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Obras completas de Fígaro, Tomo 1 cover

Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Chapter 15: EL CASARSE PRONTO Y MAL
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La colección reúne artículos, ensayos y cartas que combinan sátira y reflexión para examinar costumbres públicas y privadas, el teatro, la administración y la vida cotidiana. Alterna piezas breves de crítica mordaz con un relato más extenso de carácter narrativo, y emplea el humor y la observación para señalar hipocresías y hábitos sociales, proponiendo pautas de juicio y reforma sin perder la viveza estilística. La edición incluye prólogos y notas que contextualizan la producción y su intención crítica.

ARTÍCULO SEGUNDO
EL DERECHO DE PROPIEDAD


«Veo que ya no es tenido por sabio sino aquel que sabe arte lucrativa de pecunia... Veo los ladrones muy honrados... todo lleno de fe rompida y traiciones, todo lleno de amor de dinero».

Luis Mejía

¿Qué cosa es el derecho de propiedad? Si nosotros no lo decimos, ¿quién lo dirá? Y si ninguno lo dice, ¿quién lo sabrá? Y si ninguno lo sabe, ¿quién lo remediará?

Ya la fama esparció de provincia en provincia, de pueblo en pueblo, la gloria del nuevo alumno de las nueve, ya el importante y anhelado voto del ilustrado público coronó sus sienes con la hoja inmarcesible, resonaron los aplausos, vertió el ingenio lágrimas de alegría, y ya va á gozar del premio de sus tareas.

Piénsalo así á lo menos el desdichado; pero no sabe que ha escogido mala palestra para triunfar y que en este juego, como en el ganapierde, el que gana es el que da más á comer. Si su modestia y su mala ventura quiso que retardase acaso la publicación de su obra, levantarase una mañana y le dará en los ojos el anuncio de ella, ya impresa y puesta en venta, que andará bizmando las esquinas de la capital. Algún librero de... de dónde no es justo decir, le ha hecho el obsequio de imprimírsela en muy mal papel, con pésimo carácter de letra, estropeado el texto original y sin pedirle licencia. Así corren impresas muchas de ellas, y esto se hace pública y libremente.

No comprendemos en realidad por qué ha de ser un autor dueño de su comedia; verdad es que en la sociedad parece á primera vista que cada cual debe ser dueño de lo suyo; pero esto no se entiende de ninguna manera con los poetas. Éste es un animal que ha nacido como la mona para divertir gratuitamente á los demás, y sus cosas no son suyas, sino del primero que topa con ellas y se las adjudica. ¡Buena razón es que el pobre hombre haya hecho su comedia para que sea suya! ¡Lindo donaire! Dios crió al poeta para el librero, como el ratón para el gato, y caminando sobre este supuesto, que nadie nos podrá negar, es cosa clara que el impresor que tal hace cumple con su instinto, desempeña una obra meritoria, y si no gana el cielo, gana el dinero, que para ciertas conciencias todo es ganar.

Así que, asombrados estamos de la bondad y largueza de aquellos impresores honrados (que también los hay) que se dignan favorecer al autor con pedirle su permiso y su comedia, pagarle el precio convenido, y darla después lícitamente al público; estos deben entender poco ó nada de achaque de conciencias, porque, ¡cuánto más sencillo y natural es salirse á caza de comedias, como quien sale á caza de calandrias, tirar á la bandada, y caiga la que caiga... y rechine con ella la prensa y rechine el autor!

Nosotros, á fe de poetas, si es que se deja á los poetas que tengan siquiera fe, ya que tan poca esperanza tienen, les juramos no acudir á ponerles pleito, porque nunca hemos gustado de cuestiones de nombre, y tanto se nos da de que sea la divina Astrea la que saque el fruto de nuestras comedias, como de que sea el librero; con la ventaja para éste de que siquiera nos da gloria, al paso que la otra sólo nos podría dar cuidados y las conchas vacías de la ostra que se hubiese engullido. Hágales pues muy buen provecho á los señores tratantes en libros que esto hacen, nuestro ingenio, que mientras estemos nosotros aquí no les ha de faltar modo de vivir á los murcianos de nuestra literatura; y aun quizá nos demos por muy honrados y contentos.

¡Ojalá tuviesen fin aquí las lacerías del pobre autor! Pero dejando aparte el vil interés, y entrándonos por los campos de la gloria, ¿qué elocuente hablador podrá enumerar las tropelías que le quedan por sufrir al desventurado ingenio en su propia patria? Ved cómo corre su comedia de teatro en teatro; en todas partes gusta, pero acerquémonos un poco más. Aquí el corifeo de la compañía la despojó de su título, y le puso otro, hijo de su capricho, porque, ¿qué entienden los poetas de poner títulos á sus comedias? Allí otro cacique de aquellos indios de la lengua le atajó un parlamento ó le suprimió una escena, porque, ¿qué actor, por mal que represente, no ha de saber mejor que el mejor poeta dónde han de estar las escenas, y cuán largos han de ser los parlamentos y los diálogos, y todas estas frioleras del arte, particularmente si en su vida ha visto un libro, ni estudiado una palabra? Porque es de advertir que en materia de poesía, el que más lee y más estudia es el que menos entiende. Y gracias si la cuchilla de aquel bárbaro victimario no la suprimió entero el papel de un personaje, aunque fuera el del protagonista, que era el que menos falta hacía y más fuera estaba de su lugar.

¿Y aun de esta manera mutilada gustó la comedia? Pues en ese caso no habrá farsa mezquina, ni torpe drama, ni traducción mercenaria á la cual no se le ponga el nombre del autor una vez aplaudido. Tal es la despreocupación de los actores de provincia; para ellos todos los hombres y todos los autores son iguales, y desde el ápice de sus ficticios tronos ven á todos los mayores ingenios tamaños como menudas avellanas, y hacen justicia de unos y de otros, y una masa común de todas sus obras, fundados en que si tal autor no hizo tal obra, bien pudiera haberla hecho; y en el supremo tribunal de estos nuevos dispensadores de la fama lo mismo vale un Juan Pérez que un Pedro Fernández.

Concluyamos pues que el poeta es el único que no es hijo ni padre tampoco de sus obras. Dedicaos, compañeros, dedicaos á las letras aprisa; ese es el premio que os espera. Y quejaos siquiera, infelices. Luego oiréis la turba de gritadores que á la primera queja os ataja. «¡Qué insolencia! dicen: ¿pues no tiene valor de quejarse? ¿Y esto se permite? ¡Qué escándalo! ¡Un hombre que reclama lo que es suyo; un loco que no quiere guardar consideraciones con los necios; un desvergonzado que dice la verdad en el siglo de la buena educación; un insolente que se atreve á tener razón! Eso no se dice así, sino de modo que nadie lo entienda; encerrad á ese hombre que pretende que el talento sea algo entre nosotros, que no tiene respeto á la injusticia, que... encerradle, y siga todo como está, y calle el hablador».

Sí, callaremos, gritadores, que gritáis de miedo; callaremos; pero sólo callaremos espontáneamente cuando hayamos hablado.


FILOLOGÍA

Supuesto que por la lengua pecamos, y que por ella hemos de morir, no será mucho que dediquemos á este ramo de literatura algunas de nuestras tareas. Bien se deja conocer que la lengua es para un hablador lo que el fusil para el soldado; con ella se defiende y con ella mata. Tengamos pues prevenidas y en el mejor estado posible nuestras armas, y démosle á este fin un limpioncito de cuando en cuando.

Vayan pues por hoy para los aficionados á discurrir un par de acertijos:

¿Qué entendemos cuando vemos impreso: «El embajador ó ministro tal cerca de la corte de cual», etc.?

¿Quiere decir que anda al rededor de aquella corte, sin poder nunca llegar á ella, como andaban las almas de los paganos, cuyas exequias no se habían celebrado, en torno de la barca del viejo Caronte? ¿ó padecen los pobres señores el tormento de la garrucha, que, como el lector sabe mejor que nosotros, consistía en colgar al paciente por los brazos de suerte que tocasen las puntas de sus pies en el suelo al estirar, pero sin poder nunca descansarlos en él, precisamente en la misma forma que dejó suspendido la pundonorosa Maritornes al hidalgo manchego del agujereado pajar? Nosotros no entendemos de otra manera aquello de andar cerca, y cierto que nos da verdadera lástima y dolor que unos señores de tal categoría se hallen en tan dificultosa posición. Líbreseles cuanto antes de aquel tormento, si es que somos cristianos, y lleguen ya por fin á sus cortes respectivas, y vivan en ellas como en tiempos de nuestros antepasados, que decían: «El embajador de Francia en la corte de España», etc. Porque si del que se halla en una corte se puede decir que está cerca de ella, ¿qué inconveniente habrá en que digamos que tenemos los ojos cerca de la cara y no en la cara?

No hace mucho tiempo que vimos en la representación de una comedia titulada No más mostrador la frase siguiente: «Si el ridículo que nos hemos echado encima no nos hace morir», etc. Y en muchas partes vemos continuamente repetido este galicismo.

¿Qué cosa es un ridículo que se echa uno encima? ¿Se usa en castellano como sustantivo la voz ridículo, ni quiere decir nada usado de esta manera? Si los jóvenes que se dedican á la literatura estudiasen más nuestros poetas antiguos, en vez de traducir tanto y tan mal, sabrían mejor su lengua, se aficionarían más de ella, no la embutirían de expresiones exóticas no necesarias, y serían más celosos del honor nacional.

El bachiller


CARTA SEGUNDA
ESCRITA Á ANDRÉS

POR EL MISMO BACHILLER

¡Qué país, Andrés, el de las Batuecas! ¡Cuánto no promete! ¿De mi amistad exiges que siga poniendo en tu noticia lo que de este extraordinario suelo pueda alcanzar á tener? ¿Gustóte mi primera epístola? Juro en buena hora mi honor, y ya sabes que este juramento es en estos tiempos y en las Batuecas cosa seria y sagrada, juro por mi honor, digo, que no tengo de parar hasta que tanto sepas en la materia como yo.

De poco te asombras, querido amigo: nada es lo que he dicho en comparación de lo que me queda que decir. Te dije que no se leía ni se escribía. ¿Cuál será tu asombro y tu placer cuando te pruebe que tampoco se habla? ¿No puedes concebir que llegue á tanto la moderación de este inculto país? ¿Y por eso le llaman inculto? ¡Hombres injustos! Llamáis á la prudencia miedo, á la moderación apocamiento, á la humildad ignorancia. Á toda virtud habéis dado el nombre de un vicio.

¿Puede haber nada más hermoso ni más pacífico que un país en que no se habla? Ciertamente que no, y por lo menos nada puede haber más silencioso. Aquí nada se habla, nada se dice, nada se oye.

¿Y no se habla, me dirás, porque no hay quien oiga, ó no se oye porque no hay quien hable? Cuestión es ésa que dejaremos para otro día, si bien cuestiones andan en esos mundos decididas, acreditadas y creídas más paradójicas que ésta. Empero conténtate por ahora con saber que no se habla: costumbre antigua tan admitida en el país, que para ella sola tienen un refrán que dice: «Al buen callar llaman Sancho»; y no necesito decirte la autoridad que tiene en las Batuecas un refrán, y más un refrán tan claro como este.

Llégome á una concurrencia. «Buenos días, don Prudencio; ¿qué hay de nuevo?—Tsí, calle usted, me dice con un dedo en los labios.—¿Que calle?—Tsí; y se vuelve á mirar en derredor.—Hombre, si yo no pienso decir nada malo.—No importa, calle usted. ¿Ve usted aquel embozado que escucha?... Es un esp... un sop...—¡Ah!—Que vive de eso.—¿Y se vive de eso en las Batuecas?—Ése es un hombre que vive de lo que otros hablan, y como ese hay muchos; así que todos estamos reducidos aquí á no hablar; mírenos usted oscuramente envueltos en nuestras capas, hablando por dentro del embozo, desconfiando de nuestros padres y nuestros hermanos... Parece que hemos cometido todos ó vamos á cometer algún delito.. Imite usted nuestro ejemplo, que en ello le va más de lo que le parece».

¿Hay cosa más rara? ¡Un hombre que vive de lo que otros hablan! ¿Y dicen que los batuecos no son industriosos para vivir?...


Va á edificarse un monumento que podrá dar gloria á las Batuecas; el plan es colosal, la idea magnífica, la ejecución asombrosa; pero hay un defecto, un defecto también colosal: me apresuro: yo le haré conocer, yo le haré desaparecer. «Señor don Timoteo, traigo un artículo para usted: insértemele usted en su miscelánea.—¡Ah! ¿Esto? Es imposible.—¡Imposible!». Y me añade al oído: «Usted no sabe que el sugesto que ha propuesto el plan se llama D.Y.Z.—Bien pudiera llamarse así ese sugesto y corregirse el defecto.—Pero es pariente del señor...—¿Y no pudiera seguir siendo su pariente después de desaparecer el defecto?—Cierto; no me entiende usted; es mal enemigo, y no me atrevo á insertarlo».

¡Oh inagotable capítulo de las consideraciones! Por todos lados adonde nos volvamos para marchar encontramos con la pared. ¡Qué de elogios no merece esta noble moderación, este respeto á las personas que pueden entre los batuecos!

Encuéntrome con un escritor público. «Señor bachiller, ¿qué le parecen á usted mis escritos?—Hombre, me parece que no hay nada que pedirles, porque nada tienen.—¡Siempre ha de decir usted cosas!...—¡Y usted nunca ha de decir cosas! ¿Por qué no fulmina usted el anatema de la crítica contra ciertas obras que inundan?—¡Ay, amigo! Los autores han descubierto el gran secreto para que no les critiquen sus obras. Zurcen un libro. ¿Son vaciedades? No importa. ¿Para qué son las dedicatorias? Buscan un nombre ilustre, encabezan con él su mamotreto, dicen que se lo dedican, aunque nadie sepa lo que quiere decir eso de dedicar un libro que uno hace á otro que nada tiene de común con el tal libro, y con este talismán caminan seguros de ofensas ajenas. Ampáranse como los niños en las faldas de mamá para que papá no los pegue. ¿Por qué no pinta usted el desorden de nuestras costumbres y de nuestras...—¡Ah! ¿No conoce usted el país? ¿Yo satírico? ¡Si tuviera el vulgo la torpeza de entender las cosas como se dicen! Pero es tanta la penetración de estos batuecos, que adivinan el original del retrato que usted no ha hecho. Dice usted que es ridículo el ser un calzonazos; y que es un pobre hombre todo Juan Lanas, y sale un importante de estos que á costa de tener reputación se conforman con tenerla mala, y exclama á voces: ¡Señores! ¿Saben ustedes quién es ese Juan Lanas de quien habla el satírico? Ese Juan Lanas soy yo: porque para eso de entender alusiones no hay hombres como los batuecos.—Hombre, ¿qué ha de ser usted? Si el autor no le conoce siquiera...—No importa; apuesto mi cabeza á que soy yo; y os pone un cartel de desafío, y no hay sino dejaros matar porque él es un necio.—¿Quién es aquella sultana del Oriente? le dicen á usted.—Cualquiera que se halle en ese caso, responde usted.—¡Picarillo! le reponen; sí, á mí con ésas... Ésa es la X***. Como si no hubiera más que una en Madrid.—Agregue usted á esto que la naturaleza reparte sus dones con economía, y dando fuerzas á aquel á quien negó el talento, corre el satírico gran riesgo en las Batuecas de que su cabeza se encuentre en el mismo camino de un garrote, encuentro siempre que puede traer peores consecuencias para la primera que para el segundo.—Bien, pues no sea usted satírico: sea usted justo no más. Cuando representan pésimamente una comedia cuando cantan rabiando una ópera, cuando es la decoración mezquina, ¿por qué no levanta su voz?—Con gente del teatro nunca se las haya usted. Cervantes lo dijo. Nunca les falta algún campeón que defenderá su pleito, campeón formidable. Además es ese un teclado en que no se ve más que el exterior: nunca se sabe quien le toca; detrás del retablo y de esas figuritas de pasta de Gaiferos y los moros, debajo del parche de Maese Pedro está Ginesillo de Pasamonte que los mueve: ¡ay! no tome usted la defensa de la infeliz Melisendra, no desbarate las figuras, que si la mona se escapa al tejado, se rompe la ilusión, si destroza las muñecas, las pagará caras. Ésa es, en fin, materia sagrada, y nadie las mueva, que estar no pueda con Roldán á prueba.—Pero, señor, nunca se ha ahorcado á nadie por decir que fulano es mal cómico.—Lo que se ha hecho, señor bachiller, y lo que se hará, mejor se está callado.—Se reclama, se apela...—Señor Munguía, quiero contarle á usted un cuentecillo, y es caso ocurrido no ha muchos meses en un lugarcito de las Batuecas.

«Corríanse un día novillos, y contra la costumbre establecida en esos pueblos de salir enmaromado el animal, bien como debían andar por el mundo muchos animales de asta que yo conozco para que no hicieran daño, hubieron de determinarse á dejarle suelto por las calles. Capeábanle los mozos alegremente, y fué el caso que uno de ellos, más valentón que sus compatriotas, en vez de sortear al novillo se dejó sortear por él; notable equivocación: enganchóle el asta retorcida de la faja que en la cintura traía, y aun no se sabe cuáles hubieran sido las vicisitudes del jaque á no haber acudido en su auxilio dos primos suyos, movidos de aquel impulso natural que todos tenemos de amparar á los que andan enredados con los animales cornudos. Soltáronle en efecto. Pero como quiera que los novillos no valgan nada cuando no hacen algunas de las suyas, amotinóse en la plaza la parcialidad contraria á nuestro jaque, clamando que para eso no se sacaba al novillo, y que el que no supiese torear la pagase, y que había sido una mala partida meterse entre dos que riñen á su salvo: que aquello de ayudar al capeador había sido una alevosía contra el toro; y aun es fama que alguno de los más leídos, que debía ser sobrino del cura, trató aquello de traición semejante á la de Beltrán Claquín, como le llama nuestro Mariana, cuando volviendo lo de abajo arriba dijo en Montiel: Ni quito ni pongo rey. Como quiera que fuese, creció la zambra, enronqueciéronse las voces, alzáronse los palos, y no se sabe en qué hubiera parado aquella nueva discordia de Agramante, á no haberse aparecido en medio de la confusión la divina Astrea, disfrazada en figura de alcalde, que el mismo diablo no la conociera, con medio pino en la mano en vez de balanza y sin venda, porque es sabido que el que no ve con los ojos abiertos, excusa tapárselos para no ver; y á su decisión prometieron resignarse todos. Alegaron las partes, escuchólas á entrambas aquel rústico Laín Calvo, que fué milagro que se cansó en oírlas para sentenciar (aunque hay quien asegura que se durmió mientras hablaron), y dijo en conclusión alzando la voz estentórea: «Señores, por la vara que tengo en la mano, y tenía el tal medio pino que llevamos referido, juro á bríos que me he enterado, aunque me esté mal el decirlo: y condeno á los dos primos á una multa para mis urgencias, es decir, para las urgencias de la justicia, que soy yo, por haber quitado la acción al animal; y declaro que en lo sucesivo nadie sea osado á ayudar en función de esta clase á ningún mozo, por lo menos hasta después de la primera embestida, porque el primer golpe es de derecho del toro, y nadie se lo puede quitar. Y Dios sea con todos». Con cuya decisión debió quedar el pueblo sosegado y usted convencido. ¿Me ha entendido usted, señor bachiller? Pregúntolo porque, si no me ha entendido ahora, excusa hacer más preguntas, que ya nunca me entenderá.

«Así, pues, líbrese de la primera embestida, y no lo deje para la segunda; y desengáñese, que en las Batuecas si nos quita el adular, nos quita el vivir; es preciso contentarse con decir en todo papel impreso, que la comedia estuvo de lo lindo; que todos los actores, incluso los que no la representaron, se sobrepujaron á sí mismos, que es frase que quiere decir mucho aunque no hay un cristiano que la entienda; que la decoración fué cosa exquisita; que el público anduvo acertado en aplaudirla; que la invención última es el summum del saber humano; que el edificio y que la fuente, y que el monumento son otras tantas maravillas; que aquella otra cosa está planteada sobre las bases más sólidas y los auspicios más felices; que la paz y la gloria, y la dicha y el contento llegaron á su colmo; que el cólera no viene á las Batuecas porque describe triángulos acutángulos, y es cosa averiguada que todo el que describe esta figura al andar no puede pasar de cierto punto; entreverar un articulejo de volapiés, que esto á nadie ofende sino al toro; ingerir tal cual examen analítico de la obra última entre si diré, si no diré lo que hay en la materia, tal cual anacreóntica, donde se le digan á Filis cuatro frioleras de gusto, con su poco de acertijo, y algún sonetuelo de circunstancias, que es cosa que sabe como cada fruta en su tiempo, y en las demás materias ¡chitón! que las noticias no son para dadas, la política no es planta del país, la opinión es solo del tonto que la tiene, y la verdad estése en su punto. Además de que la lengua se nos ha dado para callar, bien así como se nos dió el libre albedrío para hacer solo el gusto de los demás, los ojos para ver solo lo que nos quieran enseñar, los oídos para solo oir lo que nos quieran decir, y los pies para caminar adonde nos lleven.

«Y á alguno conozco yo, señor bachiller, que argüía á uno de estos que pregonan la felicidad presente; y arguyéndole con ejemplos bien palpables, le repetía á cada punto: ¿Con que estamos bien? Á lo que, le fué respondido como respondió Bossuet al jorobado: «Para batuecos, amigo mío, no podemos estar mejor».

Así ves, Andrés mío, á los batuecos, á quienes una larga costumbre de callar ha entorpecido la lengua, no acertar á darse mutuamente los buenos días, tener miedo pazguatos y apocados á su propia sombra cuando se la encuentran á su lado en una pared, y guardándose consideraciones á sí mismos por no hacerse enemigos, sucediéndoles precisamente que se mueren de miedo de morirse, que es la especie de muerte más miserable de que puede hombre morir. Bien como le sucedió á un enfermo á quien un médico brusista había mandado no comer si quería evitar la muerte, que comiendo, según decía, le amenazaba; el cual á poco tiempo de este régimen dietético se murió de hambre.

Por lo demás, querido Andrés, te confieso que trae muchas ventajas el no hablar, y no quiero citarte para convencerte entre otros ejemplos sino el pícaro resultado y la larga cola, que más bien parece maza que cola, que nos han traído aquellas palabras que se hablaron en los principios del mundo, esto es, las que dijo á Eva la serpiente acerca del asunto de la manzana: trance primero en que empezó ya á hacer la lengua de las suyas, y á dar á conocer para qué había de servir en el mundo. Sin lengua, ¿qué sería, Andrés, de los chismosos, canalla tan perjudicial en cualquiera república bien ordenada? ¿qué de los abogados? Ni existiera sin lengua la mentira, ni hubiera sido precisa la invención de la mordaza, ni entrara nunca el pecado por los oídos, ni hubiera murmuradores ni bachilleres, que son el gusano y polilla de todo buen orden. Con lo cual creo haberte convencido de otra ventaja que llevan los batuecos á los demás hombres, y de qué cosa sea tan especial el miedo, ó llámese la prudencia, que á tal silencio los reduce. Te diré más todavía: en mi opinión no habrán llegado al colmo de su felicidad mientras no dejen de hablar eso mismo poco que hablan, aunque no es gran cosa, y semeja solo al suave é interrumpido murmullo del viento cuando silba por entre las ramas de los cipreses de un vasto cementerio; entonces gozarán de la paz del sepulcro, que es la paz de las paces. Y para que veas que no es solo Dios el que desapruebe el hablar demasiado, como arriba llevo apuntado, te traeré otra autoridad recordándote al famoso filósofo griego (y no me hagas gestos al oir esto de filósofo), que enseñaba á sus discípulos por espacio de cinco años á callar antes de enseñarles ninguna otra cosa, que fué idea peregrina, y sería aquella cátedra lo que habría que oir, de donde concluyo, porque me canso, que cada batueco es un Platón, y no me parece que lo ha encarecido poco tu amigo el bachiller.

P.D. Se me olvidaba decirte que á mi última salida de las Batuecas se susurraba que hablaban ya. ¡Pobres batuecos! ¡Y ellos mismos se lo creían!


MANÍA DE CITAS Y DE EPÍGRAFES

Hombres conocemos para quienes sería cosa imposible empezar un escrito cualquiera sin echarle delante, á manera de peón caminero, un epígrafe que le vaya abriendo el camino, y salpicarlo todo después de citas latinas y francesas, las cuales, como suelen ir en letra bastardilla, tienen la triple ventaja de hacer muy variada la visualidad del impreso, de manifestar que el autor sabe latín, cosa rara en estos tiempos en que todo el mundo lo aprende, y de probar que ha leído los autores franceses, mérito particular en una época en que no hay español que no trueque toda su lengua por un par de palabritas de por allá. Nosotros, como somos tan bobalicones, no sabemos á qué conducen los epígrafes, y quisiéramos que nos lo explicasen, porque en el ínterin que llega este caso, creemos que el pedantismo ha sido siempre en todas las naciones el precursor de las épocas de decadencia de las letras. Verdad es que estamos muy seguros de que no ha de ir á menos nuestra literatura; esto es en realidad caso tan imposible como caerse una cosa que está caída; pero por eso mismo no quisiéramos tener los síntomas de una enfermedad, cuyo único y verdadero antídoto acertamos á poseer.

Si el autor que escribe dice una verdad, y sienta una idea luminosa, no sabemos qué más valor le han de dar los pocos sabios que en el mundo han sido reunidos en su apoyo, y si su aserción es falsa, ó sienta una idea despreciable, no consideremos que haya Horacio ni Aristóteles capaz de disculpar su tontería. Agrégase á esto, que por lo regular suele tergiversarse el sentido de los autores pasados para acomodar su texto á nuestra idea, á veces en materias cuya posible existencia ni siquiera sospechó la docta antigüedad.

Verdad es que el vulgo, que ignora la lengua en que se le trae la cita, suele quedar deslumbrado. Éste es el origen del aplauso y de la algazara que se arma en el teatro siempre que un autor, conocedor del corazón humano, ingiere en su drama uno ó muchos latines, ó palabras técnicas y científicas que entienden pocos; cada cual se apresura á reirse para que no piense el que tiene al lado que no ha entendido toda la picardía de aquella palabra. Tal es la condición de nuestra pueril vanidad. Sucede también que se lee con desprecio ó indiferencia á un autor moderno, y solo se le empieza á respetar desde que se ve la autoridad del antiguo, como si estos hombres con quienes se vive diariamente no fuesen capaces de decir por sí solos cosa alguna que valga la pena de ser leída, porque está probado que no hay cosa para ser tenido en mucho como morirse, á lo cual se agrega que el vulgo ignora cuán fácil es encontrar en el día textos para todo, y que es más difícil tener mucho saber que aparentarlo. Todo esto es verdad, y es lo único que en apoyo de las citas y epígrafes encontramos; pero el hombre verdaderamente superior desprecia estas vulgaridades.

Nosotros, que no somos hombres superiores, ni nos creemos vulgo, tomaremos de buena gana un medio igualmente apartado de ambos extremos, y desearíamos que, más celosos de nuestro orgullo nacional, no fuésemos por agua á los ríos extranjeros teniéndolos caudalosos en nuestra casa. Cansados estamos ya del utile dulci tan repetido, del lectorem delectando, etc., del obscurus fio, etc., del parturiens montes, del on sera ridicule, etc., del C'est un droit qu'à la porte, etc., y de toda esa antigua retahila de viejísimos proverbios literarios desgastados bajo la pluma de todos los pedantes, y que, por buenos que sean, han perdido ya para nuestro paladar, como manjar repetido, toda su antigua novedad y su picante sainete.

Creemos que casi todo está dicho y escrito en castellano. No atreviéndonos, pues, á desterrar del todo esta manía, porque el vulgo no crea que sabemos menos, ó tenemos menos libros que nuestros hermanos en Apolo, traeremos siempre en nuestro apoyo autoridades españolas, que no nos han de faltar aunque tratásemos de poner á cada artículo siete epígrafes y cincuenta citas, como lo hacía cierto Duende satírico de pícara recordación, que algunas veces se las hemos contado; de suerte que no había modo de entrar á sus cuadernos sino atropellando á una infinidad de varones respetables que le esperaban al pobre lector á la puerta, como para darle una cencerrada al ver donde se metía.

Sin embargo, por si el público curioso dudase de nuestra mucha latinidad y de nuestros adelantamientos en la lengua francesa, nos reservamos el derecho de darle al fin de la publicación de nuestros números, si lo creyésemos conducente para nuestra buena opinión, una listita de los epígrafes y citas más ó menos oportunas que hubiéramos podido usar en el discurso de nuestras habladurías, lo cual podremos hacer cómodamente, aun sin saber mucho latín ni francés, con solo echarnos á copiarlos de los libros y papeles que andan impresos, que cada uno trae por lo menos en su frontis su epígrafe, que le viene bien, además de muchas citas en el discurso de la obra, que le vienen mal, y de otras que de ninguna manera le vienen ni bien ni mal.


EL CASARSE PRONTO Y MAL

Así como tengo aquel sobrino de quien he hablado en mi artículo de empeños y desempeños, tenía otro, no hace mucho tiempo, que en esto suele venir á parar el tener hermanos. Éste era hijo de una mi hermana, la cual había recibido aquella educación que se daba en España no hace ningún siglo: es decir, que en casa se rezaba diariamente el rosario, se leía la vida del santo, se oía misa todos los días, se trabajaba los de labor, se paseaba las tardes de los de guardar, se velaba hasta las diez, se estrenaba vestido el domingo de Ramos, y andaba siempre señor padre, que entonces no se llamaba papá, con la mano más besada que reliquia vieja, y registrando los rincones de la casa, temeroso de que las muchachas, ayudadas de su cuyo, hubiesen á las manos algún libro de los prohibidos, ni menos aquellas novelas que, como solía decir, á pretexto de inclinar á la virtud, enseñan desnudo el vicio. No diremos que esta educación fuese mejor ni peor que la del día; sólo sabemos que vinieron los franceses, y como aquella buena ó mala educación no estribaba en mi hermana en principios ciertos, sino en la rutina y en la opresión doméstica de aquellos terribles padres del siglo pasado, no fué necesaria mucha comunicación con algunos oficiales de la guardia imperial para echar de ver que si aquel modo de vivir era sencillo y arreglado, no era sin embargo el más divertido. ¿Qué motivo habrá efectivamente que nos persuada que debemos en esta corta vida pasarlo mal, pudiendo pasarlo mejor? Aficionóse mi hermana de las costumbres francesas, y ya no fué el pan pan, ni el vino vino: casóse, y siguiendo en la famosa jornada de Vitoria la suerte del tuerto Pepe Botellas, que tenía dos ojos muy hermosos y nunca bebía vino, emigró á Francia.

Excusado es decir que adoptó mi hermana las ideas del siglo; pero como esta segunda educación tenía tan malos cimientos como la primera, y como quiera que esta débil humanidad nunca sepa detenerse en el justo medio, pasó del Año cristiano á Pigault Lebrun, y se dejó de misas y devociones, sin saber más ahora por qué las dejaba que antes por qué las tenía. Dijo que el muchacho se había de educar como convenía; que podría leer sin orden ni método cuanto libro le viniese á las manos, y qué sé yo qué más cosas decía de la ignorancia y del fanatismo, de las luces y de la ilustración, añadiendo que la religión era un convenio social en que sólo los tontos entraban de buena fe, y del cual el muchacho no necesitaba para mantenerse bueno; que padre y madre eran cosa de brutos, y que á papá y mamá se les debía tratar de , porque no hay amistad que iguale á la que une á los padres con los hijos (salvo algunos secretos que guardarán siempre los segundos de los primeros, y algunos soplamocos que darán siempre los primeros á los segundos): verdades todas que respeto tanto ó más que las del siglo pasado, porque cada siglo tiene sus verdades, como cada hombre tiene su cara.

No es necesario decir que el muchacho, que se llamaba Augusto, porque ya han caducado los nombres de nuestro calendario, salió despreocupado, puesto que la despreocupación es la primera preocupación de este siglo.

Leyó, hacinó, confundió; fué superficial, vano, presumido, orgulloso, terco, y no dejó de tomarse más rienda de la que se le había dado. Murió, no sé á qué propósito, mi cuñado, y Augusto regresó á España con mi hermana toda aturdida de ver lo brutos que estamos por acá todavía los que no hemos tenido como ella la dicha de emigrar; y trayéndonos entre otras cosas noticias ciertas de cómo no había Dios, porque eso se sabe en Francia de muy buena tinta. Por supuesto que no tenía el muchacho quince años y ya galleaba en las sociedades, y citaba, y se metía en cuestiones, y era hablador, y raciocinador como todo muchacho bien educado; y fué el caso que oía hablar todos los días de aventuras escandalosas y de los amores de fulanito con la menganita, y le pareció en resumidas cuentas cosa precisa para hombrear enamorarse.

Por su desgracia acertó á gustar á una joven, personita muy bien educada también, la cual es verdad que no sabía gobernar una casa, pero se embaulaba en el cuerpo en sus ratos perdidos, que eran para ella todos los días, una novela sentimental con la más desatinada afición que en el mundo jamás se ha visto; tocaba su poco de piano y cantaba su poco de aria de vez en cuando, porque tenía una bonita voz de contralto. Hubo guiños y apretones desesperados de pies y manos, y varias epístolas recíprocamente copiadas de la Nueva Eloísa; y no hay más que decir sino que á los cuatro días se veían los dos inocentes por la ventanilla de la puerta y escurrían su correspondencia por las rendijas, sobornaban con el mejor fin del mundo á los criados, y por último, un su amigo, que debía de quererle muy mal, presentó al señorito en la casa. Para colmo de desgracia, él y ella, que habían dado principio á sus amores porque no se dijese que vivían sin su trapillo, se llegaron á imaginar primero, y á creer después á pies juntillas, como se suele muy mal decir, que estaban verdadera y terriblemente enamorados. ¡Fatal credulidad! Los parientes, que previeron en qué podía venir á parar aquella inocente afición ya conocida, pusieron de su parte todos los esfuerzos para cortar el mal, pero ya era tarde. Mi hermana, en medio de su despreocupación y de sus luces, nunca había podido desprenderse del todo de cierta afición á sus ejecutorias y blasones, porque hay que advertir dos cosas: 1.ª que hay despreocupados por este estilo; y 2.ª que somos nobles, lo que equivale á decir, que desde la más remota antigüedad nuestros abuelos no han trabajado para comer. Conservaba mi hermana este apego á la nobleza, aunque no conservaba bienes; y ésta es una de las razones por que estaba mi sobrinito destinado á morirse de hambre si no se le hacía meter la cabeza en alguna parte, porque eso de que hubiera aprendido un oficio, ¡oh! ¿qué hubieran dicho los parientes y la nación entera? Averiguóse, pues, que no tenía la niña un origen tan preclaro, ni más dote que su instrucción novelesca y sus duettos, fincas que no bastan para sostener el boato de unas personas de su clase. Averigua también la parte contraria que el niño no tenía empleo, y dándosele un bledo de su nobleza, hubo aquello de decirle: «Caballerito, ¿con qué objeto entra usted en mi casa?—Quiero á Elenita, respondió mi sobrino.—¿Y con qué fin, caballerito?—Para casarme con ella.—Pero no tiene usted empleo ni carrera.—Eso es cuenta mía...—Sus padres de usted no consentirán...—Sí, señor, usted no conoce mis papás.—Perfectamente; mi hija será de usted en cuanto me traiga una prueba de que puede mantenerla, y el permiso de sus padres; pero en el ínterin, si usted la quiere tanto, excuse por su mismo decoro sus visitas.—Entiendo.—Me alegro, caballerito»; y quedó nuestro Orlando hecho una estatua, pero bien decidido á romper por todos los inconvenientes.

Bien quisiéramos que nuestra pluma, mejor cortada, se atreviese á trasladar al papel la escena de la niña con la mamá; pero diremos en suma que hubo prohibición de salir y de asomarse al balcón, y de corresponder al mancebo, á todo lo cual la malva respondió con cuatro desvergüenzas acerca del libre albedrío y de la libertad de la hija para escoger marido, y no fueron bastantes á disuadirla las reflexiones acerca de la ninguna fortuna de su elegido: todo era para ella tiranía y envidia que los papás tenían de sus amores y de su felicidad; concluyendo que en los matrimonios era lo primero el amor, que en cuanto á comer, ni eso hacía falta á los enamorados, porque en ninguna novela se dice que coman las Amandas y los Mortimers, ni nunca les habían de faltar unas sopas de ajo.

Poco más ó menos fué la escena de Augusto con mi hermana, porque aunque no sea legítima consecuencia, también concluía de que concluía que los padres no deben tiranizar á los hijos, que los hijos no deben obedecer á los padres: insistía en que era independiente; que en cuanto á haberle criado y educado nada le debía, pues lo había hecho por una obligación imprescindible, y á lo del ser que le había dado, menos, pues no se lo había dado por él, sino por las razones que dice nuestro Cadalso entre otras lindezas sutilísimas de este jaez.

Pero insistieron también los padres, y después de haber intentado infructuosamente varios medios de seducción y rapto, no dudó nuestro paladín, vista la obstinación de las familias, en recurrir al medio en boga de sacar á la niña por el vicario; púsose el plan en ejecución y á los quince días mi sobrino había reñido ya decididamente con su madre; había sido arrojado de su casa, privado de sus cortos alimentos, y Elena depositada en poder de una potencia neutral; pero se entiende, de esta especie de neutralidad que se usa en el día; de suerte que nuestra Angélica y Medoro se veían más cada día, y se amaban más cada noche. Por fin amaneció el día feliz, otorgóse la demanda; un amigo prestó á mi sobrino algún dinero, uniéronse con el lazo conyugal, estableciéronse en su casa, y nunca hubo felicidad igual á la que aquellos buenos hijos disfrutaron mientras duraron los pesos duros del amigo.

Pero ¡oh dolor! pasó un mes y la niña no sabía más que acariciar á su Medoro, cantarle una aria, ir al teatro y bailar una mazurca; y Medoro no sabía más que disputar. Ello sin embargo el amor no alimenta, y era indispensable buscar recursos.

Mi sobrino salía de mañana á buscar dinero, cosa más difícil de encontrar de lo que parece, y la vergüenza de no poder llevar á su casa con qué dar de comer á su mujer le detenía hasta la noche. Pasemos un velo sobre las escenas horribles de tan amarga posición. Mientras que Augusto pasa el día lejos de ella en sufrir humillaciones, la infeliz consorte gime luchando entre los celos y la rabia. Todavía se quieren; pero en casa donde no hay harina todo es mohína; las más inocentes expresiones se interpretan en la lengua del mal humor como ofensas mortales; el amor propio ofendido es el más seguro antídoto del amor, y las injurias acaban de apagar un resto de la antigua llama que amortiguada en ambos corazones ardía; se suceden unos á otros los reproches; y el infeliz Augusto insulta á la mujer que le ha sacrificado su familia y su suerte, echándole en cara aquella desobediencia á la cual no ha mucho tiempo él mismo la inducía; á los continuos reproches se sigue en fin el odio.

¡Oh si hubiera quedado aquí el mal! Pero un resto de honor mal entendido que bulle en el pecho de mi sobrino, y que le impide prestarse para sustentar á su familia á ocupaciones groseras, no le impide precipitarse en el juego, y en todos los vicios y bajezas, en todos los peligros que son su consecuencia. Corramos de nuevo, corramos un velo sobre el cuadro á que dió la locura la primera pincelada, y apresurémonos á dar nosotros la última.

En este miserable estado pasan tres años, y ya tres hijos más rollizos que sus padres alborotan la casa con sus juegos infantiles. Ya el himeneo y las privaciones han roto la venda que ofuscaba la vista de los infelices: aquella amabilidad de Elena es coquetería á los ojos de su esposo; su noble orgullo, insufrible altanería; su garrulidad divertida y graciosa, locuacidad insolente y cáustica: sus ojos brillantes se han marchitado, sus encantos están ajados, su talle perdió sus esbeltas formas, y ahora conoce que sus pies son grandes y sus manos feas; ninguna amabilidad, pues, para ella, ninguna consideración. Augusto no es á los ojos de su esposa aquel hombre amable y seductor, flexible y condescendiente; es un holgazán, un hombre sin ninguna habilidad, sin talento alguno, celoso y soberbio, déspota y no marido... en fin, ¡cuánto más vale el amigo generoso de su esposo, que les presta dinero, y les promete aun protección! ¡Qué movimiento en él! ¡qué actividad! ¡qué heroísmo! ¡qué amabilidad! ¡qué adivinar los pensamientos y prevenir los deseos! ¡qué no permitir que ella trabaje en labores groseras! ¡qué asiduidad, y qué delicadeza en acompañarla los días enteros que Augusto la deja sola! ¡qué interés, en fin, el que se toma cuando le descubre por su bien que su marido se distrae con otra!...

¡Oh, poder de la calumnia y de la miseria! Aquella mujer que, si hubiera escogido un compañero que la hubiera podido sostener, hubiera sido acaso una Lucrecia, sucumbe por fin á la seducción y á la falaz esperanza de mejor suerte.

Una noche vuelve mi sobrino á su casa; sus hijos están solos.—¿Y mi mujer? ¿y sus ropas?—Corre á casa de su amigo.—¿No está en Madrid? ¡Cielos! ¡Qué rayo de luz! ¿Será posible? Vuela á la policía, se informa. Una joven de tales y tales señas con un supuesto hermano han salido en la diligencia para Cádiz. Reúne mi sobrino sus pocos muebles, los vende, toma un asiento en el primer carruaje, y hétele persiguiendo á los fugitivos. Pero le llevan mucha ventaja, y no es posible alcanzarlos hasta el mismo Cádiz. Llega; son las diez de la noche, corre á la fonda que le indican, pregunta, sube precipitadamente la escalera, le señalan un cuarto cerrado por dentro; llama; la voz que le responde le es harto conocida y resuena en su corazón; redobla los golpes; una persona desnuda levanta el pestillo. Augusto ya no es hombre, es un rayo que cae en la habitación; un chillido agudo le convence de que le han conocido; asesta una pistola, de dos que trae, al seno de su amigo, y el seductor cae revolcándose en su sangre; persigue á su miserable esposa, pero una ventana inmediata se abre y la adúltera, poseída del terror y de la culpa, se arroja sin reflexionar de una altura de más de sesenta varas. El grito de la agonía le anuncia su última desgracia y la venganza más completa; sale precipitado del teatro del crimen, y encerrándose, antes que le sorprendan, en su habitación, coge aceleradamente la pluma y apenas tiene tiempo para dictar á su madre la carta siguiente:

«Madre mía, dentro de media hora no existiré; cuidad de mis hijos, y si queréis hacerlos verdaderamente despreocupados, empezad por instruirlos... Que aprendan en el ejemplo de su padre á respetar lo que es peligroso despreciar sin tener antes más sabiduría. Si no les podéis dar otra cosa mejor, no les quitéis una religión consoladora. Que aprendan á domar sus pasiones y á respetar á aquéllos á quien lo deben todo. Perdonadme mis faltas: harto castigado estoy con mi deshonra y mi crimen; harto cara pago mi falsa despreocupación. Perdonadme las lágrimas que os hago derramar. Á Dios para siempre».

Acabada esta carta, se oyó otra detonación que resonó en toda la fonda, y la catástrofe que le sucedió me privó para siempre de un sobrino, que con el más bello corazón se ha hecho desgraciado á sí y á cuantos le rodean.

No hace dos horas que mi desgraciada hermana, después de haber leído aquella carta, y llamádome, para mostrármela, postrada en su lecho, y entregada al más funesto delirio, ha sido desahuciada por los médicos.

«Hijo... despreocupación... boda... religión... infeliz...» son las palabras que vagan errantes sobre los labios moribundos. Y esta funesta impresión, que domina en mis sentidos tristemente, me ha impedido dar á mis lectores otros artículos más joviales que para mejor ocasión les tengo reservados.


EL CASTELLANO VIEJO

Ya en mi edad pocas veces gusto de alterar el orden que en mi manera de vivir tengo hace tiempo establecido, y fundo esta repugnancia en que no he abandonado mis lares ni un solo día para quebrantar mi sistema, sin que haya sucedido el arrepentimiento más sincero al desvanecimiento de mis engañadas esperanzas. Un resto, con todo eso, del antiguo ceremonial que en su trato tenían adoptado nuestros padres, me obliga á aceptar á veces ciertos convites á que parecería el negarse grosería, ó por lo menos ridícula afectación de delicadeza.

Andábame días pasados por esas calles á buscar materiales para mis artículos. Embebido en mis pensamientos, me sorprendí varias veces á mí mismo riendo como un pobre de mis propias ideas y moviendo maquinalmente los labios, algún tropezón me recordaba de cuando en cuando que para andar por el empedrado de Madrid no es la mejor circunstancia la de ser poeta ni filósofo; más de una sonrisa maligna, más de un gesto de admiración de los que á mi lado pasaban, me hacía reflexionar que los soliloquios no se deben hacer en público; y no pocos encontrones que al volver las esquinas di con quien tan distraída y rápidamente como yo las doblaba, me hicieron conocer que los distraídos no entran en el número de los cuerpos clásicos, y mucho menos de los seres gloriosos é impasibles. En semejante situación de espíritu, ¿qué sensación no debería producirme una horrible palmada que una gran mano, pegada (á lo que por entonces entendí) á un grandísimo brazo, vino á descargar sobre uno de mis hombros, que por desgracia no tienen punto alguno de semejanza con los de Atlante?

No queriendo dar á entender que desconocía este enérgico modo de anunciarse, ni desairar el agasajo de quien sin duda había creído hacérmele más que mediano, dejándome torcido para todo el día, traté sólo de volverme por conocer quién fuese tan mi amigo para tratarme tan mal, pero mi castellano viejo es hombre que cuando está de gracias no se ha de dejar ninguna en el tintero. ¿Cómo dirá el lector que siguió dándome pruebas de confianza y cariño? Echóme las manos á los ojos, y sujetándome por detrás: «¿Quién soy?» gritaba, alborozado con el buen éxito de su delicada travesura. «¿Quién soy?»—Un animal, iba á responderle; pero me acordé de repente de quien podría ser, y sustituyendo cantidades iguales: «Braulio eres», le dije. Al oirme, suelta sus manos, ríe, se aprieta los ijares, alborota la calle, y pónenos á entrambos en escena. «¡Bien, mi amigo! ¿Pues en qué me has conocido?—¿Quién pudiera ser sino tú?...—¿Has venido ya de tu Vizcaya?—No, Braulio, no he venido.—Siempre el mismo genio. ¿Qué quieres? es la pregunta del español. ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! ¿Sabes que mañana son mis días?—Te los deseo muy felices.—Déjate de cumplimientos entre nosotros: ya sabes que yo soy franco y castellano viejo: el pan pan y el vino vino; por consiguiente exijo de ti que no vayas á dármelos; pero estás convidado.—¿Á qué?—Á comer conmigo.—No es posible.—No hay remedio.—No puedo, insisto temblando.—¿No puedes?—Gracias.—¿Gracias? Vete á paseo; amigo, como no soy el duque de F... ni el conde de P...». ¿Quién se resiste á una sorpresa de esa especie? ¿quién quiere parecer vano? «No es eso, sino que...—Pues si no es eso, me interrumpe, te espero á las dos: en casa se come á la española, temprano. Tengo mucha gente; tendremos al famoso X. que nos improvisará de lo lindo; T. nos cantará de sobremesa una rondeña con su gracia natural; y por la noche J. cantará y tocará alguna cosilla». Esto me consoló algún tanto, y fué preciso ceder; un día malo, dije para mí, cualquiera lo pasa; en este mundo para conservar amigos es preciso tener el valor de aguantar sus obsequios. «No faltarás, si no quieres que riñamos.—No faltaré», dije con voz exánime y ánimo decaído, como el zorro que se revuelve inútilmente dentro de la trampa donde se ha dejado coger. «Pues hasta mañana»; y me dió un torniscón por despedida. Vile marchar como el labrador ve alejarse la nube de su sembrado, y quedéme discurriendo cómo podían entenderse estas amistades tan hostiles y tan funestas.

Ya habrá conocido el lector, siendo tan perspicaz como yo le imagino, que mi amigo Braulio está muy lejos de pertenecer á lo que se llama gran mundo y sociedad de buen tono; pero no es tampoco un hombre de la clase inferior, puesto que es un empleado de los de segundo orden, que reúne entre su sueldo y su hacienda cuarenta mil reales de renta; que tiene una cintita atada al ojal, y una crucecita á la sombra de la solapa; que es persona, en fin, cuya clase, familia y comodidades de ninguna manera se oponen á que tuviese una educación más escogida y modales más suaves é insinuantes. Mas la vanidad le ha sorprendido por donde ha sorprendido casi siempre á toda ó á la mayor parte de nuestra clase media, y á toda nuestra clase baja. Es tal su patriotismo, que dará todas las lindezas del extranjero por un dedo de su país. Esta ceguedad le hace adoptar todas las responsabilidades de tan inconsiderado cariño; de paso que defiende que no hay vinos como los españoles, en lo cual bien puede tener razón, defiende que no hay educación como la española, en lo cual bien pudiera no tenerla; á trueque de defender que el cielo de Madrid es purísimo, defenderá que nuestras manolas son las más encantadoras de todas las mujeres; es un hombre, en fin, que vive de exclusivas, á quien sucede poco más ó menos lo que á una parienta mía, que se muere por las jorobas sólo porque tuvo un querido que llevaba una excrecencia bastante visible sobre entrambos omóplatos.

No hay que hablarle, pues, de estos usos sociales, de estos respetos mutuos, de estas reticencias urbanas, de esa delicadeza de trato que establece entre los hombres una preciosa armonía, diciendo sólo lo que debe agradar y callando siempre lo que puede ofender. Él se muere por plantarle una fresca al lucero del alba, como suele decir, y cuando tiene un resentimiento, se le espeta á uno cara á cara. Como tiene trocados todos los frenos, dice de los cumplimientos que ya sabe lo que quiere decir cumplo y miento; llama á la urbanidad hipocresía, y á la decencia monadas; á toda cosa buena le aplica un mal apodo; el lenguaje de la finura es para él poco más que griego: cree que toda la crianza está reducida á decir Dios guarde á ustedes al entrar en una sala, y añadir con permiso de usted cada vez que se mueve: á preguntar á cada uno por toda su familia, y á despedirse de todo el mundo; cosas todas que así se guardará él de olvidarlas como de tener pacto con franceses. En conclusión, hombres de éstos que no saben levantarse para despedirse sino en corporación con alguno ó algunos otros, que han de dejar humildemente debajo de una mesa su sombrero, que llaman su cabeza, y que cuando se hallan en sociedad por desgracia sin un socorrido bastón, darían cualquiera cosa por no tener manos ni brazos, porque en realidad no saben dónde ponerlos, ni qué cosa se puede hacer con los brazos en una sociedad.

Llegaron las dos, y como yo conocía ya á mi Braulio, no me pareció conveniente acicalarme demasiado para ir á comer; estoy seguro de que se hubiera picado: no quise sin embargo excusar un frac de color y un pañuelo blanco, cosa indispensable en un día de días en semejantes casas; vestíme sobre todo lo demás despacio que me fué posible, como se reconcilia al pie del suplicio el infeliz reo, que quisiera tener cien pecados más cometidos que contar para ganar tiempo; era citado á las dos, y entré en la sala á las dos y media.

No quiero hablar de las infinitas visitas ceremoniosas que antes de la hora de comer entraron y salieron en aquella casa, entre las cuales no eran de despreciar todos los empleados de tu oficina con sus señoras y sus niños, y sus capas, y sus paraguas, y sus chanclos, y sus perritos; déjome en blanco los necios cumplimientos que dijeron al señor de los días; no hablo del inmenso círculo con que guarnecía la sala el concurso de tantas personas heterogéneas, que hablaron de que el tiempo iba á mudar, y de que en invierno suele hacer más frío que en verano. Vengamos al caso: dieron las cuatro, y nos hallamos solos los convidados. Desgraciadamente para mí, el señor de X., que debía divertirnos tanto, gran conocedor de esta clase de convites, había tenido la habilidad de ponerse malo aquella mañana; el famoso T. se hallaba oportunamente comprometido para otro convite; y la señorita que tan bien había de cantar y tocar estaba ronca en tal disposición que se asombraba ella misma de que se la entendiese una sola palabra, y tenía un panadizo en un dedo. ¡Cuántas esperanzas desvanecidas!

«Supuesto que estamos los que hemos de comer, exclamó don Braulio, vamos á la mesa, querida mía.—Espera un momento, le contestó su esposa casi al oído, con tanta visita yo he faltado algunos momentos de allá dentro y...—Bien, pero mira que son las cuatro...—Al instante comeremos...». Las cinco eran cuando nos sentábamos á la mesa.

«Señores, dijo el anfitrión al vernos titubear en nuestras respectivas colocaciones, exijo la mayor franqueza; en mi casa no se usan cumplimientos. ¡Ah, Fígaro! quiero que estés con toda comodidad; eres poeta, y además estos señores, que saben nuestras íntimas relaciones, no se ofenderán si te prefiero; quítate el frac, no sea que le manches.—¿Qué tengo de manchar? le respondí, mordiéndome los labios.—No importa, te daré una chaqueta mía, siento que no haya para todos.—No hay necesidad.—¡Oh! sí, sí, ¡mi chaqueta! Toma, mírala: un poco ancha te vendrá.—Pero, Braulio...—No hay remedio, no te andes con etiquetas»; y en esto me quita él mismo el frac, velis, nolis, y quedo sepultado en una cumplida chaqueta rayada, por la cual sólo asomaba los pies y la cabeza, y cuyas mangas no me permitirían comer probablemente. Díle las gracias: al fin el hombre creía hacerme un obsequio.

Los días en que mi amigo no tiene convidados se contenta con una mesa baja, poco más que banqueta de zapatero, porque él y su mujer, como dice, ¿para qué quieren más? Desde la tal mesita, y como se sube el agua del pozo, hace subir la comida hasta la boca, adonde llega goteando después de una larga travesía; porque pensar que estas gentes han de tener una mesa regular, y estar cómodos todos los días del año, es pensar en lo excusado. Ya se concibe, pues, que la instalación de una gran mesa de convite era un acontecimiento en aquella casa; así que, se había creído capaz de contener catorce personas que éramos una mesa donde apenas podrían comer ocho cómodamente. Hubimos de sentarnos de medio lado como quien va á arrimar el hombro á la comida, y entablaron los codos de los convidados íntimas relaciones entre sí con la más fraternal inteligencia del mundo. Colocáronme por mucha distinción entre un niño de cinco años, encaramado en unas almohadas que era preciso enderezar á cada momento porque las ladeaba la natural turbulencia de mi joven adlátere, y entre uno de esos hombres que ocupan en el mundo el espacio y sitio de tres, cuya corpulencia por todos lados se salía de madre de la única silla en que se hallaba sentado, digámoslo así, como en la punta de una aguja. Desdobláronse silenciosamente las servilletas, nuevas á la verdad, porque tampoco eran muebles en uso para todos los días, y fueron izadas por todos aquellos buenos señores á los ojales de sus fraques como cuerpos intermedios entre las salsas y las solapas.

«Ustedes harán penitencia, señores, exclamó el anfitrión una vez sentado; pero hay que hacerse cargo de que no estamos en Genieys»; frase que creyó preciso decir. Necia afectación es ésta, si es mentira, dije yo para mí; y si es verdad, gran torpeza convidar á los amigos á hacer penitencia. Desgraciadamente no tardé mucho en conocer que había en aquella expresión más verdad de la que mi buen Braulio se figuraba. Interminables y de mal gusto fueron los cumplimientos con que para dar y recibir cada plato nos aburrimos unos á otros. «Sírvase usted.—Hágame usted el favor.—De ninguna manera.—No lo recibiré.—Páselo usted á la señora.—Está bien ahí.—Perdone usted.—Gracias.—Sin etiqueta, señores», exclamó Braulio, y se echó el primero con su propia cuchara. Sucedió á la sopa un cocido surtido de todas las sabrosas impertinencias de este engorrosísimo, aunque buen plato; cruza por aquí la carne; por allá la verdura; acá los garbanzos; allá el jamón; la gallina por derecha; por medio el tocino; por izquierda los embuchados de Extremadura: siguióle un plato de ternera mechada, que Dios maldiga, y á éste otro y otros y otros; mitad traídos de la fonda, que esto basta para que excusemos hacer su elogio, mitad hechos en casa por la criada de todos los días, por una vizcaína auxiliar tomada al intento para aquella festividad y por el ama de la casa, que en semejantes ocasiones debe estar en todo, y por consiguiente suele no estar en nada.

«Este plato hay que disimularle, decía ésta de unos pichones; están un poco quemados.—Pero, mujer...—Hombre, me aparté un momento, y ya sabes lo que son las criadas.—¡Qué lástima que este pavo no haya estado media hora más al fuego! se puso algo tarde.—¿No les parece á ustedes que está algo ahumado este estofado?—¿Qué quieres? Una no puede estar en todo.—¡Oh, está excelente, exclamábamos todos dejándonoslo en el plato; excelente!—Este pescado está pasado.—Pues en el despacho de la diligencia del fresco dijeron que acababa de llegar; ¡el criado es tan bruto!—¿De dónde se ha traído este vino?—En eso no tienes razón, porque es...—Es malísimo». Estos diálogos cortos iban exornados con una infinidad de miradas furtivas del marido para advertirle continuamente á su mujer alguna negligencia, queriendo darnos á entender entrambos á dos que estaban muy al corriente de todas las fórmulas que en semejantes casos se reputan en finura, y que todas las torpezas eran hijas de los criados, que nunca han de aprender á servir. Pero estas negligencias se repetían tan á menudo, servían tan poco ya las miradas, que le fué preciso al marido recurrir á los pellizcos y á los pisotones; y ya la señora, á duras penas había podido hacerse superior hasta entonces á las persecuciones de su esposo, tenía la faz encendida y los ojos llorosos. «Señora, no se incomode usted por eso, le dijo el que á su lado tenía.—¡Ah! les aseguro á ustedes que no vuelvo á hacer estas cosas en casa; ustedes no saben lo que es esto; otra vez, Braulio, iremos á la fonda y no tendrás...—Usted, señora mía, hará lo que...—¡Braulio! ¡Braulio!». Una tormenta espantosa estaba á punto de estallar; empero todos los convidados á porfía probamos á aplacar aquellas disputas, hijas del deseo de dar á entender la mayor delicadeza, para lo cual no fué poca parte la manía de Braulio y la expresión concluyente que dirigió de nuevo á la concurrencia acerca de la inutilidad de los cumplimientos, que así llama él al estar bien servido y al saber comer. ¿Hay nada más ridículo que estas gentes que quieren pasar por finas en medio de la más crasa ignorancia de los usos sociales? ¿que para obsequiarle le obligan á usted á comer y beber por fuerza, y no le dejan medio de hacer su gusto? ¿Por qué habrá gentes que sólo quieren comer con alguna más limpieza los días de días?

Á todo esto, el niño que á mi izquierda tenía hacía saltar las aceitunas á un plato de magras con tomate, y una vino á parar á uno de mis ojos, que no volvió á ver claro en todo el día; y el señor gordo de mi derecha había tenido la precaución de ir dejando en el mantel, al lado de mi pan, los huesos de las suyas, y los de las aves que había roído; el convidado de enfrente, que se preciaba de trinchador, se había encargado de hacer la autopsia de un capón, ó sea gallo, que esto nunca se supo, fuese por la edad avanzada de la víctima, fuese por los ningunos conocimientos anatómicos del victimario, jamás parecieron las coyunturas. «Este capón no tiene coyunturas», exclamaba el infeliz sudando y forcejeando, más como quien cava que como quien trincha. ¡Cosa más rara! En una de las embestidas resbaló el tenedor sobre el animal como si tuviera escama, y el capón, violentamente despedido, pareció querer tomar su vuelo como en sus tiempos más felices, y se posó en el mantel tranquilamente como pudiera en un palo de un gallinero.

El susto fué general y la alarma llegó á su colmo cuando un surtidor de caldo, impulsado por el animal furioso, saltó á inundar mi limpísima camisa: levántase rápidamente á este punto el trinchador con ánimo de cazar el ave prófuga, y al precipitarse sobre ella, una botella que tiene á la derecha, con la que tropieza su brazo, abandonando su posición perpendicular, derrama un abundante caño de Valdepeñas sobre el capón y el mantel; corre el vino, auméntase la algazara, llueve la sal sobre el vino para salvar el mantel; para salvar la mesa se ingiere por debajo de él una servilleta, y una eminencia se levanta sobre el teatro de tantas ruinas. Una criada toda azorada retira el capón en el plato de su salsa; al pasar sobre mí hace una pequeña inclinación, y una lluvia maléfica de grasa desciende, como el rocío sobre los prados, á dejar eternas huellas en mi pantalón color de perla; la angustia y el aturdimiento de la criada no conocen término; retírase atolondrada sin acertar con las excusas, al volverse tropieza con el criado que traía una docena de platos limpios y una salvilla con las copas para los vinos generosos, y toda aquella máquina viene al suelo con el más horroroso estruendo y confusión. «¡Por san Pedro!», exclama dando una voz Braulio, difundida ya sobre sus facciones una palidez mortal, al paso que brota fuego el rostro de su esposa. «Pero sigamos, señores, no ha sido nada», añade volviendo en sí.

¡Oh honradas casas donde un modesto cocido y un principio final constituyen la felicidad diaria de una familia, huid del tumulto de un convite de días! Sólo la costumbre de comer y servirse bien diariamente puede evitar semejantes destrozos.

¿Hay más desgracias? ¡Santo cielo! ¡Sí las hay para mí, infeliz! Doña Juana, la de los dientes negros y amarillos, me alarga de su plato y con su propio tenedor una fineza, que es indispensable aceptar y tragar; el niño se divierte en despedir á los ojos de los concurrentes los huesos disparados de las cerezas; don Leandro me hace probar el manzanilla exquisito, que he rehusado, en su misma copa, que conserva las indelebles señales de sus labios grasientos; mi gordo fuma ya sin cesar y me hace cañón de su chimenea; por fin, ¡oh última de las desgracias! crece el alboroto y la conversación, roncas ya las voces piden versos y décimas y no hay más poeta que Fígaro. «Es preciso.—Tiene usted que decir algo, claman todos.—Désele pie forzado, que diga una copla á cada uno.—Yo le daré el pie: Á don Braulio en este día.—Señores, ¡por Dios!—No hay remedio.—En mi vida he improvisado.—No se haga usted el chiquito.—Me marcharé.—Cerrar la puerta.—No se sale de aquí sin decir algo». Y digo versos por fin, y vomito disparates, y los celebran, y crece la bulla y el humo y el infierno.

Á Dios gracias logro escaparme de aquel nuevo Pandemonio. Por fin, ya respiro el aire fresco y desembarazado de la calle; ya no hay necios, ya no hay castellanos viejos á mi alrededor.

¡Santo Dios, yo te doy gracias, exclamo respirando, como el ciervo que acaba de escaparse de una docena de perros, y que oye ya apenas sus ladridos; para de aquí en adelante no te pido riquezas, no te pido empleos, ni honores; líbrame de los convites caseros y de días de días; líbrame de estas casas en que es un convite un acontecimiento, en que sólo se pone la mesa decente para los convidados, en que creen hacer obsequios cuando dan mortificaciones, en que se hacen finezas, en que se dicen versos, en que hay niños, en que hay gordos, en que reina en fin la brutal franqueza de los castellanos viejos! Quiero que, si caigo de nuevo en tentaciones semejantes, me falte un roastbeef, desaparezca del mundo el beefsteak, se anonaden los timbales de macarrones, no haya pavos en Perigueux, ni pasteles en Perigord, se sequen los viñedos de Burdeos, y beban, en fin, todos menos yo la deliciosa espuma del champagne.

Concluida mi deprecación mental, corro á mi habitación á despojarme de mi camisa y de mi pantalón, reflexionando en mi interior que no son unos todos los hombres, puesto que los de un mismo país, acaso de un mismo entendimiento, no tienen las mismas costumbres, ni la misma delicadeza, cuando ven las cosas de tan distinta manera. Vístome y vuelvo á olvidar tan funesto día entre el corto número de gentes que piensan que viven sujetas al provechoso yugo de una buena educación libre y desembarazada, y que fingen acaso estimarse y respetarse mutuamente para no incomodarse, al paso que las otras hacen ostentación de incomodarse, y se ofenden y se maltratan, queriéndose y estimándose tal vez verdaderamente.