V.
Sin embargo, mis estudios me parecieron insuficientes y decidí continuarlos con ayuda de las novelas de la biblioteca.
Un lunes, día de feria, mi tía, el cura y Susana tuvieron que ir a C*** Mi tía decidió, como siempre, que yo quedara al cuidado de Petrilla, y fue esta vez la primera, que en mi vida, me encantó tal decisión. Estaba más que segura de mi libertad de acción, puesto que Petrilla se ocupaba más de la vaca lechera que de mis inspiraciones. Para estas excursiones traía el quintero al patio, a las ocho de la mañana, una especie de carromato, que en el lugar llamaban maringola. Aparecía mi tía de tiros largos, con la cabeza cubierta por un sombrero redondo, de fieltro negro, al que había adicionado un barbiquejo de un color violeta desvaído. Plantábaselo audazmente en la punta del rodete. Hiciera calor o frío, arropábase con pieles, pues había adoptado desde su casamiento la idea de que una señora de distinción no debía ponerse en camino sin llevar sobre sí el cuero de algún animal.
Creía firmemente que, vestida de ese modo, quedaban borradas las máculas de su origen.
Sentábase en el fondo del carricoche, en una silla sobre la que se ponía un almohadón, a fin de que no sufriera esa delicada porción del individuo, cuyo nombre evita toda decente péñola.
Susana, que estaba encargada de dirigir el caballo que se manejaba solo, colocábase hacia la derecha en el banco de adelante y el cura subía a su lado.
Y ya así, simultáneamente, volvíanse hacia mí.
—¡No hagas travesuras—decía mi tía,—y cuidadito con ir a la huerta!
—¡No me revuelva la cocina!—gritaba Susana,—y para almorzar, conténtese con la ternera fiambre.
El cura no decía ni palabra, pero me sonreía con cariño y hacía un gesto que quería decir:
—Lo que es por mi, de buena gana te llevaría; pero ella no ha querido.
Este memorable lunes, sucedió lo mismo de siempre. Di algunos pasos sobre la carretera y pronto les vi desaparecer, zarandeados como árganas.
Sin perder un segundo puse en ejecución mi proyecto, desde tiempo atrás maduro. Tratábase de tomar posesión de la biblioteca, cuya llave ocurriósele confiscar malhadadamente al cura; pero no era niña yo para desalentarme por tan poco.
Corrí a buscar una escalera, que arrastré hasta la ventana de la biblioteca, y con esfuerzos sobrehumanos conseguí levantarla y apoyarla sólidamente contra la pared. Trepé con agilidad por los escalones, rompí un cristal con una piedra, que llevaba en la mano, y quitando luego los pedazos de vidrios que quedaban aún en el marco, pasé por la abertura aquella la parte superior de mi cuerpo y me dejé resbalar hacia adentro.
Caí de cabeza sobre el piso, me hice un enorme chichón en la frente y al otro día me trajo el cura un ungüento para disolverlo.
Así que me levanté y desperté del aturdimiento en que el golpe me había sumido, fue mi primer cuidado, urgar en los cajones de una vieja escribanía, en busca de una llave igual a la que había hecho desaparecer el cura. Mis pesquisas no duraron mucho; después de dos o tres infructuosas experiencias di con lo que buscaba.
Después de haber suprimido tanto como me fue posible, los indicios de la fractura de la ventana, me instalé en un sillón, y mientras reposaba de mis fatigas hirieron mi vista las obras de Walter Scott, colocadas en frente de mí. Tomé al azar una de ellas, y me retiré, llevando a mi cuarto, como si hubiera sido un tesoro, La linda joven de Perth.
En mi vida había leído una novela, y caí en un éxtasis, en un arrobamiento de que no podría dar idea. Aunque viviese novecientos sesenta y nueve años como el buen Matusalém, no olvidaría jamás la impresión que me hizo la lectura de La linda joven de Perth.
Experimentaba la misma alegría, que debe sentir un prisionero a quien se saca del calabozo y se transporta entre árboles, flores y sol; o más bien el júbilo de un músico que oye ejecutar por primera vez y de un modo ideal la obra de su corazón y de su mente.
El mundo que me era desconocido, y que con tanta inconsciencia anhelaba conocer, se me revelaba de pronto. Tan repentinamente entró la luz en mi inteligencia, que creía haber sido hasta entonces estúpida e idiota. Me entusiasmé, me embriagué con aquella novela repleta de color, de vida y de movimiento.
Cuando bajé por la noche al comedor, donde el cura, que comía con nosotros, me esperaba con impaciencia, bajé soñando.
Mirome él con profunda lástima, y me preguntó con el mayor interés, cómo me había pasado aquel accidente.
—¿Accidente?—exclamé sorprendida.
—Tienes la frente amoratada, mi pequeña Reina.
—La tonta habrá subido a algún árbol o a alguna escalera—observó mi tía.
—Sí, a una escalera—respondí,—es verdad.
—¡Pobrecita!—exclamó el cura desolado,—y ¿caíste de boca?
Yo hice una inclinación afirmativa.
—¿Y te has puesto árnica, hijita?
—¡Bah, no vale la pena!—prosiguió mi tía;—comed vuestra sopa, señor cura, y no os ocupéis de esa atolondrada; bien merecido le está.
El cura no dijo, pues, nada, me hizo una seña amistosa y me examinó furtivamente.
Mas yo no prestaba mayor atención a lo que sucedía en torno mío. Pensaba en la encantadora Catalina Glover, en el noble Enrique Smith, de quien me había enamorado, provisionalmente, y hete aquí, que sin el menor preámbulo estallé en sollozos.
—¡Dios mío!—exclamó el cura levantándose rápidamente.—¡Querida Reinita, mi buena hijita!
—No le hagáis caso está enojada porque no la hemos llevado a C***.
Pero el cura, que sabía que yo odiaba el llanto y que era bastante orgullosa como para demostrar delante de mi tía una pena causada por ella, se me acercó, me preguntó en secreto por qué lloraba y se esforzó en consolarme.
—No es nada, mi bueno y querido cura—díjele yo enjugando mis lágrimas y echándome a reír.—Tengo horror del dolor físico, me duele la cabeza y luego, debo estar horrorosa.
—Como de costumbre—dijo mi tía.
El cura me miró con aire preocupado. No estaba contento de mi explicación; pensaba que algo anormal había pasado durante el día. Me aconsejó que me acostara sin pérdida de tiempo; y lo hice con toda diligencia.
Estaba avergonzada de haberlos divertido con mi llanto; tanto más cuanto que yo misma no sabía por qué había llorado. ¿Fue de placer o de fastidio? No hubiera podido decirlo, y me adormecí con la idea de que era inútil tratar de analizarlo.
Durante el mes que siguió, devoré la mayor parte de las obras de Walter Scott. Desde aquel entonces hasta hoy he tenido, ciertamente, alegrías reales y profundas, pero por grandes que hayan sido, no sabría decir si han sobrepujado mucho en intensidad a las que sentí mientras mi inteligencia brotaba de su niebla, como de su crisálida, una mariposa.
Pasaba de arrobamiento a arrobamiento, de éxtasis a éxtasis. Y me olvidaba de todo, para no pensar más que en mis novelas y en los personajes que excitaban mi imaginación.
Cuando el cura me explicaba un problema, pensaba yo en Rebecca a quien había dejado en coloquio con el templario; cuando me daba una lección de historia, veía desfilar ante mis ojos los encantadores héroes, entre los que mi corazón inconstante había elegido ya una quincena de maridos, y cuando me reprendía, no le oía ni la mitad, hallándome ocupada en confeccionar un traje parecido al de Isabel de Inglaterra o al de Amy Robsart.
—¿Qué has estudiado hoy?—preguntábame al llegar.
—Nada.
—¿Cómo nada?
—Me fastidia el estudio—decía yo con tono cansado.
El pobre cura estaba consternado. Preparaba largos discursos y me los espetaba de un tirón, pero producían el mismo efecto que si los hubiera dirigido a un piel roja.
Por último súbitamente me volví triste. Si bien mi tía no me pegaba, desquitábase en cambio diciéndome cosas chocantes.
Había adivinado que me dolía ser tan pequeña y no perdía ocasión de herir ese punto vulnerable; me llamaba fenómeno y me repetía que era fea.
Poco tiempo antes, hallábame yo misma muy linda y tenía mucho más confianza en mi opinión, que en la de mi tía. Pero trabando relación con las heroínas de Walter Scott, surgió en mi espíritu la duda. Eran tan lindas, que yo me desolaba pensando que era necesario parecérseles para ser amada.
El cura perdía poco a poco su sonrisa y su color. Observábame con desconsuelo, y pasaba el tiempo en sorber narigadas de rapé, con olvido de todas las reglas del arte, y en tratar de adivinar mi secreto, para lo que empleaba maquiavélicos medios; pero yo era impenetrable.
Vile un día dirigirse hacia la biblioteca, pero buen cuidado tenía yo de no dejar la llave en la cerradura; volvió sobre sus pasos moviendo la cabeza y pasándose las manos entre el cabello que, más alborotado que nunca, producía el efecto de un penacho.
Yo me había escondido tras una puerta y le oí murmurar cuando pasó cerca de mi:
—Volveré con la llave.
Esta decisión me contrarió profundamente. Con seguridad iba a descubrir mi secreto, y no iba a poder continuar mis lecturas queridas.
Inmediatamente corrí a buscar otras novelas más, que llevé a mi cuarto y las reemplacé en los estantes con libros tomados al azar; pero a pesar de mis precauciones, tenía, por cierto, que el cuadro de papel con que había substituido al vidrio roto, era un indicio acusador.
Ese día, examinando unas cartas halladas en la escribanía, descubrí el origen de mi tía. Era un arma contra ella, y resolví no tardar en usarla.
Al día siguiente, en el almuerzo, estuvo de muy mal humor. En tal disposición de ánimo, si no hallaba pretexto para provocarme, lo inventaba.
Soñaba yo con el amable Buckingham, que me parecía delicioso con su insolencia, sus hermosos trajes, sus lazos de cintas y su ingenio, y me preguntaba por qué causa se desesperaba Alicia Bridgeworth, de verse en su casa, cuando mi tía me dijo sin preámbulos.
—¡Qué fea está usted hoy, Reina!
Yo salté en la silla.
—Aquí tiene—le dije pasándole el salero.
—No pido la sal, tonta. Se está volviendo tan estúpida como fea.
Es de notar que mi tía no me tuteaba nunca. Desde el día en que fue mujer de mi tío, creyó ponerse a la altura de su situación, suprimiendo el tú de su vocabulario. Trataba de usted hasta a sus conejos.
—No soy de su opinión—le repuse secamente,—me encuentro muy linda.
—¡Qué disparate!—exclamó mi tía.—¡Linda, usted! ¡Un fenómeno del alto de la estufa!
—Es mejor parecerse a una planta delicada que a un hombre malogrado—repliquele.
Pero mi tía creía firmemente que había sido una belleza y no soportaba bromas al respecto.
—He sido linda, señorita; tan linda que a mi y a mi hermana los vecinos nos llamaban unas diosas.
—¿Su hermana se parecía a usted, mi tía?
—Mucho; éramos mellizas.
—¡Qué desgraciado sería su marido!—dije yo con tono convencido.
Mi tía lanzó una imprecación, que no dejaré repetir a mi pluma.
—Al fin y al cabo—proseguí con calma,—usted tiene naturalmente el gusto de una mujer del pueblo, mientras que yo, yo...
Pero quedé boquiabierta a mitad de la frase; mi tía acababa de romper un plato con el mango de su cuchillo. Lo que yo había dicho, inutilizaba todos sus esfuerzos para ocultarme su origen, y me vengaba completamente de toda su maldad para conmigo.
—¡Es usted una serpiente!—exclamó con voz estrangulada.
—No lo creo, mi tía.
—¡Una serpiente!
—Ya lo ha dicho,—respondí tranquilamente.
—¡Una serpiente cobijada en mi seno!—repitió mi tía, que estaba demasiado colérica para hacer gastos de imaginación.
Moví la cabeza, y pensé que a ser yo serpiente, seguramente rehusaría hallarme en semejante situación.
—Permitidme—proseguí,—he estudiado ese animal en mi historia natural, y nunca he visto que tuviese la costumbre de cobijarse en el seno de nadie.
Mi tía, que se desconcertaba siempre que hacía yo alusión a mis lecturas, no contestó nada, pero la expresión de su fisonomía, me pareció tan poco tranquilizadora que me esquivé cantando a desgañitarme:
—¡Érase que se era, un tío de Pavol, de Pavol, de Pavol!
Nos hallábamos a mediados de Junio. Las mariposas volaban por todas partes, las moscas zumbaban, el aire estaba impregnado de mil perfumes; en una palabra, el día me pareció tan espléndido que olvidé mi prudencia ordinaria. Tomé mi libro y fui a instalarme en un prado a la sombra de una parva de heno.
Se me oprimía el corazón pensando en las palabras de mi tía. La verdad es que era desolador el ser tan pequeñita, tan pequeñita. ¿Quién podría amarme así? Pero me consolaba leyendo Peveril del Pic. Era esta una de mis novelas preferidas, entre las de Walter Scott, precisamente a causa de Fenella, cuya altura era a buen seguro, más exigua que la mía.
Yo amaba, idolatraba a Buckingham. Me encolerizaba con Fenella, porque le decía cosas verdaderamente muy duras, y en el momento en que se escapa por la ventana, detuve mi lectura para exclamar.
—¡Ah, tontuela, un hombre tan delicioso!
Al pronunciar estas palabras levanté los ojos, y lancé un gran grito al ver al cura de pie, delante de mí.
Estaba cruzado de brazos y me miraba estupefacto. Parecía tan consternado como ese personaje de los cuentos de hadas, que ve sus diamantes trocados en avellanas.
Me levanté algo avergonzada, pues le había engañado abominablemente.
—¡Oh, Reina!...—comenzó.
—Mi querido cura—exclamé yo estrechando a Peveril del Pic contra mi corazón,—¡dejadme continuar, os lo ruego, os lo suplico!
—Reina, mi Reinita, nunca hubiera creído eso en ti.
Esta dulzura me enterneció, tanto más que no tenía la conciencia muy limpia, mas con una táctica eminentemente femenina me apresuré a cambiar de asunto.
—Era una distracción, señor cura, soy tan desgraciada.
—¿Desgraciada, Reina?
—¿Creéis que sea divertido tener una tía como la mía? No me pega ya, es cierto, pero me dice cosas que me apenan mucho.
¡Qué bien conocía a mi cura! Ya había olvidado su resentimiento y sus sermones; tanto más cuanto que en mis palabras había un gran fondo de verdad.
—¿Y es por eso, que estás tan triste, hijita?
—Sí, por cierto, señor cura. Figuraos que mi tía me repite en todos los tonos que soy un fenómeno, que soy fea como un susto.
Y mis ojos se llenaron de lágrimas, como que el tal tema me dolía en el alma.
El buen cura muy emocionado, restregose la nariz, con aire perplejo. Muy distante estaba de participar de las ideas de mi tía a ese respecto y miraba el modo que podría emplear para disipar mi tristeza, sin despertar en mi alma ni el orgullo, ni la vanidad, ni ningún elemento de pecado.
—Vamos, Reina; es preciso no apegarse mucho a cosas que pronto se desvanecen.
—Entretanto, esas cosas existen—repliqué, coincidiendo, en el pensamiento, a dos siglos de distancia, con la más linda mujer de Francia.
—Por otra parte encontrarás personas que no pensarán como la señora de Lavalle.
—¿Es usted de esas personas señor cura? ¿Me encuentra usted bonita?
—Pero... sí—respondió el cura, con aire lastimoso.
—¿Muy bonita?
—Pero... sí—respondió en el mismo tono el cura.
—¡Ah, qué contenta estoy!—exclamé saltando.—¡Cómo os quiero, señor cura!
—Todo esto está muy bien, Reina; pero has cometido una grave falta. Te has introducido en la biblioteca con riesgo de desnucarte, y has leído libros, que probablemente yo no te hubiera dado nunca.
—¡Walter Scott, señor cura; son de Walter Scott! Mi literatura habla muy bien de él.
Y le conté todas las impresiones. Hablé con volubilidad y mucho tiempo, radiante de ver que no solamente se olvidaba el cura de reñirme, sino que escuchaba con interés lo que le refería.
En vista de mi entusiasmo y mi alegría, reaparecidos como por encanto, le volvieron también súbitamente los colores y el aire risueño.
—Bien—me dijo,—te permito leer a Walter Scott; sin embargo, yo mismo lo reeleré para hablar de ello contigo, pero prométeme no volver a hacer más travesuras.
Se lo prometí de todo corazón, y desde entonces tuvimos nuevo asunto para discusiones y porfías, porque naturalmente, nunca fuimos de la misma opinión.
Con todo, pronto el interés que me inspiraban mis novelas, fue desvanecido por un acontecimiento sorprendente, inaudito, que acaeció en el Zarzal, algunas semanas después. Uno de esos acontecimientos que no conmueven las bases de los imperios, pero que siembran perturbaciones en el corazón o en la imaginación de las jóvenes.
VI.
Era un domingo.
Los domingos asistíamos regularmente a la misa cantada, que era el único oficio de la mañana, pues el cura no tenía teniente. Mi tía entraba primero en nuestro banco blasonado; seguíala yo, Susana luego y Petrilla cerraba la marcha.
Nuestra iglesia era vieja y pobre.
El primitivo color de las paredes desaparecía bajo una especie de moho verdoso producto de la humedad; el piso en vez de ser unido, estaba formado por una cantidad de baches y montículos que invitaban a los fieles a romperse la nuca y a aprovechar de su presencia en un sitio santificado, para subir más pronto al cielo; el altar estaba adornado con figuras de ángeles, pintadas por el carretero de la aldea quien se las echaba de artistas; dos o tres santos se contemplaban con sorpresa, admirados de verse tan feos. Cuantas veces he pensado, mirándolos, que a ser yo santa y representarme los mortales de tan odiosa manera, sería absolutamente sorda a sus plegarias; pero tal vez los santos no tienen mi carácter. Por una ventana sin vidrios mostraba una rosa su frente perfumada, y con su frescura y belleza parecía protestar del mal gusto del hombre.
Poseíamos un harmonium, del que vibraban sólo tres notas; a veces el número crecía hasta cinco, pues este instrumento era caprichoso y andaba según la temperatura, como los romadizos de nuestro sochantre, quien rugía durante dos horas con una convicción tan ingenua y profunda de que poseía una hermosa voz, que era imposible criticarle.
El sitial del celebrante estaba colocado en el fondo de un precipicio, de modo, que desde mi asiento no se veía más que la cabeza y el busto del cura que parecía estar en penitencia. Los monaguillos se hacían mueca detrás de él sin que se le ocurriera sospecharlo.
Después del Evangelio, se quitaba delante de nosotros la casulla, como que las cosas pasaban en familia, y después de tropezar en algunos pozos, llegaba al púlpito.
Creo que no hay entre todos los seres humanos, que se agitan en la superficie del globo, ninguno que no haya soñado, una vez por lo menos, en el curso de su existencia.
Sea de elevada o ínfima posición, no puede el hombre vivir sin deseos, y el cura sufriendo la ley común, había soñado durante treinta años de su vida la posesión de un púlpito.
Desgraciadamente, era muy pobre, éranlo igualmente sus feligreses y mi tía que era la única que le hubiera podido ayudar, no respondía a sus tímidas insinuaciones; a más de ser sórdidamente avara cuando se trataba de dar, no profesaba la menor consideración por los antojos de su prójimo.
A fuerza de economías, encontrose al fin el cura con doscientos francos en su poder. Y entonces resolvió realizar su sueño del modo que pudiera.
Una mañana le vi llegar fuera de sí.
—Mi Reinita, ven, ven conmigo—exclamó.
—¿A dónde, señor cura?
—A la iglesia; ven pronto.
—Pero a estas horas no hay misa.
—Ya lo sé; pero quiero que veas algo espléndido.
Tenía un aspecto tan radiante, su dulce fisonomía respiraba tal contento, que todavía me río al recordarlo, y su júbilo es para mi uno de los mejores recuerdos de aquel tiempo.
No caminaba: volaba, y llegamos en un soplo a la iglesia. Acabábase de colocar el púlpito, y el cura, en éxtasis ante él, me dijo en baja voz:
—¡Mira Reinita, mira! ¿No es una feliz ocurrencia? Al fin poseemos un púlpito. No tiene aspecto muy sólido, pero sin embargo es bastante bueno. He realizado el sueño de mi vida. Nunca se debe desesperar de nada, hijita, nunca.
Mirábalo yo, un tanto desconcertada, porque no podía negarme que mi imaginación me había representado un púlpito, como algo de grande y monumental. Y lo que yo tenía a la vista era una especie de caja de madera blanca apoyada en soportes de hierro tan poco elevados que, hablando en puridad, se hubiera podido prescindir de peldaños para entrar en ella. Pero un púlpito sin escalera no se ha visto nunca; así es que para salvaguardar el honor se había logrado colocar dos gradas, de quince centímetros de alto cada una.
—Mira, Reina, mira qué buen efecto produce—decíame el cura.—Cuando tenga un poco de plata, le haré dar una mano de pintura, o más bien, lo pintaré yo mismo; eso me divertirá y será más económico. La verdad es que pudiera ser un poco más alto, pero bueno es no tener demasiada ambición.
Y el sencillo y excelente hombre, giraba con admiración, alrededor del púlpito. Y no se hubiese sentido más feliz aunque sus tableros hubieran sido pintados por Rafael o esculpidos por Miguel Ángel.
A él no se le ocurría que la realidad como siempre ¡ay! no se parecía al ensueño; no se empeñaba en hacer comparaciones y disfrutaba de su felicidad sin preocupación alguna.
—Yo he hecho el plano, hijita, y por cierto que he tenido una espléndida idea. Sin embargo, la medalla tiene un reverso, y debo declarar que me he endeudado un poco; me cobran algo más de lo que había supuesto, pero parece que siempre sucede eso cuando se manda hacer alguna cosa. Pensaba comprarme un abrigo este invierno; pues bien, Dios mío, haremos abstracción de él; he ahí todo.
¡Oh, sí! su alegría es para mi uno de los mejores recuerdos de aquel tiempo.
Nunca he visto un hombre tan feliz, ni adornar una dicha mediocre con la esplendidez que lo hacía el cura con los reflejos de su buen natural, y de su espíritu algo infantil.
—¡Si es que parece exactamente un púlpito!—decía riendo y restregándose las manos.
Yo abrigaba algunas dudas al respecto, pero oculté mi decepción, y me extasié lo mejor que pude ante aquel objeto extraordinario, que a causa de la forma irregular de la iglesia, hallábase colocado en un hueco, de tal suerte que cuando predicaba el cura, las tres cuartas partes del auditorio no veían más que un brazo y un mechón de cabellos blancos que se agitaban con elocuencia, según las diversas fases del discurso.
Sentíase tan contento el cura al decir: «Voy a subir al púlpito» que tuvimos que resignarnos a tener sermón todos los domingos.
No bien abría la boca, tomaban las feligreses una postura cómoda para echar un sueñecito. Petrilla aprovechaba del sopor general para lanzar alguna ojeada al banco vecino al nuestro, y Reina de Lavalle se preparaba a meditar sobre las vicisitudes de la vida representadas por una tía y el aburrimiento de los sermones.
No sé por qué le gustaba al cura hablar sobre las pasiones humanas, pero un día que se había dejado arrastrar por el calor de la improvisación, le hice en la comida preguntas tan indiscretas y apuradas que se propuso no abordar más tales asuntos delante de mí. En adelante contentose en discurrir sobre la pereza, la embriaguez, la ira y otros vicios que no excitaban ni mi curiosidad ni mi charla.
Durante una hora nos ponía a la vista la gran iniquidad en que estábamos sumidos. Luego, cuando nuestro estado moral se hacía completamente lamentable, bajaba con nosotros con aire radioso a los infiernos, y nos hacía palpar los suplicios que merecían las almas manchadas por el pecado; tras de lo cual, pasando por un atrevido giro de frase a menos horribles ideas, emergía poco a poco de las regiones infernales, permanecía algunos instantes sobre la tierra, nos depositaba tranquilamente en el cielo, y descendía del púlpito, con el paso triunfal de un conquistador que acaba de cortar algún nudo gordiano.
El auditorio se despertaba entonces con sobresalto, excepto Susana que gozaba demasiado oyendo hablar mal de la humanidad, para dormirse, y que se bañaba en agua de rosas, mientras el cura fustigaba a sus ovejas con sus flores retóricas.
Era, pues, un domingo. Hacía un calor asfixiante y volviendo a casa, Susana nos dijo:
—Tendremos tormenta antes de que concluya el día.
Esta profecía me agradó; una tormenta era un feliz incidente en mi vida monótona, y a pesar de mi miedo, me gustaban el trueno y los relámpagos, aunque solía temblar de pies a cabeza cuando los estallidos se sucedían con mucha rapidez.
Durante la primera parte de la tarde, erré como alma en pena, por el jardín y el bosquecillo. Me moría de aburrimiento y pensaba con melancolía, en que nunca me pasaría ninguna aventura, y en que estaba condenada a vivir perpetuamente al lado de mi tía.
Cuando volví a casa, a eso de las cuatro, subí al corredor del primer piso, y con la cara pegada contra un vidrio, me entretuve en seguir con los ojos el movimiento de las nubes que se amontonaban sobre el Zarzal y nos traían la tormenta anunciada por Susana.
Preguntábame de dónde venían y lo que habían visto en su curso, lo que me, podrían contar, a mi que no sabía nada de la vida y del mundo, a mi que ansiaba ver y conocer. Se habían formado tras aquel horizonte que yo nunca había franqueado y que me escondía misterios, esplendores (a lo menos, así creía yo), alegrías y goces sobre los que meditaba en silencio.
Distrájeme de mis reflexiones al notar que Petrilla, escondida en un rincón, se dejaba besar por un gran palurdo que le había pasado un brazo alrededor del talle.
Abrí de golpe la ventana y grité batiendo las manos:
—¡Muy bien, Petrilla! Ya veo a usted señorita.
Petrilla, espantada, tomó sus zuecos en la mano y corrió a guarecerse en el establo. El gran palurdo se quitó el sombrero y me examinó con una estúpida sonrisa que le hendía la boca hasta las orejas.
Reíame con todas mis ganas, cuando un coche, que yo no había oído llegar entró en el patio. Bajó de él un hombre, dijo algunas palabras al sirviente que le acompañaba, y miró en torno de sí en busca de alguien a quien hablar.
Pero Petrilla, cuyo bonete blanco veía yo asomar a través de la abertura enrejada del establo, no se movía, y su enamorado se había precipitado de bruces detrás de un pajar. Y en cuanto a mi, sorprendida por tal aparición, había entornado uno de los postigos de la ventana, y observaba los acontecimientos sin hacer un movimiento.
De dos saltos salvó el desconocido los deteriorados peldaños de la escalinata, y buscó una campanilla que no había existido jamás; en vista de lo cual y no siendo la paciencia su cualidad dominante, comenzó a dar golpes de puño contra la puerta.
Mi tía y Susana surgieron delante de él, y certifico que desde ese instante tuve la más favorable opinión a cerca de su valor, pues no demostró ningún espanto. Saludó levemente, y luego comprendí por sus gestos que habiéndole asustado el cielo amenazante, pedía permiso para guarecerse en el Zarzal.
En esos momentos, en efecto, estalló con gran violencia la tormenta, y no dio más tiempo que para poner a cubierto el caballo y el coche.
Se ha dicho que la soledad nos hace tímidos, mas en ciertos casos produce el efecto contrario. No habiéndome rozado con nadie, no habiendo nunca comparado nada, tenía la mayor confianza en mí misma, e ignoraba por completo ese extraño sentimiento que anula las más brillantes facultades y hace estúpidos a los hombres superiores.
Con todo, ante esta aventura, que parecía evocada por mis pensamientos, latiome el corazón con fuerza, y vacilé tanto en entrar al salón, que estaba aún en la puerta cuando llegó el cura hecho una sopa, pero contento.
—Señor cura—exclamó yo, corriendo hacia él,—hay un hombre en el salón.
—¿Y qué hay con eso, Reina? Un arrendatario, supongo.
—No, no señor cura, es un verdadero hombre.
—¿Cómo, un verdadero hombre?
—Quiero decir que no es ni un cura ni un labriego; es joven y está bien vestido. Entremos pronto.
Entramos y estuve a punto de lanzar un grito de sorpresa al notar que mi tía ostentaba una expresión genuinamente amable, y que sonreía agradablemente al desconocido que, sentado en frente de ella, parecía estar tan a sus anchas como en su propia casa.
Bien es cierto que sólo su aspecto bastaba para serenar el ánimo más hosco. Era alto, bastante grueso, de rostro radiante, franco y expansivo. Sus rubios cabellos estaban cortados al ras, y tenía bigotes de puntas retorcidas, una boca bien dibujada y dientes blancos, que una risa franca y natural enseñaba a menudo. Toda su persona respiraba alegría y amor a la vida.
Levantose al vernos entrar y aguardó un instante que mi tía nos presentase. Pero el tal ceremonial era tan desconocido para ella, como para los habitantes de Greenlandia, y se presentó él mismo bajo el nombre de Pablo de Couprat.
—¡De Couprat!—exclamó el cura;—¿sois tal vez hijo del excelente comandante de Couprat, a quien he conocido en otro tiempo?
—Mi padre es, en efecto, comandante, señor cura. ¿Le habéis conocido?
—Y me ha prestado servicios hace muchos años. ¡Qué noble y excelente hombre!
—Sé que mi padre es querido por todo el mundo—respondió el señor de Couprat, con el rostro más radiante que nunca.—Y el comprobarlo es siempre para mi una nueva dicha.
—Pero—continuó el cura,—¿no sois pariente del señor de Pavol?
—Exactamente: primo en tercer grado.
—Pues he aquí a su sobrina—dijo el cura presentándome.
A pesar de mi inexperiencia noté muy bien que la mirada del señor de Couprat expresaba alguna admiración.
—Me felicito de conocer tan encantadora prima—díjome con aplomo y tendiéndome la mano.
Esta lisonja provocó en mi un pequeño escalofrío agradable y puse mi mano entre la suya sin la menor turbación.
—No primo, exactamente—dijo el cura narigueando su rapé con júbilo;—el señor de Pavol es sólo tío político de Reina; su esposa era una señorita de Lavalle.
—No importa—exclamó el señor de Couprat,—no renuncio a nuestro parentesco. Mucho más, cuanto que si se buscase bien, se encontrarían matrimonios entre mi familia y la de los de Lavalle.
Pusímonos a charlar como tres buenos amigos, y me pareció que siempre nos habíamos visto, conocido y querido. Sentía esa extraña impresión, que hace suponer que lo que sucede inmediatamente bajo nuestros ojos, ha pasado ya en una época remota, tan remota, que no se ha guardado de ello más que un recuerdo vago y casi desvanecido.
Pero por más que en mi mente pasaba revista a todos los héroes de novela que conocía, no hallaba ninguno que fuese tan rochonchito como mi nuevo héroe. Era gordo, no había la menor duda, pero tan bueno, tan alegre, tan gracioso, que pronto este defecto físico se transformó a mi vista en una cualidad trascendental.
Hasta no tardaron en parecerme desprovistos de atractivos mis imaginarios héroes.
A pesar de su figura elegante y siempre esbelta, quedaban borrados, radicalmente borrados por ese buen muchacho vivo y alegre a quien yo adoraba mentalmente como un tesoro de cualidades.
Mientras tanto, aunque la tormenta hubiese calmado, no cesaba la lluvia, y como se acercaba la hora de comer, mi tía invitó a Pablo de Couprat a compartir nuestra mesa.
Inmediatamente declaró que tenía una hambre de caníbal y aceptó con un desenfado que me encantó.
Me esquivé un instante para ir a afrontar el mal humor de Susana.
—Susana—dije entrando con agitación en la cocina,—el señor de Couprat come con nosotros. ¿Tenemos algún pollo gordo, leche, fresas, cerezas?
—¡Ah, Señor! ¡cuánta cosa!—refunfuñó Susana;—hay lo que hay y nada más.
—Has dicho una gran verdad, Susana; pero contéstame. ¿Un capón será bastante?
—No es un capón, señorita, es un pavo; mire usted.
Y Susana, con un sensible ímpetu de orgullo, abrió el asador y me hizo admirar el ave que bien cebada por sus cuidados y los de Petrilla, pesaba por lo menos doce libras. La piel dorada levantábase de trecho en trecho, probando así la delicadeza y blandura de la carne que cubría, y ofrecía a mis ojos un satisfactorio espectáculo.
—¡Bravo!—dije yo.—Pero Susana ¿habrá resultado bien la cuajada? ¿Hay mucha? Y, mira, ¡sazona bien la ensalada!
—Tengo costumbre de hacer bien cuanto hago, señorita. Por otra parte ese señor no es ni un príncipe ni un emperador, según pienso. Es un hombre como otro cualquiera y se conformará con lo que le den.
—Susana, ¡un hombre como otro cualquiera!—exclamé indignada.—Entonces ¿no lo has visto?
—Ya lo creo que lo he visto, señorita, y hasta puedo afirmar que lo he oído. ¿Acaso le es permitido a ningún cristiano aporrear de ese modo la puerta de una casa decente? Con todo, enamoriscaos de él si queréis, que a mí...
Abrí la boca para contestarle agriamente, pero contúvome la prudencia, pues pensé que por vengarse y contrariarme, era muy capaz Susana de chamuscar el pavo.
Poco tiempo después pasamos al comedor, y no pude menos que echar una mirada desolada sobre los tapices sucios y usados que caían en jirones. ¡Y luego Susana tenía un modo tan original de tender la mesa! Tres saleros a guisa de centro de mesa campeaban en medio del mantel, los cubiertos estaban colocados con descuido, las botellas en fila una tras otra, mientras que el único botellón del agua hallábase colocado de tal modo que cada comensal tenía seguramente que dislocarse para alcanzarlo, puesto que la mesa era enormemente ancha.
Esa fue la primera vez que tuve en mi vida la convicción de que el fantástico gusto de Susana violaba todas las leyes de la simetría.
Pero el señor de Couprat tenía uno de esos caracteres felices, que saben tomar todas las cosas por el lado mejor. Y además poseía la facultad de adaptarse al medio en que se hallaba.
Inspeccionó la mesa con aire alegre, tomó la sopa sin cesar de hablar, felicitó a Susana por su cocina y lanzó verdaderos gritos de júbilo a la aparición del pavo.
—Es preciso convenir, señor cura—dijo,—que la vida es una dulce invención y que Heráclito era un estúpido de marca mayor.
—No hablemos mal de los filósofos—respondió el cura,—suelen tener algo bueno.
—Usted es, señor cura, la benevolencia en persona. En cuanto a mi, si fuera gobierno, soltaría a los locos y en su lugar encerraría a los filósofos, teniendo cuidado de no aislar los unos de los otros, para que así pudieran devorarse mejor.
—¿Quién es Heráclito?—preguntó mi tía.
—Un imbécil, señora, que pasaba su tiempo en lloriquear. ¿Puede darse ¡Dios mío! una cosa más ridícula?
Y decir que por eso lo han hecho pasar a la posteridad...
—Tal vez—insinué yo,—viviera con varias tías, y eso le habría agriado el carácter.
El señor de Couprat se detuvo sorprendido y estalló luego en una carcajada.
El cura abrió tamaños ojos, pero mi tía, en brega con el pavo, al que trinchaba con arte, fuerza es confesarlo, no me oyó.
—La historia, primita, no dice nada al respecto.
—En todo caso—continué yo,—libraos de atacar a los antiguos; el señor cura os arrancaría los ojos.
—¡Cuánto me han hecho rabiar esos bandidos! Sólo he guardado de ellos un recuerdo: el de las penitencias que me han ocasionado.
—Permitid—dijo el cura, que hizo un esfuerzo por sacar a la orilla a sus amigos que iban en camino de ahogarse por completo en mi opinión,—permitid; no podéis negar algunas bellas virtudes, algunos actos heroicos que...
—¡Ilusiones, ilusiones!—interrumpió Pablo de Couprat. Eran unos pilletes insoportables, pero hoy que están muertos se les atavía con increíbles virtudes, para humillar a los pobres que vivimos y valemos más que ellos. ¡Dios mío, qué ave más espléndida!
Y hablando sin cesar, comía con apetito y entusiasmo sin iguales.
Los trozos se amontonaban en su plato y desaparecían con una tan notable velocidad, que llegó un momento en el que mi tía, el cura y yo quedamos con el tenedor en el aire, contemplándole con honda admiración.
—Ya os había prevenido—nos dijo riendo,—que tenía una hambre de caníbal, lo que me sucede trescientas sesenta y cinco veces por año.
—¡Cuánto dinero debéis gastar en comer!—exclamó mi tía que tenía la habilidad de ver el lado mercantil de las cosas y de decir lo que no debía decirse.
—Veintitrés mil trescientos setenta y siete francos, señora—respondió con toda seriedad mi nuevo primo.
—¡No es posible! murmuró mi tía, estupefacta.
—Parece que sois completamente feliz—le dijo el cura restregándose las manos.
—¿Si soy feliz, señor cura? Ya lo creo. Pero hablando francamente, veamos, el ser desgraciado ¿acaso es natural?
—Algunas veces—respondió sonriendo el cura.
—¡Oh, bah! los que son desdichados, lo son por su culpa muchas veces, porque entienden la vida al revés. La desgracia no existe; lo que existe es la tontera humana.
—Pues he ahí una desgracia.
—Bastante negativa, señor cura, y no porque mi vecino sea tonto he de deducir que se le deba imitar.
—Os gustan las paradojas ¿verdad?
—No; pero me fastidio cuando veo tanta gente amargarse la vida a causa de una enfermiza imaginación. Me parece que esas personas no comen lo suficiente, que viven de alondras y de huevos pasados por agua, y que descomponen el cerebro al mismo tiempo que el estómago. Amo la vida y pienso que todos debieran hallarla hermosa y ver que no tiene más que un defecto: el de acabarse tan pronto.
El pavo, la ensalada y la cuajada, todo había sido devorado, y mi tía miraba con expresión poco risueña la osamenta del volátil con la que había contado para banquetear durante algunos días.
Íbamos a levantarnos de la mesa, cuando entreabrió la puerta Susana y metiendo la cabeza por la abertura, nos dijo con arrogancia:
—He hecho café; ¿lo traigo?
—Quién te ha mandado...—comenzó mi tía.
—Sí, sí—dije interrumpiéndola con vehemencia,—traelo en seguida.
Yo la hubiera abrazado de buena gana por tan feliz idea; pero mi tía no compartía mi opinión. Desapareció para ir a reñir a Susana y sólo la volvimos a ver en la sala.
—Tenéis una excelente cocinera, prima mía,—dijo Pablo de Couprat, paladeando su café.
—Sí, pero tan rezongona...
—Eso no es más que un detalle...
—¿Y qué os parece mi tía?—le pregunté en tono confidencial.
—Pero... bastante majestuosa—respondió de Couprat, algo en aprieto.
—¡Ah, majestuosa!... ¿queréis decir... desagradable?
—¡Reina!—murmuró el cura.
—Bueno. Hablemos de otra cosa, señor cura; pero la verdad es que yo quisiera tener el buen humor de mi primo y descubrir las buenas cualidades de mi tía.
—Tened un poco de filosofía práctica, primita; eso es una sólida base de felicidad, y la única filosofía que me parece que tenga sentido común.
—¡Qué lástima que no seáis mi tía! ¡Cómo nos querríamos!
—¡En cuánto a eso respondo de ello!—exclamó riendo,—y no tendríamos necesidad de filosofar para alcanzar tal resultado. Pero si os es lo mismo, preferiría no cambiar de sexo y ser vuestro tío.
—No quisiera otra cosa, porque no soy como Francisco I, no; tengo por las mujeres una acentuada antipatía.
—¿De veras?—preguntó riendo,—¿conocéis los gustos de Francisco I?
Hizo el cura un gesto desesperado y de Couprat lo contestó con una expresiva guiñada, como diciéndole:
—No os asustéis; ya comprendo.
Esta pantomima me atacó los nervios e hice un violento esfuerzo para interpretar su oculta significación.
—A propósito de tío—dije luego—¿conocéis mucho al señor de Pavol?
—Sí, bastante; mi propiedad dista sólo una legua de la suya.
—¿Y qué tal es su hija?
—Jugué a menudo con ella, mientras fuimos niños; pero desde hace cuatro años la he perdido de vista. Dicen que es muy linda.
—¡Cuánto me gustaría estar en Pavol!—exclamé.—Nos veríamos con frecuencia.
—¿Quién sabe, primita? Tal vez no os agradara, cuando me conocierais más. Sin embargo, puedo asegurar que soy un buen muchacho, y excepción de una gran pasión por los pavos y un gusto loco por las mujeres lindas, no sé que tenga el más mínimo vicio.
—Amar a las mujeres lindas; eso no es un defecto. Lo que es yo, detesto las personas feas, a mi tía, por ejemplo. Pero asimilar un pavo a una mujer bonita, no es cosa muy halagüeña para esta última, primo mío.
—Es cierto, convengo en que mi frase ha sido desgraciada.
—Os lo perdono—le dije con vivacidad.—Según eso, ¿me halláis linda?
Hacía por lo menos dos horas que yo me decía en mi foro interno, que era preciso no dejar escapar la ocasión de aclarar, por medio de una opinión neta y competente, un asunto de tanto interés para mí. Desde el principio de la comida aguardaba con impaciencia el momento de lanzar mi pregunta. No porque tuviese dudas acerca de la respuesta, no; pero eso de oírse decir, bien directamente y en la cara, y por un hombre que no sea cura, que una es linda, ¡vamos! eso es verdaderamente delicioso.
—¿Linda, prima mía? ¡Si sois encantadora! Nunca he visto ni más bellos ojos ni boca más bonita.
—¡Qué dicha, y que amables son los hombres! a pesar de lo que dice mi tía.
—Qué ¿vuestra señora tía no ama a los hombres? La verdad es que ya pasó para ella la edad de la coquetería.
—La coquetería... Jamás se me habla de eso. ¿Os parece que se debe ser coqueta?
—Sin duda, primita; a mis ojos eso es una cualidad, pero coqueta en el buen sentido de la palabra.
—Vos no me habéis enseñado eso, señor cura—exclamé.
El desdichado cura pasaba durante esta conversación por un adelanto de las penas del purgatorio. Se enjugaba el rostro y con dificultad tragaba su café, que le sabía a amargura.
—El señor de Couprat se burla de ti.
—¿Es cierto eso, primo?
—De ninguna manera—respondió Pablo, que parecía que se divertía grandemente.—Según mi modo de ver, una mujer que no es algo coqueta no es una mujer.
—Pues entonces trataré de serlo.
—Señorita de Lavalle—dijo el cura levantándose,—pasemos al salón.
—¡Bah!—pensé,—ya está enojado el cura. Sin embargo, no he dicho nada malo.
La lluvia había cesado, las nubes se habían dispersado e invité a Pablo a dar un paseo por el jardín. Y hétenos escapados sin pedir permiso, seguidos por el cura que nos lanzaba miradas casi lúgubres pensando que su querida ovejita estaba en vías de descarrilarse.
Corríamos como niños por entre las hierbas húmedas, empapándonos los pies y las piernas y riendo a carcajadas. Conversábamos y charlábamos; sobre todo yo que le contaba los acontecimientos de mi vida, mis pequeñas tristezas, mis ensueños y mis antipatías.
¡Oh, que tarde tan dulce, encantadora y deliciosa!
De Couprat trepó a un cerezo, y el árbol violentamente sacudido dejó caer sobre mi toda su carga de lluvia. Con la boca llena de cerezas, y de lo alto de las ramas, exclamó que las gotas de agua brillaban en mis hermosos cabellos como un aderezo ideal, y que en su vida había visto nada más lindo.
—Y Susana, que pretende que es un hombre como otro cualquiera—me decía yo,—¿cómo es posible ser tan tonta?
Volvimos a la sala, donde se hizo una gran fogata para secarnos. Sentados el uno al lado del otro, Pablo y yo continuamos misteriosamente nuestra conversación.
Mi tía asombrada de mi audacia y de la libertad y alegría que irradiaba en mis ojos, no decía nada. El cura, aunque arrobado viéndome contenta, no estaba, sin embargo, tan preocupado como para que se le olvidase terciar entre nosotros.
¡Qué velada tan agradable!
Por último, de Couprat levantose para despedirse y le acompañamos hasta el patio.
Saludó afectuosamente al cura y dio las gracias a mi tía; luego acercose a mi, me tomó la mano y me dijo en voz baja:
—Hubiera deseado que esta velada no terminara nunca, prima mía.
—¿Y yo?... Pero volveréis ¿no es cierto?
—Seguramente, y dentro de poco, según espero.
Aproximó mi mano a sus labios, y preciso es que la naturaleza humana tenga un gran fondo de perversidad, porque este homenaje me causó un placer tan nuevo, tan intenso y tan perfecto, que tuve la idea impropia de... ¡Dios mío, lo diré! Sí, tuve la idea (que no ejecuté) de arrojarme a su cuello y de besarle las mejillas a pesar de mi tía, y a pesar del cura que nos vigilaba como un dragón de nueva especie, como un excelente dragón regordete y bondadoso.
VII.
Después de la partida del señor de Couprat viví varios días en una especie de beatitud que me sería difícil describir. Experimentaba múltiples sensaciones, que se externaban con brincos y piruetas, pues fue este último ejercicio, durante largo tiempo, mi manera de expresar una cantidad de sensaciones.
Después que había saltado bastante, me acostaba sobre la hierba, y mirando al cielo discurría sobre una cantidad de cosas sin pensar absolutamente en nada. Este exquisito estado moral, durante el cual el alma vive en una especie de somnolencia, en una tranquilidad soñadora semejante al sueño, a pesar de que está bien despierta, me ha dejado un dulcísimo recuerdo. Tan es así, que de esa época data mi pasión por la bóveda celeste, que siempre, desde entonces me ha parecido digna de hermanarse a mis pensamientos, sean éstos tristes o alegres, serios o frívolos.
Después de permitir a mi imaginación que se extraviara por senderos sombríos, tanto, que galopaba a tropezones, dejábala volver a la luz y contemplar al señor de Couprat. Reía al recuerdo de su franca fisonomía, de su vida abierta y de sus dientes blancos. Halagábame el beso que había estampado en mi mano y sentía una alegría real, pensando en que si hubiera seguido mi impulso le habría besado las mejillas.
Permanecí largo tiempo en medio de estas dulces ideas y sensaciones hasta que llegó un día en que me pregunté ¿por qué razón pasaba mi alma por tan diversas fases?
Pero en llegando a este delicadísimo problema, comenzaba mi imaginación a entrar en tinieblas, y luchaba en ellas con vaporosas ideas; tan vaporosas que al fin abandonaba con desaliento la partida, para pensar directamente en una boca que me había gustado, en unos ojos que me habían sonreído y en una expresión de fisonomía que había decidido no olvidar jamás.
Mas en aquel mundo de fantasmas, mis ideas, no me daban ni un momento de reposo, y a poco recaía en poder de ellas.
Y así discurriendo por las regiones de lo vago, y tratando de comparar ciertas impresiones mías con otras de las de mis heroínas preferidas, vi hacerse la luz sobre un importante punto.
Descubrí que estaba enamorada y que el amor es la cosa más encantadora del mundo. Este descubrimiento me colmó de la mayor alegría.
Ante todo, porque veía embellecerse mi vida con un encanto, que no dejaba por eso de ser real, y luego, porque si yo amaba, era seguramente correspondida. En efecto, amaba al señor de Couprat porque me había parecido hechicero; por consiguiente, mi aspecto debió producir en su corazón el mismo sentimiento, puesto que él me hallaba encantadora. Mi lógica, hija de una completa inexperiencia, no alcanzaba a más y por consiguiente bastaba para justificar mis razonamientos y hacerme feliz.
Un descubrimiento trae otro, así es que llegué a pensar que podría muy bien la caridad no desempeñar más que un papel muy secundario en la simpatía de Francisco I por las mujeres en general y en particular por Ana de Pisseleu; que el amor no se parecía al cariño, puesto que yo quería mucho a mi cura, y sin embargo, no deseaba abrazarle, mientras que no me hubiera hecho de rogar para saltar al cuello de Pablo de Couprat, y por último, que era ridículo emplear subterfugios y tonos misteriosos para hablar de una cosa tan natural y en la que no había ni sombra de mal.
—Un cura—pensaba yo,—debe tener sobre el amor ideas erróneas y extraordinarias, porque puesto que no puede casarse, no puede amar. Sin embargo, Francisco I era casado y... no comprendo nada de todo esto, y tengo que saberlo.
Existía tal caos en mis ideas que a pesar de mis desdeñosas prevenciones a cerca de la opinión de mi cura, resolví dilucidar con él este escabroso asunto.
El pobre cura comprendía perfectamente, que mi espíritu se hallaba en una inmensa confusión, pero tenía bastante talento y buen sentido para no aparecer dando importancia a impresiones que con sólo la provocación de una confidencia hubieran podido tomar cuerpo. Procuraba distraerme por todos los medios a su alcance y dándose el trabajo de venir todos los días al Zarzal, prolongaba indefinidamente la lección.
Estábamos sentados junto a la ventana. Mi tía, enferma desde algún tiempo, permanecía en su cuarto; yo andaba por las nubes y el cura se afanaba en explicarme mis problemas.
—Ve lo que has hecho, Reina: has multiplicado kilogramos por gramos, y aquí, dados 2/5 multiplicados por...
—Señor cura, ¿a que no adivináis cuál es la cosa más arrobadora que hay sobre la tierra?
—No, Reina, ¿qué cosa?
—El amor, señor cura.
—¿De qué estáis hablando hija mía?—exclamó inquieto el buen anciano.
—¡Oh! de algo que conozco perfectamente—respondí, sacudiendo la cabeza con aire de suficiencia.—Lo que no me explicó es por qué no me habéis hablado nunca de ello, puesto que es una cosa que se ve todos los días.
—He ahí el efecto de las novelas, señorita; toma usted a lo serio cosas que son puramente imaginarias.
—¡Qué mal hacéis en hablar contra vuestra convicción; bien sabéis que se ama en la vida y que el amor es una cosa encantadora!
—Ese es un asunto que no atañe a las jóvenes, Reina, y no debéis hablar de él.
—¿Qué no atañe a las jóvenes? ¡Y son ellas las que aman y son amadas!
—Desgraciado de mi—exclamó el cura,—que tengo que habérmelas con semejante cabeza.
—No habléis mal de mi cabeza, señor cura; la quiero mucho, sobre todo, desde que el señor de Couprat la ha hallado tan bonita.
—El señor de Couprat se ha reído de ti, Reina. Está segura que te ha tomado por una chiquilina sin importancia.
—Nada de eso—repliqué ofendida,—nada de eso, puesto que me ha besado la mano. ¿Y sabéis qué se me ocurrió en ese momento?
—Vamos a ver—respondió el cura que estaba como sobre espinas.
—Pues estuve a punto de saltarle al cuello.
—¡Qué tontería! No se salta al cuello de nadie que no se conoce.
—Ya sé, ya sé, pero él... Por otra parte, si hubiera sido una mujer, no se me hubiera ocurrido eso.
—¿Por qué, Reina! Estás diciendo sandeces.
—¡Oh! porque...
Siguió una pausa a tan profunda respuesta, y mientras tanto miraba yo de reojo al cura, que se zarandeaba y tomaba rapé para disimular y tomar una actitud que fuera conveniente.
—Mi buen cura—le dije con voz insinuante,—si fueseis tan amable como...
—¿Qué más, Reina?
—Digo... os haría algunas preguntitas más sobre ciertos temas que me andan por la mente.
Arrellanose el cura en su sillón como hombre que toma súbitamente una gran resolución.
—Bueno, Reina; te escucho. Más vale que hablemos franca y abiertamente de lo que te preocupa que no que andes quebrándote la cabeza con divagaciones.
—Yo no me quiebro nada, señor cura, y no divago; únicamente pienso mucho en el amor porque...
—¿Por qué?
—No, nada. Ante todo, decidme ¿por qué si vos me besarais la mano, lo hallaría ridículo y no muy agradable que digamos, aunque os quiero con todo mi corazón, mientras que sucede exactamente lo contrario cuando se trata del señor de Couprat?
—¿Cómo, cómo? ¿Qué dices Reina?
—Digo que me ha sido muy agradable el que el señor de Couprat besara mi mano, mientras que si fuerais vos...
—Pero, hija mía, tu pregunta es absurda, y la impresión de que hablas nada significa, ni vale la pena de ocuparse de ella.
—¡Oh! esa no es mi opinión. Pienso a menudo en ello y he aquí lo que llevo descubierto; si la acción del señor de Couprat me ha sido grata, es porque es joven y podría ser mi marido, mientras que vos sois viejo, y luego un cura no se puede casar nunca.
—Sí, sí—respondió maquinalmente el cura.
—Porque siempre se quiere a su marido ¿verdad?
—Sin duda alguna, sin duda.
—Bueno. Ahora, señor cura, decidme si se da el caso de que los hombres amen a varias mujeres.
—Yo no sé eso—repúsome fastidiado el cura.
—Sí, sí, debéis saberlo. Por otra parte un marido puede amar a otra mujer, que la propia, puesto que Francisco I amaba a Ana de Pisseleu y era casado.
—Francisco I era un perdido—exclamó el cura exasperado,—y ese Buckingham, a quien quieres tanto, era otro.
—Cada cual tiene su carácter—respondíle,—y no sé por qué se les haría un crimen porque amaran a varias mujeres. La reina Claudia y la señora de Buckingham, pareceríanse sin duda a mi tía. Por otra parte he descubierto que no se gobierna al corazón, y ellos no podrían dejar de amar, como yo no...
—¿Qué, Reina?
—Nada, señor cura. Lo que yo temo es tener una inclinación a los perdidos, porque Buckingham es lo más interesante...
—Pero en fin, hijita, desde que lees a Walter Scott, he tratado de hacerte comprender ciertas cosas y parece que todo ha sido inútil.
—¡Escuchad, señor cura; vuestras explicaciones no son muy claras, y hay tanta vaguedad en mis ideas!... Todo esto es tan extraño—continué como soñando.—Por último, explicadme ¿por qué el amor excita vuestra indignación?
—Basta, Reina—dijo el cura fuera de sí.—Tienes un modo de formular las preguntas que es imposible responderte. Te hablo seriamente: hay temas de los que no debes hablar, y que no puedes comprender, porque eres demasiado joven.
Colocó el cura su sombrero bajo el brazo y se alejó. Corrí sobre sus pasos y le grité desde la puerta:
—¡Podéis decir todo cuanto queráis, pero conozco bien el amor; es lo más encantador que hay en el mundo! ¡Viva el amor!
En dos días no vino al Zarzal el cura; entristecime yo por haberle fastidiado tanto, y el tercer día me encaminé hacia la casa parroquial, para disculparme. Le hallé en la cocina, frente a un frugal desayuno al que hacía los honores con tantos bríos como apetito.
—Señor cura—le dije en tono relativamente humilde,—¿estáis enojado?
—Algo, Reinita, algo; no quieres hacerme caso nunca.
—Os prometo señor cura, no volver a hablar más del amor.
—Trata, sobre todo, Reina, de no cavilar sobre cosas que no comprendes.
—¡Oh! que no comprendo...—exclamé yo, estallando inmediatamente,—en cuanto a eso comprendo y muy bien, y contra todos los curas de la tierra sostendré que...
—¡Bah!—exclamó desalentado el cura,—ya has faltado a tu promesa de hace un momento.
—Es cierto, señor cura; pero os afirmo que un cura no entiende nada de todo esto.
—Ni tampoco Reina de Lavalle. Luego iré a darte lección, hijita.
Así terminó la discusión más grave que he sostenido con mi cura.
Entretanto pasaban los días y los días y como Pablo de Couprat no volviera, mi sistema nervioso se conmovió y dio muestras de una irritabilidad de mal augurio.
Un mes después de mi memorable aventura había perdido todas mis esperanzas, toda mi tranquilidad y con ayuda del hastío llegué a una sombría tristeza.
Entonces fue cuando el cura se indispuso con mi tía y cuando ésta le echó de casa.
Sentada bajo la ventana del jardín, pude escuchar la siguiente conversación:
—Señora—dijo el cura, vengo a hablaros de Reina.
—¿Sobre?
—La niña se aburre, señora. La visita del señor de Couprat ha abierto a su espíritu horizontes nuevos, que ya habían clareado con la lectura de algunas novelas. Le hace falta distracción.
—¡Distracción! ¿Y dónde queréis que halle yo eso? No me puedo mover: estoy enferma.
—Por eso, señora, no cuento con usted para distraerla. Es necesario escribir al señor de Pavol y rogarle quiera tener a Reina en su casa durante algún tiempo.
—¡Escribir al señor de Pavol! No por cierto. Después la chica no querría volver aquí.
—Es probable, pero esa es una consideración de segundo orden, de la que nos ocuparemos más tarde. Luego, Reina está llamada a vivir en sociedad hoy o mañana, y creo de necesidad que cambie su modo de vivir y vea muchas cosas de las que no tiene la menor idea.
—No soy de esa opinión, señor cura. Reina, no saldrá de aquí.
—Pero, señora—replicó el cura que se acaloraba,—os repito, que es urgente. Reina está triste, su imaginación es rápida y cavila mucho, estoy cierto que se cree enamorada del señor de Couprat.
—Poco me importa eso—repuso mi tía, que era incapaz de comprender las razones del cura.
—Se ha dicho que la soledad es el abogado del diablo, señora, y es exactamente cierto respecto de la juventud. La soledad hace daño a Reina, y algunas distracciones le harán olvidar lo que al fin de cuentas no es más que una niñería.
—¡Qué ideas más extravagantes tiene un cura!—pensé yo.—Tratar de niñería una cosa tan seria y creer que yo pueda olvidar algún día al señor de Couprat.
—Señor cura—contestó mi tía, con su voz más áspera,—ocupaos de lo que os concierne, que yo procederé a mi gusto, no al vuestro.
—Señora, quiero a esta niña con todo mi corazón, y no puedo permitir que sufra—replicó el cura con una entonación que no le conocía.
Usted la ha enterrado en el Zarzal, no le ha dado nunca la menor distracción, y puedo decir que sin mi hubiera crecido y vegetado en la ignorancia y el embrutecimiento, como una planta salvaje y enervada. Le repito que es preciso escribir al señor de Pavol.
—Esto es demasiado—exclamó mi tía, furiosa;—¿no soy yo el ama en mi casa? Salid, señor cura, y no volváis a poner los pies aquí.
—Muy bien, señora; ahora sé lo que debo hacer, y veo claramente que si no he tomado antes una determinación, ha sido por el placer egoísta de ver constantemente a mi Reinita.
El cura hallome en la avenida, completamente desconsolada.
—¿Pero es posible, señor cura?... Echado a la calle por mí... ¿Qué va a ser de nosotros, si no nos vemos más?
—Qué ¿has oído la discusión, hijita?
—Sí, sí, como que estaba junto a la ventana. Ah, ¡qué mujer! qué...
—Vamos, vamos, Reina, un poco de calma—prosiguió el cura que estaba tembloroso y encendido.—Esta misma noche escribiré a tu tío.
—Escribid pronto, mi querido cura. Lo que quiero es que venga a buscarme en seguida.
—Esperémoslo—respondió al cura, sonriendo al mismo tiempo con bondad y con tristeza.
Pero sus muchas obligaciones le impidieron escribir al señor de Pavol esa misma noche, y al día siguiente, mi tía que luchaba desde algunas semanas con sus achaques, cayó gravemente enferma. Cinco días después, la muerte llamaba a las puertas del Zarzal, y cambiaba la faz de mi existencia.