WeRead Powered by ReaderPub
Miau cover

Miau

Chapter 11: XI
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

A satirical realist narrative follows a beleaguered urban household as successive misfortunes, petty humiliations, and convoluted dealings with rigid institutions deepen their poverty and social precariousness. Through comic episodes, sharp domestic details, and a gallery of intrusive neighbors and opportunistic acquaintances, the narrative traces daily struggles, failed schemes, generational tensions, and the corrosive effects of bureaucracy and social stigma. Tone shifts between farce and pathos while scenes accumulate into a portrait of decline, adaptation, and frustrated hopes.

—No quiero saber nada—dijo, determinándose al fin á mirarle cara á cara.

—¿Pues á quién he de confiarme yo si no me confío á ti... la única persona que me comprende?

—Vete á la iglesia, arrodíllate ante el confesonario...

—La antorcha de la fe se me apagó hace tiempo. Estoy á obscuras—declaró Víctor mirando al chiquillo, ya con las manos cruzadas para empezar sus oraciones.

Y cuando el niño hubo terminado, Abelarda se volvió hacia el padre, diciéndole con emoción:—Eres muy malo, muy malo. Conviértete á Dios, encomiéndate á él, y...

—No creo en Dios—replicó Víctor con sequedad;—á á Dios se le ve soñando, y yo hace tiempo que desperté.

Luisito escondió su faz entre las almohadas, sintiendo un frío terrible, malestar grande y todos los síntomas precursores de aquel estado en que se le presentaba su misterioso amigo.

XI

Á las doce; cuando los tertulios desfilaron, Cadalso se acomodó en el sofá del comedor, cubriéndose con la manta que Abelarda le diera. Ignoraba él que su cuñada se acostaría vestida aquella noche por carecer de abrigo. Retiráronse todos, menos Villaamil, que no quiso recogerse sin tener una explicación con su yerno. La lámpara del comedor había quedado encendida, y el abuelo, al entrar, vió á Víctor incorporado en su duro lecho, con la manta liada de medio cuerpo abajo. Comprendió al punto el yerno que su padre político quería palique, y se preparó, cosa fácil para él, pues era hombre de imaginación pronta, de afluente palabra, de salidas ágiles y oportunas, á fuer de meridional de pura sangre, nacido en aquella costa granadina que tiene detrás la Alpujarra y enfrente á Marruecos. «Este tío—pensó—me quiere embestir. Á buena parte viene... Empiece la brega. Le trastearemos con gracia».

—Ahora que estamos solos—dijo Villaamil con aquella gravedad que imponía miedo,—decídete á ser franco conmigo. Tú has hecho algún disparate, Víctor. Te lo conozco en la cara, aunque tu cara pocas veces dice lo que piensas. Confiésame la verdad, y no trates de marearme con tus pases de palabras ni con esas ideas raras de que sacas tanto partido.

—Yo no tengo ideas raras, querido D. Ramón; las ideas raras son las de mi señor suegro. Debemos juzgar las ideas de las personas por el pelo que éstas echan. ¿Le han colocado á usted ya? Se me figura que no. Y usted sigue tan fresco, esperando su remedio de la justicia, que es lo mismo que esperarlo de la luna. Mil veces le he dicho á usted que el mismo Estado es quien nos enseña el derecho a la vida. Si el Estado no muere nunca, el funcionario no debe perecer tampoco administrativamente. Y ahora le voy á decir otra cosa: mientras no cambie usted de papeles, no le colocarán; se pasará los meses y los años viviendo de ilusiones, fiándose de palabras zalameras y de la sonrisa traidora de los que se dan importancia con los tontos, haciendo que les protegen.

—Pero tú, necio—dijo Villaamil enojadísimo,—¿has llegado á figurarte que yo tengo esperanzas? ¿De dónde sacas, majadero, que yo me forje ni la milésima parte de una condenada ilusión? ¡Colocarme á mí! No se me pasa por la imaginación semejante cosa, no espero nada, nada, y digo más: hasta me ofende el que me supone pendiente de formulillas y de palabras cucas.

—Como siempre le he conocido á usted así, tan confiado, tan optimista...

—¡Optimista yo! (muy contrariado). Vamos, Víctor, no te burles de estas canas. Y sobre todo, no desvíes la cuestión. Ahora no se trata de mí, sino de ti. Vuelvo á mi pregunta: ¿Qué has hecho? ¿Por qué estas aquí, y por qué te escondes de la gente?

—Es que las tertulias de esta casa me cargan. Ya sabe usted que soy muy extremado en mis antipatías. Yo no me escondo; es que no quiero ver la cara de Ponce con sus ojos pitañosos, ni que me hable Pantoja, el cual tiene un aliento que da el quién vive.

—No se trata del aliento de Pantoja, sino de que tú no has dejado tu destino con la frente alta.

—Tan alta que si mi jefe dice algo contra mí, tengo medios de mandarle á presidio (acalorándose). Sepa usted que he prestado servicios tales, que si el Estado fuera agradecido, ya sería yo jefe de Administración. Pero el Estado es esencialmente ingrato, bien lo sabe usted, y no sabe premiar. Si el funcionario inteligente no se recompensa á sí propio, está perdido. Para que usted se entere: cuando fuí á Valencia á encargarme de Propiedades é Impuestos, el Negociado estaba por los suelos. Mi antecesor era un cómico sin voz, que recibió el empleo como jubilación de la escena. El infeliz no sabía por dónde andaba. Llegué yo, y ¡arsa! á trabajar. ¡Qué lío! Las cédulas personales no se cobraban ni á tiros. En Consumos había descubiertos horribles. Llamé á los alcaldes, les apremié, les metí el resuello en el cuerpo. Total, que saqué una millonada para el Tesoro, millonada que se habría perdido sin mí... Entonces reflexioné, y dije: «¿Cuál es la consecuencia natural del inmenso servicio que he prestado á la Nación? Pues la consecuencia natural, lógica, ineludible de defender al Estado contra el contribuyente es la ingratitud del Estado. Abramos, pues, el paraguas para resguardarnos de la ingratitud, que nos ha de traer la miseria».

—No se puede decir más claro que tus manos no están muy limpias.

—No hay tal, no, señor (incorporándose y accionando con mucha energía); porque mediador entre el contribuyente y el Estado, debo impedir que ambos se devoren, y no quedarían más que los rabos si yo no los pusiera en paz. Yo formo parte de la entidad contribuyente, que es la Nación; yo formo parte del Estado, como funcionario. Con esta doble naturaleza, yo, mediador, tengo que asegurar mi vida para seguir impidiendo el choque mortal entre el contribuyente y el Estado...

—Ni te entiendo, ni te entenderá nadie (con gesto de ira y desprecio). El mismo de siempre. Con esas chuscadas de tu ingenio quieres ocultar tus trapisondas. ¿Pues sabes lo que te digo? que en mi casa no puedes estar.

—No se acalore mi querido suegro. Entre paréntesis, no he pretendido que me tengan aquí por mi linda cara. Pagaré mi pupilaje... Será por pocos días, porque en cuanto me asciendan...

—¡Ascenderte! ¿qué dices? (como si le hubiera picado un escorpión).

—¡Ay! ¿pues usted qué se creía? ¡Qué inocente! Siempre el mismo D. Ramón, la virginal doncella. Que le traigan tila. Ya... ¿qué creía usted? ¿que yo no soy de Dios y no debo ascender? ¿Sabe que llevo dos años de oficial primero y me corresponde el ascenso á Jefe de Negociado de tercera, por la ley de Cánovas? Y usted, que tan optimista es en lo propio y tan pesimista en lo ajeno, creerá que me voy á pasar la vida escribiendo cartas, espiando la sonrisa de un Director general ó quitándole motas á Cucúrbitas! No, señor mío, yo no voy al trapo rojo, sino al bulto.

—Sí, sí, lo que es a descarado no te gana nadie; y digo más... por lo mismo que no tienes vergüenza (lívido de ira y tragándose su propia amargura), consigues todo lo que quieres... El mundo es tuyo... Vengan ascensos, y ole morena.

—En cambio usted (con cruel sarcasmo), siga meciéndose en esos dulces éeextasis, siga creyendo que las mariposillas le traen la credencial, y despiértese todos los días diciendo: «hoy, hoy será», y lea La Correspondencia por las noches con la esperanza de ver su nombre en ella.

—Te repito de una vez para siempre (deseando tener á mano una botella, tintero ó palmatoria que tirarle á la cabeza), que yo no espero nada, ni pienso que me colocarán jamás. En cambio estoy convencido de que tú, tú, que acabas de defraudar al Tesoro, tendrás el premio de tu gracia, porque así es el mundo, y así está la cochina Administración... ¡Dios mío! ¡que viva yo para ver estas cosas! (levantándose y llevándose las manos á la cabeza).

—Lo que tiene usted que hacer (con cierta fatuidad) es aprender de mí.

—¡Bonito modelo! No quiero oirte, no quiero verte ni en pintura... Adiós (marchándose y volviendo desde la puerta). Y ten entendido que yo no espero ni esto; que estoy conforme, que llevo con paciencia mi desgracia, y que no se me ocurre que me puedan colocar ahora, ni mañana, ni el siglo que viene... aunque buena falta nos hace. Pero...

—¿Pero qué?... (echándose á reir malignamente). Vamos, ¿á que le coloco yo á usted si me atufo?

—¡Tú... tú! ¡deberte yo á ti...!

Y fué tal su indignación, que no quiso hablar más, temeroso de hacer un disparate, y pegando un portazo que estremeció la casa, huyó á su alcoba y arrojóse en la inquieta superficie de su camastro, como un desesperado al mar.

Víctor se arrebujó en la manta, tratando de dormir; poro hallábase excitadísimo, más que por el altercado con su suegro, por la memoria de sucesos recientes, y no podía conciliar el sueño, no siendo tampoco extraña á esto fenómeno la dureza del banco en que reposaba. La luz menguó de tal manera después de media noche, que apenas alumbraba con incierto resplandor la estancia; y en el cerebro insomne y febril de Víctor, esta penumbra y el olor á comida fiambre que flotaba en la atmósfera, se confundían en una sola impresión desagradable. Examinó punto por punto el comedor, las paredes vestidas de papel, á trozos desgarrado, á trozos sucio. En algunos sitios, particularmente junto á las puertas, la crasitud marcaba el roce de las personas; en otros se veían impresas las manos de Luisito y aun los trazos de su artístico lápiz. El techo, ahumado en la proyección de la lámpara, tenía dos ó tres grietas, dibujando una inmensa M y quizás otras letras menos claras. En la pared, agujeros de clavos, de los cuales colgaron en otros tiempos láminas. Víctor recordaba haber visto allí un reloj, que nunca había dicho esta campana es mía, y señalaba siempre una hora inverosímil; también hubo antaño bodegones al cromo con sandías y melones despanzurrados. Láminas y reloj habían desaparecido, como carga que se arroja al mar para que el barco no zozobre. El aparador subsistía; pero ¡qué viejo y qué aburrido estaba, con sus vivos negros despintados, un cristal roto, caído el copete! Dentro de él se veían algunas copas boca abajo, vinagreras con frascos desiguales, un limón muy arrugado, un molinillo de café, latas mugrientas y algunas piezas de loza. La puerta que conducía al pasillo de la cocina estaba cubierta por un pesado portier de abacá, mugriento por el borde en que lo sobaban las manos, y con una claraboya en medio, que bien pudiera servir de torno.

Cansado de mudar posturas, Víctor se incorporó en su lecho, que parecía un potro, y su desasosiego paró en desvarío mental. Le entraron ganas de explicarse consigo mismo, de deshacer con recriminaciones el nublado de su alma, y en voz no muy alta, pero perceptible, se expresó de este modo: «Esto es mío, estúpidos. Ratas de oficina, idos á roer expedientes. Yo valgo más que vosotros; en un día sé despabilar yo todo el trabajo del Negociado, correspondiente á un mes.

Después se echó, asustado de su propio acento. Y al poco rato, los ojos cerrados, el ceño fruncido, reprodujo en su cerebro, como ciertos sonámbulos, el caso cuya reminiscencia no podía echar de sí.

«Los consumos... ¡ah! los consumos. Son la más ingeniosa de las invenciones. ¡Pícaros pueblos! Por no pagar, son ellos capaces de venderse al diablo... ¡Y cómo les sabe á cuerno quemado la cuenta corriente que se los lleva! Y que á mí no me joraban. Al que me cerdee, le abraso vivo. ¡Ah! en la expedición de los apremios está el quid. Y como nunca falta un roto para un descosido, nada más fácil que ponerse de acuerdo con el interventor para formar la relación de apremios. ¡Feliz el pueblo que se escabulle de la relación, aunque tenga dos semestres en descubierto!... Señor Alcalde, entendámonos. ¿Ustedes quieren respirar? Pues yo también necesito oxígeno. Todos somos hijos de Dios... Y tú, Hacienda, ¿por qué te amontonas? ¿No te salvé yo más de seis millones que mi antecesor dió por perdidos? Pues entonces, ¿á qué ese lloriqueo de mujer arratrada? Quien presta tan grandes servicios, ¿no merece premio? ¿No hemos de ponernos á cubierto de la ingratitud del Estado, agradeciéndonos nosotros mismos nuestros leales servicios? La recompensa es el principio de la moralidad, es la aplicación de la justicia, del derecho, del Jus á la Administración. Un Estado ingrato, indiferente al mérito, es un Estado salvaje... Lo que yo digo: dondequiera que hay el haber de un servicio, hay el debe de una comisión. Partida por partida, esto es elemental. Yo doy al Estado con una mano seis millones que andaban trasconejados, y alargo la otra para que me suelte mi comisión... ¡Ah! perro Estado, ladrón, indecente; ¿qué querías tú? ¿mamarte los millones y después dejarme asperges? ¡Ah! infame, eso habrías hecho si yo me descuido. Pues te juro que por listo que tú seas, más lo soy yo. Vamos de pillo á pillo. Y tú, contribuyente, ¿por qué me pones hocico? ¿No ves que te defiendo? Pero para que tú respires es preciso que respire yo también. Si yo me ahogo, vendrá otro que te sacará el redaño.

»¡Y ese estúpido Jefe, ese animal, ese bandido que en Pontevedra se merendó la suscripción para los náufragos y en Cáceres dejó en cueros á las viudas de los mineros muertos; ese que sería capaz de tragarse la Necrópolis con todos sus difuntos, quiere formarme expediente! Pero la comprobación es muy difícil, tunante, y si me pinchas, te denunciaré, te sacaré los trapitos á la calle, con datos, con fechas, con números. Yo tengo buenos amigos, y manos blancas que me defiendan... Eso es lo que tú no me perdonas... Te come la envidia. Y por eso te revuelves contra mí ahora, tomador, que no sirviendo para afanar relojes, te metiste á empleado».

Y al cabo de un cuarto de hora, cuando parecía que había encontrado el sueño, soltó de improviso la risa, diciendo: «No me pueden probar nada. Pero aunque me lo probaran...» Por fin se durmió, y tuvo una pesadilla, semejante á otras que en los casos de agitación moral turbaban su descanso. Soñó que iba por una galería muy larga, inacabable, con paredes de espejos, que hasta lo infinito repetían su gallarda persona. Iba por aquel inmenso callejón persiguiendo á una mujer, á una dama elegante, la cual corría agitando con el rápido mover de sus pies la falda de crujiente seda. Cadalso le veía los tacones de las botas, que eran... ¡cascarones de huevo! Quién podía ser la dama, lo ignoraba; era la misma con quien soñara otra noche, y al seguirla, se decía que todo aquello era sueño, asombrándose de correr tras un fantasma, pero corriendo siempre. Por fin ponía la mano en olla, la dama se paraba y se volvía, diciéndole con voz muy ronca: «¿Por qué te empeñas en quitarme esta cómoda que llevo aquí?» En efecto, la dama llevaba en la mano una cómoda ¡de tamaño natural!, y la llevaba tan desahogadamente como si fuera un portamonedas. Entonces Víctor despertaba sintiendo sobre sí un peso tal que no podía moverse, y un terror supersticioso que no sabía relacionar ni con la cómoda, ni con la dama, ni con los espejos. Todo ello era estúpido y sin ningún sentido.

Despierto, tenían más miga los sueños de Cadalso, porque toda la vida se la llevaba pensando en riquezas que no tenía, en honores y poder que deseaba, en mujeres hermosas, cuyas seducciones no le eran desconocidas, en damas elegantes y de alta alcurnia que con ardentísima curiosidad anhelaba tratar y poseer, y esta aspiración á los supremos goces de la vida le traía siempre intranquilo, vigilante y en acecho. Devorado por el ansia de introducirse en las clases superiores de la sociedad, creía tener ya en las manos un cabo y el primer nudo de la cuerda por donde otros menos audaces habían logrado subir. ¿Cuál era este nudo? Ved aquí un secreto que por nada del mundo revelaría Cadalso á sus vulgarísimos y apocados parientes los de Villaamil.

XII

Apareciósele muy temprano la figura arrancada á un cuadro de Fra Angélico, por otro nombre doña Pura, quien le acometió con el arma cortante de su displicencia, agravada por la mala noche que un dolorcillo de muelas le hizo pasar. «Ea, despejarme el comedor. Ve á lavarte á mi cuarto, que tenemos precisión de barrer aquí. Lárgate pronto si no quieres que te llenemos de polvo». Apoyaba esta admonición, de una manera más persuasiva, la segunda Miau, que se presentó escoba en mano.

—No se enfade usted, mamá. (Á doña Pura le cargaba mucho que su yerno la llamase mamá.) Desde que está usted hecha una potentada, no se la puede aguantar. ¡Qué manera de tratar á este infeliz!

—Eso es, búrlate... Es lo que te faltaba para acabar de conquistarnos. ¡Y que tienes el don de la oportunidad! Siempre te descuelgas por aquí cuando estamos con el agua al cuello.

—¿Y si dijera que precisamente he venido creyendo ser muy oportuno? Á ver... ¿qué respondería usted á esto? Porque no conviene despreciar á nadie, querida mamá, y se dan casos de que el huésped molesto nos resulte Providencia de la noche á la mañana.

—Buena Providencia nos dé Dios (siguiéndole hacia el cuarto donde Víctor pensaba lavarse). ¿Qué quieres decir? ¿que vas á apretar la cuerda que nos ahorca?

—Tanto como está usted chillando ahí (con zalamería), y todavía soy hombre para convidarla á usted á palcos por asiento.

—Ninguna falta nos hacen tus palcos... ¡Ni qué has de convidar tú, si siempre te he conocido más arrancado que el Gobierno!

—Mamá, mamá, por Dios, no rebaje usted tanto mi dignidad. Y sobre todo, el que yo sea pobre no es motivo para que se dude de mi buen corazón.

—Déjame en paz. Ahí te quedas. Despacha pronto.

—Prefiero ver delante de mí el puñal del asesino á ver malas caras. (Deteniéndola por un brazo.) Un momento. ¿Quiere usted que pague mi hospedaje?

Sacó su cartera en el mismo instante, y á doña Pura se le encandilaron los ojos viendo que abultaba y que el bulto lo hacía un grueso manojo de billetes de Banco.

—No quiero ser gravoso (dándole un billete de 100 pesetas). Tome usted, querida mamá, y no juzgue mis intenciones por la insuficiencia de mis medios.

—Pues no creas... (echando la zarpa al billete como si éste fuera un ratón), no creas que voy á llevar mi delicadeza hasta lo increíble, rechazando con indignación tu dinero, á estilo de teatro. No estamos ahora para escrúpulos ni para indignaciones cursis. Lo tomo, sí, lo tomo, y voy á pagar con él una deuda sagrada, y además, nos viene bien para...

—¿Para qué?

—Déjame á mí. ¿Quién no tiene sus secretillos?

—Y un hijo, un hijo cariñoso, ¿no merece ser depositario de esos secretos? Gracias por la confianza que merezco. Yo creí que me apreciaban más. Querida mamá, aunque usted no me considere de la familia, yo no puedo desprenderme de ella. Mándeme usted que no los quiera, y no obedeceré... En otra parte puedo entrar con indiferencia, poro en esta casa no; y cuando en ella noto síntomas de estrechez, aunque usted me lo prohiba, me tengo que afligir... (poniéndole cariñosamente la mano en el hombro). Simpática suegra, no me gusta que papá ande sin capa.

—¡Pobrecito!... y ¡qué le hemos de hacer!... Su situación viene siendo muy triste hace tiempo. La cesantía va estirando más de lo que creíamos. Sólo Dios y nosotras sabemos las amarguras que en esta casa se pasan.

—Menos mal si el remedio viene, aunque sea de la persona á quien no se estima (dándole otro billete de igual cantidad, que doña Pura se apresura á recoger).

—Gracias... No es que no te estimemos; es que tú...

—He sido malo, lo confieso (patéticamente); reconocerlo es señal de que ya no lo soy tanto. Tengo mis defectos como cada quisque; pero no soy empedernido, no está mi corazón cerrado á la sensibilidad, ni mi entendimiento á la experiencia. Yo seré todo lo malo que usted quiera; pero, en medio de mi perversidad, tengo una manía, vea usted... no tolero que esta familia, á quien tanto debo, pase necesidades. Me da por ahí... llámelo usted debilidad ó como quiera (dándole un tercer billete con gallardía generosa, sin mirar la mano que lo daba). Mientras yo gane un real, no consiento que el padre de mi pobre Luisa vista indecorosamente, ni que mi hijo ande desabrigado.

—Gracias, Víctor, gracias (entre conmovida y recelosa).

—No tiene usted por qué darme las gracias. No hay mérito ninguno en cumplir un deber sagrado. Se me ocurre que podría usted tomar hasta dos mil reales, porque no serán una ni dos las cosas que se han ido á Peñaranda.

—Rico estás... (con escama de si serían falsos los billetes).

—Rico, no... Ahorrillos. En Valencia se gasta poco. Se encuentra uno con economías sin notarlo. Y repito que si usted me habla de agradecimiento, me incomodo. Yo soy así. ¡He variado tanto! Nadie sabe la pena que siento al recordar los malos ratos que he dado á ustedes, y sobre todo á mi pobre Luisa (con emoción falsa ó verdadera, pero tan bien expresada, que á doña Pura se le humedecieron los ojos). ¡Pobre alma mía! ¡Que no pueda yo reparar los agravios que aquella santa recibió de mí! ¡Que no pueda yo resucitarla para que vea mi corazón mudado, aunque luego nos muriéramos los dos! (Dando un gran suspiro.) Cuando la muerte se interpone entro la culpa y el arrepentimiento, no tiene uno ni el amargo consuelo de pedir perdón á quien ha ofendido.

—¡Cómo ha de ser! No pienses ahora en cosas tristes. ¿Quieres otra toalla? Aguarda. Y si necesitas agua caliente, te la traeré volando.

—No; nada de molestarse por mí. Pronto despacho, y en seguida iré á traer mi equipaje.

—Pues si se te ocurre algo, llamas... La campanilla no hay quien la haga sonar. Te asomas á la puerta y me das una voz.

Aquel hombre, que sabía desplegar tan variados recursos de palabra y de ingenio cuando se proponía mortificar á alguien, ya con feroz sarcasmo, ya hiriendo con delicada crueldad las fibras más irritables del corazón, entendía maravillosamente el arte de agradar, cuando entraba en sus miras. Á doña Pura no la cogían de nuevas las demostraciones insinuantes de su yerno; pero esta vez, sea porque fuesen acompañadas de la donación en metálico, sea porque Víctor extremara sus zalamerías, la pobre señora le tuvo por moralmente reformado ó en camino de ello siquiera. Corridas algunas horas, no pudo la Miau ocultar á su cónyuge que tenía dinero, pues el disimular las riquezas era cosa enteramente incompatible con el carácter y los hábitos de doña Pura. Interrogóla Villaamil sobre la procedencia de aquellos que modestamente llamaba recursos, y ella confesó que se los había dado Víctor, por lo cual se puso D. Ramón muy sobresaltado, y empezó á mover la mandíbula con saña, soltando de su feroz boca algunos vocablos que asustarían á quien no le conociera.

—¡Pero qué simple eres!... Si no me ha dado más que una miseria. ¿Pues qué querías tú, que le mantenga yo el pico? Bonitos estamos para eso. Le he acusado las cuarenta... clarito, clarito. Si se empeña en estar aquí, que contribuya á los gastos de la casa. ¡Bah! ¡qué cosas dices! Que ha defraudado al Tesoro. Falta probarlo... serán cavilaciones tuyas. ¡Vaya usted á saber! Y en último caso, ¿es eso motivo para que viva á costa nuestra?

Villaamil calló. Tiempo hacía que estaba resignado á que su señora llevase los pantalones. Era ya achaque antiguo que cuando Pura alzaba el gallo, bajase él la cabeza fiando al silencio la armonía matrimonial. Recomendáronle, cuando se casó, este sistema, que cuadraba admirablemente á su condición bondadosa y pacífica. Por la tarde volvió doña Pura á la carga, diciéndole: «Con este poco de barro hemos de tapar algunos agujeros. Ve pensando en hacerte ropa. Es imposible que consiga nada el que se presenta en los Ministerios hecho un mendigo, los tacones torcidos, el sombrero del año del hambre, y el gabán con grasa y flecos. Desengáñate: á los que van así nadie les hace caso, y lo más á que pueden aspirar es á una plaza en San Bernardino. Y como ahora te han de colocar, también necesitas ropa para presentarte en la oficina.

—Mujer, no me marees... No sabes el daño que me haces con esa confianza de que no participo; al contrario, yo nada espero.

—Pues sea lo que sea; si te colocan, porque sí, y si no, porque no, necesitas ropa. El traje es casi casi la persona, y si no te presentas como Dios manda, te mirarán con desprecio, y eres hombre perdido. Hoy mismo llamo al sastre para que te haga un gabán. Y el gabán nuevo pide sombrero, y el sombrero botas.

Villaamil se asustó de tanto lujo; pero cuando Pura adoptaba el énfasis gubernamental, no había medio de contradecirla. Ni se le ocultaba lo bien fundado de aquellas razones, y el valor social y político de las prendas de vestir; y harto sabía que los pretendientes bien trajeados llevan ya ganada la mitad de la partida. Vino, pues, el sastre llamado con urgencia, y Villaamil se dejó tomar las medidas, taciturno y fosco, como si más que de gabán fuesen medidas de mortaja.

Con la entrada del sastre, tuvieron Paca y su marido comidilla para todo el resto del día y parte de la noche.—¿No sabes, Mendizábal? Ha entrado también un sombrero nuevo. Desde que estamos en esta casa, y va para quince años, no he visto entrar más chisteras nuevas que la de hoy y la que estrenó D. Basilio Andrés de la Caña, el que vivió en el tercero, á los pocos días de venir Alfonso. ¿Será que va á haber revolución?

—No me extrañaría—dijo Mendizábal,—porque ese Cánovas ha perdido los papeles. El periódico dice que hay crisis.

—Debe de haberla, y será que van á subir los de D. Ramón. Tú, ¿quiénes son los del señor Villaamil?

—Los del Sr. Villaamil son las ánimas benditas... (echándose á reir). ¿Conque cobertera nueva y ropa maja? Pues mira, mujer, en vista de ese lujo... asiático, voy á subir ahorita mismo con los recibos atrasados, por si pagan todo ó parte de lo que deben. Á esta gente es menester acecharla, para cogerla en el momento económico, ¿me entiendes?, en el ínterin, como quien dice, de tener dinero, que es ni visto ni oído.

Miraba el memorialista á su perro, el cual parecía decirle con su expresiva geta: «Arriba, mi amo, y no se descuide, que ahora tienen guita. Vengo de allí y están como unas pascuas. Por más señas, que han traído un salchichón italiano, gordo como mi cabeza, y que huele á gloria divina».

Subió, pues, Mendizábal, precedido del can. Casi siempre, cuando el portero se aparecía con aquellos fatídicos papeles en la mano, Villaamil temblaba sintiendo herida su dignidad en lo más vivo, y á doña Pura se le ponía la boca amarga, los labios descoloridos y el corazón rebosando congoja y despecho. Ambos, cada cual en la forma propia de su temperamento, alegaban razones mil para convencer á Mendizábal de lo bueno que sería esperar al mes siguiente. Por dicha suya, el hombre gorilla, aquel monstruo cuyas enormes manos tocarían el suelo á poco que la cintura se doblase; aquel tipo de transición zoológica en cuyo cráneo parecían verse demostradas las audaces hipótesis de Darwin, no ejercía con malos modos los poderes conferidos por el casero. Era, en suma, Mendizábal, con su fealdad digna de la vitrina de cualquier museo antropológico, hombre benévolo, indulgente, compasivo, que se hacía cargo de las cosas. Sentía lástima de la familia y verdadero afecto hacia Villaamil. No apremiaba sino en términos comedidos y amistosos, y al rendir cuentas al casero echaba por aquella boca horrenda, rascándose la oreja corta y chata, frases de intercesión misericordiosa en pro del inquilino atrasado por mor de la cesantía. Y gracias á esto, el propietario, que no era de los más déspotas, aguardaba con triste y filosófica resignación.

Cuando Villaamil y doña Pura no estaban en disposición de pagar, añadían á sus excusas algún oficioso párrafo con el memorialista, lisonjeándole y cayéndose del lado de sus aficiones. Decíale Villaamil: «¡Pero cuánto ha visto usted en este mundo, amigo Mendizábal, y qué de cosas habrá presenciado tan trágicas, tan interesantes, tan...!» Y el gorilla, abarquillando los recibos, contestaba: «La historia de España no se ha escrito todavía, amigo D. Ramón. Si yo plumeara mis memorias, vería usted...» Doña Pura extremaba aún más la adulación: «El mundo anda perdido. Mendizábal está en lo cierto: mientras haya libertad de cultos y eso que llaman el racionalismo...!» Total, que el portero se guardaba los recibos, y á la señora se le alegraban las pajarillas. Ya teníamos otro mes de respiro.

Pero aquel día en que, por merced de la Providencia, les era dado pagar dos meses de los tres vencidos, ambos esposos rectificaron con cierta arrogancia aquel criterio de asentimiento. Villaamil habló con discreta autoridad de los ideales modernos, y doña Para, al verle embolsar los billetes, dijo: «Pero venga acá, Mendizábal, ¿para que tiene esas ideas? ¿Y usted cree de buena fe que va á venir aquí D. Carlos con la Inquisición y todas esas barbaridades? Vamos, que es preciso estar (apuntando á la sien) de la jícara para creer eso...»

Mendizábal les contestó con frases truncadas, mal aprendidas del periódico que solía leer, y se alejó refunfuñando. Contraste increíble: se iba de mal humor siempre que llevaba dinero.

XIII

Antes de proseguir, evoquemos la doliente imagen de Luisa Villaamil, muerta aunque no olvidada, en los días de esta humana crónica. Pero retrocediendo algunos años, la cogeremos viva. Vámonos, pues, al 68, que marca el mayor trastorno político de España en el siglo presente, y señaló además graves sucesos en los azarosos anales de la familia Villaamil.

Contaba Luisa cuatro años más que su hermana Abelarda, y era algo menos insignificante que ella. Ninguna de las dos se podía llamar bonita; pero la mayor tenía en su mirada algo de ángel, un poco más de gracia, la boca más fresca, el cuello y hombros más llenos, y por fin, la aventajaba ligeramente en la voz, acento y manera de expresarse. Las escasas seducciones de entrambas no las realzaba una selecta educación. Se habían instruído en tres ó cuatro provincias distintas, cambiando de colegio á cada triquitraque, y sus conocimientos, aun en lo elemental, eran imperfectísimos. Luisa llegó á saber un francés macarrónico que apenas le consentía interpretar, sobando mucho el Diccionario, la primer página del Telémaco, y Abelarda llegó a farfullar dos ó tres polcas, martirizando las teclas del piano. De cuatro niñas y un varón, frutos del vientre de doña Pura, sólo se lograron aquellas dos; las demás crías perecieron á poco de nacer. Á principios de 1868, desempeñaba Villaamil el cargo de Jefe Económico en una capital de provincia de tercera clase, ciudad arqueológica, de corto y no muy brillante vecindario, famosa por su catedral, y por la abundante cosecha de desportillados pucheros é informes pedruscos romanos que al primer azadonazo salían del terruño. En aquel pueblo de pesca pasó la familia de Villaamil la temporada triunfal de su vida, porque allí doña Pura y su hermana daban el tono á las costumbres elegantes y hacían lucidísimo papel, figurando en primera línea en el escalafón social. Cayó entonces en la oficina de Villaamil un empleadillo joven y guapo, de la clase de aspirantes con cinco mil reales, engendro reciente del caciquismo. Cómo fué á parar allí Víctor Cadalso, es cosa que no nos importa saber. Era andaluz, había estudiado parte de la carrera en Granada, se vino á Madrid sin blanca, y aquí, después de mil alternativas, encontró un padrinazgo de momio, que lo lanzó de un manotazo á la vida burocrática, como se puede lanzar una pelota. Á poco de entrar en las oficinas de aquella provincia, hízose muy de notar, y como tenía atractivos personales, lenguaje vivo y gracioso, buenas trazas para vestirse y desenvueltos modales, no tardó en obtener la simpatía y agasajo de la familia del jefe, en cuya sala (no hay manera de decir salones), bastante concurrida los domingos y fiestas de guardar, fué desde la primera noche astro refulgente. Nadie le igualaba en el donaire, generalmente equívoco, de la conversación, en improvisar pasatiempos ingeniosos, en dar sesiones de magnetismo, prestidigitación ó nigromancia casera. Recitaba versos imitando á los actores más célebres, bailaba bien, contaba todos los cuentos de Manolito Gázquez, y sabía, como nadie, entretener á las señoras y embobar á las niñas. Era el lión de la ciudad, el número uno de los chicos elegantes, espejo de todos en finura, garbo y ropa. La alta sociedad se reunía alternativamente en la casa de Villaamil, en la del Brigadier gobernador militar, cuya esposa era una jamona de muchas campanillas, en la de cierto personaje, que era el cacique, agente electoral y déspota de la comarca; pero la casa en que había más refinamientos sociales era la de Villaamil, y las señoras de Villaamil las más encumbradas y vanagloriosas. La esposa del cacique tenía hijas casaderas, la Brigadiera no las tenía de ninguna edad, el Gobernador era célibe; de modo que las del Jefe Económico, las cacicas, la Gobernadora militar y la Alcaldesa, boticaria por añadidura, componían todo el mujerío distinguido de la localidad. Eran las dueñas del cotarro elegante, las que recibían incienso de aquella espiritada juventud masculina, con chaquet y hongo, las que asombraban al pueblo presentándose en los Toros (dos veces al año) con mantilla blanca, las que pedían para los pobres en la catedral el Jueves Santo, las que visitaban al Obispo, las que daban el tono y recibían constantemente el homenaje tácito de la imitación. En aquellos tiempos le quedaban aún á Milagros algunos vestigios de su hermosa voz, mucha afinación y todo el compás. Todavía, haciéndose muy de rogar, casi casi á la fuerza, se acercaba al piano, y soltando las rebañaduras de su arte, les largaba allí un par de cavatinas que hacían furor. Los palmoteos se oían desde la cercana plaza de la Constitución, y las alabanzas duraban toda la noche, amenizando el baile y los juegos de prendas.

Ornamento de esta sociedad fué, desde que en ella se introdujo, Víctor Cadalso, artista social digno de teatro mejor, y no con las facultades marchitas como las de Milagros, sino en la plenitud de su poder y lozanía. Por esto sucedió lo que debía suceder, que Luisa se prendó del aspirante repentina y locamente, desde la primera noche que se vieron, con ese amor explosivo en que los corazones parece que están llenos de pólvora cuando los traspasa la inflamada flecha. Esto suele ocurrir en las clases populares y en las sociedades primitivas, y pasa también alguna vez en el seno del vulgo infatuado y sin malicia, cuando cae en él, como rayo enviado del cielo, un ser revestido de apariencias de superioridad. La pasión súbita de Luisa Villaamil fué tan semejante á la de Julieta, que al día siguiente de hablarle por primera vez, no habría vacilado en huir con Víctor de la casa paterna, si él se lo hubiera propuesto. Siguieron al flechazo unos amoríos furibundos. Luisa perdió el sueño y el apetito. Había carteo dos ó tres veces al día y telégrafos á todas horas. Por la noche espiaban la coyuntura de verse á solas, aunque fuese breves momentos. La enamorada chica contaba sus tristezas y sus alegrones á la luna, á las estrellas, al gato, al jilguero, á Dios y á la Virgen. Hallábase dispuesta, si la ley de su amor se lo exigía, á cualquier género de heroicidad, al martirio. Doña Pura no tardó en contrariar aquellos amores, porque soñaba con el ayudante del Brigadier para yerno; y Villaamil, que empezó á columbrar en el carácter de Víctor algo que no le agradaba, hubo de gestionar con el cacique para que le trasladasen á otra provincia. Los amantes, guiados por la perspicacia defensiva que el amor, como todo gran sentimiento, lleva en sí, olfatearon el peligro, y ante el enemigo se juraron fidelidad eterna, resolviendo ser dos en uno, y antes morir que separarse, con todo lo demás que en estos apretados lances se acostumbra. El delirio les extraviaba, y la oposición les precipitó á estrechar de tal modo sus lazos, que nadie fuera poderoso á desatarlos. En resolución, que el amor se salió con la suya, como suele. Trinaron los señores de Villaamil; pero, pensándolo bien, ¿qué remedio quedaba más que arreglar aquel desavío como se pudiese?

Luisa era toda sensibilidad, afecto y mimo; un ser desequilibrado, incapaz de apreciar con sentido real las cosas de la vida. Vibraban en ella el dolor y la alegría con morbosa intensidad. Tenía á Víctor por el más cabal de los hombres, se extasiaba en su guapeza y era completamente ciega para ver las jorobas de su carácter. Los seres y las acciones eran como hechuras de su propia imaginación, y de aquí su fama de escaso mundo y discernimiento. Fue padrino del bodorrio el cacique, y su regalo sacarle á Víctor una credencial de ocho mil, lo que agradecieron mucho D. Ramón y su mujer, pues una vez incorporado Cadalso á la familia, no había más remedio que empujarle y hacer de él un hombre. Á poco estalló la Revolución, y Villaamil, por deber aquel destino á un íntimo de González Brabo, quedó cesante. Víctor tuvo aldabas y atrapó un ascenso en Madrid. Toda la familia se vino por acá, y entonces empezaron de nuevo las escaseces, porque Pura había tenido siempre el arte de no ahorrar un céntimo, y una gracia especial para que la paga de primero de mes hallase la bolsa más limpia que una patena.

Volviendo á Luisa, sépase que, comido el pan de la boda, seguía embelesada con su marido, y que éste no era un modelo. La infeliz niña vivía en ascuas, agrandando cavilosamente los motivos de su pena; le vigilaba sin descanso, temerosa de que él partiese en dos su cariño ó se lo llevase todo entero fuera de casa. Entonces empezaron las desavenencias entre suegros y yerno, enconadas por enojosas cuestiones de interés. Luisa pasaba las horas devorada por ansias y sobresaltos sin fin, espiando á su marido, siguiéndole y contándole los pasos de noche. Y el truhán, con aquella labia que Dios le dió, sabía desarmarla con una palabrita de miel. Bastaba una sonrisa suya para que la esposa se creyese feliz, y un monosílabo adusto para que se tuviera por inconsolable. En Marzo del 69 vino al mundo Luisito, quedando la madre tan desmejorada y endeble, que desde entonces pudieron, los que constantemente la veían, augurar su cercano fin. El niño nació raquítico, expresión viva de las ansias y aniquilamiento de su madre. Pusiéronle ama, sin ninguna esperanza de que viviera, y estuvo todo el primer año si se va ó no se va. Y por cierto que trajo suerte á la familia, pues á los seis días de nacido, dieron al abuelo un destino con ascenso, en Madrid, y de este modo pudo doña Pura bandearse en aquel golfo de trampas, imprevisión y despilfarro. Víctor se enmendó algo. Cuando ya su mujer no tenía remedio, mostróse con ella cariñoso y solícito. Padecía la infeliz accesos de angustiosa tristeza ó de alegría febril, cuyo término era siempre un ataque de hemoptisis. En el último período de su enfermedad, el cariño á su marido se le recrudeció en términos que parecía haber perdido la razón, y cuando él no estaba presente, llamábale á gritos. Por una de esas perversiones del sentimiento que no se explican sin un desorden cerebral, su hijo llegó á serle indiferente; trataba á sus padres y á su hermana con esquiva sequedad. Toda la atención de su alma era para el ingrato, para él todos sus acentos de amor, y sus ojos habían eliminado cuantas hermosuras existen en el mundo moral y físico, quedándose tan sólo con las que su exaltada pasión fantaseaba en él.

Villaamil, que conocía la incorrecta vida de su yerno fuera de casa, empezó á tomarle aborrecimiento; Pura, más conciliadora, dejábase engatusar por las traidoras palabras de Cadalso, y á condición de que éste tratara con piedad y buenos modos á la pobre enferma, se daba por satisfecha y perdonaba lo demás. Por fin, la demencia, que no otro nombre merece, de la infortunada Luisa tuvo fatal término en una noche de San Juan. Murió llorando de gratitud porque su marido la besaba ardientemente y le decía palabras amorosas. Aquella mañana había sufrido un ataque de perturbación mental más fuerte que los anteriores, y se arrojó del lecho pidiendo un cuchillo para matar á Luis. Juraba que no era hijo suyo, y que Víctor le había traído á la casa en una cesta, debajo de la capa. Fué aquel día de acerbo dolor para toda la familia, singularmente para el buen Villaamil que, sin ruidoso duelo exterior, mudo y con los ojos casi secos, se desquició y desplomó interiormente, quedándose como ruina lamentable, sin esperanza, sin ilusión ninguna de la vida; y desde entonces se le secó el cuerpo hasta momificarse, y fué tomando su cara aquel aspecto de ferocidad famélica que le asemejaba á un tigre anciano é inútil.

La necesidad de un sueldo que permitiese economías, le lanzó á colocarse en Ultramar. Fué con un regular destino, de los que proporcionan buenas obvenciones, y regresó á los dos años con algunos ahorros, que se deshicieron pronto como granos de sal en la mar sin fondo de la administración de doña Pura. Emprendió segundo viaje con mejor empleo; pero tuvo no sé qué cuestiones con el Intendente, y volvió para acá en los aciagos días de los cantonales. El Gobierno presidido por Serrano después del 3 de Enero del 74 le mandó á Filipinas, donde se las prometía muy felices; pero una cruel disentería le obligó á embarcarse para España sin ahorros, y con el propósito firme de desempeñar la portería de un Ministerio antes que pasar otra vez el charco. No le fué difícil volver á Hacienda, y vivió tres años tranquilo, con poco sueldo, siendo respetado por la Restauración, hasta que en hora fatídica le atizaron un cese como una casa. Y el tremendo anatema cayó sobre él cuando sólo le faltaban dos meses para jubilarse con los cuatro quintos del sueldo regulador, que era el de Jefe de Administración de tercera. Acudió al Ministro, llamó á distintas puertas; todas las intercesiones fueron solicitadas sin éxito. Poco á poco sucedió á la molesta escasez la indigencia descarnada y aterradora; los recursos se concluían, y se agotaron también los medios extraordinarios y arbitristas de sostener á la familia.

Llegó por último la etapa dolorosísima para un hombre delicado como Villaamil, de tener que llamar á la puerta de la amistad implorando socorro ó anticipo. Había él prestado en mejor tiempo servicios de tal naturaleza á algunos que se los agradecieron y á otros que no. ¿Por qué no había de apelar al mismo sistema? Sobre todo, no podía discutirse si estas postulaciones eran ó no decorosas. El que se quema no se pone á considerar si es conveniente ó no sacudir los dedos. El decoro era ya nombre vano, como la inscripción impresa en la etiqueta de una botella vacía. Poco á poco se gasta la vergüenza, como se gasta el diente de una lima, y las mejillas pierden la costumbre de colorearse. El desgraciado cesante llegó á adquirir maestría terrible en el arte de escribir cartas invocando á la amistad. Las redactaba con amplificaciones patéticas, y en un estilo que parecía oficial, algo parecido á los preámbulos de las leyes en que se anuncia al país aumento de contribución, verbigracia: «Es muy sensible para el Gobierno tener que pedir nuevos sacrificios al contribuyente...» Tal era el patrón, aunque el texto fuera otro.

XIV

Para completar las noticias biográficas de Víctor, importa añadir que tenía una hermana llamada Quintina, esposa de un tal Ildefonso Cabrera, empleado en el ferrocarril del Norte, buenas personas ambos, aunque algo extravagantes. Faltándoles hijos, Quintina deseaba que su hermano le encomendase la crianza de Luis, y quizás lo habría conseguido sin las desavenencias graves que surgieron entre Víctor y su hermano político, por cuestiones relacionadas con la mezquina herencia de los hermanos Cadalso. Tratábase de una casa ruinosa y sin techo en el peor arrabal de Vélez-Málaga, y sobre si el tal edificio correspondía á Quintina ó á Víctor, hubo ruidosísimas querellas. La cosa era clara, según Cabrera, y para probar su diafanidad, no inferior á la del agua, puso el asunto en manos de la curia, la cual, en poco tiempo, formó sobre él un mediano monte de papel sellado. Todo para demostrar que Víctor era un pillo, que se había adjudicado indebidamente la valiosa finca, vendiéndola y guardándose su importe. El otro lo echaba á broma, diciendo que el producto de su fraude no le había alcanzado para un par de botas. Á lo que respondía Ildefonso que no era por el huevo, sino por el fuero; que no le incomodaba la pérdida material, sino la frescura de su cuñado; y por esta y otras razones le llegó á cobrar odio tan profundo, que Quintina temblaba por Víctor cuando éste iba á la casa. Cabrera tenía el genio tan atropellado, que un día por poco descarga sobre Víctor los seis tiros de su revólver. La hermana de Cadalso deseaba que el pleito se transigiera y concluyesen aquellas enojosas cuestiones; y cuando su hermano fué á verla, á los pocos días de llegar de Valencia (aprovechando la ocasión en que la fiera de Ildefonso recorría el trozo de línea de que era inspector), le propuso esto: «Mira, si me das á tu Luis, yo te prometo desarmar á mi marido, que desea tanto como yo tener al niño en casa». Trato inaceptable para Víctor, que aunque hombre de entrañas duras, no osaba arrancar al chiquillo del poder y amparo de sus abuelos. Quintina, firme en su pretensión, argumentaba: «¿Pero no ves que esa gente te lo va á criar muy mal? Lo de menos serían los resabios que ha de adquirir; pero es que le hacen pasar hambres al ángel de Dios. Ellas no saben cuidar criaturas ni en su vida las han visto más gordas. No saben más que suponer y pintar la mona; ni se ocupan más que de si tal artista cantó ó no cantó como Dios manda, y su casa parece un herradero».

Aunque se trataban las Miaus y Quintina, no se podían ver ni en pintura, porque la de Cadalso, que era una buena mujer (con lo cual dicho se está que no se parecía á su hermano), tenía el defecto de ser excesivamente curiosa, refistolera, entrometida, olfateadora. Al visitar á las Villaamil, no entraba en la sala, sino que se iba de rondón al comedor, y más de una vez hubo de colarse en la cocina y destapar los pucheros para ver lo que en ellos se guisaba. Á Milagros, con esto, se la llevaban los demonios. Todo lo preguntaba Quintina, todo lo quería averiguar y en todo meter sus ávidas narices. Daba consejos que no le pedían, inspeccionaba la costura de Abelarda, hacía preguntas capciosas, y en medio de su cháchara impertinente, se dejaba caer con alguna reticencia burlona, como quien no dice nada.

Á Cadalsito le quería con pasión. Nunca se iba de casa sin verle, y siempre le llevaba algún regalillo, juguete ó prenda de vestir. Á veces, se plantaba en la escuela y mareaba al maestro preguntándole por los adelantos del rapaz, á quien solía decir: «No estudies, corazón, que lo que quieren es secarte los sesitos. No hagas caso; tiempo tienes de echar talento. Ahora come, come mucho, engorda y juega, corre y diviértete todo lo que te pida el cuerpo». En cierta ocasión, observando á las Miaus bastante tronadas, les propuso que le dieran el chico; pero doña Pura se indignó tanto de la propuesta, que Quintina no hubo de plantearla más sino en broma. Al bajar de la visita, echaba siempre una parrafada con los memorialistas á fin de sonsacarles mil menudencias sobre los del cuarto segundo; si pagaban ó no la casa, si debían mucho en la tienda (aunque este conocimiento lo solía beber en más limpias fuentes), si volvían tarde del teatro, si la sosa se casaba al fin con el gilí de Ponce, si había entrado el zapatero con calzado nuevo... En fin, que era una moscona insufrible, un fiscal pegajoso y un espía siempre alerta.

Eran sus costumbres absolutamente distintas de las de sus víctimas. No frecuentaba el teatro, vivía con orden admirable, y su casa de la calle de los Reyes era lo que se dice una tacita de plata. Físicamente, valía Quintina menos que su hermano, que se llevó toda la guapeza de la familia; era graciosa, mas no bella; bizcaba de un ojo, y la boca pecaba de grande y deslucida, aunque la adornase perfecta dentadura. Vivía el matrimonio Cabrera pacíficamente y con desahogo, pues además del sueldo de inspector, disfrutaba Ildefonso las ganancias de un tráfico hasta cierto punto clandestino, que consistía en traer de Francia objetos para el culto y venderlos en Madrid á los curas de los pueblos vecinos y aun al clero de la Corte. Todo ello era género barato, de cargazón, producto de la industria moderna que no pierde ripio, y sabe explotar la penuria de la Iglesia en los difíciles tiempos actuales. Cabrera tenía sus socios en Hendaya y entendíase con ellos, llevándoles telas, cornucopias, plata de ley, algún cuadro y otras antiguallas substraídas á las fábricas de los templos de Castilla, un día opulentos y hoy pobrísimos. El toque de este comercio estaba, según indicaciones maliciosas, en que al ir y venir pasaban las mercancías la frontera francas de derechos; pero esto no se ha comprobado. De ordinario, la quincalla eclesiástica que Cabrera introducía (objetos de latón dorado, todo falso, frágil, pobre y de mal gusto) era tan barata en los centros de producción y se vendía tan bien aquí, que soportaba sin dificultad el sobreprecio arancelario. En otras épocas, cuando empezaba este negocio, solía Quintina introducirse en la sacristía de cualquier parroquia con un bulto bajo el mantón, como quien va á pasar matute, y susurrar al oído del ecónomo: «¿Quieren ustedes ver un cáliz que da la hora? Y se pasmarán los señores del precio. La mitad que el género Meneses...» Pero en breve la señora renunció al papel de chalana, y recibió en su casa á los clérigos de Madrid y pueblos inmediatos. Últimamente importaba Cabrera enormes partidas de estampitas para premios ó primera comunión, grandes cromos de los dos Sagrados Corazones, y por fin, agrandando y extendiendo el negocio, trajo surtidos de imágenes vulgarísimas, los San Josés por gruesas, los niños Jesús y las Dolorosas á granel y en variados tamaños, todo al estilo devoto francés, muy relamido y charolado, doraditas las telas á la bizantina, y las caras con chapas de rosicler, como si en el cielo se usara ponerse colorete. No sé si consistía en el trato familiar con las cosas santas ó en una disposición de carácter el que Quintina fuera radicalmente escéptica. Lo cierto es que cumplía yendo á misa de Pascuas á Ramos y rezando un poco, por añeja rutina, al acostarse. Y nada de hociqueos con sacerdotes, como no fuera para encajarles el artículo ó sonsacarles alguna casulla vieja de brocado, hecha un puro jirón.

Cadalsito iba de tiempo en tiempo á casa de la de Cabrera y se embelesaba contemplando las estampas. Cierto día vió un Padre Eterno, de luenga y blanca barba, en la mano un mundo azul, imagen que le impresionó mucho. ¿Se derivaba de esto el fenómeno extrañísimo de sus visiones? Nadie lo sabe; nadie quizás lo sabrá nunca. Pero, á lo mejor, prohibióle su abuela volver á la casa aquella repleta de santos, diciéndole: «Quintina es una picarona que te nos quiere robar para venderte á los franceses». Cadalsito cogió miedo, y no volvió á parecer por la calle de los Reyes.

Tampoco Villaamil tragaba á Ildefonso, que era atrozmente sincero en la emisión de sus opiniones, desconsiderado y á veces groserote. En otro tiempo iban á la misma tertulia de café; pero desde que Cabrera dijo que el planteamiento del income tax en España era un desatino, y que tal cosa no se le ocurría á nadie que tuviera sesos, Villaamil le tomó ojeriza. Se encontraban... saludo al canto, y hasta otra. Doña Pura reservaba para Cabrera motivos de odio más graves que aquel criterio despiadado sobre el income tax. En jamás de los jamases les había obsequiado aquel tío con billetes á mitad de precio para una excursioncita veraniega. Víctor hablaba perrerías de su cuñado, vengándose de los malos ratos que el otro le hacía pasar con exhortos, notificaciones y comparecencias. Para Víctor era de rúbrica que Cabrera burlaba el rigor de la Aduana en sus traídas de material eclesiástico y exportaciones de guiñapos artísticos. Y no sólo robaba al Estado, sino á la empresa, porque en los comienzos del negocio confiaba sus paquetes á los conductores, y después, cuando aquéllos se trocaron en voluminosas cajas y no quiso exponerse á un réspice de los jefes, facturaba, sí, pero aplicando á sus mercancías de lujo la tarifa de envases de retorno ó maderas de construcción. En sus declaraciones de Aduanas había cosas muy chuscas. «¿Cómo creen ustedes que declaró una caja llena de San Josés?—decía Víctor.—Pues la declaró piedras de chispa». Como él hacía favores á los vistas, éstos le pasaban aquellos manifiestos incongruentes; y los incensarios de bronce, ¿qué eran?... ferretería ordinaria; ¿y los ternos de tela barata?... paraguas sin armar y corsés en bruto.

XV

En los días subsiguientes, Pura saldó algunas cuentas de las que más la agobiaban; trajo á casa diversas prendas de ropa de las más indispensables, y en la mesa restableció el trato de los días felices. La pudorosa Ofelia se pasaba las horas muertas en la cocina, pues insensiblemente iba tomando afición al arte de Vatel, tan distinto ¡María Santísima! del de Rossini, y sentía verdadero goce espiritual en perfeccionarse en él, lanzándose á inventar ó componer algún plato. Cuando había provisiones, ó, si se quiere, asunto artístico, la inspiración se encendía en ella, y trabajaba con ahinco, entonando á media voz por añeja costumbre y con afinación perfecta, algún tiernísimo fragmento, como el moriamo insieme, ah! sí, moriamo...

Todas las noches que las Miaus no iban á la ópera, la sala llenábase de gente. Aliquando, la espléndida doña Pura obsequiaba á los actores con dulces y pastas, lo que hacía creer á la tertulia que Villaamil estaba ya colocado ó al menos con un pie dentro de la oficina. La combinación, sin embargo, no acababa de salir, porque el Ministro, harto de recomendaciones y compromisos, no se resolvía á darle la última mano. Crecía, pues, en la familia la incertidumbre y Villaamil hundíase más y más en su estudiado pesimismo, llegando al extremo de decir: «Antes veremos salir el sol por Occidente que á mí entrar en la oficina».

Desde el segundo día de su llegada, Víctor no se recataba de nadie. Entraba y salía con libertad; pasaba á la sala á las horas de tertulia, pero sin echar raíces en ella, porque tal sociedad le era atrozmente antipática. Desarmada Pura por la generosidad de su hijo político, se compadeció de verle dormir en el duro sofá del comedor, y por fin convinieron las tres Miaus en ponerle en la habitación de Abelarda, previa la traslación de ésta á la de su tía Milagros, que era la de Luisito. La pudorosa Ofelia se fué á dormir á la alcoba de su hermana, en angostísimo catre. Á D. Ramón no le supieron bien estos arreglos, porque lo que él desearía era ver salir á su yerno á cajas destempladas. En la Dirección de Contribuciones, su amigo Pantoja le había dicho que Víctor pretendía el ascenso, y que tenía un expediente cuya resolución podía serlo funesta si algún padrino no arrimaba el hombro. Era cosa de la Administración de Consumos, ó irregularidades descubiertas en la cuenta corriente que Cadalso llevaba con los pueblos de la provincia. Parecía que en la relación de apremios no figuraban algunos pueblos de los más alcanzados, y se creía que Cadalso obraba en connivencia con los alcaldes morosos. También dijeron á Villaamil que el reparto de consumos, propuesto en el último semestre por Víctor, estaba hecho de tal modo que saltaba á la vista el chanchullo y que el jefe no había querido aprobarlo.

De estas cosas no habló Villaamil ni una palabra con su yerno. En la mesa, el primero estaba siempre taciturno y Cadalso muy decidor, sin conseguir interesar vivamente en lo que decía á ninguno de la familia. Con Abelarda echaba largos parlamentos, si por acaso se encontraban solos ó en el acto interesante de acostar á Luis. Gustaba el padre de observar el desarrollo del niño y vigilar su endeble salud, y una de las cosas en que principalmente ponía cuidado era en que le abrigaran bien por las noches y en vestirle con decencia. Mandó que se le hiciera ropa, lo compró una capita muy mona y traje completo azul con medias del mismo color. Cadalsito, que era algo presumido, no podía menos de agradecer á su papá que le pusiera tan majo. Pero en lo tocante a ropa nueva, nada es comparable al lujo que desplegó en su persona el mismo Víctor al poco tiempo de llegar á Madrid. Cada día traíale el sastre una prenda flamante, y no era ciertamente su sastre como el de Villaamil, un artista de poco más ó menos, casi de portal, sino de los más afamados de Madrid. ¡Y que no lucía poco la gallarda figura de Víctor con aquel vestir correcto y airoso, no exento de severidad, que es el punto y filo de la verdadera elegancia, sin cortes ni colores llamativos! Abelarda le observaba con disimulo, solapadamente, admirando y reconociendo en él al mismo hombre excepcional que algunos años antes le sorbió el seso á su desgraciada hermana, y sentía en su alma depósito inmenso de indulgencia hacia el joven tan vivamente denigrado por toda la familia. Aquel depósito parecía pequeño mientras no se veía de él sino la mal explorada superficie; pero luego, cavando, cavando, se veía que era inagotable, quizás infinito, como grande y riquísima cantera. ¡Y qué vetas purpúreas se encontraban en la masa; qué ráfagas brillantes; algo como venas henchidas de sangre ó como el material de las piedras preciosas derretido y consolidado por los siglos en el seno de la tierra! La indulgencia se le subía del corazón al pensamiento en esta forma: «No, no puede ser tan malo como dicen. Es que no le comprenden, no le comprenden».

La idea de no ser comprendido la había expresado Víctor muchas veces, no sólo en aquella temporada, sino en otra más antigua, dos años antes, cuando pasó algunos meses con la familia. ¿Cómo habían de comprender las pobres cursis á un ser de esfera ó casta superior á la de ellas por la figura, los modales, las ideas, las aspiraciones y hasta por los defectos? Abelarda retrocedía con la imaginación á los tiempos pasados, y estudiando sus sentimientos con respecto á Víctor, se reconocía poseedora de ellos aun en vida de la pobre Luisa. Cuando todos en la casa hablaban pestes de él, Abelarda consolaba á su hermana con especiosas defensas del pérfido ó volviendo por pasiva sus faltas. «No tiene Víctor la culpa de que todas las mujeres le quieran», solía decir.

Muerta su hermana, Abelarda siguió admirando en silencio al viudo. Cierto que había dado disgustos y jaquecas sin fin á la difunta; pero ello consistía en la fatalidad de su buena figura. Sin saber cómo, á veces por delicadeza, se veía cogido en lazos amorosos ó en trampas que le tendían las picaras mujeres. Pero tenía buen fondo; con la edad sentaría un poco la cabeza, y sólo necesitaba una mujer de corazón y de temple que le sujetase, combinando el cariño con la severidad. La desdichada Luisa no servía para el caso. ¿Cómo había de practicar este difícil régimen una mujer que por cualquier motivo fútil se echaba á llorar; una mujer que en cierta ocasión cayó con un síncope porque su marido, al entrar en casa, traía el lazo de la corbata hecho de manera muy distinta de como ella se lo hiciera al salir?

En los días de este relato, costábale á la insignificante gran esfuerzo el disimular la turbación que su cuñado producía en ella al dirigirle la palabra. Á veces un gozo íntimo y bullicioso, con inflexiones de travesura, le retozaba en el corazón, como insectillo parásito que anidase en él y tuviera crías; á veces era una pena gravativa que la agobiaba. En toda ocasión sus respuestas eran vacilantes, desentonadas, sin gracia ninguna.

—¿Pero es de veras que te casas con ese pájaro frito de Ponce?—le dijo él una noche, cuando apostaba al pequeño.—Buena boda, hija. ¡Qué envidia te tendrán tus amigas! No á todas les cae esa breva.

—Déjame á mí... tonto, mala persona.

Otra noche, demostrando vivo interés por la familia, Víctor le indicó: «Mira, Abelarda, no esperes que coloquen á tu papá. La combinación está hecha, pero no se publica todavía. No va en ella. Me lo han dicho reservadamente. Ya comprenderás cuánto lo deploro. ¡El pobre señor tan lleno de ilusiones!... porque, aunque él diga que no espera nada, no hace otra cosa el infeliz. Cuando se desengañe recibirá un golpe tremendo. Pero no tengas cuidado; mi ascenso es seguro, tengo mejor arrimo que tu padre, y como he de quedarme en Madrid, no os abandonaré; ten por cierto que no. Os he dado muchos disgustos, y mi conciencia necesita descargarse. Por mucho que haga en beneficio vuestro, no acabaré de quitarme este peso.

—No, no es malo—pensaba Abelarda reconcentrándose en sus cavilaciones.—Y todo eso que dice de que no cree en Dios es música, guasa, por divertirse conmigo y hacerme rabiar. Porque eso sí; echa por aquella boca cosas muy extrañas, que no se le ocurren á nadie. No es malo, no; es travieso, y tiene mucho talento, pero mucho. Sólo que no le sabemos entender.

En lo de no ser entendido insistía Víctor siempre que venía á pelo. «Mira tú, Abelarda, esto que te digo no debiera parecerte á ti una barbaridad, porque tú me comprendes algo; tú no eres vulgo, ó al menos no lo eres del todo, ó vas dejando de serlo».

Á solas se descorazonaba la pobre joven, achicándose con implacable modestia. «Sí, por más que él diga que no, vulgo soy, y ¡qué vulgo Dios mío! De cara... psh; soy insignificante; de cuerpo no digamos; y aunque algo valiera, ¿cómo había de lucir mal vestida, con pingos aprovechados, compuestos y vueltos del revés? Luego soy ignorantísima; no sé nada, no hablo más que tonterías y vaciedades, no tengo salero ninguno. Soy una calabaza con boca, ojos y manos. ¡Qué pánfila soy, Dios mío, y qué sosaina! ¿Para qué nací así?»