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Miau

Chapter 5: V
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About This Book

A satirical realist narrative follows a beleaguered urban household as successive misfortunes, petty humiliations, and convoluted dealings with rigid institutions deepen their poverty and social precariousness. Through comic episodes, sharp domestic details, and a gallery of intrusive neighbors and opportunistic acquaintances, the narrative traces daily struggles, failed schemes, generational tensions, and the corrosive effects of bureaucracy and social stigma. Tone shifts between farce and pathos while scenes accumulate into a portrait of decline, adaptation, and frustrated hopes.

V

Aquella noche no durmió Villaamil ni un cuarto de hora seguido. Se aletargaba un instante; pero la idea de la combinación próxima, el criterio pesimista que se había impuesto, poniéndose en lo peor y esperando lo malo para que viniese lo bueno, le sembraban de espinas el lecho, desvelándole apenas cerraba los ojos. Cuando su mujer volvió del teatro, Villaamil habló con ella algunas palabras extraordinariamente desconsoladoras. Ello fué algo referente á la dificultad de allegar provisiones para el día siguiente, pues no había en la casa ninguna especie de moneda ni tampoco materia hipotecable; el crédito estaba agotado, y apuradas también la generosidad y paciencia de los amigos.

Aunque afectaba serenidad y esperanza, doña Pura estaba muy intranquila, y también pasó la noche en claro, haciendo cálculos para el día siguiente, que tan pavoroso y adusto se anunciaba. Ya no se atrevía á mandar traer géneros á crédito de ningún establecimiento, porque todo era malas caras, grosería, desconsideración, y no pasaba día sin que un tendero exigente y descortés armase un cisco en la misma puerta del cuarto segundo. ¡Empeñar! La mente de la señora hizo rápida síntesis de todas las prendas útiles que estaban condenadas al ostracismo: alhajas, capas, mantas, abrigos. Se había llegado al máximum de emisión, digámoslo así, en esta materia, y no había forma humana de desabrigarse más de lo que ya lo estaba toda la familia. Una pignoración en grande escala se había verificado el mes anterior (Enero del 78) el mismo día del casamiento de D. Alfonso con la reina Mercedes. Y sin embargo, las tres Miaus no perdieron ninguna de las fiestas públicas que con aquel motivo se celebraron en Madrid. Iluminaciones, retretas, el paso de la comitiva hacia Atocha; todo lo vieron perfectamente, y de todo gozaron en los sitios mejores, abriéndose paso á codazo limpio entre las multitudes.

¡La sala, hipotecar algo de la sala! Esta idea causaba siempre terror y escalofríos á doña Pura, porque la sala era la parte del menaje que á su corazón interesaba más, la verdadera expresión simbólica del hogar doméstico. Poseía muebles bonitos, aunque algo anticuados, testigos del pasado esplendor de la familia Villaamil; dos entredoses negros con filetes de oro y lacas, y cubiertas de mármol; sillería de damasco, alfombra de moqueta y unas cortinas de seda que habían comprado al Regente de la audiencia de Cáceres, cuando levantó la casa por traslación. Tenía doña Pura á las tales cortinas en tanta estima como á las telas de su corazón. Y cuando el espectro de la necesidad se le aparecía y susurraba en su oído con terrible cifra el conflicto económico del día siguiente, doña Pura se estremecía de pavor, diciendo: «No, no; antes las camisas que las cortinas». Desnudar los cuerpos le parecía sacrificio tolerable; pero desnudar la sala... ¡eso nunca! Los de Villaamil, á pesar de la cesantía con su grave disminución social, tenían bastantes visitas. ¡Qué dirían éstas si vieran que faltaban las cortinas de seda, admiradas y envidiadas por cuantos las veían! Doña Pura cerró los ojos queriendo desechar la fatídica idea y dormirse; pero la sala se había metido dentro de su entrecejo y la estuvo viendo toda la noche, tan limpia, tan elegante... Ninguna de sus amigas tenía una sala igual. La alfombra estaba tan bien conservada, que parecía que humanos pies no la pisaban, y era que de día la defendían con pasos de quita y pon, cuidando de limpiarla á menudo. El piano vertical, desafinado, sí, desafinadísimo, tenía el palisandro de su caja resplandeciente. En la sillería no se veía una mota. Los entredoses relumbraban, y lo que sobre ellos había, aquel reloj dorado y sin hora, los candelabros dentro de fanales, todo estaba cuidado exquisitamente. Pues las mil baratijas que completaban la decoración, fotografías en marcos de papel cañamazo, cajas que fueron de dulces, perritos de porcelana y una licorera de imitación de Bohemia, también lucían sin pizca de polvo. Abelarda se pasaba las horas muertas limpiando estos cachivaches y otros que no he mencionado todavía. Eran objetos de frágiles tablillas caladas, de esos que sirven de entretenimiento á los aficionados á la marquetería doméstica. Un vecino de la casa tenía maquinilla de trepar y hacía mil primores que regalaba á los amigos. Había cestos, estantillos, muebles diminutos, capillas góticas y chinescas pagodas, todo muy mono, muy frágil, de mírame y no me toques, y muy difícil de limpiar.

Doña Pura dió una vuelta en la cama, como queriendo variar sus lúgubres ideas con un cambio de postura. Pero entonces vió en su mente con mayor claridad las suntuosas cortinas, color de amaranto, de seda riquísima, de esa seda que no se ve ya en ninguna parte. Todas las señoras que iban de visita habían de coger y palpar la incomparable tela, y frotarla entre los dedos para apreciar la clase. ¡Pero había que tomarle el peso para saber lo que era aquello!... En fin, doña Pura consideraba que mandar las cortinas al Monte ó la casa de préstamos, era trance tan doloroso como embarcar un hijo para América.

En tanto que la figura de Fra Angélico se agitaba en su angosto colchón (dormía en la alcobita de la sala, y su marido, desde que vino de Filipinas, ocupaba solo la alcoba del gabinete), proponíase distraer y engañar su pena recordando las emociones de la ópera y lo bien que dijo el barítono aquello de rivedrai le foreste imbalsamate...

Villaamil, solo, insomne y calenturiento, se revolcaba en el gran camastro matrimonial, cuyo colchón de muelles tenía los ídem en lastimoso estado, los unos quebrados y hundidos, los otros estirados y en erección. El de lana, que encima estaba, no le iba en zaga, pues todo era pelmazos por aquí, vaciedades por allá, de modo que la cama habría podido figurar dignamente en las mazmorras de la Inquisición para escarmiento de herejes. El pobre cesante tenía en su lecho la expresión externa ó el molde de las torturas de su alma, y así, cuando la hormiguilla del insomnio le hacía dar una vuelta, caía en profunda sima, del centro de la cual surgía como la joroba de un demonio, enorme espolón que se le clavaba en los riñones; y cuando salía de la sima, un amasijo de lana, duro y fuerte como el puño, le estropeaba las costillas.

Algunas voces dormía tal cual en medio de estos accidentes; pero aquella noche, la exaltación de su cerebro le agrandaba en la obscuridad las desigualdades del terreno: ya creía que se despeñaba, quedándose con los pies en alto, ya que se balanceaba en el vértice de una eminencia ó que iba navegando hacia Filipinas con un tifón de mil demonios. «Seamos pesimistas—era su tema;—pensemos, con todo el vigor del pensamiento, que no me van á incluir en la combinación, á ver si me sorprende la felicidad del nombramiento. No esperaré el hecho feliz, no, no lo espero, para que suceda. Siempre pasa lo que no se espera. Póngome en lo peor. No te colocan, no te colocan, pobre Ramón; verás cómo ahora también se burlan de ti. Pero aunque estoy convencido de que no consigo nada, convencidísimo, sí, y no hay quien me apee de esto; aunque sé que mis enemigos no se apiadarán de mí, pondré en juego todas las influencias y haré que hasta el lucero del alba le hable al Ministro. Por supuesto, amigo Ramón, todo inútil. Verás cómo no te hacen maldito caso; tú lo has de ver. Yo estoy tan convencido de ello, como de que ahora es de noche. Y bien puedes desechar hasta el último vislumbre de credulidad. Nada de melindres de esperanza; nada de si será ó no será; nada de debilidades optimistas. No lo catas, no lo catas, aunque revientes».

VI

Doña Pura durmió al fin profundamente toda la madrugada y parte de la mañana. Villaamil se levantó á las ocho sin haber pegado los ojos. Cuando salió de su alcoba, entre ocho y nueve, después de haberse refregado el hocico con un poco de agua fría y de pasarse el peine por la rala cabellera, nadie se había levantado aún. La estrechez en que estaban no les permitía tener criada, y entre las tres mujeres hacían desordenadamente los menesteres de la casa. Milagros era la que guisaba; solía madrugar más que las otras dos; pero la noche anterior se había acostado muy tarde, y cuando Villaamil salió de su habitación dirigiéndose á la cocina, la cocinera no estaba aún allí. Examinó el fogón sin lumbre, la carbonera exhausta; y en la alacena que hacía de despensa vió mendrugos de pan, un envoltorio de papeles manchados de grasa, que debía de contener algún resto de jamón, carne fiambre ó cosa así, un plato con pocos garbanzos, un pedazo de salchicha, un huevo y medio limón... El tigre dió un suspiro y pasó al comedor para registrar el cajón del aparador, en el cual, entre los cuchillos y las servilletas, había también pedazos de pan duro. En esto oyó rebullicio, después rumor de agua, y he aquí que aparece Milagros con su cara gatesca muy lavada, bata suelta, el pelo en sortijillas enroscadas con papeles, y un pañuelo blanco por la cabeza.

—¿Hay chocolate?—le preguntó su cuñado sin más saludo.

—Hay media onza nada más—replicó la señora, corriendo á abrir el cajón de la mesa de la cocina donde estaba.—Te lo haré en seguida.

—No, á mí no. Lo haces para el niño. Yo no necesito chocolate. No tengo gana. Tomaré un pedazo de pan seco y beberé encima un poco de agua.

—Bueno. Busca por ahí. Pan no falta. También hay en la alacena un trocito de jamón. El huevo ése es para mí hermana, si te parece. Voy á encender lumbre. Haz el favor de partirme unas astillas mientras yo voy á ver si encuentro fósforos.

Don Ramón, después de morder el pan, cogió el hacha y empezó a partir un madero, que era la pata de una silla vieja, dando un suspiro á cada golpe. Los estallidos de la fibra leñosa al desgarrarse parecían tan inherentes á la persona de Villaamil, como si éste se arrancase tiras palpitantes de sus secas carnes y astillas de sus pobres huesos. En tanto, Milagros armaba el templete de carbones y palitroques.

—Y hoy, ¿se pone cocido?—preguntó á su cuñado con cierto misterio.

Villaamil meditó sobre aquel problema tan descarnadamente planteado.—Tal vez... ¡quién sabe!—replicó, lanzando su imaginación á lo desconocido.—Esperemos á que se levante Pura.

Ésta era la que resolvía todos los conflictos, como persona de iniciativa, de inesperados golpes y de prontas resoluciones. Milagros era toda pasividad, modestia y obediencia. No alzaba nunca la voz, no hacía observaciones á lo que su hermana ordenaba. Trabajaba para los demás por impulso de su conciencia humilde y por hábito de subordinación. Unida fatalmente durante toda su vida al mísero destino de aquella familia, y partícipe de las vicisitudes de ésta, jamás se quejó ni se la oyó protestar de su malhadada suerte. Considerábase una gran artista malograda en flor, por falta de ambiente; y al verse perdida para el arte, la tristeza de esta situación ahogaba todas las demás tristezas. Hay que decir aquí que Milagros había nacido con excelentes dotes de cantante de ópera. Á los veinticinco años tenía una voz preciosísima, regular escuela y loca afición á la música. Pero la fatalidad no le permitió nunca lanzarse á la verdadera vida de artista. Amores desgraciados, cuestiones de familia aplazaron de día en día la deseada presentación al público, y cuando los obstáculos desaparecieron, ya Milagros no estaba para fiestas; había perdido la voz. Ni ella misma se dió cuenta de la suave gradación por donde sus esperanzas de artista vinieron á parar en la precaria situación en que se nos aparece; por dónde el soñado escenario y los triunfos del arte se convirtieron en la cocina de Villaamil, sin provisiones. Cuando pensaba ella en el contraste duro entre sus esperanzas y su destino, no acertaba á medir los escalones de aquel lento descender desde las cumbres de la poesía á los sótanos de la vulgaridad.

Milagros tenía un tipo fino, delicado, propio para los papeles de Margarita, de Dinorah, de Gilda, de la Traviatta, y voz aguda de soprano. Todo esto se convirtió en hojarasca, sin que nunca llegara á ser admiración del público. Sólo una vez cantó en el Real la parte de Adalgisa, por condescendencia de la empresa, como alumna del Conservatorio. Estuvo muy feliz, y los periódicos le auguraron un porvenir brillante. En el Liceo Jover, ante un público invitado y poco exigente, cantó Saffo y Los Capuletos de Bellini con el tercer acto de Vacai. Entonces se trató de que fuera á Italia; pero se atravesó una pasión, la esperanza de un gran partido para casarse, enredándose mucho el asunto entre el novio y la familia. Pasó tiempo, y la cantatriz hubo de malograrse, pues ni fué á Italia, ni se contrató en el Real, ni se casó.

Doña Pura y Milagros eran hijas de un médico militar, de apellido Escobios, y sobrinas del músico mayor del Inmemorial del Rey. Su madre era Muñoz, y tenían ellas pretensiones de parentesco con el marqués de Casa-Muñoz. Por cierto que cuando trataron de que Milagros fuera cantante de ópera, se pensó en italianizarle el apellido, llamándola la Escobini; pero como la carrera artística se malogró en ciernes, el mote italiano no llegó nunca á verse en los carteles.

Antes de que la vida de la señorita de Escobios se truncara, tuvo una época de fugaz éxito y brillo en una capital de provincia de tercera clase, á donde fué con su hermana, esposa de Villaamil. Éste era Jefe económico, y su familia intimó, como era natural, con la de los Gobernadores civil y militar, que daban reuniones, á que asistía lo más granadito del pueblo. Milagros, cantando en los conciertos de la brigadiera, enloquecía y electrizaba. Salíanle novios por docenas, y envidias de mujeres que la inquietaban en medio de sus triunfos. Un joven de la localidad, poeta y periodista, se enamoró frenéticamente de ella. Era el mismo que en la reseña de los saraos llamaba á doña Pura, con exaltado estilo, figura arrancada á un cuadro de Fra Angélico. Á Milagros la ensalzaba en términos tan hiperbólicos que causaban risa, y aun recuerdan los naturales algunas frases describiendo á la joven en el momento de presentarse en el salón, de acercarse al piano para cantar, y en el acto mismo del cantorrio: «Es la pudorosa Ofelia llorando sus amores marchitos y cantando con gorjeo celestial la endecha de la muerte». Y ¡cosa extraña! el mismo que escribía estas cosas en la segunda plana del periódico, tenía la misión, y por eso cobraba, de hacer la revista comercial en la primera. Suya era también esta endecha: «Harinas. Toda la semana acusa marcada calma en este polvo. Sólo han salido para el canal mil doscientos sacos que se hicieron á 22 y tres cuartillos. No hay compradores, y ayer se ofrecían dos mil sacos á 22 y medio, sin que nadie se animara». Al día siguiente, vuelta otra vez con la pudorosa Ofelia, ó el ángel que nos traía á la tierra las celestiales melodías. Ya se comprende que esto no podía acabar en bien. En efecto; mi hombre, inflamándose y desvariando cada día más con su amor no correspondido, llegó á ponerse tan malo, pero tan malo, que un día se tiró de cabeza en la presa de una fábrica de harina, y por pronto que acudieron en su auxilio, cuando le sacaron era cadáver. Poco después de este desagradable suceso, que impresionó mucho á Milagros, ésta volvió á Madrid; verificóse entonces el début en el Real, luego las funciones en el Liceo Jover, y todo lo demás que brevemente referido queda. Echemos sobre aquellos tristes sucesos un montón de años tristes, de rápido envejecimiento y decadencia, y nos encontramos á la pudorosa Ofelia en la cocina de Villaamil, con la lumbre encendida y sin saber qué poner en ella.

De un cuartucho obscuro que en el pasillo interior había, salió Abelarda restregándose los ojos, desgreñada, arrastrando la cola sucia de una bata mayor que ella, la cual fué usada por su madre en tiempos más felices, y se dirigió también á la cocina, á punto que salía de ella Villaamil para ir á despertar y vestir al nieto. Abelarda preguntó á su tía si venía el panadero, á lo que Milagros no supo qué responder, por no poder ella formar juicio acerca de problema tan grave sin oir antes á su hermana. «Haz que tu madre se levante pronto—le dijo consternada,—á ver qué determina».

Poco después de esto, oyóse fuerte carraspeo allá en la alcoba de la sala, donde Pura dormía. Por la puertecilla que dicha alcoba tenía al recibimiento, frente al despacho, apareció la señora de la casa, radiante de displicencia, embutido el cuerpo en una americana vieja de Villaamil, el pelo en sortijillas, el hocico amoratado del agua fría con que acababa de lavarse, una toquilla rota cruzada sobre el pecho, en los pies voluminosas zapatillas. «Qué, ¿no os podéis desenvolver sin mí? Estáis las dos atontadas. Pues no es para tanto. ¿Habéis hecho el chocolate del niño?» Milagros salió de la cocina con la jícara, mientras Abelarda sentaba al pequeñuelo y le colgaba del pescuezo la servilleta. Villaamil fué á su despacho, y a poco salió con el tintero en la mano, diciendo: «No hay tinta, y hoy tengo que escribir más de cuarenta cartas. Mira, Luisín, en cuanto acabes, te vas abajo y le dices al amigo Mendizábal que me haga el favor de un poquito de tinta».

—Yo iré—dijo Abelarda cogiendo el tintero y bajando en la misma facha en que estaba.

Las dos hermanas, en tanto, cuchicheaban en la cocina. ¿Sobre qué? Es presumible que fuera sobre la imposibilidad de dar de comer á la familia con un huevo, pan duro y algunos restos de carne que no bastaban para el gato. Pura fruncía las cejas y hacía con los labios un mohín muy extraño, juntándolo con la nariz, que parecía alargarse. La pudorosa Ofelia repetía este signo de perplejidad, resultando las dos tan semejantes, que parecían una misma. De sus meditaciones las distrajo Villaamil, el cual apareció en la cocina diciendo que tenía que ir al Ministerio y necesitaba una camisa limpia. «¡Todo sea por Dios!—exclamó Pura con desaliento.—La única camisa lavada está en tan mal estado, que necesita un recorrido general». Pero Abelarda se comprometió á tenerla lista para el mediodía, y además planchada, siempre que hubiera lumbre. También hizo don Ramón á su hija sentidas observaciones sobre ciertos flecos y desgarraduras que ostentaba la solapa de su gabán, rogándola que pasara por allí sus hábiles agujas. La joven le tranquilizó, y el buen hombre metióse en su despacho. El conciliábulo que las Miaus tenían en la cocina terminó con un repentino sobresalto de Pura, que corrió á su alcoba para vestirse y largarse á la calle. Había estallado una idea inmensa en aquel cerebro cargado de pólvora, como si en él penetrase una chispa del fulminante que de los ojos brotara. «Enciende bien la lumbre y pon agua en los pucheros», dijo á su hermana al salir, y se escabulló fuera con diligencia y velocidad de ardilla. Al ver esta determinación, Abelarda y Milagros, que conocían bien á la directora de la familia, se tranquilizaron respecto al problema de subsistencias de aquel día, y se pusieron á cantar, la una en la cocina, la otra desde su cuarto, el dúo de Norma: in mia mano al fin tu sei.

VII

Á eso de las once entró doña Pura bastante sofocada, seguida de un muchacho recadista de la plazuela de los Mostenses, el cual venía echando los bofes con el peso de una cesta llena de víveres. Milagros, que á la puerta salió, hízose multitud de cruces de hombro á hombro y de la frente á la cintura. Había visto á su hermana salir avante en ocasiones muy difíciles, con su enérgica iniciativa; pero el golpe maestro de aquella mañana le parecía superior á cuanto de mujer tan dispuesta se podía esperar. Examinando rápidamente el cesto, vió diferentes especies de comestibles, vegetales y animales, todo muy bueno, y más adecuado á la mesa de un Director general que á la de un mísero pretendiente. Pero doña Pura las hacía así. Las bromas, ó pesadas ó no darlas. Para mayor asombro, Milagros vió en manos de su hermana el portamonedas, casi reventando de puro lleno.

—Hija—le dijo la señora de la casa, secreteándose con ella en el recibimiento, después que despidió al mandadero,—no he tenido más remedio que dirigirme á Carolina Lantigua, la de Pez. He pasado una vergüenza horrible. Hube de cerrar los ojos y lanzarme, como quien se tira al agua. ¡Ay, qué trago! Le pinté nuestra situación de una manera tal, que la hice llorar. Es muy buena. Me dió diez duros, que prometí devolverle pronto; y lo haré, sí, lo haré; porque de esta hecha le colocan. Es imposible que dejen de meterle en la combinación. Yo tengo ahora una confianza absoluta... En fin, lleva esto para dentro. Voy allá en seguida. ¿Está el agua cociendo?

Entró en el despacho para decir á su marido que por aquel día estaba salvada la tremenda crisis, sin añadir cómo ni cómo no. Algo debieron hablar también de las probabilidades de colocación, pues se oyó desde fuera la voz iracunda de Villaamil gritando: «No me vengas á mí con optimismos de engañifa. Te digo y te redigo que no entraré en la combinación. No tengo ninguna esperanza, pero ninguna, me lo puedes creer. Tú, con esas ilusiones tontas y esa manía de verlo todo color de rosa, me haces un daño horrible, porque viene luego el trancazo de la realidad, y todo se vuelve negro». Tan empapado estaba el santo varón en sus cavilaciones pesimistas, que cuando le llamaron al comedor y le pusieron delante un lucido almuerzo, no se le ocurrió inquirir, ni siquiera considerar, de dónde habían salido abundancias tan desconformes con su situación económica. Después de almorzar rápidamente, se vistió para salir. Abelarda le había zurcido las solapas del gabán con increíble perfección, imitando la urdimbre del tejido desgarrado; y dándole en el cuello una soba de bencina, la pieza quedó como si la hubieran rejuvenecido cinco años. Antes de salir, encargó á Luis la distribución de las cartas que escrito había, indicándole un plan topográfico para hacer el reparto con método y en el menor tiempo posible. No le podían dar al chico faena más de su gusto, porque con ella se le relevaba de asistir á la escuela, y se estaría toda la santísima tarde como un caballero, paseando con su amigo Canelo. Era éste muy listo para conocer dónde había buen trato. Al cuarto segundo subía pocas veces, sin duda por no serle simpática la pobreza que allí reinaba comúnmente; pero con finísimo instinto se enteraba de los extraordinarios de la casa, tanto más espléndidos cuanto mayor era la escasez de los días normales. Estuviera el can de centinela en la portería ó en el interior de la casa, ó bien durmiendo bajo la mesa del memorialista, no se le escapaba el hecho de que entraran provisiones para los de Villaamil. Cómo lo averiguaba, nadie puede saberlo; pero es lo cierto que el más astuto vigilante de Consumos no tendría nada que enseñarle. Por supuesto, la aplicación práctica de sus estudios era subir á la casa abundante y estarse allí todo un día y á veces dos; pero en cuanto le daba en la nariz olor de quema, decía... «hasta otra», y ya no le veían más el pelo. Aquel día subió poco después de ver entrar á doña Pura con el mandadero; y como las tres Miaus eran siempre muy buenas con él y le daban golosinas, á Cadalsito le costó trabajo llevárselo á su excursión por las calles. Canelo salió de mala gana, por cumplir un deber social y porque no dijeran.

Las tres Miaus estuvieron aquella tarde muy animadas. Tenían el don felicísimo de vivir siempre en la hora presente y de no pensar en el día de mañana. Es una hechura espiritual como otra cualquiera, y una filosofía práctica que, por más que digan, no ha caído en descrédito, aunque se ha despotricado mucho contra ella. Pura y Milagros estaban en la cocina, preparando la comida, que debía ser buena, copiosa y dispuesta con todos los sacramentos, como desquite de los estómagos desconsolados. Sin cesar en el trabajo, la una espumando pucheros ó disponiendo un frito, la otra machacando en el almirez al ritmo de un andante con esprezione ó de un allegro con brío, charlaban sobre la probable ó más bien segura colocación del jefe de la familia. Pura habló de pagar todas las deudas, y de traer á casa los diversos objetos útiles que andaban por esos mundos de Dios en los cautiverios de la usura.

Abelarda estaba en el comedor con su caja de costura delante, arreglando sobre el maniquí un vestidillo color de pasa. No llamaba la atención por bonita ni por fea, y en un certamen de caras insignificantes se habría llevado el premio de honor. El cutis era malo, los ojos obscuros, el conjunto bastante parecido á su madre y tía, formando con ellas cierta armonía, de la cual se derivaba el mote que les pusieron. Quiero decir que si, considerada aisladamente, la similitud del cariz de la joven con el morro de un gato no era muy marcada, al juntarse con las otras dos parecía tomar de ellas ciertos rasgos fisiognómicos, que venían á ser como un sello de raza ó familia, y entonces resultaban en el grupo las tres bocas chiquitas y relamidas, la unión entre el pico de la nariz y la boca por una raya indefinible, los ojos redondos y vivos, y la efusión característica del cabello, que era como si las tres hubieran estado rodando por el suelo en persecución de una bola de papel ó de un ovillo.

Aquella tarde todo fué dichas, porque entraron visitas, lo que á Pura agradaba mucho. Dejó rápidamente los menesteres culinarios para echarse una bata y componerse el pelo, y entró satisfecha en la sala. Eran los visitantes Federico Ruiz y su esposa Pepita Ballester. El insigne pensador estaba también sin empleo, pasando una crujía espantosa, de la cual había más señales en su ropa que en la de su mujer; pero llevaba con tranquilidad su cesantía, mejor dicho, tan optimista era su temperamento, que la llevaba hasta con cierto gozo. Siempre era el mismo hombre, el métome-en-todo infatigable, fraguando planes de bullanguería literaria y científica, premeditando veladas ó centenarios de celebridades, discurriendo algún género de ocupación que á ningún nacido se le hubiera pasado por el magín. Aquel bendito hacía pensar que hay una Milicia Nacional en las letras.

Escribía artículos sobre lo que debe hacerse para que prospere la Agricultura, sobre las ventajas de la cremación de los cadáveres, ó bien reseñando puntualmente lo que pasó en la Edad de Piedra, que es, como si dijéramos, hablar de ayer por la mañana. Su situación económica era bastante precaria, pues vivía de la pluma. De higos á brevas lograba que en Fomento le tomasen cierto número de ejemplares de ediciones viejas y de libros tan maulas como el Comunismo ante la razón, ó el Servicio de incendios en todas las naciones de Europa, ó la Reseña pintoresca de los Castillos. Pero tenía en su alma caudal tan pingüe de consuelo, que no necesitaba la resignación cristiana para conformarse con su desdicha. El estar satisfecho venía á ser en él una cuestión de amor propio, y por no dar su brazo á torcer se encariñaba, á fuerza de imaginación, con la idea de la pobreza, llegando hasta el absurdo de pensar que la mayor delicia del mundo es no tener un real ni de dónde sacarlo. Buscarse la vida, salir por la mañana discurriendo á qué editor de revista enferma ó periódico moribundo llevar el artículo hecho la noche anterior, constituía una serie de emociones que no pueden saborear los ricos. Trabajaba como un negro, eso sí, y el Tostado era un niño de teta al lado de él, en el correr de la pluma. Verdaderamente, ganarse así el cocido tenía mucho de placer, casi de voluptuosidad. Y el cocido no le había faltado nunca. Su mujer era una alhaja y le ayudaba á sortear aquella situación. Pero la eficaz Providencia suya era su carácter, aquella predisposición optimista, aquel procedimiento ideal para convertir los males en bienes y la escasez adusta en risueña abundancia. Habiendo conformidad no hay penas. La pobreza es el principio de la sabiduría, y no ha de buscarse la felicidad en las clases privilegiadas. El pensador recordaba la comedia de Eguílaz, en la cual el protagonista, para ponderar lo divertido que es ser pobre, dice con mucho calor:

Yo tenía cinco duros
el día que me casé.

Y recordaba también que la cazuela se venía abajo con el estruendo de los aplausos y las patadas de entusiasmo, prueba de lo popular que es en esta raza la escasez de dinero. También Ruiz había hecho en sus tiempos una comedia en que se probaba que para ser honrado y justo es indispensable andar con los codos de fuera, y que todos los ricos acaban siempre malamente. Por supuesto, á pesar de esta idealidad con que sabía dorar el cobre de su crisis económica, pasando la calderilla por oro, Ruiz no cedía en sus pretensiones de ser nuevamente colocado. No dejaba vivir al Ministro de Fomento, y las Direcciones de Instrucción pública y de Agricultura se echaban á temblar en cuanto él traspasaba la mampara. Á falta de empleo, pretendía una comisioncita para estudiar cualquier cosa; lo mismo le daba la Legislación de propiedad literaria en todos los países, que los Depósitos de sementales en España.

VIII

En la visita se habló primero de la ópera, á la que Ruiz iba con frecuencia, lo mismo que las Miaus, con entradas de alabarda. Después recayó la conversación en el tema de destinos. «A D. Ramón—dijo Ruiz—no le harán esperar ya mucho».

—Va en la combinación que se hará estos días—dijo Pura radiante.—Y no ha ido ya, porque Ramón no quiso aceptar plaza fuera de Madrid. El Ministro tenía gran empeño en mandarle á una provincia, donde hacen falta hombres como mi esposo. Pero Ramón no está ya para viajes. Yo, si he de decir verdad, deseo que le coloquen porque esté ocupado; nada más que porque esté ocupado. No puede usted figurarse, Federico, lo mal que le sienta á mi marido la ociosidad... vamos, que no vive. ¡Ya se ve, acostumbrado á trabajar desde mozo!... Y que le conviene también colocarse para los derechos pasivos. Figúrese usted, á Ramón no le faltan más que dos meses para poderse jubilar con los cuatro quintos. Si no fuera por esto, mejor se estaría en su casa. Yo lo digo: «No te apures, hijo, que, gracias á Dios, para vivir modestamente no nos falta»; pero él no se conforma, le gusta el calor de la oficina, y hasta el cigarro no le sabe si no se lo fuma entre dos expedientes.

—Lo creo... ¡Qué santo varón! ¿Y cómo está de salud?

—Delicadillo del estómago. Todos los días tengo que inventar algo nuevo para sostenerle el apetito. Mi hermana y yo nos dedicamos ahora á la cocina, por entretenimiento, y por vernos libres de criadas, que son una calamidad. Le hacemos cada día un platito distinto... caprichos y frioleras suculentas. Á veces tengo que irme á la plazuela del Carmen en busca de cosas que no se encuentran en los Mostenses.

—Pues vea usted—dijo la señora de Ruiz,—ese es un trabajo que yo no conozco, porque éste tiene un estómago que no se lo merece, y un apetito tan famoso, que no se necesitan melindres para sostenérselo.

—Gracias á Dios—indicó el publicista con jovialidad.—De ahí viene esta buena pasta mía y la confianza que tengo en mi suerte. Créame usted, doña Pura, no hay nada que valga lo que un buen estómago. Aquí me tiene usted tan conforme siempre: si me colocan, bien; si no, dos cuartos de lo mismo. Hablando con verdad, no me gusta ser empleado, y preferiría lo que me ofreció ayer el Ministro: una comisión para estudiar los Montes de Piedad de Alemania. Es cuestión muy importante.

—Ya lo creo que es importante. ¡Figúrese usted!—exclamó la señora de Villaamil arqueando las cejas.

En esto entró otra visita. Era un amigo de Villaamil, que vivía en la calle del Acuerdo, un tal Guillén, cojo por más señas, empleado en la Dirección de Contribuciones. Dijo el tal, después de los saludos, que un compañero suyo, que estaba en el Personal, le había asegurado aquella misma tarde que Villaamil iba en la próxima combinación. Doña Pura lo dió por cierto, y Ruiz y su señora apoyaron esta apreciación lisonjera. Se fueron enzarzando de tal modo en la conversación los plácemes, que doña Pura, al fin, se arrancó á ofrecer á sus buenos amigos una copita y pastas. Entre las provisiones de aquel fausto día, se contaba una botella de moscatel de á tres pesetas, licor con que Pura solía obsequiar á su marido á los postres. Ruiz y Guillén chocaron las copas, expresando con igual calor su afecto á la simpática familia. La sobriedad del pensador contrastaba con la incontinencia un tanto grosera del empleado cojo, quien rogó á doña Pura no se llevase la botella, y escanciando que te escanciarás, pronto se vió que quedaba el líquido en menos de la mitad.

Ya encendidas las luces, y cuando se habían ido las visitas, entró Villaamil. Pura corrió á su encuentro, viendo con satisfacción que el ferocísimo semblante tigresco tenía cierto matiz de complacencia. «¿Qué hay? ¿Qué noticias traes?»

—Nada, mujer—dijo Villaamil, que se encastillaba en el pesimismo y no había quien le sacara de él.—Todavía nada; las palabritas sandungueras de siempre.

—¿Y el Ministro... le has visto?

—Sí, y me recibió tan bien—se dejó decir Villaamil haciendo traición, por descuido, á su afectada misantropía,—me recibió tan bien, que... no sé... parece que Dios le ha tocado al corazón, que le ha dicho algo de mí. Estuvo amabilísimo... encantado de verme por allí... sintiendo mucho no tenerme á su lado... decidido á llevarme...

—Vamos; no dirás ahora que no tienes esperanza.

—Ninguna, mujer, absolutamente ninguna (recobrando su papel). Veras cómo todo se queda en jarabe de pico. Si sabré yo... ¡Tenlo por cierto! ¡No me colocan hasta el día del juicio por la tarde!

—¡Ay, qué hombre! Eso también es ponerle á Dios cara de palo. Se podría enojar y con muchísima razón.

—Déjate de tonterías, y si tú esperas, buen chasco te llevarás. Yo no quiero llevármelo; por eso no espero nada, ¿sabes? Y cuando venga el golpe me quedaré tan tranquilo.

Luisito llegó cuando sus abuelos discutían acaloradamente si debían abrigar ó no esperanza, y dió cuenta de la puntual entrega de todas las cartas. Tenía hambre, frío, y le dolía un poco la cabeza. Al regreso de la excursión se había sentado en el pórtico de las Alarconas; pero no le dió aquéllo, ni la visión tuvo á bien presentarse en ninguna forma. Canelo no se apartaba de doña Pura, siguiéndola del despacho á la cocina, y de ésta al comedor, y cuando llamaron á comer al dueño de la casa, como éste tardara un poco en salir, fué el entendido perro á buscarle y con meneos de cola le decía: «Si usted no tiene gana, dígalo; pero no nos tenga tanto tiempo espera que te espera».

Comieron con regular apetito y bastante buen humor, y de sobremesa Villaamil se fumó, saboreándolo mucho, un habano que el señor de Pez le había dado aquella tarde. Era muy grande, y al tomarlo, el cesante dijo á su amigo que lo guardaría para después. Aquel cigarro le recordaba sus tiempos prósperos. ¿Sería tal vez anuncio de que los tales tiempos volverían? Dijérase que el buen Villaamil leía en las espirales de humo azul su buena ventura, porque se quedaba alelado mirándolas subir en graciosas curvas hacia el techo del comedor, nublando vagamente la lámpara.

Por la noche tuvieron gente (Ruiz, Guillén, Ponce, los de Cuevas, Pantoja y su familia, de quien se hablará después), y se formalizó el proyecto iniciado el mes anterior, de representar una piececita, pues algunos amigos de la casa tenían aptitudes no comunes para el teatro, sobre todo en el género cómico. Federico Ruiz se encargó de escoger la pieza, de distribuir los papeles y dirigir los ensayos. Se convino en que Abelarda haría uno de los principales personajes, y Ponce otro; pero éste, reconociendo con laudable modestia que no tenía maldita gracia y que haría llorar al público en los papeles más jocosos, reservó para sí la parte de padre, si en la comedia le hubiera.

Cansado de tales majaderías, D. Ramón huyó de la sala buscando en el interior obscuro de la casa las tinieblas que convenían á su pesimismo. Maquinalmente entró en el cuarto de Milagros, donde ésta desnudaba á Luis para acostarle. El pobre niño había hecho tentativas para estudiar, que fueron completamente inútiles. Le dolía la cabeza, y sentía como el presagio y el temor de la visión, pues ésta, al par que le daba mucho gusto, causábale cierta ansiedad. Se fué á acostar con la idea de que le entraría la desazón y de que iba á ver cosas muy extrañas. Cuando su abuelo entró, ya estaba metido en la cama, y su tía le hacía rezar las oraciones de costumbre: Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, etc... que él recitaba de carretilla. Con brusca interrupción se volvió hacia Villaamil para decirle: «Abuelito, ¿verdad que el Ministro te recibió muy bien?»

—Sí, hijo mío—replicó el anciano, estupefacto de esta salida y del tono con que fué dicha.—¿Y tú por dónde lo sabes?

—¿Yo?... yo lo sé.

Miraba Cadalsito á su abuelo con una expresión tan extraña, que el pobre señor no sabía qué pensar. Parecióle expresión de Niño-Dios, la cual no es otra cosa que la seriedad del hombre armonizada con la gracia de la niñez.

—Yo lo sé... lo sé—repitió Luis sin sonreir, clavando en su abuelo una mirada que le dejó inmóvil.—Y el Ministro te quiere mucho... porque le escribieron...

—¿Quién le escribió?—dijo con ansiedad el cesante, dando un paso hacia el lecho, los ojos llenos de claridad.

—Le escribieron de ti—afirmó Cadalsito sintiendo que el miedo le invadía y no le dejaba continuar. En el mismo instante pensó Villaamil que todo aquello era una tontería, y dando media vuelta se llevó la mano á la cabeza, y dijo: «¡Pero qué cosas tiene este chiquillo!...»

IX

¡Cosa rara! nada le pasó á Cadalsito aquella noche, ni sintió ni vió cosa alguna, pues á poco acostarse hubo de caer en sueño profundísimo. Al día siguiente costó trabajo levantarle. Sentíase quebrantado, y como si hubiese andado largo trecho por sitio desconocido y lejano, que no podía recordar. Fue á la escuela, y no se supo la lección. Encontrábase tan torpe aquel día, que el maestro le hizo burla y ajó su dignidad ante los demás chicos. Pocas veces se había visto en la escuela carrera en pelo como la que aguantó Cadalsito al ser confinado al último puesto de la clase en señal de ignorancia y desaplicación. Á las once, cuando se pusieron á escribir, Cadalso tenía junto á sí al famoso Posturitas, chiquillo travieso y graciosísimo, flexible como una lombriz, y tan inquieto, que donde él estuviese no podía haber paz. Llamábase Paquito Ramos y Guillén, y sus padres eran los dueños de la casa de préstamos de la calle del Acuerdo. Aquel Guillén, cojo y empleado, que hemos visto en casa de Villaamil celebrando con copiosas libaciones de moscatel la próxima colocación de su amigo, era tío materno de Posturitas, el cual debía este apodo á la viveza ratonil de sus movimientos, á la gracia con que remedaba las actitudes y gestos de los clowns y dislocados del Circo. Todo se le volvía hacer garatusas, sacar la lengua, volver del revés los párpados; y como pudiera, metía el dedo en el tintero para pintarse rayas negras en la cara.

Aquella mañana, cuando el maestro no le veía, Posturitas abría la carpeta, y él y su amigo Cadalso hundían la pelona en ella para ver las cosas diversas que encerraba. Lo más notable era una colección de sortijas, en las cuales brillaban el oro y los rubíes. No se vaya á creer que eran de metal, sino de papel, anillos de esos con que los fabricantes adornan los puros medianos para hacerlos pasar por buenos. Aquel tesoro había venido á manos de Paquito Ramos mediante un cambalache. Perteneció la colección á otro chico llamado Polidura, cuyo padre, mozo de café ó restaurant, solía recoger los aros de cigarro que los fumadores dejaban caer al suelo, y obsequiar con ellos á su hijo á falta de mejores juguetes. Había llegado á reunir Polidura más de cincuenta sortijas de diversos calibres. En unas decía Flor fina, en otras Selectos de Julián Álvarez. Cansado al fin de la colección, se la cambió á Posturas por un trompo en buen uso, mediante contrato solemne ante testigos. Cadalso regaló al nuevo propietario el anillo de la tagarnina dada por el señor de Pez á Villaamil, y que éste se fumó majestuosamente después de la comida.

La travesura de Posturitas, fielmente reproducida por el bueno de Cadalso, consistía en llenarse ambos los dedos de aquellas sorprendentes joyas, y cuando el maestro no les veía, alzar la mano y mostrarla á los otros granujas con dos ó tres anillos en cada dedo. Si el maestro venía, se los quitaban á toda prisa, y a escribir como si tal cosa. Pero en una vuelta brusca, sorprendió el dómine á Cadalsito con la mano en alto, distrayendo á toda la clase. Verle, y ponerse hecho un león, fué todo uno. Pronto se descubrió que el principal delincuente era el maligno Posturitas, que tenía en su carpeta un depósito de aros de papel; y en un santiamén el maestro, después que arrancó de los dedos las pedrerías de que estaban cuajados, agarró todo el depósito y lo deshizo, terminando con una mano de coscorrones aplicados á una y otra cabeza. Ramos rompió á llorar, diciendo: «Yo no he sido... Miau tiene la culpa». Y Miau, no menos lastimado de esta calumnia que del mote, clamó con severa dignidad: «Él es el que los tenía. Yo no traje más que uno...» «Mentira...» «El mentiroso es él».

Miau es un hipócrita—dijo el maestro, y Cadalso no supo contener su aflicción oyendo en boca de D. Celedonio el injurioso apodo. Soltó el llanto sin consuelo, y toda la clase coreaba sus gemidos, repitiendo Miau, hasta que el maestro ¡pim, pam! repartió una zurribanda general, recorriendo espaldas y mofletes, como el fiero cómitre entre las filas de galeotes, vapulando á todos sin misericordia.

—Se lo voy á decir á mi abuelo—exclamó Cadalso con un arranque de dignidad,—y no vengo más á esta escuela.

—Silencio... silencio todos—gritó el verdugo, amenazándoles con una regla, que tenía los ángulos como filos de cuchillo.—Sin vergüenzas, á escribir; y al que me chiste le abro la cabeza.

Al salir, Cadalso seguía indignado contra su amigo Posturitas. Éste, que era procaz, de una frescura y audacia sin límites, dió un empujón á Luis, diciéndole: «Tú tienes la culpa, tonto... panoli... cara de gato. Si te cojo por mi cuenta...»

Cadalso se revolvió iracundo, acometido de nerviosa rabia, que le puso pálido y con los ojos relumbrones. «¿Sabes lo que te digo? Que no tiés que ponerme motes, ¡contro!, mal criado... ordinario... cualisquiera».

¡Miau!—mayó el otro con desprecio, sacando media cuarta de lengua y crispando los dedos.—Ole... Miau... morrongo... fu, fu, fu...

Por primera vez en su vida percibió Luis que las circunstancias le hacían valiente. Ciego de ira se lanzó sobre su contrario, y lo mismo se lanzaría si éste fuese un hombre. Chillido de salvaje alegría infantil resonó en toda la banda, y viendo el desusado embestir de Cadalso, muchos le gritaron: «Éntrale, éntrale...» Miau peleándose con Posturas era espectáculo nuevo, de trágicas y nunca sentidas emociones, algo como ver la liebre revolviéndose contra el hurón, ó la perdiz emprendiéndola á picotazos con el perro. Y fué muy hermosa la actitud insolente de Posturitas, al recibir el primer achuchón, espatarrándose para aplomarse mejor, soltando libros y pizarra para tener los brazos libres... Al mismo tiempo rezongaba con orgullo insano: «Verás, verás... ¡recontro!... me caso con la biblia...»

Trabóse una de esas luchas homéricas, primitivas y cuerpo á cuerpo, más interesantes por la ausencia de toda arma, y que consisten en encepar brazos con brazos y empujar, empujar, sacudiendo topetadas con la cabeza, á lo carneril, esforzándose cada cual en derribar á su contrario. Si pujante estaba Posturas, no lo parecía menos Cadalso. Murillito, Polidura y los demás, miraban y aplaudían, danzando en torno con feroz entusiasmo de pueblo pagano, sediento de sangre. Pero acertó á salir de la casa en aquel punto y ocasión la hija del maestro, señorita algo hombruna, y les separó de un par de manotadas, diciendo: «Sin vergüenzas, á casa, ó llamo á la pareja para que os lleve á la prevención». Ambos tenían la cara como lumbre, respiraban como fuelles, y echaban por aquellas bocas injurias tabernarias, sobre todo Paco Ramos, que era consumado hablista en el idioma de los carreteros.

—Vamos, hombres—decía Murillito, el hijo del sacristán de Monserrat, en la actitud más conciliadora;—no es para tanto... vaya... Quítate tú... Miá que te... verás. Sacabaron las quistiones.

Mostrábase el mediador decidido á arrearle un buen lapo á cualquiera de los dos que intentase reanudar la contienda. Un policía que por allí andaba les dispersó, y se alejaron chillando y saltando, algunos haciéndose lenguas del arranque de Cadalsito. Éste tomó silencioso el camino de su casa. Su ira se calmaba lentamente, aunque por nada del mundo le perdonaba á Posturas el apodo, y sentía en su alma los primeros rebullicios de la vanidad heroica, la conciencia de su capacidad para la vida, ó sea de su aptitud para ofender al prójimo, ya probada en la tienta de aquel día.

Aquella tarde no había escuela, por ser jueves. Luisito se fué á su casa, y durante el almuerzo, ninguna persona de la familia reparó en lo sofocado que estaba. Bajó luego á pasar un ratito en compañía de sus amigos los memorialistas, que sin duda le tenían guardada alguna friolera. «Parece que arriba andamos muy divertidos—le dijo Paca.—Oye, ¿han colocado ya á tu abuelo? Porque debe de ser ya lo menos ministro ó tan siquiera embajador. ¡Vaya con la cesta de compra que trajeron ayer! Y botellas de moscatel como quien no dice nada. ¡Anda, anda, qué rumbo! Estamos como queremos. Así no hay quien haga bajar á Canelo de tu casa...»

Luis dijo que todavía no habían colocado á su abuelo; pero que era cosa de entre hoy y mañana. El día estaba hermosísimo, y Paca propuso á su amiguito ir á tomar el sol en la explanada del Conde-Duque, á dos pasos de la calle de Quiñones. Púsose la enorme memorialista su mantón, mientras Luisito subía á pedir permiso, y echaron á andar. Eran las tres, y el vasto terraplén comprendido entre el paseo de Areneros y el cuartel de Guardias estaba inundado de sol, y muy concurrido de vecinos que iban allí á desentumecerse. Gran parte de este terreno se veía entonces, y se ve hoy, ocupado por sillares, baldosas, adoquines, restos ó preparativos de obras municipales, y entre la cantería, las vecinas suelen poner colgaderos para secar ropa lavada. La parte libre de obstáculos la emplea la tropa para los ejercicios de instrucción, y aquella tarde vió Cadalsito á los reclutas de Caballería aprendiendo á marchar, dirigidos por un oficial que, sable al puño y dando gritos, les enseñaba á medir el paso. Entretúvose el pequeñuelo en contemplar las evoluciones, y oía la cadencia con que los soldados pisaban unísonamente, diciendo: una, dos, tres, cuatro. Era un mugido que se confundía con la vibración del suelo al ser golpeado á compás, cual inmenso tambor batido por un gigante. Entre la sociedad que allí se congregaba á gozar del sol, discurrían vendedores de cacahuet y avellanas, pregonándolos con un grito dejoso. Paca le compró á Cadalso algunas de estas golosinas, y se sentó en una piedra á chismorrear con varias comadres amigas suyas. El chiquillo corrió detrás de la tropa, evolucionando con ella; fué y vino durante una hora en aquella militar diversión, marcando también el uno, dos, tres, cuatro, hasta que, sintiendo fatiga, se sentó en un rimero de baldosas. Entonces se le fué un poco la cabeza; vió que la mole pesada del cuartel se corría de derecha á izquierda, y que en la misma dirección iba el palacio de Liria, sepultado entre el ramaje de su jardín, cuyos árboles parecen estirarse para respirar mejor fuera de la tumba inmensa en que están plantados. Empezóle á Cadalsito la consabida desazón; se le iba el conocimiento de las cosas presentes, se mareaba, se desvanecía, le entraba el misterioso sobresalto, que era en realidad pavor de lo desconocido; y apoyando la frente en una enorme piedra que próxima tenía, se durmió como un ángel. Desde el primer instante, la visión de las Alarconas se le presentó clara, palpable, como un ser vivo, sentado frente á él, sin que pudiese decir dónde. El fantástico cuadro no tenía fondo ni lontananza. Lo constituía la excelsa figura sola. Era el mismo personaje de luenga y blanca barba, vestido de indefinibles ropas, la mano izquierda escondida entre los pliegues del manto, la derecha fuera, mano de persona que se dispone á hablar. Pero lo más sorprendente fué que antes de pronunciar la primer palabra, el Señor alargó hacia él la diestra, y entonces se fijó en ella Cadalsito y vió que tenía los dedos cuajados de aquellas mismas sortijas que formaban la rica colección de Posturas. Sólo que en los dedos soberanos, que habían fabricado el mundo en siete días, los anillos relumbraban cual si fueran de oro y piedras preciosas. Cadalsito estaba absorto, y el Padre le dijo: «Mira, Luis, lo que os quitó el maestro. Ve aquí los bonitos anillos. Los recogí del suelo, y los compuse al instante sin ningún trabajo. El maestro es un bruto, y ya le enseñaré yo á no daros coscorrones tan fuertes. Y por lo que hace á Posturitas, te diré que es un pillo, aunque sin mala intención. Está mal educado. Los niños decentes no ponen motes. Tuviste razón en enfadarte, y te portaste bien. Veo que eres un valiente y que sabes volver por tu honor».

Luis quedó muy satisfecho de oirse llamar valiente por persona de tanta autoridad. El respeto que sentía no le permitió dar las gracias; pero algo iba á decir, cuando el Señor, moviendo con insinuación de castigo la mano aquella cuajada de sortijas, le dijo severamente: «Pero, hijo mío, si por ese lado estoy contento de ti, por otro me veo en el caso de reprenderte. Hoy no te has sabido la lección. Ni por casualidad acertaste una sola vez. Bien claro se vió que no habías abierto un libro en todo el santo día... (Luisín, acongojadísimo, mueve los labios queriendo disculparse.) Ya, ya sé lo que me vas á decir. Estuviste hasta muy tarde repartiendo cartas; volviste á casa de noche. Pero luego pudiste leer algo; no me vengas con enredos. Y esta mañana, ¿por qué no echaste un vistazo á la lección de Geografía? ¡Cuidado con los desatinos que has dicho hoy! ¿De dónde sacas tú que Francia está limitada al Norte por el Danubio y que el Po pasa por Pau? ¡Vaya unas barbaridades! ¿Te parece á ti que he hecho yo el mundo para que tú y otros mocosos como tú me lo estéis deshaciendo á cada paso?»

Enmudeció la augusta persona, quedándose con los ojos fijos en Cadalso, al cual un color se le iba y otro se le venía, y estaba silencioso, agobiado, sin poder mirar ni dejar de mirar á su interlocutor.

«Es preciso que te hagas cargo de las cosas—añadió por fin el Padre, accionando con la mano cuajada de sortijas.—¿Cómo quieres que yo coloque á tu abuelo si tú no estudias? Ya ves cuán abatido está el pobre señor, esperando como pan bendito su credencial. Se le puede ahogar con un cabello. Pues tú tienes la culpa, porque si estudiaras...»

Al oir esto, la congoja de Cadalsito fué tan grande, que creyó le apretaban la garganta con una soga y le estaban dando garrote. Quiso exhalar un suspiro y no pudo.

«Tú no eres tonto y comprenderás esto—agregó Dios.—Ponte tú en mi lugar; ponte tú en mi lugar, y verás que tengo razón».

Luis meditó sobre aquéllo. Su razón hubo de admitir el argumento creyéndolo de una lógica irrebatible. Era claro como el agua: mientras él no estudiase, ¡contro! ¿cómo habían de colocar á su abuelo? Parecióle esto la verdad misma, y las lágrimas se le saltaron. Intentó hablar, quizás prometer solemnemente que estudiaría, que trabajaría como una fiera, cuando se sintió cogido por el pescuezo.

—Hijo mío—le dijo Paca sacudiéndole,—no te duermas aquí, que te vas á enfriar.

Luis la miró aturdido, y en su retina se confundieron un momento las líneas de la visión con las del mundo real. Pronto se aclararon las imágenes, aunque no las ideas; vió el cuartel del Conde-Duque, y oyó el uno, dos, tres, cuatro, como si saliese de debajo de tierra. La visión, no obstante, permanecía estampada en su alma de una manera indeleble. No podía dudar de ella, recordando la mano ensortijada, la voz inefable del Padre y Autor de todas las cosas. Paca le hizo levantar y le llevó consigo. Después, quitándole del bolsillo los cacahuets que antes le diera, díjole: «No comas mucho de esto, que se te ensucia el estómago. Yo te los guardaré. Vámonos ya, que principia á caer relente...» Pero él tenía ganas de seguir durmiendo; su cerebro estaba embotado, como si acabase de pasar por un acceso de embriaguez; le temblaban las piernas, y sentía frío intensísimo en la espalda. Andando hacia su casa, le entraron dudas respecto á la autenticidad y naturaleza divina de la aparición. «¿Será Dios ó no será Dios?—pensaba.—Parece que es, porque lo sabe todito... Parece que no es, porque no tiene ángeles».

De vuelta del paseo, hizo compañía á sus buenos amigos. Mendizábal, concluída su tarea, y después de recoger los papeles y de limpiar las diligentes plumas, se dispuso á alumbrar la escalera. Paca limpió los cristales del farol, encendiendo dentro de él la lamparilla de petróleo. El secretario del público lo cogió entonces, y con ademán tan solemne como si alumbrara al Viático, fué á colgarlo en su sitio, entre el primero y segundo piso. En esto subía Villaamil, y se detuvo, como de costumbre, para echar un párrafo con el memorialista.

—Sea enhorabuena, D. Ramón—le dijo éste.

—Calle usted, hombre...—replicó Villaamil, afectando el humor que suele acompañar á un terrible dolor de muelas.—Si todavía no hay nada, ni lo habrá...

—¡Ah! pues yo creí.. Es que son muy perros, D. Ramón. ¡Vaya unos birrias de Ministros! Lo que yo le digo á usted: mientras no venga la escoba grande...

—¡Oh! amigo mío—exclamó Villaamil con cierto aire de templanza gubernamental,—ya sabe usted que no me gustan exageraciones. Sus ideas son distintas de las mías... ¿Qué es lo que usted quiere? ¿Más religión? Pues venga religión, venga; pero no osbcurantismo... Desengañémonos. Aquí lo que hace falta es administración, moralidad...

—Ahí duele, ahí duele (con expresión de triunfo). Precisamente lo que no habrá mientras no haya fe. Lo primero es la fe, ¿sí ó no?

—Corriente; pero... No, amigo Mendizábal; no exageremos.

—Y las sociedades que la pierden (en tono triunfal), corren derechitas, como quien dice, al abismo...

—Todo eso está muy bien; pero... Haya moralidad, moralidad; que el que la hace la pague, y allá los curas se entiendan con las conciencias. No me cambalache los poderes, amigo Mendizábal.

—No, si yo no cambalacho nada... En fin, usted lo verá (bajando un escalón mientras Villaamil subía otro). Ínterin domine el libre pensamiento, espere usted sentado. Como que no hay justicia ni nadie se acuerda del mérito. Buenas noches.

Desapareció por la escalera abajo aquel hombre feísimo, de semblante extraño, por tener los ojos tan poco separados que parecían juntarse y ser uno solo cuando fijamente miraban. La nariz le salía de la frente, y después bajaba chafada y recta, esparranclando sus dos ventanillas en el nacimiento del labio superior, dilatado, tirante y tan extenso en todas direcciones que ocupaba casi la mitad del rostro. La boca era larga, terminada en dos arrugas que dividían la barba en tres compartimientos flácidos, de pelambre ralo y gris; la frente estrecha, las manos enormes y velludas, el cogote recio, el cuerpo corto, inclinado hacia adelante, como resabio de una raza que hasta hace poco ha andado á cuatro pies. Al descender la escalera, parecía que la bajaba con las manos, agarrándose al barandal. Con esta filiación de gorilla, Mendizábal era un buen hombre, sin más tacha que su furiosa inquina contra el libre pensamiento. Había sido traficante en piedras de chispa durante la primera guerra civil, espía faccioso y cocinero del padre Cirilo. «¡Ah!—mil veces lo decía él,—¡si yo escribiera mi historia!» Último detalle biográfico: le compuso una rueda á la célebre tartana de San Carlos de la Rápita.

X

Poco después de anochecido, al subir á su casa, Cadalsito sintió pasos detrás de sí; pero no volvió la cara. Mas cuando faltaban pocos escalones para llegar al piso segando, manos desconocidas le cogieron la cabeza y se la apretaron, no dejándole mirar hacia atrás. Tuvo miedo, creyéndose en poder de algún ladrón barbudo y feo, que iba á robar la casa y empezaba por asegurarle á él. Pero antes que tuviera tiempo de chillar, el intruso le levantó en peso y le besó. Luis pudo verle entonces la cara, y al reconocerle, su intranquilidad no disminuyó. Había visto aquella cara por última vez algún tiempo antes, sin poder apreciar cuándo, en una noche de escándalo y reyerta, en la cual todos chillaban en su casa, Abelarda caía con una pataleta, y la abuelita gritaba pidiendo el auxilio de los vecinos. La dramática escena doméstica había dejado indeleble impresión en Luis, que ignoraba por qué se habían puesto sus tías y abuela tan furiosas.

En aquel tiempo estaba el abuelito en Cuba, y no vivía la familia en la calle de Quiñones. Recordó también que las iras de las Miaus recaían sobre una persona que entonces desapareció de la casa, para no volver á ella hasta la ocasión que ahora se refiere. Aquel hombre era su padre. No se atrevió Luis á pronunciar el cariñoso nombre; de mal humor dijo: «Suéltame». Y el sujeto aquél llamó.

Cuando doña Pura, al abrir la puerta, vió al que llamaba, acompañado de su hijo, quedóse un instante como quien no da crédito á sus ojos. La sorpresa y el terror se pintaban en su semblante... después contrariedad. Por fin murmuró: «¿Víctor... tú?»

Entró saludando á su suegra con cierta emoción, de una manera cortés y expresiva. Villaamil, que tenía el oído muy fino, se estremeció al reconocer desde su despacho la voz aquélla. «¡Víctor aquí... Víctor otra vez en casa! Este hombre nos trae alguna calamidad». Y cuando su yerno entraba á saludarle, el rostro tigresco de D. Ramón se volvió espantoso, y le temblaba la mandíbula carnicera, indicando como un prurito de ejercitarla contra la primera res que se le pusiera delante. «¿Pero cómo estás aquí? ¿Has venido con licencia?», fué lo único que dijo.

Víctor Cadalso sentóse frente á su suegro. El quinqué les separaba, y su luz, iluminando los dos rostros, hacía resaltar el vivo contraste entre una y otra persona. Era Víctor acabado tipo de hermosura varonil, un ejemplar de los que parecen destinados á conservar y transmitir la elegancia de formas en la raza humana, desfigurada por los cruzamientos, y que por los cruzamientos, reflujo incesante, viene de vez en cuando á reproducir el gallardo modelo, como para mirarse y recrearse en el espejo de sí misma, y convencerse de la permanencia de los arquetipos de hermosura, á pesar de las infinitas derivaciones de la fealdad. El claro-obscuro producido por la luz de la lámpara modelaba las facciones del guapo mozo. Tenía nariz de contorno puro, ojos negros, de ancha pupila, cuya expresión variaba desde el matiz más tierno hasta el más grave, á voluntad. La frente pálida tenía el corte y el bruñido que en escultura sirve para expresar nobleza.—Esta nobleza es el resultado del equilibrio de piezas cranianas y de la perfecta armonía de líneas.—El cuello robusto, el pelo algo desordenado y de azabache, la barba obscura también y corta, completaban la hermosa lámina de aquel busto, más italiano que español. La talla era mediana, el cuerpo tan bien proporcionado y airoso como la cabeza; la edad debía de andar entre los treinta y tres ó los treinta y cinco. No supo responder terminantemente á la pregunta de su suegro, y después de titubear un instante, se aplomó y dijo:

—Con licencia no... es decir... he tenido un disgusto con el jefe. Salí sin dar cuenta á nadie. Ya conoce usted mi carácter. No me gusta que nadie juegue conmigo... Ya le contaré. Ahora vamos á otra cosa. Llegué esta mañana en el tren de las ocho, y me metí en una casa de huéspedes de la calle del Fúcar. Allí pensaba quedarme. Pero estoy tan mal, que si ustedes (doña Pura se hallaba todavía presente) no se incomodan, me vendré aquí por unos días, nada más que por unos días.

Doña Pura se echó á temblar, y corrió á transmitir la fatal nueva á su hermana y á su hija. «¡Se nos mete aquí! ¡Qué horror de hombre! Nos ha caído que hacer».

—Aquí estamos muy estrechos—objetó Villaamil con cara cada vez más fiera y tenebrosa.—¿Por qué no te vas á casa de tu hermana Quintina?

—Ya sabe usted—replicó—que mi cuñado Ildefonso y yo estamos así... un poco de punta. Con ustedes me arreglo mejor. Yo les prometo ser pacífico y razonable, y olvidar ciertas cosillas.

—Pero, en resumidas cuentas, ¿sigues ó no en tu destino de Valencia?

—Le diré á usted... (mascando las primeras palabras, pero discurriendo al fin una respuesta que disimulase su perplejidad). Aquel Jefe Económico es un trapisonda... Se empeñó en echarme de allí, y ha intentado formarme expediente. No conseguirá nada; tengo yo más conchas que él.

Villaamil dió un suspiro, tratando de descifrar por la fisonomía de su yerno el misterio de su intempestiva llegada. Pero sabía por experiencia que la cara de Víctor era impenetrable y que, histrión consumado, expresaba con ella lo que mas convenía a sus fines.

—¿Y qué te parece tu hijo?—le preguntó al ver entrar á Pura con Luisín.—Está crecido, y le vamos defendiendo la salud, Delicadillo siempre, por lo cual no queremos apretarle para que estudie.

—Tiempo tiene—dijo Cadalso, abrazando y besando al niño.—Cada día se parece más á su madre, á mi pobre Luisa. ¿Verdad?

Al anciano se le humedecieron los ojos. Aquella hija malograda en la flor de la edad, fué todo su amor. El día de su temprana muerte, Villaamil envejeció de un golpe diez años. Siempre que alguien la nombraba en la casa, el pobre hombre sentía renovada su aflicción inmensa, y si quien la nombraba era Víctor, al pesar se mezclaba la repugnancia que inspira el asesino condoliéndose de su víctima después de inmolada. Á doña Pura también se le abatieron los espíritus al ver y oir al que fué esposo de su querida hija. Luis se entristeció, más bien por rutina, pues había notado que cuando alguien pronunciaba en la casa el nombre de su mamá, todos suspiraban y se ponían muy serios.

Víctor, llevando á su hijo, pasó á saludar á Milagros y á Abelarda. Aquélla le aborrecía de todo corazón, y respondió á su saludo con desdeñosa frialdad. La cuñadita se metió en su cuarto al sentirle; luego salió, y su color, siempre malo, era como el color de una muerta. Le temblaba la voz; quiso afectar el mismo desdén de su tía hacia Víctor; éste la apretaba la mano. «¿Ya estás aquí otra vez, perdido?», balbuceó ella, y sin sabor qué hacer se volvió á meter en el aposento.

Entretanto Villaamil, aprensivo y sobresaltado, se desperezaba en su asiento como si quisiera crucificarse, y decía á su mujer:

—Este hombre traerá hoy la desgracia á nuestra casa como la ha traído siempre. Y si no, tú lo has de ver. Cuando le sentí la voz, creí que el infierno se nos metía por las puertas. Maldita sea la hora (exaltándose y dejando caer con ruidosa pesadumbre las palmas de las manos sobre la mesa) en que este hombre entró en mi casa por vez primera; maldita la hora en que nuestra querida hija se prendó de él, y maldito el día en que les casamos... porque ya no tenía remedio. ¡Ojalá viviera mi hija deshonrada, ojalá!... ¡Qué estúpido afán de casar á las hijas sin saber con quién! ¡Ah! Pura, mucho cuidado con ese danzante; no te fíes. Tiene el arte de adornar su perversidad con palabras que, al pronto, emboban y seducen. Á mí no me la da, no; á mí me engañó una vez sola. Pero pronto le calé, y ahora me pongo en guardia, porque es el hombre más malo que Dios ha echado al mnundo.

—¿Pero no ha dicho á qué viene? ¿Le han dejado cesante? De seguro ha hecho alguna pillada y viene á que tú se la tapes.

—¡Yo! (espantado y echando los ojos fuera del casco). ¡Como no se la tape el moro Muza! Á buena parte viene...

Llegada la hora de comer, Víctor, sentándose á la mesa con la mayor frescura, hubo de permitirse ciertos alardes de conversación jocosa. Todos le miraban con hostilidad, esquivando los temas joviales que quería sacar á relucir. Á ratos se ponía ceñudo y receloso; pero á la manera de un actor que recobra su papel momentáneamente olvidado, tomaba la estudiada actitud bonachona y festiva. Luego reapareció la dificultad grave. ¿Dónde le ponían? Y doña Pura, sofocada ante la imposibilidad de alojar al intruso, se plantó diciéndole:—No, no puede ser, Víctor; ya ves que no hay medio de tenerte en casa.

—No se apure usted, mamá—replicó él, acentuando con cariño el tratamiento.—Me quedaré aquí, en el sofá del comedor. Déme usted una manta, y dormiré como un canónigo.

Nada pudieron oponer á esta conformidad doña Pura y las otras Miaus. Cuando empezaron á llegar las personas que iban á la tertulia, Víctor dijo á su suegra:—Mire usted, mamá, yo no me presento. No tengo malditas ganas de ver gente, al menos en algunos días. Me parece que he oído la voz de Pantoja. No le diga usted que estoy aquí.

—Pues no sé á qué vienen esos incógnitos—replicóle amoscada su suegra.—¿Te vas á estar de plantón en el comedor? Pues sabrás que voy á poner en esta mesa los vasos de agua, para que salgan á beber todos los que tengan sed. Y te advierto que Pantoja es hombre que me bebe media cuba todas las noches.

—Pues me meteré en el cuarto de Luis, si no pone usted el abrevadero en otra parte.

—¿Pero dónde?

—Nada, nada, mamá; por mi parte no altere usted sus costumbres. Váyase usted á la sala, donde ya tiene toda la crème reunida. No olvide ponerme aquí la manta. Mañana temprano traeré mi equipaje.

Cuando doña Pura transmitió á su marido el recelo de ser visto que en Cadalso notara, el buen señor se intranquilizó más, y echó nuevas pestes contra el intruso. Puesta sobre la mesa del comedor la bandeja con los vasos de agua, único refrigerio que los Villaamil podían ofrecer á sus amigos, Cadalso se quedó un rato solo con su hijo, el cual mostraba aquella noche aplicación desusada. «¿Estudias mucho?», preguntó su padre acariciándole. Y él contestó que sí con la cabeza, cohibido y vergonzoso, como si el estudiar fuese delito. Su padre era para él como un extraño, y al intentar hablarle, la timidez le ataba la lengua. El sentimiento que al pobre niño inspiraba aquel hombre era mezcla singularísima de respeto y temor. Lo respetaba por el concepto de padre, que en su alma tierna tenía ya el natural valor; lo temía, porque en su casa había oído mil veces hablar de él en términos harto desfavorables. Era Cadalso el papá malo, como Villaamil era el papá bueno.

Al sentir los pasos de algún tertulio sediento que venía al abrevadero, Víctor se colaba en el cuarto de Milagros. Conoció por la voz á Ponce, que amén de crítico era novio de Abelarda; reconoció también á Pantoja, empleado en Contribuciones, amigo de Villaamil y aun del propio Cadalso, quien le tenía por la máquina humana más inútil y roñosa que en oficinas existiera. No puedo dejar de notar que una de las personas que más sed tuvieron aquella noche fué Abelarda. Salió dos ó tres veces á beber, y además quiso substituir á su tía Milagros en la obligación de acostar al pequeño. Estando en ello, se metió Víctor en la alcoba, huyendo de otro tertulio sofocado que iba á refrescarse.

—Papá está muy inquieto con esta aparición tuya—le dijo Abelarda sin mirarle.—Has entrado en casa como Mefistófeles, por escotillón, y todos nos alteramos al verte.

—¿Me como yo la gente?—respondió Víctor sentándose en la misma cama de Luis.—Por lo demás, en mi venida no hay misterio; hay algo, sí, que no comprenderán tu padre y tu madre; poro tú lo comprenderás cuando te lo explique, porque tú eres buena para mí, Abelarda; tú no me aborreces como los demás, sabes mis desgracias, conoces mis faltas y me tienes compasión.

Insinuó esto con mucha dulzura, contemplando á su hijo, ya medio desnudo. Abelarda evitaba el mirarle. No así Luisito, que había clavado los ojos en su padre, como queriendo descifrar el sentido de sus palabras.

—¡Lástima yo de ti!—repuso al fin la insignificante con voz trémula.—¿De dónde sacas eso?... ¿Si pensarás que creo algo de lo que dices? Á otras engañarás, pero á la hija de mi madre...!

Y como Víctor empezase á replicarle con cierta vehemencia, Abelarda le mandó callar con un gesto expresivo. Temía que alguien viniese ó que Luis se enterase, y aquel gesto señaló una nueva etapa en el diálogo.