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Memorias de un vagón de ferrocarril cover

Memorias de un vagón de ferrocarril

Chapter 6: V
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About This Book

A luxurious first-class railway carriage narrates its life from construction and assembly through years of service, describing materials, craftsmanship, interior comforts, and the domestic atmosphere of its compartments. Moving between stations and countries, it recounts journeys, weather, tunnels, and the diverse passengers who occupy its seats, offering portraits and social observations gathered in transit. The narration combines technical detail, affectionate personification, and episodic vignettes to reflect on travel, identity, and the carriage's changing role amid modern movement.

Así formé mi alma.

Mucho recibí de mis autores, de los que me hicieron; el subsuelo primitivo de mi conciencia suyo es: pero infinitamente más debo a ciertos individuos que peregrinaron conmigo. Las personas vulgares, al igual de los libros vulgares, nada enseñan, y, al par que su imagen se nos quita de delante, se nos ausenta del magín su recuerdo. Pero de otras me acordaré siempre, y el fuego de sus almas violentas me muerde aún. Yo he llegado a contagiarme de la “fiebre de oro” de los grandes agiotistas que he transportado de una ciudad a otra; y he conocido la inquietud sin sueño de cierto cajero que escapaba a Francia con medio millón de pesetas robadas a un Banco, y que, al ser detenido en Hendaya, se suicidó y manchó con su sangre uno de mis estribos. Y he vibrado carnalmente con algunos amantes que en las altas horas de la madrugada, cuando todos mis inquilinos dormían, hicieron de su compartimiento cámara nupcial; y también he tremado de dolor con la desesperación de un celoso que me tomó en Oviedo para ir a matar a una mujer que le había engañado. ¡Cómo sufría aquel hombre! Iba solo, y esta circunstancia me permitió acercarme mejor a su pena. A veces derramaba llanto copiosísimo, y era tan fuerte su congoja que parecía ahogarle; otras se mordía las manos y se apuñaba el rostro; a ratos permanecía inmóvil, y en la obscuridad sus ojos, terriblemente desorbitados, sus ojos que parecían estar contemplando un cadáver, eran fosforescentes...

La vida social ha cubierto a la humanidad de monotonía y de fastidio. ¡Ah! Pero yo aseguro que los hombres son interesantísimos cuando se creen solos. La soledad les viste de luz. Ningún libro maestro vale lo que un alma desnuda.

V

Yo apenas siento el fastidio de las largas caminatas, de que tanto suelen lamentarse mis compañeros, y es el cuidado que pongo en llevar siempre ocupada la atención, lo que me libera de él. Cuando me canso de mirar hacia fuera, hacia el paisaje, me aíslo en mí mismo para conocerme y oir lo que se charla dentro de mí.

La vida brinda, ciertamente, horas solemnes, momentos trágicos de primer orden: pero, en general, me parece altamente bufa; la trivialidad de la farsa debía corresponder a la pequeñez de las figuras, y no podía ser de otro modo. Todo esto me divierte. A veces, si me pudiese reir de lo que observo, lo haría a carcajadas. Mi propio yo, está impregnado de comicidad. Esta fuerza hilarante mía no procede de mi constitución—yo tengo toda la seriedad de un real mozo—, sino de la alogía que los hombres sembraron en mí.

Voy a explicarme:

Todas las noches, al salir de Madrid o de Irún, un empleado colgaba sobre las puertas de mis compartimientos unas láminas de metal que decían: “No fumadores” y “Reservado de señoras”. Cuando la afluencia de viajeros era corta, el empleado solía añadir un tercer rótulo, con esta única palabra misteriosa: “Alquilado”.

En los albores de mi vida, yo, inocente, reconocía gran importancia a estos detalles. Holguéme mucho, desde luego, de llevar conmigo un lugar donde no se fumase, porque el humo de los cigarrillos se adhería a mi tapicería y me molestaba casi tanto como el de la máquina. También aquel departamento para señoras solas me satisfizo, pues las mujeres no escupen y son, generalmente, más limpias y delicadas que los hombres. En cuanto al “Alquilado”, me llenó de inquietud novelesca. ¿Quién iría a viajar allí? ¿Un rey?... ¿Un millonario fugitivo?... ¿Un ladrón?... ¿Un enfermo?...

Poco a poco y graciosamente, estas bellas imaginaciones fueron resquebrajándose.

Una noche de invierno recogí en el andén de Briviesca a un caballero, de porte distinguidísimo. Se abrigaba con un gabán de pieles nuevecito, y llevaba en las manos un pequeño maletín. Este último detalle acabó de granjearle mis simpatías; yo aborrezco a esos viajeros tacaños que, para no abonar “exceso de equipaje”, abruman mis redecillas con portamantas, sombrereras y maletas pesadísimas. Aquel señor, después de mirar a un lado y a otro, penetró en el compartimiento de “No fumadores”, que iba vacío, y cerró la puerta. Después corrió las cortinillas y debilitó un poco la luz. Su semblante, barbado y aguileño, expresaba una honda satisfacción.

—Le gusta viajar solo y procura aislarse—meditaba yo—; ¡bien se advierte en él a un refinado!...

¡Cuál no sería mi sorpresa al verle abrir el maletín, sacar un “Londres”, largo de una cuarta, y encenderlo!... Indudablemente aquel caballero padecía un error. A serme posible, yo le hubiera gritado:

—¡Caballero, está usted mal colocado: ahí no se puede fumar!...

El viaje continuó monótono. Mis huéspedes dormían, o procuraban dormir. Yo corría con todas mis luces apagadas. La escarcha había plateado mis cristales y mi techumbre sentía el peso de la nieve. Hacía un frío terrible. Por suerte, con La Recelosa la calefacción trabajaba bien. Sin embargo, Doña Catástrofe, que rodaba a la zaga mía, se quejaba:

—Estoy helado—gemía—; todavía no he conseguido que mis ruedas entren en calor...

En Burgos recogí otros dos viajeros, también de traza principal. Les vi ambular por el pasillo, indecisos ante la impresión hostil de las puertecillas cerradas.

—Podemos meternos aquí—propuso uno de ellos—; no hay nadie.

Aludía al “Reservado de señoras”. Yo me estremecí; me sentía desobedecido y aquel atropello me removía la cólera. El otro replicó:

—Ahí, no; puede venir una viajera y... Oye: este “No fumadores” debe de ir vacío.

Yo pensé:

—¡Me alegro!... Porque así el señor del gabán tendrá que renunciar a su tabaco...

Abrieron la puerta y adelantaron, casi a tientas, en la penumbra. Entonces el caballero del gabán de pieles, que continuaba fumando, reanimó la luz. Los tres hombres se saludaron:

—Buenas noches...

Los recién llegados empezaron a desdoblar sus mantas; colocaron sus almohadas respectivas en los sitios que estimaron mejores; tenían sueño. Hubo un buen silencio, durante el cual unos y otros se observaban de reojo. “El caballero del gabán” creyó que la buena crianza le obligaba a decir:

—Si a ustedes les molesta el humo, dejaré de fumar.

Me quedé turulato al oir responder a los interpelados:

—¡De ninguna manera! Nosotros también somos fumadores.

Se sonreían mutuamente; se reconocían; el vicio que compartían les hermanaba. El señor del gabán y del rostro aguileño y barbado, continuó:

—Yo, siempre que viajo de noche, elijo el departamento de “No fumadores”, para poder tenderme y dormir, porque, en España, esa prohibición espanta al público.

Sus oyentes se echaron a reir, y cada cual encendió una “breva”.

—¡La misma cuenta nos hacemos nosotros!—exclamó el más viejo—. ¡Y ya ve usted cómo nos equivocamos todos!... En España lo prohibido es un adorno que les colgamos a ciertas acciones para hacerlas más dulces...

—En Italia—comentó “el señor del rostro barbado y aguileño”—es “vietato fumare” hasta en los cementerios—a cuyos pobres huéspedes parece que ya ningún daño había de hacérseles—y en los trenes a los “fumatori” se les obliga a cerrar la puerta de su departamento para que el humo no trascienda al pasillo. Esto da idea de la pésima calidad del tabaco italiano: ¡el nuestro es distinto!... Además, a nuestras mujeres—y esto es decisivo—las gustan los fumadores...

Minutos después se presentó el interventor: precisamente cuando llegó, el humo era tan denso que podía mascarse. Bajo la claridad de mis dos luces el aire aparecía azul. Uno de los viajeros, mientras le picaban su billete, preguntó burlón:

—¿Podemos seguir fumando?

El interventor sonrió y aceptó el tabaco que le ofrecían:

—Mientras a ustedes no les haga daño...

Al marcharse, volvió a cerrar la puerta y descolgó el rótulo de “No fumadores”, que deslizó en uno de sus bolsillos. Era un hombre comprensivo; un hombre “que se hacía cargo”... Yo estaba asombrado y furioso: pero después, ante tanta incongruencia, acabé por echarme a reir.

El “Reservado de señoras” también me dió otra desilusión.

A este departamento había subido en Madrid una joven alta cuya belleza—y acaso más que su belleza, su elegancia provocativa—llamaba fuertemente la atención de los hombres. Al subir mis estribos descubrió, adrede, tal vez, una pierna impecable, vestida de seda; un perfume raro, distinguido y fuerte, la seguía como una estela sensual. Iba a Hendaya; era francesa. Apenas el convoy emprendió su marcha, un camarero del dining-car empezó a recorrer el tren informando al público de que “la primera mesa iba a empezar”. No bien oyó el aviso mi huéspeda dejó sobre su asiento la novela que leía y con un andar fácil y elástico, se dirigió al comedor.

En más de una ocasión, los Hermanos Sommier, cuya experiencia en lances galantes nadie discutía, me habían asegurado que el coche-comedor, con las ocasiones que ofrece al coqueteo y la embriaguez de sus licores, era un tracero excepcional, maestro único en el arte piadoso de amañar voluntades.

—Un cinco por ciento de los matrimonios provisionales que ocupan nuestras camas—decían—se conocieron en él.

Según supe después—los vagones nos lo contamos todo—la protagonista del episodio que voy narrando acertó a sentarse en una de las mesitas llamadas “para dos”, frente a un tipo arrogante, rubio y joven metido en un traje de deporte. Parecía yanqui, y tenía ese rostro tranquilo, al par enérgico y dulce, de los grandes actores de film. Hubieron, sin duda, de simpatizar los dos mucho y aprisa, porque terminada la cena él acompañó a ella hasta su departamento. En seguida se despidieron cambiando algunas palabras que nadie podía oir si no era yo, que—según expliqué en otro lugar—veo y oigo por todos mis poros.

—En pasando Segovia—murmuró ella—puede usted venir...

Instantes después, Doña Catástrofe, malicioso y experto, me decía:

—Oye, Cabal: ¿viaja contigo una señorita francesa, rubia, muy bien perfumada?

—Sí; acaba de volver del comedor.

—¡La misma! ¿Reparaste en si la acompañaba un mocetón americano, con hechuras de boxeador?...

Mi respuesta afirmativa regocijó a Doña Catástrofe.

—¡Bravo!—exclamó jovial—; me juego una rueda a que esta noche le tienes ahí, de visita. ¡Ya me contarás!...

Efectivamente, más allá de Ontanares, el joven rubio reapareció. Al ver mi tránsito desierto, se le regocijaron y encandilaron los ojos. Con aire indiferente y aplomado llegó a la puerta donde la Aventura le esperaba.

—Entre...—susurró desde dentro una voz.

Admiré su juventud, su belleza saludable; admiré también su fortuna.

—Un hombre como él—pensé, jugando con la frase—es siempre un “reservado para señoras”...

Este enredo y otros muchos de análoga índole, me han cerciorado de que el “Reservado de señoras” es el lugar menos a propósito para que viaje una mujer sola.

En cuanto al “Alquilado”, diré que, habitualmente, es un compartimiento que los interventores procuran conservar vacío para, después de terminada la requisa de billetes, echarse a dormir tranquilos.

¿Y qué diré de mi cuarto-tocador, o de aseo, sino que es, de todas mis dependencias, la más sucia?...

Por lo que concierne a la limpieza, yo tengo divididos a los viajeros en tres categorías: los que se acicalan, pulen y friegan, como si estuviesen en un establecimiento de baños; los que con humedecerse el rostro ligeramente y enjabonarse las manos, tienen bastante; y los que ni siquiera se acuerdan de lavarse.

Del grupo primero hay uno—casi siempre hombre—que, no bien comienza a despuntar el día, sale de su departamento provisto de toda clase de utensilios de aseo, y se encierra—se atrinchera, mejor dicho—en el cuarto-tocador. Va, según costumbre, dispuesto a lavarse escrupulosamente, a afeitarse, a cambiarse de corbata y de ropa interior, y a pulirse las uñas.

Momentos después otro pasajero, animado de las mismas intenciones y provisto de un “neceser”, deja su “butaca”, llega al Water-Closet y al cerciorarse de que está ocupado, resuelve aguardar. Piensa: “Tengo el uno”... Y esta consideración le alivia. Pronto aparece un tercer viajero, luego otro, en seguida dos más... y todos, con igual aire cohibido, se acercan a la puertecilla del “tocador”, forcejean unos instantes con la cerradura, murmuran un “Está ocupado”, maquinal, y dócilmente van a tomar el número que les corresponde en la fila de los que esperan. Todos llevan algo en las manos: éste un peine, aquél una toalla, estotro una pastilla de jabón; quién lleva un periódico... y la necesidad que a cada cual mortifica pone en los rostros, soñolientos aún, una aflicción cómica. Transcurren diez, quince minutos; “la cola” comienza a impacientarse. Una voz interroga:

—¿Pero todavía no ha salido nadie?

Y los comentarios, de gusto dudoso, empiezan:

—El que esté dentro, debe de haberse muerto. Yo, hace un cuarto de hora que espero y soy “el quinto”...

—¡Quién sabe si es alguna señora la que se ha encerrado ahí para dar a luz!...

Al señor que ocupa la vanguardia de la fila, le divierte el mal humor general; no le importa que los descontentos sean muchos: él, siempre es “el uno”... Corren cinco minutos más; alguien habla de ir en busca del vigilante para despejar el misterio, que empieza a parecer folletinesco, del Water-Closet. De súbito, la puerta—¡oh!—del cuarto-tocador se abre y aparece un joven que mira a sus sucesores desapaciblemente, como reprochándoles la prisa, que, por causa suya, ha tenido que darse. Todos le observan de reojo con envidia, con odio. Aquel caballerete va perfectamente peinado, limpio y quitándose, con un pañuelo que acaba de desdoblar, los polvos con que, después de afeitarse, se secó la cara. Tras él, un fuerte olor a Agua de Colonia queda flotando, semejante a una ráfaga vernal, en la atmósfera densa—ambiente de alcoba—del pasillo.

VI

Los viajeros hablan frecuentemente, unos con otros, de “lo que se han divertido en el teatro”. No sé, fijamente, lo que es un teatro, ni lo sabré nunca: pero de cuanto he oído colijo que no me hace falta, pues yo mismo soy “un teatro”; porque toda la vida social es farsa, y dondequiera que haya dos hombres, o un hombre y una mujer, o dos mujeres, habrá un escenario.

Mediaba el mes de septiembre, el verano había sido lluvioso y frescachón, y la dispersión de bañistas empezó temprano.

En San Sebastián habían subido a mí el dramaturgo Ricardo Méndez-Castillo y una tonadillera, muy célebre entonces, llamada Conchita “la Bruja”. Vivían juntos desde hacía tiempo; yo les conocía por haberles transportado diferentes veces, y tanto ella, por graciosa y por linda, como él, por ocurrente y endiablado, me eran muy agradables. Les veía casi todos los años varias veces; ora en Madrid, o en Medina del Campo, esperando algún tren, o en Venta de Baños, cuando iban a Galicia, o en Miranda, porque sus asuntos teatrales les obligaban a desplazarse mucho. Cuando subían a mi convoy, antes de instalarse recorrían todos los vagones, buscando lugar a su gusto, y al cabo se quedaban conmigo. ¿Por qué? ¿Me reconocían acaso?... No, seguramente. Era porque yo, sin que ellos se percatasen, magnéticamente les atraía. Los hombres suelen decir: “Yo tengo la costumbre de ir a tal o cual sitio”. Y creen que la costumbre es una inclinación subconsciente de su espíritu que, arbitrariamente, les lleva a la realización de ciertos actos. No hay tal: la costumbre no nace en el hombre; la costumbre es una acción que le llega de fuera; es la captivación que ejercen sobre él los objetos—paredes, muebles, árboles—entre quienes vivió unas horas y a los que fué simpático. Una costumbre—señores psicólogos—no es más que la simpatía que el hombre deja en las cosas...

Sucedió, pues, que, como siempre, llamados sigilosamente por mí, Ricardo Méndez-Castillo y Conchita “la Bruja”, se instalaron en mí. Tras ellos subieron al mismo compartimiento una muchacha, bastante bonita y vestida modestamente, y un joven al que una frondosa guedeja negra, una chalina y un traje de pana con bolsillos “de fuelle”, daban un clásico perfil de artista montmartrés. Apenas sentados, pusiéronse a platicar en francés y con exaltación: felices de hallarse juntos, reían, se decían palabras al oído, se apretaban las manos...

Conchita “la Bruja” que, como todas las solteras, concedía al matrimonio mucha importancia, quiso saber la opinión del dramaturgo:

—¿Tú les crees—dijo—marido y mujer?

Sin vacilar, Ricardo repuso:

—Me parece que no.

A pesar de esta afirmación categórica, ella vacilaba; en su cerebro pueril, la indumentaria sencilla y el matrimonio, eran ideas similares. Para Conchita “la Bruja”, ser casada o ser virtuosa era algo así como andar sin corsé...

Con esta curiosidad, que sin razón la obsesionaba, la tonadillera no apartaba sus negros ojos de sus compañeros de viaje. Advirtió que representaban igual edad: este descubrimiento y su inclinación—muy frecuente entre mujeres descalificadas—a creer que fuera de la legalidad el amor no existe, la animaron a decir:

—Pues... yo te aseguro que esta muchacha es casada.

—Si lo es—interrumpió Ricardo que no tenía ganas de charlar—lo estará con otro.

Conchita “la Bruja” se echó a reir. Cuando ella y Méndez-Castillo volvieron de cenar, hallaron que en su compartimiento no había otra claridad que la muy exigua que llegaba del tránsito. La otra pareja no había ido al coche-comedor: acaso porque no anduviesen sobrados de dinero; quizás porque evitasen ser vistos. Conchita y Ricardo se alargaron en el asiento, el uno cerca del otro, dispuestos a dormir. Entretanto el galán del “completo” de pana y su compañera, insomnes, se despicaban. Para estar más juntos, ella, ladeando un poco el cuerpo, colocó ambas piernas sobre las rodillas de él. Creyendo a Ricardo y a Conchita dormidos, se besaban vorazmente; llegaron a cambiar más besos que palabras. Conchita “la Bruja” les observaba a través de la celosía que, entre sus párpados medio cerrados, tejían sus pestañas de ébano. Parecióla que sus espiados, a pesar del fervoroso cariño que se demostraban, discutían algo: él proponía, rogaba, insistía. Ella, cuyas pupilas tenían un brillo sensual, rehusaba. El porfiaba con tenacidad abrumadora:

—Sí, sí... ¡Un momento!... Sí...

Y ella:

—No me atrevo; calla... Serénate...

Hablaban bebiéndose los alientos, sin apenas mover los labios; como en éxtasis. Ya de madrugada él salió al tránsito, llegó hasta un departamento que iba vacío; volvió: sus ojos fulguraban felinamente.

—Ven—murmuró desde la puerta.

Ella hizo un ademán negativo, en el que había angustia. Comprendíase que su decisión de resistir se agotaba. El prosiguió, en voz imperceptible, casi con el aliento:

—No tengas miedo... no hay nadie...

Y ella:

—No me atrevo...

Tenía las manos frías, y estaba tan agitada que yo la sentía temblar en su asiento. El suplicaba, incansable, la voz turbia:

—Ven... ven...

La solicitada, lívida, los labios entreabiertos, rehusaba con la cabeza, y la penumbra infundía a su rostro una hermosura mística, fuerte, casi dramática; una bella expresión alucinante y fantasmal. Aunque agotado por el deseo, él aun pudo balbucir:

—Ven... Julieta... ¡en nombre de lo que nos hemos amado!... Julieta...

Estas palabras fueron victoriosas. La mujer se levantó, de puntillas, y salió al pasillo. Cogidos del brazo se marcharon.

Méndez-Castillo, que entre sueños había oído todo el diálogo, se incorporó:

—¡Gracias a Dios!—exclamó entre festivo y malhumorado—que el joven de la chalina llevó adelante su gusto: así, cuando vuelvan, no tendrán de qué hablar y nos dejarán tranquilos.

Con un azote despertó a Conchita “la Bruja”, que dormía:

—¿Ves?...

Ella abrió los ojos, asustada, buscando a los ausentes:

—¿Se han ido?...

—Sí—replicó el dramaturgo—; pero volverán. ¿Te convences ahora de que se quieren demasiado para ser matrimonio?...

A la mañana siguiente, al llegar a El Escorial, el joven del traje de pana y de la melena abundosa, se despidió de su compañera con un abrazo y un beso, algo ceremoniosos, saludó a Méndez-Castillo y a Conchita quitándose el sombrero, y bajó al andén. Concha que, siempre curiosa, se había asomado a una ventanilla para examinarle mejor, se maravilló de verle subir al vagón que venía a la zaga mía. La tonadillera dióse prisa en comunicarle a Ricardo su descubrimiento. Había tenido una revelación.

—Se ha despedido de ella y de nosotros—dijo—para despistarnos: pero sigue ahí detrás. ¡Ahora es cuando me convenzo de que no están casados!...

—Me figuro—contestó él—que la comedia no ha terminado aún: adivino una última escena.

Conchita “la Bruja” estaba interesadísima, y yo tanto como ella, o más... Cuando arribamos a Madrid, entre las muchas personas que esperaban al expreso Méndez-Castillo divisó en seguida, casi delante de mí y con la cara expectante del hombre que aguarda, que busca, al escultor Pedro Guisola, a quien yo también conocía por haberle llevado a Vitoria una vez. El dramaturgo, con agilidad juvenil, saltó al andén; los dos artistas se abrazaron; mediaba entre ellos una amistad antigua y fraternal.

—¡Pedro!...

—¡Querido Ricardo!... ¿De dónde vienes?

—De San Sebastián, con Conchita. ¿Tú qué haces aquí?

—Espero a mi mujer.

Pedro Guisola se adelantó cortés a estrechar la mano, sobrecargada de gemas, que Concha “la Bruja” le tendía desde una de mis ventanillas. Detrás de la tonadillera, Julieta, rígida, lívida, sonreía al escultor con una mueca indefinible, glacial...

—Pero... ¿qué es esto?—exclamó Guisola—; ¡oh, casualidad!...

La joven hacía signos afirmativos. Rápidamente Ricardo y Conchita “la Bruja” se miraron: en la mirada de ella había una risa; en la de él, que era un sentimental y quería a su amigo, había una lágrima.

—¡Pero si hicieron ustedes el viaje con mi mujer!...—concluyó el escultor.

Pedro Guisola ofreció a Concha una mano para ayudarla a bajar por mis estribos. A Julieta la recibió entre sus brazos, y mientras la besaba, repetía:

—¡Qué casualidad!... Las dos personas con quienes has viajado, son como hermanos para mí. ¡Qué casualidad!... Pero... ¿cómo no reconociste a Ricardo?... ¡Un escritor célebre, cuyo retrato está en todas partes!...

Con cierto entono—aquel hombre fué toda su vida un poco teatral—procedió a presentar a sus amigos. Para hacerlo, se descubrió ceremonioso:

—El célebre dramaturgo Méndez-Castillo...

Ricardo se inclinó.

—La famosísima Conchita “la Bruja”... Y, no digo más, porque su nombre, hecho de aplausos y de luz, no necesita elogios.

Y agregó, gravemente:

—Mi señora...

Concha y Julieta cambiaron un apretón de manos en el que, más que un saludo, latía una complicidad. Julieta comprendió: la tonadillera no diría nunca lo que había visto.

Todos reían; todos se mostraban encantados de conocerse. Pero, el único que en aquel momento era feliz y reía de corazón, era Pedro Guisola.

VII

Pronto hará seis años que recorro, casi a diario, la ruta Madrid-Hendaya, y a pesar de hallarme todavía adolescente, he corregido mucho aquel concepto pintoresco que, allá en los comienzos de mi oficio, me formé de la vida. Desde luego, al sentirme colocado inflexiblemente entre un vagón que me impele—y que, a su vez, es empujado—y otro vagón que me arrastra—porque a él también lo arrastran—he perdido la fe, tan bella, que tuve en el libre albedrío. ¡Hermosa y engañosa quimera!... Quien, por primera vez, habló de ti, ¿no comprendió que todo marcha concatenado; no vió que el hombre, la oruga, la estrella, son eslabones de una cadena, unidades del universal convoy?...

Convencido estoy de que todos los seres, así los de hábitos sedentarios, como los de existencia errática, viven lo mismo, poco más o menos: porque viajar no es sólo desplazarse físicamente, sino también aspirar, soñar, pues más que nuestro cuerpo es nuestra alma la que peregrina; de donde despréndese que muchos seres, sin moverse de su sitio, andan por todas partes, según a los astrónomos y a los artistas les sucede; y otros, aun estando en perpetuo movimiento, apenas se mueven, porque van y vienen con las lámparas del entendimiento apagadas. Lo cual demuestra, una vez más, que fuera de nosotros no queda nada, o queda muy poco.

Mi mocedad, sin embargo, se impone al monorritmo de las sensaciones: todavía me interesan los discos que avisan la contingencia peligrosa de las estaciones y de los cruces; el diferente modo de silbar de las locomotoras; la gracia con que la vía férrea contornea los montes; la febril comezón de correr, de llegar, que nos inspira la llanura; para nosotros un camino recto es como una estocada dada al horizonte: y, por encima de todo esto, la poesía alucinante, el embrujamiento folletinesco, de la niebla—la divina musa de los ojos cerrados—que en la tierra, como sobre el mar, cada dos pasos levanta ante nosotros la alquitarada angustia de una indecisión...

Continúo al servicio de La Caliente, de La Tirones y de La Recelosa; las quiero, y mis camaradas tanto o más que yo. Muéstranse fuertes, abnegadas, trabajadoras; sin ellas, nosotros valdríamos muy poco: nos falta la iniciativa, la decisión: por lo mismo, cuando en alguna estación del tránsito la locomotora nos deja para irse a realizar alguna maniobra, el convoy, solo y sin guía, experimenta la emoción de aislamiento de la mujer abandonada por su amante en un camino.

—Yo—suele decirme Doña Catástrofe—necesito saber que tenemos máquina; “sentirla”; su nombre no me importa. Soy como esas viudas que, con tal de no estar solas, se casan con cualquiera.

Doña Catástrofe y El Misántropo son los eruditos de la Compañía: por ellos supe las regias aventuras que dieron celebridad a la isla de Los Faisanes; y que Legazpi, el conquistador del archipiélago Filipino, nació en Zumárraga; y que Arévalo y Olmedo fueron, en los siglos medioevales, “las llaves de Castilla”...

Las pláticas de El Presumido que, a fuer de viejo, había elevado el modo de narrar anécdotas a la categoría de arte, tenían un cautivador interés pintoresco. El Presumido era uno de los primeros coches “de corredor” que llegaron a España.

—¡Si ustedes hubiesen conocido aquellos tiempos!—decía—; las locomotoras caminaban a paso de jumento, y los trenes descarrilaban o chocaban cada veinticuatro horas. Yo me desesperaba. En una ocasión viajó conmigo un señor ministro... o senador—no recuerdo bien—a quien todos sus amigos llamaban familiarmente “don José”. Salimos de Madrid y poco antes de llegar a Segovia don José, que fumaba asomado a una ventanilla, saludó a un señor—que luego supe le administraba varias haciendas—y que había ido a esperarle a caballo en un paso a nivel. A la salutación del prohombre correspondió el jinete descubriéndose con urbana reverencia, hecho lo cual reguló el andar de su cabalgadura a la marcha del tren. “¿Cómo van las sementeras?”—indagaba don José. Su colocutor contestaba:—“Da gozo verlas: si sigue lloviendo lo justo, como hasta aquí, tendremos buena cosecha.”—“¿Y la langosta?”—“No se ha presentado todavía, ni quiera Dios...” Así continuaron durante media hora, preguntando el uno y el otro respondiendo, hasta que, agotado el diálogo, el rústico exclamó:—“Bueno, don José: deme licencia para marcharme, porque la noche se nos viene encima y yo llevo prisa.” Y quitándose el sombrero y metiéndole las espuelas al caballo, salió delante.

También contaba que en Dueñas no existen mendigos, porque en la vieja ciudad donde Isabel la Católica y Fernando de Aragón se vieron por primera vez, se practica la tradición de que nadie, que no sea propietario de un burro, pueda casarse...

Con estas y otras historias de humor regocijado, El Presumido—notable embustero—solía edulcorarnos la monotonía de la ruta.

En general, nuestro oficio es aburrido porque las personas que van y vienen con nosotros lo son; nuestro tedio, reflejo exacto es del suyo; de sus bostezos, está hecho nuestro fastidio. Comparemos un vagón vacío a un cerebro: en tal caso, yo considero que cada persona que entra en mí es una idea; y la serie de personas que acojo en cada viaje, desde la estación arrancadero a la estación terminal, como la lectura de un libro lleno de tipos, lleno de ideas... Pero, insisto: si todas estas ideas son grises, son vulgares, ¿qué habrá conseguido con ellas mi espíritu si no es hacerse gris e impregnarse de vulgaridad?... Por dicha—si bien muy de tarde en tarde—los diablillos de lo Trágico o de lo Grotesco, nos salen al camino, y con algunas gotas del sabroso licor de lo Inesperado, nos animan a creer que la originalidad no se ha ido del mundo.

Aquella noche dejamos Madrid bajo un terrible nevazo. En Avila nevaba aún con mayor ahinco; la Sierra de este nombre, la de Malagón y la Paramera, habían perdido sus perfiles y simulaban una inmensa llanura. Un silencio nuevo, el hondísimo silencio de las cordilleras, nos rodeaba. Llevábamos retraso, apesar de tener “doble tracción”. En La Cañada, que señala el punto más elevado de la línea, La Caliente había patinado como nunca, y el frío era tan intenso que la luz roja del furgón de cola se apagó dos veces. Doña Catástrofe rezongaba maldiciones detrás de mí. Todos íbamos callados, enteleridos, y este descaecimiento nos dictaba ideas lúgubres.

En Avila, La Caliente—que apenas había hecho justicia a su nombre—se marchó, y el convoy quedó solo. En una vía lateral vi una máquina-piloto que—no me explico el olvido—había quedado a la intemperie. Su aspecto me entristeció: apagada, indefensa, en medio de la nieve, me pareció un viejo corazón detenido por la edad en las nieves, incalculablemente frías, de la experiencia y de los recuerdos. “Alguna vez—pensé—estaré yo así”. Y suspiré. ¡Es curioso! Muchas veces nuestro amor al prójimo no pasa de ser una compasión anticipada hacia nosotros mismos...

La Tirones tardaba; según oí decir a unos hombres, no tenía aún la presión necesaria debido a la temperatura, demasiado baja. Doña Catástrofe renegaba.

—Como ésa tarde mucho en venir—aludía a la máquina—voy a quedarme helado.

Al fin La Tirones se enganchó a nosotros, y, con cerca de una hora de atraso, partimos. La locomotora patinaba y parecía frenar peor que nunca.

—Esta maldita—meditaba yo—va a hacernos pasar esta noche un mal rato.

A cada momento, sin razón aparente, aceleraba su andar, o lo disminuía, por lo que los vagones nos entrechocábamos rudamente.

—La Tirones ha bebido y está borracha—decía El Presumido.

¡Calumnias! Poco a poco fué serenándose y nuestra marcha volvió a ser normal. Contemplado a vista de pájaro el tren, con sus techumbres blancas, debía de parecer un enorme ofidio arrastrándose bajo la nieve. Corríamos bien. Desde Avila a Sanchidrián ganamos cuatro minutos. El terreno se tranquilizaba, y cuando divisamos la fortaleza de Arévalo, a la que una crueldad de don Pedro de Castilla hizo famosa, sentimos que La Tirones, hasta entonces insegura, acababa de hacerse dueña del tren. Una tranquilidad, que pronto fué sueño y sopor, nos invadió. Durante largo rato todos corrimos acompasadamente, callados, medio dormidos...

Más allá de Viana y minutos antes de cruzar el Duero, la locomotora comenzó a silbar de un modo que nos despabiló a todos: silbaba, sin interrupción, con esos silbidos cortos que son señal de peligro inminente.

—¿Qué sucede?—nos interrogábamos unos a otros.

La circunstancia de haber vía doble, alejaba de nuestros espíritus el recelo de un choque. No obstante, algo anormal debía de ocurrir. El camino era casi recto y el ténder, cargado de carbón, nos impedía mirar hacia adelante. Nuestra angustia crecía; a pesar del frío intensísimo, algunos viajeros empavorecidos se asomaron a las ventanillas. Todos se preguntaban:

—¿Por qué grita la máquina así?

El ténder se lo dijo al furgón de cabeza:

—Un hombre acaba de arrojarse a la vía.

Y la noticia recorrió, con eléctrica celeridad, el convoy.

Tras un breve intervalo de silencio La Tirones, con dos silbidos, cortos y seguidos, mandó apretar los frenos, orden que cumplimentaron con celosa diligencia el jefe de tren y el guardafreno que ocupaba el último furgón. Pero esta buena voluntad unánime llegó tarde. La Tirones acababa de alcanzar al suicida, y el expreso se estremeció con miedo, con asco. Todos nosotros hubiéramos querido, para no mancharse las ruedas de sangre, saltar por encima del cadáver. ¡No era posible!... Y como los coches, al mismo tiempo que pasaban sobre el cuerpo, lo movían, cada vagón produjo en el muerto una nueva y espantosa mutilación. La Tirones le partió el pecho y los pies; las entrañas se escaparon y el corazón cayó, precisamente, sobre uno de los rieles, ante las ruedas del Presumido; yo le trituré el cráneo, y el chasquido de sus huesos lo oigo aún; mis otros compañeros le desmenuzaron en incontables pedazos la columna vertebral, las clavículas, las piernas, los brazos... Cuando entramos en el puente, todos llevábamos en nuestros herrajes sangre, sesos, jirones de carne, y todos nos sentíamos un poco asesinos. El convoy siguió: detrás, ya lejos, entre los dos rieles, el cuerpo torturado, apisonado, plegado, gelatinoso, revuelto con la tierra y la nieve, componía un montón amorfo, medio rojo, medio blanco...

Durante todo el viaje el recuerdo de la terrible escena me acongojó. El cadáver era el de un individuo como de treinta años, afeitado, vestido de obrero. Yo le vi... le vi bien, cuando, con mi primera rueda de la izquierda, le aplasté la cabeza; para mayor horror sus ojos, aunque muertos, parecían mirarme: los tenía desorbitados, eran azules y había en cada uno de ellos un cuajarón de sangre. ¿Pero, era cierto que yo hubiese aplastado el cráneo de aquel hombre?... Deseaba demostrarme lo contrario, y no podía. ¡Sí! Su cabeza crujió bajo mi peso enorme; yo la sentí ceder, abrirse, como una granada; mis ruedas, rompiendo aquella frente, habían apagado una luz.

Un fiero remordimiento me invadió; mi tablazón, siempre tan resignada, tan silenciosa, empezó a gemir. Sospechando lo que me sucedía, Doña Catástrofe trató de aliviarme:

—¡No te apures, Cabal!—exclamó—; ¿qué culpa tenemos de lo sucedido? Si ese hombre quiso matarse, allá él con su gusto. ¡Bah!... Esto no ha sido nada; por los caminos suceden lances peores; alíviate considerando que no ha de ser ésta la única vez que te manches de sangre.

Las reflexiones afectuosas, pero triviales, de mi camarada, no podían consolarme; cuando llegué a Hendaya me sentía enfermo, y la idea de que, veinticuatro horas más tarde, repasaría por el mismo lugar donde ocurrió el suicidio, agravaba mi malestar. A poder, hubiese pedido a los empleados del tren que me sacasen del convoy, para reposarme algunos días.

Entretanto nevaba... nevaba... como yo no he visto nevar nunca. Las gibas pirenaicas, los árboles, las casas, el puente internacional, todo había desaparecido bajo el mismo sudario blanco. La tierra, el cielo, el mar, se perdían en la melancolía del mismo color.

A media mañana, La Recelosa nos volvió a la “Noble y Leal, muy Benemérita y Generosa Villa de Irún”, donde debíamos descansar ocho o nueve horas. El expreso, como siempre, quedó solo, frío. Nuestro horizonte era reducidísimo; el monte San Marcial y los perfiles de Fuenterrabía, se escondieron en la niebla. Todo era muerto, todo era blanco...

Según había oído decir, el color del luto cambia según los pueblos: para los chinos, el color de la pena y de la muerte, es el amarillo; para los árabes, el violeta; para los europeos, el negro.

Yo pensé:

“¡El negro!... ¿Y por qué no el blanco?...”

La blancura ejemplar es la de la nieve, y la nieve es la muerte. A pesar de lo dictado por la costumbre, afirmo que lo blanco se halla más cerca del dolor que lo negro, y así, un entierro, bajo la obscuridad de la noche, parece menos triste que rodeado de la luz de la mañana, sobre un campo nevado.

Hay una oposición evidente entre el luto europeo y la psicología de los colores. El negro, que absorbe, codicioso, las siete mudanzas del espectro solar, es caliente: es el color del carbón, del hierro, de los cabellos juveniles. El mantillo, la tierra mejor, la más ardiente, la más fecunda, es negra. En Africa—aseguran—como en el Brasil, la naturaleza es tan vigorosa, tan abundante la germinación de sus savias genésicas, que obscurece el verde de los árboles. La raza más violenta, la más llena de instintos, es la negra. Shakespeare no comprendió que Otello tuviese los ojos azules.

Pero la nieve es la verdadera hermana de la muerte, y, de consiguiente, su símbolo más exacto. La frialdad de los cadáveres, esa frialdad penetrante, indescriptible, que nunca olvida quien la sintió, sólo a la frigidez agudísima de la nieve es comparable. También las mejillas muertas, las mejillas sin sangre, tienen color de nieve.

La quietud llama a la muerte, y la nieve es quietud. El sol deshace pronto a los cadáveres: los pudre, los llena de gusanos y, reducidos a polvo, los vuelve al torrente de la vida universal. La nieve, en cambio, adora a los muertos y durante años respeta su forma y hasta el último gesto de su agonía. A los pastores que en una noche de invierno equivocaron el camino y cayeron por un tajo, la nieve les recibió en su colchón de vellones blanquísimos, les cubrió, se adhirió bien a sus miembros, inmovilizó blandamente sus corazones, cerró sus párpados y dió a sus labios una expresión risueña. Dos, tres, cinco meses más tarde, cuando la primavera comenzó el deshielo y la voz de los torrentes resurgió gruñidora del fondo de los cauces, los cadáveres sonreían aún...

Semejante a la muerte, la nieve lo iguala todo: sus copos borran los linderos, y suavemente levantan el fondo de los abismos a la altura de las montañas. La nieve no consiente desigualdades, ni tolera preeminencias. Con ella cielo y tierra se esfuman en la inmensidad del mismo abrazo blanco. Es la gran justiciera. En invierno, hasta las cordilleras adquieren aspecto de llanura. Bajo su sudario todo calla, inmóvil: detiénese la savia en los troncos, hacen alto las aguas de los arroyos, conviértense los lagos en espejos. No hay vientos, ni colores: una especie de humareda yerta invade el espacio.

La nieve también es el silencio.

Bajo ella los campos, los andenes, los pueblos, pierden su voz. Diríase que una losa tumbal los cubre: nadie sale de su casa; las carreteras están desiertas; cesan los pregones; los tranvías, los vehículos, ruedan despacio; sobre el tapiz armiñado que cubre las calles, los transeuntes caminan sin ruido. Tal que un aroma funerario, una evaporación de paz asciende de la tierra. Las ciudades cobran perfiles de camposanto: de noche, bajo el lívido claror astral, los tejados rectangulares, blancos, oblicuos, parecen lápidas.

La nieve, manto esplendoroso del invierno; la nieve, enemiga de los vagabundos que limosnean de pueblo en pueblo; la nieve, que exaspera la voracidad de los lobos y los precipita sobre el vagabundo, es la muerte. Por eso debía ser el emblema del luto. La naturaleza lo quiere así. Cuando el sol se apague, la tierra, convertida en inmenso panteón, se cubrirá de nieve. Callarán los volcanes, dormirán los vientos y las olas, por primera vez, estarán en reposo. Se helará el mar. Todo quieto, todo frío, todo blanco...

A este punto llegaba de mis melancólicas elucubraciones, cuando el golpe seco, impaciente, que La Recelosa, ya dispuesta a partir, asestó al convoy, me reintegró a la realidad. Nuestras luces se encendieron y con el calor que la máquina nos enviaba fuimos recobrándonos: El Misántropo, El Tímido, El Presumido, los Hermanos Sommier, Doña Catástrofe, todos volvíamos a encontrar nuestro buen humor. El coche-comedor llamaba la atención con su alegría de festín: cristalería reluciente, manteles limpios, camareros de frac...

A la hora reglamentaria partimos, en busca de los seiscientos y tantos kilómetros que nos separaban de Madrid; y el desfile mareante de estaciones comenzó: Rentería, Pasajes, San Sebastián, Hernani, Urnieta, Andoaín, Villabona, Tolosa, Alegría, Legorreta, Villafranca, Beasaín, Ormaiztegui...

Después de El Pinar, alguien preguntó, inquieto:

—¿Os acordáis?

—Sí, sí—respondimos todos.

Sentíamos un recelo, una repugnancia, a pasar por el sitio trágico. No tardaríamos ni dos minutos en llegar. Apenas salimos del puente tendido sobre el Duero, La Tirones comenzó a silbar. ¿Por qué?... ¿Quería decirnos algo, o su grito era un saludo que, piadosa, dirigía al muerto?...

De pronto, casi a la vez, exclamamos:

—¡Aquí fué!...

Y el expreso, todo él, instintivamente, experimentó una sacudida que despertó a los viajeros.

VIII

Empezaba el verano. Según mis cálculos, a mediados de junio debíamos de estar, porque noches antes, desde la atalaya del Puente de los Franceses, sobre el Manzanares, habíamos visto los farolillos de colores y escuchado las músicas de la histórica y muy celebrada verbena de San Antonio de la Florida.

La hora de partir se avecindaba y la escasez de viajeros nos anunciaba un viaje sosegado, esperanza que repartió por el convoy cierta alegría. En virtud de no recuerdo qué maniobra, la disposición de los vagones se modificó, y yo fuí a parar a la cabeza del tren, a continuación del furgón delantero. Era la primera vez que me situaban tan a la vanguardia.

—¡Bien colocado vas, Cabal!—me gritó el compañero que había pasado a ocupar mi puesto.

—¿Por qué?—repuse.

—Porque ahí el polvo del camino te molestará menos, y el humo de la máquina, aun dentro de los túneles, pasará por encima de ti sin apenas tocarte.

—Más viejo eres que yo—repliqué—y motivos tendrás para hablar como lo haces: pero no me niegues que aquí las sacudidas de La Caliente han de sentirse más, y que, en caso de choque, la unidad más expuesta a morir soy yo.

Mi colocutor exclamó sentencioso:

—¿Y dónde viste tú que todas las circunstancias propicias, o todos los requisitos desfavorables anduviesen juntos? Repartidos están por el mundo en proporciones casi iguales, y así el arte de ser feliz consiste en acordarnos mucho de los buenos momentos, y de los malos nada o muy poco. Todo está preestablecido, Cabal; la vida universal es una operación matemática, en la que nunca sobra ni falta un número. El libro del Destino es el único libro en donde todo “está bien”.

No contesté. Me sentía optimista y ágil. La tibieza de la temperatura invitaba a andar; más allá de la marquesina, hecha de hierro, cinc y cristal, de la estación, la vastedad cerúlea del cielo comenzaba a poblarse de estrellas. Era una de esas noches en que el aire huele a tierra mojada, a resinas y a flores; en que los conejos, enamorados de la luna, brincan, como duendes felices, al paso de los trenes, y las rocas, sobre las que el musgo pinta facciones monstruosas, parecen caretas...

Mis viajeros no llegarían a doce. Asomada a una ventanilla había una señora trigueña, pechugona y nalguda, pero todavía esbelta, vestida con una falda azul y una blusa blanca. Sus antebrazos mórbidos, adornados de pulseras tintineantes, intrigaban la curiosidad de los mirones. Su esposo se había detenido a alquilar almohadas para el viaje y comprar periódicos. Era un hombre de estatura razonable y bien vestido, aunque sin elegancia. Representaba treinta y cinco años, y tenía todo el aspecto de un honrado burgués, rico y sólido. También me interesó cierto caballero, ya cincuentón, de aspecto prócer, de ojos claros y decepcionados—ojos que habían visto mucho—, que iba y venía escénicamente por el andén. ¿Por qué me preocupó aquel tipo? Sólo una vez miró a la señora de las pulseras, y por ese mismo cuidado que me pareció poner en no mirarla, yo hubiese jurado que estaba allí por ella.

La señora decía a su marido:

—Sube, Adelardo, que ya nos vamos; han dado la salida...

Demostraba inquietud. El subió a mí en el momento en que la locomotora, mansamente, arrancaba. Miré hacia atrás y me sorprendió no ver al caballero que minutos antes ocupó mi atención. Inmediatamente pregunté al compañero que me seguía:

—Oye, Misántropo: ¿va contigo un señor alto, de bigote canoso, vestido de gris... tipo cosmopolita... con los guantes, de color amarillo, metidos en la abertura del chaleco?...

—Ya sé quién dices—atajó El Misántropo—; viaja detrás de mí, en El Tímido. ¿Te interesa?

—Sí; porque creo que llevamos a bordo un marido engañado.

—¿Uno?—repitió—; ¡eres bondadoso! Si en cada tren no viajase más que un marido engañado, el Diablo no tendría qué hacer.

Don Adelardo y su cónyuge se habían sentado de espaldas a la máquina, y bajaron el cristal inmediato a ellos, lo que bastó a hacérmeles antipáticos, pues tengo horror al polvo. Si aborrezco el verano es porque todo el mundo viaja con las ventanillas abiertas. Oyéndoles hablar, comprendí en seguida que era él quien amaba y ella la que, misericordiosa, se dejaba querer. A cada instante, con solicitud un tanto empalagosa, él averiguaba: “¿Vas bien?... ¿Te molesta el aire?... ¿Quieres que te ponga la almohada detrás de la cabeza?...”

Su inferioridad era evidente. Ella rehusaba con un gesto, mientras sus labios abultadillos permanecían cerrados en un mohín imperceptiblemente desdeñoso. Yo meditaba:

—Si crees conquistarla con tus atenciones, estás equivocado: el Amor no se entrega a la cortesía, ni al talento, ni a la hermosura, ni siquiera al cariño; el Amor no paga, no corresponde; se da...; no le pidamos por caridad, ni buena educación, ni cariño, al dios; el Amor es un delicioso rebelde que, en las tres cuartas partes de las ocasiones, “no tiene razón de ser”...

Ella preguntó, a la vez displicente y afectuosa:

—¿Compraste algún libro?... Porque, cuando te vayas, me aburriré...

Contuvo un bostezo. El exclamó:

—¡Ah, sí!... Toma: es lo único que he podido hallar.

La ofrecía un volumen encuadernado delicadamente. La señora de la blusa blanca y de la falda azul, miró a su esposo de una manera indefinible. Hubo en sus bellos ojos húmedos como un epigrama...

—¿No habrá aquí nada malo?...

El semblante del marido expresaba satisfacción: aquella pregunta acababa de colmarle de confianza. Por su frente sentí pasar esta idea: “¡Qué bien se vive al lado de una compañera así!...

—Creo que no—dijo—; el librero me aseguró que era una novela “para señoras”...

Este diálogo, aunque absurdo, no me sorprendió; lo absurdo es tan cotidiano, que lo de sentido común es lo que sorprende. Diferentes veces oí decir a mis huéspedes: “Se trata de un espectáculo al que no puede usted llevar a su señora.” O bien: “Ese libro, de que usted habla, no es para señoras...” No estoy muy cierto de la razón que acompaña a quienes así discurren: porque como los españoles, al par que hacen cuanto pueden por mantener a sus esposas en la ignorancia más completa, las erigen en árbitros de “lo que debe ser”, sucede que la mentalidad y la moral nacionales están representadas por unos cuantos millones de mujeres que no saben leer... ¡o que apenas comprenden lo que leen!... ¡Y así marcha el país!...

La esposa de don Adelardo había empezado a abrir el tomo con una horquilla, y leyó algunas páginas; luego, distraída, lo dejó en el asiento, se levantó para arreglarse el vestido y, al volver a sentarse, lo hizo sobre el libro, como para demostrar su confianza en aquella obra en la que no había pecado.

El matrimonio volvía de “la segunda mesa” cuando apareció el interventor; don Adelardo le saludó amistosamente, y de las palabras que entre ambos se cruzaron, deduje que el marido manejaba negocios de riesgo y significación, y que viajaba mucho. Mientras picaba los billetes, el interventor exclamó:

—¿De modo que usted se apea en Medina?

—Desgraciadamente—replicó don Adelardo—: Carmen, mi señora, va a San Sebastián, donde tiene parientes; con ellos pasará el verano. Yo, me quedo en Medina para ir a Salamanca; mis socios están montando allí una Fábrica.

A la una y minutos de la madrugada, hicimos alto en Medina del Campo. Usando de la soledad en que estaban, los dos esposos pudieron despedirse tiernamente. Ella le echó ambos brazos al cuello; él la tenía cogida por la cintura, y mientras la besaba en los labios, la contemplaba anhelante, la respiraba, parecía bebérsela.

—Mañana, temprano, apenas llegues, telegrafíame—rogaba el marido.

—Lo haré así; ¡como siempre!...

—¡De no recibir tu telegrama, iría a buscarte!

—¿Estás loco?... Y tú, en cuanto regreses a Madrid, avísame.

El balbuceaba, pálido, la voz enronquecida:

—Mi alma...

—Adiós—repetía la esposa—; adiós...

—¡Mi vida!...

—Ten cuidado; corre... que el tren se marcha.

Al cabo, tras un rudo esfuerzo que debió de hacerle daño en el corazón, él pudo arrancarse de los brazos sedeños, mórbidos, fragantes, que le enlazaban, y descendió al andén. Todavía volvieron a estrecharse las manos, hasta lastimárselas; y, de nuevo, florecieron en sus labios las frases acongojadoras de las despedidas:

—Te quiero; no me olvides...

—¿Cómo voy a olvidarte?... Adiós... adiós...

Por tres veces sonó una campana, La Tirones lanzó un silbido largo, y partimos.

Carmen, asomada a una ventanilla, movía su pañuelo y continuó agitándolo hasta después de haber perdido de vista el andén. Hecho esto se irguió, exhaló un suspiro de liberación y levantó el cristal. ¡Cuánto se lo agradecí!... En aquel instante, con una sonrisa triunfadora bajo el bigote rucio, detúvose ante la puerta del compartimiento el caballero del “completo” gris y de los ojos fatigados, que había inquietado mi maliciosa atención en la estación madrileña. Pero, ahora, me gustó más: era, en verdad, un hombre atrayente y de mundo.

—¡Carmen!—murmuró cruzando sus manos, de una gran distinción, con un gesto en el que, simultáneamente, había respeto y deseo.

Demostró la intención de instalarse a su lado. Ella, con un ademán, se lo impidió.

—Siéntate enfrente de mí—murmuró—y sé prudente; el inspector conoce a mi marido...

La escena era, al par, graciosa y amarga. Yo pensaba: “Como nosotros, esta señora, para hacer el camino, también cambia de máquina...”

Con lo mucho que hablaban no tardé en ponerme al tanto de quiénes eran y de la antigüedad de sus relaciones: él residía en la capital donostiarra, y había ido a Madrid para acompañar a su amante durante el viaje; todos los veranos hacía lo mismo. En cuanto a don Adelardo, apremiado siempre por graves responsabilidades comerciales, si alguna vez se excedió a ir con su mujer hasta Miranda de Ebro, fué para luego tomar la línea de Castejón a Zaragoza y Barcelona, donde tenía negocios. La firma de aquel hombre joven, simpático y buenazo, significaba un valor de varios millones.

¡Y, sin embargo—reflexionaba yo—, ella no le quiere!... El delito no era éste, sin embargo, porque dentro de la jaula formada con los barrotes de todos los prejuicios, de todos los juramentos y de todas las leyes, el pájaro azul de la ilusión canta victorioso, y no siempre queremos a quien debiéramos querer: el crimen de aquella mujer estaba en la traición. Decirle a su marido: “No te amo; separémonos”, hubiese sido un bello rasgo de voluntad, una nobleza: pero despedirle con besos y desde la ventanilla saludarle hasta perderle de vista, era una infamia. ¿Por qué preferiría aquel hombre, menos rico, seguramente, que su marido, y que representaba doce o quince años más que él?... No lo sé, ni es fácil que nadie, ni aun los mismos interesados, establezcan la lógica de estos súbitos y dramáticos vientos del espíritu. Lo único cierto es que muchísimas mujeres, después de hallar el marido—y ante el desengaño del matrimonio—suelen aplicarse a buscar el Amor; y que como de este mismo mal se quejan los hombres, la poligamia—dentro o no de los Códigos—es mundial: sin otra diferencia que la de que las leyes de la poligamia oriental obliga a cada hombre a mantener a “sus esposas”; mientras en Occidente cada hombre cuida—in pártibus—de las mujeres ajenas.

Este lance, a pesar de su gravedad, es, desgraciadamente, tan frecuente, tan vulgar, que yo no hubiese hablado de él a no ser por la originalidad de cierto episodio, de sabor vodevilesco, con que se adorna.

El verano había muerto. Una noche, de las últimas de septiembre, al llegar a San Sebastián en dirección a Madrid, vi a Carmen, “la señora de la falda azul y de la blusa blanca”, y a su amante, que esperaban el expreso. Apenas éste se detuvo, subieron a mí y, rapidísimamente, aprovechando una ocasión en que nadie les veía, cambiaron un beso; un buen beso fuerte y leal, cuyo calor me alcanzó. Ella partía sola; su marido la aguardaba en Venta de Baños. Al separarse, el amante entregó a su compañera una sortija.

—En recuerdo—murmuró—de estos tres meses. Dentro mandé cincelar algo muy nuestro. Procura que nadie la vea. Te la pondrás cuando volvamos a estar juntos.

Los ojos de la amada se iluminaron; brillaron de agradecimiento, de alegría infantil; acaso—¡oh, dolor!—hubo en ellos un poquito de codicia también...

Ya en su departamento, mientras rodábamos, Carmen examinó la sortija, que adornaban una esmeralda preciosa y un brillante, no muy crecido pero de luz extraordinaria. Nunca había visto otro ni más límpido ni mejor tallado. Sintió deseos de llorar, y sonrió; estaba hechizada; ¡oh, ella sabía tasar una joya!... Después—me parece que sin prisa—, dentro del aro de la sortija leyó: “Una noche en el mar.” La sentí pensar:

“Sí, fué una bonita noche... Pero Juan no debió grabar nada en la sortija, porque, según está, no me atrevo a usarla. ¡Vaya una tontería!... Esto lo discurre un estudiante... ¡pero, no él!... ¡Egoísta!... Sí; esto lo ha hecho por egoísmo, para que yo sólo pueda lucir la sortija cuando esté a su lado...”

No había querido calzarse los guantes y disimuladamente, temerosa de que los viajeros notasen su alegría, se miraba las manos. Las dos piedras eran lindísimas, y a porfía el brillante y la esmeralda se disputaban su corazón. Continuó meditando:

“Lo mejor será borrar esa inscripción comprometedora. Yo le diré a Juan que temía que Adelardo la viese... ¡Es una buena idea! Juan no se enfadará...”

El mucho precio y la belleza del obsequio la habían quitado el sueño, y hasta más allá de Miranda no empezó a advertir que la pesaban un poco los párpados. Suavemente iba adormilándose; sus compañeros de viaje habían extinguido mis luces. Volvió a despertarse, sin embargo: la idea, “tengo una sortija”, la sacudía, y las dos gemas llenaban su cerebro de claridad. Burgos había quedado atrás cuando Carmen se levantó en busca del cuarto-tocador. No podía estarse quieta, y la perspectiva de abrazar muy pronto a su marido contribuía también a electrizar sus nervios. Al salir del “Water-Closet”, se cruzó en el tránsito con dos viajeros. Volvió a su departamento y procuró dormir; imposible; todas las actitudes la desagradaban. Procesiones de recuerdos, unos graves, otros pueriles, y todos desmadejados y fragmentarios, cruzaban su espíritu y lo orientaban hacia distintos rumbos: el verano había sido placentero; el otoño, en Madrid, lo pasaría bien... Pensó en sus amigas... Bostezó. La vida siempre es un poco triste; ella, en general, estaba triste; se aburría; entonces, a no ser por la sortija...

La señora de la blusa blanca se miró las manos, y sofocó un grito. En la obscuridad la vi enrojecer, palidecer... ¡Había perdido la sortija!

—¡La he olvidado en el lavabo!—bisbiseó.

Echó a correr, calenturienta, por el pasillo. Sus pies, calzados con zapatos de muy alto tacón, se doblaban a cada momento con mi trepidar, y su cuerpo carnoso chocaba, como ebrio, contra las paredes. En una curva, el ímpetu centrífugo la despidió hacia fuera con tal brío, que, a no haber allí un pasamanos de hierro, me rompe un cristal. El llanto asomaba a sus ojos cuando llegó al “tocador”; estaba ocupado.

—¡Oh!—rugió desesperada.

Sus lágrimas, mal contenidas, corrieron. Esperó; pero, incapaz de atajar su impaciencia, a cada momento tamborileaba sobre la puerta con los nudillos. De súbito se reprimía, avergonzada; de súbito, también, volvía a llamar. Dentro, una voz exclamó, con acento extranjero:

—Calma... calma, por Dios: un poco de calma... que a este sitio nadie viene por gusto...

Abrióse la puerta y apareció una señora peliblanca, grave y flaca, con aspecto de institutriz inglesa. Carmen la detuvo:

—¿Ha visto usted una sortija?

—No, señora.

—Sí: una sortija...; lleva una esmeralda y un brillante...

Hablaba con imperio, como si acusase, y mirando a su interlocutora a los ojos. Esta hizo un ademán inocente:

—Acaso esté—dijo—; verdaderamente, yo no he mirado.

Y se marchó. Carmen registró el “Water-Closet”, examinó los rincones, arrastrando la fimbria de su falda por el suelo mojado y fétido; introdujo un dedo en el agujero de desagüe de la palangana; removió papeles...¡La joya no estaba!... Salió al corredor tambaleándose, aturdida, ¿Quién pudo llevársela? Pensó en aquellos dos hombres con quienes se había cruzado cuando regresaba a su compartimiento. Pero, ¿quiénes eran ni dónde buscarles, si no reparó en ellos?... Estaba febril.

—¿Qué hacer—repetía—, qué hacer?... ¡Ah, mi mala suerte!...

Acordóse del vigilante, que acaso sabría algo, y se precipitó en su busca. Lo halló tres vagones atrás, en El Misántropo. El vigilante nada había visto, pero prometió informarse; preguntaría...

—Que la sortija aparezca—dijo—, depende, como usted comprende bien, de la honradez de quien la haya encontrado.

—Yo creo—afirmó Carmen, a cuyo espíritu volvía la silueta de aquellos desconocidos que vió al salir del “tocador”—que la tiene un viajero de mi coche; o del coche que va delante del mío...

Esta idea se la inspiró la dirección, opuesta a la de la máquina, en que aquellos hombres caminaban. El vigilante ratificó su ofrecimiento de buscar, y ella tornó a su departamento. Los pies no la sostenían; iba rota...

Cuando el expreso entraba en la estación de Venta de Baños, Carmen, que iba acodada a una ventanilla, empezó, desde lejos, a saludar a su marido con un pañuelo. Antes de que el convoy se detuviese, ya don Adelardo había subido a mí y el matrimonio se abrazaba. Luego charlaron, interrogándose y contestándose ambos a la vez, mirándose a los ojos mientras se oprimían las manos.

Yo, entretanto, ponía a su conversación esta apostilla triste:

“El la quiere; y ella no le quiere, me consta; pero su cariño lo finge tan bien, que su mentira y la verdad del otro valen lo mismo...

Se habían sentado, y para no molestar a los otros viajeros procuraron dormir. De pronto, ella tembló convulsivamente; el marido inquirió:

—¿Qué tienes?...

Carmen repuso:

—Los nervios; no es nada.

Mentía: era que la posibilidad de que el vigilante la restituyese la sortija, la había flagelado como un latigazo. “Yo debí decirle—pensó—que, de no dármela antes de llegar a Venta de Baños, se quedase con ella. Adelardo va a verla. ¿Cómo no preví esto?... ¡Soy una bruta!...”

Se apoderó de ella un miedo insensato; tenía los ojos hundidos y febriles. Su marido llegó a inquietarse.

Empezaba a clarear cuando apareció el vigilante.

—Señora, aquí está su sortija: la tenía un viajero del coche que corre delante.

Carmen, inesperadamente, con unas fuerzas que sacó no sabía de dónde, repuso:

—Esa sortija no es mía.

Al vigilante, la sorpresa le desquijaró la boca; quedóse idiotizado. Don Adelardo, maquinalmente, había cogido la joya; miró a su mujer:

—¿Es tuya?

—No.

El esposo leyó la inscripción: “Una noche en el mar”; examinó las piedras.

—¡Es bonita!—murmuró dirigiéndose a su consorte en voz muy baja—; bonita y buena; lo menos cinco mil pesetas habrá costado...

En su corazón la codicia había encendido su lámpara amarilla. Tranquilamente, sin embargo, devolvió al vigilante la sortija, diciéndole:

—No es nuestra.

El vigilante trató de insistir, pero vacilaba, aturdido: hasta llegó a pensar que la señora de la blusa blanca y de la falda azul que tenía delante, no era la misma con quien momentos antes estuvo hablando: “¿O las sortijas extraviadas serán dos?”—pensó. Desconcertado y receloso, pero vencido, pues no comprendía que nadie, caprichosamente, renunciase a lo suyo, tartamudeó algunas palabras de exculpación y se marchó.

—Te ha confundido con otra viajera—comentó don Adelardo.

—¡Sin duda!...

Empezaba a serenarse, y el buen color de las conciencias limpias volvía a su semblante. El esposo continuó:

—¡La sortija me gusta!... Es distinguida. Si su dueña se hubiese quedado en Miranda, o en Burgos, o en Venta de Baños... lo que nada tendría de particular, yo trataría de comprársela al vigilante. ¿Quieres?... La inscripción que lleva, se quita...

Ella asintió feliz, y él agregó, recreándose en redondear bien su pensamiento:

—O no se quita... Substituímos la palabra “mar”, por la de “tren”, y la inscripción pasa a ser nuestra: “Una noche en el tren”.

La esposa aprobó: el marido continuaba la obra del amante, y así la sortija, y lo que en ella se decía, pertenecía por igual a los dos. Tenía unos deseos furiosos de reir; como en las comedias, todo se desenlazaba plácidamente. Ya cerca de Madrid, don Adelardo buscó al vigilante y le ofreció quinientas pesetas por la sortija.

—Mi señora—explicó—se ha enamorado de ella.

El empleado aceptó el trato; acababa de acercarse un poco a la verdad: él no descifraba bien el misterio de aquella joya, pero estaba cierto de que pertenecía a la viajera “de la falda azul”.

Así terminó la aventura, y supongo que don Adelardo y su mujer continuarán dichosos.

De todo esto hablé mucho con mis camaradas. Yo estaba indignado: mi juventud se revolvía contra tanta falsía, contra la suciedad de tanto perjurio. El convoy reía; le divertía mi buena fe.

—De cosas peores—insistía El Presumido—ha sido testigo cualquiera de nosotros.

Hasta que Doña Catástrofe me pacificó con estas palabras sentenciosas:

—Reflexiona, Cabal: si de la vida suprimes la traición, ¿qué dejarás de ella?...