XXI
Aunque las esperanzas de los Villaamil, apenas segadas en flor, volvían á retoñar con nueva lozanía, el atribulado cesante las daba siempre por definitivamente muertas, fiel al sistema de esperar desesperando. Sólo que su pesimismo se avenía mal con el furor de escribir cartas y de mover cuantas teclas pudiesen comunicar vibración á la desmayada voluntad del Ministro. «Todo eso de esperar vacante, es música—decía.—Yo sé que cuando quieren hacer las cosas, las hacen saltando por cima de las vacantes y hasta por cima de las leyes. Ni que fuéramos tontos. He visto mil veces el caso de entrar un prohombre en el Ministerio, navaja en mano, pedir una credencial de las gordas; el Ministro ¡zas! llama al Jefe del personal... «No hay vacante...» «Pues hacerla». ¡Pataplún! allá te va, caiga el que caiga... ¿Pero dónde está mi prohombre? ¿Qué personaje de campanillas entrará en el despacho del Ministro con cara feroce diciendo: «De aquí no me muevo hasta que me den... eso?» ¡Ay, Dios mío, qué desgraciado soy y cómo me voy quedando fuera de juego!... Con esta Restauración maldita, epílogo de una condenada Revolución, ha salido tanta gente nueva, que ya se vuelve uno á todos lados sin ver una cara conocida. Cuando un D. Claudio Moyano, un D. Antonio Benavides ó un Marqués de Novaliches le dicen á uno: «Amigo Villaamil, ya estamos mandados recoger», es que el mundo se acaba. Bien dice Mendizábal, que la política ha caído en manos de mequetrefes».
Para distraer su pena y olfatear nombramientos ajenos, ya que en el suyo afectaba no creer, ó realmente no creía, iba por las tardes al Ministerio de Hacienda, en cuyas oficinas tenía muchos amigos de categorías diversas. Allí se pasaba largas horas, charlando, enterándose del expedienteo, fumando algún cigarrillo, y sirviendo de asesor á los empleados noveles ó inexpertos que le consultaban sobre cualquier punto obscuro de la enrevesada Administración.
Profesaba Villaamil entrañable cariño á la mole colosal del Ministerio; la amaba como el criado fiel ama la casa y familia cuyo pan ha comido durante luengos años; y en aquella época funesta de su cesantía, visitábala él con respeto y tristeza, como sirviente despedido que ronda la morada de donde le expulsaron, soñando en volver á ella, Atravesaba el pórtico, la inmensa crujía que separa los dos patios, y subía despacio la monumental escalera, encajonada entre gruesos muros, que tiene algo de feudal y de carcelario á la vez. Casi siempre encontraba por aquellos tramos á algún empleado amigote que subía ó bajaba. «Hola, Villaamil, ¿qué tal?»—«Vamos tirando». Al llegar al principal titubeaba antes de decidir si entraría en Aduanas ó en el Tesoro, pues en ambas Direcciones le sobraban conocidos; pero en el segundo prefería siempre Contribuciones á Propiedades. Los porteros le saludaban; y como Villaamil era tan afable, siempre echaba un párrafo con ellos. Si era tarde, les encontraba con la paletada de brasas, resto de las chimeneas, cuyo último fuego sirve para alimentar los braseros de las porterías; si temprano, llevando papeles de una oficina á otra ó transportando bandejas con vasos de agua y azucarillos. «Hola, Bermejo, ¿cómo va?»—«Tal cual, D. Ramón, y sintiendo mucho no verle á usted todos los días por aquí».—«Dígame, ¿y Ceferino?»—«Ha pasado á Impuestos. El pobre Cruz fué el que cascó».—«¿Qué me cuenta usted? Hombre, ¡si le vi el otro día tan bueno y tan sano!... ¡Qué mundo éste! Vamos quedando pocos de aquella fecha. Cuando yo entré aquí en tiempos de D. Juan Bravo Murillo, ya estaba Cruz en la casa... Mire usted si ha llovido... Pobre Cruz, lo siento».
El mejor amigo entre los muchos buenos que Villaamil tenía en aquella casa era D. Buenaventura Pantoja, de quien algo sabemos ya, padre de Virginia Pantoja, una de las actrices del coliseo doméstico de las Miaus. Visitaba con preferencia D. Ramón la oficina de tan excelente y antiguo compañero (Contribuciones), del cual había sido jefe: tomaba asiento en la silla más próxima á la mesa; le revolvía los papeles si no estaba allí, y si estaba, trabábase entre los dos sabroso coloquio de chismografía burocrática.
«—¿Sabes...?—decía Pantoja.—Hoy salieron calentitos dos oficiales primeros y un jefe de Administración. Ayer estuvo ese fantoche (aquí el nombre de cualquier célebre político), y claro, á rajatabla. Lo que yo te digo: cuando quieren hacer las cosas, saltan por cima de todo.
—Sea por amor de Dios—respondía Villaamil, dando un doliente suspiro que ponía trémulas las hojas de papel más cercanas».
Aquel día tardó mucho el buen hombre en fondear ante la mesa de Pantoja. Á cada paso saltaban conocidos. Uno salía por aquí, aferrando legajos atados con balduque; otro entraba presuroso por allá, retrasado y temiendo un regaño del jefe. «¿Cuánto bueno?... ¿Qué tal, Villaamil?»—«Hijo, defendiéndonos». La oficina de Pantoja formaba parte de un vastísimo salón, dividido por tabiques como de dos metros de alto. El techo era común á los distintos departamentos, y en la vasta capacidad se veían los tubos de las estufas, largos y negros, quebrados en ángulo recto para tomar la horizontal, horadando las paredes. Llenaba aquel recinto el estridor sonoro de los timbres, voz lejana de los jefes, llamando sin cesar á sus subalternos. Como era la hora en que entran los rezagados, en que los madrugadores almuerzan, en que otros toman café, que mandan traer de la calle, no reinaba allí el silencio propicio al trabajo mental; antes, todo se volvía cierres de puertas, risas, traqueteo de loza y cafeteras, gritos y voces impacientes.
Villaamil entró en la sección, saludando á diestro y siniestro. Allí estaba de oficial tercero el cojo Guillén, muy amigo de la familia Villaamil, tertuliano asiduo, apuntador en la pieza que se iba á representar. Era, por más señas, tío del famoso Posturitas, amigo y émulo de Luisito Cadalso, y vivía con sus hermanas, dueñas de la casa de empréstamos. Tenía fama Guillén de mordaz y maleante, capaz de tomarle el pelo al lucero del alba. En la oficina escribía juguetes cómicos groseros y verdes, algún dramón espeluznante, que nunca llegaría á arrostrar las candilejas; dibujaba caricaturas y rimaba sátiras contra la mucha gente ridícula de la casa. También había por allí un aspirantillo, hijo del Director del Tesoro, que apenas frisaba en los diez y seis y cobraba sus cinco mil reales, listo como una pólvora, apto para traer y llevar recados de oficina en oficina. Oficial segundo era un tal Espinosa, señorito elegante, de carrera improvisada y raya en el polo, con mucho requilorio en el vestir y bastantes gazapos en la ortografía; buen muchacho, que no se formalizaba nunca por las cargantes bromas de Guillén. Pero el más característico de todos era un tal Argüelles y Mora, oficial segundo, perfecta parodia de un caballero del tiempo de Felipe IV: pequeño, genuino gato de Madrid, rostro enjuto y color de cera, bigote y perilla teñidos de negro, melenas largas y bien atusadas. Para que el tipo resultase más cabal, usaba cierta capita corta y negra, que parecía un desecho del guardarropa de Quevedo. El sombrero era hongo chato, achambergado, con un dedo de grasa. Lástima que no llevara golilla; mas aun sin ella, era un acabado tipo de alguacil. En sus tiempos tuvo pretensiones de guapeza, originalidad y elegancia; pero ya sus espaldas tiraban á corcovarse, y su rostro, con los pelos pintados, tenía un sello de vigilia forzoso que daba compasión. Tocaba la trompa en un teatro. Llamábanle sus compañeros el padre de familia, porque en todas las conversaciones burocráticas traía á colación la multitud de bocas que tenía que mantener con el mezquino y descontado sueldo de doce mil reales. Había tres ó cuatro empleados más, algunos taciturnos y atentos á su obligación, repartidos en varias mesas, á distancia respetuosa de la del jefe, próxima á la ventana que daba al patio.
Cerca de las mesas veíanse las perchas donde los funcionarios colgaban capas y sombreros. Guillén tenía las muletas junto á sí. Entre mesa y mesa, estantes y papeleras, trastos de forma y aspecto que sólo se ven en las oficinas, viejos los unos, con no sé qué olor y color de Paja y Utensilios, de donde tal vez procedían; los otros nuevos, pero no semejantes á ningún mueble usado fuera de las regiones burocráticas. Sobre todos los pupitres abundaban legajos atados con cintas rojas, los unos amarillentos y polvorosos, papel que tiene algo de cinerario y encierra las esperanzas de varias generaciones; los otros de hojas flamantes y reciente escritura, con notas marginales y firmas ininteligibles. Eran las piezas más modernas del pleito inmenso entre el pueblo y el fisco.
Pantoja no estaba: le había llamado el Director.
—Tome usted asiento, D. Ramón. ¿Quiere un cigarrito?
—¿Y tú qué te traes entre manos? (acercándose á la mesa del cojo y apoderándose de un papel). ¿Á ver, á ver...? Drama original y en verso. ¿Título? La hijastra de su hermanastra. Muy bien, zánganos; así perdéis las horas.
—Don Ramón, D. Ramón—dijo el elegante, que acababa de paladear su café.—¿No sabe? Á Cañizares, ¿se acuerda usted, el que estaba en Propiedades, aquel á quien llamábamos don Simplicio?, le han dado los doce mil. ¿Ha visto usted polacada mayor?
—Lo tuve yo en mi oficina con cinco mil hace catorce años—dijo el padre de familia, esgrimiendo su puño cerrado y revelando toda la aflicción del mundo en su cara alguacilesca.—Era tan asno, que le ocupábamos en traer leña para la estufa. Ni para eso servía. ¡Cáscaras, qué hombre más animal! Yo cobraba entonces doce mil, lo mismo que ahora. Vean ustedes si esto es justicia ó qué. ¿Tengo ó no tengo razón cuando digo que vale más recoger boñiga en las calles que servir al gran pindongo del Estado? Convengamos en que se acabó la vergüenza.
—Amigo Argüelles—suspiró Villaamil con tristeza estoica,—no hay más remedio que tragar bilis. Dígamelo usted á mí, que he tenido á mis órdenes, en provincias, con seis mil, al propio Director del ramo... Estaba la criatura en Estancadas... y no valía ni para pegar precintos en las cajas de cigarros.
—Dame, paloma mía, de lo que comes... ¡Cuando me acuerdo, ¡cascarones!, de que mi padre quería colocarme de hortera en una tienda, y yo me remonté creyendo que esto no era cosa fina!... ¡Vamos, cuando me acuerdo de esto, me dan ganas de arrancarme á puñados estos condenados mechones que á uno le quedan!... Era allá por el 51. Pues no sólo no quise oir hablar de mostrador, sino que me metí á empleado por aquello de ser caballero; y para acabar de ensuciarla, me casé. ¡Si sería yo pillín!... Después, pian pianino, nueve de familia, suegra y dos sobrinos huérfanos. Y defienda usted el garbanzo de tanta gente... Y gracias que la trompa ayuda, señores. El 64 llegué á los doce mil reales, y allí me planté. ¿Saben ustedes quién me sacó los doce mil? Julián Romea. No me veré en otra. Catorce años llevo en esta plaza. Ya ni siquiera pido el ascenso. ¿Para qué? Como no lo pida á tiros...
Las lamentaciones del trompista padre de familia eran oídas siempre con deleite. Entró en aquel punto Pantoja, y conticuere omnes. Cubría la cabeza del jefe de la sección un gorrete encarnado, con unas al modo de alcachofas bordadas de oro, y borla deshilachada que caía con gracia. Vestía gabán pardo y muy traído, pantalón con rodilleras, rabicorto, dejando ver la caña de las botas recién estrenadas, sin lustre aún. Después de saludar al amigo, ocupó su asiento. Arrimóse Villaamil, y charlaron. Pantoja no olvidaba por el palique los deberes, y á cada instante daba órdenes á su tropa. «Oiga usted, Argüelles, haga el favor de ponerme una orden á la Administración Económica de la Provincia pidiendo tal cosa... Usted, Espinosa, sáqueme en seguida el estado de débitos por Industrial». Y deshacía con mano experta el lazo de balduque para destripar un legajo y sacarle el mondongo. En atarlos también mostraba singular destreza, y parecía que los acariciaba al mudarlos de sitio en la mesa ó al ponerlos en el estante.
El tipo fisiognómico de este hombre consistía en cierta inercia espiritual que en sus facciones se pintaba. Su frente era ancha, lisa, y tan sin sentido como el lomo de uno de esos libros rayados para cuentas, donde no se lee rótulo alguno. La nariz era gruesa en el arranque, resultando tan separados los ojos, que parecían estar reñidos y mirar cada uno por su cuenta y riesgo, sin hacer caso del otro. Su gran boca no se sabía dónde acababa. Las orejas lo sabrían. Sus labios fruncidos parecía que se violentaban al desplegarse para hablar, cual si fuesen expresamente creados para la discreción.
Moralmente, era Pantoja el prototipo del integrismo administrativo. Lo de probo funcionario iba tan adscrito á su persona como el nombre de pila. Se le citaba de tenazón y por muletilla, y decir Pantoja era como evocar la propia imagen de la moralidad. Hombre de pocas necesidades, vivía obscuramente y sin ambición, contentándose con su ascenso cada seis ó siete años, ni ávido de ventajas, ni temeroso de cesantía, pues era de esos pocos á quienes, por su conocimiento práctico, cominero y minucioso de los asuntos oficinescos, no se les limpia nunca el comedero. Había llegado á considerar su inmanencia burocrática como tributo pagado á su honradez, y esta idea se transformaba en sentimiento exaltado ó superstición. Era un alma ingenuamente honrada, una conciencia tan angosta, que se asustaba si oía hablar de millones que no fuesen los de la Hacienda. Las cifras muy altas, no siendo las del presupuesto del Estado, le producían un estremecimiento convulsivo; y si en el Ministerio se preparaba algún proyecto relacionado con fuertes empresas industriales ó bancarias, se le subía á la boca, sin poderlo remediar, la palabra chanchullo. Nunca iba á la Tesorería Central sin experimentar sensación de espanto, como en presencia de un abismo ó sima pavorosa donde anidan el peligro y la muerte; y cuando veía entrar en la Dirección del Tesoro ó en la Secretaría á los altos personajes de la Banca, temblaba por la riqueza del Erario, de quien se creía perro de presa. Según Pantoja, no debía ser verdaderamente rico nadie más que el Estado. Todos los demás caudales eran producto del fraude y del cohecho. Siempre había servido en Contribuciones, y durante su larga y laboriosa carrera fué cultivando en su alma el insano goce de perseguir al contribuyente moroso ó maligno, placer que tiene algo del cruel entusiasmo de la caza: para él era deleite inefable ver á la grande y á la pequeña propiedad defenderse, pataleando, de la persecución del Fisco, y sucumbir siempre ante la superioridad del cazador. En todos los conflictos entre la Hacienda y el contribuyente, la Hacienda tenía siempre razón, según el dictamen inflexible de Pantoja, y este criterio se mostraba en sus notas, que jamás reconocieron el derecho de ningún particular contra el Estado. Para él la Propiedad, la Industria, el consumo mismo, eran organismos ó instrumentos de defraudación, algo de disolvente y revolucionario, que tenía por objeto disputar sus inmortales derechos á la única entidad dueña y propietaria de todo: la Nación. Pantoja no poseyó nunca más que su ropa y sus muebles; era hijo de un portero de la Sala de Mil y Quinientas; se había criado en un desván de los Consejos, sin salir nunca de Madrid; no conocía más mundo que las oficinas, y para él la vida era una sucesión no interrumpida de menudos servicios al Estado, recibiendo de éste, en recompensa, el garbanzo y la santa rosca de cada día.
XXII
¡Ah! ¡Cielos! ¿Qué sería del mundo sin cocido? ¿Y qué de la mísera humanidad sin pagas? La paga era la única forma de bienes terrestres en conformidad con los principios morales, pues para todas las demás clases de bienestar archivaba Pantoja en el fondo de su alma un altivo desprecio. Difícilmente concedía que en la clase de ricos hubiera alguno que fuese propiamente honrado, y á las grandes empresas y á los audaces contratistas les miraba con religioso horror. Labrar en pocos años pingüe fortuna, pasar de la pobreza á la opulencia... era imposible por medios lícitos. Para que tal cosa suceda, es indispensable ensuciarse, quitándole lo suyo á la víctima eterna, al propietario elemental, al Estado. Al millonario que había heredado su fortuna y no hacía más que gastarla, le perdonaba el buen Pantoja; pero aun así no le tenía en olor de santidad, diciendo que si él no robaba, lo habían hecho sus padres, y la responsabilidad, como el dinero, se transmitía de generación en generación.
Cuando veía entrar en el Ministerio y pasar al despacho del Ministro al representante de Rothschild ó de otra opulenta casa española ó extranjera, pensaba cuan útil sería ahorcar á todos aquellos señores que no iban allí sino á tramar algún enjuague. Estas ideas y otras semejantes las vertía Pantoja en el círculo del café adonde concurría, siendo objeto de punzantes burlas por su estrechez de miras; pero él no se daba á partido. ¿Hablábase de Hacienda? Pues en el acto tremolaba Pantoja su banderín con este sencillo y convincente lema: Mucha administración y poca ó ninguna política. Guerra á los grandes negocios, guerra al agio y guerra también á los extranjeros, que no vienen aquí más que á explotarnos y á llevarse el cumquibus, dejándonos más pobres que las ratas. Tampoco ocultaba Pantoja sus simpatías por el rigor arancelario, pues el libre cambio es la protección á la industria de extranjis.
Al propio tiempo sostenía que los propietarios se quejan de vicio, que en ninguna parte se pagan menos contribuciones que en España, que el país es esencialmente defraudador, y la política el arte de cohonestar las defraudaciones y el turno pacífico ó violento en el saqueo de la Hacienda. En suma, las ideas de Pantoja eran tres ó cuatro, pero profundamente incrustadas en su intellectus, como si se las hubieran metido á mazo y escoplo. Su conversación en el círculo de amigos languidecía, porque nunca hablaba mal de sus jefes, ni censuraba los planes del Ministro; no se metía en honduras, ni revelaba ningún secreto de entre bastidores. En el fondo de su cerebro dormía cierto comunismo de que él no se daba cuenta. De este tipo de funcionario, que la política vertiginosa de los últimos tiempos se ha encargado de extinguir, quedan aún, aunque escasos, algunos ejemplares.
En su trabajo era Pantoja puntualísimo, celoso, incorruptible y enemigo implacable de lo que él llamaba el particular. Jamás emitió dictamen contrario á la Hacienda; la Hacienda le pagaba, era su ama, y no estaba él allí para servir á los enemigos de la casa. En cuanto á los asuntos obscuros, de una antigüedad telarañosa y de resolución difícil, su sistema era que no debían resolverse nunca; y cuando llegaba forzosamente el último trámite impuesto por las leyes, buscaba en la ley misma la triquiñuela necesaria para enredarlos de nuevo. Escribir la última palabra de uno de estos pleitos equivalía á una fragilidad de la Administración, á declararse vencida y casi deshonrada. En cuanto á su probidad, no hay que decir sino que recibía á cajas destempladas á los agentes que iban á ofrecerle recompensa por despachar bien y pronto tal ó cual negocio. Conocíanle ya, y no se atrevían con aquel puerco-espín, que erizaba sus púas todas al sentir la aproximación del particular, ó sea del contribuyente.
En su vida privada, era Pantoja el modelo de los modelos. No había casa más metódica que la suya, ni hormiga comparable á su mujer. Eran el reverso de la medalla de los Villaamil, que se gastaban la paga entera en los tiempos bonancibles, y luego quedaban pereciendo. La señora de Pantoja no tenía, como doña Pura, aquel ruinoso prurito de suponer, aquellos humos de persona superior á sus medios y posición social. La señora de Pantoja había sido criada de servir (creo que de D. Claudio Antón de Luzuriaga, al cual debió Pantoja su credencial primera), y lo humilde de su origen la inclinaba á la obscuridad y al vivir modesto y esquivo. Nunca gastaron más que los dos tercios de la paga, y sus hijos iban adoctrinados en el amor de Dios y en el supersticioso miedo al fausto y pompas mundanales. Á pesar de la amistad íntima que entre Villaamil y Pantoja reinaba, nunca se atrevió el primero á recurrir al segundo en sus frecuentes ahogos; le conocía como si le hubiese parido; sabía perfectamente que el honrado ni pedía ni daba, que la postulación y la munificencia eran igualmente incompatibles con su carácter, arcas cuyas puertas jamás se abrían ni para dentro ni para fuera.
Sentados los dos, el uno ante un pupitre, el otro en la silla más próxima, Pantoja se ladeó el gorro, que resbalaba sobre su cabeza lustrosa al menor impulso de la mano, y dijo á su amigo:
—Me alegro que hayas venido hoy. Ha llegado el expediente contra tu yerno. No le he podido echar un vistazo. Parece que no es nada limpio. Dejó de incluir dos ó tres pueblos en la nota de apremios, y en los repartos del último semestre hay sapos y culebras.
—Ventura, mi yerno es un pillo; demasiado lo sabes. Habrá hecho cualquier barrabasada.
—Y me enteró ayer el Director de que anda por ahí dándose la gran vida, convidando á los amigachos y gastando un lujo estrepitoso, con un surtidito de sombreros y corbatas que es un asco, y hecho un figurín el muy puerco. Dime una cosa: ¿vive contigo?
—Sí—respondió secamente Villaamil, que sentía la ola de la vergüenza en las mejillas, al considerar que también su ropa, por flaqueza de Pura, procedía de los dineros de Cadalso.—Pero estoy deseando que se largue de mi casa. De su mano, ni la hostia.
—Porque... verás, me alegro de tener esta ocasión de decírtelo: eso te perjudica, y basta que sea yerno tuyo y que viva bajo tu techo, para que algunos crean que vas á la parte con él.
—¡Yo... con él! (horrorizado). Ventura, no me digas tal cosa...
—No; si yo no soy quien lo dice, ni me pasa por el magín. Pero la gente de esta casa... Ya ves, ¡hay tanto pillo! Y cuando tocan á pensar mal, los más pillos son los que descueran al inocente.
—Pues aunque Víctor es mi yerno, tan ajeno soy á sus trapacerías, que si en mi mano estuviera el impedirle ir á presidio, no lo impediría... Figúrate.
—¡Ah! No irá, no irá; no te dé cuidado. No irá por lo mismo que lo merece. Tiene pararrayos y paracaídas. Se están poniendo los tiempos tan corruptos, que estos granujas como tu yerno son los que cobran el barato. Verás cómo le echan tierra al expediente, aprueban su conducta y le dan el jeringado ascenso. Por cierto que es de lo más atrevido que conozco. Ayer estuvo aquí; luego bajó á ver al Subsecretario, y como tiene aquella labia y aquel buen ver, el Subsecretario... (me lo ha dicho quien estaba presente) le recibió con palmas, y allí estuvieron los dos de cháchara más de media hora.
—¿Y el señor Ministro le ha visto? (con grandísimo desconsuelo).
—No te lo puedo decir; pero me consta que ha venido á recomendárselo un diputado de la provincia en que servía la alhajita de tu yerno. Es de estos que mientras más le dan más quieren. No sale de aquí nunca el tal sin apandar dos ó tres credenciales gordas, pero gordas, y eso que es disidente; pero por lo mismo, por la disidencia, le atienden más.
—¿Crees tú que le darán el ascenso á Víctor? (con ansiedad profunda).
—Yo no puedo asegurarte nada.
—Y de lo mío, ¿qué sabes? (con ansiedad mayor aún).
—El Jefe del Personal no suelta prenda. Cuando le hablo de ti, me echa un veremos, y un yo haré lo que pueda, que es tanto como no decir nada. ¡Ah! entre paréntesis: ayer, después de hablar con el Subsecretario, se coló Víctor en el Personal. Vino á contármelo el hermano de Espinosa. El Jefe le enseñó las vacantes de provincias, y tu yernito se dejó decir con arrogancia que á provincias no iba ni atado.
—Amigo Ventura—indicó Villaamil con dolorosa consternación,—acuérdate de lo que te anuncio. Tú lo has de ver, y si lo dudas, apostemos algo... ¿Á que ascienden á Víctor y á mí no me colocan? Otra cosa sería justicia y razón, y la razón y la justicia andan ahora de paseo por las nubes.
Pantoja volvió á ladear el gorro. Era una manera especial suya de rascarse la cabeza. Dando un gran suspiro, que salió muy oprimido de la boca, porque ésta no se abría sino con cierta solemnidad, trató de consolar á su amigo en la forma siguiente:
—No sabemos si podrán arreglar lo del expediente de Víctor, á pesar de las ganas que parece tienen de ello sus protectores. Y por lo que hace á ti, yo que tú, sin dejar de machacar en el Director, el Subsecretario y el Ministro, me buscaría un buen faldón entre la gente que manda.
—Pero si me cojo y tiro, y... como si no.
—Pues sigue tirando, hombre, hasta que te quedes con el faldón en la mano. Arrímate á los pájaros gordos, sean ó no ministeriales; dirígete á Sagasta, á Cánovas, á D. Venancio, á Castelar, á los Silvelas; no repares si son blancos, negros ó amarillos, pues al paso que vas, tal como se han puesto las cosas, no conseguirás nada. Ni Pez ni Cucúrbitas te servirán: están abrumados de compromisos, y no colocan más que á su pandilla, á sus paniaguados, á sus ayudas de cámara, y hasta á los barberos que les afeitan. Esa gente que sirvió á la Gloriosa primero y después á la Restauración, está con el agua al cuello, porque tiene que atender á los de ahora, sin desamparar á los de antes, que andan ladrando de hambre. Pez ha metido aquí á alguien que estuvo en la facción y á otros que retozaron con la cantonal. ¿Cómo puede olvidar Pez que los del gorro colorado le sostuvieron en la Dirección de Rentas, y que los amadeístas casi casi le hacen Ministro, y que los moderados del tiempo de Sor Patrocinio le dieron la gran cruz?
Villaamil oía estos sabios consejos, los ojos bajos, la expresión lúgubre, y sin desconocer cuán razonables eran. Mientras que los dos amigos departían de este modo, totalmente abstraídos de lo que en la oficina pasaba, el maldito cojo Salvador Guillén trazaba en una cuartilla de papel, con humorísticos rasgos de pluma, la caricatura de Villaamil, y una vez terminada, y habiendo visto que era buena, puso por debajo: El señor de Miau, meditando sus planes de Hacienda. Pasaba el papel á sus compañeros para que se riesen, y el monigote iba de pupitre en pupitre, consolando de su aburrimiento á los infelices condenados á la esclavitud perpetua de las oficinas.
Cuando Pantoja y Villaamil hablaban de generalidades tocantes al ramo, no sonaban con armonioso acuerdo sus dos voces. Es que discrepaban atrozmente en ideas, porque el criterio del honrado era estrecho y exclusivo, mientras Villaamil tenía concepciones amplias, un plan sistemático, resultado de sus estudios y experiencia. Lo que sacaba de quicio á Pantoja era que su amigo preconizara el income tax, haciendo tabla rasa de la Territorial, la Industrial y Consumos. El impuesto sobre la renta, basado en la declaración, teniendo por auxiliares el amor propio y la buena fe, resultaba un disparate aquí donde casi casi es preciso poner al contribuyente delante de una horca para que pague. La simplificación, en general, era contraria al espíritu del probo funcionario, que gustaba de mucho personal, mucho lío y muchísimo mete y saca de papeles. Y por último, algo había de recelo personal en Pantoja, pues aquella manía de suprimir las contribuciones era como si quisiesen suprimirle á él. Sobre esto discutían acaloradamente hasta que á los dos se les agotaba la saliva. Y cuando Pantoja tenía que salir porque le llamaba el Director, y se quedaba Villaamil solo con los subalternos, éstos se distraían y solazaban un rato á cuenta de él, distinguiéndose el cojo Guillén por su intención maligna.
—Dígame, D. Ramón, ¿por qué no publica usted su plan para que lo conozca el país?
—Déjame á mí de publicar planes (paseándose agitadamente por la oficina). ¡Sí; buen caso me haría ese puerco de país! El Ministro los ha leído y les ha dado un vistazo el Director de Contribuciones. Como si no... Y no es la dificultad de enterarse pronto, porque en las Memorias que he escrito he atendido: primero, á la sencillez; segundo, á la claridad; tercero, á la brevedad.
—Yo creí que eran muy largas, pero muy largas—dijo Espinosa con gravedad.—Como abrazan tantos puntos...
—¿Quién le ha dicho á usted semejante cosa? (enfadándose). Si cada una no abraza más que un punto, y son cuatro. Y basta y sobra. ¡Ojalá no me hubiera ocupado de escribirlas! Bienaventurados los brutos...
—Porque de ellos es la nómina de los cielos... Bien dicho, señor don Ramón—observó Argüelles, mirando con ojeriza á Guillén, á quien detestaba.—Á mí también se me ocurrió un plan; pero no quise darlo á luz. Más cuenta me tenía componer el solo de trompa.
—Eso, toque usted la trompa, y déjese de arreglar la Hacienda, que al paso que va, pronto, ni los rabos. Mire usted, amigo Argüelles (parándose ante la mesa del caballero de Felipe IV, la capa terciada, la mano derecha muy expresiva). Yo he consagrado á esto mi experiencia de tantos años. Podré acertar ó no; pero que aquí hay algo, que aquí hay una idea, no puede dudarse. (Todos le oían con gran atención.) Mi trabajo consta de cuatro Memorias ó tratados, que llevan su título para más fácil inteligencia. Primer punto: Moralidad.
—Muy bien. Rompe plaza la moralidad, que es lo primero.
—Es el fundamento del orden administrativo. Moralidad arriba, moralidad abajo, á izquierda y a derecha. Segundo punto: Income tax.
—Que es la madre del cordero.
—Fuera Territorial, Subsidio y Consumos. Lo substituyo con el impuesto sobre la renta, con su recarguito municipal, todo muy sencillo, muy práctico, muy claro; y expongo mis ideas sobre el método de cobranza, apremios, investigación, multas, etc... Tercer punto: Aduanas. Porque, fíjense ustedes, las Aduanas no son sólo un arbitrio, son un método de protección al trabajo nacional. Establezco un arancel bien remontadito, para que prosperen las fábricas y nos vistamos todos con telas españolas.
—Superior de Holanda... Don Ramón, Bravo Murillo era un niño de teta... Siga usted...
—Cuarto punto: Unificación de la Deuda. Recojo todo el papel que anda por ahí con diferentes nombres: Tres consolidado, Diferido, Bonos, Banco y Tesoro, Billetes hipotecarios, y lo canjeo por un 4 por 100, emitido al tipo que convenga... Se acabaron los quebraderos de cabeza...
—Sabe usted más, D. Ramón, que el muy marrano que inventó la Hacienda.
(Coro de plácemes. El único que callaba era Argüelles, que no gustaba de reírle mucho las gracias á Guillén.)
—No es que sepa mucho (con modestia), es que miro las cosas de la casa como mías propias, y quisiera ver á este país entrar de lleno por la senda del orden. Esto no es ciencia, es buen deseo, aplicación, trabajo. Ahora bien: ¿ustedes me hicieron caso? Pues ellos tampoco. Allá se las hayan. Llegará día en que los españoles tengan que andar descalzos y los más ricos pedir para ayuda de un panecillo... digo, no pedirán limosna, porque no habrá quien la dé. Á eso vamos. Yo les pregunto á ustedes: ¿tendría algo de particular que me restituyesen á mi plaza de Jefe de Administración? Nada, ¿verdad? Pues ustedes verán todo lo que quieran, pero eso no lo han de ver. Vaya, con Dios.
Salía encorvado, como si no pudiera soportar el peso de la cabeza. Todos le tenían lástima; pero el despiadado Guillén siempre inventaba algún sambenito que colgarle á la espalda después que se iba.
—Aquí he copiado los cuatro puntos conforme los decía: señores, oro molido. Vengan acá. ¡Qué risa, Dios! Vean, vean los cuatro títulos, escritos uno bajo el otro.
Moralidad.
Income tax.
Aduanas.
Unificación de la Deuda.
Juntadas las cuatro iniciales, resulta la palabra M I A U».
Una explosión de carcajadas retumbó en la oficina, poniéndola tan alegre como si fuera un teatro.
XXIII
Desconcertada para muchos días quedó Abelarda después del largo diálogo aquel con Víctor; pero ponía la infeliz tal arte en evitar que su madre y su tía comprendieran el estado de su ánimo, que lo lograba al fin. Desde el día posterior á las incomprensibles declaraciones de Víctor, notó á éste taciturno. Evitaba encontrarse solo con su cuñada; apenas la miraba, y ni por incidencia le dirigía palabra alguna. Creyérase que un delicado asunto personal le traía caviloso. Transcurrido poco tiempo, observó Abelarda que estaba de mejor temple y que le echaba miradas amorosas y lánguidas, á las que ella, sin poderlo remediar, respondía con otras inflamadas aunque rapidísimas. Delante de la familia le hablaba Víctor; pero á solas ni jota. Estaban, pues, como los que se aman y no se atreven á decírselo: mas ella esperaba ese estallido impensado y súbito de la ocasión que no falta nunca, como si las leyes del tiempo y del espacio tuvieran marcado el necesario instante en que se junten las órbitas de los seres compelidos á ello por la voluntad. En aquella temporada le dió á la insignificante por ir á la iglesia bastante á menudo. Las prácticas religiosas de los Villaamil se concretaban á la misa dominguera en las Comendadoras, y esto no con rigurosa puntualidad. Don Ramón faltaba rara vez; pero doña Pura y su hermana, por aquello de no estar vestidas, por quehaceres ó por otra causa, quebrantaban algunos domingos el precepto. Abelarda se sentía ansiosa de corroborar su espíritu en la religión y meditar en la iglesia; se consolaba mirando los altares, el sagrario donde el propio Dios está guardado, oyendo devotamente la misa, contemplando los santos y vírgenes con sus ahuecadas vestiduras. Estos inocentes consuelos le sugirieron pronto la idea de otro más dulce y eficaz, el confesarse; porque sentía la necesidad imperiosa y punzante de confiar á alguien un secreto que no le cabía en el corazón. Temía que si no lo confiaba, se le escaparía á lo mejor con espontaneidad indiscreta delante de sus padres, y esto le aterraba, porque sus padres se habrían de enfadar cuando tal supieran. ¿Á quién confiarlo? ¿Á Luis? Era muy niño. Hasta se le pasaba por las mientes el disparate increíble de revelar su secreto al buenazo de Ponce. Por último, el mismo sentimiento religioso que se amparaba de su alma le inspiró la solución, y á la mañana siguiente de pensarla acercóse al confesonario y le contó al cura lo que le pasaba, añadiendo pormenores que al sacerdote no le importaba saber. Después de la confesión se quedó la insignificante muy aliviada y con el espíritu bien dispuesto para lo que pudiera sobrevenir.
Como era tiempo de Cuaresma, había ejercicios todas las tardes en las Comendadoras y los viernes en Monserrat y en las Salesas Nuevas. Algo chocaba á la familia la asiduidad con que Abelarda iba á la iglesia, y á doña Pura no se le pudrió en el cuerpo esta observación impertinente: «¡Vaya, hija, á buenas horas mangas verdes!»
La circunstancia de que Ponce estaba complacidísimo y un si es no es entusiasmado con las devociones de su novia, por ser él uno de los chicos más católicos de la generación presente (aunque más de pico que de obras, como suele suceder), acalló las susceptibilidades de doña Pura. El ínclito joven acompañaba á su novia algunas tardes á la iglesia, á pesar de las reiteradas instancias de ella para que la dejara sola. Comúnmente la esperaba al salir, y juntos iban hasta la casa, hablando del predicador, como la noche antes, en la tertulia, hablaban de los cantantes del Real. Si Abelarda iba temprano á la iglesia, la acompañaba Luis, que á poco de probar estas excursiones tomó grandísima afición á ellas. El buen Cadalsito pasaba un rato con devoción y compostura; pero luego se cansaba y se ponía á dar vueltas por la iglesia, mirando los estandartes de la Orden de Santiago que hay en las Comendadoras, acercándose á la reja grande para atisbar á las monjas, inspeccionando los altares recargados de ex-votos de cera. En Monserrat, iglesia perteneciente al antiguo convento que es hoy Cárcel de Mujeres, no se encontraba Luis tan á gusto como en las Comendadoras, que es uno de los templos más despejados y más bonitos de Madrid. Á Monserrat encontrábalo frío y desnudo; los santos estaban mal trajeados; el culto le parecía pobre, y, además de esto, había en la capilla de la derecha, conforme entramos, un Cristo grande, moreno, lleno de manchurrones de sangre, con enaguas y una melena natural tan larga como el pelo de una mujer, la cual efigie le causaba tanto miedo, que nunca se atrevía á mirarla sino á distancia, y ni que le dieran lo que le dieran entraba en su capilla.
Sucedió más de una vez que Cadalsito, en su inquieta vagancia dentro de la iglesia, se sentaba en algún banco solitario, sintiéndose acometido del mal precursor de la extraña visión. Más de una vez se dijo que en tal sitio, á poco que se adormilase, había de ver al Señor de la barba blanca, por ser aquélla una de sus casas. Pero cerraba los ojos, haciendo como una mental evocación de la extraordinaria visita, y ésta no se presentaba. En alguna ocasión, no obstante, creyó ver al augusto anciano saliendo por una puerta de la sacristía y perdiéndose en el altar, como si se introdujera por invisible hueco. También le pareció que el mismo Señor salía revestido de la sacerdotal túnica y casulla bordada, á decir misa, á decirse á sí mismo la misa, cosa que á Cadalsito le pareció por demás extraña. Pero no estaba muy seguro de que esto fuera así, y bien podía ser que se engañase; al menos, grandes dudas tenía sobre el particular. Una tarde, oyendo en Monserrat el rosario que rezaba el cura, al cual contestaban en la iglesia unas dos docenas de mujeres y en el coro las presas, que debían ser más de ciento por el murmullo intensísimo que sus voces hacían, Luisito se sintió con los síntomas de somnolencia. En la iglesia había muy poca luz, y todo en ella era misterio, sombras que la cadencia tétrica del rezo hacía más cerradas y tenebrosas. Desde donde Cadalsito estaba, veía un brazo del Cristo aquel, y la lamparilla que junto al brazo colgaba del techo. Le entró tal pánico, que se habría marchado á la calle si hubiera podido; pero no se pudo levantar. Hizo propósito de vencer el sopor, y se pellizcó los brazos diciendo: «¡Ay! ¡contro! Si me duermo y se me pone al lado el Cristo de las melenas, del miedo me caigo muerto». Y el miedo y los esfuerzos por despabilarse vencían al fin su insano sopor.
En cambio de estos malos ratos, Monserrat se los proporcionaba buenos, cuando se aparecía por allí su amigo y condiscípulo Silvestre Murillo, hijo del sacristán. Silvestre inició á Luis en algunos misterios eclesiásticos, explicándole mil cosas que éste no comprendía; por ejemplo: qué era la Reserva del Santísimo, qué diferencia hay entre el Evangelio y la Epístola, por qué tiene San Roque un perro y San Pedro llaves, metiéndose en unas erudiciones litúrgicas que tenían que oir. «La hostia, verbigracia, lleva dentro á Dios, y por eso los curas, antes de cogerla, se lavan las manos para no ensuciarla; y dominus vobisco es lo mismo que decir: cuidado, que seáis buenos». Metidos los dos en la sacristía, Silvestre le enseñaba las vestiduras, las hostias sin consagrar, que Cadalso miraba con respeto supersticioso, las piezas del monumento que pronto se armaría, el palio y la manga-cruz, revelando en el desenfado con que lo enseñaba y en sus explicaciones un cierto escepticismo del cual no participaba el otro. Pero no pudo Murillito hacerle entrar en la capilla del Cristo de las melenas, ni aun asegurándole que él las había tenido en la mano cuando su madre se las peinaba, y que aquel Señor era muy bueno y hacía la mar de milagros.
Como la mente de los chicos se impresiona con todo, y á esta impresión se amolda con energía y prontitud su naciente voluntad, aquellas visitas á la iglesia despertaron en Cadalsito el deseo y propósito de ser cura, y así lo manifestaba á sus abuelos una y otra vez. Todos se reían de esta precoz vocación, y al mismo Víctor le hizo mucha gracia. Sí, Luisito aseguraba que ó no sería nada ó cantaría misa, pues le entusiasmaban todas las funciones sacerdotales, incluso el predicar, incluso el meterse en el confesonario para oir los pecados de las mujeres. Díjolo con ingenuidad tan graciosa, que todos se partieron de risa, y de ello tomó pie Víctor para romper á hablar á solas con la insignificante por primera vez después de la conferencia de marras. No estaba presente ninguna persona mayor, y el único que podía oir era Luis, y estaba engolfado en su álbum filatélico.
—Yo no diré, como mi hijo, que quiero ordenarme; ¡pero ello es que de algún tiempo á esta parte siento en mí una necesidad tan viva de creer!... Este sentimiento, júzgalo como quieras, me viene de ti, Abelarda (aquí una mirada amplia, sostenida, tiernísima), de ti, y de la influencia que tu alma tiene sobre la mía.
—Pues cree, ¿quién te lo impide?—repuso la joven, que se sentía aquella tarde con facilidades para hablar, y esperaba mayor claridad en él.
—Me lo impiden las rutinas de mi pensamiento, las falsas ideas adquiridas en el trato social, que forman una broza difícil de extirpar. Me convendría un maestro angélico, un ser que me amase y que se interesara por mi salvación. ¿Pero dónde está ese ángel? Si existe, no es para mí. Soy muy desgraciado. Veo el bien muy próximo, y no me puedo acercar á él. Dichosa tú si no comprendes esto.
Encontrábase la señorita de Villaamil con fuerzas para tratar aquel asunto, porque la religión se las diera hasta para confesar su secreto á quien no debía oírlo de sus labios.
—Yo quise creer, y creí—dijo.—Yo busqué un alivio en Dios, y lo encontré. ¿Quieres que te cuente cómo?
Víctor, que, sentado junto á la mesa, se oprimía la cabeza entre las manos, levantóse de pronto, diciendo con el tono y gesto de un consumado histrión:
—No hables: me atormentarías sin consolarme. Soy un réprobo, un condenado...
Estas frases de relumbrón, espigadas sin criterio en diferentes libros, las traía muy preparaditas para espetarlas en la primera ocasión. Apenas dichas, acordóse de que había quedado en juntarse en el café con varios amigos, y buscó la fórmula para cortar la hebra que su cuñada había empezado á tender entre boca y boca.
—Abelarda, necesito alejarme, porque si estoy aquí un minuto más... yo me conozco: te diré lo que no debo decirte... al menos todavía... Dame tu permiso para retirarme. Voy á dar vueltas por las calles, sin dirección fija, errante, calenturiento, pensando en lo que no puede ser para mí... al menos todavía...
Dió un suspiro, y hasta otra... Dejó á la insignificante confusa y con un palmo de morros, procurando desentrañar el significado de aquel al menos todavía, frase de risueños horizontes.
Por la noche, antes de comer, Víctor entró muy gozoso y dió un abrazo á su suegro, al cual no le hicieron gracia tales confianzas, y estuvo por decirle: «¿En qué pícaro bodegón hemos comido juntos?» No tardó el otro en explicar los móviles de su enhorabuena. Había estado en el Ministerio aquella tarde, y el Jefe del Personal le dijo que Villaamil iba en la primera hornada.
—¡Otra vez el mismo cuento!—exclamó don Ramón furioso.—¿De cuándo acá es permitido que te burles de mí?
—No es burla, hombre—manifestó doña Pura, alentada por dulces esperanzas.—Cuando él te lo dice es porque lo sabe.
—Créalo usted ó no lo crea, es verdad.
—Pues yo lo niego, yo lo niego—declaró Villaamil, rayando el aire con el dedo índice de la mano derecha.—Y de mí no se ríe nadie, ¿estamos? ¿Cuándo y por dónde te has ocupado tú de mí en el Ministerio? Tú vas allá por tus asuntos propios, por trabajar tu ascenso, que te darán... ¡Ah! Yo estoy cierto de que te lo dan... Bueno fuera que no.
—Pues yo lo digo á usted (con gran energía) que podré haber ido otras veces con ese objeto; pero hoy por hoy fuí, y por cierto en compañía de dos diputados de muchísima influencia, exclusivamente á interceder por usted, á hablarle gordo al Jefe del Personal, después de teclear al Ministro. Si no se lo digo á usted porque me lo agradezca; si esto no tiene mérito ninguno... Y tan cierto como es luz esa que nos alumbra (con solemne acento), lo es que yo dije á los amigos que me apoyan: «Señores, antes que mi ascenso, pídase la colocación de mi suegro». Repito que no lo digo para que me lo agradezca nadie. Vaya un puñado de anís...
Doña Pura estaba radiante, y Villaamil, desconcertado en su pesimismo, parecía un combatiente á quien le destruyen de improviso las defensas que le amparan, dejándole inerme y desnudo ante las balas enemigas. Esforzábase en recobrar su aplomo pesimista... «Historias... Bueno, y aunque fuese verdad que Juan, Pedro y Diego me recomendaran, ¿de eso se sigue que me coloquen? Déjame en paz, y pide para ti, pues sin abrir la boca te lo han de dar, mientras que yo, aunque vuelva loco al género humano, nada alcanzaré».
Abelarda, aunque no desplegó los labios, sentía su pecho inundado de gratitud hacia Víctor y se congratulaba de amarle, declarándose que ninguna duda podía existir de la bondad de sus sentimientos. Imposible que aquel acento noble y hermoso no fuera el acento de la verdad. Mientras comían, se discutió lo mismo: Villaamil opinando tercamente que jamás habría piedad para él en las esferas ministeriales, y la familia entera sosteniendo con denuedo lo contrario. Entonces soltó Luisito aquella frase que fué célebre en la familia durante una semana y se comentó y repitió hasta la saciedad, celebrándola como gracia inapreciable, ó como uno de esos rasgos de sabiduría que de la mente divina pueden descender á la de los seres cuyo estado de gracia les comunica directamente con aquélla. Lo dijo Cadalsito con ingenuidad encantadora y cierto aplomo petulante que aumentaba el hechizo de sus palabras. «Pero abuelito, parece que eres tonto. ¿Por qué estás pidiendo y pidiendo á esos tíos de los Ministerios, que son unos cualisquieras y no te hacen caso? Pídeselo á Dios, ve á la iglesia, reza mucho, y verás cómo Dios te da el destino».
Todos se echaron á reir; pero en el ánimo de Villaamil hizo efecto muy distinto la salida del inspirado niño. Por poco se le saltan al buen viejo las lágrimas, y dando un golpe en la mesa con el cabo del tenedor, decía: «Ese demonches de chiquillo sabe más que todos nosotros y que el mundo entero».
XXIV
Marchóse Víctor, apenas tomado el postre, que era, por más señas, miel de la Alcarria, y de sobremesa, doña Pura echó en cara á su marido la incredulidad y desabrimiento con que éste había oído lo expresado por el yerno.
—¿Por qué no ha de ser cierto que se interesa por ti? No debemos ponernos siempre en la mala. Es más: Víctor, si no lo ha hecho, estaba en la obligación de hacerlo.
—Pues es claro...—observó Abelarda, dispuesta á hacer panegírico ardiente de su cuñado, á quien no entendía en la cuestión de amores, pero cuya cacareada maldad estimaba calumniosa.
—¿Pero vosotras—dijo Villaamil sulfurándose—sois tan cándidas que creéis lo que dice ese embustero trapalón?... Apuesto lo que queráis á que, en vez de recomendarme, lo que ha hecho es llevarle al Jefe del Personal algún cuento para que se le quiten las pocas ganas que tiene de servirme...
—¡Jesús, Ramón!
—¡Papá, por Dios!... también usted tiene unas cosas...
—Parece mentira que en tantos años no hayáis aprendido á conocer á ese hombre (exaltándose), el más malo y más traicionero que hay bajo la capa del sol. Para hacerle más temible, Dios, que ha hecho tan hermosos á algunos animales dañinos, le dió á éste el mirar dulce, el sonreir tierno y aquella parla con que engaña á los que no le conocen, para atontarles, fascinarles y comérseles después... Es el monstruo más...
Detúvose Villaamil al reparar que estaba presente Luisito, quien no debía oir semejante apología. Al fin era su padre. Y por cierto que el pobre niño clavaba en el abuelo sus ojos con expresión de terror. Abelarda, como si le arrancaran el corazón á tenazazos, sentía impulsos de echarse á llorar, seguidos de un brutal anhelo de contradecir á su padre, de taparle la boca, de disparar algún denuesto contra su cabeza venerable. Levantóse y se fué á su cuarto, aparentando que entraba á buscar algo, y desde allí oyó aún el murmullo de la conversación... Doña Pura denegaba tímidamente lo dicho por su esposo, y éste, después que se retiró Luisito, llamado por Milagros para lavarle en la cocina boca y manos, reiteró su bárbaro, implacable y sangriento anatema contra Víctor, añadiendo que con él no iba ni á recoger monedas de cinco duros. Era tan hondo el acento del buen Villaamil, y tan lleno de sinceridad y convicción, que Abelarda creyó volverse loca en aquel mismo instante, soñando como único alivio á su desatada pena salir de la casa, correr hacia el Viaducto de la calle de Segovia y tirarse por él. Figurábase el momento breve de desplomarse al abismo, con las enaguas sobre la cabeza, la frente disparada hacia los adoquines. ¡Qué gusto! Después la sensación de convertirse en tortilla, y nada más. Se acabaron todas las fatigas.
Á poco de esto, empezó á llegar la escogida sociedad que frecuentaba en determinadas noches aquella elegante mansión. Milagros, terminada su faena en la cocina, preparó la luz de petróleo para iluminar la sala. Se arregló, dejando en la cocina á la vieja que iba á fregar, pues la pudorosa Ofelia, si se adaptaba con gusto a todos los ramos de la culinaria, no entraba con aquel rudo trajín del fregado, y á poco penetró en sus salones tan bien apañadita que daba gusto verla. Abelarda tardó más en presentarse, y apareció al fin con tan fuerte mano de polvos en la cara, que parecía una molinera. Y aun no bastaba tanto afeite á disimular el tono cadavérico de su faz ni el cerco violado de sus ojos. Virginia Pantoja, su madre y otras señoras la observaron y callaban, guardando sus comentarios para postdata de la tertulia. Ninguna de las amigas dejó de decir para sí: «¡Ajadilla está!» Fue también aquella noche Salvador Guillén, el cual presentó á su compañero de oficina, el elegante Espinosa. Villaamil, desde que empezaba á entrar gente, se iba á la calle, renegando de la tal tertulia, y se pasaba en el café un par de horitas oyendo hablar de crisis ó probando, como dos y tres son cinco, que debía haberla. Solía Pantoja acompañarle, volviendo después con él para recoger á la familia, y por el camino seguían glosando el tema eterno, sin agotarlo nunca ni encontrar jamás la última variación. Conocedor sagaz de la vida burocrática y de las misteriosas energías psicológicas que determinan la elevación y caída de funcionarios, Pantoja trazaba á su amigo un nuevo plan de campaña. Primero, sin perjuicio de buscarse entre la gente política de influencia algún padrinazgo de empuje, convenía no dejar vivir al Ministro, ni al Jefe del Personal; convertirse en su sombra, espiarles las entradas y salidas, acometerles cuando más descuidados estuvieran, ponerles en el terrible dilema de la credencial ó la vida, imponerse por el terror. De esta manera se sacaba siempre tajada, pues al fin, Ministros, Subsecretarios y Jefes del Personal eran hombres, y para poder respirar y vivir daban al moscón lo que pedía, por quitárselo de encima de su alma y perderlo de vista. Reconociendo el profundo sentido humano y político de estos consejos, Villaamil deploraba sinceramente haber llegado al extremo de ser él lo que tantas veces había censurado en otros; acosador importuno y pordiosero inaguantable.
Víctor no solía concurrir a las tertulias; pero aquella noche entró más temprano que de costumbre y pasó á la sala, produciendo la admiración de Virginia Pantoja y de las chicas de Cuevas. ¡Era tan superior por todos conceptos á los tipos que allí se veían! Guillén le tenía ojeriza, y como Víctor le pagaba en la misma moneda, se tirotearon con frases de doble sentido, haciendo reir á la concurrencia.
Al día siguiente, antes de almorzar, hallándose en el comedor Víctor, su suegra, Abelarda y Luisito, que acababa de llegar de la escuela, dijo Cadalso á doña Pura:
—¿Pero cómo reciben ustedes en su casa á ese cojo inmundo? ¿No comprenden que viene por divertirse observando y contar luego en la oficina lo que ve?
—¿Pero acaso tenemos monos pintados en la cara—dijo Pura con desenfado,—para que ese cojitranco venga aquí nada más que á reirse?
—Es un sapo venenoso que en cuanto ve algo que no es sucio como él, se irrita y suelta toda la baba. Cuando papá va á la oficina de Pantoja, ¿en qué creen ustedes que se ocupa Guillén? En hacerle la caricatura. Tiene ya una colección que anda de mano en mano entre aquellos gandules. Ayer, sin ir más lejos, vi una con un letrero al pie que dice: El señor de Miau, meditando su plan de Hacienda. Había ido corriendo de oficina en oficina, hasta que Urbanito Cucúrbitas la llevó al Personal, donde el majadero de Espinosa, hermano de ese cursilón que estuvo aquí anoche, la pegó en la pared con cuatro obleas para que sirviera de chacota á todo el que entraba. Cuando vi aquello me sulfuré, y por poco se arma allí la de San Quintín.
Doña Pura se indignó tanto, que el coraje le cortaba la respiración y la palabra.
—Pues yo le diré á ese galápago que no vuelva á poner los pies en mi casa... ¿Y cómo dices que llaman á mi marido? ¿Habrá desvergüenza?...
—Es que le quieren aplicar ahora el mote que le pusieron á la familia en el Real—dijo Víctor dulcificando su crueldad con una sonrisa;—mote que no tiene maldita gracia.
—¡Á nosotras, á nosotras!—exclamaron á un tiempo, rojas de ira, las dos hermanas.
—Tomémoslo á risa, pues no merece otra cosa. Es público y notorio que cuando toman ustedes posesión de su sitio en el Paraíso, todo el mundo dice: «Ya están ahí las Miaus...» ¡qué tontería!
—¡Y el muy mamarracho se ríe de la gracia!—exclamó doña Pura cogiendo lo primero que encontró á mano, que fué un pan, y apuntando con él á la cabeza de su yerno.
—No, no la emprenda usted conmigo, señora, que no soy yo autor del apodo... Pues si yo las acompañara á ustedes alguna vez y un cursi de aquéllos se atreviera á mayar delante de mí, de la primera boletada todas sus muelas salían á tomar el aire.
—No estás tú mal fantasmón (devorando su ira). Pico, y nada más que pico. ¡Si no tuviéramos nosotras más defensa que tú!...
La ira de las dos hermanas era nada en comparación de la que agitaba el ánimo de Luisito Cadalso, al oir que el cojo Guillén motejaba á su abuelo y le ponía en solfa; y para sí decía: «De todo esto tiene la culpa Posturitas, y le he de dar pa el pelo, porque la ordinariota de su mamá, que es hermana de Guillén, fué la que puso el mote, ¡contro!, y luego se lo dijo al cojo, que es un sapo venenoso, y el muy canalla se lo ha dicho á los de la oficina».
Tan rabioso se puso, que al ir á la escuela cerraba los puños y apretaba los dientes. De seguro que si encuentra á Posturitas en la calle la emprende con él dándole una morrada buena en mitá la cara. Tocóle después estar á su lado en la clase y le pegó con el codo, diciéndole: «No quio na contigo, sinvergüenza. Tú no eres caballero, ni tu familia tampoco son caballeros». El otro no le contestó, y dejando caer la cabeza sobre el brazo, cerró los ojos como vencido de un profundo sueño. Hubo de notar entonces Cadalso que su amigo tenía la cara muy encendida, los párpados hinchados, la boca abierta, respirando por ella, y á ratos soplando fuertemente por la nariz, como si quisiera desobstruirla. Nuevos y más fuertes codazos de Luisito no le hicieron salir de aquel pesado sopor. «¿Qué tienes, recontro?... ¿estás malo?» La cara de Posturitas echaba fuego. El maestro llegó por allí, y viéndole en tal estado y que no había medio de enderezarle, le observó, le pulsó, le puso la mano en la cara. «Chiquillo, tú estás malo; vete corriendo á tu casa y que te acuesten y te abriguen bien para que sudes». Levantóse entonces el rapaz tambaleándose, y con cara y gesto de malísimo humor, atravesó la sala de la escuela. Algunos compañeros le miraron con envidia porque se iba á su casa antes que los demás. Otros, Cadalsito entre ellos, creían que la enfermedad era farsa, pura comedia para irse de pingo y estarse brincando toda la tarde en el Retiro con los peores gateras de Madrid. Porque era muy pillo, muy embustero, y en poniéndose á inventar y á hacer pamemas, no había quien le ganara.
Al día siguiente, Murillito trajo la noticia de que Paco Ramos estaba enfermo de tabardillo, y que le había entrado tan fuerte, pero tan fuerte, que si no bajaba la calentura aquella noche, se moriría. Hubo discusión á la salida sobre ir ó no á verle. «Que eso se pega, hombre».—«Que no se pega... ¡bah, tú!»—«Morral».—«Morral él». Por fin, Murillito, otro que llamaban Pando y Cadalso con ellos, fueron á verle. Era á dos pasos de la escuela, en la casa que tiene farol y muestra de prestamista. Subieron los tres muy ternes, discutiendo todavía si se pegaba ó no se pegaba la tifusidea, y Murillito, el más farfantón de la partida, les animaba escupiendo por el colmillo. «No seáis gallinas. ¡Si creeréis que por entrar vus vais á morir!...» Llamaron, y les abrió una mujer, quien al ver la talla y fuste de los visitantes, no les hizo maldito caso y les dejó plantados, sin dignarse responder á la pregunta que hizo Murillito. Otra mujer pasó por el recibimiento y dijo: «¿Qué buscan aquí estos monos? ¡Ah! ¿Venís á saber de Paquito? Más animado está esta tarde...» «Que pasen, que pasen—gritó dentro otra voz femenil,—á ver si mi niño les conoce». Vieron, al entrar, el despacho de los préstamos, donde estaba un señor de gorro y espejuelos que parecía un ministro (según pensó Cadalso), y atravesaron luego un cuarto grande donde había ropa, golfos de ropa, la mar de ropa, y por fin, en una habitación toda llena de capas dobladas, cada una con su cartón numerado, yacía el enfermo y á su lado dos enfermeras, la una sentada en el suelo, la otra junto al lecho. Posturitas había delirado atrozmente toda la noche y parte de la mañana. En aquel momento estaba más tranquilo, sin que el recargo se iniciara aún. «Rico—le dijo la mujer ó señora instalada á la cabecera, y que debía de ser la mamá,—aquí están tus amiguitos, que vienen á preguntar por ti. ¿Quieres verles?» El pobre niño exhaló una queja, como si quisiera romper á llorar, lenguaje con que indican las criaturas enfermas lo que les desagrada y molesta, que suele ser todo lo imaginable. «Mírales, mírales. Te quieren mucho». Paquito dió una vuelta en la cama, é incorporándose sobre un codo, echó á sus amigos una mirada atónita y vidriosa. Tenía los ojos, aunque inflamados, mortecinos, los labios tan cárdenos que parecían negros, y en los pómulos manchas de color de vino. Cadalso sentía lástima y también terror instintivo que le mantuvo desviado de la cama. La mirada fija y sin luz de su compañero de escuela le hacía temblar. Paco Ramos sin duda no conoció de los tres más que á Luisito, porque sólo dijo Miau, Miau, después de lo cual su cabeza se derrumbó sobre la almohada. La madre hizo una seña á los chicos para que despejaran, y ellos obedecieron como unos santos. En la habitación próxima tropezaron con dos hermanillos de Posturitas, más chicos que él, carisucios y culirrotos, los zapatos agujereados y los mandiles hechos una sentina. El uno arrastraba un muñeco de trapo amarrado por el pescuezo, y el otro un caballo sin patas, gritando como un desesperado ¡arre! Al ver gente menuda, se fueron detrás, deseando hacer migas con ella; pero Murillo, echándoselas de persona, les reprendió por la bulla que armaban, estando el hermanito malo. Ellos se miraron estupefactos. No comprendían jota. El más pequeño sacó del bolsillo del delantal un pedazo de pan ya muy lamido, todo lleno de babas, y le metió el diente con fe. Al pasar por la sala, el señor aquel que parecía un ministro estaba examinando dos mantones de Manila que lo presentaba una mujer. Los tres amigos lo saludaron con exquisita cortesía, pero él no les contestó.