WeRead Powered by ReaderPub
O locura o santidad cover

O locura o santidad

Chapter 12: ESCENA X.
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

Un drama en tres actos sigue a un hombre reflexivo y obsesionado con la justicia cuya conducta extrema suscita el desconcierto y la controversia en su entorno; familiares y conocidos debaten si lo que muestran sus actos es locura o santidad. La pieza articula monólogos y confrontaciones que enfrentan posturas idealistas y realistas, explorando el costo personal del rigor moral, la incomprensión social y la fragilidad de la razón cuando choca con las pasiones humanas. El tono alterna entre la reflexión filosófica y la tensión teatral para poner en escena el conflicto entre conciencia íntima y juicio colectivo.

ACTO PRIMERO.


La escena representa el despacho de don Lorenzo: forma octógona. — A la izquierda del espectador, y en primer término, una chimenea encendida: encima un gran espejo de marco negro: en segundo término, una puerta. — A la derecha, en primer término, otra puerta; en segundo término, una ventana. — En el fondo, la puerta principal. — En los dos chaflanes o lados oblicuos del octógono, grandes estantes con libros. — A la izquierda, una mesa de despacho con pupitre y sillón. — A la derecha, un sofá. — Sobre algunas sillas, sobre la mesa, en las repisas de los estantes y en las paredes, libros y objetos artísticos en confusión, pero sin que aparezca recargado el conjunto. — El adorno, elegante y rico, pero de gusto muy severo: cortinajes y muebles oscuros. — Es día de invierno: la luz muy escasa.

ESCENA PRIMERA.

Don Lorenzo.

Sentado a la mesa y leyendo atentamente.

Don Lorenzo.

«Las misericordias, respondió don Quijote, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejase renombre de loco; que puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad con mi muerte». (Suspende la lectura y queda pensativo largo rato). ¡Locura luchar sin tregua ni reposo por la justicia en esta revuelta batalla de la vida, como luchaba en el mundo de sus imaginaciones el héroe inmortal del inmortal Cervantes! ¡Locura amar con amor infinito, y sin alcanzarla jamás, la divina belleza, como él amaba a la Dulcinea de sus apasionados deseos! ¡Locura ir con el alma tras lo ideal por el áspero y prosaico camino de las realidades humanas, que es tanto como correr tras una estrella del cielo por entre peñascales y abrojos! Locura es, según afirman los doctores; mas tan inofensiva, y, por lo visto, tan poco contagiosa, que para atajarla no hemos menester otro Quijote. (Pausa. Después se levanta, viene al centro del escenario, y de nuevo se queda pensativo).

ESCENA II.

Don Lorenzo, doña Ángela, don Tomás.

Los dos últimos se detienen en la puerta de la derecha, primer término, y desde allí, medio ocultos por el cortinaje, observan a don Lorenzo. Este en el centro y volviéndoles la espalda.

Ángela.

¿Le ve usted? Como siempre; leyendo y pensando.

Don Tomás.

Ángela, su esposo de usted es todo un sabio; pero no abusemos de la sabiduría. Si la cuerda, cuanto más tensa, da sonidos más agudos, también con mayor facilidad se rompe; y al romperse, a la divina nota, sucede un eterno silencio. Mientras el cerebro se agita en sublimes espasmos, la locura acecha: no lo olvide usted. (Pausa).

Don Lorenzo.

¡Extraño libro, libro sublime! ¡Cuántos problemas puso Cervantes en ti, quizá sin saberlo! ¿Loco tu héroe? Loco, sí: loco. (Pausa). El que no oyera más que la voz del deber al marchar por la vida; el que en cada instante, dominando sus pasiones, acallando sus afectos, sin más norte que la justicia ni más forma que la verdad, a la verdad y la justicia acomodase todos sus actos, y con sacrílega ambición quisiera ser perfecto como el Dios de los cielos..., ese, ¡qué ser tan extraño sería en toda sociedad humana! ¡Qué nuevo don Quijote entre tanto y tanto Sancho! Y al tener que condenar en uno el interés, la vanidad en otro, la dicha de aquel, los desordenados apetitos de este, las flaquezas de todos, ¡cómo su propia familia, a la manera del ama y la sobrina del andante caballero; cómo sus propios amigos, de igual suerte que el cura y el barbero y Sansón Carrasco; cómo jayanes y doncellas, y duques y venteros, y moros y cristianos a una voz le declararan loco, y por loco él mismo se tuviera, o al morir lo fingiría, porque le dejasen al menos morir en calma!

Don Tomás.

(Acercándose a don Lorenzo y poniéndole una mano en el hombro. Doña Ángela se acerca también). Lorenzo.

Don Lorenzo.

(Volviéndose). Tomás... Ángela... ¿Estabais ahí?

Don Tomás.

Sí, escuchábamos a medias tu filosófico monólogo. ¿Y a cuenta de qué son esos sublimes desahogos de mi buen amigo?

Don Lorenzo.

Lecturas del don Quijote, que se me suben a la cabeza y allá se mezclan con otras modernas filosofías, que andan vagando, como diría mi empedernido doctor, por las celdillas de la sustancia gris.

Don Tomás.

Como diría todo el que quisiera decir algo puesto en razón.

Ángela.

¡Qué espanto! ¿Van ustedes a empezar una de esas interminables disputas sobre el positivismo y el idealismo y todos los demás ismos del diccionario, que son otros tantos abismos del sentido común?

Don Tomás.

No se alarme usted, Ángela, que algo más interesante tengo que decir a Lorenzo.

Don Lorenzo.

Y algo más urgente tengo yo también que preguntarte. (A Tomás).

Ángela.

Ya lo creo: más interesante y más urgente que los disparates y embelecos de que se llenan ustedes la cabeza, es la salud de nuestra niña.

Don Lorenzo.

¿Cómo encuentras hoy a la hija de mi vida? (Con afán).

Ángela.

¿Cómo está Inés? (Pausa).

Don Lorenzo.

¡Vamos!... ¡Responde!... ¡No nos tengas en esta ansiedad! (Nueva pausa. Don Tomás mueve la cabeza con aire de disgusto).

Ángela.

¡Don Tomás, por Dios! ¿Peligra acaso?

Don Lorenzo.

¡Qué dices, mujer! No pronuncies esa palabra.

Don Tomás.

Alto, alto. ¡Qué de prisa van ustedes! Es cosa grave, no lo niego.

Don Lorenzo.

¡Qué dices!

Ángela.

¡Qué dice usted!

Don Lorenzo.

¿Cuál es su enfermedad? ¿Qué nombre tiene?

Ángela.

¿Cómo se cura? Porque debe curarse de algún modo. Es preciso, Tomás, es preciso que usted salve a mi hija.

Don Tomás.

¿Cuál es su enfermedad? Una de las que causan más estragos entre los vivientes. ¿Qué nombre tiene? Amor, le llaman los poetas: nosotros los médicos le damos otro nombre. ¿Cómo se cura? Hoy por hoy con el cura; y es tan probado específico, que al mes de haberlo usado ni memoria queda en ambos cónyuges de la fatal dolencia.

Ángela.

¡Qué bromas tiene usted, don Tomás! Me ha dejado usted sin gota de sangre en las venas.

Don Tomás.

Ello es que hablando seriamente, y dadas las condiciones de esa niña, su temperamento nervioso, su sensibilidad extrema y ese su romántico amor, la dolencia es grave; y si no se busca pronto remedio en la dulce calma de la vida conyugal, Ángela, amigo mío, me duele decirlo, pero el deber me lo ordena, no cuenten con Inesita. (Con seriedad).

Don Lorenzo.

¡Tomás!

Ángela.

¿Usted cree?...

Don Tomás.

Creo que Inés ha heredado la imaginación exaltada y fantástica de su padre; que hoy la fiebre del amor circula por todas sus venas en olas de fuego. Y si no la casan ustedes, y muy pronto, con Eduardo; si ella llega a comprender que sus esperanzas no han de realizarse, los delirios de su fantasía y las violencias de su pasión, aunque no sé en qué forma, sé por desdicha que han de herirla de muerte.

Don Lorenzo.

¡Dios mío!

Ángela.

¡Hija mía!

Don Tomás.

Ya saben ustedes mi opinión: opinión expuesta sin rodeos ni ambages, cual lo exige lo urgente del caso, y con la lealtad a que me obligan el cariño que nos une y el que profeso a esa inocente niña.

Ángela.

(A Lorenzo con tono resuelto). Tú lo has oído: es preciso que Inesita y Eduardo se casen.

Don Lorenzo.

Bien lo quisiera, Ángela. Eduardo es bueno, es inteligente, quiere a nuestra hija con delirio; pero...

Ángela.

Pero ¿qué? ¿Que no somos nobles y que la madre de Eduardo, la duquesa viuda de Almonte, se opone a esta unión? Y ¿qué importa si él quiere, y no es ella la que ha de casarse?

Don Lorenzo.

Ángela, piénsalo bien; ¡dar pábulo nosotros a la rebeldía del hijo contra la madre!...

Ángela.

Piénsalo bien, Lorenzo; ¡sacrificar nuestra hija a las vanidades de esa mujer!

Don Lorenzo.

Lamentar vanidades y desdichas, cosa fácil me parece: buscar remedio al daño es lo que importa.

Ángela.

¿Por qué no hablar a la duquesa? Dicen que, aparte de sus preocupaciones aristocráticas, es buena mujer, y que con delirio quiere a su Eduardo. Vas allá y le suplicas y le ruegas...

Don Lorenzo.

¡Yo suplicar! ¡Yo rogar! ¡Humillarme yo! No soy yo ciertamente quien ha de ir a pedirle su hijo: ella es la que debe venir a mi casa a pedirme la mano de Inés. Las conveniencias sociales, el respeto a la mujer, mi propio decoro así lo exigen.

Ángela.

Aquí tiene usted al filósofo, al sabio, al hombre perfecto, rebosando vanidad y orgullo. (Dirigiéndose a don Tomás, que se habrá acercado a la mesa y estará hojeando libros).

Don Lorenzo.

Ángela, eres injusta: no es orgullo, es dignidad. Dignidad, sí; porque no es decoroso que mendiguemos para la frente de Inés, que en sí lleva la mejor corona, la corona ducal que desdeñosa nos niega otra familia; no es decoroso, repito, que vayamos de puerta en puerta, y menos si en sus dinteles hay labrados blasones, tendiendo la mano para que nos hagan la limosna de un nombre, cuando Inés tiene el mío, tan bueno, por limpio y por honrado, como otro cualquiera que lo sea mucho.

Don Tomás.

Lorenzo tiene razón; pero usted, Ángela, también la tiene.

Ángela.

Pues bien, no vayas tú; conserva incólume tu dignidad de sabio y de filósofo. Yo, que no soy más que una pobre madre, yo iré. A mí no me causa sonrojo ir de puerta en puerta mendigando, no coronas ni blasones, sino la felicidad y la vida de mi hija.

Don Lorenzo.

Ni a mí tampoco, Ángela: tienes razón. Diga el mundo lo que quiera, piense lo que pensare la duquesa, iré. ¿No es verdad que debo ir? Tú que tienes un criterio recto y severo, y que juzgas de las cosas a sangre fría, dime tu opinión con franqueza. (A Tomás).

Ángela.

¡Ah! ¡Qué hombre! ¡Pues no está discutiendo si debe o no debe ir! Estas cosas, señor filósofo y señor marido, se resuelven con el corazón, no con la cabeza. Mucho es que no empezaste a revolver librotes, buscando en ellos la solución del problema. A maravilla tengo que no estés ya escudriñando si entre los filósofos alemanes, o entre los clásicos griegos, o en la ininteligible maraña de tus obras matemáticas, no hubo algún autor que tratase concretamente el caso peregrino del futuro casamiento de la señorita doña Inés de Avendaño con don Eduardo de Almeida, duque de Almonte; y cuenta que si por a más b, te demostrase alguno de tus predilectos sabios la inconveniencia del casamiento, por a más b dejarías morir a la pobre hija de mi alma.

Don Lorenzo.

No te burles de mí, Ángela. Tú sabes que adoro a Inés.

ESCENA III.

Don Lorenzo, Ángela, don Tomás, Inés.

Esta última entra por la derecha, primer término, al pronunciar don Lorenzo las últimas palabras y se detiene al oír su nombre.

Don Lorenzo.

¡Que es por su vida! ¡Que es por su felicidad! No: por secar una lágrima suya, diera yo todas las de mis ojos: por una hora de ventura para mi Inés, trocara yo contento en horas de martirio todas las que me restan de existencia. (Inés sin que la vean todavía, tiende sus brazos hacia su padre con expresión de cariño y agradecimiento y le manda un apasionado beso). Vaya, no hablemos más del asunto. Iré hoy mismo a ver a la duquesa: rogaré, suplicaré, me humillaré si es preciso, y cederá. ¿No ha de ceder? (Movimiento de alegría en Inés; Ángela se acerca y coge de la mano a su esposo con efusión). No tengo títulos de nobleza, pero tengo un nombre que si por el trabajo y el estudio no he podido hacer ilustre...

Don Tomás.

Ilustre, sí, mi buen Lorenzo.

Don Lorenzo.

Ilustre, no, pero sí respetable. Y tengo además muchos millones, que heredé de los míos y que cederé a Eduardo y a la duquesa, para que doren de nuevo sus soberbias coronas un tanto deterioradas por el tiempo. Conque ya lo sabes: (A Ángela) se casará Inés, y será feliz, y su felicidad será la nuestra.

Ángela.

Y la tuya, la de todos nosotros que viviremos mirándonos en ti. ¡En ti, Lorenzo mío, que cuando no te embrutece la ciencia, eres el más amante, el más bondadoso y el mejor de los hombres!

Inés.

¡Ay, Dios mío! ¡Dios mío! (Desfalleciendo y apoyándose en la puerta para no caer).

Ángela.

¡Inés, hija mía! (Corriendo a sostenerla).

Don Lorenzo.

¡Inés, Inés!... ¿Qué tienes? (Lo mismo).

Don Tomás.

Vamos, niña, ¿qué mimos son esos? (Acercándose a ella).

Inés.

(Acercándose al sofá de la derecha y sentándose en él. Todos los demás la rodean con solicitud). Nada, no es nada..., es... que quiero llorar..., y tengo tanta alegría, que no puedo... Es que quiero reír... y siento que acuden lágrimas a mis ojos... ¡Es que te quiero mucho..., mucho..., mucho, padre mío! (Abrazándole y haciéndole mimos). ¡Qué bueno eres!... ¡Qué bueno te hizo Dios!... Soy feliz..., feliz..., muy feliz. (Rompe a llorar en los brazos de su madre).

Ángela.

Así, hija mía: llora, llora; desahógate. ¿Ves qué bueno es tu padre? Quiérele mucho.

Inés.

Con toda mi alma... ¿Y cuándo vas a ir? ¿Hoy mismo, verdad?

Don Tomás.

¡Ah, egoistilla! ¿Conque queremos mucho a papá cuando hace lo que nos agrada? Y si no fuese a casa de la duquesa ¿le querríamos tanto..., tanto..., tanto como ahora? (Burlándose de sus protestas de cariño).

Inés.

Lo mismo.

Don Tomás.

¿Conque lo mismo? (En tono de duda).

Inés.

De veras; pero estaría tan triste que no se me ocurriría decírselo. (Con cierta malicia).

Don Tomás.

Ya.

Inés.

Antes algo me oprimía el pecho y me apretaba la garganta. Ahora, sin esfuerzo alguno..., así..., espontáneamente, a la par que corren dulces lágrimas de felicidad, brotan palabras de cariño. Antes... solo hubiera podido decirte: ¡qué desdichada soy, padre mío!... Ahora ya no pienso en mí, pienso en él, y de corazón me sube a los labios este grito de amor: ¡cuánto te quiero! (De nuevo abraza a su padre).

Don Lorenzo.

¡Inés, hija mía!

Inés.

Y a ti también, madre..., a ti también. (Abrazando a su madre. Don Lorenzo y don Tomás se separan del sofá en que quedan Ángela e Inés, y vienen al centro).

Don Tomás.

¡Pobre filósofo! Mira, ninguna de las dos ha leído una sola página de todos esos libros, y saben más que tú. Te crees fuerte, y en sus manos eres cera blandísima: te crees sabio, y en sus brazos eres un inocente, por no decir que un tonto. Te crees justo e incorruptible, y la voluntad de esas dos mujeres te llevaría a todas las injusticias y a todas las flaquezas.

Don Lorenzo.

No, Tomás; cuando la idea del bien me sostiene, mi voluntad es de hierro.

Don Tomás.

No digo «Lo veremos», porque son dos ángeles; pero ¡ay, si no lo fuesen! Déjame parodiar al gran poeta y decir en romance: «¡Tentación, llevas nombre de mujer!».

Don Lorenzo.

«¡Palabras, palabras y palabras!» había dicho antes sin duda en previsión de que tú le parodiases. (Con cierta exaltación).

Don Tomás.

¡Ya te subes al trípode!

Inés.

No incomode usted a papá.

Don Lorenzo.

No me incomodan, hija mía, las extravagancias de este doctor.

Don Tomás.

Conque quedamos en que por cariño, por amistad, por amor, por esas que tú llamas atracciones misteriosas de un alma sobre otra alma se puede y se debe llegar...

Don Lorenzo.

Hasta el sacrificio, sí; jamás hasta la culpa.

Don Tomás.

¡Bonita máxima para un libro de moral!

Don Lorenzo.

Y aún mejor para una conciencia.

Don Tomás.

¿Y no habrá casos en que para evitar males mayores tenga que transigir esa catoniana conciencia con uno tan pequeño, tan pequeño, que no llegue a ser ni grano de arena?

Don Lorenzo.

Al echarlo sobre sí, bien pronto pesaría como montaña de granito.

Don Tomás.

¿A la montaña te subes, no bastándote el trípode?

Inés.

Vamos, don Tomás... Que no le diga usted esas cosas a papá.

Don Tomás.

En resumen: guerra a muerte al mal, bajo todas sus formas y disfraces. ¿No es cierto?

Don Lorenzo.

Tú lo has dicho.

Don Tomás.

Pues aplicación inmediata de tu teoría. Y en verdad que lo había olvidado y es toda una novela. Escúchame atento: oigan ustedes.

Don Lorenzo.

¿Qué es ello? (Ángela e Inés se acercan a don Tomás).

Don Tomás.

Rogome esta mañana una mujer que en su nombre te trajera...

Don Lorenzo.

¿Qué?

Don Tomás.

Un beso.

Ángela.

¡Para él!

Don Lorenzo.

¡Para mí!

Don Tomás.

Sí; pero no se alarme usted. (A Ángela). Es el beso de una anciana, y en lágrimas viene empapado: es la última y dolorosa contracción de unos labios moribundos: es el postrer adiós de un ser que dentro de breves horas no existirá.

Don Lorenzo.

No adivino...

Don Tomás.

Ella..., esa pobre mujer me hizo llamar esta mañana: subí a la buhardilla en que muere: me dijo su nombre, que a no decírmelo, jamás la hubiera conocido; y jurándome que fue inocente, rogome, sin embargo, que intercediera contigo para que la perdonases.

Don Lorenzo.

Estás hablando un lenguaje del cual ni una sola palabra comprendo.

Don Tomás.

¿Recuerdas la muerte de tu madre?

Don Lorenzo.

¡Qué pregunta, Tomás! No conocí a mi padre, murió cuando yo era muy niño; pero mi madre... ¡Ah, madre mía! (Conmovido).

Don Tomás.

¿Recuerdas que al sentirse de improviso herida de muerte, quiso hablarte y no pudo, y que entonces, arrancándose convulsivamente del cuello un rico medallón de que jamás se desprendía, lo puso en tus manos fijando en ti con suprema angustia sus ojos velados ya por la eterna sombra?

Don Lorenzo.

Bien lo recuerdo. Sigue..., sigue...

Don Tomás.

¿Recuerdas, por fin, que al morir tu madre y al perder tú el sentido, desapareció el medallón, y que fue acusada de robo?...

Don Lorenzo.

¡Ella!... ¿Es ella?... ¡Juana, mi nodriza!... ¡Mi pobre Juana!

Don Tomás.

Juana es la que a dos pasos de aquí agoniza en una miserable buhardilla: Juana, la que en el triste beso que te traigo, implora tu perdón.

Don Lorenzo.

¡Juana!... ¡Mi segunda madre!... ¡La que durante veinticinco años fue, para mí, madre verdadera! Pero ¿qué hablabas de perdón? ¿Qué de transigir con el mal? Ni perdonar es transigir, ni de mi perdón ha menester la pobre anciana. ¡Ella..., ella ser capaz!... ¡Imposible!

Don Tomás.

No tan imposible. Cuando la doncella que guardaba las joyas de tu madre dio parte al juez de la pérdida del magnífico medallón de brillantes, y se hicieron las primeras investigaciones, Juana negó tenerlo; y, sin embargo, averiguose que ella lo había arrancado de tus manos al perder tú el sentido, y dos días después fue sorprendida al dejar el medallón tras unos jarrones de porcelana. Redújosela a prisión, fue condenada, en cárcel infamante sufrió la pena de su delito, y solo tus influencias y tus eficacísimas recomendaciones pudieron devolverle, ya que no la honra perdida, la libertad al menos.

Don Lorenzo.

(Con exaltación). Y bien, yo digo que Juana acusada, que Juana en el banquillo del reo, que Juana en infamante reclusión, es inocente, y que la justicia humana se equivoca.

Don Tomás.

Las apariencias...

Don Lorenzo.

Engañan no pocas veces.

Don Tomás.

Y ¿cómo se explica?...

Don Lorenzo.

Alguna explicación tendrá; algún misterio hay aquí que ignoramos.

Don Tomás.

(A Ángela). Ya se lanzó a caza de misterios, y en busca de explicaciones sobrenaturales para un hecho que, a mi modo de ver, tiene sencilla y natural explicación en la flaqueza humana.

Don Lorenzo.

Pues yo sé que mi pobre nodriza era incapaz de acción tan baja. Yo la hubiera defendido, a no impedírmelo la enfermedad que sufrí a la muerte de mi madre; y cuando libre ya la pobre mujer, desapareció, lágrimas de verdadero dolor vertí por ella. Dios sabe si con afán la busqué por todas partes; Dios sabe si deseaba que viniese a mí..., y ella..., cruel..., ¿por qué no vino? No, Juana, mi buena Juana, no morirás sin que yo te estreche en mis brazos, sin que te devuelva tu beso de despedida. (Con agitación creciente. Toca un timbre, y sale un criado de librea). ¡Hola! ¡El coche!... ¡Al momento, al momento! Voy a traerla a mi casa..., ahora mismo... ¿No es cierto, Ángela, que debo traerla? ¿No es cierto, Inés?

Ángela.

En todo caso es una obra de caridad.

Don Lorenzo.

¡Es una justísima reparación! (Sale un momento por la puerta de la izquierda).

Don Tomás.

¡Es lo más bueno..., pero lo más cándido! Y creerá como artículo de fe todo lo que esa pobre anciana le cuente. Y él mismo la ayudará a inventar cualquier historia extravagante. ¡Ay, Ángela! Tenemos que hacer un escrutinio en esa librería como aquel donoso y grande que hicieron el cura y el barbero en la del ingenioso hidalgo.

Ángela.

¡Ah, si yo pudiera! (Vuelve a entrar don Lorenzo en traje de calle).

Don Lorenzo.

Ea, en marcha: tú vienes conmigo para ayudarme a traerla. (A Tomás).

Don Tomás.

Siempre estoy a tus órdenes.

Don Lorenzo.

Pero ¿crees que pueda venir?

Don Tomás.

Muere la infeliz de consunción, y lo mismo puede expirar allá en su buhardilla, que sobre los almohadones de tu coche, que al entrar en este, para ella encantado palacio. Posible es, sin embargo, que la reanime la alegría y que gane algunas horas de existencia.

Don Lorenzo.

Pues vamos allá. Adiós, Ángela; adiós, Inés.

Inés.

Adiós... Y luego..., ¿verás... a la duquesa?... (Con mimo).

Don Lorenzo.

Sí, hija mía, iré más tarde. Tú puedes esperar, la pobre anciana no; ella es primero.

Ángela.

¿Y casándose mi niña, usted me responde de que no corre ningún peligro? (Aparte a don Tomás).

Don Tomás.

Los del matrimonio, señora, que no son pocos. (Tomás y Ángela salen por el fondo hablando en voz baja. Detrás don Lorenzo e Inés: esta le despide en la puerta).

ESCENA IV.

Inés.

Vuelve al centro del escenario, alegre como una niña, batiendo palmas.

Inés.

¡Hoy mismo hablará a la duquesa! Me lo ha prometido, y él es muy formal; cumple siempre lo que promete. Pues claro, le hablará; ¡y mi padre habla tan bien! Vaya, como que es un sabio. La convencerá de seguro. Pues si un hombre como él no supiera convencer a esa señora de que yo debo casarme con Eduardo, ¿de qué le servía haber estudiado tanto? ¿Para qué tener tantos libros en francés, y en italiano, y en alemán, y hasta en griego? ¡Ciencia más inútil! Pero ca: de la duquesa hará él lo que quiera. Además, dicen todos que ella es una santa. ¡Pues no! Como que es la madre de Eduardo. Una santa: lo dicen todos. Pues si siendo santa no me deja casar con Eduardo, ¡buena santidad te dé Dios! ¿Para qué le sirve su santidad? Nada, nada: nos casaremos: digo que nos casaremos. (Breve pausa). ¡Si parece mentira; si parece un sueño! ¡No, Dios mío, si es un sueño, que no despierte jamás! Pero no es un sueño. Este es el despacho de mi padre. Esos son sus librotes. (Acercándose a uno de los estantes). Newton, Kant, Hegel, Humboldt, Shakespeare, Lagrange, Platón, Santo Tomás... Claro, si fuera un sueño, no me acordaría yo de todos esos nombres, ni ¿qué sé yo de tan ilustres señores? (Mirando por el balcón). Cuando repito que no es un sueño: allá fuera la lluvia que cae, y cae, y cae... ¡Qué cosa tan alegre es la lluvia! ¡Parece que el aire se convierte en barritas de cristal! Y allí en el espejo me veo yo. (Se acerca al espejo con mimo y coquetería). Yo soy, yo misma, bien me conozco. Yo con mi cara ovalada, que dice Eduardo que es ¡de un óvalo tan perfecto!... ¡Vea usted qué gusto tiene! Y con mis ojos pardos, que dice Eduardo ¡que son tan hermosos! No, para mentir diciendo cosas agradables no hay otro como él. Verdad es que en este momento con la alegría y con el calor de la chimenea brillan mis ojos de un modo... Yo quisiera ser muy bonita; más bonita todavía... para él..., para él, que no viene... ¡Cuánto tarda! Ahora que deseo yo que venga no ha de venir... Ya verá usted como no viene. ¡Ah, los hombres, qué egoístas son y qué malos!

ESCENA V.

Inés, Eduardo.

Inés.

(Saliendo a su encuentro). ¡Eduardo..., Eduardo!

Eduardo.

¡Inés de mi vida!

Inés.

¡Vaya una hora de venir!

Eduardo.

Siempre vengo a las dos. (Con tono sumiso).

Inés.

Y son las tres.

Eduardo.

¡Es posible! (Mirando al reloj). No, vida mía, las dos menos cuarto.

Inés.

Las tres. (Con autoridad).

Eduardo.

(Enseñándole el reloj). Las dos menos cuarto. ¿Te convences? (Señalando el reloj de la chimenea) Y en ese, la misma hora.

Inés.

(Ofendida). Bueno, bueno; tú tienes razón. ¡Qué amante tan fino que me regatea los minutos; que a toda hora le parece temprano para venir, y a toda hora tarde para separarse de su Inés; que sujeta los latidos de su corazón al volante de su cronómetro!

Eduardo.

(Suplicante). ¡Inés!...

Inés.

Vete... Vete... Si no son las dos todavía..., si faltan quince minutos... Te vas a la Carrera de San Jerónimo: das un paseo mirando la gente: y a las dos en punto vuelves.

Eduardo.

Inés...

Inés.

¡Si esa es la hora a que acostumbras venir! ¡Pues no faltaba más! ¿Qué diría el Observatorio astronómico si adelantases?

Eduardo.

Por Dios, perdóname..., he hecho mal.

Inés.

No, si quien ha obrado muy de ligero he sido yo. El deseo me adelantaba las horas... y tú, para castigarme, vas, y ¿qué haces? ¡Me pones delante de los ojos un cronómetro de Losada! (Haciendo con la mano el ademán brusco del que mete, como vulgarmente se dice, un objeto por los ojos). ¡Qué galán tan poético!

Eduardo.

Confieso mi culpa, y me arrepiento, y te pido mil veces perdón.

Inés.

Ya. ¿Lo confiesas? Más vale así.

Eduardo.

Es que venía tan contento, tan contento, con tanta alegría en el alma que ni supe lo que dije, ni aun ahora mismo sé lo que digo.

Inés.

Yo también fui injusta al acusarte, Eduardo; pero estaba tan alegre, tan alegre..., deseaba tanto que vinieses, que los instantes me parecían siglos.

Eduardo.

Has de saber, alma mía...

Inés.

(Sin escucharle). Tengo que darte una gran noticia.

Eduardo.

(Lo mismo). Que al fin somos dichosos.

Inés.

Ya lo creo: dichosos para toda la vida.

Eduardo.

¡Si parece mentira!

Inés.

Porque mi padre me ha prometido que hoy mismo, hoy mismo, ¿lo comprendes?... ¡Pero si no me escuchas!

Eduardo.

(Sin atenderla). Porque mi madre...

Inés.

¡Tu madre! ¿Qué?...

Eduardo.

Vendrá dentro de media hora a tratar de nuestro casamiento.

Inés.

¿Ella?... ¿La duquesa?

Eduardo.

(Con solemnidad cómica). La señora duquesa de Almonte tendrá el honor de pedir a los señores de Avendaño esta blanca mano (cogiendo la mano de Inés) para su hijo don Eduardo; aunque Eduardito ya se apoderó de ella, ya la apretó contra su corazón, y no sería fácil que la soltase aunque no se la dieran.

Inés.

¿Ella..., ella va a venir?... Bien decían todos. ¡Si esa mujer es una santa!

Eduardo.

Esa mujer es mi madre: me quiere con todo su corazón, y esta mañana me abracé a ella llorando, y llorando en mis brazos, cedió a mi ruego. En mucho tiene los gloriosos hechos de sus antepasados; religioso culto rinde al honor y prefiriera mi muerte a mi enlace con quien en su nombre llevara la menor mancha; pero aprecia en lo que vale a don Lorenzo, sus glorias científicas, que glorias son también; su...

Inés.

Bueno, bueno: basta ya de historias. De todo ello se deduce que vendrá hoy mismo, que nos casaremos muy pronto y que seremos muy felices, ¿no es verdad? Pues esto es lo que importa: es decir, lo que a mí más me importa: no sé si tú...

Eduardo.

Ingrata, ¿dudas de mí?

Inés.

No dudo; pero no es poca dicha que tu madre haya cedido, porque si no... Tú me quieres mucho, ya lo sé..., pero tu... A una madre se le debe respeto..., y si ella te hubiera dicho que no, como buen hijo que eres, ¿no es verdad, Eduardo?, no le hubieras dado un disgusto; y con mucho dolor de tu alma hubieras dejado a esta pobre Inés que te ama..., ¡ no lo oigas ingrato; que no lo oiga nadie!..., que te ama tanto, que sin ti..., ¡mira si es locuela!, se hubiera muerto de dolor.

Eduardo.

¡Inés mía!

Inés.

Conque ya ves si debo estar agradecida a tu madre; porque no es a ti, es a ella, a quien debo mi felicidad.

Eduardo.

¡Cruel! ¿Sabes tú lo que yo hubiera hecho ante los obstáculos, lo sabes tú?

Inés.

Sí; ceder, dejarme.

Eduardo.

Eso nunca; por nada, por nadie.

Inés.

Júramelo.

Eduardo.

¡Te lo juro por lo más sagrado!

Inés.

¡Cuánta dicha!

Eduardo.

¡Qué felicidad!

ESCENA VI.

Inés, Eduardo, Juana, don Lorenzo, don Tomás.

Juana aparece en la puerta del fondo, sostenida por Lorenzo y Tomás: se detiene un instante para tomar aliento y después avanza. Viste traje de color oscuro y muy pobre.

Eduardo.

(Volviéndose). ¡Qué grupo tan sombrío! ¿Por qué viene esa negra nube a empañar el azul de nuestro cielo?

Inés.

Es Juana: la nodriza de mi padre: ya verás qué novela: luego te la contaré.

Don Lorenzo.

Despacio, despacio, Juana.

Juana.

¿Quién es aquella señorita?

Don Lorenzo.

Inés, mi hija. Acércate, Inés. (Inés se aproxima. Eduardo la sigue).

Juana.

¡Qué hermosa! ¡Un ángel me parece! Que al cerrar yo los ojos para siempre vea un ser como tú a mi lado y será que estoy en el cielo.

Don Lorenzo.

Otro paso más.

Don Tomás.

Un esfuerzo todavía: el último. (Llegan hasta el sofá y en él sientan a Juana, quedando todos a su alrededor).

Juana.

Quisiera darle un beso. (Señalando a Inés. Inés se acerca aún más: Juana le coge una mano y la atrae a sí). No..., tu mano abrasa y mi aliento hiela..., no he de besarte..., fuera mi beso el beso de la muerte. (La separa dulcemente de sí y le suelta la mano). Con el pensamiento te besaré..., con los labios no.

Don Tomás.

(En voz baja a Inés y Eduardo). Vámonos. La pobre mujer desea hablarle a solas. (A Juana). Hasta luego y buen ánimo: acabaron ya las penas.

Juana.

Las de este mundo, sí.

Inés.

¡Pobre mujer! (Deteniéndose un momento para mirarla).

Eduardo.

Ven, Inés mía. (Salen Tomás, Inés y Eduardo por la derecha).

ESCENA VII.

Don Lorenzo, Juana.

Juana.

¿Se fueron ya? (Después de una pausa).

Don Lorenzo.

Sí, mi querida Juana; ya estamos solos.

Juana.

Al fin..., al fin llegó este instante tan deseado. Todo llega..., pero todo pasa. Oye, Lorenzo; la vida se va..., se va muy aprisa y antes he de decirte muchas cosas. Lo primero, que soy inocente; que yo... no pensé..., que yo... no quise..., que yo... (Acongojándose).

Don Lorenzo.

Lo sé, Juana..., lo sé.

Juana.

No lo sabes. Todo está contra mí..., todo.

Don Lorenzo.

Por Dios, no te agites: olvida, descansa.

Juana.

¿Olvidar? Sí, pronto olvidaré. ¿Descansar? Me queda tanto tiempo para descansar, que hoy quiero vivir..., aunque sufra, aunque llore..., quiero llevarme a la fosa lágrimas y besos y sollozos... para llenar aquel silencio y aquella soledad con algo que recuerde la vida. (Pausa). Por eso quisiera decirte una cosa... Pero ¿cómo, sin prepararte?, ¿cómo, sin que antes de la revelación venga la duda, y antes de la duda la sospecha, y antes de la sospecha el presentimiento, y antes del presentimiento ese no sé qué, sombra que proyecta en el alma algo que allá a lo lejos viene?... Tú no me comprendes, ni yo sé explicarme, aunque hace cuarenta años que estoy siempre con la misma idea: mira tú si yo debía explicar bien estas cosas.

Don Lorenzo.

Di lo que quieras; pero sin agitarte.

Juana.

Sí; lo diré. ¿Cómo he de morir yo sin decírtelo? En primer lugar, para que te convenzas de que yo no fui una miserable... la... dro... na... (Ocultándose el rostro).

Don Lorenzo.

Calla, calla... No pronuncies esa palabra.

Juana.

Y además..., porque abrirte mi corazón es el último consuelo que me resta. Perdóname, Lorenzo. ¡Los que van a morir son tan egoístas! Para ti será dolor horrible... lo que para mí ha de ser suprema dicha.

Don Lorenzo.

¿Cómo puede ser para mí dolor lo que es dicha para ti, mi buena Juana?

Juana.

¿Cómo puede ser?... Pues lo será; lo será, hijo mío... ¡Hijo mío!... Permíteme que te dé este nombre. ¿No te enfadas, verdad?

Don Lorenzo.

¡Por Dios, Juana!

Juana.

Bueno... Pues yo te llamaré hijo... y tú me llamas madre... Llámame madre. Alégrese el cielo o regocíjese el infierno, has de llamarme madre.

Don Lorenzo.

¡Madre mía!

Juana.

No..., así no..., no es de ese modo. ¡Cruel! (Arrojándose a Lorenzo para abrazarle, pero conteniéndose y cayendo en el sofá). ¡Insensata!

Don Lorenzo.

¡Pobre mujer! Delira.

ESCENA VIII.

Juana, don Lorenzo, Inés.

Inés entra corriendo y muy contenta por el fondo y se acerca a su padre. Viene agitada y apenas articula las palabras.

Inés.

Padre..., Padre... La duquesa... viene..., viene... ¿no adivinas?

Don Lorenzo.

¿Ella?

Inés.

Sí... Para tratar de aquello... Eduardo ha vencido.

Don Lorenzo.

¡Qué felicidad! ¡Inés mía!... Al fin quiso Dios...

Inés.

¿Estás contento?

Don Lorenzo.

¿Y tú? (Abrazándola).

Inés.

Yo..., si tú lo estás... Conque vamos..., vamos pronto.

Juana.

(Cogiéndose a Lorenzo). No..., no quiero que vayas; no has de dejarme.

Don Lorenzo.

Voy al instante. (A Inés).

Inés.

No tardes... Que no tardes... Si se ofende...

Don Lorenzo.

No temas: que la reciba Ángela allá en el salón... con toda solemnidad. Llevaré a Juana a su cuarto y saldré en seguida. (Sale Inés por el fondo).

ESCENA IX.

Juana, don Lorenzo.

Don Lorenzo.

(Queriendo llevarla, pero ella se resiste). Vamos, Juana, ven a descansar; luego hablaremos cuanto quieras.

Juana.

Luego no. ¿Y si muriese antes?

Don Lorenzo.

No pienses tal cosa. (Con impaciencia).

Juana.

Veinte años ha que no te veo, y ahora no me dejan estar contigo ni un solo instante. ¡Son muy crueles!

Don Lorenzo.

Después, mi buena Juana. (Queriendo levantarla).

Juana.

¿Y tú también quieres irte?... ¡Tú también! ¡Ah!, yo haré que te quedes conmigo.

Don Lorenzo.

¡Juana!

Juana.

Oye... esto no más; después vete, si quieres: yo, yo misma cogí el medallón.

Don Lorenzo.

¿Tú?

Juana.

Sí.

Don Lorenzo.

¿Para qué?

Juana.

Para que tú no lo vieses.

Don Lorenzo.

Y ¿por qué?

Juana.

Porque dentro había un papel, y en ese papel escritas por tu madre unas palabras, y esas palabras no quería yo que tú las leyeras.

Don Lorenzo.

Y ¿qué palabras eran?

Juana.

Estas: de memoria las sé: «Lorenzo, hijo mío; en el relicario que está a la cabecera de mi cama hay oculto, y en sobre cerrado, un pliego. Cuando yo muera, ábrelo, lee lo que en él, durante una noche de remordimiento, escribí, perdóname y que Dios te inspire».

Don Lorenzo.

«¡Perdóname y que Dios te inspire!» ¿Decía? (Con extrañeza).

Juana.

Sí.

Don Lorenzo.

Y además, he oído no sé qué de remordimiento. (Con creciente curiosidad).

Juana.

Remordimiento era la palabra. Ahora vete si quieres.

Don Lorenzo.

(Pensativo). No. (Pausa). ¿Y ese pliego?

Juana.

Que tu madre lo había escrito, no era un misterio para mí; dónde estaba oculto, he ahí lo que ignoraba. Que algo encerró en el medallón, bien me lo dijo mi tenaz vigilancia; y lo que el papel contenía bien lo adivinaron mis recelos. Por eso cogí el medallón. Era mi legítima presa: me había costado aquel secreto veinte años de lágrimas y de dolores que ni más amargas ni más intolerables se conciben.

Don Lorenzo.

¡Perdón..., remordimiento..., un secreto..., mi madre!... No adivino lo que quieres decir... Sombras confusas pasan por mi mente..., y así como relámpagos de angustia por mi corazón. Tú deliras, y me haces delirar.

Juana.

No.

Don Lorenzo.

¿Pero aquel pliego oculto en el relicario?...

Juana.

Fue mío, y tú no lo viste, porque no debías verlo. Como tu madre iba a morir, a ella ¿qué le importaba? Bien te lo dije: nada hay más egoísta que la muerte.

Don Lorenzo.

¿Pero ese pliego?

Juana.

Yo lo tengo.

Don Lorenzo.

¿Aquí?

Juana.

Aquí: (Llevando la mano al pecho) aquí: mira, es una hoja no más de papel, y sin embargo, ¡me pesa tanto sobre el corazón!

Don Lorenzo.

Pues he de verlo.

ESCENA X.

Juana, don Lorenzo, don Tomás por el foro.

Don Tomás.

¡Lorenzo... Lorenzo!...

Don Lorenzo.

¿Qué? (En tono brusco e impaciente). ¿Qué quieres?

Don Tomás.

Ha llegado la duquesa.

Don Lorenzo.

Sea en buen hora.

Don Tomás.

(Aparte). ¡Qué tono! (En voz alta). Ven a recibirla.

Don Lorenzo.

Ya iré.

Juana.

¡No me dejes, por Dios! ¡Por la salvación de tu alma! (En voz baja). Si supieras...

Don Tomás.

¿Vienes?

Don Lorenzo.

Sí..., pero..., pero no me hostigues... Digo que iré.

Juana.

No te vayas... y te lo diré todo..., todo. Te daré ese pliego..., el que escribió tu madre hace veinte años..., es su letra..., es su firma..., tú verás..., pero no me dejes.

Don Tomás.

(Cada vez más impaciente). ¡Vamos, Lorenzo!

Don Lorenzo.

Ya he dicho que iré..., iré luego... Yo sé cuándo debo ir. Ahora vete. (Aparte a Juana). Dame el pliego.

Juana.

Cuando se marche ese hombre. (Aparte a Lorenzo).

Don Lorenzo.

¡Vete! (Con violencia).

Don Tomás.

Pero la duquesa...

Don Lorenzo.

Que espere. ¿No hace ella esperar a nadie en sus antesalas? Pues mejores que las suyas son las mías.

Don Tomás.

¿Estás en tu juicio?

Don Lorenzo.

En el mío, sí; en el tuyo, no, que mal estuviera. Vete pronto.

Don Tomás.

¿Qué tienes, Lorenzo? (Acercándose a él con interés).

Don Lorenzo.

Nada, nada..., cansancio de oírte... ¡Déjame por Dios santo!

Don Tomás.

Bueno..., bueno..., pero, Señor, ¿qué le pasa a este hombre?

ESCENA XI.

Don Lorenzo, Juana.

Don Lorenzo.

¡Ya estamos solos!

Juana.

¡Lorenzo!

Don Lorenzo.

¡Qué! ¿Dudas? ¡Mira que te dejo!... ¡Prometiste darme ese papel! La ventura de mi hija me espera allí; y, sin embargo, una mano de hierro, la férrea mano de la implacable fatalidad, me tiene a tu lado. Considera, Juana, si estoy decidido a averiguar ese secreto.

Juana.

¡Lorenzo!

Don Lorenzo.

¡El papel!... ¡Pues que para mí lo escribió mi madre, es mío!

Juana.

No te incomodes conmigo, Lorenzo de mi alma. Aquí está... Este es... (Sacándolo del pecho).

Don Lorenzo.

Venga... (Queriendo cogerlo).

Juana.

Espera..., espera..., yo misma he de leerlo..., leeré más despacio que tú..., y de este modo... lo que... aquí dice no se te entrará de un golpe por los ojos...

Don Lorenzo.

Pues lee. ¡Vamos!

Juana.

Sí, Lorenzo mío; pero no mires; oye no más. (Colocándose de modo que Lorenzo no vea lo escrito en el papel). «Lorenzo, hijo mío, perdóname». (Leyendo).

Don Lorenzo.

¡Otra vez!

Juana.

(Sigue leyendo). «Conozco que se acerca el fin de mi vida, y los remordimientos han hecho presa en mí». (Pausa).

Don Lorenzo.

¡Sigue!

Juana.

«Quisiera decirte la verdad, y te amo demasiado para decírtela. Lee en estos reglones que mancho con mis lágrimas el secreto de tu existencia, y hágase después tu voluntad».

Don Lorenzo.

¡El secreto de mi existencia! ¡Dame! (Queriendo coger el papel).

Juana.

No.

Don Lorenzo.

¿Qué pesadilla es esta, Juana? ¿Qué círculo de hierro has puesto sobre mi frente que con intolerable presión me oprime las sienes?... Dame...

Juana.

¡No, por Dios!

Don Lorenzo.

¡Ha de ser! (Cogiendo el papel y leyendo con horrible angustia). «Tu padre era rico, muy rico; por millones, por muchos millones se contaba su caudal; yo era pobre: no tuvimos hijos». ¡No tuvimos hijos, dice!

ESCENA XII.

Don Lorenzo, Juana, Ángela, después Eduardo.

Ángela.

(Entrando precipitadamente). ¡La duquesa!...

Don Lorenzo.

(Da un grito de ira. Juana le arranca el papel y lo oculta). ¡Otra vez! ¡Vete!... ¿A qué vienes?

Ángela.

Lorenzo..., Lorenzo...

Eduardo.

(Entrando precipitadamente). ¡Don Lorenzo!

Don Lorenzo.

¿Tú también? ¡Idos!... ¡Idos todos!

Ángela.

¿Qué es esto, Dios mío? ¿Qué es esto? ¿Qué tienes, Lorenzo? Vuelve en ti.

Don Lorenzo.

Idos... Idos..., os lo suplico..., si es preciso de rodillas..., pero dejadme... ¡Ah! ¡El egoísmo humano!... ¡Piensan que no hay más que sus pasiones y sus intereses! ¡Tomás!... ¡Ángela!... ¡Eduardo!... ¡La duquesa!... ¡Todos! ¡Ah! ¡La gota de agua sobre el cráneo!

Eduardo.

Es que mi madre viene...

Ángela.

Es que la duquesa, impaciente de esperar, viene aquí...

Eduardo.

Dice que quiere buscar al sabio en su antro.

Don Lorenzo.

¡Pues que venga, pero vosotros dejadme! ¡Dejadme..., o me volveré loco de desesperación!

Ángela.

No, imposible: su madre de usted no puede verle en tal estado. (A Eduardo).

Eduardo.

Venga usted, Ángela; venga usted. Ganemos tiempo, detengámosla en la galería, y a ver si entretanto logra Inés calmarle. (Salen Ángela y Eduardo por el foro).