WeRead Powered by ReaderPub
Nuevas poesías y evangélicas / con un estudio del Dr. Alfredo Palacios cover

Nuevas poesías y evangélicas / con un estudio del Dr. Alfredo Palacios

Chapter 30: I
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

Una colección de poemas y piezas de inspiración religiosa que alterna versos enfáticos y líricos con reflexiones morales y metafísicas. El autor emplea un tono vehemente y directo, centrado en la compasión por el sufrimiento humano, la denuncia social y el diálogo con lo divino; reitera la primacía del hombre sobre la naturaleza y muestra aversión a la belleza meramente formal. Aparecen poemas fúnebres, amorosos y patrióticos, junto a meditaciones sobre la fe, la libertad y el deber, organizados sin narración lineal pero con coherencia temática y tono profético.

VIGILIAS AMARGAS

I

Como las aguas muertas
desparraman pestíferos vapores,
de juncos y de flores
y de brillos fantásticos cubiertas;
y como al fin la gente,
ya su prole cual muertos insepultos,—
descubre los ocultos
focos de la malaria pestilente:
¡oh, calumnia cobarde,
tu maldad, como un charco, ni se agita,
y tu lengua maldita
se arranca finalmente, pero tarde!

II

Tarde... como hay estrellas
que cerraron sus ojos soberanos
y en los ojos humanos
ya muertas en el éter, viven ellas:
tus perdurables signos
no los borra ni el mar... mucho más anchas
donde fueron tus manchas
dibujan otras manchas los malignos!
Tarde... Como en el suelo
que abona el viejo Nilo en sus crecientes,
germinan las simientes
al primer gestador beso del cielo:
las catervas esclavas
repletas del rencor de sus fatigas,
devuelven cien espigas
por cada gota puerca de tus babas.

III

Tarde... Como traidora
la lengua de Don Juan va sugerente
bruñendo la pendiente
que conduce al nefasto «cuarto de hora»;
así, rufián hediondo,
al propio corazón del que difamas
le tientas y le llamas
y le arrojas vencido a lo más hondo;
así los directrices
de carácter más neto y más hidalgo,
vienen a ser por algo
lo mismo que tú inventas y tú dices.

IV

Tarde... Los que tú lames
para siempre jamás doblan sus lomos,
egregios eccehomos
ungidos de las mirras más infames;—
porque la frase artera
que lanzas al azar y medio trunca,
ya no se borra nunca,
ni aunque Dios, si hay un Dios, lo dispusiera.

V

Como va sin testigos,
bajo el dosel astral del firmamento,
desflorando el jumento
la fulgurante gloria de los trigos;
o como en el follaje,
trémula de ponzoña, la serpiente
fulmina de repente
la regia vida del león salvaje;
o como las carcomas,
en el frondoso, perfumado huerto,
con diabólico acierto
taladran la más roja de las pomas;
o como traicioneras,
ya mordidas del mal que no se cura,
sobre la tez más pura
ponen su placa impura las rameras;
tú matas, tú suprimes
la Virtud, el Honor, los Ideales,
y has poblado hospitales
con una multitud de almas sublimes.

VI

Por ti van cohibidas
con los ojos en tierra cien mujeres:
no concibes, no quieres
nada más que bellezas prostituidas;
por ti, por tu mandato,
no llegan a ser madres las doncellas
y apagan sus estrellas
en la iracunda paz del celibato;
por ti los más garridos,
los púberes Apolos más hermosos
pasan por tenebrosos,
satánicos arcángeles caídos;
por ti van los aciagos,
impulsivos demonios de los celos,
bramando en los Otelos
que surgieren al chisme de tus Yagos;
por ti marchan sujetas
al índice vulgar vidas preciosas
sufriendo silenciosas
una carrera diaria de baquetas;
por ti, locuaz arpía,
todos los seres, todos juntos, gimen
y la idea del crimen
suele turbar a la razón más fría;
por ti blancos armiños
de máculas y taras están llenos...
y no parecen buenos,
santos y buenos, ¡ni los propios niños!

VII

Tú tienes los secretos
del reproche y el óbice y la mengua:
tan sólo por tu lengua
Sócrates y Platón no son completos,
por ti los inmortales,
en el mármol y el bronce redivivos,
aguardan pensativos
que caigan de una vez sus pedestales;
tú acechas la subida
del Tabor de la Gloria en un repliegue,
para que nadie llegue
sin llevar en el rostro tu escupida;
por ti se para el carro
del más gran triunfador donde tú mandes;
tú obligas a los grandes
a ceñir un laurel sucio de barro...
¡y tanto les azotas
y es tanto lo que injurias su grandeza
que sienten la tristeza
de no ser unos míseros idiotas!

VIII

Sí, calumnia cobarde,
tu maldad, como un charco, ni se agita
y tu lengua maldita
se arranca finalmente, pero tarde;
porque la frase artera
que lanzas al azar y medio trunca
ya no se borra nunca,
ni aunque Dios, si hay un Dios, lo dispusiera.