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Mi tio y mi cura

Chapter 13: X.
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About This Book

The narrator, a small-statured young woman raised in a neglected rural estate by a domineering aunt, recounts childhood and adolescence shaped by isolation, modest inherited means, and the regular visits of a devoted parish priest who provides instruction. Tension between the aunt's coarse practicality and the girl's pride, inquisitiveness, and love of leisure fuels comic and reflective episodes: domestic tedium, encounters with tenants, botanical disorder, and the solace of books. Scenes alternate between everyday provincial detail and gentle social observation, tracing personal growth, intellectual curiosity, and the clash between narrow expectations and a yearning for aesthetic and moral refinement.

VIII.

Inmediatamente de la muerte de mi tía, que no me llamó ni una sola vez durante su enfermedad, y a quien cuidó con abnegación Susana, me refugié en la casa parroquial.

El cura había escrito al señor de Pavol para notificarle que la señora de Lavalle se hallaba enferma, pero los progresos de su mal fueron tan rápidos, que mi tío recibió el despacho que le anunciaba el desenlace fatal, antes que hubiese contestado a la carta del cura. Y nos telegrafió, en seguida, participándonos que no le era posible asistir al entierro.

Al otro día recibimos una carta en la que decía, que no del todo repuesto después de un ataque de gota, le era imposible trasladarse al Zarzal y le rogaba al cura que me condujera algunos días más tarde a C***, pues esperaba, en ese entonces, estar tan aliviado como para ir a recibirme allí.

Mi tía fue enterrada sin lujo ni pompa. No era amada y partió para el otro mundo sin gran cortejo de simpatías.

Yo volví del entierro, haciendo esfuerzos para sentir un poco de tristeza, pero no pude conseguirlo. Por grandes que fueran los reproches de mi conciencia, un sentimiento de libertad se agitaba en mi cabeza y en mi corazón. Sin embargo, si hubiese conocido entonces la frase de un hombre célebre me la hubiera apropiado, y aseguro que hubiese exclamado en un soberbio arranque de misantropía:

—No sé lo que pasa en el corazón de un degradado, mas conozco el de una niña decente, y lo que veo me espanta.

Pero como dicha frase me era totalmente desconocida, no pude servirme de ella para satisfacer a los manes de mi tía.

Mi tío había señalado para mi partida el 10 de Agosto; estábamos a 8 y pasé esos dos días con el cura, cuya bondadosa fisonomía se demudaba de hora en hora ante la idea de nuestra separación.

El martes por la mañana, hizome preparar un buen almuerzo, y nos instalamos por última vez, el uno frente al otro, con intención de reponer fuerzas. Pero cada bocado nos ahogaba y me costaba un triunfo contener el llanto.

El pobre cura había pasado una noche de insomnio. Estaba demasiado triste para poder dormir y por otra parte como no le era posible acompañarme hasta C***, había escrito esa noche a mi tío una carta de diez y siete carillas en la que, según supe después, le enumeraba todas mis cualidades pequeñas, grandes y medianas. Los defectos brillaban por su ausencia.

—Mi hijita querida—me dijo después de un largo silencio,—¿no te olvidarás de tu viejo cura?

—Jamás, jamás—respondile con vehemencia.

—No debes tampoco olvidar mis consejos. Desconfía de tu imaginación, Reinita. Compárola a una hermosa llama que alumbra y vivifica una inteligencia cuando se la alimenta con discreción; pero si se le da mucho combustible, se trueca en una fogata que incendia la casa, y los incendios no dejan tras de sí más que escorias y cenizas.

—Trataré, señor cura, de gobernar con tino la llama; pero os aseguro que me gustan mucho las fogatas.

—Pues ¡cuidado con el incendio! ¡No juguemos con el fuego, Reinita!

—Nada más que una fogatita, señor cura; si es de lo más lindo que puede darse. Y si se tiene miedo del incendio, con echar un poco de agua fría sobre el fuego...

—Mas, ¿dónde encontrarás el agua fría, mi hijita?

—¡Ah! todavía lo ignoro, pero puede que lo sepa algún día.

—Quiera Dios, que no sea así—exclamó el cura.—El agua fría, mi hijita querida, son los desengaños y los pesares, y rogaré día a día, ardientemente, para que sean alejados de tu senda.

Asaltábame el llanto oyendo hablar así al cura, y bebí un gran vaso de agua para calmar mi emoción.

—Antes de dejaros, debo preveniros que creo que tengo un gusto muy marcado por la coquetería.

—Sé, que tal es el lado flaco de todas las mujeres,—me dijo el cura con su bondadosa sonrisa;—pero no es bueno abusar, Reina. Por otra parte el trato social te enseñará a equilibrar tus sentimientos, sin contar con que tu tío te sabrá guiar bien.

—¡Qué cosa hermosa debe ser la sociedad, señor cura! Estoy cierta de que agradaré, siendo tan linda...

—Sin duda, sí, sin duda, pero desconfía de los cumplimientos exagerados y de la vanidad.

—¡Bah! Es tan natural el deseo de agradar; nada de malo hay en ello.

—¡Hum! he ahí una moral de manga algo ancha respondió el cura revolviéndose el cabello. Lo bueno es que tal modo de pensar es de tu edad, y ¡a Dios gracias! aun no te ha llegado el tiempo de exclamar con el Eclesiastés: ¡Todo es vanidad y nada más que vanidad!

—¡Qué exagerado es ese Eclesiastés! Y luego es tan viejo. Se me ocurre que sus ideas han de andar fuera de moda.

—Vamos, vamos, callémonos. Bien sé que las Santas Escrituras y los pensamientos de un pobre cura de campo no pueden ser comprendidos por una señorita joven y linda y bastante enamorada de sí misma.

Y me miró sonriendo; pero sus labios temblaban, porque se acercaba la hora de la partida.

—Ten cuidado de abrigarte bien en el camino, Reina.

—Pero, señor cura, si estamos en Agosto, con un calor para ahogarse.

—Cierto es—respondió el cura, que con la preocupación perdía la cabeza.—Entonces no te abrigues mucho, no sea que luego te resfríes.

Nos levantamos de la mesa después de haber hecho infructuosos esfuerzos para mascullar algunas migas de pan y pastel.

—¡Ah!, ¡cuánto siento—exclamé, estallando en sollozos,—cuánto siento dejaros, mi querido cura!

—No lloremos, no lloremos; es absurdo—dijo el cura, sin darse cuenta que por sus mejillas rodaban dos lagrimones.

—¡Ah! señor cura—continué yo, presa de un repentino remordimiento, ¡cómo os he hecho enojar!

—No, no; has sido la alegría de mi vida, toda mi felicidad.

—¿Qué va a ser de vos sin mi, mi pobre cura?

No respondió. Dio dos o tres pasos por la sala, sonose con fuerza y logró dominar la emoción que oprimía su garganta y que estuvo próxima a reventar en sollozos.

El carruaje estaba ya en la puerta. Petrilla, con su traje de gala debía acompañarme hasta C*** y dejarme en brazos de mi tío. Conducíanos el arrendatario, porque Susana, entregada a su dolor, permanecía provisionalmente al cuidado del Zarzal. Ordené a Juan que marchara, y el cura y yo seguimos detrás a pie, por un buen trecho, con el objeto de estar juntos un poco más.

—Os escribiré todos los días, señor cura.

—No te pido tanto, hijita mía: Escríbeme solamente una vez por mes; pero con toda intimidad.

—Os escribiré todo, completamente todo, hasta mis ideas sobre el amor.

—Veremos—replicó el cura con sonrisa incrédula.—Harás una vida tan nueva para ti, tan llena de distracciones que no cuento mucho con tu exactitud.

Juan había detenido el carricoche y nos aguardaba. Era preciso partir. Llorando con toda mi alma tomé las manos del cura y exclamé:

—Señor cura, la vida tiene momentos bastante malos.

—Eso pasará, pasará—respondió con voz entrecortada.—Adiós, mi hijita querida; no me olvides y precávete, precávete...

Y me ayudó a subir precipitadamente al carromato.

Coloqueme en el antiguo sitio de mi tía, aplastado de un lado por un baúl sin cerradura y del otro por los innumerables atados que componían mi equipaje, confeccionados por Petrilla con extravagantes formas.

—¡Adiós, mi cura, adiós mi viejo cura!—exclamé.

Hizo un gesto cariñoso y se volvió rápidamente. Vile, a través de mis lágrimas, alejarse a toda prisa y ponerse el sombrero, prueba irrecusable de que se encontraba su ánimo no solamente en la más violenta agitación, sino completamente trastornado.

Luego que hube sollozado unos diez minutos, juzgué a propósito seguir el consejo de Petrilla, que me repetía en todos los tonos:

—Es preciso ser razonable, señorita, es preciso ser razonable.

Metí mi pañuelo en el bolsillo, y me puse a reflexionar.

Verdaderamente, la vida es una cosa muy rara. ¿Quién habría dicho, quince días antes, que mis sueños se realizarían tan pronto, y que iba a ver tan pronto al señor de Couprat?

Esta halagadora idea, dispersó las últimas nubes que obscurecían mi ánimo, y pensé en la hermosura del firmamento, en las dulzuras de la vida y en el talento que tienen las tías cuando se van al otro mundo.

Mis segundas ideas fueron dedicadas a mi tío. Preocupábame mucho de la impresión que iba a producirle, pues tenía perfecta conciencia de que el vestido negro y el original sombrero con que me había ataviado Susana, eran muy ridículos. Este desgraciado sombrero me causaba verdaderas torturas, es decir, torturas morales. Hecho de un crespón que databa de la muerte del señor de Lavalle, tenía el aspecto de una galleta elegida por las babosas para teatro de sus correrías. Evidentemente me afeaba, y como tal idea no era soportable, me lo quité de la cabeza, hice de él un envoltijo y me lo eché al bolsillo, cuya amplitud y profundidad hacían honor al talento práctico de Susana.

Atormentábame también el temor de parecer estúpida, pues bien sabía yo que muchas cosas que parecerían naturales para todo el mundo, serían para mi un manantial de sorpresas y admiraciones.

Así es que resolví, para no poner en riesgo de burla mi amor propio, disimular cuidadosamente mis asombros.

Tales preocupaciones no me permitieron encontrar largo el camino y me creía aún muy lejos de C*** cuando nos hallábamos en sus puertas. Nos dirigimos directamente a la estación, atravesando la ciudad con toda la rapidez de que eran capaces las piernas secas, de nuestro jamelgo.

Como mi tío, no era ni corpulento ni delgado, habíamelo figurado alto y enjuto de carnes. Figuraos, pues, mi extrañeza, cuando vi un hombrecillo de andar pesado acercarse al carricoche y exclamar:

—Buen día, mi sobrina; casi, casi, estoy por creer que he tenido que esperar.

Diome la mano para bajar del coche, y me besó cordialmente, tras de lo cual, midiéndome de pies a cabeza me dijo:

—No más alta que una elfa, pero terriblemente linda.

—Es también mi opinión, mi tío,—díjele bajando los ojos con modestia.

—Ah ¡esa es tu opinión!

—Ya lo creo. Y la de mi cura y la de... Mas, aquí tenéis una carta que me ha dado el cura para vos, mi tío.

—¿Y porqué no ha venido?

—No podía: algunas ceremonias religiosas le retenían en su parroquia.

—Lo siento; me hubiera alegrado mucho viéndole. ¿No tienes sombrero, sobrina?

—Sí, tío; está en mi bolsillo.

—¿En tu bolsillo? ¿Y porqué?

—Porque es espantoso.

—¡Buena razón! ¿A quién se ha visto llevar el sombrero en el bolsillo? No se viaja sin sombrero, hijita. Póntelo pronto, en tanto que yo hago registrar tu equipaje.

Algo desconcertada por esta especie de reprimenda, me coloqué el sombrero en la cabeza, no sin comprobar que un viaje en un bolsillo era muy poco higiénico para tal producto de la industria humana.

Tocome en seguida despedirme de Juan y de Petrilla.

—Ah, señorita—díjome Petrilla,—siento tanto dejaros, como sentiría si dejase la mejor de mis vacas.

—¡Mil gracias!—repúsele entre risa y lloro. Besémonos y adiós.

Besé las mejillas duras y rojas de Petrilla sobre las que, según me temo, algún patán de dulce charla había depositado ya algunos besos furtivos y sonoros.

—¡Adiós, Juan!

—Hasta la vista señorita—dijo Juan, riendo estúpidamente, lo que es un modo de demostrar emoción como cualquier otro.

Pocos minutos después, hallábame en el tren, sentada frente a mi tío, completamente desorientada y aturdida por el movimiento del tráfico y por la novedad de mi posición.

Así que me repuse algo, examiné al señor de Pavol.

Mi tío, de altura mediana, bien formado, de espaldas anchas, manos gruesas, coloradotas y poco cuidadas, no ofrecía a primera vista un aspecto aristocrático. No hablaba mucho y siempre hacíalo con lentitud. Complacíase a veces en usar expresiones enérgicas que producían un efecto muy singular dada la calma con que eran pronunciadas. No tenía más de sesenta años; sin embargo, como era víctima de frecuentes ataques de gota, su ánimo estaba algo quebrado a causa del sufrimiento físico. Mas, si no tenía ya la vivacidad de la respuesta, aun su boca, por un movimiento casi imperceptible, expresaba todos los matices que existen entre la ironía, la astucia y la burla franca o solapada, y he visto gente pulverizada por mi tío antes de que sus labios pronunciaran la palabra.

No era yo, como es natural, suficientemente avezada para hacer tan pronto un estudio profundo del señor de Pavol, pero le observaba con el mayor interés. Él, por su parte, lanzaba de cuando en cuando sobre mi una mirada de observación, mientras leía la carta que yo le había traído, como para comprobar que mi fisonomía no contradecía los datos del cura.

—Me miras con demasiada tenacidad, sobrina, ¿me encuentras tal vez buen mozo?

—De ningún modo.

Mi tío hizo una ligera mueca.

—Eso es franqueza, o yo no entiendo jota. ¿Y por qué estás tan pálida?

—Porque me muero de miedo, tío.

—Miedo, y ¿de qué?

—Marchamos tan rápidamente. ¡Es espantoso!

—Comprendo; es la primera vez que viajas. Tranquilízate, no hay ningún peligro.

—Y mi prima, tío, ¿está en el Pavol?

—Por cierto, y está muy deseosa de conocerte.

Dirigiome mi tío algunas preguntas acerca de mi tía, y de mi vida en el Zarzal; luego tomó un diario y no abrió la boca hasta llegar a V***.

Subimos entonces en un landó tirado por dos caballos, que debía conducirnos al Pavol. Y amontonamos, como se pudo, los paquetes groseros de mi equipaje, los que, entre paréntesis, me tenían vejada con la triste figura que hacían en tan elegante vehículo.

Apenas instalada en él, me dio mi tío una bolsa de golosinas para confortarme, y se sumió en la lectura de un nuevo diario.

Esta manera de conducirse comenzó a fastidiarme. A más de que no es de mi carácter el poder permanecer callada mucho tiempo, tenía una gran cantidad de preguntas que satisfacer.

De modo que cuando estuve harta del placer de verme en un carruaje hermoso, suave y bien almohadillado, atrevime a romper el silencio.

—Tío—le dije,—si quisierais no leer más, podríamos conversar un poco.

—Con mucho gusto, sobrina—respondió mi tío doblando inmediatamente su diario.—Creí serte grato dejándote entregada a tus pensamientos. ¿De qué vamos a disertar? ¿De la cuestión de Oriente, de economía política, de trajes de muñecas o de las costumbres de los cafres?

—Todo eso me importa poco, y respecto a las costumbres de los cafres, creo, tío, que sé tanto como vos.

—Es muy posible—replicó el señor de Pavol, sorprendido de mi aplomo.—Pues bien, elige tema.

—Decidme, tío, ¿no sois algo impío?

—¡Eh! ¿qué diablo dices, sobrina?

—Os pregunto, tío, si no sois algo hereje y tarambana.

—¿Te burlas de mi? exclamó mi tío.

—No os enojéis, mi tío; comienzo un estudio de costumbres más interesante que el de los cafres. Quiero saber si mi tía tenía razón al decir que todos los hombres eran unos herejes.

—Que, ¿le faltaba el sentido común?

—Tuvo mucho el día que se fue al otro mundo; pero fue la única vez—respondí con calma.

El señor de Pavol me miró con evidente sorpresa.

—¡Ah, sobrina! ¡Tienes una claridad para expresarte! Qué, ¿no te llevabas bien con la señora de Lavalle?

—Cabal. Me era muy antipática y me ha pegado más de una vez. Preguntádselo al cura, a quien echó a la calle porque me defendía. Y ¿cómo es posible, tío, que me hayáis dejado tanto tiempo con ella? Era una mujer de baja estofa, y vos no la queríais mucho que digamos.

—Cuando tus padres murieron, Reina, mi mujer estaba muy enferma, y me felicité de que mi cuñada se hubiera querido encargar de tí. Te volví a ver cuando tenías seis años; te encontré entonces alegre, y bien tratada y después, a fe, casi, casi te olvidé; lo que siento profundamente hoy, puesto que no eras feliz.

—¿Me tendréis siempre a vuestro lado, desde ahora, tío?

—Sí, por cierto—respondió el señor de Pavol, con vivacidad.

—Cuando digo siempre... digo hasta mi casamiento, porque yo, me casaré pronto.

—¡Te casarás pronto! ¿Cómo es eso? tienes aún la leche en los labios y hablas de casarte. Las jóvenes del día tienen furia por casarse.

—¿Que mi prima no es de mis mismas ideas?

—Sí—respondió mi tío, algo ceñudo.

—Tanto mejor—dije restregándome las manos.—Y mi prima ¿es alta?

—Alta y linda—respondió complacido el señor de Pavol,—una diosa en carne y hueso y la alegría de mis ojos. De aquí a un instante te convencerás de ello, pues ya llegamos.

En efecto, entrábamos a una gran calle de olmos que conducía al castillo.

Mi prima nos aguardaba sobre la escalinata.

Me recibió en sus brazos con la majestuosidad de una reina que otorga una gracia a un súbdito.

—¡Dios mío, qué hermosa sois!—le dije, contemplándola con sorpresa.

Por cierto que es muy raro hallar bellezas indiscutibles; la de mi prima se imponía y no podía ser discutida. No gustaba siempre, porque su fisonomía era altiva y a veces algo dura, pero aun los que menos la admiraban, veíanse obligados a decir con mi tío: Es terriblemente linda.

Tenía cabellos castaños, que le nacían desde el borde de la frente; un perfil griego de pureza perfecta, un cutis soberbio, y ojos azules con pestañas obscuras y bien trazadas cejas.

De elevada estatura y bien desarrollada, hubiera representado más de diez y ocho años, si su boca, a pesar de un arco algo desdeñoso que amenazaba acentuarse con el correr del tiempo, no hubiese tenido movimientos infantiles. Su porte y su gesto eran acompasados y algo al descuido, aunque armoniosos sin rebuscamiento. Un amigo del señor de Pavol dijo en broma un día que a los veinticinco años se parecería rasgo a rasgo a Juno; el nombre le quedó.

Mi admiración por mi espléndida prima se trocó en verdadera pasión y mi tío se divertía con mi encariñamiento y mi entusiasmo.

—¿No has visto nunca mujeres lindas, sobrina?

—No he visto nada; como que he pasado mi vida en un desierto.

—Podías mirarte al espejo, Reina; el señor de Couprat te había dicho que eras linda.

—¿Pablo de Couprat?—exclamé.

—Cierto—dijo mi tío,—me he olvidado hablarte de él. Parece que se guareció en el Zarzal un día de tormenta.

—Bien lo recuerdo—respondí ruborizándome.

—¿Vendrá a almorzar el lunes, Blanca?

—Sí, papá, el comandante ha escrito aceptando la invitación. ¿Quién te ha vestido así, Reina?

—Susana, una reducción de mi tía en cuestión de mal gusto y estupidez—contesté con fastidio.

—Desde mañana remediaremos la miseria de tu guardarropa, sobrina. Ten, sin embargo, un poco de respeto por la memoria de la señora de Lavalle. No la querías, pero ha muerto: ¡descanse en paz! Vamos a comer; en seguida Juno te acompañará a tus habitaciones.

Una parte de la noche, me la pasé en la ventana, soñando deliciosamente, y contemplando las masas sombrías de los elevados árboles de aquel Pavol, donde yo debía reír, llorar, divertirme, desolarme y ver cumplirse mi destino.

Me sentí tan feliz, que aquella noche mi cura no fue en mis recuerdos más que un punto imperceptible.


IX.

Mas, suplico que no se me crea de corazón liviano e inconstante, porque este olvido fue solamente momentáneo y tres días después de mi llegada al Pavol, escribía a mi cura la siguiente carta:

«Mi querido cura: Tengo tantas cosas que deciros, tantos descubrimientos que participaros, tantas confidencias que haceros, que no sé por dónde empezar. Figuraos que aquí es el cielo más lindo que en el Zarzal, que los árboles son más altos, las flores más frescas, que todo es risueño, que un tío es una feliz invención de la naturaleza, y que mi prima es bella como una hada.

«Por más que me digáis, me riñáis y me prediquéis, mi querido cura, no me quitaréis de la cabeza que si Francisco I amaba mujeres tan lindas como Blanca de Pavol, tenía por cierto, mucho juicio. Vos mismo, señor cura, os enamoraríais de ella, si la vierais. Sin embargo, os declaro, sus modales de reina me intimidan algo, a mi, a quien nada intimida. Y luego es alta... me hubiera gustado mucho más que fuera baja... me hubiese consolado.

«No os hablaré de mi tío, porque sé que lo conocéis, pero me parece desde luego que lo voy a querer mucho y él lo mismo a mí.

«Es una gran dicha tener linda cara, señor cura, mucho mayor de lo que vos me decíais; se agrada a todo el mundo. Cuando sea abuela, les contaré a mis nietecillos, que ése fue el primer descubrimiento delicioso que hice al entrar a la vida. Pero de aquí a allá, hay tiempo.

«Aunque mi vida sea aquí una continua sorpresa, ya estoy, con todo, bastante acostumbrada al Pavol y al lujo que me rodea. Sin embargo, muchas veces lanzaría exclamaciones de asombro si no me retuviera el miedo de quedar en ridículo; oculto mis impresiones, pero a vos, querido cura, bien puedo deciros que a menudo me sorprendo y embeleso.

«Anteayer fuimos a V*** para comprarme un ajuar, puesto que los trabajos de Susana son decididamente unas atrocidades. No nos hagamos ilusiones, mi pobre cura; a pesar de vuestra admiración por ciertos vestidos míos, he llegado aquí hecha un mamarracho, un mamarracho horrible.

«¡Cuán agradable cosa es una ciudad! Me he extasiado y maravillado ante las calles, las tiendas, las casas, las iglesias, y Blanca se ha reído de mi, porque ella llama a V*** una bicoca. ¡Qué diría del Zarzal! Después de una sesión de tres horas en casa de la modista, mi prima, que es muy devota, se fue a confesar; mientras yo acompañada de la sirvienta hice algunas compras. Mi tío habíame dado dinero para que lo gastara en cosas útiles y prácticas; pero ¿querréis creer que no sé darme cuenta de lo útil ni de lo práctico?

«Empecé por entrar a una confitería y llenarme de masas y pastelillos; humildemente acúsome. Mi cura: tengo una gran pasión por las masas y los pastelillos. Entregada estaba a este ejercicio tan agradable como provechoso (con lo que estaréis de acuerdo, porque al fin y al cabo, tenemos obligación de alimentar este cuerpo de barro), cuando noté en una tienda de enfrente unos objetos muy bonitos. Atravesé en seguida y me compré cuarenta y dos hombrecillos de terracota: todos los que había en la casa. Después de tal compra, no sólo no me quedó un céntimo, sino que me había endeudado; pero ¿qué importa? puesto que soy rica. Mi prima rió mucho; pero mi tío me reprendió. Pretendió hacerme comprender que la razón debe ser el lastre de la cabeza humana; que sirve en todo tiempo, y que sin ella no se hace más que tonteras. Por ejemplo: se compra cuarenta y dos hombrecillos de terracota, en vez de proveerse de medias y camisas. Escuché su discurso en actitud contrita y humillada, querido cura, pero al final, que fue muy bien dicho, mi carácter indómito dio a la razón un cuerpo desairado, una nariz larga, romana, y una fisonomía seca y desabrida: este personaje se parecía a mi tía de tal modo, que incontinenti tomé ojeriza a la razón. Tal ha sido el resultado de la elocuencia desplegada por mi tío. El caso es que tengo diseminados en mi cuarto cuarenta y dos hombrecillos que lloran, ríen y gesticulan, y que por lo menos estoy contenta.

«Ayer por la noche he hablado con Blanca, del amor, señor cura. ¿Cómo me decíais que no existía sino en los libros y que no tenía nada que ver con las jóvenes?

«¡Ah, mi cura, mi cura; mucho me temo que me hayáis engañado muchas veces como a una tonta!

«Frecuentaremos la sociedad así que pasen las primeras semanas de luto. Mi tío dice que soy muy joven todavía; pero tampoco puedo quedar sola en el Pavol. Si quisieran obligarme a ello, bien sabéis, señor cura, que no me quedarían más que dos caminos que tomar: tirarme por la ventana o prender fuego al castillo.

«Parece que tengo mucha razón en creer en un gran éxito, pues además de ser linda, poseo un buen dote.

«Blanca me ha enseñado que una linda cara sin dote vale poco; pero que las dos cosas reunidas forman un conjunto perfecto y un caso raro. Soy, pues, mi querido cura, un manjar sabroso, delicado y suculento que será codiciado, solicitado y tragado en un abrir y cerrar de ojos, si es que lo permito. Pero tranquilizaos, no lo permitiré; no lo permitiré a menos que... Pero ¡chist!

«Por último, señor cura, os diré sin explicaros el por qué, que aguardo el lunes con impaciencia. Ese día sucederá algo que hará latir mi corazón, un acontecimiento que desde ahora me da ganas de saltar a más no poder, de arrojar al aire el sombrero, de bailar y de hacer locuras. ¡Dios mío, que cosa linda es la vida!

«Sin embargo, nada es perfecto en la tierra; vos no estáis aquí, y os extraño mucho. No puedo deciros ¡cuánto os extraño, mi pobre cura! Me gustaría tanto haceros admirar el castillo y sus jardines tan bien arregladitos y tan poco parecidos al Zarzal. Todo está en orden, hasta en sus más mínimos detalles, y de veras, me creo en el paraíso terrenal. A cada momento tengo nuevos motivos de alegría y admiración, y a cada instante también quisiera haceros partícipe de ellos; os busco, os llamo, pero los ecos de este hermoso parque permanecen mudos.

«Adiós, mi querido cura, no os beso, porque no se besa a un cura (no sé porqué); pero os envío todo cuanto hay para vos en mi corazón, y ese todo está lleno de cariño.

«Os quiero con toda el alma, señor cura.—Reina».

Una mañana, hallábame aún en mi lecho, semidormida, morrongueando con beatitud, abriendo de cuando en cuando un ojo, para contemplar mi cuarto alegre y confortable, mis hombrecillos de terracota y los árboles que veía por la ventana abierta, cuando entró Blanca, de bata, cabellos sueltos y cara preocupada.

—Estás tan linda como la más linda de las heroínas de Walter Scott—le dije contemplándola con admiración.

—Reinita me dijo sentándose a los pies de mi cama,—vengo a charlar contigo.

—Me alegro. Pero no estoy bien despierta todavía y puede que mis ideas...

—¿Aun cuando se trate de casamiento?—prosiguió Blanca, que ya conocía mi opinión sobre tema tan serio.

—¿De casamiento? Ya estoy despierta—exclamé, incorporándome rápidamente.

—¿Deseas casarte, Reina?

—¡Si deseo casarme! ¡Vaya con la pregunta! Ya lo creo, y lo más pronto posible. Amo a los hombres, los quiero mucho más que a las mujeres, excepto cuando las mujeres son tan lindas como tú.

—No se debe decir que se ama a los hombres—dijo Blanca con tono severo.

—¿Por qué?

—No sé bien el por qué, pero te aseguro que el decirlo no es propio de una niña.

—¡Tanto peor!... Yo pienso así; respondí hundiéndome en mis frazadas.

—¡Qué niña!—exclamó Blanca, mirándome con una especie de piedad que me pareció chocante.—He venido a hablarte de papá, Reina.

—¿Qué pasa?

-Escucha: Yo, como tú, quiero casarme hoy o mañana. Papá ha rechazado ya varios partidos, pero eso no me importa mucho, porque no tengo prisa. Esperaría tranquilamente hasta los veinte años; pero desearía saber si siempre se opondrá a que me case.

—Pregúntaselo.

—¡Ah! ahí está el busilis—prosiguió Blanca, algo turbada;—te declaro que papá me da miedo, o más bien dicho, me intimida.

Me levanté, apoyándome en el codo, y sorprendida separé los cabellos que me caían sobre la cara, para ver mejor a mi prima. Desde aquel instante, Blanca se vino a bajo, para mi, de las nubes olímpicas en que la había colocado, y descubrí bajo aquel cuerpo de Juno, una niña que no volvería jamás a intimidarme.

—A mi no me asusta nadie—exclamé, tomando mi almohada y largándola de paseo al medio del cuarto.

Blanca me miró con asombro.

—¿Qué haces, Reina?

—¡Oh! es una costumbre. Cuando estaba en el Zarzal, lanzaba siempre mi almohada por los aires, para hacer rabiar a Susana, a quien este modo de proceder sacaba de quicio.

—Como Susana no está aquí, te aconsejo que renuncies a tal costumbre. Pero, volviendo a lo que decíamos, dime, ¿te sientes con valor como para tener con mi padre una discusión sobre el matrimonio, que tan sin cesar critica?

—Sí, sí; mi especialidad es la discusión. Ya verás. Hoy mismo ataco a mi tío y arreglo todo.

Durante la comida dirigí a mi prima toda una serie de gestos para notificarle que iba a entrar en batalla.

Mi tío, que presentía un peligro, nos observaba de reojo, y Blanca, ya desconcertada con eso, me incitaba a desistir de mi empresa. Pero yo eché pelillos al mar, tosí con fuerza, y salté resueltamente al palenque.

—¿Tío, se puede tener hijos sin casarse?

—No por cierto—respondiome el tío, a quien hizo gracia la pregunta.

—¿Sería una desgracia, si desapareciera la humanidad?

—¡Hum! he ahí una cuestión difícil de resolver. Los filántropos responderían: sí; los misántropos: no.

—Con todo ¿su opinión, tío?

—No he pensado nada al respecto. Sin embargo, como hallo que la Providencia hace bien cuanto hace, voto por la perpetuación de la humana especie.

—Entonces, tío, no sois consecuente con vuestras ideas, cuando criticáis el matrimonio.

—¿Ah, sí?—dijo mi tío.

—Puesto que no se puede tener hijos sin casarse y votáis al mismo tiempo por la propagación del género humano, se deduce de ahí que debéis aceptar el matrimonio para todo el mundo.

—¡Caramba!—prosiguió el señor de Pavol moviendo los labios con tal expresión de burla, que Blanca se enrojeció, ¡eso se llama argumentar! ¿Qué es; pues, según tú, el matrimonio, sobrina?

—El matrimonio—exclamé entusiasmada,—es la más hermosa de las instituciones que existen en la tierra. La unión perpetua con la persona amada, y se canta y se baila y se besan la mano... ¡Ah, sí, es encantador!

—¿Se besan la mano? ¿Por qué la mano, sobrina?

—Porque yo... en fin, yo pienso así—exclamé dedicando a mi pasado una sonrisa llena de misterios.

—El matrimonio entrega una víctima al verdugo—murmuró mi tío.

—¡Ah!

Juno y yo protestamos con la mayor energía.

—¿Y quién es la víctima, papá?

—¡El hombre, canarios!

—Pues, peor para los hombres—repliqué, que se defiendan. Lo que es yo, estoy decidida a volverme verdugo.

—Pero ¿a qué quieren venir a parar ustedes, señoritas?

—A esto, mi tío: a que Blanca y yo, somos partidarias sinceras del matrimonio, y que hemos resuelto poner en práctica nuestras teorías. Y yo, deseo que sea cuanto antes.

—¡Reina!—gritó mi prima estupefacta con mi audacia.

—No digo, sino la verdad, Blanca; únicamente diré que tú, te resuelves a esperar un tiempo; pero yo no tengo esa paciencia.

—¿De veras, sobrina? Sin embargo, supongo que no tienes inclinación por nadie.

—Sí, por cierto—dijo Blanca riendo,—¿a quién conoce?

Desde que estaba en el Pavol, mucho había pensado en mi amor y en Pablo de Couprat, y más de una vez habíame preguntado si debía o no revelar tal secreto a mi prima. Pero después de madurar bien la cosa, llegué a resolver con el árabe, que el silencio es oro. Pero a pesar de eso, al escuchar la afirmación de Blanca, estuve a punto de divulgarlo; sin embargo, logré dominarme.

—En todo caso, amaré a alguien, mañana o pasado; porque no se puede vivir sin amar.

—Y ¿de dónde has sacado, esas ideas, Reina?

—Pero, de la vida, tío—le respondí tranquilamente.—Recordad las heroínas de Walter Scott: recordad cuánto aman y cómo son amadas.

—¡Ah!... ¿y el cura te ha permitido leer novelas y te ha dado conferencias sobre el amor?

—¡Pobre cura! ¡Si supierais lo que le he hecho rabiar con eso! Y en cuanto a las novelas, tío, no quería dejármelas leer de ningún modo. Llegó hasta llevarse la llave de la biblioteca; pero, rompiendo un vidrio, entré por la ventana.

—¡Pues ya prometías! Y en seguida ¿te diste a soñar y divagar acerca del amor?

—Nunca divago, y sobre todo, sobre ese tema; porque sé bien de lo que trato.

—¡Canarios!—dijo mi tío riendo.—Sin embargo, acabas de decirnos que no quieres a nadie.

—¡Es cierto!—repliqué rápidamente, medio turbada con mi indiscreción.—Pero ¿no creéis tío, que la reflexión pueda suplir a la experiencia?

—¡Cómo no! ¡Ya lo creo! sobre todo, tratándose de semejante asunto. Y luego me parece que tú tienes buena cabeza.

—Tengo lógica, tío, de ahí todo. Decid y ¿no se ama a más hombre que al marido?

—A ningún otro—respondió sonriendo el señor de Pavol.

—Pues bien, si no se ama más que a su marido; como si se ama al marido, naturalmente es, porque se siente amor y ya que no se puede vivir sin amar, concluyo, que es necesario casarse.

—Sí, pero no antes de haber cumplido los veintiuno, señoritas.

—¡Oh, eso no me importa!—respondió Blanca.

—¡Pero a mi si me importa! De ningún modo aguardaré cinco años.

—Aguardarás cinco años, Reina, a no ser que se dé algún caso extraordinario.

—Y ¿qué llamáis un caso extraordinario, tío?

—Un partido tan conveniente que fuera absurdo rechazarlo.

Esta modificación del programa del tío me dio tanta alegría, que me levanté para brincar.

—¡Entonces, no esperaré!—exclamé escapándome. Y corrí a mi cuarto, en donde no tardó Juno en aparecer con su aire majestuoso.

—¡Qué desfachatada eres, Reina!

—¡Desfachatada! ¿Así es como agradeces el que haya hecho lo que tú misma me has pedido?

—Es que dices las cosas muy pan, pan...

—Así es mi modo: al pan, pan; y al vino, vino.

—Y después, se hubiera dicho que te gozabas en mortificar a papá.

—¡Oh, no! me dolería mucho contrariarle; su cara burlona me gusta y lo quiero con locura. Conque, así no cambiemos las cosas, Blanca; el que nos ha hecho rabiar es él, atacando el matrimonio, y tú no puedes quejarte de mi, por que al fin y al cabo sabes lo que querías saber.

—¡Eso es cierto! dijo Blanca con aire soñador.

Pronto, y a sus expensas, supo el señor de Pavol, que si las mujeres hechas no valen nada, menos valen aún las jóvenes, pues pisotean sin pestañear las ideas de sus padres y sus tíos.


X.

El lunes, me levanté lo más contenta. Había soñado esa noche con Pablo de Couprat, y me desperté lanzando un grito de alegría.

Aumentaba mi júbilo el placer de estrenar un vestido como jamás había usado, y así que estuve ataviada, me contemplé largo rato en silenciosa admiración. Y en seguida me eché a brincar y saltar en un acceso de exuberante felicidad, y en un corredor, casi, casi, doy a mi tío contra el suelo.

—¿A donde vas así, sobrina?

—A todos los cuartos, tío, para mirarme en todos los espejos. ¿No veis qué bien estoy?

—Sí, en efecto, no estás mal.

—¿No es cierto que con un traje bien hecho, tengo un lindo talle?

—¡Lindísimo!—respondió el señor de Pavol, besándome en las mejillas y encantado con mi alegría.

—¡Ah! tío, ¡qué feliz soy! Opino que el caso extraordinario se presentará muy pronto.

Tras esto seguí mi camino y me precipité como una tromba marina en el cuarto de Juno.

—¡Mira!—exclamé, girando con tanta rapidez sobre mí misma, que mi prima no podía ver más que un torbellino.

—Pero sosiégate, Reina—me dijo ella con su calma de siempre.—¿Cuándo serás medida en tus movimientos? Sí, tu traje te sienta.

—Mira, qué piececito.

—¡Ah, presuntuosa de nacimiento! ¿Quién diría que una campesina como tú, llegaría tan pronto a tanta coquetería?

—Ya te admirarás más. Sé que la coquetería es una cualidad muy seria.

—Es la primera vez que lo oigo. ¿Quién te ha enseñado eso? Supongo que no habrá sido el cura.

—No, no; una persona que entendía algo en la materia. ¿Vendrá a almorzar alguien más que los de Couprat, Blanca?

—Sí, el cura y dos amigos de mi padre.

Nos instalamos en el salón en espera de nuestros invitados y pronto apareció mi tío acompañado del comandante de Couprat, al que me presentó.

¡Dios mío, qué aspecto tan simpático, el del comandante!

Sus ojos eran límpidos como los de un niño y sus cabellos y bigotes blancos como nieve. Su fisonomía era tan bondadosa y benévola, que me recordó la de mi cura, aunque no hubiera entre ellas verdadera semejanza. Inmediatamente me sentí atraída hacia él y comprendí también que la simpatía era recíproca.

—Una parientita, de quien ya he oído hablarme dijo, tomándome las manos:—deja que te bese, hijita, he sido muy amigo de tu padre.

Me dejé besar de buen grado, no sin decir para mis adentros, que hubiera sido mucho mejor que en tan delicada operación le hubiese reemplazado su hijo.

Por fin entró... De buena gana habría dado todo mi dote y mi hermoso vestido a más, por el derecho de correr a él y abrazarle con todas mis fuerzas.

Dio un apretón de manos a mi prima, y me saludó tan ceremoniosamente, que quedé cortada.

—Dadme la mano—le dije,—bien sabéis que nos conocemos.

—No me atrevía a...

—¡Qué tontería!

—¿Qué es eso, Reina?—refunfuñó mi tío.

—Una flor algo silvestre—dijo el comandante mirándome con cariño,—pero una hermosa flor.

Estas palabras no bastaron para disipar el fastidio que sentía sin saber por qué, y permanecí por algún tiempo silenciosa y quieta en mi asiento, observando al señor de Couprat que conversaba risueñamente con Blanca. ¡Ah, cómo me gustaba! Cómo me latía el corazón mientras lo veía reír con aquella risa fresca, con aquellos blancos dientes y con aquellos ojos francos con los que había soñado tanto en mi espantosa casa vieja. Y mi tía, mi cura, Susana, el jardín húmedo de lluvia, y el cerezo a que se había trepado, desfilaban por mi mente como sombras fugitivas.

No tardé en tomar parte en la conversación, y ya había recobrado una parte de mi buena alegría cuando pasamos al comedor.

Colocada entre el cura y Pablo de Couprat, me dirigí inmediatamente a éste, preguntándole:

—¿Por qué no volvisteis al Zarzal?

—No he podido disponer de mis acciones, señorita.

—¿Y habéis, por lo menos, deseado ir?

—Muchísimo, os lo aseguro.

—Y entonces ¿por qué no me disteis la mano al entrar?

—Es que según la etiqueta la iniciativa os correspondía, señorita.

—¡Ah! ¿la etiqueta? Sin embargo, en el Zarzal, no os acordabais de ella.

—Estábamos en condiciones especiales, y bien lejos de la sociedad, por cierto,—respondió sonriendo.

—¿A caso la sociedad prohíbe que seamos amables?

—No, al contrario; pero las conveniencias reprimen a menudo los ímpetus del cariño.

—Pues es una tontería—dije secamente.

Pero su explicación me satisfizo y recobré todos mis bríos.

Sin embargo, conversando con él, noté que no daba la misma importancia que yo a las palabras que me había dicho en el Zarzal. Pero me sentía tan feliz, viéndole y habiéndole, que en aquel momento, esta pequeña decepción pasó por mi alma sin herirla.

El señor de Couprat nos hizo saber que habría varios bailes en el mes de Octubre.

—Me alegro—respondió Juno.

—Me enseñarás a bailar—le dije saltando sobre mi silla.

—Pido que se me permita ser el profesor—exclamó Pablo de Couprat.

—Pablo es un notable bailarín—dijo el comandante,—todas las señoras desean bailar con él.

—Y luego es tan buen mozo—añadí yo.

El comandante y su hijo echáronse a reír; el cura y los dos amigos de mi tío me miraron sonriendo y moviendo la cabeza, con modo paternal. Mas el rostro de mi tío tomó una expresión de descontento y mi prima levantó las cejas, con un movimiento que le era peculiar, para demostrar su disgusto; movimiento tan lleno de desdén, que estuve por creer que había dicho una necedad.

Después del almuerzo dimos una vuelta por el bosque. Había vuelto a encontrar mi alegría y hablaba sin cesar, divertiéndome en imitar el modo y la voz de uno de nuestros invitados cuyos defectos exteriores me habían llamado la atención.

—Reina, eres muy mal educada—decía Blanca.

—Habla así—respondí, apretándome la nariz para imitar la voz de mi víctima.

El señor de Couprat reía, pero Juno se envolvía en una imponente dignidad que no me infundía respeto.

Llego un momento en que me hallé junto a él, mientras que mi prima caminaba delante de nosotros con aire distraído. Noté que él la miraba mucho, y le interrogué con la mayor inocencia de corazón:

—Es muy linda ¿verdad?

—¡Linda, muy linda!—respondiome con una voz tan apagada que me hizo estremecer.

Un presentimiento y una duda atravesaron mi espíritu; pero a los diez y seis años, esa clase de impresiones vuelan y desaparecen, como las mariposas que revolotean en torno de nosotros, así es que estuve lo más alegre hasta el instante en que nuestros invitados se despidieron del señor de Pavol.

Así que se fueron, retirose mi tío a su gabinete y me hizo comparecer ante él.

—Reina, has estado ridícula.

—¿Por qué, tío?

—No se le dice a un joven, que es buen mozo.

—Pero si me parece que lo es.

—Motivo de más, para no decírselo.

—¡Cómo!—contesté yo sorprendida.—¿Entonces debía decirle que lo hallaba feo?

—No debías de haber tocado ese punto. Ten cualquier opinión, pero guárdala para ti.

—Sin embargo, mi tío, lo más natural es decir lo que se piensa.

—No en sociedad, sobrina. La mitad de las veces es necesario decir lo que no se piensa y ocultar lo que se piensa.

—¡Qué horrible máxima!—exclamé asustada.—No la podré poner en práctica jamás.

—Ya llegarás a ello; mientras tanto, observa la etiqueta.

—¡Y dale con la etiqueta!—respondí, marchándome de mal humor.

Por la noche cuando me puse a soñar en la ventana como tenía por costumbre, una inquietud indefinible y oculta turbó mis ensueños. Pensé en aquel día, con tanta impaciencia esperado, y no pude negarme que las cosas no habían pasado según mis deseos. ¿Qué era lo que yo había esperado? Lo ignoraba, pero me espeté yo misma un discurso para convencerme de que el señor de Couprat estaba enamorado de mi, y la peroración dio término con un enternecimiento de mal augurio.

Al día siguiente, mis inquietudes habían desaparecido a pesar de todo, pero por la tarde recibí una larga misiva de mi cura, llena de buenos consejos y con este final:

«Reinita: tu carta ha venido a consolarme y alegrarme en mi soledad, te ruego que no te canses de escribirme. No sé que hacerme sin ti, y no voy al Zarzal, de miedo de llorar como un niño. Me reprocho mi egoísmo, puesto que eres feliz, pero como dice la Escritura, la carne es débil, y mi parroquia, mis deberes y mis oraciones no me han hecho olvidarte todavía.

«Adiós, querida y buena hijita mía, terminaré esta carta diciéndote: desconfía de la imaginación».

Y esta frase, produjo una impresión desagradable en mi ánimo agitado.


XI.

Hacía tres semanas que me hallaba en el Pavol y mi tío pretendía que en ese lapso de tiempo, había embellecido tanto, que sí me llegara a encontrar el cura, no le fuera posible reconocerme. Comparábame a esas plantas de mucha savia, que brotan hermosas en terreno ingrato, porque son lozanas de por sí, pero que trasplantadas a tierras propicias a su naturaleza, se desarrollan de pronto de un modo increíble. Cuando me miraba al espejo, convencíame de que mis ojos pardos tenían nuevo brillo, mi boca más frescura, y de que mi tez de meridional, adquiría matices róseos y delicados, que me producían vivísima satisfacción.

Sin embargo, algunos días después del almuerzo de que he hablado, descubrí de un modo cierto que me había engañado groseramente, creyendo con toda simpleza, que el señor de Couprat estuviese enamorado mí. Sin embargo, como nunca he sido pesimista, me apresuré a argüir para consolarme. Díjeme que los corazones no deben estar precisamente formados de la misma manera; que si algunos se dan en un minuto, otros tienen la facultad de meditar y estudiar antes de enamorarse; que si el señor de Couprat no me amaba aún, eso tenía que suceder hoy o mañana, dado que era evidente, que existía entre nuestros gustos y caracteres respectivos una innegable semejanza. De modo que aunque la decepción hubiese sido grande, no conmovió profundamente mi tranquilidad por buen número de días. Me expandía en un ambiente simpático a todos mis gustos y me regocijaba al calor de mi felicidad, como un lagarto al resplandor del sol.

Mi prima tocaba muy bien el piano. El comandante que era fanático por la música venía al Pavol varias veces por semana y su hijo le acompañaba siempre. De todos modos, siempre tenía la puerta franca, pues lo autorizaban para ello el haber sido compañero de infancia de Blanca y los vínculos del parentesco que unían a las dos familias. A más, mi tío miraba esta intimidad con buenos ojos, porque de acuerdo con el comandante y a pesar de sus paradojas sobre el matrimonio, deseaba ardientemente, casar a su hija con el señor de Couprat, pues hallaba y con razón, que entraba en la categoría de los casos extraordinarios.

Sólo más tarde me di cuenta de este proyecto, al mismo tiempo que de otras cosas, que me hubiera sido fácil comprender antes si hubiese tenido más experiencia.

Generalmente llegaban a la hora de almorzar. Pablo, dotado del apetito que sabemos, almorzaba copiosamente y merendaba sólidamente a las tres. Después de esto, Blanca me daba una lección de baile, mientras él ejecutaba con brío un vals propio. Otras veces el profesor era él; mi prima iba al piano, y el comandante y mi tío nos contemplaban con complacencia, mientras yo giraba en brazos del señor de Couprat, en medio de una alegría indecible. ¡Qué lindos días!

No hacíamos un proyecto en que él no estuviera incluido. Su comunicativa alegría, su espíritu conciliador, y el talento para organizar e inventar travesuras, que poseía en grado sumo, hacían de él un irreemplazable compañero, amenizaban nuestra existencia y alimentaban mi amor. Diestro, hábil, complaciente, se prestaba a todo, y todo sabía hacer. Cuando descomponíamos un reloj o rompíamos una pulsera o cualquier otro objeto, Blanca y yo decíamos:

—Cuando venga Pablo, lo compondrá.

Pintaba a menudo y nos enseñaba sus trabajos. Es el único punto en que nunca hemos podido estar de acuerdo. Yo experimentaba una intensa antipatía por las artes, pero sobre todo, por la música, puesto que la maldita etiqueta no permite taparse los oídos, mientras que es lo más fácil no mirar un cuadro o darle la espalda. Con todo, cuando el señor de Couprat tocaba valses, lo escuchaba con gusto y largo rato; mas, era él lo que me gustaba y no los valses. Anoto de paso este sentimiento, porque analizándole, un día llegué a un terrible descubrimiento.

—¿Para qué pintáis árboles, primo? El árbol más feo, es mucho mejor que todas esas manchas verdes que echáis sobre el lienzo.

—¿De ese modo comprendéis el arte, prima?

—¿No pensáis que Juno es mil veces más linda que su retrato?

—Sí, por cierto, lo creo.

—Y esas florecitas azules que ponéis en los árboles, ¿qué son?

—Eso es un pedazo de cielo, prima.

Hice una pirueta y exclamé con aire patético:

—¡Oh cielos, oh árboles, oh naturaleza!, ¡cuántos crímenes se cometen en vuestro nombre!

Mi tío tenía muchos amigos en V***, estaba emparentado con la mayor parte de las familias de la región y tenía mesa puesta para todos. Raro era el día que no tuviésemos algunos invitados a almorzar o a comer. Esto era para mi un medio de conocer las maneras sociales y aprender, como me había dicho el cura, a equilibrar mis sentimientos. Pero debo advertir, que no equilibraba mucho que digamos, y que no lograba nunca disimular pensamientos e impresiones tan chocantes como impertinentes.

Mi tío y Juno, completamente rígidos en cuanto al capítulo de las conveniencias sociales, me dirigían algunas reprimendas elocuentes; pero se las llevaba el viento. Con una tenacidad verdaderamente desoladora no perdía la ocasión de hacer un disparate o decir alguna majadería.

—Has estado muy inconveniente con la señora de A***, Reina.

—¿En qué, hipócrita Juno? Le he dejado ver, que no me gustaba, y nada más.

—Cabalmente, en eso consiste la inconveniencia, sobrina.

—Es tan fea, tío. Y de veras, no siento mucha afección por las mujeres; son burlonas, malas, y miden de pies a cabeza a la gente, como si en vez de ser personas fueran animales curiosos.

—¿Cómo te atreves tú a reprocharlos el que sean burlonas, Reina, cuando no te ocupas en otra cosa sino en remedar las ridiculeces de los demás?

—Sí, pero soy linda; por consiguiente, me está permitido hacerlo. El señor de C..., me lo dijo el otro día.

—No alcanzo a ver la consecuencia... Y por otra parte, ¿crees que los hombres no te midan también de pies a cabeza?

—Sí, pero es para admirarme, mientras que las mujeres, si me miran, es buscando defectos, y si no los hallan, los inventan. Ya ves, como he observado una porción de cosas.

—Ya lo vemos, sobrina. Pero trata de observar también, que la corrección es una apreciable cualidad.

Cuando nuestros invitados masculinos eran jóvenes, nos hacían la corte a Blanca y a mi, y lo que es yo me divertía bastante; pero cuando eran viejos... ¡Dios mío! surgía siempre la política a darme jaqueca. ¡Oh! ¡Cuánto me ha aburrido la política!

Llegaban irritadísimos contra las tropelías del gobierno, pero hablaban de ellas con cierta discreción hasta que algún bonapartista fogoso exclamaba, que debía fusilarse a todos los republicanos, para aterrorizarles. La ingenuidad de la frase hacía reír, pero esta hecatombe imaginaria era la señal de zafarrancho para las exageraciones y desatinos. Ya nos metíamos de cabeza en la política y no salíamos hasta el fin de la comida. Todos estaban de acuerdo en cuanto a abominar a la república y a los republicanos, pero en el momento en que algunos de los convidados desembolsaba la formita de gobierno que tenía buen cuidado de llevar siempre consigo, no pasaba mucho, no, sin que se cambiaran miradas furibundas y se pusieran las caras a modo de tomates.

Envolvíase el legitimista en la dignidad de sus tradiciones, de su fidelidad y de sus anhelos y trataba de revolucionario al imperialista; mientras que éste, en su foro interno, trataba de imbécil al legitimista. Pero como la urbanidad no le permitía emitir su opinión gritaba para resarcirse como un desesperado. En seguida se caía a plomo sobre los republicanos; se les abrumaba de invectivas, se les deportaba, se les fusilaba, se les decapitaba y se les hacía picadillo; pues bonapartistas y legitimistas se unían en un odio común, para barrer de la faz de la tierra a tales bípedos. Se peroraba apasionadamente, se gesticulaba, se salvaba a la patria y se ponían como remolachas... lo que no obstaba ¡ay! para que las cosas siguieran su camino. Mi tío, de tiempo en tiempo, lanzaba en medio de estas divagaciones, una salida ingeniosa, o una frase sensata y colocaba la discusión en un terreno más elevado que el del interés personal y las simpatías individuales. Nada legitimista, y sin tener opinión determinada, no dejaba de ver que la Francia, desde hacía un siglo, marcha con la cabeza baja, y que siendo esa una postura anormal, concluirá por perder el equilibrio y caer en un precipicio en el que la enterrarían.

Se reía de las ruindades y estupideces de todos los partidos, pero a menudo era presa de desalientos, que se reflejaban en alguna ocurrencia chistosa. Jamás lo vi exaltarse; se conservaba en calma, en medio a los variados rugidos de sus huéspedes, seguro siempre, de que suya sería la última palabra, pues veía claro y lejos. Sin embargo, sus antipatías eran vehementes y execraba a los republicanos.

No quiero decir con esto, que fuese tan apasionado como para no saber guardar un justo medio: hubiese aceptado una república, si la hubiese creído posible, y se inclinaba ante la constancia de ciertos hombres, que luchan de buena fe por una utopía.

Algunas veces le oía llamar a nuestros gobernantes, jugadores de raqueta, comparando las leyes que las dos cámaras se envían diariamente una a otra, a volantes que los franceses, boquiabiertos, miran pasar con ojos plácidos, hasta el momento en que caen sobre sus respetables narices y se las aplastan.

De donde saqué yo, para mi gobierno, algunas deducciones que referiré a su tiempo.

Al señor de Pavol le agradaba conversar y aun discutir. Y aunque hablaba poco, escuchaba con interés. Bajo una corteza rústica escondía conocimientos generales, elevado buen gusto y gran criterio unido a una altura de vistas especial. No era ni un santo, ni un devoto. Supongo que, como la mayoría de los hombres, habría tenido sus flaquezas y sus errores; pero creía en un Dios, en el alma, en la virtud, y no consideraba la incredulidad, la mala fe y el espíritu de impiedad y difamación como signo de virilidad intelectual.

Gustábale oír desarrollar sus sistemas a los materialistas y librepensadores, y su silencio burlón hablaba elocuentemente, mientras observaba a su interlocutor juntando las cejas de tal modo que le ocultaban los ojos casi por completo. Y luego con la mayor tranquilidad, les replicaba:

—¡Caramba! señor, ¿sabéis que os admiro? Habéis llegado casi a la perfecta humildad del Evangelio. Me avergüenzo de no poder seguir vuestras huellas, pero mi orgullo es tan endiablado, que me impedirá siempre parangonarme con la oruga que se arrastra a mis pies o al cerdo que se revuelca en mi corral.

Estaba siempre en guerra con el consejo municipal de su distrito; no le gustaban los aldeanos, y pretendía que no hay nada más pillo y canalla que un campesino. Así, aunque se le estimaba y respetaba, no era querido. Sin embargo, hacía grandes limosnas y no desperdiciaba ocasión para ejercitar su bondad; pero jamás se dejaba envolver por la malicia y astucia de los buenos labriegos.

Por último, si mi tío no había seguido carrera alguna, si no había sido ni médico, ni abogado, ni ingeniero, ni soldado, ni diplomático, ni aun ministro, llenaba su cometido en la vida, conservando las sanas tradiciones, respetando lo que es respetable, no dejándose arrastrar por las divagaciones de la época, y usando de su influencia para encaminar al bien y a la justicia algunos corazones. En una palabra, mi tío era un hombre de talento, de corazón y de bien. Yo le quería mucho, y si no hubiese hablado nunca de política, le hubiera creído sin defectos. En la vida privada era ejemplar. Quería con locura a su hija, y en cuanto a mi, pronto me tomó cariño.

—¡Qué cosa horrible son los gobiernos!—decía yo al señor de Couprat.—Sería necesario suprimirlos todos; por lo menos así no se oiría hablar de política. Hay que suprimir dos cosas: el piano y la política.

—Sí, por cierto, y soy de vuestra opinión—me respondió riendo.

—Ah... ¿qué no os gusta el piano? Sin embargo, cuando Blanca toca la escucháis con placer; por lo menos, o así parece.

—Es que Blanca tiene mucho talento.

Esta explicación me produjo la fastidiosa sensación, que causan los mosquitos rondando alrededor de nuestros oídos cuando dormimos: nos incomodan sin turbarnos completamente el sueño. Evidentemente, la razón que me daba no era aceptable, porque a pesar del talento de Juno, yo que no amaba el piano, sentía ganas de gritar y de escaparme cada vez que ella ejecutaba alguna sonata de Mozart o de Beethoven. ¡Qué dos hombres que pueden vanagloriarse de haber aburrido a la humanidad! Yo me desesperaba pensando en sus mujeres.

En medio de esta dulce vida de esperanzas, y pequeñas inquietudes desvanecidas por una amabilidad, o por las distracciones de una existencia tan nueva para mi, llegamos al fin de Septiembre. Y entonces mi tío, con el aspecto fúnebre de un hombre que va al cadalso, se preparó a llevarnos a las tertulias anunciadas por el señor de Couprat.


XII.

Puedo asegurar que mi espíritu de observación no se ejercitó en mi primer baile. Sólo me queda de esa fiesta algo así como la impresión de un placer delirante, y el recuerdo de las necedades que dije, y eso porque me costaron una buena reprimenda al día siguiente.

De cuando en cuando, Juno golpeábame el brazo con su abanico y me decía al oído, que me ponía en ridículo; pero era como hablar con una tapia; pues yo me alejaba sin oírla, revoloteando con mis compañeros.

A veces, mi caballero creía oportuno entablar conversación.

—¿No hace mucho que vivís aquí, señorita?

—No señor; seis semanas, más o menos.

—¿Y dónde vivíais antes de venir al Pavol?

—En el Zarzal; una quinta espantosa, con una espantosa tía que ¡gracias a Dios! ha muerto.

—En todo caso, vuestro nombre señorita es de los más conocidos; en 1423 había un caballero de Lavalle que se parapetó en el monte de San Miguel.

—¿Sí? ¿Y qué hacía allí ese caballero?

—Defender el monte atacado por los ingleses.

—¿En lugar de bailar? ¡Qué tonto!

—¿Tratáis así, señorita, a vuestros abuelos y al heroísmo?

—¡Mis abuelos! ¡Nunca he pensado en ellos! y del heroísmo se me da un bledo.

—Pero ¿qué os ha hecho el pobre heroísmo?

—Es que como los romanos eran heroicos, según parece y yo detesto a los romanos... Pero, bailemos, en vez de charlar.

Y partíamos, girando.

Mi felicidad llegó a su apogeo al verme, danzando con el señor de Couprat, en aquel salón lleno de luces, a la vista de tantas señoras riquísimamente ataviadas, y entre aquella sociedad de la que me hallaba tan lejos poco antes. Pablo bailaba mucho mejor que los demás. Aunque fuese alto y pequeñísima yo, solía acariciarme las mejillas su lindo bigote rubio y retorcido, y sentí algunas tentaciones de las que no hablaré por no escandalizar al prójimo.

Embriagada por la alegría y las lisonjas que zumbaban a mi derredor, dije todas las tonterías inimaginables; pero conquisté a todos los hombres y desesperé a todas las muchachas.

El cotillón despertó en mi el mayor entusiasmo, y cuando mi tío, que tenía todo el aire de un mártir, nos hizo señas de que era hora de partir, exclamé, desde el extremo del salón:

—Tío, no me sacaréis de aquí, sino por la fuerza armada.

Pero tuve que prescindir de ella, y seguir a Juno, que hermosa y correcta, como de costumbre, se apresuró a obedecer a su padre, sin hacer caso de mis recriminaciones.

Ya en mi cuarto y al desnudarme, me vino una locura irresistible. Tomé mi almohada y me puse a valsar con ella por el cuarto, cantando a toda voz.

Juno, cuyo cuarto no estaba lejos del mío, acudió semiasustada.

—¡Reina! ¿qué haces?

—¡Ya ves, bailar!

—¡Dios, mío! ¡qué niña eres!

—Querida Blanca, si la humanidad tuviese ingenio, día y noche bailaría.

—Vamos, Reina, hace frío y puedes resfriarte; acuéstate.

Arrojé mi almohada a un rincón y me metí en la cama. Blanca sentose a los pies e improvisó una arenga. Esforzose en probarme que la calma es una gran cualidad en todos los actos de la vida; que cada cosa debe hacerse a su tiempo y lugar, y que, después de todo, no le parecía que una almohada fuese un compañero de danza muy agradable y...

—¡En cuanto a eso estoy conforme! díjele interrumpiéndola,—sólo son agradables los bailarines de carne y hueso, sobre todo, si tienen bigotes: bigotes rubios, por ejemplo. Un bigotito que os acaricia la mejilla al bailar ¡ah! de veras, es deli...

En esto me dormí, y no desperté hasta las tres de la tarde.

Así que estuve vestida, me mandó llamar el señor de Pavol. Acudí inmediatamente con el presentimiento de que en el cerebro de mi tío germinaba un sermón. Al ver su aire solemne comprendí lo acertado de mis conjeturas y como siempre me ha gustado la comodidad tanto en los sermones, como en las demás circunstancias de la vida, aproximé un sillón y me arrellané en él, confortablemente; entrelacé las manos sobre mis rodillas y cerré los ojos con aire de profundo recogimiento.

Al cabo de dos segundos, no escuchando ni media palabra, exclamé:

—¿Y? ¡Empezad, pues, tío!

—Hazme el servicio de enderezarte, Reina y de tomar una actitud más respetuosa.

—Pero tío—repuse abriendo los ojos, asombrada;—no ha sido mi intención faltaros al respeto, y si me he puesto en esa actitud era para oíros mejor.

—Sobrina, me vas a hacer perder la cabeza.

—Puede ser, tío, respondí tranquilamente, mi cura también me decía muchas veces que le haría morir de pesar.

—Hablando francamente ¿crees que tenga ganas de que me lleve el diablo por causa de una chicuela mal educada, como tú?

—Os diré primero, que no creo que nunca os llevará el diablo, y segundo, que me desolaría si os perdiera, pues os quiero con todo mi corazón.

—¡Hum!... ¡es una suerte! ¿Quieres decirme ahora porqué a pesar de mis lecciones y consejos, te has comportado anoche de una manera tan inconveniente?

—Especificad las acusaciones, tío.

—Sería cosa de nunca acabar, pues todo lo que has hecho, ha sido inconveniente; parecías una loca. Entre muchas necedades, has llamado por su nombre de pila al señor de Couprat, así que le viste; yo estaba cerca de ti, y he visto que al caballero, que en ese momento te daba el brazo, le pareció muy chocante.

—¡Oh, eso sí! ¡lo creo capaz de todo; parecía un ganso!

—Yo no soy un ganso, Reina, y te digo que es una inconveniencia.

—Pero, tío, es nuestro primo, lo vemos todos los días. Blanca y yo le llamamos siempre Pablo cuando hablamos de él, y aun cuando nos dirigimos a él directamente.

—Eso puede pasar en la intimidad, pero no en el mundo, donde nadie está obligado a conocer el parentesco ni el grado de relación de las personas.

—¿Así es que, según vos, debe uno portarse de un modo en su casa y de otro delante de gente?

—Eso es lo que me esfuerzo en hacerte comprender, sobrina.

—Pues, eso es ni más ni menos, una hipocresía.

—En nombre del cielo, sé hipócrita, no te pido otra cosa. Parece además, que has dicho a cinco o seis jóvenes que eran muy buenos mozos.

—¡Cierto, ya lo creo!—exclamé en un ímpetu de simpatía al recordar a mis compañeros.—¡Tan guapos, tan educados, tan atentos! Por otra parte les había trampeado piezas y para que no se contrariaran...

—Por el momento, a quien contrarías mucho es a mi, Reina; hace siete semanas que Blanca y yo tratamos de hacerte comprender que es necesario mesurar nuestros movimientos lo mismo que nuestras tristezas y alegrías, y sin embargo, no yerras disparate. Tienes talento, eres coqueta y desgraciadamente para mi, tienes una cara demasiado bonita y...