ACTO SEGUNDO.
La misma decoración del acto anterior. Es de noche. La chimenea está encendida: hay una vela con pantalla sobre la mesa de despacho.
ESCENA PRIMERA.
Eduardo.
Aparece escuchando a la puerta de la derecha; después viene al centro.
Eduardo.
Nada se oye. ¿Habrá vuelto en sí? ¡Oh, Dios mío, y en esta vida, qué cerca de la vida está la muerte! (Pausa). ¡Y piensan que he de renunciar a mi adorada Inés! ¡Suponen que yo he dar crédito a esa ridícula historia que don Lorenzo refiere! ¡Pobre sabio!, ¿qué sabe él lo que se dice? (Breve pausa). Y aun siendo cierto lo que afirma, ¿dejaría de ser Inés la más hermosa y la más amante de las mujeres? Será mía aunque tenga que arrastrarme a los pies de mi madre y regarlos de lágrimas: cederá don Lorenzo aunque tengamos que ponerle una mordaza y una camisa de fuerza; y esa pobre mendiga, que con sus delirios contagió al desatentado filósofo, se irá de aquí, se irá lejos, muy lejos de nosotros. ¡Con tal que Inés resista el golpe que recibió de su padre! (Acercándose otra vez a la puerta y escuchando). Nada..., nada: silencio, siempre el mismo silencio. (Volviendo al centro del escenario). Su padre... ¡Ah, su padre! Dios me perdone, pero casi le aborrezco. (Exaltándose por grados). ¡Insensato, y cómo se complacía en torturarla! ¡Su padre, sabio sin seso, ateo con pujos de santidad, nuevo don Quijote con el ingenio de menos y la pedantería de más, falso caballero Bayardo de la honradez! ¿Qué padre es ese que desgarrando el corazón de una hija pretende ganar reputación de virtud? ¡Fuera la virtud así, y me pareciera más simpático el crimen! Nadie viene..., y pasan las horas... Alguien se acerca.
ESCENA II.
Eduardo, Duquesa por la derecha.
Eduardo.
¡Madre mía!... ¿Inés, cómo está Inés?... ¿Ha vuelto en sí?
Duquesa.
Al fin, a Dios gracias. ¡Pobre niña! No he querido marcharme hasta que pasara el peligro; pero ya está bien. Y ahora, hijo mío...
Eduardo.
Ahora he de verla.
Duquesa.
¡Eduardo!
Eduardo.
Y después hemos de hablar a don Lorenzo; y después...
Duquesa.
Y después has de concluir con mi paciencia. He hecho por ti cuanto el decoro, la dignidad y los respetos sociales me han permitido, y algo más; pero ha llegado el instante de que te muestres hombre, de que recuerdes quién eres, y de que escuches la voz del deber.
Eduardo.
Bien dices: haré lo que hacer deba; pero no sé, y perdóname, madre mía, si entendemos el deber del mismo modo.
Duquesa.
Debes renunciar a Inés para siempre.
Eduardo.
¿Por qué? ¿Porque es pobre?
Duquesa.
No es eso.
Eduardo.
Entonces ¿por qué, madre mía? ¿Porque don Lorenzo intenta tan sublime acción que, si la realiza, ha de eternizarse su nombre en libros y en historias, y hasta quién sabe si alcanzará puesto en el calendario?
Duquesa.
Buen humor gastas, y no es esta mala señal.
Eduardo.
Quiero probarte que conservo toda mi sangre fría. Y por lo demás, a don Lorenzo hay que tomarle en broma, o hay que encerrarle en una casa de orates.
Duquesa.
No digas esas cosas, Eduardo: no me gusta que hables de ese modo. Aunque hay algo de exagerado, no poca precipitación, y cierto alarde melodramático en los proyectos de don Lorenzo, no puede desconocerse que su conducta es la de un hombre de bien.
Eduardo.
Porque se goza en la desventura de su hija.
Duquesa.
Porque cumple leyes divinas sin respeto a pasiones humanas.
Eduardo.
Pues si tan honrado es don Lorenzo y el brillo de acciones nobles se hereda, rico en nobleza heredada viene a ser el ángel de mi vida.
Duquesa.
Y rico en heredada deshonra también. (En voz baja con energía, y acercándose a su hijo). Inés no tiene un nombre bueno o malo que llevar, porque se ignora cuál es el de su padre, y el de esa mujer está en los infames registros de una casa de corrección por delito de robo.
Eduardo.
¡Calla!
Duquesa.
Ser nieta de una humilde nodriza, cómplice de usurpación de estado civil, es el bello ideal de esa pobre niña, si lo que don Lorenzo afirma es cierto. Será tal vez exceso de orgullo aristocrático rehusar tan noble alianza, pero así me han hecho las que tú, educado a la moderna, consideras rancias preocupaciones.
Eduardo.
Pues bien, madre. Yo amo a Inés.
Duquesa.
Loco estás, hijo mío.
Eduardo.
Locura dicen que es el amor; conque no es maravilla que lo esté.
Duquesa.
Sí, lo estás, y a mí misma me haces perder el juicio.
Eduardo.
¿Prefieres perderme a mí?
Duquesa.
Basta, Eduardo: salgamos de esta casa donde en mal hora entraste por vez primera.
Eduardo.
Pero dime; ¿no es Inés un ángel?
Duquesa.
Ángel del cielo me pareció la pobre niña al llegar; ángel de dolor, al dejarla.
Eduardo.
¿No confiesan todos que don Lorenzo es un sabio, y no dices tú que es un santo?
Duquesa.
Injusticia fuera negarle clarísimo talento y honradez intachable.
Eduardo.
¿Luego no está el mal en ellos?
Duquesa.
No lo está.
Eduardo.
Pues el escándalo ¿no puede evitarse? (Acercándose a su madre, y en voz muy baja). ¿Quién conoce esa desdichada historia, verdadera o falsa, que más falsa que verdadera me parece? Nosotros..., y callaremos. Don Tomás, y es como de la familia. Esa infeliz mujer, y en breves horas un eterno silencio sellará sus labios. Don Lorenzo, y al fin es padre y hará por su hija lo que tú no quieres hacer por mí. ¡Oh, madre mía!, ¿a qué buscar la desesperación y la muerte cuando está la dicha en nuestras manos?
Duquesa.
Pero ¿lo ves, desdichado? ¿Ves cómo el contacto del crimen pervierte los más nobles caracteres? ¿No conoces que me propones una infamia, que me quieres hacer cómplice de una felonía? Dios mío, ¿qué han hecho de mi hijo que tales cosas dice y tales ideas acaricia?
Eduardo.
Pero ¿quién habla de infamias ni quién propone felonías? ¿Es que don Lorenzo nos hace a todos perder la razón, o es que te deleita mi martirio?
Duquesa.
Pero ¿no hablabas de evitar el escándalo con el silencio?
Eduardo.
Sí.
Duquesa.
¿Pues entonces?...
Eduardo.
Escucha, madre, lo que yo dije o lo que quería decir. Si la historia de don Lorenzo es cierta, que lo dudo, se busca con sigilo y con cautela a los legítimos herederos de esa maldecida fortuna, y de ella se les hace donación en cualquier forma.
Duquesa.
Pero ¿con qué pretexto?
Eduardo.
Para pedir no fuera fácil encontrarlo; para dar no temas que nos falten y todos han de parecer igualmente buenos al que reciba.
Duquesa.
Pero Inés llevará un nombre que no le pertenece.
Eduardo.
Llevará el mío, que vale por todos.
Duquesa.
¡Ah, en eso razón tienes! Pero don Lorenzo...
Eduardo.
Déjale en paz, que harto tiene que hacer con sus filosofías. Pensemos en nosotros, y piensa que todo, todo puede arreglarse si tú consientes. Una palabra tuya da la vida a la pobre Inés: nueva vida me da, que con tu crueldad me arrancabas la que me diste con tu amor; devuelve la dicha a esta infeliz familia; y sin escándalo, ni ostentación, ni aparatoso alarde pasan a sus legítimos dueños las usurpadas riquezas. ¿Dónde están aquí la infamia y la felonía?
Duquesa.
Me fascinas, Eduardo, no sé qué decirte; pero una voz interior me advierte que esto no es lo justo ni lo recto; que la ficción nunca es preferible a la verdad; que en don Lorenzo, a pesar de sus delirios, triunfa el deber; que en ti, a pesar de tus argucias, la pasión triunfa.
Eduardo.
Pero ¿por qué? Contéstame.
Duquesa.
No sé discutir contigo, Eduardo.
Eduardo.
Lo que no sabes es quererme.
Duquesa.
¡Que no te quiero! ¡Cruel! ¡No lo crees tú al decirlo, pero el corazón se me oprime al escucharlo!
Eduardo.
Pues cede.
Duquesa.
¡Hijo mío, por Dios!
Eduardo.
Vas a ceder, bien lo veo: tu frente está pálida: en tus ojos hay lágrimas: tiemblan tus labios. (Con voz cariñosa). Es que ya se agitan para decirme que sí; ¿y por qué no? En lo que yo he pensado ¿hay alguna cosa que no armonice por manera absoluta con ese ideal de perfección moral que tú y don Lorenzo acariciáis? ¿Hay en mi plan algo malo?
Duquesa.
Sí, Eduardo.
Eduardo.
¡Será tan poco! ¡Un átomo, una sombra, un escrúpulo! ¿Y no merezco yo la pena de un pecadillo venial? Busca en el pueblo, a quien a veces tratas con harto desdén y del que te separa como abismo profundo tu aristocrática educación, busca una madre y pregúntale si por la vida de su hijo no ahogaría en un grito de amor todos esos refinamientos de conciencia.
Duquesa.
¡Es que lo que otra madre haga soy yo capaz de hacerlo! (Con apasionado arranque).
Eduardo.
(Abrazándola). ¡Gracias, gracias, madre mía!
Duquesa.
Pero...
Eduardo.
Lo has dicho, lo has dicho. (Sin dejarla hablar). Y además tal vez nada de esto sea necesario. ¿Quién nos asegura que la historia de don Lorenzo es cierta? ¿Qué pruebas materiales hay? Ninguna, que sepamos. El dicho de una mujer que agoniza y delira. ¿Y esto basta?
Duquesa.
No, en verdad.
Eduardo.
Pues ni aun esto tenemos: porque todavía don Tomás no ha podido interrogar a Juana. ¿Sabemos si ella lo dijo o si don Lorenzo lo soñó? ¡Ah, la cabeza de don Lorenzo no está segura!
Duquesa.
No lo está, no.
Eduardo.
¡Qué exaltación, qué extravío!
Duquesa.
Yo pensé que se había vuelto loco.
Eduardo.
Y lo estará. Estos sabios concluyen por locos todos ellos. El mismo don Tomás reconoce, la misma Ángela confiesa que don Lorenzo no discurre como otros hombres.
ESCENA III.
La Duquesa, Eduardo, Ángela por la derecha.
Ángela.
Por Dios, señora, no nos deje usted todavía. Inés quiere verla; la llama a usted anegada en llanto: usted es su único consuelo.
Duquesa.
¡Pobre niña!
Ángela.
Dejó el lecho sin que pudiéramos evitarlo, porque su agitación nerviosa es tal que infunde miedo, y quiso venir a buscar a usted, pero le faltaron las fuerzas. Vaya usted, por Dios, duquesa, a consolar a mi hija: a usted que es madre cariñosa, otra madre muy desgraciada se lo ruega.
Eduardo.
¿Y le vas a decir que todavía hay esperanza, que todo depende de don Lorenzo, no es verdad?
Ángela.
¡Cómo! ¿Será cierto? ¡Ah, señora! (Se acerca a la Duquesa y le coge las manos con efusión).
Eduardo.
Sí, yo le explicaré a usted... (A Ángela). Conviene que hable usted al alma a su esposo.
Duquesa.
Pero... (Eduardo sin atender a su madre se separa a un lado con Ángela, y los dos hablan en voz baja). ¡Este Eduardo, este hijo mío (Aparte) hace de mí cuanto quiere! ¿Qué le digo yo a la buena señora, si él asegura que ya estoy conforme?... ¡Ah, qué cabeza!... Y la niña es hermosa como un ángel y simpática como ninguna. ¡Pobre Inés! Y don Lorenzo posee..., o poseía una fortuna regia... ¡Ah, grandezas y vanidades humanas!
Ángela.
Comprendo... Comprendo. (A Eduardo: después se vuelve a la Duquesa). ¡Cómo le agradezco a usted tanta bondad! Lleve usted pronto la buena nueva a mi pobre Inés: yo entretanto procuraré que Lorenzo consienta, y consentirá. Sí: es preciso. O no tiene corazón, o ha de consentir.
Eduardo.
Vamos, madre.
Duquesa.
(¡Cómo ha de ser!)
Eduardo.
¡Qué buena eres! (Salen por la derecha la Duquesa y Eduardo).
ESCENA IV.
Ángela, don Lorenzo, este último por la izquierda.
Don Lorenzo.
Ahí mi madre que expira..., y allá aquel pedazo de mi alma... ¿Qué hacer, Dios mío? (Se dirige lentamente a la puerta de la derecha, pero en el momento de entrar, Ángela le cierra el paso).
Ángela.
¿A dónde vas, Lorenzo?
Don Lorenzo.
A ver a mi hija.
Ángela.
Imposible... Ya volvió en sí y tu presencia pudiera causarle mucho mal; tanto, por lo menos, como el que tus palabras le causaron.
Don Lorenzo.
Es que yo quiero verla.
Ángela.
Es que no debes verla; y ya que en ti el deber siempre impera, no por mi voluntad, que nada es ante la tuya, por tu propia y reflexiva voluntad (Con ironía) respetarás el solitario llanto de la pobre Inés.
Don Lorenzo.
Tienes razón. (Pausa. Vienen los dos al centro del escenario). ¡Hija de mi alma! ¿Qué dice de mí?
Ángela.
Nada.
Don Lorenzo.
¿No me acusa?
Ángela.
No sé lo que en el fondo de su alma murmurará el dolor.
Don Lorenzo.
¡Ser yo su verdugo! ¡Yo destruir todas sus esperanzas! ¡Haber desgarrado yo su corazón!
Ángela.
Conciencia perfecta tienes de tu obra, Lorenzo. Menos malo, si a la reparación te ayuda el remordimiento.
Don Lorenzo.
¡Desdichado de mí!
Ángela.
¡Tú desdichado! La desdichada es ella, no tú, que en la contemplación de tus perfecciones morales y altas virtudes encontrarás de seguro goces inefables y divinos consuelos. (Con ironía).
Don Lorenzo.
¡Qué mal me juzgas, y qué mal me comprendes!
Ángela.
¡Juzgarte mal, y admiro humildemente los frutos de tu santidad! ¡No comprenderte! En esto sí que dices bien, que seres superiores, como tú, no están al alcance de pobres inteligencias como la mía. (Con sarcasmo).
Don Lorenzo.
Tus palabras, Ángela, se me clavan como agudos puñales en el corazón.
Ángela.
¿En el corazón? ¡Imposible!
Don Lorenzo.
Pero ¿qué querías que hiciese? Habla, aconseja, resuelve, da luz a mi espíritu que en tinieblas se agita.
Ángela.
¿Qué quería que hicieses? Lo que ahora quiero. Que salves la vida de tu hija. Que no pongas más obstáculos a su boda. Que no irrites el orgullo de la duquesa con brutales e inútiles revelaciones. Que no hagas imposible con un nuevo escándalo el remedio del daño que causaste.
Don Lorenzo.
En puridad; tú quieres que calle.
Ángela.
Sí, que calles.
Don Lorenzo.
Pero eso sería infame.
Ángela.
No lo sé: siento; no discuto.
Don Lorenzo.
Es que todo mi ser se subleva ante esta idea. ¡Yo, cómplice del más repugnante de los delitos, porque es el más cobarde! ¡Yo, gozando riquezas usurpadas, y nombres postizos, y dichas que no son nuestras porque Dios no quiso que lo fuesen y pues Él no lo quiso no deben serlo! ¡Inés, y tú, y yo, y todos, encharcados en el fango! ¿Es esto lo que me aconsejas? (Exaltándose por grados). Entonces la virtud es una mentira: entonces vosotras, los seres que yo más amé en el mundo, porque en vosotras veía algo divino, sois miserables egoístas, repulsivas al sacrificio, presas de la codicia, juguetes de la pasión: entonces... ¡sois tierra y no más que tierra! ¡Pues si sois tierra, deshaceos en polvo, y arrástrenos a todos el viento de la tempestad! (Con extrema violencia).
Ángela.
¡Lorenzo!
Don Lorenzo.
¡Seres sin conciencia y sin albedrío son átomos que hoy se juntan y que mañana se separan! ¡Allá va la materia, dejadla ir!
Ángela.
¡Tú deliras, Lorenzo! ¡Yo no te comprendo! ¡Yo no sé lo que quieres!
Don Lorenzo.
Respetar la justicia y la verdad.
Ángela.
¿La verdad?
Don Lorenzo.
Sí.
Ángela.
¿Y la dirás en voz alta a todo el mundo?
Don Lorenzo.
La diré.
Ángela.
¿Y nos dejarás en la miseria?
Don Lorenzo.
Ganaré vuestro sustento y el mío con mi trabajo.
Ángela.
¿Ganar tú? ¡Vanidad de sabio! Pero sea. Oye, Lorenzo. Si esas riquezas no son tuyas, devuélvelas enhorabuena. (Lorenzo da un grito de alegría y se acerca con los brazos abiertos a Ángela). Ni las privaciones me asustan, ni soy la mujer miserable y egoísta que tú pintabas ha poco.
Don Lorenzo.
Ángela, mi buena Ángela, perdóname.
Ángela.
¿Quieres mi perdón? ¿Quieres que siga bendiciendo, como siempre bendije, la hora en que fui tu esposa?
Don Lorenzo.
Sí.
Ángela.
Pues bien; cumple como hombre honrado; pero en el silencio, con prudencia, sin ruido, sin ostentación, sin escándalo.
Don Lorenzo.
¿Y para qué? Si no querrá la duquesa, ni aun de ese modo, que Eduardo sea el esposo de mi hija.
Ángela.
Eduardo responde del consentimiento de su madre.
Don Lorenzo.
No cederá.
Ángela.
Cederá: es mujer; es madre. No todos alcanzan tu perfección.
Don Lorenzo.
No lo creo.
Ángela.
¿Es que no lo crees, o es que lo temes?
Don Lorenzo.
Mas suponiendo que cediese, ¿cómo he de conservar un nombre que no es mío?
Ángela.
¡Ah miserables sutilezas, a las que sacrificas la vida de Inés!
Don Lorenzo.
Un nombre, Ángela, es en la vida social...
Ángela.
Un nombre es un sonido, aire que se agita, algo que pasa; ¡vanidad humana! Y una hija es un ser que está hecho de nuestra propia carne y de la sangre de nuestras propias venas; un ser que al brotar de la nada recogimos en nuestro seno, y que al venir al mundo recibimos en nuestros brazos; que nos dio su primera sonrisa y su primer beso y su primer llanto; que vivió de nuestra vida, y fue a la par nuestro placer más puro y nuestro más agudo dolor; un ser a quien amamos más que a nosotros mismos, pero sin la levadura egoísta que afea todos nuestros demás amores; único amor divino que existe en la tierra y que si el cielo es cielo, allá tras lo azul y en el mismo Dios existirá también. Escoge ahora, ¡impío!, entre lo que tú llamas un nombre y lo que yo llamo una hija.
Don Lorenzo.
Tus palabras me enloquecen, Ángela.
Ángela.
Pues enloqueciste para tormento de Inés, ¿qué mucho que enloquezcas para su dicha?
Don Lorenzo.
Ángela..., Ángela..., en parte... sí..., tienes razón... soy un pobre demente..., mis escrúpulos son quizá exagerados. ¡Mi hija, mi Inés, tan buena, tan hermosa! ¡Y moriría..., sí..., moriría!...
Ángela.
Al fin... ¡Lorenzo, mi buen Lorenzo!
Don Lorenzo.
Pero aguarda..., no..., mis ideas se confunden... ¡un torbellino de fuego gira dentro de mi cráneo! Sin embargo, aun así comprendo que no basta renunciar a los bienes que poseo; es preciso que diga por qué renuncio a ellos.
Ángela.
¡Lorenzo!
Don Lorenzo.
(Sin escucharla y como hablando consigo mismo). De otro modo devuelvo materialmente bienes también materiales, es verdad; pero sin reconocer el legítimo derecho de las personas a quienes he despojado; restituyo, pues, traidora y cobardemente, y a la sombra de otro derecho artificioso y vano que para comodidad mía y beneficio de mi familia yo forjé con malas artes, lo que debí restituir en toda su integridad.
Ángela.
¡Cuántas palabras altisonantes, Lorenzo!
Don Lorenzo.
(Sin atenderla). Al conservar un nombre que no es mío soy un miserable ladrón, es preciso decirlo por más que la palabra me queme los labios. Robo un nombre y un derecho; privo a mis víctimas de sus más poderosos medios de defensa contra la codicia que en cualquier tiempo pueda despertarse en mis sucesores, y doy quizá ocasión en lo futuro a nuevas iniquidades. ¿Lo ves?... ¿Lo ves, mujer ciega? Hay que decir la verdad, toda la verdad, en voz alta, suceda lo que quiera.
Ángela.
¡Lorenzo!
Don Lorenzo.
Un juez, un tribunal ¿me despojaría por su sentencia solo de mis bienes, o de mis bienes y de mi nombre a la vez? De todo, de todo, ¿no es verdad? Pues lo que un juez hiciera debo hacerlo yo, juez de mí mismo, o soy un miserable. Ahí tienes, ahí tienes, desdichada, lo que me grita la conciencia. No, yo no quiero ser honrado a medias, porque en todo aquello en que no sea enteramente honrado seré infame por entero. ¡Ah!, estas cosas son muy claras: nada más claro que el deber.
Ángela.
Pero entonces, siendo el hecho público, la duquesa no consentirá.
Don Lorenzo.
No consentirá: ya te lo decía yo.
Ángela.
¡Ah! ¡Lorenzo, Lorenzo; lo eres todo: filósofo, moralista, jurisconsulto y, por de contado, hombre de bien! ¡Todo, todo..., miserable máquina de pensar, todo menos padre!
Don Lorenzo.
Quieres volverme loco, y has de conseguirlo.
Ángela.
Ya no es posible.
Don Lorenzo.
¿Lo estoy?
Ángela.
Lo estás, y cuenta que no has llegado a lo más profundo del abismo. Óyeme, que yo también entiendo algo en esto de la lógica: al fin soy tu mujer. ¿Vas a decir la verdad, toda la verdad?
Don Lorenzo.
Toda.
Ángela.
¿A la justicia humana?
Don Lorenzo.
A la justicia divina inútil me parece, que ya en este momento nos está juzgando a los dos.
Ángela.
Compréndeme, Lorenzo. Quiero decir si repetirás todo lo que nos contaste, ha poco, al juez, al escribano, ¿qué se yo?, a los que han de recoger estos bienes que tú abandonas y han de entregarlos a sus dueños.
Don Lorenzo.
Sí, a esos.
Ángela.
¿Y referirás toda la historia?
Don Lorenzo.
Preciso será.
Ángela.
Pues atiende. Tendrás que decir que esa mujer, tu nodriza Juana, es tu madre.
Don Lorenzo.
De ese modo lavaré la mancha que sobre ella arrojó una sentencia inicua. Bastara esto solo para que el silencio que me aconsejas fuera un crimen.
Ángela.
Y esto solo basta para que sea un deber el silencio. ¿No ves, desdichado, que si Juana es inocente del delito que se le imputó, es reo de un delito mayor? ¡Usurpación de estado civil se llama! Bien lo sabes. Falsificar la familia, que es escarnecerla y destruirla; arrancar un inmenso caudal a sus legítimos dueños, que es algo más que recoger del suelo un medallón; cubrir un nacimiento ilegítimo con un nombre honrado, que es envolver en manto de armiño la podredumbre del vicio. Si Juana es tu madre, todo esto ha hecho Juana, y en su maldad ha persistido durante cuarenta años.
Don Lorenzo.
(Separándose de Ángela y oprimiéndose la cabeza con las manos). ¡Calla, calla, por Dios santo!
Ángela.
Eso te pido yo: ¡calla!
Don Lorenzo.
¡Es mi madre!
Ángela.
¿Y qué importa? Quien inmola a la hija inocente, ¿por qué ha de respetar a la madre culpable? ¿No son superiores las leyes divinas a las leyes humanas? ¿No es lo primero la justicia, el deber, la verdad? ¿No han de prevalecer los fueros del alma sobre las flaquezas de la carne?
Don Lorenzo.
Tienes razón; pero aun teniéndola, deliras. (Huyendo de Ángela).
Ángela.
¿Por qué? Mira que vas siendo tan vulgar y tan débil como esta pobre madre. ¿No exige el deber que dejes morir a tu hija? Pues muera. ¿No exige que tú mismo arrastres a Juana moribunda al calabozo? Pues allá con la anciana. Ya ves como yo también entiendo de estas cosas: ya ves como tengo yo también mi lógica.
Don Lorenzo.
¡Lógica del infierno!
Ángela.
Y la tuya ¿de qué sublime esfera descendió?
Don Lorenzo.
(Huyendo de Ángela). Déjame..., déjame..., no puedo más. ¡Inés de mi alma! ¡Madre mía!... ¿Qué mal te hice, Ángela, para que así me atormentes? (Viene a caer ya sin fuerzas en el sillón inmediato a la mesa). ¡Ah, mi cabeza, mi cabeza arde!
Ángela.
Lorenzo..., Lorenzo... (Con dulzura).
Don Lorenzo.
Sí: tienes razón... Sí: soy un pobre demente... ¿Qué sé yo lo que debo hacer?... ¡Todo es sombra! ¿Qué es la verdad, qué es la mentira?
Ángela.
(Aparte). Fui muy cruel, pero salvé a mi hija: no hablará. (Lorenzo está sentado, desplomado más bien, en el sillón; tiene los brazos sobre la mesa y en las manos oculta el rostro. Ángela se acerca a él con cariño y le habla con dulzura). Lorenzo, perdóname.
Don Lorenzo.
¡Vete, vete por Dios!
Ángela.
Quise mostrarte el abismo en que caías: quise salvar a Inés; quise salvarte a ti de tus propios furores.
Don Lorenzo.
Sí..., sí, Ángela..., lo comprendo..., pero déjame.
Ángela.
¿Me perdonas?
Don Lorenzo.
Te perdono..., y te amo... ¡Pobre Ángela, tú también padeces! Pero deseo estar solo.
Ángela.
Pues bien, me voy; pero no te aflijas: ya buscaremos camino de salvación. Diré a Inés que quieres verla ¿No deseas estrecharla contra tu pecho?
Don Lorenzo.
Si ella quiere... (Con tono sumiso).
Ángela.
Pues espérame aquí: vendré a llamarte, y allá, cerca de nuestra pobre niña, todos reunidos, animados del mismo deseo, aunando nuestras voluntades, tú has de ver cómo vencemos la fatalidad que hoy nos abruma.
Don Lorenzo.
La venceremos..., sí, la venceremos... (Repitiendo lo que oye sin saber lo que dice).
Ángela.
Adiós... y no me guardes rencor.
Don Lorenzo.
¡Rencor!... ¡A ti!
Ángela.
¡Adiós!
ESCENA V.
Don Lorenzo.
Sentado a la mesa y con aire de profundo abatimiento. La chimenea arde con luz rojiza: la habitación aparece envuelta en grandes sombras que se condensan fantásticamente en los cortinajes. Larga pausa.
Don Lorenzo.
Ya estoy solo. ¡Cuántas sombras por todas partes! ¡Qué poco brilla esta luz! Mejor: crezcan las tinieblas: ¡a mí la oscuridad! En ella es donde se nos aparece más luminosa la conciencia. Quiero el bien, pero no sé dónde está: mi voluntad es fuerte, pero mi razón se ofusca. Tres nombres relampaguean ante mis ojos en la negra noche en que me agito. ¡Ángela, Juana, Inés! ¡A mi calvario me lleva mi destino y sin quejarme subo la cruz de mis dolores! Pero vosotras, pero tú, Inés mía, ¿por qué habéis de precederme marcando con vuestras lágrimas el camino que han de ensangrentar mis plantas? Yo solo... sea; pero vosotras, no. ¡Ah, Dios mío, que la luz de mi conciencia se apaga: que mi voluntad desfallece: que la desesperación se apodera de mi espíritu! Yo anhelo el bien, y en ti lo busco. ¡Señor, ven a mí; ven, que yo te llamo! ¡Sombras que me rodeáis; espacio en que dolorido me revuelvo; tiempo que eres para mí eternidad de congojas; y tú, silencio augusto, que por algo compasivo me escuchas, llamad todos a vuestro Dios, que mi voz no le alcanza! ¡Decidle que no quiero que muera mi hija; que aparte de ella el cáliz de la amargura, y que todo lo agote entre mis labios! ¡A mí todo..., a ella no! ¡Es tan hermosa, es tan buena, es tan pura!... ¡Ella no! ¡Ella no, Dios mío! (Deja caer la cabeza sobre la mesa y llora amargamente. Pausa).
ESCENA VI.
Don Lorenzo, Juana.
Aparece en la puerta de la izquierda y en ella se detiene.
Don Lorenzo.
Jirones de sombra han pasado ante mis ojos. (Pausa). ¿Será todo esto un sueño? No: Juana está ahí dentro; y la prueba..., la prueba..., (Abre el pupitre y saca un pliego) la prueba es esta. No es un sueño por desgracia: es la realidad implacable y terrible. Cien veces la he leído, y no me sacio de leerla: «Te he querido como hijo aunque no lo has sido nuestro»... ¡Aunque no lo has sido nuestro!...
Juana.
(Aparte y observándole). Está leyendo..., leyendo la carta de la que creyó madre suya. Su madre soy yo: nadie más que yo. (Avanza, aunque con trabajo, algunos pasos). ¡Cuánta tristeza en su frente! ¿Hay lágrimas en sus ojos?... ¿En sus ojos? No sé. Quizá estén en los míos que le miran. En él o en mí están: yo veo lágrimas en alguna parte. (Da algunos pasos más). ¿Llorar él? ¿Por qué? ¿Porque soy su madre? ¿Sentirá que yo sea su madre? Pero ¿qué le importa si nadie más que él sabe mi secreto, y yo voy a morir? Sí, a morir..., a morir muy pronto. La noche eterna y fría va penetrando hasta lo más profundo de mi ser: algo muy negro está dentro de mí. (Da un paso más, vacila y se apoya en la mesa para no caer. Lorenzo se vuelve hacia ella).
Don Lorenzo.
¡Juana!
Juana.
¡Siempre ese nombre!
Don Lorenzo.
¡Madre!
Juana.
Te enoja que lo sea; bien lo conozco.
Don Lorenzo.
¡Que tal pienses de mí!
Juana.
Pues si enojos no son, será vergüenza de tenerme por madre.
Don Lorenzo.
¿Avergonzarme yo? Mañana sabrá todo el mundo que yo soy tu hijo.
Juana.
¡Mañana! ¿Qué intentas? Tardo está ya mi oído, y sin duda no comprendí lo que dijiste. (Con espanto).
Don Lorenzo.
Dije mal. Mañana no. Es preciso que antes salgas de España, y cuando estés en sitio seguro, porque a veces la justicia de los hombres es muy cruel, yo proclamaré la verdad en voz alta; yo me despojaré de un nombre que no es mío; yo devolveré riquezas usurpadas. Es ya cosa resuelta.
Juana.
¡Jesús de mi vida!
Don Lorenzo.
Y después con Ángela y con mi pobre niña iré a buscarte.
Juana.
¿Tú en la miseria, tú en la deshonra, tú sin más nombre que un nombre escarnecido y manchado? Pero ¿por qué? ¿Por qué? ¿Quién te obliga a ello? Habla, hijo mío, que me haces perder el juicio. ¿Quién?
Don Lorenzo.
Mi conciencia, madre, y tu culpa.
Juana.
Pero ¿piensas decir la verdad?
Don Lorenzo.
¿Por qué me la dijiste a mí? (Con enojo). Si yo nada hubiese sabido..., no tendría hoy que dar la muerte a mi hija.
Juana.
¿Por qué?... ¡Y me lo preguntas! ¡Y no lo comprende! ¡Ingrato! (Oculta el rostro entre las manos y llora amargamente).
Don Lorenzo.
¡Madre!
Juana.
Porque iba a morir..., porque voy a morir..., y antes era preciso que supieses lo que por tu felicidad hizo esta pobre mujer. Además... quería que una vez al menos me llamases madre. Por esto..., nada más que por esto... Porque del corazón me subía a la garganta y me ahogaba algo, que al fin no pude contener, y tuve que decirte ¡eres mi hijo!
Don Lorenzo.
Te comprendo, madre mía, y no te acuso.
Juana.
Pero tú no piensas hacer lo que has dicho, ¿no es cierto? ¡Fuera una infamia para con tu familia, fuera una crueldad para con esta pobre anciana!
Don Lorenzo.
Crueldad, sí; infamia, no: que con esta crueldad otras infamias borro.
Juana.
¡Lorenzo!
Don Lorenzo.
¡Perdóname!
Juana.
¿Dices que yo cometí una infamia? (Asombrada).
Don Lorenzo.
Nada digo.
Juana.
¡Pero fue por ti..., por ti..., por ti, hijo mío! (Con voz cada vez más ahogada. Lorenzo permanece silencioso, sombrío y sin volverse hacia su madre). ¡Fue por él, Dios mío, y así me paga! ¡Lorenzo!
Don Lorenzo.
El mal no puede prevalecer: la obra de iniquidad se arruina bajo su propio peso: mi sacrificio lavará tu culpa.
Juana.
¡Lorenzo!
Don Lorenzo.
(Acercándola a la luz, poniendo en su mano la carta y obligándola a leer). ¿Qué dice ahí?
Juana.
«Perdóname y que Dios te inspire». (Sentándose y leyendo con trabajo).
Don Lorenzo.
Pues bien, madre, la perdoné y he pedido inspiración al cielo: tus súplicas son inútiles.
ESCENA VII.
Juana, don Lorenzo, Ángela por la derecha.
Ángela.
Lorenzo, Inés te llama. (Desde la misma puerta de la derecha y sin penetrar en la habitación).
Don Lorenzo.
¡Ella!..., ¡mi hija!..., sí, voy... Perdóname, madre mía, volveré muy pronto.
Juana.
(Deteniéndole, y en voz baja). Ya sé que me desprecias; ya sé que me odias...
Don Lorenzo.
¡Madre!
Juana.
Pero no por mí, por ella, por esa niña... (Incorporándose).
Don Lorenzo.
Ni aun por ella. (Con desesperación).
Juana.
¡Ah! (Cae en el sillón y se cubre el rostro con las manos. Salen Lorenzo y Ángela).
ESCENA VIII.
Juana, queda con el papel en la mano.
Juana.
¡Ni aun por ella! (Sollozando). Sacrifícate, Juana, por tu hijo: renuncia a sus caricias: clávate las uñas en el pecho al verle besar a otra mujer y llamarla madre: bebe por dentro lágrimas de amargura y recógelas en el corazón hasta que rebose o estalle: recibe en la frente marca infamante: consúmete de miseria y de dolor en una buhardilla veinte años sin más dicha ni más consuelo que verle pasar a lo lejos en su coche. ¡Ay, Dios mío, yo muero! (Pausa: después reanimándose un tanto). Más..., más aún... Tú, pobre Juana, sufriendo todo lo que he dicho; y en cambio, hazle rico, sabio, ilustre, bueno, y... a la hora de la muerte preséntate a él, solo a pedirle un beso, solo buscando que te diga: «¡Qué buena eres, cuánto me has querido!...», y él no te dirá nada de eso: te mirará triste y severo..., te dirá que cometiste una infamia..., que es preciso que él borre tu culpa..., que tu obra es... obra de iniquidad... ¡Obra de iniquidad!... ¡Ah, Lorenzo, hijo mío!... ¿Por qué eres tan cruel? ¿Por qué arrojas con desprecio todo lo que a costa de mi felicidad te he dado?... ¡Mira que me cuesta muchas lágrimas! (Cambiando de tono, levantándose con arranque de desesperación y viniendo a la derecha). ¡Y mi sacrificio habrá sido inútil! ¡Y habré perdido yo mi dicha y le habré perdido a él! ¡Insensata, egoísta! ¿Por qué le dije la verdad? (Pausa). Pues no ha de ser; no ha de ser: la obra de iniquidad no amenaza ruina todavía, pobre visionario. ¡Yo lo negaré todo! (Con voz apagada). Serás feliz, y rico, y poderoso a tu pesar. Él puso en mis manos la única prueba. (Tendiendo el brazo hacia la mesa en que está el papel). Bueno, bueno: entre su madre y su hija van a salvarle: ¡extraña coincidencia! Ella llamándole le obliga a alejarse, y yo me quedo... Ea... Agotemos las fuerzas que me restan. Ahora me acerco poco a poco, y entre las sombras... Así fue de oscura aquella noche en que mi ama vino a buscarme al lecho y murmuró en mi oído: ¿quieres que tu hijo sea rico y feliz? Y yo dudé..., y luego dije que sí... Y ahora... Y ahora digo que sí. (Llegándose a la mesa. Pausa). ¿Vuelve Lorenzo? (Aplicando el oído). Sí; me parece que vuelve... ¡Y me pedirá la carta como antes me la pidió!... Vamos..., al fuego... (Quiere andar, pero no puede). Oigo su voz..., me faltan las fuerzas..., no me da tiempo... ¡Va a venir!... No..., pues yo no se la doy... Es otra vez mi presa... ¡Ah!... Ya sé... Ya sé... Pondré dentro del sobre un papel en blanco para que al pronto nada note... (Ejecutando la operación que acaba de indicar). ¡Obra de iniquidad la llama Lorenzo! ¡Pobre hijo mío, que a veces es inocente como un niño! Así..., así..., lo dejo donde estaba..., y este a las llamas... Oigo su voz siempre... pero aún no viene... Quizá antes de que venga..., sí..., sí..., ya puedo... A las llamas..., a las llamas. (Arroja el papel al fuego y se inclina para verlo arder). ¡Llama es ya! Su resplandor ilumina el rostro de mi antigua señora. (Viendo un retrato que hay en la pared). Mira, mira, ya es ceniza; y era la única prueba. ¿La única? No: otra queda, pues quedo yo; pero muy pronto seré ceniza también. (Pausa). Ahora me voy a mi cuarto... (Dando unos pasos). Dios mío, me faltan las fuerzas... (Haciendo un esfuerzo y dando unos pasos más). Pero le he salvado..., será rico..., feliz... No veo..., no veo... Esa luz se apaga... ¿Se apaga ella o la de mis ojos? (Se acerca a la mesa, coge la vela y de nuevo intenta marchar). ¡Luz!... ¡Luz!... ¿Dónde está mi cuarto? ¡Sombras!..., ¡todo sombras! ¡Ay de mí!... ¡Dios mío!... ¡No puedo..., no puedo! (Deja caer la luz: solo queda iluminada la habitación por el reflejo rojizo de la chimenea. Ella cae también detrás de la mesa).
ESCENA IX.
Juana, don Lorenzo, Inés, Ángela, Duquesa.
Los cuatro últimos por la derecha. Lorenzo entra como huyendo de su hija: esta se detiene en la puerta. Viene vestida de blanco: detrás de ella y medio ocultas por el cortinaje, Ángela y la Duquesa.
Don Lorenzo.
(Viniendo al centro del escenario). ¡No más! ¡No más! ¡Es la última prueba! La última, sí; pero, ¡ay!, que mi voluntad vacila.
Ángela.
(Aparte a Inés). Síguele, no le dejes: cederá.
Inés.
¿Por qué huyes de mí, padre mío?
(Avanza algunos
pasos, muy pocos: detrás de ella Ángela y la Duquesa. Es preciso dar a
esta escena todo el carácter fantástico que en sí tiene, para que el
efecto corresponda a la idea del drama. Don Lorenzo está en el centro
del proscenio manifestando con su actitud, en sus ademanes y en su
entonación, que sostiene una última y desesperada lucha consigo mismo.
Inés, bella y poética, se aproxima lentamente a su padre: siempre la
siguen Ángela y la Duquesa, vestidas de negro, inspirándola cuanto
dice. Juana agoniza. El despacho está envuelto en grandes sombras: el
reflejo de la chimenea ilumina de lleno a Inés).
Don Lorenzo.
¡Allí está la tentación! Pero ¡qué hermosa es! ¡Qué aureola de divina belleza la circunda! ¡Única luz entre tanta sombra!
Ángela.
(Aparte a su hija). ¿Lo ves? Ya no acierta a resistir... Ruégale..., ruégale, Inés mía.
Inés.
(Avanzando). ¡Ven a mis brazos!
Don Lorenzo.
(Retrocediendo). ¡Ay de mí si los ciñe a mi cuello como dulcísimo dogal!
Juana.
(Aparte con voz apagada). Un dogal al cuello... Tiene razón...
Inés.
¡Por Dios santo, padre mío, por el amor que me tienes; por las lágrimas de estos ojos que cuando yo era niña tanto querías y tanto besabas! (Llevándose las manos al rostro, retirándolas después, y dándoselas a besar a su padre). ¡Mira, mira y cómo se desprenden de mis párpados! Mis dedos las recogieron al caer, bésalas y sentirás en tus labios su amargura.
Don Lorenzo.
Sí: las besaré..., las besaré..., pero ¡ay, si una sola de las mías cayese en los tuyos!
Juana.
(Aparte). ¡Caer!... Han dicho caer... ¡Yo también caigo en abismo sin fondo! Pero antes..., antes... quiero abrazar a mi hijo.
Inés.
¡Padre! (Lorenzo retrocede. Inés, Ángela y la Duquesa le siguen).
Ángela.
¡Lorenzo!
Juana.
¡Han dicho Lorenzo! Allí..., allí... veo algo... (Avanzando).
Don Lorenzo.
No..., no..., digo mil veces que no... ¡Queréis envilecerme!
Inés.
Y tú, padre mío, ¿quién lo creyera? ¡Quieres mi muerte! Y si no, ¿por qué te opones a este amor que es mi vida?
Don Lorenzo.
Yo, Inés mía..., no..., la duquesa..., la duquesa es.
Ángela.
No es cierto. La duquesa cede.
Don Lorenzo.
¡A precio de deshonra!
Duquesa.
No es cierto, Inés: a trueque de silencio.
Inés.
Lo estás oyendo, padre mío.
Don Lorenzo.
(Separándose de ellas, rechazándolas y retrocediendo). ¡Solo oigo voces que me piden mi conciencia!... ¡Solo veo sombras que entre las sombras me persiguen! Fantasmas del espacio..., engendros de la tentación..., ¡dejadme!... ¡Dejadme por Dios vivo; que si sois fuertes para atormentarme el corazón, sois débiles, muy débiles, para torcer mi voluntad!
Juana.
¡Su voz!... ¡Lorenzo!... ¡Lorenzo!... (Llegando a él y abrazándole).
Don Lorenzo.
¡Madre! (Abrazándola también).
Inés.
(Amparándose de Ángela). ¿Qué voz es esa? ¿Quién es esa mujer? ¿Qué sombra brotó de las tinieblas y ciñó a mi padre con sus brazos? ¡Tengo miedo!
Don Lorenzo.
¡Juana!... ¡Madre mía!
Inés.
¡Su madre! ¿Por qué la llama su madre?
Don Lorenzo.
Porque es mi madre, y porque... he de decirlo.
Juana.
¡Yo! ¿Su madre yo? ¡Jesús, qué idea!... ¡Bien quisiera... serlo!
Duquesa.
¿Oye usted..., oye usted lo que dice?
Ángela.
¡Lo niega!
Don Lorenzo.
¡Lo eres! (Con violencia).
Juana.
¡Ah..., pobre Lorenzo mío! (Con risa forzada). ¡Hijo de mi alma! (Al oído, y abrazándole).
Don Lorenzo.
¡Por la tuya, que repitas en voz alta lo que me dices al oído!
Juana.
Yo..., al oído... ¿Pues qué te dije? ¡Ser su madre!... ¡Qué mayor dicha!
Don Lorenzo.
¡Ah!... ¿Lo niegas? (Con furor).
Ángela.
¡Lorenzo!
Don Lorenzo.
¿Niegas que eres mi madre? (Con creciente furor).
Juana.
¿Y cómo no?
Don Lorenzo.
¡De mí renegaste al nacer yo, y vuelves a renegar a la hora de tu muerte! (Con horrible desesperación).
Juana.
(Abrazándose a él, y formando los dos un grupo tan estrechamente unido, que es imposible en la oscuridad conocer si se abrazan ambos, o si en su furor la estrecha Lorenzo contra sí). ¡Hijo de mis entrañas! (Con voz moribunda, al oído).
Don Lorenzo.
¡Eso..., eso!... (Ya delirante).
Juana.
¡Yo muero!
Don Lorenzo.
No..., madre mía.
Duquesa.
¡Jesús mil veces! ¡Ese hombre va a matarla!... ¡Socorro! (Corriendo hacia la puerta de la derecha).
Ángela.
¡Eduardo!... ¡Tomás!
Don Lorenzo.
¡Madre!... ¡Madre!...
Juana.
No... Dios mío... No..., ¡eso no!
ESCENA X.
Don Lorenzo, Inés, Juana, Ángela, Duquesa, don Tomás, Eduardo.
Los dos últimos, por la derecha con luces. Todos acuden y procuran separar a Lorenzo de Juana.
Don Tomás.
¡Vamos!... ¡Vamos!...
Don Lorenzo.
¡Madre mía!... ¡Perdón!... ¡Perdón! Si no quieres no te llamaré madre... ¡Madre mía!
Juana.
A... diós...
Don Lorenzo.
¡¡Juana!!
Juana.
(Haciendo un esfuerzo horrible, se levanta como herida en el corazón por el nombre de Juana, y cae).
Don Tomás.
¡Muerta!
Don Lorenzo.
¡No..., no es posible! (Abrazándose a su madre). Para matarla la llamé ¡madre!..., y el último grito que oyó de mis labios... fue ¡Juana! ¡Ah, Dios mío, Dios mío! ¿Por qué la castigas así, y por qué me abandonas?
FIN DEL ACTO SEGUNDO.