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Miau

Chapter 18: XVIII
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About This Book

A satirical realist narrative follows a beleaguered urban household as successive misfortunes, petty humiliations, and convoluted dealings with rigid institutions deepen their poverty and social precariousness. Through comic episodes, sharp domestic details, and a gallery of intrusive neighbors and opportunistic acquaintances, the narrative traces daily struggles, failed schemes, generational tensions, and the corrosive effects of bureaucracy and social stigma. Tone shifts between farce and pathos while scenes accumulate into a portrait of decline, adaptation, and frustrated hopes.

XVI

Siempre que Víctor entraba en la casa, mirábale Abelarda cual si llegase de regiones sociales muy superiores. En su andar lo mismo que en sus modales, en su ropa lo mismo que en su cabellera, traía Víctor algo que se despegaba de la pobre vivienda de las Miaus, algo que reñía con aquel hogar destartalado y pedestre. Y las entradas y salidas de Cadalso eran muy irregulares. Á menudo comía de fonda con sus amigos; iba al teatro un día sí y otro también; y hasta se dió el caso de pasarse toda la noche fuera. No siempre estaba de buen talante; tenía rachas de tristeza, durante las cuales no se le sacaba palabra en todo el día. Pero otros estaba muy parlanchín, y como sus suegros no le hacían maldito caso, despachábase con su hermana política. Los ratos de plática á solas, no eran muchos; pero él sabía aprovecharlos, conociendo el dinamismo de su persona y de su conversación sobre el turbado espíritu de la insignificante.

Luisito andaba malucho, llegando su desazón al punto de guardar cama: doña Pura y Milagros fueron aquella noche al Real, Villaamil al café, en busca de noticias de la combinación, y Abelarda se quedó cuidando al chiquillo. Cuando menos lo pensaba, llaman á la puerta. Era Víctor, que entró muy gozoso, tarareando un tango zarzuelero. Enteróse de la enfermedad de su hijo, que ya estaba durmiendo, le oyó respirar, reconoció que la fiebre, caso de haberla, era levísima, y después se puso á escribir cartas en la mesa del comedor. Su cuñada le vigilaba con disimulo; dos ó tres veces pasó por detrás de él fingiendo tener que trastear algo en el aparador, y echando furtiva ojeada sobre lo que escribía. Carta de amores era sin duda por lo larga, por lo metido de la letra y por la febril facilidad con que Víctor plumeaba. Pero no pudo sorprender ni una frase ni una sílaba. Concluida la misiva, Cadalso trabó conversación con la joven, que salió á coser al comedor.

—Oye una cosa—le dijo, apoyando el codo en la mesa y la cara en la palma de la mano.—Hoy he visto á tu Ponce. ¿Sabes que he variado de opinión? Te conviene; es buen muchacho, y será rico cuando se muera su tío el notario, de quien dicen va á ser único heredero... Porque no hemos de atendernos al criterio del amigo Ruiz según el cual no hay felicidad como estar á la cuarta pregunta... Si Federico tuviera razón, y yo me dejara llevar de mis sentimientos, te diría que Ponce no te conviene, que te convendría más otro; yo, por ejemplo...

Abelarda se puso pálida, desconcertándose de tal modo, que sus esfuerzos por reir no le dieron resultado alguno.

—¡Qué tonterías dices!... ¡Jesús, siempre has de estar de broma!

—Bien sabes tú que esto no lo es (poniéndose muy serio). Hace dos años, una noche, cuando vivíais en Chamberí, te dije: «Abelardilla, me gustas. Siento que el alma se me desmigaja cuando te veo...» ¿Á que no te acuerdas? Tú me contestaste que... No sé cómo fué la contestación; pero venía á significar que si yo te quería, tú... también.

—¡Ay, qué embustero!... ¡Quita allá! Yo no dije tal cosa.

—Entonces, ¿lo soñé yo?... Como quiera que sea, después te enamoraste locamente de esa preciosidad de Ponce.

—Yo... enamorarme... Tú estás malo.. Pues sí, pongamos que me enamoré. ¿Y á ti qué te importa?

—Me importa, porque en cuanto yo me enteré de que tenía un rival, volví mi corazón hacia otra parte. Para que veas lo que es el destino de las personas: hace dos años estuvimos casi á punto de entendernos; hoy la desviación es un hecho. Yo me fuí, tú te fuiste, nosotros nos fuimos. Y al encontrarnos otra vez, ¿qué pasa? Yo estoy en una situación muy rara con respecto á ti. El corazón me dice: «enamórala», y en el mismo momento sale, no sé de dónde, otra voz que me grita: «mírala y no la toques».

—¿Qué me importa á mí nada de eso (ahogándose), si yo no te quiero á ti ni pizca ni te puedo querer?

—Lo sé, lo sé... No necesitas jurármelo. Hemos convenido en que no tiene el diablo por dónde desecharme. Me aborreces, como es lógico y natural. Pues mira tú lo que son las cosas. Cuando una persona me aborrece, á mí me dan ganas de quererla, y á ti te quiero, porque me da la gana, ya lo sabes, ea... y ole morena, como dice tu papá.

—¡Qué cosas tienes!... ¡Ay, qué tonto! (proponiéndose estar seria, y echándose á reir).

—No, si yo no te engaño ni te engañaré nunca. Créasla ó no la creas, allá va la verdad. Te quiero y no debo quererte, porque eres demasiado angelical para mí. No puedes ser mía sino por el matrimonio, y el matrimonio, esa máquina absurda que sólo funciona bien para las personas vulgares, no nos sirve en estos momentos. Bueno ó malo, como tú quieras suponerme, tengo, aunque parezca inmodestia, una misión que cumplir: aspiro á algo peligroso y difícil, para lo cual necesito ante todo libertad; corro desalado hacia un fin, al cual no llegaría si no fuera solo. Acompañado me quedaré á la mitad del camino. Adelante, adelante siempre (con afectación teatral). ¿Qué impulso me arrastra? La fatalidad, fuerza superior á mis deseos. Vale más estrellarse que retroceder. No puedo volver atrás ni llevarte conmigo. Temo envilecerte. Y si tuvieras la inmensa desgracia de ser mujer de este miserable... (cerrando los ojos y extendiendo la mano como para apartar una sombra). No, rechacemos con energía semejante idea... Te quiero lo bastante para no traerte jamás á mi lado. Si algún día... (con sonsonete declamatorio), si algún día me alucino y cometo la torpeza insigne de decirte que te amo, de pedirte tu amor, despréciame; no te dejes llevar de tu inmensa bondad; arrójame de ti como á un animal dañino, porque más te valiera morir que ser mía.

—Pero di, ¿te has propuesto marearme? (trémula y disimulando su turbación con la tentativa frustrada de enhebrar una aguja). ¿Qué disparates son esos que me dices? Si yo no he de... hacerte caso... ¿Á qué viene eso de que me mate ó que me muera ó que me lleven los demonios?

—Ya sé que no me quieres. Lo único que te pido, y te lo pido como un favor muy grande, es que no me aborrezcas, que me tengas compasión. Déjame á mí, que yo me entiendo solo, guardando con avaricia estas ideas para consolarme con ellas. En medio de mis desgracias, que tú no conoces, tengo un alivio, y es saber vivir en lo ideal y fortificar mi alma con ello. Tu destino es muy diferente al mío, Abelarda. Sigue tu senda, que yo voy por la mía, llevado de mi fiebre y de la rapidez adquirida. No contrariemos la fatalidad que todo lo rige. Quizás no volvamos á encontrarnos. Antes de que nos separemos, te voy á dar un consejo: si Ponce no te es desagradable, cásate con él. Basta con que no te sea desagradable. Si no te gusta, si no encuentras otro que tenga los ojos menos húmedos, renuncia al matrimonio... Es el consejo de quien te quiere más de lo que tú piensas... Renuncia al mundo, entra en un convento, conságrate á un ideal y á la vida contemplativa. Yo no tengo la virtud de la resignación, y si no consigo llegar á donde pienso, si mi sueño se convierte en humo, me pegaré un tiro.

Lo dijo con tanta energía y tal acento de verdad, que Abelarda se lo creyó, más impresionada por aquel disparate que por los otros que acababa de oir.

—No harás tal. ¡Matarte! Eso sí que no me haría gracia... (cazando al vuelo una idea). Pero ¡quiá! todo eso de la desesperación y el tirito es porque tienes por ahí algún amor desgraciado. Alguien habrá que te atormenta. Bien merecido lo tienes, y yo me alegro.

—Pues mira, hija (variando de registro), lo has dicho en broma, y quizás, quizás aciertes...

—¿Tienes novia? (fingiendo indiferencia).

—Novia, lo que se dice novia... no.

—Vamos, algún amor.

—Llámalo fatalidad, martirio...

—Dale con la dichosa fatalidad... Di que estás enamorado.

—No sé qué responderte (afectando una confusión bonita y muy del caso). Si te digo que sí, miento; y si te digo que no, miento también. Y habiéndote asegurado que te quiero á ti, ¿en qué juicio cabe la posibilidad de interesarme por otra? Todo ello se explicará distinguiendo entre un amor y otro amor. Hay un cariño santo, puro y tranquilo, que nace del corazón, que se apodera del alma y llega á ser el alma misma. No confundamos este sentimiento con las ebulliciones enfermizas de la imaginación, culto pagano de la belleza, anhelo de los sentidos, en el cual entra también por mucho la vanidad, fundada en la jerarquía de quien nos ama. ¿Qué tiene que ver esta desazón, accidente y pasatiempo de la vida, con aquella ternura inefable que inspira al alma deseo de fundirse con otra alma, y á la voluntad el ansia del sacrificio...?

No siguió, porque con sutil instinto comprendía que la excesiva sutileza le llevaba á la ridiculez. Para la pobre Abelarda, estos conceptos ardorosos, pronunciados con cierta mímica elegante por aquel hombre guapísimo que, al decirlos, ponía en sus ojos negros expresión tan dulce y patética, eran lo más elocuente que había oído en su vida, y el alma se le desgarraba al escucharlos. Comprendiendo el efecto, Víctor buscaba en su mente discursiva nuevos arbitrios para seguir sorbiendo el seso á la cuitada joven. Allí le soltó algunas frases más, paradójicas y acaloradas, en contradicción con las anteriores; pero Abelarda no se fijaba en lo contradictorio. La honda impresión de los últimos conceptos borraba en su mente la de los primeros, y se dejaba arrastrar por aquel torbellino, entre un hervidero de sentimientos encontrados, curiosidad, amor, celos, gozo y rabia. Víctor doraba sus mentiras con metáforas y antítesis de un romanticismo pesimista que está ya mandado recoger. Mas para la señorita Villaamil, la quincalla deslucida y sin valor era oro de ley, pues su escasa instrucción no le permitía quilatar los textos olvidados de que Víctor tomaba aquella monserga de la fatalidad. El volvió á la carga, diciéndole en tono un tanto lúgubre:

—No puedo seguir hablando de esto. Lo que no debe ser, no es. Comprendo que convendría más entregarme á ti... quizás me salvarías. Pero no, no me quiero salvar. Debo perderme, y llevarme conmigo este sentimiento que no merecí, este rayo celestial que guardo con susto como si lo hubiera robado.. En mí tienes un trasunto del Prometeo de la fábula. He arrebatado el fuego celeste, y en castigo de esto, un buitre me roe las entrañas.

Abelarda, que no sabía nada de Prometeo, se asustó con aquello del buitre; y el otro, satisfecho de su triunfo, prosiguió así:

—Soy un condenado, un réprobo... No puedo pedirte que me salves, porque la fatalidad lo impediría. Por tanto, si ves que me llego á ti y te digo que te quiero, no me creas... es mentira, es un lazo infame que te tiendo; despréciame, arrójame de tu lado; no merezco tu cariño, ni tu compasión siquiera...

La insignificante, con inmensa pena y desaprobación de sí misma, pensó: «Soy tan pava y tan vulgar, que no se me ocurre nada qué responder á estas cosas tan remontadas y tan sentidas que me está diciendo». Dió un gran suspiro y le miró, con vivos deseos de echarle los brazos al cuello exclamando: «Te quiero yo á ti más de lo que tú puedes suponer. Pero no hagas casos de mí, no merezco nada, ni valgo lo que tú. Quiero gozarme en la amargura de quererte sin esperanza».

Víctor, sosteniéndose la cabeza con ambas manos, espaciaba sus distraídos ojos por el hule de la mesa, ceñudo y suspirón, haciéndose el romántico, el no comprendido, algo de ese tipo de Manfredo, adaptado á la personalidad de mancebos de botica y oficiales de la clase de quintos. Después la miró con extraordinaria dulzura, y tocándole el brazo, le dijo: «¡Ah! ¡cuánto te hago sufrir con estas horribles misantropías que no pueden interesarte! Perdóname; te ruego que me perdones. No estoy tranquilo si no dices que sí. Eres un ángel, no soy digno de ti, lo reconozco. Ni siquiera aspiro á merecerte; sería insensato atrevimiento. Sólo pretendo por ahora que me comprendas... ¿Me comprenderás?»

Abelarda llegaba ya al límite de sus esfuerzos por disimular el ansia y la turbación. Pero su dignidad podía mucho. No quería entregar el secreto de su alma, sin defenderlo hasta morir; y al cabo, con supremo heroísmo, soltó una risa que más bien parecía la hilaridad espasmódica que precede á un ataque de nervios, diciendo á Cadalso:

—Vaya si te comprendo... Te haces el pillo, te haces el malo... sin serlo, para engañarme. Pero á mí no me la pegas... Tonto de capirote... yo sé más que tú. Te he calado. ¿Qué manía de que te aborrezcan, si no lo has de conseguir?...

XVII

Luisito empeoró. Tratábase de un catarro gástrico, achaque propio de la infancia, y que no tendría consecuencias, atendido á tiempo. Víctor, intranquilo, trajo al médico, y aunque su vigilancia no era necesaria porque las tres Miaus cuidaban con mucho cariño al enfermito, y hasta se privaron durante varias noches de ir á la ópera, no cesaba de recomendar la esmerada asistencia, observando á todas horas á su hijo, arropándole para que no se enfriara y tomándole el pulso. Á fin de entretenerle y alegrar su ánimo, cosa muy necesaria en las enfermedades de los niños, le llevó algunos juguetes, y su tía Quintina también acudió con las manos llenas de cromos y estampas de santos, el entretenimiento favorito de Luis. Debajo de las almohadas llegó á reunir un sinnúmero de baratijas y embelecos, que sacaba á ciertas horas para pasarles revista. En aquellas noches de fiebre y de mal dormir, Cadalsito se había imaginado estar en el pórtico de las Alarconas ó en el sillar de la explanada del Conde-Duque; pero no veía á Dios, ó, mejor dicho, sólo le veía á medias. Presentábasele el cuerpo, el ropaje flotante y de incomparable blancura; á veces distinguía confusamente las manos, pero la cara no. ¿Por qué no se dejaba ver la cara? Cadalsito llegó á sentir gran aflicción, sospechando que el Señor estaba enfadado con él. ¿Y por qué causa?... En una de las estampitas que su padre le había traído, estaba Dios representado en el acto de fabricar el mundo. ¡Cosa más fácil!... Levantaba un dedo, y salían el cielo, el mar, las montañas... Volvía á levantar el dedo, y salían los leones, los cocodrilos, las culebras enroscadas y el ligero ratón... Pero la lámina aquélla no satisfacía al chicuelo. Cierto que el Señor estaba muy bien pintado; pero no era, no, tan guapo y respetuoso como su amigo.

Una mañana, hallándose ya Luis limpio de calentura, entró su abuelo á visitarle. Parecióle al chico que Villaamil sufría en silencio una gran pena. Ya, antes de llegar el viejo, había oído Luis un run-run entre las Miaus, que le pareció de mal agüero. Se susurraba que no había sitio en la combinación. ¿Cómo se sabía? Cadalsito recordaba que por la mañana temprano, en el momento de despertar, había oído á doña Pura diciendo á su hermana: «Nada por ahora... Valiente mico nos han dado. Y no hay duda ya; me lo ha dicho Víctor, que lo averiguó anoche en el Ministerio».

Estas palabras, impresas en la mente del chiquillo, las relacionó luego con la cara de ajusticiado del abuelo cuando entró á verle. Luis, como niño, asociaba las ideas imperfectamente, pero las asociaba, poniendo siempre entre ellas afinidades extrañas sugeridas por su inocencia. Si no hubiera conocido á su abuelo como le conocía, le habría tenido miedo en aquella ocasión, porque en verdad su cara era cual la de los ogros que se zampan á las criaturas... «No le colocan», pensó Luisito, y al decirlo juntaba otras dos ideas en su mente aún turbada por la mal extinguida calentura. La dialéctica infantil es á voces de una precisión aterradora, y lo prueba esto razonamiento de Cadalsito: «Pues si no le quiere colocar, no sé por qué se enfada Dios conmigo y no me enseña la cara. Más bien debiera yo estar enfadado con él».

Villaamil se puso á dar paseos por la habitación, con las manos en los bolsillos. Nadie se atrevía á hablarle. Luis sintió entonces congojosa pena que le abatía el ánimo: «No le colocan—pensaba,—porque yo no estudio, ¡contro! porque no me sé las condenadas lecciones». Pero al punto la dialéctica infantil resurgió para acudir á la defensa del amor propio: «¿Pero cómo he de estudiar si estoy malo?... Que me ponga bueno él, y verá si estudio»»

Entró Víctor, que venía de la calle, y lo primero que hizo fué darle un abrazo á Villaamil, cortando sus pasos de fiera enjaulada. Doña Pura y Abelarda hallábanse presentes.

—No hay que abatirse ante la desgracia—dijo Víctor al hacer la demostración afectuosa, que Villaamil, por más señas, recibió de malísimo temple.—Los hombres de corazón, los hombres de fibra, tienen en sí mismos la fuerza necesaria para hacer frente á la adversidad... El Ministro ha faltado una vez más á su palabra, y han faltado también cuantos prometieron apoyarle á usted. Que Dios les perdone, y que sus conciencias negras les acusen con martirio horrible del mal que han hecho.

—Déjame, déjame—replicó Villaamil, que estaba como si le fueran á dar garrote.

—Bien sé que el varón fuerte no necesita consuelos de un hombre vulgar como yo. ¿Qué ha sucedido aquí? Lo natural, lo lógico en estas sociedades corrompidas por el favoritismo. ¿Qué ha pasado? Que al padre de familia, al hombre probo, al funcionario de mérito, envejecido en la Administración, al servidor leal del Estado que podría enseñar al Ministro la manera de salvar la Hacienda, se le posterga, se le desatiende y se le barre de las oficinas como si fuera polvo. Otra cosa me sorprendería; esto no. Pero hay más. Mientras se comete tal injusticia, los osados, los ineptos, los que no tienen conciencia ni título alguno, apandan la plaza en premio de su inutilidad. Contra esto no queda más recurso que retirarse al santuario de la conciencia y decir: «Bien. Me basta mi propia aprobación».

Víctor, al expresarse con tanta filosofía, miraba á doña Pura y á Abelarda, que estaban muy conmovidas y á dos dedos de llorar. Villaamil no decía palabra, y con la cara lívida y la mandíbula temblorosa había vuelto á sus paseos.

—Nada me sorprende—añadió Víctor, desbordándose en sacrosanta indignación.—Esto está tan podrido, que va á resultar la cosa más chocante del mundo: mientras á este hombre, que debiera ser Director general, lo menos, se le desatiende y se le manda á paseo, yo, que ni valgo nado, ni soy nada y tengo tan cortos servicios, yo... créanlo ustedes, yo, cuando esté más descuidado, me encontraré con el ascenso que he pedido. Así es el mundo, así es España y así nos vamos educando todos en el desprecio del Estado, y atizando en nuestra alma el rescoldo de las revoluciones. Al que merece, desengaños; al que no, confites. Esta es la lógica española. Todo al revés; el país de los viceversas... Y yo, que estoy tranquilo, que no me apuro, que no tengo tampoco necesidades, que desprecio la credencial y á quien me la ofrece, seré colocado, mientras el padre de familia, cargado de obligaciones, el que por su respetabilidad, por sus servicios, se hacía tan fundadamente la ilusión de que...

—Yo no me hacía ilusiones, ni ese es el camino—dijo bruscamente y con arrebato de ira don Ramón, elevando las manos hasta muy cerca del techo.—Yo no tuve nunca esperanzas... yo no creí que me colocasen, ni lo volveré á creer jamás. ¡Vaya, que es tema el de esta gente! Si yo no esperé nada... ¿Cómo se ha de decir? De veras parece que entre todos os proponéis freirme la sangre.

—Hijo, cualquiera diría que es crimen tener esperanzas—observó doña Pura.—Pues las tengo, y ahora más que nunca. Habrá otra combinación. Te lo han prometido, y á la fuerza te lo han de cumplir.

—¡Claro!—dijo Víctor, contemplando á Villaamil con filial interés.—Y, sobre todo, no conviene apurarse. Venga lo que viniere, puesto que todo es injusticia y sinrazón, si á mí me ascienden, como espero, mi suerte compensará la desgracia de la familia. Yo soy deudor á la familia de grandes favores. Por mucho que haga, no los podré pagar. He sido malo; pero ahora me da, no diré que por ser bueno, pues lo veo difícil, pero sí porque se vayan olvidando mis errores... La familia no carecerá de nada mientras yo tenga un pedazo de pan.

Agobiado por sentimientos de humillación, que caían sobre su alma como un techo que se desploma, Villaamil dió un resoplido y salió del cuarto. Siguióle su mujer, y Abelarda, dominada por impresiones muy distintas de las de su padre, se volvió hacia la cama de Luis, fingiendo arroparle, para esconder su emoción, mientras discurría: «No, lo que es de malo no tiene nada. No lo creeré, dígalo quien lo diga».

—Abelarda—insinuó él melosamente, después de un rato de estar solos con el pequeño.—Yo bien sé que á ti no necesito repetirte lo que he manifestado á tus padres. Tú me conoces algo, me comprendes algo; tú sabes que míentras yo tenga un mendrugo de pan, vosotros no habéis de carecer de sustento; poro á tus padres he de decírselo y aun probárselo para que lo crean. Tienen muy triste idea de mí. Verdad que no se pierde en dos días una mala reputación. ¿Y cómo no había de brindar á ustedes ayuda, á no ser un monstruo? Si no lo hiciera por los mayores, tendría que hacerlo por mi hijo, criado en esta casa, por este ángel, que más os quiere á vosotros que á mí... y con muchísima razón.

Abelarda acariciaba á Luis, tratando de ocultar las lágrimas que se le agolpaban á los ojos, y el pequeñuelo, viéndose tan besuqueado y oyendo aquellas cosas que papá decía y que le sonaban á sermón ó parrafada de libro religioso, se enterneció tanto, que rompió á llorar como una Magdalena. Ambos se esforzaron en distraer su espíritu, riendo, diciéndole chuscadas festivas ó inventando cuentos.

Por la tarde, el muchacho pidió sus libros, lo que admiró á todos, pues no comprendían que quien tan poco estudiaba estando bueno, quisiese hacerlo hallándose encamado. Tanto se impacientó él, que le dieron la Gramática y la Aritmética, y las hojeaba, cavilando así: «Ahora no, porque se me va la vista; pero en cuanto yo pueda, ¡contro! me lo aprendo enterito... y veremos entonces... ¡veremos!»

XVIII

La mísera Abelarda andaba tan desmejoradilla, que su madre y su tía la creyeron enferma y hablaron de llamar al médico. No obstante, continuaba haciendo la vida ordinaria, trabajando, durante muchas horas del día, en transformaciones y arreglos de vestidos. Usaba un maniquí de mimbres, trashumante del gabinete al comedor, y que al anochecer parecía una persona, la cuarta Miau, ó el espectro de alguno de la familia que venía del otro mundo á visitar á su progenie. Sobre aquel molde probaba la insignificante sus cortes y hechuras, que eran bastante graciosas. Á la sazón traía entre manos un vestido con retazos de cachemir que prestaron ya dos servicios y había sido vuelto del revés y lo de arriba abajo. Se les añadía, para combinar, una telucha de á peseta. Semejantes componendas eran familiares á Pura, y si una tela no podía lavarse ni volverse, la mandaba al tinte, y... como acabada de estrenar. Con tal sistema, hubo vestido que salió por veinticuatro reales. Pero en lo que Abelarda lucía sorprendentes facultades era en la metamorfosis de sombreros. La capota de doña Pura había pasado por una serie de vidas diferentes, que al modo de encarnaciones la hacían siempre nueva y siempre vieja. Para invierno, forrábanla de terciopelo, y para verano la cubrían con el encaje de una visita desechada: las flores ó prendidos eran regalo de las vecinas del principal. La martirizada armadura del sombrero de Abelarda había tomado ya, durante la época de la cesantía, formas y estilos diferentes, según las pragmáticas de la moda, y con este exquisito arte de disimular la indigencia, salían las Villaamil á la calle hechas unos brazos de mar.

Las noches que no iban las Miaus á rendir culto á Euterpe, tenía que aguantar Abelarda, por dos ó tres horas, la jaqueca de Ponce, ó bien ensayaba su papel en la pieza. Mucho disgustaba á doña Pura tener que dar función dramática habiendo fracasado las esperanzas de próxima colocación; pero como estaba anunciada á son de trompeta, distribuídos los papeles y tan adelantados los ensayos, no había más remedio que sacrificarse en aras de la tiránica sociedad. De propósito había escogido Abelarda un papel incoloro, el de criada, que al alzarse el telón salía plumero en mano, lamentándose de que sus amos no le pagaban el salario, y revelando al público que la casa en que servía era la más tronada de Madrid. La pieza pertenecía al género predilecto de los ingenios de esta Corte, y se reducía á presentar una familia cursi, con menos dinero que vanidad; una señora hombruna que trataba á zapatazos á su marido, un noviazgo, un enredo fundado en equivocaciones de nombres, con gran mareo de entradas y salidas, hasta que, cuando aquello parecía una casa de Orates, salía el padre memo diciendo: Ahora lo comprendo todo, y se acababa el entremés con boda y una décima pidiendo al público aplausos. Ponce hacía el papel de padre tonto; y el de un pollo calavera y achulado, que era autor del lío y la sal y pimienta de la pieza, tocó á un tal Cuevas, hijo del vecino del principal, D. Isidoro Cuevas, viudo con mucha familia, empleado en la Alcaidía de la vecina Cárcel de Mujeres, y comúnmente llamado en la vecindad el señor de la Galera. El Cuevas hijo era chistoso, de buena sombra; contaba cuentos de borrachos con tal gracia, que era morirse de risa; imitaba el lenguaje chulo, se cantaba flamenco por todo lo alto, amén de otras muchas habilidades, por las cuales se lo rifaban en las tertulias del jaez de la de Villaamil. El papel de señorita de la casa corría á cargo de la chica de Pantoja (D. Buenaventura Pantoja, empleado en el Ministerio de Hacienda, amigo íntimo de Villaamil); y el de mamá impertinente, ordinaria, lenguaraz, sargentona, papel del tipo Valverde, correspondió á una de las chicas de Cuevas (eran cuatro y se ayudaban con la modistería de sombreros, por cierto muy bien). Otros papeles, un lacayo, un viejo prestamista, un marqués tronado y de filfa, que resultaba ser lipendi de marca mayor, fueron repartidos entre diferentes chicos de la tertulia. El cojo Guillén se avino á ser apuntador. Federico Ruiz oficiaba de director de escena, y habría deseado que tal función tuviera carteles en las esquinas, para poner en ellos con letras muy gordas: bajo la dirección del reputado publicista, etc., etc.

Poseía Abelarda memoria felicísima, y se aprendió el papel muy pronto. Asistía á los ensayos como un autómata, prestándose dócilmente á la vida de aquel mundo, para ella secundario y artificial; como si su casa, su familia, su tertulia, Ponce, fuesen la verdadera comedia, de fáciles y rutinarios papeles... y permaneciese libre el espíritu, empapado en su vida interior, verdadera y real, en el drama exclusivamente suyo, palpitante de interés, que no tenía más que un actor, ella, y un solo espectador, Dios.

Monólogo desordenado y sin fin. Una mañana, mientras la joven se peinaba, el espectador habría podido oir lo siguiente: «¡Qué fea soy, Dios mío; qué poco valgo! Más que fea, sosa, insignificante; no tengo ni un grano de sal. ¡Si al menos tuviera talento!; pero ni eso... ¿Cómo me ha de querer á mí, habiendo en el mundo tanta mujer hermosa y siendo él un hombre de mérito superior, de porvenir, elegante, guapo y con muchísimo entendimiento, digan lo que quieran?... (Pausa.) Anoche me contó Bibiana Cuevas que en el paraíso del Real nos han puesto un mote; nos llaman las de Miau ó las Miaus, porque dicen que parecemos tres gatitos, sí, gatitos de porcelana, de esos con que se adornan ahora las rinconeras. Y Bibiana creía que yo me iba á incomodar por el apodo. ¡Qué tonta es! Ya no me incomodo por nada. ¿Parecemos gatos? ¿Sí? Mejor. ¿Somos la risa de la gente? Mejor que mejor. ¿Qué me importa á mí? Somos unas pobres cursis. Las cursis nacen, y no hay fuerza humana que les quite el sello. Nací de esta manera y así moriré. Seré mujer de otro cursi y tendré hijos cursis, á quienes el mundo llamará los michitos... (Pausa.) ¿Y cuándo colocarán á papá? Si lo miro bien, no me importa; lo mismo da. Con destino y sin destino, siempre estamos igual. Poco más ó menos, mi casa ha estado toda la vida como está ahora. Mamá no tiene gobierno; ni lo tiene mi tía, ni lo tengo yo. Si colocan á papá, me alegraré por él, para que tenga en qué ocuparse y se distraiga; pero por la cuestión de bienestar, me figuro que nunca saldremos de ahogos, farsas y pingajos... ¡Pobres Miaus! Es gracioso el nombre. Mamá se pondrá furiosa si lo sabe; yo no; ya no tengo amor propio. Se acabó todo, como el dinero de la familia... si es que la familia ha tenido dinero alguna vez. Le voy á decir á Ponce esto de las Miaus, á ver si lo toma á risa ó por la tremenda. Quiero que se encrespe un día para encresparme yo también. Francamente, me gustaría pegarle ó algo así... (Pausa.) ¡Vaya que soy desaborida y sin gracia! Mi hermana Luisa valía más; aunque, la verdad, tampoco era cosa del otro jueves. Mis ojos no expresan nada; cuando más, expresan que estoy triste, pero sin decir por qué. Parece mentira que detrás de estas pupilas haya... lo que hay. Parece mentira que este entrecejo y esta frente angosta oculten lo que ocultan. ¡Qué difícil para mí figurarme cómo es el cielo; no acierto, no veo nada! ¡Y qué fácil imaginarme el infierno! Me lo represento como si hubiera estado en él... Y tienen razón; el parecido con la cara de un gato salta a la vista... La boca es lo peor; esta boca de esquina que tenemos las tres... Sí; pero la de mamá es la más característica. La mía, tal cual; y cuando me río, no resulta maleja. Una idea se me ocurre: si yo me pintara, ¿valdría un poco más? ¡Ah! no; Víctor se reiría de mí. Él podrá desdeñarme; pero no me considera mujer ridícula y antipática. ¡Jesús! ¿Seré antipática? Esta idea sí que no la puedo sufrir. Antipática, no, Dios mío. Si me convenciera de que soy antipática, me mataría... (Pausa.) Anoche entró y se metió en su cuarto sin decir oxte ni moxte. Más vale así. Cuando me habla me estruja el corazón. Porque me quisiera, sería yo capaz de cometer un crimen. ¿Qué crimen? Cualquiera... todos. Pero no me querrá nunca, y me quedaré con mi crimen en proyecto y desgraciada para siempre».

—Hija—indicó doña Pura, sacándola impensadamente de su abstracción.—Cuando venga Ponce, le dices que le matamos si no nos trae los billetes para el beneficio de la Pellegrini. Si no los tiene, que los busque. Ella ha de dar billetes á los periódicos y á toda la dignísima alabarda. Créelo; si Ponce va á pedírselos, ella es muy fina y no se los negará. Nos enojaremos de veras si no los trae.

—Los traerá—dijo Abelarda, que había acabado de edificar su moño.—Como no los traiga, no le vuelvo á dirigir la palabra.

Ponce entraba allí como Pedro por su casa, dirigiéndose al comedor, donde comúnmente encontraba á su novia. Llegó aquella tarde á eso de las cuatro, y pasó, atusándose el pelo, después de haber colgado la capa y hongo en la percha del recibimiento. Era un joven raquítico y linfático, de esos que tienen novia como podrían tener un paraguas, con ribetes de escritor, crítico gratuito, siempre atareado, quejoso de que no le leía nadie (aquí no se lee), abogadillo, buen muchacho, orejas grandes, lentes sin cordón, bizcando un poco los ojos, mucha rodillera en los pantalones, poca sal en la mollera, y en el bolsillo obra de seis reales, cuando más. Gozaba un destinillo en el Gobierno de provincia, de seis mil, y estaba hipando por los ocho que le habían prometido desde el año anterior... que hoy, que mañana. Cuando los tuviera, boda al canto. Estas esperanzas no habrían bastado á que los Villaamil aceptasen su candidatura á yerno; pero tenía un tío rico, notario, sin hijos, enfermo de cáncer, y como se había de morir antes de un año, quizás de un mes, y Ponce era su heredero, la familia Miau vió en el aspirante una chiripa. El desgraciado tío, según los cálculos de Pantoja, que era su amigo y testamentario, dejaría dos casas, algunos miles y la notaría...

Lo mismo fué entrar Ponce en el comedor, que soltarle Abelarda esta indirecta:

—Si no trae usted las entradas para el beneficio de la Pellegrini, no vuelve usted á poner los pies aquí.

—Calma, hija, calma; déjame sentar, tornar aliento... He venido á escape. Me pasan cosas muy gordas, pero muy gordas.

—¿Qué lo pasa á usted, hombre de Dios?—preguntó doña Pura, que acostumbraba reprenderle como á un hijo.—Siempre viene con apuros, y total, nada.

—Óigame usted, doña Pura, y tú, Abelarda, óyeme también. Mi tío está muy malo, pero muy malo.

—¡Ave María Purísima!—exclamó doña Pura, sintiendo que le daba un vuelco el corazón.

Y brincando como un cervatillo, fué á la cocina á dar la noticia á su hermana.

—Está expirando...

—¿Quién?

—El tío, mujer, el tío... ¿no te enteras?... Pero dígame usted, Ponce (volviendo al comedor con rapidez gatuna), ¿va de veras?... Estará usted muy contento, muy... triste quiero decir.

—Se harán ustedes cargo de que no puedo ir al teatro, ni visitar á la Pellegrini... Como ustedes conocen... Muy malo, muy malito... Dicen los médicos que no dura dos días...

—¡Pobre señor!... ¿Y qué hace usted que no se planta en casa del difunto... digo, del enfermo?

—De allí vengo... Esta noche, á las siete, le llevaremos el Viático.

Corrió doña Pura al despacho, donde estaba Villaamil.

—El Viático... ¿no te enteras?

—¿Qué?... ¿quién?

—El tío, hombre, el tío de Ponce, que está dando las boqueadas... (Deslizándose otra vez hacia el comedor). Amigo Ponce, ¿quiere usted tomar una copita de vino con bizcochos? Estará usted muy afectado... Y no hay que pensar en teatros... No faltaba más. Nosotras tampoco iremos. Ya ve usted, el luto... guardaremos luto riguroso... ¿De veras no quiere usted una copita de vino con bizcochos?... ¡Ah! ¡qué cabeza!... ¡si se ha acabado el vino!... Pero lo traeremos... Con formalidad: ¿no quiere usted?

—Gracias; ya sabe usted que el vino se me sube á la cabeza.

Abelarda y Ponce pegaron la hebra, sin más testigo que Luis, que andaba enredando en el comedor, y á veces se paraba ante los novios, mirándoles con estupor infantil. Hablaban á media voz... ¿Qué dirían? Las trivialidades de siempre. Abelarda hacía su papel con aquella indolente pasividad que demostraba en los lances comunes de la vida. Era ya rutina en ella charlotear con aquel tonto, decirle que le quería, anticipar alguna idea sobre la boda. Había contraído hábito de responder afirmativamente á las preguntas de Ponce, siempre comedidas y correctas. El albedrío no tomaba parte alguna en semejantes confidencias; la mujer exterior y visible realizaba una serie de actos inconscientes, á manera de sonámbula, quedando desligada la mujer interna para obrar conforme á sentimientos más humanos. Antes de la aparición súbita de Víctor en la casa, Abelarda consideraba á Ponce como un recurso y apoyo probable en las vicisitudes de la suerte. Se casaría con él por colocarse, por tener posición y nombre y salir de aquella estrechez insoportable de su hogar. Desde que vino el otro, dejábase llevar de estas mismas ideas, pero como el patinador, que una vez lanzado, sigue y sigue girando y resbalando sin caer sobre el hielo. No se le ocurría á la joven desdecirse ni renegar del matrimonio con Ponce; porque tener aquel marido equivalía á tener un abanico, un imperdible ú otro objeto cualquiera de los más usuales á la vez que indiferentes. El pegajoso crítico se creyó obligado á mostrarse aquel día más tierno que los demás, atreviéndose á fijar el de las bendiciones y á proponer, desmintiendo su timidez, algunos particulares de su futura existencia matrimonial. Oíale la insignificante como quien oye llover, y en virtud de la velocidad adquirida, se mostraba conforme con semejantes proyectos y los apoyaba con palabras glaciales y descoloridas, á la manera de quien repite paternóster y avemarías de un rosario rezado á bostezos sin devoción alguna.

Sonó la campanilla y Abelarda se sobresaltó por dentro, sin perder su continente frío. Le conocía en el modo de llamar, conocía su taconeo al subir la escalera, y si desde la puerta de la casa hasta el comedor pronunciaba alguna frase, hablando con doña Pura ó con Villaamil, discernía por la inflexión lejana del acento si llegaba bien ó mal humorado. Doña Pura, al abrir á Víctor, le embocó la noticia de la inminente muerte del tío de Ponce. Incapaz de contenerse la buena señora, se espontaneó hasta con el maestro de baile (vulgo aguador). Víctor entró sonriendo, y, por inadvertencia ó malicia, hubo de dar la enhorabuena á Ponce, el cual se quedó turulato.

XIX

—¡Ah! no... dispense usted. Me confundí... Es que á mi señora suegra lo bailaban los ojos cuando me lo dijo. Efectos del cariño que le tiene á usted, ínclito Ponce. El cariño ciega á las personas... Usted es ya de casa; le queremos mucho, y como no tenemos el gusto de conocer, ni aun de vista, á su señor tío...

Acarició á Luis sobándole la cara y repujándole los carrillos para besárselos, y después le mostró el regalo que le traía. Era un álbum para sellos, prometido el día que el niño tomó la purga, y además del álbum una porción de sellos de diferentes colores, algunos extranjeros, españoles los más, para que se entretuviera pegándolos en las hojas correspondientes. Lo que agradeció Cadalsito este obsequio, no puede ponderarse. Estaba en la edad en que empieza á desarrollarse el sentido de la clasificación y en que relacionamos los juguetes con los conocimientos serios de la vida. Víctor le explicó la distribución de las hojas del álbum, enseñándole á reconocer la nacionalidad de los sellos. «Mira, esta tía frescachona es la República francesa. Esta señora con corona y bandós es la Reina de Inglaterra, y esta águila con dos cabezas, Alemania. Los vas poniendo en su sitio, y ahora lo que has de hacer es reunir muchos para llenar los huecos todos». El pequeñuelo estaba encantado; sólo sentía que la cantidad de sellos no fuera suficiente á inundar la mesa. Pronto se enteró del procedimiento, y en su interior hizo voto de conservar el álbum y de cuidarlo mientras le durase la vida.

Víctor, entretanto, metió cucharada en la conversación hocicante que se traían Abelarda y Ponce. Casi estaban morro con morro, tejiendo un secreto, una conspiración de soserías, para él amorosas y para ella indiferentes y cansadas. Víctor encajó la cuchara entre boca y boca, diciéndoles:

—Amiguitos, los gorros á quien los tolere; yo protesto. ¿Y no podrían aguardar á la luna de miel para hacer los tortolitos? Francamente, eso es insultar á la desgracia. La felicidad debe disimularse ante los desdichados, como la riqueza ante el pobre. La caridad lo manda así.

—¿Pero á ti qué te importa que nosotros nos queramos ó dejemos de querernos—dijo Abelarda,—ni que nos casemos ó dejemos de casarnos? Seremos felices ó no, según nos dé la gana. Eso, acá nosotros. Tú nada tienes que ver.

—Don Víctor—indicó Ponce con su habitual insipidez,—si está usted envidioso, con su pan se lo coma.

—¿Envidioso? No negaré que lo estoy. Mentiría si otra cosa dijese.

—Pues rabia, pues rabia.

—Papá, papá—chilló Luisito, empeñado en que Víctor volviera la cabeza hacia donde él estaba, y poniéndole la mano en la cara para obligarlo á que lo mirase.—¿De qué parte es este que tiene un señor con bigotes muy largos?

—¿Pero no lo vos, hijo? Es de Italia... Pues sí que estoy envidioso. Ésta me dice que rabie, y no tongo inconveniente en rabiar y aun en morder. Porque cuando veo dos que se quieren bien, dos que resuelven el problema del amor y allanan todas las dificultades, y caminito, caminito de la dicha, llegan hasta el matrimonio, me muero de envidia. Para mí, créanlo ó no lo crean, ustedes han resuelto el problema. Yo miro en esta parejita lo que nunca podré alcanzar. Ustedes no tienen ambición, ustedes se contentan con una vida pacífica y modesta, estimándose y queriéndose sin fiebre ni locuras de esas... Ustedes no tendrán mucho parné, pero no carecerán del puchero; ustedes, sin ser santos, reúnen bastante virtud para recrearse el uno en el otro... ¿Qué más se puede desear?... ¡Ah! ínclito Ponce, usted la ha sabido entender; ha sabido elegir... y ella también, esta pícara, que parece que no rompe un plato, ha metido la mano en el cesto y ha sacado la fruta mejor. Yo me felicito, ¿pues no me he de felicitar? Pero eso no quita que tenga mi pelusa, como cualquier hijo de vecino, porque me contemplo en situación tan distinta, ay! tan distinta... Daría todo cuanto tengo, cuanto espero, por una cosa. ¿Á que no lo adivinan?

Con repentina intuición, Abelarda le vió venir y temblaba.

—Pues yo daría todo por ser el ínclito Ponce. Créanlo ustedes ó no lo crean, esta es la verdad. ¿Quiere usted cambiarse, Ponce amigo?

—Francamente, si en el cambio me quedo con la dama, no hay inconveniente ninguno.

—¡Oh! eso no, porque cabalmente ahí está la tostada. Yo daría sangre de las venas por echar mi anzuelo en el mar de la vida con el cebo de una declaración amorosa y pescar una Abelarda. Es una ambición que me curaría de las demás.

—Papá, papá (tirándole de la nariz para que volviera la cara hacia él). ¿Y esto que tiene una cotorra?

—Guatemala... Déjame, hijo... No aspiro á más. Una Abelardita que me mime, y con tal compañía lo arrostro todo. Con una como ésta me casaría yo por puertas, es decir, sin una mota. No faltaría el garbanzo. Prefiero con ella un pedazo de pan solo, á todas las riquezas del mundo. Porque ¿dónde se encuentra un carácter tan dulce, un corazón tan tierno, una mujer tan hacendosita, tan...

—Don Víctor, que se corre usted mucho (con tentativas de humorismo, enteramente frustradas). Que es mi novia, y tantos piropos me van á dar celos...

—Aquí no se traía de celos... Á buena parte viene usted... ¿Ésta, ésta?... Ésta es segura, amigo; lo quiere á usted con el alma y con la vida. Ya podían acudir todos los reyes y príncipes del orbe á disputársela á su Ponce adorado. ¿Pues se figura usted que si no lo creyera yo así no lo habría puesto los puntos? La caridad bien ordenada empieza por uno mismo. Si yo llego á concebir tanto así de esperanzas, ¿piensa que no me alzo con el santo y la limosna? Pero, ¡quiá!, á otra puerta... Mírela usted: al que le hablo de cambiar á su Poncecito por otro, le tira los trastos á la cabeza... Véala usted con esa cara que parece un enigma, con esa sonrisita que parece postiza; cualquiera se atreve á decirle algo.

—Vamos, D. Víctor—objetó Ponce con mucha saliva en la boca,—que cuando usted habla así, es porque ha tenido sus pretensiones... y ha sacado lo que el negro del sermón.

—No hagas caso, tontín—dijo Abelarda muy inquieta, sonriendo violentamente, y con más gana de llanto que de broma.—¿No ves que se está quedando contigo?

—Que se quede. Lo que hay es que Abelarda es formal, y una vez dada su palabra, no hay quien la apee. Nosotros nos comprendimos en cuanto nos tratamos; nuestros caracteres ajustan perfectamente, y si yo estoy cortado para ella, ella está cortadita para mí.

—Poco á poco, caballero Ponce (poniéndose muy serio, como siempre que elevaba al grado heroico sus crueles bromas), usted estará cortado para quien guste, no me meto en eso. Pero lo que es Abelarda, lo que es Abelarda...

Ponce le miró serio también, esperando el final de la frase, y la insignificante bajó la vista hacia su labor de costura.

—Digo que lo que es ella no está, cortada para usted. Y lo sostendré contra todo el que opine lo contrario. La verdad por delante. Ella le quiere á usted, lo reconozco; pero en cuanto al corte... Es mucho corte el suyo; hablo del corte moral y también del físico, sí, señor, también del físico. ¿Quiere usted que lo diga claro? Pues para quien está cortada Abelarda es para mí... Para mí; y no hay que tomarlo á ofensa. Para mí, aunque á usted le parezca un disparate. ¡Si usted no puede juzgarla como yo, que la conocí siendo una muñeca todavía!... Y, además, usted no me ha tratado á mí lo bastante para saber si congeniamos ó no... Ya sé que estoy hablando de una cosa imposible; ya sé que tengo la culpa de haber llegado tarde; ya sé que usted me cogió la delantera, y no hemos de reñir... Pero en cuanto á conocer el mérito de quien lo tiene; en cuanto á deplorar que tantas dotes no sean para mí, lo que es en eso (marcando la frase con la mayor formalidad y en tono oratorio), ¡ah! lo que es en eso, no cedo ni puedo ceder.

—No le hagas caso, déjale—indicó Abelarda á su novio, que empezaba á enfurruñarse.

—Amigo D. Víctor, todo eso podrá ser verdad, poro no viene muy al caso.

—Parece que se amostaza usted, ínclito Ponce. Sépase que yo soy muy leal. Reconozco que se ha ganado usted lo que á mi parecer debió ser mío. (Patéticamente.) Bien ganado está. Ha sido en buena lid. Lo que he perdido, lo he perdido por mi culpa. No me quejo. Seremos amigos, siempre amigos. Vengan esos cinco.

—¡Ah, este D. Víctor, qué cosas tiene! (dejándose apretar la mano).

Con otro que no fuera Ponce, bien se libraría Cadalso de emplear lenguaje tan impertinente; pero ya sabía él con quién trataba. El novio estaba amoscadillo, y Abelarda no sabía qué pensar. Para burla, le parecía demasiado cruel; para verdad, harto expresiva. Mucho le pesó á Ponce tener que marcharse: presumía que Víctor continuaría hablando á la chica en el mismo tono, y, francamente, Abelarda era su novia, su prometida, y aquel cuñadito hospedado bajo el propio techo principiaba á inquietarle. El pillete de Cadalso, conociendo la turbación del crítico, en el momento de despedirse le sacudió mucho la diestra, repitiendo:

—Leal, soy muy leal... Nada hay que temer de mí.

Y cuando volvió al lado de la joven, que lo miraba consternada:

—Perdóname, hija; se me escapó aquella idea, que yo quería esconder a todos... Espontaneidades que uno tiene cuando menos piensa, y que el más ducho en disimular no puede contener á veces. Yo no quería hablar de esto; pero no sé qué me entró. ¡Me dió tal envidia de veros como dos tórtolos!... ¡me asusté tanto de la soledad en que me encontraba, nada más que por llegar tarde, sí, por llegar tarde!... Dispénsame, no te diré una palabra más. Sé que este capítulo te aburre y te molesta. Seré discreto.

Abelarda no podía reprimirse. Levantóse, sintiendo pavor, deseo de huir y de esconderse, para ocultar algo que impetuosamente al demudado rostro le salía.

—Víctor—exclamó descompuesta y temblando,—ó eres el hombre más malo que hay en el mundo, ó no sé lo que eres.

Corrió á su habitación y rompió á llorar, desplomándose de cara sobre las almohadas de su lecho. Víctor se quedó en el comedor, y Luis, que en su inocencia comprendía que pasaba algo extraño, no se atrevió durante un rato á molestar á papá con aquel teje-maneje de los sellos. El padre fué quien afectó entonces interesarse en el juego inteligente, y se puso á explicar á su hijo los símbolos de nacionalidades que éste no comprendía: «Este rey barbudo es Bélgica, y esta cruz la República helvética, es decir, Suiza».

Doña Pura entró de la calle, y como no viese á su hija en el comedor ni en la cocina, buscóla en el dormitorio. Abelarda salía ya, con los ojos muy colorados, sin dar á su madre explicación satisfactoria de aquellos signos de dolor. Víctor, interrogado por doña Pura sobre el particular, lo dijo con socarronería:

—Parece usted tonta, mamá. Llora por el tío de Ponce.

XX

Acostaron temprano á Luis, que metió consigo en la cama el álbum de sellos y se durmió teniéndole muy abrazadito. No sufrió aquella noche el acceso espasmódico que precedía á la singular visión del anciano celestial. Pero soñó que lo sufría, y, por consiguiente, que deseaba y esperaba la fantástica visita. El misterioso personaje hizo novillos, y así lo expresaba con desconsuelo Cadalsito, deseando enseñarle su álbum. Esperó, esperó mucho tiempo, sin poder determinar el sitio donde estaba, pues lo mismo podía ser la escuela que el comedor de su casa ó el escritorio del memorialista. Y al hilo del sueño, donde todo era sinrazón y desvarío, descargó el rapaz un golpe de lógica admirable: «¡Pero qué tonto soy!—pensó.—¿Cómo ha de venir, si le han llevado esta noche á casa del tío de Ponce?»

El día siguiente le dieron de alta; pero se determinó que no fuese á la escuela en lo que restaba de semana, lo que él agradeció mucho, determinando estudiar algo por las noches, nada más que una miaja, y reservando los grandes esfuerzos de aplicación para cuando volviera á sus tareas escolares. Le permitieron bajar á la portería, y cargó con el álbum para enseñárselo á Paca y á Canelo. Bien quisiera llevarlo á casa de su tía Quintina; mas para esto no hubo permiso. En la portería se estuvo hasta el anochecer, hora en que le llamaron, temiendo que se pasmase con el aire del portal. Al subir llevaba una idea que en sus conversaciones con Mendizábal y Paca había adquirido; una idea que le pareció al principio algo rara, pero que luego tuvo por la más natural del mundo. Hallábase solo con Abelarda, pues su abuela y Milagros zascandileaban por la cocina, cuando se determinó Cadalsito á comunicar á su tía la famosa idea. Esta le acariciaba con extremada vehemencia, le daba besos, le prometía regalarle un álbum mayor, y de repente Luis, respondiendo á tantos cariños con otros no menos tiernos, le dijo:

—Tía, ¿por qué no te casas tú con mi papá?

Quedóse la chica como lela, fluctuando entre la risa y el enojo.

—¿De dónde has sacado tú eso, Luis?—le dijo, asustándole con la fiereza de su semblante.—Tú no lo has inventado. Alguien te lo ha dicho.

—Me lo dijo Paca—afirmó Luis, no queriendo cargar con responsabilidades ajenas.—Dice que Ponce es más tonto que quiere y que no te conviene; que mi papá es listo y guapo y que va á hacer una carrera muy grande, muy grande.

—Dile á Paca que no se meta en lo que no le importa... ¿Y qué más, qué más te dijo?

—Pues... (escarbando en su memoria). ¡Ah! que mi papá os un caballero muy decente... como que le da pesetas á la Paca siempre que le lleva algún recado... Y que tú debías casarte con mi papá, para que todo quedase en casa.

—¿Le lleva recados?... ¿Cartas? ¿Y á quién? ¿No sabes?

—Debe ser al Ministro... Es que son muy amigos.

—Pues todo eso que te ha contado Paca del pobre Ponce, es un disparate—afirmó Abelarda sonriendo.—¿Á ti no te gusta Ponce? Dime la verdad, dime lo que pienses.

Luis vaciló un rato en dar contestación. Habían extinguido la prevención medrosa que su padre le inspiraba, no sólo los regalos recibidos de él, sino la observación de que Víctor se llevaba muy bien con toda la familia. En cuanto á Ponce, bueno será decir que Cadalsito no había formado opinión ninguna acerca de este sujeto, por lo cual aceptó, sin discutirla, la de Paca.

—Ponce no sirve para nada, desengáñate. Va por la calle que parece que se le caen los calzones. Y lo que es talento... Mira, más talento tiene Cuevas. ¿No te parece á ti?

Abelarda se reía con tales ocurrencias. Aun hubiera seguido charlando con Luis de aquel asunto; pero la llamó su padre para que le pegara algunos botones al chaleco, y en esto se entretuvo hasta la hora de comer. Doña Pura dijo que Víctor no comía en casa, sino en la de un amigo suyo, diputado y jefe de un grupito parlamentario. Sobre esto hizo Villaamil algunos comentarios acres, que Abelarda oyó en silencio, con grandísima pena. Discutióse si irían ó no al teatro aquella noche, resolviéndose en afirmativa, porque Luis estaba ya bien. Abelarda solicitó quedarse, y su madre le dió una arremetida á solas, asestándole varias preguntas:

—¿Por qué no comes? ¿Qué tienes? ¿Qué cara es esa de carnero á medio morir? ¿Por qué no quieres venir al Real? No me tientes la paciencia. Vístete, que nos vamos en seguida.

Y fueron las tres Miaus, dejando á Villaamil con su nieto y sus fúnebres soledades. Después de acostar al niño se puso á leer La Correspondencia, que hablaba de una nueva combinación.

Cuando las Miaus regresaron, ya Víctor estaba allí, escribiendo cartas en la mesa del comedor. Don Ramón seguía royendo el periódico, y suegro y yerno no se decían media palabra. Retiráronse todos, monos Abelarda, que tenía que mojar ropa para planchar al día siguiente, y al verla metida en esta faena, Víctor, sin soltar la pluma, le dijo:

—He pensado en ti todo el día. Temí que te enojaras por lo de ayer. Yo había hecho el propósito de no revelarte nunca mis sentimientos. Aun no te he dicho toda la verdad, ni te la diré, Dios mediante. Cuando uno llega tarde, debe resignarse y callar. ¿Y tú no me respondes nada? ¿No hablas ni siquiera para reñirme?

La insignificante tenía los ojos fijos en la mesa, y sus labios se agitaban como si la palabra retozara en ellos. Por fin no chistó.

—Te hablaré como hermano (con aquella gravedad bondadosa que tan bien sabía fingir), ya que de otra manera no me es lícito. Soy muy desgraciado... no lo sabes tú bien. Aquí me tienes arrastrado por un vértigo de pasiones insanas; aquí me tienes bajo el peso de relaciones que solicité con aturdimiento, que mantuve por rutina y por pereza, y que ahora deseo romper. Contaba yo para este fin con el auxilio de un ser angelical a quien pensaba encomendarme primero y entregarme por fin en cuerpo y alma. Pero ya no puede ser. ¿Qué hago yo en este trance? Seguir y seguir encenagado, perderme más y más en el laberinto sin salida. Ya no hay salvación para mí. La fatalidad me arrastra... Tú no comprendes esto, Abelarda; pero ¡quién sabe!... quizás lo comprendas, porque tienes mucha penetración. ¡Oh! ¡pues si yo te hubiera encontrado libre...! Mil veces me he propuesto no decirte nada. Sólo que las palabras se me salen de la boca... Basta, basta; no me hagas caso. Esto te lo vengo diciendo desde un principio. No hagas caso de este infeliz; despréciame. Yo no te merezco. Estoy expiando los enormes disparates que cometí desde que me faltó mi pobre Luisa, aquel ángel... ángel del cielo, pero inferior á ti, tan inferior, que no hay punto de comparación entre ambas. Yo, francamente (levantándose con exaltación), cuando veo qué tesoro tan grande va á ser para un Ponce; cuando pienso que tal conjunto de cualidades cae en manos de...

Abelarda estaba tan sofocada, que si no desahoga, si no abre al menos una valvulita, revienta de seguro.

—¿Y si yo te dijera... vamos á ver (palideciendo), si yo te dijera que no quiero á Ponce?...

—¿Tú?... ¿y es verdad?...

—¿Si yo te dijera que ni le quise jamás, ni le querré nunca?... á ver.

Víctor no contaba con esta salida, y se desorientó.

—Ahí tienes tú una cosa... vamos... (balbuciendo) una cosa que me produce el efecto de un porrazo en la cabeza... ¿Pero es verdad? Cuando lo dices, verdad debe de ser. Abelarda, Abelarda, no juegues conmigo; no juegues con fuego... Estas bromas, si bromas son, suelen traer catástrofes. Porque cuando se aborrece á un hombre, como me aborreces tú á mí... (confuso y sin saber á qué santo encomendarse) no se le dice nada que pueda extraviarlo respecto á... quiero decir, respecto á los sentimientos de la persona que le aborrece, porque podría suceder que el aborrecido... No, no atino á explicarte lo que siento. Si no quieres á Ponce, es que quieres á otro, y esto es lo que no debes decirme á mí... ¿Para qué? ¿Para que me confunda más de lo que estoy? (Columbrando un postigo y aguzando su ingenio para escurrirse por él.) Y no quiero interrogarte sobre este particular, porque me volvería loco. Guárdate tu secreto y respeta mi situación. Si yo no te inspiro más que odio, si no llegas á la repugnancia, te ruego que me dejes solo, que te retires y no añadas una palabra más. No te ofrezco mis consejos, porque no los aceptarías; pero si te encontraras en alguna situación difícil, y mis consejos te pudieran servir de algo, ya sabes que soy para ti lo que tú quieras que sea; hermano, si como hermano me tratas...

—¿Y si los necesitara, si necesitara tus consejos?—insinuó Abelarda, que buscaba no una salida, sino la entrada, sin poder descubrirla.

—Pues dispón de mí (otra vez desconcertado). Si quieres á un hombre y temes la oposición de tus padres; si la ruptura con Ponce te parece difícil y necesitas auxilio, aquí estoy dispuesto á prestártelo, por penoso que el caso sea para mí (acercándose más á ella). Dímelo, dímelo, no tengas miedo. ¿Quieres á un hombre que no es tu novio?

—Es mucho pedir que confiese yo... así... de tenazón (recurriendo á la coquetería para salir del paso). ¿Y á ti quién te da vela en este entierro?...

—Soy de la familia... soy tu amigo. Podría ser algo más si tú quisieras. Pero he llegado tarde; no hay que hablar de mi persona. Estoy fuera de juego. Si no quieres confiarme tu secreto, mejor para mí. Así no padeceré tanto. Respóndeme á una pregunta: el hombre á quien tú quieres, ¿te quiere á ti también?

—Yo no he dicho que quiera á nadie... me parece que no lo he dicho... Pero pongamos que lo dijese. Eso no es cuenta tuya. Eres muy entrometido... Claro que yo no iba á querer á nadie que no me correspondiese. ¡Pues lucida estaba!

—De modo que hay reciprocidad (con fingida cólera). ¡Y estas cosas me las dices en mi propia cara!

—¡Yo!... si yo no he chistado.

—Pero lo das á entender... No quiero ser tu confidente, vamos... ¿De modo que el otro te ama?...

—No lo sé... (dejándose llevar de su espontaneidad, ya irresistible). Es lo que no he podido averiguar todavía.

—Y vienes sin duda á que yo te lo averigüe (con sarcasmo). Abelarda, esa clase de papeles no los hago yo. No, no me digas quién es; no necesito saberlo. ¿Es quizás persona que yo conozco? Pues cállate el nombre, cállatelo si no quieres que perdamos las amistades. Esto te lo dice un hombre que siente hacia ti un afecto... pero un afecto que ahora no quiero definir; un hombre que vive bajo el peso de su destino fatal (estas filosofías y otras semejantes las tomaba Cadalso de ciertas novelas que había leído), un hombre á quien está vedado referirte sus padecimientos; y pues yo no debo quererte ni puedo ser tuyo ni tú mía, no debo atormentarme ni dejar que me atormentes tú. Guárdate tu secreto, y yo reservaré la parte de él que he adivinado. Si la fatalidad no se hubiera interpuesto entre nosotros dos, yo intentaría aún tu remedio, procurando arrancarte ese amor, reemplazándolo con el mío. Pero no soy dueño de mi voluntad. El sentimiento éste (golpeándose el pecho) jamás pasará del corazón á la realidad de la vida. ¿Por qué me incitas á descubrirlo? Déjalo en mí, mudo, sepultado, pero siempre vivo. No me tientes, no me irrites. ¿Quieres á otro? Pues que yo no lo sepa. ¿Á qué enconar una herida incurable?... Y para impedir mayores conflictos, mañana mismo me voy de esta casa, y no vuelvo á entrar aquí.

Abelarda sintió tan viva aflicción al oir esto, que no pudo encubrirla. No tenía ella en su pobre caletre armas de razonamiento para combatir con aquel monstruo de infinitos recursos ó ingenio inagotable, avezado á jugar con los sentimientos serios y profundos. Aturdida y atontada, iba á entregar su secreto, ofreciéndose indefensa y cubierta de ridiculez al brutal sarcasmo de Víctor; pero pudo serenarse un poco, recobrar algún equilibrio, y con afectada calma le dijo:

—No, no, no hay motivo para que te vayas. ¿Es que hiciste las paces con Quintina?

—¿Yo? ¡Qué disparate! Ayer Cabrera por poco me pega un tiro. Es un animal. Me iré á vivir á cualquier rincón.

—No, eso no. Puedes seguir aquí.

—Pues prométeme no hablar de esto una palabra más.

—Si yo no he hablado. Eres tú el que se lo dice todo. Que me quieres, que no me puedes querer. ¿Cómo se entiende?

—Y la última prueba de que te quiero y no te debo querer (con agudeza), te la voy á dar ahora con este consejo: vuelve los ojos á Ponce...

—Gracias.

—Vuelve los ojos al ínclito Ponce. Cásate con él. Ten espíritu práctico, ¿Que no le quieres? No importa.

—Tú estás loco (aturrulladísima). ¿Acaso he dicho yo que no le quería?

—Lo has dicho, sí.

—Pues me vuelvo atrás. ¡Qué disparate! Si lo dije, fué broma, por oírte y darte tela.

—Eres mala, muy mala. Yo pensaba otra cosa de ti.

—¿Pues sabes lo que digo? (levantándose con violento arrebato de ira y despecho). Que estás de lo más cargante y de lo más inaguantable con tus... con tus enigmas; y que no te puedo ver, no te puedo ver. La culpa la tengo yo, que oigo tus necedades. Abur... Voy á dormir... Y dormiré tan ricamente, ¿qué te crees?

—El odio muy vivo, como el amor, quita el sueño.

—Á mí no... perverso... tonto...

—Tú á dormir, y yo á velar pensando en ti... Adiós, Abelarda... Hasta mañana.

Y cuando se retiró el impío, un minuto después de la desaparición de la víctima (que se metió en su cuarto y atrancó la puerta como quien huye de un asesino), llevaba en los labios risilla diabólica y este monólogo amargo y cruel: «Si me descuido, me espeta la declaración con toda desvergüenza. ¡Y cuidado que es antipática y levantadita de cascos la niña!... Y cursi hasta dejárselo de sobra, y sosita... Todo se le podría perdonar si fuera guapa... ¡Ah! Ponce, ¡qué ganga te ha caído!... Es una plepa que no hay por dónde cogerla para echarla á la basura.