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Nuestra Pampa; libro de lectura

Chapter 90: ÍNDICE
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About This Book

Conjunto de crónicas didácticas sobre la región pampeana que integran historia, geografía, sociología y economía rural para narrar su transformación desde la dominación indígena hasta la extensión de la colonización y las grandes empresas agrícolas. Presenta descripciones del paisaje, los bosques y el ambiente pastoril, el trazado del ferrocarril, la implantación de cultivos y la modernización de la cría, junto a análisis de procesos sociales y económicos. Diseñado como texto escolar, organiza capítulos temáticos, evita nombres propios innecesarios y añade un prontuario de términos, neologismos y modismos para apoyar la enseñanza y la comprensión lectora.

“Coricio era el primero
en ver multiplicarse las abejas
en precoces enjambres; el primero
en coger, de panales quebrantados
miel espumosa...”

Y he aquí, que sin pensarlo, la recordación de Virgilio nos ha traído al maravilloso mundo de las abejas, modelo eterno de socialización y de virtudes domésticas. Ya hemos tenido oportunidad de decirlo otra vez: es raro encontrar una finca en el Alto Valle del Río Negro, donde no se cultive un colmenar, aunque sea en forma rudimentaria. Poco importa que en la finca haya elementos de alimentación para los enjambres. Se prospera con la flora común, con el alfalfar de los vecinos y las flores de cualquier huerto. Lo importante para la incrementación de esta industria, es que hay néctares todo el año en las praderas artificiales, en las plantas y en el campo silvestre. La primavera ofrece su flora copiosa en los perales, los manzanos, los durazneros y el jardín. Luego viene el manto violeta de los alfalfares, extendido en leguas de superficie. Y cuando cuajan su semilla los prados y se insinúa el invierno ventoso y gris, el “jume”, extendido sin solución de continuidad en los campos salitrosos, se encarga de brindar sus alimentos a aquel simpático proletariado, aquel mundo de los antófilos, según la calificación poética de Latreille. Con este incentivo de la alimentación silvestre, sin erogaciones ni trastornos en la economía doméstica, se explica que en toda chacra del valle exista un abejar, sin rumbosos cuadros tipo Standard ni cajas de apareamiento Benton—tan cómodas para favorecer la producción melífera y simplificar la cosecha—si no bajo el abrigo elemental de la barrica y el cajón de kerosene...

Es decir, que mientras las abejas, por la especulación humana y la obra misteriosa de la partenogénesis, se difunden por toda la inmensa hoyada de este río, anticipan los rumbos cardinales del valle geórgico, con sus hábitos de labor intensiva, de orden y de sociedad, la explotación industrial no pone ningún esfuerzo en facilitar la vida de estos maravillosos insectos, ni en seleccionar y difundir sus plantas preferidas, cuajadas de néctares, ni en higienizar sus viviendas, ni en cobijarlos bajo la sombra protectora de los árboles y darles solaz con verdes remansos y a la vera del agua transparente y correncia... Expliquémosnos, entonces, que libradas las abejas del valle, al esfuerzo instintivo, simplemente, en la búsqueda de sus alimentos, emigren de la zona cultivada, impelidas por los vientos y al amor de los crespos sauces, que bordean el gran río hasta el mar. No por otra razón han arraigado enjambres extraviados la mayor parte de los vecinos ribereños del bajo valle hasta Viedma y Patagones y cuyo origen arranca en los dispersos colmenares de “apis ligustica” (italiana), llevados hace tiempo por un prestigioso vecino a la isla de Choele-Choel. Falta, en suma, para la consagración de la industria apícola, un factor subjetivo que debe ponerse en juego, por que así lo reclama la inteligencia de los insectos; falta el amor a las abejas, siquiera sea por su utilidad, por su generosidad, por su convivencia casera; el amor que se tiene a los animales domésticos, al caballo de labor, al perro guardián, a las gallinas o al gato; amor, que en el precepto rural del Mantuano, es el árbol que saliendo al paso de la novel colmena que gira ociosa fuera del panal nativo, con frondoso hospedaje la detiene en su tentativa de incierto peregrinar...

Muchas, pero muchas veces, ávido de conocer cosas nuevas de las abejas, nos hemos detenido en las fincas del valle para interrogar a los colonos apicultores. Se ha progresado en procedimientos técnicos, en utilería, en manualidad. Pero nadie adelanta una información nueva que delate observaciones juiciosas en el régimen de vida de este minúsculo gran pueblo. Un industrial italiano, que cosecha de su apiario, anualmente, algo así como treinta mil kilogramos de miel, que ha montado su ingenio con los materiales más modernos, que clarifica, que envasa a la perfección, que es técnico y experimentador a la vez, nos responde entre sorprendido y confuso y en su medialengua ítalo-criolla, cuando le pedimos alguna observación nueva sobre sus admirables pensionistas: “Ma... que quiere que le diga?... que dan miel... e ya’stá...”

Decididamente, desde Huber no se ha escrito nada nuevo sobre la vida de las abejas. Ni Reamur, ni Labtock, ni De Buen, ni Bates han podido destruir las teorías de aquel honrado y sagaz observador. Maeterlink, tan dilecto de los aficionados a la apicultura, no es más que un glosador con rasgos de naturalista a lo Michelet. Sus observaciones, románticas las más—como la de sostener la falsedad que en las antenas del insecto está el sentido de orientación—ya las hizo Virgilio, dos mil años atrás, en profundas y sabias páginas llenas de verdad y poesía. Y en sus “Geórgicas”, recordando la comarca del Cánopo—ciudad del delta del Nilo y de origen macedón—“toda aquella región que abejas cría y que ha cifrado en este arte su esperanza”, al hablar de los usos antiguos para la curación de las abejas enfermas, termina así:

“¿Cuál Dios de los mortales
esta traza enseñó por vez primera?
¿Cuándo ellos a aplicarla principiaron?
Vosotras lo decid, divinas musas.”

Observamos que a medida que se difunde la apicultura con los nuevos procedimientos científicos y con tendencias exclusivamente usufructuarias, se dejan de mano enseñanzas populares sancionadas por la experiencia secular y que han debido tener su influencia decisiva en el perfume y sabor de este delicioso producto de bosques y vergeles. Desde los huertos paganos a los huertos frutales de la Normandía, la ciencia popular ha venido trasmitiendo de generación en generación, la necesidad de obviar y embellecer la vida de la abeja facilitando y seleccionando sus fuentes de alimentación, civilizando su vida tan doméstica, tan útil, con elementos de solaz y de higiene. La miel de nuestros abejares no puede ser nunca la deliciosa de las granjas itálicas de “illo tempore”, ni menos la de los tiempos de la Grecia eglógica. Aquellos pueblos, realmente sabios, por que eran paneístas y geófilos, dominaban la ciencia de los cultivos como nosotros hoy dominamos las fuerzas mecánicas. Basta leer cualquier tratado de “re rústica"—no ya los poetas bucólicos del ciclo comprendido entre Anacreonte y Teócrito—para darse cuenta del amor trascendental que los huertanos ponían en sus cultivos. Se explica uno, a través del tiempo, la delicadeza de los vinos de Corinto o de Falerno y la razón por qué la hidromiel fué licor de los dioses, puesto “que las mieles no eran solo dulces si no también puras y a templar llamadas el áspero sabor al don de Baco...”

En nuestras incursiones por las comarcas regadas del país, empeñosamente hemos tratado de descubrir en los apicultores algo que no fuera la vocación adocenada puesta al servicio de sus abejares. Por lo común, no hemos encontrado más que el interés industrial—comercial, mejor dicho—cuando no el interés simplemente deportivo, hogareño y a la buena de Dios. En este valle suelen poner en práctica los industriales, el sistema de establecer “apiarios sucursales” en zonas de alfalfar, sin adelantarse con los cultivos aromáticos y las comodidades de higiene excreta reclamados por las ciudades alígeras, inteligentes y copiosas.

Nosotros nos permitimos concitar a los apicultores argentinos a que nos digan con franqueza, si hay algún industrial que, aparte de las prácticas modernas usadas en sus cultivos, ha tomado en consideración alguna vez, el clásico consejo de los viejos libros agrícolas. Nos conformaríamos con solo saber que alguien ha puesto en práctica en el país, los consejos de Virgilio, fragmentados de una de sus “Geórgicas”, relacionados con la ubicación y alimentación de las abejas.

“El asiento, ante todo y la morada
que a las abejas oficioso eliges
al abrigo de vientos
estén, que con sus soplos importunos
acarrear impiden materiales;
allí, donde ni ovejas, ni traviesos
cabritos, a las flores hagan daño;
allí, do la becerra
que por el campo yerra,
no sacuda el prolífico rocío
nacientes hierbas con el pie tronchando.
De la miel y sus ricos almacenes
lejos demore el de escabrosa espalda
dibujado lagarto; lejos anden
el impío abejarruco y los dañinos
pájaros sus cognados; sobre todo
procne fugaz, la que manchado ostenta
el pecho con la sangre de sus manos;
que ellos, en largo espacio a la redonda
hacen tala implacable y de revuelo
se llevan en el pico a las abejas,
sabrosas presas a inclementes nidos.
Haya, eso sí, líquidas fuentes; haya
remansos con tapiz de verde musgo,
y un arroyuelo puro
corra lerdo y sutil entre la grama,
y alguna palma o acebuche ingente
del colmenar la frente
con la sombra proteja de su rama.
En medio al agua, ora apacible duerma,
ora inquieta circule, atravesados
leños de sauce pon y piedras grandes,
do puedan fatigadas las abejas
con sus contínuos puentes
parar el vuelo, u a orear aborden
al sol estivo las abiertas alas,
si con soplo importuno
el Euro las dispersa rezagadas,
o en los senos las hunde de Neptuno.
Verde romero y sérpol oloroso
en torno abunden y fragancia esparza
floreciente ajedrea
y de sedientas violas el plantío
de larga fuente humedecer se vea.”

Cuando vinieron los españoles, encontraron en Méjico y en los valles nordoccidentales del continente Sur, una variedad de abejas muy melíferas, clasificadas después con el nombre de “melipondios". Es de suponer que los pueblos autóctonos de América, de la época precolombiana, cultivaron estos himenópteros, a título de alimentación o tal vez, para sus ofrendarios religiosos. Y si los cultivaron, es seguro que supieron favorecer su convivencia con la difusión en flora perfumada. La hipótesis desaparecerá como tal, para ser una verdad inconcusa, el día que investiguemos la razón por qué los príncipes incásicos importaron a las tierras altas del Titicaca la flora odorífera de los valles profundos y calientes del Sorata. Cuando visitamos aquella región lacustre, hace cinco años, fué para nosotros sorpresa evocativa en la isla de la Luna o de las Ñustas, la cantidad de yerbas y arbustos aromáticos difundidos en todas partes, como la prolongación de una botánica montaraz seleccionada por los viejos pobladores. Notamos, entonces, que junto a los acebos espinosos y la esparceta silvestre, se confundían con su efluvio suave, gramas medicinales y aromados hisopos; que la menta piperita, buscando su poco de humedad, se enseñoreaba por todas partes; que la malva y el hinojo se confundían en copiosos matorrales; que cada planta, cada arbusto, cada yerba rastrera, emanaba su perfume intenso o sutil; que de cuando en cuando un bálsamo suave, como de vainillas, como de genciana, sobresalía, dominador, del concierto polifloro en aquel viejo huerto abandonado... Y hemos pensado, que así como estos incas supieron cosechar de aquellas islas zumos medicinales y esencias balsámicas para sus oficios religiosos y galantes, bien pudieron perfeccionar la vida de sus silvestres abejares, con las nobles flores de sus plantas de importación con que supieron embellecer la aridez de la comarca...

Viene de lejos el ejemplo. Y no creemos que los apicultores de hoy se desdoren en su competencia industrial con poner en juego un poco del sentimiento clásico tan vecino a la grande y sabia naturaleza, fuente de vida y de verdad. Remocemos nuestras viejas lecturas; y aun cuando la mecanización de las industrias modernas, nos aparte cada día más del sentimentalismo bucólico de antaño, pensemos que en las especulaciones rústicas del campo y de la huerta, ningún factor más eficiente para el bienestar colectivo, que el amor a la naturaleza y el amor a las cosas. Sigamos pensando que la miel de las abejas, más que el azúcar que fabrican los humanos con máquinas no tan perfectas como la geometría de sus alveolos, sigue siendo manjar de dioses a través de los tiempos. Y recordemos—también recurriendo al gastado patrón helénico, a Teócrito y su VII idilio—aquel magnífico episodio de las fiestas talisias, mientras caen las últimas frutas en la mano del hombre. A Comatas, cabrero siciliano, poeta rústico que sabe ofrendar a las musas sus blancos cabritillos, el granjero su amo, le encierra en su estrecho cofre, en castigo a sus poéticos sacrificios que van diezmando su hacienda. Dos meses después, al levantar la tapa de aquel ataud, los campesinos encontraron vivo a Comatas. Por un resquicio del cofre habían penetrado las musas a tejer sus panales. Las musas con las alas sutiles de las abejas...

Este valle del Alto Río Negro, será geórgico para engrandecimiento de nuestra tierra. Será geórgico por que se subdividirá, se socializará, se cubrirá de huertos, de granjas y praderías a lo largo de su río providencial. Será geórgico, por que en el anticipo de su vida futura ya han venido a rumorear las abejas entre los saucedales, como si fueran las musas del pastor siciliano...

VOCABULARIO

Geórgico. Alusión a las Geórgicas, celebrado poema del gran poeta latino Virgilio.

Ensamblar. Unir, juntar.

Regadío. El terreno que se puede regar; las obras para regar un terreno.

Saucedal. Por sauzal; monte o grupo de sauces.

Conexión. Unión.

Yugada. Pequeño terreno.

Proletariado. La clase de los trabajadores.

Antófilos. Amante de las flores.

Partenogénesis. Reproducción de la especie sin necesidad de que intervengan los dos sexos.

Solaz. Diversión, entretenimiento.

Correntía. El agua que corre.

Apícola. Perteneciente o relativo a las abejas.

Apiario. Criadero de abejas para el aprovechamiento de la miel.

Glosador. Repetidor.

Románticas. Poéticas, novelescas.

Musas. Fabulosas deidades greco-romanas, a las que se atribuía un especial influjo en la poesía, las ciencias y las artes.

"Illo témpore". Expresión latina: en aquel tiempo.

Eglógica. Campestre.

Geófilos. Amantes de la tierra.

"De re rústica". En latín: de cosas (asuntos) rurales. Es el título de una obra de agricultura escrita por Columela, el más sabio agrónomo de la antigüedad, hace unos 19 siglos.

"El don de Baco". Frase poética: el vino. Baco en la mitología greco-romana, era el dios de las vendimias y del vino.

Hidromiel. Aguamiel; bebida ligeramente alcohólica, compuesta con agua y miel.

Adocenado. Vulgar, de poco mérito, ramplón.

Hogareño. Relativo al hogar.

Excreta. La higiene pública, colectiva.

Alígeras. Con alas. Ciudades alígeras, se dice en el texto, aludiendo a que las colmenas son habitadas por las abejas, seres dotados de alas.

Abejarruco. Pájaro que persigue a las abejas.

Cognados. Parientes por la sangre.

Ingente. Grande, pesado.

Euro. El viento del este.

Neptuno. Dios del mar en la mitología greco-romana.

"Los senos de Neptuno". Frase poética: el mar.

Sérpol, ajedrea, viola. Plantas olorosas.

Autóctonos. Los más antiguos habitantes de un país.

Himenópteros. Orden del la clase de los insectos.

Ñustas. Palabra quéchua, que significa “doncellas".

Remocemos. De remozar: rejuvenecer, renovar.

Alvéolos. Las celdillas de los panales.

Patrón helénico. Es decir: según el modelo griego.

Fiestas talisias. Fiestas griegas, en honor de Ceres, diosa de la Agricultura.

 

 

 

 

ÍNDICE

La lectura moderna5
Preliminares de la conquista del desierto13
La Pampa de ayer y la de hoy21
A la Pampa31
Un tren madrugador33
Santa Rosa38
Pueblo y campaña42
El valle frutícola46
Una estancia señorial54
Naturaleza y arte60
Una famosa cacería62
Una colonia judía65
Detalles de la colonia68
El arraigo del colono74
Un plan de economía rural78
La chacra experimental81
Colonos rusos86
Los vascos de “La Cornelia”90
Cooperativismo hebreo96
Los bosques de caldén100
Visita al obraje leñatero104
La explotación forestal108
Minería pampeana113
Las lagunas de sal116
Winifreda y las colonias vecinas123
La cadena de pueblos128
El pueblo de General Pico133
Florecimiento urbano138
Un día de agitación electoral142
La zona rural147
Una estancia moderna149
Trebolares154
Las grandes cabañas158
Una visita a “Santa Aurelia”162
Una invernada perfecta166
Por los prados de alfalfa171
Las estancias modernas173
Las grandes colonias178
Los campos colonizados de Trenel182
Silueta de un “pioneer” pampeano187
Un plan de colonización192
El porvenir de Trenel199
Un plan previsor de economía rural202
Por los pueblos del norte208
Hacia Victorica214
Perfiles de un pueblo simpático219
La heroica jornada de Cochicó224
Un error judicial230
Las huertas providentes234
Ganaderos criollos237
En “La Morocha”239
Un poblador de garra243
El Oeste lejano247
Los ferrocarriles pampeanos250
La fiesta del grano254
La justicia pampeana y el problema agrario258
Los agrónomos264
Niños y escuelas272
La Pampa moderna279
Hacia la provincialización284
El terralfar puntano290
Boceto de un “ranchman”296
Por tierras semi-áridas305
El llano de las lagunas312
Milicia y colonización316
El gran dique del Neuquen320
Una bodega en Río Negro324
Las bodeguitas del Alto Valle328
Las fincas humildes332
La isla de Choele Choel337
Los sauces patagónicos344
Una finca del Limay349
Acción agrícola privada353
¿El Nilo argentino?359
El valle geórgico364

NOTAS:

[A] Completando la fisonomía de nuestra pampa, geográficamente considerada, cerramos el libro con varios capítulos sobre la zona sur de San Luís que fué dominio ranquelino, y sobre el alto valle del Río Negro, donde las armas de la Nación remataron con brillo la gran cruzada conquistadora del desierto.

[B] Especialmente se recomienda a los profesores de lectura, que si emplean esta poesía como elemento de declamación prefieran como intérprete a una niña, por la suave sentimentalidad que se ha tratado de imprimir al verso.