ESCENA XIII.
Ángela, Inés, Duquesa, Eduardo.
Las tres mujeres en primer término. Eduardo,
escuchando
en la puerta del gabinete.
Inés.
¡Dios mío, sálvale!
Ángela.
(Abrazando a su hija). Sí, tienes razón. Pensemos solo en él; pidamos solo por él.
Duquesa.
Deber sagrado es en ustedes anteponer a su dicha la de don Lorenzo; pero en todo caso obligación no menos sagrada es conformarse con una más alta voluntad que la nuestra. (Pausa).
Inés.
(A Eduardo). ¿Qué dice?... ¡Por Dios!... ¿Qué dice?
Eduardo.
Está hablando: su frase es fría y severa, pero sin vacilaciones ni ambigüedades. (Eduardo vuelve a la puerta).
Ángela.
¡Qué angustia, qué ansiedad! ¡La muerte es preferible a este suplicio!
Inés.
¿Y qué importa lo que diga mi pobre padre si de antemano está juzgado?
Ángela.
No, hija mía; no digas eso.
Inés.
Sí: lo digo porque yo lo siento; porque yo lo veo en los que son ahora sus jueces.
Ángela.
Pero ¿qué ves?
Inés.
En esa gente, la monomanía del oficio...
Ángela.
¿Y en Tomás?
Inés.
Sus opiniones científicas..., qué sé yo..., sus propias locuras...
Ángela.
¿Pero en mí?...
Inés.
(Abrazándose a ella). ¡El amor que me tienes!
Ángela.
¡Calla, Inés, calla!
Inés.
¡Todos contra mi padre! ¡Pobre padre mío!
Duquesa.
Usted delira, Inés.
Inés.
Sí, deliro: como usted y como todos nosotros, ¡menos él..., menos él!... ¡Me lo dice el corazón! Usted misma, señora, lo que desea es la felicidad de Eduardo; y Eduardo, mi amor; y su amor, yo; y mi padre, su virtud, su honradez son obstáculos para todos nosotros, y en todos nosotros se agita algo oscuro que envuelve en sombras nuestras conciencias. ¡Padre mío! ¡Padre mío!
Ángela.
¡Por Dios, Inés, qué ideas!
Inés.
¿Qué dice?... ¿Qué dice? ¡Oigo su voz!
Eduardo.
(Acercándose). Habla de una prueba terminante.
Inés.
¡Ojalá! (A Eduardo). ¿Y ahora?
Eduardo.
Le exigen la presentación de la prueba para que conste en el acta y para su entrega al juez.
Ángela.
¿Y él?...
Eduardo.
Él sonríe con sonrisa de triunfo. Está pálido, muy pálido; pero sereno y digno. Aquí se acerca... (Viene Eduardo al proscenio y dice aparte): (¡Este hombre me da miedo!)
Inés.
(Aparte). ¡Ojalá..., aunque muera mi amor!
Ángela.
(A la Duquesa). ¿Será verdad?
Duquesa.
(A Ángela). ¿Será verdad?
Eduardo.
(Aparte, viendo entrar a don Lorenzo). ¡Ah! ¡Seré yo el insensato!...
ESCENA XIV.
Ángela, Inés, Duquesa, Eduardo, don Lorenzo,
Doctor, don Tomás.
La situación de los personajes es la siguiente: las tres mujeres, formando un grupo, estrechamente unidas junto al sofá, en el cual se apoyan: Eduardo, detrás del sofá, mirando a don Lorenzo, con temor y como dominado por él: don Lorenzo, avanzando tranquilo y altivo hacia el centro del escenario. Tomás y Bermúdez vienen detrás de él y se detienen a algunos pasos de la puerta.
Don Lorenzo.
(Acercándose a la mesa y poniendo la mano con aire de triunfo sobre el pupitre). Aquí está la prueba... Aquí está la verdad. (Pausa. Abre el pupitre y saca el sobre con el pliego en blanco. Después avanza hacia el proscenio: Tomás y Bermúdez por un lado, Eduardo por otro, se aproximan a él). ¡Desdichados los que imaginaban sacrificarme a su interés o a su pasión! ¡Cuán amargo será el desengaño! ¡Cuán cruel será el castigo! ¡Ojalá pueda mitigarlo mi perdón! (Profundamente conmovido).
Ángela.
(Acercándose). ¡Lorenzo!
Inés.
¡Padre!
Don Lorenzo.
¡Esta es la prueba, Tomás: esta es la prueba, Ángela: esta es la prueba, hija mía! Oíd. (Pausa. Don Lorenzo rompe el sobre. Todos se acercan a él y le rodean). Esta es... ¡Qué es esto! (Separando el papel de sus ojos y pasando por ellos la mano). ¿Qué sombras empañan mis ojos?... ¿Hay lágrimas en ellos y me impiden ver?... ¡No!... Antes lloré... Ahora no estoy llorando. (Vuelve a mirar el papel con horrible ansiedad, lo extiende, lo vuelve, busca por todas partes lo escrito). Pero ¿dónde está lo que escribió aquella mujer?... Si yo lo he leído mil veces... Y ahora no puedo... (A Tomás, mostrándole el papel). ¿Qué dice aquí?... Lee..., lee pronto... Pero ¿qué dice?
Don Tomás.
Nada, pobre Lorenzo.
Don Lorenzo.
¡Nada!... (Mirando otra vez el papel). ¡Me engañas! Bermúdez, ese me engaña. ¡Es uno de los miserables que han urdido esta infame traición!... Lea usted..., lea usted...
Doctor.
Está en blanco el papel.
Don Lorenzo.
¡No hay nada escrito! ¿Dice usted que no hay nada escrito? No es verdad..., no..., no es verdad. ¡Inés, hija mía, mi único amor, ven, salva a tu padre!... ¿Qué dice aquí?
Inés.
¡Nada veo, padre mío!
Don Lorenzo.
Nada... Tampoco ella... Pero esto ¿no es una prueba?
Don Tomás.
Sí, desdichado amigo..., una prueba... y harto cruel.
Don Lorenzo.
(Dándose una palmada en la frente). ¡Ah, lo comprendo! (Mirando a Tomás y a Ángela). ¡Antes hablaban de una prueba!... ¡Tú!... ¡Y tú! (A Ángela y a Tomás). ¡¡La quitaron de allí!!... ¡¡Jesús!!... ¡¡Jesús!! (Se aparta de ellos con horror: todos se separan de él, que de este modo queda en el centro, pero un poco aislado. El actor interpretará este momento como crea oportuno. Pausa). ¡Sea!... ¡Sea!... ¡Vencido!... ¡Miserablemente vencido! ¡Cómo se gozan en su triunfo! ¡Con qué hipócrita dolor me contemplan! ¡Y fingen que lloran! ¡Todos lo fingen! (Pausa). ¡Ay..., mi corazón! ¡Ay..., ilusiones de la vida!... ¡Ay..., el amor!... ¡Ay..., mi hija!..., ¡mi hija!... ¡Fantasmas que giran y huyen..., huid para siempre!... ¡Y yo creía en todo! ¡Qué azul era el cielo! ¡Qué blanca la frente de Inés!... Y ahora ¡en qué voy a creer! Ya lo veis: no lucho. Cedo: vuestra es la victoria. Aquellos hombres ¿para qué han venido si yo no resisto? Iré a donde queráis. ¡Adiós!... (A Tomás que se le acerca y le coge la mano). ¡No me toques! ¡Cuando la piel humana me roza, me parece que sobre mi carne deslizan víboras! Yo solo..., solo, subiré a mi calvario con la cruz de mis dolores, sin infame cirineo que me ayude. Adiós, amigo leal (Siempre a Tomás), tú que has salvado la fortuna de esta desconsolada familia de entre las manos de un loco. Adiós, Ángela..., mi tierna esposa... ¡Veinte años hace que te di, loco de amor, el primer beso! ¡Hoy, también loco, te envío el último! (Le envía un beso con un grito de horrible desesperación).
Ángela.
¡Lorenzo!
Don Lorenzo.
¡Pero no te acerques, que pudiera ahogarte entre mis brazos! (Ángela retrocede). Adiós, Inés, hija mía... (Con voz llorosa). Si puedes..., sé feliz... A ti nada te digo... No puedo hablarte con enojo. (Da algunos pasos y se detiene falto de fuerzas: quieren acercarse a él, pero los rechaza). Dejadme: no necesito a nadie. El sudor empapa mi frente, y la sed seca mis labios, y algo que quema mucho me hincha los párpados. (Deteniéndose). Oye..., Inés..., ¡hija mía! ¡Si aún me conservas algún amor; si por ventura sientes compasión hacia tu padre; si te pesa lo que entre todos habéis hecho..., ven por última vez a mis brazos! ¡Que yo lleve a ese infierno de dolor que me aguarda una lágrima de tus ojos en mi frente y un beso de tus labios en mis labios!
Inés.
¡Padre! (Quieren sujetarla, pero se desprende de todos y corre hacia don Lorenzo, que se precipita hacia ella y la oprime frenético contra su pecho).
Don Lorenzo.
¡Hija! (Todos se precipitan hacia ellos, pero sin pretender separarlos todavía).
Inés.
¡No!... Que no te lleven. ¡Yo te amo!... ¡Todos mienten menos tú!
Don Lorenzo.
¿Tú no quieres que me lleven aquellos hombres?
Inés.
No..., no... Defiéndete... ¡Defiéndeme a mí!...
Don Lorenzo.
Sí... Yo te defenderé... Que te arranquen de mis brazos. (Quiere huir con ella, oprimiéndola contra su pecho).
Ángela.
¡Mi hija!... ¡Mi hija!... ¡Socorro! (Eduardo, Tomás y Bermúdez pugnan por separar al padre de la hija).
Don Lorenzo.
¡No la soltaré!... ¡Eternamente contra mi pecho!
Inés.
¡Sí, sí, padre mío! ¡Defiéndeme!
Doctor.
Es preciso.
Eduardo.
¡Don Lorenzo!
Don Tomás.
¡Lorenzo!
Duquesa.
¡Dios mío! ¡Va a matarla como mató a Juana!
Ángela.
¡Inés! (Todos estos gritos casi simultáneos: la lucha, rápida: los loqueros salen. Por último, los hombres sujetan a don Lorenzo y las dos mujeres contienen a Inés, arrancando de este modo a viva fuerza a la hija de los brazos del padre).
Eduardo.
¡Al fin!
Inés.
¡Padre! (Tendiendo hacia él los brazos).
Don Lorenzo.
No he podido más, hija..., no he podido más... Aquí sobre mi rostro siento tus lágrimas y tus besos... Ella me amaba..., era inocente... ¡Dios mío, ya lo veo, tú aceptaste mi martirio en aquella noche de lucha y de tentación a cambio de su dicha! ¡No me arrepiento! ¡Hazla dichosa..., muy dichosa!..., ¡y para mí..., para mí solo su cáliz de amargura!...
Inés.
¡Adiós! ¡Yo iré a salvarte!
Don Lorenzo.
¡Qué podrás tú..., hija mía..., si Dios no me salva! (Queda cerca del gabinete entre los loqueros, Eduardo, Tomás y Bermúdez, que le sujetan. Inés, en primer término tendiendo hacia él los brazos).
FIN DEL DRAMA.