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Nuevas cartas americanas

Chapter 17: III.
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About This Book

A collection of essays and letters addressed to readers and correspondents in the Americas that defends shared language and cultural bonds while disputing exaggerated accusations about Spanish conduct in the colonial period. The pieces mix literary criticism, personal reflection, and moral‑religious commentary, engage contemporary philosophical currents, and respond to individual critics. The author alternates cordial praise with measured censure, surveys literary production across the Atlantic, and advocates a conciliatory view of civilizational unity rooted in common language, literature, and cultural ties.

«Encarnación de aquellos misioneros
Que del reguero de su sangre hacían
La primer senda en medio del desierto,
Y marcaban el sitio
Hasta el cual penetraba el Evangelio,
Con el cadáver solo y mutilado
De algún mártir sin nombre y sin recuerdo.»

Por intercesión del misionero y de Blanca, Tabaré queda libre, bajo su palabra de no fugarse de la colonia.

Como Tabaré anda melancólico y ensimismado, excita más la piedad y el interés de Blanca, que le habla á veces. Si responde el indio, rompiendo su obstinado silencio, ó si el poeta responde por él, interpretando su mirada y sus ademanes, queda en esfumada indeterminación lírica. Á la verdad que lo que dice el indio es el sentir y el pensar del indio; pero apenas se concibe que el indio pudiera expresarlo. El encanto de la poesía vence esta dificultad, y aun saca de ella más hermosura.

Blanca habló á Tabaré.

«Él se detuvo, sin alzar la frente,
Cual llamado á lo lejos;
Cual si la voz tardara largo espacio
En ir desde el oído al pensamiento.
Quedó fijo; temblaba como el arpa
Que ha sacudido el viento;
Como el corcel que en su carrera escucha
El bramido del tigre en el desierto.
Así como una piedra,
Al fondo del abismo descendiendo,
Despierta temerosas resonancias,
Voces lejanas, quejas y lamentos,
La voz de la española
Descendió al alma del salvaje enfermo,
Y en ese abismo despertó la vida,
La queja, el grito del dolor y el tiempo.»

Tabaré habla entonces á Blanca. Sus palabras carecen de orden y concierto. Brotan de sus labios como tropel de sombras y luces. El poeta es, pues, quien ordena este caos, y le trueca en bellas canciones americanas:

«¡Oh! ¡sí! yo sé que acechas
Mis horas de dolor;
Sé que remedas alas de jilgueros
Donde yo estoy.
Yo sé que tú el secreto
Conoces de mi sér,
Y sé que tú te escondes en las nieblas...
¡Todo lo sé!
Que gimes en el viento;
Que nadas en la luz;
Que ríes en la risa de las aguas
Del Iguazú;
Que miras en las altas
Hogueras de Tupá,
Y en las lunas de fuego fugitivas
Que brillan al pasar.
Tú, como el algarrobo,
Sueño das á beber,
Y das la sombra hermosa que envenena
Como el ahué.
Yo, temiendo tu sombra,
Tiemblo y huyo de tí,
Y tú en el despertar de mis memorias
Vas tras de mí.»

Luego habla el indio del recuerdo de su madre, que Blanca reanima en su mente:

«Era así como tú... blanca y hermosa;
Era así... como tú:
Miraba con tus ojos, y en tu vida
Puso su luz.
Yo la ví sobre el cerro de las sombras
Pálida y sin color.
El indio niño no besó á su madre...
No la lloró.
. . . . . . . . . . . .
Hoy vive en tu mirada transparente
Y en el espacio azul...
Era así como tú la madre mía;
Blanca y hermosa...; pero no eres tú.»

El amor singular del indio hace que despunte en el alma de Blanca, como en el cielo sereno y puro, una remotísima é indecisa aurora de amor, tan indefinida, que se confunde con la piedad, con la conmiseración, con la caridad cristiana.

En tal estado vaga Tabaré en silencio por la colonia; y, de día, le juzgan loco, y por la noche, la gente crédula le imagina alma en pena ó fantasma.

Varios soldados persiguen al fantasma y le acometen; Tabaré se defiende, y quiebra entre sus fuertes dedos el asta de la lanza de un soldado. Hubiera muerto entonces, si no acude el P. Esteban y le salva.

El lance ocurrido y la singular y sombría condición del indio, avivan las sospechas de Doña Luz y de otros sujetos de la colonia, que no creen posible que un charrúa se civilice y deje de ser una fiera, y, á pesar de la generosa y confiada resistencia de D. Gonzalo, éste cede al fin y despide á Tabaré, para que vuelva á los bosques, á su vida de indio bravo.

La compasiva Blanca ve al indio antes de partir. En la mente del indio, Blanca sigue siendo un sér ideal:

«Con alas invisibles en la espalda»,

y en los ojos, con la luz de la aurora,

«Que el seno oscuro de la noche aclara»;

pero la arisca fiereza del indio, y su sér de charrúa indómito, que lucha dentro de su pecho con la suave y amorosa condición que heredó de su madre, se oponen en esta ocasión á que Blanca comprenda que el indio la quiere bien. Blanca cree que la odia y que odia á todos los cristianos.

Después hay un momento supremo en el combate interior entre las dos naturalezas de Tabaré. Va á vencer la ternura, y el charrúa, el charrúa que nunca llora, ni se queja en medio de los más horribles suplicios, se abraza al P. Esteban y vierte en su sayal una lágrima. La reacción es más violenta entonces. La vergüenza, la ira de haber incurrido en aquel acto de debilidad, deshonroso para su casta, hace que Tabaré ruja como un tigre, se desprenda del fraile y huya á la selva.

Los cantos siguientes del poema tienen el carácter de una epopeya trágica y sombría.

La carrera frenética de Tabaré cuando vuelve ya á sus nativos bosques, es de gran riqueza de imaginación. Ni falta lo sobrenatural, como en los antiguos poemas. Juan Zorrilla llama á los espíritus, á los genios elementales del mundo americano primitivo, y todos acuden á su briosa evocación. Ellos que son inmortales y conocieron y trataron la raza extinguida de los huraños charrúas, salen de sus cavernas, descienden de las nubes, se hacen visibles en el aire, y, sacudiendo las osamentas y los cráneos, hundidos

«En el profundo limo
En que tienen las algas sus amores,
Se arrastra el yacaré, duerme la raya,
Y la tortuga sus nidadas pone»,

revelan al poeta los ignorados pensamientos y sentimientos de aquellos salvajes. Es más: estos seres extra-humanos animan la naturaleza, intervienen como máquina en el poema y dan forma visible al delirio de Tabaré, errante por el bosque.

No gusto de citar, porque lo que se cita, aislado y dislocado, pierde toda la belleza que nace del acorde en que está con el resto de la composición. Afirmo, pues, sin citar casi, que todo el vagar por el bosque del indio Tabaré es enérgica poesía, y de un brío gráfico y fantástico notables, donde lo real y lo ideal, lo observado y lo soñado, se mezclan y se funden íntimamente.

«Al sentirlo pasar, las lagartijas
Hacia sus cuevas corren,
Y asoman las cabezas puntiagudas
Y el largo cuerpo sin calor encogen.
Y las ranas se callan un instante
Mientras pasa, y sus voces,
Como largos quejidos, á su espalda,
Cuando ha pasado nuevamente se oyen.
Y los nocturnos pájaros lo siguen
En negras procesiones;
El chajá dando saltos por el suelo,
Chirriando esos murciélagos enormes,
Que, como manchas de la misma sombra,
La oscuridad recorren,
Persiguiendo los átomos, ó huyendo
Atolondrados de invisible azote.
Detrás de cada tronco acurrucada
Parece que se esconde
Alguna cosa que, al pasar el indio,
Sigue tras él con movimiento torpe.
Él siente á sus espaldas ese mundo
Que su alma sobrecoge;
Mas no se vuelve, y apresura el paso,
Y sigue, y sigue sin saber adónde.»

Al fin, Tabaré se para rendido por la fiebre, y empieza su delirio, en que todos los espíritus de la naturaleza toman activa parte.

Sigue después otro cuadro, que excede acaso en belleza al anterior. La inspiración del poeta, lejos de menguar, crece, según adelanta en su obra. Es un cuadro del más pujante naturalismo. No puede imaginarse aquelarre más espantoso que la escena real y vivida que el poeta ofrece á nuestros ojos. Ha muerto el cacique supremo de los charrúas, y éstos celebran los funerales. El sueño frío se entró por las venas del viejo cacique, y en balde los médicos le chuparon el vientre para arrancar el dardo que causaba su mal. Muerto ya, le preparan para el último viaje, embijándole horriblemente la cara con jugo de urucú para que asuste á Añang y á Macachera y á los genios del aire. Los indios danzan ebrios en torno de diez hogueras. La descripción de las mujeres es de mano maestra. Danzan y cantan las mozas: las viejas, de cuclillas, mastican entre sus mandíbulas sin dientes algo que echan en el brebaje que está fermentando. Los parientes del difunto se cortan dedos, ó se arrancan pedazos de carne ó túrdigas de pellejo para mostrar su pesar. Todo esto no se refiere: casi se ve. Se huele la sangre vertida; se respira el humo de las hogueras; se perciben los cuerpos desnudos; y se oyen los cantares bárbaros, los aullidos y el resonar de los pies que bailan, y el silbar de las bolas y de las flechas y el choque de las lanzas. Los indios arman brava y fantástica pelea con los hijos del aire y de la noche, con los perros que roen las lunas, y con los vestiglos malditos que acuden á llevarse el espíritu del cadáver.

Como digno remate de las ceremonias fúnebres, aparece el indio Yamandú, reclamando que le eleven al cacicato supremo. Sus méritos y servicios son notables. Nadie hace muecas más diabólicas para espantar al enemigo; nadie da en la lucha alaridos más feroces. En su toldo cuelgan cien cabelleras de adalides muertos por su propia mano; su pecho está adornado con largas sartas de dientes y de muelas de los arachanes vencidos de cuya piel retorcida ha formado la cuerda de su arco.

Elegido ya ó reconocido como jefe, Yamandú excita á los indios á una expedición contra los españoles. No puedo resistir á la tentación de copiar aquí parte de su discurso:

«¿Queréis matar al extranjero blanco?
Seguid á Yamandú.
Yo sé matarlo como al gato bravo
De los bosques del Hum.
Los cráneos de los pálidos guerreros
Al indio servirán
Para beber la chicha de algarrobas
Y el jugo del palmar.
Sus rayos no me ofenden, en su sangre
Se hundirán nuestros pies:
Sus cabelleras en las lanzas nuestras
El viento ha de mover.
Virgenes blancas que en los ojos tienen
Hermosa claridad,
Encenderán en nuestros libres valles
Nuestro salvaje hogar.
En esos días de las horas largas
En que canta el sabiá,
Y al pie de la barraca está el bañado
Dormido en el juncal;
En esas noches en que se oye á ratos
El canto del urú,
Las virgenes esclavas del charrúa
Brillarán con su luz.
Sus cuerpos son más blandos que el venado
Que acaba de nacer,
Y tiemblan como tiembla entre la hierba
La verde caicobé.
Sus cabellos parecen los renuevos
Más tiernos del sauzal,
Sus bocas se abren como el dulce fruto
Que da el burucuyá.
¡Vamos! ¡Seguidme! El extranjero duerme,
¡Duerme en el Uruguay!
¡El sueño que en sus ojos se ha sentado,
No se levantará!»

En efecto: Yamandú ha visto también á Blanca. Ha nacido en su pecho una pasión muy diversa de la de Tabaré y más propia del salvaje. El ansia de robar y gozar á Blanca y el deseo de matar á los españoles le inspiran el plan de una sorpresa nocturna y de un asalto á la colonia de San Salvador. Los indios caminan ya tácita y cautelosamente hacia la colonia, durante la noche, mientras duerme la guarnición descuidada.

«¿No veis entre las ramas asomarse
Los temerosos rostros de los indios,
Embijados de rojo, y dibujados
Con trazos verdes, negros y amarillos?
Las plumas de sus frentes se confunden
Con las hojas del cardo; el remolino
Del viento suave, al agitar las ramas,
Descubre aquí y allá rostros cobrizos.»

Salen del matorral, por donde iban medio agachados, y dan ocasión para que el poeta nos nombre á algunos.

«Aquel es Ibipué. ¿Quién no conoce
Al tubichá, tan fiero como listo,
Que al avestruz alcanza y al venado,
Y apresa entre las aguas al carpincho?
Cayú es aquel que corre entre las chircas.
Se le conoce en el profundo signo
Que, con su hacha de piedra, le ha grabado
En la cabeza el arachan Siripo.
¿También tú, Guaycurú? De los cristianos
Tú te dijiste servidor sumiso;
Ese casco que llevas y esa adarga
De Garay los ganaste en el servicio.
Tú fuiste el mensajero de tu tribu:
Rompiste en la rodilla tu macizo
Arco de ñandubay, y en tu piragua,
Ó á nado, en son de paz, cruzaste el río.
¿No es esa una mujer? Es Tabolía.
Sabe arrancar la piel al enemigo,
Y ya más de una de ellas ha colgado
En el movible toldo de sus hijos.
Ella no exprime el fruto del quebracho,
Ni recoge en la selva para su indio
La miel del guabiyú, ni lleva el toldo,
Ni entona el yaraví de triste ritmo.
Tiene en su labio el signo del guerrero;
Suena en la lucha su salvaje grito,
Y en el desnudo seno apoya el arco
En que viene la muerte á hacer su nido.»

La expedición tiene, al principio, el éxito que Yamandú deseaba. San Salvador es sorprendido. La lucha es terrible, y bien pintada. Arden muchas casas. Los indios dan muerte á no pocos españoles; pero éstos se rehacen, y ponen en fuga á los invasores.

Yamandú logra, no obstante, su principal objeto. En medio del tumulto, de la confusión y del horror de la batalla y del incendio, roba á Blanca, y se la lleva á la selva sagrada donde tiene su guarida.

Sucédense luego la desesperada furia de don Gonzalo al saber el rapto de su hermana, su idea de que es Tabaré quien la ha robado, y su inútil persecución para libertarla.

Entretanto, Yamandú ha llevado á Blanca á lo más esquivo del bosque, donde el terror impide que penetren los otros indios, que no son payés, como él. El es hechicero, y no teme; antes bien domina á los espectros y genios que siguen á Añanguazú.

La situación es desesperada. Blanca yace en el suelo sin sentido. Vuelve en sí, y se mira en el centro de la selva. En la oscuridad medrosa ve relucir las lascivas pupilas de Yamandú, que aguarda que vuelva ella de su desmayo.

Algo de inesperado ocurre entonces, sin que Blanca atine á darse cuenta. Oye crujido de ramas que se apartan con violencia; después pasos, después gritos ahogados, y al fin ruido como de una lucha muda y tremenda.

En suma; Tabaré ha venido en socorro de Blanca: ha caído sobre Yamandú, y ha logrado matarle, estrujándole el pescuezo entre sus dedos.

Contar, como quien escribe un índice, todos estos sucesos y el final desenlace, es destruir el efecto artístico, que pueden producir, y que, á mi ver, producen. Menester es, no obstante, llegar al final rápidamente.

Tabaré salva á Blanca, que está casi exánime y la lleva hacia la colonia.

D. Gonzalo, que sigue buscando á su hermana, ve al indio, que corre teniéndola en sus brazos, y á quien cree el raptor. D. Gonzalo ciego de ira se lanza sobre Tabaré y le atraviesa con su espada. Blanca, que comprende ya todo el amor, toda la sublime devoción del indio, se abraza estrechamente con él, moribundo; llora y le llama. Tabaré muere.

Así termina la acción de la leyenda, cuya trascendencia y elevación merecen que de epopeya la califiquemos. El poeta, como Hugo Foscolo ha dicho de Homero, aplacando con su cantar las afligidas almas de los vencidos, ha trazado con alto estilo la inevitable, la providencial desaparición de las razas, que llegan á ponerse con la civilización en indómita rebeldía. El poeta, español de raza, ensalza á los españoles vencedores, como Homero ensalzaba á los griegos; pero las lágrimas son para Tabaré. Las lágrimas son para Héctor y Príamo. No hay una sola página del poema de Juan Zorrilla que no esté impregnada de tierna y piadosa melancolía. Sobre el americanismo del poeta están aquellos sentimientos fervorosos de caridad cristiana, de amor á todos los hombres, tan propios del alma española, y que resplandecían en los misioneros, en los legisladores de Indias, y á veces, cuando la codicia ó la ambición no los cegaba, hasta en los mismos tremendos conquistadores, por más que no todos fueran como D. Gonzalo de Orgaz, sino foragidos y desalmados aventureros.

Lo que América debe á España es tanto é importa tanto, que el poeta, exaltado por el fervor de la sangre que lleva en sus venas, da á veces á España tales alabanzas, que, al llegar á España, tan postrada y abatida hoy, la consuelan y la sonrojan á la vez. El poeta imagina que acaso cuando en edad remotísima se hundió la Atlántida, no cabiendo su inmensidad en los mares resurgió ó sobrenadó en parte, formando ambas Américas, y separándose así de la parte capital que no se hundió: de España, que había sido y había de volver á ser su cabeza.

El pueblo español es, para el poeta,

«El pueblo altivo que, en la edad sin nombre,
Era el cerebro acaso
De aquel dorso gigante y misterioso,
Ya sumergido en el abismo atlántico;
Que, no teniendo en su profundo seno
Para el coloso espacio,
Dejó asomar sobre la vasta tumba,
Miembro insepulto, el mundo americano.»

Sin pretensión pedantesca, sino del modo propio de la poesía, hay y se agitan en el poema Tabaré grandes problemas de libre albedrío, predestinación, determinismo y vocación de las razas: psicología, teodicea y filosofía de la historia. Al leer el poema, se levanta el espíritu del lector á estas altas especulaciones.

Después de lo dicho hasta aquí, de sobra está añadir que me parece muy bueno el poema; y que hasta el severo Clarín ha de calificar á su autor, no de medio poeta sino de uno, y quizá de uno con colmo: colmo que no se atreverá á derribar su rasero, pasando sobre la medida.

Mi carta se va haciendo interminable; pero me asalta un escrúpulo, y aun exponiéndome á pecar de pesado, quiero discurrir sobre él, á ver si le desvanezco.

Á pesar de lo que he escrito y clamado contra el naturalismo, al fin, como soy un hombre de ahora y no de otra edad, y como las modas son contagiosas, yo, sin poderlo remediar, soy también algo naturalista.

Mi escrúpulo es, pues, sobre la verosimilitud y hasta sobre la posibilidad de Tabaré. El hechizo de la poesía le hace parecer verosímil; pero ¿pudo ser Tabaré en la realidad de la vida? Aunque hubiera nacido de madre española, ¿no se crió como un salvaje? ¿De qué suerte, por lo tanto, aun concediendo mucho á la transmisión hereditaria, nació en su alma inculta pasión tan delicada, tan pura y tan fecunda en actos de heroísmo y abnegación, como en el alma de Don Quijote, después de leer todos los libros de Caballerías, ó como en el alma de sublime é ilustrado cortesano, ó caballero más ó menos andante, que ha estudiado á Platón, á León Hebreo, á Fonseca y al conde Baltasar Castiglione?

Halm, el dramaturgo austriaco, nos representa un milagro por el estilo en El hijo de las selvas; pero aquel milagro, ó no es, ó no parece ser tan grande. La verosimilitud de lo milagroso crece en nuestra mente, no sé por qué, en razón directa de la distancia de siglos que de lo milagroso nos separa. Y por otra parte; ni los galos eran salvajes como los charrúas, ni en el alma del galo rudo y bárbaro de Halm, aparece la pasión delicada con la espontaneidad divina que en el alma de Tabaré. La joven griega le revela el amor por medio de la palabra: le explica los misterios celestiales de su espiritual pureza. Tabaré, con solo ver á Blanca, lo adivina todo.

Esto es lo que se me antoja poco creíble. Y yo no me contento con responderme que, ya que el efecto es hermoso, debo prescindir de la realidad de la causa. No me basta esclamar: Si non é vero é ben trovato. El quidlibet audendi no me tranquiliza. Por último: lo caótico, confuso, inefable, y para el mismo Tabaré no comprendido, de los afectos de su alma, no me resuelve la dificultad.

Sólo la resuelve la teoría, expuesta ya por mí en otras ocasiones, acerca del poder revelador, religioso, suscitador de lo ideal, que ejerce la hermosura femenina.

Los clásicos griegos nos dejaron en sus fábulas los indicios de este poder de civilización repentista.

La hembra del hombre era abyecta, esclava, despreciada é inmunda. Se hace inventora de su propia beldad. Se pule, se atilda, se asea, y, añadiendo además un esfuerzo de voluntad artística é inspiradísima, crea el hechizo más grande y fascinador que cabe en los objetos materiales: crea á la mujer. Y la mujer es reina, es maga, es sibila, es profetisa desde entonces.

Su dominio sobre los hombres crudos y fieros, ya para bien, ya para mal, es desde entonces inmenso.

Yo creo en la ginecocracia ó gobierno de la mujer en las edades primitivas. Donde quiera que la mujer se lava, se adorna y se pule, es reina y emperatriz de los hombres. En el país sabeo hubo reinas; reinas hubo en Otahiti. Cuando no hay reinas, hay musas que inspiran á los poetas, sibilas que columbran y manifiestan el porvenir, Egerias que dirigen á los Numas, Onfales que hacen que Hércules hile, Dalilas que cortan los cabellos á todo Sansón, y Circes que detienen, emboban y fijan á los Ulises vagabundos.

Cuando lo trascendente, lo divino, lo inmortal y puro no ha brotado aún en el alma del hombre, la mujer, que ha encontrado su hermosura física, se lo revela todo, al revelársela. Como los rayos del sol de primavera hacen brotar de la tierra fragantes rosas, las miradas de la mujer hacen que brote la flor de lo ideal en el alma de los hombres.

Así se explica la pasión de Tabaré, y queda firme como del más evidente realismo histórico y no como ensueño vano de la poesía.

Corrobora mi creencia en este poder espiritualizante, catequizador, religioso de la mujer, ya elegantizada y bonita, merced á las artes cosméticas, al aseo y á la modesta y decente coquetería, que ha descubierto ella, un singular fenómeno que hoy se nota y que nos admira.

El refinamiento, el exceso de la civilización conduce á muchos hombres eminentes y pensadores á un extremo donde sus espíritus tocan ya por un lado con los espíritus de los salvajes: á no concebir lo infinito desconocido sino como malhechor y diabólico: como el feo

Poter che ascoso a comun danno impera;

ó á negar su realidad para no tener que maldecirla ó blasfemar de ella.

En esta situación, sobreviene la mujer, y produce el mismo efecto, que en el salvajismo, en la viciada y ponzoñosa quinta-esencia de la cultura. Leopardi vuelve á hallar, en las donnas que celebra en sus cantos, á todas las divinidades de su Olimpo: Ingersoll, el ateo yankee, ama y adora á las ladies y misses como el trovador más rendido; Augusto Comte niega á Dios, y funda nueva religión, inspirado por la mujer, cuyo ideal modelo de pureza y de amor es la Virgen Madre; Cousin, harto de filosofar, y en su vejez, se enamora arcaica y retrospectivamente de Mad. de Longueville y de otras princesas y altas señoras de los tiempos de Luis XIV, y difunde su pasión amorosa en alabanzas tan tiernas, que suenan como amartelados suspiros; Michelet cae, en los últimos años de su vida, en un dulce deliquio, en un melancólico erotismo, que vierte en sus libros sobre el amor y sobre la mujer; y Renan, descollando entre todos, llega á dar á este erotismo, idólatra ó hiperdúlico, una fuerza frenética, profética y apocalíptica, que se nota en La Abadesa de Jouarre, y en el prólogo sobre todo de tan afrodisíaco drama.

Demostrado así y patente el poder milagroso de la mujer para hacer que surja ó que resurja lo ideal en el alma del hombre, mis escrúpulos se disipan y la figura de Tabaré queda tan consistente y verdadera como las de los más históricos personajes.

Aplaudamos, pues, á Juan Zorrilla, sin el menor reparo, ya que ha sabido dar á luz tan amena leyenda ó poema, sin apartarse un ápice de la verdad y siendo al mismo tiempo naturalista é idealista en su obra.

LA POESÍA Y LA NOVELA EN EL ECUADOR

Julio de 1889.

(AL SEÑOR D. JUAN LEÓN MERA)

I.

Muy estimado señor mío: En Washington y en Nueva York conocí y traté al Sr. Flores, actual presidente de esa república, cuyo ameno y franco trato me ganó la voluntad, haciéndome yo desde entonces muy amigo suyo y lisonjeándome de que él también lo es mío. En Bruselas, en París y aquí en Madrid, hemos vuelto á vernos, afirmándose más la amistad que ya nos profesábamos.

Cuando el Sr. Flores partió de aquí para América á ocupar el alto puesto al que le han elevado sus merecimientos y la voluntad de sus conciudadanos me prometió enviarme las mejores producciones literarias de su país. Con gusto he visto que los cuidados y desvelos del gobierno y de la política no le han hecho olvidar su promesa. El Sr. Flores me ha enviado directamente algunos libros, y además ha excitado á usted á que me envíe sus obras, por todo lo cual debo estar y estoy muy agradecido al señor Flores.

A usted también le agradezco mucho las remesas, y sobre todo la última, que más que ninguna otra me ha interesado.

El libro de usted titulado Ojeada histórico-crítica sobre la poesía en el Ecuador, contiene noticias curiosas y muestra, además, el talento de escritor que usted posee y sus ideas y opiniones sobre puntos de la mayor importancia; pero lo que más me ha agradado es Cumandá. Cumandá es una preciosa novela. Ni Cooper ni Chateaubriand han pintado mejor la vida de las selvas ni han sentido ni descrito más poéticamente que usted la exuberante naturaleza, libre aún del reformador y caprichoso poder del hombre civilizado.

Impaciente estaba yo de hacer detenido examen de las obras de usted, y en particular de la mencionada novela, cuando leí en La Epoca, acreditado y juicioso periódico de esta capital, una muy grave acusación contra usted. Acusa á usted La Epoca de odiar á España y de haberlo probado en varias ocasiones que cita.

Luego añade: «Nuestro amigo D. Juan Valera puede tomar nota de este sucedido para sus notables Cartas Americanas

Confieso que la lectura del suelto de La Epoca me disgustó no poco. Harto sé yo que el odiar á España, aunque sea injusto, y el agraviarla, aunque es indigno y odioso, no impide que, en todo lo demás, las cosas sean como son, y no de otro modo; ni destruye el valor literario y poético de Cumandá, ni el talento y la discreción que en la Ojeada y en otras obras de usted se advierten. Sin embargo, mi gratitud hacia usted por haberme enviado los libros no podía menos de enfriarse, á ser cierto que era un enemigo de mi patria quien me los enviaba, y mis alabanzas á dichos libros, aunque fuesen alabanzas merecidas, habían de sonar mal en mi boca y ser algo contrarias al patriotismo de que blasonamos los españoles.

No me tranquilizaba yo con parodiar á Quintana aplicando á este caso aquello de

«Inglés te aborrecí, héroe te admiro:»

y diciendo: repruebo la conducta y las malas pasiones de usted con respecto á España: pero no puedo menos de celebrar á usted por sus escritos.

Yo preferiría creer y hacer creer que los pecados de usted contra España no son tan grandes como La Epoca supone. Movido de este deseo voy á ver si le logro en parte, empezando por defender á usted de la acusación, hasta donde pueda, antes de hablar por extenso de sus obras literarias, si bien de sus obras literarias tengo que hablar desde un principio, ya que en ellas aspiro á encontrar demostraciones claras de que usted no aborrece á España ni á los españoles.

Antes de que la Academia Española eligiese á usted académico correspondiente, por lo cual en el suelto citado la censura La Epoca, había usted escrito no poco en prosa y en verso, haciéndose merecedor de aquella honra; pero usted, con extraordinaria modestia, no lo consideró así y creyó que debía hacer algo que fuese testimonio de su gratitud y de que la Academia no había hecho una elección desacertada. Entonces escribió usted Cumandá y se la dedicó al director de la Academia ó más bien á la Academia misma, ya que usted ruega al director que presente la obra á la Academia, y termina diciendo: «Ojalá merezca su simpatía y benevolencia, y la mire siquiera como una florecilla extraña, hallada en el seno de ignotas selvas, y que, á fuer de extraña, tenga cabida en el inapreciable ramillete de las flores literarias de la madre patria.»

En las pocas palabras del texto que copio hay una serie de afirmaciones contrarias á ese odio que á usted atribuyen. Admira usted y ensalza nuestra literatura; desea que su novela tenga cabida en ella, como florecilla extraña y selvática que se pone en inapreciable ramillete de ricas flores; y llama, por último, madre patria á esa España, á quien suponen que usted odia.

Resulta, además, que Cumandá, que es á mi ver de lo más bello que como narración en prosa se ha escrito en la América española, debe su ser al deseo de usted de mostrar á la Academia su gratitud y suficiencia; todo lo cual redunda en gloria de España y es nuevo lazo de amistad entre ella y su antigua colonia, hoy República del Ecuador.

Convengo, á pesar de lo dicho, en que no basta la prueba aducida para justificar á usted. El ánimo de todo hombre es inconsecuente y voltario. Pudo usted en aquella ocasión ser muy hispanófilo, sin dejar de ser misohispano en otras mil ocasiones.

La cuestión, no sólo por el caso singular de usted, sino por lo que tiene de general, merece ser tratada y dilucidada. Cedo, pues, al prurito de decir algo sobre ella. Esto hará sin duda que mis cartas á usted sean más en número y más extensas de lo que yo había pensado.

Espero que usted y el público tendrán la paciencia de leerlas.

Lo primero que noto es que las relaciones entre España y los americanos emancipados tienen que ser muy diversas de las relaciones entre yankees é ingleses. Entre los yankees no hay ó hay apenas elemento indígena. Ora porque los indios del territorio de los Estados Unidos fuesen más rudos é incivilizables, ora porque los europeos colonos, de raza inglesa, tuviesen menos caridad y menos paciencia y arte para domesticar, ello es lo cierto que no hay entre los yankees muy numerosa población india reducida al vivir culto y político, ni hay tanto mestizo de europeo y de indio como en las que fueron posesiones españolas. De aquí que á nadie se le ocurriese ni se le pudiese ocurrir entre los yankees, cuando se sustrajeron al dominio de la Gran Bretaña, la estrafalaria idea de que aquello era algo á modo de reconquista, como cuando los egipcios echaron á los hicsos, ó los españoles echaron á los moros, ó los griegos del Africa y del Peloponeso se libertaron de los turcos.

En cambio, en casi todas las Repúblicas hispano-americanas se ha dicho, en verso y en prosa, algo de que la guerra de emancipación fué guerra de independencia y reconquista. El inca Huaina-Capac se aparece al poeta Olmedo, cuando celebra éste la Victoria de Junin sobre los españoles, y le profetiza la nueva victoria que los insurgentes han de alcanzar después en Ayacucho, como si los insurgentes fuesen indios y no españoles también, y como si tratasen de restablecer el antiguo imperio peruano y no repúblicas católicas, según el gusto y las doctrinas europeas.

De aquí nacen motivos de enojo en abundancia y dificultades á montones, que hacen el trato entre españoles é hispano-americanos en extremo vidrioso ó sujeto á quiebras. Si les decimos que son españoles como nosotros suelen picarse, porque desean ser algo distinto y nuevo, y si no todos, muchos se pican también si los creemos indios ó semi-indios.

Hay en los hispano-americanos, aun en los más discretos y sabidos, mil injustas contradicciones.

«Las leyes de Indias, dicen, las Ordenanzas de Carlos V, las de D. Fernando de Aragón y de doña Isabel la Católica eran buenas y protectoras. Desde que el Papa declaró en una bula que los hijos de América eran hombres, los reyes de España dictaron leyes para ampararlos y favorecerlos; pero burlándose de esas leyes los colonos españoles maltrataron á los indios, los azotaron, los humillaron y los hicieron trabajar hasta morir, como si fuesen acémilas, etcétera, etc.» Al decir esto, los americanos de ahora no advierten que ellos son los que se condenan, si no son indios puros. Los que dictaron las leyes protectoras estaban aquí, y por aquí se han quedado; pero los verdugos codiciosos y empedernidos de los indios, lo probable es que, salvo raras excepciones, se quedasen todos por allá, y que esos antiespañoles, declamadores acerbos por pura filantropía, no sean otros sino sus descendientes.

Tiene mucha gracia la disculpa á que acuden ustedes para explicar lo poco que han hecho por los indios en los sesenta ó setenta años que llevan de independencia. «Hemos abolido las mitas, dicen ustedes, hemos suprimido el tributo personal y hemos desechado el azote.» Pero ¿se debe esto á la independencia, ó al progreso de la cultura y de la moralidad entre todos los pueblos cristianos? ¿Es posible que alguien crea de buena fe que si el Ecuador y Colombia fuesen hoy aún colonias españolas habría allí mitas, tributo personal, servidumbre y azotes?

Independiente la que fué América española, lo mismo que si no fuese aún independiente, ya no puede haber ni hay esclavitud en ella. Los indios son libertos de la ley. Pero añade su ilustre compatriota de usted Juan Montalvo, á quien me complazco en citar, «son esclavos del abuso y de la costumbre.» En seguida describe elocuentemente los malos tratos y las faenas á que someten aún al indio en el Ecuador, y acaba por exclamar: «Si mi pluma tuviese don de lágrimas, yo escribiría un libro titulado El Indio, y haría llorar al mundo.» Y esto lo dice Juan Montalvo más de medio siglo después de que ese indio y el inca Huaina Capac triunfaron en Ayacucho de los pícaros españoles. Los españoles, no obstante, siguen teniendo la culpa de todo, aunque vencidos. Juan Montalvo lo declara: «No—dice;—nosotros no hemos hecho este sér humillado, estropeado moralmente, abandonado de Dios y de la suerte: los españoles nos le dejaron hecho y derecho, como es y como será por los siglos de los siglos.»

Lo absurdo de este sofista declamador no merecería respuesta, si no estuviese algo del mismo sentimiento en la masa de la sangre de no pocos hispano-americanos, que así escupen contra el cielo y les cae encima: porque si son indios de sangre se declaran humillados, moralmente estropeados y abandonados de Dios por los siglos de los siglos: y si son españoles, reos de la muerte moral y de la condenación perpetua é irremediable de millones de séres humanos; y si son mestizos, son abominable amalgama de español y de indio, de la raza degradada y del cruel y tiránico verdugo que acertó á degradarla para siempre.

Juan Montalvo dijo su frase, por decir una frase, sin saber lo que decía. No la hubiera dicho si la hubiera reflexionado: pero Juan Montalvo, y otros como él, y á veces usted entre ellos, por obra y gracia de su americanismo, creen otra cosa que los predispone contra nosotros, y, cuando creen ustedes esta cosa, es cuando apunta el odio contra España de que La Epoca acusaba á usted.

Creen ustedes y sostienen que América, en el momento en que los españoles la descubrieron, estaba progresando con plena autonomía, y próxima á crear y á difundir una magnífica civilización original y propia, cuyos focos principales estaban en los imperios de Méjico y del Perú y entre los chibchas de Nueva Granada: pero la llegada de los feroces españoles detuvo el desarrollo de esa civilización y ahogó en sangre y destruyó con fuego sus gérmenes todos.

No hay que buscar este pensamiento en otros autores. Usted le expresa á menudo. Todo iba muy bien por ahí. La conquista de Tupac Yupanqui había civilizado el reino de Quito. Los aravicos, ó sea los poetas en lengua quichua, pululaban ahí lo mismo que en el Cuzco. La lengua quichua era un prodigio, un simbólico tesoro de misteriosas filosofías. Sólo el vocablo Pachacamac, con que en lengua quichua se designa á Dios, contiene sutil y profunda teodicea que el mero análisis gramatical descubre. Esta lengua había llegado á la perfección antes de la venida de los españoles. Según usted «se prestaba á la entonación de la oda heroica, á las vehementes estrofas del himno sacro, á la variedad de la poesía descriptiva, á los arranques del amor, á toda necesidad, á todo carácter y condición de metro, desde el festivo y punzante epigrama hasta el grave y dilatado género de la escena.» Claro está, pues, que los indios hasta literatura dramática tenían, y que el teatro era una de las más nobles diversiones de la corte de los incas.

El florecimiento literario y el desenvolvimiento intelectual eran, pues, notables entre los peruanos y quiteños: pero llegaron los españoles y aquello fué el acabóse. Apenas quedó rastro de nada. «El poder exterminador de la conquista, exclama usted, arrancó de raíz el genio poético de los indios, y en su lugar hizo surgir de los abismos el espectáculo de la desolación y del espanto. El numen de la armonía no pudo vivir entre los vicios y la depravación de la gente española.»

Infiérese de aquí que, no contentos los españoles con destruir la civilización indígena americana, despojaron á los indios de su inocencia y los pervirtieron.

Esta mentida y decantada inocencia de América, que celebra Quintana en una de sus mejores odas, me trae á la memoria un terrible pasaje de la Crónica del Perú de Pedro de Cieza, que presenta Leopardi en apoyo de su negro pesimismo y desesperada misantropía.

«Los caciques de este valle de Nore—dice—buscaban por las tierras de sus enemigos todas las mujeres que podían; las cuales, traídas á sus casas, usaban con ellas como con las suyas propias, y si se empreñaban de ellos, los hijos que nacían los criaban con mucho regalo hasta que cumplían doce ó trece años: y desde esta edad, estando bien gordos, los comían con gran sabor, etc.» Y añade después: «Háceme tener por cierto lo que digo ver lo que pasó con el licenciado Juan de Vadillo (que en este año está en España, y si le preguntan lo que digo dirá ser verdad), y es que la primera vez que entraron cristianos españoles en estos valles, que fuimos yo y mis compañeros, vino de paz un señorete que había por nombre Nabonuco y traía consigo tres mujeres; y viniendo la noche, las dos de ellas se echaron á la larga encima de un tapete ó estera y la otra atravesada para servir de almohada, y el indio se echó encima de los cuerpos de ellas muy tendido, y tomó de la mano otra mujer hermosa.

...Y como el licenciado Juan de Vadillo le viese de aquella suerte, preguntóle que para qué había traído aquella mujer que tenía de la mano; y mirándole al rostro el indio, respondió mansamente que para comerla...

...Vadillo, oído esto, mostrando espantarse, le dijo:—¿Pues cómo siendo tu mujer has de comerla?—El cacique, alzando la voz, tornó á responder diciendo:—Mira, mira, y aun el hijo que pariere tengo también de comer.—Supo además Vadillo, por dicho de indios viejos, que «cuando los naturales de aquel valle iban á la guerra, á los indios que prendían hacían sus esclavos, á los cuales casaban con sus parientas y vecinas, y los hijos que habían en ellas aquellos esclavos los comían; y que después que los mismos esclavos eran muy viejos, y sin potencia para engendrar, los comían también á ellos.» Verdad es que Cieza explica con cierto candor la inocencia de estos indios antropófagos, ya que el serlo «más lo tenían por valentía que por pecado.»

Sin declamación ni sentimentalismo, aun suponiendo al español de entonces, y sobre todo al aventurero que iba á América, vicioso, depravadísimo, ignorante y cruel, todavía queda el peor de estos españoles muy por bajo de los indios salvajes ó semisalvajes, en vicios, depravación, crueldad é ignorancia.

No es posible, por devastadores y malvados y fanáticos que supongamos á los españoles del tiempo de la conquista, que hiciesen desaparecer de la tierra americana y del alma y de la memoria de los indios todos los primores de su civilización, si en alguna parte los hubo.

Para Méjico no deja usted de traer á cuento el auto de fe que de muchos manuscritos ó pinturas simbólicas hizo el arzobispo D. Juan de Zumárraga; pero ni ahí, ni en el Perú, hubo ni Zumárraga ni Omar que incendiase las bibliotecas, y sin embargo, ¿dónde están las odas, los dramas, las filosofías y las teologías que del Perú y del primitivo reino de Quito nos han conservado los doctos? Sólo cita usted una composición poética quichua sin atreverse á decir terminantemente que sea anterior á la venida de los españoles. Sin duda la compuso algún indio ya algo civilizado, á imitación de los versos de Castilla. Dice usted que es una poesía sencilla y graciosa que nos da idea de la genuina poesía de los antiguos indios. La poesía es breve, y ya es una ventaja. Consta de 76 sílabas, ó sea de 19 versos de á 4. Tres versos acaban en munqui y dos en súnqui, y un verso entero es cunuñunun, por el cual se puede presumir lo melodioso de los otros.

Los tales versos son la única reliquia que ostenta usted de la genuina civilización de esas tierras, donde no sólo había aravicos ó poetas, sino también amautas ó sabios y filósofos.

Las coplas que trae usted además en lengua quichua, y la lamentación sobre la muerte de Atahualpa son ya de nuestro tiempo: obra de los amautas y aravicos, que no se sepultaron como se sepultaron los más de ellos, «por no ver, como usted dice, las atrocidades de los blancos.»

En suma, si fuésemos á dar crédito á los primeros capítulos de la Ojeada de usted, España no llevó á América la civilización y la ley de gracia, sino la barbarie y todos los vicios. Nosotros empujamos á esa sociedad «en el abismo de tinieblas y de males, del cual la habían sacado la inteligencia, el raro tino político y la gran fuerza de voluntad de los incas;» lanzamos sobre América «una tempestad de vicios y crímenes;» y tratamos de aniquilar en todas partes los elementos de vida intelectual,» é hicimos «desaparecer la cultura de los indios entre el humo y los vapores de la matanza.»

Todo esto lo decía usted en 1868. Si después no hubiera usted modificado sus opiniones, La Epoca tendría razón en la advertencia que me hizo: usted odiaría á los españoles, y no sin fundamento, aunque erróneo.

Desde 1868, usted ha cambiado mucho, como ya se verá. Por otra parte, aunque usted no hubiera cambiado, Cumandá no dejaría de ser una preciosa novela.

Antes, sin embargo, de hablar de Cumandá, quiero yo decir á usted algunas razones más para ver si desarraigo de su espíritu los restos que aun queden en él de ese fundamento erróneo que le movió á odiarnos como nación. Lo que es individualmente, yo calculo que no nos quiere usted mal, y por mi parte le estimo y aun me inclino á ser amigo de usted, á pesar de los errores, que supongo pasados.

II.

Muy estimado señor mío: Cada cual tiene su teoría para explicar la historia. Yo tengo la mía, que ni es nueva, ni inventada por mí, ni yo pretendo hacer que usted la acepte, si es que usted piensa de otro modo. Sólo voy á exponerla aquí en breves palabras para sentar la base en que se apoya lo que yo pienso sobre el soñado progreso y creciente civilización de los indios de América cuando llegaron por ahí los españoles.

Dejo á un lado las árduas y profundas cuestiones, que tanto se rozan con las doctrinas religiosas, de si hubo ó no revelación primitiva, de si el linaje humano proviene todo de una pareja ó de muchas y de si apareció á la vez en varias regiones del globo ó en una sola. Tomemos el asunto menos ab ovo, y harto podemos afirmar sin que nadie se escandalice que el hombre, ó bien por olvido de la primitiva revelación y de la cultura que de ella había nacido, ó bien sin necesidad de olvidarlas, porque no las había tenido jamás, empezó en todos los países por el estado salvaje, ó cayó ó recayó en él por motivos diversos difíciles de explicar.

Dicho estado, pues, ya inicial, ya por decadencia y corrupción, no coincide ni ha coincidido nunca en todos los países. Aun en el día, á pesar de los cómodos y rápidos medios de comunicación, hay salvajes en el centro de Africa y en algunas islas del mar del Sur y en varios lugares de América, mientras por acá gozamos de electricidad, vapor, fotografía, Submarino Peral, torre Eiffel y novelas naturalistas.

Las diversas tribus y castas de hombres que viven en el mundo han ido siempre, en su marcha ascendente hacia la cultura, adelantadas unas y atrasadas otras. Los pueblos del Mediodía de Europa llevaban la delantera desde hace veinticinco siglos. Después, según dicen, los meridionales de Europa hemos decaído y nos hemos rezagado; pero sigue en Europa, y es ya casi indudable que seguirá por largo tiempo, el estandarte ó guión de la cultura, que hoy tienen entre manos franceses, alemanes é ingleses, y que tal vez aspiran á levantar también en alto los rusos.

Como quiera que sea, y ora prevalezca una nación, ora otra, es evidente que la civilización de Europa prevalece, se difunde por el resto del mundo y le domina todo. La América de hoy, en lo humano y en lo culto, no es más que una parte de esta Europa transportada á ese nuevo y vasto continente. Hoy la civilización americana es una prolongación de la civilización europea. España, Portugal, Inglaterra y Francia han llevado ahí sus idiomas, sus ciencias, sus artes y su industria.

Posible es que con el andar de los siglos, y en virtud del medio ambiente y de la mezcla de la sangre de los europeos con la sangre de los indios y hasta de los negros importados de Africa venga á resultar ahí algo extraño, nuevo, muy distinto, tal vez superior á lo de Europa; pero si esto ocurre me parece que tardará mucho en ocurrir, y por lo pronto, esto es, durante doscientos ó trescientos años (y fijo tan corto plazo porque el mundo va deprisa), seguirán ustedes siendo europeos trasplantados, y sus repúblicas, con relación á los Estados de Europa, á modo de mugrones, lo cual no es negar que cada uno de estos mugrones llegue á ser ó ya sea vid más lozana, robusta y fructífera que la vieja cepa de que brotó.

Lo que yo sostengo es que ni el salvajismo de las tribus indígenas en general, ni la semicultura ó semibarbarie de peruanos, aztecas y chibchas, añadió nada á esa civilización que ahí llevamos y que ustedes mantienen y quizá mejoran y magnifican. Y aunque lo anterior al descubrimiento de América sea muy curioso de averiguar y muy ameno de saber, importa poco y entra por punto menos que nada en el acervo común de la riqueza científica, política, literaria y artística de ustedes, heredada de nosotros y acrecentada por el trabajo de ustedes, y no por ningún legado ó donativo de los indios.

Pero, ¿qué donativo podían los indios hacer si nosotros destruimos con mano airada cuanto podía constituir el donativo? Esta es la tremenda acusación que ustedes nos hacen ó más bien que ustedes se hacen, pues sin duda ustedes son los más directos descendientes de aquellos feroces españoles que fueron á destruir civilización tan donosa.

Un ilustre cubano, D. Rafael Merchan, que vive en Bogotá ahora, se extrema más que usted en esta acusación. Todo iba por ahí divinamente. Acaso habían sido Manco-Capac y Bochica más sabios que Sócrates y que Aristóteles. Acaso, si no llegamos ahí los españoles, los indios se perfeccionan, nos cogen la delantera, y son ellos los que vienen á Europa á civilizarnos. Si Colón, Cortés y Pizarro no van á América en los siglos XV y XVI, es probable que en el XVII los emperadores aztecas ó los incas nos hubieran enviado navegantes y conquistadores que hubieran descubierto, conquistado y civilizado la Europa allá á su modo.

Por fortuna, los españoles madrugamos, fuimos por ahí antes de que los indios despertasen y viniesen, y dimos al traste con todo. «Todo pereció—dice el Sr. Merchan—razas, monumentos, libros, ídolos, cultos, ciencias, todo quedó destruído.»

El Sr. Merchan dice, y dice bien, que los séres inteligentes, aunque no nos conozcamos y vivamos en regiones distintas, realizamos un pensamiento común y contribuimos á una grande obra. Pero los españoles fuimos por ahí y arrancamos medio mundo á esa elaboración universal. Y no contentos con arruinar la civilización americana quisimos borrar y borramos hasta la memoria de ella, arrasando «los monumentos más apreciables y convirtiendo ese Continente en una inmensa tumba de razas que tenían tanto que decirnos».

Todo esto es una serie de suposiciones gratuitas del Sr. Merchan. Las razas indígenas de América no han perecido. Hoy acaso existen más indios en Méjico y en el Perú que los que había cuando la conquista; y si no hay más indios en el Paraguay, es por las guerras recientes que les han hecho los brasileños y argentinos. Todo cuanto los indios tenían que decirnos nos lo han dicho. Y si hoy Liborio Zerda, Antonio Bachiller y Morales y otros americanistas lo exponen, no faltaron, desde los primeros días del establecimiento de los españoles, sabios curiosos, misioneros llenos de caridad y de indulgencia y escritores sinceros que lo expusiesen con amor, más bien ponderando las virtudes y excelencias de los indios que denigrándolos.

En suma, la historia de América, antes de Colón, es bastante oscura, mas no por culpa de los españoles, y lo que de esa historia se sabe más induce á creer lo contrario de lo que usted, el señor Merchan y el Sr. Montalvo, insinúan ó medio sostienen á veces.

En vez de ese progreso que ustedes imaginan, los indios seguían en decadencia.

Acaso si se retarda un siglo la llegada de los españoles, los imperios azteca, peruano y chibcha hubieran desaparecido, como ya habían desaparecido en América otras semi-civilizaciones, y acaso no hubieran hallado Pizarro, Cortés y Jiménez de Quesada, más que salvajes antropófagos, adoradores del diablo como los patagones y borinqueños, no sabiendo contar más que hasta diez, y tatuados ó pintados con espantosos dibujos ó untados con grasas rancias y apestosas, en vez de andar vestidos.

Indudablemente el salvajismo de los americanos de antes de la conquista europea, así como la semi-barbarie de varios pueblos del Nuevo Mundo y de Asia y de Africa, antes de ponerse en contacto con Europa, no indican que había ó hay ahí razas nuevas, que por sí solas puedan elevarse ó que están ó estuvieron en vía de elevarse á la civilización, sino más bien dan claro y triste indicio de razas antiguas, decaídas ó degradadas, que han perdido su civilización, si la tuvieron. De esas razas se puede afirmar lo que el Sr. Pí y Margall, citado por el propio señor Merchán, afirma de los guatemaltecos, al fijarse en los monumentos suntuosos y artísticos de Palenque y de Mitla: «Lejos de admitir, dice, que sean jóvenes aquellos pueblos, estoy por sospechar con Humboldt que estaban en decadencia á la llegada de los españoles y que habían perdido la memoria de lo que un tiempo fueron. Ignoraban hasta la existencia de esos grandiosos restos de una civilización pasada.» De esta civilización pasada ó remota de los pueblos de América, cuando llegaron los españoles, quedaban recuerdos ó restos, que es casi seguro que hubieran desaparecido también si no acude á tiempo aún la civilización europea á regenerar al salvaje ó al semi-salvaje americano.

El guerrero español de la conquista sería cruel, codicioso, sin entrañas, todo lo malo que se quiera, con tal de que no se suponga, sin justicia alguna, que hubieran sido ó que fueron más suaves y benignos los alemanes ó los ingleses; pero no fueron españoles los que imaginaron que eran los indios de una raza inferior. Los españoles creyeron siempre que los indios eran sus hermanos, extraviados y decaídos, á quienes convenía traer al buen camino y levantar de su abatimiento y miseria.

Los resultados dan testimonio de lo que digo. ¿Dónde están los indios civilizados por los yankees y convertidos en ciudadanos de la Gran República? Y en cambio, ¿no están Colombia, el Ecuador, Venezuela, Méjico y Guatemala, llenas de indios ó de mestizos, que son tan ciudadanos como los españoles de pura sangre? ¿No llegan esos indios ó esos mestizos á ser cuanto se puede ser en las sociedades libres? ¿Cómo comparar el espíritu democrático-católico de los españoles con la soberbia de la raza inglesa?

Francamente, el escritor hispano-americano que, como usted nos trata tan mal y nos acusa de tantas maldades, si es español de pura sangre agravia y calumnia á sus antepasados, y si es indio puro, muestra la más negra ingratitud á los que le salvaron y regeneraron, y si es mestizo, reniega de la sangre española que puede tener en las venas, y hace creer que su sangre india se caldea más con el ardor de la envidia rencorosa que con el santo fuego de la gratitud.

Si á esto se arrojase el escritor hispano-americano para sostener la verdad, yo no se lo echaría en cara. La verdad antes que todo, por amarga que sea. Pero, ¿dónde está el fundamento de verdad de las cosas que usted afirma? Basta enunciarlas, sin contradecirlas, para que ellas mismas se refuten y manifiesten lo absurdas que son. Nosotros animalizamos al indio; destruimos los monumentos levantados por su genio sencillo y espiritual; borramos sus tradiciones históricas, y pusimos un abismo de ignorancia entre el siglo de Huaina Capac y Atahualpa y los siglos de los despóticos virreyes españoles. En fin, nosotros matamos la literatura quichua, salvo las coplitas que usted nos presenta, y que por mi parte no lamentaría mucho que se hubieran también perdido; é hicimos que los sabios indios que asesinamos se llevasen á la otra vida multitud de secretos admirables, con los cuales se hubiera enriquecido y ufanado hoy la ciencia.

En fin, en su Ojeada ó historia literaria del Ecuador, usted fantasea y finge una civilización americana que nosotros destruimos. Nuestra llegada fué como la irrupción de Alarico, de los vándalos ó de Atila, en lo más culto y brillante de Italia. Los indios, que estaban tan ilustrados, fueron arrojados por nosotros al ínfimo grado de ignorancia, y ahí sobrevino la caliginosa oscuridad intelectual que hubo en Europa en los siglos medios. Todo el saber, perseguido por los españoles, se fué á refugiar en los colegios de los padres jesuítas y en otros conventos de frailes.

Aseguro á usted que yo, á no haber sido provocado por La Epoca, no entraría con usted en estas discusiones. Mi intento, al escribir estas cartas, no es suscitar polémicas con los hispano-americanos, sino reanudar, hasta donde sea posible, las amistades que deben durar entre todos los hombres de sangre y de lengua españolas. Para ello no quiero adular á ustedes, sino dar á conocer en esta Península los mejores frutos de su ingenio, juzgándolos con justicia.

La Revue Britannique me hace el honor de hablar amablemente de estas cartas mías en uno de sus últimos números, elogiándome sobre todo por cierta habilidad diplomática de que por completo carezco. Se vale de rodeos y perífrasis, pero sostiene en realidad que yo elogio á ustedes demasiado, que los adulo para que se reconozcan ustedes españoles de origen y para que, encantusados ustedes por mí, de nuevo fraternicemos.

Tiene razón la dicha Revista en que yo busco esta fraternidad, pero ni adulo á ustedes ni los encantuso para lograrlo y menos aun para sustraer á ustedes al influjo de Francia. Yo afirmo, porque lo creo, que son ustedes españoles, porque son de nuestra raza, porque hablan nuestro idioma, porque la civilización de ahí fué llevada ahí por España, sin que cuente por nada la civilización india, chibcha ó caribe; pero jamás pensé yo en robar á Francia su influjo en esas repúblicas, ni siquiera en censurar que ustedes se sometan á él en lo que tiene de bueno. Yo reconozco que España misma, por desgracia, está muy rezagada con respecto á Francia. Yo creo que Francia es una de las naciones más inteligentes del mundo, y la considero á la cabeza de los pueblos del Mediodía de Europa que hablan idiomas que provienen del latín. Soy tan dócil y transigente, que por más que me choque, soy capaz de aceptar la calificación genérica de pueblos latinos; pero no acierto á desechar, ni aquí en España, ni en las que fueron sus colonias, la especial calificación de españoles. Y deseo y espero que nuestra sangre tenga ahí y conserve la suficiente virtud y fuerza informante, digámoslo así, para preponderar en las mezclas con la sangre de los indígenas, y también con la sangre de otros pueblos de Europa, que la corriente de la emigración lleve á esas regiones.

Dice la Revista, á que me refiero, que el vice-presidente de la República Argentina, Sr. Pellegrini, ha desmentido mis asertos en un discurso que pronunció en París, y que copia. Yo veo lo contrario; que el Sr. Pellegrini está de acuerdo conmigo. Aunque lleva un apellido italiano, ya se considera de casta española por el hecho de ser argentino; así lo afirmó en otro discurso que pronunció en Madrid; y si reconoce la hegemonía intelectual de Francia, ¿hace más por dicha, lleva á mayor extremo su entusiasmo, que el señor Castelar, á quien nadie acusa de renegar de su españolismo, en un artículo elocuentísimo publicado en el Fígaro hace pocos días?

En suma, yo no he de formar contra usted, ni contra ningún escritor hispano-americano, capítulo de culpas, porque sea demasiado entusiasta de Francia, porque celebre la violenta separación de ustedes y de la metrópoli, y porque cante en todos los tonos los triunfos de los insurgentes y las derrotas de los realistas; pero francamente, no se puede tolerar en silencio que afirmen ustedes que llevó España ahí la barbarie, que destruyó el saber indígena, y que (son palabras de usted) «el célebre Colón mostró la manera de atravesar el Océano, mas no la de trasladar á esas regiones las simientes de la civilización y las producciones de las grandes inteligencias.»

Ya veremos, y con esto responderé á usted y á La Epoca, de qué suerte usted mismo, con dichosa y honrada contradicción, viene en sus libros á probar lo contrario: la acción civilizadora, la caridad ferviente, y la bondad de los elementos de cultura, importados en América por los hombres de nuestra raza.

III.

Descartando de su Ojeada de usted toda la soñada civilización india y todo el enojo de usted contra España y tal vez sus remordimientos como de origen español por haber destruído tamaña preciosidad, vuelvo á la creencia del vulgo y me represento á los primitivos aventureros colonos llegando á un país de salvajes ó de semisalvajes luchando contra una naturaleza poderosa é inculta y tratando de fundar ahí y fundando colonias europeas.

En este supuesto, y siguiendo la Ojeada de usted, y resumiéndola mucho, hemos de confesar que no lo hicieron tan mal los aventureros españoles y que llevaron ahí los animales y las plantas útiles de Europa, y la agricultura y la industria, y la religión y la moral cristianas; que fundaron ciudades y que crearon para la civilización un Nuevo Mundo, que si llega un día á competir con el antiguo y á no ser inferior á la parte de él que colonizó la raza inglesa, nos dará satisfacción y gloria á los españoles peninsulares, los cuales por el lado filantrópico, ó dígase humanitario, hemos hecho más que los ingleses, ya que hemos civilizado á algunos indios y hemos procurado civilizarlos á todos hasta donde nosotros lo estábamos. Mas no podíamos dar, porque nemo dat quod in se non habet.

Bajo la dominación de España hubo un clero en el Ecuador, el cual (usted lo confiesa) «se dedicó al cultivo de la inteligencia, puso en acción el habla y las razones para reducir las almas á la fe, tocó los resortes de la conciencia, despertó los instintos de moralidad y acertó á consolar grandes pesares». No contentos con esto, el gobierno y el clero de España fundaron allí buenas escuelas y ricas bibliotecas, donde, según usted afirma, «había preciosísimos manuscritos en todo ramo de literatura y aun sobre ciencias», lamentando usted que, después de declararse el Ecuador independiente, todo esto se haya tirado, se haya perdido ó se haya vendido á extranjeros, en vez de haberlo cuidado y aumentado. «Rubor nos causa decirlo, añade usted, porque no quisiéramos pasar por bárbaros; pero sólo en el Ecuador se ha visto gobierno que en vez de enriquecer un establecimiento de tal naturaleza, la biblioteca pública, la haya despojado de objetos que en otras naciones se hubieran conservado con veneración».

Peor aun que con la biblioteca pública (que fué la de los padres jesuítas) se condujeron ustedes, ya independientes, con las bibliotecas de otros conventos. «Ni los gobiernos ni los prelados, dice usted, han tomado interés en que tales depósitos del saber humano se mejoren ó se conserven». Centenares de volúmenes se han vendido á real, sin duda para envolver alcarabea.

Para que vea usted cuán imparcial y desapasionado soy, yo creo que usted exagera las pérdidas y la feroz destrucción de la literatura y de la ciencia coloniales por los ya libres ecuatorianos, como exageró antes la destrucción de la ciencia y de la literatura quichuas por sus conquistadores.

La verdad debe de ser que en esa naciente colonia, tan remota, no pudo haber muy notables producciones literarias, durante el siglo XVI, cuando la colonia materialmente se establecía; ni tampoco en el siglo XVII, durante el cual la misma metrópoli estaba en decadencia y bastante inficionada por el culteranismo y por el fanatismo. Lástima es, con todo, que se hayan perdido escritos históricos, y algunos versos culteranos, como los de la poetisa quiteña doña Jerónima Velasco, á quien Lope eleva á las estrellas, en el Laurel de Apolo; la llama divina, y la coloca sobre Erina y Safo. Algo había de valer esta doña Jerónima, á pesar de la sabida prodigalidad de Lope en las alabanzas.

Por lo demás, la poesía ecuatoriana del siglo XVII era extremadamente gongorina; y los poetas, jesuítas ó discípulos de jesuítas. El Ramillete de varias flores poéticas, publicado en Madrid en 1676 por el guayaquileño Jacinto Eria, nos da muestras de todo lo dicho, bastantes para consolarnos de que otras flores del mismo suelo y condición cayesen en el río del olvido y se perdieran, arrebatadas por la corriente, sin llegar á formar ramilletes nuevos.

Restaurado después el buen gusto, ya á mediados del siglo XVIII, empieza verdaderamente á florecer la literatura en el Ecuador. Sus más hábiles y dichosos cultivadores fueron aun los padres jesuítas, cuya tiránica expulsión de todos los dominios de España fué un mal grande para el Ecuador. Sacó de ahí el más fructífero centro de cultura y perjudicó mucho á las florecientes misiones en que los padres atraían á los indios á la vida pacífica y cristiana, á la agricultura y á la civilización. Aquellos jesuítas ecuatorianos fueron, como los españoles de la Península, á refugiarse en Italia, y en Italia dieron también claro testimonio de su saber y su ingenio.

Sería adulación suponer que descolló entre estos jesuítas ecuatorianos ninguno de aquellos varones portentosos que se llaman genios; pero, ¿cómo negar que hubo hombres de talento no común, no indignos compañeros de nuestros Islas, Hervás, Andrés y Lampillas, y que en Italia mostraron la ilustración que tuvo y difundió la Compañía, así en la Península como en sus más distantes colonias? El país en que se habían formado hombres como los padres Velasco, Aguirre, Rebolledo, Garrido, Andrade, Crespo, Arteta, Larrea, Viescas y Ullauri, era sin duda un país donde las letras se cultivaban con éxito y con esmero. Las poesías en castellano, en italiano y en latín, de estos expatriados jesuítas, son muy estimables. En mi sentir, usted se muestra con ellas más severo que indulgente. Entre los expulsados jesuítas ecuatorianos hubo también naturalistas, eruditos é historiadores. El padre Juan de Velasco, por ejemplo, nos ha dejado una interesante Historia del Reino de Quito.