El escultor, por su parte, correspondía a tal deferencia manifestando su admiración por la obra de Fontana: una admiración razonadora y con numerosas objeciones, pues era incapaz de venerar a nadie ciegamente, a excepción de sí mismo. Los primeros músicos eran para él los alemanes y los eslavos, unos porque habían muerto, otros porque vivían muy lejos; pero después de ellos, en el mundo sólo existía Fontana.
Cuando, de tarde en tarde, aparecía el famoso maestro en el estudio del escultor, todos los contertulios de éste se mostraban más agresivos en sus juicios y más ásperos en sus palabras. Era necesario que este hombre célebre que «había llegado» se enterase bien de su independencia y no creyese en una posible adulación. Hasta el dueño de la casa acogía al ilustre visitante con una excesiva familiaridad, haciéndole sentir el privilegio que representaba para un artista célebre y de carácter oficial ser recibido en esta reunión de genios independientes e ignorados.
Algunas horas después, los mismos jóvenes decían a sus compañeros de café: «¡Hoy he estado con Fontana, el más grande de los músicos después de Wagner!...». Y seguían inventando hiperbólicos elogios en honor de aquel hombre que había estrechado su mano distraídamente, cruzando con todos ellos unas cuantas palabras.
El escultor, por su parte, dividía el tiempo con arreglo a las visitas de su célebre amigo, y al recordar un suceso doméstico o exterior, decía reflexionando: «Eso fue dos días después de la última tarde que vino Fontana».
Por la indiscreción de un amigo de Duprat, al que comunicaba éste sus apuros pecuniarios y sus asuntos familiares, supo Montalbo lo que ocurría. El maestro Fontana estaba enamorado de Matilde y parecía deseoso de casarse con ella.
Quedó el poeta asombrado por tal noticia, como si representase algo inverosímil. Fontana tenía cerca de sesenta años; era más viejo que el escultor. En su vida abundaban los episodios amorosos.
De joven, como pianista célebre, había conocido la gloria en forma de aplausos y también de sonrisas femeniles y ojeadas prometedoras. Había abusado, según los comentaristas de su brillante carrera, de ese poder de sugestión que tienen sobre las mujeres los oradores, los cantantes y los músicos; influencia misteriosa que las hace estremecerse, oprimiendo su garganta muchas veces con un nudo histórico. Luego, sus óperas graciosas y melancólicas, célebres en el mundo entero, y que siempre tenían por tema el amor, hicieron que toda extranjera de paso en París considerase indispensable llevarse un retrato de Fontana con dedicatoria.
Pero el compositor parecía cansado de sus amores novelescos, más interesantes, tal vez, vistos por los extraños, que lo habían sido en la realidad. Matilde, con su belleza tranquila y reposada de dueña de casa, le hacía pensar en las vulgares delicias del matrimonio. Era el repentino entusiasmo por el huerto de la casa natal que siente el viajero cuando vuelve de dar la vuelta a la tierra, harto de frutos raros y lejanos. El célebre maestro quería casarse, como se habían casado sus progenitores, sintiendo una ternura algo senil al ver a esta joven que le recordaba las virtudes hacendosas de su madre.
Duprat hablaba con entusiasmo a su confidente.
—Es una verdadera suerte... fíjate bien. Un hombre célebre, mucho dinero, y cuando muera (porque forzosamente debe morir antes que mi hija), heredará Matilde todos sus derechos de autor, y hay que pensar que sus óperas se cantan en el mundo entero.
No parecía sentir el padre duda alguna sobre la próxima realización de este matrimonio. Montalbo tampoco dudaba. Se vio débil, sin defensa, despreciable, al compararse con aquel hombre célebre.
Pensó por un instante que un pequeño poeta, aunque sea casi desconocido, tiene perfecto derecho a matar a un músico famoso, si le estorba; pero inmediatamente se extinguió su agresividad. ¿Qué podía hacer él, si Matilde sería indudablemente la primera en aceptar este matrimonio inesperado? ¿Cómo resistirse a las seducciones de la riqueza y de la gloria?...
También ejercía la gloria su influencia deslumbradora sobre él. Se acordó de muchas tardes de domingo en que había asistido a conciertos famosos, siendo una gota viviente del mar humano que oleaba de entusiasmo, agolpándose en la barandilla circular del teatro. Innumerables veces había aplaudido y aclamado las obras de este hombre. Hasta recordaba una disputa, que casi acabó a golpes, sostenida contra varios que intentaron silbar una obra audaz, de la llamada «última manera», del maestro.
En su niñez, la primera ópera oída por él fue una de Fontana. Su madre, sentada al piano, cantaba muchas veces, a media voz, una romanza amorosa, que le hacía pensar, sin duda, en la lejana tierra de América, donde había sido feliz por breves años. Y esta romanza, que hacía brillar con el cristal de las lágrimas los ojos maternales, también era de él. ¿Cómo lanzarse a luchar con este hijo de la gloria?...
Cuando habló con Matilde en un banco del jardín del Luxemburgo, su voz fue trémula y desmayada: una voz de niño sin amparo que va a llorar.
—Sé que Fontana quiere casarse contigo. Tu padre celebra esto como un honor, y tú, indudablemente, lo aceptarás. Él tiene lo que yo no tengo: la gloria... ¡Es tan célebre!
Matilde le miró con una expresión de asombro y de lástima; una de esas miradas que las mujeres en trato continuo con los hombres de talento guardan para acoger las tonterías que dicen en determinadas ocasiones. Luego sonrió.
—¡Pero si Fontana es tan viejo!... Bien podría ser mi padre... Tal vez más que mi padre.
Se detuvo unos segundos, y añadió con energía:
—Ámame mucho y no te preocupes del maestro. Tú eres quien tiene lo que él ya no puede tener.
Le zumbaron a Montalbo los oídos a causa de su emoción. En el primer instante se sintió orgulloso del triunfo de su juventud. Luego miró con cierta lástima a Matilde.
Muy buena, muy dulce... y muy hembra. Deseaba que fuese su esposa, pero al mismo tiempo la juzgó vulgar y poco inteligente. ¡Hablar así del gran Fontana!...
Al fin, mujer. Sólo los hombres pueden apreciar lo que es la gloria.
III
Evocaba Montalbo los primeros años de su matrimonio con igual melancolía que se recuerdan los tiempos de miseria cuando se es rico, o las aventuras peligrosas cuando se vive para siempre exento de riesgos. Consideraba este período de su existencia muy interesante; pero de ningún modo accedería a vivirlo por segunda vez.
Se veía por la noche en el comedor del piso que ocupaban él y Matilde, en un edificio habitado por empleados modestos y obreros de buen jornal. Uno cualquiera de los salones de sus viviendas actuales era más grande que todas las habitaciones juntas de aquella casa en la que fueron a instalarse.
El comedor servía a la vez de gabinete de trabajo. Hasta las primeras horas de la madrugada permanecía inclinado bajo el cono de luz amarillenta de la lámpara, escribiendo sobre el hule blanco que hacía veces de mantel. ¡Qué de ensueños, qué de esperanzas, transformadas repentinamente en dudas!...
Entonces fue cuando produjo sus obras más famosas, pasando éstas completamente inadvertidas al ser dadas al público. Una novela suya que rodaba ahora por el mundo entero, llegando a sumar varios millones sus ejemplares en diversas lenguas, había permanecido muchos años sin encontrar más de quinientos curiosos que quisieran leerla. Obras teatrales escritas en aquella habitación—saturada por la cocina próxima de olores de alimentos mediocres rápidamente preparados—daban actualmente a su autor una renta cuantiosa, después de haber dormido largo tiempo olvidadas en los archivos de los empresarios o haber sido tenidas por inadmisibles.
Recordaba el maestro con emoción que algunas noches, al otro lado de la mesa, Matilde escribía igualmente. No lo hacía como su marido, en grandes hojas de papel, sino en un cuadernito semejante al que usan las cocineras.
Montalbo estaba seguro de que si buscaba un poco en los muebles antiguos de su biblioteca—cada uno de los cuales le había costado muchos miles de francos, sirviendo todos actualmente para guardar recuerdos de su época de pobre—, encontraría algunos de estos cuadernos conmovedores.
Con los ojos en alto y mordiendo la pluma, iba dando caza a las rimas de sus pequeños poemas. Otras veces, frunciendo el ceño, movía la mano con la velocidad nerviosa del entusiasmo, desarrollando un capítulo de aquellas novelas sentimentales que habían interesado al público femenino de ambos mundos, acelerando la hora de su celebridad. Describía, con el vigor de las cosas vistas, el parque del lujoso castillo, las tertulias de los invitados a la cacería, las intrigas amorosas de esta sociedad elegante, el drama oculto bajo sonrisas amables y palabras corteses, la psicología complicada y sutil de la duquesa protagonista de la fábula.
Mientras tanto, Matilde, sentada al otro lado de la mesa, iba escribiendo en su cuadernito: «carbón, 1,50 francos; azúcar, 0,35; café, 0,70; pan, 1,25; carne, 2».
Y cuando cesaba de escribir, sumando a continuación las cantidades, también fruncía el ceño, lo mismo que el novelista; pero era para lograr que el resultado de la adición se nivelase con la escasez del dinero disponible.
En estos años de pobreza, Matilde fue madre dos veces: un niño y una niña; nacimientos que sirvieron para que el viejo escultor visitase la casa. El artista libre e independiente aún guardaba rencor a su hija por haberse negado a ser la esposa del célebre maestro.
La crianza de los dos hijos fue agrandando las preocupaciones de la madre. Montalbo tuvo que extremar su trabajo para atender a las necesidades de una familia creciente. La primera educación de estos pequeños fue casi igual a la de los hijos de los obreros acomodados que eran vecinos suyos. Matilde, prematuramente envejecida por las faenas domésticas y la escasez de dinero, trataba con fraternal deferencia a estas vecinas, algo rudas, pero simpáticas. Todas veían en ella a una mujer de clase superior venida a menos, y en su marido a un hombre que alguna vez podría ser de los que escriben en los periódicos y acaban gobernando el país.
Sentía Montalbo los cosquilleos de una ternura lacrimosa y cierto remordimiento vago al evocar los sacrificios de su animosa compañera. Suprimía en el presupuesto doméstico el vino y el café destinados a ella, afirmando que eran nocivos para su salud, y de este modo lograba aumentar la compra de leche para sus pequeños. También descubría de pronto que la carne le hacía daño. Y mientras cuidaba escrupulosamente del biftec y la botella de Burdeos para el marido, afirmando que un escritor que trabaja debe alimentarse bien para continuar su tarea, ella fingía inapetencia, confiando su nutrición al azar de las compras baratas o a los restos de la comida de su esposo.
Avanzaba con lentitud el escritor en el aumento de la retribución por su trabajo, y cuando se creía condenado para siempre al regateo con editores que le menospreciaban, y a combatir sin éxito con la indiferencia de un público refractario a retener su nombre en la memoria, surgieron de pronto el éxito y la celebridad. Fue como una detonación que deslumbró y ensordeció a Montalbo.
Nunca pudo saber qué día empezó a ser verdaderamente célebre; tampoco le era posible decir cuándo la riqueza, que había ignorado siempre su existencia, empezó a torcer el curso de su esquivez, yendo a su encuentro como un arroyo metálico. Después de grandes rebuscas en su memoria, acababa por decirse que su celebridad había empezado el día que el cartero le trajo montones de cartas y periódicos con sellos de varios países, y su riqueza cuando los editores, en vez de hacerle esperar en su antedespacho, le escribieron a su casa, llamándole «querido maestro» e invitándolo a almorzar.
Después, su ascensión fue rápida, deslumbrante, sucediéndose los triunfos, como en esos ensueños donde desaparecen las tiranías de la ley de la gravedad y se vuela con una ligereza que salva todos los obstáculos. Los mismos editores que habían comprado sus libros en bloque y a poco precio, los pagaron por páginas, luego por líneas, y finalmente, las revistas extranjeras ajustaron sus cuentos a tanto por palabra. Los traductores aguardaban impacientes sus invenciones novelescas, para desnudarlas de su traje original y cubrirlas con las galas de nuevos idiomas, haciéndolas dar la vuelta a la tierra. Los públicos más diversos y lejanos contemplaban a Montalbo con la misma ansiedad silenciosa que los árabes al cuentista de café, capaz de relatar durante meses y meses historias maravillosas, eternamente interesantes. Alrededor de su nombre se iba creando el mágico prestigio de los fabulatores, cuyas historias deleitaban a la plebe romana y que eran llamados para sentarse al pie del lecho del César, entreteniéndolo con sus novelas verbales en las noches de insomnio.
Cuando Montalbo, interesante y poético relatador de fábulas, acababa de pasar los cuarenta años, empezó a caer la riqueza sobre él como incesante llovizna. Luego esta lluvia se convirtió en aguacero, hasta el punto de que el escritor decía, con una sinceridad despectiva que en el fondo era puro fingimiento:
—Ya empiezo a aburrirme de una ganancia tan enorme y continua.
Al iniciarse esta riqueza, Matilde se fue del mundo. Habitaban entonces un pequeño hotel, cerca del parque de Monceau. Tenían varios criados. El automóvil ya existía, pero no era aún de uso corriente, y el novelista había comprado un cupé y un tronco de hermosos caballos para uso de su mujer. Él podía dar gusto a sus aficiones románticas, realizando en gran parte las ilusiones acariciadas en su juventud, y compraba muebles antiguos, tapices, casullas viejas, objetos litúrgicos, al mismo tiempo que iba formando una biblioteca enorme.
Sus dos hijos se educaban en colegios de gran fama. Matilde, siempre más vieja que debía serlo por sus años, iba vestida modestamente, y su aspecto macilento contrastaba con la alegría juvenil de su marido victorioso. Únicamente sentía la satisfacción de su riqueza naciente al pensar en las caridades que podría hacer. Y de pronto, como si le fuese imposible acostumbrarse a tanta prosperidad, había muerto.
No podía tampoco acertar Montalbo, al evocar su pasado, cuál había sido la verdadera causa de esta muerte. Se había ido de su lado para siempre porque ya no era necesaria su presencia, porque se consideraba inoportuna en esta nueva atmósfera de triunfo y de lujo repentino. Tal vez la pobre había muerto pensando que su grande hombre quedaría de este modo con mayor libertad para continuar su camino glorioso.
En los años sucesivos, el viudo se consideró efectivamente más suelto y ágil para seguir a la gloria, que marchaba delante de él como una amiga incansable. Todo lo que la celebridad puede dar a un hombre, él lo conoció. Ya no le era posible adquirir más viviendas lujosas; tenía importantes depósitos en muchos Bancos; podía suspender su trabajo cuando quisiera, sin miedo al porvenir. Su nombre, al ser anunciado en voz alta, hacía volver las cabezas. Llegaban elogios hasta él de todos los rincones de la tierra; recibía honores oficiales, y al mismo tiempo, una parte de la juventud, impaciente e iconoclasta, hacía una excepción en su favor, mirándole con cierta simpatía, como si fuese un joven eterno. A veces hasta se lamentaba de no ser objeto de frecuentes ataques, por creer necesaria alguna mancha de sombra en esta gloria de monótono brillo.
El amor había venido igualmente a ponerse a sus órdenes como un esclavo de la celebridad, un amor menos tranquilo y regular que el que le hizo conocer Matilde.
En la cumbre de su madurez y en la primera parte del descenso de su existencia, seguía conservando Montalbo aquella belleza varonil admirada en otro tiempo por las muchachas del Barrio Latino. El antiguo «Conquistador» había recortado su barba y su melena para que resultase menos visible el brillo de las canas; en torno a sus ojos empezaba a extenderse el triste abanico de las arrugas; pero el brillo juvenil de sus pupilas, su sonrisa primaveral de triunfador satisfecho de la existencia, su cuerpo vigoroso y su perfil aquilino, herencia de soldados y navegantes, mantenían el antiguo interés inspirado por su persona.
Las extranjeras de paso en París lo encontraban semejante a sus retratos, tal como ellas se lo habían imaginado leyendo sus libros. En los tés, encontraba muchas veces señoras todavía hermosas, que le consultaban sobre problemas del alma, acabando por invitarle a contemplar a solas la caída del sol desde la terraza de Saint-Germain, o a pasear en la mañana por algún sendero misterioso del Bosque. Otras le visitaban en su vivienda, de cinco a siete de la tarde, para hacerle ver, a puerta cerrada, sus interioridades psicológicas.
Lo que más le envidiaban algunos escritores jóvenes era la leyenda de triunfos amorosos que se iba formando en torno a su apellido. Montalbo guardaba un silencio discreto cuando alguien aludía en su presencia a esta celebridad. Otras veces aceptaba con sonrisas modestas o enigmáticas los comentarios de sus amigos o las malignas insinuaciones de ciertos periódicos.
Tenía el entusiasmo inagotable y la credulidad fácil de los que llegan con retraso al amor cambiando el orden de las épocas de su vida. Después de los años de comunidad matrimonial tranquila y metódica, que habían sido años de trabajo y privaciones, sentía una verdadera hambre de aventuras pasionales, desordenadas y vertiginosas. Quería vivir novelas en la realidad, después de haber fabricado tantas con la imaginación.
Al desaparecer su mujer no tuvo ya escrúpulos ni obstáculos que le contuviesen, y avanzó con el aturdimiento del joven que encuentra un nuevo aliciente a sus amoríos cuando los ve acompañados de cierto escándalo, halagador de su vanidad.
Esta segunda existencia de Montalbo alejó de él lentamente a los que formaban su familia. El escultor Duprat había muerto de alcoholismo, después de comunicar a todos los que se resignaban a escucharle que su yerno carecía de talento y había asesinado a su mujer para dedicarse libremente a una vida de crápula. Sus hijos le amaban, indudablemente, pero como se puede amar a un hermano mayor por los años y menor por la ligereza de su conducta. El hombre célebre se mostraba con los dos de una generosidad ilimitada, admitiendo sin parpadeos de sorpresa todas sus peticiones.
—El dinero es un instrumento de libertad—decía—, y si lo amo tanto, es porque me permite ser independiente. Sólo el que puede dar dinero a manos llenas es verdaderamente libre.
Como la hija parecía haber heredado su vitalismo exuberante y su curiosidad imaginativa, se apresuró a casarla con un militar joven y buen mozo, y los dos vegetaban en lejanas guarniciones de provincia, donde el nombre de Montalbo daba al capitán y su esposa un reflejo de gloria literaria.
Su hijo era ingeniero, y hacía recordar a la grave y ordenada Matilde más que a su vehemente esposo. Nada de literatura ni de historias inventadas; su carácter positivo sólo sentía la atracción de las ciencias exactas. Como deseaba enriquecerse, se había ido a trabajar en una colonia francesa de Asia, y allá permanecía célibe y aislado, sin otro deseo que obtener por medio de las explotaciones agrícolas una fortuna más grande que la de su ilustre padre.
Montalbo, creador de una familia, vivía solo. Algunos lo comparaban a esos árboles poderosos que acaparan con sus raíces toda la tierra inmediata y no dejan prosperar ninguna vegetación junto a ellos. Lo que nace bajo su sombra muere, ya que no puede huir trasladándose a un terreno más libre.
Pero los que habían nacido cerca de este hombre extraordinario, afortunadamente podían moverse, y se apresuraron a escapar de su fatal dominación, inconsciente, alegre y generosa.
«¿Qué más puedo desear?—pensaba Montalbo en sus horas de melancolía—. Nada me falta. Todo lo que deseó ha llegado para mí; en mayor o menor cantidad, pero ha llegado. Ni uno solo de los ensueños de mi ambición y mi envidia, cuando era joven, dejó de realizarse...».
Y se preguntaba, una vez más, si podía tenerse por más feliz que los demás hombres.
No; no era feliz.
IV
Todas las mañanas despachaba su correo con un secretario, llamado Luis Crovetto.
Este escritor joven, nacido en Marsella, de padres italianos, servía al grande hombre más por entusiasmo que por los provechos del empleo. Se había presentado un día a Montalbo como admirador, que acababa de llegar a París, deseoso de verle y escucharle.
El maestro, seducido por la sencillez de esta devoción, se mostró amable y paternal, y el principiante menudeó las visitas, acabando por convertirse en secretario suyo.
El afecto de los lectores expresado en forma postal era el mayor tormento del gran escritor.
Existen en la tierra miles y miles de hombres y mujeres que al leer un libro interesante sienten la necesidad de escribir al que lo produjo, imaginándose cada uno de ellos que es el único a quien se le ocurre tal iniciativa. Además, existen los álbumes, y como si esto no fuese bastante, la moderna innovación de enviar tarjetas postales para que el autor célebre ponga en ellas su firma, con un «pensamiento» inédito si es posible.
Luigi, como llamaba Montalbo a Crovetto familiarmente, a causa del origen de sus padres, era el que con su vivacidad de italiano se ocupaba todas las mañanas en esta labor fatigosa. Sabía imitar la firma del maestro, y además había inventado media docena de «pensamientos» que le hacían sonreír. No se hubiese atrevido a insertar ninguno de ellos en sus obras de principiante, por temor a que sus camaradas le acusasen de idiotez. Pero firmados por Montalbo hacían estremecer de entusiasmo a muchas lectoras, que los encontraban «geniales y profundos».
El hombre célebre, después de abrir sus cartas, las iba pasando a Crovetto para que las contestase. Eran invitaciones a fiestas; convocatorias de academias o de sociedades filantrópicas para atender a la vejez y las enfermedades de los escritores desgraciados; varias docenas de peticiones de firmas en tarjetas postales y en retratos, procedentes de los más apartados rincones de la tierra; numerosos álbumes de señoritas argentinas o chilenas, dispuestas a no marcharse de París si el amable señor Montalbo se negaba a escribirles «una cosita», añadiendo, con inaudita tranquilidad, que habían hecho el viaje a Europa solamente por conseguir esto; cartas, muchas cartas de lectoras entusiastas, que le declaraban el escritor más grande de todos los tiempos, y algunos anónimos hablando de la estupidez del grande hombre, a la que no reconocían límites, y aconsejándole que se retirase para siempre del cultivo de las Letras. Además, fajos de periódicos en diversos idiomas: unos con elogios frescos y sinceros, otros con unas alabanzas agridulces, que parecían dar a las letras impresas el reflejo verdoso de la bilis.
Montalbo dejaba a un lado las cartas de los editores y las proposiciones venidas del extranjero para la traducción de sus obras. Esto pertenecía a «otro negociado», como decía él, superior al de Crovetto, y que estaba a cargo de su amigo Soudré.
Tampoco podía explicar con claridad cuándo conoció a este «amigo entrañable», sin el cual le era imposible resolver sus negocios. Creía acordarse de que el tal Soudré, hablador, autoritario, ágil para plegarse a las circunstancias y con una paciencia interminable en discusiones y regateos, se había presentado una mañana en su casa pretendiendo leerle una de sus obras. Montalbo no pudo conocer este manuscrito, pues el autor empleó todo el tiempo en hablar de su persona. Pero Soudré era un hombre para el cual no había puertas, y repitió con tanta insistencia sus visitas, que al fin el dueño de la casa se acostumbró a él, necesitando verle lo mismo que a Crovetto. Como Montalbo lo consultaba, Soudré se consideró inmediatamente superior al secretario, hablando a éste en adelante con tono protector.
Sólo sabía el maestro de su nuevo amigo lo que éste quiso contarle. Hablaba de sus negocios en una pequeña capital de provincia, y Montalbo llegó a sospechar que había sido leguleyo de los que aletean en torno de los tribunales. Conocía demasiado bien los recovecos y tortuosidades de las leyes, así como todas las astucias de los que viven de pleitear. Al verse viudo, con una hija única, se había entregado sin resistencia al demonio de la literatura, que le venía tentando desde su juventud.
Este demonio no había osado hasta entonces colarse en su casa por miedo a la esposa, que sólo creía decentes las profesiones que pueden mantener a un hombre. Pero al quedar libre Soudré de la tal burguesa falta de respeto a las Letras, se había trasladado a París acompañado de varios manuscritos y de su hija Faustina, señorita de dieciocho años, con todas las ambiciones de las de su clase, que sabía ocultar la pobreza portentosamente y vestirse bien con poco dinero. Tal vez poseía, disimuladas por sus gracias juveniles, las mismas condiciones ávidas e inquietantes del padre.
Montalbo, que lo tenía por gran psicólogo y cuyo espíritu de observación era admirado universalmente, llegó a sospechar esto último un día que se fijó en los ojos de la muchacha mientras ella permanecía pensativa. Luego, al salir de su abstracción y poner su mirada en el maestro, éste rectificó sus opiniones, considerando a Faustina igual a muchas jóvenes que había descrito en sus novelas, sencillas, buenazas, dispuestas a las mayores abnegaciones, y que viven como sacrificadas al lado de un padre que adoran: temible hombre de negocios o gobernante autoritario, capaz de infundir el espanto con sólo un gesto.
El gran escritor no pudo librarse de la influencia simpática que iba esparciendo esta joven ante sus pasos. No era una belleza, y sin embargo, allí donde entraba y había otras mujeres parecía sobreponerse a todas. Los ojos de los hombres convergían en Faustina, olvidando a las demás.
Soudré la llevó muchas veces con él en sus visitas a Montalbo. Reconocía el talento nato de su hija para la administración de una casa, talento sólo comparable al que había recibido él de la suerte para la dirección de enormes negocios, y que los hombres no sabían aprovechar, dejándolo perderse en empresas de orden inferior. El maestro, preocupado a todas horas por su producción literaria, desconocía muchas cosas de la vida vulgar, y su servidumbre abusaba de él. Era oportuno que la gentil Faustina examinase la limpieza de las habitaciones del hotel de Passy, los gastos del ama de llaves, el libro de cuentas de la cocinera, la conducta de los criados y del chófer, mientras el padre permanecía en la biblioteca aconsejando al grande hombre lo que debía contestar a sus editores o traductores. Otras veces pedía al escritor que no se mezclase en sus propios asuntos, autorizándole a él para que los resolviese libremente.
Confesaba Montalbo que, gracias a este amigo proporcionado por la casualidad, sus ingresos iban en aumento. Por esto respondía generosamente a las peticiones de subsidio que le hacía Soudré de tarde en tarde como una retribución tácita de sus trabajos. Otros admiradores del maestro, envidiosos de la privanza de Soudré, al que llamaban «parásito», iban diciendo por todas partes que éste cobraba igualmente de los que le habían empleado como intermediario en sus relaciones con Montalbo.
Durante el otoño, cuando el gran escritor se iba a vivir en su castillo del Loira, Soudré y su hija eran invitados a acompañarle en este retiro por algunas semanas. El inquieto hombre de negocios se abstenía ahora de hablar al maestro de sus antiguas ambiciones literarias. Limitándose a su papel de financiero genial, iba describiendo las grandes empresas que se le ocurrían, pues no marcaba el reloj una hora nueva que no fuese la del nacimiento de una de sus ideas, que representaban millones y millones.
Algunas mañanas, desde una terraza del castillo, proponía a Montalbo cortar los árboles centenarios del parque y roturar las tierras para plantar remolacha.
—Fabricación de azúcar... Un millón por año. Tal vez más.
Y mientras tanto, Faustina y Crovetto, iguales en edad y juventud, paseaban por el jardín como una pareja escapada de una novela del maestro, haciendo crujir bajo sus pies la alfombra bronceada de hojas secas con que los árboles otoñales iban cubriendo las avenidas.
En invierno, el padre y la hija viajaban para sorprenderle en su «villa» de la Costa Azul, y durante el resto del año el hotel de Passy recibía sus visitas casi diarias.
Montalbo, alejado voluntariamente de su familia, necesitaba la presencia de estas personas a las que no conocía algunos años antes, y hasta se quejaba del egoísmo humano cuando transcurrían algunos días sin verlas.
De pronto, Crovetto necesitaba irse con sus camaradas. Sentía los deseos de independencia del sacristán que, por mucho que adore a la imagen milagrosa, acaba por aburrirse de contemplarla a todas horas y busca el trato humilde de las gentes de su misma clase. Soudré, en su incesante invención de negocios, olvidaba al maestro por unas semanas para comprometerse en empresas ilusorias que, según él, iban a hacerle millonario. La hija tenía numerosas amigas y un ansia insaciable de diversiones, asistiendo a conciertos, a toda clase de fiestas, y monopolizando cuantas entradas de teatro adquiría su padre a nombre del maestro.
Éste, al quedar solo en su juventud, sentía menos que los demás hombres el tedio de la soledad. Era un gran trabajador y había pasado la mayor parte de su existencia en silencioso aislamiento, ante una mesa, pluma en mano. Pero ahora trabajaba cada vez menos y le parecían muy largas las horas. Necesitado de acción, quería hacer algo que llenase el vacío de su existencia, y no sabía cómo conseguirlo.
Al iniciarse el decaimiento de su fuerza productora y ser más numerosos en su existencia los días de ocio que los de trabajo, aquellas aventuras galantes que daban a su nombre un ligero sabor de escándalo habían bastado para entretenerle e interesarle. Pero ahora empezaba a encontrar la amorosa diversión monótona y sin encanto.
Siempre que los admiradores se asombraban de su aspecto juvenil, que no concordaba con sus años, el grande hombre exponía las ideas que servían de regla a su existencia.
—La juventud es un acto de voluntad. Todo el que quiera de veras ser joven, lo será siempre. Lo que importa es tener voluntad.
A un periodista que deseaba saber si la vejez le infundía miedo, le contestó con sonriente cinismo:
—Yo no seré viejo nunca. Cuando tenga ochenta años me pondré una peluca rubia y raptaré a una bailarina de quince.
Otras veces exponía, con la gravedad de una profunda convicción, su manera de ver la vida. Para él, la existencia era a modo de un lienzo gris, y el gran talento de los hombres consistía en saber cubrir de colores vivos y risueños este fondo de tristeza para ignorarlo, engañándose misericordiosamente.
—Todos llevamos—añadía—una orquesta dentro de nosotros. Lo importante es hacerla funcionar, que toque sin descanso la sinfonía de la Ilusión y del Deseo, únicos temas que sostienen nuestra vida. No hay que dejar que la orquesta se calle. Una vez terminada una partitura, pongamos otra inmediatamente en el atril.
Pero el grande hombre había hecho últimamente un descubrimiento terrible. Ninguna de las sinfonías con que intentaba alegrar su existencia tenía el encanto de la novedad; música vieja, gastada, oída innumerables veces, y que en vez de infundirle entusiasmo le anonadaba con la monotonía dulzona de lo excesivamente repetido.
Además, todas las partituras de la Ilusión y el Deseo que él podía colocar en su atril eran volúmenes sobados y mugrientos, que revelaban el contacto de infinitas manos y a los primeros compases le hacían torcer el gesto murmurando: «¡Otra más, siempre lo mismo!». Nunca conocía la emoción inédita y virginal del que corta las hojas de una obra intacta. ¡Ay!... ¡Sus tristes aventuras pasionales, que se iniciaban con temblores internos de curiosidad, como si fuese a ver algo extraordinario, terminaban siempre de un modo grotesco!...
Tal vez eran los hombres vulgares, los hombres de una intelectualidad ordinaria, que podían dedicar todo su tiempo al amor, los que conocían las grandes aventuras pasionales. A los escritores les ocurría lo que a los sacerdotes que se dedican a la confesión. Sólo iban hacia ellos las mujeres que llevaban vivida una larga existencia y en su madurez, necesitadas de consejo, sentían el deseo irresistible de aligerarse el alma contando a alguien su pasado.
Montalbo necesitaba todos los recursos mentirosos de la imaginación para seguir interesándose por algunas grandes señoras que le habían buscado. En la época presente, la mujer elegante no tiene edad, mientras se exhibe en público. El lujo actual realiza las trampas más asombrosas y embrolla la apreciación del tiempo. Una beldad de salón puede tener lo mismo treinta años que sesenta. Luego, a solas, la triste realidad vuelve a imponerse, y por esto Montalbo recordaba con vergüenza muchos de sus llamados triunfos.
—Y así son—se decía—todos los pájaros de mentiroso plumaje que se sienten atraídos por el faro de la gloria literaria.
Algunas veces la belleza primaveral había cruzado su camino. Mujeres jóvenes que parecían respirar la alegría de la vida venían a encontrarle, tributando elogios al escritor. Algunas, llegadas del otro lado del Océano, sentían tal entusiasmo, que hasta se llevaban a hurtadillas pequeños objetos de su biblioteca. Una de ellas le había pedido como recuerdo una de sus pipas.
Pero todas, así que conseguían el libro o el retrato con dedicatoria del maestro, se alejaban para no volver más. Cuando Montalbo intentaba emplear las mismas palabras o actitudes que conmovían a las otras mujeres ansiosas de consultas psicológicas, la mirada de asombro o la ligera sonrisa de estas jóvenes hacía enmudecer y replegarse tímidamente al grande hombre.
Un día de mal humor, en que recapitulaba su vida presente, descubrió Montalbo el motivo de su tedio.
—La juventud es una voluntad—volvió a repetirse—. Yo deseo ser joven, y lo seré si evito en adelante el contacto con la vejez. Bastante hago olvidando mis propios años.
Y añadió, con la energía del hombre que va a saltar del pensamiento a una acción inmediata:
—Vamos en busca de la juventud.
Este psicólogo, que había creído desarticular muchas veces el amor para explicarse su mecanismo interno, reconociendo al final que los amores son infinitos en número y cada uno de ellos tiene un funcionamiento completamente diferente, guardaba en su memoria una larga lista de observaciones sobre la manera como se inicia la atracción entre un hombre y una mujer. Unas veces, a la primera ojeada se interesan mutuamente; otras, se tratan como amigos años y años, y de pronto, se enteran con extrañeza de que se aman...
Y así continuaba su catálogo de observaciones infinitamente variadas. Pero de todas las formas de iniciarse el amor, había una que prefería Montalbo, por haberla experimentado él mismo repetidas veces en su vida, aplicándola después a los personajes de sus novelas. Un hombre que ha tratado con indiferencia a una mujer durante meses o años, la ve una noche en sueños, y al despertar, la considera ya diferente a las otras, como si de pronto se hubiese embellecido. Luego sigue ensoñando con ella otras noches, y al fin, acaba por amarla.
Al día siguiente de resolverse a ir en busca de la juventud, el novelista vio en sueños a una mujer: Faustina, la hija de Soudré.
Esto le hizo reír un poco al despertar. «¡No tanto!». Le parecía excesivo haber soñado con una juventud tan exagerada para él. ¡Diecinueve años!... Con cinco o seis más, podía ser nieta suya. Pero a partir de este ensueño empezó a contemplarla en su imaginación con un relieve y unos colores completamente nuevos.
Hasta entonces había mirado con distracción a la hija de Soudré: una señorita pobre vestida «a lo artista», con cierta tendencia extravagante, medio seguro de disimular la falta de dinero. Algunas veces hasta le había inspirado lástima al compararla con las grandes damas, fastuosas y de un lujo costoso, que le invitaban a sus reuniones y pretendían ser para él algo más que una dueña de casa. Ahora empezó a reconocer en «la pequeña Soudré», como él decía, cierto encanto de flor humilde y de acre olor, igual a las que nacen junto a los caminos y representan la primavera para los pobres. Hasta se extrañó de que un observador tan fino como él no hubiese descubierto antes los atractivos de su persona.
Siguió viéndola todas las noches en sus ensueños, y luego, al despertar, pensaba en Faustina, encontrándola cada vez más interesante. Ya no se le ocurrió escandalizarse de la diferencia de edades entre los dos. Buscaba pruebas para justificar este desequilibrio en la historia de otros escritores. ¿Qué tenía de escandaloso que él amase a la pequeña Soudré, si esto alegraba su existencia?...
Bien considerado, su edad no resultaba tan extraordinaria. Sesenta y tantos años: ¿qué es esto para un hombre moderno y rico, que puede emplear en su persona todos los adelantos de higiene y embellecimiento realizados por nuestra época? Además, ¿qué hombre célebre no tiene sesenta años?... Se acordaba de Goethe, que a los ochenta se vio adorado por Bettina de Arnim, una criatura de dieciocho. Es verdad que la tal Bettina era una aficionada a las Letras, y el entusiasmo literario realiza las mayores diabluras, así como hace también que escritoras vetustas, con un pie en la tumba, reanimen su vejez absorbiendo la juventud de los principiantes.
—Pero la pequeña Soudré—se dijo Montalbo—tiene talento, y si quisiera escribir, escribiría lo mismo que otras... Es igual a su padre, que no deja de poseer ciertas condiciones literarias.
Este optimismo del maestro, que alcanzaba hasta el progenitor de Faustina, fue en aumento, acabando por sofocar todas las objeciones del espíritu crítico y del buen sentido que se revolvían y protestaban dentro de él.
Con su habitual vehemencia, el grande hombre dejó visible su pensamiento a todos los que le rodeaban. Mostró una alegría pueril, como si el aire cantase en su oído y la luz fuese de color de rosa. Su orquesta interior había empezado a sonar, pero esta vez la sinfonía era para él completamente nueva, y la partitura conservaba aún las hojas intactas.
La primera en enterarse del estado de alma del maestro fue Faustina, antes de que éste hablase. Sus ojos, sus atenciones, el tono de su voz, le produjeron sorpresa al principio. Luego sonrió levemente, con la expresión del que ve realizarse de pronto algo que ha soñado como una empresa imposible. Después, Soudré, almorzando una mañana con el «querido maestro», se fijó de pronto en la intimidad afectuosa que parecía haberse establecido entre éste y su hija. Montalbo aprovechaba toda ocasión para acariciar las manos de Faustina, hablando del gran interés que siempre había sentido por ella. Y la pequeña Soudré, con la audacia de una señorita pobre que no confía en la ayuda de su padre y está decidida a abrirse paso sola, sea como sea, fijaba en el grande hombre unos ojos admirativos y respondía a sus caricias falsamente paternales hundiendo las manecitas en la cabellera del poeta o alabando su extraordinaria juventud, que tanto interesaba a las damas aristocráticas.
Soudré frunció el ceño lo mismo que cuando describía una de sus empresas de millones o cuando aconsejaba a Montalbo destruir su parque para plantar remolacha y hacer azúcar. Al fin se presentaba para él un negocio seguro.
Crovetto se había ido por algunos meses a su ciudad natal, a causa de la muerte de su padre, para intervenir en las operaciones de la herencia, y esto hizo que Soudré y su hija visitasen más la casa de Passy para que el maestro no quedase solo.
Una notable transformación se iba realizando en la persona de Montalbo. Siempre había vestido con cierta elegancia. Su sastre ostentaba un nombre muy antiguo y acreditado en París. Pero esta respetable antigüedad disgustó de pronto al grande hombre. Lo comparaba con los célebres modistos tradicionales y majestuosos que sólo saben hacer vestidos de Corte para reinas y grandes duquesas. Él se reconocía ahora un alma igual a la de las señoritas decentes y jóvenes que prefieren los modistos encargados de vestir actrices y cocotas. Por esto solicitó los informes de algunos escritorcitos amigos de Crovetto, que se preparaban a ser célebres llamando la atención por su indumento exagerado y sus corbatas, y fue en busca de un sastre que era el predilecto de los cómicos, pero nada de primeros actores, únicamente de los galanes jóvenes.
Los maldicientes, prontos a comentar los sucesos particulares de la vida literaria, se ocuparon de esta nueva evolución del maestro. Montalbo servía ahora de maniquí de ensayo a los sastres más audaces, llevando en público todas sus invenciones, lo mismo que un jovenzuelo.
Faustina pareció agradecerle con los ojos estas transformaciones de su persona, por considerarlas un homenaje a ella. Soudré encaminaba intencionadamente todas sus conversaciones con el maestro al mismo fin: la apología del matrimonio, estado el más favorable para el trabajo, y último capítulo de la existencia de todo hombre célebre.
Aún no había expresado Montalbo con claridad su deseo, pero Faustina se movía ya en la casa autoritariamente, hablando a la servidumbre como una dueña futura, y el padre dirigía los negocios del grande hombre cual si fuesen suyos.
En el otoño hicieron los tres un viaje al Mediodía de Francia. Varios artistas de la Comedia Francesa—de los que nunca trabajan en dicho teatro y vagan por la tierra entera—habían organizado una función al aire libre, en las ruinas de un famoso coliseo romano de la Provenza. Iban a representar Los conquistadores, la gran tragedia de Montalbo, escrita sin duda en honor de su remoto abuelo el navegante, y en la que cantaba el esfuerzo de los aventureros de España, la lucha de los portadores de la cruz con las tradiciones indígenas.
Era una obra de gran espectáculo, con muchedumbres de indios, guerreros españoles a caballo y coros, cuya música había escrito un célebre maestro, discípulo y continuador del difunto Fontana.
Las autoridades de la región y los organizadores del espectáculo solicitaron la presencia del eminente escritor. Su tragedia se había representado pocas veces en París, y ahora iba a resucitar, como obra nueva, entre las arcadas medio derruidas del teatro milenario. El autor, con la bondad de un hombre que espera la dicha y no duda que va a llegar, aceptó la invitación.
—Iremos los tres—dijo a Faustina y a su padre—. Luigi vendrá de Marsella a juntarse con nosotros.
La presencia de un personaje tan célebre en la pequeña ciudad provenzal fue acogida con los más extraordinarios honores. Las gentes extrañaron un poco la jovialidad y la excesiva sencillez de este señor famoso en París.
Él y sus acompañantes iban vestidos de franela blanca, lo mismo que en una playa. Habían creído necesario presentarse así en un país de sol, aunque el invierno estuviese próximo.
Una curiosidad de niño travieso impulsaba al grande hombre a detener los vendedores ambulantes en mitad de la calle para probar todos los frutos y alimentos del populacho, ofreciéndolos a su séquito. Las mujeres comentaban su predilección por la señorita que iba siempre al lado de él, extrañando igualmente la libertad con que la hacía caricias en público.
—Es su hija—dijo uno de la ciudad que podía estar bien enterado.
Y todos señalaban con el dedo a la hija del gran Montalbo, haciéndola partícipe de la gloria de su ilustre progenitor.
Nunca se había mostrado el poeta tan satisfecho de vivir. El mismo día de la representación, estando al anochecer en una terraza del hotel, embriagado aún por los aplausos de una muchedumbre de veinte mil espectadores, acabó por librarse definitivamente de aquellos escrúpulos que le habían impedido hablar... Y propuso a Faustina que fuese su esposa.
Dudó un poco la pequeña Soudré, como si le sorprendiese esta proposición largamente esperada. Luego juntó los párpados, se pasó un dedo por ellos, sin duda para echar adentro sus lágrimas, e hizo un movimiento afirmativo con su cabeza, dejándola caer finalmente sobre un hombro del maestro como si fuese a morir de felicidad, al mismo tiempo que le ofrecía su boca.
Se sintió tan orgulloso de este triunfo como del que había obtenido horas antes. La hija de Soudré accedía a ser su mujercita; ¿cómo mostrar su agradecimiento?...
A la mañana siguiente iban los cuatro por la calle principal de la ciudad. Unos obreros recomponían el pavimento. Montalbo, ocupado en mirar a la joven, tropezó con una carretilla vacía abandonada por los trabajadores. Esto le sugirió una idea extravagante.
—Si te sientas ahí—dijo a Faustina—, te paseo ante todos estos burgueses.
La proposición no era original. Recordó de pronto que otro artista célebre y de su misma edad, llamado Wágner, la había hecho a una mujer que después fue su segunda esposa.
Saltó inmediatamente la joven a la carretilla, arrebolada de orgullo por tal homenaje. ¡El gran Montalbo llevándola como un siervo en presencia de las personas más principales de la ciudad!...
Crovetto protestó con dolor y sorpresa:
—¡Eso no es serio, maestro!...
Los numerosos paseantes se detuvieron para contemplar esta escena extraordinaria con un silencio de escándalo.
Pensaban lo mismo; no les extrañaba lo que veían. Los escritores, los artistas... ¡todos locos!
VI
Una noticia empezó a circular por París: «¡Montalbo se casa!...». Y las damas que guardaban recuerdos de su intimidad con el escritor pedían detalles a sus tertulianos sobre el pasado de aquella señorita Soudré.
Algunos la creían una jovenzuela sin otro atractivo que el de su frescura juvenil, que había tentado al viejo autor. Otras, presintiendo su malicia, admiraban la habilidad con que había sabido envolver a un hombre que se tenía por psicólogo infalible. En las reuniones de escritores jóvenes se hacían comentarios insolentes sobre la edad del maestro y de su novia, envidiando el porvenir de Crovetto.
El único que encontraba esta unión natural y lógica era Montalbo. Ya no llamaba a la gloria «el sol de los muertos». Reconocía en ella la fuerza de esos astros que comunican su energía incandescente a los cuerpos obscuros, atrayéndolos con una energía irresistible y obligándoles a girar en torno a ellos. El maestro, como observador célebre, era incapaz de engañarse en la apreciación de su propia personalidad. Sabía de sobra que no era joven, y una mujer de pocos años sólo podía aproximarse a él empujada por la gloria. Pero él se llamaba Montalbo, y tenía derecho a exigir, junto a la puerta de la vejez, los consuelos del amor, a los que renuncian en igual período de la vida los hombres del vulgo.
Soudré mostraba prisa por ultimar los preparativos oficiales del matrimonio. Tal vez tenía miedo a que el maestro, reflexionando de pronto como un simple burgués, se arrepintiese de la aventura. Cuando se ocupaba en fijar la fecha de la ceremonia y había deslizado en los periódicos varios «ecos» indiscretos revelando el próximo acontecimiento, para cortar de este modo toda retirada a Montalbo, empezaron a surgir molestias.
La hija del grande hombre, que aguardaba pacientemente su vejez y su renuncia a las aventuras pasionales para ir a instalarse en su casa, sugiriéndole el amor a los nietos, se indignó al enterarse del próximo matrimonio. Y como la exuberancia de su carácter le hacía ser en determinadas ocasiones tan violenta como su padre, envió a éste una carta para decirle que siempre le había considerado igual a un niño y no extrañaba que se dejase engañar una vez más por la primera mujer que le salía al paso.
Avisado el hijo por un telegrama de su hermana, escribió también desde Asia una carta lacónica, fría y triste, que era como un reflejo de su carácter. Consideraba ilógica y disparatada la conducta de su padre, pero a continuación le reconocía un absoluto derecho a hacer reír con su casamiento al público de la tierra entera.
La vuelta de Crovetto a París consoló al maestro de tales ingratitudes. ¡Tratarle así sus hijos, cuando jamás había regateado con ellos, dándoles cuanto dinero necesitaban!... Afortunadamente, estaba ahora rodeado de su verdadera familia, constituida por las afinidades de la voluntad y no por el azar del nacimiento. La amorosa Faustina, su inteligente padre y aquel secretario entusiasta y fiel eran realmente los suyos.
Pero también esta segunda familia le proporcionó inquietudes. Luigi no parecía ya el mismo discípulo después de su ausencia. Guardaba igual respeto admirativo al maestro, pero su adhesión era demasiado silenciosa.
Permanecía el joven con la cabeza baja, malhumorado, evitando mirar al grande hombre, contestando con gruñidos a sus palabras, rehuyendo toda expansión. Cuando Faustina empezaba a hablar con el maestro, Crovetto fingía inmediatamente un motivo para alejarse. En cambio, el escritor veía muchas veces, a través de un gran ventanal de su biblioteca, cómo el secretario se apresuraba a bajar al jardín apenas columbraba a Faustina paseando sola por una de sus avenidas.
Soudré, en presencia de este joven, se mostraba poco comunicativo, y si le era preciso hablarle, lo hacía con sequedad. Tal vez quería establecer por anticipado la diferencia que debe existir entre el suegro de un grande hombre y su secretario. Además, encontraba indudablemente poco correcta esta afición a buscar a su hija apenas se alejaba de su futuro esposo.
Iba llegando el invierno dulcemente. Las tardes eran frías en el jardín de la casa de Passy. Por encima de sus árboles y los del inmediato Bosque de Bolonia se veía descender el sol, de un color rojo cereza; un sol velado por la neblina, que podía contemplarse de frente. Otras tardes la bruma era más densa y el cielo tenía una lividez melancólica.
A pesar de la frialdad de las tardes, Faustina bajaba siempre al jardín, aunque sólo fuese por media hora, y Crovetto encontraba pretexto para abandonar su trabajo, yendo en busca de ella.
La continuidad de estas entrevistas y la inquietud que despertaban en Soudré acabaron por llamar la atención del famoso observador, que únicamente era ágil para observar lo que interesaba a los otros.
Al descubrir desde su biblioteca, sentados en un banco del jardín, a Faustina y Crovetto, su memoria dio un salto atrás, sobre varias docenas de años. Vio el Luxemburgo tal como era en otros tiempos, y sentados en una avenida de dicho jardín a dos jóvenes vestidos ridículamente, con arreglo a una moda ya olvidada: él y Matilde.
Tal recuerdo despertó en su pecho una sensación de angustia. Crovetto era joven, como él lo había sido en aquellos tiempos; ¿qué estaría diciendo a esta nueva Matilde?...
Tuvo celos. De pronto se vio marchando por su jardín lentamente, con pasos cautelosos, evitando que las hojas secas se partiesen bajo sus pies con chasquidos denunciadores. Un pequeño sendero le permitió llegar hasta la espalda del banco ocupado por los dos jóvenes.
Crovetto hablaba, levantando el tono de su voz a impulsos de la cólera, convencido de que únicamente podía escucharle ella en este rincón solitario.
—Tengo celos; sí, tengo celos; no lo oculto... Tú le amas, a pesar de tus negativas. Lo comprendo: es célebre en el mundo entero... Yo lo admiro, al mismo tiempo que lo odio; me ha causado un daño enorme, pero no puedo dejar de creer en su grandeza. No me extraña tu deslumbramiento. Ese hombre tiene la gloria.
¡Lo mismo que él! Su secretario hablaba con idéntica convicción que había hablado Montalbo treinta y ocho años antes. La fe y la admiración no habían muerto... Pero una risa irónica cortó sus reflexiones.
—¡La gloria!...
Y continuó la risa femenil por unos instantes:
—¿Qué me importa la gloria?... ¿Cómo conseguirá hacerme amar a un hombre que puede ser mi padre... mi padre no; mi abuelo? Yo sólo te amo a ti. Pero tú eres un visionario, un niño grande como él, y no puedes entenderme.
¡Lo mismo que la otra! El maestro creyó ver ante sus ojos el rostro melancólico de Matilde.
Pero Faustina seguía hablando. El pobre grande hombre adivinó que ella acababa de tomar una mano del joven, acariciándola con protectora suavidad. Al mismo tiempo había inclinado su cabeza hacia él como si fuese a besarlo. Su voz era un dulce murmullo.
—¡No pongas esa cara! Deja que me case con Montalbo. ¿Qué pierdes con ello? Viviremos bajo el mismo techo, y después...
¡Ay! Esto no lo había dicho la otra. Los años transcurridos eran de progreso, y habían cambiado, sin duda, la mentalidad de la juventud.
Tuvo miedo de seguir escuchando, y caminó otra vez, pero instintivamente, como si obedeciese a una orden misteriosa superior a su voluntad. Ahora su movimiento era de retroceso. Su pecho angustiado se dilató y su razón volvió a él según se iba alejando del banco.
De pronto sintió frío, lo mismo que si le envolviese una ráfaga de aire glacial. Al mirar en torno, se dio cuenta de que no se movía una hoja de los árboles ni un grano de polvo se había levantado del suelo.
El grande hombre pensó en sus novelas. Los innumerables personajes creados por él le acompañaban siempre, rompiendo en los momentos críticos de la existencia de su inventor las brumas del limbo en que sobrevivían, como si fuesen a darle un consejo.
Supo de pronto qué papel debía reservarse para el resto de su existencia entre los muchos que había atribuido a otros actores de sus relatos. Sólo podía ser el viejo bondadoso y simpático de las novelas, el patriarca risueño que tuvo una juventud borrascosa y en su ancianidad se dedicaba a proteger y casar a los jóvenes.
Inmediatamente, con la visión rápida del imaginativo, admiró la grandeza de su nuevo papel, amoldándose a sus exigencias. Le infundía miedo acordarse de la risa seca de aquella muchacha, y al mismo tiempo no podía alejarla de su lado. Continuaría amándola, pero de otro modo.
Vivirían los dos jóvenes bajo el mismo techo que él, como había dicho Faustina; pero ella sería la esposa de su secretario. La juventud con la juventud... ¡Y en cuanto al poder de la gloria...!
Otra vez sintió en torno a su persona aquel torbellino helado. Ahora se movían levemente las hojas con la brisa fría del atardecer. Pero a él le pareció que un huracán venido del Polo empezaba a soplar sobre París.
Necesitado de calor, miró hacia el sol.
Era igual a una oblea rojiza, y podía contemplarlo de frente sin pestañear. ¡Un símbolo exacto de la gloria!...
Y reconoció que el astro invisible por cuyo fuego se baten los hombres desde el principio del mundo, empleando la fuerza, la astucia o la envidia, sólo podría ser para él en adelante «el sol de los muertos».
El comediante Fonseca
I
Conocí a Mariano Fonseca en un café de la Avenida de Mayo, donde se reunían muchos actores y músicos españoles, venidos a los teatros de Buenos Aires. Su pelo, teñido intensamente, le proporcionaba a veces la afrenta de llevar en el rostro negros churretes que se esparcían por los surcos de sus arrugas. Pero este tinte escandaloso le infundía al mismo tiempo la certeza de que aún le quedaban largos años de vida para ser en comedias y dramas el protagonista de mediana edad y caballerescas acciones.
Sus compañeros de profesión no aceptaban esta juventud ilusoria. Sólo los antiguos, los que eran en la escena «padres nobles» y podían reclamar por sus años el papel de «barba», osaban tutear al célebre Fonseca. Los demás, a pesar de la familiaridad que rige la vida del teatro, le llamaban siempre don Mariano.
—Yo resulto poca cosa comparado con usted, doctor Olmedilla—me dijo una noche—. Antes de ser comediante estudié el bachillerato allá en Madrid, y me doy cuenta de que hablo con un médico de gran porvenir, llegado a estas tierras por curiosidad aventurera, pero que algún día obtendrá gran fama en nuestra patria. Por eso agradezco mucho que un hombre tan «científico» se digne venir a un establecimiento como éste para hablar con un pobre actor... Pero, aunque yo sea un ignorante comparado con usted, me considero por encima de mis camaradas.
Y Fonseca, acodándose sobre el mármol, en una actitud que él deseaba espontánea y hacía recordar la postura arrogante de un héroe de capa y espada sentado en una hostería, miró con bondad protectora a los otros hombres de teatro que ocupaban las mesas cercanas y parecían olvidados de él.
—Ahora, doctor—continuó—, estoy en la decadencia. Reconozco que han pasado mis tiempos. Además, este Buenos Aires, donde obtuve éxitos enormes, ya no es para mí. Ha crecido demasiado aprisa, y los gustos cambian. Ahora el público sólo quiere compañías lujosas, con muchas hembras ligeras de ropa y mucha música. Nadie gusta ya de las obras en verso y vamos siendo pocos los que sabemos declamar como en otra época.
Yo he sido célebre, doctor. Aún quedan criollos de mis buenos tiempos, que viven en las afueras de Buenos Aires rodeados de sus nietos, y si les habla usted de Mariano Fonseca le dirán quién fue. Por eso, sin duda, sólo encuentro trabajo actualmente los sábados y domingos, para representar obras antiguas, obras verdaderamente buenas, en algún pueblo inmediato a la capital. Estos públicos sencillos y honrados son los únicos capaces de apreciar ahora el verdadero arte. Pero no quiero insistir en esto; prefiero hablarle de mi vida, que le interesará más.
Sepa usted que soy un gran español, y eso que España no se portó bien conmigo. Por algo la abandoné cuando tenía poco más de veinte años, y no he vuelto a ella. Los públicos de allá se mostraron injustos, y tuve necesidad de venir a América para que alguien me aplaudiese. Pero no guardo rencor a mi patria ingrata. Sé bien que muchos grandes hombres conocieron la misma suerte. A pesar de esto, he servido a España aquí en América, durante treinta años, más que los diplomáticos y los hombres políticos.
Actualmente se oye hablar mucho de fraternidad hispanoamericana. Hay Sociedades que se cuidan de su fomento, y son frecuentes los banquetes y otras fiestas con discursos recordando a la madre patria. Pero cuando yo empecé mis correrías de actor, desde Texas y California hasta el cabo de Hornos, la situación era otra. España se acordaba poco de los pueblos americanos que hablan su lengua, y estas Repúblicas hispanoparlantes (como dicen algunos doctores) mantenían enteros y vivos los odios, las preocupaciones y cegueras de la guerra de la Independencia.
No venían de la Península otros enviados que nosotros. Éramos los comediantes los que evocábamos el recuerdo de España, representando las obras en verso del teatro romántico. Este apostolado no estaba libre de martirios. Los cómicos veíamos a veces con inquietud la llegada de la fiesta patriótica de cada República. Casi todos estos países tienen en su himno nacional una estrofita agresiva o vengadora dedicada a la antigua España. El tiempo, que todo lo calma, las buenas relaciones diplomáticas y los intereses de raza, han puesto en desuso estos versos, anticuados y mediocres. Pero en los tiempos de mi juventud traían con ellos tantos peligros y estrépitos como una tempestad, y muchas veces hicieron correr sangre.
Una parte del público, el día del aniversario patriótico, ordenaba que los actores españoles cantasen el himno ofensivo para su nación. Muchos se resistían a tal ultraje, apoyados por otra parte del mismo público, compuesta de españoles establecidos en el país. Escándalo general, insultos, palos, y muchas veces tiros. Además, usted conoce la gran variedad de apodos que existe para nosotros en estas Repúblicas pobladas por nietos de españoles. Los compatriotas de sus abuelos somos en un sitio «godos»; en otro, «gallegos»; en otro, «patones» o «gachupines», y así continúa la lista de motes...
Ésta era la parte mala del teatro en aquellos tiempos; pero sería injusto callar la parte agradable y gloriosa de nuestra vida errante. Como ya le he dicho, durante medio siglo fuimos la única representación española que conocieron los pueblos americanos de nuestra habla. En muchas ciudades del interior nos veíamos acogidos como si la vieja España viniese de actriz en nuestra compañía. Las señoras del público murmuraban en voz baja durante la representación los versos de las obras célebres, conocidos por ellas tan bien como por nosotros. Además, siempre encontrábamos algún respetable doctor, dedicado al estudio de las cosas antiguas de su tierra, que se emocionaba al vernos, como si presenciase una segunda llegada de los conquistadores.
A mí me conoce usted ahora en la desgracia; pero si visita mi casa alguna vez, le podré enseñar coronas a docenas, láminas de plata o de bronce con dedicatorias grabadas, de las que no he querido desprenderme ni aun en días de angustiosa pobreza, y versos, muchos versos, dedicados a mi humilde persona. Guardo también un discurso que un poeta joven (luego ha sido muchas veces ministro en su país) leyó el día de mi beneficio. «España—dice—es inmortal por sus hijos célebres. Jamás podrá desaparecer una nación que ha dado al mundo Cervantes, Castelar y Mariano Fonseca».
Sé bien que esto último es un poco exagerado. ¡Entusiasmos de muchacho!... Pero sería injusto no reconocer que nuestra vida errante sirvió durante medio siglo para que no se enfriasen totalmente las antiguas relaciones de familia y la gente recordase que aún existía España.
Yo debí quedarme en una de esas Repúblicas pequeñas, donde la vida es patriarcal, y para que no resulte enteramente aburrida, procuran los hijos del país amenizarla todos los años con alguna revolución. Pero mi hija gusta de volver a este Buenos Aires, donde nació. Yo también siento la atracción de la Avenida de Mayo; y aunque viva perfectamente en Méjico, junto a la frontera de Texas, y jure no volver más a la Argentina, siempre se arreglan las cosas de modo que, de aventura en aventura y de triunfo en fracaso, acabo por rodar de un extremo a otro del Nuevo Mundo, volviendo a esta ciudad, que es el refugio de todos nosotros.
Sin embargo, quedan esparcidos en las dos Américas muchos comediantes españoles, cuyo nombre ignora España y son personajes verdaderamente populares en las tierras donde se radicaron. Al gustar al público varias temporadas consecutivas, se quedan en el país para siempre, creyéndolo el mejor del mundo por haberles dado sus aplausos. Así envejecen sobre la escena, viendo pasar tres generaciones por los asientos del teatro. El presidente de la República se acuerda de que siendo niño le decía su mamá: «Si eres bueno, te llevaré al teatro a ver a Fulano». Los niños que ahora ríen las gracias de Fulano son nietos o bisnietos de los que presenciaron su llegada al país. Todos olvidan el lugar de su nacimiento, y acaban por considerarlo una gloria nacional. Cuando muere creen que el teatro ha sufrido una pérdida irreparable, y que ya no surgirán actores de su misma talla.
De haberme quedado en una República de éstas, mi existencia sería más tranquila y digna. No me vería obligado a hacer «bolos» los sábados y domingos en los pueblecitos, ni a sufrir las impertinencias de los muchachos que llegan ahora a las tablas, con tantos «modernismos» y sin saber decir bien un verso.
Pero siempre me sentí movido por un espíritu andariego y propenso a las aventuras, como el de los antiguos conquistadores. Ocho veces he ido del extremo Sur de Chile a la frontera de los Estados Unidos y viceversa, deteniéndome en cuantos teatros, buenos o malos, encontré al paso, o improvisando escenarios de ocasión en lugares que estaban esperando la llegada de un comediante desde el principio del planeta.
Esta facilidad ambulatoria la adquirí en mis primeros años de vida americana, cuando empecé la carrera como galán joven, al lado del gran Rengifo.
Con este actor glorioso no fue ingrata la madre patria. Recordará usted que gozó en España largos años de gloria. Pero al quedar poco menos que afónico y faltarle el dinero, tuvo que ser héroe y pasar el Atlántico, que siempre le había inspirado horror. Había que oír a este grande hombre cuando relataba sus viajes y las observaciones hechas por él en los teatros del Nuevo Mundo.
Usted sabe, doctor, que las numerosas Repúblicas de América que hablan español se diferencian mucho en fisonomía, desarrollo y carácter. Ocurre con ellas lo que con los hijos de una misma familia: tienen padres comunes y una sangre igual; pero los genios son distintos, y cada uno nace con diversas aficiones. Los mayores son serios y trabajan; los otros tienen el aturdimiento de la adolescencia; los pequeños hacen diabluras. Hay Repúblicas que yo llamo «serias», y otras que tienen la cabeza a pájaros y nadie sabe si llegarán a ser formales alguna vez o quedarán como esos calaveras que siguen loqueando hasta en su ancianidad.
Yo quiero a todos estos países, sean grandes o pequeños, y reconozco un fondo de caballeresca sensibilidad y una envidiable alegría de vivir aun en aquellos que llevan una existencia trágica. El gran Rengifo hablaba muchas veces con entusiasmo de algunas Repúblicas pequeñas, donde no pasa año sin numerosos fusilamientos y la vida del hombre es la cosa de menos valor en el país.
—Todos, sin embargo, hacen versos en esas tierras—decía mi maestro—, y cuando sale el sol, desde el presidente de la República al último caimán de sus ríos, no queda uno que no pulse la lira y lance una oda a la vida que despierta.
Rengifo alcanzó a presenciar cosas extraordinarias en este mundo nuevo. Una noche, trabajando en la capital de una de las citadas Repúblicas, fue tanto el entusiasmo del público, que el presidente creyó del caso venir a cumplimentarle en su cuarto, seguido de un par de ayudantes, cubiertos de cordones y bordados de oro, que llevaban oculto un revólver en cada bolsillo del pantalón.
—¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Felicito al representante glorioso de la vieja madre patria.
Y le estrechó la mano.
Continuó la función, yendo en aumento el entusiasmo de los espectadores. Antes del último acto, Rengifo, que estaba cambiándose de traje, vio entrar en su cuarto a otro señor, flanqueado igualmente por dos rutilantes edecanes.
—¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Mis felicitaciones al glorioso enviado de la vieja España, nuestra madre.
—¿Con quién tengo el honor de hablar?
—Soy el presidente de la República.
—¡Ah, no!... Inútil la broma—protestó el maestro—. El presidente de la República ha estado aquí hace poco. Es un señor con barba, vestido de frac, y usted lleva bigote y uniforme de general.
—Es que usted ignora que entre el segundo y el tercer acto ha habido una revolución.