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Miau

Chapter 39: XXXIX
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About This Book

A satirical realist narrative follows a beleaguered urban household as successive misfortunes, petty humiliations, and convoluted dealings with rigid institutions deepen their poverty and social precariousness. Through comic episodes, sharp domestic details, and a gallery of intrusive neighbors and opportunistic acquaintances, the narrative traces daily struggles, failed schemes, generational tensions, and the corrosive effects of bureaucracy and social stigma. Tone shifts between farce and pathos while scenes accumulate into a portrait of decline, adaptation, and frustrated hopes.

XXXV

No eran las once de la mañana del día siguiente, día último de mes, por más señas, cuando Villaamil subía con trabajo la escalera encajonada del Ministerio, parándose á cada tres ó cuatro peldaños para tomar aliento. Al llegar á la entrada de la Secretaría, los porteros, que la tarde anterior le habían visto salir en aquella actitud lamentable que referida está, se maravillaron de verle tan pacífico, en su habitual modestia y dulzura, como hombre incapaz de decir una palabra más alta que otra. Desconfiaban, no obstante, de esta mansedumbre, y cuando el buen hombre se sentó en el banco, duro y ancho como de iglesia, y arrimó los pies al brasero próximo, el portero más joven se acercó y le dijo:

—Don Ramón, ¿para qué viene por aquí? Estése en su casa y cuídese, que tiempo tiene de rodar por estos barrios.

—Puede que tengas razón, amigo Ceferino. En mi casa metidito, y acá se las arreglen estos señores como quieran. ¿Yo qué tengo que ver? Verdad que el país paga los vidrios rotos, y no puede uno ver con indiferencia tanto desbarrar. ¿Sabes tú si han llevado ya al Ministro el nuevo Presupuesto ultimado? No sabes... Verdad, ¡á ti que más te da! Tú no eres contribuyente... Pues desde ahora te digo que el nuevo Presupuesto es peor que el vigente, y todo lo que hacen aquí una cáfila de barbaridades y despropósitos. Ahí me las den todas. Yo en mi casa tan tranquilo, viendo cómo se desmorona este país, que podría estar nadando en oro si quisieran.

Á poco de soltar esta perorata, el pobre cesante se quedó solo, meditando, la barba en la mejilla. Vió pasar algunos empleados conocidos suyos; pero como no le dijeron nada, no chistó. Consideraba quizás la soledad que se iba formando en torno suyo, y con qué prisa se desviaban de él los que fueron sus compañeros y hasta poco antes se llamaban sus amigos. «Todo ello—pensó con admirable observación de sí mismo—consiste en que mis desgracias me han hecho un poco extravagante, y en que alguna vez la misma fuerza del dolor es causa de que se me escapen frases y gestos que no son de hombre sesudo, y contradicen mi carácter y mi... ¿cómo es la palabreja?... ¡ah! mi idiosincrasia... ¡Todo sea por Dios!»

Distrájole de su meditación un amigo que entraba, y que se fué derecho á él en cuanto le vió. Era Argüelles, el padre de familia, envuelto en su capa negra, ó más bien ferreruelo, el sombrerete ladeado á la chamberga, el bigote retorcido, la perilla enhiesta y erizada por el roce del embozo. Antes de subir á Contribuciones solía entrar un rato en el Personal, para desahogar las penas de su alma con un amigo que le daba cuenta de todo, y así alimentaba sus ilusiones de un próximo ascenso.

—¿Qué hace usted por aquí, amigo Villaamil?—le dijo en el tono que se emplea con los enfermos graves.—¿Quiere usted que tomemos café? Pero no; quizás el café le sentará mal. Hay que cuidarse, y si vale mi consejo, haría usted muy bien en no parecer por esta posá del Peine en muchos días.

—¿Adónde vamos? (levantándose).

—Al Personal. Echaremos un parrafillo con Sevillano, que nos enterará de los nombramientos del día. Venga usted.

Y se internaron por luengo corredor, no muy claro, que primero doblaba hacia la derecha, después á la izquierda. Á lo largo del pasadizo accidentado y misterioso, las figuras de Villaamil y de Argüelles habrían podido trocarse, por obra y gracia de hábil caricatura, en las de Dante y Virgilio buscando por senos recónditos la entrada ó salida de los recintos infernales que visitaban. No era difícil hacer de D. Ramón un burlesco Dante por lo escueto de la figura y por la amplia capa que le envolvía; pero en lo tocante al poeta, había que substituirle con Quevedo, parodiador de la Divina Comedia, si bien el bueno de Argüelles, más semejanza tenía con el Alguacil alguacilado que con el gran vate que lo inventó. Ni Dante ni Quevedo soñaron, en sus fantásticos viajes, nada parecido al laberinto oficinesco, al campaneo discorde de los timbres que llaman desde todos los confines de la vasta mansión, al abrir y cerrar de mamparas y puertas, y al taconeo y carraspeo de los empleados que van á ocupar sus mesas colgando capa y hongo; nada comparable al mete y saca de papeles polvorosos, de vasos de agua, de paletadas de carbón, á la atmósfera tabacosa, á las órdenes dadas de pupitre á pupitre, y al tráfago y zumbido, en fin, de estas colmenas donde se labra el panal amargo de la Administración. Metiéronse Villaamil y su guía en un despacho donde había dos mesas y una sola persona, que en aquel momento se mudaba el sombrero por un gorro de pana morada, y las botas por zapatillas. Era Sevillano, oficial de secretaría, buen mozo, aunque algo machucho, bien quisto en la casa, con fama de cuquería. Saludó el tal á Villaamil con recelo, mirándole mucho á la cara: «Vamos tirando,» contestó el cesante eterno, y ocupó una silla junto á la mesa.

—¿De lo mío nada...?—dijo Argüelles, usando una fórmula interrogativa y afirmativa á la vez.

—Nada—replicó el presumido Sevillano, que al ponerse delante de la mesa, parecía movido del deseo de que le vieran las zapatillas bordadas y de que admiraran su breve pie,—lo que se llama nada. Ni te han propuesto ni ese es el camino.

—No me coge de nuevo—gruñó el otro soltando capa y sombrero, como si quisiera oponer á la publicidad de las zapatillas de Sevillano la exhibición de sus encrespadas melenas.—Ese perro de Pantoja me ha engañado ya tres veces, y me engañará la cuarta si no le doy la morcilla. Yo lo paso todo, con tal que no me eche el pie adelante ese gorgojo repulsivo de Guillén. ¡Vamos, si le ascienden á él antes que á mí; si un padre de familia cargado de hijos y que lleva todo el peso de la oficina, se ve pospuesto á ese aborto inútil que mata el tiempo pintando monos...! (Volviéndose á Villaamil en solicitud de su aquiescencia.) ¿Tengo razón ó no tengo razón? ¿Le parece á usted que después de tantos años en este empleo, todavía les parezca temprano para darme el ascenso, y en cambio se lo den á ese coco, mamarracho, mal hombre y peor amigo, que además no sabe poner una minuta?

—Cabalmente, cabalmente por eso, por ser una inutilidad—afirmó Villaamil con inmenso pesimismo,—tiene asegurada su carrera.

—Yo me sublevo—declaró con rabia el caballero de Felipe IV dando una patada.—Si ascienden á ése antes que á mí, me voy al Ministro y le digo... vamos, le suelto una frescura. Esto es peor que insultarle á uno y escupirle la cara. Sí, porque tanto polaquismo requema la sangre, y le entran á uno ganas de echarse la moral á la espalda y casarse con Judas. Esa garrapata de Guillén, con sus chuscadas y sus versitos y sus porquerías, se ha hecho popular aquí. Le ríen las gracias estúpidas... Todos tenemos algo de culpa en darle alas, lo reconozco... Yo le aseguro á usted, amigo D. Ramón, que no volverá á enseñar delante de mí sus monigotes. Ya le diré yo cuántas son cinco, ya le diré...

Argüelles se detuvo, creyendo ver en el rostro de Villaamil señales de excitación; pero, contra lo que temía, el anciano escuchaba sereno, no mostrándose lastimado por el recuerdo de las groseras burlas.

—Dejarle, dejarle—contestó.—Por mi parte, sé sobreponerme á esas majaderías. Acuérdese usted; ayer, al enterarme de que se burlaban de mí, no dije esta boca es mía; ¿verdad que no? Estas cosas se desprecian, y nada más. Después me tropecé en la calle con el chico de Cucúrbitas, Urbanito, el cual está en Aduanas, y me contó que allí había ido Guillén con las aleluyas, que son una pura sandez. Ni siquiera hay un chiste en ellas. Que si, de niño, en vez de envolverme en pañales, me envolvían en nóminas... que si le propuse al Ministro el income tax... Y á él, pregunto yo ahora, á él, el muy asno, ¿qué le va ni le viene con que yo proponga el income tax? ¿Qué entiende él de esas materias tan superiores al entendimiento de un escuerzo sietemesino? Luego dice que doy sablazos... calumnia infame, porque si en las horribles trinquetadas que paso, la necesidad me impulsa á pedir el auxilio de un amigo, eso no quiere decir que sea yo un petardista. Pero estas injurias hay que llevarlas con muchísima paciencia, y no dar al infame denostador ni siquiera el gusto de nuestras quejas, porque se engreiría del mal que hace. Desprecio, indiferencia, y que vomite veneno hasta que se le seque el alma. ¡Ah! yo no obsequiaré nunca á esos reptiles con el favor de mis miradas. Y á ese tal le he dado yo calor en mi seno, vean ustedes, porque él va á mi casa, adula á mi familia, se bebe mi vino, y allí parece que nos quiere á todos como hermanos. ¡Valiente bicharraco!... Y digo más: digo que Pantoja también tiene algo de culpa, porque le permite perder el tiempo en hacer estas porquerías... Todos sus mamarrachos los conozco lo mismo que si los hubiera visto, pues Urbanito no omitió detalle. Pasa por tonto este chico; pero yo afirmo que tiene mucho talento, y lo que es á memoria no hay quien le gane. Díjome también que con las iniciales de los títulos de mis cuatro Memorias ha compuesto Guillén el mote de Miau, que me aplica en las aleluyas. Yo lo acepto. Esa M, esa I, esa A y esa U, son, como el Inri, el letrero infamante que le pusieron a Cristo en la cruz... Ya que me han crucificado entre ladrones, para que todo sea completo, pónganme sobre la cabeza esas cuatro letras en que se hace mofa y escarnio de mi gran misión.

XXXVI

Sevillano y Argüelles, que al principio le habían oído con algo de respeto, en cuanto oyeron aquella salida, titubearon entre la compasión y la risa, prevaleciendo al fin la primera, que expresó Sevillano en esta forma:

—Hace bien usted en despreciar tales miserias. Nada más repugnante que hacer burla de un hombre digno y desgraciado. Aquí me trajeron también los muñecos esos; pero no los quise ver... Ahora, si ustedes quieren, tomaremos café.

Entró el mozo con el servicio; Villaamil rehusó cortésmente el obsequio, y los otros dos se sentaron para tomar á gusto, en vaso muy colmadito, el brebaje aromático que es alegría y consuelo de las oficinas.

—Pues le he de decir á usted—manifestó el cesante con la serenidad de un hombre dueño de sus facultades,—que se vaya usted haciendo á la injusticia, que se familiarice con las bofetadas y se acostumbre á la idea de ver á ese piojo pasándole por delante. La lógica española no puede fallar. El pillo delante del honrado; el ignorante encima del entendido; el funcionario probo debajo, siempre debajo. Y agradezca usted que en premio de sus servicios no le limpian el comedero... que no sé, no sé si sacar también esa consecuencia lógica.

—Armo un tiberio, créalo usted, lo armo, pero gordo—dijo el padre de familias entre sorbo y sorbo.—Como le asciendan antes que á mí, crea usted que todo el Colegio de Sordomudos me tendrá que oir.

—Le oirá y callará, y no habrá más remedio que conformarse. Véase mi raciocinio (acercando su silla á las de los bebedores de café). ¿Quién le apoya á usted? Nadie; y digo nadie, porque no le apoya ninguna mujer.

—Eso es verdad,

—Bueno. Cuando veo un nombramiento absurdo, pregunto: ¿quién es ella? Porque es probado; siempre que una nulidad se sobrepone á un empleado útil, ponga usted el oído y escuchará rumor de faldas. ¿Apostamos á que sé quién ha pedido el ascenso del cojo? Pues su prima, la viuda del comandantón aquel que está en Filipinas, esa tal Enriqueta, frescachona, más suelta que las gallinas, de la cual se dice si tuvo que ver ó no tuvo que ver con nuestro egregio Director. Ahora, sabiendo á qué aldabas se agarra ese morral de Guillén, ayúdenme ustedes á sentir. Nada, el amigo Argüelles, con toda su prole arrastras, se quedará ladrando de hambre, y el otro ascenderá, y ole morena.

Sevillano confirmaba con una sonrisa las acres observaciones del trastornado Villaamil, que no lo parecía al decir cosas tan á pelo; y el caballero de Felipe IV se atusaba sus engrasadas melenas y se retorcía el bigote, dándole á la perilla tales tirones, que á poco más se la arranca de cuajo.

—Lo vengo diciendo hace tiempo, ¡cáscaras! Se necesita no tener vergüenza para servir á este cabrón del Estado. Y ya que el amigo Villaamil está hoy de buena pasta, le diremos una cosa que no sabe. ¿Quién recomendó á Víctor Cadalso para que echaran tierra al expediente y encimita le encajaran un ascenso?

—Ello debe de ser cosa de hembras; alguna joven sensible que ande por ahí, porque Víctor las atrapa lindamente.

—Le apoyaron dos Diputados—dijo Sevillano:—hicieron fuerza de vela sin conseguir nada, hasta que vino presión por alto...

—Pero si me ha dicho Ildefonso Cabrera—observó el viejo acalorándose—que ese pelele está liado con marquesas, duquesas y cuanta señorona hay en la alta sociedad...

—No haga usted caso, D. Ramón—indicó Argüelles.—Si, después de todo, su yerno de usted es un cursi... así como suena, un cursilón. No se ve ya un mozo verdaderamente elegante, como los de mi tiempo. Ríase usted de todas esas conquistas de Víctor, que no tiene más amparo que el de mi vecina. En el principal de mi casa vive un marqués... no me acuerdo del título; es valenciano y algo así como Benengeli, algo que suena á morisco. Este marqués tiene una tía, dos veces viuda... una criatura, como quien dice... Mi mujer, que ya pasó de los cincuenta, asegura que estando ella de corto (mi mujer, se entiende), conoció á esa señora en Valencia, ya casada. En fin, que los sesenta y pico no hay quien se los quite, y aunque debió de ser buena moza, ya no hay pintura que la salve ni remiendo que la enderece.

—Y cuando menos, mi yernecito ha seducido toda esa inocencia.

—Aguárdese usted. Es cosa pública en Valencia que el tiburón ese se enamoriscó de Cadalso, y él... también la quiso, por supuesto, con su cuenta y razón. Vinieron juntos á Madrid; enredito allá, enredito aquí. Á mí nadie tiene que contármelo, pues le veo en la calle, esperando á la abuela, porque los marqueses no le permiten entrar en la casa. Ella sale en su coche, muy emperejilada, toda fofa y hueca, con unas témporas así, todo postizo, se entiende, y la cara con más pintura que el Pasmo de Sicilia... Se para en la esquina de Relatores, y allí entra el terror de las doncellas y se van qué sé yo adónde... Y me ha contado el lacayo, que es vecino mío en el sotabanco de la izquierda, que casi todos los días recibe carta la tarasca, y en seguida le larga á su nene tres pliegos... El lacayo echa las cartas al correo, y me cuenta lo que dice el sobre y las señas... Quiñones, 13, segundo.

—Si yo me sorprendiera de esto—declaró Villaamil entre risueño y desdeñoso,—sería un niño de teta. ¡Y esa fantasma ha venido aquí, al templo de la Administración (indignándose), á arrojar sobre el Estado la ignominia de sus recomendaciones en favor de un perdis...!

—No, por aquí no ha parecido, ni lo necesita—apuntó Sevillano.—Con el teclado de sus relaciones, mueven ésas todo el Ministerio, sin poner los pies en él.

—Les basta decir una palabrita á cualquier pájaro gordo. Luego descarga aquí la nota...

—De esas que no piden, sino mandan.

—Á raja tabla... Hágase... Y hecho está, y ole morena,.. No sería malo un buen pararrayos para esas chispas, un Ministro de carácter. ¿Pero dónde está ese Mesías? (dándose fuerte puñetazo en la rodilla). La condenada Administración es una hi de mala hembra con la que no se puede tener trato sin deshonrarse... Pero los que tienen hijos, amigo Argüelles, ¿qué han de hacer sino prostituirse? Á ver, búsquese usted por ahí un felpudito que le ampare. Usted tiene todavía buen ver. Á poco que se emperifolle, le salen las conquistas así... y le pica en el anzuelo una lamprea con conchas... Animarse, pollo... ¡Pues si yo tuviera veinte años menos...!

Sevillano se reía, y Argüelles se pavoneaba henchido de fatuidad, enroscándose aquella birria de bigote pintado... No parecía echar en saco roto la exhortación, porque la edad no le había curado de su vanidad de Tenorio.

—Francamente, señores—manifestó con acento de hombre muy corrido,—nunca me ha gustado el amor como negocio... El amor por el amor. Ni con dinero encima cargo yo con una res como esa de Víctor, contemporánea del andar á pie, y que todo lo tiene postizo, todo absolutamente, créanme ustedes.

—¡Fuera remilgos, y á ellas!—dijo Villaamil, á quien le había entrado hilaridad nerviosa.—No están los tiempos para hacer fu á nada... Este padre de familias es terrible. No le gustan más que las doncellitas tiernas.

—Pues de broma ha dicho usted la verdad. De quince á veinte. Lo demás para bobos.

—¡Vamos, que si le cayera á usted un pimpollo como ese de Víctor!... Porque la tal debe de tener guita, y á su vera no hay bolsillo vacío... Ahora me explico que mi yerno, cuando se le acabaron los dineros que afanó por el enjuague de Consumos, gastaba del capítulo de guerra de esa vejancona... ¡Vamos (dándose otro palmetazo en la rodilla), que vivimos en una condenada época en que no podemos ni siquiera avergonzarnos, porque el estiércol, la condenada costra de estiércol que llevamos en la cara nos lo impide!

Levantóse para salir. Argüelles suspiró y con un gesto despidióse de Sevillano, que se puso á trabajar antes de que salieran.

—Vamos á la oficina—dijo el caballero alguacilado, embozándose en el ferreruelo, cogiendo del brazo á su amigo é internándose por los pasillos;—que ese mal bicho de Pantoja me chillará si tardo. ¡Qué vida, D. Ramón, qué vida!... Y á propósito. ¿No observó usted que mientras hablábamos de la señora que protege á Víctor, Sevillano no chistaba? Es que también él se calza á una momia... sí... ¿no sabía usted? la viuda de aquel Pez y Pizarro que fué Director de Loterías en la Habana, primo de nuestro amigo D. Manuel. Eso lo saben hasta los perros... y ella le protege, le regala cada dos años su ascensito.

—¿Qué me dice usted? (parándose y mirándole cara á cara, en una actitud propiamente dantesca). Conque Sevillano... Sí; ya decía yo que ese chico iba demasiado aprisa. Era yo Jefe de Negociado, cuando entró de aspirante con cinco mil...

Se persignó y siguieron hasta Contribuciones. Pantoja y los demás recibieron al sufrido cesante con sobresalto, temerosos de una escena como la del día anterior. Pero el anciano les tranquilizó con su apacible acento y la serenidad relativa de su rostro. Sin dignarse mirar a Guillén, fué á sentarse junto al Jefe, á quien dijo de manos á boca:

—Hoy me encuentro muy bien, Ventura. He descansado anoche, me despejé, y estoy hasta contento, me lo puedes creer, echando chispas de contento.

—Más vale así, hombre, más vale así—repuso el otro observándole los ojos.—¿Qué traes por acá?

—Nada... la querencia... hoy estoy alegre... ya ves cómo me río (riendo). Es posible que hoy venga por última vez, aunque... te lo aseguro... me divierte, me divierte esta casa. Se ven aquí cosas que le hacen á uno... morir de risa.

El trabajo concluyó aquel día más pronto que de ordinario, porque era día de paga, la fecha venturosa que pone feliz término á las angustias del fin de mes, abriendo nueva era de esperanzas. El día de paga hay en las salas de aquel falansterio más luz, aire más puro y un no sé qué de diáfano y alegre que se mete en los corazones de los infelices jornaleros de la Hacienda pública.

—Hoy os dan la paga—dijo Villaamil á su amigote, suspendiendo aquel reir franco y bonachón de que afectado estaba.

Ya se conocía en el ruido de pisadas, en el sonar de timbres, en el movimiento y animación de las oficinas, que había empezado la operación. Cesaba el trabajo, se ataban los legajos, eran cerrados los pupitres, y las plumas yacían sobre las mesas entre el desorden de los papeles y las arenillas que se pegaban á las manos sudorosas. En algunos departamentos, los funcionarios acudían, conforme les iban llamando, al despacho de los habilitados, que les hacían firmar la nominilla y les daban el trigo. En otros, los habilitados mandaban un ordenanza con los santos cuartos en una hortera, en plata y billetes chicos, y la nominilla. El Jefe de la sección se encargaba de distribuir las raciones de metálico y de hacer firmar á cada uno lo que recibía.

XXXVII

Es cosa averiguada que cuando Villaamil vió entrar al portero con la horterita aquélla, se excitó mucho, acentuando su increíble alegría, y expresándola de campechana manera. «¡Anda, anda, qué cara ponéis todos!... Aquí está ya el santo advenimiento... la alegría del mes... San Garbanzo bendito... ¡Pues apenas vais á echar mal pelo con tantos dinerales!...

Pantoja empezó á repartir. Todos cobraron la paga entera, menos uno de los aspirantes, á quien entregó el Jefe el pagaré otorgado á un prestamista, diciendo: «Está usted cancelado», y Argüelles recibió un tercio no más, por tener retenido lo restante. Cogiólo torciendo el gesto, echando la firma en la nominilla con rasgos que declaraban su furia; y después, el gran Pantoja se guardó su parte pausada y ceremoniosamente, metiendo en su cartera los billetes, y los duros en el bolsillo del chaleco, bien estibaditos para que no se cayesen. Villaamil no le quitaba ojo mientras duró la operación, y hasta que no desapareció la última moneda no dejó de observarle. Le temblaba la mandíbula, le bailaban las manos.

—¿Sales?—dijo á su amigo, levantándose.—Nos iremos de paseo. Yo tengo hoy... muy buen humor...¿no ves?... Estoy muy divertido...

—Yo me quedo un rato más—respondió el honrado, que deseaba quitarse de encima aquella calamidad.—Tengo que ir un rato á Secretaría.

—Pues quédate con Dios... Me largo de paseo... Estoy contentísimo... y de paso, compraré unas píldoras.

—¿Píldoras? Te sentarán bien.

—¡Ya lo creo!... Abur; hasta más ver. Señores, que sea por muchos años... Y que aproveche... Yo bueno, gracias...

En la escalera de anchos peldaños desembocaban, como afluentes que engrasan el río principal, las multitudes que á la misma hora chorreaban de todas las oficinas. Contribuciones y Propiedades descargaban su personal en el piso segundo; descendía la corriente uniéndose luego á la numerosa grey de Secretaría, Tesoro y Aduanas. El humano torrente, haciendo un ruido de mil demonios de peldaño en peldaño, apenas cabía en la escalera, y mezclábanse los pisotones con la charla gozosa y chispeante de un día de paga. En los oídos de Villaamil añadíase al murmullo inmenso el tintineo de los duros, recién guardados en tanta faltriquera. Pensó que el metal de los pesos debía de estar frío aún; pero se calentaría pronto al contacto del cuerpo, y aun se derretiría al de las necesidades. Al llegar al vasto ingreso que separa del pórtico la escalera, veíanse en los patios de derecha ó izquierda afluir las muchedumbres de Impuestos, Tesorería y Giro Mutuo, y antes de llegar á la calle, las corrientes se confundían. Las capas deslucidas abundaban más que los raídos gabanes; pero también los había flamantes, y chisteras lustrosas, destacándose entre la muchedumbre de hongos chafados y verdinegros. El taconeo ensordecía la casa, y Villaamil oía siempre, por cima del rumor de pisadas, aquel tintín de las piezas de cinco pesetas. «Hoy—se dijo, echando toda su alma en un suspiro—han dado casi toda la paga en duros nuevecitos, y algo en pesetas dobles con el cuño de Alfonso».

Al desaguar la corriente en la calle, iba cesando el ruido, y el edificio se quedaba como vacío, solitario, lleno de un polvo espeso levantado por las pisadas. Pero aun venían de arriba destacamentos rezagados de las multitudes oficinescas. Sumaban entre todos tres mil, tres mil pagas de diversa cuantía, que el Estado lanzaba al tráfico devolviendo por modo parabólico al contribuyente parte de lo que sin piedad le saca. La alegría del cobro, sentimiento característico de la humanidad, daba á la caterva aquélla un aspecto simpático y tranquilizador. Era sin duda una honrada plebe anodina, curada del espanto de las revoluciones, sectaria del orden y la estabilidad, pueblo con gabán y sin otra idea política que asegurar y defender la pícara olla; proletariado burocrático, lastre de la famosa nave; masa resultante de la hibridación del pueblo con la mesocracia, formando el cemento que traba y solidifica la arquitectura de las instituciones.

Embozábase Villaamil en su pañosa para resguardarse del frío callejero, cuando le tocaron en el hombro. Volvióse y vió á Cadalso, quien le ayudó á asegurar el embozo liándoselo al cuello.

—¿Qué tiene usted... de qué se ríe usted?

—Es que... estoy esta tarde muy contento... Á bien que á ti no te importa. ¿No puede uno ponerse alegre cuando le da la real gana?

—Sí... pero... ¿Va usted á casa?

—Otra cosa que no es de tu incumbencia. ¿Tú adónde vas?

—Arriba á recoger mi título... Yo también estoy hoy de enhorabuena.

—¿Te han dado otro ascenso? No me extrañaría. Tienes la sartén por el mango. Mira, que te hagan Ministro de una vez; acaba de ponerte el mundo por montera antes que se acaben las carcamales.

—No sea usted guasón. Digo que estoy de enhorabuena, porque me he reconciliado con mi hermana Quintina y el salvaje de su marido. Él se queda con aquella maldecida casa de Vélez-Málaga que no valía dos higos, paga las costas, y yo...

—Suma y van tres... Otra cosa que á mí me tiene tan sin cuidado como el que haya ó no pulgas en la luna. ¿Qué se me da á mí de tu hermana Quintina, de Ildefonso, ni de que hagáis ó no cuantas recondenadas paces queráis?

—Es que...

—Anda, sube, sube pronto y déjame á mí. Porque yo te pregunto: ¿en qué cochino bodegón hemos comido juntos? Tú por tu camino, lleno de flores; yo por el mío. Si te dijera que con toda tu buena suerte no te envidio ni esto... Más quiero honra sin barcos que barcos sin honra. Agur...

No le dió tiempo á más explicaciones, y asegurándose otra vez el embozo, avanzó hacia la calle. Antes de traspasar la puerta, le tiraron de la capa, acompañando el tirón de estas palabras amigables:

—¡Eh, simpático Villaamil, aunque usted no quiera!...

Urbanito Cucúrbitas, pollancón rubio, ralo de pelo, estirado, zancudo y con mucha nuez; semejante á vástago precoz de la raza gallinácea que llaman Cochinchina; vestido con elegante traje á cuadros, cuello larguísimo, de cucurucho, hongo claro; manos y pies inconmensurables, muy limpio y la boca risueña, enseñando hasta los molares, que bien podrían llamarse del juicio si alguno tuviera.

—¡Hola, Urbanito!... ¿Has cobrado tu paga?

—Sí, aquí la llevo (tocándose el bolsillo y haciendo sonar la plata); casi todo en pesetas. Me voy á dar una vuelta por la Castellana.

—¿En busca de alguna conquistilla?... Hombre feliz... Para ti es el mundo. ¡Qué risueño estás! Pues mira; yo también estoy de vena hoy... Dime, ¿y tus hermanitos, han cobrado también sus paguillas? Dichosos los nenes á quienes el Estado les pone la teta en la boca, ó el biberón. Tú harás carrera, Urbanito; yo sostengo que eres muy listo, contra la opinión general que te califica de tonto. Aquí el tonto soy yo. Merezco, ¿sabes qué?; pues que el Ministro me llame, me haga arrodillar en su despacho y me tenga allá tres horas con una coroza de orejas de burro... por imbécil, por haberme pasado la vida creyendo en la moral, en la justicia y en que se deben nivelar los presupuestos. Merezco que me den una carrera en pelo, que me pongan motes infamantes, que me llamen el señor de Miau, que me hagan aleluyas con versos chabacanos para hacer reir hasta á las paredes de la casa... No, si no lo digo en son de queja; si ya ves... estoy contento, y me río... me hace una gracia atroz mi propia imbecilidad.

—Mire usted, querido D. Ramón (poniéndole ambas manos en los hombros). Yo no he tenido arte ni parte en los monigotes. Confieso que me reí un poco cuando Guillén los llevó á mi oficina; no niego que me entró tentación de enseñárselos á mi papá, y se los enseñé...

—Pero si yo no te pido explicaciones, hijo de mi alma.

—Déjeme acabar... Y mi papá se puso furioso y á poco me pega. Total, que enterado Guillén de las cosas que mi papá dijo, salió á espetaperros de nuestra oficina, y no ha vuelto á parecer. Yo digo que ello puede pasar como broma de un rato. Pero ya sabe usted que le respeto, que me parece una tontería juntar las iniciales de sus cuatro Memorias que nada significan, para sacar una palabra ridícula y sin sentido.

—Poco á poco, amiguito (mirándole á los ojos). Á que la palabra Miau sea una sandez, no tengo nada que objetar; pero no estoy conforme con que las cuatro iniciales no encierren una significación profunda...

—¡Ah!... ¿sí? (suspenso).

—Porque es preciso ser muy negado ó no tener pizca de buena fe para no reconocer y confesar que la M, la I, la A y la U, significan lo siguiente: Mis... Ideas... Abarcan... Universo.

—¡Ah!... ya... bien decía yo... Don Ramón, usted debe cuidarse.

—Si bien no faltará quien sostenga... y yo no me atrevería á contradecirlo de plano... quien sostenga, quizás con algún fundamento, que las cuatro misteriosas letras rezan esto: Ministro... I... Administrador... Universal.

—Pues mire usted, esa interpretación me parece una cosa muy sabia y con muchísimo intríngulis.

—Lo que yo te digo: hay que examinar imparcialmente todas las versiones, pues éste dice una cosa, aquél sostiene otra, y no es fácil decidir... Yo te aconsejo que lo mires despacio, que lo estudies, pues para eso te da el Gobierno un sueldo, sin ir á la oficina más que un ratito por la tarde, y eso no todos los días... Y que tus hermanitos lo estudien también con el biberón de la nómina en los labios. Adiós; memorias á papá. Dile que crucificado yo, por imbécil, en el madero afrentoso de la tontería, á él le toca darme la lanzada, y á Montes la esponja con hiel y vinagre, en la hora y punto en que yo pronuncie mis Cuatro Palabras, diciendo: Muerte... Infamante... Al... Ungido... Esto de ungido quiere decir... para que te enteres... lleno de basura, ó embadurnado todo de materias fétidas y asquerosas, que son el símbolo de la zanguanguería, ó llámese principios.

—Don Ramón... ¿va usted á su casa? ¿quiere que le acompañe? Tomaré un coche.

—No, hijo de mi alma; vete á tu paseíto. Yo me voy pian pianino. Antes tengo que comprar unas píldoras... aquí en la botica.

—Pues le acompañaré... y si quiere que veamos antes á un médico...

—¡Médico! (riendo desaforadamente). Si en mi vida me he sentido más sano, más terne... Déjame á mí de médicos. Con estas pildoritas...

—De veras, ¿no quiere que le acompañe?

—No, y digo más: te suplico que no lo hagas. Tiene uno sus secretillos, y el acto, al parecer insignificante, de comprar tal ó cual medicina, puede evocar el pudor. El pudor, chico, aparece donde menos se piensa. ¿Qué sabes tú si soy yo un joven, digo, un anciano disoluto? Conque vete por tu camino, que yo tomo el de la farmacia. Adiós, niño salado, chiquitín del Ministerio, diviértete todo lo que puedas; no vayas á la oficina más que á cobrar; haz muchas conquistas; pica siempre muy alto; arrímate á las buenas mozas, y cuando te lleven á informar un expediente, pon la barbaridad más gorda que se te ocurra... Adiós, adiós... Sabes que se te quiere.

Fuese el pollancón por la calle de Alcalá abajo, y Villaamil, después de cerciorarse de que nadie le seguía, tomó en dirección de la Puerta del Sol, y antes de llegar á ella, entró en la que llamaba botica; es á saber: en la tienda de armas de fuego que hay en el número 3.

XXXVIII

Notaban aquellos días doña Pura y su hermana algo desusado en las maneras, en el lenguaje y en la conducta del buen Villaamil, que si en actos de relativa importancia se mostraba excesivamente perezoso y apático, en otros de ningún valor y significación desplegaba brutales energías. Tratóse de la boda de Abelarda, de señalar fecha y de fijar ciertos puntos á tan gran suceso pertinentes, y el hombre no dijo esta boca es mía. Ni la bonita herencia de su futuro yerno (pues ya se había llevado Dios al tío notario) le arrancó una sola de aquellas hipérboles de entusiasmo que de la boca de doña Pura salían á borbotones. En cambio, á cualquier tontería daba Villaamil la importancia de suceso transcendente, y por si su mujer cerró la puerta con algún ruido (resultado de lo tirantes que tenía los nervios), ó por si le habían quitado, para ensortijarse la cabellera, un número de La Correspondencia, armó un cisco que hubo de durar media mañana.

También merece notarse que Abelarda acogió la formalización de su boda con suma indiferencia, la cual, á los ojos de la primera Miau, era modestia de hija modosa bien educada, sin más voluntad que la de sus padres. Los preparativos, en atención al ahogo de la familia, habían de ser muy pobres, casi nulos, limitándose á algunas prendas de ropa interior, cuya tela se adquirió con un donativo de Víctor, del cual no se dió cuenta á Villaamil para evitar susceptibilidades. Debo advertir que desde la escena aquella en las Comendadoras, Víctor apenas paraba en la casa. Rarísimas noches entraba á dormir, y comía y almorzaba fuera todos los días. Los tertulios de la casa eran los mismos, excepto Pantoja y familia, que escaseaban sus visitas, sin que doña Pura penetrase la causa de este desvío, y Guillén, que definitivamente se eclipsó, muy á gusto de las tres Miaus. Las repetidas ausencias de Virginia Pantoja motivaron gran atraso en los ensayos de la pieza. Á la señorita de la casa se le olvidó en absoluto su papel, y por estas razones y por la desgana de fiestas que Pura sentía mientras no se resolviera el problema de la colocación de su esposo, fué abandonado el proyecto de función teatral.

Federico Ruiz, consecuente siempre, iba algunos ratos por las tardes, pidiendo mil perdones á las Miaus por quitarles su tiempo, pues no ignoraba que debían de estar sobre un pie con los preparativos... ¡Dichosos preparativos, y cuántos castillos y torres edificó sobre cimiento tan frágil la imaginación fecunda de la esposa de Villaamil!... Una mañana entró Ruiz muy sofocado, seguido de su mujer, ambos despidiendo alegría de sus ojos, ebrios de júbilo, deseando que los amigos participaran de su dicha.

Vengo—dijo él casi sin aliento—á que nos den la enhorabuena. Sé que nos quieren y que se alegrarán de verme colocado.

Tanto Federico como Pepita fueron sucesivamente abrazados por las tres Miaus. En esto salió de su despacho olfateando alegría el buen Villaamil, y antes de que Ruiz tuviera tiempo de embocarle la venturosa nueva, le cogió en los brazos, diciéndole:

—Sea mil y mil veces enhorabuena, queridísimo... Bien merecido lo tiene, y muy requetebién ganado.

—Gracias, muchísimas gracias—dijo Ruiz constreñido en los enormes brazos de Villaamil, que apretaba con nerviosa contracción.—Pero, por la Virgen Santísima, no me apriete tanto, que me va á ahogar... D. Ramón... ¡ay, ay! que me hace añicos...

—Pero, hombre—dijo Pura á su marido sorprendida y temerosa,—¿qué manera de abrazar?

—Es que...—balbució el cesante—quiero darle un parabién bien dado... una enhorabuena de padre y muy señor mío, para que le quede memoria de mí y de lo muy contento que estoy por su triunfo. ¿Y qué es ello?

—Una comisioncilla en Madrid mismo... esa es la ganga... para estudiar y proponer mejoras en el estudio de las ciencias naturales... á fin de que resulte práctico.

—¡Oh, cosa buena!... Ni sé cómo no se les había ocurrido antes. ¡Y este mísero País vive ignorando cómo se enseñan las ciencias naturales! Felizmente, ahora, amigo Ruiz, vamos á salir de dudas... Nuestro sabio Gobierno tiene una mano para escoger el personal... Así está la Nación reventando de gusto. Pues digo, si tendrá su aquel la comisioncita. Golpes de esos bastan á salvar la patria oprimida... En fin, lo celebro mucho... Y digo más, Sr. de Ruiz; si usted está de enhorabuena, no lo está menos el País, que debe ponerse á tocar las castañuelas al saber que tiene quien le estudie eso... ¿verdad? Con su permiso, me vuelvo á trabajar. Mil millones de plácemes.

Sin esperar lo que Federico contestaba á estas expansiones calurosas, el buen hombre se metió de rondón en su despacho. Algo extrañó á los Ruíces, lo mismo que á las Miaus, aquella manera desordenada y estrepitosa de dar enhorabuenas; pero disimularon su extrañeza. Fuéronse los felicitados para seguir sus visitas de dar parte, cosechando á granel las felicitaciones. Y no era la comisioncita el único motivo de contento que Ruiz aquella mañana tenía, pues el correo le trajo nueva satisfacción con que no contaba. Era nada menos que el diploma de una sociedad portuguesa, cuyo objeto es enaltecer á los que realizan actos heroicos en los incendios, y también á los que propagan por escrito las mejores teorías sobre este útil servicio. Todo individuo perteneciente á dicha asociación tenía derecho, según rezaba el diploma, á usar el título de Bombeiro, salvador da humanidade, y á ponerse un vistosísimo uniforme con relucientes bordados. El figurín de la deslumbradora casaca acompañaba al nombramiento. ¡Si estaría hueco el hombre con su comisión (de que dependía el porvenir científico de España), con los honores de bombeiro, y con la librea reluciente que pensaba lucir en la primera coyuntura pública y solemne que se le presentase!

Luisito salió á paseo aquella tarde con Paca, y al volver se puso á estudiar en la mesa del comedor. Pasado el extrañísimo, increíble arrechucho de Abelarda en la famosa noche de que antes hablé, el cerebro de la insignificante quedó aparentemente restablecido, hasta el punto de que un olvido benéfico y reparador arrancó de su mente los vestigios del acto. Apenas lo recordaba la joven con la inseguridad de sueño borroso, como pesadilla estúpida cuya imagen se desvanece con la luz y las realidades del día. Ocupábase en coser su ajuar, y Luis, cansado del estudio, se entretenía en quitarle y esconderle los carretes de algodón. «Chiquillo—le dijo su tía sin incomodarse,—no enredes. Mira que te pego». En vez de pegarle, le daba un beso, y el sobrinillo se envalentonaba más, ideando otras travesuras, como suyas, poco maliciosas. Pura ayudaba á su hija en los cortes, y Milagros funcionaba en la cocina, toda tiznada, el mandilón hasta los pies. Villaamil siempre encerrado en su leonera. Tal era la situación de los individuos de la familia, cuando sonó la campanilla y cátate á Víctor. Sorprendiéronse todos, pues no solía ir á semejante hora. Sin decir nada pasó á su cuartucho, y se le sintió allí lavándose y sacando ropa del baúl. Sin duda estaba convidado á una comida de etiqueta. Esto pensó Abelarda, poniendo especial estudio en no mirarle ni dirigir siquiera los ojos á la puerta del menguado aposento.

Pero lo más singular fué que á poco de la entrada del monstruo, sintió la sosa en su alma, de improviso, con aterradora fuerza, la misma perturbación de la noche de marras. Estalló el trastorno cerebral como una bomba, y en el mismo instante toda la sangre se le removía, amargor de odio hacíale contraer los labios, sus nervios vibraban, y en los tendones de brazos y manos se iniciaba el brutal prurito de agarrar, de estrujar, de hacer pedazos algo, precisamente lo más tierno, lo más querido y por añadidura lo más indefenso. Tuvo Cadalsito, en tan crítica ocasión, la mala idea de tirarle del hilo de unos hilvanes, y la tela se arrugó... «Chiquillo, si no te estás quieto, verás», gritó Abelarda, con eléctrica conmoción en todo el cuerpo, los ojos como ascuas. Quizás no habría pasado á mayores; pero el tontín, queriendo echárselas de muy pillo, volvió á tirar del hilo, y... aquí fué Troya. Sin darse cuenta de lo que hacía, obrando cual inconsciente mecanismo que recibe impulso de origen recóndito, Abelarda tendió un brazo, que parecía de hierro, y de la primera manotada le cogió de lleno á Luis toda la cara. El restallido debió de oírse en la calle. Al hacerse para atrás, vaciló la silla en que el chico estaba, y ¡pataplúm!, al suelo.

Doña Pura dió un chillido... «¡Ay, hijo de mi alma!... ¡mujer!», y Abelarda, ciega y salvaje, de un salto cayó sobré la víctima, clavándole los dedos furibundos en el pecho y en la garganta. Como las fieras enjauladas y entumecidas recobran, al primer rasguño que hacen al domador, toda su ferocidad, y con la vista y el olor de la primera sangre pierden la apatía perezosa del cautiverio, así Abelarda, en cuanto derribó y clavó las uñas á Luisito, ya no fué mujer, sino el ser monstruoso creado en un tris por la insana perversión de la naturaleza femenina. «¡Perro, condenado... te ahogo! ¡embustero, farsante... te mato!», gruñía rechinando los dientes; y luego buscó con ciego tanteo las tijeras para clavárselas. Por dicha, no las encontró á mano.

Tal terror produjo el acto en el ánimo de doña Pura, que se quedó paralizada sin poder acudir á evitar el desastre, y lo que hizo fué dar chillidos de angustia y desesperación. Acudió Milagros, y también Víctor en mangas de camisa. Lo primero que hicieron fué sacar al pobre Cadalsito de entre las uñas de su tía, operación no difícil, porque pasado el ímpetu inicial, la fuerza de Abelarda cedió bruscamente. Su madre tiraba de ella, ayudándola á levantarse, y de rodillas aún, convulsa, toda descompuesta, su voz temblorosa y cortada, balbucía:

—Ese infame... ese trasto... quiere acabar conmigo... y con toda la familia...

—Pero, hija, ¿qué tienes?...—gritaba la mamá sin darse cuenta del brutal hecho, mientras Víctor y Milagros examinaban á Luisito, por si tenía algún hueso roto. El chico rompió á llorar, el rostro encendido, la respiración fatigosa.

—¡Dios mío, qué atrocidad!—murmuró Víctor ceñudamente.

Y en el mismo instante se determinaba en Abelarda una nueva fase de la crisis. Lanzó tremendo rugido, apretó los dientes, rechinándolos, puso en blanco los ojos y cayó como cuerpo muerto, contrayendo brazos y piernas y dando resoplidos. Aparece entonces Villaamil pasmado de aquel espectáculo: su hija con pataleta, Luisito llorando, la cara rasguñada, doña Pura sin saber á quién atender primero, los demás turulatos y aturdidos.

—No es nada—dijo al fin Milagros, corriendo á traer un vaso de agua fría para rociarle la cara á su sobrina.

—¿No hay por ahí éter?—preguntó Víctor.

—Hija, hija mía—exclamó el padre,—¿qué te pasa? Vuelve en ti.

Había que sujetarla para que no se hiciese daño con el pataleo incesante y el bracear violentísimo. Por fin, la sedación se inició tan enérgica como había sido el ataque. La joven empezó á exhalar sollozos, á respirar con esfuerzo como si se ahogara, y un llanto copiosísimo determinó la última etapa del tremendo acceso. Por más que intentaban consolarla, no tenía término aquel río de lágrimas. Lleváronla á su lecho, y en él siguió llorando, oprimiéndose con las manos el corazón. No parecía recordar lo que había hecho. Entre Villaamil y Cadalso habían conseguido acallar á Luisito, convenciéndole de que todo había sido una broma un poco pesada.

De repente el jefe de la familia se cuadró ante su yerno, y con temblor de mandíbula, intensa amarillez de rostro y mirada furibunda, gritó:

—De todo esto tienes tú la culpa, danzante. Vete pronto de mi casa, y ojalá no hubieras entrado nunca en ella.

—¡Que tengo yo la culpa!... ¡Pues no dice que yo...!—respondió el otro descaradamente.—Ya me parecía á mí que no estaba usted bueno de la jícara...

—La verdad es—observó Pura, saliendo del cuarto próximo,—que antes de que tú vinieras no pasaban en mi casa estas cosas que nadie entiende.

—¡Ahí también usted... No parece sino que me hacen un favor con tenerme aquí. ¡Y yo creí que les ayudaba á pasar la travesía del ayuno! Si me marcho, ¿dónde encontrarán un huésped mejor?

Villaamil, ante tanta insolencia, no encontraba palabras para expresar su indignación. Acarició el respaldo de una silla, con prurito de blandirla en alto y estampársela en la cabeza á su hijo político. Pudo dominar las ganas que de esto tenía, y reprimiendo su ira con fortísima rienda, le dijo con voz hueca de sochantre:

—Se acabaron las contemplaciones. Desde este momento estás de más aquí. Recoge tus bártulos y toma el portante, sin ningún género de excusas ni aplazamiento.

—No se apure usted... No parece sino que estoy en Jauja.

—Jauja ó no Jauja (á punto de estallar), ahora mismo fuera. Vete á vivir con los esperpentos que te protegen. ¿De qué te sirve esta familia pobre y desgraciada? Aquí no hay credenciales, ni destinos, ni recomendaciones, ni nada, como dijo el otro. Y en esta pobreza honrada somos felices. ¿No ves lo contento que yo estoy? (Castañeteando los dientes.) En cambio tú no tendrás paz en el pináculo de tus glorias, alcanzadas por el deshonor... Pronto, á la calle... El señor de Miau quiere perderte de vista.

Víctor lívido, doña Pura asustada, Luisito con ganas de romper á llorar nuevamente, Milagros haciendo pucheros...

—Bien—dijo Cadalso con aquella gallardía que sabía poner en sus resoluciones, siempre que eran mortificantes.—Me voy. También yo lo deseaba, y no lo había hecho por caridad, porque soy aquí un sostén, no una carga. Pero la separación será absoluta. Me llevo á mi hijo.

Las dos Miaus le miraron aterradas. Villaamil apretó con ferocidad los dientes.

—¿Pues qué...? Después de lo que ha pasado hoy—añadió Víctor,—¿todavía pretenden que yo deje aquí á este pedazo de mi vida?

La lógica de esto argumento desconcertó á lodos los Miaus de ambos sexos.

—¡Pero qué tonto!—insinuó doña Pura con ganas de capitular,—¿crees tú que esto volverá á pasar? ¿Y adónde vas con tu hijo, adónde? Si el pobrecito no quiere separarse de nosotros.

Poco le faltaba para llorar. Milagros dijo:

—No, lo que es el niño no sale de aquí.

—¡Vaya si sale!—sostuvo Cadalso con brutal resolución.—Á ver: saque usted toda la ropita de mi hijo para juntarla con la mía.

—Pero, ¿adónde le llevas?, bobo, simple... ¡Qué cosas se te ocurren tan disparatadas!

—Por sabido se calla. Su tía Quintina le criará y le educará mejor que ustedes.

Doña Pura se sentó, atacada de gran congoja, sudor frío y latidos dolorosos del corazón. Vaya, que después de la hija, la madre iba á caer con la pataleta. Villaamil dió una vuelta sobre sí mismo, como si le hiciera girar el vértice de un ciclón interior, y después de parar en firme; abrióse de piernas, alzó los brazos enormes, simulando la figura de San Andrés clavado en las aspas, y rugió con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Que se lo lleve... que se lo lleve con mil demonios! Mujeres locas, mujeres cobardes, ¿no sabéis que Morimos... Inmolados... Al... Ultraje?

Y tropezando en las paredes corrió hacia el gabinete. Su mujer fué detrás, creyendo que iba disparado á arrojarse por el balcón á la calle.

XXXIX

—No cedo, no cedo—dijo Víctor á Milagros, al quedarse solo con ella.—Me llevo á mi hijo. ¿Pero no comprende usted que no podré vivir con tranquilidad dejándole aquí después de lo que ha pasado hoy?

—¡Por Dios, hijo!—le respondió con dulzura la pudorosa Ofelia, queriendo someterle por buenas.—Todo ello es una tontería... No volverá á suceder. ¿No ves que es nuestro único consuelo este mocoso?... y si nos le quitas...

La emoción le cortaba la palabra. Calló la artista, tratando de disimular su pena, pues harto sabía que como la familia mostrase vivo interés en la posesión de Luisito, esto sólo era motivo suficiente para que el monstruo se obstinase en llevársele. Creyó oportuno dejar el delicado pleito en las manos diplomáticas de doña Pura, que sabía tratar á su yerno combinando la energía con la suavidad. Al ir la Miau mayor al gabinete en seguimiento de su marido, le encontró arrojado en un sillón, la cabeza entre las manos.

—¿Qué te parece que debemos hacer?—le dijo ella confusa, pues no había tenido tiempo aún de tomar una resolución. Grande, inmensa fué la sorpresa de doña Pura, cuando su marido, irguiendo la frente, respondió estas inverosímiles palabras:

—Que se lo lleve cuando quiera. Será un trance doloroso verle salir de aquí; pero ¡qué remedio!... Por lo demás, no hay que remontarse, y digo más... digo que, en efecto, mejor estará el chiquillo con Quintina que con... vosotras.

Al oir esto, la figura de Fra Angélico examinó en silencio, atónita, el turbado rostro del cesante. La sospecha de que empezaba á perder la razón, confirmóse entonces, oyéndole decir aquel gran desatino. «¡Que estará mejor con Quintina que con nosotras! Tu no estás en tu juicio, Ramón».

—Y dejando á un lado lo que al niño convenga (atenuando su crueldad), Víctor es su padre, y tiene sobre él más autoridad que nosotros. Si él quiere llevársele...

—Es que no querrá... ¡Pues no faltaba otra! Verás cómo arreglo yo á ese truhán...

—Yo no le diría una palabra, ni me rebajaría á tratar con él (cayendo en gran aplanamiento, sedación enérgica de su furia pasada). Yo le dejaría hacer su gusto. Tiene la autoridad, ¿sí ó no? Pues si la tiene, á nosotros nos corresponde callar y sufrir.

—¿Pues no dice que callemos y suframos (espantada y briosa), cuando ese vil nos quiere quitar nuestra única alegría?... Tú no estás bueno. Te aseguro que Víctor se llevará al niño, pero ha de ser á la fuerza, atropellándonos, y no sin que yo le arranque las orejas á ese perro.

—Pues mi opinión es no cuestionar con semejante tipo... Se me figura que si le veo otra vez delante de mí, le muerdo... Siento algo como una ansiedad física de clavar los dientes en alguien. Créelo, mujer, la Administración está deshonrada; ya no podrá decir el probo y sufrido personal de Hacienda, como se decía antes. Y lo que en cuanto á nivelación del presupuesto, que se limpien. Con esta chusma que va invadiendo la casa, es imposible.

—¿Pero á qué me sacas ahora la Administración (exaltada), ni qué tiene que ver el burro con las témporas? ¡Ay, Ramón, tú no estás bueno! Déjame á mí de probos... Que les parta un rayo. Mírate en tu espejo, y abre esos ojos, ábrelos...

—¡Abiertos, muy abiertos los tengo! (Intencionadamente.) ¡Y qué horizontes ante mí!

Viendo que no podía ponerse de acuerdo con su marido, volvió á emprenderla con Víctor, que no había salido aún. Contra la creencia de Pura, el otro continuaba inflexible, sosteniendo su acuerdo con tenacidad digna de mejor causa. Á entrambas Miaus se les habría podido ahogar con un cabello, y Abelarda, confesándose autora del conflicto, lloraba en su lecho como una Magdalena. Entre atender á su hija y discutir con Víctor, doña Pura tenía que duplicarse, corriendo de aquí para allí, mas sin poder dominar la aflicción de la una ni la implacable contumacia del otro. Nunca había visto al guapo mozo tan encastillado en una resolución, ni encontraba el busilis de tanta crueldad y firmeza. Para ello habría sido preciso estar al tanto de lo ocurrido el día anterior en casa de los de Cabrera. Éste ganó en segunda instancia el famoso pleito de la casucha de Vélez-Málaga, siendo Víctor condenado á reintegrar el valor de la finca y al pago de costas. El irreconciliable Ildefonso le había echado ya el dogal al cuello y disponíase á apretar, reteniéndole la paga, persiguiéndole y acosándole sin piedad ni consideración. Pero del fallo judicial tomó pie la muy lagarta de Quintina para satisfacer sus aspiraciones maternales, y engatusando á Cabrera con estudiadas zalamerías y carantoñas, obtuvo de él que aprobara las bases del siguiente convenio: «Se echaría tierra al asunto; Ildefonso pagaría las costas (quedándose con la casa, se entiende). Y Víctor les entregaría á su hijo». Vió el cielo abierto Cadalso, y aunque le hacía mala boca arrancar al chiquillo del poder y amparo de sus abuelos, hubo de aceptar á ojos cerrados. Todo se reducía á pasar un mal rato en casa de las Miaus, á recibir algún arañazo de Pura y otro de Milagros y una dentellada quizás de Villaamil. He aquí muy claro el móvil de la determinación por la cual hubo de cambiar de casa y de familia el célebre Cadalsito.

En lo más recio del trajín que Milagros y Pura traían, corriendo de Abelarda inconsolable á Víctor inflexible, con escala en Luisito, que también había vuelto á gimotear, entró Ponce. No podía venir en peor ocasión, y su presunta suegra, contrariada con la visita, le enchiqueró en la sala para decirle: «Ese trasto de Víctor nos ha hecho una pillada. Hemos tenido aquí hoy una verdadera tragedia. Figúrese usted que ha dado en llevarse al chiquitín, arrancándolo de este hogar, donde se ha criado. Estamos consternadísimas. Abelarda, al ver que ese verdugo se llevaba al niño á viva fuerza, cayó con un síncope atroz, pero atroz. En la cama la tenemos, hecha un mar de llanto. ¡Ay, hijo, qué rato hemos pasado!»

Por fin, como Abelarda estaba vestida sobre el lecho, se permitió á Ponce pasar á verla. La insignificante no lloraba ya; tenía los ojos encendidos, los miembros desmadejados. El ínclito mancebo se sentó á la cabecera, apretándole la mano y permitiéndose el inefable exceso de besársela cuando no estaba presente la mamá, quien repitió delante de su hija la versión dada al novio sobre el suceso del día.

—¡Pero qué malo es ese hombre!—dijo el crítico á su amada.—Es una bestia apocalíptica.

—No lo sabes tú bien—respondió la chica, mirando fijamente á su novio mientras éste se acariciaba con el pañuelo sus siempre húmedos lagrimales.—Alma más negra no echó Dios al mundo... ¡Mira tú que es maldad; querer quitarnos á Luisito, nuestro encanto, nuestra dicha! Desde que nació está con nosotras. Nos debe la vida, porque le hemos cuidado como á las niñas de nuestros ojos; le sacamos adelante del sarampión y la tos ferina, con mil sacrificios. ¡Qué ingratitud, y qué infamia! Ya ves lo pacífica que soy. Más que pacífica soy cobarde, inofensiva, pues hasta cuando mato una pulga me da lástima del pobre animalito. Pues bien; á ese hombre, si á mano le tuviera, creo que le atravesaría de parte á parte con un cuchillo... Para que veas.

—Sosiégate, minina—dijo Ponce con voz meliflua.—Estás excitada. No hagas caso tú. ¿Me quieres mucho?

—¡Vaya si te quiero!—replicó Abelarda, plenamente decidida á tirarse por el Viaducto, es decir, á casarse con Ponce.

—Tu mamá te habrá dicho que hemos fijado el 3 de Mayo, día de la Cruz. ¡Qué largo me está pareciendo el tiempo y con que lentitud corren noches y días.

—Pero todo llega... Detrás de un día viene otro—dijo Abelarda mirando al techo.—Todos los días son enteramente iguales.

Las conferencias entre las dos Miaus y Víctor duraron hasta que éste salió vestido de etiqueta, y toda la diplomacia de la una y los ruegos quejumbrosos de la otra no ablandaron el duro corazón de Cadalso. Lo más que obtuvieron fué aplazar la traslación de Luis hasta el día siguiente. Enterado Villaamil de esto, salió y dijo á su yerno con sequedad:

—Yo te prometo, te doy mi palabra de que lo llevaré yo mismo á casa de Quintina. No hay más que hablar... No necesitas tú volver más acá.

Á esto respondió el monstruo que por la noche volvería á mudarse de ropa, añadiendo benévolamente que el acto de llevarse al hijo no significaba prohibición de que le vieran sus abuelos, pues podían ir á casa de Quintina cuando gustaran, y que así lo advertiría él á su hermana.

—Gracias, señor elefante—dijo doña Pura con desdén.

Y Milagros:

—Lo que es yo... ¿allá?... ¡Estás tú fresco!

Faltaba todavía un dato importante para apreciar la gravedad del asunto; faltaba conocer la actitud del interesado, si se prestaría de buen grado á cambiar de familia, ó si, por el contrario, se resistiría con la irreductible firmeza propia de la edad inocente. Su abuela, en cuanto el monstruo se fué, empezó á disponer el ánimo del chico para la resistencia, asegurándole que la tía Quintina era muy mala, que le encerraría en un cuarto obscuro, que la casa estaba llena de unas culebronas muy grandes y de bichos venenosos. Oía Cadalsito estas cosas con incredulidad, porque realmente eran papas demasiado gordas para que las tragase un niño ya crecidito y que empezaba á conocer el mundo.

Aquella noche nadie tuvo apetito, y Milagros se llevaba para la cocina las fuentes lo mismo que habían ido al comedor. Villaamil no desplegó los labios sino para desmentir las terroríficas pinturas que su mujer hacía del domicilio de Cabrera. «No hagas caso, hijo mío; la tía Quintina es muy buena, y te cuidará y te mimará mucho. No hay allí sapos ni culebras, sino las cosas más bonitas que puedes imaginarte; santos que parece que están hablando, estampas lindísimas y altares soberbios, y... la mar de cosas. Vas á estar muy á gusto».

Oyendo esto, Pura y Milagros se miraban atónitas, sin poder explicarse que el abuelo se pasase descarada y cobardemente al enemigo. ¿Qué vena le daba de apoyar la inicua idea de Víctor, llegando hasta defender á Quintina y pintando su casa como un paraíso infantil? ¡Lástima que la familia no estuviera en fondos, pues de lo contrario, lo primero sería llamar á un buen especialista en enfermedades de la cabeza para que estudiara la de Villaamil y dijere lo que dentro de ella ocurría.

XL

Cadalsito tampoco tuvo ganas de comer y menos de estudiar. Mientras le acostaban, la tiíta, completamente repuesta de aquel salvaje desvarío y sin tener de él más que vaga reminiscencia, le besó y le hizo extremadas caricias, no sin cierta escama del pequeño y aun de doña Pura. Milagros se quedó allí á dormir aquella noche, por lo que pudiera tronar.

Luis cogió pronto el sueño; pero á media noche despertó con los síntomas anunciadores de la visión. Su tía Milagros cuidó de arroparle y hacerle mimos, acostándose al fin con él para que se tranquilizase y no tuviera miedo. Lo primero que vió el chiquillo al adormilarse, fué una extensión vacía, un lugar indeterminado, cuyos horizontes se confundían con el cielo, sin accidente alguno, casi sin términos, pues todo era igual, lo próximo y lo lejano. Discurrió si aquello era suelo ó nubes, y luego sospechó si sería el mar, que nunca había visto más que en pintura. Mar no debía de ser, porque el mar tiene olas que suben y bajan, y la superficie aquélla era como la de un cristal. Allá lejos, muy lejos, distinguió á su amigo el de la barba blanca, que se aproximaba lentamente recogiendo el manto con la mano izquierda y apoyándose con la otra en un bastón grande ó báculo como el que usan los obispos. Aunque venía de muy lejos y andaba despacio, pronto llegó delante de Cadalsito, sonriendo al verle. Acto continuo se sentó. ¿Dónde, si allí no había piedra ni silla? Todo ello era maravilloso en grado sumo, pues por encima de los hombros del Padre vió Luis el respaldo de uno de los sillones de la sala de su casa. Pero lo más estupendo de todo fué que el buen abuelo, inclinándose hacia él, le acarició la cara con su preciosa mano. Al sentir el contacto de los dedos que habían hecho el mundo y cuanto en él existe, sintió Cadalso que por su cuerpo corría un temblor gustosísimo.

—Vamos á ver—le dijo el amigo,—he venido desde la otra parte del mundo sólo por echar un párrafo contigo. Ya sé que te pasan cosas muy raras. Tu tía... ¡Parece mentira que queriéndote tanto!... ¿Tú entiendes esto? Pues yo tampoco. Te aseguro que cuando lo vi, me quedé como quien ve visiones. Luego tu papá, empeñado en llevarte con la tía Quintina... ¿Sabes tú el porqué de estas cosas?

—Pues yo—opinó Luis con timidez, asombrándose de tener ideas propias ante la sabiduría eterna—creo que de todo lo que está pasando tiene la culpa el Ministro.

—¡El Ministro! (asombrado y sonriente).

—Sí, señor, porque si ese tío hubiera colocado á mi abuelo, todos estarían contentos y no pasaría nada.

—¿Sabes que me estás pareciendo un sabio de tomo y lomo?

—Mi abuelo furioso porque no le colocan y mi abuela lo mismo, y mi tía Abelarda también. Y mi tía Abelarda no puede ver á mi papá, porque mi papá le dijo al Ministro que no colocara á mi abuelo. Y como no se atreve con mi papá, porque puede más que ella, la emprendió conmigo. Después se puso á llorar... Dígame, ¿mi tía es buena ó es mala?

—Yo estoy en que es buena. Hazte cuenta que el achuchón de hoy fué de tanto como te quiere.

—¡Vaya un querer! Todavía me duele aquí, donde me clavó las uñas... Me tiene mucha tirria desde un día que le dije que se casara con mi papá. ¿Usted no sabe? Mi papá la quiere; pero ella no le puede ver.

—Eso sí que es raro.

—Como usted lo oye. Mi papá le dijo una noche que estaba enamoradísimo de ella, por lo fatal... ¿sabe? y que él era un condenado, y qué sé yo qué...

—¿Pero á ti quien te mete á escuchar lo que dicen las personas mayores?

—Yo... estaba allí... (alzando los hombros).

—¡Vaya, vaya! ¡Qué cosas ocurren en tu casa! Se me figura que estás en lo cierto: el pícaro del Ministro tiene la culpa de todo. Si hubiera hecho lo que yo le dije, nada de esto pasaría. ¿Qué le costaba, en aquella casona tan llena de oficinas, hacer un hueco para ese pobre señor? Pero nada, no hacen caso de mí, y así anda todo. Verdad que tienen que atender á éste y al otro, y cuanto yo les digo, por un oído les entra y por otro les sale.

—Pues que le coloquen ahora... ¡vaya! Si usted va allá y lo manda pegando un bastonazo fuerte con ese palo en la mesa del Ministro...

—¡Quiá! No hacen caso. Pues si consistiera en bastonazos, por eso no había de quedar. Los doy tremendos, y como si no.

—Entonces, ¡contro! (envalentonado por tanta benevolencia), ¿cuándo le van á colocar?

—Nunca—declaró el Padre con serenidad, como si aquel nunca en vez de ser desesperante fuera consolador.

—¡Nunca! (no entendiendo que esto se dijera con tanta calma). ¡Pues estamos aviados!

—Nunca, sí, y te añadiré que lo he determinado yo. Porque verás: ¿para qué sirven los bienes de ese mundo? Para nada absolutamente. Esto, que tú habrás oído muchas veces en los sermones, te lo digo yo ahora con mi boca, que sabe cuanto hay que saber. Tu abuelito no encontrará en la tierra la felicidad.

—¿Pues dónde?

—Parece que eres bobo. Aquí, á mi lado. ¿Crees que no tengo yo ganas de traérmele para acá?

—¡Ah!... (abriendo la boca todo lo que abrirse podía). Entonces... eso quiere decir que mi abuelo se muere.

—Y verdaderamente, chico, ¿á cuento de qué está tu abuelo en este mundo feo y malo? El pobre no sirve ya para nada. ¿Te parece bien que viva para que se rían de él, y para que un Ministrillo le esté desairando todos los días?

—Pero yo no quiero que se muera mi abuelo...

—Justo es que no lo quieras... pero ya ves... él está viejo, y, créelo, mejor le irá conmigo que con vosotros. ¿No lo comprendes?

—Sí (diciendo que sí por cortesía, pero sin estar muy convencido...) Entonces... ¿el abuelo se va á morir pronto?

—Es lo mejor que puede hacer. Adviérteselo tú; dile que has hablado conmigo, que no se apure por la credencial, que mande al Ministro á freir espárragos, y que no tendrá tranquilidad sino cuando esté conmigo. ¿Pero qué es eso? ¿Por qué arrugas las cejas? ¿No comprendes eso, tontín? ¿Pues no dices que vas á ser cura y á consagrarte á mí? Si así lo piensas, vete acostumbrando á estas ideas. ¿No te acuerdas ya de lo que dice el Catecismo? Apréndetelo bien. El mundo es un valle de lágrimas, y mientras más pronto salís de él, mejor. Todas estas cosas, y otras que irás aprendiendo, las has de predicar tú en mi púlpito cuando seas grande, para convertir á los malos. Verás cómo haces llorar a las mujeres, y dirán todas que el padrito Miau es un pico de oro. Dime, ¿no estás en ser clérigo y en ir aprendiendo ya unas miajas de misa, un poco de latín y todo lo demás?

—Sí, señor... Murillo me ha enseñado ya muchas cosas: lo que significa aleluya y gloria patri, y sé cantar lo que se canta cuando alzan, y cómo se ponen las manos al leer los santísimos Evangelios.

—Pues ya sabes mucho. Pero es menester que te apliques. En casa de tu tía Quintina verás todas las cosas que se usan en mi culto.

—Me quieren llevar con la tía Quintina. ¿Qué le parece?... ¿voy?

Al llegar aquí, Cadalsito, alentado por la amabilidad de su amigo, que le acariciaba con sus dedos las mejillas, se tomó la confianza de corresponder con igual demostración, y primero tímidamente, después con desembarazo, le tiraba de las barbas al Padre, quien nada hacía para impedirlo, ni se incomodaba diciendo como Villaamil: ¿en qué cochino bodegón hemos comido juntos?

—Sobre eso de vivir ó no con los Cabreras, yo nada te digo. Tú lo deseas por la novelería de los juguetes eclesiásticos, y al mismo tiempo temes separarte de tus abuelitos. ¿Sabes lo que te aconsejo? Que llegado el momento, hagas lo que te salga de dentro.

—¿Y si me lleva mi papá á la fuerza sin dejarme pensarlo?

—No sé... me parece que á la fuerza no te llevará. En último caso, haces lo que mande tu abuelo. Si él te dice: «Á casa de Quintina», te callas, y andando.

—¿Y si me dice que no?

—No vas. Pásate sin los altaritos, y entretanto, ¿sabes lo que haces? Le dices al amigo Murillo que te dé otra pasada de latín, de ese que él sabe, que te explique bien la misa y el vestido del cura, cómo se pone el cíngulo, la estola, cómo se preparan el cáliz y la hostia para la consagración... en fin, Murillito está muy bien enterado, y también puede enseñarte á llevar el Viático á los enfermos, y lo que se reza por el camino.

—Bueno... Murillo sabe mucho; pero su padre quiere que sea abogado. ¡Qué estúpido! Dice él que llegará á Ministro, y que se casará con una moza muy guapa. ¡Qué asco!