del uniforme de cadete, un par de floretes y una careta. Utrilla confesó á su amigo que no podía mirar á aquella panoplia sin tristeza, recordando «los buenos tiempos del servicio».—¡Qué vida tan alegre la del militar! Crea usted, Sr. Rivera, que á pesar de lo riguroso de la ordenanza, la echo mucho de menos.—Después le ofreció un cigarro, y sacando una gran boquilla de espuma de mar, se puso tranquilamente á culotearla, refiriéndole al mismo tiempo, con la satisfacción de un veterano, algunas anécdotas de su vida de academia.