ESCENA XIII.
Don Lorenzo, Juana.
Don Lorenzo.
¡El papel!... Ese papel funesto, ¿dónde está?... Tú lo tienes...
Juana.
Sí. (Sacando el papel).
Don Lorenzo.
Pues dámelo... ¡No tuvimos hijos, decía! (Procurando leer, pero sin conseguirlo). ¿Dónde está?... ¡No sé! ¡No veo las letras! ¡Una nube me pasa por delante de los ojos! ¡No tuvimos hijos!... ¡No puedo!... ¡No puedo!... Lee tú..., por favor... (Juana toma el papel). Ahí..., ahí... donde dice «¡No tuvimos hijos!».
Juana.
(Leyendo). «Sabía mi esposo que una enfermedad incurable minaba rápidamente su existencia. El infeliz llevaba la muerte en el corazón. Loco de amor, quiso asegurarme toda su fortuna, y yo... hice mal, ahora lo conozco, hice mal porque él tenía padre, pero yo..., perdóname, Lorenzo, tú que eres tan bueno y tan honrado; yo acepté». (Pausa).
Don Lorenzo.
Sigue... Sigue...
Juana.
«Buscamos un niño..., no puedo, no puedo escribir más. Juana conoce este secreto. Juana te lo dirá todo. Una vez más te ruego que me perdones. Adiós, Lorenzo mío, y que él te inspire. Te he querido como a hijo, aunque no lo has sido nuestro».
Don Lorenzo.
¡Yo! ¡Yo! ¡Yo no era!... ¿Qué dice?... ¡Yo no era su hijo! ¡Yo llevo un nombre que no es mío! ¡Cuarenta años ha que gozo bienes ajenos! ¡Yo lo he robado todo!... ¡Posición social, apellido, riquezas! ¡Todo, todo! ¡Hasta las caricias de mi madre, porque no era mi madre!... ¡Hasta sus besos, porque yo no era su hijo!... ¡No! ¡Esto no es posible!... ¡Yo no soy tan miserable!... ¡Juana..., Juana..., por Dios vivo que me digas la verdad! Mira; ya no es por mí: sea de mí lo que Dios quiera: es por mi familia..., por esas desdichadas mujeres..., es por mi hija... por mi Inés de mi vida..., que se morirá..., ¡y yo no quiero que se muera! (Llorando con desesperación).
Juana.
Es verdad, sí; pero, calla... ¿Qué importa, si nadie lo sabe?
Don Lorenzo.
Pero ¿es verdad?
Juana.
Lo es. (En voz muy baja).
Don Lorenzo.
¡Pues parece mentira! ¡Aquella mujer que tanto me amaba no era mi madre!
Juana.
No. ¡Tu madre te amaba más!
Don Lorenzo.
Pues ¿quién era?
Juana.
¡Lorenzo!
Don Lorenzo.
¿Cómo se llama?
Juana.
Mírame sin cólera y te lo diré.
Don Lorenzo.
¿Dónde está?
Juana.
¡Luchando con las torturas de un infierno!
Don Lorenzo.
¿Murió también?
Juana.
¡Muriendo está! (En la última parte de este diálogo, Juana se levanta, y ella y Lorenzo forman un grupo agitado, ardiente, delirante. Al pronunciar ella la última frase, cae de nuevo y sin fuerzas en el sofá).
Don Lorenzo.
¡Juana!
Juana.
(Retorciéndose de angustia). ¡¡No, ese nombre, no!!
Don Lorenzo.
¡¡Madre!!
Juana.
¡¡Sí..., ese nombre, sí, hijo mío!! (Se levanta de nuevo por arranque supremo, y se abraza a Lorenzo).
ESCENA XIV.
Don Lorenzo, Juana, don Tomás.
Don Tomás.
Ya está ahí..., ya llega...
Juana.
(Desprendiéndose de los brazos de Lorenzo). Déjame..., vienen..., vienen..., que no me vean...
Don Lorenzo.
¡No..., espera..., yo no sé qué voy a decirte... pero tengo que decirte muchas cosas!...
Juana.
Luego... Adiós... ¡Ya puedo morir! ¡Le llamé hijo! (Juana se dirige lentamente a la puerta de la derecha: Lorenzo la sigue: Tomás en observación en el fondo).
Don Lorenzo.
No, todavía no... (Juana desaparece tras los cortinajes; Lorenzo quiere entrar; Tomás acude desde el fondo y le detiene a la fuerza, cerrándole el paso y obligándole a retroceder. La actitud de Lorenzo en esta escena y en la siguiente queda encomendada al talento y a la inspiración del actor).
ESCENA XV.
Don Lorenzo, Ángela, Inés, Duquesa, Eduardo, don Tomás.
Los nuevos personajes vienen por el foro.
Duquesa.
¿El señor de Avendaño? (Con exquisita cortesía. Pausa).
Don Lorenzo.
¡Avendaño!... ¡Avendaño!... No sé dónde está, señora. (Con voz triste y sombría, y con cierta distracción).
Ángela.
¿Qué dice? (Aparte).
Inés.
Pero ¿qué es esto, Dios mío? (Aparte).
Duquesa.
Comprendo, señor de Avendaño, el disgusto que mi presencia le causa... Vengo a arrebatarle la prenda más querida de su alma (Señalando a Inés), y no extraño en verdad que me trate usted como a enemiga. (Con dulzura).
Don Lorenzo.
¡Enemiga mía es la suerte, nadie más!
Inés.
Pero ¡Dios mío! (Aparte).
Duquesa.
Tiene usted razón: encarnizada enemiga es de los padres.
Don Lorenzo.
¡Y más aún de los hijos!
Duquesa.
No lo niego; pero en fin, leyes divinas son estas que gobiernan los dolores humanos, y fuerza es respetarlas. (Procurando dar otro giro a la conversación, pero sin conseguir dominar su extrañeza).
Don Lorenzo.
¡Ay, señora, que esas leyes divinas son más crueles a veces que si fueran obras de la crueldad humana! (La Duquesa hace un vivo movimiento de impaciencia. Eduardo se acerca a ella; Inés a su padre: Ángela y Tomás observan con asombro).
Inés.
(Aparte a don Lorenzo). ¡Por Dios, padre!
Eduardo.
(Aparte a la Duquesa) ¡Madre, madre, por mí!
Duquesa.
(Con altivez y entonación un poco seca). Soy madre; adoro a mi hijo; sé que su felicidad es imposible si no la comparte con esta señorita; y a perder un hijo, prefiero tener dos.
Inés.
¡Ves qué buena, padre mío! (Aparte a don Lorenzo).
Don Lorenzo.
¡Perder un hijo es horrible desdicha!
Duquesa.
¿Quiere usted dar al mío el nombre de hijo también? (Con dulzura y adelantándose hasta don Lorenzo).
Inés.
(Con angustia y en voz baja). Contesta, padre.
Don Lorenzo.
(Se queda mirando a su hija, le coge la cabeza entre las manos y de nuevo la contempla con pasión). ¡Qué hermosa eres! ¡Imposible parece que tú no puedas más que la ley del honor!
Duquesa.
(Sin poder ya dominarse). En suma, señor de Avendaño: ¿quiere usted que mi hijo, el duque de Almonte, dé su nombre a la señorita Inés?
Don Lorenzo.
(Con sublime violencia). ¡Si yo fuera un infame, buena ocasión de dar nombre ajeno a quien no lo tiene propio!
Inés.
¡Padre!
Ángela y don Tomás.
¡Lorenzo!
Duquesa.
He de confesar lealmente que ni comprendo sus contestaciones de usted, ni su actitud, que es muy otra de lo que yo esperaba, y me limito a preguntarle por última vez: ¿acepta usted?
Don Lorenzo.
Yo soy un hombre honrado: la desgracia podrá vencerme, no mancharme. Señora duquesa de Almonte, ese matrimonio es imposible.
Duquesa.
¡Ah! (Sintiéndose herida, y retrocediendo un paso).
Inés.
¿Qué dices?... ¡Padre!... ¡Imposible!
Don Lorenzo.
¡Imposible, sí!... ¡Porque no soy Avendaño; porque mis padres no eran mis padres; porque esta casa no es mi casa; porque no puedo darte, hija de mi alma, más que un nombre escarnecido y manchado; porque soy el más infeliz de los hombres y no quiero ser el más miserable!
Inés.
¡Padre, padre!... ¿Por qué me matas? (Cae en el sofá).
Ángela.
¿Qué has hecho, insensato?
Don Lorenzo.
¡Inés!... ¡Inés!... ¡Venciste, Dios mío, pero ten compasión de mí! (Todos rodean a Inés).
FIN DEL ACTO PRIMERO.