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Chapter 43: XLIII
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About This Book

A satirical realist narrative follows a beleaguered urban household as successive misfortunes, petty humiliations, and convoluted dealings with rigid institutions deepen their poverty and social precariousness. Through comic episodes, sharp domestic details, and a gallery of intrusive neighbors and opportunistic acquaintances, the narrative traces daily struggles, failed schemes, generational tensions, and the corrosive effects of bureaucracy and social stigma. Tone shifts between farce and pathos while scenes accumulate into a portrait of decline, adaptation, and frustrated hopes.

—Sí que es un asco.

—También Posturas tenía malas ideas. Una tarde nos dijo que se iba á echar una querida y á jugar á la timba. ¿Qué cree usted? Fumaba colillas y era muy mal hablado.

—Todas esas mañas se le quitan aquí.

—¿Dónde está que no le veo con usted?

—Todos castigados. ¿Sabes lo que me han hecho esta mañana? Pues entre Posturitas y otros pillos que siempre están enredando, me cogieron el mundo, ¿sabes?, aquel mundo azul que yo uso para llevarlo en la mano, y lo echaron á rodar, y cuando quise enterarme, se había caído al mar. Costó Dios y ayuda sacarlo. La suerte que es un mundo figurado, ¿sabes?, que no tiene gente, y no hubo que lamentar desgracias. Les di una mano de cachetes como para ellos solos. Hoy no me salen del encierro...

—Me alegro. Que la paguen. Y dígame, ¿dónde les encierra?

La celestial persona, dejándose tirar de las barbas, miraba sonriendo á su amigo, como si no supiera qué decir.

—¿Dónde les encierra?... á ver... diga...

La curiosidad de un niño es implacable, y ¡ay de aquel que la provoca y no la satisface al momento! Los tirones de barba debieron de ser demasiado fuertes, porque el bondadoso viejo, amigo de Luis, hubo de poner coto á tanta familiaridad.

—¿Que dónde les encierro?... Todo lo quieres saber. Pues les encierro... donde me da la gana. ¿Á ti qué te importa?

Pronunciada la última palabra, la visión desapareció súbitamente, y quedóse el buen Cadalso hasta la mañana, durante el sueño, atormentado por la curiosidad de saber dónde les encerraba... ¿Pero dónde diablos les encerraría?

XLI

No pareció Víctor en toda la noche; pero á la mañana, temprano, fué á reiterar la temida sentencia respecto á Luis, no cediendo ni ante las conminaciones de doña Pura, ni ante las lágrimas de Abelarda y Milagros. El chiquillo, afectado por aquel aparato luctuoso, se mostró rebelde á la separación; no quería dejarse vestir ni calzar; rompió en llanto, y Dios sabe la que se habría armado sin la intervención discreta de Villaamil, que salió de su alcoba diciendo: «Pues es forzoso separarnos de él, no atosigarle, no afligir á la pobre criatura». Asombrábase Víctor de ver á su suegro tan razonable, y le agradecía mucho aquel criterio consolador, que le permitiría realizar su propósito sin apelar á la violencia, evitando escenas desagradables. Milagros y Abelarda, viendo el pleito perdido, retiráronse á llorar al gabinete. Pura se metió en la cocina echando de su boca maldiciones contra los Cabreras, los Cadalsos y demás razas enemigas de su tranquilidad, y en tanto Víctor le ponía las botas á su hijo, tratando de llevársele pronto, antes que surgieran nuevas complicaciones.

—Verás, verás—le decía—qué cosas tan monas te tiene allí la tía Quintina: santos magníficos, grandes como los que hay en las iglesias, y otros chiquitos para que tú enredes con ellos; vírgenes con mantos bordados de oro, luna de plata á los pies, estrellas alrededor de la cabeza, tan majas... verás... Y otras cosas muy divertidas... candeleros, cristos, misales, custodias, incensarios...

—¿Y les puedo poner fuego y menearlos para que den olor?

—Sí, vida mía. Todo es para que tú te entretengas y vayas aprendiendo, y á los santos puedes quitarles la ropa para ver cómo son por dentro, y luego volvérsela á poner.

Villaamil se paseaba en el comedor oyendo todo esto. Como observara que Luis, después de aquel entusiasmo por el uso del incensario, volvió á caer en su morriña, gimoteando: «Yo quiero que la abuela me lleve y se esté allí conmigo», hubo de meter su cuarto á espadas en la catequización, y acariciándole, le dijo:

—Tienes allá también altares chicos con velitas y arañas de este tamaño, custodias así, casullitas bordadas, un sagrario que es una monada, una manga-cruz que la puedes cargar cuando quieras, y otras preciosidades... como, por ejemplo...

No sabía por dónde seguir, y Víctor suplió su falta de inventiva añadiendo:

—Y un hisopo de plata que echa agua bendita por todos lados, y, en fin, un cordero pascual...

—¿De carne?

—No, hombre... Digo, sí, vivo...

Para abreviar la penosa situación y acelerar el momento crítico de la salida, Villaamil ayudó á ponerle la chaqueta; pero aun no le habían abrochado todos los botones, cuando ¡Madre de Dios! sale doña Pura hecha una pantera y arremete contra Víctor, badila en mano, diciendo:

—¡Asesino, vete de mi casa! ¡No me robarás esta joya!... ¡Vete, ó te abro la cabeza!

Y lo mismo fué oir las otras Miaus aquella voz airada, salieron también chillando en la propia cuerda. En suma, que aquello se iba poniendo feo.

—Puesto que ustedes no quieren que sea por buenas, será por malas—dijo Víctor poniéndose á salvo de las uñas de las tres furias.—Pediré auxilio á la justicia. Él aquí no se ha de quedar. Conque ustedes verán...

Villaamil intervino, diciendo con voz conciliadora, sacada trabajosamente del fondo de su oprimido pecho:

—Calma, calma. Ya lo teníamos arreglado, cuando estas mujeres nos lo echan á perder. Váyanse para adentro.

—Eres un estafermo—le dijo la esposa, ciega de ira.—Tú tienes la culpa, porque si te pusieras de nuestra parte, entre todos habíamos ganado la partida.

—Cállate tú, loca, que harto sé yo lo que tengo que hacer. ¡Fuera de aquí todo el mundo!

Pero Luisito, viendo á sus tías y abuela tan interesadas por él, volvió á mostrar resistencia. Pura no se contentaba con menos que con sacarlo los ojos á su yerno, y aquello iba á acabar malamente. La suerte que aquel día estaba Villaamil tan razonable y con tal dominio de sí mismo y de la situación, que parecía otro hombre. Sin saber cómo, su respetabilidad se impuso.

—Mientras tú estés aquí—dijo á Víctor, sacándole con hábil movimiento de la cuna del toro, ó sea de entre las manos tiesas de doña Pura,—no adelantaremos nada. Vete, y yo te doy mi palabra de que llevaré á mi nieto á casa de Quintina. Déjame á mí, déjame... ¿No te fías de mi palabra?

—De su palabra sí, pero no de su capacidad para reducir á estos energúmenos.

—Yo los reduciré con razones. Descuida. Vete, y espérame allá.

Habiendo logrado tranquilizar á su yerno, entró en gran parola con la familia, agotando su ingenio en hacerles ver la imposibilidad de impedir la separación del chiquillo.

—¿No veis que si nos resistimos vendrá el propio juez á quitárnosle?

Media hora duró el alegato, y por fin las Miaus parecieron resignadas; convencidas, nunca.

—Lo primero que tenéis que hacer—les dijo, deseando alejarlas en el momento crítico de la salida,—es iros á la sala cantando bajito. Yo me entiendo con Luis. ¡Si él no va á dejar de querernos porque se vaya con Quintina!... y además, su padre me ha prometido que le traerá todos los días á vernos, y los domingos á pasar el día en casa...

Abelarda se retiró la primera, llorando, como quien se aparta de la persona agonizante para no verla morir. Después se fué Milagros, y finalmente Pura, quien no se hubiera resignado, á no domarla su esposo con este último argumento:

—Si porfiamos, vendrá el juez esta tarde. ¡Figúrate qué escena! Apuremos el cáliz, y Dios castigará al infame que nos le ofrece.

Solo con Luis, el abuelo estuvo á punto de perder su estudiada, dificilísima compostura, y echarse á llorar. Se tragó toda aquella hiel, invocando mentalmente al cielo con esta frase:

—Terrible es la separación, Señor, pero es indudable que estará mucho mejor allá, mucho mejor... Vamos, Ramón, ánimo, y no te amilanes.

Pero no contaba con su nieto, que, oyendo el gimoteo de las tías, volvió á las andadas, y cuando se acercaba el instante fiero de la partida, se afligió diciendo:

—Yo no quiero irme.

—No seas tonto, Luis—le amonestó el anciano.—¿Crees tú que si no fuera por tu bien te sacaríamos de casa? Los niños bonitos y dóciles hacen lo que se les manda. Y que no puedes tú figurarte, por mucho que yo te las pondere, las preciosidades que Quintina tiene allí para tu uso particular.

—¿Y puedo yo cogerlo todo para mí, y hacer con ello lo que me dé la gana?—preguntó el chiquillo con la ansiedad avariciosa que en la edad primera revela el egoísmo sin freno.

—¿Pues quién lo duda? Hasta puedes romperlo si te acomoda.

—No, romper no. Las cosas de la iglesia no se rompen—declaró el niño con cierta unción.

—Bueno... vamos ya... Saldremos calladitos para que no nos sientan ésas... y no se alboroten... Pues verás; entre otras cosas, hay una pilita bautismal, que es una monería; yo la he visto.

—Una pila... ¿con mucha agua bendita?

—Cabe tanta agua como en la tinaja de la cocina... Vamos (cargándoselo á cuestas). Mejor será que yo te lleve en brazos...

—¿Y esa pila es para bautizar personas?

—¡Claro!... Con ella puedes tú jugar todo lo que quieras, y de paso vas aprendiendo, para cuando seas cura, la manera de cristianar á un pelón.

Atravesó Villaamil con paso recatado el corredor y recibimiento, llevando á su nieto en brazos, y como durante la peligrosa travesía el chico prosiguiese con su flujo de preguntas, sin bajar la voz, el abuelo le puso una mano por tapaboca, susurrándole al oído: «Sí, puedes bautizar niños, todos los niños que quieras. Y también hay mitras á la medida de tu cabeza y capitas doradas y un báculo para que te vistas de obispín y nos eches bendiciones...»

Con esto franquearon la puerta, que Villaamil no cerró á fin de evitar el ruido. La escalera la bajó á trancos, como ladrón que huye cargando el objeto robado, y una vez en el portal, respiró y dejó su carga en el suelo: ya no podía más. No estaba él muy fuerte que digamos, ni soportaba pesos, aun tan livianos como el de su nietecillo. Temeroso de que Paca y Mendizábal cometiesen alguna indiscreción, esquivó sus saludos. La mujerona quiso decir algo á Luis, condoliéndose de su marcha; pero Villaamil anduvo más listo; dijo volvemos, y salió á la calle más pronto que la vista.

El temor de que Luis cerdease otra vez, le estimuló á reforzar en la calle sus mentirosas artimañas de catequista:

—Tienes allí tan gran cantidad de flores de trapo para altares, que sólo para verlas todas necesitas un año... y velas de todos colores... y la mar de cirios... Pues hay un San Fernando vestido de guerrero, con armadura, que te dejará pasmado, y un San Isidro con su yunta de bueyes, que parecen naturales. El altar chico para que tú digas tus misas es más bonito que el de Monserrat...

—Dime, abuelito, y confesionario, ¿no tengo?

—¡Ya lo creo!... y muy majo... con rejas, para que las mujeres te cuenten sus pecados, que son muchísimos... Te digo que vas á estar muy bien, y cuando crezcas un poquito, te encontrarás hecho cura sin sentirlo, sabiendo tanto como el padre Bohigas, de Monserrat, ó el propio capellán de las Salesas Nuevas, que ahora sale á canónigo.

—Y yo, ¿seré canónigo, abuelito?

—¿Pues qué duda tiene?... y obispo, y hasta puede que llegues á Papa.

—¿El Papa es el que manda en todos los curas?...

—Justamente... ¡Ah! también verás allí un monumento de Semana Santa, que lo menos tiene mil piezas, qué sé yo cuántas estatuas, todo blanco y como de alfeñique. Parece que acaba de salir de la confitería.

—¿Y se come, abuelo, se come?—preguntó Cadalsito, tan vivamente interesado en todo aquello, que su casa, su abuela y sus tías se le borraron de la mente.

—¿Quién lo duda? Cuando te canses de jugar le pegas una dentellada—respondió Villaamil, ya vuelto tarumba, pues su imaginación se agotaba, y no sabía de qué echar mano.

Andaba el abuelo rápidamente por la acera de la calle Ancha, y á cada paso suyo daba Cadalsito tres, cogido de la mano paterna, ó más bien colgado. Don Ramón se detuvo bruscamente y giró sobre sí mismo, dirigiéndose hacia la parte alta de la calle, donde está el Hospital de la Princesa. Fijóse Luis en la incongruencia de esta dirección, y observó, impacientándose:

—Pero, abuelo, ¿no vamos á casa de la tía Quintina en la calle de los Reyes?

—Sí, hijo mío; pero antes daremos una vuelta por aquí para que tomes el sol.

En el cerebro del afligido anciano se determinó un retroceso súbito, semejante al rechazo de la enérgica idea que informaba todos los actos referentes á la cesión y traslado de su nieto. Éste seguía charla que te charla, preguntando sin cesar, tirándole á su abuelo del brazo cuando las respuestas no empalmaban inmediatamente con las interrogaciones. El abuelo contestaba por monosílabos, evasivamente, pues todo su espíritu se reconcentraba en la vida interior del pensar. Cabizbajo, fijos los ojos en el suelo como si contara las rayas de las baldosas, apechugaba con la cuesta, tirando de Luisito, el cual no advertía la congoja de su abuelo, ni el temblor de sus labios, articulando en baja voz la expresión de las ideas. «¿No es un verdadero crimen lo que voy á hacer, ó, mejor dicho, dos crímenes?... Entregar á mi nieto, y después... Anoche, tras larga meditación, me parecieron ambas cosas muy acertadas, y consecuencia la una de la otra. Porque si yo voy á... cesar de vivir muy pronto, mejor quedara Luis con los Cabreras que con mi familia... Y pensé que mi familia le criaría mal, con descuido, consintiéndole mil resabios... eso sin contar el peligro de que esté al lado de Abelarda, que volverá á las andadas cualquier día. Los Cabreras me son antipáticos; pero les tengo por gente ordenada y formal. ¡Qué diferencia de Pura y Milagros! Éstas, con su música y sus tonterías, no sirven para nada. Así pensé anoche, y me pareció lo más cuerdo que á humana cabeza pudiera ocurrirse... ¿Por qué me arrepiento ahora y me entran ganas de volver á casa con el chico? ¿Es que estará mejor con las Miaus que con Quintina? No, eso no... ¿Es que desmaya en mí la resolución salvadora que ha de darme libertad y paz? ¿Es que te da ahora el antojillo de seguir viviendo, cobarde? ¿Es que te halagan el cuerpo los melindres de la vida?»

Atormentado por cruelísima duda, Villaamil echó un gran suspiro, y sentándose en el zócalo de la verja del hospital que cae al paseo de Areneros, cogió las manos del niño y le miró fijamente, cual si en sus inocentes ojos quisiera leer la solución del terrible conflicto. El chico ardía de impaciencia; pero no se atrevió á dar prisa á su abuelo, en cuyo semblante notaba pena y cansancio.

—Dime, Luis—propuso Villaamil, abrazándole con cariño.—¿Quieres tú de veras irte con la tía Quintina? ¿Crees que estarás bien con ella, y que te educarán é instruirán los Cabreras mejor que en casa? Háblame con franqueza.

Puesta la cuestión en el terreno pedagógico, y descartado el aliciente de la juguetería eclesiástica, Luis no supo qué contestar. Buscó una salida, y al fin la halló:

—Yo quiero ser cura.

—Corriente; tú quieres ser cura y yo lo apruebo... Pero suponiendo que yo falte, que Pura y Milagros se vayan á vivir con Abelarda, señora de Ponce, ¿con quién te parece á ti que estarías mejor?

—Con la abuela y la tía Quintina juntas.

—Eso no puede ser.

Cadalsito alzó los hombros.

—«¿Y no temerías tú, si siguieras donde estabas, que mi hija se alborotase otra vez y te quisiera matar?

—No se alborotará—dijo Cadalsito con admirable sabiduría.—Ahora se casa y no volverá á pegarme.

—¿De modo que tú... no tienes miedo? Y entre la tía Quintina y nosotros, ¿qué prefieres?

—Prefiero... que vosotros viváis con la tía.

Ya tenía Villaamil abierta la boca para decirle: «Mira, hijo, todo eso que te he contado de los altaritos es música. Te hemos engañado para que no te resistieses á salir de casa»; pero se contuvo, esperando que el propio Luis esclareciese con alguna idea primitiva, sugerida por su inocencia, el problema tremendo. Cadalsito montó una pierna sobre la rodilla de su abuelo, y echándole una mano al hombro para sostenerse bien, se dejó decir:

—Lo que yo quiero es que la abuela y la tía Milagros se vengan á vivir con Quintina.

—¿Y yo?—preguntó el anciano, atónito de la preterición.

—¿Tú? Te diré. Ya no te colocan... ¿entiendes? ya no te colocan, ni ahora ni nunca.

—¿Por dónde lo sabes? (con el alma atravesada en la garganta).

—Yo lo sé. Ni ahora ni nunca... Pero maldita la falta que te hace.

—¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?

—Pues... yo... Te lo contaré; pero no lo digas á nadie... Veo á Dios... Me da así como un sueño, y entonces se me pone delante y me habla.

Tan asombrado estaba Villaamil, que no pudo hacer ninguna observación. El chico prosiguió:

—Tiene la barba blanca, es tan alto como tú, con un manto muy bonito... Me dice todo lo que pasa... y todo lo sabe, hasta lo que hacemos los chicos en la escuela...

—¿Y cuándo le has visto?

—Muchas veces: la primera en las Alarconas, después aquí cerca, y en el Congreso y en casa... Me da primero como un desmayo, me entra frío, y luego viene él y nos ponemos á charlar... ¿Qué, no lo crees?

—Sí, hijo, sí lo creo (con emoción vivísima); ¿pues no lo he de creer?

—Y anoche me dijo que no te colocarán, y que este mundo es muy malo, y que tú no tienes nada que hacer en él, y que cuanto más pronto te vayas al cielo, mejor.

—Mira tú lo que son las cosas: á mí me ha dicho lo mismo.

—¿Pero tú le ves también?

—No, tanto como verlo... no soy bastante puro para merecer esa gracia... pero me habla alguna vez que otra.

—Pues eso me dijo... Que morirte pronto es lo que te conviene, para que descanses y seas feliz.

El estupor de Villaamil fué inmenso. Eran las palabras de su nieto como revelación divina, de irrefragable autenticidad.

—¿Y á ti qué te cuenta el Señor?

—Que tengo que ser cura... ¿ves? lo mismo, lo mismito que yo deseaba... y que estudie mucho latín y aprenda pronto todas las cosas...

La mente del anciano se inundó, por decirlo así, de un sentido afirmativo, categórico, que excluía hasta la sombra de la duda, estableciendo el orden de ideas firmísimas á que debía responder en el acto la voluntad con decisión inquebrantable.

—Vamos, hijo, vamos á casa de la tía Quintina—dijo al nieto, levantándose y cogiéndole de la mano.

Le llevó aprisa, sin tomarse el trabajo de catequizarle con descripciones hiperbólicas de juguetes y chirimbolos sacro-recreativos. Al llamar á la puerta de Cabrera, Quintina en persona salió á abrir. Sentado en el último escalón, Villaamil cubrió de besos á su nieto, entrególe á su tía paterna, y bajó á escape sin siquiera dar á ésta los buenos días. Como al bajar creyese oir la voz del chiquillo que gimoteaba, avivó el paso y se puso en la calle con toda la celeridad que sus flojas piernas le permitían.

XLII

Era ya cerca de medio día, y Villaamil, que no se había desayunado, sintió hambre. Tiró hacia la plaza de San Marcial, y al llegar á los vertederos de la antigua huerta del Príncipe Pío, se detuvo á contemplar la hondonada del Campo del Moro y los términos distantes de la Casa de Campo. El día era espléndido, raso y bruñido el cielo de azul, con un sol picón y alegre; de estos días precozmente veraniegos en que el calor importuna más por hallarse aún los árboles despojados de hoja. Empezaban á echarla los castaños de Indias y los chopos; apenas verdegueaban los plátanos; y las soforas, gleditchas y demás leguminosas estaban completamente desnudas. En algunos ejemplares del árbol del amor se veían las rosadas florecillas, y los setos de aligustre ostentaban ya sus lozanos renuevos, rivalizando con los evonymus de perenne hoja. Observó Villaamil la diferencia de tiempo con que las especies arbóreas despiertan de la somnolencia invernal, y respiró con gusto el aire tibio que del valle del Manzanares subía. Dejóse ir, olvidado de su buen apetito, camino de la Montaña, atravesando el jardinillo recién plantado en el relleno, y dió la vuelta al cuartel, hasta divisar la sierra, de nítido azul con claros de nieve, como mancha de acuarela extendida sobre el papel por la difusión natural de la gota, obra de la casualidad más que de los pinceles del artista.

—¡Qué hermoso es esto!—se dijo soltando el embozo de la capa, que le daba mucho calor.—Paréceme que lo veo por primera vez en mi vida, ó que en este momento se acaban de crear esta sierra, estos árboles y este cielo. Verdad que en mi perra existencia llena de trabajos y preocupaciones, no he tenido tiempo de mirar para arriba ni para enfrente... Siempre con los ojos hacia abajo, hacia esta puerca tierra que no vale dos cominos, hacia la muy marrana Administración, á quien parta un rayo, y mirándoles las cochinas caras á Ministros, Directores y Jefes del Personal, que maldita gracia tienen. Lo que yo digo: ¡cuánto más interesante es un cacho de cielo, por pequeño que sea, que la cara de Pantoja, la de Cucúrbitas y la del propio Ministro!... Gracias á Dios que saboreo este gusto de contemplar la Naturaleza, porque ya se acabaron mis penas y mis ahogos, y no cavilo más en si me darán ó no me darán el destino; ya soy otro hombre, ya sé lo que es independencia, ya sé lo que es vida, y ahora me les paso á todos por las narices, y de nadie tengo envidia, y soy... soy el más feliz de los hombres. Á comer se ha dicho, y ole morena mía.

Dió un par de castañetazos con los dedos de ambas manos, y volviendo á liarse la capa, se dirigió hacia la cuesta de San Vicente, que recorrió casi toda, mirando las muestras de las tiendas. Por fin, ante una taberna de buen aspecto se detuvo murmurando: «Aquí deben de guisar muy bien. Entra, Ramón, y date la gran vida». Dicho y hecho. Un rato después hallábase el buen Villaamil sentado ante una mesa redonda, de cuatro patas, y tenía delante un plato de guisado de falda olorosísimo, un cubierto cachicuerno, jarro de vino y pan. «Da gusto—pensaba, emprendiéndola resueltamente con el guisote—encontrarse así, tan libre, sin compromisos, sin cuidarse de la familia... porque, en buena hora lo diga, ya no tengo familia; estoy solo en el mundo, solo y dueño de mis acciones... ¡Qué gusto, qué placer tan grande! El esclavo ha roto sus cadenas, y hoy se pone el mundo por montera, y ve pasar á su lado á los que antes le oprimían, como si viera pasar á Perico el de los Palotes... ¡Pero qué rico está este guisado de falda! En su vida compuso nada tan bueno la simple de Milagros, que sólo sabe hacerse los ricitos, y cantarse y mayarse por todo lo alto aquello de morrríamo, morrríamo... Parece un perrillo cuando le pellizcan el rabo... De veras está rica la falda... ¡Qué gracia tienen para sazonar en esta taberna! ¡Y qué persona tan simpática es el tabernero, y qué bien le sientan los manguitos verdes, los zapatos de alfombra y la gorra de piel! ¡Cuánto más guapo es que Cucúrbitas y que el propio Pantoja!... Pues señor, el vinillo es fresco y picón... Me gusta mucho. Efectos de la libertad de que gozo, de no importárseme un bledo de nadie, y de ver mi cabeza limpia de cavilaciones y pesadumbres. Porque todo lo dejo bien arregladito: mi hija se casa con Ponce, que es buen muchacho y tiene de qué vivir; mi nieto en poder de Quintina, que le educará mejor que su abuela... y en cuanto á esas dos pécoras, que carguen con ellas Abelarda y su marido... En resolución, ya no tengo que mantener el pico á nadie, ya soy libre, feliz, independiente, y me abro al cartaginés incautamente. ¡Qué dicha! Ya no tengo que discurrir á qué cristiano espetarle mañana la cartita pidiendo un anticipo. ¡Qué descanso tan grande haber puesto punto á tanta ignominia! El alma se me ensancha... respiro mejor, me ha vuelto el apetito de mi mocedad, y á cuantas personas veo me dan ganas de apretarles la mano y comunicarles mi felicidad».

Aquí llegaba del soliloquio, cuando entraron en la taberna tres muchachos, sin duda recién salidos del tren, con sendos morrales al hombro, vara en cinto, vestidos á usanza campesina, iguales en el calzado, que era de alpargata, y distintos en el sombrero, pues el uno lo traía de aparejo redondo, el otro boina y el tercero pañuelo de seda liado á la cabeza.

—¡Qué chicos tan gallardos!—dijo Villaamil contemplándoles embebecido, mientras ellos, bulliciosos y maleantes, pedían al tabernero algo con qué matar la feroz gazuza que traían.—¿Serán jóvenes labradores que han dejado la obscura pobreza de sus aldeas por venir á esta Babel á pretender un destino que les dé barniz de señorío y aire de personas decentes?... ¡Infelices! ¡Y qué gran favor les haría yo en desengañarles!

Sin más deliberación, se fué derecho á ellos diciéndoles:

—Jóvenes, pensad lo que hacéis. Aun estáis á tiempo. Volveos á vuestras cabañas y dehesas, y huid de este engañoso abismo de Madrid, que os tragará y os hará infelices para toda la vida. Seguid el consejo de quien os quiere bien, y volveos al campo.

—¿Qué dice este tío?—contestó el más despabilado de ellos, poniéndose al hombro la chaqueta, que se le había caído.—¡Otra que Dios con el abuelo! Somos quintos de este reemplazo, y como no nos presentemos nos afusilan...

—¡Ah! bueno, bueno... Si sois militares, la cosa muda de aspecto... Á defender la patria. Yo la defendí también, saliendo en una compañía de voluntarios cuando aquel pillo de Gómez se corrió hacia Madrid... Pero también os digo que no hagáis caso de lo que os prediquen vuestros jefes, y que os sublevéis á las primeras de cambio, hijos. Despreciad al gran pindongo del Estado... ¿No sabéis quién es el Estado?

Los tres chicos se reían, mostrando sus dentaduras sanas y frescas: sin duda les hacía mucha gracia la estantigua que tenían delante. Ninguno de ellos supo quién era el Estado, y tuvo Villaamil que explicárselo en esta forma:

—Pues el Estado es el mayor enemigo del género humano, y á todo el que coge por banda lo divide... Mucho ojo... sed siempre libres, independientes, y no tengáis cuenta con nadie.

Uno de los mozos sacó la vara del cinto y dió con ella tan fuerte golpe sobre la mesa, que por poco la parte en dos, gritando:

—Patrona, que tenemos mucha hambre. Por vida del condenado Solimán... Vengan esas magras.

Á Villaamil le cayó en gracia esta viveza de genio, y admiró la juventud, la sangre hirviente de los tres muchachos. El tabernero les rogó que esperasen minutos, y les puso delante pan y vino para que fueran matando el gusanillo. Pagó entonces Villaamil, y el tabernero, ya muy sorprendido de sus maneras originales, y teniéndole por tocado, se corrió á ofrecerle una copita de Cariñena. Aceptó el cesante, reconocido á tanta bondad, y tomando la copa y levantándola en alto, «brindó por la prosperidad del establecimiento». Los quintos berrearon:

—¡Madrid, cinco minutos de parada y fonda!... ¡Viva la Nastasia, la Bruna, la Ruperta y toas las mozas de Daganzo de Arriba!

Y como Villaamil elogiase, al despedirse del tabernero con mucha finura, el buen servicio y lo bien condimentado del guiso, el dueño le contestó:

—No hay otra como ésta. Fíjese en el rétulo: La Viña del Señor.

—No, si yo no he de volver. Mañana estaré muy lejos, amigo mío. Señores (volviéndose á los chicos y saludándoles sombrero en mano), conservarse. Gracias; que les aproveche... Y no olviden lo que les he dicho... ser libres, ser independientes... como el aire. Véanme á mí. Me pongo al Estado por montera... Hasta ahora...

Salió arrastrando la capa, y uno de los mozos se asomó á la puerta gritando:

—¡Eh... abuelo, agárrese, que se cae!... Abuelo, que se le han quedado las narices. Vuelva acá.

Pero Villaamil no oía nada, y siguió hacia arriba, buscando camino ó vereda por donde escalar la Montaña segunda vez. Encontróla al fin, atravesando un solar vacío y otro ya cercado para la edificación, y por último, después de dar mil vueltas y de salvar hondonadas y de trepar por la movediza tierra de los vertederos, llegó á la explanada del cuartel y lo rodeó, no parando hasta las vertientes áridas que desde el barrio de Argüelles descienden á San Antonio de la Florida. Sentóse en el suelo y soltó la capa, pues el vino por dentro y el sol por fuera le sofocaban más de lo justo.

—¡Qué tranquilo he almorzado hoy! Desde mis tiempos de muchacho, cuando salimos en persecución de Gómez, no he sido tan dichoso como ahora. Entonces no era libre de cuerpo; pero de espíritu sí, como en el momento presente; y no me ocupaba de si había ó no había para mandar mañana á la plaza. Esto de que todos los días se ha de ir á la compra es lo que hace insoportable la vida... Á ver, esos pajarillos tan graciosos que andan por ahí picoteando, ¿se ocupan de lo que comerán mañana? No; por eso son felices; y ahora me encuentro yo como ellos, tan contento, que me pondría á piar si supiera, y volaría de aquí á la Casa de Campo, si pudiese. ¿Por qué razón Dios, vamos á ver, no le haría á uno pájaro, en vez de hacerle persona?... Al menos que nos dieran á elegir. Seguramente nadie escogería ser hombre, para estar descrismándose luego por los empleos y obligado á gastar chistera, corbata, y todo este matalotaje que, sobre molestar, le cuesta á uno un ojo de la cara... Ser pájaro sí que es cómodo y barato. Mírenlos, mírenlos tan campantes, pillando lo que encuentran, y zampándoselo tan ricamente... Ninguno de éstos estará casado con una pájara que se llame Pura, que no sabe ni ha sabido nunca gobernar la casa, ni conoce el ahorro...

Como viera los gorriones delante de sí, á distancia de unas cuatro varas, acercándose á brincos, cautelosos y audaces, para rebuscar en la tierra, sacó el buen hombre de su bolsillo el pan sobrante del almuerzo que había guardado en la taberna, y desmigajándolo, lo arrojó á las menudas aves. Aunque el movimiento de sus manos espantó á los animalitos, pronto volvieron, y descubierto el pan, ya se colige que cayeron sobre él como fieras. Villaamil sonreía y se esponjaba observando su voracidad, sus graciosos meneos y aquellos saltitos tan cucos. Al menor ruido, á la menor proyección de sombra ó indicio de peligro, levantaban el vuelo; pero su loco apetito les traía pronto al mismo lugar.

—Coman, coman tranquilos—les decía mentalmente el viejo, embelesado, inmóvil, para no asustarlos...—Si Pura hubiera seguido vuestro sistema, otro gallo nos cantara. Pero ella no entiende de acomodarse á la realidad. ¿Cabe algo más natural que encerrarse en los límites de lo posible? Que no hay más que patatas... pues patatas... Que mejora la situación y se puede ascender hasta la perdiz... pues perdiz. Pero no señor, ella no está contenta sin perdiz á diario. De esta manera llevamos treinta años de ahogos, siempre temblando; cuando lo había, comiéndonoslo á trangullones como si nos urgiese mucho acabarlo; cuando no, viviendo de trampas y anticipos. Por eso, al llegar la colocación ya debíamos el sueldo de todo un año. De modo que perpetuamente estábamos lo mismo, á ti suspiramos, y mirando para las estrellas... ¡Treinta años así, Dios mío! Y á esto llaman vivir. «Ramón, ¿qué haces que no te diriges á tal ó cual amigo?... Ramón, ¿en qué piensas? ¿Crees que somos camaleones?... Ramón, determínate á empeñar tu reloj, que la niña necesita botas... Ramón, que yo estoy descalza, y aunque me puedo aguantar así unos días, no puedo pasarme sin guantes, pues tenemos que ir al beneficio de la Furranguini... Ramón, dile al habilitado que te anticipe quinientos reales; son tus días, y es preciso convidar á las de tal ó cual... Ramón...» ¡Y que yo no haya sido hombre para trincar á mi mujer y ponerle una mordaza en aquella boca, que debió de hacérsela un fraile, según es de pedigüeña! ¡Cuidado que soportar esto treinta años!... Pero ya, gracias á Dios, he tenido valor para soltar mi cadena y recobrar mi personalidad. Ahora yo soy yo, y nadie me tose, y por fin he aprendido lo que no sabía: á renegar de Pura y de toda su casta, y á mandarlos á todos á donde fué el padre Padilla.

No pudiendo reprimir su entusiasmo y alegría, dió tales manotadas, que los pájaros huyeron.

XLIII

—No seáis tontos... con vosotros nadie se mete. ¿Por quién me tomáis? ¿Por algún Ministro sin entrañas, que quita el pan á los padres de familia para darlo á cualquier gandul? Porque vosotros también sois padres de familia y tenéis hijitos que mantener. No os asustéis, y tomad más miguitas... Creed que si mi mujer hubiera sido otra, la de Ventura, por ejemplo, yo no habría llegado á esta situación... La esposa de Ventura, de quien la mía se burla tanto porque dice bacalao de Escuecia, vale más que ella cien veces... Con Pura no hay dinero que alcance; ni la paga de un Director. El maldito suponer, el trapito, las visitas, el teatro, los perendengues y el morro siempre estirado para fingir dignidad de personas encumbradas, nos perdieron... No temáis, tontos; podéis acercaros, aun tengo más migas... En cuanto á Milagros, vosotros convendréis conmigo en que, si es buena y sencilla, no por eso deja de ser una inutilidad como su hermana. ¡Qué bien hizo aquel que se tiró al agua! Pues si no se tira y carga con ella, á estas horas se habría ahogado cien mil veces quedándose vivo, que es lo peor que le puede pasar á un cristiano... Entre las dos hermanitas me han tenido á mí lo mejor de mi vida con un dogal al cuello, aprieta que te apretarás... No dirán que me he portado mal con ellas, pues desde que me casé... Ahora me ocurre que, cuando fuí á pedir al señor Escobios la mano de su hija, el apreciable médico del Cuarto Montado debió arrearme un bofetón que me volviera la cara del revés... ¡Ay, cuánto se lo hubiera agradecido más adelante!... Coman, coman tranquilos, que aquí no estamos para quitarle el pan á la gente... Pues decía que desde que me casé hasta la fecha, he sido víctima de la insubstancialidad y el desgobierno de esas dos tarascas, y no podrán quejarse de que no he sido sumiso y paciente, ni tampoco de que las abandono y las dejo en la miseria, pues no me he determinado á recobrar mi libertad sino al saber que quedan al amparo de Ponce, que es un bendito y les mantendrá el pico, pues para eso le dejó todas sus migas el tío notario. ¡Ay, ínclito Ponce, y qué mochuelo te toca! Ya verás lo que es canela fina. Si no tienes cuidado, pronto te liquidan... te evaporan, te volatilizan, te sorben. Allá se las haya. Yo he cumplido... he cargado mi cruz treinta años; ahora, que la lleve otro... Se necesitan espaldas jóvenes... y el peso es mayúsculo, amigo Ponce. Ya lo verás... Si he de ser franco, te diré que mi hija, sin ser un talento, vale más que su mamá y su tía; tiene algunas ideas de orden y previsión; no es tan amiga de echar plantas... Pero cuidadito con ella, Ponce amigo, porque ó yo no entiendo nada de afectos y afecciones de mujeres, ó á mi Abelarda le gustas tú lo mismo que un dolor de muelas. Nadie me quita de la cabeza que ese peine de Víctor le había sorbido los sesos... Pero cásese en buen hora, y si son felices las señoras Miaus, y aprenden ahora lo que ignoraban en mi tiempo, yo me alegraré mucho y hasta las aplaudiré desde allá: vaya si las aplaudiré.

Con estas meditaciones, harto más largas y difusas de lo que en la narración aparecen, se le fué pasando la tarde á Villaamil. Dos ó tres veces mudó de sitio, destrozando impíamente al pasar alguno de los arbolillos que el Ayuntamiento en aquel erial tiene plantados. «El Municipio—decía—es hijo de la Diputación Provincial y nieto del muy gorrino del Estado, y bien se puede, sin escrúpulo de conciencia, hacer daño á toda la parentela maldita. Tales padres, tales hijos. Si estuviera en mi mano, no dejaría un árbol ni un farol... El que la hace que la pague... y luego la emprendería con los edificios, empezando por el Ministerio del cochino ramo, hasta dejarlo arrasadito, arrasadito... como la palma de la mano. Luego, no me quedaría vivo un ferrocarril, ni un puente, ni un barco de guerra, y hasta los cañones de las fortalezas los haría pedacitos así».

Vagaba por aquellos andurriales, sombrero en mano, recibiendo en el cráneo los rayos del sol, que á la caída de la tarde calentaba desaforadamente el suelo y cuanto en él había. La capa la llevaba suelta, y tuvo intenciones de tirarla, no haciéndolo porque consideró que podía venirle bien á la noche, aunque fuese por breve tiempo. Paróse al borde de un gran talud que hay hacia la Cuesta de Areneros, sobre las nuevas alfarerías de la Moncloa, y mirando al rápido declive, se dijo con la mayor serenidad: «Este sitio me parece bueno, porque iré por aquí abajo, dando vueltas de carnero; y luego, que me busquen... Como no me encuentre algún pastor de cabras... Bonito sitio, y sobre todo, cómodo, digan lo que quieran».

Pero luego no debió parecerle el lugar tan adecuado á su temerario intento, porque siguió adelante, bajó y volvió á subir, inspeccionando el terreno, como si fuera á construir en él una casa. Ni alma viviente había por allí. Los gorriones iban ya en retirada hacia los tejares de abajo ó hacia los árboles de San Bernardino y de la Florida. De repente, le dió al santo varón la vena de sacar un revólver que en el bolsillo llevaba, montarlo y apuntar á los inocentes pájaros, diciéndoles: «Pillos, granujas, que después de haberos comido mi pan pasáis sin darme tan siquiera las buenas tardes, ¿qué diríais si ahora yo os metiera una bala en el cuerpo?... Porque de fijo no se me escapaba uno. ¡Tengo yo tal puntería!... Agradeced que no quiero quedarme sin tiros; pues si tuviera más cápsulas, aquí me las pagabais todas juntas... De veras que siento ganas de acabar con todo lo que vive, en castigo de lo mal que se han portado conmigo la Humanidad, y la Naturaleza, y Dios (con exaltación furiosa)... sí, sí: lo que es portarse, se han portado cochinamente... Todos me han abandonado, y por eso adopto el lema que anoche inventé y que dice literalmente: Muerte... Infamante... Al... Universo...».

Con esta cantata siguió buen trecho alejándose hasta que, ya cerrada la noche, encontróse en los altos de San Bernardino que miran á Vallehermoso, y desdé allí vió la masa informe del caserío de Madrid con su crestería de torres y cúpulas, y el hormigueo de luces entre la negrura de los edificios... Calmada entonces la exaltación homicida y destructora, volvió el pobre hombre á sus estudios topográficos: «Este sitio sí que es de primera... Pero no; me verían los guardas de Consumos que están en esos cajones, y quizás... son tan brutos... me estorbarían lo que quiero y debo hacer... Sigamos hacia el cementerio de la Patriarcal, que por allí no habrá ningún importuno que se meta en lo que no le va ni le viene. Porque yo quiero que vea el mundo una cosa, y es que ya me importa un pepino que se nivelen ó no los presupuestos, y que me río del income tax y de toda la indecente Administración. Esto lo comprenderá la gente cuando recoja mis... restos, que lo mismo me da vayan á parar á un muladar que al propio panteón de los Reyes. Lo que vale es el alma, la cual se remonta volando á eso que llaman... el empíreo, que es por ahí arriba detrás de aquellos astros que relumbran y parecen hacerle á uno guiños llamándole... Pero aun no es hora. Quiero llegarme á ese puerco Madrid y decirle las del barquero á esas indinas Miaus que me han hecho tan infeliz».

El odio á su familia, ya en los últimos días iniciado en su alma, y que en aquél tomaba á ratos los vuelos de frenesí demente ó rabia feroz, estalló formidable, haciéndole crispar los dedos, apretar reciamente la mandíbula, acelerar el paso con el sombrero echado atrás, la capa caída, en la actitud más estrafalaria y siniestra. Era ya noche obscura. Resueltamente se dirigió al Conde-Duque, pasó por delante del cuartel, y al aproximarse á la plaza de las Comendadoras, andaba con paso cauteloso, evitando el ser visto, buscando la sombra y mudando de dirección á cada instante. Después de meterse por la solitaria calle de San Hermenegildo, volvió hacia la plazuela del Limón, rondó la manzana de las Comendadoras, aventurándose por fin á atravesar la calle de Quiñones y á observar los balcones de su casa, no sin cerciorarse antes de que no estaban en el portal Mendizábal y su mujer. Agazapado en la esquina de la plazuela obscura, solitaria y silenciosa, miró repetidas veces hacia su casa, queriendo espiar si alguien entraba ó salía... ¿Irían las Miaus al teatro aquella noche? ¿Vendrían á la tertulia Ponce y los demás amigos? En medio de su trastorno, supo colocarse en la realidad, considerando al fin como seguro é inevitable que, alarmada por la ausencia de su marido, Pura ponía en movimiento á todos los íntimos de la familia para buscarle.

Al amparo de la esquina, como ladrón ó asesino que acecha el descuidado paso del caminante, Villaamil alargaba el pescuezo para vigilar sin que le vieran. Propiamente, su cuerpo estaba en la plazuela de las Comendadoras y su cabeza en la calle de Quiñones; su flácido cuello, dotado de prodigiosa elasticidad, se doblaba sobre el ángulo mismo. «Allá sale el ínclito Ponce de estampía. De seguro han ido á casa de Pantoja, al café, á todos los sitios que acostumbro frecuentar... Ese que llega echando los bofes me parece que es Federico Ruiz. De fijo viene de la prevención ó del juzgado de guardia... Habrá salido á averiguar... ¡Pobrecillos, qué trabajo se toman! Y cuánto gozo yo viéndoles tan afanados, y considerando á las Miaus tan aturdiditas... Fastidiarse; y usted, doña Pura de los infiernos, trague ahora la cicuta; que durante treinta años la he estado tragando yo sin quejarme... ¡Ah!, alguien sale y viene hacia acá... Me parece que es Ponce otra vez. Agazapémonos en este portal... Sí, él es... (viendo al crítico atravesar la plazuela de las Comendadoras). ¿Á dónde irá? Quizás á casa de Cabrera. Trabajo te mando... ¿Habrá bobo igual? No, no me encontraréis; no me atraparéis, no me privaréis de esta santa libertad que ahora gozo, ¡bendita sea!, ni aunque revolváis el mundo entero me daréis caza, estúpidos. ¿Qué se pretende? (amenazando con el puño á un ser invisible), ¿que vuelva yo al poder de Pura y Milagros, para que me amarguen la vida con aquel continuo pedir de dinero, con su desgobierno y su majadería y su presunción? No; ya estoy hasta aquí; se colmó el vaso... Si sigo con ellas me entra un día la locura, y con este revólver... con este revólver (cogiendo el mango del arma dentro del bolsillo y empuñándolo con fuerza) las despacho á todas... Más vale que me despache yo, emancipándome y yéndome con Dios... ¡Ah! Pura, Purita, se acabó el suplicio. Hinca tus garras en otra víctima. Ahí tienes á Ponce con dinero fresco; cébate en él... ahí me las den todas... ¡Cuánto me voy á reir!... Porque esta doña Pura es atroz, querido Ponce, y como se encuentre con barro á mano, se armó la fiesta, y mesa y ropa y todo ha de ser de lo más fino, sin considerar que mañana faltará la condenada libreta... ¡Ay, Dios mío! El último de los artesanos, el triste mendigo de las calles me han causado envidia en esta temporada; así como ahora, desahogado y libre, no me cambio por el rey; no, no me cambio; lo digo con toda el alma».

XLIV

Fuera del portal, y vuelta á los atisbos. «Sale ahora el chico de Cuevas, afanadillo y presuroso. ¿Á dónde irá?... Busca, hijo, busca, que ya te lo pagará doña Pura con una copita de moscatel... Pues la bobalicona de Milagros estará con el alma en un hilo, porque la infeliz me quiere... Es natural; ha vivido conmigo tantos años y ha comido mi pan... Y si vamos á poner cada cosa en su punto, también Pura me quiere... á su modo, sí. Yo también las quise mucho; pero lo que es ahora, las aborrezco á las dos, ¿qué digo á las dos?, á las tres, porque también mi hija me carga... Son tres apuntes que se me han sentado aquí, en la boca del estómago, y cuando pienso en ellas, la sangre parece que se me pone como metal derretido, y la tapa de los sesos se me quiere saltar... ¡Vaya con las tres Miaus!... ¡Bien haya quien os puso tal nombre! No más vivir con locas. ¡Vaya por dónde le dió á mi dichosa hijita! ¡Por enamoriscarse de Víctor!... Porque, ó yo no lo entiendo, ó aquello era amor de lo fino... ¡Qué mujeres, Dios santo! Prendarse de un zascandil porque tiene la cara bonita, sin reparar... Y que él la desprecia, no hay duda... Me alegro... Bien empleado le está. Chúpate las calabazas, imbécil, y vuelve por más, y cásate con Ponce... Francamente, si uno no se suprimiese por salvarse de la miseria, debiera hacerlo por no ver estas cosas».

Como observara luz en el gabinete, se encalabrinó más: «Esta noche, Purita de mis entretelas, no hay teatrito, ¿verdad? Gracias á Dios que está usted con la pierna quebrada. ¡Jorobarse!... Ya la veo á usted arbitrando de dónde sacar el dinero para el luto. Lo mismo me da. Sáquelo usted... de donde quiera. Venda mi piel para un tambor ó mis huesos para botones... ¡Magnífico, admirable, deliciooooso!...»

Al decir esto vió á Mendizábal en la puerta, y éste, por desgracia, le vió también á él. Grandes fueron la alarma y turbación del anciano al notar que el memorialista le observaba con ademán sospechoso. «Ese animal me ha conocido y viene tras de mí», pensó Villaamil deslizándose pegado al muro de las Comendadoras. Antes de volver la esquina, miró, y, en efecto, Mendizábal le seguía paso á paso, como cazador que anda quedito tras la res, procurando no espantarla. En cuanto traspuso el ángulo, Villaamil, recogiéndose la capa, apretó á correr despavorido con cuanta rapidez pudo, creyendo escuchar los pasos del otro y que un enorme brazo se alargaba y le cogía por el cogote. Mal rato pasó el infeliz. La suerte que no había nadie por aquellos barrios, pues si pasa gente, y á Mendizábal se le ocurre gritar ¡á ése!, en aquel mismo punto hubiera acabado la preciosa libertad del buen cesante. Huyó con increíble ligereza, atravesando la plazuela del Limón, pasó por delante del cuartel, temeroso de que la guardia le detuviese, y siguiendo la calle del Conde-Duque, miró hacia atrás, y vió que Mendizábal, aunque le seguía, quedaba bastante lejos. Sin tomar aliento, encaminóse hacia la desierta explanada, y antes que su perseguidor pudiera verle, se ocultó tras un montón de baldosas. Sacando la cabeza con gran precaución y sin sombrero por un hueco de su escondite, vió al hombre-mono desorientado, mirando á derecha é izquierda, y con preferencia á la parte del paseo de Areneros, por donde creyó se había escabullido la caza. «¡Ah! sectario del obscurantismo, ¿querías cogerme? No te mirarás en ese espejo. Sé yo más que tú, monstruo, feo, más feo que el hambre, y más neo que Judas. Ya sabes que siempre he sido liberal, y que antes moriré que soportar el despotismo. Vete al cuerno, grandísimo reaccionario, que lo que es á mí no me encadenas tú... Me futro en tu absolutismo y en tu inquisición. Jeríngate, animal, carca y liberticida, que yo soy libre y liberal y demócrata, y anarquista y petrolero, y hago mi santísima voluntad...»

Aunque perdiera de vista al feo gorilla, no las tenía todas consigo. Conocedor de la fuerza hercúlea de su portero, sabía que si éste le echaba la zarpa, no le soltaría á dos tirones; y para evitar su encuentro, se agachó buscando la sombra y amparo de los sillares ó rimeros de adoquines que de trecho en trecho había. Protegido por la densa obscuridad, volvió á ver al memorialista, que al parecer se retiraba desesperanzado de encontrarle. «Abur, lechuzo, sicario del fanatismo y opresor de los pueblos... ¡Miren qué facha, qué brazos y qué cuerpo! No andas á cuatro pies por milagro de Dios. Joróbate y búscame, y date tono con doña Pura, diciéndole que me viste... Zángano, neo, salvaje, los demonios carguen contigo».

Cuando se creyó seguro, volvió á internarse en las calles, siempre con el recelo de que Mendizábal le iba á los alcances, y no daba un paso sin revolver la vista á un lado y otro. Creía verle salir de todos los portales ó agazapado en todos los rincones obscuros, acechándole para caer encima con salto de mono y coraje de león. Al doblar la esquina del callejón del Cristo para entrar en la calle de Amaniel, ¡pataplúm! cátate á Mendizábal hablando con unas mujeres. Afortunadamente, el memorialista le volvía la espalda y no pudo verle. Pero Villaamil, viéndose cogido, tuvo una inspiración súbita, que fué meterse por la primera puerta que halló á mano. Encontróse dentro de una taberna. Para justificar su brusco ingreso, pasado el primer instante de sobresalto, fuése al mostrador y pidió Cariñena. Mientras le servían observó la concurrencia: dos sargentos, tres paisanos de chaqueta corta y cuatro mozas de malísimo pelaje. «¡Vaya unas chicas guapas y elegantes!—dijo mirándolas, al beber, por encima del vaso.—Véase por dónde me entran ahora ganas de echarles alguna flor... ¡yo que desde que llevé á Pura al altar no he dicho á ninguna mujer por ahí te pudras!... Pero con la libertad parece que me remozo, y que me resucita la juventud... vaya... y me bailan por el cuerpo unas alegrías... ¡Cuidado que pasarse un hombre seis lustros sin acordarse de más mujer que la suya!... ¡Qué cosas!... Vamos, que también me da por beberme otra copa... Treinta años de virtud disculpan que uno eche ahora media docena de canas al aire... (Al tabernero.) Déme usted otra copita... Pues lo que es las mozas me están gustando; y si no fuera por esos gandules que las cortejan, les diría yo algo por donde comprendiesen lo que va de tratar con caballeros á andar entre gansos y soldaduchos... Debiera trabar conversación, al menos para dar tiempo á que desfile Mendizábal... ¡Dios mío, líbrame de esa fiera ultramontana y facciosa!... Nada, que me gustan las niñas; sobre todo aquella que tiene el moño alto y el mantón colorado... También ella me mira, y... Ojo, Ramón, que estas aventuras son peligrosas. Modérate, y para hacer más tiempo, toma una copita más. Paisano, otra...»

La partida salió, y Villaamil, calculando con rápida inspiración, se dijo: «Me meto entre ellos, y si aún está el esperpento ahí, me escabullo mezclado con estos galanes y estas señoras». Así lo hizo, y salió confundido con las mozas, que á él le parecían de ley, y con los militares. Mendizábal no estaba en la calle ya; pero don Ramón no las tenía todas consigo y siguió tras la patulea, pegado á ella lo más posible, reflexionando: «En último caso, si el orangután ese me ataca, es fácil que estos bravos militares salgan á defenderme... Vas bien, Ramón, no temas... La sacrosanta libertad, hija del Cielo, no te la quita ya nadie».

Al llegar cerca de las Capuchinas, vió que la alegre banda desaparecía por la calle de Juan de Dios. Oyó carcajadas de las desenvueltas muchachas, y juramentos y voquibles de los hombres. Mirando con tristeza y envidia el grupo: «¡Oh dichosa edad de la despreocupación y del qué se me da á mí! Dios os la prolongue. Haced todos los disparates que se os ocurran, jóvenes, y pecad todo lo que podáis, y reíos del mundo y sus incumbencias, antes que os llegue la negra y caigáis en la horrible esclavitud del pan de cada día y de la posición social».

Al decir esto, todas sus ideas accesorias é incidentales se desvanecieron, dejando campar sola y dominante la idea constitutiva de su lamentable estado psicológico. «Debe de ser tarde, Ramón. Apresúrate á ponerte punto final. Dios lo dispone». De aquí pasó al recuerdo de Luis, de quien tan cerca estaba, pues el anciano había entrado en la calle de los Reyes. Paróse frente á la casa de Cabrera, y mirando hacia el segundo, soltó en el embozo de su capa estas expresiones: «Luisín, niño mío, tú, lo más puro y lo más noble de la familia, digno hijo de tu madre, á á quien voy á ver pronto, ¿qué tal te encuentras con esos señores? ¿Extrañas la casa? Tranquilízate, que ya te irás acostumbrando á ellos; son buenas personas, tienen mucho arreglo, gastan poco, te criarán bien, harán de ti un hombre. No te pese haber venido. Haz caso de mí que te quiero tanto, y hasta me dan ganas de rezarte, porque tú eres un santo en flor y te han de canonizar... como si lo viera. Por tu boca inocente se me confirmó lo que ya se me había revelado... y yo que aun dudaba, desde que te oí, ya no dudé más. Adiós, chiquillo celestial; tu abuelito te bendice... mejor sería decirte que te pide la bendición, porque eres un santito, y el día que cantes misa, verás, verás qué alegría hay en el Cielo... y en la tierra... Adiós, tengo prisa... Duérmete, y si eres desgraciado y alguien te quita tu libertad, ¿sabes lo que haces? pues te largas de aquí... hay mil maneras... y ya sabes dónde me tienes... Siempre tuyo...»

Esto último lo dijo andando hacia la plaza de San Marcial con reposado continente, como hombre que vuelve á su casa sin prisa, cumplidos los deberes de la jornada. Encontróse de nuevo en los vertederos de la Montaña, en lugares á donde no llega el alumbrado público, y los altibajos del terreno poníanle en peligro de dar con su cuerpo en tierra antes de sazón. Por fin, se detuvo en el corte de un terraplén reciente, en cuyo movedizo talud no se podía aventurar nadie sin hundirse hasta la rodilla, amén del peligro de rodar al fondo invisible. Al detenerse, asaltóle una idea desconsoladora, fruto de aquella costumbre de ponerse en lo peor y hacer cálculos pesimistas. «Ahora que veo cercano el término de mi esclavitud y mi entrada en la Gloria Eterna, la maldita suerte me va á jugar otra mala pasada. Va á resultar (sacando el arma) que este condenado instrumento falla... y me quedo vivo ó á medio morir, que es lo peor que puede pasarme, porque me recogerán y me llevarán otra vez con las condenadas Miaus... ¡Qué desgraciado soy! Y sucederá lo que temo... como si lo viera... Basta que yo desee una cosa, para que suceda la contraria... ¿Quiero suprimirme? Pues la perra suerte lo arreglará de modo que siga viviendo».

Pero el procedimiento lógico que tan buenos resultados le diera en su vida, el sistema aquel de imaginar el reverso del deseo para que el deseo se realizase, le inspiró estos pensamientos: «Me figuraré que voy á errar el jeringado tiro, y como me lo imagine bien, con obstinación sostenida de la mente, el tirito saldrá... ¡Siempre la contraria! Conque á ello... Me imagino que no voy á quedar muerto, y que me llevarán á mi casa... ¡Jesús! Otra vez Pura y Milagros, y mi hija, con sus salidas de pie de banco, y aquella miseria, aquel pordioseo constante... y vuelta al pretender, á importunar á los amigos... Como si lo viera: este cochino revólver no sirve para nada. ¿Me engañó aquel armero indecente de la calle de Alcalá?... Probémoslo, á ver... pero de hecho me quedo vivo... sólo que... por lo que pueda suceder, me encomiendo á Dios y á San Luisito Cadalso, mi adorado santín... y... Nada, nada, este chisme no vale... ¿Apostamos á que falla el tiro? ¡Ay! Antipáticas Miaus, ¡cómo os vais á reir de mí!... Ahora, ahora... ¿á que no sale?

Retumbó el disparo en la soledad de aquel abandonado y tenebroso lugar; Villaamil, dando terrible salto, hincó la cabeza en la movediza tierra, y rodó seco hacia el abismo, sin que el conocimiento le durase más que el tiempo necesario para poder decir: «Pues... sí...»

Madrid, Abril de 1888.

FIN DE LA NOVELA