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Nuevas poesías y evangélicas / con un estudio del Dr. Alfredo Palacios

Chapter 54: II
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About This Book

Una colección de poemas y piezas de inspiración religiosa que alterna versos enfáticos y líricos con reflexiones morales y metafísicas. El autor emplea un tono vehemente y directo, centrado en la compasión por el sufrimiento humano, la denuncia social y el diálogo con lo divino; reitera la primacía del hombre sobre la naturaleza y muestra aversión a la belleza meramente formal. Aparecen poemas fúnebres, amorosos y patrióticos, junto a meditaciones sobre la fe, la libertad y el deber, organizados sin narración lineal pero con coherencia temática y tono profético.

EPITALAMIO

En el casamiento de la hija de
Don Anacleto Domínguez.

I

Sólo vibra mi salterio
pensativas notas graves.
Yo no sé, como las aves,
«saludar al padre sol»;
Para mí la gran natura,
por su cielo y por su tierra
nada dice, nada encierra
que cautive mi emoción.

Por lo mismo—porque nunca
ni vacila, ni fracasa
y es eterna y solo pasa
por el riel de lo cabal—
no la tengo yo por sabia
como el sabio que la escruta:
Fuerza misma, fuerza bruta,
que no sabe adonde va.

Yo la siento un mecanismo
que no piensa, que no fragua—
cual su gas, como su agua
que proceden porque sí—
un recurso, un instrumento
del propósito divino:
Un vehículo en camino
con un fin que no es su fin.

Y jamás de los jamases
me absorbieron las esferas,
ni el verdor de las praderas,
ni el desierto, ni la mar,
ni las aves, ni las flores,
ni los ríspidos insectos:
Serán bien, serán perfectos,
mas lo son sin voluntad.

¿Quién dirá que la Gioconda
modeló sus propios labios
y esos finos ojos sabios
que Leonardo eternizó?...
Así el sol, así los astros
de más fúlgida apariencia:
Luminarias sin conciencia
que dan luz y dan calor.

Nada saben, nada quieren,
nada buscan, nada inventan,
ni reforman ni violentan
ningún fin, ninguna ley.
Y a pesar de que circulan
por el éter tan audaces,
son idiotas incapaces
de pensar y resolver.

II

Pero el Hombre, pero el Genio,
más que un sol en el abismo,
por sí solo, por sí mismo
marcha mal o marcha bien:
Tiene rumbos preconceptos,
con sus planos y su equipo
y ha forjado el arquetipo
supraexcelso de su ser.

Y persigue aquel modelo
por más leyes que lo impidan,
por más fuerzas que coincidan
y le arrastren hacia atrás:
Presidiario incorregible
que la ergástula no arredra
y en el hierro y en la piedra
va y escribe ¡Libertad!

Eso canta, mi Gertrudis,
ese arcángel, ese mito
que ultramonta lo infinito
tras la sombra de su Dios:
Que reniega de sí propio,
de sí propio horrorizado,
que se siente desolado,
que se siente triunfador.

No te asombre pues, hijita
si en la noche de tus bodas
yo no cuento y nombro todas
tus bellezas de mujer:
Si a la faz de tus encantos
cual un torpe, cual un ciego,
yo renuncio, yo reniego
del color y del pincel.

Si no tengo ni una nota,
si no bordo ni una frase
que pregone de tu enlace
la suntuaria señoril,
que compare las estrellas
con los soles de tus ojos
y tus rojos labios rojos
con la fresa y el rubí.

III

Yo te canto en este día,
para ti de augurios lleno,
la canción del bardo bueno,
del poeta del Dolor:
La canción de los tesoros
todavía insuperables,
superpuros, inefables
de un anciano corazón.

Yo te llamo a tus deberes
de mujer americana,
con los sones de campana
de más ansias de la luz:
Y con voz que por los senos
de tu espíritu prolongo,
yo te intimo, yo te impongo
tu segunda esclavitud.

Yo desciendo a la perpleja
candidez de tu alma informe,
con mi sola, con mi enorme
potestad de creación:
Y adobando y sazonando
tus candores de camelia
de Penélope y Cornelia
las dos almas te doy yo.

Yo te muestro a las miradas
de tus jóvenes hermanos,
cuyos pechos espartanos
fueron muros para ti,
cuyo nombre sin mancilla
tú llevabas hace poco...
¡Yo te yergo bajo el foco
de su gesto emperatriz!

Yo te limpio y te perfumo
con los besos de tu hermana,
cual perfuma una manzana
la manzana que rozó:
Bajo el cetro formidable
de su almita de azucena,
yo sé bien que serás buena,
santa y buena por las dos.

Yo me lanzo a las regiones
del misterio donde moran,
donde ríen, donde lloran
los que nunca serán más:
Y pulsando los abismos
con mis manos como plectros;
yo conozco los plectros,
familiares de tu hogar

Y a la faz de los deleites
que sospechas y no sabes,
de la entrega de las llaves
de tu altivo corazón:
De los planes deliciosos
que proyectas y no nombras,
pongo juntas esas sombras
por testigos de tu honor.

Yo te riego con el llanto
de tu madre cariñosa,
la veraz, la decorosa,
la perfecta gran mujer,—
y en sus bíblicas virtudes
que yo aplaudo, que yo admiro,
como en púrpura de Tiro
yo te envuelvo hasta los pies.

Yo levanto frente a frente
de tu nueva dulce aurora,
la cabeza pensadora
de tu sabio genitor;
Y te forjo deslumbrantes
prodigiosas filigranas,
con la crín de aquellas canas...
¡Misma crín del mismo sol!...

Yo te ciño por coraza
de tu amable inexperiencia,
su criterio, su prudencia,
su dialéctica fugaz:
Y te labro cinto y peplo
de matrona, de patricia,
con su afán de la justicia
con su fresca voluntad...

Y así noble, y así pura,
y así sabia, y así fuerte,
y así dueña de tu suerte
cual un ínclito varón:
Yo el errante, yo el postrero,
yo el sin patria, yo el sin nido,
te presento a tu marido...
¡Tu marido y tu señor!...