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Obras completas de Fígaro, Tomo 1 cover

Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Chapter 18: TEATROS
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About This Book

La colección reúne artículos, ensayos y cartas que combinan sátira y reflexión para examinar costumbres públicas y privadas, el teatro, la administración y la vida cotidiana. Alterna piezas breves de crítica mordaz con un relato más extenso de carácter narrativo, y emplea el humor y la observación para señalar hipocresías y hábitos sociales, proponiendo pautas de juicio y reforma sin perder la viveza estilística. La edición incluye prólogos y notas que contextualizan la producción y su intención crítica.

REFLEXIONES
ACERCA DEL MODO
DE RESUCITAR EL TEATRO ESPAÑOL

Hase apoderado hoy la murria de nosotros: no espere, pues, el lector donaires ni chanzonetas; nos hallamos en uno de aquellos momentos de total indolencia y de qué se me da á mí, á que está por desgracia demasiado sujeta esta miserable humanidad, que sobre sí acarrea nuestro flaco espíritu á la otra vida, según la más recibida opinión. ¿Serán influencias de algún astro maligno que gravite sobre nosotros? Pero ésta es creencia antigua, porque también las creencias caducan y pasan; los modernos no creen en influencias. ¿Será el famoso spleen? Bien podrá ser, porque esto es más de moda en un tiempo en que es de buen tono la melancolía y la displicencia. ¿Estaremos acaso acometidos de algún acceso de tétrico sentimentalismo? Pues á fe de habladores, ni hemos estado luchando con las sombras ensangrentadas de Zaragoza, ni salimos de la representación de ningún melodrama traducido del francés.

¿Será el mismo asunto que para el artículo de hoy hemos escogido? Á la verdad no hay astro, ni sombra, ni melodrama que pueda influir en nosotros de una manera más triste. Literatos somos, mal que le pese á Minerva, y poetas de por acá: si esto no es bastante á teñir de oscuro nuestras ideas, no habrá en el mundo un solo malhumorado que tenga verdadero motivo para estarlo.

Pasemos, en fin, á nuestro artículo, que es más arduo de lo que parece, por más que desconfiemos de que pueda nuestro corto talento presentar las ideas con todo aquel orden, claridad y elocuencia que de buena gana envidiamos á otros.


TEATROS

El atrevimiento que tomo de dar consejos sin ser llamado merece perdón; pues el negocio es común, todos tenemos licencia de hablar.

Mariana. Hist. de Esp. Informe dado al rey por un prelado

¿Qué ocasión mejor se nos ha presentado nunca, ni se nos puede volver á presentar jamás para reclamar una reforma radical en los teatros de nuestro país, que esta en que ha empezado á brillar para España una aurora más feliz, que promete por fin la realización de mil esperanzas justas, tantas veces desvanecidas? ¿Que esta en que nuestro sabio gobierno se pone decidida y enérgicamente á la cabeza de la nación, cuyo cuidado le está cometido para marchar hacia el bien? Ninguna. Aprovechemos este momento. Abramos los ojos sobre nuestra situación, y hagamos patentes nuestras razones con la sumisión de buenos vasallos, con la confianza de hombres que tienen un gobierno ilustrado. Digamos por fin cosas muchas veces dichas por personas muy superiores á nosotros, y constantemente desoídas por sugestos menos bien intencionados que nosotros.

No es éste el lugar ni la época ya de una larga disertación acerca del objeto de los teatros, y de las ventajas que bien dirigidos y administrados pueden reportar á una nación dispuesta á recibir la instrucción, y á un gobierno decidido á dársela. Demasiado conocido y sabido es por todos que, en el actual estado de sociedad que alcanzamos, esta que en sí no es más que una diversión, es una diversión indispensable; una diversión que dirige la opinión pública de las masas que la frecuentan; un instrumento del mismo gobernante, cuando quiere hacerle servir á sus fines; una distracción que evita que los ociosos turbulentos piensen y se ocupen en cosas peores; un morigerador, en fin, de las costumbres, que son en nuestra opinión el único apoyo sólido y verdadero del orden y de la prosperidad de un pueblo. Verdades de tanto bulto no serán ciertamente las que encontrarán en el día poderosos impugnadores. La luz de la verdad disipa por fin tarde ó temprano las nieblas en que quieren ocultarla los partidarios de la ignorancia; y la fuerza de la opinión, que pudiéramos llamar, mortalmente hablando, ultima ratio populorum, es á la larga más poderosa é irresistible que lo es momentáneamente la que se ha llamado ultima ratio regum.

Concedidas, no disputadas, por mejor decir, la necesidad y la utilidad del teatro, resta saber cuáles pueden ser los medios de hacerle prosperar.

¿Cuáles han sido los obstáculos que se han opuesto constantemente en este país á la realización de tan vasto proyecto?

La poca importancia que se ha creído siempre poder dar impunemente á este ramo los comprende todos. De aquí ha nacido el estado particular del teatro; la posición ridícula de los poetas, la situación deplorable de los actores. Cosas tan íntimamente unidas entre sí no se pueden separar sin perjuicio de todas. No basta que haya teatro; no basta que haya poetas; no basta que haya actores; ninguna de estas tres cosas puede existir sin la cooperación de las otras, y difícilmente puede existir la reunión de las tres sin otra cuarta más importante: es preciso que haya público. Las cuatro, en fin, dependen en gran parte de la protección que el gobierno les dispense.

Un público indiferente á las bellezas, heredero de una educación general mal entendida é instruido superficialmente, es el primer eslabón de esta miserable cadena. Cuando los poetas ven al público aplaudir dramas execrables, no sospechar siquiera la existencia de bellezas positivas, que tantas vigilias le han costado, no tarda en sucumbir y en repetir con Lope de Vega:

Puesto que el vulgo es quien las paga, es justo
Hablarle en necio para darle gusto.

Los hombres no son más que hombres, y sería mucho exigir de la débil humanidad querer encontrar siempre en cada hombre un héroe dispuesto á sacrificar los aplausos justos ó injustos, al deseo de agradar á media docena de literatos cuya aprobación de gabinete no mete ruido. Cuando los poetas ven que falta en el auditorio ese orgullo nacional, capaz de hacer milagros donde quiera que exista; cuando oye aplaudir indistintamente las mezquinas traducciones extrañas á nuestras costumbres, y preferirlas acaso á las obras originales; cuando las ve pagar con tan poca diferencia, ¿qué mucho que no se canse en correr en pos de la perfección? ¡Cuánto más fácil es traducir en una semana una comedia que hacerla original en medio año! ¿Por qué ha de emplear tanto tiempo, tantos afanes por conseguir aquel mismo premio que en menos tiempo y con menos trabajo puede alcanzar? De aquí las miserables traducciones, de aquí la expulsión del buen género para hacer lugar al género charlatán que deslumbra con fáciles y sorprendentes golpes de teatro. De aquí la ausencia de caracteres, de pasiones y de virtudes, para sustituirles esos traidores falsos y eternos que hacen el mal para buscar el efecto, esos crímenes no justificados, y esos vicios asquerosos pintados de una manera todavía más asquerosa.

No se crea, sin embargo, porque hemos expuesto aquí estos descargos de los poetas, que los consideramos tan inocentes como los demás: nada de eso. Dentro de poco probaremos que, si bien éstas son disculpas, no son razones para seguir en el torpe camino en que se han encerrado; probaremos que si alguno debe obrar heroicamente es el poeta. Los poetas son hombres; pero si los hombres no han de ser héroes, y sobre todo ciertos hombres que se alimentan más que otros de gloria, ¿quiénes lo serán?

¿Qué no diremos de los actores? Si ven aprobado un traje inexacto sólo porque es ridículo, si oyen aplaudir un modo de decir falso sólo porque es exagerado, si ven desconocida á cada paso tal cual belleza que se les escapa, y bulliciosamente coronado de aplausos todo gesto innatural, todo ademán grotesco, ¿á qué se han de fatigar en buscar por senderos tortuosos una reputación, primer premio que anhelan, que á mucha menos costa y por cualquier camino se encuentran adquirida?

Otro tanto decimos de las empresas. Si una buena comedia cae al lado de un melodrama furibundo, si una mala traducción llena el teatro y sus arcas más veces que la obra original del ingenio, ¿se podrá exigir de una empresa que sacrifique sus caudales generosamente en beneficio del buen gusto, que tan pocos representantes tiene entre nosotros para agradecérselo? ¿Podremos pedirle que recompense más lo que menos le produce? Un delirio fuera exigir semejantes sacrificios.

El público es, pues, la primera causa del abatimiento de nuestra escena. Lo repetimos á voces: instrucción, educación para este público; instrucción sana, sí, religiosa, morigerada, pero instrucción en fin. Los enemigos de la instrucción la han querido pintar siempre como perjudicial: ciertamente si es mal dirigida es un puñal en manos de un niño. Pero cuando está fundada en la religión, en la virtud y en la verdadera sabiduría, entonces no puede ser más que un bien para todos; entonces sólo puede conducir al hombre á conocer sus verdaderos intereses en sociedad, puesto que no puede vivir de otra manera. Si el interés de un hombre puede estar tal cual vez momentáneamente en contradicción con el bien en general, á la larga el interés de todos los hombres está en la virtud, en el orden. Esto es lo que sólo puede enseñar una sólida instrucción, que no se quede á medio camino: estamos seguros de que el interés es el gran móvil del hombre; toda la dificultad está en hacerle conocer cuál es su verdadero interés. Esto se lo proporciona la sólida instrucción, que es la única de que hablamos: en este caso ésta será en todo y por todo para el hombre el manantial de su felicidad.

Cuando el público verdaderamente instruido y educado conozca y aprecie todas las bellezas de las obras de imaginación, cuando su orgullo nacional, despertado de nuevo, le haga exigir de los ingenios originales trabajos dignos de consideración, á los cuales puedan ligarse recuerdos patrióticos, cuando esté en el camino del buen gusto, entonces él mismo formará á los actores, porque él es sólo quien puede formarlos. Entonces los autores escribirán con placer, los actores representarán con perfección, y las empresas recompensarán con generosidad. Entonces el mismo círculo vicioso, establecido en el día para el mal, se establecerá para el bien.

Ahora bien, si el público y su falta de instrucción es la primera causa del daño, ¿quién ha de instruirle? 1.º. Causas que no son de nuestra inspección; 2.º á falta ó en cooperación de éstas, los autores. Sí, estamos enredados en un verdadero laberinto de círculos viciosos; es preciso para salir de ellos que rompa alguno por medio: es preciso que alguno empiece sacrificando algo. ¡Unos por otros están las mejoras sin hacer! ¿Quién deberá, quién estará más obligado á dar principio á esta grande obra? Lo repetimos claramente, los poetas. Los que saben más tienen de ello más obligación. Los hombres de talento, los hombres extraordinarios[16] han sido los que en todas las naciones han dado siempre los primeros este primer impulso; por una parte los periódicos con su imparcialidad, por otro los autores con sus obras. La naturaleza, al concederles el inmenso privilegio de su superioridad, la incalculable influencia que ejerce el talento sobre el común de los hombres, no les dió arma tan poderosa para volverla contra sus altos fines, sino para contribuir al bien de la humanidad, para abrirle los primeros el camino. Esta obligación sagrada es la que no pueden echar en olvido sin cubrirse de ignorancia y de culpabilidad. Los hombres de talento son los que empiezan á instruir las naciones. ¿No tendremos ninguno entre nosotros? Salgan, pues, si los hay, y conquisten con su generosidad y su mérito el premio y el tributo de consideración que se les niega. ¡Triste verdad! Verdad es que necesitan algún apoyo. Empero verdad no hay más que hasta cierto punto. Mil caminos hay; si el más ancho, si el más recto no está expedito, ¿para qué es el talento? Tome los rodeos, y cumpla con su alta misión. En ninguna época, por desastrada que sea, faltarán materias para el hombre de talento; si no las tiene todas á su disposición, tendrá algunas. ¡No se puede decir! ¡No se puede hacer! Miserables efugios, tristes pretextos de nuestra pereza. ¿Son dobles los esfuerzos que se necesitan? Hacerlos. Doble será el premio que los espere, mayor la gloria que los corone. ¡Oh si nosotros pudiéramos lisonjearnos de ese talento superior! ni un momento vacilaríamos. Desgraciadamente no alcanzan nuestras fuerzas sino á decir verdades; si alcanzasen para remediarlas, no seríamos los últimos á dar el paso vencedor.

Hagan los poetas obras de mérito; el público las aprecia poco al principio; redoblen sus esfuerzos, y hagan ostentación de constancia, mañana las apreciará, y pasado mañana no podrá pasar sin ellas. ¿Ó pretendemos que antes de hacer nada nos traigan á nuestra casa la corona de la victoria? ¿Todo lo ha de hacer la protección? Haga algo el mérito, y obligará á que se le proteja. ¡No me protegen! clama la medianía. ¿Dónde está el mérito, pues, para protegerle? ¿Dónde los autores? ¿Dónde las obras[17]? ¿Quién le ha de proteger, si no existe, ó existe envilecido? Salgamos primero nosotros de nuestro envilecimiento y nos protegerán. Hagamos las obras y los protectores. Obliguémosles á que nos protejan, y nos lo deberemos todo á nosotros solos.

Cuando los poetas y la instrucción hayan formado el gusto del público, cuando éste haya formado á los actores, todos juntos formarán á las empresas, obligándolas á recompensar, porque entonces el mérito podrá imponerles la ley. Éste es el camino, el que estamos obligados á tomar, por lo mismo que no tenemos otro más cómodo ni más expedito.

Hecho esto, todavía quedarán por vencer algunos obstáculos, sin cuyo desvanecimiento aún les ha de costar trabajo á las empresas de teatros recompensar dignamente el mérito de cada uno en el grado que se merezca, y sostener este primer entusiasmo. Además, si al paso que los poetas hiciesen un esfuerzo tan heroico encontrasen algún auxilio superior, ¡cuánto más fácil y halagüeño sería el logro de nuestros deseos! Recordaremos, pues, ligeramente los demás medios que pueden contribuir á facilitar la prosperidad de los teatros, después de los dos agentes principales que dejamos indicados.

Pedimos en primer lugar para los poetas, sin miedo de parecer exigentes, lo que sólo ellos no tienen en la sociedad: el derecho de propiedad. «Repartiéronse mis vestiduras, y sobre mi túnica echaron suertes», puede exclamar el poeta con mucha razón, si se nos permite mezclar esta expresión sagrada entre nuestras habladurías.

En un país en donde las letras han sido casi siempre el recurso del que no ha tenido otro, y donde ha sido tan escasa la gloria que han alcanzado, parece que el premio debiera haber sido mayor; más por desgracia no han recibido ni premio[18] ni consideración.

Ya en otro lugar dejamos enumerados algunos de los trabajos que esperan al vate en su aventurada carrera: efectivamente en ocasiones se le disputa hasta el derecho de ensayar y repartir sus papeles á los actores que más le convengan, que de todo hemos visto. Apláudese en fin. ¿Cómo se paga? ¿Quién valúa la cosa vendida? Sólo el comprador. ¿Cómo la premia? Á su arbitrio. ¿Se sabe lo que vale una comedia? ¿Se deduce su valor de lo que cuesta y de lo que produce? ¿Puede nunca reconocer el poeta más juez capaz de valuar su talento que el público bueno ó malo para quien escribe, ó el mismo gobierno asesorado de los inteligentes que para ello crea necesarios?

¿Puede oirse en paciencia que se hayan pagado de una vez con mil ó dos mil reales comedias que han producido por espacio de muchísimos años, que producen todavía y que producirán, Dios sabe hasta cuándo, tesoros á las empresas?

Nuestro ilustrado gobierno, que siempre ha manifestado en esta parte los mejores deseos, persuadido de la exactitud de estas reflexiones ú otras semejantes, conoció que el talento es una propiedad como otra cualquiera, y de mejor ley; propiedad que debe producir á su dueño en relación de su mérito. Con el objeto, pues, de desterrar tan ignominiosos abusos se formó y publicó en el año 1807, á propuesta del Exc.mo ayuntamiento, cuyo celo hemos tenido ya ocasión de alabar en otra parte, un reglamento de teatros. En él se establecía el modo de pagar de una manera justa y equitativa. Un tanto por ciento era el premio establecido para las obras originales; de esta manera guardaba una proporción exacta con el mérito de la obra y con las facultades de la empresa, pues sólo pagaba ésta mucho cuando ganaba mucho. Desgraciadamente este reglamento se puede contar en el número de las cosas mandadas, pero no de las cumplidas, y nos hallamos en el año 32 peor que en el año 7; contratiempo y atraso debido tal vez á la sucesión de revoluciones que han afligido desde aquella época nuestro desventurado país.

No para aquí el desprecio de la propiedad. Los teatros de provincia se creen autorizados, representada una vez una comedia en Madrid, á sustraer copias fraudulentas, y á representarla en todas partes, muy persuadidos de que los autores no tienen derecho alguno á impedírselo, y clamando con la fábula: ¡Para mí los crió la Providencia! En el mismo reglamento, que tenemos á la vista, se establecía que los tales teatros pagasen al autor con arreglo á sus facultades, ni más ni menos que los de Madrid. Pero claman los actores: ¡La costumbre es ley! Bien haya la costumbre; podrá ser así, en cuyo caso no sospecho por qué han de ahorcar á los ladrones, siendo una costumbre tan antigua la de robar. En ese caso no se podrá corregir jamás ningún mal inveterado. ¡Mal haya si entendemos de qué manera una mala costumbre puede llegar á ser una buena ley! Pues porque es costumbre es preciso abolirla, que á no serlo excusáramos reclamar contra ello. Los abusos que existen son los que se han de desterrar, pues los que no existen no hay para qué.

Al llegar á este punto oímos á las empresas clamar: «¿Pagar más á los poetas, ni á los autores, ni á nadie? ¡Imposible! Si estamos...».

Lo sabemos, señores empresarios, y aquí entramos en otro abuso. Hemos pedido para los poetas la justicia que puede animarlos en sus tareas. Pidamos ahora para las empresas lo que de derecho les corresponde.

Apenas se pueden creer las cargas espantosas que sobre los infelices teatros gravitan. Dejemos á un lado un número considerable de asientos de todas clases que están obligados á dar de balde por otra costumbre tan de ley y tan buena como la que llevamos arriba citada; no hablemos de algunas consideraciones que con toda clase de gentes tienen que guardar; concretémonos á decir que pasan de cuatrocientos mil reales las sumas que en metálico tienen que satisfacer anualmente á un sinnúmero de establecimientos. Y para que no se crea que nuestra maledicencia ó nuestra parcialidad nos hacen hablar, copiemos aquí el artículo 3.º del capítulo 12, título 2.º del reglamento, propuesto por un ayuntamiento celoso, aprobado por un gobierno ilustrado, y sancionado por un soberano acreedor á nuestra gratitud.

«La junta propondrá á la piedad del rey algún arbitrio para la más pronta extinción de estas cargas, pues verdaderamente no hay relación ninguna entre los tres coliseos y los hospitales de Madrid, los frailes de San Juan de Dios, las niñas de San José y el hospicio de San Fernando. Éstos son los partícipes de una buena porción de sus productos, de que procede que los actores sean mal pagados, la decoración ridícula y mal servida, el vestuario impropio é indecente, el alumbrado escaso, la música pobre, y el baile pésimo ó nada. De aquí que los poetas, los artistas, los compositores que trabajan para la escena sean ruinmente recompensados, y por lo mismo se vean en ella las heces del ingenio. De aquí, finalmente, la mayor parte de la decadencia y lastimoso atraso de nuestros espectáculos».

¿Qué pudiéramos nosotros añadir á tan enérgico período? Pedimos, pues, para las empresas que se les desembarace de obstáculos y respetos inoportunos el camino de su especulación; que manden en lo suyo, como únicos dueños, mientras tengan las empresas. Esto bastará á dar al teatro un impulso incalculable. Entonces las empresas, desembarazadas y libres en sus operaciones, marcarán cada día con una mejora, recompensarán mejor á los actores, mezquinamente pagados, y á los poetas, de ninguna manera premiados.

Nada hemos dicho de las mejoras que caben en los actores, porque este mal ya promete quedar en gran parte remediado. El establecimiento de una escuela dramática dirigida por dos de nuestros mejores actores, bajo la inmediata protección de una reina que tanto bien ha venido á hacer á nuestro país, nos hace concebir esperanzas lisonjeras. Hasta ahora se ha creído que bastaba con tener memoria ó apuntador para ser cómico, y aun cómicos hemos conocido que por no saber leer se hacían leer por otros sus papeles para aprenderlos. ¿Dígannos si gentes de esta especie son las que pueden verter en la escena las bellezas que no saben ni leer, ni apreciar, y tomar, nuevos Proteos, la forma de todos los caracteres y genios posibles, y enseñar los buenos modales y las buenas costumbres? Nadie necesita hacer estudios más prolijos de la historia del hombre y del corazón humano si ha de ponerse la máscara de todas las pasiones, la apariencia de todas las épocas: nadie necesita tener mejor educación que un actor si ha de ser en las tablas modelo de ella.

¡Qué de pequeños obstáculos podríamos citar aún si nos lo permitiesen los límites que en nuestros folletos nos hemos impuesto! ¡Qué de cosas nos dejamos por decir! Bastaría sin embargo para obviar todos estos pequeños obstáculos que pasamos en silencio, la realización de las mejoras principales que hemos propuesto, y nosotros nos tendríamos con eso solo por muy felices. Desgraciadamente nuestras ideas pasarán como otras muchas que se dicen continuamente y no se oyen. Verdad es que son cosas que no se pueden acabar en un día, pero son cosas que nunca se verán acabadas si no se empiezan alguna vez.

Fórmese, pues, el público; y si otras causas no concurren, como es de desear, á esta instrucción general tan necesaria, tomen sobre sí los que escriben para él tan ardua empresa: más generosos que hasta ahora, no doblen la cerviz al mal gusto: den la ley, y no la reciban. Reconózcase la propiedad, y séalo el talento; descárguense los teatros de las inmensas cargas que los abruman; mejórense los actores, y prémiense generosamente. Vigile una censura juiciosa para que nuestra religión y nuestras leyes sean respetadas de los escritores, pero sin oponer obstáculos jamás á la representación de las obras inocentes. Entonces, nosotros lo afirmamos, entonces tendremos teatro español, entonces el suelo de los Lopes y Calderones, de los Tirsos y los Moretos, volverá á retoñar ingenios; entonces citaremos con orgullo una literatura nuestra y una diversión racional que tienen todos los países cultos, y que nosotros hasta ahora hemos dejado perecer al poderoso influjo de una infinidad de concausas ominosas.

Cuando empezamos nuestro número dijimos que creíamos que no se podía presentar ocasión más favorable para exponer á la luz del día estas ideas; ahora al concluirle añadimos que no pudiera ofrecerse mejor coyuntura para lograr su verificación. Nuestra reina, á quien tanto tenemos ya que agradecer, es quien nos inspira esta confianza: su protección decidida á todo lo bueno, un mes glorioso que puede contar más grandezas que tres siglos anteriores, cosas tan grandes que con sólo quererlas ha llevado á cabo, nos hacen esperar que esta reforma que proponemos, y que ofrece tantas dificultades menos, se deberá también algún día á su benéfico impulso.

En el ínterin nos contentamos con desearlo, y poner todos los medios que están á nuestro alcance para cooperar á tan grande obra, y concluimos como concluía don Gutierre de Cárdenas el parecer que dió á don Fernando el Católico.

«Éste, señor, es mi parecer: si acertado, sean á Dios las gracias; si contra el vuestro, merece perdón mi lealtad: lo que vos determináredes, eso será lo mejor y más acertado».

El Bachiller


NOTAS:

[16] Si esta verdad grandiosa necesitase pruebas, citaríamos solamente el nombre de Moratín. ¿Qué revolución hizo en nuestro teatro? Más había que mejorar que en el día. Por eso, después de él, pueden arrostrar las mejoras que faltan hombres que no sean Moratines, puesto que no sería fácil encontrar muchos en cada siglo.

[17] Ya en otro lugar hemos dicho que no contamos por nada una ó dos excepciones.

[18] Con gran dolor nuestro nos obliga el propio argumento de nuestro artículo á prescindir un momento de la gloria en favor del vil interés. Mucho tiempo hemos considerado si deberíamos hacer mérito del interés. Ciertamente que en un poema épico sería un pobrísimo episodio, y en una oda estaría tan mal colocado como el hospital en las Delicias. Pero en un papelucho de poco lucimiento y de menos provecho, en boca de un Hablador y de un Pobrecito, nos parece que está tan perfectamente como una pedrada en el ojo de un boticario, y no ignora el vulgo, en cuya boca anda este caritativo refrán, la exactitud de nuestra comparación. Maguer que pobrecitos bien traslucimos que los poetas que más gloria han alcanzado han comido, y no se nos diga que ésta es una paradoja. No pocas veces se complacía Homero en la descripción de los más suculentos banquetes; Horacio se burla amargamente de un mal convite. De nuestro Cervantes juramos que escribió con más que mediana hambre y apetito el capítulo de las bodas de Camacho. No hablemos de Anacreonte y de todos sus discípulos, porque sabido es que éstos han trocado siempre por una gota del zumo del Liéo todo el jugo que puede dar el arbusto de Dafne. Sabemos cuánto apreciaba nuestro Villegas el ruido de las castañas y el buen aloque, y en qué consideración tenía Baltasar de Alcázar la oronda morcilla, que nunca le dejó acabar su cuento. En fin, de los poetas bucólicos sabremos decir que no ha habido uno que no haya encumbrado á las nubes la dulce miel y la blanca leche. Así pues, sostendremos á la faz de los partidarios de la aérea fama póstuma, á quienes parezca mal la ruin dirección que toman nuestras habladurías, que si los grandes poetas no han escrito para comer, á lo menos han comido para escribir.