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Miau

Chapter 27: XXVII
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About This Book

A satirical realist narrative follows a beleaguered urban household as successive misfortunes, petty humiliations, and convoluted dealings with rigid institutions deepen their poverty and social precariousness. Through comic episodes, sharp domestic details, and a gallery of intrusive neighbors and opportunistic acquaintances, the narrative traces daily struggles, failed schemes, generational tensions, and the corrosive effects of bureaucracy and social stigma. Tone shifts between farce and pathos while scenes accumulate into a portrait of decline, adaptation, and frustrated hopes.

XXV

Muy pensativo se fué Cadalsito á su casa aquella tarde. El sentimiento de piedad hacia su compañero no era tan vivo como debiera, porque el mameluco de Ramos le había insultado, arrojándole á la cara el infamante apodo, delante de gente. La infancia es implacable en sus resentimientos, y la amistad no tiene raíces en ella. Con todo, y aunque no perdonaba á su mal educado compañero, pensó pedir por él en esta forma: «Ponga usted bueno á Posturitas. Á bien que poco le cuesta. Con decir levántate, Posturas, ya está». Acordándose después de que la mamá de su amigo, aquella misma señora que estaba junto al lecho tan afligida, era la inventora del ridículo bromazo, renovóse en él la inquina que le tenía. «Pero no es señora—pensó.—No es más que mujer, y ahora Dios la castiga de firme por poner motes».

Aquella noche estuvo muy intranquilo; dormía mal, se despertaba á cada instante, y su cerebro luchaba angustiosamente con un fenómeno muy singular. Habíase acostado con el deseo de ver á su benévolo amigo el de la barba blanca; los síntomas precursores se habían presentado, pero la aparición no. Lo doloroso para Cadalsito era que soñaba que la veía, lo que no era lo mismo que verla. Al menos no estaba satisfecho, y su mente forcejeaba en un razonar penoso y absurdo, diciendo: «No es éste, no es éste... porque yo no le veo, sino sueño que le veo, y no me habla, sino sueño que me habla». De aquella febril cavilación pasaba á estotra: «Y no podrá decir ya que no estudio, porque hoy sí que me supe la lección, ¡contro! El maestro me dijo: «Bien, bien, Cadalso». Y la clase toda estaba turulata. Largué de corrido lo del adverbio, y no me comí más que una palabra. Y cuando dije lo de que caía el maná en el desierto, también me lo supe, y sólo me trabuqué después en aquello de los Mandamientos, por decir que los trajo encima de un tablero, en vez de una tabla». Luis exageraba el éxito de su lección de aquel día. La dijo mejor que otras veces, pero no había motivo fundado para tanto bombo.

Mala noche fué aquélla para los dos habitantes del estrecho cuarto, pues Abelarda no hacía más que dar vueltas en su catre, rebelde al sueño, conciliándolo breves minutos, sintiéndose acometida por bruscos estremecimientos, que la hacían pronunciar algunas palabras, de cuyo sonido se asombraba ella propia. Una vez dijo: «Huiré con él». Y al punto le respondió un acento suspirón: «Con el que tenía los anillos de puros». Al oir esto, dió un salto aterrada. ¿Quién le respondía? Todo era silencio en la alcoba; pero al poco rato la voz volvió á sonar, diciendo: «Le castiga usted por malo, por poner motes». Al fin, la mente de Abelarda se esclarecía, pudiendo apreciar la realidad y reconocer la vocecilla de su sobrino. Volvióse del otro lado y se durmió. Luis murmuraba gimiendo, como si quisiera llorar y no pudiese. «Que sí me supe la lección... que sí». Y al cabo de un rato: «No me mojes el sello con tu boca negra... ¿Ves? Eso te pasa por malo. Tu mamá no es señora, sino mujer...» Á lo que contestó Abelarda: «Esa elegantona que te escribe cartas no es dama, sino una tía feróstica... Tonto, y me desprecias á mí por ella, á mí, que me dejaría matar por...! Mamá, mamá, yo quiero ser monja». «No...—decía Luis,—ya sé que no le dió usted al Sr. de Moisés los Mandamientos en un tablero, sino en una tabla... Bueno, en dos tablas... Posturas se va á morir. Su padre le envolverá en aquel mantón de Manila... Usted no es Dios, porque no tiene ángeles... ¿En dónde están los ángeles?»

Y Abelarda: «Ya pesqué la llave de la puerta. Quiero escapar. ¡Con el frío que hace, esperándome en la calle!... ¡Vaya un llover!»

Luis: «Es un ratón lo que Posturas echa por la boca, un ratón negro y con el rabo mu largo. Me escondo debajo de la mesa. ¡Papá!»

Abelarda en voz alta: «Qué... ¿qué es eso, Luis? ¿qué tienes? Pobrecito... esas pesadillas que le dan. Despierta, hijo, que estás diciendo disparates. ¿Por qué llamas á tu papá?»

Despierto también Luis, aunque no con el sentido muy claro: «Tiíta, no duermo. Es que... un ratón. Pero mi papá lo ha cogido. ¿No ves á mi papá?

—Tu papá no está aquí, tontín; duérmete.

—Sí que está... Mírale, mírale... Estoy despierto, tiíta. ¿Y tú?

—Despéjate, hijo... ¿Quieres que encienda luz?

—No... Tengo sueño. Es que todo es muy grande, todas las cosas grandes, y mi papá estaba acostado contigo, y cuando yo le llamé vino á cogerme.

—Prenda, acuéstate de ladito y no tendrás malos sueños. ¿De qué lado estás acostado?

—Del lado de la mano izquierda... ¿Por qué es todo grandísimo, del tamaño de las cosas mayores?

—Acuéstate del lado derecho, alma mía.

—Estoy del lado de la mano izquierda y del pie derecho... ¿Ves? éste es el pie derecho, ¡tan grande! Por eso la mamá de Posturas no es señora. Tiíta...

—¿Qué?

—¿Estás dormida?... Yo me duermo ahora. ¿Verdad que no se muere Posturas?

—¡Qué se ha de morir, hombre! No pienses en eso.

—Díme otra cosa. ¿Y mi papá se va á casar contigo?

En la excitación cerebral que producen la obscuridad y el insomnio, Abelarda no pudo responder lo que habría respondido á la luz del día con la cabeza serena; por cuya razón se dejó decir: «No sé todavía... verdaderamente no sé nada... Puede...»

Poco después murmuró Luis «bueno» en tono de conformidad, y se quedó dormido. Abelarda no pegó los ojos en el resto de la noche, y al día siguiente se levantó muy temprano, la cabeza pesadísima, los párpados encendidos y el humor destemplado, deseando hacer algo extraordinario y nuevo, reñir con alguien, así fuese el mismísimo cura cuya misa pensaba oir pronto, ó el monago que había de ayudarla. Se fué á la iglesia, y en ella tuvo muy malos pensamientos, tales como escabullirse de la casa sin saber para qué, casarse con Ponce y pegársela después, meterse monja y amotinar el convento, hacerle una declaración burlesca de amor al cojo Guillén, empezar la representación de la comedia y retirarse á la mitad, dejándoles á todos plantados; envenenar á Federico Ruiz, tirarse del paraíso del Real á las butacas en lo mejor de la ópera... y otros disparates por el estilo. Pero la permanencia en el templo, silencioso y plácido, las tres misas que oyó, sosegaron poco á poco sus nervios, estableciendo en su cerebro la normalidad de las ideas. Al salir se asustaba y aun se reía de aquellas extravagancias sin sentido. Pasara lo de tirarse del paraíso á las butacas en un momento de desesperación; pero envenenar al pobre Federico Ruiz, ¿á qué santo?

Al llegar á su casa, lo primero que hizo, según costumbre, fué enterarse de si Víctor había salido ó no. Resultó que sí, y doña Pura dijo con alegría no disimulada que su yerno almorzaba fuera. Los recursos se le habían ido agotando á la señora con la rapidez solutiva de esa sal puesta en agua que se llama dinero. ¡Cosa más rara! Lo mismo era cambiar un duro que desleírsele pieza á pieza. Y ya veía próximo el aterrador lindero que separa la escasez de la carencia absoluta. Detrás de aquel lindero se alzaban los espectros familiares mirando á doña Pura y haciéndole muecas. Eran sus terribles compañeros de toda la vida, el deber, el pedir y el empeñar, resueltos á acompañarla hasta la tumba. Ya estaba la señora tirando sus líneas á ver si Víctor le daba medios de zafarse de aquellos socios insufribles. Pero Víctor, á las primeras indirectas, se había hecho el mal entendedor, señal de que no encerraba ya su cartera los tesoros de mejores días. Además, pudo observar doña Pura que por dos ó tres veces habían venido á cobrarle á su yerno cuentas de zapateros ó sastres, y que Víctor no había pagado, diciendo que volvieran ó que él pasaría por allá. Este olor á chamusquina puso á la señora sobre ascuas.

Fueron aquella tarde doña Pura y su hermana á visitar unas amigas. Milagros encargó á Abelarda que diese una vuelta por la cocina; pero la exaltada joven, al quedarse sola, pues Villaamil había ido al Ministerio y Luis á la escuela, echó al olvido cacerolas y sartenes, y metióse en el cuarto de Víctor, con el fin de revolver, de escudriñar, de ponerse en íntimo contacto con su ropa y los objetos de su uso. Sentía la insignificante, en esta inspección vedada, los estímulos de la curiosidad mezclados con un goce espiritual de los más profundos. El examen de la indumentaria, la exploración de todos los bolsillos, aunque en ellos no encontrara cosa de verdadero interés, era un gusto que no cambiaría ella por otros más positivos é indiscutibles. Porque manoseando las camisas se suponía por momentos en una intimidad á la cual su viva imaginación daba apariencias reales. Soñaba actos de los más nobles, como el cuidar la ropa de su hombre, fuera marido ó no, deseando algo que arreglar en ella, botón suelto ó forro descosido; y en tanto reconocía en el olor la persona, por más señas limpia y elegante, gozando en olfatearla á menor distancia que en familia y ante el mundo. Las pocas veces que Abelarda podía darse estos atracones de idealidad y sensaciones rebuscadas, sus registros de bolsillos no arrojaban ninguna luz sobre el misterio que á su parecer envolvía la existencia de Cadalso. Á veces, encontraba en el bolsillo del pantalón perros grandes ó chicos, billetes de tranvía y butacas de teatro; en los de la americana ó levita, alguna nota del Ministerio, alguna carta indiferente. Al concluir, cuidaba de volver todo á su sitio para que no fuera notado el escrutinio, y se sentaba sobre el baúl á meditar. No había sido posible poner en el cuarto de Víctor cómoda ni armario ropero, de modo que tenía su equipo en la misma maleta de viaje, como si estuviera por pocos días en una fonda. Lo que desesperaba á la insignificante, era encontrar el baúl siempre cerrado. Allí sí que habría querido ella meter manos y ojos. ¡Qué de secretos guardaría aquella cavidad misteriosa! Varias veces había probado á abrirla con llaves diferentes, pero en vano.

Pues señor, aquel día, al sentarse en el baúl, ¡tlin!, un rumorcillo metálico. Miró, y... ¡las llaves estaban puestas! Víctor se había olvidado de quitarlas, faltando á sus hábitos cautelosos y previsores. Ver las llaves, abrir y levantar la tapa casi fueron actos simultáneos. Gran desorden en la parte superior del contenido. Había allí un sombrero chafado, de los que llaman livianillos, cuellos y puños sueltos, cigarros, una caja de papel y sobres, ropa blanca y de punto, periódicos doblados, corbatas ajadas y otras nuevecitas. Abelarda observó todo un buen rato sin tocar, enterándose bien, como es uso de curiosos y ladrones, de la colocación de los objetos para volver á ponerlos lo mismo. Luego deslizó la mano por un lado, explorando la segunda capa. No sabía por dónde empezar. Al propio tiempo, la presunción de que Víctor andaba en líos con alguna señora de mucho lustre y empinadísimo copete, se imponía y destacaba sobre las ideas restantes. Pronto se descubriría todo; allí se encontraban de fijo las pruebas irrecusables. De tal modo dominaba este prejuicio la mente de Abelarda, que antes de descubrir el cuerpo del delito ya creía olfatearlo, porque el olfato era quizás su sentido más despierto en aquellas pesquisas. «¡Ah! ¿no lo dije? ¿Qué es esto? Un ramito de violetas». En efecto, al levantar con cuidado una pieza de ropa, encontró el ramo ajado y oloroso. Siguió explorando. Su instinto, su intuición ó corazonada, que tenía la fuerza de una luz precursora ó de indicador misterioso, la guiaba por aquellas revueltas honduras. Sacó varias cosas cuidadosamente, las puso en el suelo, y adelante; busca de aquí, busca de allí, su mano convulsa dió con un paquete de cartas. ¡Ah! por fin había parecido la clave del secreto. ¡Si no podía ser de otro modo! Cogió el paquete, y al sentirlo entre sus dedos infundióle terror su propio hallazgo.

Sin quitar la goma leyó algo ya, pues las cartas no tenían envoltura que las cubriese. Lo primero que se echó á la cara fué una coronita estampada en el membrete de la carta superior; y como no era fuerte en heráldica, no supo si la corona era de marquesa ó de condesa... Pensó entonces la insignificante en su mucho acierto y sagacidad. No, no podía ella equivocarse al suponer que la misteriosa persona con quien él estaba en relaciones era de alta categoría. Había nacido Víctor para las esferas superiores de la vida, como el águila para remontarse á las alturas. Pensar que hombre de tales condiciones descendiese á las esferas de cursilería y pobreza en que ella vivía... ¡absurdo! y raciocinando así, persuadíase también de que lo incomprensible y tenebroso de la conducta y del lenguaje de Víctor no era falta de él, sino de ella, por no alcanzar con sus cortas luces y su apreciación vulgar de la vida á la superioridad de semejante hombre.

Á leer tocan. No sabía la joven por dónde empezar. Hubiera querido echarse al coleto en un santiamén todas las cartas de cruz á fecha. El tiempo apremiaba; su madre y su tía no tardarían en entrar. Leyó rápidamente una, y cada frase fué una cuchillada para la lectora. Allí se trataba de negativa de rompimiento, se daban descargos como respondiendo á una acusación celosa: allí se prodigaban los términos azucarados que Abelarda no había leído nunca más que en las novelas; allí todo era finezas y protestas de amor eterno, planes de ventura, anuncios de entrevistas venideras, y recuerdos dulces de las pasadas, refinamientos de precaución para evitar sospechas, y al fin derrames de ternezas en forma más ó menos velada. Pero el nombre, el nombre de la sinvergüenzona aquélla, por más que la lectora lo buscaba con ansia, no parecía en ninguna parte. La firma no rompía el anónimo; á veces una expresión convencional, tu chacha, tu nenita; á veces un simple garabato... Pero lo que es nombre, ni rastros de él. Leyendo todo, todo cuidadosamente, se habría podido sacar en limpio, por referencias, quién era la chacha; pero Abelarda no podía detenerse; ya era tarde, llamaban á la puerta... Había que colocar todo en su sitio de modo que no se conociese la mano revoltijera. Hízolo rápidamente, y fué á abrir. Ya no se borró más de su mente, en aquel día ni en los que le siguieron, la fingida imagen de la odiada señora. ¿Quién sería? La insignificante se la figuraba hermosota, muy chic, mujer caprichosa y desenfadada, como á su parecer lo eran todas las de las altas clases. «¡Qué guapa debe de ser!... ¡qué perfumes tan finos usará!—se decía á todas horas con palabras de fuego que del cerebro le salían para estampársele en el corazón.—¡Y cuántos vestidos tendrá, cuántos sombreros, cuántos coches!...»

XXVI

Allá va otra vez el amigo D. Ramón á la oficina de Pantoja. Él no quiere hablar de su pleito, de su cuita inmensa y desgarradora, pero sin quererlo habla; y cuanto dice va á parar insensiblemente al eterno tema. Le pasa lo que á los amantes muy exaltados, que cuanto hablan ó escriben se convierte en substancia de amor. Aquel día encontró en la oficina de su amigo á cierto sujeto que discutía ardorosamente. Era un señor de provincia, uno de aquellos enemigos de la Administración á quienes el honrado designaba con el desdeñoso nombre de particulares; comerciante de vinos al por mayor, con establecimiento abierto, y la Hacienda le había cogido por banda, haciéndole pagar contribución por dos conceptos. Protestó él alegando que renunciaba á detallar, quedándose sólo con el almacén. El asunto pasó á informe de Pantoja. Quejábase el particular de que se le hiciera pagar por dos conceptos, y va Pantoja ¿y qué hace? Pues informar que pagara por tres. De suerte que mi hombre, hecho un basilisco, dijo allí tales picardías de la Administración, que por poco le echan á la calle. Villaamil comprendía que tenía razón. Nunca había sido él verdugo del particular, como su amigo Pantoja; pero no se atrevió á intervenir por no malquistarse con el honrado. Su flaqueza le llevó hasta apoyar la providencia del Dracón administrativo, diciendo:

—Claro, por tres conceptos: por el de detallista, por el de almacenista y por el de fabricante de vinos.

En fin, que el desgraciado particular se largó trinando como ruiseñor en la época del celo, y cuando se quedaron solos Villaamil y Pantoja, al primero le faltó tiempo para decir:

—¿Ha vuelto Víctor por aquí? ¿Cómo va su expediente?

Pantoja tardó en responder; tenía la boca lo mismo que si se la hubieran cosido. Se ocupaba en abrir pliegos, dentro de los cuales, al ser abiertos, sonaba la arenilla pegada á la tinta seca, y el honrado cuidaba de que los tales polvos no se cayeran ¡lástima de desperdicio! y prolijamente los vertía en la salbadera. Era en él costumbre antigua este aprovechamiento de los polvos empleados ya en otra oficina, y lo hacía con nimio celo, cual si mirase por los intereses de su ama, la señora Hacienda.

—Créeme á mí—replicó al fin, dando permiso á la boca y poniendo la mano por pantalla á fin de que sus oficiales no oyeran.—No le harán nada á tu yerno. El expediente es música. Créeme á mí que conozco el paño.

—Ventura, las influencias lo pueden todo—observó Villaamil con inmensa pena;—absolver á los delincuentes, y aun premiarlos, mientras los leales perecen.

—Y las influencias que vuelven el mundo patas arriba y hacen escarnio de la justicia, no son las políticas... quiero decir que estas influencias no revuelven el cotarro tanto como otras.

—¿Cuáles?—preguntó Villaamil.

—Las faldas—replicó Pantoja tan á media voz, que Villaamil no lo oyó, y tuvo que hacerse repetir el concepto.

—¡Ah!... Noticia fresca... Pero dime. ¿Crees tú que Víctor, por ese lado...?

—Me ha dado en la nariz (con malicia, llevándose el dedo á la punta de aquella facción). No aseguro nada; es que yo, con mi experiencia de esta casa, lo huelo, lo huelo, Ramón... no sé... puede que me equivoque. Al tiempo. Anoche en el café, Ildefonso Cabrera, el cuñado de tu yerno, contó de éste ciertos lances...

—¡Dios, qué cosas ve uno!—dijo Villaamil llevándose las manos á la cabeza. Y en medio de su catoniana indignación, pensando en aquella ignominia de las faldas corruptoras, se preguntaba por qué no habría también faldas benéficas que, favoreciendo á los buenos, como él, sirvieran á la Administración y al país.

—Eso tuno sabe por dónde anda. Acuérdate de lo que te digo: le echarán tierra al expediente...

—Y venga el ascenso... y ole morena.

Sonó el timbre, y Pantoja fué al despacho del Director, que le llamaba. En cuanto salió, los subalternos la emprendieron con el cesante.

—Amigo Villaamil, ni usted ni yo echaremos buen pelo hasta que no suban los nuestros; y los nuestros son los del petróleo.

—Así subieran mañana—dijo D. Ramón agitando las quijadas y poniendo en sus ojos toda la ferocidad de su expresión carnívora.

—No lo diga usted de broma, que esto está muy malo. Hay crisis.

—¿Qué broma? ¡Sí, para bromitas está el tiempo! Así saltara esta noche el cantón de Madrid y la Commune inclusive, y tocaran á pegar fuego... Les digo á ustedes que el amigo Job era un niño mimado y se quejaba de vicio... Que venga el santo petróleo, que venga. Más de lo que nos han quitado no nos han de quitar... Peor que esta gente no lo han de hacer.

—¿Sabe usted la que corre hoy? Que van á ceder las Islas Baleares á Alemania... Y que quieren arrendar las Aduanas á no sé qué empresa belga, recibiendo el primer plazo en unos puentes viejos para ferrocarriles.

—Como si lo viera, hombre, como si lo viera... Todo lo que sea un disparate tiene aquí su fundamento. Francamente, el D. Antonio tendrá mucho pesquis, pero no se le conoce... Digo, cualquiera que estuviese en su puesto, me parece á mí que lo había de hacer mejor.

—¡Pues claro!—dijo el caballero de Felipe IV atusándose el bigotillo embetunado.—Y si no, figúrese usted que los que estamos aquí formamos un Ministerio. Villaamil, Presidencia; Espinosa, por la buena lámina, iría á Estado á poner varas á las diplomáticas.

—Y que las hay de buten. Á Guillén le encajamos en Guerra.

—¡Madre de Dios! ¡Un cojo en Guerra! Mejor es en Marina.

—Sí, para que reme con las muletas.

—Ó por lo que tiene de tortuga—dijo Argüelles, que no perdonaba ocasión de tirar una china al cojo.—Y para mí, venga la carterita de Gobernación.

—Clavado. Para que pueda colocar de temporeros á su cáfila de hijos, los de teta inclusive.

—Y para que expida una Real orden mandando que se toque la trompa en todos los entierros. ¿Y Hacienda, señores?

—Hacienda, Villaamil, con la Presidencia.

—¿Y qué le damos al insine Pantoja?

—Hacienda, Ventura, ¿qué duda tiene?—apuntó Villaamil, que no tomaba aquello en serio, pero dejaba correr la broma para prestar un poco de esparcimiento á su angustiado espíritu.

—Sí, ¡buena se iba á armar!... ¿Y el income tax?

—Lo que es eso...—observó Villaamil sonriendo triste y descorazonado—no me lo pasaba.

—No; fuera Pantoja, que es capaz de imponer una contribución sobre las pulgas que lleva cada quisque. Viva el income tax, dogma del nuevo Gabinete, y la unificación de la Deuda.

—Eso... (con seriedad, bostezando) es fácil que me lo admitiera Ventura... Vaya, caballeros (como quien vuelve en sí, levantándose con ademán diligente), ustedes tienen que hacer, y yo ídem. Á trabajar se ha dicho.

Y pasó á Propiedades (el mismo piso á la derecha), donde era segundo Jefe D. Francisco Cucúrbitas, y de allí bajó para caer como una bomba en el Personal, donde tenía varios conocidos, entre ellos un tal Sevillano, que á veces le informaba de las vacantes efectivas ó presuntas. Después bajaba á Tesorería, dando una vuelta por el Giro Mutuo, previo el consabido palique de los porteros al entrar en cada oficina. En algunas partes le recibían con cordialidad un tanto helada; en otras, la constancia de sus visitas empezaba á ser molesta. No sabían ya qué decirle para darle esperanzas, y los que le habían aconsejado que machacase sin tregua, se arrepentían ya, viendo que sobre ellos se ponía en práctica el socorrido consejo. En el Personal era donde Villaamil se mostraba más tenaz y jaquecoso. El Jefe de aquel departamento, sobrino de Pez y sujeto de mucha escama, le conocía, aunque no lo bastante para apreciar y distinguir las excelentes prendas del hombre, bajo las importunidades del pretendiente. Así, cuando las visitas arreciaron, el Jefe no ocultaba su desabrimiento ni sus pocas ganas de conversación. Villaamil era delicado, y sufría lo indecible con tales desaires; pero la imperiosa necesidad le obligaba á sacar fuerzas de flaqueza y á forrar de vaqueta su cara. Con todo, á veces se retiraba consternado, diciendo para su capote: «¡No puedo, Señor, no puedo! El papel de mendigo porfiado no es para mí». Y la consecuencia de este abatimiento era no parecer unos días por el Personal. Luego volvía la ley tiránica de la necesidad á imponerse brutalmente; el amor propio se sublevaba contra el olvido, y á la manera del lobo en ayunas, que sin reparar en el peligro de muerte se echa al campo y se aproxima impávido al caserío en busca de una res ó de un hombre, así D. Ramón se lanzaba otra vez, hambriento de justicia, á la oficina del Personal, arrostrando desaires, malas caras y peores respuestas. Quien mejor le recibía y más le alentaba, ofreciéndole cordialmente su ayuda, era D. Basilio Andrés de la Caña (Impuestos). Terminada la excursión, Villaamil volvía á su rasa rendido de cuerpo y espíritu. Su mujer le interrogaba con arte; pero él, firme en su dignidad estudiada, sostenía no haber ido al Ministerio más que á fumar un cigarro con los amigos: que no esperando nada, no formulaba pretensiones, y que la familia no debía edificar castillos en el aire, sino irse preparando para un viaje de recreo á San Bernardino. Replicaba á esto Pura que si él no hacía por colocarse, entraría ella á funcionar, apelando á la intercesión de la señora de Pez, Carolina de Lantigua, pues hasta los gatos saben que donde acaba la eficacia de las recomendaciones políticas, empieza la de las faldas.

—¡Ah! No es esa faldamenta la que hace y deshace la fortuna—respondía Villaamil con profundo escepticismo, hijo de su conocimiento del mundo burocrático.—Carolina Pez es una señora honrada, es decir, para el caso, la carabina de Ambrosio. Además... hazte cargo: los Peces no privan ahora; se defienden, y nada más. Ya hay quien habla de dejarles en seco. Figúrate una gente que ha mamado en todas las ubres y que ha sabido empalmar la Gloriosa con Alfonsito... Pues el turrón que ellos comen es el que corresponde á tantos leales como estamos mirando á la luna. Ya principia á levantarse un runrún contra ellos. Y digo más: la Administración necesita de servidores fieles, identificados, fíjate bien, identificados con la política monárquica; es preciso que no se vinculen los destinos; es menester que hay a turno. Si no, ¿adónde vamos á parar? Y ahí tienes al Jefe del Personal, sobrino de Pez, vendiendo protección á los que, por no servir á la jeringada República, sacrificaron sus destinos. Esto es escandaloso y no se ha visto nunca. De esta manera no se puede evitar que haya trifulcas, y que á España se la lleve Pateta. ¿Conque te vas enterando? Por el lado de Pez, ya se trate de Peces con faldas ó con pantalones, no esperes tanto así. Por supuesto (volviendo á su tema, del cual se había olvidado en el calor del discurso), con Peces y sin Peces, para mí no habrá nada. La Caña es el único que se interesa ahora por mí. Algo haría si pudiera. Pero tengo enemigos ocultos, que en la sombra trabajan por hundirme. Alguien me ha jurado guerra á muerte. Quién podrá ser, no lo sé; pero el traidor existe, no lo dudes.

Por aquellos días, que eran ya primeros de Marzo, volvió la infortunada familia á notar los pródromos de la sindineritis. Hubo una semana de horrible penuria, mal disimulada ante los íntimos, sobrellevada por Villaamil con estoica entereza y por doña Pura con aquella ecuanimidad valerosa que la salvaba de la desesperación. Pero el remedio vino inopinadamente y por el mismo conducto que en otra ocasión no menos aflictiva. Víctor volvió a estar boyante. Su suegra fué sorprendida cuando menos lo pensaba por nuevos ofrecimientos de metálico, que no vaciló en aceptar, sin meterse en la filosofía de inquirir la procedencia. Ni creyó discreto contarle á su marido que había visto la cartera de Víctor reventando de billetes. ¡Como que se le habían encandilado los ojos! Embolsó los cuartos recibidos y las consideraciones que el caso le sugería. Si aun no le habían colocado, ¿de dónde sacaba tanto dinero? Y aunque le hubieran colocado... Por fuerza había mano oculta... En fin, ¿á qué escarbar en el temido enigma? No gustaba ella de averiguar vidas ajenas.

Víctor andaba otra vez muy fachendoso. Se había encargado más ropa, tenía butaca una y otra noche en diferentes teatros, y en el mismo Real; hacía frecuentes regalitos á toda la familia, y su esplendidez llegó hasta convidar á las tres Miaus á la ópera, á butaca nada menos.

Lo que produjo en Villaamil verdadera indignación, pues era un escarnio de su pobreza y un insulto á la moral pública. Pura y su hermana se rieron del ofrecimiento, pues aunque rabiaban por ir, carecían de los perendengues necesarios á semejante exhibición. Abelarda se negó resueltamente. Armóse gran disputa sobre esto, y la mamá sugirió algunas ideas para obviar las grandes dificultades con que el pensamiento de su yerno tropezaba en la práctica. Véase lo que discurrió el cacumen arbitrista de la figura de Fra Angélico. Sus amigas y vecinas las de Cuevas se ayudaban, como se ha dicho antes, con la confección de sombreros. En cierta ocasión que las Miaus pescaron tres butacas de periódico para el Español, Abelarda, doña Pura y Bibiana Cuevas se encasquetaron los mejores modelos que aquellas amigas tenían en su taller, después de arreglarlos cada cual á su gusto. ¿Por qué no hacer lo mismo en la ocasión que se discutía? Bibiana no se había de oponer. Y por cierto que tenía en aquel entonces tres ó cuatro prendas, una de la marquesa A, otra de la condesa B, á cual más bonitas y elegantes. Se las disfrazaba, pues para eso había en el taller cantidad de alfileres, hebillas, cintas y plumas, y aunque sus dueñas estuvieran en el teatro, no habían de conocer las mascaritas. En cuanto á los vestidos, ellas lo arreglarían, con ayuda de las amigas, procurándose además algún abrigo, traído de la tienda para probarlo, y como Víctor se había brindado á regalarles también los guantes, no era un arco de iglesia el ir á butacas, ¡Cuántos no irían disimulando con menos gracia la tronitis!

XXVII

Abelarda se resistió á esta trapisonda, asegurando que ni en pedazos la llevarían á butacas de aquella manera, y así quedó la cuestión. Todo se redujo á ir á delantera de paraíso una noche que dieron La Africana, y al punto de sentarse las tres cundió por la concurrencia de aquellas alturas el comentario propio de tan desusado acontecimiento. «¡Las Miaus en delantera!» En diez años no se había visto un caso igual. La vasta gradería del centro y las laterales estaban llenas de bote en bote. Las Miaus eran conocidas de todo aquel público como puntos fijos del paraíso, siempre en la última fila lateral de la derecha junto á la salida. La noche que faltaban notábase un vacío, como si desaparecieran los frescos de la techumbre. No eran ellas las únicas abonadas á paraíso, pues innumerables personas y aun familias se eternizan en aquellos bancos, sucediéndose de generación en generación. Estos beneméritos y tenaces dilettanti constituyen la masa del entendido público que otorga y niega el éxito musical, y es archivo crítico de las óperas cantadas desde hace treinta años y de los artistas que en las gloriosas tablas se suceden. Hay allí círculos, grupos, peñas y tertulias más ó menos íntimas; allí se traban y conciertan relaciones; de allí han salido infinitas bodas, y los tortoleos y los telégrafos tienen, entre romanza y dúo, atmósfera y ocasión muy propicias. Desde su delantera, las Miaus saludaron con sonrisas á los amigos que en la banda de la derecha y en el centro tenían, y de una y otra parte las saetaron con miradas y frasecitas del tenor siguiente: «Mira qué sílfide está doña Pura. Se ha traído toda la caja de polvos». «Pues ¿y la hermana con su cinta de terciopelo al cuello? Si las tres traen cinta negra, no les faltará el cascabelito para estar en carácter». «Mira, mira con los gemelos á la Miau chica; tiene que ver. Aquel traje café y leche es el que llevaba el año pasado la mamá. Le ha puesto unas cintas coloradas, que parecen de caja de cigarros». «Sí, sí, son de mazos de cigarros». «Pues la otra, la cantante averiada, trae el vestido que debió de sacar en el Liceo Jover cuando hizo la parte de Adalgisa». «Sí, mira, mira; es una túnica romana con grecas y todo. ¡Qué clásica está!»

—Diga usted, Guillén—murmuraban en otro círculo, donde hacía el gasto el maldecido cojo.

—¿Han colocado á ese pobre Miau, el padre de sus amigas de usted? Porque ese lujo asiático de delantera significa que han subido los nuestros.

—Como no le coloquen en Leganés... Viven ahora del sable. El buen señor da unas estocadas... de maestro.

Abelarda, más que en la ópera, que había visto cien veces, fijó su atención en la concurrencia, recorriendo con ansiosa mirada palcos y butacas, reparando en todas las señoras que entraban por la calle del centro con lujosos abrigos, arrastrando la cola é introduciéndose después con todo aquel falderío por las filas ya ocupadas. Poco á poco se iba poblando el patio. Los palcos no aparecían poblados hasta el fin del primer acto, cuando Vasco, incomodado con aquellos fantasmones del Consejo tan retrógrados, les canta cuatro frescas. En el palco regio apareció la reina Mercedes, detrás D. Alfonso. Las señoras inevitables, conocidas del público, aparecieron en el segundo acto, conservando el abrigo hasta el tercero, y aplaudían maquinalmente siempre que había por qué. Las Miaus, conocedoras de toda la sociedad elegante, abonada también, la comentaba como ellas fueron comentadas al ocupar sus asientos. Viéndola una y otra noche, habían llegado á tomarse tanta confianza, que se creería que trataban íntimamente á damas y caballeros. «Ahí está ya la Duquesa. Pero Rosario no ha venido todavía... María Buschental no puede tardar. Ya empiezan á llegar al tranvía sus amigos... Mira, mira, ahora viene María Heredia... ¡Pero qué pálida está Mercedes; pero qué pálida!... Ahí tienes á D. Antonio en el palco de los Ministros, y á ese Cos-Gayón... así le fusilaran».

Después de mucho rebuscar, descubrió la insignificante á su cuñadito en la segunda fila de butacas. Estaba de frac, tan elegante como el primero. ¡Qué cosas hay en la vida! ¿Quién había de decir que aquel hombre parecido á un duque, aquel apuesto joven que charlaba desenfadadamente con su vecino de butaca, el Ministro de Italia, era un empleado obscuro y cesante, alojado en la casa de la pobreza, en cuartucho humilde, guardando su ropa en un baúl! «¿No es aquél Víctor?—dijo Pura, echándole los gemelos.—¡Buen charol se está dando!... ¡Si le conocieran!... ¡Parece un potentado! ¡Cuánto hay de esto en Madrid! Yo no sé cómo se las compone. Él buena ropa, él butacas en todos los teatros, él cigarros magníficos. Mira, mira con qué desparpajo habla. ¡Pobre señor, qué papas le estará encajando! Y esos extranjeros son tan inocentes, que todo se lo creerá».

Abelarda no le quitaba los ojos, y cuando le veía mirar para algún palco, seguía la dirección de sus miradas, creyendo que ellas venderían el amoroso secreto. «¿Cuál de éstas que aquí están será?—pensaba la insignificante.—Porque alguna de éstas tiene que ser. ¿Será aquella vestida de blanco? ¡Ah! Puede. Parece que le mira. Pero no; él mira á otro lado. ¿Será alguna cantante? ¡Quiá!, no, cantante no. Es de éstas, de estas elegantonas de los palcos, y yo la he de descubrir». Fijábase en alguna, sin saber por qué, por mera indicación de su avizor instinto; pero luego, desechando la hipótesis, se fijaba en otra, y en otra, y en otra más, concluyendo por asegurar que no era ninguna de las presentes. Víctor no manifestaba preferencias en sus ojeadas á butacas y palcos. Podría ser que hubieran concertado no mirarse de una manera descarada y delatora. También echó el joven una visual hacia la delantera de paraíso, é hizo un saludito á la familia. Doña Pura estuvo un cuarto de hora dando cabezadas, en respuesta á la salutación que del noble fondo del teatro subía hasta las pobres Miaus.

En los entreactos, algunos amigos, abonados como ellas á paraíso limpio, se acercaron á saludarlas, abriéndose paso por entre la apretada muchedumbre. Federico Ruiz era uno de ellos, y él y todos querían oir la opinión crítica de Milagros sobre la soprano que se estrenaba aquella noche en el papel de Selika. Cuando ésta espichó bajo el manzanillo, retiráronse las Miaus, que nunca perdonaban nota, y no se marchaban sino después de la última llamada á la escena. Durante el penoso descenso por las anchas escaleras invadidas del público, se les aproximaron varios íntimos, entre ellos el cojo Guillén, y algunas amigas de las que tan acerbamente pusieron en solfa su aparición en delantera.

Al regresar á su casa, encontraron á Villaamil en vela; Víctor no había entrado aún ni lo hizo hasta muy tarde, cuando todos dormían menos Abelarda, que sintió el ruido del llavín, y echándose de la cama y mirando por un resquicio de la puerta, le vió entrar en el comedor y meterse en su alcoba, después de beber un vaso de agua. Venía de buen humor, tarareando, el cuello del gabán alzado, pañuelo de seda al cuello, anudado con negligencia, y la felpa del sombrero ajadísima y con chafaduras. Era la viva imagen del perfecto perdis de buen tono.

Al día siguiente molestó bastante á la familia solicitando pequeños servicios de aguja, ya pegadura de botón, ya un delicado zurcido, ó bien algo referente á las camisas. Pero Abelarda supo atender á todo con gran diligencia. Á la hora de almorzar, entró doña Pura diciendo que se había muerto el chico de la casa de préstamos, noticia que confirmó Luis con más acento de novelería que de pena, condición propia de la dichosa edad sin entrañas. Villaamil entonó al difuntito la oración fúnebre de gloria, declarando que es una dicha morirse en la infancia para librarse de los sufrimientos de esta perra vida. Los dignos de compasión son los padres, que se quedan aquí pasando la tremenda crujía, mientras el niño vuela al cielo á formar en el glorioso batallón de los ángeles. Todos apoyaron estas ideas, menos Víctor, que las acogía con sonrisa burlona, y cuando su suegro se retiró y Milagros se fué á su cocina y doña Pura empezó á entrar y salir, encaróse con Abelarda, que continuaba de sobremesa, y le dijo:

—¡Felices los que creen! No sé qué daría por ser como tú, que te vas á la iglesia y te estás allí horas y horas, ilusionada con el aparato escénico que encubre la mentira eterna. La religión, entiendo yo, es el ropaje magnífico con que visten la nada para que no nos horrorice... ¿No crees tú lo mismo?

—¿Cómo he de creer eso?—clamó Abelarda, ofendida de la tenacidad artera con que el otro hería sus sentimientos religiosos siempre que encontraba coyuntura favorable.—Si lo creyera no iría á la iglesia, ó sería una farsante hipócrita. Á mí no tienes que salirme por ese registro. Si no crees, buen provecho te haga.

—Es que yo no me alegro de ser incrédulo, fíjate bien; yo lo deploro, y me harías un favor si me convencieras de que estoy equivocado.

—¿Yo? No soy catedrática ni predicadora. El creer nace de dentro. ¿Á ti no se te pasa por la cabeza alguna vez que puede haber Dios?

—Antes sí; hace mucho tiempo que semejante idea voló.

—Pues entonces... ¿qué quieres que yo te diga? (Tomándolo en serio.) ¿Y piensas tú que cuando nos morimos no nos piden cuenta de nuestras acciones?

—¿Y quién nos la va á pedir? ¿Los gusanitos? Cuando llega la de vámonos, nos recibe en sus brazos la señora Materia, persona muy decente, pero que no tiene cara, ni pensamiento, ni intención, ni conciencia, ni nada. En ella desaparecemos, en ella nos diluímos totalmente. Yo no admito términos medios. Si creyese lo que tú crees, es decir, que existe allá por los aires, no sé dónde, un Magistrado de barba blanca que perdona ó condena y extiende pasaportes para la Gloria ó el Infierno, me metería en un convento y me pasaría todo el resto de mi vida rezando.

—Y es lo mejor que podías hacer, tonto. (Quitándole la servilleta á Luis, que tenía fijos en su padre los atónitos ojuelos.)

—¿Por qué no lo haces tú?

—¿Y qué sabes si lo haré hoy ó mañana? Estáte con cuidado. Dios te va á castigar por no creer en él; te va á sentar la mano, y una mano muy dura; verás.

En este momento, Luisito, muy incomodado con los dicharachos de su padre, no se pudo contener, y con infantil determinación agarró un pedazo de pan y se lo arrojó á la cara al autor de sus días, gritando: «¡Bruto!»

Todos se echaron á reir de aquella salida, y doña Pura dió muchos besos á su nieto, azuzándole de este modo: «Dale, hijo, dale, que es un pillo. Dice que no cree para hacernos rabiar. ¿Pero veis qué chico? Si vale más que pesa. Si sabe más que cien doctores. ¿Verdad que mi niño va á ser eclesiástico, para subir al púlpito y echar sus sermoncitos y decir sus misitas? Entonces estaremos todos hechos unos carcamales, y el día que Luisín cante misa, nos pondremos allí de rodillas para que el cleriguito nuevo nos eche la bendición. Y el que estará más humilde y cayéndosele la baba será este zángano, ¿verdad? Y tú le dirás: «Papá, ya ves como al fin has llegado á creer».

—¡Qué guapo es este hijo y qué talento tiene!—dijo Víctor, levantándose gozoso y besando al pequeño, que escondía la cara para rehuir el halago.—¡Si le quiero yo más!... Te voy á comprar un velocípedo para que pasees en la plazuela de enfrente. Verás qué envidia te van á tener tus compañeros.

La promesa del velocípedo trastornó por un momento las ideas del pequeño, quien calculó con rudo egoísmo que sus deseos de ser cura y de servir á Dios y aun de llegar á santo no estaban reñidos con tener un velocípedo precioso, montarse en él y pasárselo por los hocicos á sus compañeros, muertos de dentera.

XXVIII

Á la mañana siguiente, Villaamil celebró con su mujer, cuando ésta volvió de la compra, una conferencia interesante. Estaba él en su despacho escribiendo cartas, y al sentir entrar á su costilla, siseó con misterio, y encerrándose con ella, le dijo: «De esto, ni una palabra á Víctor, que es muy perro y me puede parar el golpe. Aunque yo nada espero, he dado ayer algunos pasos. Me apoya un diputado de mucho empuje... Hablamos anoche largamente. Te diré, para que lo sepas todo, que me presentó á él mi amigo La Caña. Le relaté mis antecedentes, y se admiró de que me tuvieran cesante. Así como quien no quiere la cosa, le expuse mis ideas sobre Hacienda, y mira tú qué casualidad: son las mismas que tiene él. Piensa igualito que yo. Que deben ensayarse nuevas maneras de tributación, tirando á simplificar, apoyándose en la buena fe del contribuyente y tendiendo á la baratura de la cobranza. Pues prometió apoyarme á rajatabla. Es hombre que vale mucho y parece que no le niegan nada.

—¿Es de oposición?

—No; ministerialísimo, pero disidente, ahí está el chiste, y cada día le da una desazón al Gobierno. Vale, vale. Y es de estos que no se ocupan más que del bien del país. Cuando se levanta á hablar, el banco azul tiembla. Como que les prueba, ce por be, que el país corre á la perdición si siguen las cosas como van, y que la agricultura está arruinada, la industria muerta y la nación toda en la más espantosa miseria. Esto salta á los ojos. Pues el Gobierno, que ve en él su acusador, le tiene un miedo, hija, un canguelo tal, que cosa que él pida es otorgada. Saca las credenciales á espuertas... Bueno; hemos quedado en que yo le avisaría si se hace hoy una vacante que me indicaron Sevillano y Pantoja. Voy al Ministerio en cuanto almuerce, me entero de si hay ó no la vacante, y como la haya, le escribo á su casa ó al Congreso, según la hora. Me ha dado palabra de hablar esta tarde al Ministro, el cual le está agradecidísimo, por haber renunciado á explanar una interpelación sobre cierta contrata en que hay sapos y culebras. Ya se ve, el Ministro le daría hoy el arpa de David si se la pidiera. ¿Te vas enterando?

—Sí, hombre, sí (radiante de satisfacción); y me parece que lo que es ahora, no hay quien nos quite el bollo.

—¡Oh! lo que es confianza, lo que se llama confianza, yo no la tengo. Ya sabes que me pongo siempre en lo peor. Pero vamos á hacer nuestro plan: Yo al Ministerio. Que Luis no vaya á la escuela esta tarde, y que espere aquí, porque con él le tengo que mandar la carta. No le veré yo mismo, porque Víctor se ha empeñado en que visitemos juntos esta tarde al Jefe del Personal. Quiero ir con él para despistarle. ¿Entiendes? Cuidado como le dejas entender á ese pillo de dónde sopla ahora el viento.

Levantándose excitadísimo, se puso á dar paseos por el angosto aposento. Su mujer, gozosa, le dejó solo, y á pesar de la reserva que se impuso, su hija y hermana le conocieron en la cara las buenas nuevas. Era de esas personas que atesoran en sí mismas un arsenal de armas espirituales contra las penas de la vida y poseen el arte de transformar los hechos, reduciéndolos y asimilándoselos en virtud de la facultad dulcificante que en sus entrañas llevan, como la abeja, que cuanto chupa lo convierte en miel.

Para Cadalsito fué aquel día de huelga, pues por la mañana, según disposición del maestro, debían ir todos al sepelio del malogrado Posturitas. Y uno de los designados para llevar las cintas del féretro era Luis, á causa de ser tal vez el que mejor ropa tenía, gracias á su papá Víctor. Su abuela le puso los trapitos de cristianar, con guantes y todo, y salió muy compuesto y emperejilado, gozoso de verse tan guapo, sin que atenuara su contento el triste fin de tales composturas. La mujer del memorialista le hizo mil caricias encareciendo lo majo que estaba, y el niño se dirigió hacia la casa de préstamos, seguido de Canelillo, que también quiso meter su hocico en el entierro, aunque no era fácil le dieran vela en él. Al entrar en la calle del Acuerdo, se encontró Cadalso á su tía Quintina, que le llenó de besos, ensalzó mucho su elegancia, le estiró el cuerpo de la chaqueta y las mangas, y le arregló el cuello para que resultara más guapo todavía. «Esto me lo debes á mí, pues le dije á tu padre que te comprara ropita. Á él no se le hubiera ocurrido nunca tal cosa; anda muy distraído. Por cierto, corazón, que estoy bregando ahora más que nunca con tu papá para que te lleve á vivir conmigo. ¿Qué es eso? ¿qué cara me pones? Estarás conmigo mucho mejor que con esas remilgadas Miaus... ¡Si vieras qué cosas tan bonitas tengo en casa! ¡Ay, si las vieras!... Unos niños Jesús que se parecen á ti, con el mundito en la mano; unos nacimientos tan preciosos, pero tan preciosos... tienes que verlos. Y ahora estamos esperando cálices chiquititos, custodias que son una una monada, casullas así... para que los niños buenos jueguen á las misas; santos de este tamaño, así, mira, como los soldados de plomo, y la mar de candeleritos y arañitas que se encienden en los altares de juguete. Todo lo tienes que ver, y si vas á casa, puedes hacer con ello lo que quieras, pues es para tu diversión. ¿Irás, rico mío?»

Cadalsito, abriendo cada ojo con aquellas descripciones de juguetes sacros, decía que sí con la cabeza, aunque afligido por la dificultad de ver y gozar tales cosas, pues abuelita no le dejaba poner los pies allá. En esto llegaron á la puerta de la casa mortuoria, donde Quintina, después de besuquearle otra vez refregándole la cara, le dejó en compañía de los demás chicos, que ya estaban allí, alborotando más de lo que permitían las tristes circunstancias. Unos por envidia, otros porque eran en toda ocasión muy guasones, empezaron á tomarle el pelo al amigo Cadalso por la ropa flamante que llevaba, por las medias azules y más aún por los guantes del mismo color, que, dicho sea entre paréntesis, le entorpecían las manos. No dejaba él que le tocasen, resuelto á defender contra todo ataque de envidiosos y granujas la limpieza de sus mangas. Tratóse luego de si subían ó no á ver á Paco Ramos muerto, y entre los que votaron por la afirmativa, se coló también Luis, movido de la curiosidad. Nunca tal hiciera.

Porque le impresionó tan vivamente la vista del chiquillo difunto, que á poco se cae al suelo. Le entró una pena en la boca del estómago, como si le arrancasen algo. El pobre Posturistas parecía más largo de lo que era. Estaba vestido con sus mejores ropas; tenía las manos cruzadas, con un ramo en ellas: la cara muy amarilla, con manchas moradas, la boca entreabierta y de un tono casi negro, viéndose los dos dientes de en medio, blancos y grandes, mayores que cuando estaba vivo... Tuvo que apartarse Luisín de aquel espectáculo aterrador. ¡Pobre Posturas!... ¡Tan quieto el que era la misma viveza, tan callado el que no cesaba de alborotar un punto, riendo y hablando á la vez! ¡Tan grave el que era la misma travesura y á toda la clase la traía siempre al retortero! En medio de aquel inmenso trastorno de su alma, que Luis no podía definir, ignorando si ora pena ó temor, hizo el chico una observación que se abría paso por entre sus sentimientos, como voz del egoísmo, más categórico en la infancia que la piedad. «Ahora—pensó—no me llamará Miau». Y al deducir esto, parecía quitársele un peso de encima, como quien resuelve un arduo problema ó ve conjurado un peligro. Al descender la escalera, procuraba consolarse de aquel malestar que sentía, afirmando mentalmente: «Ya no me dirá Miau... Que me diga ahora Miau».

Poco tardó en bajar la caja azul para ser puesta en el carro. En todos los balcones de la casa, sin exceptuar los del establecimiento de préstamos, se asomaron no pocas mujeres para ver salir el entierro. El cojo Guillén apareció con los ojos encendidos de llorar y la cara tan seria, que no se parecía á sí mismo. Él fué quien dispuso todo y distribuyó las cintas, confiándole una á Cadalso. Después se metió en el coche, donde iba también el maestro, con su bastón roten y su chistera lacia; el tendero vecino, con limpia camisa de cuello corto sin corbata, y un señor viejo á quien no conocía Cadalso. En marcha, pues, Luis pensó que su ropa daba golpe, y no fué insensible á las satisfacciones del amor propio. Iba muy consentido en su papel de portador de cinta, pensando que si él no la llevase, el entierro no sería, ni con mucho, tan lucido. Buscó á Canelo con la mirada; pero el sabio perro de Mendizábal, en cuanto entendió que se trataba de enterrar, cosa poco divertida y que sugiere ideas misantrópicas, dió media vuelta y tomó otra dirección, pensando que le tenía más cuenta ver si se parecía alguna perra elegante y sensible por aquellos barrios.

En el cementerio, la curiosidad, más poderosa que el miedo, impulsó á Cadalso á ver todo... Bajaron del carro el cadáver, le entraron entre dos, abrieron la caja... No comprendía Luis para qué, después de taparle la cara con un pañuelo, le echaban cal encima aquellos brutos... Pero un amigo se lo explicó. Cadalsito sentía, al ver tales operaciones, como si le apretasen la garganta. Metía su cabeza por entre las piernas de las personas mayores, para ver, para ver más. Lo particular era que Posturitas se estuviese tan callado y tan quieto mientras le hacían aquella herejía de llenarle la cara de cal. Luego cerraron la tapa... ¡Qué horror quedarse dentro! Le daban la llave al cojo, y después metían la caja en un agujero, allá, en el fondo, allá... Un albañil empezó á tapar el hueco con yeso y ladrillos. Cadalso no apartaba los ojos de aquella faena... Cuando la vió concluida, soltó un suspiro muy grande, explosión del respirar contenido largo tiempo. ¡Pobre Posturitas! «Pues señor, á mí me dirán Miau todos los que quieran; pero lo que es éste no me lo vuelve á decir».

Cuando salieron, los amigos le embromaron a vez por su esmerado atavío. Alguno dejó entrever la intención malévola de hacerle caer en una zanja, de la cual habría salido hecho una compasión. Varias manos muy puercas le tocaron con propósitos que es fácil suponer, y ya Cadalso no sabía qué hacerse de las suyas, aprisionadas en los guantes, entumecidas é incapaces de movimiento. Por fin se libró de aquella apretura, quitándose los guantes y guardándolos en el bolsillo. Antes de llegar á la calle Ancha, los chicos se dispersaron y Luisito siguió con el maestro, que le dejó á la puerta de su casa. Ya estaba allí Canelo de vuelta de sus depravadas excursiones, y subieron juntos á almorzar, pues el can no ignoraba que había repuesto fresco de víveres arriba.

—¿Y los guantes?—preguntó doña Pura á su nieto cuando le vió entrar con las manos desnudas.

—Aquí están... No los he perdido.

Villaamil, á eso de las tres, entró de la calle, afanadísimo, y metiéndose en su despacho, escribió una carta delante de su esposa, que veía con gusto en él la excitación saludable, síntoma de que la cosa iba de veras.

—Bueno. Que Luis lleve esta carta y espere la contestación. Me ha dicho Sevillano que tenemos vacante, y quiero saber si el diputado la pide para mí ó no. De la oportunidad depende el éxito. Yo estoy citado con Víctor, y para desorientarle no quiero faltar... Es labor fina la que traigo entre manos, y hay que andar con muchísimo tiento. Dame mi sombrero... mi bastón, que ya estoy otra vez en la calle. Dios nos favorezca. Á Luis que no se venga sin la respuesta. Que dé la carta á un portero y se aguarde en el cuarto aquél, á la derecha conforme se entra. Yo no espero nada; pero es preciso, es preciso echar todos los registros, todos...

Salió Cadalsito á eso de las cuatro con la epístola y sin guantes, seguido de Canelo y conservando la ropita del entierro, pues su abuela pensó que ninguna ocasión más propicia para lucirla. No fué preciso indicarle hacia dónde caía el Congreso, pues había ido ya otra vez con comisión semejante. En veinte minutos se plantó allá. La calle de Florida-Blanca estaba invadida de coches que, después de soltar en la puerta á sus dueños, se iban situando en fila. Los cocheros de chistera galonada y esclavina charlaban de pescante á pescante, y la hilera llegaba hasta el teatro de Jovellanos. Junto á las puertas del edificio, por la calle del Sordo, había filas de personas formando cola, que los de Orden público vigilaban, cuidando de que no se enroscase mucho. Examinado todo esto, el observador Cadalsito se metió por aquella puerta coronada de un techo de cristales. Un portero con casaca le apartó suavemente para que entrasen unos señorones con gabán de pieles, ante los cuales abría la mampara roja. Cadalsito se encaró después con el sujeto aquel de la casaca, y quitándose la gorra (pues él, siempre cortés en viendo galones, no distinguía de jerarquías), le dió la carta, diciendo con timidez: «Aguardo contestación». El portero, leyendo el sobre: «No sé si ha venido. Se pasará». Y poniendo la carta en una taquilla, dijo á Luis que entrase en la estancia á mano derecha.

Había allí bastante gente, la mayor parte en pie junto á la puerta, hombres de distintas cataduras, algunos muy mal de ropa, la bufanda enroscada al cuello, con trazas de pedigüeños; mujeres de velo por la cara, y en la mano enrollado papelito que á instancia trascendía. Algunos acechaban con airado rostro á los señores entrantes, dispuestos á darles el alto. Otros, de mejor pelo, no pedían más que papeletas para las tribunas, y se iban sin ellas por haberse acabado. Cadalsito se dedicó también á mirar á los caballeros que entraban en grupos de dos ó de tres, hablando acaloradamente. «Muy grande debe de ser esta casona—pensó Luis,—cuando cabe tanto señorío». Y cansado al fin de estar en pie, se metió para dentro y se sentó en un banco de los que guarnecen la sala de espera. Allí vió una mesa donde algunos escribían tarjetas ó volantes, que luego confiaban á los porteros, y aguardaban sin disimular su impaciencia. Había hombre que llevaba tres horas, y aun tenía para otras tres. Las mujeres suspiraban inmóviles en el asiento, soñando una respuesta que no venía. De tiempo en tiempo abríase la mampara que comunicaba con otra pieza; un portero llamaba: «El señor Tal», y el señor Tal se erguía muy contento.

Transcurrió una hora, y el niño bostezaba aburridísimo en aquel duro banco. Para distraerse, levantábase á ratos y se ponía en la puerta á ver entrar personajes, no sin discurrir sobre el intríngulis de aquella casa y lo que irían á guisar en ella tantos y tantos caballerotes.

El Congreso (bien lo sabía él) era un sitio donde se hablaba. ¡Cuántas veces había oído á su abuelo y á su padre: «Hoy habló Fulano ó Mengano, y dijeron esto, lo otro y lo de más allá. ¿Y cómo sería la casa por dentro? Gran curiosidad. ¿Cómo sería? ¿Dónde hablaban? Ello debía de ser una casa grandona como la iglesia, con la mar de bancos, donde se sentaban para charlar todos á un tiempo. ¿Y á qué era tanta habladuría? Pues también entraban allí los Ministros. ¿Y quiénes eran los Ministros? Los que gobernaban y daban los destinos. Igualmente recordó haber oído á su abuelo, en frecuentes ratos de mal humor, que las Cortes eran una farsa y que allí no se hacía más que perder el tiempo. Pero otras veces se entusiasmaba el buen viejo, elogiando un discurso de alboroto. Total, que Luisín no podía formar juicio exacto, y su mente era toda confusión.

Volvió al banco, y desde él vió entrar á uno que se le figuró su padre. «¡Mi papá también aquí!» Y le franquearon la mampara como á los demás. Por poco sale tras él gritando: «Papá, papá», pero no hubo tiempo, y donde estaba se quedó. «¿Y será mi papá de los que hablan? Quien debía venir aquí á explicarse es Mendizábal, que sabe tanto, y dice unas cosas tan buenas...» En esto sintió que se le nublaba la vista, y le entraba el intenso frío al espinazo. Fué tan brusca y violenta la acometida del mal, que sólo tuvo tiempo de decirse: que me da, que me da; y dejando caer la cabeza sobre el hombro, y reclinando el cuerpo en la esquina próxima, se quedó profundamente dormido.

XXIX

Por un instante, Cadalsito no vió ante sí cosa alguna. Todo tinieblas, vacío, silencio. Al poco rato aparecióse enfrente el Señor, sentado, ¿pero dónde? Tras de él había algo como nubes, una masa blanca, luminosa, que oscilaba con ondulaciones semejantes á las del humo. El Señor estaba serio. Miró á Luis, y Luis á él en espera de que le dijese algo. Había pasado mucho tiempo desde que le vió por última vez, y el respeto era mayor que nunca.

—El caballero para quien trajiste la carta—dijo el Padre,—no te ha contestado todavía. La leyó y se la guardó en el bolsillo. Luego te contestará. Le he dicho que te dé un como una casa. Pero no sé si se acordará. Ahora está hablando por los codos.

—Hablando—repitió Luis;—¿y qué dice?

—Muchas cosas, hombre, muchas que tú no entiendes—replicó el Señor, sonriendo con bondad.—¿Te gustaría á ti oir todo eso?

—Sí que me gustaría.

—Hoy están muy enfurruñados. Acabarán por armar un gran rebumbio.

—Y usted—preguntó Cadalso tímidamente, no decidiéndose nunca á llamar á Dios de ,—¿usted no habla?

—¿Dónde, aquí? Hombre... yo... te diré... alguna vez puede que diga algo... Pero casi siempre lo que yo hago es escuchar.

—¿Y no se cansa?

—Un poquitín; ¡pero qué remedio!...

—¿El caballero de la carta contestará que sí? ¿Colocarán á mi abuelo?

—No te lo puedo asegurar. Yo le he mandado que lo haga. Se lo he mandado la friolera de tres veces.

—Pues lo que es ahora (con desembarazo), bien que estudio.

—No te remontes mucho. Algo más aplicado estás. Aquí, entre nosotros, no vale exagerar las cosas. Si no te distrajeras tanto con el álbum de sellos, más aprovecharías.

—Ayer me supe la lección.

—Para lo que tú acostumbras, no estuvo mal. Pero no basta, hijo, no basta. Sobre todo, si te empeñas en ser cura, hay que apretar. Porque figúrate tú, para decirme una misa has de aprender latín, y para predicar tienes que estudiar un sin fin de cosas.

—Cuando sea mayor lo aprenderé todito... Pero mi papá no quiere verme cura, y dice que él no cree nada de usted, ni aunque lo maten. Dígame, ¿es malo mi papá?

—No es muy católico que digamos.

—Y la Quintina, ¿es buena?

—La tía Quintina sí. ¡Si vieras qué cosas tan bonitas tiene en su casa! Debías ir á verlas.

—Abuelita no me deja (desconsolado). Es que á la tía Quintina se le ha metido en la cabeza que me vaya á vivir con ella, y los de casa... que nones.

—Es natural. Pero tú, ¿qué piensas de esto? ¿Te gustaría seguir donde estás y que te dejaran ir á casa de la tía para ver los santos?

—¡Vaya si me gustaría!... Dígame, ¿y mi papá está aquí dentro?

—Sí, por ahí anda.

—¿Y también él hablará?

—También. ¡Pues no faltaba más!...

—Usted perdone. El otro día dijo mi papá que las mujeres son muy malas. Por eso yo no quiero casarme nunca.

—Muy bien pensado (conteniendo la risa). Nada de casorios. Tú vas á ser curita.

—Y obispo, si usted no manda otra cosa...

En esto vió que el Señor se volvía hacia atrás como para apartar de sí algo que le molestaba... El chico estiró el cuello para ver qué era, y el Padre dijo: «¡Largo!; idos de aquí y dejadme en paz». Entonces vió Luisito que por entre los pliegues del manto de su celestial amigo asomaban varias cabecitas de granujas. El Señor recogió su ropa, y quedaron al descubierto tres ó cuatro chiquillos en cueros vivos y con alas. Era la primera vez que Cadalso les veía, y ya no pudo dudar que aquel era verdaderamente Dios, puesto que tenía ángeles. Empezaron á aparecerse por entre aquellas nubes algunos más, y alborotaban y reían, haciendo mil cabriolas. El Padre Eterno les ordenó segunda vez que se largaran, sacudiéndoles con la punta de su manto, como si fuesen moscas. Los más chicos revoloteaban, subiéndose hasta el techo (pues había techo allí) y los mayores le tiraban de la túnica al buen abuelo para que se fuera con ellos. El anciano se levantó al fin, algo contrariado, diciendo: «Bien; ya voy, ya voy... ¡Qué machacones sois! No os puedo aguantar». Pero esto lo decía con acento bonachón y tolerante. Cadalsito estaba embobado ante tan hermosa escena, y entonces vió que de entre los alados granujas se destacaba uno...

¡Contro! era Posturitas, el mismo Posturas, no tieso y lívido como le vió en la caja, sino vivo, alegre y tan guapote. Lo que llenó de admiración á Cadalso fué que su condiscípulo se le puso delante y con el mayor descaro del mundo le dijo: «Miau, fu, fu...» El respeto que debía á Dios y á su séquito no impidió á Luis incomodarse con aquella salida, y aun se aventuró á responder: «¡Pillo, ordinario... eso te lo enseñaron la puerca de tu madre y tus tías, que se llaman las arpidas!» El Señor habló así, sonriendo: «Callar, á callar todos... Andando...» Y se alejó pausadamente, llevándoselos por delante, y hostigándoles con su mano como á una bandada de pollos. Pero el recondenado de Posturitas, desde gran distancia, y cuando ya el Padre celestial se desvanecía entre celajes, se volvió atrás, y plantándose frente al que fué su camarada, con las patas abiertas, el hocico risueño, le hizo mil garatusas, y le sacó un gran pedazo de lenguaza, diciendo otra vez: «Miau, Miau, fu, fu...» Cadalsito alzó la mano... Si llega á tener en ella libro, vaso ó tintero, le descalabra. El otro se fué dando brincos, y desde lejos, haciendo trompeta con ambas manos, soltó un Miau tan fuerte y tan prolongado, que el Congreso entero, repercutiendo el inmenso mayido, parecía venirse abajo...

Un portero con una carta en la mano despertó al chiquillo, que tardaba mucho en volver en sí. «Niño, niño, ¿eres tú el que ha traído la carta para ese señor? Aquí está la respuesta. Sr. D. Ramón Villaamil».

—Sí, yo soy... digo, es mi abuelo—contestó al fin Luisito, y restregándose los ojos salió. El fresco de la calle despejóle un poco la cabeza. Estaba lloviendo, y su primera idea fué para considerar que se le iba á poner la ropa perdida. Canelo, á todas estas, había matado el tiempo en la Carrera de San Jerónimo, calle arriba, calle abajo, viendo las muchachas bonitas que pasaban, algunas en coche, con sus collares de lujo; y cuando Luis salió del Congreso, ya estaba de vuelta de su correría, esperando al amigo. Unióse á éste, esperando que comprase bollos; pero el pequeño no tenía cuartos, y aunque los tuviera, no estaba él de humor para comistrajos después de las cosas que había visto y con el gran trastorno que en todo su cuerpo le quedara.

¿Y la carta?... ¿qué decía la carta? Con trémula mano abrióla Villaamil (mientras doña Pura se llevaba adentro al chiquillo para mudarle la ropa), y al leerla se le cayeron las alas del corazón. Era una de esas cartas de estampilla, como las que á centenares se escriben diariamente en el Congreso y en los Ministerios. Mucha fórmula de cortesía, mucho trasteo de promesas vagas sin afirmar ni negar nada. Cuando su mujer acudió á enterarse, Villaamil ofrecía un aspecto trágico, mostrando la epístola abierta, arrojada sobre la mesa.

—¡Ya!—dijo la Miau, después de leerla;—las pamplinas de siempre. Pero no te apures, hombre. Vete mañana á verle, y...

—Cuando te digo (con atroz desaliento) que entre unos y otros me están jorobando...

Pasó la noche sumido en negra tristeza, y á la mañana inmediata, cambio completo de decoración. En la afanosa vida del pretendiente ocurren estos rudos contrastes que les hacen pasar del desconsuelo á la esperanza. Recibió Villaamil una esquela del prohombre citándole para su casa, de doce á una. Con la prisa y el anhelo que le entró á mi hombre, no acertaba á ponerse el gabán. «Me llamará para decirme alguna tontería—pensaba, arrimándose siempre á lo peor.—Vamos, vamos allá». Y salió, dejando á su mujer excitadísima con la ilusión de un próximo triunfo. Por el camino procuraba compenetrarse bien de su fatalismo pesimista. Según su teoría, siempre sucede lo contrario de lo que uno piensa. Véase por qué no nos sacamos nunca la lotería; bien claro está: porque compra uno el billete con el intento firme de que le ha de caer el premio gordo. Lo previsto no ocurre jamás, sobre todo en España, pues por histórica ley, los españoles viven al día, sorprendidos de los sucesos y sin ningún dominio sobre ellos. Conforme á esta teoría del fracaso de toda previsión, ¿qué debe hacerse para que suceda una cosa? Prever la contraria, compenetrarse bien de la idea opuesta á su realización. ¿Y para que una cosa no pase? Figurarse que pasará, llegar á convencerse, en virtud de una sostenida obstinación espiritual, de la evidencia de aquel supuesto. Villaamil había experimentado siempre con éxito este sistema, y recordaba multitud de ejemplos demostrativos. En uno de sus viajes á Cuba, corriendo furioso temporal, se compenetró absolutamente de la idea de morir, arrancó de su espíritu toda esperanza, y el vapor hubo de salvarse. Otra vez, hallándose amenazado de una cesantía, se empapó de la persuasión de su desgracia; no pensaba más que en el fatídico cese; lo veía delante de sí día y noche, manifestándose con brutal laconismo. ¿Y qué sucedió? Pues sucedió que me le ascendieron.

En resumidas cuentas, al ir á casa del padre de la patria, Villaamil se impregnó bien en el convencimiento de un desastre, y pensaba así: «Como si lo viera; este señor me va á dar ahora la puntilla, diciéndome: «Amigo, lo siento mucho; el Ministro y yo no nos entendemos, y me es imposible hacer nada por usted».

Pero las palabras del aprovechado personaje fueron muy distintas, y jamás habría podido barruntar D. Ramón que el otro saliese por este registro: «Pues ayer tarde, después de escribir á usted, hablé con su yerno, el cual me manifestó que á usted le convendría más servir en provincias. Eso ya varía de especie, porque en provincias es mucho más fácil. Hoy mismo me ocuparé del asunto».

En medio de la sorpresa grata que tan expresivas razones le causaron, sintió mi hombre el disgusto de la ingerencia de Víctor en aquel negocio. Retiróse á su casa intranquilo; pues le hacía muy poca gracia ver mezcladas la persona y recomendaciones de Cadalso con las suyas. No participó doña Pura de estos recelos, y el sol de su regocijo brilló sin nubes. Cierto que les contrariaba tener que hacer el hatillo; pero no estaban en situación de escoger lo mejor, sino de apechugar con lo posible, dando gracias á Dios.

Desde aquel día, Villaamil frecuentaba la iglesia de un modo vergonzante. Al salir de casa, si las Comendadoras estaban abiertas, se colaba un rato allí, y oía misa si era hora de ello, y si no, se estaba un ratito de rodillas, tratando sin duda de armonizar su fatalismo con la idea cristiana. ¿Lo conseguiría? ¡Quién sabe! El cristianismo nos dice: Pedid y se os dará; nos manda que fiemos en Dios y esperemos de su mano el remedio de nuestros males; pero la experiencia de una larga vida de ansiedad sugería al buen Villaamil estas ideas: No esperes y tendrás; desconfía del éxito para que el éxito llegue. Allá se las compondría en su conciencia. Quizás abdicaba de su diabólica teoría, volviendo al dogma consolador; tal vez se entregaba con toda la efusión de su espíritu al Dios misericordioso, poniéndose en sus manos para que le diera lo que más le convenía, la muerte ó la vida, la credencial ó el eterno cese, el bienestar modesto ó la miseria horrible, la paz dichosa del servidor del Estado ó la desesperación famélica del pretendiente. Quizás anticipaba su acalorada gratitud para el primer caso ó su resignación para el segundo, y se proponía aguardar con ánimo estoico el divino fallo, renunciando á la previsión de los acontecimientos, resabio pecador del orgullo del hombre.