Hácese ruido debajo del tablado con un barril lleno de piedras, y dispárese un cohete volador.
S.2.° ¿No oyes un ruido,
amigo? Di, ¿no viste
El rayo ardiente que
pasó volando?
Presagio
verdadero de esto fuiste.
S.1.° Turbado estoy; de miedo estoy
temblando.
¡Oh qué
señales!, a lo que yo veo,
¡Qué amargo fin
están pronosticando!
¿No ves un
escuadrón airado y feo?
¿Vees unas
águilas feas que pelean
Con otras aves en marcial
rodeo?
S.2.° Sólo su esfuerzo y su rigor
emplean
En encerrar las aves en un
cabo,
Y con astucia y arte las
rodean.
S.1.° Tal señal
vitupero y no la alabo,
¿Aguilas imperiales
vencedoras?
¡Tú verás
de Numancia presto el cabo!
S.2.° Aguilas, de gran mal
anunciadoras,
Partíos, que ya el
agüero vuestro entiendo,
Ya en efecto
contadas son las horas.
S.1.° Con todo, el sacrificio hacer
pretendo
De esta inocente
víctima, guardada
Para pagar el dios del gesto
horrendo.
S.2.° ¡Oh gran
Plutón, a quien por
suerte dada
Le fué la
habitación del reino oscuro
Y el mando en la infernal
triste morada!
Atapa la profunda
escura boca
Por do salen las tres fieras
hermanas
A hacernos el daño que
nos toca,
Y sian de
dañarnos tan livianas
Sus intenciones, que las lleve
el viento,
Como se lleva el pelo de estas
lanas.
Quita algunos pelos del carnero y échalos al aire.
S.1.° Y ansí como te baño y
ensangriento
Este cuchillo en
esta sangre pura,
Con alma limpia y limpio
pensamiento,
Ansí la
tierra de Numancia dura
Se bañe con la sangre
de romanos,
Y aun los sirva también
de sepoltura.
Sale por el hueco del tablado un DEMONIO hasta el medio cuerpo, y ha de arrebatar el carnero y volverse a disparar el fuego y todos los sacrificios.
S.2.° Mas ¿quién me ha arrebatado
de las manos
La víctima?
¿Qué es esto, dioses santos?
¿Qué prodigios
son estos tan insanos?
No
os han enternecido ya los llantos
Deste pueblo lloroso y
afligido,
Ni la arpada voz de aquestos
cantos;
Antes creo que se
han endurecido,
Cual pueden inferir en las
señales
Tan fieras como aquí
han acontecido.
Nuestros vivos
remedios son mortales;
Toda nuestra pereza es
diligencia,
Y los bienes ajenos,
nuestros males.
NUM. En fin, dado han los cielos la
sentencia
De nuestro fin amargo y
miserable.
No nos quiere valer ya su
clemencia;
Lloremos, pues es
fin tan lamentable,
Nuestra desdicha; que la edad
postrera
Dél y de nuestras
fuerzas siempre hable.
JORNADA TERCERA
Salen CIPIÓN, IUGURTA, y MARIO, romanos.
CIP. En forma estoy contento en mirar
cómo
Corresponde a mi gusto la
ventura,
Y esta libre nación
soberbia domo
Sin fuerzas, solamente con
cordura.
En viendo la ocasión,
luego la tomo,
Porque sé cuánto
corre y se apresura,
Y si se pasa; en cosas de la
guerra,
El crédito consume y
vida atierra.
Juzgaba de
ésa el loco desvarío
Tener los enemigos
encerrados,
Y que era mengua del romano
brío
No vencellos con modos
más usados.
Bien sé que lo
habrán dicho; mas yo fío
Que, los que fueren
plácticos soldados
Dirán que es de tener
en mayor cuenta
La victoria que menos
ensangrienta.
¿Qué
gloria puede haber más levantada,
En las cosas de guerra que
aquí digo,
Que, sin quitar de su lugar la
espada,
Vencer y sujetar al
enemigo?
Que, cuando la victoria es
granjeada
Con la sangre vertida del amigo,
El gusto mengua que causar
pudiera
La que sin sangre tal ganada
fuera.
Tocan una trompeta del muro de Numancia.
IUG. Oye, señor, que de Numancia
suena
El son de una trompeta, y me
aseguro
Que decirte, algo desde
allá se ordena,
Pues el salir acá lo
estorba el muro.
Caravino se ha puesto en una
almena,
Y una señal ha hecho de
seguro:
Lleguémonos más
cerca.
CIP.
Ea, lleguemos.
No más: que desde
aquí lo entenderemos.
Pónese CARAVINO en la muralla, con una bandera o lanza en la mano, y dice:
CAR. ¡Romanos!; ¡Ah,
romanos! ¿Puede acaso
Ser de vosotros esta voz
oída?
MAR. Puesto que más abajas, y hables paso,
De cualquier tu razón
será entendida.
CAR. Decid al general que alargue el paso
Al foso, porque viene
dirigida
a él una embajada.
CIP.
Dila presto,
que yo soy
Cipión.
CAR.
Escucha el resto.
Dice Numancia, general
prudente,
Que consideres bien que ha
muchos años
Que entre la nuestra y tu
romana gente
Duran los males de la guerra extraños,
Y que, por evitar que no se
aumente
La dura pestilencia destos
daños,
Quiere, si tú
quisieres, acaballa
Con una breve y singular
batalla.
Un soldado se
ofrece de los nuestros
A combatir cerrado en
estacada
Con cualquiera esforzado de
los vuestros,
Para acabar contienda tan
trabada;
Y al que los hados fueren tan
siniestros,
Que allí le
dejen sin la vida amada,
Si fuere d nuestro,
darémoste la tierra;
Si el tuyo fuere,
acábese la guerra:
Y por seguridad
deste concierto,
daremos a tu gusto las
rehenes.
Bien sé que en
él vendrás, porque estás cierto
De los soldados que a tu cargo
tienes,
Y sabes que el menor, a campo
abierto,
Hará sudar el pecho,
rostro y sienes
Al más aventajado de
Numancia;
Ansí que está
segura tu ganancia.
Porque a la ejecución
se venga luego,
Respóndeme,
señor, si estás en ello.
CIP. Donaire es lo que dices, risa y juego,
Y loco el que piensa de
hacello.
Usad el medio del humilde
ruego,
Si queréis que se
escape vuestro cuello
De probar el rigor y filos
diestros
Del romano cuchillo y brazos
nuestros.
La fiera
que en la jaula está encerrada
Por su selvatoquez y fuerza
dura,
Si puede allí con mano
ser domada,
Y con el tiempo y medios de
cordura,
Quien la dejase libre y
desatada
Daría grandes muestras
de locura.
Bestias sois, y, por tales,
encerradas
Os tengo donde habéis
de ser domadas.
Mía
será Numancia a pesar vuestro,
Sin que me cueste un
mínimo soldado,
Y el que tenéis
vosotros por más diestro,
Rompa por ese foso
trincheado;
Y si en esto os parece que yo
muestro
Un poco mi valor
acobardado,
El viento lleve agora
esta vergüenza,
Y vuélvala la fama
cuando venza.
Vanse CIPIÓN y los suyos, y dice CARAVINO.
CAR. ¿No escuchas más,
cobarde? ¿Ya te ascondes?
¿Enfádate la
igual justa batalla?
Mal con tu nombradía
correspondes;
Mal podrás de este modo
sustentalla;
En fin, como cobarde me
respondes.
Cobardes sois, romanos, vil
canalla,
Con vuestra muchedumbre
confiados,
Y no en los diestros brazos
levantados.
En formado
escuadrón, o manga suelta
En la campaña rasa, do
no pueda
Estorbar la mortal fiera
revuelta
El ancho foso y muro que la veda,
Será bien que, sin dar
el pie la vuelta?
Y sin tener jamás la
espada queda,
Ese ejército
mucho bravo vuestro
Se viera con el poco flaco
nuestro;
Mas, como siempre
estáis acostumbrados
A vencer con ventajas y con
mañas,
Estos conciertos, en valor
fundados,
No los admiten bien vuestras
marañas;
Liebres en pieles fieras
disfrazados,
Load y engrandeced vuestras
hazañas,
Que espero en el gran
Júpiter dejaros
Sujetos a Numancia y a sus
fueros.
Vase, y torna a salir fuera con TEÓGENES, y CARAVINO, y MARANDRO, y otros.
TEÓG. En términos nos tiene
nuestra suerte,
Dulces amigos, que
sería ventura
De acabar nuestros
daños con la muerte;
El desafío
no ha importado un cero;
¿De intentar qué
me queda? No lo siento,
Uno es aceptar el fin
postrero.
Esta noche se
muestre el ardimiento
Del numantino acelerado
pecho,
Y póngase por obra
nuestro intento.
El enemigo muro
sea deshecho;
Salgamos a morir a la
campaña,
Y no como cobardes en
estrecho.
Bien sé que
sólo sirve esta hazaña
De que a nuestro morir se mude el modo,
Que con ella la muerte se
acompaña.
CAR. Con este parecer yo me acomodo;
Morir quiero rompiendo el
fuerte muro,
Y deshacello por mi mano
todo;
Mas tienen una
cosa mal siguro:
Que, si nuestras mujeres saben
esto,
De que no haremos nada os
aseguro.
Cuando otra vez
tuvimos presupuesto
De huírnos y dejallas,
cada uno
Fiado en su caballo y vuelo
presto,
Ellas, que el
trato a ellas importuno
Supieron, al momento nos
robaron
Los frenos, sin dejarnos
sólo uno.
Entonces el
huír nos estorbaron,
Y ansí lo harán
agora fácilmente,
Si las lágrimas
muestran que mostraron.
MAR. Nuestro disinio a todas es
patente,
Todas lo saben ya, y no queda
alguna
Que no se queje dello
amargamente,
Y dicen que, en la
buena o ruin fortuna,
Quieren en vida o muerte
acompañaros,
Aunque su
compañía os sea importuna.
Entran cuatro mujeres de Numancia, cada una con un niño en brazos y otros de las manos, y LIRA, doncella.
Veislas
aquí do vienen a rogaros
No las dejéis en tantos
embarazos;
Aunque seáis de acero
han de ablandaros;
Los tiernos hijos
vuestros en los brazos
Las tristes traen: ¿no
veis con qué señales
De amor les dan los
últimos abrazos?
M.1.ª ¿Qué
pensáis, varones claros?
¿Revolvéis
aún todavía
En la triste
fantasía
De dejarnos y ausentaros?
¿Y a los
libres hijos vuestros
Queréis esclavos
dejallos?
¿No será mejor
ahogallos
Con los propios brazos
vuestros?
No
apresuréis el camino
Al morir, porque su
estambre
Cuidado tiene la hambre
De cercenarla contino.
M.3.ª Hijos de estas tristes
madres,
¿Qué es esto?
¿Cómo no habláis
Y con lágrimas
rogáis
Que no os dejen vuestros
padres?
Baste que la
hambre insana
Os acaben con dolor,
Sin esperar el rigor
De la aspereza romana.
Decildes que os
engendraron
Libres, y libres nacistes,
Y que vuestras madres
tristes
También libres os
criaron.
Decildes que, pues
la suerte
Nuestra va tan
decaída,
Que, como os dieron la vida,
Ansí mismo os den la
muerte;
¡Oh muros de
esta ciudad!
Si podéis hablar,
decid,
Y mil veces repetid:
"¡Numantinos,
libertad
Los templos, las
casas vuestras
Levantadas en concordia!
Hoy piden misericordia
Hijos y mujeres vuestras.
Ablandad, caros
varones,
Esos pechos diamantinos,
Y mostrad, cual
numantinos,
Amorosos corazones;
Que no por romper
el muro
Se remedia un mal
tamaño;
Antes en ello está el
daño
Más propincuo y
más seguro."
LIRA. También las tristes
doncellas
Ponen en vuestra defensa
El remedio de su ofensa
Y el alivio a sus
querellas.
Desesperación notoria
Es ésta que hacer
queréis,
Adonde sólo
hallaréis
Breve muerte y larga
gloria.
Mas ya que salga
mejor
Que yo pienso esta
hazaña,
¿Qué ciudad hay
en España
Que quiera daros favor?
Mi pobre ingenio
os advierte
Que si hacéis esta
salida,
Al enemigo dais vida
Y a toda Numancia muerte.
De vuestro acuerdo
gentil
Los romanos
burlarán;
Pero, decidme:
¿qué harán
Tres mil con ochenta mil?
Aunque tuviesen
abiertos
Los muros y su defensa,
Seríades con ofensa
Mal vengados y bien
muertos.
Mejor es que la
ventura
O el daño que el cielo
ordena,
O nos salve o nos condena
Dé la vida o
sepoltura.
TEÓG. Limpiad los ojos húmidos
del llanto,
Mujeres tiernas, y tené
entendido
Que vuestra angustia la
sentimos tanto,
Que responde al amor nuestro
subido.
Ora crezca el dolor, ora el
quebranto
Sea por nuestro bien
disminuído,
Jamás en muerte o vida
os dejaremos;
Antes en muerte y vida os
serviremos.
Pensábamos
salir al foso, ciertos
Antes de allí morir que
de escaparnos,
Pues fuera quedar vivos aunque
muertos,
Si muriendo pudiéramos
vengarnos;
Mas, pues nuestros disinios descubiertos
Han sido, y es locura
aventurarnos,
Amados y hijos y mujeres
nuestras,
Nuestras vidas serán de
hoy más las vuestras.
Sólo se ha
de mirar que el enemigo
No alcance de nosotros triunfo
o gloria;
Antes ha de servir él
de testigo
Que aprueben y determinen la
historia;
Y si todos venís en lo
que digo,
Mil siglos durará
nuestra memoria,
Y es que no quede cosa
aquí en Numancia
De do el contrario pueda hacer
ganancia.
En medio de la
plaza se haga un fuego,
En cuya ardiente llama
licenciosa
Nuestras riquezas todas se
echen luego,
Desde la pobre a la más
rica cosa;
Y esto podréis tener a
dulce juego,
Cuando os declare la
intención honrosa
Que se ha de efectuar
después que sea
Abrasada cualquier rica
presea.
Y para entretener
por algún hora
La hambre que ya roe nuestros
huesos,
Haréis descuartizar
luego a la hora
Esos tristes romanos que
están presos.
Y sin del chico al grande
hacer mejora,
Repártase entre todos,
que con esos
Será nuestra comida
celebrada
Por España, cruel,
necesitada.
CAR. Amigos, ¿qué os parece?
¿Estáis en esto?
Digo que a mí me tiene satisfecho,
Y que a la ejecución se
venga presto
De un tan extraño y tan
honroso hecho.
TEÓG. Pues yo de mi intención os
diré el resto:
Después que sea lo que
digo hecho,
Vamos a ser ministros todos
luego
De encender el ardiente y rico
fuego.
M.1.ª Nosotras desde aquí ya
comenzamos
A dar con voluntad nuestros
arreos,
Y a las vuestras las vidas
entregamos
Como se han entregado los
deseos.
LIRA. Pues caminemos presto; vamos, vamos,
Y abrásense en un punto
los trofeos
Que pudieran hacer ricas las
manos,
Y aun hartar la codicia de
romanos.
Vanse todos, y salen dos NUMANTINOS.
N.1.° ¡Derrama, dulce hermano,
por los ojos
El alma en llanto amargo
convertida!
¡Venga la muerte y lleve
los despojos
De nuestra miserable y triste
vida!
N.2.° Bien poco durarán estos enojos;
Que ya la muerte viene
apercebida
Para llevar en presto y breve
vuelo
A cuantos pisan de Numancia el
suelo.
En la plaza mayor
ya levantada
Queda un ardiente y cudiciosa
hoguera,
Que de nuestras riquezas
menistrada,
Sus llamas suben a la cuarta
esfera.
Allí, con triste priesa acelerada
Y con mortal y tímida
carrera,
Acuden todos, como santa
ofrenda,
A sustentar las llamas con su
hacienda.
Allí la
perla del rosado Oriente,
Y el oro en mil vasijas
fabricado,
Y el diamante y rubí
más excelente,
Y la estimada púrpura y
brocado,
En medio del rigor fogoso
ardiente
De la encendida llama se ha
arrojado:
Despojos que pudieran los
romanos
Hinchir los senos y ocupar las
manos.
Aquí salen con cargas de ropa por una parte y éntranse, por otra.
Vuelve al triste
espectáculo la vista;
Verás con cuánta
priesa y cuánta gana
Toda Numancia en numerosa
vista
Aguija a sustentar la llama
insana;
Y no con verde leño o
seca arista,
No con materia al consumir
liviana,
Sino con sus haciendas mal
gozadas,
Pues se guardaron para ser
quemadas.
N.1.° Si con esto acabara nuestro
daño,
Pudiéramos llevallo con
paciencia;
Mas, ¡ay!, que se ha de
dar, si no me engaño,
De que muramos todos cruel
sentencia.
¡Primero que el rigor
bárbaro extraño
Muestre en
nuestras gargantas su inclemencia,
Verdugos de nosotros nuestras
manos
Serán, y no los pérfidos romanos!
Han ordenado que
no quede alguna
Mujer, niño ni viejo
con la vida,
Pues al fin la cruel hambre
importuna
Con más fiero rigor es
su homicida.
Sale una mujer con una criatura en los brazos y otra de la mano, y ropa para echar en el fuego.
MADR. ¡Oh duro vivir molesto!
¡Terrible y triste
agonía!
HIJO. Madre, ¿por ventura, habría
Quien nos diese pan por
esto?
MADR. ¿Pan, hijo? ¡Ni aun otra
cosa
Que semeje de comer!
HIJO. Pues ¿tengo de fenecer
De dura hambre rabiosa?
¡Con poco
pan que me deis,
Madre, no os pediré
más!
MADR. Hijo, ¡qué pena me das!
HIJO. ¿Por qué, madre, no
queréis?
MADR. Sí quiero; mas
¿qué haré,
Que no sé donde
buscallo?
HIJO. Bien podréis, madre, comprallo;
Si no, yo lo
compraré.
Mas, por quitarme
de afán,
Si alguno conmigo topa,
Le daré toda esta
ropa
Por un pedazo de pan.
MADR. ¿Qué mamas, triste
criatura?
¿No sientes que, a mi
despecho,
Sacas ya del flaco pecho,
Por leche, la sangre pura?
Lleva la carne a
pedazos,
Y procura de hartarte,
Que no pueden ya llevarte
Mis flacos, cansados
brazos.
Hijos, mi dulce
alegría,
¿Con qué os
podré sustentar,
Si apenas tengo qué os
dar
De la propia sangre
mía?
¡Oh hambre
terrible y fuerte,
Cómo me acabas la
vida!
¡Oh guerra,
sólo venida
Para causarme la muerte!
HIJO. ¡Madre mía, que me
fino!
Aguijemos. ¿A dó
vamos,
Que parece que alargamos
La hambre con el camino?
MADR. Hijo, cerca está la plaza
Adonde echaremos luego
En mitad del vivo fuego
El peso que te
embaraza.
JORNADA CUARTA
Tocan al arma con gran priesa, y a este rumor sale CIPIÓN, y IUGURTA, y MARIO, alborotados.
CIP. ¿ Qué es esto,
capitanes? ¿Quién nos toca
Al arma en tal sazón?
¿Es, por ventura,
Alguna gente desmandada y loca
Que viene a demandar su
sepoltura?
Mas no sea algún
motín el que provoca
Tocar al arma en recia
coyuntura:
Que tan seguro estoy del
enemigo,
Que tengo más temor al
que es amigo.
Sale QUINTO FABIO con el espada desnuda, y dice:
QUIN. Sosiega el pecho, general
prudente,
Que ya de esta arma la
ocación se sabe,
Puesto que ha sido a costa de
tu gente,
De aquel en quien más
brío o fuerza cabe.
Dos numantinos con soberbia
frente,
Cuyo valor será
razón se alabe,
Saltando el ancho foso y la
muralla,
Han movido a tu campo cruel
batalla.
A las primeras
guardas envistieron,
Y en medio de mil lanzas se
arrojaron,
Y con tal furia y rabia
arremetieron,
Que libre paso al campo les
dejaron.
Las tiendas de Fabricio
acometieron,
Y allí su fuerza y
su valor mostraron
De modo, que en un punto seis
soldados
Fueron de agudas puntas
traspasados.
Con presta
diligencia discurriendo
Iban de tienda en tienda,
hasta que hallaron
Un poco de bizcocho, el cual
cogieron;
El paso, y no el furor,
atrás tornaron.
El uno de ellos se
escapó huyendo;
nbsp;
Al otro mil espadas le acabaron,
Por donde infiero que la
hambre ha sido
Quien les dió
atrevimiento tan subido.
CIP. Si, estando deshambridos y
encerrados,
Muestran tan demasiado
atrevimiento,
¿Qué hicieran
siendo libres y enterados
En sus fuerzas primeras y
ardimiento?
¡Indómitos!
¡Al fin seréis domados,
Porque contra el furor vuestro
violento
Se tiene de poner la industria
nuestra,
Que de domar soberbios es
maestra!
Vanse todos.
Sale una mujer, armada con una lanza en la mano y un escudo, que significa la GUERRA, y trae consigo la ENFERMEDAD y la HAMBRE: la ENFERMEDAD arrimada a una muleta y rodeada de paños la cabeza, con una máscara amarilla; y la HAMBRE saldrá con un desnudillo de muerte, y encima, una ropa de bocací amarilla y una máscara descolorida.
GUERR. Hambre, Enfermedad, ejecutores
De mis terribles mandos y
severos,
De vidas y salud
consumidores,
Con quien no vale ruego, mando
o fieros,
Pues ya de mi intención
sois sabidores,
No hay para qué de
nuevo encareceros
De cuánto gusto me
será y contento
Que luego, luego,
hagáis mi mandamiento.
La fuerza
incontrastable de los hados,
Cuyos efectos nunca salen
vanos,
Me fuerzan que de mí
sean ayudados
Estos sagaces mílites
romanos.
Ellos serán un tiempo levantados,
Y abatidos también
estos hispanos;
Pero tiempo vendrá en
que yo me mude,
Y dañe al alto y al
pequeño ayude;
Que yo, que soy la
poderosa Guerra,
De tantas madres desterrada en
vano,
Aunque quien me maldice a
veces yerra,
Pues no sabe el valor de esta
mi mano,
Sé bien que en todo el
orbe de la tierra,
Seré llevada del valor
hispano
En la dulce ocasión que
estén reinando
Un Carlos, y un Filipo, y un
Fernando.
ENF. Si ya la Hambre, nuestra amiga
querida.
No hubiera tomado con
instancia
A su cargo de ser fiera
homicida
De todos cuantos viven en
Numancia,
Fuera de mí tu
voluntad cumplida,
De modo que se viera la
ganancia
Fácil y rica que
el romano hubiera,
Harto mejor de aquello que se
espera.
Mas ella, en
cuanto su poder alcanza,
Ya tiene tal el pueblo
numantino,
Que de esperar alguna buena
andanza,
Le ha tomado las sendas y el
camino;
Mas del furor la rigurosa
lanza,
La influencia del contrario
sino,
Le trata con tan áspera
violencia,
Que no es menester hambre ni
dolencia.
El Furor y la
Rabia, tus secuaces,
Han tomado en su pecho tal asiento,
Que, cual si fuese de romanas
haces,
Cada cual de esa sangre
está sediento.
Muertos, incendios, iras son
sus paces;
En el morir han puesto su
contento,
Y, por quitar el triunfo a los
romanos,
Ellos mesmos se matan con sus
manos.
HAMBR. Volved los ojos, y veréis ardiendo
De la ciudad los encumbrados
techos.
Escuchad los suspiros que
saliendo
Van de mil tristes, lastimados
pechos.
Oíd la voz y lamentable
estruendo
De bellas damas a quien, ya
deshechos
Los tiernos miembros de ceniza
y fuego,
No valen padre, amigo, amor ni
ruego.
Cual salen las
ovejas descuidadas,
Siendo del fiero lobo
acometidas,
Andar aquí y
allí descarriadas,
Con temor de perder las
simples vidas,
Tal niños y mujeres
desdichadas,
Viendo ya las espadas
homicidas,
Andan de calle en calle,
¡oh hado insano!,
Su cierta muerte dilatando en
vano.
No hay plaza, no hay
rincón, no hay calle o casa
Que de sangre y de muertos no
esté llena;
El hierro mata, el duro fuego
abrasa,
Y el rigor ferocísimo
condena.
Presto veréis que por
el suelo tasa
Hasta la más subida y
alta almena,
Y las casas y templos más preciados
En polvo y en cenizas son
tornados.
Venid;
veréis que en los amados cuellos
De tiernos hijos y mujer
querida,
Teogenes afila agora y prueba
en ellos
De su espada cruel corte
homicida,
Y cómo ya,
después de muertos ellos,
Estima en poco la cansada
vida,
Buscando de morir un modo
extraño,
Que causó en el suyo
más de un daño.
GUERR. Vamos, pues, y ninguno se descuide
De ejecutar por eso
aquí su fuerza,
Y a lo que digo sólo
atienda y cuide,
Sin que de mi intención
un punto tuerza.
Vanse, y sale TEÓGENES con dos espadas desnudas y ensangrentadas las manos.
TEÓG. Sangre de mis
entrañas derramada,
Pues sois aquella de los hijos
míos;
Mano, contra ti mesma
acelerada,
Llena de honrosos y crueles
bríos;
Fortuna, en daño
mío conjurada;
Cielos, de justa piedad
vacíos:
Ofrecedme en tan dura, amarga
suerte,
Alguna honrosa, aunque cercana
muerte.
Valientes
numantinos, haced cuenta
Que yo soy algún
pérfido romano,
Y vengad en mi pecho vuestra
afrenta,
Ensangrentando en él
espada y mano.
Una de estas espadas os
presenta
Mi airada furia y mi dolor insano;
Que, muriendo en batalla, no
se siente
Tanto el rigor del
último accidente.
Vase, y sale CIPIÓN, y IUGURTA, y QUINTO FABIO, y MARIO, y ERMILIO y otros soldados romanos.
CIP. Si no me engaña el
pensamiento mío,
O salen mentirosas las
señales
Que habéis visto
en Numancia, del estruendo
Y lamentable son, y ardiente
llama,
Sin duda alguna que
recelo y temo
Que el bárbaro furor
del enemigo
Contra su propio pecho no se
vuelva.
Ya no parece gente en la
muralla,
Ni suenan las usadas
centinelas;
Todo está en calma y en
silencio puesto,
Como si en paz tranquila y
sosegada
Estuviesen los fieros
numantinos.
MAR. Presto podrás salir de aquesa duda,
Porque, si tú lo
quieres, yo me ofrezco
De subir sobre el muro, aunque
me ponga
Al riguroso trance que se
ofrece,
Sólo por ver aquello
que en Numancia
Hacen nuestros soberbios
enemigos.
CIP. Arrima, pues, ¡oh Mario!, alguna
escala
A la muralla, y haz lo que
prometes.
MAR. Id por la escala luego, y vos, Ermilio,
Haced que mi rodela se me
traiga,
Y la celada blanca de las
plumas;
Que a fe que tengo de perder la vida
O sacar de esta duda al campo
todo.
ERM. Ves aquí la rodela y la celada;
La escala vesla allí:
la trajo Limpio.
MAR. Encomiéndame a Júpiter inmenso,
Que yo voy a cumplir lo
prometido.
IUG. Alza más la rodela, Mario,
Encoge el cuerpo, y encubre la
cabeza.
¡Animo, que
ya llegas a lo alto!
¿Qué ves?
MAR. !Oh
santos dioses! Y ¿ qué es esto?
IUG. ¿De qué te admiras?
MAR. De
mirar de sangre
Un rojo lago, y de ver mil
cuerpos
Tendidos por las calles de
Numancia,
De mil agudas puntas
traspasados.
CIP. ¿Qué? ¿No hay ninguno
vivo?
MAR.
¡Ni por pienso!
A lo menos, ninguno se me
ofrece
En todo cuanto alcanzo con la
vista.
CIP. Salta, pues, dentro, y mira por tu vida.
Salta MARIO en la ciudad. Síguele Iugurta y al poco rato torna a salir el primero por la muralla, y dice:
MAR. En balde, ilustre general prudente,
Han sido nuestras fuerzas
ocupadas.
En balde te has mostrado
diligente,
Pues en humo y en
viento son tornadas
Las ciertas esperanzas de
victoria,
De tu industria contino aseguradas.
En lamentable fin la triste
historia
De la ciudad invicta de
Numancia
Merece ser eterna en la
memoria;
Sacado han de su
pérdida ganancia;
Quitádote han el
triunfo de las manos,
Muriendo con magnánima
constancia;
Nuestros disinios
han salido vanos,
Pues ha podido más su
honroso intento
Que toda la potencia de
romanos.
El fatigado pueblo
en fin violento
Acaba la miseria de su
vida,
Dando triste remate al largo
cuento.
Numancia
está en un lago convertida,
De roja sangre y de mil
cuerpos llena,
De quien fué su rigor
propio homicida.
De la pesada y sin
igual cadena
Dura de esclavitud se han
escapado
Con presta audacia, de temor
ajena.
En medio de la
plaza levantado
Está un ardiente fuego
temeroso,
De sus cuerpos y haciendas
sustentado.
Al tiempo
llegué a verlo, que el furioso
Teogenes, valiente
numantino,
De fenecer su vida
deseoso,
Maldiciendo su
corto amargo sino,
En medio se arrojaba de la
llama,
Lleno de temerario
desatino,
Y al arrojarse
dijo: "Clara fama,
Ocupa aquí tus lenguas y tus ojos
En esta hazaña, que a
contar te llama.
¡Venid,
romanos, ya por los despojos
Desta ciudad, en polvo y humo
vueltos,
Y sus flores y frutos en
abrojos!"
De allí,
con pies y pensamientos sueltos,
Gran parte de la tierra he
rodeado,
Por las calles y pasos
más revueltos,
Y un solo
numantino no he hallado
Que poderte traer vivo
siquiera,
Para que fueras dél
bien informado
Por qué
ocasión, de qué suerte o manera
Acometieron tan grave
desvarío,
Apresurando la mortal
carrera.
CIP. ¿Estaba, por ventura, el pecho
mío
De bárbara arrogancia y
muertes lleno,
Y de piedad justísima
vacío?
¿Es de mi
condición, por dicha, ajeno
Usar benignidad con el
rendido,
Como conviene al vencedor que
es bueno?
¡Mal, por cierto, tenían conocido
El valor en Numancia de mi
pecho,
Para vencer y perdonar
nacido!
QUIN. Iugurta te hará más
satisfecho,
Señor, de aquello que
saber deseas,
Que vesle vuelve lleno de
despecho.
Asómase IUGURTA a la muralla.
IUG. Prudente general, en vano
empleas
Más aquí tu valor. Vuelve a otra parte
La industria singular de que
te arreas.
No hay en Numancia
cosa en que ocuparte.
Todos son muertos, y
sólo uno creo
Que queda vivo para el trunfo
darte,
Allí en
aquella torre, según veo.
Yo vi denantes un muchacho;
estaba
Turbado en vista y de gentil
arreo.
CIP. Si eso fuese verdad, eso bastaba
Para trunfar en Roma de
Numancia,
Que es lo que más agora
deseaba.
Lleguémonos
allá, y haced instancia
Como el muchacho venga
aquestas manos
Vivo, que es lo que agora es
de importancia.
Dice VARIATO, muchacho, desde la torre:
VAR. ¿Dónde venís,
o qué buscáis, romanos?
Si en Numancia queréis
entrar por fuerte,
Haréislo sin contraste,
a pasos llanos;
Pero mi lengua
desde aquí os advierte
Que yo las llaves mal
guardadas tengo
Desta ciudad, de quien
trunfó la muerte.
CIP. Por ésas, joven, deseoso
vengo,
Y más de que tú
hagas insperiencia,
Si en este pecho piedad
sostengo.
VAR. ¡Tarde, cruel, ofreces tu
clemencia,
Pues no hay con quien usarla:
que yo quiero
Pasar por el rigor de la
sentencia
Que con suceso
amargo y lastimero
De nuestros padres y patria tan querida
Causó el último
fin terrible y fiero!
QUIN. Dime: ¿tienes,
por suerte, aborrecida,
Ciego de un temerario
desvarío,
Tu floreciente edad y tierna
vida?
CIP. Tiempla, pequeño joven, templa
el brío;
Sujeta el valor tuyo, que es
pequeño,
Al mayor de mi honroso
poderío;
Que desde
aquí te doy la fee y empeño
Mi palabra, que solo de ti
seas
Tú mismo el propio, el
conocido dueño;
Y
que de ricas joyas y preseas
Vivas lo que vivieres
abastado,
Como yo podré darte y
tú deseas,
Si a mí te entregas y
te das de grado.
VAR. Todo el furor de cuantos ya son
muertos
En este pueblo y en polvo
reducido,
Todo el huir los
pactos y conciertos,
Ni el dar a sujeción
jamás oído,
Sus iras, sus rancores
descubiertos,
Está en mi pecho
solamente unido.
Yo heredé de Numancia
todo el brío;
Ved, si pensáis
vencerme, es desvarío.
Patria querida,
pueblo desdichado,
No temas, ni imagines que
admire
De lo que debo ser de ti
engendrado,
Ni que promesa o miedo me
retire,
Ora me falte el suelo, el
cielo, el hado,
Ora vencerme todo el mundo
aspire;
Que imposible será que yo no haga
A tu valor la merecida
paga.
Que si a
esconderme aquí me trujo el miedo
De la cercana y espantosa
muerte,
Ella me sacará con
más denuedo,
Con el deseo de seguir tu
suerte;
De vil temor pasado, como
puedo,
Será la enmienda agora
osada y fuerte,
Y el temor de mi edad tierna,
inocente
Pagaré con morir
osadamente.
Yo os aseguro,
¡oh fuertes ciudadanos!,
Que no falte por mí la
intención vuestra
De que no triunfen
pérfidos romanos,
Si ya no fuere de ceniza
nuestra.
Saldrán conmigo sus
intentos vanos,
Ora levanten
contra mí su diestra,
O me aseguren con promesa
incierta
A vida y a regalos ancha
puerta.
Tened, romanos,
sosegad el brío,
Y no os canséis
en asaltar el muro;
Con que fuera mayor el
poderío
Vuestro, de no vencerme estad
seguro.
Pero muéstrese ya el
intento mío,
Y si ha sido el amor perfecto
y puro
Que yo tuve a mi patria tan
querida,
Asegúrelo luego esta
caída.
Arrójase el muchacho de la torre, y dice CIPIÓN:
CIP. ¡Oh! ¡Nunca vi tan
memorable hazaña!
¡Niño de anciano
y valeroso pecho,
Que, no sólo a Numancia, mas a España
Has adquirido gloria en este
hecho!
Con tal vida y virtud heroica,
extraña,
Queda muerto y perdido mi
derecho.
Tú con esta
caída levantaste
Tu fama, y mis victorias
derribaste.
Que fuera viva y
en su ser Numancia,
Sólo porque vivieras me
holgara;
Tú solo me has llevado
la ganancia
Desta larga contienda, ilustre
y rara;
Lleva, pues, niño,
lleva la ganancia
Y la gloria que el cielo te
prepara,
Por haber,
derribándote, vencido
Al que, subiendo, queda
más caído.
PEDRO DE URDEMALAS
JORNADA PRIMERA
Salen MARTÍN CRESPO, alcalde, recién elegido; su mozo Pedro de Urdemalas y SANCHO MACHO y DIEGO TARUGO, regidores.
TAR. Plácenos, Martín
Crespo, del suceso;
Desechéisla por otra de
brocado,
Sin que jamás un voto
os salga avieso.
ALC. Diego Tarugo, lo que me ha costado
Aquesta vara, sólo Dios
lo sabe,
Y mi vino y capones y
ganado.
El que no te
conoce, ese te alabe,
deseo de mandar.
SANCH.
Yo aqueso digo;
Que sé que en él
todo cuidado cabe.
Véala yo en
poder de mi enemigo,
Vara que es por presentes
adquirida.
ALC. Pues ahora la tiene un vuestro amigo.
SANCH. De vos, Crespo, será tan bien regida,
Que no la doble dádiva
ni ruego.
ALC. No, juro a mí, mientras tuviere vida.
Cuando mujer me
informe, estaré ciego;
Al ruego del hidalgo, sordo y
mudo;
Que a la severidad todo me
entrego.
TAR. Ya veo
en vuestro tiempo, y no lo dudo,
Sentencias de Salmón,
el rey discreto,
Que el niño
dividió con hierro agudo.
ALC. Al menos de mi parte, yo prometo
De arrimarme a la ley en
cuanto pueda,
Sin alterar un mínimo
decreto.
SANCH. Como yo lo deseo, así suceda,
Y adiós.
ALC.
Fortuna os tenga, Sancho Macho,
En la empinada cumbre de su
rueda.
TAR. Sin que el temor o amor os ponga
empacho,
Juzgad, Crespo, terrible y
brevemente,
Que la tardanza en toda cosa
tacho;
Y adiós quedad.
ALC. En
fin, sois buen pariente.
Entranse SANCHO MACHO y DIEGO TARUGO.
Pedro, que
escuchando estás,
¿Cómo de mi buen
suceso
El parabién no me
das?
Ya soy alcalde y confieso
Que lo seré por
demás,
Si tú no me
das favor,
Y muestras algún
primor
Con que juzgue rectamente;
Que te tengo por prudente,
Más que a un cura y a
un doctor.
PEDR. Es aqueso tan verdad,
Cual lo dirá la
experiencia,
Porque con facilidad
Luego os mostraré una
ciencia,
Que os dé nombre y
calidad.
Llegaraos Licurgo
apenas,
Y la celebrada Atenas
Callará sus doctas
leyes:
Envidiaros han los reyes
Y las escuelas más
buenas.
Yo os
meteré en la capilla
Dos docenas de sentencias
Que al mundo den
maravilla,
Todas con sus diferencias
Civiles o de rencilla;
Y la que primero a
mano
Os viniere, está bien
llano
Que no ha de haber más
que ver.
ALC. Desde hoy más, Pedro, has de ser,
No mi mozo, mas mi
hermano.
Ven, y
mostrarásme el modo
Como yo ponga en efeto
Lo que has dicho, en parte, o
todo.
PEDR. Pues más cosas te prometo.
ALC. A cualquiera me acomodo.