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O locura o santidad

Chapter 34: ESCENA V.
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About This Book

Un drama en tres actos sigue a un hombre reflexivo y obsesionado con la justicia cuya conducta extrema suscita el desconcierto y la controversia en su entorno; familiares y conocidos debaten si lo que muestran sus actos es locura o santidad. La pieza articula monólogos y confrontaciones que enfrentan posturas idealistas y realistas, explorando el costo personal del rigor moral, la incomprensión social y la fragilidad de la razón cuando choca con las pasiones humanas. El tono alterna entre la reflexión filosófica y la tensión teatral para poner en escena el conflicto entre conciencia íntima y juicio colectivo.

ACTO TERCERO.


La misma decoración de los actos anteriores.

ESCENA PRIMERA.

Don Tomás, después un Criado.

Don Tomás.

Todo en calma. Ni se oye el llanto de Inés, ni ruge la cólera de Lorenzo. Calma precursora de nueva tempestad. (Pausa). Momentos hay en que dudo y vacilo. Él..., él..., mi buen amigo, mi pobre Lorenzo... Esta idea no me da punto de reposo. En fin, muy luego sabremos la verdad: entretanto valor, y cumplamos para con esta atribulada familia deberes sagrados que nadie con mejor deseo que yo ha de cumplir.

Criado.

Un caballero a quien acompañan dos... que..., vamos..., yo no sé si lo son..., aunque su traje... En fin, ese caballero me ha dado para usted esta tarjeta, y allá fuera esperan todos.

Don Tomás.

(Mirando la tarjeta). ¡Ah! ¡El doctor Bermúdez! Que pase, que pase...

Criado.

¿Y los otros dos?

Don Tomás.

Que esperen. (Sale el Criado). A medida que se aproxima el momento crece mi ansiedad y crecen mis dudas. ¡Pobre Ángela, qué golpe! ¡Pobre Inés!... ¡En qué estado de excitación nerviosa se halla la desdichada niña! ¡Qué lucidez en su mirada! ¡Qué claridad en sus juicios! Nadie le explicó lo que ocurre... y yo creo que lo sabe todo; y adivina lo que no sabe, y sospecha lo que no adivina. No: esta situación no puede prolongarse más: afrontemos la realidad por triste que sea.

ESCENA II.

Don Tomás, doctor Bermúdez, después dos loqueros vestidos decentemente, pero dando a conocer en su fisonomía y en sus maneras que no son lo que aparentan.

Don Tomás.

¡Doctor!... (Saliendo al encuentro, y dándole la mano).

Doctor.

¡Don Tomás!...

Don Tomás.

Puntual como de costumbre.

Doctor.

No, vengo con alguna anticipación..., para dejar convenientemente instalados a esos dos...

Don Tomás.

Sí, sí, comprendo.

Doctor.

Los he hecho vestir de manera que don Lorenzo no sospeche..., porque como solo se trata de esas precauciones generales...

Don Tomás.

Ya, ya..., muy bien. Es preciso caminar con prudencia. Rapto de furor; verdadero rapto de furor, como dije a usted, solo ha tenido uno; el de la otra noche. Pudiera ser que yo me equivocase...

Doctor.

Mucho lo celebraría..., y usted lo celebraría también.

Don Tomás.

¡Ay, amigo mío, estoy que no sé lo que me pasa! En fin, su ciencia de usted, su práctica, su profundísima penetración han de sacarnos de dudas.

Doctor.

¡Usted me lisonjea! Estando usted...

Don Tomás.

No cuente usted conmigo, doctor; no estoy para nada: me declaro incompetente: se trata de mi mejor amigo: casi de un hermano. Además, siempre me ha parecido... Usted conoce mi escuela: entre la razón y la locura no hay una línea divisoria...

Doctor.

Evidente, evidente; y todos los sabios tienen algo...

Don Tomás.

Cabal; la excitación del cerebro pasa de cierto límite y...

Doctor.

Justo. Veremos, veremos lo que puede hacerse por don Lorenzo. Conque esos dos chicos...

Don Tomás.

Fácil ha de ser inventar cualquier historia: serán los testigos... o se le dirá que vienen con el escribano... Cualquier cosa. El pobre Lorenzo no está para fijarse en estos pormenores.

Doctor.

¿Y dónde esperan?

Don Tomás.

Ahí dentro. (Señalando la puerta de la izquierda).

Doctor.

(Asomándose al fondo) ¡Eh! ¡Braulio! ¡Benito! (Entran los dos loqueros algo cortados y mostrando en sus ademanes toscos y torpes lo que son).

Don Tomás.

Entren ustedes ahí en ese gabinete: si son ustedes necesarios ya se les avisará, y entretanto, quietos. (Los loqueros saludan y entran por la izquierda). Desde que murió Juana no ha vuelto a entrar Lorenzo en esa habitación. (A Bermúdez). En cerrando la puerta... (La cierra).

Doctor.

(Mirando el reloj). Vuelvo en seguida: antes de que llegue el escribano estoy aquí. Voy... muy cerca...

Don Tomás.

¿Una visita?

Doctor.

Sí: un caso muy bonito de locura. (Ángela entra por el fondo y se detiene al ver a Bermúdez). ¿Es?... (Aparte a Tomás, indicándole con la mirada a Ángela).

Don Tomás.

Sí: la esposa. No hable usted con ella.

Doctor.

Hasta luego. (Aparte a Tomás). Señora... (Saludando. Sale por el fondo).

ESCENA III.

Ángela, don Tomás.

Ángela sigue con la vista a Bermúdez; después mira hacia el gabinete en que entraron los loqueros.

Ángela.

¿Quién es ese que sale? ¿Quiénes son dos hombres que vinieron con él?

Don Tomás.

Cálmese usted, Ángela. Todo se arreglará. Estas son precauciones, pero necesarias, porque, ¿quién sabe?, puede tener Lorenzo otro rapto de furor como anteanoche; y por ustedes, por él mismo...

Ángela.

No, Tomás, no diga usted eso.

Don Tomás.

¿No recuerda usted, Ángela, con qué frenesí estrechaba entre sus brazos el cuerpo moribundo de la pobre Juana? Ahora que nadie nos oye, y en confianza, yo creo que él... fue... la causa determinante...

Ángela.

¡Tomás, Tomás!

Don Tomás.

Por lo menos apresuró su muerte: y ¿no vio usted cómo en su delirio él mismo se acusaba? No nos forjemos ilusiones: fue un verdadero ataque de...

Ángela.

(Llorando). ¡Lorenzo! ¡Lorenzo mío!

Don Tomás.

Y la crisis puede volver porque hoy...

Ángela.

Sí, ya sé lo que se propone... ¡Ay, Tomás, qué desgraciados somos! ¡Qué desgraciado es mi pobre Lorenzo!

Don Tomás.

¿Qué hace ahora?

Ángela.

Está muy en calma: escribe, pasea..., quiere estar con Inés y conmigo como si la soledad le espantase. Hace poco me miró con tristeza, pero con cariño, me besó en la frente y me dijo «¡Pobre Ángela!».

Don Tomás.

No contradecirle.

Ángela.

No señor: en todo le damos la razón.

Don Tomás.

¿Y sigue en sus trece?

Ángela.

¡Ay, sí señor! De cuando en cuando pregunta qué hora es: se impacienta porque el escribano no viene y murmura con voz sorda: «Mal que pese al mundo entero he de cumplir mi obligación».

Don Tomás.

¡Qué hombre! ¡Qué carácter!

Ángela.

Tomás, por Dios santo, que no me engañe usted. ¿Usted cree que Lorenzo?... ¡No puedo, no puedo pronunciar esa horrible palabra!

Don Tomás.

Yo nada creo todavía. Veremos, Ángela: veremos, mi buena amiga. Precisamente para salir de una vez de esta insufrible ansiedad hice venir al doctor Bermúdez: un alienista de primer orden.

Ángela.

¡Pero si es imposible!... ¡Si digo que es imposible!

Don Tomás.

Ojalá acierte usted, y no debemos perder la esperanza; pero ¿imposible?... ¡Ah, la razón humana es tan poca cosa!

Ángela.

¡Ay, mi esposo de mi alma! No..., no quiero..., ¡no ha de ser! (Con desesperación).

Don Tomás.

Vamos, Ángela, juicio, valor; por aquella pobre niña, por Inés al menos. Y ¿quién sabe todavía? Veremos qué explicaciones da Lorenzo, qué pruebas presenta...

Ángela.

¡Qué pruebas ha de presentar el desdichado mío, si a la misma Juana moribunda le oí yo repetir: «No..., no..., no eres mi hijo», mientras él, frenético, delirante, estrechándola en sus brazos, pugnando por arrancar de aquel cuerpo, ya casi muerto, una confesión imposible, la llamaba «¡Madre!» con el grito estridente de la demencia! No me consuele usted: es inútil: yo sé que nuestra desventura es inevitable.

Don Tomás.

Harto lo temo.

Ángela.

¿Y aquel modo de recibir a la duquesa? Él, tan cortés siempre; siempre tan fino...

Don Tomás.

Tiene usted razón: aquel día lo comprendí yo todo; pero nadie se resigna cuando la fatalidad le hiere tan de repente.

Ángela.

Y adorando, como adora, a su hija, ¿quién hace lo que él pretende hacer hoy?

Don Tomás.

Nadie, Ángela, nadie, no habiendo perdido el juicio.

Ángela.

¿Y usted le ha dicho a Bermúdez?...

Don Tomás.

Todo no: fuera peligroso; pero lo bastante para que nos dé su opinión.

Ángela.

¿Y cuál es?

Don Tomás.

No he de ocultarle a usted...

Ángela.

¡Inútil, Tomás, inútil!... ¡Si yo sé bien que no hay remedio!

Don Tomás.

Con un buen régimen; separado de aquellas personas que, por lo mismo que son para él tan queridas, con su presencia han de irritar de continuo su exagerada sensibilidad...

Ángela.

¡Tomás!...

Don Tomás.

En un buen establecimiento de España o del extranjero...

Ángela.

¡Qué..., qué!..., ¿qué quiere usted decir?... ¿Separarlo de nuestro lado?... ¡Llevárselo! ¡A él..., a él! ¡No, jamás, soy su esposa! ¡No lo consiento!

Don Tomás.

La presencia de Inés estimula su delirio.

Ángela.

Y la ausencia de su hija será su muerte.

Don Tomás.

Ahogó entre sus brazos a aquella pobre mujer.

Ángela.

No, Tomás, no: en eso no tiene usted razón: en los brazos de Lorenzo no corre peligro la pobre Inés. ¡Es su hija!

Don Tomás.

Y él pensaba que Juana era su madre.

Ángela.

No ha de ser, Tomás: no ha de ser. ¿Por qué en vez de atormentarme no busca usted alivio para mis penas?

Don Tomás.

¡Ángela!

Ángela.

Verdad es, mi buen amigo, que no es fácil hallar consuelos para mi dolor.

Don Tomás.

Los hay en todo dolor humano, por grande que sea.

Ángela.

Menos en este.

Don Tomás.

En este, más que en todos; y si no, discutamos a sangre fría.

Ángela.

¿Y cómo, cuando la fiebre nos abrasa las venas?

Don Tomás.

Óigame usted. Si lo que afirma Lorenzo fuese verdad; si presentara pruebas terminantes...

Ángela.

Entonces mi Lorenzo no habría perdido la razón: nosotros seríamos los ciegos y desatentados. ¡Oh, qué dicha!

Don Tomás.

No tanta, porque entonces les esperaba a ustedes la miseria, la deshonra, la muerte...

Ángela.

¡Calle usted, Tomás!

Don Tomás.

La muerte digo, además de la miseria, porque Inés moriría. En cambio si la desgracia de Lorenzo es cierta....

Ángela.

No siga usted..., no quiero pensar en tales cosas.

Don Tomás.

Pues piense usted en Inés; y con el pensamiento en ella sepa usted, Ángela, que estas heridas son, triste es decirlo, pero fuerza es confesarlo, horribles, sí; mortales, no; que solo es mortal para la juventud lo que destruye el porvenir; no lo que precipita en la nada lo pasado.

Ángela.

¡Por Dios, Tomás!...

Don Tomás.

De la desgracia de Lorenzo depende la felicidad de Inés: no lo olvidemos.

Ángela.

Cúmplase la voluntad de Dios, pero no despierte usted en mí ideas que antes me espantan que me consuelan.

ESCENA IV.

Ángela, don Tomás, don Lorenzo por la derecha.

Don Lorenzo.

(Aparte). ¿Pero dónde dejé yo la llave? ¡Ah, mi cabeza!... Y el escribano vendrá muy pronto..., y en aquel pupitre guardé la carta: bien me acuerdo: sí..., hace dos días..., cuando mi madre...

Don Tomás.

¡Pobre Ángela! ¡Terrible es la prueba! (Sin ver a Lorenzo).

Don Lorenzo.

¿Cómo?... ¿Qué dicen? ¡La prueba, sí: de la prueba hablaban! (Con inquietud y buscando la llave del pupitre sobre la mesa).

Ángela.

Terrible es, muy terrible caminar entre dos abismos... Lorenzo a un lado... Inés a otro... Tiene usted razón.

Don Lorenzo.

(Con enojo y en voz alta). ¡La he perdido!

Don Tomás.

(Volviéndose, aparte). ¡Desdichado, pienso que sí!

Ángela.

¡Lorenzo!

Don Lorenzo.

¡Ah!... ¿Estabais?... (Con mirada recelosa y como si no los hubiera visto antes).

Ángela.

¿Qué buscas?... Nosotros te ayudaremos. (Con dulzura).

Don Lorenzo.

¿Vosotros?... No. ¿Para qué? Yo solo.

Ángela.

Pero di al menos ¿qué has perdido?

Don Lorenzo.

Todo: hasta el amor de los míos. ¡Mira si puedo perder más!

Ángela.

No, Lorenzo, no lo creas.

Don Lorenzo.

Al fin..., la llave... ¡Gracias al cielo! (Aparte, con desconfianza). Y estaba puesta..., puesta... (Abre con ansiedad el pupitre y coge el pliego que dejó Juana). ¡Ah! ¡Aquí está!... Se me ha quitado un peso de encima... (Leyendo). «Para Lorenzo». Este es el pliego.

Ángela.

(Acercándose). ¿Encontraste lo que buscabas?

Don Lorenzo.

Sí. (Tomás se acerca también).

Ángela.

¿Qué papel es ese? (Lorenzo se preparaba a sacar el pliego de su sobre; pero al ver que Ángela y Tomás se acercan, lo mete en el pupitre, echa la llave y se la guarda).

Don Lorenzo.

Uno muy importante. (Con cierta desconfianza y mirándolos con recelo). ¿Para qué queréis saberlo?

Ángela.

No te enfades, Lorenzo mío. Perdóname si he sido indiscreta.

Don Lorenzo.

¡Perdonar yo! Yo soy quien ha menester vuestro perdón. Por mí, por mi culpa, ¡vais a ser tan desgraciadas!

Ángela.

No digas eso: no lo seremos nunca siendo tú dichoso.

Don Lorenzo.

Y yo ¿podré serlo no siéndolo tú; no siéndolo mi Inés de mi vida?

Ángela.

Lo será también.

Don Lorenzo.

Imposible: porque ¿sabes tú cuál es mi pensamiento?

Ángela.

Ya me lo explicaste. ¿No lo recuerdas?

Don Lorenzo.

(A Tomás). ¿Y tú?

Don Tomás.

También.

Don Lorenzo.

¿Y lo aprobáis?

Ángela.

(Con dulzura). Bien hecho estará lo que tú hagas.

Don Lorenzo.

(A Tomás). Y tú, ¿qué dices?

Don Tomás.

Lo mismo.

Don Lorenzo.

¡Lo mismo! (Pensativo). ¡Qué conformidad! ¿Sabéis que hice llamar a un escribano?

Ángela.

Lo sabemos.

Don Lorenzo.

(Mirando a los dos). Lo sabéis. ¿Y sabéis que he de hacer que levante acta notarial y en toda forma de mi declaración y de mi renuncia?

Ángela.

Sí, Lorenzo mío.

Don Lorenzo.

Para que luego el juez provea a lo que en derecho procede. ¿No es cierto?

Don Tomás.

Es natural.

Don Lorenzo.

(A Ángela). Y tú, ¿qué dices?

Ángela.

(Con voz llorosa). Si estos bienes que hoy disfrutamos no te pertenecen..., bien haces.

Don Tomás.

Si el nombre que llevas no es tuyo, preciso será que a él renuncies.

Ángela.

Y en todo caso tu voluntad es ley.

Don Lorenzo.

¡Pero ley tiránica..., impía!... ¿No es verdad?

Ángela.

Ley que yo acato como la mejor.

Don Lorenzo.

(Inquieto, nervioso, casi irritado). ¿Y no resistes? ¿Y no lucháis?

Don Tomás.

Tu conducta es la de un hombre honrado. En rigor no podías hacer otra cosa.

Don Lorenzo.

¡Qué sumisión tan inverosímil! ¡Qué docilidad tan extraña! ¡Qué cambio tan repentino! Me estáis mintiendo... ¡Digo que me estáis mintiendo! (Con violencia).

Ángela.

¡Por Dios, Lorenzo!

Don Tomás.

(Aparte). ¡Ah, no hay esperanza! La demencia invade como negra ola su cerebro.

Don Lorenzo.

(Calmándose). En fin, mejor es así. (Pausa. Con ternura y acercándose a Ángela). ¿Dónde está Inés?

Ángela.

¡Pobre hija mía!

Don Lorenzo.

¿No la defiendes contra mí? Pues, sin embargo, esa es tu obligación. (Con dulzura).

Ángela.

¡Ay, Lorenzo! ¿Qué puede contra ti esta infeliz mujer? Tu voluntad se templa en la lucha y en la desgracia: la mía cede hasta besar el polvo.

Don Lorenzo.

Tienes razón: es irresistible mi voluntad cuando el deber me inspira. ¿Y qué dices a todo esto? (A Tomás).

Don Tomás.

Que así será.

Don Lorenzo.

Así es. (Pausa). ¡Pobre Ángela!... ¿Y sabes tú lo que vamos a hacer, firmada que sea el acta y entregada la prueba?

Don Tomás.

¿Tienes una prueba?

Don Lorenzo.

¿No lo sabías? (Aparte con extrañeza). (Pues de ella hablaban cuando yo entré.) Sí, la tengo: evidente, irrecusable, clara como la luz, aunque es negra como la noche y la traición.

Ángela.

Cálmate, Lorenzo.

Don Tomás.

¿Y cuál es?

Don Lorenzo.

Una carta de mi madre..., de aquella mujer que se llamaba madre mía.

Ángela.

(Aparte). ¡Dios mío! ¿Será verdad?

Don Lorenzo.

Su firma, su letra..., y está allí..., en mi poder.

Don Tomás.

(Aparte). ¡Ah! Si así fuese...

Don Lorenzo.

Pues bien, entregada la prueba, tú (a Ángela) y la pobre Inés, y yo saldremos al momento de esta casa..., de esta casa que ya no será nuestra, y de la que hoy mismo la ley tomará posesión hasta que acudan los herederos de Avendaño. (Animándose gradualmente). Y en tanto nosotros, sin recursos, sin nombre, sosteniendo en nuestros brazos una hija moribunda, porque Inés morirá, tú me lo aseguras (a Tomás), iremos solos, solos y desesperados... No, dije mal. Blasfemé. Iremos con la honra entera, con la conciencia tranquila, alta la frente, y Dios con nosotros. ¿Qué me importa que todos me abandonen si Él me acompaña?

Ángela.

Tu voluntad es ley, Lorenzo... (Abrazándole). Antes lo dijeron mis labios: ahora te lo dice mi corazón.

Don Tomás.

(Aparte). Si la prueba existe..., este hombre... es un santo. Pero, ¡ay!, que si no existe, mi pobre Lorenzo es un demente.

Criado.

(Anunciando). La señora duquesa y el señorito Eduardo.

Ángela.

Que pasen. (A Tomás). ¿Usted les avisó?

Don Tomás.

(Aparte a Ángela). Hablé con ellos anoche. La duquesa me prometió venir, y ya lo ve usted, cumple su palabra.

Don Lorenzo.

No he de verlos..., quiero estar o solo... o con vosotros..., no más. Adiós, Ángela mía.

Ángela.

Adiós, Lorenzo.

Don Lorenzo.

(Mirando el reloj). ¡Qué tardo marcha el tiempo! (Se dirige a la puerta de la derecha. Tomás le acompaña). ¿Avisaste a los testigos? (Al llegar a la puerta).

Don Tomás.

Dos esperan ya, y otro vendrá más tarde.

Don Lorenzo.

¿Quiénes son?

Don Tomás.

No los conoces: son amigos míos.

Don Lorenzo.

Y míos ¿por qué no?

Don Tomás.

Pensé que los míos lo eran tuyos.

Don Lorenzo.

(Le mira un momento). Y lo son. (Aparte). ¡Ah! ¡Esta conformidad! ¡Hubiera preferido... que me resistieran..., que luchasen!...

ESCENA V.

Ángela, Duquesa, Eduardo, don Tomás.

Ángela.

Duquesa...

Duquesa.

¡Señora!... (Saludándose cariñosamente).

Ángela.

¡Siempre tan buena con nosotros!...

Duquesa.

No podía negar a ustedes en trance tan cruel el consuelo de una amistad verdadera. Dios ha querido que por distintos modos la misma desgracia venga a herirnos. (Esta última frase, en voz baja señalando a Eduardo).

Ángela.

Pero ¿cuál es el nombre de la desgracia que a mí me hiere? No lo sé.

Eduardo.

Pues ha llegado el momento de averiguarlo: ¿se llama miseria y vergüenza, y muerte de Inés, o se llama?...

Ángela y Duquesa.

¡Eduardo!

Eduardo.

Perdóname, madre mía: todos nos debemos hoy la verdad. Tú lo has dicho: «Transigiré con la desgracia de don Lorenzo por el amor que te tengo, por el amor que me tienes; nunca transigiré con su pública deshonra: nunca, ni aun a precio de tu vida». De mi vida, madre, ¿no es esto?

Duquesa.

(Con tono triste, pero enérgico). Sí.

Eduardo.

(Dirigiéndose a Ángela). Pues bien, señora, sepamos el nombre de la desgracia que a usted la hiere: ¿se llama deshonra, o se llama locura? Este es el problema y es preciso resolverlo. Si don Lorenzo dice verdad; si su juicio está firme; si presenta pruebas de lo que asegura, respetemos su cruel virtud. Pero si, como yo creo por mil indicios que casi constituyen evidencia, un velo eterno cubre su mente y para siempre apagose la luz de su razón, entonces defienda usted, Ángela, —es en usted obligación sagrada—, el nombre que lleva, su posición social, su fortuna, la misma honra de don Lorenzo contra sus propios delirios, y, ¿por qué no decirlo?, la felicidad y la vida de Inés. No deje usted tan altos intereses y tan caros objetos a merced de un demente.

Duquesa.

¡Eduardo!

Eduardo.

La palabra es dura, pero al fin había de pronunciarse. Sepamos de una vez si esta batalla de honras y vidas, en que don Lorenzo nos ha empeñado, es lo que parece o lo que temo; y en suma, si el heroico sacrificio del implacable sabio es locura o santidad.

Duquesa.

Basta, Eduardo. (Ángela se sienta en el sofá y llora amargamente. La Duquesa se acerca a ella).

Don Tomás.

(A Eduardo). La dicha de esta familia como si fuera mi propia dicha me interesa. Lo que usted propone está previsto, y la ley y la ciencia resolverán.

Duquesa.

Que Dios los ilumine a ustedes. (A Ángela). Vamos, señora: valor, conformidad. ¿Dónde está Inés?

Ángela.

¿Quiere usted verla?

Duquesa.

Sí.

Ángela.

Venga usted. (A Tomás). Y usted también. Quiero que la vea. Tres días hace que solo la fiebre le da fuerzas... ¡Ah, mi hija..., mi hija se muere!

Don Tomás.

¡Pobre niña! (Salen Ángela, la Duquesa y Tomás).

ESCENA VI.

Eduardo.

Eduardo.

¡Y dudan todavía! ¡Qué ceguedad! ¡Y no comprenden que el bueno de don Lorenzo a fuerza de buscar, no la razón de las sinrazones como el andante caballero, sino la razón de todas las razones que han inventado los sabios, concluyó por perder la única que a Dios plugo darle, que fue la razón natural! ¡Oh! No ha de ser: no he de permitir yo que sacrifiquen la vida de Inés a las extravagancias de un pobre loco.

ESCENA VII.

Eduardo, Inés.

Sale agitada, y como huyendo, del gabinete de la izquierda, que fue donde entraron los loqueros.

Inés.

¿Quiénes son esos hombres, quiénes son?

Eduardo.

¡Inés de mi vida! ¡Qué pálida estás! ¡Qué círculo cárdeno orla tus divinos ojos! (Saliéndole al encuentro).

Inés.

Pero respóndeme: ¿quiénes son?, ¿a quién esperan? ¡Que se vayan! (Acercándose con precaución a la puerta que quedó abierta y mirando: Eduardo procura traerla al proscenio). ¡Hay en ellos algo siniestro!... Mi padre, ¿dónde está mi padre? Buscándole entré en ese gabinete por el salón, y los he visto..., y no los quiero ver, y no puedo apartar de ellos los ojos.

Eduardo.

Pero ¿qué tienes?... ¿Por qué no me miras? ¿Por qué huyes de mí? Inés, Inés, ¿te pesa nuestro amor?

Inés.

(Viniendo al proscenio). ¡Nuestro amor! Tú sabes que es mi vida; pero ¡ay, Eduardo! ¡A qué terrible prueba ha querido Dios someterlo! Tú no comprendes esto. ¡Dicha suprema es para mí tu amor, y la esperanza de tu amor aun mayor dicha! Mayor, mucho mayor; que en él está el presente, que en ella está todo el porvenir. Y sin embargo, Eduardo mío, la esperanza es un crimen en tu pobre Inés: un crimen. ¿Se comprende crueldad semejante? Lo que a ningún ser humano se le niega, me niega a mí el destino. Yo era ayer una niña; mi pensamiento flotaba risueño en un limbo blanco y transparente, como vaporosa neblina entre rayos de luna: hoy es plomo, según pesa: hoy es lava, según arde. ¡Si vieras qué cosas tan horribles me dice en el silencio de la noche! Y esos pensamientos no son míos; no es mi voluntad quien los forja: vienen yo no sé de dónde: yo los rechazo; pero ellos vuelven: y primero me acosan con quejidos que dicen «¡Pobre padre tuyo!», y luego me hostigan con voces de tentación que murmuran: «Inés..., Inés... ¿Quién sabe?... Aún puedes ser feliz: tu amor es aún posible: espera..., espera..., pobre niña». ¿Comprendes tú nada más horrible —porque esto debe ser el ángel malo— que oír dentro de una misma la voz de Satanás, de él que nada espera, hablando de esperanzas?

Eduardo.

Vuelve en ti, Inés mía.

Inés.

(Acercándose a Eduardo). ¡Tengo remordimientos!

Eduardo.

¿De qué?

Inés.

Yo no sé: yo no he hecho nada malo. ¡Padre mío! ¡Pobre padre mío!

Eduardo.

Ángel de mi vida, ¡Inés de mi alma! Cálmate, cálmate, yo te lo ruego.

Inés.

Mira, Eduardo, quisiera morir.

ESCENA VIII.

Don Lorenzo, Inés, Eduardo.

Don Lorenzo entra por el fondo y se detiene al oír a Inés.

Don Lorenzo.

(Aparte). ¡Morir ha dicho!

Eduardo.

¿Tú morir? No, Inés, eso no; no digas eso.

Inés.

¿Por qué? Si no muero de dolor; si llego a ser dichosa, he de morir de remordimiento.

Don Lorenzo.

(Aparte). ¡De remordimiento! ¡Ella! ¡Si llega a ser dichosa! ¿Qué nueva fatalidad flota en el aire y está pesando sobre mi frente? ¡Remordimiento!... ¡Ya sorprendí al pasar otra palabra más! Cruzo salones y galerías, y voy de una a otra parte, espoleado sin cesar por insufrible angustia, y oigo frases que no comprendo, y fíjanse en mí ojos que dicen algo que no comprendo tampoco, y unos lloran, y otros sonríen, y nadie se me opone, y todos o me huyen o me observan... ¿Qué es esto? ¿Qué es esto? (En voz alta).

Inés.

(Yendo a él y abrazándole). ¡Padre mío!

Don Lorenzo.

¡Inés! ¡Qué pálida estás! ¿Qué dolorosa contracción hay en tus labios? ¿Por qué finges sonrisas que han de terminar en sollozos?... ¡Qué hermosa en su dolor! ¡Y todo es culpa mía!

Inés.

No, padre.

Don Lorenzo.

¡Qué cruel soy! ¡Ah!, tú lo piensas, aunque no lo dices.

Eduardo.

Es un ángel Inés, y no caben pensamientos rebeldes en ella; pero ¿quién al verla sufrir no ha de pensarlo y no ha de decirlo?

Don Lorenzo.

Nadie: tiene usted razón.

Eduardo.

Pues si yo la tengo, no la tiene usted. (Con energía).

Don Lorenzo.

Yo la tengo también. Hay algo más pálido que la pálida frente de la doncella enamorada; hay algo más triste que las tristes lágrimas de esos divinos ojos: hay algo más cruel que la sonrisa de esos labios, y algo más trágico que la muerte del ser querido.

Eduardo.

¿Y qué otras palideces, y qué otras lágrimas, y qué otras tragedias son esas? (Con violencia y desdén).

Don Lorenzo.

¡Insensato! (Cogiéndole por un brazo). ¡La palidez de la culpa, las lágrimas del remordimiento, la conciencia de la propia infamia!

Eduardo.

¿Y es infamia y remordimiento y culpa hacer la felicidad de Inés?

Don Lorenzo.

(Con desesperación). ¡No debía serlo!... ¡Pero lo es! (Pausa). ¡Y ese es mi tormento! ¡Y esa idea es la que ha de volverme loco!

Inés.

¡No, padre mío; no digas eso! Sigue tu camino sin pensar en mí. ¿Qué importa que yo viva o que yo muera?

Don Lorenzo.

¡Inés!

Inés.

Pero no vaciles..., y sobre todo que nadie te vea vacilar: que tu palabra sea clara y persuasiva como lo es ahora: que el enojo no te ciegue... Calma, calma, padre mío. ¡Por Dios te lo pido!

Don Lorenzo.

¿Qué dices?... ¡No comprendo!...

Inés.

¿Acaso sé yo lo que digo?... Adiós... Adiós... No quiero afligirte.

Eduardo.

¡Ay, si escuchara usted a su corazón, si hiciera usted callar a su pensamiento! (A Lorenzo).

Inés.

Déjale... Ven conmigo..., no le hostigues... o harás que te aborrezca. (A Eduardo).

Don Lorenzo.

¡Pobre niña!... ¡También ella lucha, pero también ella vence! ¡Por algo es hija mía! (Con arranque de supremo orgullo. Inés y Eduardo se dirigen al fondo: al pasar por delante de la puerta del gabinete ve Inés a los loqueros y hace un movimiento de horror).

Inés.

¿Qué visión siniestra pasa ante mi vista?... ¡Aquellos hombres!... No, padre, no entres ahí.

Eduardo.

¡Ven..., ven, Inés mía!

Inés.

(A su padre). No..., no... Yo te lo ruego.

Don Lorenzo.

(Dirigiéndose hacia ella). ¡Inés!

Inés.

¡Aquellos hombres! ¡Aquellos!... Mira. (Extendiendo el brazo hacia el gabinete. Don Lorenzo se detiene y mira también: en este instante los loqueros, al oír gritos, asoman por entre los cortinajes la cabeza).

Eduardo.

(Llevándose a Inés). ¡Por fin!...

ESCENA IX.

Don Lorenzo, Braulio, Benito.

Breve pausa.

Don Lorenzo.

¿Quiénes podrán ser? Pasen ustedes. (Los loqueros entran con cierta timidez: hablan con frases cortadas y secas).

Braulio.

Don Tomás...

Don Lorenzo.

(Aparte). Ya comprendo.

Benito.

Nos dijo que esperásemos ahí...

Don Lorenzo.

Dispensen ustedes: yo no sabía...

Braulio.

No hay de qué.

Don Lorenzo.

(Aparte). Extraño aspecto en verdad. Pero, siéntense ustedes.

Benito.

Gracias.

Braulio.

Estamos bien de cualquier modo.

Don Lorenzo.

No puedo consentir...

Braulio.

Usted se empeña...

Benito.

Si el señor lo manda, mejor se espera así. (Se sientan ambos en el sofá: don Lorenzo queda en pie).

Don Lorenzo.

(Aparte). Algo siniestro se refleja en esas miradas, o es que la mía refleja los relámpagos que cruzan por mi espíritu. (Los observa de nuevo con atención. En voz alta). Inés fue la que al pasar los vio a ustedes y la que me previno...

Braulio.

Sí, una señorita muy bella.

Benito.

Pero muy triste.

Braulio.

Parecía una Dolorosa. (A cada contestación que dan los loqueros, que debe ser, como queda dicho, cortada y seca, guardan silencio, por decirlo así, repentino; permaneciendo rígidos e inmóviles y mirando hacia el frente con cierta vaguedad).

Don Lorenzo.

Se asustó al verlos a ustedes y vino huyendo: no lo extrañen; la pobre está muy enferma..., y es casi una niña...

Braulio.

(Con cierta sonrisa vaga y como de idiota). Siempre nos sucede lo mismo en las casas.

Don Lorenzo.

(Aparte, con extrañeza). ¡En las casas!

Benito.

(Fijando su vista casi por primera vez en don Lorenzo, y después volviendo a mirar de frente). Será la hija de ese pobre señor, ¿eh?

Don Lorenzo.

¿De quién?

Benito.

(Sin mirarle). Del que está... (Hace un movimiento, llevándose la mano a la frente, pero sin mirar a don Lorenzo. Don Lorenzo hace a la vez otro movimiento de sorpresa que solo el actor puede interpretar debidamente. Como ninguno de los loqueros le mira, no pueden observarlo).

Don Lorenzo.

(Aparte). ¡Ah!... ¡No!... ¡Qué idea! (En voz alta y dominándose). Justo. Inés es la hija de... (Desde este momento Lorenzo los observa con creciente ansiedad).

Benito.

¡Qué hermosa es! Pero ¡qué triste está!

Braulio.

¡Ya! Motivos tiene para estar triste.

Don Lorenzo.

¿Ustedes saben?...

Braulio.

Todo. (Mirando otra vez a don Lorenzo y luego separando la vista).

Don Lorenzo.

¿Don Tomás les ha dicho?...

Benito.

¿A nosotros? No.

Braulio.

Él habló con el doctor.

Benito.

¿A nosotros? ¿Con qué objeto? Nosotros en cumpliendo con nuestra obligación...

Don Lorenzo.

(Aparte). (Siento un sudor frío, como sudor de muerte por todo mi cuerpo. Yo deliro... Nada de esto es verdad). (Repitiendo maquinalmente). Con su obligación...

Braulio.

Nosotros en estando a la mira por si se desmanda...

Don Lorenzo.

Por si se desmanda... ¿Quién?

Braulio.

¡Él!

Don Lorenzo.

(Retrocede unos pasos, mirándolos con terror: se pasa la mano por la frente como para desechar una idea: retrocede más, vacila y se apoya en la mesa. Después habla con voz opaca, muy baja y cortando las palabras). ¿Conque ustedes lo saben todo?

Braulio.

Casi todo.

Benito.

Como hace tanto que esperamos, hemos oído las conversaciones de los criados.

Don Lorenzo.

¿Y ellos?...

Braulio.

De pe a pa. Parece que anteanoche tuvo don Lorenzo un ataque. Usted lo sabrá mejor que nosotros.

Don Lorenzo.

Sí. (Con voz cada vez más apagada y más sombría).

Benito.

Dícese que ahogó a una pobre anciana. (Lorenzo hace un movimiento de horror y de nuevo se cubre el rostro con las manos).

Braulio.

¡Vaya con el hombre! ¡Bien empieza! Y claro... Siempre sucede lo mismo... La familia...

Don Lorenzo.

¡La familia! (Separando las manos, dando unos pasos como movido por una sacudida eléctrica, mirándolos con suprema ansiedad y hablando con voz sorda).

Braulio.

¡Pues! La familia..., es natural... Como que dicen que quería regalar toda su fortuna; ¡qué sé yo cuántos millones! ¡Diablo de loco! Nada: lo mejor es lo que han dispuesto: fuera, fuera. Nos lo llevamos y quedan las señoras tranquilas.

Don Lorenzo.

¿A mí?... ¡¡Ellas!!... ¿Ángela?... ¿Inés?... ¡No!... ¡No!... ¡Imposible! (Retrocede de nuevo hacia la izquierda. Solo el talento del actor puede interpretar estos gritos desgarradores).

Braulio.

(Volviéndose hacia don Lorenzo. Aparte). Pero ¿qué tiene este señor? Mira..., mira... (A Benito. Ambos loqueros se incorporan un tanto y se inclinan hacia la izquierda, mirando con curiosidad a don Lorenzo: debe estudiarse con cuidado el grupo que formen dichos personajes).

Don Lorenzo.

¡Aire!... ¡Luz!... No..., ¡luz no! ¡Tinieblas!... ¡No quiero ver!... ¡No quiero pensar! (Cae en el sillón y hunde la cabeza entre las manos).

Benito.

¡Toma!... ¿Si yo creo que es?...

Braulio.

¡Buena la hicimos!

Benito.

¡Quién pensara!...

Braulio.

Volvámonos a nuestro escondite.

Benito.

¡Y chitón! No digamos nada. (Se levantan y con mucha precaución y observando a don Lorenzo sin cesar, se dirigen al gabinete).

Braulio.

Claro: ni una palabra. Nos mandaron que ahí; pues ahí. No debimos movernos.

Benito.

Como se oían gritos y llantos... (Llegan a la puerta, se detienen y miran a don Lorenzo, que sigue en la misma actitud. Un criado entra por el fondo, pasa rápidamente y sale por la derecha). Déjale... Déjale... Mientras esté tranquilo... (Entran en el gabinete y cierran la puerta).

ESCENA X.

Don Lorenzo, don Tomás con el Criado por la derecha.

Don Lorenzo.

¡Dios mío! ¡Aparta el cáliz de mis labios!... ¡No puedo más, no puedo más!... ¡Si es que no puedo más! (Solloza con desesperación). ¡Me hiciste creer en ellas, me hiciste amarlas!... ¡Y ellas, las traidoras!... ¡No!... ¡No! ¡Señor, me has dado la vida, quítamela, pronto... pronto!... ¡Mira, Dios mío, que me asalta horrible tentación de arrancar con mis propias manos la podrida vestidura de mi carne! ¡Morir..., quiero morir!... ¿Lo ves?... ¡De rodillas te lo pido!... ¡De rodillas!... ¡Sé bueno!... ¡Sé compasivo!... ¡La muerte!... ¡La muerte!... ¡La muerte a mí, pálida mensajera de tu amor! (Cae de rodillas junto al sillón, y apoyándose en él, dobla la cabeza y oculta el rostro en las manos).

Don Tomás.

(En voz baja al Criado). ¿Vienen ambos?

Criado.

(Lo mismo a Tomás). Sí señor, el escribano y el doctor Bermúdez. (Don Tomás y el Criado se detienen en el centro al reparar en don Lorenzo, que sigue de rodillas y sollozando).

Don Tomás.

¡Infeliz! (Dando un paso hacia don Lorenzo: luego se arrepiente y se dirige al fondo). ¿Para qué? Terminemos pronto. (Salen don Tomás y el Criado).

ESCENA XI.

Don Lorenzo, después don Tomás y el doctor Bermúdez.

Pausa.

Don Lorenzo.

¡Ya estoy más tranquilo! ¡La herida es mortal! ¡La siento... aquí en el corazón! ¡Gracias, Dios bueno! (Don Tomás y el doctor entran por el fondo y se detienen observando a don Lorenzo).

Don Tomás.

Mírelo usted, allí..., junto al sillón.

Doctor.

¡Desgraciado!

Don Lorenzo.

(Levantándose y aparte). ¡Ah, ser miserable! Todavía..., todavía... acariciando esperanzas imposibles... ¿Imposibles?... ¿Y si ellas creen de buena fe que yo?... ¡Ah, si me amasen, no lo creerían! (Con desesperación. Pausa). Yo le oí a Inés..., a la hija de mi alma..., decir: «¡Remordimientos!» ¿Por qué decía remordimientos? (Con agitación creciente y hablando en voz alta). ¡Todos..., todos... miserables!... Casi se alegrarían de que yo muriese... No..., no moriré hasta cumplir mi obligación de hombre honrado; hasta dar desenlace a mi locura.

Don Tomás.

(Poniéndole una mano en el hombro). Lorenzo.

Don Lorenzo.

(Volviéndose, y al reconocerle retrocediendo con disgusto). ¡Él!

Don Tomás.

Te presento al señor de Bermúdez, uno de mis mejores amigos. (Pausa. Don Lorenzo mira a los dos de un modo extraño).

Doctor.

(A Tomás en voz baja). Vea usted cómo procura dominarse: él tiene conciencia vaga de su situación: no me queda duda.

Don Lorenzo.

Uno de tus mejores amigos..., uno de tus mejores amigos.

Doctor.

(Aparte a Tomás). Se le escapa la idea y se afana por retenerla.

Don Lorenzo.

Pues si es uno de tus mejores amigos, de su lealtad me responde la tuya. (Con ironía).

Doctor.

(Aparte a Tomás). Al fin encontró la frase; pero vea usted qué entonación tan poco natural. (En voz alta). Vengo a ser testigo, según me afirma Tomás, de un nobilísimo rasgo.

Don Lorenzo.

Y además de una indigna traición.

Don Tomás.

Lorenzo...

Doctor.

(Aparte a Tomás). Déjele usted decir.

Don Lorenzo.

Y de un ejemplar castigo.

Doctor.

(Aparte a Tomás). Muy grave, amigo don Tomás..., muy grave.

Don Lorenzo.

Avisa a todos... (A Tomás), a todos; a propios y extraños. Que vengan aquí; y que esperen aquí mis órdenes mientras yo cumplo allá mi deber. ¿A qué aguardas?

Doctor.

(Aparte a Tomás). No hay que contradecirle: avise usted. (Tomás toca un timbre, aparece un criado, a quien habla en voz baja y el cual luego sale por la derecha).

Don Lorenzo.

Es la última prueba: casi me inspiran lástima los traidores. ¡Ah!, la seguridad del triunfo me sostiene. Calma, corazón. Ya están..., ya están... No quiero verlas... ¡A mí que tanto las amaba!... No quiero... ¡Y a ellas se tornan mis ojos..., y las buscan..., y las buscan!...

ESCENA XII.

Don Lorenzo, don Tomás, el Doctor. Por la derecha Ángela, Inés, Duquesa y Eduardo.

Don Lorenzo.

¡Inés! ¡No es posible! ¡Ella! ¡No es posible!... ¡Hija mía! (Se precipita con los brazos abiertos hacia ella. Inés corre a su encuentro).

Inés.

¡Padre! (Al ir a abrazarla, se interpone Bermúdez que los separa violentamente).

Doctor.

¡Eh!..., vamos..., don Lorenzo, puede usted causar mucho daño a su hija.

Don Lorenzo.

(Cogiéndole por un brazo y sacudiéndole con violencia). ¡Miserable!... ¿Quién eres tú para separarme de ella?

Don Tomás.

¡Lorenzo!

Eduardo.

¡Don Lorenzo!

Ángela.

¡Dios mío! (Las mujeres se agrupan instintivamente. Inés, en los brazos de su madre; la Duquesa, junto a las dos. Tomás y Eduardo acuden a librar a Bermúdez de las manos de don Lorenzo).

Don Lorenzo.

(Dominándose, aparte). ¡Ya!... Pensarán los imbéciles que es un nuevo acceso de locura. ¡De locura! ¡Ja, ja, ja! (Riendo con carcajada contenida. Todos le observan).

Doctor.

(Aparte a Tomás). Evidente.

Ángela.

(Aparte). ¡Ah, mi pobre Lorenzo!

Inés.

(Aparte). ¡Ah, padre mío!

Don Lorenzo.

(Aparte). Ya veréis cómo acaba mi locura. Antes de salir de esta casa con qué placer arrojaré a ese Doctor. ¡Ánimo! La lucha me da fuerzas. ¿Pues qué? ¿No hay más que declarar loco a un hombre porque cumple con su deber? ¡Ah!..., no es posible. La humanidad no es tan ciega o tan infame. ¡Basta ya! ¡Calma! Traición, empieza tú; y empieza tú, castigo. (En voz alta). Ha llegado la hora de que cumpla un deber sagrado, aunque por todo extremo doloroso. Inútil es que ustedes presencien formalidades que la ley exige, y que fueran harto molestas. El representante de la ley allí me espera, y yo, cumpliendo otra ley más alta, voy a despojarme de bienes que no son míos, y de un nombre que en conciencia ni yo puedo llevar, ni puede llevar mi familia. Después vendré aquí, y con mi esposa, y con mi..., con mi hija, sin que nadie me lo pueda impedir, sin que podáis resistirme vosotras, saldré de esta casa que fue para mí pasado de amor y de felicidad; que es hoy presente de traición y de infamia. Señores (A Tomás y Bermúdez), ustedes me preceden: yo se lo ruego. (Entran todos lentamente en el gabinete de la izquierda. Al salir dirige Lorenzo una última mirada a Inés).