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Mi tio y mi cura

Chapter 16: XIII.
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About This Book

The narrator, a small-statured young woman raised in a neglected rural estate by a domineering aunt, recounts childhood and adolescence shaped by isolation, modest inherited means, and the regular visits of a devoted parish priest who provides instruction. Tension between the aunt's coarse practicality and the girl's pride, inquisitiveness, and love of leisure fuels comic and reflective episodes: domestic tedium, encounters with tenants, botanical disorder, and the solace of books. Scenes alternate between everyday provincial detail and gentle social observation, tracing personal growth, intellectual curiosity, and the clash between narrow expectations and a yearning for aesthetic and moral refinement.

—¡Al fin y al cabo!—interrumpí, satisfecha,—así es como me gustan los sermones.

—No me interrumpas, Reina, te hablo seriamente.

—Vamos a ver, tío, razonemos: la primera vez que me visteis, me dijisteis: eres terriblemente linda.

—Y ¿qué hay con eso, sobrina?

—¿Qué hay? Que con ello veréis, que uno no puede refrenar siempre un movimiento primo.

—Tal vez, pero se debe tratar de reprimirlo siempre, y sobre todo, hacerme caso. A pesar de tu poca edad y tu corta estatura, tienes el aspecto de una mujer; trata pues de tener la dignidad, que te corresponde.

—¡La dignidad!—exclamé,—y ¿para qué?

—¿Cómo para qué?

—No comprendo, tío. ¿Cómo me predicáis dignidad, cuando el gobierno tiene tan poca?

—No veo la relación... ¿Qué nueva locura es esa?

—¿No decís tío, que el gobierno pasa el tiempo jugando al volante? La verdad es que tal conducta en un gobierno es una falta de dignidad. Y entonces, ¿por qué los simples particulares hemos de tener más que los ministros y los senadores?

Mi tío se echó a reír.

—Difícil es reñirte, Reina; como la anguila, te escurres entre los dedos. Pero a pesar de todo, te aseguro, que si no me obedeces no te dejaré ir más a ninguna tertulia.

—¡Oh, si hicieseis semejante cosa, mereceríais las torturas de la Inquisición!

—Como la Inquisición está abolida no se me torturará; pero tu me obedecerás, tenlo por cierto. No quiero que una sobrina mía adquiera hábitos y maneras, que si se pueden excusar hoy por sus pocos años, mañana la podrán hacer pasar por... ¡hum!

—¿Por qué, tío?

El señor de Pavol tuvo un violento ataque de tos.

—¡Hum! por una mujer criada en las selvas, o algo por el estilo.

—Y tal apreciación no iría muy descaminada, puesto que el Zarzal y una selva son la misma cosa.

—En fin, sobrina, convéncete de que te he hablado seriamente; vete y reflexiona.

Comprendí que no se podía tomar a broma este formidable reto. Me encerré en mi cuarto donde reflexioné veintiocho minutos y medio, durante los cuales sentí germinar en mi corazón el loable deseo de trabar relación con la mesura.


XIII.

Muy pronto llegué a descubrir que muchas veces la fama de sabiduría de que gozan los proverbios no es hurtada; que en ciertos casos, querer es poder y que con un poquito de buena voluntad me sería fácil poner en práctica los consejos de mi tío.

No quiero decir con esto, que no haya vuelto a cometer necedades desde entonces, ¡oh, no! eso sucedía aún, bastante a menudo, pero logré volverme seria y adquirir un sosiego relativo.

Por otra parte, si mi tío me había reprendido había sido en previsión del porvenir, porque entonces me hallaba en un medio social en el que mis acciones y palabras eran juzgadas con la mayor indulgencia. Era aquella una sociedad amena, y educada, llena de tradiciones de cortesía, y en las que contaba sin saberlo con gran número de parientes y allegados.

En obsequio a mi nombre, a mi belleza, y a mi dote fuéronme perdonados muchísimos pecados. Era la niña mimada de las matronas, que narraban con cariño anécdotas de mis abuelos y bisabuelos y de otros antepasados cuyos hechos y proezas debían haber sido muy notables, para que aquellas bondadosas marquesas hablaran de ellos con tanto entusiasmo.

Comprendí, con satisfacción, que para algo sirven en la vida los abuelos, y que su égida polvorosa defiende las osadías y caprichos de las nietecillas criadas en el fondo de los bosques.

Era la niña mimada de los maridos en perspectiva, que en mis hermosos ojos, veían brillar mi dote; la niña mimada de los bailarines, a quienes mi coquetería divertía, y confieso en voz baja, muy baja, que sentía una felicidad inmensa en jugar con los corazones y en metamorfosear las cabezas en veletas.

¡Oh, coquetería, qué encanto en cada letra de tu nombre!

Era preciso que este sentimiento fuese innato en mi, porque después de asistir a dos o tres reuniones conocía todos sus detalles, astucias y matices.

Quisiera ser predicador, nada más que para predicar la coquetería a mi auditorio y rehusar la absolución a las penitentes sin talento para dedicarse a tan encantador pasatiempo.

Con tales ideas, quizá no permanecería mucho tiempo en el seno de la iglesia, pero en mi corta carrera, creo que haría bastantes prosélitos. Compadezco a los hombres, que creen conocer todo, e ignoran los placeres más finos y delicados. A mis ojos; arrastran una vida de bolonios.

Mientras que yo me zarandeaba y hería corazones, Blanca pasaba hermosa y altiva, demasiado segura de su belleza, para preocuparse de hacerla admirar; demasiado correcta para rebajarse hasta las emociones y pillerías que hacían mi felicidad.

Sin embargo, así que la primera efervescencia se calmó, me di cuenta de que el señor de Couprat tardaba mucho tiempo en enamorarse de mí. Me veía bajo todas las fases, vestida de baile, de visita, de calle, coqueta, seria, y a veces, aunque debo confesarlo, raras veces, melancólica, y a pesar de toda esta diversidad de aspectos, que ahuyentaban la monotonía, no sólo no se me declaraba, sino que parecía tratarme como a una chica. Y la frase de mi cura: «Está cierta de que te ha tomado por una chiquilina sin consecuencia», comenzaba a preocuparme enormemente.

A pesar de mi coquetería y mis numerosas distracciones, ni un solo instante, decayó mi amor. La animación de mi vida impedíame, sin duda, pensar en él constantemente, y por eso me explico mi ceguedad; pero nunca se me ocurrió poder hallar otro hombre más encantador que Pablo de Couprat.

Sin embargo, en la corte que me circuía, muchos cortesanos ofrecían una semejanza real con los tipos de Walter Scott, que tanto había admirado. Y muchas veces me he preguntado cómo había podido conmoverme mi héroe, alegre y regordete, cuando mi imaginación estaba bajo la influencia de personajes quiméricos, que tan poco se le parecían. He aquí un tema psicológico que abandono a la meditación de los filósofos, porque yo, no tengo tiempo para profundizarlo; señalo el hecho, saludo a la filosofía y paso.

El 25 de Octubre, asistimos al último baile, en un castillo situado cerca del Pavol.

Esa noche fui con un vestido azul celeste; estaba extraordinariamente linda y tuve un éxito loco. Tan loco, que en la semana siguiente fui pedida por cinco. Pero yo estaba intranquila, febril, atormentada, y contra mi costumbre, no me gocé en el delirio que causaba mi belleza.

Aguardaba al señor de Couprat con impaciencia, para observarlo con ojos que comenzaban a ver claro. Generalmente llegaba muy tarde, en compañía de tres o cuatro jóvenes que componían la alta sociedad a la moda de la región. Estos jóvenes hastiados desde la más tierna edad, tenían por muy aburrido, fatigoso e incómodo el baile; contentábanse con hacer algunas invitaciones con dejadez e impertinencia. No así Pablo de Couprat, demasiado educado y franco para no bailar con el aspecto alegre y satisfecho que las circunstancias requerían.

Con todo, debo decir que mi brío disipaba el tedio de aquellas víctimas de la experiencia, como un rayo de sol disipa leve bruma. Sabía agasajarles y hacerles girar a voluntad de mis caprichos tanto que mi tío decía:

—Si tiene el diablo en el cuerpo.

¡Sea tenido por infame el que mal piense!

Con despecho, noté que Pablo bailaba a menudo con Blanca y que a mi me invitaba pocas veces y sin mucho entusiasmo ni insistencia.

Redoblé mi coquetería para atraer su atención; pero poco se le importó. Su corazón y su mente estaban lejos de mi, y me arrinconé en un ángulo de la sala, negándome rotundamente a bailar más.

Ocultábame casi tras unos tapices que separaban el salón de una salita, y desde allí sorprendí la conversación de dos respetables matronas, cuyas simpatías me había conquistado.

—Reina está muy guapa esta noche, y como siempre, es la reina del baile.

—Sin embargo, Blanca de Pavol es más linda.

—Sí, pero es menos atrayente. Es una reina altiva, mientras que la señorita de Lavalle es una deliciosa princesita de cuentos de hadas.

—Princesa, esa es la palabra; se ve en toda ella la raza, y lo que chocaría en otras, en ella es encantador.

—Se susurra que es cosa decidida el matrimonio de su prima con el señor de Couprat.

—Así he oído decir.

Durante algunos minutos, orquesta, matronas y parejas ejecutaron a mis ojos una danza sin nombre, y para no caerme, tuve que sujetarme de las colgaduras que me ocultaban.

Cuando me repuse de aquel atolondramiento, el brillante salón me parecía velado por un crespón negro, y con gran sorpresa de Juno, fui a rogarle que nos fuéramos inmediatamente, sin aguardar el cotillón.

Mientras regresábamos al Pavol, yo me decía:

—No es cierto, estoy segura de que no es cierto. ¿A qué afligirme tanto?

Con todo, me desnudé llorando y con el presentimiento de que una gran desgracia se cernía sobre mí.

Sin embargo, como no hay nada más voluble que una cabeza de diez y seis años, al siguiente día volviome la experanza, y clasifiqué la charla de aquellas dos señoras de murmuraciones sin alcance.

Resolví observar cuidadosamente al señor de Couprat y me hallé en tal disposición de espíritu, que con el menor indicio hubiera dado cuerpo a las más fugitivas impresiones.

En la tarde de aquel día nefasto, nos encontrábamos todos en el salón. El comandante y mi tío jugaban al ajedrez; Blanca tocaba una sonata de Beethoven, y yo, recostada en un sillón espiaba con los párpados entornados la actitud y la fisonomía de Pablo Couprat.

Sentado junto al piano, algo atrás de Juno, escuchaba con gravedad, sin cesar de mirarla. Aquella impresión seria no le sentaba, y hubiera podido decirse, que estaba aburrido. Me confirmé en esta opinión, observando que trataba de ahogar algunos intempestivos bostecillos. Entonces fue cuando me acordé de pronto, de la satisfacción que yo sentía siempre que él tocaba sus valses y sus danzas. Comprendí que no me gustaba la música sino el músico, y que a él le pasaba lo mismo respecto de Blanca. No se le daba un bledo de Beethoven; pero estaba enamorado de Blanca, y hasta las cosas que le eran antipáticas le gustaban en la mujer amada.

Juno terminó su horrible sonata, y Pablo dijo en un arranque de entusiasmo, cuyo oculto motivo comprendí:

—¡Qué genial ese Beethoven! Y vos, prima, lo interpretáis maravillosamente.

—¡Pues lo que es vos, Pablo, habéis bostezado y bien!—exclamé poniéndome de pie tan bruscamente, que los jugadores de ajedrez, lanzaron un gruñido furibundo.

—Creo que dormías, Reina.

—No, no dormía, y te aseguro que Pablo ha bostezado mientras tú interpretabas tu maldito Beethoven.

—Reina detesta tanto la música, que atribuye a los demás, sus propias impresiones.

—¡Buenos descubrimientos me obligan a hacer mis propias impresiones!—respondí con voz temblona.

—¿Qué te pasa, Reina? Has de estar de mal humor porque no has dormido anoche.

—No estoy de mal humor, Juno, pero detesto la hipocresía, y repito y sostengo y sostendré hasta la muerte que Pablo ha bostezado que era un gusto.

Después de esta salida, me escapé del salón con la tranquilidad de un torbellino, dejando estupefactos a todos los que estaban en él.

Me encerré en mi cuarto, y paseándome de largo a largo, renegué de mi ceguedad, y me di de coscorrones, siguiendo la costumbre de Petrilla, cuando se hallaba en algún aprieto. Pero los coscorrones a más de que pueden descompaginar los sesos, no han sido nunca eficaz remedio de amores degradados, y me dejé caer sobre un sofá profundamente desalentada.

Como en otras circunstancias análogas, me acordé de frases y detalles, que según yo me decía, debían de haberme dado luz, no digo, una vez, sino veinte.

El sentimiento dominante en mi, en medio de otros muy confusos era una viva cólera; pero mi altivez me hizo jurar que nadie conocería mi dolor.

En aquel momento fui sincera, y creí que me sería fácil disimular mis impresiones, cuando tenía por costumbre lo contrario.

Atravesaba por una de esas situaciones en que el individuo más manso siente violentos deseos de estrangular a alguien y de romper cualquier cosa. Los nervios que no se pueden calmar con lágrimas, tienen que estallar de cualquier modo y a mi me dio con mis hombrecillos de terracota cuyas muecas y sonrisas me parecieron de pronto odiosas y ridículas. Inmediatamente los arrojé por la ventana, sintiendo un extraño placer al oírlos quebrarse sobre los guijarros de la alameda.

Tocole uno a la veneranda cabeza de mi tío que pasaba por allí. La suerte que llevaba sombrero; pero, con todo, hallando este procedimiento fuera de todas las leyes de la buena educación, no pudo contenerse y respondió con una expresiva exclamación.

—¿En qué, demonios, te ocupas, sobrina?

—Tiro mis hombrecillos por la ventana, tío—respondíle, aproximándome al alféizar, del que había permanecido retirada para arrojar con mayor fuerza mis proyectiles.

—¡Vaya un motivo para romperle a uno la cabeza!

—Os pido perdón, tío, pero no os había visto.

—¿Que te has vuelto loca repentinamente? ¿Por qué rompes así tus chucherías?

—Me incomodan, me aburren, me impacientan... ¡Mirad, ahí va el resto!

Envié cinco de una vez, cerré la ventana de pronto y dejé al señor de Pavol refunfuñando contra las sobrinas y sus caprichos.

A la noche me sermoneó, pero le escuché con la mayor impasibilidad, pues en medio de mis graves preocupaciones, aquella mísera reprimenda era un globo de jabón que estallaba sobre mi cabeza.

Después de comer, fui a contemplar mis hombrecillos que yacían lastimosamente en la alameda. ¡Rotos, pulverizados! lo mismo que mis ilusiones y mi felicidad, que creía perdidos para siempre.


XIV.

Tal vez os admiréis de mi falta de perspicacia, pero ¿quién, aun sin tener la excusa de mis diez y seis años, no ha demostrado una ceguedad increíble, por lo menos una vez en la vida? Quisiera saber si existe un solo hombre que no se haya tratado de imbécil, descubriendo un hecho, que aunque muy visible, no llegaba a ver. ¡Ah! es muy fácil llamarse perspicaz, como también es fácil parecerlo, cuando se nos ponen los puntos sobre las íes.

Desde entonces fue para mi un verdadero suplicio el ver al señor de Couprat, y observar todas las atenciones y delicadezas de que colmaba a Blanca. ¡Cuánto lloraba en silencio! pero eso sí, nunca, nunca sentí celos de Juno.

¡Dios mío! no; yo era una criatura que amaba sincera y profundamente, pero sin que la más mínima sombra de pasión feroz se mezclase a mi amor. Contra el único que sentía una ira continua era contra el señor de Couprat. Era el cabro emisario cargado de todo mi mal humor y mis penas. No me cansaba de zaherirlo y repetirle cosas agridulces. En seguida me refugiaba en mi cuarto, en el que me paseaba a grandes pasos, echándome discursos.

«¡Oh, qué talento, enamorarse de una mujer cuyo carácter no se le parece en nada! ¡Él, tan alegre, tan charlatán, tan charlatán como yo, por cierto! Blanca es seria, silenciosa e idólatra de la etiqueta, mientras que a él estoy segura, que lo desespera. ¡En cambio nosotros armonizábamos tan bien! ¿Cómo no lo ha visto? Pero Blanca es tan buena como linda; la conoce desde hace mucho, y luego, al corazón no se le ordena»...

Desgraciadamente todos estos hermosos raciocinios no me consolaban.

De noche sollozaba en mi cama y a veces, hasta entre sueños, y a pesar de la firme resolución de ocultar mis impresiones, al cabo de quince días todos los habitantes del Pavol, se asombraban de mis maneras caprichosas. Por la mañana estaba tan alegre que reía horas y, horas; pero por la tarde, sentábame a la mesa con aspecto sombrío y no despegaba los labios durante toda la comida.

Este silencio tan en oposición con mis hábitos, preocupaba bastante al señor de Pavol.

—¿Qué es lo que pasa en tu cabecita, Reina?

—Nada, tío.

—¿Te aburres? ¿Quieres viajar?

—¡Oh no, no, tío! Por nada dejaría el Pavol.

—Si quieres casarte decididamente, eres libre de ello, no soy un tirano. ¿Te pesarían las negativas con que has acogido las propuestas de matrimonio que se han sucedido en estos últimos días?

—No, no, tío, he abandonado por completo mis antiguas ideas; no quiero casarme.

Estos desdichados partidos, aumentaban mi fastidio. Ya no podía oír hablar de matrimonio sin sentir deseos de llorar. Aunque el señor de Pavol no me apremiaba para que aceptase alguno, me demostraba, sin embargo, las ventajas de cada uno de ellos e insistía algo, para que yo por lo menos consintiese en tratar a mis enamorados.

Hasta les hubiera calificado con mucha facilidad de casos extraordinarios y entre los numerosos descubrimientos que diariamente hacía, no fue la inconsecuencia de mi tío, uno de los que menos me llamaron la atención.

Aquí para nosotros, pienso que estaba algo asustado con la carga de la sobrina que le había caído en suerte. Me dejó completamente libre para elegir y se contentó con mis razones sin pies ni cabeza, para rechazar a mis pretendientes.

—¿Y no eras tú la que tenías tanta prisa por casarte, Reina?—me preguntó Blanca.

—No me casaré, si no encuentro lo que deseo.

—¡Ah! ¿y qué deseas?

—No lo sé aún—respondile con la garganta oprimida.

Blanca me tomó la cara con ambas manos y me miró con atención.

—Quisiera leer en tu pensamiento, Reinita. ¿Amas a alguien? ¿A Pablo?

—Te juro, que no—díjele, zafándome de su caricia,—no quiero a nadie, y cuando quiera, lo sabrás en seguida.

Si la muerte no fuese una cosa tan imponente, estoy segura de que en aquel momento me hubiera dejado matar antes que declarar mi amor por un hombre que amaba a otra y mucho más siendo ésta prima mía. Felizmente no se trataba de horca ni de guillotina, porque mucho me temo que en presencia de ellas, probablemente habría flaqueado mi estoicismo.

—Hago lo mismo que tú, Blanca, espero.

—Yo no tengo la suerte de mi lobezna del Zarzal—respondiome sonriendo,—¡cinco pedidos a la vez: figúrate!

—No me hables más de esto, te ruego; el recordarlo me fastidia, me oprime, me asfixia.

Por desgracia a un sexto pretendiente que reunía las cualidades más raras, extraordinarias y completas, se le antojó de improviso colocarse en el número de mis adoradores.

¡Ay! ¡cosechaba yo lo que había sembrado! pues desde mi entrada en la sociedad no había hecho otra cosa que pregonar, que pensaba casarme lo más pronto posible.

Hízome llamar mi tío y tuvimos una larga conferencia.

—Reina, el señor de Le Maltour, solicita tu mano.

—Que le aproveche, tío.

—¿Te gusta?

—Al contrario.

—¿Por qué? Exponme las razones, pero buenas razones; no como las del otro día que no valían nada.

—Tampoco vuestros partidos no eran presentables, tío.

—Vamos al señor P. muy bien...

—¡Oh, un hombre de treinta años, casi un patriarca!

—¿Y el señor de C.?

—¡Un hombre espantoso!

—Y el señor de N... mozo de mérito y muy inteligente.

—¡Bah! le conté los cabellos y ¡no tenía más que catorce! ¡A los veintiséis años!

—¡Ah!... ¿y el pequeño D?...

—No me gustan los trigueños. Y luego, es una nulidad completa. Una vez casado, querría a su persona, a sus corbatas, a mi dote y nada más.

—Te concedo todo eso. Pero vuelvo al barón de Le Maltour; ¿qué le reprochas?

—Es un hombre que no ha bailado conmigo, sino cuadrillas, porque no sé valsar a tres tiempos—exclamé con indignación.

—¡Horrible falta!; Te lo repito, Reina, creo que es absurdo casarse tan joven; pero a pesar de tu dote y tu belleza, creo que no volverás a hallar jamás un partido semejante. Es un joven bien parecido y tengo las mejores informaciones respecto a su moralidad y su carácter, fortuna inmensa, familia honorable y muy antigua.

—¡Ah, sí, abuelos! como dice Blanca—interrumpí con desdén. Tengo horror a los abuelos, tío.

—¿Por qué?

—Gente que no pensaba más que en pelear y romperse la cabeza. ¡Qué idiotez!

—¡Ah! pues mira, sé también que el escribiente del tribunal de V... gusta de ti; no tiene abuelos, ¿quieres que le diga que en vista de ello, la señorita de Lavalle está dispuesta a casarse con él?

—No os burléis de mi, tío; bien sabéis que soy aristócrata hasta la punta de los dedos—respondí, aprovechándome de la ocasión para admirar mis afiladas manos.

—Es lo que creo, si no engaña tu aspecto. Y ahora, sobrina, óyeme bien. Aun no conoces al señor de Le Maltour, para formar opinión de él, y quiero absolutamente que le trates con intimidad antes de que des una contestación definitiva. Voy a escribirle a la señora de Le Maltour, que la resolución depende de ti, y que autorizo a su hijo a que se presente en el Pavol cuando le plazca.

—Muy bien, mi tío, haced lo que queráis.

Cinco minutos después paseaba yo por el bosque, presa de la más violenta agitación.

—¡Ah, quiere salir con la suya!—decíame mordiendo el pañuelo para ahogar los sollozos;—ya verá cómo recibo a su Le Maltour. Quiero que en cuatro días desaparezca de mi vista.

Mi tío no ve ni comprende nada. Me engañaba. Mi tío, a pesar de mi repentina resolución de disimulo, veía claramente, pero se conducía con prudencia. No podía impedir al señor de Couprat que amara a su hija, ni renunciar al proyecto que tanto él como el comandante acariciaban desde hacía tiempo. Por otra parte, convencidísimo que mi cariño no era profundo y que era más bien una niñada, pensaba que el mejor remedio para tal capricho era el de enderezar mis pensamientos hacia un hombre que enamorado de mi, se hiciera amar, fundándose en este axioma: el amor atrae al amor.

Su razonamiento, si no hubiese fallado por la base, hubiera sido perfecto.

Dos días más tarde llegaron al Pavol la señora de Le Maltour y su hijo, con la sonrisa en los labios y la esperanza en la mirada. La excelente señora me dijo cien amabilidades a las que contesté con la cara ceñuda de un portero de jesuitas.

El barón era un buen muchacho... ¡aguardad, no quiero decir con esto que fuera un tonto; al contrario! Era inteligente y listo, pero no tenía más que veintitrés años. Era tímido y estaba muy enamorado, circunstancia que no le despejaba la mente, pero que sería una ingratitud de mi parte, el criticarla.

Al día siguiente volvió sin su madre y trató de conversar conmigo.

—¿Sentís, señorita, que se haya terminado la temporada de los bailes?

—Sí—le respondí en un tono tan brusco como el de Susana.

—¿Os divertisteis la otra noche en casa de los C?...

—No.

—Sin embargo, me pareció una fiesta brillante. ¡Qué lindo vestido llevabais! ¿Os gusta el azul?

—Puesto que lo uso...

El señor de Le Maltour tosió levemente, para darse valor.

—¿Os gustan los viajes, señorita?

—No.

-Es sorprendente. Os hubiera creído de carácter emprendedor y viajero.

—¡Qué idiotez! ¡Tengo miedo a todo!

La conversación duró un poco más en este tono.

Desconcertado por mi laconismo y el interés con que con la mayor impertinencia del mundo, seguía yo las evoluciones de una mosca que se paseaba por un brazo de mi poltrona, levantose el barón, algo cortado y abrevió la visita.

Acompañole mi tío hasta la puerta del jardín, y volvió enojado en busca mía.

—Esto no puede continuar así, Reina. Es una insolencia ¡caramba! tanto para mi como para ese pobre mozo, que es tímido y a quien desconciertas por completo. El señor de Le Maltour no es una persona a quien se pueda tratar como a un títere, sobrina. Nadie te obliga a casarte con él, pero quiero que le trates con amabilidad. Bien sabe Dios si tienes buena lengua cuando quieres. Trata de que eso suceda mañana; el señor de Le Maltour almorzará con nosotros.

—Bueno, tío, hablaré, perded cuidado.

—Pero no vayas a decir tonterías.

—Me inspiraré en la ciencia, tío—le contesté majestuosamente.

—¿Cómo? en...

—No os aflijáis, haré lo que me exigís, hablaré sin cesar.

—No, sobrina, no se trata de...

Dejé que mi tío confiara sus pensamientos a los muebles del salón, y corrí a la biblioteca en busca de lo que necesitaba para poner en práctica la idea que acababa de ocurrírseme.

Y llevé a mi cuarto la filosofía de Malebranche y un estudio sobre la Tartaria.

El Malebranche casi me dio un arrebato cerebral y lo dejé para arrojarme sobre la Tartaria, que me ofreció más recursos.

Hasta media noche estuve estudiando atentamente, no sin protestar de cuando en cuando contra los habitantes de Bukharia, que se rebozan con nombres tan extravagantes. Sin embargo, conseguí recordar algunos detalles del país y varias palabras extrañas, cuya significación ignoraba por completo. Me acosté restregándome las manos.

—Veremos—me decía,—si Le Maltour resiste a esta prueba. ¡Ah mi querido tío, convenceos de que he de salir con la mía y de que de aquí a pocas horas me habré deshecho de ese intruso!

Al día siguiente el barón se presentó con el aspecto desconcertado, del que camina sobre vidrios. Yo le recibí tan amablemente, que se repuso, al mismo tiempo que se disiparon los temores del señor de Pavol.

Los de Couprat y el cura almorzaban con nosotros. Oprimíaseme el corazón al ver a Pablo conversando alegremente con Blanca, mientras que yo me hallaba condenada a soportar las atenciones tímidas del señor Le Maltour, cuya cara bonita me atacaba los nervios.

—He cambiado de idea desde ayer—le dije repentinamente;—me gustan muchísimo los viajes.

—Comparto vuestro gusto, señorita; viajar es la más interesante distracción.

—¿Y vos habéis viajado?

—Sí, algo.

—¿Conocéis los Ruddar, los Shakird-Pische, los Usbecks, los Tadjies, los Molahs, los Dehbaschi, los Pend-Baschi y los Alamanos?—le interrogué de un tirón mezclando razas, clases y dignidades.

—¿Y qué es todo eso?—preguntó aturdido el barón.

—¡Cómo! ¿no habéis ido nunca a Tartaria?

—No, jamás.

—¡No haber estado en Tartaria!—exclamé con desdén.—¿A lo menos conoceréis a Nasr-Ullah-Bahadin-Kham-Melia-el-Munemim-Bird-Bhic-Blor y el diablo a cuatro?

Añadí algunas sílabas de mi cosecha al nombre de Nasr-Ullah, para hacer mayor efecto, pensando que la sombra de ese buen hombre no saldría de la tumba a echármelo en cara. Mi tío y los invitados mordíanse los labios para no reírse al ver la fisonomía del señor de Le Maltour, que delataba el mayor desconcierto y Blanca exclamó:

—¿Has perdido la cabeza, Reina?

—No, absolutamente. Le pregunto al señor si comparte mi simpatía por Nasr-Ullah, un hombre que según parece, poseía todos los vicios. Pasaba la vida degollando al prójimo, sumiendo a los embajadores en calabozos donde los dejaba pudrir, y por último, era un hombre de energía, que ignoraba por completo ese horrible defecto, que se llama timidez. Y su país ¡qué país! Allí reinan todas las enfermedades y por eso mismo me gustaría llevar a mi marido. La tisis, la viruela, vómitos que duran seis meses, úlceras, lepra, un gusano que llaman richta, que roe a las personas, y para extirparlo se...

—Basta, Reina, basta. Déjanos almorzar tranquilos.

—¿Qué queréis tío? La Tartaria me atrae. ¿Y a vos?—pregunté al barón.

—Lo que decís de ella, no es muy halagüeño.

—Para los que no tienen sangre en las venas—respondí despreciativamente.—Cuando me case, iré a Tartaria.

—A Dios gracias, no dependerá de ti, sobrina.

—Ya lo creo que sí, tío; haré mi voluntad, no la de mi marido, a quien llevaré a Bukharia para que le coman los gusanos.

—¿Cómo? Comido por...—murmuró tímidamente el barón.

—Sí señor, lo que habéis oído. He dicho: comido por los gusanos, porque según mi modo de ver la más encantadora luz de la vida de una mujer, es la de la viudez...

El alto y poderoso barón Le Maltour, aunque de raza de héroes, no resistió a esa prueba. Y comprendiendo el sentido oculto de mis caprichos tártaros, se fue y no volvió más.

Mi tío se enojó, pero no se me importó. Hice una pirueta y le dije con aire sentencioso:

—Tío, quien quiere el fin pone los medios.


XV.

Siempre cumplí la promesa que hice al cura, y le escribía con puntualidad dos veces por semana.

Esta costumbre le pareció tan dulce y halagadora, que cuando interrumpí de golpe la regularidad de nuestra correspondencia, quedó sumergido en inquietudes y tristeza.

Absorta por mis quebrantos, permanecí quince días sin darle señales de vida; después, cediendo a sus instancias, comencé a expedirle misivas por el estilo de ésta:

«Señor Cura:—Acabo de descubrir que los hombres son estúpidos. ¿No os parece así? Y echando al diablo las conveniencias sociales, os abrazo».

O de esta otra:

«¡Ah, mi pobre cura, creo que he descubierto el manantial de agua fría, de que hablábamos tres meses ha! ¡La felicidad no existe, es un engaño, un mito; todo lo que queráis, menos realidad!

«¡Adiós! ¡Si la muerte no nos volviese tan feos, querría morir! ¡Morir, sí, mi cura! ¡Habéis leído bien!»

Él me contestaba correo por correo.

«Hijita querida:—¿Qué significa el tono de tus últimas cartas? Hace tres semanas parecías tan feliz en medio de la gloria y la alegría de tus éxitos sociales. No, no, Reinita, la felicidad no es un mito, y será tu herencia; pero en este momento la imaginación te domina, te ofusca, y por consiguiente, impídete ver con claridad. No has seguido mi consejo, Reina; has abusado de tus fogatas, ¿verdad? Pobre hijita; venme a ver, y conversaremos de tus preocupaciones.»

Yo le respondí:

«Señor Cura:—La imaginación es una tonta, la vida un estropajo, y la sociedad un harapo que brilla mucho desde lejos, pero que bien mirado, no sirve para nada, a no ser para colocarla en un árbol a guisa de espantapájaros. Tengo ganas de entrar en la Trapa, mi querido cura. ¡Ah! si tuviese seguridad de que de cuando en cuando se me permitiría bailar con apuestos caballeros, como algunos que conozco, tened por por cierto que iría a refugiarme allí y a enterrar mi juventud y mi belleza. Pero creo que este género de distracciones no está muy de acuerdo con la regla de la Orden. Dadme algunos datos al respecto, señor cura, y convenceos de que no sois sino un soñador optimista al pretender que la felicidad existe y que me está destinada. Vivís como un ratón dentro de un queso, no porque seáis egoísta, e ignoráis las catástrofes que pueden estallar sobre la cabeza de las gentes que viven en el mundo.

«Ya no tengo ilusiones, mi buen cura. Soy una viejecilla arrugada, apocada y descalabrada, (en lo moral, se entiende, porque, hoy por hoy, estoy más linda que nunca), una viejecilla que ya no cree en nada, que no espera nada, y que no se da cuenta de cómo la tierra es tan tonta, como para seguir girando todavía, cuando mis ensueños y quimeras están destrozados, pulverizados y reducidos a átomos imperceptibles.

«Si se pudiera, despojar a mi persona moral de esta envoltura de carne, que, estoy de acuerdo en ello, engaña al ojo del observador, mi persona moral digo, no sería más que un esqueleto, un árbol muerto, completamente muerto, sin savia y sin hojas, un árbol que tiende hacia el cielo sus largos brazos secos y descarnados. Con tal de que lo moral no arruine a lo físico...

«Ah, señor cura, ¡tiemblo con sólo pensarlo! ¿No es cierto que es terrible no abrigar la menor ilusión a los diez y seis años?

«Hasta la vista, mi viejo cura».

Dos días después de haber expedido esta epístola, que debía dar al cura la más triste idea del estado de mi alma, decidió mi tío llevarnos a paseo al monte San Miguel.

Ese día había algo nefasto en el ambiente; lo presentí. Mi tío y el comandante habían celebrado la víspera una conferencia secreta y prolongada. Pablo parecía inquieto, nervioso y mi prima tenía aspecto soñador.

Mi tío y Juno, que tenían pasión por el monte San Miguel, me lo hicieron conocer con fruición; y en cuanto a mi, tras de no importárseme mucho el arte arquitectónico, miraba todo a través del sombrío velo de mi mal humor positivamente insoportable.

—¡Cómo cansa el trepar por tantos escalones!—decía yo, quejándome a cada paso.

—No son más que seiscientos, prima.

—¡Oh! entonces me quedo aquí.

—Vamos, sobrina, ¡caramba! al fin y al cabo no estáis enferma de reumatismo.

Y mi tío, me contaba la historia del monte y el incidente de Montgomery, mientras subíamos por aquellos peldaños hollados por tantas generaciones.

¿Pero qué se me daba a mi de Montgomery, de los bastiones, de la maravillosa abadía, de las inmensas salas, ni del mundo de recuerdos que duerme allí desde hace siglos? Me hubiera guardado bien de despertarlos, puesto que tenía que observar cosas cien veces más interesantes en el rostro del regordete caballero que colmaba a Blanca de atenciones y cumplidos, sin pensar siquiera en mí.

¡Qué estúpida había sido yo! No ver antes su amor.

Por serla grato, se extasiaba ante la menor piedrecilla, mientras que yo, de tiempo en tiempo, le lanzaba miradas terribles; pero ni se dignaba notarlas.

—Henos ya en la sala de los caballeros. Veamos, Reina, ¿qué dices de ella?

—Digo, tío, que si los caballeros estuviesen en ella, tendría algún encanto.

—¿Que no lo encuentras en ella misma?

—De ningún modo. Veo grandes chimeneas, pilares con esculturillas arriba, pero ni un caballero a quien hacer girar la cabeza... ¡bah, todo eso no sirve para nada!

—Nunca se me había ocurrido este modo de apreciar la arquitectura feudal—exclamó, riendo, mi tío.

Atravesamos corredores obscuros, que me amedrentaron.

—Nos vamos a romper la mollera—gemía yo, aferrándome al brazo del comandante, mientras que Pablo ofrecía el suyo a Blanca.

—¿Estamos tristes, Reinita?—me preguntó quedo el comandante.

—Habláis como mi cura—respondí emocionada.

—Vamos a ver: ¿Queréis tener confianza en mi?

—Yo no tengo tristezas ni confianza en nadie—contesté de mal modo.—Susana decía que los hombres eran unos papanatas, y yo comparto las opiniones de Susana.

—¡Oh, oh!—dijo el comandante, mirándome con un aire tan bondadoso, que tuve miedo de estallar en sollozos;—¡tanta misantropía en tanta juventud!

No contesté nada, y como en aquel momento llegábamos a una espaciosa terraza, me escapé de su brazo y corrí a esconderme tras una enorme arcada. Apoyé la cabeza sobre una de aquellas vetustas piedras y me eché a llorar.

—¡Ah!—pensaba,—cuánta razón tenía mi cura, al decirme, hace mucho tiempo, mucho, que no se discute con la vida, sino que se le sufre! Toda mi lógica no vale nada ante las circunstancias. ¡Qué triste es, Dios mío, qué triste es verse tratada como una chiquilina sin importancia!

Y miraba a través de mis lágrimas, aquellos arenales tan célebres, que me parecían desolados, y aquel monumento cuya mole me oprimía y causaba vértigos; pero sin darme cuenta de ello, sentía una especie de alivio en la afinidad misteriosa que había entre aquella naturaleza triste y mis propios pensamientos; en la contemplación de aquellos murallones que arrojaban su sombra melancólica sobre la tierra y el pasado.

De vuelta a casa y ya en el tren, me interrogó mi tío.

—Y bien, Reina, en resumidas cuentas, ¿cuál es tu impresión sobre el monte San Miguel?

—Que allí, será muy fácil morir de miedo, y enfermar de reumatismo.

En el trayecto de la estación de V*** al Pavol, reflexionaba yo, en la poca duración de las cosas de la tierra. No hacía aún tres meses que recorría el mismo camino, bajo la influencia de mis ensueños de felicidad, y con la embriaguez de mis hipótesis alegres a cerca del porvenir, que cría tan bello!... mientras que entonces, me pareció el camino cubierto con jirones de mi dicha.

Era bastante tarde, cuando llegamos al castillo; sin embargo, mi tío llamó a Blanca a su despacho diciéndole que tenía que hablar con ella muy seriamente. Y yo me acosté, llorando con todas mis fuerzas, y con la convicción de que la espada de Damocles pendía sobre mi cabeza.

Desde algún tiempo atrás, Juno se había hecho más íntima conmigo. Todas las mañanas venía a sentarse a mi cama y conversábamos indefinidamente. Al día siguiente a las siete, entró en mi cuarto con aspecto sereno, tranquilo y con aquella encantadora sonrisa que transformaba su altanera fisonomía, y que tal vez sólo yo conocía bien.

—Reina—díjome sin preámbulos—Pablo ha pedido mi mano.

El hilo se había roto y la espada de Damocles me cayó sobre el corazón. ¡Qué poco sentido común el de ese rey! ¡Atar una espada de tanto peso con un hilo tan débil! ¿No dice la historia que fue de un cabello? estoy por creerlo.

Sin duda alguna, yo esperaba esta revelación, pero mientras los hechos no se verifican, ¿qué criatura humana no abriga en el fondo de su corazón un poco de esperanza? Palidecí tanto, que Blanca lo notó, por más que la alcoba estaba sumida en una media sombra.

—¿Qué tienes, Reina? ¿Estás enferma?

—Un calambre—murmuré con voz débil.

—Voy a buscar éter—dijo, levantándose diligentemente.

—No, no—proseguí, haciendo un violento esfuerzo para recuperar mi altivez que se desvanecía.—Ya ha pasado, Blanca, ya ha pasado.

—¿Sufres de eso a menudo, Reinita?

—No... algunas veces. No es nada; no hablemos más de ello.

Blanca se pasó la mano por la frente, como quien quiere arrojar un importuno pensamiento, pero yo continué conversando con tanta entereza, que en breve pareció libre de su preocupación.

—Y tú, Juno, ¿qué piensas decidir?

—Mi padre me ha dicho, Reina, que este matrimonio colmaría todas sus aspiraciones.

—Y a ti ¿te gusta?

—Esa unión me gusta, por cierto; reúne todas las conveniencias, pero hasta ahora, yo no amo a Pablo sino como a primo.

—¿Qué defecto le encuentras?

—No le encuentro ninguno, a no ser el de no gustarme lo bastante. Es un excelente joven, pero no es mi tipo. No es tan lindo como yo quisiera, y luego ese apetito normando que le caracteriza... ¡Preciso te será convenir conmigo que está desprovisto de poesía!

—Sin embargo, comer cuando se tiene ganas, me parece una cosa muy natural—respondí conteniendo mis lágrimas.

—En fin ¿qué quieres? Pienso que nuestros caracteres no se avienen.

—¿Entonces, lo desairas, Juno?

—He pedido un mes para contestar, Reinita. Me encuentro perpleja; pues temo causar una decepción a mi padre. Por otra parte, ese casamiento reúne bajo los otros puntos de vista todo lo que yo puedo desear; en fin es un cumplido caballero.

—Mas, supuesto que no le amas, Blanca...

—Mi padre me asegura que le amaré después, y que para ser felices en el hogar, no es necesario el amor.

—¿Cómo puedes creer semejante cosa?—exclamé saltando de indignación.—De veras que mi tío profesa doctrinas abominables.

A esto Blanca me respondió con toda calma, que su padre era el buen sentido en persona y que había notado siempre que rara vez se equivocaba en sus apreciaciones y que por consiguiente se hallaba dispuesta a darle oídos.

—Pablo te quiere mucho, Juno—murmuré yo casi sin voz.

—Sí, desde hace tiempo.

—¿Lo sabías?

—Sin duda; una mujer siempre se da cuenta de esas cosas. Y tú, ¿no lo habías notado?

—Sí... algo—le contesté, enviando a mi pasada estupidez un suspiro lleno de melancolía.

Blanca no dejó después de explicarme la tardanza de Pablo en pedir su mano; aquella demora no obedecía más que al temor de una negativa.

Yo pensaba lo mismo y me vestí febrilmente, pensando que influida por su padre, concluiría por dar su consentimiento.

Yo en su lugar, habría dicho que sí en un segundo, y me hubiera casado quince días después.

¡Ay! mis sueños se habían desvanecido... y caí en un enorme desaliento.


XVI.

Convínose en que Pablo pasaría algún tiempo sin venir al Pavol, y ¡cosa increíble, inaudita! desde el día en que Blanca dejó de verle, pareció casi decidida a otorgarle su mano.

Hablábamos de él constantemente, hasta combinábamos los trajes de boda, y yo daba pruebas de una resignación estoica, digna de los antiguos hombres.

Pero esta resignación era sólo aparente.

Mi desaliento aumentaba, mis ojos se circuían de ojeras, y concluí por pensar que no siéndome soportable la vida lejos del hombre que amaba, lo más sencillo era irme al otro mundo.

Evidentemente, este proyecto era bastante doloroso, pero me aferré a él con entusiasmo; lo meditaba y lo acariciaba, con una alegría casi enfermiza. Pero con todo, juro por mi honor, que jamás se me pasó por la idea asfixiarme, o tragar veneno, medios de finalizar tan gratos a las gentes de nuestra época. No; leí no sé en qué libro, que una joven había muerto de pena a causa de un amor contrariado, y decreté que seguiría su ejemplo.

Tomada esta resolución, y confirmándome mi desmejorada cara en mis pensamientos lúgubres, pensé que sería correcto y conveniente advertir al cura, y que por otra parte no podía morir sin estrecharle la mano.

Bien determinada a ello, entré una mañana en el despacho de mi tío y le pedí permiso para ir al Zarzal.

—Más vale escribir al cura que venga, Reina.

—No podrá, tío; nunca tiene un céntimo.

—Es que no es nada divertido el viaje.

—No es preciso que vos me acompañéis, tío, por eso os ruego que no lo hagáis, me estorbaríais. Quiero ir sola con la vieja ama de llaves, si es que me lo permitís.

—Haz como quieras. Mi carruaje, te llevará hasta C***, donde te será fácil hallar otro que te lleve hasta el Zarzal. ¿Cuándo quieres ir?

—Mañana temprano, tío; deseo sorprender al cura. ¡Ah! me quedaré a dormir en la casa parroquial.

—Bueno. Te mandaré el coche a C***, de aquí dos días. Trata, pues, de hallarte allí de vuelta, pasado mañana a las tres.

Y me miró atentamente por bajo de sus espesas cejas, restregándose la barba con aire preocupado.

—¿Estás enferma, Reina?

—No, tío.

—Sobrinita—díjome atrayéndome a sí, he llegado casi a desear que no se cumplan mis deseos.

Le miré asombrada, porque tenía la firme convicción de que no habría visto nada.

Contesele con mucha sangre fría, que ignoraba lo que quería decirme, que era muy feliz, y que hacía votos para que todos sus proyectos tuvieran éxito. Me abrazó con cariño y se retiró.

Partí, pues, al siguiente día de mañana, sin querer aceptar la compañía de Blanca que deseaba ir conmigo.

En el camino medité en las palabras de mi tío.

—Lo sabe todo—pensé.—¡Dios mío, cuán poco perspicaz soy, a pesar de mis pretensiones! Aun cuando el casamiento de Juno no se verifique, ¿de qué me serviría, si Pablo está enamorado de ella? Ahora, ya no puede querer a otra. No entiendo a mi tío.

Ya no creía como antes, que fuese posible enamorarse de muchas a la vez. Juzgando por mi, pensaba que un hombre no puede amar dos veces en su vida, sin ofrecer al mundo el espectáculo de un fenómeno extraordinario.

Una vez reglamentados así los latidos del corazón de la gente barbuda, mis pensamientos tomaron otro curso, y me regocijé con la idea de ver a mi cura. Y decidí saltarle al cuello, para demostrar el desprecio que profesaba a la etiqueta.

Una vez en la casa parroquial, no entré por la puerta, sino por el claro de una empalizada, que conocía desde tiempo inmemorial y me dirigí a paso de carga hacia la ventana del comedor donde el cura debía estar almorzando.

Esta ventana era muy baja, pero yo era tan chica, que para mirar hacia adentro de la habitación tuve que subirme a un tronco de árbol que coloqué contra el muro a modo de banco.

Pasé la cabeza con toda precaución por entre medio de la yedra, que formaba espeso marco a la ventana, y descubrí a mi cura.

Estaba en la mesa y comía con aire triste. Sus lozanas mejillas habían perdido parte de su color y redondez, y los abundantes cabellos blancos no estaban revueltos como en otros tiempos, sino que se achataban sobre el cráneo, con indecible desolación.

—¡Ah, mi pobre y bondadoso cura!

Salté del tronco, corrí a la puerta, perdí mi sombrero en la carrera, y me precipité en el comedor, como una bomba.

El cura se levantó sorprendido. Su dulce y amable fisonomía resplandeció de júbilo al apercibirme, y por no romper con las tradiciones de la etiqueta, sino en un ímpetu de ternura y emoción, me arrojé en sus brazos y lloré largo rato sobre su pecho.

Sé que no hay nada más impropio en el mundo que llorar sobre el pecho de un cura, que mi tío, Juno y todas las matronas de la tierra se habrían cubierto la faz ante tan escandaloso espectáculo; pero mi ingreso en la escuela de la compostura databa de muy poco tiempo para hacerme perder la espontaneidad de mi naturaleza. Por otra parte, tengo por seguro que sólo los tontos, los farsantes y las personas sin corazón pueden tener la pretensión de no sacrificar jamás las leyes de la conveniencia social ante un sentimiento sincero y profundo.

—La vida es un harapo, mi cura, un mísero harapo—exclamé sollozando.

—¿Hemos llegado a eso, querida hijita? De veras, ¿has llegado ya a tal conclusión? No, no; no es posible.

Y el pobre cura, que a la vez lloraba y reía, mirábame con enternecimiento, me pasaba la mano por la frente y me hablaba como a un pajarillo herido, cuyas quebradas alas hubiera querido curar con caricias y frases cariñosas.

—Vamos, Reina, vamos hijita querida, cálmate un poquito, cálmate—me dijo separándome con dulzura.

—Tenéis razón—respondíle, relegando el pañuelo al fondo de mi bolsillo.—Desde hace tres meses se me predica la tranquilidad y la calma, y no he sabido aprovecharme, como veis, de los consejos. ¡Comamos, señor cura!

Me quité los guantes y la capa y por uno de esos cambios repentinos, desde algún tiempo frecuentes en mi, me eché a reír y me senté a la mesa alegremente.

—Conversaremos cuando hayamos comido, mi querido cura, estoy muerta de hambre.

—Y no tengo casi nada que darte.

—¡Oh! aquí hay judías; ¡a mi me gustan mucho las judías! ¡Y pan casero! ¡Es un banquete!

—Y ¿has venido sola, Reina?

—¡Ah, caramba! es verdad: el ama de llaves ha quedado en el coche, a espaldas de la iglesia. Mandadla buscar, señor cura, y que de paso le digan que recoja mi sombrero que vuela por el jardín.

El buen cura fue a dar sus órdenes y volvió a sentarse enfrente de mí. Mientras que yo comía con excelente apetito, a pesar de mí... tisis y mis penas, él, que ya no se acordaba de comer, me contemplaba con una admiración que trataba de disimular, pero infructuosamente.

—Me halláis linda, ¿no es verdad, señor cura?

—Digo... sí, algo, Reina.

—Ah, mi cura, si me confesase ahora ¡cuántos pecadazos tendría de que acusarme! Ya no son, no, los pecadillos de antes, que conocíais tan bien.

Y sin dejar de comer, le describía mis complacencias vanidosas, mis impresiones, mis trajes, mis ideas nuevas. Él reía, tomaba rapé continuamente, con su antiguo aspecto bondadoso, y me contemplaba, por cierto, sin pensar en reñirme.

—¿No voy camino del infierno, señor cura?

—No me parece, mi buena hijita. Son cosas de tu edad. Eres tan joven.

—¿Joven, mi pobre cura? ¡Ah, si pudierais ver el fondo de mi alma! Os he escrito, que no era más que un esqueleto, y es la verdad.

—En todo caso, no lo pareces.

—Ya hablaremos de ello de aquí a un rato, señor cura, y os convenceréis.

Así que sacié mi apetito, levantó la mesa la sirvienta, se encendió un espléndido fuego en el hogar, y nos sentamos, el cura y yo, cada uno a un lado de la chimenea.

—Veamos, pues, Reina, hablemos seriamente. ¿Qué tienes que contarme?

Adelanté mis piececitos hacia las llamas del hogar y respondí tranquilamente.

—Mi cura, me muero.

Algo impresionado, cerró el cura bruscamente la entreabierta tabaquera, en la que estaba a punto de introducir los dedos.

—No tienes aspecto de eso, hijita.

—¡Cómo! ¿no me veis ojerosa y con mis labios pálidos?

—No, Reina; al contrario, tus labios están rosados y tu rostro denota una floreciente salud. Pero ¿de qué te mueres?

Antes de contestarle, miré en torno mío pensando en que iba a pronunciar una palabra, que jamás había oído pronunciar aquella modesta sala; una palabra tan rara, que probablemente haría caer sobre mi cabeza en un movimiento de sorpresa e indignación al viejo reloj sin máquina que se incrustaba en un rincón, y a las imágenes piadosas de las paredes.

—¿Y bien, Reina?

—Pues bien, señor cura, me muero de... amor.

El reloj, las imágenes y los muebles conservaron su inmovilidad y el mismo cura no dio más que un salto pequeñito.

—Estaba seguro de ello—dijo pasándose la mano por la cabellera blanca, que había reconquistado su revuelta actitud de los buenos tiempos,—estaba seguro. Tu imaginación ha hecho de las suyas, Reina.

—No se trata de la imaginación, señor cura, sino del corazón, puesto que amo.

—¡Oh tan joven, tan niña!

—¿Qué tiene que ver eso? Os repito que me muero de amor por el señor de Couprat.

—¡Ah! ¿conque es él?

—¿Qué me tomáis por una veleta, mi cura?

—Pero, Reinita, en vez de morir, sería mejor que te casaras con él.

—Eso sería lógico, querido cura, muy lógico; pero por desgracia, no le gusto.

Esta aserción le pareció tan extraordinaria, que permaneció algunos instante como petrificado.

—¡Eso no es posible!—exclamó y con tal convicción que no pude ahogar la risa.

—No sólo no me ama, sino que ama a otra; está enamorado de Blanca y ha pedido su mano.

Le conté lo que había pasado en el Pavol pocos días antes; mis descubrimientos, mi ceguedad y las vacilaciones de Juno. Y coroné esta narración llorando a lágrima viva, como que mi tristeza era real y verdadera.

El cura, que hasta entonces no había podido decidirse a tomar en serio mis penas y mis palabras, ofrecía en aquel instante la imagen viva de la consternación. Aproximó su silla a la mía, me tomó de la mano y se esforzó en hacerme entrar en razón.

—Tu prima vacila; tal vez no se realice el casamiento.

—¿Y que me importaría eso, si la ama? No se puede querer dos veces.

—Sin embargo, sucede.

—¡Oh, no lo creo; sería espantoso! Mi pobre cura, soy muy desgraciada.

—¿Se lo has dicho a tu tío?

—No; pero ha adivinado lo que pasaba por mí. Y de todos modos ¿para qué? No puede obligar a Pablo a quererme y olvidar a su hija. Yo no quisiera que supiese que le amo; preferiría morir.

Un largo silencio sucedió a este arranque de orgullo.

Ambos mirábamos el fuego como dos buenos hechiceros que intentaran leer el secreto del porvenir en las llamas y carbones encendidos.

Mas, llamas y carbones permanecían mudos y yo lloraba silenciosamente, cuando el cura prosiguió semisonriendo.

—Sin embargo, no se parece a Francisco I, ni a Buckingham.

-¡Ah! señor cura—repliqué rápidamente,—si Francisco I y Buckingham estuvieran aquí, no se harían rogar mucho para amarme, y yo estaría contentísima.

¡Hum! El cura halló la respuesta desprovista de ortodoxia y susceptible de enojosas interpretaciones, y abandonando inmediatamente tan escabroso tema, me aconsejó resignación.

—Pienso, Reina, que eres muy joven; que esta prueba pasará y que tienes delante de ti una larga vida.

—Sabed, mi cura, que no soy de carácter resignado. Si vivo, no me casaré nunca; mas no viviré: estoy tísica. ¡Escuchad!

Y traté de toser de un modo cavernoso.

—No juegues con tu salud. A Dios gracias, estás muy bien.

—Bueno—dije levantándome,—veo que no queréis creerme. Aprovechemos del buen tiempo y de los últimos momentos de vida que me quedan, para ir al Zarzal, señor cura.

Y nos pusimos en camino hacia mi antigua morada bajo un agradable sol de Noviembre, infinitamente menos dulce y confortador que el cariño y el rostro del cura.

¡Con que gusto miraba sus cabellos agitados por el viento, su andar ligero y su aire de regocijo, tantas veces espiados por mi, desde la ventana de la galería, mientras que la lluvia azotaba los vidrios y mugía y silbaba el viento entre las puertas desvencijadas de la vetusta casa!

Después de hacer una visita a Petrilla y Susana, recorrí la casa de arriba abajo. ¡De veras, no debiéramos medir el tiempo por la cantidad de días pasados sino por el número y vivacidad de las impresiones! Pocas semanas antes salía de la antigua morada, y sin embargo, si se me hubiese asegurado que en vez de días eran años los que habían pasado por mi, lo hubiera creído sin dificultad.

Conduje al cura al jardín. ¡Pobre selva virgen! Me recordaba días tristes; sin embargo, sentí cierto placer recorriéndolo en todo sentido.

Y luego, asediábame la mente el recuerdo de algunas horas deliciosas, recuerdo todavía encantador para mi, a pesar de la amargura de las decepciones que habían sucedido a un instante de felicidad.

—¿Os acordáis, señor cura?—díjele indicándole el cerezo, a que había trepado Pablo.

—Pensemos en otra cosa, Reinita.

—¿Acaso me es dable, señor cura? ¡Si supierais cuánto le quiero! Os aseguro que no tiene defectos.

Una vez en este terreno ningún poder humano me hubiera podido detener, tanto más cuanto que en el Pavol me veía obligada a ocultar mis impresiones. Hablé por tanto rato, que el cura quedó como aturdido.

Pasamos la tarde en charlar y disputar. El cura desplegó todo su talento oratorio, para probarme que la resignación es una virtud llena de sabiduría y fácil de alcanzar.

—¡Ah, mi cura—le respondía con toda seriedad,—no sabéis lo que es el amor!

—Créeme, Reina, con un poco de buena voluntad olvidarás y te sobrepondrás fácilmente a esta prueba. Eres tan joven.

Tan joven... Este era su estribillo. ¿No se sufre lo mismo a los diez y seis años como a cualquiera otra edad? Estos ancianos son incomprensibles.

Yo, por mi parte, le contestaba meneando la cabeza:

—¡No comprendéis, mi cura, no comprendéis!

Al día siguiente, mientras nos paseábamos por el jardín, le dije:

—Señor cura, esta noche he concebido una idea.

—Veamos la idea, hijita.

—Tengo ganas de que seáis cura del Pavol.

—No se puede quitar a otro su puesto, Reina.

—El que está actualmente, es muy viejo, señor cura; espío con tierna atención los síntomas de su decrepitud. ¿No os gustaría reemplazarle?

—Sí, evidentemente. No obstante, sentiría abandonar mi parroquia; treinta años hace que estoy en ella, y he concluido por amarla.

—¿Habéis concluido por amarla? Entonces no os ha gustado siempre.

—No, Reina; bien sabes lo triste que es. Tal vez nunca has pensado en que yo también he sido joven. Mis sueños no eran por el estilo de los tuyos, hijita, pero he soñado con una vida activa; hubiera deseado ver y oír muchas cosas, pues no era un tonto, y anhelaba recursos intelectuales, que me han faltado siempre. Luego, antes de conocerte, no tenía cariño ni amistad en torno mío. Pero uno se sobrepone al fastidio y a los pesares, Reina; todo está en quererlo. Era muy feliz desde hacía tiempo, antes de tu partida del Zarzal; había olvidado los largos días tan tristes de mi juventud.

El buen cura me miraba con aire soñador, y yo que, viéndole siempre alegre y satisfecho, no había pensado nunca en que hubiera podido sufrir alguna vez, me sentí enternecida ante una resignación tan verdadera, tan dulce y tan sin hiel.

—Sois un santo, mi cura—le dije tomándole la mano.

—¡Chut! No digamos tonterías, mi hijita. Esa vida algo estrecha me ha hecho sufrir, pero tal es la suerte de todos mis colegas de carácter joven y activo.

Te he hablado de ello para hacerte comprender que todo se puede soportar, y que la felicidad y la alegría se encuentran siempre, cuando se sufren con valor las pruebas y tribulaciones.

Todo lo comprendía perfectamente; sin embargo, el pobre cura predicaba en desierto.

Era demasiado joven para no tener ideas absolutas, y pensaba con toda convicción, que en cuestión de pesares, nada es comparable a un amor desgraciado.

—Si el curato del Pavol se ve vacante algún día, Reina, lo aceptaré con júbilo; desgraciadamente este cambio no depende de mí.

—Lo sé, lo sé, pero mi tío conoce mucho al señor obispo, y arreglara todo.

El cura me acompañó hasta C***, y cuando me vio instalada en el elegante landeau de mi tío, exclamó:

—¡Cuánto me alegro, Reina, de verte en tu lugar! ¡Qué diferencia entre este coche y el carromato de Juan!

—Pronto me veréis en un hermoso castillo. Voy a rezar una novena para que el cura del Pavol se vaya al cielo. Es una idea muy caritativa, puesto que está decrépito y enfermo. Tendréis una espléndida iglesia y un púlpito, señor cura, pero un verdadero y espacioso púlpito.

Arrancaron los caballos, y me asomé a la ventanilla para poder ver por más tiempo a mi viejo cura, que me hacía señales de cariñosa despedida, sin pensar en ponerse el sombrero, pues una feliz y dichosa esperanza había nacido en su corazón.


XVII.

Esta visita al cura sólo me hizo un bien pasajero.

El saludable efecto de sus palabras se desvaneció rápidamente, y recaí en mis negros pensamientos: mi tío, protestando siempre contra las mujeres, las sobrinas, sus cabecitas flojas y sus caprichos, hablaba de conducirnos a París para distraerme, cuando felizmente se precipitaron los acontecimientos.

Pocos días antes del proyectado viaje, el señor de Pavol recibió carta de un amigo que le pedía permiso para conducir al castillo a uno de sus parientes, un cierto señor de Kerveloch, antiguo agregado de embajada. Mi tío contestó con premura que le sería muy grato recibir al señor de Kerveloch, y le invitó a almorzar, sin presumir que salía al paso a un acontecimiento que, desvaneciendo sus sueños, debía resucitarme la esperanza.

El segundo día después de escrita esta carta (tengo mis motivos para acordarme eternamente de tan célebre día)—el segundo día, hacía un tiempo espantoso.

Según nuestra costumbre, nos hallábamos reunidos en el salón. Blanca preocupada y sentada cerca del fuego, respondía con monosílabos al señor de Couprat. Este testarudo enamorado, no habiendo podido soportar su destierro, había reaparecido en el Pavol a las cuarenta y ocho horas.

Mi tío leía el diario, y yo me había refugiado en el hueco de una ventana.

Alternativamente trabajaba con nervioso entusiasmo, pues tenía pasión por las labores de aguja, o contemplaba el firmamento obscuro y la lluvia que caía sin interrupción; escuchaba el rugido del viento, de ese viento de Noviembre que parece llorar quejumbrosamente, y me sentía fatigada, triste y sin el menor presentimiento feliz, aunque en aquellos instantes acudía a mi la felicidad arrastrada por el rápido trote de dos briosos corceles.

De rato en rato y a hurtadillas, yo echaba una miradita a Pablo. Miraba a Blanca con una expresión tal, que me daban ganas de estrangularla.

—¡Qué aire de idiota tiene!—decíame yo, mirándola así, con los ojazos fijos y casi atontados.

—¡Sí!; pero si yo estuviera en el lugar de Blanca, y me contemplara del mismo modo, lo encontraría encantador y más lindo que nunca! ¡Oh, inconsecuencia humana! Y clavé mi aguja con tanta rabia, que la quebré.

En ese momento, oímos el ruido de un carruaje que llegaba al castillo.

Mi tío dobló su diario, Juno aplicó el oído diciendo:—¡Tenemos visitas!—Y algunos segundos después eran introducidos en la sala, el amigo de mi tío y su agregado de embajada.

No sé porqué tal título estaba unido en mi mente a la vejez y a la calvicie. Sin embargo, el señor de Kerveloch, no sólo no era ni viejo ni calvo, sino que, excepción hecha de Francisco I (en su retrato), yo no había visto jamás ningún hombre tan bello.

Así que entró se me ocurrió que en su hermosa cabeza bullían ideas matrimoniales. Tenía treinta años; su estatura era suficientemente elevada para que Pablo a su lado, se transformase en pigmeo; era su expresión inteligente y altiva, y tal que nadie le hubiera otorgado la aureola de la santidad a primera ni a segunda vista. Frío, pero cortés hasta en los menores detalles, tenía maneras elegantísimas y una posesión de sí que inmediatamente subyugaron a Blanca.

Él por su parte, la contempló con admiración, y cuando a la despedida, le vi cerca de ella, comprobé con secreta alegría que era imposible imaginar una pareja más bella.

Y creo que todos pensaron lo mismo, porque Pablo nos dejó con cara entristecida. Juno tocó diez veces seguidas el último pensamiento de Weber u otro aburrimiento por el estilo, indicio en ella de gran preocupación, mientras que mi tío nos observaba de un modo perspicaz y burlón.

El señor de Kerveloch vino a almorzar al Pavol al siguiente día; tres después pedía la mano de Blanca, y apenas habían pasado dos semanas de esto, cuando yo escribía al cura.

«Mi querido cura: El hombre es un animalito voluble, instable y caprichoso; una veleta que gira a todos los antojos de la imaginación y de las circunstancias... Al decir el hombre, comprendo la humanidad entera, porque es mi persona el animalito a que me refiero.

«Ya no estoy desesperada, ni tengo ganas de morir, mi cura. Me parece que el sol ha recobrado todo su esplendor, creo que el porvenir me reserva alegrías, y que es una suerte que el universo exista.

«Blanca se casa, señor cura. Blanca se casa con el conde de Kerveloch. ¡Dios mío, qué pareja tan linda! Y decir que no ha faltado más que un átomo, una línea, para que aceptase al señor de Couprat. Un hombre a quien no amaba y cuyo apetito le chocaba... por comer mucho... ¡Qué consideración tan absurda! ¿No es natural y lógico comer bien, cuando se tiene salud?

«Si me preguntáis cómo han podido variar tan bruscamente las cosas en el Pavol, difícilmente os lo podría explicar. Todo lo que sé es que un día, un hermoso día, no, llovía a torrentes, pero no importa. Un día, digo, llegó el señor de Kerveloch, conducido por un amigo de mi tío. Viéndole entrar, adiviné que traía intenciones, y supuse también que le gustaría a Blanca, porque tenía todas las cualidades que ella pretende en un marido. El señor de Kerveloch la contempló como hombre que sabe apreciar la belleza y pocos días después solicitaba el honor de unirse a ella, como dicen mi tío y la etiqueta.