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Novelas Cortas

Chapter 10: I
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About This Book

A collection of short tales that blend adventure, comedy, and moral observation in compact, episodic narratives about encounters with rogues, mysterious figures, and ordinary people. Episodes move between tense scenes of banditry and mistaken identity and lighter sketches of social foibles, told with vivid local detail and wry irony. This edition offers extensive annotations, an idiomatic commentary, graded exercises, and a vocabulary to support readers studying the original language.




(p14)

LA CORNETA DE LLAVES

Querer es poder.

I

Don Basilio, ¡toque V. la corneta, y bailaremos!—Debajo
de estos árboles no hace calor....

—Sí, sí..., D. Basilio: ¡toque V. la corneta de llaves!

—¡Traedle a D. Basilio la corneta en que se está enseñando
05 Joaquín!

—¡Poco vale!...—¿La tocará V., D. Basilio?

—¡No!

—¿Cómo que no?[14-1]

—¡Que no!

10 —¿Por qué?

—Porque no sé.

—¡Que no sabe[14-2]!...—¡Habrá hipócrita igual![14-3]

—Sin duda quiere que le regalemos el oído[14-4]....

—¡Vamos![14-5] ¡Ya sabemos que ha sido V. músico mayor[14-6]
15 de infantería!...

—Y que nadie ha tocado la corneta de llaves como V....

—Y que lo oyeron en Palacio[14-7]..., en tiempos de
Espartero[14-8]....

—Y que tiene V. una pensión....

20 —¡Vaya,[14-9] D. Basilio! ¡Apiádese V.!

—Pues, señor.... ¡Es verdad! He tocado la corneta
de llaves; he sido una ... una especialidad,[14-10] como dicen
ustedes ahora...; pero también es cierto que hace dos años
regalé mi corneta a un pobre músico licenciado, y que desde
25 entonces no he vuelto[14-11]... ni a tararear.

—¡Qué lástima! (p15)
—¡Otro
[15-1] Rossini!

—¡Oh! ¡Pues lo que es esta tarde,[15-2] ha de tocar[15-3]
usted!...

—Aquí, en el campo, todo es permitido....

05 —¡Recuerde V. que es mi día,[15-4] papá abuelo[15-5]!...

—¡Viva! ¡Viva! ¡Ya está aquí la corneta!

—Sí, ¡que toque!

—Un vals....

—No..., ¡una polca!...

10 —¡Polca!... ¡Quita allá![15-6]—¡Un fandango!

—Sí..., sí..., ¡fandango! ¡Baile nacional!

—Lo siento mucho, hijos míos; pero no me es posible tocar
la corneta....

—¡Usted, tan amable!...

15 —Tan complaciente....

—¡Se lo suplica a V.[15-7] su nietecito!...

—Y su sobrina....

—¡Dejadme, por Dios!—He dicho que no toco.

—¿Por qué?

20 —Porque no me acuerdo; y porque, además, he jurado no
volver a aprender....

—¿A quién se lo ha jurado?

—¡A mí mismo, a un muerto, y a tu pobre madre, hija
mía!

25 Todos los semblantes se entristecieron súbitamente al escuchar
estas palabras.

—¡Oh!... ¡Si supierais a qué costa aprendí a tocar la
corneta!...—añadió el viejo.

—¡La historia! ¡La historia! (exclamaron los jóvenes.)
30 Contadnos esa historia.

—En efecto.... (dijo D. Basilio.)—Es toda una historia.
Escuchadla, y vosotros juzgaréis si puedo o no puedo tocar la
corneta....

Y sentándose bajo un árbol rodeado de unos curiosos y (p16)
afables adolescentes, contó la historia de sus lecciones de
música.

No de otro modo, Mazzepa,[16-1] el héroe de Byron, contó una
noche a Carlos XII,Mazzepa,[16-2] debajo de otro árbol, la terrible historia
05 de sus lecciones de equitación.

Oigamos a D. Basilio.



II

Hace diez y siete años que ardía en España la guerra civil.

Carlos e IsabelMazzepa,[16-3] se disputaban la corona, y los españoles,
divididos en dos bandos, derramaban su sangre en lucha fratricida.

10 Tenía yo un amigo, llamado Ramón Gámez, teniente de
cazadores de mi mismo batallón, el hombre más cabal que he
conocido....—Nos habíamos educado juntos; juntos salimos
del colegio; juntos peleamos mil veces, y juntos deseábamos
morir por la libertad....—¡Oh! ¡Estoy por decirMazzepa,[16-4]
15 que él era más liberal que yo y que todo el ejército!...

Pero he aquí que cierta injusticia cometida por nuestro Jefe
en daño de Ramón; uno de esos abusos de autoridad que disgustan
de la más honrosa carrera; una arbitrariedad, en fin,
hizo desear al Teniente de cazadores abandonar las filas de sus
hermanos, al amigo dejar al amigo, al liberal pasarse a la facción,
20 al subordinado matar a su Teniente Coronel....—¡Buenos
humos teníaMazzepa,[16-5] Ramón para aguantar insultos e injusticias
ni al luceroMazzepa,[16-6] del alba!

Ni mis amenazas, ni mis ruegos, bastaron a disuadirle de su
25 propósito. ¡Era cosa resuelta! ¡Cambiaría el morriónMazzepa,[16-7] por
la boina,Mazzepa,[16-8] odiando como odiaba mortalmente a los facciosos!

A la sazón nos hallábamos en el Principado,Mazzepa,[16-9] a tres leguas del
enemigo.

Era la noche en que Ramón debía desertar, noche lluviosa
30 y fría, melancólica y triste, víspera de una batalla.

A eso de las doce entró Ramón en mi alojamiento.

Yo dormía.
(p17)
—Basilio....—murmuró a mi oído.

—¿Quién es?

—Soy yo.—¡Adiós!

—¿Te vas ya?

05 —Sí; adiós.

Y me cogió una mano.

—Oye ... (continuó); si mañana hay, como se cree, una
batalla, y nos encontramos en ella....

—Ya lo sé: somos amigos.

10 —Bien; nos damos un abrazo, y nos batimos en seguida.

—¡Yo moriré mañana regularmente,Mazzepa,[17-1] pues pienso atropellar
por todo hasta que mate al Teniente Coronel!—En cuanto a
ti, Basilio, no te expongas....[17-2]—La gloria es humo.

—¿Y la vida?

15 —Dices bien: hazte comandante.... (exclamó Ramón.)
La paga no es humo..., sino después que uno se la ha[17-3]
fumado....—¡Ay! ¡Todo eso acabó para mí!

—¡Qué tristes ideas! (dije yo no sin susto.)—Mañana sobreviviremos
los dos a la batalla.

20 —Pues emplacémonos para después de ella....

—¿Dónde?

—En la ermita de San Nicolás, a la una de la noche.—El
que no asista,[17-4] será porque haya muerto.—¿Quedamos
conformes?

25 —Conformes.

—Entonces.... ¡Adiós!...

—Adiós.

Así dijimos; y después de abrazarnos tiernamente, Ramón
desapareció en las sombras nocturnas.



III

30 Como esperábamos, los facciosos nos atacaron al siguiente día.

La acción fué muy sangrienta, y duró desde las tres de la
tarde hasta el anochecer.
(p18)
A cosa de las cinco, mi batallón fué rudamente acometido
por una fuerza de alaveses
[18-1] que mandaba Ramón....

¡Ramón llevaba ya las insignias de Comandante y la boina
blanca de carlista[18-2]!...

05 Yo mandé hacer fuego contra Ramón, y Ramón contra mí:
es decir, que su gente y mi batallón lucharon cuerpo a
cuerpo.

Nosotros quedamos vencedores, y Ramón tuvo que huir con
los muy mermados restos de sus alaveses; pero no sin que antes
10 hubiera dado muerte por sí mismo, de un pistoletazo,[18-3] al que la
víspera era su Teniente Coronel; el cual en vano procuró
defenderse de aquella furia....

A las seis la acción se nos volvió desfavorable, y parte de mi
pobre compañía y yo fuimos cortados y obligados a rendirnos....

15 Condujéronme, pues, prisionero a la pequeña villa de...,
ocupada por los carlistas desde los comienzos de aquella campaña,
y donde era de suponer[18-4] que me fusilarían
inmediatamente....

La guerra era entonces sin cuartel.



IV

20 Sonó la una de la noche de tan aciago día: ¡la hora de mi
cita con Ramón!

Yo estaba encerrado en un calabozo de la cárcel pública de
dicho pueblo.

Pregunté por mi amigo, y me contestaron:

25 —¡Es un valiente! Ha matado a un Teniente Coronel.
Pero habrá perecido[18-5] en la última hora de la acción....

—¡Cómo! ¿Por qué lo decís?

—Porque no ha vuelto del campo, ni la gente que ha estado
hoy a sus órdenes da razón[18-6] de él....

30 ¡Ah! ¡Cuánto sufrí aquella noche!

Una esperanza me quedaba.... Que Ramón me estuviese (p19)
aguardando en la ermita de San Nicolás, y que por este motivo
no hubiese vuelto al campamento faccioso.

—¡Cuál será su pena al ver que no asisto a la cita! (pensaba
yo.)—¡ Me creerá muerto!—¿Y, por ventura, tan lejos
05 estoy de mi última hora? ¡Los facciosos fusilan ahora siempre
a los prisioneros; ni más ni menos que nosotros!...

Así amaneció el día siguiente.

Un Capellán entró en mi prisión.

Todos mis compañeros dormían.

10 —¡La muerte!—exclamé al ver al Sacerdote.

—Sí—respondió éste con dulzura.

—¡Ya!

—No: dentro de tres horas.

Un minuto después habían despertado[19-1] mis compañeros.

15 Mil gritos, mil sollozos, mil blasfemias llenaron los ámbitos
de la prisión.



V

Todo hombre que va a morir suele aferrarse a una idea cualquiera
y no abandonarla más.

Pesadilla, fiebre o locura, esto me sucedió a mí.—La idea
20 de Ramón; de Ramón vivo, de Ramón muerto, de Ramón en
el cielo, de Ramón en la ermita, se apoderó de mi cerebro de
tal modo, que no pensé en otra cosa durante aquellas horas
de agonía.

Quitáronme el uniforme de Capitán, y me pusieron una gorra
25 y un capote viejo de soldado.

Así marché a la muerte con mis diez y nueve compañeros de
desventura....

Sólo uno había sido indultado ... ¡por la circunstancia de
ser músico!—Los carlistas perdonaban entonces la vida a los
30 músicos, a causa de tener gran falta de ellos en sus
batallones....
(p20)
—Y ¿era V. músico, D. Basilio?—¿Se salvó V. por eso?—preguntaron
todos los jóvenes a una voz.
[20-1]

—No, hijos míos.... (respondió el veterano.) ¡Yo no era
músico!

05 Formóse el cuadro, y nos colocaron en medio de él....

Yo hacía el número once, es decir, yo moriría el
undécimo....

Entonces pensé en mi mujer y en mi hija, ¡en ti y en tu
madre, hija mía!

10 Empezaron los tiros....

¡Aquellas detonaciones me enloquecían!

Como tenía vendados los ojos, no veía caer a mis compañeros.

Quise contar las descargas para saber, un momento antes de
morir, que se acababa mi existencia en este mundo....

15 Pero a la tercera o cuarta detonación perdí la cuenta.

¡Oh! ¡Aquellos tiros tronarán eternamente en mi corazón y
en mi cerebro, como tronaban aquel día!

Ya creía oírlos a mil leguas de distancia; ya los sentía reventar
dentro de mi cabeza.

20 ¡Y las detonaciones seguían!

—¡Ahora!—pensaba yo.

Y crujía la descarga, y yo estaba vivo.

—¡Esta es!...—me dije por último.[20-2]

Y sentí que me cogían por los hombros, y me sacudían, y me
25 daban voces en los oídos....

Caí....

No pensé más....

Pero sentía algo como un profundo sueño....

Y soñé que había muerto fusilado.



VI

30 Luego soñé que estaba tendido en una camilla, en mi prisión.

No veía.

Llevéme la mano a los ojos como para quitarme una venda, (p21)
y me toqué los ojos abiertos, dilatados....—¿Me había
quedado ciego?

No....—Era que la prisión se hallaba llena de tinieblas.

Oí un doble de campanas..., y temblé.

05 Era el toque de Animas.[21-1]

—Son las nueve.... (pensé.)—Pero ¿de qué día?

Una sombra más obscura que el tenebroso aire de la prisión
se inclinó sobre mí.

Parecía un hombre....

10 ¿Y los demás? ¿Y los otros diez y ocho?

¡Todos habían muerto fusilados!

¿Y yo?

Yo vivía, o deliraba dentro del sepulcro.

Mis labios murmuraron maquinalmente un nombre, el nombre
15 de siempre,[21-2] mi pesadilla....

—¡«Ramón!»

—¿Qué quieres?—me respondió la sombra que había a mi
lado.

Me estremecí.

20 —¡Dios mío! (exclamé.)—¿Estoy en el otro mundo?

—¡No!—dijo la misma voz.

—Ramón, ¿vives?

—Sí.

—¿Y yo?

25 —También.


—¿Dónde estoy?—¿Es ésta la ermita de San Nicolás?—¿No
me hallo prisionero?—¿Lo he soñado todo?

—No, Basilio; no has soñado nada.—Escucha.


VII

Como sabrás,[21-3] ayer maté al Teniente Coronel en buena lid....—¡Estoy
30 vengado!—Después, loco de furor, seguí matando...,
y maté ... hasta después de anochecido..., hasta
que no había un cristino[21-4] en el campo de batalla....
(p22)
Cuando salió la luna, me acordé de ti.—Entonces enderecé
mis pasos a la ermita de San Nicolás con intención de
esperarte.

Serían las diez de la noche. La cita era a la una, y la noche
05 antes no había yo pegado los ojos....—Me dormí, pues,
profundamente.

Al dar la una, lancé un grito y desperté.

Soñaba que habías muerto....

Miré a mi alrededor, y me encontré solo.

10 ¿Qué había sido de ti?

Dieron las dos..., las tres..., las cuatro....—¡Qué
noche de angustia!

Tú no parecías....

¡Sin duda habías muerto!...

15 Amaneció.

Entonces dejé la ermita, y me dirigí a este pueblo en busca
de los facciosos.

Llegué al salir el sol.[22-1]

Todos creían que yo había perecido la tarde antes....

20 Así fué que, al verme, me abrazaron, y el General me colmó
de distinciones.

En seguida supe que iban a ser fusilados veintiún[22-2] prisioneros.

Un presentimiento se levantó en mi alma.

—¿Será Basilio uno de ellos?—me dije.

25 Corrí, pues, hacia el lugar de la ejecución.

El cuadro estaba formado.

Oí unos tiros....

Habían empezado a fusilar.

Tendí la vista...; pero no veía....

30 Me cegaba el dolor; me desvanecía el miedo.

Al fin te distingo....

¡Ibas a morir fusilado!

Faltaban dos víctimas para llegar a ti....

¿Qué hacer?
(p23)
Me volví loco; dí un grito; te cogí entre mis brazos, y, con
una voz ronca, desgarradora, tremebunda, exclamé:

—¡Éste no! ¡Éste no, mi General!...

El General, que mandaba el cuadro, y que tanto me conocía[23-1]
05 por mi comportamiento de la víspera, me preguntó:

—Pues qué, ¿es músico?

Aquella palabra fué para mí lo que sería para un viejo ciego
de nacimiento ver de pronto el sol en toda su refulgencia.

La luz de la esperanza brilló a mis ojos tan súbitamente, que
10 los cegó.

—¡Músico (exclamé); sí..., sí..., mi General! ¡Es
músico! ¡Un gran músico!

Tú, entretanto, yacías sin conocimiento.

—¿Qué instrumento toca?—preguntó el General.

15 —El ... la ... el ... el...; ¡si!... ¡justo!...,
eso es..., ¡la corneta de llaves!

—¿Hace falta un corneta[23-2] de llaves?—preguntó el General,
volviéndose a la banda de música.

Cinco segundos, cinco siglos, tardó la contestación.

20 —Sí, mi General; hace falta—respondió el Músico mayor.

—Pues sacad a ese hombre de las filas, y que siga la ejecución
al momento....—exclamó el jefe carlista.

Entonces te cogí en mis brazos y te conduje a este calabozo.



VIII

No bien dejó de hablar Ramón, cuando me levanté y le dije,
25 con lágrimas, con risa, abrazándolo, trémulo, yo no sé cómo:

—¡Te debo la vida!

—¡No tanto!—respondió Ramón.

—¿Cómo es eso?—exclamé.

—¿Sabes tocar la corneta?

30 —No.

—Pues no me debes la vida, sino que he comprometido la
mía sin salvar la tuya.
(p24)
Quedéme frío como una piedra.

—¿Y música? (preguntó Ramón.) ¿Sabes?

—Poca, muy poca....—Ya recordarás la que nos enseñaron
en el colegio....

05 —¡Poco es, o, mejor dicho, nada!—¡Morirás sin remedio!...
¡Y yo también, por traidor..., por falsario!—¡Figúrate
tú que dentro de quince días estará organizada la banda de
música a que has de pertenecer!...

—¡Quince días!

10 —¡Ni más ni menos!—Y como no tocarás la corneta....
(porque Dios no hará un milagro), nos fusilarán a los dos sin
remedio.

—¡Fusilarte! (exclamé.) ¡A ti! ¡Por mí! ¡Por mí, que
te debo la vida!—¡Ah, no, no querrá el cielo! Dentro de
15 quince días sabré música
[24-1] y tocaré la corneta de llaves.

Ramón se echó a reír.



IX

—¿Qué más queréis que os diga, hijos míos?

En quince días ... ¡oh poder de la voluntad! En quince
días con sus quince noches (pues no dormí ni reposé un momento
20 en medio mes), ¡asombraos!... ¡En quince días aprendí
a tocar la corneta!

¡Qué días aquellos!

Ramón y yo nos salíamos al campo, y pasábamos horas y
horas con cierto músico que diariamente venía de un lugar
25 próximo a darme lección....

¡Escapar!...— Leo en vuestros ojos esta palabra....—¡Ay!
Nada más imposible!—Yo era prisionero, y me vigilaban....
Y Ramón no quería escapar sin mí.

Y yo no hablaba, yo no pensaba, yo no comía....

30 Estaba loco, y mi monomanía era la música, la corneta, la
endemoniada corneta de llaves....

¡Quería aprender, y aprendí!
(p25)
Y, si hubiera sido mudo, habría hablado....

Y, paralítico, hubiera andado....

Y, ciego, hubiera visto.

¡Porque quería!

05 ¡Oh! ¡La voluntad suple por todo!—QUERER ES PODER.

Quería: ¡he aquí la gran palabra!

Quería..., y lo conseguí.—¡Niños, aprended esta gran
verdad!

Salvé, pues, mi vida y la de Ramón.

10 Pero me volví loco.

Y, loco, mi locura fué el arte.

En tres años no solté la corneta de la mano.

Do-re-mi-fa-sol-la-si; he aquí mi mundo durante todo aquel
tiempo.

15 Mi vida se reducía a soplar.[25-1]

Ramón no me abandonaba....

Emigré a Francia, y en Francia seguí tocando la corneta.

¡La corneta era yo! ¡Yo cantaba con la corneta en la boca!

Los hombres, los pueblos, las notabilidades[25-2]] del arte se
20 agrupaban para oírme....

Aquello era un pasmo, una maravilla....

La corneta se doblegaba entre mis dedos; se hacía elástica,
gemía, lloraba, gritaba, rugía; imitaba al ave[25-3], a la fiera, al sollozo
humano....—Mi pulmón era de hierro.

25 Así viví otros dos años más.

Al cabo de ellos falleció mi amigo.

Mirando su cadáver, recobré la razón....

Y cuando, ya en mi juicio, cogí un día la corneta ... (¡qué
asombro!), me encontré con que[25-4] no sabía tocarla....

30 ¿Me pediréis ahora que os haga són[25-5] para bailar?

Madrid, 1854.




(p26)

LAS DOS GLORIAS


Un día que el célebre pintor flamenco Pedro Pablo Rubens[26-1]
andaba recorriendo los templos de Madrid acompañado de sus
afamados discípulos, penetró en la iglesia de un humilde convento,
cuyo nombre no designa la tradición.

05 Poco o nada encontró que admirar el ilustre artista en aquel
pobre y desmantelado templo, y ya se marchaba renegando,
como solía, del mal gusto de los frailes de Castilla la Nueva,[26-2]
cuando reparó en cierto cuadro medio oculto en las sombras
de feísima capilla;[26-3] acercóse a él, y lanzó una exclamación
de asombro.

Sus discípulos le rodearon al momento,[26-4]] preguntándole:

—¿Qué habéis encontrado, maestro?

—¡Mirad!—dijo Rubens señalando, por toda contestación,
al lienzo que tenía delante[26-5].

15 Los jóvenes quedaron tan maravillados como el autor del
Descendimiento.[26-6]

Representaba aquel cuadro la Muerte de un religioso.— Era
éste muy joven, y de una belleza que ni la penitencia ni la agonía
habían podido eclipsar, y hallábase tendido sobre los ladrillos
20 de su celda, velados ya los ojos por la muerte, con una mano
extendida sobre una calavera, y estrechando con la otra, a su
corazón, un crucifijo de madera y cobre.

En el fondo del lienzo se veía pintado otro cuadro, que
figuraba estar colgado[26-7] cerca del lecho de que se suponía haber
25 salido el religioso para morir con más humildad sobre la dura
tierra.

Aquel segundo cuadro representaba a una difunta, joven
hermosa, tendida en el ataúd entre fúnebres cirios y negras y
suntuosas colgaduras....
(p27)
Nadie hubiera podido mirar estas dos escenas, contenida la
una en la otra, sin comprender que se explicaban y completaban
recíprocamente. Un amor desgraciado, una esperanza
muerta, un desencanto de la vida, un olvido eterno del mundo:
05 he aquí el poema misterioso que se deducía de los dos ascéticos
dramas que encerraba aquel lienzo.

Por lo demás, el color, el dibujo, la composición, todo revelaba
un genio de primer orden.

—Maestro, ¿de quién puede ser esta magnífica obra?—preguntaron
10 a Rubens sus discípulos, que ya habían alcanzado
el cuadro.

—En este ángulo ha habido un nombre escrito (respondió
el maestro); pero hace muy pocos meses que ha sido borrado.—En
cuanto a la pintura, no tiene arriba de treinta años, ni
15 menos de veinte.

—Pero el autor....

—El autor, según el mérito del cuadro, pudiera ser Velazquez,[27-1]
Zurbarán, Ribera, o el joven Murillo, de quien tan prendado
estoy.... Pero Velazquez no siente de este modo.
20 Tampoco es Zurbarán, si atiendo al color y a la manera de ver
el asunto. Menos aún debe atribuirse a Murillo ni a Ribera:
aquél es más tierno, y éste es más sombrío; y, además, ese
estilo no pertenece ni a la escuela del uno ni a la del otro. En
resumen: yo no conozco al autor de este cuadro, y hasta juraría
25 que no he visto jamás obras suyas.—Voy más lejos: creo que
el pintor desconocido, y acaso ya muerto, que ha legado al
mundo tal maravilla,[27-2] no perteneció a ninguna escuela, ni ha
pintado más cuadro que éste, ni hubiera podido pintar otro que
se le acercara en mérito.... Ésta es una obra de pura inspiración,
30 un asunto propio,[27-3] un reflejo del alma, un pedazo de la
vida.... Pero.... ¡Qué idea!—¿Queréis saber quién ha
pintado ese cuadro?—¡Pues lo ha pintado ese mismo muerto
que veis en él!

—¡Eh! Maestro.... ¡Vos[27-4] os burláis!
(p28)
—No: yo me entiendo....

—Pero ¿cómo concebís que un difunto haya podido pintar
su agonía?

—¡Concibiendo que un vivo pueda adivinar o representar su
05 muerte!—Además, vosotros sabéis que profesar de veras
[28-1] en
ciertas Órdenes religiosas es morir.

—¡Ah! ¿Creéis vos?...

—Creo que aquella mujer que está de cuerpo presente[28-2] en el
fondo del cuadro era el alma[28-3] y la vida de este fraile que agoniza
10 contra el suelo; creo que, cuando ella murió, él se creyó
también muerto, y murió efectivamente para el mundo; creo,
en fin, que esta obra, más que el último instante de su héroe o
de su autor (que indudablemente son una misma persona),
representa la profesión de un joven desengañado de alegrías
15 terrenales....

—¿De modo que puede vivir todavía?...

—¡Sí, señor, que puede[28-4] vivir! Y como la cosa tiene fecha,
tal vez su espíritu se habrá serenado[28-5] y hasta regocijado, y el
desconocido artista sea ahora un viejo muy gordo y muy
20 alegre....—Por todo lo cual ¡hay que buscarlo! Y, sobre
todo, necesitamos averiguar si llegó a pintar más
obras....—Seguidme.

Y así diciendo, Rubens se dirigió a un fraile que rezaba en
otra capilla y le preguntó con su desenfado habitual:

25 —¿Queréis decirle al Padre Prior que deseo hablarle de
parte del Rey?

El fraile, que era hombre de alguna edad, se levantó trabajosamente,
y respondió con voz humilde y quebrantada:

—¿Qué me queréis?—Yo soy el Prior.

30 —Perdonad, padre mío, que interrumpa vuestras oraciones
(replicó Rubens). ¿Pudierais decirme quién es el autor de
este cuadro?

—¿De ese cuadro? (exclamó el religioso.) ¿Qué pensaría
V. de mí si le contestase que no me acuerdo?

(p29)
—¿Cómo? ¿Lo sabíais, y habéis podido olvidarlo?

—Sí, hijo mío, lo he olvidado completamente.

—Pues, padre ... (dijo Rubens en són de burla[29-1] procaz),
¡tenéis muy mala memoria!

05 El Prior volvió a arrodillarse sin hacerle caso.

—¡Vengo en nombre del Rey!—gritó el soberbio y mimado
flamenco.

—¿Qué más queréis, hermano mío?—murmuró el fraile,
levantando lentamente la cabeza.

10 —¡Compraros[29-2] este cuadro!

—Ese cuadro no se vende.

—Pues bien: decidme dónde encontraré a su autor....—Su
Majestad deseará conocerlo, y yo necesito abrazarlo, felicitarlo...,
demostrarle mi admiración y mi cariño....

15 —Todo eso es también irrealizable....—Su autor no está
ya en el mundo.

—¡Ha muerto!—exclamó Rubens con desesperación.

—¡El maestro decía bien! (pronunció uno de los jóvenes.)
Ese cuadro está pintado por un difunto....

20 —¡Ha muerto!... (repitió Rubens.) ¡Y nadie lo ha conocido!
¡Y se ha olvidado su nombre!—¡Su nombre, que
debió ser inmortal![29-3] ¡Su nombre, que hubiera eclipsado el
mío!—Sí; el mío..., padre.... (añadió el artista con
noble orgullo.) ¡Porque habéis de saber[29-4] que yo soy Pedro Pablo
25 Rubens!

A este nombre, glorioso en todo el universo, y que ningún
hombre consagrado a Dios desconocía ya, por ir unido[29-5] a cien
cuadros místicos, verdaderas maravillas del arte, el rostro pálido
del Prior se enrojeció súbitamente, y sus abatidos ojos se clavaron
30 en el semblante del extranjero con tanta veneración
como sorpresa.

—¡Ah! ¡Me conocíais! (exclamó Rubens con infantil satisfacción.)
¡Me alegro en el alma! ¡Así seréis menos fraile
conmigo!—Conque ... ¡vamos![29-6] ¿Me vendéis el cuadro?
(p30)
—¡Pedís un imposible!—respondió el Prior.

—Pues bien: ¿sabéis de alguna otra obra de ese malogrado
genio? ¿No podréis recordar su nombre? ¿Queréis decirme
cuándo murió?

05 —Me habéis comprendido mal.... (replicó el fraile.)—Os
he dicho que el autor de esa pintura no pertenece al mundo;
pero esto no significa precisamente que haya muerto....

—¡Oh! ¡Vive! ¡vive! (exclamaron todos los pintores.)
¡Haced que lo conozcamos!

10 —¿Para qué? ¡El infeliz ha renunciado a todo lo de la
tierra! ¡Nada tiene que ver con los hombres!... ¡nada!...—Os
suplico, por tanto, que lo dejéis morir en paz.

—¡Oh! (dijo Rubens con exaltación.) ¡Eso no puede ser,
padre mío! Cuando Dios enciende en un alma
[30-1] el fuego sagrado
15 del genio, no es para que esa alma se consuma en la soledad,
sino para que cumpla su misión sublime de iluminar el alma de
los demás hombres. ¡Nombradme el monasterio en que se oculta
el grande artista,[30-2] y yo iré a buscarlo y lo devolveré al siglo[30-3]
—¡Oh! ¡Cuánta gloria le espera!

20 —Pero ... ¿y si la rehusa?—preguntó el Prior tímidamente.

—Si la rehusa acudiré al Papa, con cuya amistad me honro,
y el Papa lo convencerá mejor que yo.

—¡El Papa!—exclamó el Prior.

25 —¡Sí, padre; el Papa!—repitió Rubens.

—¡Ved por lo que[30-4] no os diría el nombre de ese pintor
aunque lo recordase! ¡Ved por lo que no os diré a qué convento
se ha refugiado!

—Pues bien, padre, ¡el Rey y el Papa os obligarán á decirlo!
30 (respondió Rubens exasperado.)—Yo me encargo de que así
suceda.

—¡Oh! ¡No lo haréis! (exclamó el fraile.)—¡Haríais muy
mal, señor Rubens!—Llevaos[30-5] el cuadro si queréis; pero dejad
tranquilo al que descansa.—¡Os hablo en nombre de Dios!— (p31)
¡Sí! Yo he conocido, yo he amado, yo he consolado, yo he
redimido, yo he salvado de entre las olas de las pasiones y las desdichas,
náufrago y agonizante, a ese grande hombre, como vos
decis, a ese infortunado y ciego mortal, como yo le llamo; olvidado
[31-1]
05 ayer de Dios y de sí mismo, hoy cercano a la suprema
felicidad!...—¡La gloria!...—¿Conocéis alguna mayor
que aquélla a que él aspira? ¿Con qué derecho queréis resucitar
en su alma los fuegos fatuos de las vanidades de la tierra,
cuando arde en su corazón la pira inextinguible de la caridad?—¿Creéis
10 que ese hombre, antes de dejar el mundo, antes de
renunciar a las riquezas, a la fama, al poder, a la juventud, al
amor, a todo lo que desvanece a las criaturas, no habrá sostenido
ruda batalla con su corazón? ¿No adivináis los desengaños y
amarguras que lo llevarían[31-2] al conocimiento de la mentira de
15 las cosas humanas?—Y ¿queréis volverlo a la pelea cuando ya
ha triunfado?

—Pero ¡eso es renunciar a la inmortalidad!—gritó Rubens.

—¡Eso es aspirar a ella!

—Y ¿con qué derecho os interponéis vos entre ese hombre
20 y el mundo?—¡Dejad que le hable, y él decidirá!

—Lo hago con el derecho de un hermano mayor, de un
maestro, de un padre; que todo esto soy para él.... ¡Lo hago
en el nombre de Dios, os vuelvo a decir!—Respetadlo...,
para bien de vuestra alma.

25 Y, así diciendo, el religioso cubrió su cabeza con la capucha
y se alejó a lo largo del templo.[31-3]

—Vámonos[31-4] (dijo Rubens.) Yo sé lo que me toca hacer.

—¡Maestro! (exclamó uno de los discípulos, que durante la
30 anterior conversación había estado mirando alternativamente al
lienzo y al religioso.) ¿No creéis, como yo, que ese viejo frailuco
se parece muchísimo al joven que se muere en este cuadro?

—¡Calla![31-5] ¡Pues es verdad!—exclamaron todos.

—Restad las arrugas y las barbas, y sumad los treinta años
que manifiesta la pintura, y resultará que el maestro tenía (p32)
razón cuando decía que ese religioso muerto era a un mismo tiempo
retrato y obra de un religioso vivo.—Ahora bien: ¡Dios me
confunda si ese religioso vivo no es el Padre Prior!

Entretanto Rubens, sombrío, avergonzado y enternecido profundamente,
05 veía alejarse al anciano, el cual lo saludó cruzando
los brazos sobre el pecho poco antes de desaparecer.

—¡Él era..., sí!... (balbuceó el artista.)—¡Oh!...
Vamonos.... (añadió volviéndose a sus discípulos.) ¡Ese
hombre tenía razón! ¡Su gloria vale más que la mía!— ¡Dejémoslo
10 morir en paz!

Y dirigiendo una última mirada al lienzo que tanto le había
sorprendido, salió del templo y se dirigió a Palacio,
[32-1] donde lo
honraban SS. MM. teniéndole a la mesa.[32-2]

Tres días después volvió Rubens, enteramente solo, a aquella
15 humilde capilla, deseoso de contemplar de nuevo la maravillosa
pintura, y aun de hablar otra vez con su presunto autor.

Pero el cuadro no estaba ya en su sitio.

En cambio se encontró con que[32-3] en la nave principal del templo
había un ataúd en el suelo, rodeado de toda la comunidad,
20 que salmodiaba el Oficio de difuntos....

Acercóse a mirar el rostro del muerto, y vió que era el Padre
Prior. —¡Gran pintor fué!... (dijo Rubens, luego que la sorpresa
y el dolor hubieron cedido lugar a otros sentimientos.)—¡Ahora
25 es cuando más se parece a su obra!

Madrid, 1858.