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Música y Músicos Portorriqueños

Chapter 41: CAPÍTULO XVI.
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About This Book

El autor ofrece un recorrido histórico y crítico por la vida musical de la isla, reuniendo datos dispersos sobre la educación, la creación y la interpretación musicales; presenta biografías y juicios críticos de artistas locales, intenta catalogar obras de compositores nativos y reconoce la escasez de documentación que limita su relato. La exposición combina investigación, recuerdos personales y opiniones ordenadas alfabéticamente, y busca servir de base para futuros estudios. Parte de la obra tiene finalidad práctica: explicar la publicación como medio para apoyar la formación vocal de su hija y asegurar los recursos para su debut.

CAPÍTULO XI.

MORELL CAMPOS, JUAN.
maestro-compositor.

En la hermosa Ciudad del Sur de la isla, en donde, el rítmico vaivén de las olas caribeanas, la cadenciosa ondulación de gramíneas y palmeras, el suave rumorar de frondas y arroyuelos, el centelleo del sol sobre la dilatada campiña, la placidez de las noches estivales, y la brisa refrigerante de las montañas que medio la circundan, son acentos melódicos que, contrapuntados por el espíritu luchador y progresista de los moradores, preludian fragmentos delicadísimos de la gran sonata que incesantemente entona la naturaleza en honor del Creador; en los dominios de esa bella Sultana, que tan fecunda ha sido para producir artistas; en Ponce, repetimos, nació el 16 de Mayo de 1857, el genial Juan Morell Campos, elegido por el Divino Artista para traducir en notas de inimitable expresión, las penas y alegrías, las añoranzas e ilusiones de este pedacito de tierra americana llamado Boriquén.

Sus primeros estudios de música los hizo con Don Antonio Egipciaco, y luego de haber practicado la técnica de algunos instrumentos, llegando a ser un flautista notable y a dominar, en absoluto, las dificultades del bombardino, aunque sin poseer la dulzura de tono o emisión que diera fama a Mislán, recibió algunas lecciones de armonía y composición del pianista-compositor Tavárez. Ingresando después como bombardino solista, en la banda del batallón Cazadores de Madrid, completó en ella los conocimientos de instrumentación y Dirección, la cual asumía en ausencia o enfermedades del músico mayor, Don José Valero.

Tavárez, desde las primeras lecciones que diera a Campos, reconoció la precocidad de su talento artístico, augurándole grandes triunfos; pero la inconstancia del preceptor, hizo al discípulo, cosa fácil para los elegidos, formarse solo, como ocurriera a Bach, Hayden y otros de los grandes maestros del arte.

Terminada su contrata militar, organizó en Ponce una orquesta con la cual empezó sus campañas de compositor.

Sus primeras danzas, aunque no tan bellas ni tan ricamente armonizadas como las que después se han hecho inmortales, fueron infiltrándose en el sentimiento colectivo del pueblo que ya empezaba a rendirle adoración, repercutiendo los primeros sonidos del clarín de su fama por los ámbitos de la Isla.

Hasta el año de 1882, puede decirse que su personalidad artística no se destacó vigorosa y radiante.

La Feria-Exposición que en ese año celebróse en Ponce, fué el campo de acción en donde, a semejanza de los griegos en los juegos olímpicos, obtuvo, los primeros laureles que orlaron su frente.

Fué dicha Feria un grandioso exponente, no tan sólo de la cultura general del país, agrícola, industrial, artística e intelectualmente considerada, sí que también una manifestación, no superada hasta hoy, de los grandes elementos, bajo todos sus aspectos, que integraban al pueblo ponceño, el cual se encontraba en el apogeo de su refinamiento social, de sus grandes iniciativas, y en donde el valor cívico en pro de las libertades políticas se manifestó, después, vigorosamente.

Juan Morell Campos, obtuvo entonces, medalla de oro y diploma de honor por su sinfonía La Lira, escrita para gran orquesta; y medalla de plata­—segundo premio—en el concurso de orquestas de concierto, al que valerosamente se presentara con la que, en una semana y a instancias de sus admiradores, organizó para discutir el triunfo.

Muerto Tavárez al siguiente año de la Feria, Campos fué justamente proclamado como su digno sucesor en el reinado de la música regional portorriqueña.

Dice, Mad. Gjertz en su libro, "La música desde el punto de vista moral y religioso", "Toda expresión de belleza es un acto de amor que, a este título, solo a Dios debemos. Mientras nada amamos, creemos hacer bastante cumpliendo con nuestros deberes, si es posible cumplirlos sin amar a Dios; más, apenas enardece nuestro corazón el amor, nos sentimos inclinados a realizar mil delicadezas que salen del dominio de lo útil para constituir lo bello. Toda forma de belleza es, pues, una forma de amor. El mismo Dios nos dá un ejemplo de ello en la creación; un campo de trigo u hortaliza no nos recuerda el amor divino, como una flor. Si Dios pudiese tener deberes, el campo de trigo sería una manifestación de este deber, que consistiría en proveer a nuestras necesidades, y la flor, esta graciosa y encantadora chuchería inútil, lo que realmente es, manifestación del amor de Dios. Las bellas artes, son hijas de la necesidad que tiene el corazón humano de embellecer, es decir, de amar."

Nos ha parecido oportuno reproducir el bellísimo párrafo anterior, porque, en nuestro concepto, la fuerza avasalladora del amor, conmoviendo las fibras del corazón y agitando las células del cerebro de Campos, le hizo, con febril inspiración, producirse en toda la potencialidad de su genio.

El arte absoluto fué la síntesis de su amor, y las formas impulsivas de expresión, el amor pasional y el amor patrio.

Si Tavárez supo encarnar en sus obras el espíritu doliente, tímido y soñador del pueblo de su época, Juan Morell Campos, que floreció en otra muy distinta, condensó, con maestría, en los variados ritmos de sus danzas y en las rapsodias de sus marchas y overturas orquestales, el estado de la conciencia popular, agitada por las luchas incesantes en pro de la libertad política.

Y en cuanto a las manifestaciones del amor pasional, ¿no expresan los pensamientos melódicos de sus danzas el flujo y reflujo del inmenso océano del amor, que ora agitado por el vendaval de los celos, ora plácido y transparente tras de un coloquio, siempre está rumorante y nunca satisfecho?

Maldito Amor, Ten Piedad, Bendita Seas, Sin tí Jamás, Mis Penas, Alma Sublime, Horas Felices, Idilio, Cede a mi ruego, Dí que me Amas, Cielo de Encantos, Tuya es Mi Vida, Vano Empeño, son el compendio de la historia de amores... que, tal vez correspondidos, nunca traspasaron los linderos del ensueño.

La Lira, obertura, Saludo a Ponce, tanda de valses, Juegos florales, marcha triunfal, Puerto Rico, sinfonía, y otras composiciones didácticas, que oyéramos en su orquesta, analizadas psicológicamente, dan cabal idea de sus sentimientos pro-patria.

Sin vacilación, calificamos las obras de Campos como verdaderamente artísticas, porque responden a los principios fundamentales de la Verdad, de la Belleza y de la Bondad.

Son verdaderas, porque el pensamiento inicial, bien expuesto y mejor desarrollado por la preceptiva, expresa el sentimiento religioso del pueblo de aquella época; son bellas, porque sin prescindir de los preceptos de la composición, expanden libremente la inspiración melódica con gradaciones de tono, colorido y expresión tan sutiles y delicadas, que conmoviendo los sentimientos, los arroban y subyugan; y son buenas, porque impresionan el sentido moral, elevan el espíritu hasta las regiones del idealismo y producen siempre, en los oyentes, deliciosas y nobles sensaciones.

Morell Campos nació para el arte, vivió por el arte y murió dentro del arte.

Cultivó todos los géneros de la composición; pero el público, que en general solo conoce sus danzas y alguna que otra obra didáctica, ignora que, en el género religioso rayó a gran altura, dejando escritas, entre coros, misas, gozos, salves, letanías y plegarias, más de 60 obras, sin contar las alegorías fúnebres, muy sentidas y de gran valor orquestal.

Para la escena lírica compuso las zarzuelas en un acto. Un día de Elecciones y Un viaje por América, y otra en dos actos, titulada: Amor es Triunfo, representándose todas, con gran éxito, en el teatro La Perla de Ponce.

Además de los premios y laudos que obtuviera en la Feria del 1882, fué condecorado, en la exposición de San Juan, conmemorativa del 4º Centenario del descubrimiento de esta Isla, con diploma de honor y premio de cien pesos, por la gran sinfonía para orquesta denominada: Puerto Rico.

En 1895, el Casino de Mayagüez le otorgó diploma de Honor, por la marcha Juegos Florales, escrita expresamente para dicho centro social; y en la Exposición de Búfalo, le adjudicaron medalla de bronce y diploma por la citada marcha.

Además de ser un instrumentista notable, pues dominó la mecánica de la flauta, bombardino y contrabajo, como Maestro Director y Concertador, ha sido uno de los mejores.

Su batuta clara, enérgica, detallista, sin efectismos de mímica, pero absolutamente precisa en los movimientos, hacía que la orquesta, en crescendos y agitatos, semejase el desbordamiento de una catarata, o la placidez del remanso, en cantábiles y sostenutos. Al instrumentar, lo mismo obras propias que extrañas, aunque algo cohibido por el raquitismo de nuestros núcleos orquestales, usaba, apropiadamente, los distintos cuartetos, dando al conjunto variedad, belleza y novedad. La instrumentación de sus danzas dió a estas el carácter de composición genérica.

Maestro director y concertador de la compañía de zarzuela, empresa Bernard y Abella, marchó como tal, en excursión artística, por varias ciudades de América del Sur, hasta Buenos Aires; viaje provechoso, pues en el completó sus conocimientos.

Al volver a Ponce, reorganizó su antigua sociedad de conciertos, la Lira Ponceña, dando, periódicamente, selectas audiciones en el Sport Club y el teatro La Perla, como también en otros de la isla, pues era muy solicitada.

Su facilidad para componer e instrumentar puede, fácilmente, juzgarse por los siguientes verídicos hechos:

Estaba con su orquesta solemnizando las fiestas patronales de Barros, y, ya en plena misa del día de San Juan, cuando platicaba tranquilamente con los músicos en el antecoro, esperando que el orador sagrado terminase el sermón de rúbrica, vino Cosme Tizol—primer clarinete de la orquesta—a decirle: Juan, se quedaron en Ponce los papeles del Benedictus. Pues tráeme los de la Gloria, contestó con presteza, y escribiré uno en la última plana.

Con lápiz, y a pesar de la prisa, con notación bastante clara, en poco tiempo, improvisó un Benedictus para voces y pequeña orquesta, que, después de oído, resultó una de sus mejores composiciones del género sacro.

Otro hecho: Llegó de arribada forzosa a Ponce, procedente de Venezuela, una compañía de ópera, casi en cuadro y sin repertorio. El tenor Antón o Antonini, que la representaba, solicitó de Campos le ayudase en la preparación de algunas audiciones. Con el refuerzo de algunos elementos dispersos que había en la isla, a la semana, debutaba la compañía, con Campos de Maestro, continuando las representaciones tres veces por semana. El repertorio lo rehacía Campos, instrumentando una ópera cada cuatro días.

Poseía genialidades de carácter. Sencillo, franco y generoso con los compañeros entre los que no establecía diferencias, solía enojarse por nimiedades, de las que él mismo se reía, cuando la causa, real o imaginaria, había cesado.

Cuando estaba de bromas, empleaba la música, para divertirse. Recordamos, que encontrándose en Añasco, solemnizando con su orquesta las fiestas patronales, pasó a Mayagüez una noche en que se celebraba un baile en el Centro Español, cuya orquesta dirigíamos, y de la que formaba parte, como contrabajista, Blas García. Después de haber estado un rato oyendo desde el salón la orquesta, subió al escenario y quitando el arco a García, me indicó con la cabeza que si podía tocar, a lo que, como era natural, accedí gustosísimo. En aquellos momentos se estaba tocando su danza Idilio, que tiene en la instrumentación original preciosos efectos y que por lo reducida de aquella orquesta no se podían apreciar bien. Campos, que jugaba con el contrabajo, empezó a hacerlos, todos; y unas veces imitando al clarinete, otras los bombardinos como también los dulces sonidos del Cello, se mostró tan grandioso a la par que juguetón, que poco a poco las parejas dejaron de bailar parándose a contemplar el juego del arco y a la vez para oir mejor las sonoridades que sacaba al contrabajo de tres cuerdas.

Otras de sus maldades de artista, fueron escribir acompañamientos erizados de dificultades y en el registro mas agudo del bombardino, para poner en aprietos a Domingo Cruz, (Cocolía); pero este siempre salía victorioso de la prueba.

Gonzalo Núñez, que al visitar la isla, después de largos años de ausencia, fué a Ponce para organizar algunos recitales, mostrábase poco amigo de la danza; pero el inolvidable Américo Marín, que por temperamento era artista y a la vez un fanático admirador de Campos, tomó a empeño el que Núñez oyése, interpretadas por la orquesta, algunas de las danzas de Campos, y, al efecto, una noche, después de haber reunido en los salones del Sport Club a la Lira Ponceña, sin previo aviso, se fué a buscar al Maestro Núñez, quién, una vez oída la admirable interpretación que diera la orquesta a, Idilio, Felices Días, Maldito Amor, Vano Empeño y algunas más, felicitando a Campos, (estábamos presente), le ofreció transcribirlas para piano, en la forma que lo había hecho con la Borinquen.

Morell Campos fué el organizador y Director, hasta su muerte, de la Banda de Bomberos de Ponce, que rivalizaba y en ocasiones superaba, a las de los regimientos que estaban allí de guarnición.

Ejerció de organista en la Iglesia parroquial de Ponce, y aunque su facundia en la improvisación le permitía salir airoso, no era poseedor de los secretos del órgano, que requiere estudios especiales, después de ser un hábil pianista.

En la noche del 26 de Abril de 1896, de triste recordación, cuando aún no había cumplido los 39 años y su facultad creadora se encontraba fresca, lozana y prepotente, dirigiendo en La Perla, la Zarzuela El Reloj de Lucerna casi al finalizar la obertura, la traidora muerte, hiriéndole con el dardo cruel de la angina de pecho, le hizo caer de bruces sobre el atril de dirección, produciendo el hecho honda y dolorosa sorpresa en el público cercano a la orquesta.

Suspendida instantáneamente la representación, fué transportado en brazos de sus amigos al escenario, acudiendo solícitos a prestarle auxilio, los mejores médicos, los que si bien lograron paralizar la acción del primer ataque, comprendieron que el fin de aquella preciosa vida se acercaba.

El señor Marín Varona—maestro concertador cubano—que se hallaba como expectador en el teatro, púsose incondicionalmente a las órdenes de la empresa Lloret y Pastor, para sustituir a Campos, gratuitamente, como director, mientras durase su enfermedad; ofrecimiento que fué aceptado, reanudándose la representación tan pronto como los médicos anunciaron que el accidente carecía de importancia. Por cierto que al ser conducido Campos en un sillón, que cargaban sus amigos desde el escenario al coche que debía llevarle a su hogar, cuando al bajar hacia la platea vió a Varona dirigiendo la orquesta, exclamó: ¡Qué ironía!...[22]

La noticia del accidente circulando con rapidez por toda la Isla, puso de relieve las grandes simpatías de que gozaba, siendo innumerables los telegramas que recibiera.

Como los médicos, al notar una acentuada mejoría, indicasen la necesidad de un viaje con el cual podría recuperar por completo la salud, las Damas Ponceñas, que para ejercitar el bien siempre están solícitas, iniciaron seguidamente una suscripción para los gastos de aquél, que fué acogida con interesante afecto, nutriéndo su total, remesas espontáneas hechas de muchos pueblos, por amigos, compañeros y admiradores.

Más, cuando se preparaba para tomar el vapor que había de conducirlo a Europa, recrudeciéndose de improviso los ataques, en la tarde del 12 de Mayo de aquel mismo año, el espíritu de Juan Morell Campos, desligándose de la envoltura carnal, se elevó para siempre, radiante de gloria, hacia las altas regiones de la eterna armonía.

Aunque los médicos trataron de embalsamar el cadáver para ponerlo en capilla ardiente por dos o tres días y poder preparar un gran homenaje fúnebre, por falta de algo necesario no pudo efectuarse, teniendo que procederse, apresuradamente, al entierro, que a pesar de eso resultó grandioso. Los señores Mateo Furnier, Félix Matos Bernier, Eduardo Neuman y Licenciado Casalduc, hicieron en las oraciones fúnebres que pronunciaron la apología de sus méritos y la orquesta Lira Ponceña, por él creada, recibiendo en la puerta del Camposanto, los tristes despojos del maestro los acompañó, hasta el nicho en donde reposan, con las melancólicas notas de una alegoría fúnebre que él compusiera a la memoria del malogrado patriota Manuel Corchado y Juarbe.

¡Tú artista genial, que tantas ensoñaciones produjiste con las melodías de tus danzas, en las almas portorriqueñas, goza, goza de las eternas realidades, en el cielo de la gloria, supremo ideal del arte, aún en sus manifestaciones, al parecer, más pobres!

CAPÍTULO XII.

NÚÑEZ, GONZALO.
pianista-compositor.

Escribir, historiar, pretender la descripción biográfica de personalidades meritísimas cuya intensa labor se ha realizado más en el extranjero que en suelo natal, con parquedad de datos y facultades de expresión limitadas, solamente puede concebirse que se haga, o constreñido por el deber o como resultante de una acción monomaniaca.

Tal nuestro caso al presente, cuando mayores eran los deseos de presentar el retrato artístico de Núñez dentro del marco de pulido oro que él se merece.

Gonzalo Núñez está justamente reputado como el primer pianista portorriqueño, de los últimos treinta años.

La legitimidad de su fama está refrendada por la crítica docente de Europa y América; sus composiciones han sido editadas y aplaudidas en el extranjero, antes que en Puerto Rico; su prontuario de armonía está catalogado entre las obras docentes de las bibliotecas musicales; su labor profesional le absorbía todo el tiempo cuando ejerció de maestro en New York, Habana y Méjico; y, sin embargo, cuando después de largos años de ausencia regresó a la isla, primeramente en excursión artística y después con ánimos de fijar aquí su residencia definitiva, en las primeras, los resultados económicos fueron nulos, y durante los cuatro o cinco años de residencia, si aplaudido y considerado, en todo su gran valer, por los inteligentes, para el pueblo, su disco solar permanecía eclipsado... ¡Cosas de Puerto Rico!...

Su biografía, no tendrá la extensión que, como hemos dicho, deseabamos ofrendarle, pero en el relato de los hechos más culminantes de su vida artística, quién profundice lo escrito rendirá a su nombre el homenaje que actualmente merece, y que en las páginas del arte musical portorriqueño, cuando verdaderamente se haga, resplandecerá glorioso.

Nacido en Bayamón y sin que podamos precisar el año, con el maestro Cabrizas, hizo sus estudios preliminares del piano, tomando también algunas lecciones de Tavárez, cuando éste regresó de Francia.

En 1868 se trasladó a París, en donde, después de sufrir los rigurosos exámenes de ingreso, fué admitido como alumno titular en el Conservatorio, matriculándose en la clase de piano de Mr. Le Couppey y en la de armonía y composición del gran maestro Mr. Mathias.

Siete años estuvo cursando, a conciencia, la carrera artística que terminó obteniendo merecidos premios.

Regresó a su país y a los pocos meses marchó para los Estados Unidos, en donde tuvo tan favorable acogida que el tiempo le era corto para las muchas lecciones que debía dar, proporcionándole los estipendios, vida holgada y confortable.

Dió muchas audiciones en los salones más afamados de la gran urbe americana y los éxitos se contaban por el número de aquellas.

Después de diez y ocho años de ausencia, volvió al país y en San Juan, Mayagüez, Ponce, Arecibo y alguna otra población, organizó recitales en los que se dió a conocer, no solamente como pianista-concertista sino como compositor que cultivaba con esmero el género clásico. Entre los inteligentes, cautivó la atención, un cuarteto, estilo Schumann, que tiene un tema, con variaciones, delicioso.

Al año de excursión volvió a París, de donde pasó a Barcelona, siendo recibido en la Ciudad Condal con los honores que aquel cultísimo público rinde a los verdaderos artistas.

Asuntos particulares le hicieron retornar a la isla permaneciendo en ella, y dedicándose a la enseñanza, por tres o cuatro años. Después se marchó para New York en donde actualmente reside, y cuyo puesto de honor entre el profesorado no ha perdido.

En la Habana, Méjico y otras ciudades del continente Sud-Americano dió una serie de conciertos que le proporcionaron fama y beneficios.

Es Gonzalo Núñez uno de los compatriotas a quién apenas hemos tratado, y como pianista, solamente le oímos en el concierto que diera en Ponce en el año 1893. En el pudimos aquilatar su exquisita escuela, su estilo propio y claro de interpretación, siempre ajustado al espíritu y notación de las obras que ejecuta.

No tiene, tal vez, los arrebatos pasionales que recordaramos de Tavárez, pero en la ejecución de obras de sus autores favoritos, Chopín y Beethoven, sobre todo en la Sonata Appasionata y en la Rayo de Luna del último, y de las que él ha hecho una especie de creación, por la inimitable interpretación que les dá, la conmoción que produce en el auditorio es profunda.

El cuarteto que diera a conocer en el recital de Ponce, que pudimos apreciar bien porque interpretabamos la parte de la viola, está hecho, dentro de las severas reglas del género, con originalidad, elegancia, equilibrio y corrección en el diálogo, unidad temática, ricamente armonizada por el uso apropiado de efectos contrapuntales reveladores de un pleno dominio de los secretos de la composición, los cual aplica con la experiencia del arquitecto, que posee por igual estética y preceptiva, y no como el mecánico que solamente busca la precisión matemática.

Sus composiciones para piano son todas filigranas inspiradísimas hechas con maestría y pleno conocimiento de los efectos que una esmerada ejecución tiene siempre que producir en cualquier auditorio.

Por su semblante parece que vive en contínua abstracción.

Su carácter es más bien retraído que expansivo, y en cuanto a sus cosas de artistas, asegúrasenos que tiene rarezas.

Las principales obras que ha compuesto son:

Loreley, Capricho, delicadísimo, para piano. El Angelus, Meditación, para piano. Sonata, para piano. Allegro de Concierto, para piano. Gavota, para piano. Gran marcha triunfal, para orquesta, dedicada a Porfirio Díaz, Presidente que fué de Méjico. Cuarteto de Cuerda, estilo Schumann. Elena, Vals brillante, para piano. Trina, Mazurca para piano. Una noche en Puerto Rico, gran danza criolla, de concierto. Mariposa, capricho, para piano, se han hecho cuatro ediciones. La Borinqueña, capricho fantástico, para piano. Dulce Sueño, dedicado a Dueño Colón, capricho, y Danzas Cubanas, colección, de concierto. Las siete primeras se editaron en París y Londres y las demás en New York.

CAPÍTULO XIII.

OTERO, ANA.
pianista.

El piano fué siempre su amoroso confidente. En él vertió su alma de artista, sus alegrías, sus pesares. Inclinada sobre la armónica dentadura le comunicaba sus más recónditos secretos.

Ana Otero colocaba muy alto el ideal del arte, y por eso el estudio del piano, en ella, fué a la manera de un sacerdocio.

Su portentosa ejecución hacíanla única en la interpretación de las rapsodias de Listz, en Puerto Rico, y en el modo de destacar los cantos, sobre todo, con la mano izquierda, haciendo entonces de ella, como decía Beethoven, "el maestro de Capilla."

Las más áridas y erizadas dificultades del piano, las vencía Anita sin esfuerzo aparente, con esa difícil facilidad que es el gran escollo de los ejecutantes. Era sorprendente en la sonoridad, en el sonido que sacaba de las notas, en el manejo de los pedales, y en el rubato.

Al hacer, Anita, un pasaje rubato expresaba abandono, no desorden, y haciendo una verdadera creación de cada una de estas frases, se alejaba del amaneramiento tan común en nuestros días, y tan artificioso como frívolo.

En la ejecución de la Polonesa en la bemol, de Chopín, no desplegaba esa fuerza de trueno, acostumbrada por algunos pianistas. Ella comenzaba el famoso pasaje en octavas, pianísimo, y lo llevaba hasta el fin sin una progresión dinámica demasiada estrepitosa. Evitaba, en general, todos los contrastes chillones y todos los fuegos pirotécnicos.

Nació la egregia artista en Humacao, P. R., el 24 de julio de 1861.

Fué educada o iniciada en el arte de la música y del piano, por su respetable padre, Don Ignacio, antiguo y reputado profesor de música.

Con una perseverancia digna de encomio, de toda clase de alabanza, comenzó Ana sus estudios, y sintiendo agitarse a su alrededor las águilas de la noble ambición artística ya conocedora, precoz, del instrumento, y, pianista en capullo, dió principio a su peregrinación por la Isla, en 1886, pues guiábala el loable propósito de allegar recursos para tender el vuelo hacia un Conservatorio Europeo en donde perfeccionar sus estudios.

Numerosos amigos y admiradores, que veían en ella, y la predecían, la sucesora de Tavárez, único pianista conocido, en aquella época, hijo de Puerto Rico, le aconsejaban frecuentemente, que procurase los medios de trasladarse a Europa, para enriquecer sus conocimientos musicales bajo la dirección de maestros eminentes.

Después de luchas incesantes y de vacilaciones sin cuento, decidió Ana hacer una tournée por la isla, atenida a sus propias fuerzas y a la hidalguía de sus compatriotas, los cuales no le escatimaron ni aplausos ni apoyo material.

Terminada la excursión, decidió realizar sus nobles ambiciones, y allá por el mes de junio de 1887, se trasladó a Barcelona, en donde, al llegar, se encontró con qué, a la sazón, se proyectaba una fiesta artística a beneficio de la Sociedad de Escritores y Artistas, de aquella ciudad; fué invitada a tomar parte en dicho acto, por su compueblano y amigo, el muy ilustre doctor y excelso poeta, Manuel Martínez Rosselló, estudiante, entonces, de medicina, que formaba parte de la comisión organizadora de dicho festival.

Ejecutó Ana Otero varias piezas, entre ellas, el concierto de Kalbrenner acompañado por numerosa orquesta, y el Fausto, del pianista catalán Pujols, encontrándose éste en el teatro El Dorado; y el renombrado artista manifestó, que la interpretación dada a su obra, por la señorita Otero, se hallaba al nivel de la de cualquier pianista de renombre.

Un mes después, se presentaba Anita, decidida y animosa, en París, ante el profesor del Conservatorio, Mr. Fissot, a fin de que la oyése tocar y le manifestara, francamente, si podía aspirar al ingreso como alumna en el Conservatorio, el cual le manifestó, que sus dotes artísticas eran excelentes, y la ofreció preparar para que entrase en concurso, lo que no podía efectuarse hasta el próximo noviembre, época en que se abrían los cursos de estudios.

Llegada dicha fecha, Anita se presentó ante el jurado, a luchar entre doscientos veinticuatro competidoras; de éstas, sólo dieciséis fueron calificadas aptas para el ingreso, pero como solamente habían, disponibles, ocho plazas, se procedió a una elección, resultando Anita, obteniendo, también por la suerte, la designación que antes alcanzara por sus méritos.

Desde esa fecha memorable, concurrió Ana, tres veces por semana, a la clase del Conservatorio, dirigida por el mencionado Mr. Fissot, y a la vez asistía a la del reputado maestro Toaudau, el cual le daba lecciones de armonía y composición.

El primer año de su permanencia en París fué de luchas y sufrimientos, tanto por el idioma, como por los rigores del clima. En combate tan desigual, venció el genio y la fuerza de voluntad férrea, inquebrantable, de la notable pianista.

Al terminar el primer curso, tanto Mr. Fissot como Mr. Toaudau, le expidieron certificaciones expresivas y laudatorias de sus adelantos musicales.

Con estos triunfos alentadores y aprovechando las vacaciones escolares, se trasladó, Anita, a Barcelona en donde residía su hermana doña Carmen O. de Gálvez.

Celebrábase, en aquella fecha, la exposición internacional, en cuyo salón de música y en un magnífico piano Erard ejecutaba el gran pianista español, Isaac Albéniz, algunas de sus magistrales composiciones. Anita se hizo presentar a él, logrando que le concediera una entrevista en su casa, para ejecutar en su presencia algunas de sus obras, como las Sevillanas, Cotillón y Pavana, con el fin de que la juzgara y corrigiera la interpretación que daba a su música. A los pocos días tuvo lugar en la residencia del gran virtuose, la sesión musical solicitada, y Ana tocó delante del reputado pianista las piezas mencionadas, sin que aquél tuviera nada que objetarla; y, como premio a sus facultades, le regaló varios ejemplares de sus composiciones, con expresiva dedicatoria, en las que felicitaba a Puerto Rico, por contar entre sus hijos a una artista de tan relevantes méritos.

Terminadas las vacaciones, preparábase Anita para regresar a Puerto Rico, sin realizar sus anhelos de terminar los estudios, a causa de habérsele agotado los recursos con que contaba para su sostenimiento en París.

A iniciativa de la noble e inteligente dama portorriqueña, Ana Roqué, secundada eficazmente por Don Arturo Aponte, Don Salvador Fulladosa y otros amigos entusiastas de Anita, se fundó, en Humacao, una revista literaria titulada Euterpe, con cuyo producto pudo, Anita, trasladarse nuevamente a París, en octubre de 1888, para proseguir los estudios.

Una vez en la capital francesa, se proporcionó los medios de hacerse oir del eminente profesor Mr. Marmontel, maestro de Mr. Fissot y de casi todos los profesores del Conservatorio.

En presencia de este venerable anciano, gloria del arte musical, interpretó, Anita, la tercera balada de Chopín, pieza de concurso en el año anterior; y a petición del maestro, obras de Listz, Schumann, Mendelson y Beethoven, el cual, interrumpiéndole, la dijo: "Sin adulación alguna le declaro, que estoy muy satisfecho de su manera de tocar; tiene usted interpretación propia, cualidad no común en los pianistas mordernos; y, tomándola la cabeza entre sus manos, añadió, y es usted una artista completa y le auguro un porvenir brillante."

Para estar, Ana, aún más segura de sus conocimientos, preguntó a Marmontel, si él creía que ella pudiera dar un concierto en Madrid, contestándole el maestro, que no tan sólo podía exhibirse en España, si que también en Alemania, Inglaterra, y hasta en el mismo París, y que él se comprometía a hacerle el programa de su primer concierto.

Y en París, cerebro del Mundo, y en la famosa sala Pleyel, por la que han desfilado tantos grandes de la música, dió su primer concierto la inspirada y eximia artista portorriqueña, alcanzando completo éxito, del numeroso público que asistió a escucharla.

En una de las primeras filas de butacas de la sala se destacaba la venerable figura de Mr. Marmontel, quién, al terminar la primera parte del concierto, subió a felicitar a Ana, y en presencia del público la estrechó entre sus brazos.

Ana Otero era, por tanto, una artista de fama, sólidamente conquistada, y había colocado muy alto a su país en suelo extranjero.

L'echo y Le Fígaro, de París y otros periódicos proclamaron en sus columnas el triunfo brillante de la artista borinqueña.

De regreso de Europa, y después de haber dado algunos conciertos en varias poblaciones de la isla, volvió Ana a hacer otra tournée artística por la América del Sur, empezando por la ciudad de Caracas, continuando por Puerto Cabello, Valencia Curacao, Cartagena, Costa Rica, hasta llegar a New York, donde se hizo oir en una de las grandes salas de conciertos de aquella gran ciudad. Allí permaneció el tiempo necesario para cursar el inglés, que ya conocía gramaticalmente, así como el francés y también el italiano, por lo cual, Anita, con su lengua vernal, poseía cuatro idiomas.

Por razones de salud, regresó a Puerto Rico y se dedicó entonces, a la enseñanza del piano, fundando una Academia, en la cual llegó a reunir un gran número de alumnas, todas aprovechadas, que hacen hoy gran honor a su ilustre profesora.

Ella fué la continuadora, en la enseñanza del piano, del gran maestro español Fermín Toledo, el cual, fué quién elevó ese arte a gran altura en Puerto Rico, imprimiendo una nueva escuela, casi desconocida en aquel entonces en que el ambiente artístico estaba completamente huérfano del buen gusto que debe presidir en el arte; anulando sensiblerías de gustos enfermizos, consiguió hacer florecer un buen número de alumnas, entre las que pueden mencionarse, María Medina de Vasconi, Leonisa Rius, Asunción Bobadilla y otras más, que pudieron demostrar la impecable escuela de aquel gran maestro español, amigo cariñoso de los portorriqueños.[23]

De manera que, al marcharse Toledo para los Estados Unidos, fué Anita, la que asumió la marcha de la buena y perfecta enseñanza del piano, dando los opimos frutos que todos conocemos.

Su excesivo trabajo; la constante demanda del público, ávido de su enseñanza, minó su salud y se tronchó la flor de su vida.

Aquellos ojos, que se abrían, como dos astros, sobre sus aristocráticas mejillas, se cerraron para siempre. Aquellos dedos mágicos, que supieron interpretar las más difíciles creaciones, se agitaron en estremecimientos de dolor, tal vez de protesta, y... ¡el cielo no se conmovió ante aquella inmensa desventura!

Murió el día cuatro de abril de 1905, y, ¡¡ni un sólo pliegue frunció la azul cortina de los cielos!!

Su muerte fué un doloroso acontecimiento para el arte portorriqueño. Su cadáver fué embalsamado y conducido a Humacao, en cuyo cementerio duerme entre flores, junto a la tumba de su padre, su primer maestro.

Dos años después, a iniciativa de algunos admiradores de la egregia artista,[24] le dedicó el Ateneo una velada, en la cual, las que habían sido sus discípulas, interpretaron algunas de sus composiciones inspiradísimas, porque Anita fué también una exquisita compositora.

El retrato de Ana Otero debe figurar, en sitio de honor, en nuestro primer centro de cultura.

Fué un astro maravilloso que nos deslumbró con sus resplandores.

Y, como hecha flor, cayó de una estrella, allá se volvió esparciendo, a su paso, una fulgurante estela de luz.

La Hija del Caribe.

Arecibo, P. R., octubre de 1915.

CAPÍTULO XIV.

PAOLI, ANTONIO.
tenor dramático.

Este, nuestro gran tenor, que merecidamente ha alcanzado fama mundial y cuya gloria artística es timbre de honor para Puerto Rico, nació en Ponce, en el año 1873.

Con su hermana Amalia se trasladó, en 1885, a la Corte de España, en donde, por mediación de la Infanta Isabel, gran protectora del arte y de los artistas, que siempre tuvo, y tiene aún grandes distinciones para Amalia, (le fué presentada por la señora Duquesa Viuda de Bailén) obtuvo de la munificencia Real, una plaza de pensionado en el Real Monasterio del Escorial, similar a la que también le otorgaran a su otra hermana, Rosario, ya fallecida, para el Real Colegio de niñas de Leganés.

En 1892, terminados los estudios de segunda enseñanza que hiciera en el citado Monasterio, bajo la dirección de los PP. Agustinos, empezó a estudiar la carrera militar, que no era muy de su agrado, hasta que habiendo recibido Amalia, que se encontraba en Milán, año de 1895, una carta del que había sido su primer maestro de canto en Madrid, Napoleón Verger, célebre barítono, avisándole que la casualidad le había hecho oir a Antonio, en el cual encontraba una voz muy buena y digna de ser educada en Italia, trasladándose aquella a Madrid, obtuvo, como siempre, una audiencia de la magnánima Infanta Isabel, quién, después de oir a Paoli, obtuvo de nuevo que la Reina Regente doña María Cristina, enviase a Antonio pensionado a Italia, lo que efectuó después de una corta tournée, por el Norte de España, en compañía del célebre bajo caricato del teatro Real de Madrid, Antonio Baldelli.

En 1897 empezó sus estudios los que, como elegido al fin, terminó en dos años, cabiéndole la gloria de hacer el debut, año de 1899, en el teatro de la Gran Opera de París, con Guillermo Tell, alcanzando tal éxito, que desde entonces fué calificado por la crítica, como tenor de primera línea, haciendo de su vida artística un paseo triunfal por todos los grandes teatros de Europa y América.

De París marchó a Londres, en 1900, contratado para la temporada del Covent Garden.

Las añoranzas del suelo nativo le hicieron venir a la Isla, el año 1901, en la que ofrendó al Supremo Hacedor, desde los coros de Catedral y San José, las primicias de las audiciones, pues Paoli es un fervoroso católico. Después organizó conciertos en Ponce, San Juan, Arecibo y otras importantes ciudades, con el único objeto de que sus paisanos apreciasen las bellezas de su voz, tan aplaudida por los públicos de París y Londres.

Prosiguiendo la excursión por América, visitó a Caracas, la Habana y New York, retornando a Italia, en 1902, y volviendo el mismo año a los Estados Unidos, con el célebre maestro Mascagni. Entonces cantó, con gran éxito, en New York, Boston y Filadelfia, siendo Il Pagliasi la ópera favorita de esa temporada.

La del 1903 la hizo en el teatro Fenice, de Venecia, cantando en unión del afamado barítono Titta Rufo, las óperas de Verdi, Trovador y Otello. De Venecia pasó al teatro Pergola, de Florencia, en donde hizo furor con el Otello, terminando el año, en el Reggio teatro de Turín.

Fué contratado, en 1904, para cantar en Petrogrado, Varsovia y Moscou, las óperas Sansón y Dalila, Otello, Africana y Hugonotes, siendo en Petrogrado, felicitado por el Emperador.

Después de dar en el teatro San Carlos, de Nápoles, a principios de 1905 algunas representaciones del Otello, con éxito delirante, según las "Crónicas de Italia," que para la prensa madrileña, enviaba la ilustre escritora española Cecilia Coronado, fué, por primera vez, contratado ese mismo año, para el teatro Real de la Corte Española, en el que debutó, con Otello, cantando después, Trovador, Lohengrin y Africana.

Santiago de Chile fué su campo de acción en 1906, y al regresar a Milán, fué inmediatamente contratado para Odessa y de aquí para Nápoles.

Contratado expresamente para inaugurar el teatro Colón de Buenos Aires, con Otello y Sansón y Dalila, cautivó permanentemente, al público argentino.

Roma y Bolonia le retuvieron durante el año de 1908. En el Politeama, de Boloña, cantó con Amati, el Trovador proclamándole la prensa boloñesa, como el primer tenor del mundo. En ese mismo año hizo temporada, con su hermana Amalia, en Bagna Cavallo, importante población cercana a Roma, cantando, entre otras óperas, Lohengrin.

Para los grandes conciertos que anualmente se celebran en el teatro Kursall, de la aristocrática ciudad veraniega de Ostende, fué contratado en 1909, siendo nuevamente consagrado tenor mundial por el selecto público que, a precios fabulosos, acaparaba las localidades.

En marzo de 1910 recibió la confirmación de "primo tenore", en el gran teatro de la Scala de Milán, debutando con Sansón y Dalila. La severa crítica milanesa sólo tuvo para él frases de elogios.

Aida, Lohengrin y Otello, proporcionaron a los concurrentes del teatro Imperial de Budapest, noches deliciosas de arte, al oirlas interpretadas por, "l'enfant galí", como llamaba a Paoli, Oscar Porrán, al hacer, para Il Seccolo de Milán, las reseñas de la temporada de 1911 en la capital de Hungría.

En noviembre de ese mismo año, fué nuevamente contratado por la empresa del Real de Madrid, en cuyo teatro tuvimos la fortuna de oirle cantar Hugonotes, en la tarde del 8 de diciembre.

Paoli, que sin estar orgulloso de sus méritos, sabe aquilatarlos para realizar el puesto que, merecidamente ocupa, es bastante refractario a la previa reclame, circunstancia que, en más de una ocasión, le ha hecho ser juzgado desfavorablemente. Esto, unido que al escriturarse, impuso hacer el debut con Hugonotes, ópera que, por entonces, no agradaba al público madrileño, fué causa de juicios contradictorios en las revistas teatrales que la prensa hiciera.

Pero estando Paoli convencido de que en el Raul de Hugonotes, a excepción de Tamagno, no tenía rival, continuó las representaciones de dicha ópera basta obtener del público concurrente a la tercera representación, que conmovido por la manera inimitable con que expresó el raconto del primer acto, le aclamase delirantemente, haciéndosele visar.

Paoli es tenor dramático absoluto. Su voz clarísima, de timbre cálido, completamente igual en volumen y colorido de todos los registros, adquiere sorprendente vigor en los agudos, sobre todo al filar las cadencias. Su apuesta y arrogante presencia en la escena complementa al artista.

En 1912, con motivo de haber oído el Kaiser Guillermo, de Alemania, un record del Otello, impresionado por Paoli, le llamó por telégrafo para que diese ocho audiciones en el teatro Imperial.

De Alemania pasó, por dos meses, contratado a Buenos Aires, y en 1913 fué escriturado para Barcelona.

Cuando en 1914, se disponía a aceptar una contrata para Rusia, surgió de improviso la funesta y horrible guerra, que actualmente devasta el suelo europeo, y hubo de quedarse, como la mayor parte de los artistas, retirado en el hogar, ya que él por su condición de extranjero perteneciente a una nación neutral, España, no ha tenido que tomar las armas, como le ha ocurrido a otros de su misma talla.

Afortunadamente, su posición económica, desahogada, pues los records fonográficos le producen una buena renta, le permite vivir descansadamente sobre los laureles ganados en su carrera triunfal.

CAPÍTULO XV.

RAMOS, ADOLFO HERACLIO.
pianista-compositor.

De elevada estatura, delgado, músculos vigorosos, temperamento más sajón que latino, tez bronceada, visión inquieta, cabellos ensortijados, amplia boca de labios gruesos-carceleros del tabaco de perilla que solamente abandonaba para comer y dormir—brazos muy largos rematados por manos gigantescas que le permitían pulsar, sin esfuerzo, la undécima nota de la gamma del piano, de porte elegante al presentarse en sociedad, que contrastaba con su desaliño ordinario, tal fué la personalidad física de Heraclio Ramos, a quien conocimos en su Villa natal, Arecibo, en 1888.

La psíquica, intelectualmente, denotaba inteligencia espontánea que acrecentó con la lectura analítica de obras literarias, de buena cepa, españolas, inglesas y francesas, cuyos idiomas poseía.

Moralmente y en concordancia con su temperamento artístico, era amante apasionado de lo bello y de lo bueno, sin que el genio del mal conturbase su conciencia, ni los embates de las pasiones socavasen la pureza de sus ideales.

Nacido en una época en que las diferentes clases sociales tenían linderos bien demarcados, sus méritos artísticos le permitieron franquearlos todos, aunque con reservaciones... que nunca pretendió traspasar.

Su padre Juan Inés, músico procedente de la banda del regimiento de Granada, fué su preceptor elemental de arte lírico, y el maestro alemán Mello, quién lo iniciara en el estudio de la composición y alta escuela de piano.

Las naturales disposiciones, dirigidas por la buena escuela, contornearon su modalidad artística, que adquirió gran realce, cuando por la perseverancia en el estudio y a los 18 años, orló su frente con laureles adquiridos en público certámen.

Como pianista superaba a Tavárez en mecanismo, el cual, casi sin hipérbole, tenía similitudes con el pasmoso de Listz, cuyas obras, así como las de Talberg, Proudent y Gottschalk constituían su repertorio del género brillante. En el clásico, Bach, Hayden, Shumann y Chopín, ocupaban el puesto de honor. Las fugas del primero y los valses del último, los interpretaba con ejecución limpia, precisa y elegante.

Aquellas manazas, que en los fortissimos y crescendos producían sonoridades cual si pulsaran simultáneamente varios teclados, en los diminuendos y pianissimos, herían las teclas, con tal delicadeza, que percibíanse los sonidos, como el rumor de besos entre brisas y flores.

Aunque conocía a los clásicos, daba preferencia a la música brillante, y más especialmente a las fantasías y variaciones, para desarrollar sus pensamientos musicales.

Como preceptor de piano, era muy cuidadoso en todo lo concerniente al mecanismo, pero algo descuidado en la interpretación. Además solía abstraerse con frecuencia, ora vagando por las regiones del ensueño, ora con la lectura de algún libro o periódico, haciendo caso omiso de las incorrecciones en que incurriera el alumno a quien estaba dando lección.

Compuso unos estudios didácticos para octavas que fueron premiados en Roma.

Muchas fueron sus producciones, de las que pocas llegaron a publicarse, y en casi todas, la exhuberancia de floración encubría la endeblez del tronco. Sin embargo nos dió a conocer algunas, que revelaban ideas temáticas bien pensadas y mejor desarrolladas, como la sonata en la bemol, cuyo andante expresivo y allegro con fuocco finale tenían factura similar, aunque sin plagios ni siquiera reminiscencias, a los del "Rayo de Luna" de Beethoven. Esta sonata nos la hizo oir varias veces en el piano de la familia Correa de Arecibo, y además, un día, nos dejó examinar la partitura original, hecha con lápiz. Por cierto, que nos hemos cansado de indagar, donde o quien pueda poseerla, sin resultado. De encontrarla la editaríamos, pues merece ser conocida por los inteligentes.

Su primer lauro lo obtuvo en la Feria-Exposición, que en 1854 se efectuó en San Juan, por unas variaciones sobre motivos de la polka favorita de la famosa cantante Jenny Lind. En la de 1860, le adjudicaron medalla de oro y diploma por otras variaciones, para piano, sobre motivos del Carnaval de Venecia. Y en el certámen de Santa Cecilia, efectuado en 1865, conquistó la medalla de oro y diploma, asignada como premio, por su fantasía para piano El Ave en el Desierto. Poco después obtenía en Roma, mención honorífica de primer grado por los referidos estudios didácticos.

Una de sus últimas composiciones, que publicó fueron los aires del país, divididos en dos series.

En ellos tuvo la habilidad de transcribir los cantos más típicos de nuestros jíbaros, presentándolos tal como estos lo ejecutan en tiples y bordonúas, los que, después, empleó como temas para desarrollar variaciones, en las que, hay más de gimnasia mecánica, que de novedades en la construcción.

El tema de danza con que empieza la primera serie, y que repite al final de la misma, no es original, sino una adaptación, con aditamentos de floreos, de la bella romanza, Di Provenza il mar il suol... que canta el barítono en la ópera Traviata.

Heraclio Ramos era muy aficionado a esta clase de adaptaciones, tal vez influído por el gusto de la época en la que, como lo hemos dicho ya, privaba mucho el género de fantasías y variaciones sobre temas de óperas.

Esto no quiere decir que careciera de originalidad, por el contrario era un melodista inspiradísimo, como lo atestiguan las muchas danzas, polkas, valses, lanceros y demás obras del género bailable y algunas características del piano, que compuso.

Tales son a grandes rasgos los méritos artísticos del pianista-compositor arecibeño, que pobre y casi oscurecido, después de haber ocupado puestos prominente entre los artistas de mérito, falleció, tal vez de nostalgia, el 22 de abril de 1891.

Su memoria debe siempre ser enaltecida, dedicándosele una página en nuestra historia musical.

CAPÍTULO XVI.

TAVÁREZ, MANUEL G.
pianista-compositor.

Al evocar la personalidad artística de Tavárez para hacer su biografía crítica, temo, no sin fundamento, que en vez del alto relieve que merece, resulte una profanación el diseño que mi pluma trace.[25]

Aliéntame, no obstante, la idea de que, la incorrección de líneas, oscuridad del bosquejo, y la falta de tono en el conjunto, podrán muy bien subsanarse, con solamente traer a la vista o hacer oir a cualquiera que comprenda el arte, la mas sencilla de sus composiciones.

Antes de ocuparme de estas, trazaré a grandes rasgos la historia de su vida.

Vino a ella en San Juan, el 28 de noviembre de 1843. Fueron sus padres, Don Manuel Alejandro, súbdito francés, tenedor de libros de la farmacia de Mr. Micard y algo inteligente en música, y doña Juliana Ropero, portorriqueña.

Desde niño reveló grandes disposiciones para la música, y, especialmente, para el piano, el que empezó a estudiar con Don Juan Cobrizas, catalán y profesor el más afamado de la época, recibiendo algunas lecciones de armonía, del organista de catedral Don Domingo Delgado.

A los 15 años se trasladó a Europa, con recursos que le proporcionaran algunos de sus admiradores y la Sociedad Económica de Amigos del País, e instalándose en París, logró ser admitido en el Conservatorio, que por entonces dirigía el Maestro Auber, después de haber hecho a satisfacción los exámenes de ingreso. Fueron sus profesores: Auber, de armonía y composición; y Mr. D'Albert, de piano.

Encontrando en París el medio ambiente adecuado para desarrollar sus grandes facultades artísticas, al poco tiempo de estudios, se hizo notar, entre la balumba de alumnos, que en pos de la gloria acuden a aquel gran templo de Euterpe. Pero la fatalidad o la desgracia, compañeras inseparables de los artistas, le obligó retornar a su país al año de su partida, por efecto de una grave enfermedad que le dejó atrofiados para siempre el oído y mano izquierda, precisamente, la mano en la que, como pianista, no hubiera tenido rival, por la asombrosa destreza que, aun medio paralítico, conservó hasta la muerte.

De nuevo entre nosotros y después de una serie de conciertos que diera por toda la Isla, se estableció en San Juan, como profesor, trasladándose después a Caguas y fijando, definitivamente, su domicilio en Ponce.

Creo oportuno referir una anécdota de cuando ejercía en San Juan la profesión.

En el colegio que en la calle de la Fortaleza tenía establecido, por entonces, el profesor de instrucción, ya fallecido, Don Adrián Martínez Gandía, daban clases de piano, elemental y superior, un danés, cuyo nombre no recuerdo y Tavárez.

La casualidad les reunió de visita una noche en el colegio, y, después de haber lucido ambos sus habilidades como ejecutantes, recayó la conversación sobre la dificultad en el repentizar.

El danés afirmó: "Siempre que no sean piezas de dificultad extrema en su parte mecánica, yo las leo a primera vista". Tavárez, por toda contestación, llamó a un sirviente y le mandó a comprar dos cajetillas de cigarrillos de las que entonces traían impresos, al exterior y en notas muy pequeñas, trozos de danzones y guarachas cubanas, encargándole fuesen de música distinta.

En su poder las cajetillas, vació una y, desdoblando el papel, lo puso en el atril del piano diciéndole al danés: "¿Se atrevería a repentizarla?"

Este, sin vacilación, se sentó frente al piano leyéndola correctamente, si bien, el sabor criollo de la danza, no resultase del todo. Al terminar de repentizarla, tomando la otra cajetilla la presentó a Tavárez para que hiciese lo propio.

Tavárez, colocándola en el atril de manera que las notas quedasen en sentido inverso, no tan solo la repentizó, sino que, al repetirla, le improvisó unas variaciones que, aplaudidas frenéticamente por los concurrentes hicieron exclamar al danés: "Hasta ahí no llego yo."

En la sociedad ponceña, en aquella época, una de las más filarmónicas de la Isla y tal vez la única en donde los artistas, con más o menos apasionamiento, eran considerados y protegidos, fué acogido Tavárez con simpatías extraordinarias, que se trocaron en culto fanático a medida que sus producciones y cualidades de pianista fueron debidamente apreciadas.

La típica indolencia del carácter criollo, el maléfico influjo de falsos admiradores que constantemente le asediaban y su salud, siempre resentida desde que sufriera, en París, el primer ataque de parálisis, fueron factores importantísimos en el resultado de sus labores como maestro, porque, pudiendo haber hecho muchos y magníficos pianistas, pocos de sus discípulos pudieron recoger el fruto de lecciones cuyas intermitencias eran muy frecuentes.

En la tarde del 1º de julio de 1883, al cumplirse el año de haber obtenido, uno de sus mayores triunfos, en la Feria-Exposición de Ponce, la medalla de oro y diploma de honor, por su gran marcha para orquesta titulada "Redención" fué cortado, por la parca inexorable, el hilo de su corta existencia, pues no había cumplido aún los 40 años.

La noticia de su muerte causó profunda consternación en Ponce. El pueblo ponceño le tributó los honores póstumos más grandiosos que se recuerdan en aquella ciudad.

Los pianos enmudecieron por algunos días. El cadáver fué embalsamado y puesto en capilla ardiente en los salones del Orfeón Ponceño. Los balcones de las casas por donde pasó el entierro estaban enlutados, y uno de sus discípulos predilectos, que después ha alcanzado gran renombre y que por entonces era un niño, Paco Cortés, fué el único que se atrevió a pulsar el teclado del piano, para despedir los despojos mortales de su inolvidable preceptor, tocando, desde el balcón del Casino de Ponce durante el paso del cortejo fúnebre, las notas patrióticas de la marcha "Redención." Examinemos ahora sus méritos como pianista.


Juzgar a un pianista en una sola audición, cuando el oyente, ni por su edad ni por su pericia estaba en condiciones de hacerlo, pudiera considerarse insania u osadía si no fuera porque la impresión producida, fonografiada en el cerebro, permitiera traerla nuevamente al oído para formular opinión, cuando, por la experiencia, se creyese autorizado. Ese es mi caso actual.

Ansioso por oir a Tavárez cuyas danzas eran para mí la fiel expresión de los ensueños de mi juventud, hice, con tal objeto, un viaje a Ponce, en agosto de 1880.

Después de varias visitas a su hogar, sin resultado, pude obtenerlo una noche en el café de Las Delicias, en el que, cuando estaba de vena, hacía las idem del público.

Para ello tuve que esperar basta hora muy avanzada y someterme antes al cruel martirio de hacerle oir un mamarracho, que, con el nombre de danza, le había dedicado desde San Juan. Terminada ésta y como expoliado por el buen deseo y ferviente adoración que mis pobres notas expresaran, mandando cerrar el Café (serían las dos de la madrugada) en el que únicamente permanecían cuatro personas, sentándose al piano, dió comienzo a la audición más genial que, en sus recuerdos artísticos, conserva mi memoria.

Casi era imposible seguir las huellas del torrente de armonías que sus pequeñas manos arrancaban al teclado.

La balada en Sol menor de Chopín, su autor favorito, y cuyo estilo, apasionadamente poético tomara por modelo para sus composiciones; la gran marcha de Gottschalck, obra póstuma dedicada al emperador del Brasil, en cuyos moldes vaciara dos años después, su marcha Redención; la Rapsodia No. 2 de Listz, cuyas dificultades de mecanismo y expresión bordaba con maestría; un andante appasionato y allegro scherzando de Mendelsonn, en cuyas obras no sabemos que admirar más, si la novedad de la frase melódica o los arrebatadores efectos de la armonía, que sin llegar a las complicidades e innovaciones de Wagner, nos resulta tan elegante como la de Beethoven y menos severa que la de Bach; un dificilísimo estudio de Moscheles, seguido del andante de una sonata de Matías, y del momento caprichoso de Weber, constituyeron la primera parte no interrumpida, de aquella memorable audición.

Tras una breve pausa, pues la fiebre del arte parecía dominarle esa noche, al intérprete de los grandes maestros, sucedió el maestro de la danza regional, vaciando en raudales de sentimiento las quejas de su alma dolorida y enamorada, que no otra cosa sintetizan los cantos inmortales de Margarita, Ausencia, Melancolía, y Pobre Corazón, a las que no vacilo en calificar de romanzas criollas sin palabras.

Los suaves tintes de la aurora del 29 de agosto del 1880 empezaban a iluminar el claro cielo de Ponce, cuando abandonando el Café, me despedía, ¡quién había de pensarlo fuera para siempre! del maestro inolvidable cuyo magnetismo personal y artístico era irresistible.

De aquella memorable noche, ya lo he dicho antes, dado el místico arrobamiento con que le escuchara, solamente pude grabar mis impresiones para hoy, aunque sin autoridad bastante, poder decir: fué un pianista, cuya destreza técnica, poético estilo, delicada pulsación y vigoroso colorido de la interpretación, le hicieron acreedor, no ya entre nosotros, sino fuera de la Isla, al título de virtuose.

Estudiemos, ahora, el mérito de sus composiciones.


La música, psicológicamente considerada, es el arte que más poderosos medios de expresión posee para que un artista pueda establecer verdadera comunidad de ideas y de sentimientos cuando traduce, al lenguaje de los sentidos, las impresiones de su numen.

Modelado el corazón de Tavárez en los característicos afectos de la pasión tropical y desarrollado su genio artístico en el seno de la nación francesa, conquistadora de los derechos del hombre que trazaron a la conciencia religiosa de la humanidad el nuevo cauce por donde hoy dirige sus corrientes, el del amor y fraternidad universal, no pudo menos que recibir intensa sensación de dolor, cuando al regresar encontró a la pobre islilla, cual barquichuelo en los mares polares, aprisionada, moral, política e intelectualmente, por los grandes bloques de hielo del coloniaje y de la esclavitud.

De ahí, el tinte nostálgico, acentuadamente melancólico, ya que no doloroso, de los pensamientos melódicos de sus composiciones, cuando con las danzas expresa los ensueños y decepciones de amor; con los caprichos característicos, la idiosincracia del carácter nativo; y, con las piezas de género, los ideales de libertad bajo la égida de nuestra antigua metrópoli, admirablemente expuestos en el hermoso conjunto armónico de su gran marcha Redención.

Todas sus composiciones, las que en su mayor parte catalogamos en la sección correspondiente de este libro, están construídas dentro de los preceptos más rigurosos de la composición. Entre otras, la marcha Redención revela la profundidad de conocimientos, pues el canon final está magistralmente hecho.

De su Vals de Concierto para la mano izquierda, decía la Gazetta Musicale de Firenze en su número del 1º de noviembre de 1879, "que revelaba extraordinaria actitud, Tavárez, para escribir obras de piano con gusto, sentimiento y verdadero carácter", añadiendo que "tan notable vals era una gran composición de concierto, de muchísimo efecto."

Para terminar, ya que no tenemos a la vista para juzgarlas todas sus composiciones, diremos que brilló a gran altura como compositor de estilo propio, siendo sus obras las que harán sea reverenciado su nombre, en la historia del arte portorriqueño.