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Nuestra Pampa; libro de lectura

Chapter 1: NUESTRA PAMPA
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About This Book

Conjunto de crónicas didácticas sobre la región pampeana que integran historia, geografía, sociología y economía rural para narrar su transformación desde la dominación indígena hasta la extensión de la colonización y las grandes empresas agrícolas. Presenta descripciones del paisaje, los bosques y el ambiente pastoril, el trazado del ferrocarril, la implantación de cultivos y la modernización de la cría, junto a análisis de procesos sociales y económicos. Diseñado como texto escolar, organiza capítulos temáticos, evita nombres propios innecesarios y añade un prontuario de términos, neologismos y modismos para apoyar la enseñanza y la comprensión lectora.

The Project Gutenberg eBook of Nuestra Pampa; libro de lectura

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Title: Nuestra Pampa; libro de lectura

Author: W. Jaime Molins

Release date: October 15, 2020 [eBook #63464]
Most recently updated: October 18, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was
produced from images made available by the HathiTrust
Digital Library.)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK NUESTRA PAMPA; LIBRO DE LECTURA ***

 

 

 

NUESTRA PAMPA

W. Jaime Molins

Nuestra Pampa

LIBRO DE LECTURA

Obra aprobada por la Dirección
General de Escuelas de la
Provincia de Buenos Aires, como
texto de lectura para los años
(grados) Cuarto, Quinto y Sexto.

 


BUENOS AIRES

Establecimiento Gráfico “Oceana"—Chile 525

1923

Queda hecho el depósito
que marca la ley sobre
propiedad literaria.

AL ÍNDICE

La lectura moderna

Dos palabras sobre “Nuestra Pampa"

Comprende Nuestra Pampa,—arreglo metodizado y ampliación de mi libro «La Pampa»—una serie de crónicas objetivas sobre el más importante y rico de nuestros territorios, prolongación de la campaña de Buenos Aires. Su confección artística, como se advierte claramente, es marginal entre la literatura y el periodismo. Podrían, y posiblemente con propiedad, designarse sus capítulos, como crónicas de «alto reportaje». Y en cuanto a sus materias, bastará una ligera lectura, para encontrar que la historia, la sociología, la geografía, la economía rural, etc., han servido de base al estudio más completo que se haya hecho hasta ahora sobre la conquista del desierto[A].

Por sobre el anhelo, fuertemente acariciado, de escribir un libro de lectura de generalizaciones argentinas, con descripciones de costumbres, paisajes y acontecimientos,—diluyendo en un volumen, siempre limitado, toda la inmensa fuente de inspiración que nos brinda el país—he preferido, lógicamente, la labor constructiva, robusta, completa, sobre determinada región, sobre esta Pampa tan universal y tan nuestra; tan próxima a los grandes centros urbanos y tan desconocida a la vez; tan legendaria y tan moderna; tan joven y tan promisora.

Siempre he creído que los textos de lectura poligráficos, lejos de encauzar el espíritu y la vocación de los niños, contribuyen a pervertir y extraviar el concepto artístico o científico que deben formarse sobre las obras bellas. Los mosaicos, las antologías, ordenadas con o sin método, hechas de «menudillas» literarias, confecciones editoriales, inescrupulosas casi siempre, no serán jamás auxiliar poderoso del maestro en la inclinación artística o en la educación sentimental de sus alumnos en los grados superiores del curso de aplicación. La antología de Cossón,—permítaseme puntualizar—podrá recordarse con el valor del «vademecum» literario, de fragancias híbridas, con flores y malezas y donde la juventud inquieta, libara al acaso algunas mieles, como el gorrión en las cerezas del huerto abandonado. En cambio, «El Tempe Argentino» de Sastre, sacó triunfante la nota emotiva, llena de sabiduría, de bondad y de belleza, y dió con sus páginas, matices fundamentales para el estilo de muchos de sus niños, que debían de brillar, más tarde, en el libro, en la cátedra y en la prensa. ¡Lástima que aquel libro tenga sobre sí el achaque glorioso de los cincuenta años, mientras el Delta eglógico de los ceibales y la «canoa, sencilla como los afectos», remozado de civilización, se ha vestido con los atavíos de la agricultura científica, ha abierto sus puertos al frigorífico y sus arterias al «ferry boat»!...

Tal es mi juicio sobre la confección material e intelectual de un libro de lectura. La época, sin duda, reclama otras exigencias en su contextura general. Es posible que la prosa movida, ágil, robusta a ratos, amena siempre, sea el punto central de la materia. De ello informaría el sistema dialogado que uso a menudo, las ligeras informaciones estadísticas y la discreción de los cuadros y pinturas fugaces, a título de suavizar el aspecto de algunos estudios que pudieran parecer pesados. En suma: he tratado de organizar un libro que dentro del más acrisolado nacionalismo, sea sano en gramática, en pedagogía y en sentimiento.

En este arreglo escolar y didáctico de mi «Pampa» he desbrozado de la obra original todos los asuntos que he creído superfluos dentro de la asignatura. He arrasado con todas las notas personales e innocuas, evitando, en lo posible, los nombres propios. La estancia del señor A, la cabaña de B, la colonización de X, la gran empresa de H, pasan al libro escolar en el anónimo, destacándose solamente en su fuerza representativa, como elementos máximos del gran desarrollo pampeano. Dejo, únicamente, los nombres de los precursores, de los «pioneers» autóctonos, de los héroes de verdad, sean humildes o poderosos. Así, no puedo pasar por alto el nombre del primer humilde agricultor que llevó los primeros manzanos al valle de General Acha, y que queda incorporado de hecho a la historia agrícola de la República; como el de ese francés de garra, sembrador de pueblos, que fundó Telén, y que vitalizó con su energía y con su franco optimismo, toda la zona noroeste del territorio.

Aspiro, con esta obra, a poner en manos de los educandos un libro lleno de sencillez y verdad, sanamente patriótico y eminentemente objetivo; fiel a la tradición y al progreso; un libro, en suma, constructivo, de una sola pieza, dentro de su contextura, su idealidad y su estilo; que reuna todas las condiciones exigidas por la moderna asignatura y concrete, en capítulos ordenados, la evolución pampera, legendaria y universal,—¡tan argentina, tan nuestra!—desde los tiempos bravos de la dominación aborigen, hasta las más nobles conquistas en materia rural, las grandes invernadas y la colonización científica. Aspiro, a impregnar en los niños de las escuelas de la República, estos mismos sentimientos de tonificante nacionalismo; a que gusten, a través de mi pluma, de las mismas bellezas que yo he gustado y sientan como yo, el noble orgullo de la nacionalidad. Sólo así, comprendiendo la grandeza de la Pampa Argentina, cada lector será capaz a la vez, de revelarla con impresión personal y juicio sereno. Habremos conseguido entonces, en nuestros educandos el resultado de que hablaba Ernesto Leguové a Saint Beuve: despertar el espíritu crítico, sobre la base de obras bellas y sanas. Y se afirmaba para ello el eminente profesor, en la lectura en alta voz, que «nos daba un poder de análisis al que nunca llegaríamos por la lectura muda».

Nunca más que ahora al verificar este arreglo escolar de «La Pampa», he pensado en aquel famoso discurso de Racine sobre Corneille, discurso que tendía el puente de oro entre el teatro francés, antes y después del ilustre comediógrafo. Ora suave como un arroyo valletano, ora violento como un turbión; vigoroso en sus signos admirativos; persuasivo y blando en sus descripciones; lleno de unción siempre, Racine no sólo había querido describir el teatro, si no pintarlo. Modelo tan eterno y tan admirable, no puede menos que arrastrar nuestra simpatía. Tal he querido en Nuestra Pampa: describir y pintar. Describir el choque del pueblo aborigen con las armas de la nación; la heredad salvaje bajo la influencia de la sangre nueva, que llevó el germen de futuros pueblos; la atrevida conquista del riel; la implantación de las grandes empresas rurales; la invasión colónica, que ha convertido en campos de cereal aquellas ásperas tierras, empenachadas de dunas; pintar la fuerza panteísta de los bosques de caldén, el cuadro pastoril, la chacra sencilla, el panorama silvestre y la obra de civilización, estilizada y potente...

*
* *

A fin de facilitar la tarea ilustrativa de mis lectores—maestros y alumnos—y después de una juiciosa encuesta entre el personal docente de diversos establecimientos educacionales, he resuelto incorporar a «Nuestra Pampa», un vocabulario—«prontuario», más bien dicho—sobre palabras difíciles, términos, expresiones, neologismos, indianismos y modismos empleados en el texto.

La necesidad de este aporte lexicológico es bien justificada y no necesita mayores explicaciones. Lo que debo recalcar, aunque sea someramente, es la razón de incorporar a un texto de lectura, netamente argentino y dedicado a los grados superiores de la enseñanza primaria, una buena cantidad de expresiones ajenas a nuestra lengua matriz. Pueblo nuevo el nuestro, formado por todas las razas, todas las religiones, todos los idiomas, sería un error craso constreñir nuestra «lengua corriente» entre las fronteras del castellano clásico, impecaminoso y hermético. Las ciencias, las artes, las industrias, la geografía misma, los deportes, crean día a día, términos nuevos, expresiones ajustadas, desprendidas de otras lenguas, y que es necesario adoptar so pena de regresión en el proceso evolutivo de la humanidad y en el agitado intercambio de los pueblos, vale decir en el ejercicio de las necesidades prácticas de la vida. España misma, en plena reacción literaria, ha debido dar paso para sus novísimos diccionarios, a la avalancha de galicismos que trasponen sus Pirinenos, mientras Francia academiza el término anglicano, que se filtra en su léxico por obra y gracia de la novelería deporticia. Y la España de hoy, que gallardea con la gloria secular de su «Quijote», no puede menos de sentirse cómoda con la incorporación a su lengua oficial, de todo ese ejército de neologismos, creados, en su mayoría, por la ciencia y por las artes. Tal lo que nos dice el propio jefe de la interpretación de lenguas del ministerio de Estado de España, don Julio Casares, en el prólogo de uno de sus diccionarios, sentando, como una necesidad fundamental, este ensanchamiento del idioma, de acuerdo con las exigencias modernas. «La prosa—dice—recoge de la multitud heteróclita de palabras extranjeras, las nuevas palabras inventadas, por la ciencia, el deporte, el periodismo, las múltiples incursiones de las diversas lenguas que contribuyen al concierto de nuestra nacionalidad.»

Respetando las bases fundamentales de nuestro idioma—la gramática, más que el léxico—sería una absurdo que en nuestros libros americanos, nuestros libros didácticos, hiciéramos abstracción de todas esas palabras y modismos ajustados a nuestro temperamento de pueblo cosmopolita, para circunscribirnos a la expresión racial y a solo título de no infringir irreverencia con el léxico hispano. Tendríamos, entonces, que mientras en el libro de lectura, acrisolado, impoluto, en lo que a expresión castiza se refiere, trataríamos obstinadamente de conservar la tradición lingüística, frente por frente y en abierta oposición con los intereses escolares entregados a nuestra dirección y encauzamiento, se interpondrían al alcance del niño, esos factores que se llaman el diario moderno, el cinematógrafo, la revista de actualidades y el teatro, abiertos a las necesidades de la vida y no al intransigente purismo del idioma.

Las lenguas, como las industrias, como las artes, como el comercio, necesitan de movimiento, de intercambio constante, de algo así como el flujo y reflujo de los vocablos, buscando para su armonía y su utilidad, no de las expresiones altisonantes, sino de los matices, de los términos claros, precisos, ajustados, propios. Por su intransigencia, perdieron su prestigio de lenguas vivas, el latín y el griego, hasta que los siglos las borren en absoluto de la memoria de los pueblos, segadas por las palpitaciones de otras lenguas que evolucionan, que se mueven, que trafican, que abren sus fronteras a la libre migración de las palabras.

Y si nosotros, los de Sudamérica, por las características geo-sociológicas de nuestras repúblicas, estamos destinados a la gran evolución lingüística, sobre la base de nuestro glorioso castellano, debemos estar alerta para no incurrir en la incongruencia de enseñar a nuestros escolares a pensar en americano, valiéndose, como instrumento de expresión del diccionario inmoble y perpetuamente academizado. Debemos pensar, en primer término, que aun no hemos plasmado el tipo definitivo de nuestra raza continental y que todavía somos por aquí un conglomerado de pueblos, en donde deben tener honrosa participación todos sus componentes, por razones de étnica y de autonomía nacional.

En auxilio de nuestra tesis podríamos traer el ejemplo francés en la evolución de su literatura. En Rabelais se operan los primeros pasos firmes del latín al francés. Montaigne se deja llevar a menudo por las citas de la lengua del Lacio; pero, más regionalista y muy original, prefiere amalgamar las lenguas y dialectos que se desarrollan en pleno territorio francés, y así en sus «Ensayos» declara que «no titubea en usar del gascón cuando el francés no le basta para la más franca expresión de su temperamento.» Descartes, que con Bossuet, pertenece a los grandes ingenios del siglo XVII, escribe en francés su «Tratado de las pasiones»; pero no puede apartar su estilo bebido en la sintaxis del genio latino. Y así Racine, a pesar de su originalidad. Quien francamente rompe las ligaduras, es Voltaire, abanderado de la revolución del siglo XVIII en la prosa francesa, cultivador feliz, que vuelca en el surco de la literatura francesa, la simiente de nuevas expresiones. Con él acaba la elocuencia romana «porque había la necesidad de expresar claramente y no de componer discursos.»

¡Loado sea nuestro rico, fecundo y armonioso castellano, que trajo a América en su verbo, las palpitaciones viriles de la raza! ¡Loado sea! Pero al eternizar su glorioso dominio, su brava alcurnia, pensemos que para su propia perpetuación y generoso expandimiento, ningún campo más propicio que estos jóvenes pueblos en donde confraternizan en el trabajo, en el patriotismo y en la acción todas las razas de la tierra.

W. Jaime Molins.

Buenos Aires, 1922.

 

 

PRELIMINARES DE LA CONQUISTA DEL DESIERTO

La primera impresión del territorio pampeano, renueva en el viajero una gloriosa remembranza: la conquista del desierto por las armas de la nación.

“Cuando la ola humana invada estos desolados campos que ayer eran el escenario de correrías destructoras y sanguinarias, para convertirlos en emporio de riquezas y en pueblos florecientes, en que millones de hombres puedan vivir ricos y felices—decía a sus soldados el general Roca, en la orden del día, en Carhué el 26 de abril de 1879—recién entonces se estimará en su verdadero valor el mérito de vuestros esfuerzos. Extinguiéndose estos nidos de piratas terrestres y tomando posesión real de la vasta región que los abriga, habéis abierto y dilatado los horizontes de la patria hacia las comarcas del sur, trazando, para decirlo así, con vuestras bayonetas, un radio inmenso para el desenvolvimiento y grandeza futuras.”

Y en verdad, el vaticinio del ilustre jefe se ha cumplido. La ola humana se ha diseminado por la rica campaña. La tierra salvaje, se rinde como una madre próvida al tajo del arado. Se inmoviliza el médano bajo el manto de las plantas forrajeras. Florecen los trigos y florecen los pueblos como una inmensa constelación. Y mientras los ferrocarriles se bifurcan en todas direcciones sobre la campaña infinita y ondulada, se tonaliza el predio rústico con el verde intenso de los alfalfares, se extienden nuevas sementeras sobre el desmonte de los caldenes, y la colonización sistemada se rinde a Ceres, estira el alambrado civilizador en el latifundio inviolado y se arraiga al amor del clima y bajo la certeza augural del porvenir.

La expedición al desierto tiene para el país una significación trascendental: como acontecimiento militar interno, importa la campaña más fructífera de cuantas han podido realizarse después de la consolidación de la independencia nacional. Con economía de sangre y de recursos, se logró para la civilización el patrimonio de 20.000 leguas, entregadas al arbitrio de las tribus indómitas. Como acontecimiento político llegó aún más lejos la brillante cruzada: se cortó a Chile el recurso ilegal y cuantioso de la rapiña indígena. Según cálculos “grosso modo”, excedía de 200.000 el número de cabezas de ganado vacuno y caballar que pasaba los boquetes de la cordillera en arrias indígenas apañadas por deshonestos acopiadores e industriales de ultracordillera. Este predominio, tradicional en el desierto, sobre el pueblo indígena extendido desde los campos de Buenos Aires hasta los Andes y desde las fronteras de Córdoba, Mendoza y San Luis, hasta la Patagonia, tenía su explicación natural en el origen araucano de las tribus. La corriente salvaje se inclinaba al Pacífico donde la impunidad del robo se hacía fuerte al amparo de la tolerancia política. Cierto es que la opinión sensata del país vecino, repudió con energía el procedimiento y más de una vez se alzó la voz enérgica de los legisladores protestando de aquel comercio subrepticio que era un atentado contra la civilización y la amistad internacional. Pero es cierto también que durante largas décadas, el ganado de nuestras pampas y la sal de nuestras lagunas, adquiridos malamente, constituyeron la industria del tasajo con que Chile dominó el mercado pacífico, desde Antofagasta al Ecuador.

El famoso cacique Juan Agustín, de la tribu de Las Barrancas, que tanto daño causó en Mendoza con sus cuatrerías y sus malones sangrientos, tenía en Chile concepto de honestísimo propietario y las prerrogativas de juez y subdelegado en las poblaciones indocriollas. El cacique Caepé, del Neuquen, de crueldad proverbial, afianzaba su impunidad en un parentesco empingorotado por parte de su mujer; y el cacique Aillal, regentaba sin control y en pleno territorio argentino, un establecimiento del general Bulnes, vale decir que tenía vara alta en el tránsito libre de las cordilleras. Cita Olascoaga—nuestro más veraz historiador del desierto—que el coronel Bulnes, pariente del general del mismo nombre, y que vivió muchos años en la frontera de Araujo, vino en diversas ocasiones al territorio del Neuquen, cultivando relaciones con los primeros jefes indios. De una de estas entrevistas, que siempre fueron de carácter comercial, nació el propósito de sublevar las tribus ranqueles que poblaban la Pampa y mantenían tratados de

paz con el gobierno nacional. Los caciques Rouan, Cheuquel y Udelman, engolosinados por las promesas del jefe chileno, desprendieron sus emisarios a Baigorrita, Epumer y Cayupan, incitándolos a la rebeldía y a la invasión. “Chile gobierna a los indios”, era la voz de orden. Allí estaba la génesis de la raza que idealizó Ercilla en la soberbia indómita de Caupolicán. Las tribus de la Pampa no eran más que las ramas de aquel tronco que había afianzado sus raíces en las costas del mar, desde Santiago al archipiélago del sur. Esta premisa que tenía todos los contornos de una política subterránea, capaz de influir en el diferendo territorial que nos tenía al borde de la guerra, trajo como consecuencia, el parlamento salvaje de Poytahué entre los ranquelinos y la embajada de Meliqueo que tenía la plenipotencia de sus amigos del Neuquen, para formalizar un plan subversivo contra las autoridades argentinas, llevando una invasión conjunta a las indefensas poblaciones del interior.

Acontecimientos de tal trascendencia tenían que traer consecuentemente una campaña formal sobre el desierto. Era menester hacer la guerra al indio que era la guerra a Chile. Había que quebrar, con las armas de la nación, el bandidaje desalmado puesto al servicio de aquella rivalidad internacional que podía ser nefasta para nuestra integridad. La milicia chilena, puesta en tensión, con las perspectivas de la guerra al Perú y Bolivia, tentaba por medio de nuestros indios, de avocarnos al problema de la lucha interior, temerosa tal vez, de que pudiéramos tomar una participación decidida en la contienda. Mientras tanto—cabe a nuestra hidalguía reconocerlo—no faltaron estadistas prudentes y sabios legisladores que se opusieron abiertamente a este juego peligroso sobre la base, no siempre leal, de las lanzas nómades que bien pudieran esgrimirse contra Chile si al gobierno argentino se le hubiese ocurrido conquistarlas con el halago de la tolerancia y de la protección...

Es de suponer que graves exigencias de política interna, obligaron al gobierno chileno a mantenerse reacio a nuestras reclamaciones. Sólo así se explica el vacío que rodeó las quejas de nuestro representante Miguel Góyena cuando exigía control y castigo para el infamante comercio de ganado, producto del más descarado latrocinio. Para contraste del proceder de la Moneda, aquel mismo año—1876—el Canadá, con motivo de haberse internado en su territorio las mesnadas de Sitting Bull, producía en su protocolo oficial la siguiente declaración: “Conforme a todos los principios de la ley internacional, cada gobierno está obligado a proteger el territorio del Estado vecino y amigo contra actos de hostilidades de parte de refugiados que, escapando a la persecución, cruzan las fronteras.”

Sea como fuere, la actitud insólita del gobierno chileno, mató las más bellas iniciativas de hombres de ponderación. Ya en 1870, el señor Puelma, desde su banca legislativa por San Carlos, sosteniendo la imperiosa necesidad de adoptar un sistema civilizador sobre el pueblo araucano, había dicho, bien alto, en sesión del 18 de agosto:

—Analicemos lo que sucede. En cuanto al comercio, vemos que el de animales, que es el que más se hace con los araucanos, proviene siempre de animales robados en la República Argentina. Es sabido que últimamente se han robado allí 40.000 animales, más o menos. Y nosotros, sabiendo que son robados, los compramos sin escrúpulo ninguno. Y luego decimos que los ladrones son sólo los indios...

Esta valiente afirmación, que era toda una apotegma, cayó en el vacío. No queremos, sin embargo, en esta suscinta relación de los acontecimientos que ocasionaron la campaña civilizadora, dejar de mano las propias lacras, desarrolladas como enfermedad endémica intra-cordillera y hasta en las propias puertas de Buenos Aires, en campo sometido por el fortín y hasta por el riel. Siempre el abigeato encontró pie en el comercio inmoral de los acopiadores. La pulpería pampeana, lugar de regocijo y de pelea, no siempre contribuyó al estímulo civilizador de las armas que abrieron paso a la inmigración y a la colonia. La vida de fronteras tiene a menudo episodios que desdicen con el noble propósito de la civilización. No recordamos si Alvaro Barros o qué cronista de la gran expedición, narra el caso de un pulpero inmoral protector de montesinos y carneadores de ajeno, castigado en su propio delito.

—Tráime todos los cueros que te vengan a mano—reclamaba a un paisano ladino, un negociante crapuloso de la campaña de Olavarría.

—¿Voltiaré alzaos, nomás?... Porque los ajenos...

—De todo, che. Hay que hacer plata. Y vos que andás con pandiya noche a noche, podés hacer una buena rejunta. Yo compro todo... Voltiá, nomás. Ya sabés qu’el jujao está a mi cargo...

Emprendió la tarea el gaucho. Por muchas mañanas, entre dos luces, se apareció en la casa del pulpero, trayendo una buena cosecha de cuerambre. El pulpero pagaba poco, pero pagaba. Los paisanos eran diestros para cuerear a campo; y el producto de la correría fué copioso en un par de semanas.

Pasó por fin la partida a las estacas. Se tendieron las pieles en una enorme superficie. Y cuando el viento del sur barrió el secadero, se patentizaron las marcas sobre los cueros de vacuno y caballar. ¡Eran del propio herraje del pulpero, era su misma hacienda la que había hecho sacrificar por ambición del lucro inmoral y desmedido!

—¡Ah, canaya!—le dijo al gaucho, cuando se acercó con la última remesa.—¡Vas a pagar caro, ladrón!...

—¡No s’enoje patroncito!... Usté me dijo que carniara ¿y de’ai?... Yo creí que fueran de los suyos... ¡Natural! Porque yo no nací para ladrón ¿sabe?... Y vaya pagando esta última partidita porque tengo que dar cuenta a los muchachos que m’esperan afuera... ¡Que ni pa los vicios, con sus cuatro riales locos que aflueja!...

VOCABULARIO

Pampa. Expresión indígena introducida por los pueblos autóctonos que llegaron del norte. Directamente, y en nuestro territorio, la popularizaron los quechuas. Pero los quechuas la tomaron de los aymaras. “Pampa” quiere decir llano, llanura.

Remembranza. Recuerdo de alguna cosa pasada.

Emporio. Mercado.

Vaticinio. Predicción, adivinanza, pronóstico, profecía.

Próvida. Benéfica, liberal, generosa, dispensadora de bienes.

Constelación. (Usada en sent. figur.) Conjunto de estrellas fijas.

Predio. Finca heredad, tierra, posesión, inmueble.

Ceres. Diosa de la agricultura. (Expresión poética).

Latifundio. Amplia extensión de tierra.

"Grosso modo". Expresión latina que significa: de cualquier modo, ligeramente, sin ningún cuidado.

Boquete. Entrada angosta en una montaña.

Arria. Conjunto de bestias de carga.

Subrepticio. Lo que se hace o toma ocultamente.

Tasajo. Carne seca y salada.

Cuatrería. Robo de hacienda realizado por cuatreros o cuadrilleros.

Malón. Ataque de indios a poblaciones o haciendas.

Empingorotado. Levantado, empinado.

Génesis. (Por extensión) origen, principio.

Ercilla (Alonso de). Poeta español, autor del poema “La Araucana".

Premisa. Circunstancia precursora de alguna cosa.

Subversivo. De “subvertir”: alterar, perturbar, trastornar, destruir.

Nefasta. Que es de malos resultados o consecuencias.

Estadista. Hombre versado y práctico en asuntos de Estado y labores de alto gobierno.

Nómade. Errante, que no tiene domicilio.

Latrocinio. Robo, hurto, defraudación, usurpación.

Moneda (La). En este caso se refiere al palacio de gobierno de Santiago de Chile.

Mesnada. Compañía de gente armada. (Expresión anticuada, pero en uso por aplicación).

Protocolo. Registro de negociaciones diplomáticas.

Insólita. Inusitada, que no es común.

Apotegma. Sentencia breve, aguda y oportuna.

Sucinto. Breve, lacónico, preciso.

Lacra. Falla o defecto de alguna cosa, moral o material.

Abigeato. Robo de ganado.

Pulpería. Despacho de bebidas en la campaña.

Crapuloso. De “crápula”: degradación moral y física del hombre; pérdida de su dignidad.

Meliqueo, Caepé, Ronán, Cheuquel, Udelmán, Cazupán. (Voces araucanas). Nombres de caciques indígenas.

LA PAMPA DE AYER Y LA DE HOY

Tuvo también su alcance moralizador la partida militar, sobre este desquicio social de la campaña. El ejército argentino llevó la seguridad territorial, la paz indígena y la depuración. Se vió claro, además, aquel misterio de la Pampa que a los ojos de Buenos Aires era el dragón terrorífico puesto en guardia para velar los pasos de la Cordillera. Nuestra pampa, la de Echeverría, reclamada por las musas y por Minerva terminaba en Mercedes y en Areco. La llanura dilatada, “inmenso piélago verde”, se perdía con el ombú, junto a los ríos dóciles y claros de la provincia. La otra Pampa, la ondulante, la eterna Pampa, la

“de Dios sólo conocida,
que El sólo pudo sondar”,

la del calden milenario, la de las dunas caprichosas, la del silvestre alfilerillo, la de las lagunas, la de los bosques, tenía que romper el velo de la leyenda y abrir su misterio a la civilización. Nos imaginamos la sorpresa que causaría en los austeros padres de la patria, el alegato de Avellaneda, robusteciendo en su mensaje al congreso, del 14 de agosto de 1878, la petición de acuerdo para arbitrar los recursos reclamados por la campaña civilizadora. “El ministro actual de la guerra—decía el ilustre presidente—ha recorrido personalmente estos lugares y puede asegurarse que son inmejorables para la ganadería y aún para la colonización. Abundan pastos de varias clases; el agua dulce y clara se encuentra en grandes lagunas, al pie de los médanos de arena; y donde no se la ve en la superficie, se oculta tan de cerca, que basta levantar algunas paladas de arena para que surja en abundancia del seno de la tierra.”

Y sin embargo, la idea de la ocupación civilizadora hasta Río Negro, para fijar una frontera natural a la nación aborigen, databa de un siglo atrás. Durante el virreinato del marqués de Loreto, el capitán don Francisco de Viedma, llevó una expedición parcial hasta los valles del Colorado y más allá. Esta primer tentativa en tierra salvaje originó un precioso informe en donde el intrépido explorador puso de relieve la importancia estratégica del Río Negro, como línea militar defensiva. Tiempo después, el naturalista don Félix de Azara—1796—aconsejaba la necesidad de ocupar Río Negro, “como el único medio de asegurar la tranquilidad y posesión de las pampas”, compartiendo de igual opinión, el capitán don Sebastián Undiano y Castelú, jefe de guarnición en Mendoza y hábil conocedor de la extendida región de los mapuches. Pero ningún gobierno mueve la iniciativa. Pasa la vorágine de la revolución. Pasa la lucha gloriosa. Se afianza la emancipación americana. Se inician los primeros tanteos del gobierno libre. Y recién cuando Rozas asume el primer mandato popular, recién se echa de ver la necesidad de poner los ojos en el desierto. La campaña de Rozas fué el primer triunfo. Y hubiera bastado este título de “héroe del desierto” para asegurar a su nombre la gratitud nacional, si la hazaña gloriosa no hubiera cimentado el abismo de la dictadura. Cincuenta años más tarde, el general Roca, en plena juventud, preparaba, sobre las propias bases, la presidencia de la República. ¡Grande debió ser la obra como grande fué el premio!

Y en verdad, difícil hubiera sido concebir y ejecutar un plan más estratégico, más político, más sobrio, más definitivo. Los Estados Unidos, con más recursos que nosotros, no solucionaron con mayor lucidez y economía su problema autóctono sobre las tribus del oeste. Y eso que sus salvajes no contaron con la protección vecina, como los nuestros. El plan de Alsina, de ir ganando paulatinamente el dominio de la Pampa, con el foso artificial y la línea de fortines, tenía su indiscutible y acertada orientación; pero era largo y dispendioso. Tres años gastaron nuestras tropas en abrir aquella zanja que ha borrado el tiempo. Pero fué un envión noble en el sentido de la incorporación territorial pacífica. Después de este iniciador, la empresa armada debía caber a Roca. Ya la ley que autorizaba el avance y la posesión real del desierto, dormía un encarpetamiento de diez años—1867—y posiblemente a Mitre le hubiera tocado en suerte esta campaña, para mayor lustre de su nombre, si la guerra con el Paraguay no se prolonga con el incruento sacrificio de cuatro naciones.

No bien se inicia Roca en el ministerio de la guerra, dedica toda su atención a las fronteras del sur, de las cordilleras y del Chaco. Su plan, conocido ya por sus comunicaciones epistolares con Alsina, tiende a concentrar un movimiento simultáneo con fuerzas destacadas convenientemente a flor del extenso perímetro y que deben operar de norte a sur y de este a oeste, estrechando cada vez más al pueblo indígena hasta llevarlo al otro lado del caudaloso Río Negro. Como prolegómenos de este plan, los diversos cuerpos del ejército comienzan a ejercitar su acción en las distintas zonas del imperio bárbaro. Se suceden los primeros encuentros, felices siempre para las armas de la nación. Estos preliminares abarcan el espacio de tiempo comprendido de julio del 78 a mayo del 79. Buenos Aires, descreído hasta entonces de estas incursiones al país de los indios, ve regresar a sus soldados trayendo infinidad de prisioneros, que la previsión oficial destina a la marina y a las colonias agrícolas de Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba y Corrientes, a emporios industriales y establecimientos de educación. Y recién entonces se comienza a creer en la eficacia de la gran empresa militar.

Puesto en juego el plan general de la campaña, las diversas divisiones del ejército debían de operar en la siguiente forma: Levalle se iniciaría por Traru-Lauquen hasta Toay o Naicó y se correría hasta Lihuel Calel; Racedo, desde Villa Mercedes de San Luis, haría una descubierta en toda la comarca ranquelina; destacaría su jefe de vanguardia hacia Chadi-Leuvu y trataría de ponerse en comunicación con las fuerzas que salieran de Trenque Lauquen y que alcanzaría en Toay; Napoleón Uriburu, destacado en el fuerte General San Martín (Mendoza), emprendería su marcha en dirección al Neuquen, limpiando de indios las pampas mendocinas y los valles intracordilleranos; Hilario Lagos, saldría de Carhué, camino de Llanquil-co hasta Toay o Malal; el comandante Enrique Godoy recorrería de Guaminí a Naicó. Centro de concentración general de todo este movimiento sería Choele Choel, a las órdenes inmediatas del propio ministro de la guerra, general Roca.

La campaña se llevó punto por punto con una precisión admirable. Comenzó el desbande de las tribus. Pincén, Epumer, los Catriel, Baigorrita, Mariano Rozas, Namuncurá, y cien capitanes más, desorientados ante este avance sistemado y uniforme sobre sus dominios, o caen prisioneros, o se someten, o huyen hacia el sur, a recaudo del avance arrollador. La nación ranquelina, extendida en setecientas leguas sobre la Pampa, en medio de espesos bosques y grandes praderas, tiembla ante esta irrupción civilizadora, se defiende al principio con recursos infructuosos de montonera; pero desprevenida y desorganizada para la lucha, cae, se rinde o huye. Lo propio ocurre con las demás tribus enseñoreadas hasta entonces del desierto. No hay derramamiento de sangre en nuestras tropas. Y ese es, precisamente, el mayor de los triunfos, del punto de vista militar. Las travesías, sin embargo, son penosas. Aquella naturaleza montaraz supo tener sus dolorosas sorpresas para nuestros soldados, desconocedores del amplio e ignorado país. A veces la sed; el hambre a veces. La engañadora laguna, daba salitre en vez de agua cristalina; el campo de totoras ocultaba el temible tembladeral. ¿Y la falta de forraje para las bestias? ¿Y la arena cruel de los médanos? ¿Y los vientos? ¿Y el despiadado temporal?...

—Si no te hallas en actitud con estos medios, de dar debido cumplimiento a lo que se te va a encomendar y crees que se te sacrifica—le decía el general Roca a uno de sus jefes, quejoso por la escasez de elementos con que debía de iniciar su marcha—dilo con tiempo, que yo no quiero forzarte a marchar contra tu voluntad. Debo prevenirte, que ni Uriburu, ni Racedo, ni el comandante Roca, ni Levalle, ni García, llevan carros ni carruajes. El único que lleva esas cosas soy yo y yo no sé si tendré que tirarlas en el camino...

Meses después, el ilustre jefe podía asegurar con entera confianza en la eficacia de la magna obra:

“Los indios se han visto asediados, confundidos y oprimidos en todas partes y en todas direcciones. No ha quedado un sólo lugar del desierto donde pueda crearse una nueva acechanza contra la seguridad de los pueblos que tocan con sus pertenencias en la Pampa, ni de las personas e intereses que vengan en lo futuro a radicarse en estas vírgenes y generosas tierras que por sus cualidades naturales de producción y de clima, revelan hoy claramente la razón de ser del arraigo secular, la vida y fortaleza relativa de sus habitantes bárbaros.

“Los pocos indios que quedaban en el territorio así dominado, han caído en poder de nuestras fuerzas o se han apresurado a presentarse; otros han huído abandonando a sus familias a la muerte en la travesía. Namuncurá debe su temporaria salvación a la anticipación de tiempo en que emprendió su retirada a los valles interiores de la cordillera donde hoy se encuentra amparado por su pariente Ranque-Curá, que tendrá que responder perentoriamente de este hecho. Baigorrita y los restos de su tribu, quedan aún dentro del cerco de nuestros dominios: se tienen noticias por prisioneros tomados, del estado de aniquilamiento de recursos de movilidad y mantención con que se trataba de escapar a la persecución de nuestras partidas, en cuyas manos es casi seguro caerá, ya sea en la parte occidental de Chadi-Leuvu, donde le sigue una columna de la tercera división, o en la cordillera, en las guardias de la cuarta o en el Colorado donde cruzan las que he desprendido de las de mi inmediato mando.

“En los valles de los Andes, ha recibido golpe de muerte el tráfico tan inmoral y tan antiguo, como la plaga de los indios, que allí tenía lugar con el robo que éstos hacían de nuestras haciendas. La presencia de las fuerzas de la cuarta división ha cortado definitivamente ese mal que hoy ha podido apreciarse cuánto ha debido perjudicar a nuestro país.

“Los ganados argentinos no pasarán en adelante los anchos y multiplicados boquetes de la cordillera del sur, sino por la consignación de sus legítimos dueños; y serán de hoy más aquellos campos una nueva ventajosa expansión del comercio ganadero legal, especialmente para las provincias de Mendoza, San Luis, Córdoba y Buenos Aires, que podrán hacer su itinerario directo por el paso de los ranqueles, vías del Colorado y Río Negro para sus compras, invernadas y transportes al mercado trasandino.

“No ha sido menos fructífera esta campaña en lo que toca a la adquisición de conocimientos sobre la geografía y topografía de esta región hasta hoy desconocida y en los que han venido a rectificarse muy favorablemente las noticias o conjeturas que había a su respecto. Muy lejos de la aridez desconsolante que algunos han supuesto en la mayor parte del territorio que se llama la Pampa, se tienen, en general, los mejores datos acerca de la buena calidad de los campos que han recorrido las divisiones y las partidas sueltas, que han llevado unas y otras especial encargo de estudiar esto con interés; y en cuanto a la dilatada extensión que yo mismo he recorrido, me ha producido el convencimiento de que en ningún punto de ella se verían defraudadas las esperanzas del agricultor o criador de cualquier especie, dado los trabajos a que debe responder toda buena tierra y mejor clima.”

Así hablaba el general Roca en el parte general, como comandante en jefe del ejército de operaciones y elevado al ministro de guerra interino. Quedaba con ésto entregado al acervo nacional el vasto territorio. Asegurada la tranquilidad territorial; destruído el señorío salvaje; francos los caminos; libres los campos; garantida la propiedad privada con el amparo de la ley; se abría la Pampa como un tesoro invalorado al empuje civilizador. Sobre las huellas frescas de nuestra caballería, se plantaba la colonia. Eclosionaron los pueblos. El tren, detenido en el Azul, avanzó campo afuera mientras nuevas ferrovías pobladoras debían llegar al corazón del país de los caldenes, llevando el éxodo emigrador. Cuarenta años después de aquella gran cruzada, capaz de consagrar por sí sola la figura del héroe, el viajero de hoy mira desde el tren la campiña florida. Se renueva el paisaje con la loma tapizada de verdura, la arboleda de sauces, de eucaliptus y de aromos, el chalet elegante, el camino decidor y geométrico, linde y motor de la propiedad subdividida y cultivada. Un hálito de vida nueva invade el solar infinito. Y todo se transforma. ¡Hasta los vientos! Cae el bosque hirsuto bajo el hacha del leñador. Mueren los pastos punas al cruce del arado y se alegran los oteros con las gramillas y el aromado trebolar. ¡Y qué transformación! Ya no se queja en los senderos el chirrión de dos ruedas que conducía a nuestros bravos oficiales del ejército a su destartalada estación telegráfica en donde, por estrechez, se fumaban hasta los libros. El salto ha sido brusco, fundamental, imprevisto, vertiginoso. De la carreta, al automóvil; de la vaca cueruda y flaca, a los más nobles ejemplares de alta mestización; del trigo salvaje, cultivado a la buena de Dios, al trigo campeón consagrado en el más significativo de nuestros certámenes con el nombre bautismal