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Miau

Chapter 30: XXX
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About This Book

A satirical realist narrative follows a beleaguered urban household as successive misfortunes, petty humiliations, and convoluted dealings with rigid institutions deepen their poverty and social precariousness. Through comic episodes, sharp domestic details, and a gallery of intrusive neighbors and opportunistic acquaintances, the narrative traces daily struggles, failed schemes, generational tensions, and the corrosive effects of bureaucracy and social stigma. Tone shifts between farce and pathos while scenes accumulate into a portrait of decline, adaptation, and frustrated hopes.

XXX

Una tarde, ya cerca de anochecido, al volver á su casa, vió á Monserrat abierto, y allá se entró. La iglesia estaba muy obscura. Casi á tientas pudo llegar á un banco de los de la nave central y se hincó juntó á él, mirando hacia el altar, alumbrado por una sola luz. Pisadas de algún devoto que entraba ó salía y silabeo tenue de rezos eran los únicos rumores que turbaban el silencio, en cuyo seno profundo arrojó el cesante su plegaria melancólica, mezcla absurda de piedad y burocracia... «Porque por más que revuelvo en mi conciencia no encuentro ningún pecado gordo que me haga merecer este cruel castigo... Yo he procurado siempre el bien del Estado, y he atendido á defender en todo caso la Administración contra sus defraudadores. Jamás hice ni consentí un chanchullo, jamás, Señor, jamás. Eso bien lo sabes tú, Señor... Ahí están mis libros cuando fuí tenedor de la Intervención... Ni un asiento mal hecho, ni una raspadura... ¿Por qué tanta injusticia en estos jeringados Gobiernos? Si es verdad que á todos nos das el pan de cada día, ¿por qué á mí me lo niegas? Y digo más: si el Estado debe favorecer á todos por igual, ¿por qué á mí me abandona?... ¡Á mí, que le he servido con tanta lealtad! Señor, que no me engañe ahora... Yo te prometo no dudar de tu misericordia como he dudado otras veces; yo te prometo no ser pesimista, y esperar, esperar en ti. Ahora, Padre Nuestro, tócale en el corazón á ese cansado Ministro, que es una buena persona: sólo que me le marean con tantas cartas y recomendaciones».

Transcurrido un rato se sentó, porque el estar de rodillas le fatigaba, y sus ojos, acostumbrándose á la penumbra, empezaron á distinguir vagamente los altares, las imágenes, los confesonarios y las personas, dos ó tres viejas que rezongaban acurrucadas en ruedos al pie de los confesonarios. No esperaba él el buen encuentro que tuvo á la media hora de estar allí. Deslizándose sobre el banco ó andando con las asentaderas sobre la tabla, se le apareció su nieto.

—Hijo, no te había visto. ¿Con quién vienes?

—Con tía Abelarda, que está en aquella capilla... Aquí la estaba esperando y me quedé dormido. No le vi entrar á usted.

—Pues aquí llegué hace un ratito—le dijo el abuelo, oprimiéndole contra sí.—¿Y tú, vienes aquí á dormir la siesta? No me gusta eso; te puedes enfriar y coger un catarro. Tienes las manos heladitas. Dámelas que te las caliente.

—Abuelo—le preguntó Luis cogiéndole la cara y ladeándosela,—¿estaba usted rezando para que le coloquen?

Tan turbado se encontraba el ánimo del cesante, que al oir á su nieto pasó de la risa al lloro en menos de un segundo. Pero Luis no advirtió que los ojos del anciano se humedecían, y suspiró con toda su alma al oir esta respuesta:

—Sí, hijo mío. Ya sabes tú que á Dios se le debe pedir todo lo que necesitamos.

—Pues yo—replicó el chicuelo saltando por donde menos se podía esperar—se lo estoy diciendo todos los días, y nada.

—¿Tú... pero tú también pides?... ¡Qué rico eres! El Señor nos da cuanto nos conviene. Pero os preciso que seamos buenos, porque si no, no hay caso.

Luis lanzó otro suspiro hondísimo que quería decir: «Esa es la dificultad, ¡contro!, que uno sea bueno». Después de una gran pausa, el chiquillo, manoseando otra vez la cara del abuelo para obligarle á mirar para él, murmuró:

—Abuelo, hoy me he sabido la lección.

—¿Sí? Eso me gusta.

—¿Y cuándo me ponen en latín? Yo quiero aprenderlo para cantar misa... Pero mire usted, lo que es esta iglesia no me hace feliz. ¿Sabe usted por qué? Hay en aquella capilla un Señor con pelos largos que me da mucho miedo. No entro allí aunque me maten. Cuando yo sea cura, lo que es allí no digo misa...

Don Ramón se echó á reir.

—Ya se te irá quitando el temor, y verás cómo también al Cristo melenudo le dices tus misitas.

—Y que ya estoy aprendiendo á echarlas. Murillo sabe todo el latinaje de la misa, y cuando se toca la campanilla y cuando se le levanta el faldón al cura.

—Mira—le dijo su abuelo sin enterarse,—ve y avisa á la tía que estoy aquí. No me habrá visto. Ya es hora de que nos vayamos á casa.

Fué Luis á llevar el recado, y el taconeo de sus pisadas resonó en el suelo de la iglesia como alegre nota en tan lúgubre silencio. Abelarda, sentada á la turca en el suelo, miró hacia atrás, después se levantó, y vino á situarse junto á su padre.

—¿Has acabado?—le preguntó éste.

—Aun me falta un poquito.—Y siguió silabeando, fijos los ojos en el altar.

Confiaba mucho Villaamil en las oraciones de su hija, que creía fuesen por él, y así le dijo:

—No te apresures; reza con calma y cuanto quieras, que hay tiempo todavía. ¿Verdad que el corazón parece que se descarga de un gran peso cuando le contamos nuestras penas al único que las puede consolar?

Esto brotó con espontaneidad nacida del fondo del alma. El sitio y la ocasión eran propicios al dulcísimo acto de abrir de par en par las puertas del espíritu y dar salida á todos los secretos. Abelarda se hallaba en estado psicológico semejante; pero sentía con más fuerza que su padre la necesidad de desahogo. No era dueña de callar en aquel instante, y á poco que se descuidara, le rebosarían de la boca confidencias que en otro lugar y momento por nada del mundo dejaría asomar á sus labios.

—¡Ay, papá!—se dejó decir.—Soy muy desgraciada... Usted no lo sabe bien.

Asombróse Villaamil de tal salida, porque para él no había en la familia más que una desgracia, la cesantía y angustiosa tardanza de la credencial.

—Es verdad—dijo soturnamente;—pero ahora... ahora debemos confiar... Dios no nos abandonará.

—Lo que es á mí—confirmó Abelarda,—bien abandonada me tiene... Es que le pasan á una cosas muy terribles. Dios hace á veces unos disparates...

—¿Qué dices, hija? (alarmadísimo). ¡Disparates Dios...!

—Quiero decir que á veces le infunde á una sentimientos que la hacen infeliz; porque, ¿á qué viene querer, si no van las cosas por buen camino?

Villaamil no comprendía. La miró por ver si la expresión del rostro aclaraba el enigma de la palabra. Pero la menguada luz no permitía al anciano descifrar el rostro de su hija. Y Luisito, en pie ante los dos, no entendía ni jota del diálogo.

—Pues si te he de decir verdad—añadió Villaamil buscando luz en aquella confusión,—no te entiendo. ¿Qué disgusto tienes? ¿Has reñido con Ponce? No lo creo. El pobre chico, anoche en el café, me habló tan natural de la prisa que le corre casarse. No quiere esperar á que se muera su tío, el cual, entre paréntesis, es hombre acabado.

—No es eso, no es eso—dijo la Miau con el corazón en prensa.—Ponce no me ha dado rabieta ninguna.

—Pues entonces...

Callaron ambos, y á poco Abelarda miró á su padre. Le retozaba en el alma un sentimiento maligno, un ansia de mortificar al bondadoso viejo diciéndole algo muy desagradable. ¿Cómo se explica esto? Únicamente por el rechazo de la efusión de piedad en aquel turbado espíritu, que buscando en vano el bien, rebotaba en dirección del mal, y en él momentáneamente se complacía. Algo hubo en ella de ese estado cerebral (relacionado con desórdenes nerviosos, familiares al organismo femenil), que sugiere los actos de infanticidio; y en aquel caso, el misterioso flúido de ira descargó sobre el mísero padre á quien tanto amaba.

—¿No sabes una cosa?—le dijo.—Ya han colocado á Víctor. Hoy al mediodía... á poco de salir tú, llamaron á la puerta: era la credencial. Él estaba en casa. Le han dado el ascenso y le nombran... no sé qué en la Administración Económica de Madrid.

Villaamil se quedó atontadísimo, como si le hubieran descargado un fuerte golpe de maza en la cabeza. Le zumbaron los oídos... creyó delirar, se hizo repetir la noticia, y Abelarda la repitió con acento en que vibraba la saña del parricida.

—Un gran destino—añadió.—El está muy contento, y dijo que si á ti te dejan fuera, puede, por de pronto y para que no estés desocupado, darte un destinillo subalterno en su oficina.

Creyó por un momento el anciano sin ventura que la iglesia se le caía encima. Y en verdad, un peso enorme se le sentaba sobre el corazón no dejándole respirar. En el mismo instante, Abelarda, volviendo en sí de aquella perturbación cerebral que nublara su razón y sus sentimientos filiales, se arrepintió de la puñalada que acababa de asestar á su padre, y quiso ponerle bálsamo sin pérdida de tiempo.

—También á ti te colocarán pronto. Yo se lo he pedido á Dios.

—¡Á mí! ¡colocarme á mí! (con furor pesimista). Dios no protege más que á los pillos... ¿Crees que espero algo ni del Ministro ni de Dios? Todos son lo mismo... ¡Arriba y abajo farsa, favoritismo, polaquería! Ya ves lo que sacamos de tanta humillación y de tanto rezo. Aquí me tienes desairado siempre y sin que nadie me haga caso, mientras que ese pasmarote, embustero y trapisondista...

Se dió con la palma de la mano un golpe tan recio en el cráneo, que Luisito se asustó, mirando consternado á su abuelo. Entonces volvió á sentir Abelarda la malignidad parricida, uniéndola á un cierto instinto defensivo de la pasión que llenaba su alma. Los grandes errores de la vida, como los sentimientos hondos, aunque sean extraviados, tienden á conservarse y no quieren en modo alguno perecer. Abelarda salió á la defensa de sí misma defendiendo al otro.

—No, papá, malo no es (con mucho calor), malo no. ¡En qué error tan grande están usted y mamá! Todo consiste en que le juzgan de ligero, en que no le comprenden.

—¿Tú qué sabes, tonta?

—¿Pues no he de saberlo? Los demás no le comprenden, yo sí.

—¡Tú, hija...!—y al decirlo, una sospecha terrible cruzó por su mente, atontándole más de lo que estaba. Pronto se rehizo, diciéndose: «No puede ser; ¡qué absurdo!» Pero como notara la excitación de su hija, el extravío de su mirar, volvió á sentirse acometido de la cruel sospecha.

—¡Tú... dices que le comprendes tú!

Resistiéndose á penetrar el misterio, éste, al modo de negra sima, más profunda y temerosa cuanto más mirada, le atraía con vértigo insano. Comparó rápidamente ciertas actitudes de su hija, antes inexplicables, con lo que en aquel momento oía; ató cabos, recordó palabras, gestos, incidentes, y concluyó por declararse que estaba en presencia de un hecho muy grave. Tan grave era y tan contrario á sus sentimientos, que le daba terror cerciorarse de él. Más bien quería olvidarlo ó fingirse que era vana cavilación sin fundamento razonable.

—Vámonos—murmuró.—Es tarde, y yo tengo que hacer antes de ir á casa.

Abelarda se arrodilló para decir sus últimas oraciones, y el abuelo, cogiendo á Luisito de la mano, se dirigió lentamente hacia la puerta, sin hacer genuflexión alguna, sin mirar para el altar ni acordarse de que estaba en lugar sagrado. Pasaron junto á la capilla del Cristo melenudo, y como Cadalsito tirase del brazo de su abuelo para alejarle lo más posible de la efigie que tanto miedo le daba, Villaamil se incomodó y le dijo con cruel aspereza:

—Que te come... Tonto...

Salieron los tres, y en la esquina de la calle de Quiñones se encontraron á Pantoja, que detuvo á D. Ramón para hablarle del inaudito ascenso de Cadalso. Abelarda siguió hacia la casa. Al subir por la mal alumbrada escalera, sintió pasos descendentes. Era él... Su andar con ningún otro podía confundirse. Habría deseado esconderse para que no la viera, impulso de vergüenza y sobresalto que obedecía á misterioso presentimiento. El corazón le anunciaba algo inusitado, desarrollo y resultante natural de los hechos, y aquel encuentro la hacía temblar. Víctor la miró y se detuvo tres ó cuatro escalones más arriba del rellano en que la chica de Villaamil se paró, viéndole venir.

—¿Vuelves de la iglesia?—le dijo.—Yo no como hoy en casa. Estoy de convite.

—Bueno—replicó ella, y no se le ocurrió nada más ingenioso y oportuno.

De un salto bajó Víctor los cuatro escalones, y sin decir nada, cogió á la insignificante por el talle y la oprimió contra sí, apoyándose en la pared. Abelarda dejóse abrazar sin la menor resistencia, y cuando él la besó con fingida exaltación en la frente y mejillas, cerró los ojos, descansando su cabeza sobre el pecho del guapo monstruo, en actitud de quien saborea un descanso muy deseado, después de larga fatiga.

—Tenía que ser—dijo Víctor con la emoción que tan bien sabía simular.—No hemos hablado con claridad, y al fin nos entendemos. Vida mía, todo lo sacrifico por ti. ¿Estás dispuesta á hacer lo mismo por este desdichado?

Abelarda respondió que sí con voz que sólo fué un simple despegar de labios.

—¿Abandonarías casa, padres, todo, por seguirme?—dijo él en un rapto de infernal inspiración.

Volvió la sosa á responder afirmativamente, ya con voz más clara y con acentuado movimiento de cabeza.

—¿Por seguirme para no separarnos jamás?

—Te sigo como una tonta, sin reparar...

—¿Y pronto?

—Cuando quieras... Ahora mismo.

Víctor meditó un rato.

—Alma mía, todo puede hacerse sin escándalo. Separémonos ahora... Me parece que viene alguien. Es tu padre... Súbete. Hablaremos.

Al sentir los pasos de su padre, Abelarda despertó de aquel breve sueño. Subió azorada, trémula, sin mirar hacia atrás. Víctor siguió bajando lentamente, y al cruzarse con su suegro y el niño, ni les dijo nada, ni ellos le hablaron tampoco. Cuando Villaamil llegaba al segundo, ya la joven había llamado presurosa, deseando entrar antes de que su padre pudiera sorprender la turbación de criminal que desencajaba su rostro.

XXXI

Toda aquella noche estuvo la insignificante en un estado próximo á la demencia, dividido su espíritu entre la alegría loca y una tristeza sepulcral. Á ratos sentíase acometida de punzante suspicacia. Había entregado su voluntad sin condiciones, sin exigir en cambio la rendición del albedrío del otro y el término de aquellos amores con mujer desconocida, amores de compromiso sin duda, difíciles de romper. ¿Los rompía y liquidaba todas sus atrasadas cuentas de amor? Así tenía que ser. Y francamente, no estaba de más haberlo dicho. ¡Pero si no había habido tiempo para nada, ni pudieron darse y pedirse las explicaciones propias del caso!... Fué como un relámpago aquel trueque y abandono mutuo de ambas voluntades. Convenía, pues, en la primera coyuntura, despejar la situación, alejando todo temor de duplicidad, y poner para siempre á un lado á la señora aquella de las cartas. Hecho esto, Abelarda se entregaría sin ningún trámite al hombre que le había absorbido el alma; renunciaba á toda libertad, era suya, de él, en la forma y condiciones que él quisiese, con escándalo ó sin escándalo, con honra ó sin honra.

Mientras comían, Villaamil observaba á su hija, poniendo en su rostro los rasgos más enérgicos de aquella ferocidad tigresca que le caracterizaba. Comía sin apetito, y creeríase que devoraba una pieza palpitante y medio viva, que gemía y temblaba con dolores horribles, clavada en su tenedor. Doña Pura y Milagros no osaron hablarle de la colocación de Víctor. Ambas estaban mohínas, lúgubres y con cara de responso, y la misma Abelarda concluyó por formar parte de aquel silencioso coro de sepulcrales figuras. Aquella noche no había Real. El cesante se metió en su despacho, y las tres Miaus fueron á la sala, donde se reunieron el ínclito Ponce y las de Cuevas. Abelarda tuvo momentos de febril locuacidad, y otros de meditación taciturna.

Á las doce se acabó la tertulia, y á dormir... La casa en silencio, Abelarda en vela, esperando á Víctor para decirse lo que por decir estaba, y vaciar de lleno alma en alma, cambiando los vasos su contenido. Pero dió la una, la una y media, y el galán no parecía. Entre dos y tres, la infeliz muchacha se hallaba en estado febril, que encendía en su mente los más peregrinos disparates. Le habían matado... También podía ser que el abrazo, el besuqueo y la declaración de la escalera fueran una burla infame... Esta idea la rechazaba por ser demasiado absurda y no caber, según ella, dentro de los moldes de la humana maldad. Luego pensaba (y eran ya las tres y media) que la elegantona de las cartas coronadas, al enterarse aquella misma noche de que el amante se le iba, ó al oir de su propio labio tristes acentos de ruptura, tramaba contra él horrible venganza, le convidaba á cenar y le envenenaba, echándole en una copa de Jerez el veneno de los Borgias. Con las extrañas cavilaciones mezclaba la sosa mil lances que había visto en las óperas, las conjuraciones que arma la mezzo-soprano contra el tenor, porque éste la desprecia por la tiple; las perrerías del barítono para deshacerse de su aborrecido rival, la constancia sublime del tenor (y eran ya las cuatro), que sucumbiendo á las combinadas artimañas del bajo y la contralto, revienta en brazos de la tiple, y concluyen ambos diciéndose que se amarán en el otro mundo.

Las cinco, y Víctor sin parecer. El cerebro de Abelarda era un volcán, que desfogaba por los ojos en destellos de calentura, por los labios en monosílabos de despecho, de amor, de cólera. Sólo dos veces, en la temporada aquélla, había pasado el hombre superior toda la noche fuera de casa; y la primera vez que esto sucediera, entró á eso de las diez de la mañana en un desorden lamentable, denunciando con su actitud, con sus palabras y hasta con su ropa, los excesos de una noche de festín entre personas de vida poco regular. ¡Si sucedería lo mismo aquella segunda vez!... Pero no; algo había ocurrido. Entre el tiernísimo paso de la escalera y aquella ausencia inexplicable, había un enigma, algo misterioso, quizás una desgracia ó una monstruosidad que la pobre muchacha, en la ofuscación de su inteligencia, no acertaba á comprender. Las seis, y nada. Rompió á llorar, y tan pronto reclinaba su cabeza sobre la almohada, como se sentaba en un baúl ó iba de una parte á otra de la habitación, cual pájaro saltando en su jaula de palito en palito.

Llegó el día, y nada. El primero á quien Abelarda sintió levantarse fué su padre, que pasó camino de la cocina y después del despacho. Las ocho. Doña Pura no tardaría en abandonar las ociosas plumas. Como ya, aunque Víctor entrase, no era posible hablar á solas con él, la dolorida se acostó, no para dormir ni descansar, sino para que su madre no cayese en la cuenta de la noche toledana. Más de las nueve eran ya cuando entró el trasnochador con muy mal cariz. Doña Pura le abrió la puerta sin decirle una sola palabra. Metióse en su cuarto, y Abelarda, que salía del suyo, le sintió revolviéndose en el estrecho recinto, donde apenas cabían la cama, una silla y el baúl. «Si vas á la iglesia—díjole Pura, sacando unos cuartos del portamonedas,—te traes cuatro huevos... Que te acompañe Luis. Yo no salgo. Me duele la cabeza. Tu padre está disgustadísimo, y con razón. ¡Mira que colocar á este perdulario y dejarle á él en la calle, á él, tan honrado y que sabe más de Administración que todo el Ministerio junto! ¡Qué Gobiernos, Señor, qué Gobiernos! ¡Y se espantan luego de que haya revolución! Te traes cuatro huevos. ¡No sé cómo saldremos del día!... ¡Ah! tráete también el cordón negro para mi vestido y los corchetes».

Abelarda fué á la iglesia, y al volver con los encargos de su madre, halló á ésta, su tía y Víctor en el comedor, enzarzados en furiosa disputa. La voz de Cadalso sobresalía, diciendo:

—Pero, señoras mías, ¿yo qué culpa tengo de que me hayan colocado á mí antes que á papá? ¿Es esto razón bastante para que todos en esta casa me pongan cara de cuerno? Pues ganas me dan, como hay Dios, de tirar la credencial á la calle. Antes que nada, la paz de la familia. Yo desviviéndome porque me quieran, yo tratando de hacer olvidar los disgustos que les he causado, y ahora, ¡válgame Dios!, porque al Ministro se le antoja colocarme, ya falta poco para que mi suegra y la hermana de mi suegra me saquen los ojos! Bueno, señoras; arañen, peguen todo lo que gusten; yo no he de quejarme. Mientras más perrerías me digan, más he de quererles yo á todos.

—¡Como si no supiéramos—objetó doña Pura hecha un áspid—que tú tienes vara alta en el Ministerio, y que si hubieras querido, ya Ramón tendría plaza...!

—¡Por Dios, mamá, por Dios!—replicó Víctor revelando verdadera consternación.—Eso es del género inocente... No puedo creer que usted lo diga con formalidad. ¡Que yo...! vamos; ¡tengo entre la familia una reputacioncita...! ¿Y si yo jurase que he gestionado por papá más que por mí? ¿Si yo lo jurase? Claro, no me creerían. Pero, créanlo ó no, lo digo y lo sostengo.

Abelarda no intervino en la reyerta, pero mentalmente se ponía de parte de su hermano político. En esto entró Villaamil, y Víctor se fué resueltamente á él: «Usted que es un hombre razonable, dígame si cree, como estas señoras, que yo he gestionado ó trabajado ó intrigado porque me colocaran á mí y á usted no. Porque aquí me están calentando las orejas con esa historia, y francamente, me aflige oirme tratar como un Judas sin conciencia. (Con noble acento.) Yo, Sr. D. Ramón, me he portado lealmente. Si he tenido la desgracia de ir por delante de otros, no es culpa mía. ¿Sabe usted lo que yo haría ahora?... y que me muera si no digo verdad. Pues cederle á usted mi plaza.»

—Si nadie habla del asunto—replicó Villaamil con serenidad, que obtenía violentándose cruelmente.—¡Colocarme á mí! ¿Crees que alguien piensa en tal cosa? Ha pasado lo natural y lógico. Tú tienes allá... no sé dónde... buenos padrinos ó madrinas... Yo no tengo á nadie... Que te aproveche.

Cerró la puerta de su despacho, dejando en el pasillo á Víctor, algo confuso y con una respuesta entre labio y labio, que no se atrevió á soltar. Aun quiso engatusar á doña Pura en el comedor, tratando de rendir su ánimo con expresiones servilmente cariñosas. «¡Qué desgracia tan grande, Dios mío, no ser comprendido! Me consumo por esta familia, me sacrifico por ella, hago mías sus desgracias y suyos mis escasos posibles, y como si nada. Soy y seré siempre aquí un huésped molesto y un pariente maldito. Paciencia, paciencia».

Dijo esto con afectación hábil, en el momento de sacar papel y disponerse á escribir sobre la mesa del comedor. Ausentarse vió ante sí á su cuñada, de pié y mirándole, sosteniendo la barba entre los dedos de la mano derecha, actitud atenta, pensativa y cariñosa semejante, salva la belleza, á la de la célebre estatua de Polimnia en el grupo antiguo de las Musas. No era preciso ser lince para leer en las pupilas y expresión de la insignificante estas ó parecidas reconvenciones: «¿Pero qué haces ahí sin atenderme? ¿No sabes que soy la única persona que te ha comprendido? Vuélvete hacia mí, y no hagas caso de los demás,.. Estoy aguardándote desde anoche, ¡ingrato!, y tú tan distraído. ¿Qué se hicieron tus planes de escapatoria? Estoy pronta... Me iré con lo puesto».

Al verla en tal actitud y al leer en sus ojos la reconvención, cayó Víctor en la cuenta de que estaba en descubierto con ella. Maldito si desde la noche anterior se había vuelto á acordar del paso de la escalera, y si lo recordaba era como un hecho baladí, cual humorada estudiantil sin consecuencias para la vida. Su primera impresión, al despertarse la memoria, fué de disgusto, cual si recordase la precisión impertinente de pagar una visita de puro cumplido. Pero al instante compuso la fisonomía, que para cada situación tenía una hermosa máscara en el variado repertorio de su histrionismo moral; y cerciorándose de que no andaba por allí su suegra, puso una cara muy tierna, miró al techo, después á su cuñada, y entre ambos se cruzaron estas breves cláusulas:

—Vida mía, tengo que hablarte... ¿dónde y cuándo?

—Esta tarde... en las Comendadoras... á las seis.

Y nada más. Abelarda se escapó á arreglar la sala, y Víctor se puso á escribir, arrojando con desdén la careta y pensando de este modo: «La chiflada ésta quiere saber cuándo tocan á perderse... ¡Ah!... pues si tú lo cataras... Pero no lo catarás».

XXXII

Puntual, como la hora misma, entró Abelarda, á la de la cita, en las Comendadoras. La iglesia, callada y obscura, estaba que ni de encargo para el misterioso objeto de una cita. Quien hubiera visto entrar á la chica de Villaamil, se habría pasmado de notar en ella su mejor ropa, los verdaderos trapitos de cristianar. Se los puso sin que lo advirtiera su madre, que había salido á las cinco. Sentóse en un banco, rezando distraída y febril, y al cuarto de hora entró Víctor, que al pronto no veía gota, y dudaba á qué parte de la iglesia encaminarse. Fué ella á servirle de guía, y le tocó el brazo. Diéronse las manos y se sentaron cerca de la puerta, en un lugar bastante recogido y el más tenebroso de la iglesia, á la entrada de la capilla de los Dolores.

Á pesar de su pericia y del desparpajo con que solía afrontar las situaciones más difíciles, Víctor, no sabiendo cómo desflorar el asunto, estuvo mascando un rato las primeras palabras. Por fin, resuelto á abreviar, encomendándose mentalmente al demonio de su guarda, dijo:

—Empiezo por pedirte perdón, vida mía; perdón, sí, lo necesito, por mi conducta... imprudente... El amor que te tengo es tan hondo, tan avasallador, que anoche, sin saber lo que hacía, quise lanzarte por las... escabrosidades de mi destino. Estarás enojadísima conmigo, lo comprendo, porque á una mujer de tu calidad, proponer yo como propuse...! Pero estaba ciego, demente, y no supe lo que me dije. ¡Qué idea habrás formado de mí! Merezco tu desprecio. Proponerte que abandonaras tus padres, tu casa, por seguirme á mí, á mí, cometa errante (recordando frases que había leído en otros tiempos y enjaretándolas con la mayor frescura), á mí que corro por los espacios, sin dirección fija, sin saber de dónde he recibido el impulso ni adónde me lleva mi carrera loca...! Me estrellaré; de fijo me estrellaré. Pero sería un infame, Abelarda (tomándole una mano), sería el último de los monstruos si permitiera que te estrellaras conmigo... tú, que eres un ángel: tú, que eres el encanto de tu familia... ¡Oh! te pido perdón, y me pondría de rodillas para alcanzarlo. Cometí gravísimo atentado contra tu dignidad, ultrajé tu candor, proponiéndote aquella atrocidad nacida en este cerebro calenturiento... en fin, perdóname, y admite mis honradas excusas. Te amo, te amo, y te amaré siempre, sin esperanza, porque no puedo aspirar á poseer tan... rica joya. Insultaría á Dios si tal aspiración tuviese...

No acortaba la Miau á comprender bien aquella palabrería, de sentido tan opuesto á lo que esperaba escuchar. Mirábale á él, y después á la imagen más próxima, un San Juan con cordero y banderola, y le preguntaba al santo si aquello era verdad ó sueño.

—Estás, estás perdonado—murmuró respirando muy fuerte.

—No extrañes, amor mío—prosiguió él, dueño ya de la situación,—que en tu presencia me vuelva tímido y no sepa expresarme bien. Me fascinas, me anonadas, haciéndome ver mi pequeñez. Perdóname el atrevimiento de anoche. Quiero ahora ser digno de ti, quiero imitar esa serenidad sublime. Tú me marcas el camino que debo seguir, el camino de la vida ideal, de las acciones perfectamente ajustadas á la ley divina. Te imitaré; haré por imitarte. Es preciso que nos separemos, mujer incomparable. Si nos juntamos, tu vida corre peligro y la mía también. Estamos cercados de enemigos que nos acechan, que nos vigilan... ¿Qué debemos hacer?... Separarnos en la tierra, unirnos en las esferas ideales. Piensa en mí, que yo ni un instante te apartaré de mi pensamiento...

Abelarda, inquietísima, se movía en el banco como si éste se hallara erizado de púas.

—¿Cómo olvidar que cuando toda la familia me despreciaba, tú sola me comprendías y me consolabas? ¡Ah! no se olvida eso en mil años. Te aseguro que eres sublime. Soy un miserable. Déjame abandonado á mi triste suerte. Sé que has de pedir á Dios por mí, y esto me consuela. Si yo creyera, si yo pudiera prosternarme ante ese altar ó ante otro semejante, si yo rezar pudiese, rezaría por ti... Adiós, amor mío.

Quiso cogerle una mano, pero Abelarda la retiró, volviendo la cara hacia el opuesto lado.

—Tu esquivez me mata. Bien sé que la merezco... Anoche estuve contigo irrespetuoso, grosero, indelicado. Pero ya has dicho que me perdonabas. ¿Á qué ese gesto? Ya, ya sé... Es que te estorbo, es que te soy aborrecible... Lo merezco; sé que lo merezco. Adiós. Estoy expiando mis culpas, porque ahora quiero separarme de ti, y ya ves, no puedo... ¡Clavado en este banco!... (impaciente, y atropellándose por concluir pronto). ¿Te acordarás de mí en tu vida futura?... Oye un consejo: cásate con Ponce, y si no te casas, entra en un convento, y reza por él y por mí, por este pecador... Tú has nacido para la vida espiritual. Eres muy grande, y no cabes en la estrechez del matrimonio ni en la... prosaica vida de familia... No puedo seguir, mujer, porque pierdo la razón... deliro y... Valor... un supremo esfuerzo... Adiós, adiós.

Y como alma que lleva Satanás, salió de la iglesia, refunfuñando. Tenía prisa, y se felicitaba de haber saldado una fastidiosa cuentecilla. «¡Qué demonio!—dijo, mirando su reloj y avivando el paso.—Pensé despachar en diez minutos y he empleado veinte. ¡Y aquélla esperándome desde las seis!... Vamos, que sin poderlo remediar me da lástima de esta inefable cursi. Van á tener que ponerte camisa... ó corsé de fuerza».

Y Abelarda, ¿qué hacía y qué pensaba? Pues si hubiera visto que al púlpito de la iglesia subía el Diablo en persona y echaba un sermón acusando á los fieles de que no pecaban bastante, y diciéndoles que si seguían así no ganarían el infierno; si Abelarda hubiera visto esto, no se habría pasmado como se pasmó. La palabra del monstruo y su salida fugaz dejáronla yerta, incapaz de movimiento, el cerebro cuajado en las ideas y en las impresiones de aquella entrevista, como substancia echada en molde frío y que prontamente se endurece. Ni le pasó por la cabeza rezar, ¿para qué? Ni marcharse, ¿adónde? Mejor estaba allí, quieta y muda, rivalizando en inmovilidad con el San Juan del gallardete y con la Dolorosa. Ésta se hallaba al pie de la cruz, rígida en su enjuto vestido negro y en sus tocas de viuda, acribillado el pecho de espaditas de plata, las manos cruzadas con tanta fuerza, que los dedos se confundían formando un haz apretadísimo. El Cristo, mucho mayor que la imagen de su madre, extendíase por el muro arriba, tocando al techo del templete con su corona de abrojos, y estirando los brazos á increíble distancia. Abajo velas, los atributos de la Pasión, exvotos de cera, un cepillo con los bordes de la hendidura mugrientos, y el hierro del candado muy roñoso; el paño del altar goteado de cera; la repisa pintada imitando jaspe. Todo lo miraba la señorita de Villaamil, no viendo el conjunto, sino los detalles más ínfimos, clavando sus ojos aquí y allí como aguja que picotea sin penetrar, mientras su alma se apretaba contra la esponja henchida de amargor, absorbiéndolo todo.

Vinieron á coincidir en el tiempo dos gravísimos actos, cada uno de los cuales pudo decidir por sí solo la vida ulterior de la insignificante y trastornada joven. Con diferencia de dos horas y media, se realizaron el suceso que acabo de referir y otro no menos importante. Ponce, conferenciando con doña Pura en la sala de ésta, sin testigos, se mostró enojado porque los padres de su prometida no habían fijado aún el día de la boda.

—Pues por fijado, hijo, por fijado. Ramón y yo no deseamos otra cosa. ¿Le parece á usted que á principios de Mayo? ¿el día de la Cruz?

Poco antes doña Pura había explicado la ausencia de su hija en la tertulia por el grandísimo enfriamiento que aquella tarde cogiera en las Comendadoras. Entró en casa castañeteando los dientes, y con un calenturón tan fuerte, que su madre la mandó acostarse al momento. Era esto verdad; mas no toda la verdad, y la señora se calló el asombro de verla entrar á horas desusadas y con un vestido que no acostumbraba ponerse para ir de tarde á la iglesia mas próxima. «Eso es, lo mejorcito que tienes; estropéalo donde no lo puedes lucir, y dedícate á refregar con ese casimir tan rico de catorce reales los bancos de la iglesia, llenos de mugre, de polvo y de cuanta porquería hay». También se calló que su hija no contestaba acorde á nada de cuanto le decía. Esto, el chasquido de dientes y la repugnancia á comer movieron á doña Pura á meterla en la cama. No las tenía la señora todas consigo, y estaba cavilosa buscando el sentido de ciertas rarezas que en la niña notaba. «Sea lo que quiera—pensó,—cuanto más pronto la casemos, mejor». Sobre esto dijo algo á su marido; pero Villaamil no se había dignado contestar sílaba; tan tétrico y cabizbajo andaba.

Abelarda, que se hacía la dormida para que no la molestase nadie, vió á Milagros acostando á Luisito, el cual no se durmió pronto aquella noche, sino que daba vueltas y más vueltas. Cuando ambos se quedaron solos, Abelarda le mandó estarse callado. No tenía ella ganas de jarana; era tarde y necesitaba descanso.

—Tiíta, no puedo dormirme. Cuéntame cuentos.

—Sí, para cuentos estoy yo. Déjame en paz ó verás...

Otras veces, al sentir á su sobrino desvelado, la insignificante, que le amaba entrañablemente, procuraba calmar su inquietud con afectuosas palabras; y si esto no era bastante, se iba á su cama, y arrullándole y agasajándole, conseguía que conciliara el sueño. Pero aquella noche, excitada y fuera de sí, sentía tremenda inquina contra el pobre muchacho; su voz la molestaba y hería, y por primera vez en su vida pensó de él lo siguiente: «¿Qué me importa á mí que duermas ó no, ni que estés bueno ni que estés malo, ni que te lleven los demonios?»

Luisito, hecho á ver á su tía muy cariñosa, no se resignaba á callar. Quería palique á todo trance, y con voz de mimo, dijo á su compañera de habitación:

—Tía, ¿viste tu por casualidad á Dios alguna vez?

—¿Qué hablas ahí, tonto?... Si no te callas, me levanto y...

—No te enfades... pues yo, ¿qué culpa tengo? Yo veo á Dios, lo veo cuando me da la gana; para que lo sepas... Pero esta noche no le veo más que los pies... los pies con mucha sangre, clavaditos y con un lazo blanco, como los del Cristo de las melenas que está en Monserrat... y me da mucho miedo. No quiero cerrar los ojos, porque... te diré... yo nunca le he visto los pies, sino la cara y las manos... y esto me pasa... ¿sabes por qué me pasa?... porque hice un pecado grande... porque le dije á mi papá una mentira, le dije que quería ir con la tía Quintina á su casa. Y fué mentira. Yo no quiero ir más que un ratito para ver los santos. Vivir con ella no. Porque irme con ella y dejaros á vosotros es pecado, ¿verdad?

—Cállate, cállate, que no estoy yo para oir tus sandeces... ¿Pues no dice que ve á Dios el muy borrico?... Sí, ahí está Dios para que tú le veas, bobo...

Abelarda oyó al poco rato los sollozos de Cadalsito, y en vez de piedad, sintió, ¡cosa más rara!, una antipatía tal contra su sobrino, que mejor pudiera llamarse odio sañudo. El tal mocoso era un necio, un farsante que embaucaba á la familia con aquellas simplezas de ver á Dios y de querer hacerse curita; un hipócrita, un embustero, un mátalas-callando... y feo, y enclenque, y consentido además...

Esta hostilidad hacia la pobre criatura era semejante á la que se inició la víspera en el corazón de Abelarda contra su propio padre, hostilidad contraria á la naturaleza, fruto sin duda de una de esas auras epileptiformes que subvierten los sentimientos primarios en el alma de la mujer. No supo ella darse cuenta de cómo tal monstruosidad germinara en su espíritu, y la veía crecer, crecer á cada instante, sintiendo cierta complacencia insana en apreciar su magnitud. Aborrecía á Luis, le aborrecía con todo su corazón. La voz del chiquillo le encalabrinaba los nervios, poniéndola frenética.

Cadalsito, sollozando, insistió: «Le veo las piernas negras con manchurrones de sangre, le veo las rodillas con unos cardenales muy negros, tiíta... tengo mucho miedo... ¡Ven, ven!»

La Miau crispó los puños, mordió las sábanas. Aquella voz quejumbrosa removía todo su ser, levantando en él una ola rojiza, ola de sangre que subía hasta nublarle los ojos. El chiquillo era un cómico, fingido y trapalón, bajado al mundo para martirizarla á ella y á toda su casta... Pero aun quedaba en Abelarda algo de hábito de ternura que contenía la expansión de su furor. Hacía un movimiento para echarse de la cama y correr á la de Luis con ánimo de darle azotes, y se reprimía luego. ¡Ah! como pusiera las manos en él, no se contentaría con la azotaina... le ahogaría, sí. ¡Tal furia le abrasaba el alma y tal sed de destrucción tenían sus ardientes manos!

—Tiíta, ahora le veo el faldellín todo lleno de sangre, mucha sangre... Ven, enciende luz, ó me muero de susto; quítamele, dile que se vaya. El otro Dios es el que á mí me gusta, el abuelo guapo, el que no tiene sangre, sino un manto muy fino y unas barbas blanquísimas...

Ya no pudo ella dominarse, y saltó del lecho... Quedóse á su orilla inmovilizada, no por la piedad, sino por un recuerdo que hirió su mente con vívida luz. Lo mismo que ella hacía en aquel instante, lo había hecho su difunta hermana en una noche triste. Sí, Luisa padecía también aquellas horribles corazonadas de aborrecer á su progenitura, y cierta noche que le oyó quejarse, echóse de la cama y fué contra él, con las manos amenazantes, trocada de madre en fiera. Gracias que la sujetaron, pues si no, sabe Dios lo que habría pasado. Y Abelarda repetía las mismas palabras de la muerta, diciendo que el pobre niño era un monstruo, un aborto del infierno, venido á la tierra para castigo y condenación de la familia.

Llevóla este recuerdo á comparar la semejanza de causas con la semejanza de efectos, y pensó angustiadísima: «¿Estaré yo loca, como mi hermana?... ¿Es locura, Dios mío?»

Volvió á meterse entre sábanas, prestando atención á los sollozos de Luis, que parecían atenuarse, como si al fin le venciera el sueño. Transcurrió un largo rato, durante el cual la tiíta se aletargó á su vez; pero de improviso despertó sintiendo el mismo furor hostil en su mayor grado de intensidad. No la detuvo entonces el recuerdo de su hermana; no había en su espíritu nada que corrigiese la idea, ó mejor dicho, el delirio de que Luis era una mala persona, un engendro detestable, un ser infame á quien convenía exterminar. Él tenía la culpa de todos los males que la agobiaban, y cuando él desapareciera del mundo, el sol brillaría más y la vida sería dichosa. El chiquillo aquél representaba toda la perfidia humana, la traición, la mentira, la deshonra, el perjurio.

Reinaba profunda obscuridad en la alcoba. Abelarda, en camisa y descalza, echándose un mantón sobre los hombros, avanzó palpando... Luego retrocedió buscando las cerillas. Habíasele ocurrido en aquel momento ir á la cocina en busca de un cuchillo que cortara bien. Para esto necesitaba luz. La encendió, y observó á Luis que al cabo dormía profundamente. «¡Qué buena ocasión!—se dijo;—ahora no chillará, ni hará gestos... Farsante, pinturero, monigote, me las pagarás... Sal ahora con la pamplina de que ves á Dios... Como si hubiera tal Dios, ni tales carneros...» Después de contemplar un rato al sobrinillo, salió resuelta. «Cuanto más pronto, mejor». El recuerdo de los sollozos del chico, hablando aquellos disparates de los pies que veía, atizaba su cólera. Llegó á la cocina y no encontró cuchillo, pero se fijó en el hacha de partir leña, tirada en un rincón, y le pareció que este instrumento era mejor para el caso, más seguro, más ejecutivo, más cortante. Cogió el hacha, hizo ademán de blandirla, y satisfecha del ensayo, volvió á la alcoba, en una mano la luz, en otra el arma, el mantón por la cabeza... Figura tan extraña y temerosa no se había visto nunca en aquella casa. Pero en el momento de abrir la puerta de cristales de la alcoba, sintió un ruido que la sobrecogió. Era el del llavín de Víctor girando en la cerradura. Como ladrón sorprendido, Abelarda apagó de un soplo la luz, entró, y se agachó detrás de la puerta, recatando el hacha. Aunque rodeada de tinieblas temía que Víctor la viese al pasar por el comedor y se hizo un ovillo, porque la furia que había determinado su última acción se trocó súbitamente en espanto con algo de femenil vergüenza. Él pasó alumbrándose con una cerilla, entró en su cuarto y se cerró al instante. Todo volvió á quedar en silencio. Hasta la alcoba de Abelarda llegaba débil, atravesando el comedor y las dos puertas de cristales, la claridad de la vela que encendiera Víctor para acostarse. Cosa de diez minutos duró el reflejo; después se extinguió, y todo quedó en sombra. Pero la cuitada no se atrevía ya á encender su luz; fué tanteando hasta la cama, escondió el hacha bajo la cómoda próxima al lecho, y se deslizó en éste reflexionando: «No es ocasión ahora. Gritaría, y el otro... Al otro le daría yo el hachazo del siglo; pero no basta un hachazo, ni dos, ni ciento... ni mil. Estaría toda la noche dándole golpes y no le acabaría de matar».

XXXIII

Nuestro infortunado Villaamil no vivía desde el momento aciago en que supo la colocación de su yerno, y para mayor desdicha el prohombre ministerial no le hacía caso. Inmediatamente después de almorzar, se echaba á la calle, y se pasaba el día de oficina en oficina, contando su malaventura á cuantos encontraba, refiriendo la atroz injusticia, que, entre paréntesis, no le cogía de nuevo; porque él, se lo podían creer, nunca esperó otra cosa. Cierto que, apretado por la fea necesidad, y llegando á sentir como un estorbo en aquel pesimismo que se había impuesto, se lo arrancaba á veces como quien se arranca una máscara, y decía, implorando con toda el alma desnuda: «Amigo Cucúrbitas, me conformo con cualquier cosa. Mi categoría es de Jefe de Administración de tercera; pero si me dan un puesto de oficial primero, vamos, de oficial segundo, lo tomo, sí señor, lo tomo, aunque sea en provincias.» La misma cantinela le entonaba al Jefe del Personal, á todos los amigos influyentes que en la casa tenía, y epistolarmente al Ministro y á Pez. Á Pantoja, en gran confianza, le dijo: «Aunque sea para mí una humillación, hasta oficial tercero aceptaré por salir de estas angustias... Después, Dios dirá».

Luego iba de estampía contra Sevillano, de quien se hablará después, empleado en el Personal, el cual le decía con expresión de lástima: «Sí, hombre sí, cálmese usted; tenemos nota preferente... Debe usted procurar serenarse». Y le volvía la espalda. Poco á poco fué el santo varón desmintiendo su carácter, aprendiendo á importunar á todo el mundo y perdiendo el sentido de las conveniencias. Después de verle andar por las oficinas, dando la lata á diferentes amigos, sin excluir á los porteros, Pantoja le habló en confianza:

—¿Sabes lo que el bigardo de tu yerno le dijo al Diputado ese? Pues que tú estabas loco y que no podías desempeñar ningún destino en la Administración. Como lo oyes; y el Diputado lo repitió en el Personal delante de Sevillano y del hermano de Espinosa, que me lo vino á contar á mí.

—¿Eso dijo? (estupefacto). ¡Ah! lo creo. Es capaz de todo...

Esto acabó de trastornarle. Ya la insistencia de su incansable porfía y la expresión de ansiedad que iban tomando sus ojos asustaba á sus amigos. En algunas oficinas, cuidaban de no responderle ó de hablarle con brevedad para que se cansara y se fuese con la música á otra parte. Pero estaba á prueba de desaires, por habérsele encallecido la epidermis del amor propio. En ausencia de Pantoja, Espinosa y Guillén le tomaban el pelo de lo lindo:

—¿No sabe usted, amigo Villaamil lo que se corre por ahí? Que el Ministro va á presentar á las Cortes una ley estableciendo el income tax. La Caña la está estudiando.

—Como que me ha robado mis ideas. Mis cuatro Memorias durmieron en su poder más de un año. Vean ustedes lo que saca uno de quemarse las cejas por estudiar algo que sirva de remedio á esta Hacienda moribunda... País de raterías, Administración de nulidades, cuando no se puede afanar una peseta, se tima el entendimiento ajeno. Ea, con Dios.

Y salía disparado, precipitándose por los escalones abajo, hacia la Dirección de Impuestos (patio de la izquierda), ansioso de calentarle las orejas al amigo La Caña. Á la media hora se le veía otra vez venciendo jadeante la cansada escalera para meterse un rato en el Tesoro ó en Aduanas. Algunas veces, antes de entrar, daba la jaqueca á los porteros, contándoles toda su historia administrativa. «Yo entré á servir en tiempo de la Regencia de Espartero, siendo Ministro el Sr. Surrá y Rull, excelente persona, hombre muy mirado. Me parece que fué ayer cuando subí por esa escalera. Traía yo unos calzoncitos de cuadros, que se usaban entonces, y mi sombrero de copa, que había estrenado para tomar posesión. De aquel tiempo no queda ya nadie en la casa, pues el pobre Cruz, á quien vi en este mismo sitio cuando yo entraba, se las lió hace dos meses. ¡Ay, qué vida ésta!... Mi primer ascenso me lo dió D. Alejandro Mon... buena persona... y de mucho carácter, no se crean ustedes. Aquí se plantificaba á las ocho de la mañana, y hacía trabajar á la tropa; por eso hizo lo que hizo. Como madrugador, no ha habido otro D. Juan Bravo Murillo, y el número uno de los trasnochadores era D. José Salamanca, que nos tenía aquí á los de Secretaría hasta las dos ó las tres de la madrugada. Pues digo, ¿hay alguno entre ustedes que se acuerde de D. Juan Bruil, que, por más señas, me hizo á mí oficial tercero? ¡Ah, qué hombre! Era una pólvora. Pues también el amigo Madoz las gastaba buenas. ¡Qué cascarrabias! Yo tuve el 57 un director que no hacía un servicio al lucero del alba ni despachaba cosa alguna, como no viniera una mujer á pedírsela. Crean ustedes que la perdición del país es la faldamenta».

Los porteros le llevaban el humor mientras podían; pero también llegaron á sentir cansancio de él, y pretextaban ocupaciones para zafarse. El santo varón, después de explayarse por las porterías, volvía adentro, y no faltaba en Aduanas ó en Propiedades un guasón presumido, como Urbanito, el hijo de Cucúrbitas, que le convidase á café para tirarle de la lengua y divertirse oyendo sus exaltadas quejas. «Miren ustedes; á mí me pasa esto por decente, pues si yo hubiera querido desembuchar ciertas cosas que sé referentes á pájaros gordos, ¿me entienden ustedes?... digo que si yo hubiera sido como otros que van á las redacciones con la denuncia del enjuage A, del enredo B..., otro gallo me cantara... ¿Pero qué resulta? Que aunque uno no quiera ser decente y delicado, no puedo conseguirlo. El pillo nace, el orador se hace. Total, que ni siquiera me vale haber escrito cuatro Memorias que constituyen un plan de Presupuestos, porque un mal amigo á quien se las enseño, me roba la idea y la da por suya. Lo que menos piensan ustedes es que ese dichoso income tax que quieren establecer, ¡temprano y con sol!, es idea mía... diez años devanándome los sesos... ¿para qué? Para que un grajo se adorne con mis plumas ó con la obra de mi pluma. Yo digo que si el Ministro sabe esto, si lo sabe el país, ¿qué sucederá? Puede que no suceda nada, porque allá se van el país y el Ministro en lo puercos y desagradecidos... Yo me lavo las manos; yo me estoy en mi casa, y si vienen revoluciones, que vengan; si el país cae en el abismo, que caiga con cien mil demonios. Después dirán: «¡Qué lástima no haber planteado los cuatro puntos aquellos del buen Villaamil: Moralidad, Income tax, Aduanas, Unificación!» Pero yo diré: tarde piache... «Haberlo visto antes». Dirán: «Pues que sea Villaamil Ministro»; y yo responderé: «Cuando quise no quisiste, y ahora... á buena hora, mangas verdes...» Conque, señores, me voy para que ustedes trabajen. En mis tiempos no había estos ocios. Se fumaba un cigarrito, se tomaba café, y luego al telar... Pero ahora, empleado hay que viene aquí á inventar charadas, á chapucear comedias, revistas de toros y gacetillas. Así está la Administración pública, que es una mujer pública, hablando mal y pronto. Francamente, esto da asco, y yo no sé cómo todos ustedes no hacen dimisión, y dejan solos al Ministro y al Jefe del Personal, á ver cómo se desenvuelven. No, no lo digo en broma; veo que se ríen ustedes, y no es cosa de risa. Dimisión total, huelga en un día dado, á una hora dada...»

Por fin, hartos de este charlar incoherente, le echaban con buenos modos, diciéndole: «Don Ramón, usted debiera ir á tomar el aire. Un paseito por el Retiro le vendría muy bien». Salía rezongando, y en vez de seguir el saludable consejo de oxigenarse, bajaba, mal terciada la capa, y se metía en el Giro Mutuo, donde estaba Montes, ó en Impuestos, donde su amigo Cucúrbitas soportaba con increíble paciencia discursos como éste: «Te digo en confianza, aquí de ti para mí, que me contento con una plaza de oficial tercero: proponme al Ministro. Mira que siento en mi cabeza unas cosas muy raras, como si se me fuera el santo al cielo. Me entran ganas de decir disparates, y aun recelo que á veces se me salen de la boca. Que me den esos dos meses, ó no sé; creo que pronto empezaré á tirar piedras. Ya sabes mi situación; sabes que no tengo cesantía, porque, si bien soy anterior al 45, mi primer destino no fué de Real orden; no entré en plantilla hasta el 46, gracias á D. Juan Martín Carramolino. Bien te acordarás. Tú estabas por debajo de mí; yo te enseñé á poner una minuta en regla. El 54 tú entraste en la Milicia Nacional; yo no quise, porque nunca me ha gustado la bullanga. Ahí tienes el principio de tu buena fortuna y el de mi desdicha. Gracias al morrión te plantaste de un salto en Jefe de Negociado de segunda, mientras yo me estancaba en oficial primero... Parece mentira, Francisco, que el sombrero influya tanto. Pues dicen que Pez debe su carrera nada más que al chisterómetro de alas anchas y abarquilladas que le da un aire tan solemne... Bien recuerdo que tú me decías: «Ramón, ponte un chaleco de buen ver, que esto ayuda; gasta cuellos altos, muy altos, muy tiesos, que te obliguen á engallar la cabeza con cierto aire de importancia». Yo no te hice caso, y así estoy. Á Basilio, desde que se encajó la levita inglesa, le empezaron á indicar para el ascenso, y á mí se me antoja que las botas chillonas del amigo Montes, dando á su personalidad un no sé qué de atrevido, insolente y qué se me da á mi, han influído para que avance tanto... Sobre todo el sombrero, el sombrero es cosa esencialísima, Francisco, y el tuyo me parece un perfecto modelo... alto de copa y con hechura de trombón, el ala muy semejante á la canaleja de un cura. Luego esas corbatas que tú te permites... Si me colocan, me pondré una igual... Conque ya sabes: oficial tercero: cualquier cosa: el quid está en firmar la nómina, en ser algo, en que cuando entre yo aquí no me parezca que hasta las paredes lloran compadeciéndome... Francisco, hormiga de esta casa, hazlo por Dios y por tus hijos, tres de los cuales tienes ya bien colocados de aspirantes con cinco mil, sin contar á Urbanito que se calza doce. Si mi mujer fuera Pez en vez de ser rana, ¡ay! no estaría yo en seco. Parece que lo tenéis en la masa de la sangre, y cuando nacen tus nenes y sueltan el primer lloro de la vida, en vez de ponerles la teta en la boca, les ponen el estado Letra A, Sección octava, del Presupuesto. Adiós; interésate por mí, sácame de este pozo en que me he caído... No quiero molestarte; tienes que hacer. Yo también estoy atareadísimo. Abur, abur».

No se crea que se iba mi hombre á la calle. Atraído de irresistible querencia, se lanzaba otra vez, jadeante, á la fatigosa ascensión por la escalera, y llegaba sin aliento á Secretaría. Allí cierto día se encontró una novedad. Los porteros, que comúnmente le franqueaban la entrada, le detuvieron, disimulando con insinuaciones piadosas la orden terminante que tenían de no dejarle pasar. «Don Ramón, váyase á su casa, y descanse y duerma para que se le despeje ese meollo. El Jefe está encerrado y no recibe á nadie». Irritóse Villaamil con la desusada consigna y aun quiso forzarla, alegando que no debía regir para él. La capa del infeliz cesante barrió el suelo de aquí para allí, y aun tuvieron los ordenanzas que ponerle el sombrero, desprendido de su cabeza venerable. «Bien, Pepito Pez, bien—decía el infeliz, respirando con dificultad;—así pagas á quien fué tu jefe, y te tapó muchas faltas. En donde menos se piensa salta un ingrato. Basta que yo te haya hecho mil favores, para que me trates como á un negro. Lógica puramente humana... Quedamos enterados. Adiós... ¡Ah! (volviéndose desde la puerta), dígale usted al Jefe del Personal, al D. Soplado ése, que usted y él se pueden ir á escardar cebollinos».

XXXIV

Pecho á los escalones, y otra vez al piso segundo, á la oficina de Pantoja. Cuando entró, Guillén, Espinosa y otros badulaques estaban muy divertidos viendo las aleluyas que el primero había compuesto, una serie de dibujillos de mala muerte, con sus pareados al pie, ramplones, groseros y de mediano chiste, comprendiendo la historia completa de Villaamil desde su nacimiento hasta su muerte. Argüelles, que no veía con buenos ojos las groseras bromas de Guillén, se apartaba del corrillo para atender á su trabajo. Rezaba la aleluya que el Sr. de Miau había nacido en Coria, garrafal dislate histórico, pues vió la luz en tierra de Burgos; que desde el vientre de su madre pretendía, y que el ombligo se lo ataron con balduque. Entre otras particularidades, decía la ilustrada crónica, con dudosa gramática: En vez de faja y pañales,—le envuelven en credenciales; y más adelante: Pide teta con afán,—y un Presupuesto le dan. Luego, cuando el digno funcionario llega á la mayor edad, Henchido de amor sin tasa,—con Zapaquilda se casa; y á poco de estrenada la vida matrimonial empiezan los apuros. El desmantelado hogar de Villaamil se caracteriza en este elegante dístico: Cuando faltan patacones,—se dan á cazar ratones... Pero en lo que el inspirado coplero explaya su numen, es en la pintura de los sublimes trabajos villaamilescos: Modelo de asiduidaz,—inventa el INCOME TAZ... Al Ministro le presenta—sus planes sobre la renta... El Jefe, al ver el INCOMIO,—me le manda á un manicomio. Por fin le arroja el poeta estas flores: Su existencia miserable—la sostiene con el sable; y por aquí seguía hasta suponer el glorioso tránsito del héroe: Le dan al fin la ración,—y muere del alegrón... Los gatos, cuando se mueren,—dicen todos: Miserere...»

Al ver á Villaamil escondieron el nefando pliego, pero con hilaridad mal reprimida denunciaban la broma que traían y su objeto. Ya otras veces el infeliz cesante pudo notar que su presencia en la oficina (faltando de ella Pantoja) producía un recrudecimiento en la sempiterna chacota de aquellos holgazanes. Las reticencias, las frases ilustradas con morisquetas al verle entrar, la cómica seriedad de los saludos le revelaron aquel día que su persona y quizás su desventura motivaban impertinentes chanzas, y esta certidumbre le llegó al alma. El enredijo de ideas que se había iniciado en su mente, y la irritación producida en su ánimo por tantas tribulaciones, encalabrinaban su amor propio; su carácter se agriaba; la ingénita mansedumbre trocábase en displicencia y el temple pacífico en susceptibilidad camorrista.

—Á ver, á ver—gruñó, acercándose al grupo con muy mal gesto.—Me parece que se ocupaban ustedes de mí... ¿Qué papelotes son esos que guarda Guillén?... Señores, hablemos claro. Si alguno de ustedes tiene que decirme algo, dígamelo en mis barbas. Francamente, en toda la casa noto que se urde contra mí una conjuración de calumnias; se trata de ponerme en ridículo, de indisponerme con los jefes, de presentarme al señor Ministro como un hombre grotesco, como un... ¡Y he de saber quién es el canalla, quién...! ¡Maldita sea su alma! (terciándose la capa, y pegando fuerte puñetazo en la mesa más próxima).

Quedáronse todos fríos y mudos, porque no esperaban en Villaamil aquel rasgo de dignidad. El caballero de Felipe IV fué el primero que se explicó aquel súbito cambio de temperamento, por un desequilibrio mental. Además de que odiaba profundamente á Guillén, sentía lástima de su amigo, y echándole el brazo por encima del hombro, le rogó que se tranquilizara, añadiendo que donde él estuviera, nadie osaría zaherir á persona tan respetable. Mas no se calmaba Villaamil con estas razones, porque vió al maldito Guillén aguantando la risa con la cara pegada al pupitre, y en un arrebato de cólera se fué á él, y con ahogada y trémula voz le dijo:

—Sepa usted, cojitranco de los infiernos, que de mí no se ríe nadie... Ya sé, ya sé que ha hecho usted unos estúpidos versos y unos mamarrachos ridiculizándome. En Aduanas he oído que si yo propuse ó no propuse al Ministro el income tax... y si me mandó ó no me mandó á un manicomio.

—¿Yo?... D. Ramón... ¡qué cosas tiene!—replicó Guillén cortado y cobarde.—Yo no he hecho las aleluyas; las hizo Pez Cortázar, el de Propiedades, y Urbano Cucúrbitas es el que las ha enseñado por ahí.

—Pues hágalas quien las hiciere, el autor de esa porquería es un marrano que debiera estar en un cubil. Me ultrajan porque me ven caído. ¿Es eso de caballeros? Á ver, respóndanme. ¿Es eso de personas regulares?

El santo varón giró sobre sí mismo, y se sentó, quebrantadísimo de aquel esfuerzo que acababa de hacer. Siguió murmurando, como si hablara á solas: «Es que por todos los medios se proponen acabar conmigo, desautorizarme, para que el Ministro me tenga por un ente, por un visionario, por un idiota».

Exhalando suspiros hondísimos, encajó la quijada en el pecho y así estuvo más de un cuarto de hora sin pronunciar palabra. Los demás callaban, mirándose de reojo, serios, quizás compadecidos, y durante un rato no se oyó en la oficina más que el rasgueo de la pluma de Argüelles. De pronto, el chillar de las botas de Pantoja anunció la aproximación de este personaje. Todos afectaron atender á la faena, y el jefe de la sección entró con las manos cargadas de papeles. Villaamil no alzó la cabeza para mirar á su amigo ni parecía enterarse de su presencia.

—Ramón—dijo Pantoja en afectuoso tono, llamándolo desde su asiento.—Ramón... pero Ramón... ¿qué es eso?

Y por fin el amigo, dando otro suspirazo como quien despierta de un sueño, se levantó y fué hacia la mesa con paso claudicante.

—Pero no te pongas así—le dijo D. Ventura quitando legajos de la silla próxima para que el otro se sentara.—Pareces un chiquillo. En todas las oficinas hablan de ti, como de una persona que empieza á pasearse por los cerros de Úbeda... Es preciso que te moderes, y sobre todo (amoscándose un poco), es preciso que cuando se hable de planes de Hacienda y de la confección de los nuevos Presupuestos, no salgas con la patochada del income tax... Eso está muy bueno para artículos de periódico (con desprecio), ó para soltarlo en la mesa del café, delante de cuatro tontos perdularios, de esos que arreglan con saliva el presupuesto de un país y no pagan al sastre ni á la patrona. Tú eres hombre serio y no puedes sostener que nuestro sistema tributario, fruto de la experiencia...

Levantóse Villaamil como si en la silla hubiera surgido agudísimo punzón, y este movimiento brusco cortó la frase de Pantoja, que sin dada iba á rematarla en estilo administrativo, más propio de la Gaceta que de humana boca. Quedóse el buen Jefe de sección archipasmado al ver que la faz de su amigo expresaba frenética ira, que la mandíbula le temblaba, que los ojos despedían fuego; y subió de punto el pasmo al oir estas airadas expresiones:

—Pues yo te sostengo... sí, por encima de la cabeza de Cristo lo sostengo... que mantener el actual sistema es de jumentos rutinarios... y digo más, de chanchulleros y tramposos... Porque se necesita tener un dedo de telarañas en los sesos para no reconocer y proclamar que el income tax, impuesto sobre la renta ó como quiera llamársele, es lo único racional y filosófico en el orden contributivo... y digo más: digo que todos los que me oyen son un atajo de ignorantes, empezando por ti, y que sois la calamidad, la polilla, la ruina de esta casa y la filoxera del país, pues le estáis royendo y devorando la cepa, majaderos mil veces. Y esto se lo digo al Ministro si me apura, porque yo no quiero credenciales, ni colocación, ni derechos pasivos, ni nada; no quiero más que la verdad por delante, la buena administración, y conciliar... compaginar... armonizar (golpeando los dos dedos índices uno contra otro) los intereses del Estado con los del contribuyente. Y el mastuerzo, canalla, que diga que yo quiero destinos, se verá conmigo de hombre á hombre, aquí ó en mitad de la calle, junto al Dos de Mayo, ó en la pradera del Canal, á media noche, sin testigos... (dando terribles gritos, que atrajeron á los empleados de la oficina inmediata). Claro, me toman por un mandria porque no me conocen, porque no me han visto defendiendo la ley y la justicia contra los infames que en esta casa la atropellan. Yo no vengo aquí á mendigar una cochina credencial que desprecio; yo me paso por las narices á toda la casa, y á vosotros, y al Director, y al Jefe del Personal, y al Ministro; ¡yo no pido más que orden, moralidad, economía...!

Revolvió los ojos á una parte y otra, y viéndose rodeado de tantas caras, alzó los brazos como si exhortara á una muchedumbre sediciosa, y lanzó un alarido salvaje gritando: «¡Vivan los presupuestos nivelados!»

Salió de la oficina, arrastrando la capa y dando traspiés. El buen Pantoja, rascándose con el gorro, le siguió con mirada compasiva, mostrando sincera aflicción. «Señores—dijo á los suyos y á los extraños, agrupados allí por la curiosidad,—pidamos á Dios por nuestro pobre amigo, que ha perdido la razón».