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Novelas de la Costa Azul

Chapter 11: VI
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About This Book

The collection gathers short novels and stories set along the sunlit Mediterranean coast, portraying a range of characters from aging aristocrats to nouveau riche and ordinary residents. Through vivid seaside landscapes and intimate scenes the narratives examine the passage of time, solitude, memory, social contrasts, and human warmth, alternating descriptive set pieces with plotted episodes that probe mortality, vanity, pride, and unexpected compassion. Settings shift between cliff-top terraces, villas, churches and urban corners, and voices move between ironic observation and empathetic detail, producing a fresco that balances melancholy with narrative vigor.

Doña Zoila enviaba a la casa donde el doctor tenía establecido su «escritorio» todas las cuentas de sus proveedores urbanos, así como las que llegaban de París y Londres los días de vapor-correo. Y Pedraza, sin hacer objeciones, iba llenando hojas y más hojas de su cuaderno de cheques, y las entregaba, dando por terminado el asunto.

Le enorgullecían los enormes gastos hechos por su cónyuge. Eran una demostración de su elegancia natural y de su noble origen. Porque el doctor creía, más aún que su mujer, en el linaje aristocrático de ésta.

—Soy de los Pérez Zurrialde—declaraba doña Zoila con orgullo en determinados momentos.

Y los demás, cuando querían hacer un elogio completo de ella, después de ensalzar su elegancia y su buen gusto, acababan diciendo: «Es una Pérez Zurrialde».

Todos creían en la distinción aristocrática de esta familia, sin poder explicar el por qué de tal creencia. En América se ve esto muchas veces. Hay familias que cuentan entre sus antecesores generales célebres, héroes patrióticos, presidentes de República. Pero otras, cuyos abuelos no hicieron nada y no fueron nada, pasan, sin embargo, por más distinguidas y más aristocráticas. Tal vez será porque estos predecesores hablaron poco, se mantuvieron al margen de las luchas del país, se preocuparon únicamente de vestir bien, dedicando a esto toda su inteligencia, y fueron muy exigentes en materia de casamientos, emparentándose solamente con sus allegados.

Si una familia se empeña en ser aristocrática, como ponga en ello su voluntad durante tres generaciones y lo afirme a todas horas, al cabo de un siglo todos acabarán por aceptar su aristocracia y creer en ella. ¿Quién va a escarbar la historia de nadie más allá del abuelo o el bisabuelo?... Hace cien años, en todas las colonias españolas de América, el mayor signo de distinción y bienestar era tener tienda abierta, un establecimiento de comestibles o de ropas. Las familias linajudas de todas las ciudades históricas de aquellas repúblicas tuvieron por fundadores a tenderos españoles o criollos, que representaban la riqueza y la aristocracia de entonces. La agricultura y la ganadería no valían nada en aquellos tiempos. Sólo eran ricos los que vivían detrás de un mostrador. Pero doña Zoila no quería saber esto: «Soy una Pérez Zurrialde». Y su marido, simple Pedraza, que había alcanzado de niño a conocer a su abuelo, un emigrante venido de Castilla, participaba también de esta admiración por el noble linaje de su esposa, por la historia de aquella familia, que databa casi de siglo y medio, lo que equivale en América a perderse en la noche de los tiempos.

Además, esta esposa, todavía bella, de elegancia generalmente reconocida, y que le había dado seis veces la reproducción de su propia persona, merecía gratitud por sus sólidas virtudes conyugales.

Con doña Zoila «no había miedo a novelas», como decía el doctor, y un marido podía vivir en perpetua tranquilidad. Su avidez de audacias elegantes no iba más allá de las invenciones del modisto, de la sombrerera y demás artistas encargados del embellecimiento de la mujer. Para ella no existía otro amor que el conyugal. Los demás caprichos e invenciones eran buenos para las «locas de París» y no para ella, una señora, casada y madre.

Gustaba de que los hombres elogiasen en los salones la elegancia de sus vestidos y su sabiduría para apreciar lo que es chic y lo que no lo es; pero nada de alabanzas a su persona, nada de muestras de asombro o admiración por su belleza, que se mantenía fresca y viva, desafiando al tiempo.

—Pero usted—le dijo un europeo—gasta una fortuna en vestidos todos los años, y debe complacerle que los hombres admiren su lujo y se lo digan.

La señora de Pedraza acogió con un gesto desdeñoso tales palabras. Eso sería verdad allá en Europa, donde las mujeres sólo piensan en los hombres.

—Entonces—siguió preguntando el curioso—, ¿para qué viste usted con tanta elegancia y se preocupa del adorno de su persona?...

Doña Zoila, antes de contestar, le miró con cierta conmiseración, como apiadada de su ignorancia:

—Para dar envidia a mis amigas y que rabien.

III

Llevaba yo tres semanas de presentarme todas las tardes en la antesala del presidente del Banco Hipotecario, para saber si mi petición de empréstito iba a ser bien acogida por los señores de la Junta, cuando hablé por primera vez con el doctor Pedraza.

Algunos de ustedes tal vez no saben lo que son las cédulas del Banco Hipotecario Nacional. En las Bolsas de Europa las consideran como un papel de esos que llaman «de todo reposo»; un valor para que el padre de familia invierta en él sin miedo sus ahorros y la viuda pobre su escasa herencia. Estas cédulas hipotecarias gozan de más crédito entre la gente tímida que los empréstitos que emiten los gobiernos o las obligaciones de las empresas industriales, que siempre tienen algo de aventurado. Cada título representa un pedazo de tierra hipotecada, algo sólido, tangible, que no puede desaparecer ni volatilizarse en una guerra o una catástrofe. Y como los directores del tal Banco desean mantener incólume el prestigio reposado y seguro de su institución, de aquí que procediesen en mis tiempos con tanta lentitud y minuciosidad en sus operaciones como si aún vivieran en la época colonial.

Yo aspiraba a que me diesen dinero con la garantía de mis tierras; pero ellos, antes de emitir sobre mi propiedad varios centenares de cédulas nuevas y venderlas en Europa a gentes timoratas que sólo tienen de América vagas ideas, necesitaban largos informes y repetidas exploraciones de sus ingenieros para que en lo futuro no fuese posible una depreciación de la hipoteca.

El ujier del presidente se inclinó al entrar en la antesala un hombre vestido con elegancia y de aspecto aseñorado. Lo abrió la puerta del despacho presidencial y luego creyó necesario darme una explicación para que no me doliese la injusticia de que alguien entrase antes que yo, no obstante mi larga espera.

—Es el doctor Pedraza... un señor muy rico que ha sido diputado nacional.

Volví a verlo otras tardes en el Banco Hipotecario, pero esperando lo mismo que yo, pues he observado muchas veces que la frecuentación de las oficinas no da mayor confianza al solicitante, sino, por el contrario, le quita poco a poco el prestigio y la entrada franca que tuvo en sus primeras visitas. El doctor Pedraza acabó por sentarse en la antesala cerca de mí. Unas veces había salido el presidente; otras, no deseaba hablar con él, sino con los ingenieros y los peritos del Banco, cuyo informe era siempre laborioso, circunspecto y lento. Un amigo cualquiera nos puso en relación, y como la soledad de la pieza predisponía a las confidencias, hablamos mucho durante las horas pesadas y al mismo tiempo optimistas que siguen al almuerzo y son en Buenos Aires las de visita a las oficinas.

El doctor Pedraza solicitaba lo mismo que yo, aunque entre sus pretensiones y las mías existiese una diferencia igual a la que separaba mi humilde persona de colonizador extranjero de su opulencia de gran propietario. Quería hipotecar la estancia heredada de sus padres, operación importante para el Banco, por tratarse de un préstamo de muchos centenares de miles de pesos.

Esto no me produjo asombro, ni quebrantó el respeto que me infundía el doctor como hombre rico. En aquel país se puede ser un gran millonario y deber al mismo tiempo sumas enormes. Hasta parece que la riqueza traiga aparejado lo de tener deudas. Se emprenden sin miedo nuevos negocios; se compra sin tener con qué pagar, dando por seguro que se venderá lo comprado antes de unos meses y con fabulosa ganancia; nadie vacila en tomar cantidades a préstamo... Así es como se ha engrandecido aquel país.

Para mí era indudable que este opulento personaje necesitaba el dinero de la hipoteca para emprender algún negocio considerable y secreto.

Seducido por el silencio con que yo le escuchaba, iba enumerando Pedraza las magnificencias de la estancia que pretendía hipotecar. Además, todo argentino nace propagandista de su patria, y se enardece hasta ser elocuente cuando relata las grandezas de la tierra natal. El doctor, exagerando un poco, me describía los pastos de sus praderas, pasándose una mano por el pecho para hacerme ver hasta dónde llegaba su altura. Yo, escuchándole, contemplaba imaginativamente el galope circular de las tropas de yeguas por el vasto campo cerrado con alambradas; el lento rumiar de los bueyes, mejorados por una continua selección, casi sin cuernos, con el lomo plano lo mismo que una mesa, y carnosos, como si en su interior hubiera quedado suprimido el andamiaje del esqueleto.

—Ha habido año que he vendido diez mil novillos, ¿sabe, compañero?...

Otras tardes sentía la nostálgica necesidad de hacerme ver el Buenos Aires de su infancia. Casas bajas de monótona arquitectura colonial; aceras de ladrillo que parecían escaleras por sus numerosos altibajos; calles profundas como barrancos, polvorientas unas veces y otras tan llenas de agua estancada que había que vadearlas lo mismo que riachuelos. Muy pocos transitaban a pie por la ciudad.

—Yo iba a caballo a la escuela, y los otros muchachos «bien» llegaban del mismo modo. Mientras duraba la lección había fuera de la casa unas cuantas docenas de caballitos «petizos», que entretenían su impaciencia escarbando el suelo con las patas. Cuando yo salía de la escuela, mi «petizo» había abierto un hoyo así de grande... Los mendigos también iban montados, pidiendo limosna de puerta en puerta. Los cocheros públicos encontraban que era más barato no dar de comer a sus animales, y cuando éstos se les morían de hambre, enganchar otros nuevos. No tenían más que salir a las afueras de la ciudad para comprarlos por lo que querían ofrecer. Y ahora vendo yo caballos en mi estancia tan caros como en Europa... Además, ¡lo que ha cambiado nuestro Buenos Aires! Es cosa de asombrarse, compañero, viendo esas avenidas y esas casas que parecen de Nueva York... A veces creo que lo de mi niñez fue algo soñado.

Pero el doctor cortaba su entusiasmo patriótico para protegerme con una de sus miradas bondadosas.

—Y usted, galleguito, ¿qué piensa hacer con su plata cuando esos señores le acepten la operación?...

Modestamente iba yo explicando mis planes de colonizador. Con el producto de la hipoteca terminaría la roturación de mis terrenos; compraría tractores mecánicos y otras maquinarias agrícolas de las que fabrican en los Estados Unidos; crearía un sistema de riego, y las ganancias del nuevo cultivo me permitirían pagar los intereses de la deuda y suprimirla finalmente, vendiendo la tierra en pequeñas parcelas. Pero me avergonzaba de la modestia de mis planes al recordar la importancia del hombre que me estaba escuchando.

—Usted, doctor, sí que hará cosas enormes en su estancia con esa fortuna que le va a prestar el Banco. ¡Habrá que ver eso!...

Y el doctor acogía mis palabras moviendo la cabeza con pensativa gravedad. Luego hablaba. Los tiempos empezaban a ser malos; la compra y venta de terrenos se iba paralizando; ya no era un negocio la especulación. Sería conveniente volver al cultivo de las estancias, como lo habían hecho los padres y los abuelos, pero agrandándolas, modernizándolas...

Dejé de verle. La operación sobre su estancia estaba casi terminada, y de un momento a otro le iban a entregar las cédulas hipotecarias, o sea el dinero. Para él los informes de los técnicos se hacían breves, y los obstáculos rituales se derrumbaban ante su paso. Por algo era el doctor Pedraza y su esposa una Pérez Zurrialde. Además, doña Zoila, la noble criolla, resultaba parienta, más o menos próxima, de la mayor parte de los directores del Banco.

Como si la protección que me había dispensado el doctor—expresada únicamente hasta entonces con palabras amables y ojeadas majestuosas—empezase a ejercer sobre mí una influencia real, algunas semanas después los poderosos personajes del Banco se apiadaron de mi insignificancia, concediéndome la hipoteca sobre mis tierras.

Esto representó un descanso en mi angustiosa empresa, un alto durante el cual podría resollar algunos meses con la tranquilidad que proporciona la abundancia de dinero. Ya no tendría que mendigar pequeños préstamos en los Bancos particulares. Pagué deudas, emprendí los trabajos que tenía proyectados, encargué maquinaria a los Estados Unidos, y como la nueva orientación de mi empresa exigía una espera, durante la cual permanecería inactivo, me acometió el deseo de hacer un viaje corto a Europa.

Bien había ganado este descanso en dos años de áspera lucha. Además me quedaba disponible algún dinero, varios miles de pesos, que podía gastar en el regalo de mi propia persona, o inmediatamente sentí lo que llaman en Buenos Aires «la enfermedad de París». ¿Por qué yo, que pretendía llegar en lo futuro a millonario (estilo América del Sur), no me podía dar por algunas semanas una representación adelantada de lo que es en Europa la vida de un personaje de tal clase?...

Precisamente hacía un mes que en Buenos Aires los periódicos y las gentes hablaban todos los días del Cap Bojador, trasatlántico alemán que había hecho su primer viaje desde Hamburgo o iba a emprender su travesía de regreso. Esto fue antes de la última guerra europea, y el tal Cap Bojador, que no sobrepasaba en importancia a la mayor parte de los trasatlánticos que van a los Estados Unidos, era considerado como una maravilla por su gran tonelaje entre los buques que remontan el río de la Plata.

Las gentes hablaban de sus salones lujosos, de su piscina de natación, de las previsoras innovaciones establecidas en sus camarotes para atender a las más pequeñas necesidades higiénicas, del invernáculo que esparcía su jardín de flores tropicales sobre la última cubierta. Una muchedumbre interminable bajaba como en procesión al muelle para visitar esta maravilla flotante.

¡Pobre Cap Bojador! La organización germánica lo había previsto todo en él. Hasta guardaba en lo más secreto de sus bodegas unos cuantos cañones desmontados para convertirse rápidamente en corsario si estallaba una guerra. Y cuando la noticia de la guerra le sorprendió, años después, estando anclado en Buenos Aires, montó su artillería y salió al mar, para ser cañoneado y echado a pique por los cruceros ingleses cerca de las costas de África.

Familias que semanas antes no pensaban ni remotamente en un viaje a Europa sentían de pronto la necesidad de pasar el Atlántico. Fue de moda ser pasajero del Cap Bojador en su primera travesía. Representaba una gran distinción. Sólo los millonarios podían permitirse, según el vulgo, este gusto inaudito.

Preparaba yo modestamente mi viaje en otro buque, cuando me avisaron que en el famoso trasatlántico había un pequeño camarote libre. Alguien había desistido de su excursión a última hora. ¿Por qué no había de darme el gusto de figurar, aunque fuese en último término, entre los opulentos pasajeros del Cap Bojador, cuando precisamente iba yo a Europa para hacer el aprendizaje de cómo viaja y vive un futuro millonario?...

La salida del buque fue precedida de una confusión clamorosa y triunfal. Todos los alemanes de Buenos Aires se habían aglomerado en el muelle para celebrar este acontecimiento glorioso. Músicas, banderas, ¡hochs!, incesantes al kaiser, cánticos del Über Alles. Además, gran afluencia de familias criollas, que acudían para admirar y envidiar a los que se marchaban; haces de flores, enormes como gavillas de trigo; cajas de bombones de chocolate que parecían maletas; besos; miles de pañuelos tremolados como banderas...

Pasé modestamente a través de esa confusión. Nadie me conocía y yo no conocía a nadie. Cuando el buque se despegó del muelle tuve un encuentro en una de las calles de esta ciudad flotante que se iba deslizando sin el menor movimiento, como si resbalase sobre el fondo del río de la Plata. El doctor Pedraza iba a Europa con toda su familia.

Doña Zoila y las seis hijas se movían atareadas y confusas, no sabiendo qué hacer de las gavillas de flores y las cajas de dulces apiladas sobre varios sillones de la cubierta: regalos de las numerosas amistades que habían acudido a despedirlas. Todas ellas llevaban unos vestidos de violenta novedad, «modelos únicos», encargados, sin duda, por cable a París apenas la familia decidió el viaje.

El doctor iba trajeado como yo me imaginaba entonces que vestían el presidente de la Cámara de los Lores o el primer ministro inglés al salir de excursión. ¡Las ilusiones de aquel tiempo, en que no habíamos visto aún los retratos de Lloyd George!...

Me distinguió el rico argentino una vez más con sus palabras amables, rebuscadas, majestuosas, y también con sus ojos protectores. En el curso del viaje se dignó muchas veces tratarme como si fuese amigo suyo, y hasta hizo mi presentación a doña Zoila y las niñas, las cuales me acogieron con una indiferencia cortés.

Era la familia más importante de a bordo por el número de sus individuos y por su lujosa instalación.

Pedraza y su esposa habitaban un amplio dormitorio, con salón propio y otras dependencias. Las seis niñas se habían resignado a ocupar tres amplios camarotes de los más caros, cada uno con dos camas. Además, formaban parte de esta expedición un par de doncellas españolas al servicio de las señoritas; una parienta pobre de doña Zoila, que no se dignaba prestar otro trabajo que el de servir de acompañanta a las niñas en ausencia de su madre; el ayuda de cámara italiano del doctor, y una vieja criada mestiza que había tenido en sus brazos a la señora de Pedraza, y seguía a la familia a todas partes, como un recuerdo histórico de la noble casa de los Pérez Zurrialde. En total, doce personas, ocupando todo un lado de cierto corredor del buque donde estaban las mejores habitaciones.

La señora y señoritas de Pedraza viajaban «a la ligera», según declaración de la mamá, pues se proponían renovar enteramente su vestuario cuando llegasen a París. Esto no impedía que al lado de las puertas de sus camarotes estuviesen amontonados y obstruyendo el paso numerosos cofres y maletas: una pequeña parte destacada del grueso del equipaje oculto en las bodegas. El viaje de Buenos Aires a Boulogne iba a durar aproximadamente veinte días. Una persona decente debe cambiar de vestido tres veces cada veinticuatro horas, y ellas no podían resignarse a que las demás pasajeras dijesen que en los veinte días se habían puesto dos veces las mismas ropas. Total: sesenta vestidos por cada una de ellas, ¡y eran siete!...

Las dos hijas mayores habían dejado sus novios en Buenos Aires, y todas las mañanas escribían una carta, guardándola para echarlas después juntas en los puertos donde hacía escala el buque. Sus hermanas menores bailaban en el gran salón o en la cubierta, cuando los camareros del vapor se convertían en músicos, unas veces de instrumentos de cuerda, otras de metal. Además hacían continuos ejercicios gimnásticos para cultivar su delgadez, riñendo batallas tenaces y heroicas con el apetito juvenil excitado por el aire del mar. Sus comidas consistían casi siempre en una taza de té, y alguna de ellas hasta suprimía este líquido, con la ambición de llegar a ser más esquelética que sus hermanas.

En cambio, el doctor Pedraza gozaba con regodeo de la abundante mesa de a bordo, así como de la consideración y el respeto que le acompañaba en sus paseos por el buque.

—Es un doctor de Buenos Aires—decían algunos europeos de regreso a su tierra, al mostrarse a este personaje—, un estanciero riquísimo, una persona «bien». ¡La plata que debe tener!...

Al verme Pedraza, poco después de haber zarpado el trasatlántico, me saludó dándome en la espalda una de sus palmadas de buen príncipe.

—¡Usted aquí, españolito!... ¿Va usted a dar un paseo por Europa?... Hace bien; no todo ha de ser trabajo... Hay que gastar la platita.

¡Simpático y bondadoso personaje! Recordó nuestras conversaciones durante las primeras horas de la tarde, sentados en la antesala del Banco Hipotecario.

Luego, una idea absurda, inverosímil, pasó por mi pensamiento. Se me ocurrió que el dinero facilitado por el Banco Hipotecario iba a servir en su mayor parte para este viaje suntuoso.

Tal vez el doctor Pedraza había hipotecado su estancia para dar gusto a su familia, deseosa de realizar un paseo triunfal por el viejo mundo: un viaje que excitase la envidia y la admiración de las amigas que dejaban a sus espaldas.

IV

Terminada la navegación, nos vimos poco. Yo no podía vivir en el mismo plano que este millonario.

Además, huía de él, no porque me fuese antipática su persona, sino por miedo a la deslumbrante doña Zoila y a sus hijas, que parecían esparcir una nueva luz sobre París.

Le Figaro, que es el diario que presta más atención al paso de los americanos, hablaba casi todos los días de «Madame de Pedraza, ilustre dama argentina, y sus hermosas hijas».

Ocupaba la familia una parte considerable del primer piso de cierto hotel monumental próximo al Arco de Triunfo. Algunas mañanas, el doctor, su esposa y las seis niñas, salían a caballo para galopar por las avenidas del Bosque de Bolonia. Esta cabalgata, que muchos, en el primer momento de sorpresa, tomaron por un desfile de artistas de circo, servía para demostrar la opulencia de la familia. Además, todos eran excelentes jinetes, que habían aprendido la equitación por instinto, en la estancia natal, al mismo tiempo que aprendían a hablar.

No se sabe si fue la admiración o la envidia la que inventó el mote; pero las seis señoritas Pedraza empezaron a ser apodadas «las walkirias argentinas».

El éxito de las hijas del doctor no podía ser más halagüeño para la vanidad de sus padres. No digo que París entero se preocupase de ellas. París es muy grande y su vida está dividida en sectores. Pero en el fragmento de mundo parisién donde se movían los Pedraza, o sea la porción comprendida entre el Bosque, la Avenida Kleber y los bulevares, la popularidad de las seis walkirias era cada vez más grande.

En los establecimientos de la rue de la Paix, de los Campos Elíseos y de la plaza Vendôme sonaba con frecuencia el nombre de Madame de Pedraza y sus demoiselles, recomendando los jefes, con voz respetuosa, el rápido cumplimiento de los encargos de tan ricas clientes. Muchas veces, al contar yo que venía de la Argentina y tenía en ella mis negocios, escuché las mismas palabras:

—Ahora está en París un gran millonario de allá, el doctor Pedraza, con su esposa, una señora muy distinguida, y sus niñas, que parecen un coro de ángeles. ¡Lo que gasta esa familia! ¡La fortuna enorme que debe tener el padre!... ¡Qué collar de perlas el de la mamá!...

Y yo asentía a estas expresiones de asombro y admiración... ¿Para qué hablar? En Europa tienen tal concepto de la riqueza sólida, inconmovible, cristalizada, que no pueden imaginarse la riqueza movible, inquieta y en continuo volteo de los países americanos: una riqueza que se aleja y vuelve, se desvanece y torna a reconstituirse, haciendo que un mismo hombre se vea tres o cuatro veces en su existencia millonario como un príncipe de cuento de hadas y mendigo visionario.

Además, el lujo enorme de la familia Pedraza, que yo contemplaba desde lejos, acabó por desorientarme, haciendo que dudase de lo que había visto al otro lado del Océano.

En realidad, yo sólo sabía del doctor que había hipotecado la mejor de sus fincas; pero esto no significaba nada extraordinario ni fatal. En el Nuevo Mundo no basta preguntar cuánto posee una persona; es preciso añadir: «¿Cuánto debe?». Todos, por ricos que sean, tienen deudas enormes, contraídas para el agrandamiento de sus negocios. El crecimiento rápido de los pueblos jóvenes exige que los ricos vivan un poco a la ventura, como viven los jugadores, confiándose a su buena suerte y tomando sin vacilación todo el dinero que les ofrezcan, con la esperanza de poder devolverlo gracias a nuevos negocios.

Tal vez el doctor era más rico que yo me lo imaginaba, y su préstamo debía ser considerado como una operación transitoria y sin importancia. Al año siguiente, una portentosa cosecha de trigo o una de aquellas ventas de «hacienda», en las que entraban los novillos a miles, y que él me había descrito con tanto entusiasmo en sus conversaciones, bastaría para pagar enteramente su deuda, sin tener que imponerse sacrificio alguno.

Antes de que yo regresase a la Argentina tuve noticias directas de los grandes éxitos obtenidos en París por doña Zoila y sus hijas. Las dos mayores se mostraban refractarias a todo coqueteo, e iban de fiesta en fiesta, estrenando cada vez un vestido riquísimo; pero graves y austeras, orgullosas de su lujo y dignándose mirar únicamente a las de su sexo, lo mismo que su noble madre.

—Somos muy argentinas y sólo podemos casarnos con uno de nuestra tierra.

Ambas seguían escribiendo diariamente a sus novios, que estaban en Buenos Aires. Únicamente les interesaban en París los vestidos y los elogios de las mujeres.

En cambio, las otras hermanas vivían asediadas por el amor y las peticiones matrimoniales. Hasta la más pequeña, que todavía iba de corto y con el cabello suelto, tenía varios suspirantes que la deseaban por esposa. La fama de estas millonarias recién llegadas se había esparcido por todos los círculos más o menos aristocráticos, donde hay jóvenes que se tienden con desesperación en un diván después de haber perdido los últimos miles de francos en la sala destinada al juego.

Hay que recordar además que en los años anteriores a la guerra, la República Argentina acababa de ponerse de moda, y los conocimientos geográficos de los hombres deseosos de adquirir una fortuna casándose se ensancharon con esto considerablemente.

Todos habían acabado por descubrir una gran novedad: que existen dos Américas, la del Norte y la de Sur. El matrimonio con americanas de los Estados Unidos era ya entonces una industria en decadencia. Los títulos nobiliarios se aprecian allá cada vez menos. Las mujeres de aquel país, dotadas de un carácter práctico y escarmentadas por la experiencia, se reservan el manejo de sus bienes, y el marido sólo es un consocio bien alimentado, pero sin derecho a tocar la fortuna de su esposa: una especie de rey consorte, sin voz ni voto en el gobierno.

Era conveniente buscar acomodo en la otra América, donde también existen millonarias, menos numerosas, pero más inexpertas en esta clase de alianzas. El riquísimo doctor llegaba oportunamente con cuatro hijas casaderas, y todos los que en París esperaban salvarse por medio del matrimonio olvidaron lo que sabían de inglés para perfeccionarse en el tango y chapurrear algunas palabras de español.

Dos de las señoritas Pedraza empezaron a mostrarse distanciadas por una rivalidad aristocrática.

—Yo puedo ser duquesa si quiero—decía una de ellas—, y a ti sólo te pretende un marqués.

—Pero el mío es más joven que el tuyo—contestaba la otra.

Doña Zoila creyó oportuno cortar tales disputas con la autoridad de su noble pasado. Nada tenía que decir contra estos personajes que aspiraban a ser sus yernos; pero no le hacían ningún favor extraordinario al pretender entrar en su familia. Ellos tenían un pasado histórico, pero los Pérez Zurrialde no eran cualquier cosa allá en su tierra. Si llegaban a casarse con sus niñas, no tendrían por qué ruborizarse, pues éstas eran iguales a ellos.

Empezó a circular entre los sudamericanos de París la noticia de que un duque y un marqués querían ser yernos del doctor Pedraza. Les corría prisa esta unión y deseaban realizarla antes de que la familia volviese a Buenos Aires. Las niñas, por su parte, también mostraban una prisa igual, pensando en lo que dirían sus amiguitas de allá al verlas con títulos nobiliarios.

Tuve que marcharme de París en aquellos días, pero las confidencias de algunos amigos del doctor sirvieron para darme una idea aproximada de lo que debió ocurrir.

Estos nobles personajes que descienden a querer emparentarse con los ricos del otro lado del Océano muestran siempre un gran desinterés cuando llega el momento de tratar las condiciones materiales que deben regir la asociación matrimonial. Ocupados en el galanteo de la joven millonaria, no quieren interrumpir su dúo de amor con vulgares discusiones financieras, y envían a un llamado hombre de ley, a un notario que ha servido siempre a su familia, o al administrador de su hacienda quebrantada, para que ajuste el convenio con los padres.

El doctor Pedraza, hombre de negocios, consideró sin importancia estos tratos preliminares del matrimonio. Él manejaría a su gusto a los dos nobles señores que pretendían ser hijos suyos. Pero en vez de hablar con ellos, tuvo que recibir la visita de dos leguleyos franceses, de palabra melosa, con el plumaje áspero y el pico duro, lo mismo que aves de rapiña.

Mi amigo y su noble esposa se expresaron como príncipes generosos que no pueden contar la inmensidad de su fortuna. Los dos se comprometieron desde el primer momento a entregar a cada una de sus niñas una renta anual de trescientos mil francos. Pero los enviados no creían en rentas que pueden ser pagadas fielmente el primer año e ir disminuyéndose en los siguientes, hasta quedar suprimidas. Ellos necesitaban un capital positivo, aunque la renta fuese menor: campos, casas, valores mobiliarios, algo que pudiera convertirse en dinero a cualquier hora, dando una seguridad de riqueza a sus poseedores.

En resumen: que estas conferencias laboriosas, en las que se batían ambas partes con buenas palabras y perversas intenciones, terminaron tan mal como cualquiera de las entrevistas diplomáticas a las que asisten los gobiernos con el propósito de engañarse unos a otros.

El duque y el marqués desaparecieron. Las dos niñas lloraron un poco. ¡No poder marcar con una corona heráldica sus pañuelos y sus ropas más íntimas, para envidia de las amigas!...

Las hermanas mayores, que habían sufrido en silencio el orgullo nobiliario de las otras, creyeron llegado el momento del desquite.

—Nosotras debemos casarnos con gentes de nuestra tierra. Aquí, en Europa, sólo nos buscan por nuestra gran fortuna. Os hubieran tomado la plata, y después, ¡quién sabe si habrían acabado pegándoos!...

Doña Zoila apoyaba estas palabras:

—Allá no usamos corona, pero somos tan nobles como los de aquí. Vosotras, además de ser Pedraza, lleváis un gran nombre por vuestra madre.

La hermosa señora abominaba ahora de París. Según contó después a sus amigas de Buenos Aires, algunos mocitos que casi podían ser hijos suyos habían osado hablarla, en los salones, de «almas dormidas que deben ser despertadas», burlándose a continuación de la vulgaridad de ser fiel al marido, y comparando su belleza con el sol de la tarde, más deslumbrador y ardoroso que el del amanecer... ¡A ella! ¡A una matrona respetada por todos en su país!... Si había aguantado en silencio tales audacias, era por miedo a que se enterase su esposo, hombre violento en sus cóleras y famoso tirador de pistola.

Arrepentido Pedraza sinceramente de la satisfacción que le había procurado por unas semanas la posibilidad de ser suegro de tan aristocráticos personajes, mostraba ahora un recrudecimiento de sus entusiasmos de americano, hijo de una República.

—Lo de los títulos de nobleza, ché, puede deslumbrar a los gringos de Europa; ¿pero a nosotros?... En la América del Sur eso nos hace reír.

V

Transcurrió mucho tiempo sin que yo volviese a ver al doctor. Me enteré por los diarios argentinos de su regreso triunfal de Europa. Otra vez su nombre y los de todas las mujeres que componían su familia volvieron a aparecer en las crónicas de la alta vida social.

Doña Zoila organizaba fiestas de caridad; se movía a la cabeza de todas las Juntas para la difusión de principios morales, y a la hora del té su palabra era escuchada como un oráculo, definiendo lo que es elegancia y en qué consiste la falta de chic. Después de haber pasado un año en París, su autoridad parecía inconmovible.

La vida del doctor resultaba menos dichosa y plácida. Yo le veía pasar en su lujoso automóvil por la Avenida de Mayo o apearse en la calle Reconquista, donde se encuentran establecidos los Bancos de la ciudad, yendo de uno a otro para sus numerosas e importantes operaciones. Todos seguían considerándole con respeto, como un personaje influyente, y muchos envidiaban su riqueza. Pero de tarde en tarde llegaban hasta mí noticias inquietantes para el crédito del doctor. Sus amigos íntimos contaban que había gastado en Europa un millón de pesos (más de lo que le había prestado el Banco Hipotecario). En las reuniones de alta sociedad se hablaba con asombro del collar de perlas que doña Zoila había adquirido en París, y los envidiosos apuntaban que el marido no tenía fortuna para tantos dispendios.

En mucho tiempo no volví a acordarme de Pedraza, pues bastante tenía con preocuparme de mi propia suerte. La Argentina pasaba en aquellos momentos por una de esas crisis financieras que son en su existencia a modo de una enfermedad normal y periódica, repitiéndose aproximadamente cada diez años.

A los negocios rápidos y extraordinariamente productivos había sucedido la atonía del dinero; al despilfarro, el pánico, el egoísmo y la pobreza. Los Bancos que adelantaban antes capitales para toda clase de negocios, no sólo habían cortado repentinamente sus créditos, sino que exigían la inmediata devolución de sus préstamos. Yo tuve que luchar mucho en aquella época para no salir de la crisis completamente pobre. De no ocurrir tal calamidad, estarían ustedes escuchando ahora a un millonario. Gracias que pude salvar lo preciso para retirarme a París y vivir aquí con modestia.

Pero volvamos a nuestro doctor. Su situación era semejante a la de otros compatriotas suyos. Continuaba siendo un capitalista para las gentes; seguía viviendo como un millonario; pero los directores de los Bancos y los hacendados sólidamente ricos, al nombrarle con respeto, contraían los labios como para cerrar el paso a una sonrisa burlona y cruel. Su infortunio llegaba hasta mí fragmentariamente, por noticias sueltas y espaciadas, como se aproximan o se alejan las detonaciones de un combate remoto, según los caprichos del viento.

La familia había tomado, como siempre, su palco en el teatro Colón al empezar la temporada de ópera. Esto era natural. La vida resulta inconcebible en Buenos Aires sin la asistencia a dicho teatro. ¡Antes morir! Pero el doctor había entregado al empresario por el abono del palco, no un cheque, sino un pagaré a noventa días vista. En las malas épocas, muchos pagan así en aquel país. Se confía en el porvenir. Nadie cuenta únicamente con lo que tiene en la mano, como los tímidos del viejo mundo; todos admiten de consocia a la esperanza. ¡Quién sabe qué grandes negocios pueden hacerse en el plazo de noventa días!... Como la fortuna tiene alas, sólo necesita unos instantes para llegar hasta nosotros.

También supe que Pedraza había hipotecado la otra estancia que era de su mujer. Acababan de casarse las dos hijas mayores, con una magnificencia que hizo acudir a toda la alta sociedad de Buenos Aires. Doña Zoila dio a las bodas de sus hijas el aparato de un acontecimiento histórico. Mientras tanto, el pobre doctor se agitaba de la mañana a la noche por conseguir al mismo tiempo dos cosas que parecían antagónicas: sostener el aspecto opulento de su familia sin aminorar sus gastos y pagar los enormes réditos de sus deudas.

Las cosechas de las dos estancias y las ventas de novillos criados en sus campos sólo servían para satisfacer los tales réditos. Pedraza, deseoso de evitar disgustos a su esposa, disimulaba las angustias de esta situación. Apenas se veía en su casa, rodeado de un ambiente de lujo, entre sus hijas solteras, que hablaban y reían como princesas seguras del porvenir, necesitaba mostrarse optimista, imaginándose una serie de negocios maravillosos que vendrían a sacarle de apuros al día siguiente.

No quiero cansar a ustedes describiendo detalladamente cómo se fue acelerando, cuesta abajo, la ruina de Pedraza. Necesitaba siempre dinero; en los Bancos no querían dárselo al interés corriente, y recurrió al préstamo usurario. Además, tuvo que vender con pérdida enorme los terrenos que había adquirido para especular sobre su alza en la buena época del país, cuando circulaba vertiginosamente la riqueza.

Al mismo tiempo mostraba, al hablar con sus hijas casadas y sus yernos, la tranquilidad bondadosa de un hombre inmensamente rico, que al morir dejará caer un chaparrón de bienes sobre sus herederos. Aceptaba sin la menor mueca de contrariedad todas las peticiones de las hijas que vivían en su casa. Doña Zoila, que estaba vagamente enterada de que los negocios no marchaban del todo bien, parecía vacilar algunas veces al hacer a su marido la enumeración de los gastos de la familia, pensando en la posibilidad de ciertas economías. Un día, hasta le dio a entender que, en caso de apuro, estaba dispuesta a desprenderse de sus joyas. Pero esto, aun siendo mera hipótesis, parecía causar tal pena a la señora, que el doctor se apresuró a disuadirla.

Le era imposible aceptar que su noble compañera modificase su existencia ordinaria. Además, ¿qué dirían las gentes al ver disminuido el lujo de la familia?... Y era el pobre doctor quien recomendaba a su esposa que evitase las economías demasiado visibles. Las niñas debían casarse, y para ello era conveniente que la casa conservase su aspecto de abundancia segura y ostentosa.

Cuando de tarde en tarde me ponía la casualidad al alcance de la palabra solemne y los ojos protectores de mi amigo, adivinaba al punto los estragos que iba haciendo en su persona esta nueva vida de pobreza disimulada. Iba vestido con la elegancia de siempre; conservaba su aspecto señoril; pero estaba viejo, mucho más viejo que debía serlo por su edad.

—¿Cómo marchan sus negocios, españolito?... Mala época: ¡muy mala para todos!... Pero esto no puede durar.

Y me golpeaba la espalda con la bondad de un ser superior que sabe que existe la desgracia, pero es para los otros, pues él se encuentra por encima de las miserias del vulgo.

Su caída fue larga. Nadie se enriquece con la rapidez que se imaginan los que viven al margen de los negocios; nadie tampoco se arruina, por regla general, en unos instantes, como lo vemos muchas veces en comedias y novelas. Hay minas fulminantes, como hay naufragios instantáneos que sólo duran unos minutos; pero la mayoría de las gentes se enriquecen con lentitud, o van empobreciéndose como el que baja una escalera, peldaño tras peldaño. El naufragio del doctor fue igual al de los grandes veleros, que, después de estar llenos de agua, todavía flotan con la quilla al aire mucho tiempo, yendo de un lado a otro, al capricho de las corrientes.

En realidad, sólo sé de Pedraza lo que me contaron incidentalmente algunos de sus amigos íntimos. Estas noticias son a modo de episodios sueltos y sin concordancia; pero yo he hecho de todos ellos algo compacto, uniéndolos con los hilos de mis suposiciones. Valiéndome del álgebra de la inducción, he llegado a imaginarme todo lo que le ocurrió al doctor. Dirán ustedes que lo que voy a contarles es en gran parte invención mía; pero hay invenciones más ciertas y verosímiles, por ser lógicas, que las noticias que nos dan como seguras los amigos y los periódicos.

He pensado muchas veces en las tardes que debió pasar cuando quedaba solo en su «escritorio»: un piso arrendado en la Avenida de Mayo para sus oficinas. Lejos de su casa y libre de las seducciones que ejercían sobre él las mujeres de su familia, obligándole a verlo todo de una manera optimista, quedaba frente a frente al enigma de su situación. Iba a verse arruinado en un país donde el dinero tiene mayor importancia que en otras naciones y resulta más necesario para la vida. ¿Era posible la existencia de un Rómulo Pedraza protegido por sus amigos y con un empleo público para sostener humildemente a su familia?...

La idea de que su mujer y sus niñas tuvieran alguna vez que remendar sus vestidos, llevando la vida dolorosa de los ricos arruinados que buscan el amparo de unos parientes más dichosos, le parecía tan absurda e inconcebible como un trastorno de la leyes astronómicas. ¿Era lógico que Zoila, su mujer, fuese alguna vez pobre?...

Además sentía miedo al pensar en sus hijas. Él conocía la historia de muchas señoritas cuyos padres se habían empobrecido. Unas pocas conseguían casarse con ricos, lo mismo que en las novelas; las más se resignaban a descender, perdiendo la distinción de su origen, convirtiéndose en obreras ocultas que trabajaban mal recompensadas para el sostenimiento de una vida miserable; y algunas acababan sirviendo de amantes a hombres que en otras circunstancias no habrían osado aspirar a ser sus maridos.

El pobre doctor se estremecía de miedo y de cólera al pensar que sus hijas, las cuatro hijas que le quedaban en casa, podían verse en la misma situación de algunas infelices que atraen a los libertinos con un nuevo encanto: el de haber sido señoritas de buena casa, jóvenes, ricas y educadas en el lujo antes de que la ruina paternal les empuje a ser lo que son.

VI

Como todos los que viven inseguros y acechados por el peligro, creyendo sentir que la tierra vacila bajo sus pies, el doctor aceptó supersticiosamente la existencia de fuerzas misteriosas que pueden proteger a los mortales y salvarlos, fijándose en ellos con las secretas preferencias de la predestinación. ¿Por qué no había de ayudarle la fortuna, tirando de él con un manotazo maternal y elevándolo luego sobre aquellas miserias que le obligaban de día a dolorosos fingimientos, y le tenían la noche entera entre las roedoras mandíbulas del insomnio?... Había que abrir las ventanas a la suerte, para que pudiese tocarle con sus alas.

Y se hizo jugador, jugando en la Bolsa y en los clubs aristocráticos, de los que era uno de los socios más respetables y escuchados. Dio orden también a las gentes de su «escritorio» para que dejasen libre la entrada a todo el que llegase pretendiendo hablarle. ¡Quién sabe si el más humilde visitante vendría a proponerle un negocio salvador!... En los países jóvenes, de continua inmigración, que atraen a los aventureros de mala ley, pero igualmente a los visionarios geniales o inventores, todo es posible.

Un día, un agente de seguros sobre la vida le conquistó con su charla amena, haciéndole firmar una póliza de doscientos mil pesos a favor de su mujer y sus hijas. Esto iba a obligarle al pago de una prima importante todos los años; pero como estaba acostumbrado a los enormes réditos que debía entregar a sus acreedores, consideró insignificante el aumento de una cantidad más...

El agente de seguros, alegre por la comisión ganada, debió hablar a sus compañeros; la puerta del «escritorio» seguía franca, y empezaron a visitar a Pedraza casi todos los que en Buenos Aires se dedicaban al mismo negocio. Intentó resistirse al principio a una segunda operación basada en su muerte; pero al fin acabó mostrando cierto gusto por ella, y como seguía recibiendo bien a tales visitantes, éstos parecieron pasarse el aviso unos a otros.

Rara era la semana que el doctor no suscribía una póliza nueva. A pesar de su madurez se mantenía fuerte, los médicos de las Compañías de Seguros daban un informe rotundo sobre su espléndido equilibrio físico, libre de toda enfermedad, y el negocio se hacía sin obstáculos. Al poco tiempo Pedraza estaba asegurado en más de una docena de Compañías, unas del país, otras de Europa y de los Estados Unidos. Además había firmado contraseguros y hecho otras operaciones que le aconsejaban los agentes, deseosos de ganar nuevas primas.

Al fin, su persona había llegado a valer más de dos millones de pesos, según manifestaba con regocijo a sus amigos. Ésta era la cantidad que deberían entregar las Compañías a su familia en el momento de su muerte. Pero los amigos, admirando la solidez de su cuerpo, contestaban:

—Antes de morir habrás pagado en primas algo más de los dos millones. ¡Mal negocio el tuyo! Vas a vivir mucho.

El esposo de doña Zoila sonreía, orgulloso de su vigor, afirmando que se consideraba más fuerte que nunca, y al final serían efectivamente las Compañías de Seguros las explotadoras de su credulidad. Luego terminaba, con una displicencia de rico:

—Caro resulta eso; pero ¿qué importa?... Es plata que voy depositando para los míos.

Una mañana le escuché estas mismas palabras en un Banco, cuando formábamos grupo en la antesala del gerente varios aspirantes a un préstamo inmediato...

Y de pronto la muerte, una muerte inesperada, que muchos llamaron «estúpida», por su absurda inoportunidad; como si alguna vez la muerte pudiera resultar oportuna.

Era en verano, y la familia del doctor estaba pasando una temporada en las islas del Tigre. Estas islas están cerca de Buenos Aires, y las forma el río Paraná al desembocar en el estuario llamado río de la Plata: una red intrincada de canales navegables entre tierras medio sumergidas, cubiertas de una vegetación frondosa, siempre verde. Es un lugar hermoso, digno de servir de escenario a un poema. Lo malo es que nunca ha ocurrido en él nada digno de mención.

Muchos ricos de Buenos Aires, especialmente las familias de origen antiguo, tienen una casa de recreo en las inmediaciones del Tigre, y doña Zoila había creído indispensable poseer un edificio igual, para complemento de su lujoso hotel, cerca del Parque de Palermo. Creo oportuno decir de paso que las dos nobles viviendas estaban hipotecadas.

El doctor pasaba las noches con su familia, acompañando a las niñas cuando deseaban bailar en el Casino del Tigre. Por la mañana tomaba el tren para ir a Buenos Aires y ocuparse en sus negocios, regresando al anochecer. Fue en uno de estos viajes de vuelta cuando el doctor cayó a la vía, al pasar de un vagón a otro. Nadie pudo explicarse claramente cómo ocurrió este suceso, que produjo tanta emoción en la ciudad. Lo cierto es que el cadáver del doctor fue encontrado hecho pedazos entre los rieles.

Los periódicos hablaron largamente, censurando a la Compañía del ferrocarril por el mal estado de su material. Había cerrado ya la noche y la obscuridad debió ser la verdadera causa de esta desgracia; pero también resultaba culpable de ella la Empresa, por la vejez de sus vagones. Los puentes que los unían eran defectuosos; las portezuelas se abrían solas. Indudablemente un hombre como el doctor Pedraza, preocupado a todas horas por sus negocios, al pasar distraído de un vagón a otro, había sido víctima de tales deficiencias.

Sus funerales fueron magníficos. Los diarios publicaron largas biografías de él, considerando su trágica muerte como una pérdida nacional.

¡Ah, doctor! ¡Heroico doctor!... Unos pocos nada más nos mirábamos fijamente al mencionar su nombre. Nos hablábamos con los ojos, leíamos mutuamente en ellos nuestro común pensamiento; pero nadie se atrevía a expresarlo con palabras.

Algunos hubiesen querido hablar; pero ¿cómo interrumpir con suposiciones malévolas, inoportunas y peligrosas la unanimidad del sentimiento público por la pérdida de un ilustre hijo del país?... El duelo general había servido para demostrar cuán numerosas eran las amistades de la familia del llorado doctor y el prestigio de doña Zoila en la alta sociedad (¡una Pérez Zurrialde!).

La señora viuda de Pedraza y sus hijas cobraron dos millones de pesos de las Compañías de Seguros. Todos admiraron la previsión de este buen padre de familia. Le tenían por rico; dejaba a los suyos una gran fortuna (aunque indudablemente algo quebrantada por la crisis del momento), y había que añadir a tal herencia los importantes seguros sobre su muerte. El dinero siempre llega a tiempo, y en esta ocasión serviría para suavizar el dolor de la familia.

Doña Zoila libró de hipotecas sus propiedades, y al poco tiempo la suerte—a la que el pobre doctor abría inútilmente la ventana para que entrase—se decidió a ir en busca de sus herederos. Pasó la crisis nacional, circuló otra vez la riqueza; el mundo, que necesita para vivir panecillos y biftecs, compró a buen precio los trigos y las reses; las dos estancias de la familia, limpias de réditos, proporcionaron magníficas rentas.

La señora viuda de Pedraza continúa siendo una de las primeras matronas del país. Llama, como siempre, la atención de todos por su elegancia; pero ahora es una elegancia de noble dama que ha renunciado a dar envidia a sus amigas; una elegancia a base de colores apagados, de ricas blondas y joyas sólidas.

Para que un concierto o una función teatral de caridad tenga público hasta en los pasillos, es preciso que ella la organice. Los comerciantes tiemblan al verla presidenta de una nueva institución benéfica, sabiendo que esto significa un tributo más que tendrán que pagar con medrosa sonrisa, so pena de verse sin clientela. Los comediantes célebres, los concertistas, los escritores que llegan de Europa a dar conferencias, están condenados al fracaso si no cuentan con su protección.

No ha vuelto al viejo mundo; pero desde Buenos Aires legisla sobre materias de elegancia, y los comisionistas de modas que llegan de París van a enseñarla sus novedades antes que al público.

Todas sus hijas se han casado ya. Los nietos empiezan a tirar de su falda, y cada vez que siente una fugaz simpatía por cualquiera de sus yernos, le dice suspirando:

—Hijo mío: sólo deseo que sea usted tan bueno para la familia como lo fue mi finado el doctor.

El sol de los muertos

I

Cuando hablaban a Montalbo de su celebridad universal, el famoso escritor francés quedaba pensativo o sonreía melancólicamente.

¡La gloria!... Alguien la había sintetizado diciendo que es simplemente «un apellido que repiten muchas bocas». Un novelista admirado por Montalbo le daba otro título. La gloria era «el sol de los muertos».

Todos los hombres cuyo recuerdo guarda la Historia, célebres en vida y después de su muerte, o desconocidos mientras vivieron y elogiados cuando ya no podían oír sus alabanzas, perduraban, con una existencia inmaterial, bajo la luz de este sol que sólo alumbra a los que ya no tienen ojos para verlo.

Montalbo sentía un escalofrío de pavor al pensar en el astro que sólo existe para unos cuantos. Deseaba que iluminase muchos siglos su tumba. En realidad, todo lo que llevaba hecho era para conseguir esta distinción póstuma. Pero al mismo tiempo veía imaginariamente la gloria como una estrella roja y mate, de luz aguda y glacial, semejante a esos rayos descompuestos en los laboratorios, que deslumbran y no emiten ningún calor.

El sol de los muertos le hacía descubrir nuevos encantos en el vulgar sol de los vivos, astro que alumbra infinitas miserias, pero trae también en su curso impasible muchos días de corta felicidad. ¡Y pensar que por obtener un rayo de este sol de las tumbas los hombres crean interminables guerras, oprimen a sus semejantes, viven sordos y ciegos ante las magnificencias de la Naturaleza, y dan a la ambición el sitio del amor!...

Recordaba también el poeta los eclipses y los caprichos rotatorios del tal astro, esplendoroso y frío, que deja en insondable noche todo el porvenir, sólo alumbra una reducida parte del presente, y reserva sus cascadas de luz infecunda para las inmóviles llanuras del pasado, para los polvorientos campos de la Historia, llenos de ruinas y silenciosos como un cementerio. Montalbo no estaba seguro de lo que podría encontrar más allá de la muerte; no tenía siquiera la certeza de encontrar algo, fuese lo que fuese; pero los vivos consideraban la gloria, «el sol de los muertos», como algo de indiscutible realidad, y él se apoyaba en tal afirmación para imaginarse cómo sería su existencia de ultratumba. Su cuerpo iría pulverizándose mientras los hombres todavía vivos repetían su nombre y se lo pasaban a otros hombres, como un depósito, antes de morir a su vez. Y él, por todo recreo—si es que continuaba existiendo después de la muerte—, contemplaría cómo brillaba sobre su fosa aquel resplandor, crudo y glacial, de luz química.

Como el grande hombre empezaba ya a sentirse viejo, repelía estremecido estas evocaciones de su imaginación. ¿Para qué ocuparse en vida de la inmortalidad literaria, que es la más azarosa de las loterías?... El sol de la gloria iluminaba caprichosamente la tumba de muchos hombres a los que nunca calentó mientras vivieron. En cambio, como una mujer veleidosa, envolvía en el cono de sombra pendiente de su espalda a otros que acarició mientras existían. Proyectaba su resplandor sobre unos pocos con tal generosidad, que iluminaba a la voz sus personas y sus obras, mientras a los más sólo les tocaba el rostro con un rayo único, dejando en la lobreguez del olvido todo lo demás que produjeron como justificación de su renombre.

Sonreía tristemente Montalbo al pensar en su celebridad que tantos envidiaban. Sus libros, ahora famosos, tal vez resultasen despreciables antes de cincuenta años.

«La mayoría de las obras célebres del pasado—pensaba—no llegaron hasta nosotros, y sólo las admiramos por el testimonio de algunos contemporáneos que nos afirman su excelencia. Otros libros antiguos han sobrevivido, pero sólo los leen unos cuantos eruditos. El gran público huye de ellos, alabando al mismo tiempo al autor por un convencionalismo tradicional. Mi fama presente se disolverá pocos años después de mi muerte. Tal vez si sobrevive y logra salir por la otra boca del túnel del primer olvido que atraviesa toda celebridad difunta, será un simple nombre en los diccionarios y una lista de libros que nadie lea».

En sus horas de pesimismo consideraba con cierto menosprecio todas las grandezas intelectuales de la civilización humana, tenidas por eternas e inconmovibles. Que el mar subiese de nivel unos cuantos metros, invadiendo las tierras; que la corteza terrestre se resquebrajase con la infinita perforación de una viruela de volcanes; que nuestro planeta, en una desviación de su órbita, se alejara del sol o se aproximase a él, y toda la vida humana, con sus orgullos, sus variedades y sus ensueños, desaparecería en unos minutos, perdiéndose en el aire, como mariposas de ceniza, los libros, los cuadros, los monumentos... La gloria merecía su título de «sol de los muertos». Era algo negativo y engañoso como la muerte, sobre la cual construyen los hombres tantas ilusiones religiosas.

Pero el escritor, necesitando de pronto un consuelo espiritual, abandonaba estos lóbregos pensamientos sobre el más allá, concentrando su vista en el presente. La gloria era entonces para él algo positivo y agradable, mientras vive el que la disfruta. Montalbo sentía su calor vivificante, igual al del sol que ilumina a los vivos. No podía quejarse de ella. Había transformado su existencia con la exuberante generosidad del calor de los trópicos, que desarrolla atropelladamente el germen errante o imperceptible caído en el suelo, haciéndole remontarse como un vigoroso chorro vegetal cargado de vida rumorosa y sólida.

Recordaba sus días penosos, los días de su primera juventud, cuando el astro que en sus horas meridianas da una vida fingida y gloriosa a los muertos aún no le había tocado con los rayos de su amanecer.

Sus primeros avances habían sido lentos y tristes. Tenía que abrirse paso en Francia, y no había nacido en ella. Su padre pertenecía a una familia ilustre radicada en una república de la América del Sur. Sus abuelos habían sido ricos de un modo fabuloso, con propiedades extensas como Estados. El primero de la familia era un héroe de la conquista del Nuevo Mundo, un capitán navegante de España, don Alonso de Montalbo, fundador de la misma ciudad en la que había nacido el poeta.

Estando en París, su padre se había casado con una francesa, llevándosela después al otro lado del Océano. Tenía todas las cualidades buenas y malas del criollo antiguo: caballeresco y dilapidador; sentimental y cruel; capaz de los más disparatados sacrificios por la mujer amada, y capaz igualmente de olvidarla por una mulata del campo horas después.

Al examinarse interiormente, Montalbo encontraba muchas veces el carácter de este padre, que no había conocido nunca, pues el criollo murió cuando él sólo contaba unos meses de vida. Lo asesinaron en una revuelta política, y como había despilfarrado los últimos restos del patrimonio de los Montalbo, considerablemente disminuido de generación en generación, la viuda se volvió a París.

Este niño que llevaba el nombre español de José María y un apellido de conquistador balbuceó sus primeras palabras en francés. La madre le hablaba siempre en su idioma. Pero al mismo tiempo, en la cocina, el pequeño Montalbo se veía obligado a aprender el español para entenderse con Bernarda, una mestiza de labios abultados, ojos de brasa y muecas de continua protesta. Se quejaba del frío de París, de la maldad de sus habitantes, que se empeñaban en hablar de otro modo que los demás cristianos; pero seguía a la señora en sus andanzas y pobrezas por no abandonar al niño, que recibía sus caricias lo mismo que un gozque travieso y gracioso.

El escritor olvidaba las privaciones de su infancia, la dificultad con que hizo sus estudios, el aislamiento que le creó muchas veces su nombre exótico, la muerte de su madre, a consecuencia de tantas privaciones disimuladas, y las miserias de su primer matrimonio, para fijarse en las comodidades y larguezas de su existencia presente. Después de la dura iniciación que había sufrido para llegar hasta la gloria, ésta se mostraba de una generosidad incansable.

Sus libros eran leídos por millones de personas. Los traductores los aguardaban impacientes para darles el ropaje de una nueva lengua, y luego se esparcían por la tierra entera como mariposas brillantes, cuyo vuelo triunfador contemplaban las gentes con ojos admirados. Sus sonetos obtenían celebridad hasta en los países donde no podían leerlos en su forma original; sus obras teatrales se mantenían en los carteles, algunas veces, años enteros. En los últimos tiempos, el cinematógrafo había añadido el encanto de la plasticidad y el movimiento a muchas de sus historias novelescas.

Todo este éxito había traído como consecuencia práctica el bienestar y abundante dinero. El pequeño criollo que intentó muchas veces conmover con sus balbuceos a la cobriza Bernarda para que le diese un segundo pedazo de pan, sin que ésta pudiese atenderle; el bohemio que más de una noche había vagado por las calles de París, falto de refugio, después que se cerraban los cafés, poseía ahora un hotel particular con vasto jardín en el barrio de Passy, cerca del Bosque de Bolonia, lujosa vivienda que visitaban con veneración sus admiradores y excitaba la envidia de muchos de sus camaradas literarios. Había comprado además un castillo histórico en las orillas del Loira, donde pasaba los meses de otoño, y en invierno descendía a la Costa Azul para ver el carnaval de Niza y el público abigarrado o interesante de Monte-Carlo.

Poseía dos automóviles. El correo le entregaba diariamente cartas admirativas de los lugares más apartados de la tierra. Todos le llamaban «querido maestro». Los más le respetaban como un hombre eminente de su época. Algunos lo discutían hasta la calumnia, preocupándose de él a todas horas, lo que representa una nueva forma de la admiración...

Nunca, ni aun en sus momentos de más exagerado optimismo, había podido imaginar el Montalbo de los años juveniles de miseria que llegaría a ser tan favorecido por la gloria y el éxito material.

Pero el hombre es una eterna inquietud, una duda incesantemente renovada, y el novelista, acostumbrado al análisis psicológico de los seres imaginarios que figuraban en sus historias, al examinarse a sí mismo, se preguntaba muchas veces:

—¿Verdaderamente soy feliz?...

II

Después de los veinte años, cuando, muerta su madre, se fue a vivir al Barrio Latino, conoció Montalbo al mismo tiempo las angustias de una juventud mísera que no acierta el modo de conseguir juntos el pan y el renombre, y las primeras satisfacciones del amor.

En realidad, más que el amor, lo que saboreó en dicho tiempo fue el orgullo de su vanidad masculina.

Aún no había llegado la época en que los hombres resolvieron suprimir sus adornos capilares, abominando de la barba y la cabellera, como algo anacrónico y poco limpio. Todavía la influencia sajona no había puesto de moda el bigote cortado a raíz o el rostro completamente afeitado. Todos los que aspiraban a la gloria de las letras o las artes, para distinguirse de los burgueses, dejaban crecer los adornos naturales de su cabeza, imitando con exuberancia los penachos y melenas que en el reino animal distinguen al macho, soberbio, ambicioso y batallador, de las otras bestias, obscuras y humildes.

Montalbo, mal vestido y mediocremente alimentado, conseguía muchas veces que las mujeres elegantes, al cruzarse con él en la calle, volvieran los ojos con repentino interés:

—¡Qué cabeza de artista!...

De sus remotísimos ascendientes los árabes andaluces, abuelos del conquistador que se embarcó para el Nuevo Mundo, tenía la barba suave, negra y rizosa, la nariz de curva enérgica y unos ojos cuyas pupilas parecían acariciar con la finura del terciopelo. Su rostro, de morena palidez, estaba como encuadrado por dos crenchas intensamente negras, que descendían hasta más abajo de sus orejas.

Las muchachas del Barrio Latino, estudiantas rusas, modelos de pintor o simples aspirantes a la conquista de numerosas joyas y un hotel lujoso al otro lado del río, lo admiraban por su «belleza exótica», como ellas decían. Una que en fuerza de visitar «estudios» ostentaba cierta erudición artística le había apodado Velázquez, por encontrarle cierto parecido con los caballeros españoles retratados por el maestro. Sus amigos, que conocían la historia de sus ascendientes y el lugar de su nacimiento, le llamaban «Montalbo el Conquistador».

Fue en esta época cuando conoció a Duprat y a su hija Matilde. Este escultor, ya entrado en años, y predispuesto siempre a atribuir su falta de éxito a maquinaciones y envidias de artistas célebres que empezaron a trabajar al mismo tiempo que él, buscaba la compañía de la juventud. Los principiantes le respetaban, llamándole «maestro», por sus años más que por sus obras. Además escuchaban con delectación su verbosidad demoledora, sus interminables declamaciones de hombre agriado por la mediocridad.

Al final de un callejón de Montrouge tenía su pobre estudio: antigua cuadra en el fondo de un jardín abandonado. Allá iban a juntarse por las tardes, procedentes del Barrio Latino o de Montparnasse, muchos jóvenes buscadores de gloria y de riqueza por los diversos caminos de la literatura, la música o las artes plásticas.

El odio a los antecesores que habían paladeado ya la miel del éxito, el afán innovador del entusiasmo, el menosprecio a los «viejos», que muchas veces no era más que una manifestación torcida de la envidia, los unía a todos con fraternal amistad. Además, el escultor, en las tardes de invierno, ponía al rojo blanco la estufa de su estudio, y este fuego parecía atraerlos, cansados de sufrir en sus míseros cuartos de hotel o en sus buhardillas los agudos mordiscos del frío.

Otro atractivo del estudio de Duprat era la presencia de su hija. Los amigos del escultor no se forjaban ilusiones vanidosas al pensar en esta muchacha de aspecto modesto, concisa en palabras, y que mostraba en todos sus actos la voluntad tranquila y firme de una excelente dueña de casa. Muchos se preguntaban cómo había podido nacer esta criatura de un padre tan desordenado como Duprat. Nadie había conocido a la madre, y los más suponían a Matilde fruto de las relaciones del bohemio con alguna mujer del pueblo hacendosa y vulgar, que desapareció luego de su existencia, dejándole este recuerdo viviente.

Era inútil todo intento de enamorarla. Los que venían por primera vez al estudio adoptaban en vano actitudes de artista genial seguro de su gloria futura o se mostraban como graciosos aturdidos, hábiles para hacer reír a una mujer con sus palabras. No tardaban en convencerse de que perdían su tiempo. Matilde vivía entre ellos como si estuviera de paso y perteneciese a otro mundo. Hasta le era imposible ocultar cierto menosprecio por las ideas y costumbres de estos jóvenes y de su padre. Ella amaba el orden, la provisión, la limpieza, el hogar tranquilo, donde todo se desarrolla metódicamente.

Tenía una hermosura «apagada y gris», según decían los visitantes del estudio, que era como un reflejo de su alma discreta y humilde; una hermosura que no se dejaba ver en el primer momento, revelándose al observador poco a poco, en el transcurso de los días. Los amigos del padre se preguntaban con aire de duda si Matilde era hermosa. Al fin le reconocían cierta belleza, pero añadiendo:

—No es para un artista; ha nacido para casarse con un burgués.

Procuraba la joven mantenerse oculta en las habitaciones inmediatas al estudio. Después de pasar su adolescencia con unos parientes de su madre, había tenido que acostumbrarse a las conversaciones algo libres del escultor y sus camaradas. Las palabras inconvenientes parecían resbalar sobre ella sin ser comprendidas. Su grave modestia pasaba sorda e impasible por este ambiente de bohemios violentos y desordenados. A pesar de tal inmunidad, procuraba alejarse de él siempre que podía. Únicamente en las tardes que el escultor obsequiaba a sus amigos con vino o cerveza, deseoso de hacerles ver que ganaba dinero no obstante la envidia de sus compañeros célebres, Matilde aparecía en el estudio para servir a los invitados, tomando el aire de una buena dueña de casa.

Montalbo se dio cuenta de la animadversión con que le distinguía esta joven sobre todos sus compañeros. Evitaba hablarle, parecía no oír sus cumplimientos o los acogía con visible despego. Abominaba de él, sin duda, por aquella belleza exótica que tanto admiraban las muchachas licenciosas del Barrio Latino, y por ciertas historietas oídas a su padre y a los amigos de éste comentando las buenas fortunas amorosas del «Conquistador». El joven poeta era una concreción brillante y antipática de todos los desórdenes y jactancias que ella menospreciaba silenciosamente en los visitantes del estudio.

Esta reprobación sorda de la joven hizo que Montalbo se fijase más en ella, con la insistencia de una vanidad lastimada. Sin que ninguno de los dos supiera cómo ocurrió el hecho, un anochecer se miraron frente a frente. Sus ojos parecieron sufrir una mutua atracción, sosteniendo largo rato sus miradas. Los dos creían verse por primera vez.

Él, que la había tenido siempre por una mujer insignificante, apta cuando más para ser la esposa de un pobre empleado, columbró a través de su rostro tranquilo una belleza no sospechada hasta aquel momento, más fresca y atrayente que las de todas las mujeres que llevaba conocidas. Matilde, a su vez, creyó registrar con sus ojos los escondrijos del alma del poeta, y se dijo que el bello Velázquez era un excelente muchacho, mejor que todos sus camaradas, dando por no oídas las historias que le atribuían.

Tampoco podía decir Montalbo al recordar su pasado quién fue el primero de los dos que reveló con palabras este amor repentino. Tal vez fueron ambos a un tiempo; tal vez no fue ninguno, pues adivinando la mutua atracción de sus voluntades, se consideraron ligados por el amor antes de decírselo.

Empezaron a verse fuera del estudio, huyendo de aquel ambiente de gritos, maledicencias y fugaces entusiasmos, que olía a tabaco, a fiebre y a pobreza. Ella, valiéndose de la libertad en que la dejaba su padre, buscó a Montalbo para pasear juntos por el Bosque de Bolonia o algún jardín del otro lado del Sena, lejos de la orilla izquierda, donde podían tropezarse con gentes conocidas.

Este amor sano y grave, que desde los primeros instantes les hizo hablar de su próximo matrimonio—como si no pudiera tomar otra forma que la reposada y legal—, dio a Montalbo una voluntad nueva, infundiéndole mayores fuerzas para el trabajo. Siguiendo las indicaciones de Matilde, encontró de más fácil tránsito los caminos en cuya entrada se detenía antes, descorazonado por los obstáculos que adivinaba en ellos.

La hija del escultor pareció influir en su destino, dándole una buena suerte, modesta, limitada, pero incesante. Fue en este período cuando revistas famosas publicaron sus versos y sus primeros cuentos, y empezó a ver retribuido su trabajo con pequeñas cantidades. El buen sentido de ella le hizo abandonar las publicaciones de cenáculo y las revistas de corta tirada, leídas únicamente por sus propios colaboradores y de las cuales no había que esperar dinero.

Precisamente, cuando Montalbo empezaba a considerarse ya en el camino de la riqueza porque su novia guardaba unos cuantos centenares de francos ganados por él, que habían de servir para la instalación del futuro matrimonio, ocurrió un suceso que para el poeta casi equivalió a una catástrofe de tragedia.

De todos los artistas célebres y ricos, a los que Duprat llamaba con desprecio «los consagrados», el único que éste dejaba aparte, excluyéndolo de sus odios y tributándole una admiración relativa, era el famoso compositor Fontana. Este músico había continuado siendo amigo suyo desde los tiempos de pobreza juvenil. La música nada tiene que ver con la escultura, y Fontana, maestro glorioso, pero que sólo entendía de su arte, trataba a Duprat de igual a igual, accediendo a considerarlo como un genio mal comprendido, ya que esta concesión no podía disminuir su propia gloria.