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Novelas y teatro

Chapter 29: JORNADA CUARTA
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About This Book

A curated selection of short prose novelas and stage plays examines identity, social performance, and honor through episodes of disguise, fortune, and moral testing. The short narratives follow beguiling performers raised among outsiders, characters of uncertain rank, and lovers whose fates hinge on revelation and reputation, blending humor, irony, and sentiment. The dramatic pieces range from satirical puppet-show comedy that exposes pretension to solemn historical drama about communal resistance, shifting between farce and tragedy. Together the texts probe theatricality and the thin line between appearance and truth, using lively dialogue, episodic plots, and moral reflection to explore human behavior in varied social settings.

Hácese ruido debajo del tablado con un barril lleno de piedras, y dispárese un cohete volador.

S.2.°    ¿No oyes un ruido, amigo? Di, ¿no viste
       El rayo ardiente que pasó volando?
       Presagio verdadero de esto fuiste.
S.1.°    Turbado estoy; de miedo estoy temblando.
       ¡Oh qué señales!, a lo que yo veo,
       ¡Qué amargo fin están pronosticando!
         ¿No ves un escuadrón airado y feo?
       ¿Vees unas águilas feas que pelean
       Con otras aves en marcial rodeo?
S.2.°    Sólo su esfuerzo y su rigor emplean
       En encerrar las aves en un cabo,
       Y con astucia y arte las rodean.
S.1.°    Tal señal vitupero y no la alabo,
       ¿Aguilas imperiales vencedoras?
       ¡Tú verás de Numancia presto el cabo!
S.2.°    Aguilas, de gran mal anunciadoras,
       Partíos, que ya el agüero vuestro entiendo,
       Ya en efecto contadas son las horas.
S.1.°    Con todo, el sacrificio hacer pretendo
       De esta inocente víctima, guardada
       Para pagar el dios del gesto horrendo.
S.2.°    ¡Oh gran Plutón, a quien por suerte dada
       Le fué la habitación del reino oscuro
       Y el mando en la infernal triste morada!
         Atapa la profunda escura boca
       Por do salen las tres fieras hermanas
       A hacernos el daño que nos toca,
         Y sian de dañarnos tan livianas
       Sus intenciones, que las lleve el viento,
       Como se lleva el pelo de estas lanas.

Quita algunos pelos del carnero y échalos al aire.

S.1.°   Y ansí como te baño y ensangriento
       Este cuchillo en esta sangre pura,
       Con alma limpia y limpio pensamiento,
         Ansí la tierra de Numancia dura
       Se bañe con la sangre de romanos,
       Y aun los sirva también de sepoltura.

Sale por el hueco del tablado un DEMONIO hasta el medio cuerpo, y ha de arrebatar el carnero y volverse a disparar el fuego y todos los sacrificios.

S.2.°   Mas ¿quién me ha arrebatado de las manos
       La víctima? ¿Qué es esto, dioses santos?
       ¿Qué prodigios son estos tan insanos?
         No os han enternecido ya los llantos
       Deste pueblo lloroso y afligido,
       Ni la arpada voz de aquestos cantos;
         Antes creo que se han endurecido,
       Cual pueden inferir en las señales
       Tan fieras como aquí han acontecido.
         Nuestros vivos remedios son mortales;
       Toda nuestra pereza es diligencia,
       Y los bienes ajenos, nuestros males.
NUM.     En fin, dado han los cielos la sentencia
       De nuestro fin amargo y miserable.
       No nos quiere valer ya su clemencia;
         Lloremos, pues es fin tan lamentable,
       Nuestra desdicha; que la edad postrera
       Dél y de nuestras fuerzas siempre hable.

JORNADA TERCERA

Salen CIPIÓN, IUGURTA, y MARIO, romanos.

CIP.     En forma estoy contento en mirar cómo
       Corresponde a mi gusto la ventura,
       Y esta libre nación soberbia domo
       Sin fuerzas, solamente con cordura.
       En viendo la ocasión, luego la tomo,
       Porque sé cuánto corre y se apresura,
       Y si se pasa; en cosas de la guerra,
       El crédito consume y vida atierra.
         Juzgaba de ésa el loco desvarío
       Tener los enemigos encerrados,
       Y que era mengua del romano brío
       No vencellos con modos más usados.
       Bien sé que lo habrán dicho; mas yo fío
       Que, los que fueren plácticos soldados
       Dirán que es de tener en mayor cuenta
       La victoria que menos ensangrienta.
         ¿Qué gloria puede haber más levantada,
       En las cosas de guerra que aquí digo,
       Que, sin quitar de su lugar la espada,
       Vencer y sujetar al enemigo?
       Que, cuando la victoria es granjeada
       Con la sangre vertida del amigo,
       El gusto mengua que causar pudiera
       La que sin sangre tal ganada fuera.

Tocan una trompeta del muro de Numancia.

IUG.     Oye, señor, que de Numancia suena
       El son de una trompeta, y me aseguro
       Que decirte, algo desde allá se ordena,
       Pues el salir acá lo estorba el muro.
       Caravino se ha puesto en una almena,
       Y una señal ha hecho de seguro:
       Lleguémonos más cerca.
CIP.                         Ea, lleguemos.
       No más: que desde aquí lo entenderemos.

Pónese CARAVINO en la muralla, con una bandera o lanza en la mano, y dice:

CAR.     ¡Romanos!; ¡Ah, romanos! ¿Puede acaso
       Ser de vosotros esta voz oída?
MAR.   Puesto que más abajas, y hables paso,
       De cualquier tu razón será entendida.
CAR.   Decid al general que alargue el paso
       Al foso, porque viene dirigida
       a él una embajada.
CIP.                     Dila presto,
       que yo soy Cipión.
CAR.                     Escucha el resto.
       Dice Numancia, general prudente,
       Que consideres bien que ha muchos años
       Que entre la nuestra y tu romana gente
       Duran los males de la guerra extraños,
       Y que, por evitar que no se aumente
       La dura pestilencia destos daños,
       Quiere, si tú quisieres, acaballa
       Con una breve y singular batalla.
         Un soldado se ofrece de los nuestros
       A combatir cerrado en estacada
       Con cualquiera esforzado de los vuestros,
       Para acabar contienda tan trabada;
       Y al que los hados fueren tan siniestros,
       Que allí le dejen sin la vida amada,
       Si fuere d nuestro, darémoste la tierra;
       Si el tuyo fuere, acábese la guerra:
         Y por seguridad deste concierto,
       daremos a tu gusto las rehenes.
       Bien sé que en él vendrás, porque estás cierto
       De los soldados que a tu cargo tienes,
       Y sabes que el menor, a campo abierto,
       Hará sudar el pecho, rostro y sienes
       Al más aventajado de Numancia;
       Ansí que está segura tu ganancia.
       Porque a la ejecución se venga luego,
         Respóndeme, señor, si estás en ello.
CIP.   Donaire es lo que dices, risa y juego,
       Y loco el que piensa de hacello.
       Usad el medio del humilde ruego,
       Si queréis que se escape vuestro cuello
       De probar el rigor y filos diestros
       Del romano cuchillo y brazos nuestros.
         La fiera que en la jaula está encerrada
       Por su selvatoquez y fuerza dura,
       Si puede allí con mano ser domada,
       Y con el tiempo y medios de cordura,
       Quien la dejase libre y desatada
       Daría grandes muestras de locura.
       Bestias sois, y, por tales, encerradas
       Os tengo donde habéis de ser domadas.
         Mía será Numancia a pesar vuestro,
       Sin que me cueste un mínimo soldado,
       Y el que tenéis vosotros por más diestro,
       Rompa por ese foso trincheado;
       Y si en esto os parece que yo muestro
       Un poco mi valor acobardado,
       El viento lleve agora esta vergüenza,
       Y vuélvala la fama cuando venza.

Vanse CIPIÓN y los suyos, y dice CARAVINO.

CAR.     ¿No escuchas más, cobarde? ¿Ya te ascondes?
       ¿Enfádate la igual justa batalla?
       Mal con tu nombradía correspondes;
       Mal podrás de este modo sustentalla;
       En fin, como cobarde me respondes.
       Cobardes sois, romanos, vil canalla,
       Con vuestra muchedumbre confiados,
       Y no en los diestros brazos levantados.
         En formado escuadrón, o manga suelta
       En la campaña rasa, do no pueda
       Estorbar la mortal fiera revuelta
       El ancho foso y muro que la veda,
       Será bien que, sin dar el pie la vuelta?
       Y sin tener jamás la espada queda,
       Ese ejército mucho bravo vuestro
       Se viera con el poco flaco nuestro;
         Mas, como siempre estáis acostumbrados
       A vencer con ventajas y con mañas,
       Estos conciertos, en valor fundados,
       No los admiten bien vuestras marañas;
       Liebres en pieles fieras disfrazados,
       Load y engrandeced vuestras hazañas
,
       Que espero en el gran Júpiter dejaros
       Sujetos a Numancia y a sus fueros.

Vase, y torna a salir fuera con TEÓGENES, y CARAVINO, y MARANDRO, y otros.

TEÓG.    En términos nos tiene nuestra suerte,
       Dulces amigos, que sería ventura
       De acabar nuestros daños con la muerte;
         El desafío no ha importado un cero;
       ¿De intentar qué me queda? No lo siento,
       Uno es aceptar el fin postrero.
         Esta noche se muestre el ardimiento
       Del numantino acelerado pecho,
       Y póngase por obra nuestro intento.
         El enemigo muro sea deshecho;
       Salgamos a morir a la campaña,
       Y no como cobardes en estrecho.
         Bien sé que sólo sirve esta hazaña
       De que a nuestro morir se mude el modo,
       Que con ella la muerte se acompaña.
CAR.     Con este parecer yo me acomodo;
       Morir quiero rompiendo el fuerte muro,
       Y deshacello por mi mano todo;
         Mas tienen una cosa mal siguro:
       Que, si nuestras mujeres saben esto,
       De que no haremos nada os aseguro.
         Cuando otra vez tuvimos presupuesto
       De huírnos y dejallas, cada uno
       Fiado en su caballo y vuelo presto,
         Ellas, que el trato a ellas importuno
       Supieron, al momento nos robaron
       Los frenos, sin dejarnos sólo uno.
         Entonces el huír nos estorbaron,
       Y ansí lo harán agora fácilmente,
       Si las lágrimas muestran que mostraron.
MAR.     Nuestro disinio a todas es patente,
       Todas lo saben ya, y no queda alguna
       Que no se queje dello amargamente,
         Y dicen que, en la buena o ruin fortuna,
       Quieren en vida o muerte acompañaros,
       Aunque su compañía os sea importuna.

Entran cuatro mujeres de Numancia, cada una con un niño en brazos y otros de las manos, y LIRA, doncella.

         Veislas aquí do vienen a rogaros
       No las dejéis en tantos embarazos;
       Aunque seáis de acero han de ablandaros;
         Los tiernos hijos vuestros en los brazos
       Las tristes traen: ¿no veis con qué señales
       De amor les dan los últimos abrazos?
M.1.ª     ¿Qué pensáis, varones claros?
       ¿Revolvéis aún todavía
       En la triste fantasía
       De dejarnos y ausentaros?
         ¿Y a los libres hijos vuestros
       Queréis esclavos dejallos?
       ¿No será mejor ahogallos
       Con los propios brazos vuestros?
         No apresuréis el camino
       Al morir, porque su estambre
       Cuidado tiene la hambre
       De cercenarla contino.
M.3.ª     Hijos de estas tristes madres,
       ¿Qué es esto? ¿Cómo no habláis
       Y con lágrimas rogáis
       Que no os dejen vuestros padres?
         Baste que la hambre insana
       Os acaben con dolor,
       Sin esperar el rigor
       De la aspereza romana.
         Decildes que os engendraron
       Libres, y libres nacistes,
       Y que vuestras madres tristes
       También libres os criaron.
         Decildes que, pues la suerte
       Nuestra va tan decaída,
       Que, como os dieron la vida,
       Ansí mismo os den la muerte;
         ¡Oh muros de esta ciudad!
       Si podéis hablar, decid,
       Y mil veces repetid:
       "¡Numantinos, libertad
         Los templos, las casas vuestras
       Levantadas en concordia!
       Hoy piden misericordia
       Hijos y mujeres vuestras.
         Ablandad, caros varones,
       Esos pechos diamantinos,
       Y mostrad, cual numantinos,
       Amorosos corazones;
         Que no por romper el muro
       Se remedia un mal tamaño;
       Antes en ello está el daño
       Más propincuo y más seguro."
LIRA.    También las tristes doncellas
       Ponen en vuestra defensa
       El remedio de su ofensa
       Y el alivio a sus querellas.
         Desesperación notoria
       Es ésta que hacer queréis,
       Adonde sólo hallaréis
       Breve muerte y larga gloria.
         Mas ya que salga mejor
       Que yo pienso esta hazaña,
       ¿Qué ciudad hay en España
       Que quiera daros favor?
         Mi pobre ingenio os advierte
       Que si hacéis esta salida,
       Al enemigo dais vida
       Y a toda Numancia muerte.
         De vuestro acuerdo gentil
       Los romanos burlarán;
       Pero, decidme: ¿qué harán
       Tres mil con ochenta mil?
         Aunque tuviesen abiertos
       Los muros y su defensa,
       Seríades con ofensa
       Mal vengados y bien muertos.
         Mejor es que la ventura
       O el daño que el cielo ordena,
       O nos salve o nos condena
       Dé la vida o sepoltura.
TEÓG.    Limpiad los ojos húmidos del llanto,
       Mujeres tiernas, y tené entendido
       Que vuestra angustia la sentimos tanto,
       Que responde al amor nuestro subido.
       Ora crezca el dolor, ora el quebranto
       Sea por nuestro bien disminuído,
       Jamás en muerte o vida os dejaremos;
       Antes en muerte y vida os serviremos.
         Pensábamos salir al foso, ciertos
       Antes de allí morir que de escaparnos,
       Pues fuera quedar vivos aunque muertos,
       Si muriendo pudiéramos vengarnos;
       Mas, pues nuestros disinios descubiertos
       Han sido, y es locura aventurarnos,
       Amados y hijos y mujeres nuestras,
       Nuestras vidas serán de hoy más las vuestras.
         Sólo se ha de mirar que el enemigo
       No alcance de nosotros triunfo o gloria;
       Antes ha de servir él de testigo
       Que aprueben y determinen la historia;
       Y si todos venís en lo que digo,
       Mil siglos durará nuestra memoria,
       Y es que no quede cosa aquí en Numancia
       De do el contrario pueda hacer ganancia.
         En medio de la plaza se haga un fuego,
       En cuya ardiente llama licenciosa
       Nuestras riquezas todas se echen luego,
       Desde la pobre a la más rica cosa;
       Y esto podréis tener a dulce juego,
       Cuando os declare la intención honrosa
       Que se ha de efectuar después que sea
       Abrasada cualquier rica presea.
         Y para entretener por algún hora
       La hambre que ya roe nuestros huesos,
       Haréis descuartizar luego a la hora
       Esos tristes romanos que están presos.
       Y sin del chico al grande hacer mejora,
       Repártase entre todos, que con esos
       Será nuestra comida celebrada
       Por España, cruel, necesitada.
CAR.     Amigos, ¿qué os parece? ¿Estáis en esto?
       Digo que a mí me tiene satisfecho,
       Y que a la ejecución se venga presto
       De un tan extraño y tan honroso hecho.
TEÓG.  Pues yo de mi intención os diré el resto:
       Después que sea lo que digo hecho,
       Vamos a ser ministros todos luego
       De encender el ardiente y rico fuego.
M.1.ª    Nosotras desde aquí ya comenzamos
       A dar con voluntad nuestros arreos,
       Y a las vuestras las vidas entregamos
       Como se han entregado los deseos.
LIRA.  Pues caminemos presto; vamos, vamos,
       Y abrásense en un punto los trofeos
       Que pudieran hacer ricas las manos,
       Y aun hartar la codicia de romanos.

Vanse todos, y salen dos NUMANTINOS.

N.1.°    ¡Derrama, dulce hermano, por los ojos
       El alma en llanto amargo convertida!
       ¡Venga la muerte y lleve los despojos
       De nuestra miserable y triste vida!
N.2.°  Bien poco durarán estos enojos;
       Que ya la muerte viene apercebida
       Para llevar en presto y breve vuelo
       A cuantos pisan de Numancia el suelo.
         En la plaza mayor ya levantada
       Queda un ardiente y cudiciosa hoguera,
       Que de nuestras riquezas menistrada,
       Sus llamas suben a la cuarta esfera.
       Allí, con triste priesa acelerada
       Y con mortal y tímida carrera,
       Acuden todos, como santa ofrenda,
       A sustentar las llamas con su hacienda.
         Allí la perla del rosado Oriente,
       Y el oro en mil vasijas fabricado,
       Y el diamante y rubí más excelente,
       Y la estimada púrpura y brocado,
       En medio del rigor fogoso ardiente
       De la encendida llama se ha arrojado:
       Despojos que pudieran los romanos
       Hinchir los senos y ocupar las manos.

Aquí salen con cargas de ropa por una parte y éntranse, por otra.

       Vuelve al triste espectáculo la vista;
       Verás con cuánta priesa y cuánta gana
       Toda Numancia en numerosa vista
       Aguija a sustentar la llama insana;
       Y no con verde leño o seca arista,
       No con materia al consumir liviana,
       Sino con sus haciendas mal gozadas,
       Pues se guardaron para ser quemadas.
N.1.°    Si con esto acabara nuestro daño,
       Pudiéramos llevallo con paciencia;
       Mas, ¡ay!, que se ha de dar, si no me engaño,
       De que muramos todos cruel sentencia.
       ¡Primero que el rigor bárbaro extraño
       Muestre en nuestras gargantas su inclemencia,
       Verdugos de nosotros nuestras manos
       Serán, y no los pérfidos romanos!
         Han ordenado que no quede alguna
       Mujer, niño ni viejo con la vida,
       Pues al fin la cruel hambre importuna
       Con más fiero rigor es su homicida.

Sale una mujer con una criatura en los brazos y otra de la mano, y ropa para echar en el fuego.

MADR.    ¡Oh duro vivir molesto!
       ¡Terrible y triste agonía!
HIJO.  Madre, ¿por ventura, habría
       Quien nos diese pan por esto?
MADR.    ¿Pan, hijo? ¡Ni aun otra cosa
       Que semeje de comer!
HIJO.  Pues ¿tengo de fenecer
       De dura hambre rabiosa?
         ¡Con poco pan que me deis,
       Madre, no os pediré más!
MADR.  Hijo, ¡qué pena me das!
HIJO.  ¿Por qué, madre, no queréis?
MADR.    Sí quiero; mas ¿qué haré,
       Que no sé donde buscallo?
HIJO.  Bien podréis, madre, comprallo;
       Si no, yo lo compraré.
         Mas, por quitarme de afán,
       Si alguno conmigo topa,
       Le daré toda esta ropa
       Por un pedazo de pan.
MADR.    ¿Qué mamas, triste criatura?
       ¿No sientes que, a mi despecho,
       Sacas ya del flaco pecho,
       Por leche, la sangre pura?
         Lleva la carne a pedazos,
       Y procura de hartarte,
       Que no pueden ya llevarte
       Mis flacos, cansados brazos.
         Hijos, mi dulce alegría,
       ¿Con qué os podré sustentar,
       Si apenas tengo qué os dar
       De la propia sangre mía?
         ¡Oh hambre terrible y fuerte,
       Cómo me acabas la vida!
         ¡Oh guerra, sólo venida
       Para causarme la muerte!
HIJO.    ¡Madre mía, que me fino!
       Aguijemos. ¿A dó vamos,
       Que parece que alargamos
       La hambre con el camino?
MADR.    Hijo, cerca está la plaza
       Adonde echaremos luego
       En mitad del vivo fuego
       El peso que te embaraza.

JORNADA CUARTA

Tocan al arma con gran priesa, y a este rumor sale CIPIÓN, y IUGURTA, y MARIO, alborotados.

CIP.     ¿ Qué es esto, capitanes? ¿Quién nos toca
       Al arma en tal sazón? ¿Es, por ventura,
       Alguna gente desmandada y loca
       Que viene a demandar su sepoltura?
       Mas no sea algún motín el que provoca
       Tocar al arma en recia coyuntura:
       Que tan seguro estoy del enemigo,
       Que tengo más temor al que es amigo.

Sale QUINTO FABIO con el espada desnuda, y dice:

QUIN.    Sosiega el pecho, general prudente,
       Que ya de esta arma la ocación se sabe,
       Puesto que ha sido a costa de tu gente,
       De aquel en quien más brío o fuerza cabe.
       Dos numantinos con soberbia frente,
       Cuyo valor será razón se alabe,
       Saltando el ancho foso y la muralla,
       Han movido a tu campo cruel batalla.
         A las primeras guardas envistieron,
       Y en medio de mil lanzas se arrojaron,
       Y con tal furia y rabia arremetieron,
       Que libre paso al campo les dejaron.
       Las tiendas de Fabricio acometieron,
       Y allí su fuerza y su valor mostraron
       De modo, que en un punto seis soldados
       Fueron de agudas puntas traspasados.
         Con presta diligencia discurriendo
       Iban de tienda en tienda, hasta que hallaron
       Un poco de bizcocho, el cual cogieron;
       El paso, y no el furor, atrás tornaron.
       El uno de ellos se escapó huyendo;
nbsp;      Al otro mil espadas le acabaron,
       Por donde infiero que la hambre ha sido
       Quien les dió atrevimiento tan subido.
CIP.     Si, estando deshambridos y encerrados,
       Muestran tan demasiado atrevimiento,
       ¿Qué hicieran siendo libres y enterados
       En sus fuerzas primeras y ardimiento?
       ¡Indómitos! ¡Al fin seréis domados,
       Porque contra el furor vuestro violento
       Se tiene de poner la industria nuestra,
       Que de domar soberbios es maestra!

Vanse todos.

Sale una mujer, armada con una lanza en la mano y un escudo, que significa la GUERRA, y trae consigo la ENFERMEDAD y la HAMBRE: la ENFERMEDAD arrimada a una muleta y rodeada de paños la cabeza, con una máscara amarilla; y la HAMBRE saldrá con un desnudillo de muerte, y encima, una ropa de bocací amarilla y una máscara descolorida.

GUERR.   Hambre, Enfermedad, ejecutores
       De mis terribles mandos y severos,
       De vidas y salud consumidores,
       Con quien no vale ruego, mando o fieros,
       Pues ya de mi intención sois sabidores,
       No hay para qué de nuevo encareceros
       De cuánto gusto me será y contento
       Que luego, luego, hagáis mi mandamiento.
         La fuerza incontrastable de los hados,
       Cuyos efectos nunca salen vanos,
       Me fuerzan que de mí sean ayudados
       Estos sagaces mílites romanos.
       Ellos serán un tiempo levantados,
       Y abatidos también estos hispanos;
       Pero tiempo vendrá en que yo me mude,
       Y dañe al alto y al pequeño ayude;
         Que yo, que soy la poderosa Guerra,
       De tantas madres desterrada en vano,
       Aunque quien me maldice a veces yerra,
       Pues no sabe el valor de esta mi mano,
       Sé bien que en todo el orbe de la tierra,
       Seré llevada del valor hispano
       En la dulce ocasión que estén reinando
       Un Carlos, y un Filipo, y un Fernando.
ENF.     Si ya la Hambre, nuestra amiga querida.
       No hubiera tomado con instancia
       A su cargo de ser fiera homicida
       De todos cuantos viven en Numancia,
       Fuera de mí tu voluntad cumplida,
       De modo que se viera la ganancia
       Fácil y rica que el romano hubiera,
       Harto mejor de aquello que se espera.
         Mas ella, en cuanto su poder alcanza,
       Ya tiene tal el pueblo numantino,
       Que de esperar alguna buena andanza,
       Le ha tomado las sendas y el camino;
       Mas del furor la rigurosa lanza,
       La influencia del contrario sino,
       Le trata con tan áspera violencia,
       Que no es menester hambre ni dolencia.
         El Furor y la Rabia, tus secuaces,
       Han tomado en su pecho tal asiento,
       Que, cual si fuese de romanas haces,
       Cada cual de esa sangre está sediento.
       Muertos, incendios, iras son sus paces;
       En el morir han puesto su contento,
       Y, por quitar el triunfo a los romanos,
       Ellos mesmos se matan con sus manos.
HAMBR.   Volved los ojos, y veréis ardiendo
       De la ciudad los encumbrados techos.
       Escuchad los suspiros que saliendo
       Van de mil tristes, lastimados pechos.
       Oíd la voz y lamentable estruendo
       De bellas damas a quien, ya deshechos
       Los tiernos miembros de ceniza y fuego,
       No valen padre, amigo, amor ni ruego.
         Cual salen las ovejas descuidadas,
       Siendo del fiero lobo acometidas,
       Andar aquí y allí descarriadas,
       Con temor de perder las simples vidas,
       Tal niños y mujeres desdichadas,
       Viendo ya las espadas homicidas,
       Andan de calle en calle, ¡oh hado insano!,
       Su cierta muerte dilatando en vano.
       No hay plaza, no hay rincón, no hay calle o casa
       Que de sangre y de muertos no esté llena;
       El hierro mata, el duro fuego abrasa,
       Y el rigor ferocísimo condena.
       Presto veréis que por el suelo tasa
       Hasta la más subida y alta almena,
       Y las casas y templos más preciados
       En polvo y en cenizas son tornados.
         Venid; veréis que en los amados cuellos
       De tiernos hijos y mujer querida,
       Teogenes afila agora y prueba en ellos
       De su espada cruel corte homicida,
       Y cómo ya, después de muertos ellos,
       Estima en poco la cansada vida,
       Buscando de morir un modo extraño,
       Que causó en el suyo más de un daño.
GUERR.   Vamos, pues, y ninguno se descuide
       De ejecutar por eso aquí su fuerza,
       Y a lo que digo sólo atienda y cuide,
       Sin que de mi intención un punto tuerza.

Vanse, y sale TEÓGENES con dos espadas desnudas y ensangrentadas las manos.

TEÓG.    Sangre de mis entrañas derramada,
       Pues sois aquella de los hijos míos;
       Mano, contra ti mesma acelerada,
       Llena de honrosos y crueles bríos;
       Fortuna, en daño mío conjurada;
       Cielos, de justa piedad vacíos:
       Ofrecedme en tan dura, amarga suerte,
       Alguna honrosa, aunque cercana muerte.
         Valientes numantinos, haced cuenta
       Que yo soy algún pérfido romano,
       Y vengad en mi pecho vuestra afrenta,
       Ensangrentando en él espada y mano.
       Una de estas espadas os presenta
       Mi airada furia y mi dolor insano;
       Que, muriendo en batalla, no se siente
       Tanto el rigor del último accidente.

Vase, y sale CIPIÓN, y IUGURTA, y QUINTO FABIO, y MARIO, y ERMILIO y otros soldados romanos.

CIP.     Si no me engaña el pensamiento mío,
       O salen mentirosas las señales
       Que habéis visto en Numancia, del estruendo
       Y lamentable son, y ardiente llama,
       Sin duda alguna que recelo y temo
       Que el bárbaro furor del enemigo
       Contra su propio pecho no se vuelva.
       Ya no parece gente en la muralla,
       Ni suenan las usadas centinelas;
       Todo está en calma y en silencio puesto,
       Como si en paz tranquila y sosegada
       Estuviesen los fieros numantinos.
MAR.   Presto podrás salir de aquesa duda,
       Porque, si tú lo quieres, yo me ofrezco
       De subir sobre el muro, aunque me ponga
       Al riguroso trance que se ofrece,
       Sólo por ver aquello que en Numancia
       Hacen nuestros soberbios enemigos.
CIP.   Arrima, pues, ¡oh Mario!, alguna escala
       A la muralla, y haz lo que prometes.
MAR.   Id por la escala luego, y vos, Ermilio,
       Haced que mi rodela se me traiga,
       Y la celada blanca de las plumas;
       Que a fe que tengo de perder la vida
       O sacar de esta duda al campo todo.
ERM.   Ves aquí la rodela y la celada;
       La escala vesla allí: la trajo Limpio.
MAR.   Encomiéndame a Júpiter inmenso,
       Que yo voy a cumplir lo prometido.
IUG.   Alza más la rodela, Mario,
       Encoge el cuerpo, y encubre la cabeza.
         ¡Animo, que ya llegas a lo alto!
       ¿Qué ves?
MAR.            !Oh santos dioses! Y ¿ qué es esto?
IUG.   ¿De qué te admiras?
MAR.                      De mirar de sangre
       Un rojo lago, y de ver mil cuerpos
       Tendidos por las calles de Numancia,
       De mil agudas puntas traspasados.
CIP.   ¿Qué? ¿No hay ninguno vivo?
MAR.                             ¡Ni por pienso!
       A lo menos, ninguno se me ofrece
       En todo cuanto alcanzo con la vista.
CIP.   Salta, pues, dentro, y mira por tu vida.

Salta MARIO en la ciudad. Síguele Iugurta y al poco rato torna a salir el primero por la muralla, y dice:

MAR.   En balde, ilustre general prudente,
       Han sido nuestras fuerzas ocupadas.
       En balde te has mostrado diligente,
         Pues en humo y en viento son tornadas
       Las ciertas esperanzas de victoria,
       De tu industria contino aseguradas.
       En lamentable fin la triste historia
       De la ciudad invicta de Numancia
       Merece ser eterna en la memoria;
         Sacado han de su pérdida ganancia;
       Quitádote han el triunfo de las manos,
       Muriendo con magnánima constancia;
         Nuestros disinios han salido vanos,
       Pues ha podido más su honroso intento
       Que toda la potencia de romanos.
         El fatigado pueblo en fin violento
       Acaba la miseria de su vida,
       Dando triste remate al largo cuento.
         Numancia está en un lago convertida,
       De roja sangre y de mil cuerpos llena,
       De quien fué su rigor propio homicida.
         De la pesada y sin igual cadena
       Dura de esclavitud se han escapado
       Con presta audacia, de temor ajena.
         En medio de la plaza levantado
       Está un ardiente fuego temeroso,
       De sus cuerpos y haciendas sustentado.
         Al tiempo llegué a verlo, que el furioso
       Teogenes, valiente numantino,
       De fenecer su vida deseoso,
         Maldiciendo su corto amargo sino,
       En medio se arrojaba de la llama,
       Lleno de temerario desatino,
         Y al arrojarse dijo: "Clara fama,
       Ocupa aquí tus lenguas y tus ojos
       En esta hazaña, que a contar te llama.
         ¡Venid, romanos, ya por los despojos
       Desta ciudad, en polvo y humo vueltos,
       Y sus flores y frutos en abrojos!"
         De allí, con pies y pensamientos sueltos,
       Gran parte de la tierra he rodeado,
       Por las calles y pasos más revueltos,
         Y un solo numantino no he hallado
       Que poderte traer vivo siquiera,
       Para que fueras dél bien informado
         Por qué ocasión, de qué suerte o manera
       Acometieron tan grave desvarío,
       Apresurando la mortal carrera.
CIP.     ¿Estaba, por ventura, el pecho mío
       De bárbara arrogancia y muertes lleno,
       Y de piedad justísima vacío?
         ¿Es de mi condición, por dicha, ajeno
       Usar benignidad con el rendido,
       Como conviene al vencedor que es bueno?
         ¡Mal, por cierto, tenían conocido
       El valor en Numancia de mi pecho,
       Para vencer y perdonar nacido!
QUIN.    Iugurta te hará más satisfecho,
       Señor, de aquello que saber deseas,
       Que vesle vuelve lleno de despecho.

Asómase IUGURTA a la muralla.

IUG.     Prudente general, en vano empleas
       Más aquí tu valor. Vuelve a otra parte
       La industria singular de que te arreas.
         No hay en Numancia cosa en que ocuparte.
       Todos son muertos, y sólo uno creo
       Que queda vivo para el trunfo darte,
         Allí en aquella torre, según veo.
       Yo vi denantes un muchacho; estaba
       Turbado en vista y de gentil arreo.
CIP.     Si eso fuese verdad, eso bastaba
       Para trunfar en Roma de Numancia,
       Que es lo que más agora deseaba.
         Lleguémonos allá, y haced instancia
       Como el muchacho venga aquestas manos
       Vivo, que es lo que agora es de importancia.

Dice VARIATO, muchacho, desde la torre:

VAR.     ¿Dónde venís, o qué buscáis, romanos?
       Si en Numancia queréis entrar por fuerte,
       Haréislo sin contraste, a pasos llanos;
         Pero mi lengua desde aquí os advierte
       Que yo las llaves mal guardadas tengo
       Desta ciudad, de quien trunfó la muerte.
CIP.     Por ésas, joven, deseoso vengo,
       Y más de que tú hagas insperiencia,
       Si en este pecho piedad sostengo.
VAR.     ¡Tarde, cruel, ofreces tu clemencia,
       Pues no hay con quien usarla: que yo quiero
       Pasar por el rigor de la sentencia
         Que con suceso amargo y lastimero
       De nuestros padres y patria tan querida
       Causó el último fin terrible y fiero!
QUIN.    Dime: ¿tienes, por suerte, aborrecida,
       Ciego de un temerario desvarío,
       Tu floreciente edad y tierna vida?
CIP.     Tiempla, pequeño joven, templa el brío;
       Sujeta el valor tuyo, que es pequeño,
       Al mayor de mi honroso poderío;
         Que desde aquí te doy la fee y empeño
       Mi palabra, que solo de ti seas
       Tú mismo el propio, el conocido dueño;
         Y que de ricas joyas y preseas
       Vivas lo que vivieres abastado,
       Como yo podré darte y tú deseas,
       Si a mí te entregas y te das de grado.
VAR.     Todo el furor de cuantos ya son muertos
       En este pueblo y en polvo reducido,
       Todo el huir los pactos y conciertos,
       Ni el dar a sujeción jamás oído,
       Sus iras, sus rancores descubiertos,
       Está en mi pecho solamente unido.
       Yo heredé de Numancia todo el brío;
       Ved, si pensáis vencerme, es desvarío.
         Patria querida, pueblo desdichado,
       No temas, ni imagines que admire
       De lo que debo ser de ti engendrado,
       Ni que promesa o miedo me retire,
       Ora me falte el suelo, el cielo, el hado,
       Ora vencerme todo el mundo aspire;
       Que imposible será que yo no haga
       A tu valor la merecida paga.
         Que si a esconderme aquí me trujo el miedo
       De la cercana y espantosa muerte,
       Ella me sacará con más denuedo,
       Con el deseo de seguir tu suerte;
       De vil temor pasado, como puedo,
       Será la enmienda agora osada y fuerte,
       Y el temor de mi edad tierna, inocente
       Pagaré con morir osadamente.
         Yo os aseguro, ¡oh fuertes ciudadanos!,
       Que no falte por mí la intención vuestra
       De que no triunfen pérfidos romanos,
       Si ya no fuere de ceniza nuestra.
       Saldrán conmigo sus intentos vanos,
       Ora levanten contra mí su diestra,
       O me aseguren con promesa incierta
       A vida y a regalos ancha puerta.
         Tened, romanos, sosegad el brío,
       Y no os canséis en asaltar el muro;
       Con que fuera mayor el poderío
       Vuestro, de no vencerme estad seguro.
       Pero muéstrese ya el intento mío,
       Y si ha sido el amor perfecto y puro
       Que yo tuve a mi patria tan querida,
       Asegúrelo luego esta caída.

Arrójase el muchacho de la torre, y dice CIPIÓN:

CIP.     ¡Oh! ¡Nunca vi tan memorable hazaña!
       ¡Niño de anciano y valeroso pecho,
       Que, no sólo a Numancia, mas a España
       Has adquirido gloria en este hecho!
       Con tal vida y virtud heroica, extraña,
       Queda muerto y perdido mi derecho.
       Tú con esta caída levantaste
       Tu fama, y mis victorias derribaste.
         Que fuera viva y en su ser Numancia,
       Sólo porque vivieras me holgara;
       Tú solo me has llevado la ganancia
       Desta larga contienda, ilustre y rara;
       Lleva, pues, niño, lleva la ganancia
       Y la gloria que el cielo te prepara,
       Por haber, derribándote, vencido
       Al que, subiendo, queda más caído.







PEDRO DE URDEMALAS

JORNADA PRIMERA

Salen MARTÍN CRESPO, alcalde, recién elegido; su mozo Pedro de Urdemalas y SANCHO MACHO y DIEGO TARUGO, regidores.

TAR.     Plácenos, Martín Crespo, del suceso;
       Desechéisla por otra de brocado,
       Sin que jamás un voto os salga avieso.
ALC.     Diego Tarugo, lo que me ha costado
       Aquesta vara, sólo Dios lo sabe,
       Y mi vino y capones y ganado.
         El que no te conoce, ese te alabe,
       deseo de mandar.
SANCH.                 Yo aqueso digo;
       Que sé que en él todo cuidado cabe.
         Véala yo en poder de mi enemigo,
       Vara que es por presentes adquirida.
ALC.   Pues ahora la tiene un vuestro amigo.
SANCH.   De vos, Crespo, será tan bien regida,
       Que no la doble dádiva ni ruego.
ALC.   No, juro a mí, mientras tuviere vida.
         Cuando mujer me informe, estaré ciego;
       Al ruego del hidalgo, sordo y mudo;
       Que a la severidad todo me entrego.
TAR.     Ya veo en vuestro tiempo, y no lo dudo,
       Sentencias de Salmón, el rey discreto,
       Que el niño dividió con hierro agudo.
ALC.     Al menos de mi parte, yo prometo
       De arrimarme a la ley en cuanto pueda,
       Sin alterar un mínimo decreto.
SANCH.   Como yo lo deseo, así suceda,
       Y adiós.
ALC.           Fortuna os tenga, Sancho Macho,
       En la empinada cumbre de su rueda.
TAR.     Sin que el temor o amor os ponga empacho,
       Juzgad, Crespo, terrible y brevemente,
       Que la tardanza en toda cosa tacho;
       Y adiós quedad.
ALC.                  En fin, sois buen pariente.

Entranse SANCHO MACHO y DIEGO TARUGO.

         Pedro, que escuchando estás,
       ¿Cómo de mi buen suceso
       El parabién no me das?
       Ya soy alcalde y confieso
       Que lo seré por demás,
         Si tú no me das favor,
       Y muestras algún primor
       Con que juzgue rectamente;
       Que te tengo por prudente,
       Más que a un cura y a un doctor.
PEDR.    Es aqueso tan verdad,
       Cual lo dirá la experiencia,
       Porque con facilidad
       Luego os mostraré una ciencia,
       Que os dé nombre y calidad.
         Llegaraos Licurgo apenas,
       Y la celebrada Atenas
       Callará sus doctas leyes:
       Envidiaros han los reyes
       Y las escuelas más buenas.
         Yo os meteré en la capilla
       Dos docenas de sentencias
       Que al mundo den maravilla,
       Todas con sus diferencias
       Civiles o de rencilla;
         Y la que primero a mano
       Os viniere, está bien llano
       Que no ha de haber más que ver.
ALC.   Desde hoy más, Pedro, has de ser,
       No mi mozo, mas mi hermano.
         Ven, y mostrarásme el modo
       Como yo ponga en efeto
       Lo que has dicho, en parte, o todo.
PEDR.  Pues más cosas te prometo.
ALC.   A cualquiera me acomodo.