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Novelas de Voltaire — Tomo Primero

Chapter 10: CAPITULO V.
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About This Book

A collection of short philosophical tales uses imagined voyages, allegory, and lively vignettes to question human institutions and beliefs. Episodes send curious observers and extraordinary visitors to inspect distant lands and to study humanity from an outsider's perspective, revealing the casual brutality of war, religious and intellectual pretensions, and social hypocrisies. The narration alternates wit and irony, mixing travel narrative and parable to expose the limits of human understanding. Each piece invites reflection on reason, tolerance, and folly while demonstrating how satire can unmask established authority and popular superstition.

CAPITULO III.

Viage de los dos habitantes de Sirio y Saturno

Ya estaban para embarcarse nuestros dos caminantes en la atmósfera de Saturno con muy decente provision de instrumentos de matemáticas, quando la dama del Saturnino, que lo supo, le vino á dar amargas quejas. Era esta una morenita muy agraciada, que no tenia mas que mil y quinientas varas de estatura, pero que con sus gracias reparaba lo chico de su cuerpo. ¡Ha cruel! exclamó, despues que te he resistido mil y quinientos años, quando apénas me habia rendido, no habiendo pasado arriba de cien años en tus brazos, ¡me abandonas por irte á viajar con un gigante del otro mundo! Anda, que no eres mas que un curioso, y nunca has estado enamorado; que si fueras Saturnino legítimo, mas constante serias. ¿Adonde vas? ¿qué quieres? ménos errantes son que tú nuestras cinco lunas, y ménos mudable nuestro anulo. Esto se acabó; nunca mas he de querer. Abrazóla el filósofo, lloró con ella, puesto que filósofo; y la dama, despues de haberse desmayado, se fué á consolar con un petimetre.

Partiéronse nuestros dos curiosos, y saltáron primero al anulo que encontráron muy aplastado, como lo ha adivinado un ilustre habitante de nuestro glóbulo; y desde allí anduviéron de luna en luna. Pasó un cometa por junto á la última, y se tiráron á él con sus sirvientes y sus instrumentos. Apénas hubiéron andado ciento y cincuenta millones de leguas, se topáron con los satélites de Júpiter. Apeáronse en este planeta, donde se detuviéron un año, y aprendiéron secretos muy curiosos, que se habrian dado á la imprenta, si no hubiese sido por los señores inquisidores que han encontrado proposiciones algo duras de tragar; pero yo logré leer el manuscrito en la biblioteca del Ilustrísimo Señor Arzobispo de … que me permitió registrar sus libros, con toda la generosidad y bondad que á tan ilustre prelado caracterizan.

Volvamos empero á nuestros caminantes. Al salir de Júpiter, atravesáron un espacio de cerca de cien millones de leguas, y costeáron el planeta Marte, el qual, como todos saben, es cinco veces mas pequeño que nuestro glóbulo; y viéron dos lunas que sirven á este planeta, y no han podido descubrir nuestros astrónomos. Bien sé que el abate Ximenez escribirá con mucho donayre contra la existencia de dichas lunas, mas yo apelo á los que discurren por analogía; todos excelentes filósofos que saben muy bien que no le seria posible á Marte vivir sin dos lunas á lo ménos, estando tan distante del sol. Sea como fuere, á nuestros caminantes les pareció cosa tan chica, que se temiéron no hallar posada cómoda, y pasáron adelante como hacen dos caminantes quando topan con una mala venta en despoblado, y siguen hasta el pueblo inmediato. Pero luego se arrepintiéron el Sirio y su compañero, que anduviéron un largo espacio sin hallar albergue. Al cabo columbráron una lucecilla, que era la tierra, y que pareció muy mezquina cosa á gentes que venian de Júpiter. No obstante, rezelando arrepentirse otra vez, se determináron á desembarcar en ella. Pasáron á la cola del cometa, y hallando una aurora boreal á mano, se metiéron dentro, y aportáron en tierra á la orilla septentrional del mar Báltico, á cinco de Julio de mil setecientos treinta y siete.

CAPITULO IV.

Que da cuenta de lo que les sucedió en el globo de la tierra.

Habiendo descansado un poco, se almorzáron dos montañas que les guisáron sus criados con mucho aseo. Quisiéron luego reconocer el mezquino pais donde se hallaban, y se dirigiéron de Norte á Sur. Cada paso ordinario del Sirio y su familia era de unos treinta mil piés de rey: seguíale de léjos el enano de Saturno, que perdia el aliento, porque tenia que dar doce pasos miéntras alargaba el otro la pierna, casi como un perrillo faldero que sigue, si se me permite la comparacion, á un capitán de guardias del rey de Prusia.

Como andaban de priesa estos extrangeros, diéron la vuelta al globo en treinta y seis horas: verdad es que el sol, ó por mejor decir la tierra, hace el mismo viage en un dia; pero hemos de reparar que es cosa mas fácil girar sobre su exe que anclar á pié. Volviéron al cabo al sitio donde etaban primero, habiendo visto la balsa, casi imperceptible para ellos, que llaman el Mediterráneo, y el otro estanque chico que con nombre de grande Océano rodea nuestra madriguera; al enano le daba el agua á media pierna, y apénas si se habia mojado el otro los talones. Fuéron y viniéron arriba y abaxo, haciendo quanto podian por averiguar si estaba ó no habitado este globo: baxáronse, acostáronse, tentáron por todas partes; pero eran tan desproporcionados sus ojos y manos con los mezquinos seres que andan arrastrando acá baxo, que no tuviéron la mas leve sensacion por donde pudiesen caer en sospecha de que exîstimos nosotros y nuestros hermanos los demas moradores de este globo.

El enano, que á veces fallaba con alguna precipitacion, decidió luego que no habia vivientes en la tierra, y su razon primera fué que no habia visto ninguno. Micromegas le dió á entender con mucha urbanidad, que no era fundada la conseqüencia; porque, le dixo, con vuestros ojos tan chicos no veis ciertas estrellas de quinquagésima magnitud, que distingo yo con mucha claridad. ¿Colegis por eso que no haya tales estrellas? Si lo he tentado todo, dixo el enano. ¿Y si no habeis sentido lo que hay? dixo el otro. Si está tan mal compaginado este globo, replicó el enano; si es tan irregular, y de una configuracion que parece tan ridicula, que todo él se me figura un caos. ¿No veis esos arroyuelos, que ninguno corre derecho; esos estanques que ni son redondos, ni quadrados, ni ovalados, ni de figura regular ninguna; todos esos granillos puntiagudos de que está erizado, y se me han entrado en los piés? (y queria hablar de las montañas). ¿No notais la forma de todo el globo, aplastado por los polos, y girando en torno del sol con tan desconcertada direccion, que por necesidad los climas de ámbos polos han de estar incultos? Lo que me fuerza á creer de veras que no hay vivientes en él, es que ninguno que tuviese razon querria habitarle. ¿Qué importa? dixo Micromegas, acaso no tienen sentido comun los habitantes, pero al cabo no es de presumir que se haya hecho esto sin algun fin. Decis que aquí todo os parece irregular, porque está todo tirado á cordel en Júpiter y Saturno. Pues por esa misma razon acaso hay aquí algo de confusion. ¿No os he dicho ya que siempre habia notado variedad en mis viages? Replicó el Saturnino á estas razones, y no se hubiera concluido la disputa, si en el calor de ella no hubiese roto Micromegas el hilo de su collar de diamantes, y caídose estos; que eran unos brillantes muy lindos, aunque pequeñitos y desiguales, que los mas gruesos pesaban quatrocientas libras, y cincuenta los mas menudos. Cogió el enano algunos, y arrimándoselos á los ojos vió que del modo que estaban abrillantados, eran microscopios excelentes: cogió pues un microscopio chico de ciento y sesenta piés de diámetro, y se le aplicó á un ojo, miéntras que se servia Micromegas de otro de dos mil y quinientos piés. Al principio no viéron nada con ellos, puesto que eran aventajados; fué preciso ponerse en la posicion que se requeria. Al cabo vió el morador de Saturno una cosa imperceptible que se meneaba entre dos aguas en el mar Báltico, y era una ballena: púsola bonitamente encima del dedo, y colocándola en la uña del pulgar, se la enseñó al Sirio, que por la segunda vez se echó á reir de la enorme pequeñez de los moradores de nuestro globo. Convencido el Saturnino de que estaba habitado nuestro mundo, se imaginó luego que solo por ballenas lo estaba; y como era gran discurridor, quiso adivinar de donde venia el movimiento á un átomo tan ruin, y si tenia ideas, voluntad y libre albedrío. Micromegas no sabia que pensar; mas habiendo exâminado con mucha paciencia el animal, sacó de su exâmen que no podia residir un alma en cuerpo tan chico. Inclinábanse pues nuestros dos caminantes á creer que no hay razon en nuestra habitacion, quando, con el auxîlio del microscopio, distinguiéron otro bulto mas grueso que una ballena, que en el mar Báltico andaba fluctuando. Ya sabemos que hácia aquella época volvia del círculo polar una bandada de filósofos, que habian ido á hacer observaciones en que nadie hasta entónces habia pensado. Traxéron los papeles públicos que habia zozobrado su embarcacion en las costas de Botnia, y que les habia costado mucho trabajo el salir á salvamento; pero nunca se sabe en este mundo lo que hay por debaxo de cuerda. Yo voy á contar con ingenuidad el suceso, sin quitar ni añadir nada: esfuerzo que de parte de un historiador es sobremanera meritorio.

CAPITULO V.

Experiencias y raciocinios de ámbos caminantes.

Tendió Micromegas con mucho tiento la mano al sitio donde se vía el objeto, y alargando y encogiendo los dedos de miedo de equivocarse, y abriéndolos luego y cerrándolos, agarró con mucha maña el navío donde iban estos señores, y se le puso sobre la uña, sin apretarle mucho, por no estruxarle. Hete aquí un animal muy distinto del otro, dixo el enano de Saturno; y el Sirio puso el pretenso animal en la palma de la mano. Los pasageros y marineros de la tripulacióon, que se creían arrebatados por un huracán, y que pensaban haber barado en un baxío, estan todos en movimiento; cogen los marineros toneles de vino, los tiran á la mano de Micromegas, y ellos se tiran despues; agarran los geómetras de sus quartos de círculo, sus sectores, y sus muchachas laponas, y se apean en los dedos del Sirio: por fin tanto se afanáron, que sintió que se meneaba una cosa que le escarabajeaba en los dedos, y era un garrote con un hierro á la punta que le clavaban hasta un pié en el dedo índice: esta picazon le hizo creer que habia salido algo del cuerpo del animalejo que en la mano tenia; mas no pudo sospechar al principio otra cosa, pues su microscopio, que apénas bastaba para distinguir un navío de una ballena, no podia hacer visible un entecillo tan imperceptible como un hombre. No quiero zaherir aquí la vanidad de ninguno; pero ruego á la gente vanagloriosa que paren la consideracion en este lugar, y contemplen que suponiendo la estatura ordinaria de un hombre de cinco piés de rey, no hacemos mas bulto en la tierra que el que en una bola de diez piés de circunferencia hiciera un animal que tuviese un seiscientos mil avos de pulgada de alto. Figurémonos una substancia que pudiera llevar el globo terraqúüeo en la mano, y que tuviese órganos análogos á los nuestros, y es cosa muy factible que haya muchas de estas substancias; y colijamos que es lo que de las funciones de guerra, en que hemos ganado dos ó tres lugarejos que luego ha sido fuerza restituir, pensarian.

No me queda duda de que si algun capitán de granaderos leyere esta obra, haga á su tropa que se ponga gorras dos piés mas altas; pero le advierto que, por mas que haga, siempre serán él y sus soldados unos infinitamente pequeños.

¡Qué maravillosa maña hubo de necesitar nuestro filósofo de Sirio para atinar á columbrar los átomos de que acabo de hablar! Quando Leuwenhoek y Hartsoeker viéron, ó creyéron que vian, por la vez primera, la simiente de que somos formados, no fué, ni con mucho, tan asombroso su descubrimiento. ¡Qué gusto el de Micromegas quando vió estas maquinillas menearse, quando examinó sus movimientos todos, y siguió todas sus operaciones! ¡Cómo clamaba! ¡con qué júbilo alargó á su compañero de viage uno de sus microscopios! Viéndolos estoy, decian ámbos juntos; contemplad como se cargan, como se baxan y se alzan. Así decian, y les temblaban las manos de gozo de ver objetos tan nuevos, y de temor de perderlos de vista. Pasando el Saturnino de un extremo de confianza al opuesto de credulidad, se figuró que los estaba viendo ocupados en la propagacion. Ha, dixo el Saturnino, cogida tengo la naturaleza "con las manos en la masa." Engañábanle empero las apariencias, y así sucede muy freqüentemente, quando uno usa y quando no usa microscopios.

CAPITULO VI.

De lo que les aconteció con unos hombres.

Muy mejor observador Micromegas que su enano, vió claramente que se hablaban los átomos, y se lo hizo notar á su compañero, el qual con la vergüenza de haberse engañado acerca del artículo de la generacion, no quiso creer que semejante especie de bichos se pudieran comunicar ideas. Tenia el don de lenguas no ménos que el Sirio; y no oyendo hablar á nuestros átomos, suponia que no hablaban: y luego ¿cómo habian de tener los órganos de la voz unos entes tan imperceptibles, ni qué se habian de decir? Para hablar es indispensable pensar; y si pensaban, tenian algo que equivalia al alma: y atribuir una cosa equivalente al alma á especie tan ruin, se le hacia mucho disparate. Díxole el Sirio: ¿Pues no creíais, poco hace, que se estaban enamorando? ¿pensais que enamora nadie sin pensar, y sin hablar palabra, ó á lo ménos sin darse á entender? ¿ó suponeis que es cosa mas fácil hacer un chiquillo que un silogismo? A mí uno y otro me parecen impenetrables misterios. No me atrevo ya, dixo el enano, á creer ni á negar cosa ninguna; procuremos examinar estos insectos, y discurrirémos luego. ¡Que me place! respondió Micromegas; y sacando unas tixeras, se cortó las uñas, y con lo que cortó de la uña de su dedo pulgar hizo al punto una especie de bocina grande, como un embudo inmenso, y puso el cañon al oido: la circunferencia del embudo cogia el navío y toda su tripulacion, y la mas débil voz se introducia en las fibras circulares de la uña, de suerte que, merced de su industria, el filósofo de allá arriba oyó perfectamente el zumbido de nuestros insectos de acá abaxo, y en pocas horas logró distinguir las palabras, y entender al cabo el francés. Lo mismo hizo el enano, aunque no con tanta facilidad. Crecia por puntos el asombro de los dos viageros, al oir unos aradores hablar con bastante razon, y les parecia inexplicable este juego de la naturaleza. Bien se discurre que se morian el enano y el Sirio de deseos de entablar conversacion con los átomos; mas se temia el enano que su tenante voz, y mas aun la de Micromegas, atronara á los aradores sin que la oyesen. Tratáron, pues de disminuir su fuerza, y para ello se pusiéron en la boca unos mondadientes muy menudos, cuya punta muy afilada iba á parar junto al navío. Puso el Sirio al enano sobre sus rodillas, y encima de una uña el navío con la tripulacion; baxó la cabeza y habló muy quedo, y despues de todas estas precauciones y otras muchas mas, dixo lo siguiente: Invisibles insectos que la diestra del Criador se plugo en producir en el abismo de los infinitamente pequeños, yo le bendigo porque se dignó manifestarme impenetrables secretos. Acaso nadie se dignará de miraros en mi corte, pero yo á nadie desprecio, y os brindo con mi proteccion.

Si ha habido asombros en el mundo, ninguno ha llegado al de los que estas razones oyéron decir, sin poder atinar de donde salian. Rezó el capellan las preces de conjuros, votáron y renegáron los marineros, y fraguáron un sistema los filósofos del navío; pero, por mas sistemas que imagináron, no les fué posible atinar quien era el que les hablaba. Entónces les contó en breves palabras el enano de Saturno, que tenia ménos recia la voz que Micromegas, con que gente estaban hablando, y su viage de Saturno: les informó de quien era el señor Micromegas, y habiéndose compadecido de que fueran tan chicos, les preguntó si habian vivido siempre en un estado tan rayano de la nada, y qué era lo que hacian en un globo que al parecer era peculio de ballenas; si eran dichosos, si tenian alma, si multiplicaban, y otras mil preguntas de este jaez.

Enojado de que dudasen si tenia alma, un raciocinador de la banda, mas osado que los demas, observó al interlocutor con unas pínulas adaptadas á un quarto de círculo, midió dos triángulos, y al tercero le dixo así: ¿Con que creeis, señor caballero, que porque teneis dos mil varas de piés á cabeza, sois algun?… ¡Dos mil varas! exclamó el enano, pues no se equivoca ni en una pulgada. ¡Con que me ha medido este átomo! ¡con que es geómetra, y sabe mi tamaño; y yo que no le puedo ver sin auxîlio de un microscopio, no sé aun el suyo! Si, que os he medido, dixo el físico, y tambien mediré al gigante compañero vuestro. Admitióse la propuesta, y se acostó Su Excelencia por el suelo, porque estando en pié su cabeza era muy mas alta que las nubes; y nuestros filósofos le plantáron un árbol muy grande en cierto sitio que Torres ó Quevedo hubiera nombrado por su nombre, pero que yo no me atrevo á mentar, por el mucho respeto que tengo á las damas; y luego por una serie de triángulos, conexôs unos con otros, coligiéron que la persona que median era un mancebito de ciento y veinte mil piés de rey.

Prorumpió entónces Micromegas en estas razones: Ya veo que nunca se han de juzgar las cosas por su aparente magnitud. O Dios, que diste la inteligencia á unas substancias que tan despreciables parecen, lo infinitamente pequeño no cuesta mas á tu omnipotencia que lo infinitamente grande; y si es dable que haya otros seres mas chicos que estos, acaso tendrán una inteligencia superior á la de aquellos inmensos animales que he visto en el cielo, y que con un pié cubririan el globo entero donde ahora me encuentro.

Respondióle uno de los filósofos que bien podia creer, sin que le quedase duda, que habia seres inteligentes mucho mas chicos que el hombre, y le contó, no las fábulas que nos ha dexado Virgilio sobre las abejas, sino lo que Swammerdam ha descubierto, y lo que ha disecado Reaumur. Instruyóle luego de que hay animales que son, con respecto á las abejas, lo que son las abejas con respecto al hombre, y lo que era el Sirio propio con respecto á aquellos animales tan corpulentos de que hablaba, y lo que son estos grandes animales con respecto á otras substancias ante las quales parecen imperceptibles átomos. Poco á poco fué haciéndose interesante la conversacion, y dixo así Micromegas.

CAPITULO VII.

Conversacion con los hombres.

O átomos inteligentes, en quien se plugo el eterno Ser en manifestar su arte y su potencia, sin duda que en vuestro globo disfrutais contentos purísimos; pues teniendo tan poca materia y pareciendo todos espíritu, debeis emplear vuestra vida en amar y pensar, que es la verdadera vida de los espíritus. En parte ninguna he visto la verdadera felicidad, mas estoy cierto de que esta es su mansion. Encogiéronse de hombros al oir este razonamiento los filósofos todos; y mas ingenuo uno de ellos confesó sinceramente que, exceptuando un cortísimo número de moradores poquisimo apreciados, todo lo demas es una cáfila de locos, de perversos y desdichados. Mas materia tenemos, dixo, de la que es menester para obrar mal, si procede el mal de la materia, y mas inteligencia, si proviene de la inteligencia. ¿Sabeis por exemplo que á la hora esta cien mil locos de nuestra especie, que llevan sombreros, estan matando á otros cien mil animales cubiertos de un turbante, ó muriendo á sus manos, y que así es estilo en toda la tierra, de tiempo inmemorial acá? Horrorizóse el Sirio, y preguntó el motivo de tan horribles contiendas entre animalejos tan ruines. Trátase, dixo el filósofo, de unos pedacillos de tierra tamaños como vuestro pié, y no porque ni uno de los millones de hombres que pierden la vida solicite un terron siquiera de dicho pedazo; que se trata de saber si ha de pertenecer á cierto hombre que llaman Sultan, ó á otro que apellidan César, no sé por qué. Ninguno de los dos ha visto ni verá nunca el rinconcillo de tierra que está en litigio; ni ménos casi ninguno de los animales que recíprocamente se asesinan ha visto tampoco al animal por quien asesina.

¡Desventurados! exclamó indignado el Sirio: ¿cómo es posible imaginar tan furioso frenesí? Arranques me vienen de dar tres pasos, y con tres patadas estruxar todo ese hormiguero de ridículos asesinos. No os toméis ese trabajo, le respondiéron, que sobrado se afanan ellos en labrar su ruina. Sabed que dentro de diez años no quedará en vida el diezmo de estos miserables; y que, aun sin sacar la espada, casi todos se los lleva la hambre, la fatiga, ó la destemplanza, aparte de que no son ellos los que merecen castigo, sino los ociosos despiadados, que metidos en su gabinete mandan, miéntras digieren la comida, degollar un millon de hombres, y dan luego solemnes acciones de gracias á Dios. Sentíase el caminante movido á piedad del mezquino linage humano, en el qual tantas contradicciones descubria. Siendo vosotros, dixo á estos señores, del corto número de sabios que sin duda á nadie matan por dinero, os ruego que me digais quales son vuestras ocupaciones. Disecamos moscas, respondió el filósofo, medimos líneas, combinamos números, estamos conformes acerca de dos ó tres puntos que entendemos, y divididos sobre dos ó tres mil que no entendemos. Ocurrióles al Sirio y al Saturnino hacer preguntas á los átomos pensadores, para saber sobre qué estaban acordes. ¿Qué distancia hay, dixo este, desde la estrella de la Canícula hasta la grande de Géminis? Respondiéronle todos juntos: Treinta y dos grados y medio.—¿Quanto dista de aquí la luna?—Sesenta semi-diámetros de la tierra.—¿Quanto pesa vuestro ayre? Creía haberlos cogido; pero todos le dixéron que pesaba novecientas veces ménos que el mismo volumen del agua mas ligera, y diez y nueve mil veces ménos que el oro. Atónito el enanillo de Saturno con sus respuestas, estaba tentado á creer que eran mágicos aquellos mismos á quienes un quarto de hora ántes les habia negado la inteligencia.

Díxoles finalmente Micromegas: Una vez que tan puntualmente sabeis lo que hay fuera de vosotros, sin duda que mejor todavía sabréis lo que hay dentro: decidme pues qué cosa es vuestra alma, y cómo se forman vuestras ideas. Los filósofos habláron todos á la par, como ántes, pero todos fuéron de distinto parecer. Citó el mas anciano á Aristóteles, otro pronunció el nombre de Descartes, este el de Malebranche, aquel el de Leibnitz, y el de Locke otro. El anciano peripatético dixo con toda confianza: El alma es una entelechîa, una razon en virtud de la qual tiene la potencia de ser lo que es; así lo dice expresamente Aristóteles, pág. 633 de la edicion del Louvre: Entelexeia esti, etc. No entiendo el griego, dixo el gigante. Ni yo tampoco, respondió el arador filosófico. ¿Pues á qué citais, replicó el Sirio, á ese Aristóteles en griego? Porque lo que uno no entiende, repuso el sabio, lo ha de citar en lengua que no sabe.

Tomó el hilo el cartesiano, y dixo: Es el alma un espíritu puro que en el vientre de su madre ha recibido todas las ideas metafísicas, y que así que sale de él se vé precisada á ir á la escuela, y aprender de nuevo lo que tan bien sabia y que nunca volverá á saber. Pues estás medrado, respondió el animal de ocho leguas, con que supiera tanto tu alma quando estabas en el vientre de tu madre, si habia de ser tan ignorante quando fueras tú hombre con barba. ¿Y qué entiendes por espíritu? ¿Qué es lo que me preguntais? dixo el discurridor, no tengo idea ninguna de él: dicen que lo que no es materia.—¿Y sabes lo que es materia? Eso sí, respondió el hombre. Esa piedra por exemplo es parda, y de tal figura, tiene tres dimensiones, y es grave y divisible. Así es, dixo el Sirio; ¿pero esa cosa que te parece divisible, grave y parda, me dirás qué es? Algunos atributos vés, pero ¿el sosten de estos atributos le conoces? No, dixo el otro. Luego no sabes qué cosa sea la materia.

Dirigiéndose entónces el señor Micromegas á otro sabio que encima de su dedo pulgar tenia, le preguntó qué era su alma, y qué hacia. Cosa ninguna, respondió el filósofo malebranchista; Dios es quien lo hace todo por mí; en él lo veo todo, en él lo hago todo, y él es quien todo lo hace sin cooperacion mia. Tanto monta no exîstir, replicó el filósofo de Sirio. ¿Y tú, amigo, le dixo á un leibniziano que allí estaba, qué dices? ¿qué es tu alma? Un puntero de relox, dixo el leibniziano, que señala las horas miéntras las toca mi cuerpo; ó bien, si os parece, el alma las toca miéntras el cuerpo las señala; ó mi alma es el espejo del universo, y mi cuerpo el marco del espejo: todo esto es claro.

Estábalos oyendo un sectario de Locke, y quando le tocó hablar, dixo: Yo no sé como pienso, lo que sé es que nunca he pensado como no sea por medio de mis sentidos. Que haya substancias inmateriales é inteligentes, no pongo duda; pero que no pueda Dios comunicar la inteligencia á la materia, eso lo dudo mucho. Respeto el eterno poder, y sé que no me compete limitarle; no afirmo nada, y me ciño á creer que hay muchas mas cosas posibles de lo que se piensa.

Sonrióse el animal de Sirio, y le pareció que no era este el ménos cuerdo; y si no hubiera sido por la mucha desproporcion, hubiera dado un abrazo el enano de Saturno al sectario de Locke. Por desgracia se encontraba en la banda, un animalucho con un bonete en la cabeza, que cortando el hilo á todos los filósofos dixo que él sabia el secreto, que se hallaba en la Suma de Santo Tomas; y mirando de pies á cabeza á los dos moradores celestes, les sustentó que sus personas, sus mundos, sus soles y sus estrellas, todo habia sido criado para el hombre. Al oir tal sandez, nuestros dos caminantes hubiéron de caerse uno sobre otro, pereciéndose de aquella inextinguible risa que, segun Hornero, cupo en suerte á los Dioses; iba y venia su barriga y sus espaldas, y en estas idas y venidas se cayó el navio de la uña del Sirio en el bolsillo de los calzones del Saturnino. Buscáronle ámbos mucho tiempo; al cabo topáron la tripulacion, y la metiéron en el navio lo mejor que pudiéron. Cogió el Sirio á los aradorcillos, y les habló con mucha afabilidad, puesto que estaba algo mohino de ver que unos infinitamente pequeños tuvieran una vanidad casi infinitamente grande. Prometióles que compondria un libro de filosofía escrito de letra muy menuda para su uso, y que en él verian el porque de todas las cosas; y con efecto ántes de irse les dió el prometido libro, que lleváron á la academia de ciencias de Paris. Mas quando le abrió el secretario, se halló con que estaba todo en blanco, y dixo: ha, ya me lo presumia yo.

Fin de la historia de Micromegas.

* * * * *

HISTORIA

DE UN BUEN BRAMA.

En mis viages encontré un brama anciano, sugeto muy cuerdo, instruido y discreto, y con esto rico, cosa que le hacia mas cuerdo; porque, como no le faltaba nada, no necesitaba engañar á nadie. Gobernaban su familia tres mugeres muy hermosas, cuyo esposo era; y quando no se recreaba con sus mugeres, se ocupaba en filosofar. Vivia junto á su casa que era hermosa, bien alhajada y con amenos jardines, una India vieja, beata, tonta, y muy pobre.

Díxome un dia el brama: Quisiera no haber nacido. Preguntéle porque, y me respondió: Quarenta años ha que estoy estudiando, y todos quarenta los he perdido; enseño á los demas, y lo ignoro todo. Este estado me tiene tan aburrido y tan descontento, que no puedo aguantar la vida: he nacido, vivo en el tiempo, y no sé qué cosa es el tiempo; me hallo en un punto entre dos eternidades, como dicen nuestros sabios, y no tengo idea de la eternidad; consto de materia, pienso, y nunca he podido averiguar la causa eficiente del pensamiento; ignoro si es mi entendimiento una mera facultad, como la de andar y digerir, y si pienso con mi cabeza lo mismo que palpo con mis manos. No solamente ignoro el principio de mis pensamientos, mas también se me esconde igualmente el de mis movimientos: no sé porque exîsto, y no obstante todos los dias me hacen preguntas sobre todos estos puntos; y como tengo que responder por precision y no sé qué decir, hablo mucho, y despues de haber hablado me quedo avergonzado y confuso de mí propio. Peor es todavía quando me preguntan si Brama fué producido por Visnú, ó si ámbos son eternos. A Dios pongo por testigo de que no lo sé, y bien se echa de ver en mis respuestas. Reverendo padre, me dicen, explicadme como el mal inunda la tierra entera. Tan adelantado estoy yo como los que me hacen esta pregunta: unas veces les digo que todo está perfectísimo; pero los que han perdido sus caudales y sus miembros en la guerra no lo quieren creer, ni yo tampoco, y me vuelvo á mi casa abrumado de mi curiosidad y mi ignorancia. Leo nuestros libros antiguos, y me ofuscan mas las tinieblas. Hablo con mis compañeros: unos me aconsejan que disfrute de la vida, y me ría de la gente; otros creen que saben algo, y se descarrian en sus desatinos; y todo aumenta la angustia que padezco. Muchas veces estoy á pique de desesperarme, contemplando que al cabo de todas mis investigaciones no sé ni de donde vengo, ni qué soy, ni adonde iré, ni qué he de ser.

Causóme lástima de veras el estado de este buen hombre, que no habia otro de mas razon, ni mas ingenuo; y me convencí de que eso mas era desdichado que mas entendimiento tenia, y era mas sensible.

Aquel mismo dia visité á la vieja vecina suya, y le pregunté si se habia apesadumbrado alguna vez por no saber qué era su alma; y ni siquiera entendió mi pregunta. Ni un instante en toda su vida habia reflexîonado en uno de los puntos que tanto atormentaban al brama; creía con toda su alma en las transformaciones de Visnú, y se tenia por la mas dichosa muger, con tal que de quando en quando tuviese agua del Ganges para bañarse.

Atónito de la felicidad de esta pobre muger, me volví á ver con mi filósofo, y le dixe: ¿No teneis vergüenza de vuestra desdicha, quando á la puerta de vuestra casa hay una vieja autómata que en nada piensa, y vive contentísima? Razon teneis, me respondió; y cien veces he dicho para mí, que seria muy feliz si fuera tan tonto como mi vecina, mas no quiero gozar semejante felicidad.

Mas golpe me dió esta respuesta del brama, que todo quanto primero me habia dicho; y exâminándome á mí propio, ví que efectivamente no quisiera yo ser feliz á trueque de ser un majadero. Propuse el caso á varios filósofos, y todos fuéron de mi parecer. No obstante, decia yo entre mí, rara contradiccion es pensar así, porque al cabo lo que importa es ser feliz, y nada monta tener entendimiento, ó ser necio. Mas digo: los que viven satisfechos con su suerte bien ciertos estan de que viven satisfechos; y los que discurren no lo estan de que discurren bien. Luego cosa es clara, añadia yo, que debiera uno escoger no tener migaja de razon, si en algo contribuye la razon á nuestra infelicidad. Todo el mundo fué de mi mismo dictámen, mas ninguno hubo que quisiese entrar en el ajuste de volverse tonto por vivir contento. De aquí saco que si hacemos mucho aprecio de la felicidad, mas aprecio hacemos todavía de la razon. Mas, reflexîonándolo bien, parece que preferir la razon á la felicidad, es garrafal desatino. ¿Pues cómo hemos de explicar esta contradiccion? Lo mismo que todas las demas, y seria el cuento de nunca acabar.

Fin de la historia de un buen Brama.

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