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Obras completas de Fígaro, Tomo 1 cover

Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Chapter 30: CAPÍTULO VI
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About This Book

La colección reúne artículos, ensayos y cartas que combinan sátira y reflexión para examinar costumbres públicas y privadas, el teatro, la administración y la vida cotidiana. Alterna piezas breves de crítica mordaz con un relato más extenso de carácter narrativo, y emplea el humor y la observación para señalar hipocresías y hábitos sociales, proponiendo pautas de juicio y reforma sin perder la viveza estilística. La edición incluye prólogos y notas que contextualizan la producción y su intención crítica.

CAPÍTULO VI

Calledes, conde, calledes.
Conde, no digáis vos tale.
......................................
El conde desque esto oyera
Presto tal respuesta hace:
—Ruégote yo, caballero,
Que me quieras escuchare.

El conde Dirlos

Cuando don Enrique de Villena entró en el aposento de Macías, éste le arrimó un asiento, el cual ocupó sin hacerse de rogar, como hombre que se reconoce superior en jerarquía al que guarda con él una consideración. Macías se sentó en otro, colocándose de suerte que quedaba la mesa con la lámpara que en ella ardía en medio de los dos; y lo hizo con el aire de un hombre que si bien se cree en el caso de tributar atenciones á aquel con quien está en sociedad, no se imagina de ninguna manera en posición de sostener de pie con él, sentado, una larga conferencia. Colocados de esta manera, daba la luz de lleno en el rostro de entrambos, y como creemos no haber dado hasta ahora idea alguna de las fisonomías y exterior de estos dos principales personajes de nuestra narración, aprovecharemos esta coyuntura favorable para describir lo que en ellos hubiera visto ó al menos creído ver cualquier observador que los hubiera acechado, por pocos progresos que hubiese hecho en el arte Lavateriano, posteriormente reglamentado por el sabio abate, pero cuya existencia tiene tanta antigüedad como el dicho vulgar, en todos los países y épocas conocido, de que los ojos son las ventanas del corazón, y la cara el traslado del alma.

Don Enrique de Villena era de corta estatura; sus ojos hundidos y pequeños tenían una expresión particular de superioridad y predominio que avasallaba desde la primera vez á los más de los que con él hablaban: su voz era hueca y sonora, calidades que no contribuían poco á aumentar en el vulgo la impresión mágica que en los ánimos débiles ejercía. Su nariz afilada y su boca muy pequeña le daban todo el aire de un hombre sagaz, penetrante, vivo, falso y aun temible. Sin embargo, como ha podido inferir el lector de su diálogo con Ferrus, no estaba tan corrompido su corazón que no respetase todavía en la sociedad en que vivía una porción de consideraciones, que su criado por el contrario atropellaba sin el más mínimo escrúpulo de conciencia. De Ferrus dijimos que no era el malvado bastante impío para sus fines, y de don Enrique podemos por el contrario asegurar que no era el impío bastante malvado para los suyos. Naturalmente afeminado y dedicado al estudio, faltábanle el vigor y la energía de carácter que corona las empresas aventuradas. Difícil nos sería decir si era ó no religioso: nos contentaremos con exponer á la vista del lector varios rasgos que pueden caracterizarle cumplidamente bajo este dudoso punto de vista, y él más que nadie podrá juzgar si era la religión para él un instrumento ó una preocupación.

El interlocutor que enfrente tenía era un mancebo que en caso de duda hubiera podido atestiguar con su propia persona la larga dominación de los Árabes en Castilla. Su color era moreno, sus cabellos negros como el azabache; sus ojos del mismo color, pero grandes, brillantes y guarnecidos de largas pestañas: una sola vez bastaba verlos para decidir que quien de aquella manera los manejaba era un hombre generoso, franco, valiente y en alto grado sensible. Un observador más inteligente hubiera leído también en su lánguido amartelamiento que el amor era la primera pasión del joven. Su frente ancha, elevada y espaciosa, y su nariz bien delineada, denunciaban su talento, su natural arrogancia y la elevación de sus pensamientos. Ornábale el rostro en derredor una rizada barba que daba cierta severidad marcial á su fisonomía; su voz era varonil, si bien armoniosa y agradable; su estatura gallarda.

—Macías, comenzó á decir don Enrique de Villena después de un breve espacio en que pareció reunir todas sus fuerzas para determinarse á proponer sus ideas, vengo á daros la muestra que de gratitud os debo por la exactitud con que habéis cumplido la delicada comisión que en vuestras manos confié. Decidme si es posible que tenga alguien en la corte noticia de la muerte del maestre.

—Señor, respondió Macías, Hernando y yo no hemos cesado de correr desde Calatrava á Madrid, y á nuestra salida del monasterio éramos los únicos que en la villa sabíamos el infausto acontecimiento: en dos días lo menos no se tendrá en Madrid más noticia que la que nosotros queramos esparcir.

—Ninguna. Dadme vuestra palabra.

—De caballero os la doy.

—Permitidme ahora que os pregunte si habéis sospechado cuál puede ser mi objeto.

—Lo ignoro, respondió Macías asombrado de la pregunta.

—Sabedlo, pues: creo no haberme equivocado cuando he pensado en vos para la ejecución de mis planes; el paso que, conociendo ya mi carácter, disteis viniendo á ofrecerme vuestros servicios en Calatrava, me hace pensar que habéis formado planes para vos mismo análogos acaso á los míos.

—Os juro que no tenía más plan que el de serviros.

—¡Doncel! dijo sonriéndose don Enrique, en vuestra edad es natural el rubor de confesar ciertas intenciones...

—No os entiendo...

—No importa: si nuestros intereses están unidos, y si os sentís con audacia para poner los medios que he menester, guardad silencio; tanto mejor. Oídme, que acaso mi confesión facilitará la vuestra. Intento ser maestre de Calatrava, añadió bajando la voz.

—¿Vos, señor?

—¿No lo habéis sospechado nunca? Pues bien, si don Enrique de Aragón es algún día maestre de Calatrava, el doncel Macías se llamará comendador. ¿Queréis ocupar otro puesto que os venga mejor?

—Ni tanto, príncipe generoso, respondió Macías inclinando respetuosamente la cabeza y mirando con asombro al maestre futuro.

—Dejad esa inoportuna modestia: imagino que entrambos nos conocemos, dijo Villena apretando la mano del mancebo admirado. ¿Estáis sorprendido?

—Permitid que me confiese asombrado. Los vínculos sagrados del himeneo os unen á una mujer, y no podéis ignorar que este es un obstáculo insuperable.

—Obstáculo sí; insuperable, ¿por qué? exclamó don Enrique apoyado en la seguridad del plan que acababa de inspirarle su juglar poco antes de venir á buscar al doncel, y que él había abrazado con tanta más confianza cuanto que su pérfido consejero había empleado para hacérsele adoptar los acostumbrados recursos que arriba dejamos indicados. Verdad es que el plan era diabólico, y tanto había admirado á don Enrique que aquella había sido la primera vez que había llegado á dudar si efectivamente el espíritu enemigo del hombre tendría poder para sugerir ideas á sus fieles servidores.

—¿Por qué? repitió Macías, esperad: solo un medio entreveo: ¿consiente vuestra esposa en un divorcio ruidoso y?...

—Jamás consentirá. En balde la he querido reducir.

—En ese caso...

—Oídme. Cuento con vos.

—Disponed de mis pocas fuerzas si el honor y...

—Oíd y dejad á un lado esas fórmulas vacías de sentido, inútiles ya entre nosotros, para usarlas con el vulgo que se paga de ellas.

Encendiéronse las mejillas de Macías, y bien hubiera querido interrumpir á Villena para darle á conocer cuán lejos estaba de considerar el honor fórmula vana; pero el conde, que interpretó á su favor el rubor del mancebo, prosiguió sin darle lugar á hablar.

—Doncel, mañana al caer del día procuraré que doña María de Albornoz, mi respetable esposa, no interrumpa su costumbre diaria de pasear por el soto, camino del Pardo; acompáñala por lo regular en este paseo diurno y solitario su camarera Elvira; cuando se haya separado largo trecho de sus demás criados, un caballero convenientemente armado, y ayudado de los brazos que creyese necesarios, arrebatará á la condesa de la compañía de Elvira. ¿Qué tenéis?

—Nada; proseguid, repuso Macías pudiendo contener apenas su indignación.

—Observaránse las precauciones necesarias para que ella y el mundo entero ignoren eternamente su robador y su destino. Guardados en tanto por mis gentes los pasos de los que pudieran venir de Calatrava á dar la noticia de la muerte del maestre, sabré ganar tiempo para que de ninguna manera coincida un acontecimiento con otro. Permitidme acabar: me resta designaros el osado y valiente caballero que robando á la condesa ha de dar el paso más difícil en tan importante empresa. Si una plaza de comendador de la orden no es suficiente recompensa para su ambición, él será el verdadero maestre, y después de don Enrique de Villena nadie brillará más en la corte en poder y en riqueza que el doncel de don Enrique el Doliente.

—¿El doncel de don Enrique el Doliente? interrumpió el impetuoso mancebo levantándose y echando mano al puño de su espada. ¿El doncel de don Enrique el Doliente habéis dicho, conde? ¡Santo cielo! bien merece ese desdichado doncel el injurioso concepto que de él habéis indignamente formado, si tantos años de honor no han bastado á impedir que los hipócritas le cuenten en su número despreciable. Bien lo merece, juro á Dios, pues que su espada permanece aún atada en la vaina por miserables respetos sin castigar al osado que mancilla su buen nombre y espera de él cobardes acciones.

—¡Doncel! exclamó asombrado levantándose también á este punto el conde de Cangas y Tineo. No le permitió pronunciar más palabra en un gran rato la cólera que de él se apoderó al ver defraudadas tan inopinadamente sus anteriores esperanzas. Deteníale sobre todo la vergüenza de haber descubierto sus planes al mancebo sin más fruto que su amarga reconvención, y culpábase en su interior de no haber explorado más tiempo el terreno arenoso sobre que había sentado el pie arriesgadamente.

—¡Doncel! repitió ya en pie, ¡vive Dios que no comprendo vuestro loco arrebato, ni esperé nunca en vos tal pago de mi indiscreta confianza!

—¿Y quién os indujo á presumir, respondió el doncel, que un caballero y que Macías había de poner cobardemente la mano sobre una mujer indefensa? ¿Qué visteis en mí, señor, que os diese lugar á creer que tuviese tan olvidados los principios y los deberes de la orden de caballería que para acorrer á los débiles y á los desvalidos recibí del rey y profeso? ¿No me habéis visto vos mismo pelear con los Moros y los Portugueses? ¿En qué día de batalla me visteis huir? ¡Oh rabia! ¡oh vergüenza! ¡oh buen rey Enrique III! He aquí el concepto que de tus mismos grandes merecen tus donceles.

No veía don Enrique de Villena los objetos que le rodeaban: tal eran la ira y el coraje que crecían por momentos en su corazón. Algún tiempo dudó si echando mano á la espada vengaría con sangre los ultrajes á su persona que por primera vez oía, y si sepultaría para siempre en la tumba del impetuoso mancebo el secreto que imprudentemente había descubierto, ó hundiría en la suya propia su vergüenza y su afrentoso desaire. Mirábale atento á sus acciones todas, para obrar en consecuencia, el ofendido joven, y bien se veía en su semblante la resolución que tomada tenía de responder con la espada ó con la lengua á los desmanes del orgulloso magnate. Reflexionó empero don Enrique que un lance ruidoso de esta especie á aquellas horas, y en el alcázar mismo de S. A., no podría tener en ningún caso buenas consecuencias para sus planes, y determinó encomendar á la prudencia los yerros que por falta de ella había recientemente cometido. Revistióse, pues, con asombrosa rapidez la máscara hipócrita que en tantas ocasiones le había sido de conocida utilidad, y envainando del todo con un solo golpe la espada cuya hoja había brillado ya en parte un corto instante á los ojos de su interlocutor:

—Macías, le dijo con voz serena y aun afectuosa, vuestros pocos años han estado á punto de perdernos á entrambos. Confieso que he errado el golpe, y os devuelvo todo el honor que os había quitado. No penséis sin embargo, añadió el astuto cortesano recogiendo velas, que era mi objeto llevar completamente á cabo el plan que os proponía: tal vez quería conocer á fondo vuestro carácter; y estoy completamente satisfecho de vuestra laudable conducta. Con respecto al objeto de mi visita, ignoro si, después de haber pensado mejor los medios que tengo á mi disposición para llegar á ser maestre, elegiré ése ú otro. De todas suertes no me sois útil; es concluido, pues, vuestro servicio en mi casa; excusáis volver á Calatrava: mañana os devolveré á su alteza; pero como os supongo bastante talento para conocer el mundo y los hombres, á pesar de vuestros pocos años, espero que nos separemos amigos, como dos caminantes que han pasado una mala noche en una misma posada, y que al día siguiente, debiendo seguir cada uno un sendero opuesto, se despiden cortésmente. Si sois el caballero que decís, vuestro honor os dicta si debéis guardar el de otro caballero y los pactos en que estábamos hasta la presente convenidos; si creéis sin embargo de vuestro deber dar á luz pública nuestro diálogo, sois dueño de hacerlo; pero... acordaos, añadió afirmándose en los talones con ademán de hombre resuelto y dando en la mesa una palmada que resonó en gran parte del alcázar, acordaos de que don Enrique de Aragón y Villena, conde de Cangas y Tineo, señor de las villas de Alcocer, Salmerón, Valdeolivas y otras, nieto del rey don Jaime, y tío del rey don Enrique, no ha menester ser maestre de Calatrava para hacer probar los tiros de su poderosa venganza á un doncel pobre y oscuro del rey Doliente, á quien una imprudencia ha puesto momentáneamente sobre él.

—Deteneos, dijo Macías más sosegado asiéndole de la ropa al ver que se preparaba á salir del teatro de su confusión. Deteneos; puesto que habéis creído necesaria una explicación antes de concluir nuestra entrevista, permítame vuestra grandeza que con el respeto que debo á su clase le exponga mis sentimientos sobre frases nuevamente ofensivas que acabáis de proferir. Sé cuánto debo al rango que ocupa don Enrique de Villena en Castilla; sé que mi imprudente arrojo ha podido empañar sus resplandores; sé que debiera haberme limitado á responder no sencillamente; pero si vuestra grandeza es caballero conocerá cuánto cuesta sufrir cristianamente un ultraje á quien tiene sangre noble en las venas. Si exigís de ello una satisfacción, en esto os la doy: si la queréis de otra especie, mi lanza y mi espada están siempre prontas á abonar mis imprudencias. La amistad que pedís, ni la busco ni la otorgo; vuestra protección no la necesito. Como caballero observaré los pactos y guardaré los secretos que como caballero prometí guardar. Nadie sabrá por mí la muerte del maestre. Con respecto á vuestros planes, no me exigísteis palabra de ocultarlos...

—¿Cómo? interrumpió don Enrique de Villena inmutado.

—Permitidme, señor, que hable. No estoy obligado á guardarlos; os prometo sin embargo, en consideración al nombre ilustre que lleváis, y cuyo brillo no quisiera ver empañado, que no haré más uso de lo que acerca de vuestras intenciones me habéis dicho que el indispensable para salvar á la inocencia que queréis oprimir. Dadme licencia de que os asegure que fuera tan criminal en consentirlo con vergonzoso silencio como en cooperar al logro de la maldad. Mientras pueda salvar á la de Albornoz sin hablar, callaré; mas si puede mi silencio contribuir á su ruina, hablaré. Á esto me obliga el ser caballero.

—Hablad en buen hora, hablad, dijo don Enrique en el colmo del furor; pero ¡temblad!...

—Permitidme, señor, que os acompañe hasta que os deje en vuestra estancia, añadió Macías con respeto y mesura.

—No, estaos aquí; yo lo exijo; á Dios quedad.

—Ved, señor, que no es ésa la salida: por allí saldréis mejor.

—Ciego voy de cólera, dijo para sí al salir don Enrique de Villena, que en medio de su arrebato había equivocado la puerta interior con la exterior.

Abrióle Macías la que daba al corredor, y asiendo de la lámpara que sobre la mesa ardía, alumbrólo hasta que comenzó á bajar los escalones, y cuando ya se alejó lo bastante para que él pudiese retirarse: «Á Dios, señor, y el cielo os prospere», dijo en voz alta el comedido doncel. Un ligero murmullo que confusamente llegó á sus oídos dió indicios de que había sido oído su saludo y respondido entre dientes, acaso con alguna maldición, por el irritado conde, que se alejaba premeditando los medios de venganza que á su arbitrio tenía, y sobre todo la manera que debería observar para impedir los efectos de la terrible amenaza que al despedirse de él le había hecho el magnánimo doncel.

Volvióse éste á entrar en su aposento, revolviendo en su cabeza la notable mudanza que había efectuado en su situación la escena en que acababa de hacer un papel tan principal: determinóse en el fondo de su corazón á no dejar perecer la inocente y débil oveja á manos del tigre en cuya guarida se hallaba desgraciadamente presa. Después de haber cerrado su puerta con cuidado, llegóse á la que daba á la cámara de Hernando, y llamóle en voz baja.

—¿Quién pregunta? dijo entre sueños el feliz montero: ¿tañen de andar al monte?

—Si algo oiste, Hernando, esta noche, dijo el doncel, haz como si nada hubieras oído. Mañana no partiremos al alba; duerme, pues, y descansa, y deja descansar á los caballos.

—Se hará tu voluntad, respondió la voz gruesa del montero, y no tardó en oirse de nuevo el ronquido sordo de su tranquilo sueño.

Bien quisiera imitarle el desdichado doncel, pero no le dejaba el recuerdo de su ingrata señora, ni el deseo de buscar trazas que á los proyectos que preparaba para el día siguiente pudiesen ser de pronta utilidad.

Don Enrique en tanto despechado se dirigió á su cámara, donde encontró á su Ferrus. Allí trataron los dos, no ya de llevar á cabo su proyecto tal cual primeramente le habían concebido, sino con aquellas alteraciones que exigía la nueva posición en que los había puesto la repulsa de Macías, y de la venganza y precauciones que deberían usar contra el doncel antes de que pudiera perjudicar á sus pérfidas intenciones. Después que hubieron conversado largo espacio, trató don Enrique de averiguar qué hora podría ser. Mas fué imposible saberlo jamás por su reloj de arena, pues con la agitación de las escenas de la noche habíase descuidado el volver el reloj al concluírsele la arena; como buen astrónomo sin embargo pasó á la cámara inmediata que tenía vistas al soto, y reconoció que debía haber durado mucho su coloquio con Ferrus, decidiéndose en vista de la hora avanzada, que él se figuraba por las estrellas ser la de las cuatro, á entregarse al descanso de que tanto tiempo hacía ya que gozaban los demás pacíficos habitantes del alcázar de Madrid. Iba ya á cerrar la ventana para realizar su determinación, cuando le detuvo de improviso un extraño rumor que oyó, el cual le pareció no poder provenir á aquellas horas de causa alguna natural; empero permítanos el lector que demos algún reposo á nuestro fatigado aliento.


CAPÍTULO VII

Ya se parte el pajecito,
Ya se parte, ya se va,
Llorando de los sus ojos
Que quería reventar.
Topara con la princesa;
Bien oiréis lo que dirá.

Rom. del conde Claros

Cuando don Enrique de Villena, volviendo silenciosamente la espalda á su esposa á la aparición de Elvira, que había acudido con tanta oportunidad á atajar los efectos de su furor, la dejó toda llorosa en brazos de su camarera, ignorante de cuanto había pasado, ésta empleó cuantos medios estaban á su alcance para hacerla volver en sí del estado de estupor y de profunda enajenación en que la había puesto la desdichada escena que con su injusto esposo acababa de tener. Sentóla en un sillón, donde no daba muestras de vida la infeliz condesa, enjugó las lágrimas que habían inundado en un principio su rostro, pero cuyo curso había detenido ya el exceso del dolor; le aflojó el vestido con que tan inútilmente se había engalanado pocos momentos antes en obsequio del caballero descortés, y refrescó la atmósfera que la rodeaba con un abanico.

Al cabo de algún tiempo produjo la solicitud de Elvira todo el efecto que deseaba: comenzó la condesa á dar indicios de querer desahogar su pecho oprimido, y de allí á poco rompió de nuevo á llorar amargas y copiosas lágrimas, exhalando profundos gemidos acompañados de voces inarticuladas, las cuales producía á trechos y á pedazos en los huecos del llanto con un acento convulsivo y un tono de voz ora agudo, ora reconcentrado, que ninguna pluma de escritor ó de músico puede atreverse á representar en el papel.

Poco á poco fué perdiendo fuerzas su acceso de cólera, como pierde impetuosidad el torrente si una vez roto el dique que le enfurecía halla anchas y fáciles salidas á sus ondas por la tendida campaña; mitigóse su dolor, pero por largo espacio conservó indicios del enojo anterior, como se echaba de ver en el movimiento de elevación y depresión de su agitado seno, semejante al mar, cuyas ondas, mucho tiempo después de pasada la borrasca, conservan aunque decreciente la inquietud que el huracán les imprimió.

Luego que estuvo en estado de hablar con más serenidad, refirió á Elvira cuanto con el conde le acababa de pasar, y fueron inútiles todos los consuelos que su fiel camarera trató de prodigarle. Revolvía en su cabeza mil ideas encontradas: ora quería salir inmediatamente de aquella parte del alcázar que le estaba destinada y refugiarse á sus villas, ora intentaba acogerse al amparo del mismo rey, esperando de su justicia que reprimiría los desórdenes de su esposo, y le impondría algún temor para lo sucesivo, pues pensar en que ella consintiese en la separación que el conde manifestaba desear era sueño, puesto que se había casado enamorada de Villena: verdad es que el trato y la mala vida que la daba hubieran sido bastantes á hacer odioso al más perfecto de los hombres; pero todos sobemos que la frialdad y el despego suelen ser incentivos vivísimos del amor, y lo eran tanto más en la condesa cuanto que habiendo vivido siempre don Enrique apartado de ella después de su infausta boda, no había dado jamás entrada al hastío que hubiera seguido á una larga y tranquila posesión. Aguijoneaba además á la infeliz condesa la saeta de los celos: en varias ocasiones había sorprendido al conde de Cangas en conquista ó persecución de algunas bellezas, y aun una de las que había considerado siempre como primer objeto de sus obsequios era aquella misma Elvira en quien tenía puesta toda su confianza; mas como tenía pruebas de que ésta se había negado constantemente á dar oídos á toda proposición amorosa del de Villena, y en la seguridad en que estaba de que cualquiera que á su lado viviese había de excitar los deseos de su esposo, quería más bien tener por camarera aquella de cuya lealtad y odio á la persona del conde no podía dudar en manera alguna.

En esta ocasión se equivocaba la condesa en sus temores, porque no un amor adúltero, sino la ambición era quien á tan descortés procedimiento á don Enrique obligaba. Empero ésta era la verdad: por una parte el amor, que á pesar de los desdenes de Villena en su corazón duraba, y por otra la creencia en que estaba de que sólo proponía aquel rompimiento para entregarse más á su salvo á alguna nueva intriga amorosa, eran suficientes motivos para que nunca hubiese ella prestado su consentimiento al propuesto divorcio.

Logró por fin persuadirla Elvira á que se recogiese y tratase de poner un paréntesis á su pesar en el sueño, dejando para el día siguiente el resolver lo que debería hacerse. Hízolo así la condesa, y Elvira se retiró á la cámara inmediata, en donde se proponía esperar al lado del fuego á que su señora se hubiese entregado completamente al descanso para seguir su acertado ejemplo. Sentóse cerca de la lumbre después de haber dado las oportunas disposiciones para que durante la noche no faltasen sus dueñas del lado de la condesa, y púsose á leer un manuscrito voluminoso, que entre otros muchos y muy raros tenía don Enrique de Villena, por ser libro que á la sazón corría con mucha fama, y ser lectura propia de mujeres. Era éste el Amadís de Gaula. Hacía pocos años que su autor, Vasco Lobeira, había dado al mundo este distinguido parto de su ingenio fecundo, y don Enrique de Villena, por el rango que ocupaba en Castilla y por su decidida afición á las letras y relaciones que con los demás sabios de su tiempo tenía, había podido fácilmente hacer sacar de él una de las primeras copias que en estos reinos corrieron. El carácter de Elvira simpatizaba no poco con las ideas de amor, constancia eterna y demás virtudes caballerescas que en aquel libro leía: hubiera dado la mitad de su existencia por hallarse en el caso de la bella Oriana, y aun no le faltaba á su imaginación ardiente un retrato de Amadís cuya fe la hubiera lisonjeado más que nada en el mundo; era éste un mancebo generoso de la corte de Enrique III, á quien había conocido desgraciadamente después que á Fernán Pérez de Vadillo. Habíase casado en verdad ciegamente apasionada del hidalgo; pero desde su boda hasta el punto en que la encuentra nuestra historia se había ensanchado considerablemente el círculo de sus ideas; Fernán Pérez por el contrario era siempre el mismo que en otro tiempo había cautivado sin mucho trabajo el inocente corazón de la niña Elvira; pero ésta no era ya la amante que se había prendado de Fernán Pérez: su carácter se había desarrollado de una manera prodigiosa, y un foco de sensibilidad y de fogosas pasiones creado nuevamente en su corazón había producido en su existencia un vacío de que ella misma no se sabía dar cuenta. Se había formado en su cabeza un bello ideal, no hijo del mundo real en que habitaba, sino de su exaltación; y se complacía en personificar este bello ideal en tal ó cual joven cortesano que sobre el vulgo de los caballeros de la corte de Enrique III se distinguían. Uno entre todos había avasallado ya su albedrío bajo esta personificación; y Elvira, juguete de la naturaleza, que puede más que sus criaturas, no sabía ella misma que iba tomando sobre su corazón demasiado imperio un amor ilícito y peligroso. Por desgracia su virtud misma era su mayor enemigo: la confianza en que estaba de que nunca podrían faltarle fuerzas para resistir, la hacía entregarse sin miedo con criminal complacencia á mil ideas vagas, que cada día iban ganando más terreno en su imaginación. Encontrábase en fin en aquel estado en que se halla una mujer cuando sólo necesita una ocasión para conocer ella misma y dar á conocer acaso á su propio amante la ventaja que sobre ella ha adquirido. Como un incendio que ha crecido oculto é ignorado en la armazón de una casa vieja, que no ha menester más sino que descubriéndose una pequeña parte de la techumbre que lo cubre tenga entrada la más mínima porción de aire, entonces estalla de repente como un vasto infierno improvisado, se lanzan las llamas en las nubes, crujen las maderas, y viene al suelo el edificio desplomado, sepultando en sus ruinas al incauto y desprevenido propietario.

No era, pues, la lectura de Amadís la que á la triste Elvira mejor pudiera convenirle; pero era tanto más disculpable, cuanto que en el siglo xiv no había muchos libros en que escoger, y pudiera darse cualquiera por contento con divertir las horas ociosas por medio del primero que en las manos caía.

Una tristeza vaga y sin causa positivamente determinada era el síntoma predominante de la hermosa camarera de la de Albornoz; y la soledad era el gran recurso de su imaginación, deseosa de empaparse sin reserva ni testigos en la contemplación de las seductoras ilusiones que se forjaba: esta disposición de ánimo no era ciertamente la más favorable para la virtud de Elvira en las escenas sobre todo en que aquella misma noche, fecunda de acontecimientos, debía colocarla.

Poco tiempo podría hacer que con el primer libro de caballería en España conocido se entretenía la sensible Elvira, cuando sintió abrir la puerta del salón, y una persona, que seguramente no esperaba, se presentó á su lado, dándola las buenas noches con rostro alegre y maliciosa sonrisa.

—¿Qué buscas, Jaime, en estas habitaciones, y á estas horas? Ya deben ser cerca de las diez: vuelve á la cámara del conde, si es que no te envía, como su precursor, á anunciarnos nuevos pesares y desventuras.

—Hermosa prima mía, contestó Jaime, depón el enojo; de aquí en adelante puedes volverme á llamar tu querido primo.

—¿Qué novedad traes?

—Ninguna; pero he tenido miedo de las cosas que se hablan de don Enrique, y esta noche misma le he suplicado que me permitiese volver al lado de mi amada prima: ¡me acordaba tanto de ti!

Una lágrima de sensibilidad se asomó á los ojos de Elvira oyendo la ingenua manifestación del medroso pajecillo.

—¿Y don Enrique te lo ha concedido?

—Por más señas que no he escogido la mejor ocasión; estaba tan distraído y tan ocupado en sus... mira... se me figura que estaba en uno de aquellos ratos en que dicen que tienen los hechiceros el enemigo... ¡Jesús!

—¡Jaime! ¿Quién te ha enseñado á hablar así de tu señor?

—Bien: no volveré á hablar; ahora ya no me importa. Ya estoy con mi Elvira, que me confiará sus penas, añadió el paje tomando una de las manos de la hermosa camarera.

—¿Qué anillo es ése? exclamó ésta dejando el voluminoso pergamino que hasta entonces había leído, para examinar de cerca el hermoso brillante que relumbraba en un dedo del paje. ¡Jaime!

—¡Ah! éste no se ve, gritó puerilmente Jaime retirando y escondiendo su mano. ¡Éste no se ve! Es un regalito; á mí también me regalan, señora prima, no es á vos sola á quien...

—Vamos, ven acá, Jaime, y dime quién te ha dado ese anillo; ó si por ventura tienes que acusarte de algún...

—¡Chitón! señora prima, interrumpió el paje con indignación.

—¡Ah! ya lo tengo, gritó Elvira, aprovechando para asirle la mano aquel momento en que la pundonorosa irritabilidad del paje le había estorbado la precaución; ya le tengo.

—No, no me lastimes y te le daré, dijo el paje viendo que se disponía la interesante Elvira, tan niña como él, á valerse de la superioridad que le daban sus fuerzas para ver á su salvo el anillo: quitósele en efecto, pero echando á correr, en cuanto Elvira le hubo cogido: No me importa, añadió; ¿qué veréis, señora curiosa? Nada: un anillo; mas no por eso sabréis quién me lo ha dado.

Equivocábase el inexperto paje: la perspicaz Elvira, que al principio había sido inducida sólo por mera curiosidad al reconocimiento de la alhaja, cuya posesión no creía natural en el pajecillo, había fijado notablemente en ella su atención, y examinaba al parecer alguna señal ó particularidad por donde esperaba venir en conocimiento de su procedencia.

—No hay duda, exclamó sonrojándose como grana, no hay duda: una letra pierdo; pero sería mucha casualidad... esmeralda... e; lapislázuli... l; brillante... b; rubí... r; amatista... á. Y luego... una, dos, tres, cuatro, cinco, seis. No hay duda.

El paje, que había alborotado la sala con sus risas y sus burlas al ver la perplejidad de su prima, no se asombró poco al oir la extraordinaria y no esperada explicación que daba á la sortija; y tanto más confundido quedó cuanto que creyó no haber sido en esta ocasión sino el juguete del doncel, que se había valido de él para manifestar á Elvira aquel su amor, de que el malicioso paje tenía ya no pocas sospechas.

Nada más común en aquel tiempo que estas combinaciones de piedras y ese lenguaje amoroso de jeroglíficos en motes, colores, empresas y lazadas. Un platero de Burgos había engarzado artísticamente á ruego de Macías en un mismo anillo aquellas seis piedras, cuya traducción había acertado tan singularmente Elvira por un presentimiento sin duda de su corazón. Había perdido la significación de una piedra, cosa nada extraña, no hallándose ella muy adelantada en el arte del lapidario; pero en cambio había entendido la equivocación del platero, que había significado la v con la b, inicial de brillante; ni el quiproquo del platero ni el acierto de Elvira tenían nada de particular en un tiempo en que no sabían ortografía ni los plateros ni los amantes. El número sin embargo de las piedras, y la colocación de las conocidas, no dejaba la menor oscuridad acerca de la intención del que había mandado hacer la sortija.

Quedábale todavía á Elvira un resto de duda, que á toda costa quería satisfacer: en primer lugar no era ella la única Elvira que en Castilla se encerraba; y en segundo la alusión, que la había puesto en camino de sospechar, no le daba sin embargo noticia cierta de quién fuese el que usaba con ella semejante galantería. Deseaba por una parte saberlo; temía por otra oir un nombre indiferente.

—¿Quieres cambiar este anillo, Jaime, por otro mejor que yo te dé?

—¿Y qué diría, dijo el astuto paje, el caballero que me le ha regalado?

—¿Conque ha sido caballero?... interrumpió Elvira.

—Y de los mejores y más valientes de la corte de su alteza.

—¡Santo cielo! decía Elvira impaciente: Jaime, yo te ruego que me des señas de él al menos, ya que no quieras decir su nombre.

—¿Señas?

—Espera; dime primero, exclamó reflexionando un momento, ¿cuándo te le ha dado, y dónde?

Comprendió el paje al momento la doble intención de esta pregunta, y se sonrió malignamente viendo á Elvira cogida en su propio lazo, porque al punto recordó que no podía saber la llegada del doncel.

—Hoy, y en el alcázar.

—¿Hoy y en el alcázar? repitió Elvira queriendo leer la verdad en los ojos del paje. ¡Entonces no puede ser! dijo entre dientes, satisfecha ya al parecer toda su curiosidad, dejando caer los brazos, inclinando la cabeza y saliendo, en fin, de la ansiedad y tirantez en que estaba, como arco que se afloja. Siguió mirando, pero más vagamente, el anillo, haciendo con el labio inferior, que se adelantó al superior, un gesto particular entre distraída y resignada.

—¡Ah! ¡ah! que no lo acierta, exclamó en su triunfo el paje victorioso; escuchadme, señora adivina, es un caballero joven.

—Bien; déjame, repuso ella sin prestar apenas atención á la voz chillona y triunfante del mozalbete.

—No, que lo has de acertar. Cuando se trata de coger sortijas, ensarta con su lanza tantas como corazones con su hermosa presencia. Si monta á caballo, es el más fogoso el suyo, y lo domeña como un cordero; si se trata de correr cañas, nadie le aventaja; y en un torneo sólo don Pero Niño...

—Jaime, ése no puede ser más que uno, exclamó levantándose Elvira.

—Cierto que no es más que uno, repuso el taimado paje, que se divertía con su prima como el gato con el ratón.

—¿Ha venido? ¡Ah! ahora recuerdo que esta mañana un caballero...

—¿Quién? contestó con cachaza el paje fingiendo no entender.

—Mira, Jaime, vete de aquí y no vuelvas, gritó furiosa Elvira; marcha, huye si temes mi...

—Bien, primita, lo diré; ése es...

—¿Quién? preguntó la atormentada belleza, ¿quién? acaba ó...

—El doncel de...

—Basta. ¿Estás cierto?...

Acordóse de pronto el imprudente paje del especial encargo que de guardar secreto le había hecho el doncel, y no sabiendo las últimas mudanzas que en la situación de su amigo se habían verificado, las cuales volvían infructuoso este cuidado, trató de reparar el olvido de que la escena bulliciosa que con su prima traía era causa y efecto.

—No me habéis dejado acabar, señora camarera. El rey don Enrique III no tiene un solo doncel. Sabed que no os puedo decir más. Ni una palabra más.

Al oir el tono resuelto del rapaz bien vió Elvira que no sacaría de él más partido que una honrosa capitulación: lo más que pudo recabar de él fué que le dejase el anillo, hasta que ella adivinase como pudiese su procedencia; dejóselo el pajecillo y se acabó la contienda entre los primos, determinando que por aquella noche Jaime dormiría vestido en una cámara inmediata á la alcoba donde casi vestida también trataba de reposar la infeliz Elvira, no atreviéndose á desnudarse del todo por miedo de que hubiese menester la de Albornoz sus consuelos en el discurso de la noche.

Bajóse para esto á su habitación, que debajo de la condesa caía, después de haberse cerciorado de que ésta yacía profundamente dormida, y de haber dejado advertido á las dueñas que la avisasen á la menor novedad que sintiese su señora, ó que en aquella parte del alcázar ocurriera.

Echóse después en su lecho, habiéndose despedido del paje, y en vano procuró imitar á éste en la prontitud con que concilió el sueño reparador de las fuerzas perdidas.

Revolvía una y mil veces en su cabeza las ideas del día, y procuraba atarlas y coordinarlas entre sí; empero agolpábanse todas á su imaginación ferviente: la condesa, la violencia de Villena, sus solicitudes, la ausencia de su esposo, el Amadís, la indiscreta conversación del paje, las dudas que acerca del dueño del anillo había dejado sin resolver después de su inquieto diálogo, todo esto reunido y amasado junto de nuevo en su mente en medio del silencio y de la oscuridad de la noche, le representaba un cuadro fantástico, lleno de objetos incoherentes, muy semejante en la confusión á esos lienzos que entre nuestros abuelos tanto se apreciaban con el nombre de mesas revueltas. Pero á proporción que el largo insomnio y el cansancio del día fueron rindiendo sus fuerzas y entornando los párpados fatigados de Elvira, todas esas imágenes confusas tomaron en su cerebro contornos informes, y poblaron su sueño de escenas parecidas á las que habían pasado por ella en el día, y de otras que, como combinaciones nuevas del choque de aquéllas, suelen producirse por sí solas en la imaginación cansada de un calenturiento que duerme, ó de una persona habitualmente agitada por sensaciones extraordinarias, y que pasa por una larga y fatigosa pesadilla.


CAPÍTULO VIII

Helo, helo por do viene
El infante vengador,
Caballero á la jineta,
En caballo corredor.
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Iba á buscar á don Cuadros
....................................
El venablo le arrojó.
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Rom. del inf. vengador

Muy avanzada estaba la noche, y muy en silencio todos los habitantes de Madrid y de su fuerte alcázar. No todos sin embargo disfrutaban del sueño y del descanso, como hubiera podido cualquiera figurarse. Podemos asegurar que don Enrique de Villena y Ferrus conversaban muy animadamente en el laboratorio del hermético, como arriba dejamos dicho. El enamorado doncel había tratado inútilmente de conciliar el sueño, y se había entregado, desesperado ya de conseguirlo, á la más profunda meditación, buscando en su cabeza un arbitrio por medio del cual pudiese descubrir á la de Albornoz el peligro inminente que la amenazaba. Bien conocía que el aviso urgía, pues si antes de haber descubierto Villena su plan lo tenía aplazado para el día siguiente, era probable que tratase de atropellar la ejecución de sus ideas desde el momento en que había hecho partícipe de él al enemigo. El doncel estaba determinado á dar su amparo á la de Albornoz, en primer lugar por pertenecer á la orden de caballería, que principalmente se daba, como se lee en Amadís de Gaula, «para defender las dueñas y doncellas que tuerto reciben»; orden, por la cual «el que la profesa debe ayudar á las dueñas y doncellas fijas dalgo», como en el instituto de la Banda fundada por Alonso XI se contiene; orden, en fin, por la cual se advertía á los que la recibían, como en el Doctrinal de caballeros consta al lib. i, tít. iii, que «al caballero ó dueña que viesen cuitados de pobreza ó por tuerto que hubiesen recebido, de que non pudiesen haber derecho, que pugnasen con todo su poder de ayudarlos». Agregábase á esta principal razón otra, si bien menos generosa y obligatoria, más fuerte acaso que todos los institutos y órdenes del mundo; á saber, cierta simpatía que con una persona ligada á la suerte de la de Albornoz alimentaba Macías en todas sus acciones.

Pero si estaba decidido á favorecer á las débiles víctimas del poder del ambicioso conde, no por eso dejaba de conocer cuán dificultoso era, si no imposible, introducir á aquellas horas un saludable aviso en la habitación de la condesa ó de su camarera.

Después de largo rato de discurrir, en que desechó unas ideas, adoptó otras, volvió á desechar éstas, y á adoptar y desechar otras ciento, fijóse por fin decididamente en una que debió de parecerle la mejor y la menos arriesgada de ejecutar si la fortuna le ayudaba. No quiso despertar á Hernando, que sordamente roncaba, para no ser conocido en la expedición que premeditaba, si llegaba á sorprenderle fuera del alcázar la madrugada que á largos pasos andando se venía; endosóse un basto sayo de montero de su criado, su gorro de lo mismo, su tosco tabardo de paño buriel, ciñó la espada, y tomando debajo del brazo un objeto que, como trovador, siempre llevaba consigo, salióse pasito de su estancia, y sin ser sentido llegó hasta la puerta exterior del alcázar, evitando por corredores y patios conocidos de él las centinelas interiores que hubieran podido interrumpir su proyecto; pero llegado allí estuvo tentado varias veces de volver á su aposento y desistir de su empresa, cuando se oyó dar el ¿quién va? del ballestero encargado de la guarda de aquel punto.

—Un caballero que desea salir.

—Atrás, ¡voto á Santiago! le respondió una voz, ronca del vino ó del frío de la noche: buena hora de salir á tomar el fresco, cuando está un cristiano deseando el relevo para calentarse.

No había meditado el doncel este inconveniente: no quedaba sin embargo más remedio que desistir y abandonar á la condesa á su destino, ó descubrir su clase de doncel de su alteza, y como tal lograr que se le abriesen las puertas. Calculando que de todas suertes habría de saberse al día siguiente su entrada en el alcázar, puesto que ya no podía por entonces pensar en volverse á Calatrava, decidióse al segundo partido prontamente; hizo llamar al jefe del pequeño destacamento, y no tardó en oir su voz, que denotaba el mal humor de un hombre á quien se ha sacado intempestivamente del sueño para cumplir con un deber.

—Por la Virgen de Atocha, vive Dios, exclamó observando y dejando ver su oblonga figura, que he de escarmentar al borracho que á estas horas...

—Mirad lo que habláis, interrumpió Macías al oir hablar sobre sí, como quien está debajo de una campana, á aquel amalgama de gordura, de bestialidad y de sueño.

—¿Quién sois, voto va, el que habláis tan gordo? ¡Aaa! prosiguió bostezando.

—Por Santiago, ya os debía haber conocido en lo que tenéis de común con los jabalíes del Pardo. ¿Sois vos, Bernardo?

—¿Quién es, repito, por las muelas de santa Polonia, quién es el que me conoce tan á fondo?

—Dejadme salir: soy un doncel de su alteza y voy á asuntos del servicio del rey...

—¿Doncel? metedme el dedo en la boca: más traza tenéis que de doncel de don villano, repuso el ingenioso Bernardo á caza del equivoquillo... el vestido...

—¡Voto va, Bernardo, que os haga arrepentir de vuestra insolencia si insistís en faltar al respeto á... pero... oíd, añadió acercándose á su oído, ¿conocéis á Macías? miradle aquí.

—¡Ballesteros! echadme á ese aventurero en un cubo de agua fresca: dice que es un hombre que está en Calatrava. Voto va el santo patrón del sueño, que ó ha trasegado de la botella á su estómago mucho del tinto, ó es hechicero.

No pudo sufrir ya más tiempo el doncel el impertinente responder del ballestero, y asiéndole con mano vigorosa del cuello, llevóle sin dejarle gañir, ni aun para pedir socorro á los suyos, hacia un farol que cerca de ellos ardía; y enseñándole entonces su rostro descubierto:

—¿Conocéisme, don Bellaco, portero de los infiernos y hablador que Dios no perdone? ¿conocéisme? ¿ó habéis menester todavía que os abra yo los ojos con el puño?

Abría el ballestero unos ojos como tazas, y no acababa de comprender cómo podía salir del alcázar un hombre que no había entrado en él, pues lo creía en Calatrava: hubo sin embargo de convencerse, y tendiendo entonces la pierna hacia atrás y descubriendo su cabeza, pidió mil excusas al doncel, y fué preciso que éste pusiera treguas también á sus disculpas y cortesías como á sus impertinencias, sin lo cual nunca se hubiera visto donde por fin se vió, es decir, en medio del campo y recibiendo sobre sí una menuda lluvia que á la sazón comenzaba á caer, lo cual, añadido á la persecución del cerbero del alcázar, no era del mejor agüero para nuestro osado doncel, que dejaremos rodeando los altos muros de la fortaleza para dar cumplimiento á sus caballerescos proyectos.

Mientras que los acontecimientos paralelos de la conversación de don Enrique con Ferrus y la salida del doncel se verificaban en el alcázar á una misma hora, dormía inquietamente y luchando con las fantasmas que su imaginación le representaba la hermosa Elvira, que en su lecho medio desnuda dejamos. Habíase quedado con sólo un vestido blanco; cubríale éste desde la garganta hasta los pies, que, desnudos, parecían dos carámbanos de apretada nieve: su cabello, tendido cuan largo era, velaba sus hombros, su seno, su talle, y por algunas partes su cuerpo entero; una mano pendía del lecho, y la opaca claridad de la luna que penetraba por entre las nubes no muy densas y sus ventanas, entreabiertas por el calor de la estación, la hacía aparecer un verdadero ser fantástico, como la hubiera soñado un amante deseoso de una ocasión.