WeRead Powered by ReaderPub
Música y Músicos Portorriqueños cover

Música y Músicos Portorriqueños

Chapter 27: CAPÍTULO IX.
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

El autor ofrece un recorrido histórico y crítico por la vida musical de la isla, reuniendo datos dispersos sobre la educación, la creación y la interpretación musicales; presenta biografías y juicios críticos de artistas locales, intenta catalogar obras de compositores nativos y reconoce la escasez de documentación que limita su relato. La exposición combina investigación, recuerdos personales y opiniones ordenadas alfabéticamente, y busca servir de base para futuros estudios. Parte de la obra tiene finalidad práctica: explicar la publicación como medio para apoyar la formación vocal de su hija y asegurar los recursos para su debut.

CAPÍTULO VII.

DUEÑO COLÓN, BRAULIO.
flautista-compositor.

En la calle del Sol de San Juan, y en una casa, que ya ha desaparecido, cercana al castillo de San Cristóbal, nació el 26 de marzo de 1854, Braulio Dueño Colón, hijo del ilustrado procurador de la Real Audiencia, y a la vez músico distinguido, Don Aurelio.

El gran temperamento artístico con que Dios le dotara, fué fraguándose, desde niño, en el cálido ambiente de su hogar, consagrado, no tan sólo al culto de la música, si que también al de la literatura, ya que su hermano, Don Manuel, fué un poeta delicadísimo, que hizo honor a la lira borincana.

Con su señor padre hizo los estudios elementales de la música prosiguiéndolos después sólo, hasta que, por indicaciones del director de una compañía de ópera a quien llamó la atención verlo tan joven ocupando el puesto de flauta en la orquesta, le dijo: "Tu tienes gran disposición musical y ejecutas mucho, pero te falta escuela". Entonces solicitó del maestro Aruti,—que no le gustaba enseñar—le diese algunas clases y este, como excepción, (Aruti solamente enseñó, con intermitencias, a Dueño y otro joven) le dió lecciones de flauta, perfeccionándolo en la gran escuela.

En cuanto a la composición, que es lo que le ha dado mayor renombre, Fetis, Durand, Barbereau, Asioti y Richter, fueron los maestros que, leídos, meditados y siempre consultados cuidadosamente, le hicieron conocer, desde las soledades de su gabinete de estudio, los secretos de la armonía y del contrapunto; aplicándolos, primeramente, con la natural timidez y descuido del principiante, y, poco después, con la seguridad del maestro, a la siempre lozana y fértil inspiración de su fantasía criolla, que, desde los 14 años, empezó a producirse febrilmente.

La personalidad artística de Dueño Colón hay que considerarla bajo varios aspectos; como instrumentista, como director, como compositor y como musicólogo.

Bajo el primer aspecto, fué un flautista,—decimos fué porque hace ya muchos años que abandonó su ejercicio,—que, dominando por completo el mecanismo, al parecer fácil, pero no exento de dificultades para obtener una ejecución limpia, y haciendo un estudio especial del doble-picado, alcanzó, muy joven, el puesto de concertista, siendo desde entonces considerado como un virtuose. Obtuvo por oposición, en 1880, la plaza de flauta de la orquesta de capilla, que sirvió durante largos años. Hizo algunas composiciones para Flauta y piano, fantasías sobre temas de óperas, tan difíciles, que hay que estudiarlas con detención para decirlas correctamente. Los conocimientos de solfeo, en las siete claves, que le trasmitiera su padre, fueron tan sólidos, que le permitieron ser un gran repentista, e igual transportador.

Como director, en donde más ha ejercido, ha sido en Bayamón, su residencia desde hace muchos. Allí organizó una banda municipal, que por mucho tiempo se convirtió en un verdadero centro de cultura musical, ya por el esmero en la trasmisión de la enseñanza, ya por lo escogido del repertorio que la misma llegó a interpretar cuando los adelantos del conjunto lo permitieron. Cultivador exquisito de la música regional, colocó siempre a ésta en el puesto que le corresponde dentro de lo que pudiera llamarse etiqueta palaciega de los géneros, y alternándola con obras selectas de buenos autores, los programas de los conciertos semanales que daba al público resultaban equilibrados en calidad y variedad. Su batuta, como su carácter, es austera, algo sobria de detalles, pero enérgica, vigorosa y precisa. Como las obras, que ponía, casi todas las instrumentaba expresamente, tenía la habilidad de atemperarse a las condiciones de los instrumentistas, y a la vez, las deficiencias del instrumental sabía suplirlas sustituyendo efectos de determinados instrumentos por los de otros similares. De ahí la armonía del conjunto y la percepción, por los inteligentes, de todas las bellezas de las partituras. Hoy también ha abandonado este ramo de la profesión.

Antes de proseguir en el estudio de sus condiciones artísticas, debemos decir algo de su vida como ciudadano, pues ella ha influído mucho en el carácter de sus producciones.

Procedente de un hogar culto y honrado, en el que, cosa algo rara en aquella época, las ideas libre-pensadoras regíanlo intrínsecamente, al salir del estado de crisálida, la mariposa de sus ensueños no pudo batir libremente sus alas por los jardines de la emancipación política y de conciencia, sino que, replegándolas cuando quería libar el néctar de las ideas liberales, o tenía que rebuscar las flores ocultas de algún jardín prohibido por las leyes, o morir de inanición por el enrarecimiento del medio ambiente.

Sus pensamientos y sentimientos fueron reconcentrándose, y su carácter, a medida que se desarrollaba paralelamente con los afectos pasionales, fué tornándose austero, pesimista y receloso. De ahí que su aspecto físico denote, sobre todo, en las líneas del rostro cuando se le vé sin tratarlo, un temperamento frío, indiferente, más adaptable a las soledades de un gabinete científico, que al alegre bullicio de la vida artística.

Y sin embargo el arte ha sido siempre el propulsor de su vida.

De joven y mientras viviera su padre, dejó vagar a la loca de la casa, por los campos del ideal, y ora tocando la flauta, ora emborronando pentágramas, cuyas notaciones concentraban ideas, o bien esbozando en la mente la silueta del amor único que germinaba en su alma, y que más tarde hubo de realizar con gran acopio de dichas, vivió relativamente feliz.

Pero cuando se encontró solo, sin otro horizonte para sus nobles aspiraciones, que el triste destinillo público, el escritorio particular o la vida azarosa, por lo insegura y mal retribuída, de la profesión artística, al optar por un escritorio de contabilidad en donde consumió, casi inútilmente, todas las energías de su juventud y virilidad, recibiendo, como único premio, un retiro ad honorem, solamente en el arte encontró el oasis que mitigara la sed idealista de su alma, en la peregrinación por los áridos desiertos de la vida colonial.

Su vida social ha sido, por lo tanto, más bien retraída que pródiga. Buen hijo, mejor esposo y padre, correctísimo ciudadano, y fiel guardador de la moral en todas sus manifestaciones, cuando muera legará a sus hijos un nombre sin mancha, orlado con los laureles de sus triunfos artísticos y de las buenas obras, que ha practicado y practica incesantemente desde el jardín oculto en donde, desde su juventud, cultivó siempre la flor hermosa de la libertad.

Cuando se le trata por primera vez, es imposible juzgarlo, porque dentro de la corrección de formas, producto de su cultura y educación, no se muestra expansivo, sino más bien reservado; pero a medida que se cultiva su amistad, la escarcha que encubre su noble ser, descongelándose al calor de una recíproca lealtad y compenetración de ideas, permite apreciar la delicadeza de un alma buena; como de artista al fin.

Ese es el hombre, que ya en el descenso de la vida humana, se sostiene firme en el pináculo de la artística.

Dueño Colón empezó muy joven a producir; y, como lo hicieran casi todos los compositores de aquella época, dió a los géneros bailable y religioso, las primicias de su inspiración.

En sus primeras composiciones, se destacaba la originalidad de las ideas, aunque la demasiada simetría en la métrica de los fragmentos y frases, defecto en que incurren todos los principiantes y sobre todo los que, sin preceptores han hecho estudios de la composición, le impedía desarrollar completamente los pensamientos.

Las religiosas, y entre ellas recordamos una salve para voces y orquesta, carecían del misticismo que las caracteriza, saturándolas, por el contrario y principalmente en los efectos de la instrumentación, del sabor profano que predomina en la lírica escénica.

Citamos estos defectos en sus primeros pasos de compositor, expresamente, para poder aquilatar mejor, la exquisita corrección de sus obras posteriores. Él mismo nos decía, en ocasión en que le recordábamos algunas de sus primeras danzas, "no me las nombre siquiera, que me avergüenzo de haberlas escrito." Ingenuidad que le eleva, pues es reveladora del conocimiento que tiene de sí mismo, y de su modestia.

Sin abandonarlos, se apartó un poco de los géneros citados, y abordó el lírico-teatral, poniéndole música a una zarzuela en dos actos, letra de Don Genaro de Aranzamendi, titulada: "Los Baños de Coamo", que fué estrenada, con gran éxito, en el teatro Moratín, que en la calle de la Luna, de San Juan, estuvo abierto durante se hacía la transformación interior del antiguo municipal, en la forma que todavía conserva.

Persuadido de que el ambiente de Puerto Rico no es propicio, para que literatos y músicos se esfuercen en producir obras para la escena, que aún cuando resulten acabadas, todas tienen efímera existencia, sin otro producto que el de felicitaciones y aplausos la noche del estreno, y cuando más en la reprise de éste, y habiéndose hecho cargo de la contabilidad de la casa comercial de Vías, Soler y Co., en la que continuó por más de 20 años, a pesar de los cambios de la razón social, dejó descansar, por poco tiempo, la pluma artística, hasta que, volvió a tomarla, con mayor suma de conocimientos y en pleno idilio de amor, por estar en los prolegómenos de su matrimonio, cuando el Ateneo hiciera la convocatoria para su primer certámen literario-musical, en 1877.

En él obtuvo Dueño su primer triunfo, pues le adjudicaron, merecidamente, la medalla de oro y diploma de honor, primer premio, por una obertura para orquesta, estilo rosiniano, titulada La Amistad.

Dado el primer paso, con tan grandioso éxito, éste no le ha abandonado nunca. Trabajos que Dueño Colón envía a concursos, son siempre premiados por lo cual su reputación de maestro está cimentada sólidamente.[17]

En el género sinfónico para gran orquesta es que ha obtenido la mayor parte de sus lauros.

Sensible es no poder tener las partituras para, examinándolas, emitir algún juicio, aunque el nuestro, nada nuevo podría añadir a los que en los respectivos laudos emitieran los jurados, por todos conceptos, más competentes que nosotros.

Fueron premiadas, además de La Amistad, la Sinfonía Dramática (primer premio) y la obertura Noche de Otoño (primer premio, discernido en Madrid.)

También obtuvo mención honorífica por un Ave María para cuatro voces y orquesta; diploma y medalla de plata en la Exposición de Búfalo (1901) y medalla de oro y diploma en la de Charleston, U. S. de 1902 por las dos series de Cantos Escolares, escritos expresamente para las escuelas públicas de Puerto Rico, con letra del ilustre literato, Don Manuel Fernández Juncos; y con diploma y Lira de Oro en el certámen del Ateneo de 1912, por una Canción Escolar, especial para graduación.

Aunque los cantos escolares no tienen, dentro de los géneros de la composición, el mérito artístico de las obras sinfónicas, en nuestra opinión, por la dificultad que envuelve el carácter sencillo de los mismos, si se logra, como con tanta habilidad y maestría lo ha logrado Dueño Colón, hacer una colección (doble en este caso) completamente ajustada al objeto, tal vez si el mérito pueda igualarse al de las obras del género severo, ya que en éstas el compositor tiene ancho campo en donde desarrollar la inspiración y los conocimientos, mientras que en los referidos cantos, la acción es muy limitada, y a la vez tiene que ajustarse la inspiración musical a los pensamientos de la letra.

Por eso es que no vacilamos en calificar los "Cantos Escolares" como la mejor obra de Dueño, la que hará recordar su personalidad artística, puesto que siempre resonarán en los salones escolares de las generaciones futuras, las dulces melodías, en que el alma nativa del compositor se expandió libremente para cantar las bellezas de la tierruca amada y los idilios de la niñez.

La colección la forman 85 cantos; 42 en la primera serie y 43 en la segunda. No todos son producciones originales, sino que, con el objeto de ir familiarizando a la niñez en la percepción de la buena música, adaptándolos a la métrica del verso, ha seleccionado trozos escogidos de las obras de Lyman, Marcela Reilly, Tschaikowsky, Wilson, Joly, Beethoven, Gounod, Kreuz, Rungenhagen, Ketterer, Carey y otros autores clásicos, así como fragmentos deliciosos de danzas de Campos y melodías de Tavárez, que intercalándolos con los propios, ha hecho que el conjunto semeje, delicado estuche de perfumería de diminutos pomos, en los que están concentradas las sútiles esencias de las flores simbólicas del arte.

En cuanto a la factura musical propia, Dueño Colón, añorando los ensueños de su niñez y juventud, libre el alma de dolos y la inspiración de trabas, supo exponer los pensamientos melódicos con sencillez, espontaneidad, veracidad, expresión adecuada, belleza de giros y facilidad de entonación, completados con una armonización, a la par que elegante y correcta, sin rebuscamientos de efectos, logrando producir, en intérpretes y auditorio, la emoción estética, exigida a toda obra verdadera de arte.

El único defecto que encontramos es que no siempre los acentos prosódicos de la letra corresponden con los rítmicos de la música, lo que atribuímos a un ligero descuido, ya que ni como músico ni como literato, es capaz Dueño de cometer, adrede, tal incorrección.

El Barquero, Dulce Abeja, La Ola y El Arroyo, Cantar (este es delicioso,) La Bandera, (soberbiamente expresado), La Muñeca, (delicadísima, pues parece que en ella se expresa una ilusión perdida), La Canción del Muchacho (de sabor pastoril) y Margaritas, (pensamiento completo y de honda emoción) en el primer tomo; la Canción de las Manzanas, Plegaria, (precioso tema para desarrollarlo con más amplitud en una romanza), La Oración por todos, (la mejor de todas por su estructura melódica-armónica), La Tierruca, entre otras del segundo tomo, pueden ser examinadas para probar la veracidad de nuestros juicios.

En los géneros de salón y bailable también ha estado feliz nuestro biografiado. En danzas, tiene un estilo propio, intermedio entre los de Tavárez y Campos. La Criolla, Delia y Belén, ¡Patria!, entre otras, si al ejecutarlas en el piano, se modifica el movimiento propio del baile, pueden ser consideradas como romanzas sin palabras.

Para resumir el concepto que nos merece como compositor, reproducimos lo que al juzgarle decíamos en la conferencia: "Dueño Colón, es un compositor correctísimo en el fondo, elegante en la forma; algunas veces sobrio y austero en la exposición de la idea, siempre original en el desarrollo de la frase melódica; conocedor profundo de la técnica armónica, en ocasiones, subyuga a esta la espontaneidad de la inspiración, haciéndola perder en belleza poética lo que gana en variedad de factura. Maneja el contrapunto con suma habilidad y al instrumentar, hace uso apropiado de los distintos cuartetos."

Como musicólogo, nos abstenemos de juzgarle, ya que en esta misma sección aparece un magnífico trabajo suyo (la biografía de Gutiérrez) y los lectores pueden hacerlo de por sí.

Pero debemos consignar que fué premiado con diploma de honor y un busto en oro de Juan Morell Campos, por un Estudio sobre la danza Portorriqueña.

Y para que pueda tenerse una idea de su labor como compositor, catalogamos, a continuación sus principales obras.

MÚSICA RELIGIOSA.

Misa en do mayor, para dos voces y orquesta.—Salve en do mayor, para dos voces y orquesta.—Salve en re mayor, para mezzo-soprano, coros y órgano u orquesta.—Letanías, en sol mayor, para contralto, coros y orquesta.—Padre Nuestro, para mezzo-soprano y órgano.—Ave María, para cuatro voces y orquesta. (Premiada.)

MÚSICA PROFANA.

La Amistad, Obertura para orquesta (premiada). Sinfonía Dramática, para gran orquesta (premiada.)—Noche de Otoño, Obertura para orquesta (premiada en Madrid).—Ecos de mi Tierra, Sinfonía para orquesta, sobre motivos de cantos regionales.—Madrona, Obertura para orquesta.—La Calandria, Obertura para orquesta.—El Parto, pequeña obertura para orquesta.—Canciones Escolares, colección de cantos, para voces y piano, publicados en dos series, y premiados en dos exposiciones internacionales.—La Rosa de Oro, Marcha festival, para orquesta compuesta expresamente para los Juegos Florales de Bayamón.—Mariposas, Gran Vals para Banda.—Las Golondrinas, Gran Vals para 2 Flautas y Piano.—Navidad, Vals para Flauta y Piano.—El Pitirre, Vals para Flauta y Piano.—Los Fantoches, Vals para 2 bombardinos y Banda.—La Polka del Ruiseñor, Scherzo para Flauta y Piano.—La Hebrea, La Criollita, Teresa, Pobre Borinquen, La Aurora, La Criolla, Delia y Belén, ¡Patria! y otras danzas, además de la danza-intermezzo La Esmeralda.

CAPÍTULO VIII.

GUTIÉRREZ Y ESPINOSA, FELIPE.
maestro-compositor.

La vida de aquel artista eminentemente virtuoso, a quien sus discípulos llamaban "Maestro Gutiérrez," fué una serie, jamás interrumpida, de amargos sinsabores, producida por la escasez de recursos con que atender al sostenimiento de sus numerosas hermanas, las que como él, quedaron en la mayor estrechez pecuniaria a la muerte de su padre.

Esclavo de sus deberes fraternales y llevándolos, si se quiere, a la exageración, permaneció célibe toda su juventud.—"Muerto mi padre, solía decir, yo lo soy de mis hermanas, y no tengo derecho, por consiguiente, a someterlas a privaciones, como indudablemente ocurriría si se aumentaran los gastos de la casa."

La figura de Gutiérrez, una vez vista, no era fácil olvidarla. De alta estatura, algo cargado de espaldas, muy trigueño, de amplia frente, de mirada casi siempre distraída y andar pausado y lento; tales eran los rasgos característicos de aquella noble figura.

Era de carácter afable con todo el mundo y en extremo cariñoso con los niños; de ideas liberales en política, y una mezcla de católico y libre-pensador, que hacía sonreir a sus amigos.

Laborioso como pocos, no abandonaba el trabajo sino a las horas de comida y del descanso; y frecuentemente le sorprendía la media noche ante su mesa de trabajo.

Sin haber tenido otra instrucción que la primaria que se adquiría en las escuelas de aquel tiempo, leía mucho y con provecho, llegando a adquirir algunos conocimientos que aplicaba con gran oportunidad en su fluída y agradable conversación.

Le preocupaba mucho su fama, pero no sabía cultivarla; y aún cuando poseía plena conciencia de su valer, tenía que luchar con las reputaciones viejas; como si dijéramos: los intereses creados. Desgraciadamente para el maestro, no solamente carecía de aptitudes para esa clase de luchas, sino que vivió siempre en la creencia de que, al fin y al cabo, sus paisanos habrían de reconocer su mérito y se apresurarían a proclamar, urbi et orbe, su indiscutible supremacía sobre los demás compositores del país.

Cuando conocí al Maestro Gutiérrez frisaba este en los cuarenta. Había nacido en 1825. Vestía siempre de negro y era gran bebedor de café y fumador empedernido.

Tal era el hombre.

Veamos ahora como era el artista.


Gutiérrez fué, cual otro Campeche, un inspirado que, sin preparación adecuada y guiado sólo por su fantasía inagotable, escribió más de trescientas composiciones, en las que abarcó todos los géneros, el de la ópera inclusive. De ésto último son gallardas muestras las partituras de Guarionex, Macías y El Bearnés. Escribió también una zarzuela titulada El Amor de un Pescador.

La ópera Guarionex, cuyo libro fué escrito por Alejandro Tapia, obtuvo un lisonjero éxito la noche de su estreno, habiéndose repetido después unas cuantas veces.

Pero en donde más descolló el genio musical de Gutiérrez fué indudablemente, en el género religioso.

Siendo maestro de Capilla de la Catedral de San Juan, hizo un profundo estudio del Canto Gregoriano, y aún cuando no lo aplicó en toda su pureza, tomó de él sus elementos de tonalidad y utilizó, como tema para sus misas, los himnos con que la Iglesia Católica celebra las principales festividades del año. Tal es la base sobre la cual descansan las últimas producciones religiosas del maestro, entre otras, las misas de la "Circuncisión," "Purificación", "Corpus-Christi" etc., etc.

En todas sus composiciones demostró siempre un delicado gusto estético. Era, además muy hábil contrapuntista. Sentía predilección por la música pura, y era admirador ferviente de Mozart. Esto no obstante, en sus obras teatrales,—en Guarionex sobre todo—, se nota la influencia de Donizetti.

Desdeñaba el aplauso de la muchedumbre, dándose por satisfecho con la aprobación de sus discípulos, cuya opinión, así como la de su inteligente hermana Justina, solicitaba siempre con ahinco. No componía música por lucro, puesto que jamás cobró nada por sus producciones; y, sin embargo, tal era la necesidad que tenía de dar salida a su desbordante inspiración, que escribía incesantemente, de día y de noche, hasta enfermar.

Desde muy niño emprendió el estudio de la música bajo la dirección de su padre Don Julián, músico español de medianos alcances, pero de una larga práctica profesional, el cual llegó a esta Isla en 1815, incorporado al regimiento de infantería de "Granada".

Digamos, de paso, que este fué el regimiento que se sublevó en 1835, cuando nuestro Don Felipe sólo contaba diez años; y puede calcularse cuan grande sería el pesar de la familia, por más que Don Julián—músico al fin—no era de carácter revolucionario, y no tomó parte, ni poca ni mucha, en la que, posteriormente se ha llamado: "revolución de San Rafael", por haberse dado el grito el día 24 de octubre.

Con tal aprovechamiento estudió la música nuestro biografiado, que a los diez y ocho años ya conocía los principales instrumentos, entre ellos el piano, y componía largo y tendido, en casi todos los géneros. Cuando apenas tenía veinte años, fué nombrado músico mayor del batallón de Iberia, del cual era músico de segunda clase su señor padre y maestro, por haberse disuelto el sedicioso regimiento de Granada.

Disuelto también más adelante el de Iberia, quedó reducido nuestro artista a lo que le pagaban por dar lecciones a domicilio y por tocar algún instrumento en las orquestas, hasta que más adelante (año 1858) obtuvo, por oposición, la plaza de maestro de Capilla de la Catedral de Puerto Rico.

De esa época es la popular misa en do mayor, que se ha cantado en todas las iglesias de la isla, el "Magnificat", el "Miserere" y la segunda Lamentación que se canta el miércoles santo. Quince años después escribió la "Tercera Lamentación" en sol menor, que es una obra maestra, tan llena de sentimiento, que no es posible oirla sin que se agolpen las lágrimas a los ojos.

No pasaremos adelante sin hacer constar que fué el maestro Gutiérrez quien, imitando primero a Don Domingo Delgado, compositor de aquella época, y adaptando más tarde un estilo propio más brillante y original que el de su predecesor, causó una revolución entre nuestro pequeño mundo artístico. Por lo pronto llegó a desterrar para siempre de las iglesias de San Juan, las extravagantes composiciones religiosas que se venían ejecutando, entre las cuales no era raro encontrarse con un "Aire de Fandango", o, como tuve ocasión de ver en el archivo de música de la Capilla de Catedral, un embutido, en la Gloria de una misa, de la antigua canción que empieza así:—"Ojalá que Alejandra—tan bella—comprendiera las penas de amor".—[18]

Durante la década comprendida entre 1860 y 1870, disfrutó el maestro de alguna holgura en sus medios de vivir, gracias a una sociedad musical que formó con Don Sandalio Callejo, distinguido profesor, que supo obtener gloria,—bien merecida por cierto,—y provecho de un arte improductivo hasta aquella fecha.

Al cesar la soberanía de España, cesó también en su destino de Maestro de Capilla, pasando a desempeñar, después de algunos días de hambre, la plaza de Conserje del Instituto de Segunda Enseñanza, con cuarenta pesos mensuales.[19]

Suprimido poco después el Instituto, fué pencionado por el municipio de San Juan con ¡Veinte Pesos Mensuales!

La verdad es que se presta a muy amargos comentarios el hecho de que el Gobierno español, como se verá más adelante, concediera a nuestro artista una subvención de mil pesos para que se trasladara a Europa por dos o tres meses, así como que el Gobierno americano haya pensionado posteriormente, con bastante largueza, a varios artistas y literatos, y que el gobierno autonómico, el único genuinamente portorriqueño que hemos tenido, dejara morir, casi de inanición al más inspirado de los artistas portorriqueños.

Continuemos. Después de tan doloroso viacrucis, y cansado de tanta lucha, dejó de existir el incomparable maestro.


Era tal su facilidad para componer y tan fecunda su inspiración, que no era raro verle escribir, en horas y de un tirón, obras que a cualquier otro hubieran ocupado algunos días.

Entre otros, citaré los siguientes casos.

Ausentábase para la Isla de Cuba un alto empleado español que había sido buen amigo de los portorriqueños, y, con tal motivo, se intentó, a última hora, obsequiarle con una serenata.

Estaban los iniciadores reunidos en la imprenta de Acosta, y allí mismo, y sobre el escritorio de Don Pepe Acosta escribió Ramón Marín una tierna despedida en verso, cuya lectura fué acogida con gran entusiasmo por los concurrentes. Faltaba quien pusiera música a los versos, y, ¡oh oportuna casualidad!: por la acera de enfrente iba a la sazón, a paso lento, y ensimismado, como era su costumbre, el maestro Gutiérrez.

Llamáronle para encargarle la música de la serenata, a lo que se prestó sin vacilar. Eran las diez de la mañana. El vapor correo se esperaba dos días después; así era que el acto debía llevarse a cabo al día siguiente.

Pues bien: a las tres de la tarde estaba compuesta e instrumentada la serenata, que constaba de una introducción a gran orquesta, un coro y tres estrofas.

Al siguiente día por la noche el pueblo congregado en los alrededores del Casino Español, local escogido por el magnate para recibir el homenaje que se le tributaba, pudo saborear las bellezas que el maestro prodigara en aquella obra que no había de ejecutarse más que una sola vez.

A la terminación del himno, tanto el pueblo soberano como la inmensa concurrencia que llenaba los salones del Casino, premiaba la labor del maestro con una prolongada salva de aplausos, disputándose todos el honor de estrechar su mano; porque eso sí: no ha habido artista en Puerto Rico que haya sido más sahumado por el vaho glorioso que Gutiérrez; así como no ha habido otro tampoco que haya sido menos favorecido por el sonido argentino. De Gutiérrez puede decirse que la gloria le perseguía, pero el dinero huía de él.

En otra ocasión se había proyectado una velada en el Teatro en celebración de no recuerdo que suceso. La fiesta había de comenzar con un himno cantado por más de cincuenta voces, acompañadas por una orquesta de cien músicos; pero sucedió que el poeta encargado de hacer los versos se enfermó, y no pudo entregarlos hasta la antevíspera de la fiesta. También fué el maestro Gutiérrez el que esta vez salvó la situación, escribiendo en dos o tres horas la música del himno, con el cual comenzó la velada a la noche siguiente.

Cuéntase, también, que cierto día y durante el sermón de una misa cuya orquesta dirigía, escribió, sentado en la escalera que daba acceso al coro, un primoroso Ofertorio, que fué ejecutado en aquel mismo acto, causando la admiración de los músicos, a pesar de lo acostumbrados que estaban a admirar aquel fenómeno artístico.

Para terminar la relación de estos rasgos de pasmosa espontaneidad, citaré el hecho siguiente, de que fuí testigo.

Estrenábase en el Teatro de San Juan por la compañía dramática de Gonzalo Duelos el drama titulado "El músico de la Murga". En el segundo acto, una murga ejecutaba un bolero frente a una casa, y como el maestro Gutiérrez, que dirigía por aquel entonces la orquesta del Teatro, encontrase muy defectuosa la composición que le entregara Duclós, allí mismo, detrás de los mismos papeles, y mientras los actores ensayaban el drama, escribió otro bolero tan lindo, tan original y al mismo tiempo de un dejo tan amargo, en consonancia con la situación del protagonista de la obra, que Duclós abrazó lleno de efusión al maestro, y se llevó el bolero, cuyo autor habrá permanecido ignorado, porque, según nos dijo más tarde el maestro, se había olvidado de firmarlo.

Así como Campeche era aficionado a la música y llegó a ser un hábil instrumentista, nuestro biografiado tenía también regulares aptitudes para el dibujo y la pintura.

Recordamos haberle encontrado muchas veces pintando paisajes en las paredes del comedor y del patio de su casa, y es muy común encontrar en sus originales, los caprichosos dibujos a la pluma, con los cuales tachaba las frases que no salían a su gusto.

Por cierto que esa afición a la pintura fué causa de que cierto día lo encarcelaran.

Véase como ocurrió el caso.

Celebrábase, no recordamos que fiesta en la casa Ayuntamiento, en la que tomaba parte la orquesta de capilla que dirigía el maestro. Mientras llegaba la hora de comenzar el acto, dirigióse nuestro hombre al salón de sesiones y situóse delante del retrato del general Ramón de Castro, obra, como todos saben, de Campeche.

Tan abstraído se encontraba el maestro contemplando aquel admirable sombrero del general, que no oyó la orden del corregidor don Rosendo Mauriz de la Vega, mandando despejar el salón, porque iba a reunirse el Consejo. Viendo el Corregidor que aquel señor trigueño, alto y con una levita algo antigua, no se daba por entendido, ordenó a un corchete que hiciera salir de allí a aquel intruso.

El alguacil, ni tardo ni perezoso, y obedeciendo a la voz de su amo, fué y agarró por un brazo al maestro para sacarlo del salón. Al sentir la mano del corchete sobre su brazo, lo repelió con fuerza diciendo: "¡Yo puedo permanecer aquí, porque soy el Maestro de Capilla!"

El Corregidor que oyó ésto, se puso de pié y gritó con arrogancia al guardia: "No ande usted con más contemplaciones y lléveme a ese maestro de capilla a la cárcel."

Y lo llevaron a la cárcel. Así como suena.

Y si no es porque vino en su auxilio Aurelio Dueño—padre del que esto escribe y gran amigo y admirador de Gutiérrez—probablemente hubiera dormido aquella noche en la cárcel el autor de Guarionex.


El 24 de abril de 1876 se embarcó el maestro con rumbo a Europa, habiendo sido pensionado por la Diputación Provincial y el Ayuntamiento para que visitara la exposición de Viena. La noche antes de embarcarse sus discípulos le llevaron una serenata, en la que se cantó un himno cuya música había compuesto el maestro italiano don Rosario, Aruti. La letra del himno, que va a continuación, se debe al numen del poeta Manuel Dueño Colón, hermano del autor de estas líneas.

ADIÓS

Al Maestro Felipe Gutiérrez.

Despierta Gutiérrez y escucha la dulce,
cordial despedida que entona el laúd;
es canto de glorias que al Genio se ofrece,
y el labio sincero te dice ¡Salud!
Mil tristes adioses, suspiros del alma,
¡Oh dulce Gutiérrez! te siguen en pos;
las aves de blanco, de bello plumaje,
con tiernas canciones te dicen ¡Adiós!
Tú partes muy lejos en pos de la gloria
de verdes laureles que cubran tu sién;
que llenen los cielos tu senda de flores,
cantor de la bella, feliz Borinquén.
¡Adiós! ya la nave de prora flexible
divide las olas del hórrido mar,
sus brisas tempranas impelen tu nave
y en sones dolientes, ¡adiós te dirán!

De Viena se trasladó el maestro a París, acompañado por el insigne pintor portorriqueño Frasquito Oller.

Poco fruto obtuvo el maestro de tal viaje.

Aparte de que los cuarentiocho años que contaba por aquel entonces no es edad propia para perfeccionarse en la música, tampoco era Viena, y mucho menos en plena Feria, más bien industrial que artística, lugar a propósito para el objeto que el maestro perseguía.

En París no hizo tampoco cosa de provecho. Visitó a Monsieur Mathias, a quien dedicó un cuarteto de cuerda, que el insigne maestro francés ejecutó delante de él, y de repente, en el piano.

Por cierto, que al enterarse de que Gutiérrez era procedente de Puerto Rico, nombre que oía por primera vez (al menos aplicado a una isla), trajo a la vista un mapa-mundi de pequeñas dimensiones y ¡oh amarga decepción para el maestro borinqueño! Puerto Rico no figuraba en el mapa; y por más que nuestro paisano señalaba el sitio donde debía estar la isla, sólo veía a Cuba representada por una raya, Santo Domingo por un punto y Puerto Rico desaparecía en la proporción.

"Hasta ese día para mí memorable"—decíanos una vez el maestro—"no me había dado cuenta exacta de la pequeñez de nuestro país, así como del completo desconocimiento que acerca de los portorriqueños se tiene en el resto del mundo."


La música de Gutiérrez podría subdividirse en dos estilos o maneras: comienza la primera con la misa en do mayor de que ya nos hemos ocupado, terminando con la misa de la Purificación. A partir de esta obra, ya empieza a notarse una nueva tendencia en las composiciones del maestro; tendencia fatal a nuestro juicio, pues ella consistía en sacrificar la forma melódica (que era en lo que más descollaba el maestro), para amoldarse, según decía a las exigencias de la nueva escuela. (?)

Pero a pesar de esa explicación del maestro, lo que hay de verdad en el asunto es que un crítico musical de aquella época, se lamentaba de que la música religiosa de Gutiérrez fuera tan melosa, al extremo de distraer el fervor religioso de los oyentes, inspirándoles cierta sensación mundana. De ahí el que nuestro músico, tomando a pecho la impertinente censura del crítico, cambiara completamente de rumbo, y comenzara a torturar su inspiración melódica, escribiendo una música de carácter más bien sinfónico que religioso; y es por eso que la gloria y el credo de sus últimas misas no son otra que tiempos de sonata para orquesta con acompañamientos de las voces, es decir: una forma contraria en todo a la que siempre había empleado. Y lo peor del caso es que el maestro no encontró la fórmula que perseguía, o sea la que tanta fama diera a Palestrina, Pergolesse, Victoria y Morales; por más que queriendo imitar al autor de la Improperia utilizaba como tema de sus composiciones las melodías del canto llano.

Y éste fué el gran error del maestro. No tuvo en cuenta que los grandes maestros modernos que han escrito música religiosa, entre ellos, Bellini, Mercadante, Rossini y Verdi, y aún el mismo Mozart en su Requiem y en el Ave Verum no trataron de imitar a los maestros del siglo XVI, sino que escribieron música religiosa a su modo y tal como ellos la sentían. Por otra parte nuestro biografiado escribía para la orquesta de Capilla de la cual fué director por espacio de cuarenta años, y con su nueva tendencia de dar preponderancia a la orquesta sobre las voces, sus composiciones resultaban tan deficientes como la orquesta para la cual escribía. En efecto: dicha orquesta carecía de Viola, Oboe y Fagot. En cambio tenía dos trompas, dos clarinetes y un bombardino; siendo la proporción de seis instrumentos de viento por cinco de cuerda. Varias veces aconsejamos al maestro la substitución del segundo clarinete por un oboe, la del bombardino por un fagot y las dos trompas por otro violín y una viola; y aún cuando algo intentó en ese sentido, parece que a dicha reforma se oponía el Cabildo de Catedral y hubo que desistir de ello.

Vamos a terminar este trabajo, ya extenso en demasía.

Después de la muerte de Gutiérrez, ocurrida en 1900, ya nadie volvió a acordarse de que había existido tal artista, hasta hace algunos años que dos buenos portorriqueños, Federico Degetau y Emilio del Toro Cuebas, organizaron una velada en el Ateneo para honrar la memoria de Gutiérrez.[20] Falta ahora que la actual Directiva del Ateneo haga colocar en sus salones un retrato del maestro, junto a los señores Tavárez y Campos.

Antes de terminar, séanos permitido dar aquí una reseña, con algunos comentarios, no de todas las obras del maestro, porque llenaría tantas páginas como las que llevamos escritas, sino de las composiciones más conocidas y que ponen más de relieve las extraordinarias facultades artísticas del autor.

MÚSICA RELIGIOSA.

Misa pequeña en do mayor, a dos voces y orquesta, con un delicioso Benedictus obligado a flauta. Misa pequeña en la menor, a dos voces. (El Qui Tollis de esta misa es un bello cantabile a dos voces, de exquisita factura). Misa de la Circuncisión, a tres voces. Misa de la Purificación, a tres voces. Misa de la Anunciación, a tres voces. Misa de Jueves Santo, (Kirie y Gloria solamente), a tres voces. Misa del Corpus, a tres voces. Misa de la Ascensión, a tres voces, (con un bellísimo ofertorio.) Misa de Noche-Buena (tiene una zortzico encantador con variaciones para el violín, la flauta y los clarinetes). Misa de San Juan, a 4 voces y gran orquesta. Misa de Santa Cecilia, a 4 voces, coro y gran orquesta. (Premiada con medalla de oro en un Certámen). Requiem, a dos voces y orquesta. Requiem, a tres voces, de mayores dimensiones que el anterior. Miserere, a tres voces y orquesta. (Una de las más inspiradas obras del maestro. El estilo de esta composición, a veces sombrío y a veces patético, inspirábale al que la oye cierta sensación de pavor; tal es la fuerza de expresión que empleó el maestro en casi todos los pasajes de la obra). Las Siete Palabras, para 4 voces y orquesta. (En esta obra, de factura muy descuidada, no estuvo el maestro a la altura de su reputación). Segunda lamentación, a tres voces. Tercera lamentación, en sol menor, a tres voces. (Es esta, tal vez, la obra en que con más profusión produjo el maestro el tesoro de su vena inagotable. Por otra parte, ¡qué amarga tristeza revela esa música sublime! Creyérase que el autor se propuso en esa obra traducir al lenguaje de los sonidos las crueles vicisitudes de su vida; la amargura de ver como iban desapareciendo sus hermanas, una a una, minadas por la tisis; sus apuros económicos, y, por añadidura, la guerra sorda, que a causa de sus ideas políticas, le declararon ciertos elementos reaccionarios, que formaban parte de la orquesta de Capilla. Nos parece estar oyendo todavía al maestro cuando entonaba con su voz de barítono la famosa frase de Jeremías: Jerusalem, convertere ad Dominum Deum tuum. Parecía dirigirse a sus enemigos, exhortándoles a que se arrepintieran del mal que le hacían, ¡Pobre Maestro!). Magnificat, a tres voces y coros. (Un bello cántico a la Virgen, escrito desde 1860, que no llegó a terminar nunca, por lo que hubo la necesidad de suprimir parte de la letra a fin de que pudiera cantarse). Totta Pulchra, para Coros y orquesta. (En esta obra se empleó por primera vez en Puerto Rico el saxofón). Novenario de Nuestra Señora de Belén. Novenario de San Francisco. Novenario de San Juan Bautista, de Santa Rosa de Lima, de San Miguel y Septenario de Dolores. Gran salve a cuatro voces, coros y orquesta. Grandes Letanías a cuatro voces, coros y orquesta: tituladas Así-Así. (Tienen la particularidad de que el 1er. Agnus Dei, está escrito para voces solas, habiendo puesto en los papeles de la orquesta, la parte de canto correspondiente a cada instrumentista.) Letanías Jesuitas, para tres voces, coros y orquesta. Además de innumerables salves, letanías y peticiones, escritas para alternarlas en los distintos novenarios que por entonces se celebraban anualmente en San Juan.

MÚSICA SINFÓNICA.

La Familia, obertura para orquesta. La Manganilla, Obertura. La Peseta, pequeña obertura, para orquesta. Tonidán, Obertura para gran orquesta. El Parto de los Montes, juguete sinfónico. Sonatina de Violín, con acompañamiento de piano u orquesta.

OBRAS TEATRALES.

Guarionex. Opera en tres actos, libro de Alejandro Tapia. (Representada en el Teatro de San Juan). Macías, Opera en tres actos, libro de Don Martín Travieso. EL BEARNES. Opera en cuatro actos, libro de Don Antonio Biaggi. El Amor de un Pescador, zarzuela en dos actos, letra de Navarro.

Cierro esta lista, y con ella mi desaliñado trabajo, no sin antes advertir, que la he hecho de memoria y guiado sólo por el recuerdo que, como músico que fuí de Capilla, durante más de veinte años, conservo acerca de la música del para mí, inolvidable Gutiérrez. Con ésto quiero decir, que debe perdonárseme cualquier omisión importante en que baya podido incurrir.

Braulio Dueño COLÓN.

Bayamón, P. R., 1912.

CAPÍTULO IX.

MARTÍNEZ PLÉE, MANUEL.
violinista.

Si en alguna ocasión es de sentir la carencia de profundos conocimientos psicológicos y de gran estilista, es, cuando, como en el presente caso, se intenta hacer la biografía de un artista, que es, de los de más alto temperamento que se han producido en Puerto Rico.

La figura artística de Martínez Plée es dual; porque si grandes son sus méritos como violinista, no menores los posee como literato, y si a ellos unimos las genialidades de su carácter y no olvidamos los rasgos fisonómicos de los que, un pintor podría hacer meritísima cabeza de estudio, nos encontramos perplejos, ya que no incompetentes, para delinear, siquiera, el contorno de su personalidad.

"Cabeza de estudio" hemos dicho, porque, efectivamente, en todos y cada uno de los rasgos, encontramos, cada vez que tenemos la oportunidad de departir con él, algo que nos induce a la meditación.

Frente amplia, ángulo facial circásico, cráneo abultado, en su primer tercio reluciente y el resto poblado de guedejas que, como las del rostro, tienen, prematuramente, el tinte gríseo, de los cielos invernales; ojos, a los que sirven de atalayas cejas de finos trazos, no muy grandes y cavernosos, cuyas negras pupilas tienen, de ordinario, el plácido rutilar de las estrellas, y cuando se dilatan por efecto de la emoción estética, adquieren el fulgor hipnótico de los del león en plena fiebre; pómulos ligeramente pronunciados, nariz dilatada y labios reveladores de un temperamento pasional, son los detalles de esa cabeza, que, repleta de fósforo y de fibras nerviosas delicadísimas, tiene como soporte un cuerpo de mediana estatura y complexión muscular vigorosa, haciéndonos recordar, el conjunto, las figuras simpáticamente majestuosas de los patriarcas bíblicos.

Martínez Plée nació en la Carolina, el 24 de agosto de 1861. Su nostálgica indolencia pone de manifiesto su procedencia criolla, pues su señor padre era también portorriqueño, heredando de su madre doña Delia, de origen francés, los tesoros morales de la Fé y amor a la Libertad.

Don Ruperto Rivera Colón, fué su preceptor de instrucción elemental, y las selectas bibliotecas de New York, en donde residiera por más de 20 años, las que, con sus colecciones de obras maestras, leídas y meditadas asíduamente, le hicieron obtener, per se, el título de literato, que le reconocen los intelectuales.

Le son casi familiares las literaturas latina, española, francesa e inglesa; los poetas y filósofos griegos le seducen, y, en su prodigiosa memoria, tiene catalogadas las síntesis de las obras contemporáneas de mayor renombre.

Sus amigos inseparables son el violín y los libros.

Rápido en la concepción, lo es más para asimilarse ideas que, después de analizadas, las adapta a su criterio, forjándolas de nuevo con modalidades de expresión conceptuosas, concisas y originales.

Su estilo es tan ameno, por las bellas sutilezas que emplea en la descripción e ingenuidad con que instruye, que basta ver su firma en un artículo para leerlo con gran interés. En la controversia muéstrase, unas veces hiperbólico, otras, cúltamente mordaz, sobre todo, cuando la argumentación contraria no es sofisticada.

En San Juan cursó la teoría musical, solfeo y rudimentos del violín, trasladándose después a Caguas, en donde, D. Mauricio Álvarez, modesto y notable violinista, que por largos años se dedicó a la profesión—vive aún dirigiendo la farmacia de su hijo D. José—le inició, con maestría, en los secretos del arco y pulsación de tan difícil instrumento.

Tras de una temporada de residencia en Humacao, en donde su corazón recibió las primeras impresiones de un amor purísimo que, irrealizado, tal vez influyera en el pesimismo y dualidad que se nota en su carácter, marchó a los Estados Unidos, y, en New York, a la par que nutría su inteligencia con el néctar del saber, con Mr. E. Remenyi, gran violinista húngaro, adquirió el dominio del instrumento que inmortalizó a Paganini.

Las audiciones constantes de los grandes artistas que sin cesar visitan la Babel americana, completaron su educación musical.

En New York formó parte de las mejores sociedades artísticas, siendo su nombre conocido y justamente apreciado. Allí, nuevamente el amor se interpuso en su camino y contrajo matrimonio, del que tiene una hija, que parece haber heredado su temperamento e inteligencia artística, y cuya educación preocupa hondamente a nuestro biografiado.

Durante su larga ausencia del país natal, éste ignoraba tener un hijo que le honraba en el extranjero, hasta que la atracción de su doble amor filial le hizo aparecer entre nosotros, cual bohemio errante que añora con el arte mágico de su violín las tristezas y ensueños de su perdida patria, dándose a conocer en la plenitud de sus facultades.

En el violín es un virtuose, que burila la frase, destaca con precisión y claridad los pasajes más difíciles, y, aun cuando para el colorido de emisión prefiere los tintes crepusculares a los del sol en el zenit, no por eso dejan de ser vigorosos los sonidos.

Para apreciar todo su valer artístico, hay que estar cerca de él cuando interpreta. Ruge, canta, increpa, llora; su alma experimenta y trasmite todas las sensaciones que conmovían al autor en la concepción y que él, en plena fiebre de interpretación, reproduce fielmente.

La dualidad de su carácter le hace a veces incomprensible.

Escolástico e idealista por convencimiento, muéstrase en ocasiones, racionalista con tendencias al materialismo.

Amante apasionado de la forma clásica, para las manifestaciones del arte absoluto, ha roto lanzas en defensa de la libertad de expresión.

Sinceramente cristiano, las contrariedades y luchas de la vida, le hacen no desdeñar el fatalismo musulmán.

Noblemente bohemio en la práctica del bien, se reprocha a sí mismo el haberlo ejercido.

Generoso, en demasía, para cimentar prestigios, cuyas procedencias no siempre escudriña, por cualquier nimiedad trata de derrocarlos cáusticamente.

Su temperamento le hace vivir en pleno cielo de ilusiones, pero el pandemonium de su cerebro lo lleva a sufrir las oscuridades del pesimismo.

Ha concebido obras literarias y didáctico-musicales de altos fines, pero al darles forma, o las ha dejado en floración, o, después de acabadas, permanecen ocultas en los anaqueles de su biblioteca.

Es un valiente-tímido, capaz de todo, y que por su vacilar constante, ha perdido grandes oportunidades favorables a su bienestar y gloria.

A pesar de eso, la chispa de su genio, como la del rayo en medio de la tempestad, brilla refulgente y con luz propia, en el cielo del arte, siendo una de las legítimas glorias portorriqueñas.

CAPÍTULO X.

MISLÁN, ÁNGEL.
instrumentista.

Nacido en San Sebastián del Pepino en el año de 1862, murió en Barceloneta el 1º de Febrero de 1911, en plena edad viril y cuando por la madurez de su cerebro podía ofrecernos sus mejores frutos.[21]

Para hacer siquiera un esbozo de la personalidad artística de Angelito, como familiarmente se le llamaba, requierense profundos conocimientos psicológicos de que carece el que estas líneas traza, pues radicando en el alma el origen de todas las producciones humanas, es innegable que existe una relación entre aquellas y la idiosincracia o carácter del que las produce, relación que el análisis psicológico descubre en sus mínimos detalles, sobre todo, cuando se trata de producciones artísticas en que la expresión del sentimiento se exterioriza con mayor vigor.

Si prescindiendo de las características individuales analizamos las producciones exclusivamente por su forma y técnica, tropezamos, en las artísticas, con la dificultad del medio ambiente en que la mayor parte de nuestros artistas se han desarrollado; y al decir artistas no quiero referirme solamente a los músicos, pues si exceptuamos la poesía o literatura en general, las demás artes permanecen en pañales por la falta de centros docentes, pues de haberlos tenido, las excepcionales aptitudes del pueblo portorriqueño hubiesen alcanzado y alcanzarían al presente, en número no escaso, altas finalidades de gloria universal.

Duchesne, Balseiro, Mislán, Ríos Ovalle, Manuel Tizol, Márques, Kington, Madera, Porrata Doria, Emilio Dávila, en la música; Pou, López de Victoria, Vélez, Medina, Ríos, en la pintura; Nadal, Montesinos, Vélez López, en la escena, son, entre otros, dignos de citarse como ejemplo, para corroborar la afirmación, pues si con su sólo esfuerzo han llegado a alcanzar, unos más que otros, puesto de honor en el cuadro de nuestras pequeñas glorias, desarrolladas y pulimentadas sus obras por medio de la técnica profunda, sus nombres, traspasando los límites estrechos de la Isla, hubiéranse sumado, a los de Tavárez, Campos, Paoli, Gonzalo Núñez, Martínez Plée, Arteaga, Chavier, Oller, Campeche, Cuchí, García Molina, Astol y algunos más, aplaudidos y reputados en el exterior.

Que el temperamento artístico predomina en Puerto Rico, todo el mundo lo reconoce; pero en lo que al musical atañe, tengo para mí, que Mislán, Kington, Balseiro, Miranda, Cruz Verar y Tizol son los más altos que ha producido el país en los últimos lustros del siglo XIX.

Todos han dominado la mecánica de sus instrumentos favoritos; unos, intuitivamente; otros con más o menos conocimientos de la preceptiva, han vertido a raudales la inspiración que el Divino Artista les donara; y sin que a ninguno se le pueda adjudicar, sin reproches, el anhelado calificativo de maestro, todos son merecedores, no tan sólo del aplauso público, si que también de que al morir les dediquemos las siemprevivas del recuerdo, ya que, en sus producciones, expresaron e hicieron sentir las dulces vibraciones de la música regional.

Antes de proceder al análisis crítico de los méritos artísticos de Mislán, creo pertinente explicar las precedentes manifestaciones, pues podría argüirseme que doy demasiada importancia a los temperamentos no pulimentados con el estudio, así como a la música regional circunscrita, hasta hoy, a los estrechos límites del género bailable.

Si el temperamento, aptitud o inspiración, como quiera llamársele a la disposición natural o facultad para producir espontáneamente, no constituye de por sí, lo que en sentido absoluto se denomina arte, es innegable, que, como dice Toussenet, "el arte es la encarnación del ideal". Y siendo su principal tendencia la de excitar en el alma el sentimiento de la bello, ideal, belleza, arte son la expresión de una verdad, don que no poseen al nacer todos los seres humanos y por lo tanto, no se produce el ideal por mera reflexión ni mucho menos por la imitación o aplicación de artificiosos procedimientos.

La música es la expresión del sentimiento. Lo que ella expresa es la misma alma en lo que tiene de más íntimo y profundo; y las expresiones del alma no pueden supeditarse en absoluto a reglas o preceptos que en algunos casos cohibirían la espontánea veracidad.

La preceptiva del arte completa la finalidad estética. Ella constituye la relación indispensable entre la ciencia y el arte, ya que todo arte supone la selección de aquella parte necesaria de la ciencia para averiguar de qué condiciones dependen los efectos que desea producir.

Más, por el hecho de que una producción carezca, en más o menos proporción, de la preceptiva, o esté defectuosa, ¿vamos a descalificarla como artística, cuando por su expresión, excita en el alma el sentimiento de lo bello y de lo bueno?

Y si los defectos u omisiones tienen por causa, no la negligencia, sino la falta de dirección para ajustar y corregir ¿debe desalentarse con el desdén o la censura acerba, a los que por medio de su facultad creadora, per se, saben conmover las fibras del sentimiento?

¿Por qué la humilde violeta no adquiere en su desarrollo el vigor y proporción del rosal o de la magnolia, dejará de ser grata la delicada suavidad de su perfume? ¿La dalia que encanta por la hermosura de su forma, posee alguna cualidad esencial que permite recordarla cuando se deshoja?

La preceptiva escueta es la dalia sin aroma.

La inspiración, por libre que se manifieste, siempre que sea genial, es la esencia de la Divina Flor, que excita, subyuga, conmueve y arroba el sentir de las almas.

Aunque la música es el idioma universal, cada raza, nación o pueblo tiene su forma característica de expresión cuyas diferencias, al constituir lo que llamamos estilo o escuela, no se circunscriben solamente a las composiciones libres en las que el temperamento colectivo puede mantenerse en toda su amplitud sin las trabas de una rigurosa técnica; también en las obligadas o severas, que generalmente son las que entran en el cuadro de la música religiosa o sagrada, puede apreciarse la influencia del medio ambiente social, político y religioso de cada pueblo.

A medida que esas diferencias se destacan con mayor claridad, la música, acentuándolas, les dá marcado sabor local o regional, dentro de la variedad de géneros de las composiciones libres, siendo las más adecuadas para el caso, las teatrales, populares (canciones, coros, madrigales, etc.) y los bailables.

En Puerto Rico, las diferencias que acabo de exponer, solamente han podido sintetizarse, hasta ahora, en la danza; y si hemos de ser veraces, su característica regional se manifestó no hace muchos años, cuando Julián Andino innovó la variedad rítmica del acompañamiento; y más principalmente, cuando Tavárez y Campos la elevaron al rango de verdadera composición. El primero con su portentosa inspiración saturada del sentimiento de la época, y Campos, agitado su vigoroso genio por las luchas y pasiones de su tiempo, encarnando en sus danzas inmortales el alma colectiva del pueblo portorriqueño, formando ambos, los dos estilos principales que sirven de guía a los jóvenes cuando se inician en los trabajos de la composición.


Mislán estudió con su padre, el solfeo y la mecánica del clarinete y del bombardino; pero cuando fallecido aquel se vió constreñido, muy joven aún, por las apremiantes necesidades de la vida, a invadir el campo de la profesión, la carencia de medios extraños para salir airoso en sus empeños artísticos hízole, unas veces con preparación otras improvisadamente, practicar la mayor parte de los instrumentos, incluso el típico cuatro, que pulsado por él, semejaba los dulces sonidos del arpa eólica.

Su instrumento favorito, en el que no tuvo rival, lo fué el bombardino. Aparte de la gran habilidad mecánica, dulzura de expresión y corrección del fraseo, emitía los sonidos con tal privilegio, que sobrepasando la extensión del registro agudo con claridad y robustez deliciosa, de no presenciarse la ejecución, lo que parecía oirse eran los sonidos de una flauta.

La chispa del genio que iluminaba su cerebro irradió en todos sus actos musicales. Las bandas y orquestas que dirigía, por heterogéneos que fueran los componentes, resultaban agradables, pues en el conjunto se revelaba lo genial de la dirección.

Su trato afable, modesto, simpático, que tan bien reflejan las melodías de sus danzas, le franqueaba las puertas sociales, proporcionándole, doquiera que iba, abundante trabajo profesional; pero la nostálgica indolencia de su carácter, agravada con la falsa adaptación que hiciera en sus costumbres del concepto de la vida bohemia, como también lo débil que fué siempre su voluntad para refrenar los ímpetus pasionales, que forzosamente hubieron de conducirle por senderos peligrosísimos para su salud, fortuna y fama, le hicieron vivir en constante desequilibrio económico, atrofiando prematuramente sus facultades, cuando con mayor energía debieron manifestarse.

Como instrumentista, ya lo he dicho antes, sino fué un virtuose, pues este calificativo para aplicarlo a conciencia sólo tiene una acepción, fué todo lo hábil para, en el bombardino, destacarse en el cuadro de lo corriente, ocupando el primer término. Como preceptor, trasmitía sus conocimientos con pureza, mejorándolos por medio de la observación de los métodos que empleaban otros maestros que más, afortunados, habían bebido en mejores fuentes.

Como director de orquesta de baile, estuvo al nivel de los mejores y para la organización de pequeñas bandas tenía el sentido práctico de instrumentar con arreglo al número y conocimientos de los instrumentistas.

No puede ser tan acabado ni halagüeño el juicio que voy a emitir sobre sus condiciones de compositor. Solamente puedo analizar las dos únicas danzas que publicó, pues aunque oí muchas otras, así como algunos de sus valses, mazurcas, paso-dobles y canciones jíbaras, no las tengo a la vista y el oído no es órgano apropiado para retener toda la factura de una composición musical y someterla al crisol de la crítica.

Poseyendo Mislán un alto temperamento artístico, las melodías de sus producciones resultan agradables, claras, bien combinadas y justamente equilibradas. Y como la estructura de la danza no es muy rigurosa, cuando el movimiento rítmico no es monótono y el acompañamiento del bombardino o mano izquierda del piano tiene vivacidad y elegancia, si la marcha del bajo y enlace de los acordes es correcto, aunque la factura armónica de las modulaciones y cadencias sean triviales, la variedad y expresión del pensamiento melódico cubren fácilmente la deficiencia.

De las dos que publicó, Sara es, en mi concepto, la de mejor construcción armónica; Tú y yó la de factura melódica más completa.

En Sara crea, aplica la técnica, combinada elegantes dificultades para el bombardino y revela en el ritmo la faz bohémica de su carácter. En Tú y yó la pobreza y defectos de preceptiva se manifiestan desde el paseo, y el acompañamiento carece de originalidad, resulta demasiado uniforme y con reminiscencias muy acentuadas, del que empleó Campos para Ten Piedad; en cambio su característica dulce y simpática se refleja en la melodía, correspondiendo regularmente las cláusulas del lenguaje, o mejor dicho, las cadencias poéticas con las melódicas.

Ambas se han hecho populares dando fama al autor. La una, porque la poesía (rimas de Becquer) y la música, son realmente inspiradas; la otra por ser muy bailable y tener como novedad la parte obligada a bombardino, cuya dificultad estriba en la articulación. Para mí, la belleza de Sara está en la segunda parte o frase del merengue, pues la del bombardino la califico: variación sin tema, con ritmo, distinto al de la estructura general de la danza, marcadamente bohemio, en su falsa acepción. El final de la danza es una reprise de la primera frase, cortada bruscamente.

Por la impresión de audiciones grabadas en el cerebro, puedo decir, que en Pobre Borinquen, expresa los dolores de la patria irredenta; en Recuerdos y Lágrimas, las añoranzas de perdidas dichas vibran en el sentimiento melódico; y en Ojos de Cielo, dedicada a la bella señorita utuadeña, Adela Mattei, retoñando en el alma ilusiones y espejismos de la juventud, hacen que el ideal adquiera en notas, realidad momentánea.

Ángel Mislán ha muerto pobre, pero no abandonado, pues el pueblo de Barceloneta en general y especialmente los señores Agustín Balseiro y Fernando Suria le atendieron en todo, dando a sus restos decorosa y cristiana sepultura.

Los músicos de Arecibo, que durante muchos años fueron sus compañeros en orquestas de baile, acompañados del digno vice-cónsul español Don Ángel Sáenz, jefe que fué de Angelito cuando dirigía la banda del tercer batallón de Voluntarios, vinieron expresamente a rendirle el último homenaje de amistad y compañerismo.