CAPÍTULO IV
Cuatro leguas de Castilla que andar en un caballo, cansado ya de correr durante un día entero, es pesada tarea, y más para el que aun volando hubiera creído andar despacio. Pero, mal que le pese a don Juan, le fue menester tardar seis horas en su camino, llegar por consiguiente a su destino pasada la media noche, hora en que ya no se veía alma viviente por las calles, ni puerta alguna que no estuviera cerrada.
Ni el jinete ni el caballo habían tomado alimento alguno en todo aquel día, y uno y otro estaban desfallecidos. Don Juan, con el aturdimiento, perdió el tino al ir a la posada en que acostumbraba a parar, y cuando después de andar media hora por calles y encrucijadas quiso recordar, ya se halló fuera de camino y enteramente desorientado. Lo peor del caso fue que a fuerza de dar vueltas se había salido de la villa, y estaba, a su parecer, en el extremo opuesto al de su entrada.
¿Qué remedio? Volverse atrás; pero el caballo dijo que no podía más y se tendió. Don Juan, que felizmente no recibió lesión alguna en la caída, hubo de resignarse a esperar que con el alba pasara algún alma compasiva que ayudándole a desembarazar la pierna derecha que tenía debajo del caballo le sacase del purgatorio.
Dejamos a la consideración del lector la desesperación, las imprecaciones y penas del buen caballero, y por él y por nosotros nos apresuraremos a referir cómo salió de tan mala posición.
Empezaba apenas a iluminar el horizonte la dudosa luz del crepúsculo cuando el ruido de los pasos de algunos caballos en el extremo de la calle en que estaba tendido Vargas le anunció que se aproximaba el instante de su libertad.
—¿Qué diablos está haciendo ahí? —preguntó uno de los que venían.
—¿No lo ve, pese a mi vida? —respondió don Juan—: estoy preso debajo de este maldito rocín, que Dios confunda.
—¡Ah!, ¡ah!, ¡ah! Y es verdad. Divertido está el buen hombre.
—Lo que importa es que usted, señor hidalgo, me ayude a salir de aquí.
—Vamos de prisa, hermano, no puede ser. Adiós.
—No daré un paso más antes de que se ayude a ese caballero a ponerse en pie —dijo en voz baja, pero con firmeza, una mujer que con los caminantes iba.
Oído esto, los que la acompañaban sin replicar palabra echaron pie a tierra, y en breves instantes pusieron en pie al pobre Vargas. Este, a pesar de lo mohíno y maltrecho que se hallaba, se acercó inmediatamente a la dama, que permanecía a caballo, y con las más corteses expresiones agradeció el favor recibido.
Mientras él hacia su arenga, montaban a caballo los que le habían auxiliado, y la dama, aprovechándose para no ser oída de ellos del ruido que hacían, dijo en tono apenas inteligible a Vargas:
—El domingo próximo a la oración en el Carmen de Valladolid; si no, el siguiente en la ermita de Madrigal.
Dicho esto, sin esperar respuesta, se alejó con viveza, y en seguimiento suyo fueron los demás, que eran tres hombres a caballo.
«Es Inés, no tiene duda. El domingo próximo... Bien; ¿pero no sería mejor seguirla ahora mismo? Sí, por cierto... El caballo no puede con su pellejo... Esperemos, no hay otro remedio».
En ejecución tan loable y necesario proyecto echó Vargas a andar en busca de la posada, con la cual dio por fin, no sin trabajo, y por aquella vez triunfaron el cansancio y el hambre del amor y la inquietud.
Dejémosle descansar, que bien lo necesita, y veamos cómo Pedro desempeñó su comisión.
Inmediatamente que se separó de su amo se dirigió al monasterio, mas le fue imposible ver por entonces al vicario, pues se le dijo que en aquel momento se hallaba en el locutorio con la señora doña Ana de Austria.
Pedro, paciente como el que más, dijo que estaba bien, que esperaría; y en efecto esperó nada menos que dos horas, al cabo de las cuales salió de su conferencia fray Miguel, pero no solo, sino acompañado de Gabriel de Espinosa.
Como criado en casa de un título de Castilla, y acostumbrado por consiguiente a ver desde la infancia observadas rigorosamente las leyes de la etiqueta y distinción de jerarquías, no pudo menos de sorprender extraordinariamente al sirviente de Vargas que un pastelero gozase de tan alto favor, que una persona de sangre real le admitiese en su presencia, y nada menos que por más de dos horas.
No tuvo sin embargo tiempo de hacer reflexiones el criado, pues apenas le hubo visto el vicario se acercó a preguntarle qué se le ofrecía.
Como Gabriel estaba presente, Pedro no quiso decir el verdadero objeto que allí le tenía, y se contentó con decir que su amo le enviaba a informarse de la salud de su reverencia.
—Buena, a Dios gracias —dijo Espinosa, riéndose maliciosamente—, muy buena: desde esta mañana acá, no ha sufrido alteración. Hermano Pedro, desempeñad vuestra comisión, que yo, que soy quien lo impide, me apartaré lo suficiente para no oíros, aunque es inútil, pues antes de que habléis sé ya lo que vais a decir.
Quedose Pedro al oír estas palabras como petrificado, y como el pastelero continuaba mirándole con cierta expresión burlona, y hasta el fraile mismo, a pesar de su gravedad, dejaba ver en el rostro no poco de mofa, el pobre criado no acertaba a hablar.
Viendo esto, volvió Gabriel a tomar la palabra:
—Andad, Pedro, y decid a vuestro amo que se vuelva a Valladolid, que no tardará mucho en tener noticias de la que desea.
Mientras que Espinosa hablaba así, Pedro, recobrando su espíritu y llenándose del orgullo que la librea de la casa ilustre de los Vargas le inspiraba, se indignó de qué aquel miserable quisiese darle órdenes a su noble amo.
—Señor Gabriel —dijo en tono bastante animado—, mi amo el señor don Juan de Vargas no me ha dado para vos comisión ninguna, ni sé yo qué relaciones pueda un pastelero tener con él para tener la osadía de mandarle a decir lo que ha de hacer o no hacer.
En tanto que hablaba Pedro se obró en la fisonomía de Espinosa una revolución completa. A la expresión irónica sucedieron instantáneamente la gravedad, el desprecio y la cólera.
Sus cejas largas y pobladas se unieron por un movimiento de contracción en los músculos de la frente; los ojos le brotaban fuego, los labios se le pusieron lívidos, y los dientes empezaron a chocar entre sí con violencia.
—Es claro —exclamó, no pudiendo ya contenerse—: calla, o pagas con la vida tu atrevimiento.
Y hablando así echaba mano a la daga de que ya hemos hecho mención.
Pedro, que no era cobarde, y también llevaba una especie de cuchillo de monte, lo empuñó para defenderse, y sabe Dios cuál hubiera sido el resultado de aquella escena, a no haber interpuesto el fraile su mediación.
—¡Qué imprudencia, señor, qué imprudencia! —dijo, dirigiéndose al pastelero—. ¿Sabe acaso con quién habla?
—Tenéis razón; pero esto ya es insufrible. Prefiero mil veces la muerte a vivir así envilecido.
—No está lejos el día. Y vos, Pedro, retiraos, y dad a vuestro amo de mi parte el recado que habéis oído de boca del señor Espinosa.
Obedeció el criado, pero no fue sin extremada repugnancia y mayor admiración.
«Este Gabriel —iba diciendo entre sí—, Dios me lo perdone, pero no puede ser cosa buena; y el padre, el padre, fuera de la corona, tampoco me fío mucho de él. Dios quiera que no le den que sentir a mi pobre amo. En fin, yo soy mandado; con obedecer cumplo, y sea lo que Dios quiera».
—Fray Miguel —dijo gravemente Espinosa después que Pedro se hallaba a suficiente distancia para no poder oírlo—, ya lo veis, es preciso que terminéis de una vez.
—Señor...
—Hablad con Espinosa.
—Pues bien, señor Espinosa, usted sabe que no se perdona medio para llegar al deseado término. La señora doña Ana...
—No hablemos de ella: ¡ojalá todos tuvieran su celo!
—Yo...
—Estoy satisfecho de vuestros servicios.
—Ahora los demás...
—Los demás, los demás, en todos hay morosidad, tibieza, y miedo sobre todo. Felipe y su Inquisición hacen temblar a los que yo tenía por más valientes.
—Cierto es que así sucede; pero no por eso debemos desalentar.
—Gracias a los sacrificios que la señora doña Ana está pronta a hacer, habrá fondos con que hacer frente a los primeros gastos.
—Yo no quiero que doña Ana se desprenda de sus alhajas.
—Sin embargo, es indispensable que así sea, so pena de renunciar para siempre a lo que de derecho es del señor Gabriel de Espinosa. La comunicación con nuestros amigos de Portugal es tan difícil, que raya en lo imposible. Los agentes del monarca español tienen minada toda la nación, y, dolor da decirlo, hay portugueses tan viles, que les sirven de espías. Usted sabe tan bien como yo las inmensas dificultades que han tenido que vencer los pocos que hasta aquí han llegado, y que estos vienen en estado de no poder contribuir más que con su persona. Cuanto había ilustre y amigo de usted en aquel reino ha sido proscrito, ya con un pretexto, ya con otro, y si alguno se ha salvado maravillosamente del naufragio común, se halla más en disposición de necesitar auxilio que de prestarlo. Todo esto es notorio a usted; tampoco se oculta a su penetración que son muchas las razones que le autorizan; y más diré, le obligan a aceptar las ofertas de la señora doña Ana. Señor, no hacerlo desde luego no solo es desacertado, sino criminal.
—¡Criminal, fray Miguel! Os olvidáis...
—No me olvido, no señor; pero mi celo, mi santo ministerio, y la urgencia de las circunstancias exigen que diga la verdad desnuda, aun a riesgo de enojar a usted, cosa que en otro caso no haría por cuanto hay en el mundo.
Durante el largo razonamiento de fray Miguel, se paseaba Espinosa por el claustro en que se hallaban, y el vicario le seguía hablando, sí con energía, pero no con menos respeto. Gabriel dejaba ver en toda su persona el aire de un hombre acostumbrado a tales deferencias, y que por consiguiente las recibe sin orgullo ni admiración.
Después de algunos instantes de meditación rompió el silencio el pastelero.
—Fray Miguel, meditaremos detenidamente esta noche vuestra proposición, y sabréis mañana lo que resolvemos.
Por toda contestación el vicario se inclinó humildemente, en señal de quedar enterado.
Espinosa, sin mirarle siquiera, continuó diciendo:
—La adquisición de Vargas nos va a ser preciosa. Su familia tiene prestigio y dinero; él es entusiasta y valiente, y estas dotes son muy a propósito para casos de esta especie.
—Ciertamente —contestó el fraile—; pero usted sabe sin duda que don Juan desea...
—¿Y qué me importa a mí lo que don Juan desea? Sírvanos, que después a cargo de nuestra munificencia queda el recompensarle.
—Es que para que nos sirva como usted desea, no hay más que un medio.
—Inés. Lo sé, lo he visto antes que vos. Desde el instante en que la vio se le trastornó la cabeza. Con mi larga peregrinación he aprendido, fray Miguel, a conocer a los hombres. No es el oro, ni la gloria, ni las recompensas, la manera de gobernarlos; cada uno de ellos lleva dentro de sí el medio para servir de juguete al que sabe estudiarlos. Las pasiones, padre mío, son el resorte que hay que tocar: ser diestro en la fantasmagoría. Enseñad a cada uno, en perspectiva y abultado, el objeto a que su corazón le inclina, y los veréis corriendo tras de una sombra, abandonar todas las realidades posibles. La dificultad está en graduar la luz proporcionalmente a la vista de cada uno. Los hay que en una piedra ven un trono, o un tesoro, o una belleza, porque todo lo miran a través del prisma de sus deseos. Para otros es necesario más artificio; pero al cabo pocos son los que no caen en la red.
—¿Y está ya el señor Espinosa resuelto a servirse de don Juan?
—El tiempo dirá lo que debe hacerse. Fray Miguel, quedad con Dios.
—Él os guarde, como yo se lo ruego sin cesar.
Humillose el fraile al decir esto; Gabriel inclinó ligeramente la cabeza, y saludando graciosamente con la mano, salió a paso largo del claustro.
Contemplábale el vicario inmóvil, y al perderlo de vista exclamó en tono bajo y doloroso:
«¿Cuándo se moderarán esa impetuosidad y ese orgullo excesivo, que son los que nos han traído a este punto? Jamás».
En tanto caminaba Pedro a Medina del Campo, adonde llegó mucho antes que su amo se presentase en la posada, lo que le inquietó sobremanera, y sin duda se hubiera puesto en marcha de nuevo para adquirir noticias de él si su montura, no menos cansada que la de Vargas, se lo hubiera permitido. Gracias a esta circunstancia, halló don Juan a su sirviente en la posada, y supo de él cuanto había ocurrido con fray Miguel y Espinosa; y como el aviso de este convenía con la cita de Inés, desde luego resolvió el hermano del marqués regresar a Valladolid; sin embargo, antes pasó por la hacienda a que supuso se dirigía su viaje, y dando en ella las disposiciones convenientes se encaminó a la residencia de su hermano.