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Obras completas de Fígaro, Tomo 1 cover

Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Chapter 33: CAPÍTULO IX
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About This Book

La colección reúne artículos, ensayos y cartas que combinan sátira y reflexión para examinar costumbres públicas y privadas, el teatro, la administración y la vida cotidiana. Alterna piezas breves de crítica mordaz con un relato más extenso de carácter narrativo, y emplea el humor y la observación para señalar hipocresías y hábitos sociales, proponiendo pautas de juicio y reforma sin perder la viveza estilística. La edición incluye prólogos y notas que contextualizan la producción y su intención crítica.

Su seno y su respiración interrumpida denunciaban la inquietud de su descanso y el trabajo de su imaginación aun en el sueño.

Fuese casualidad, fuese porque era el que más había dormido, el paje fué el primero que á un extraño rumor que en aquellas inmediaciones se oyó hubo de interrumpir el reposo en que yacía. Un laúd suave y diestramente pulsado adquiría nueva dulzura del silencio de la noche; oyólo primero el paje entre sueños, pero la realidad tomó en su fantasía la apariencia de una representación ficticia y se creyó trasportado á algún sábado de hechiceras, que era la especie de gentes que él más temía. Había templado algún rato el músico, para llamar la atención, pero sin ser oído de nadie; y cuando el paje echó de ver la aventura, y cuando don Enrique había notado la música que le había obligado á no cerrar su ventana, como arriba dejamos dicho, había cantado ya con melodiosa voz, si bien varonil, las dos siguientes coplas, cuyos ecos se llevó el viento antes de que fuesen para nadie de provecho á que sin duda aspiraban:

En el almenado alcázar
Duerme Zaida sin cuidado.
Guarda, mora, que tus grillos
Te forja un conde cristiano.

Alza y parte, desdichada,
Primero que veas relumbrar su espada.

Vela, tú, si Zaida duerme,
Ó dulce señora mía.
¡Guar del conde que la acecha!
Que un caballero te avisa.

Alza y parte, desdichada,
Primero que veas relumbrar su espada.

Al repetir estos dos últimos versos del estribillo fué cuando el paje, elevando la voz, llamó á la hermosa Elvira.

—¿Ois, discreta prima?

—¡Cielos! exclamó Elvira sentándose sobre el lecho. ¿Á estas horas?...

—No he podido entender la letra...

—Oigamos, que prosigue.

Volvía efectivamente á empezar de nuevo el músico despechado de no advertir ninguna señal de inteligencia en las bellas á quienes advertía su propio riesgo. Repitió, pues, la última copla, que hizo un efecto bien diferente en el paje, en su alterada prima, que aún no había vuelto enteramente en sí ríe su asombro, y en don Enrique y Ferrus, que prestando la mayor atención desde su cámara escuchaban.

—Ferrus, dijo don Enrique á la mitad de la copla, desde aquí no podemos ver quién es el músico que tan delicadamente se viene á regalarnos los oídos á deshoras de la noche: el ángulo saliente del alcázar nos impide reconocerle, y aun su voz llega aquí tan desfigurada que es imposible entenderle.

—¿Qué quieres, pues, señor? contestó Ferrus.

—Importa á mis fines confirmar ó desvanecer mis sospechas; ¡voto á Santiago que si fuese!... escucha, Ferrus: baja al soto lo más de prisa que pudieres...

—¿Yo, señor? interrumpió Ferrus con algún sobresalto.

—En el acto, Ferrus: ni una palabra más, y quiero darte instrucciones acerca de lo que en todos casos deberás hacer.

No había medio de replicar á una orden tan positiva: oyó Ferrus las instrucciones que le daban, y se propuso no traspasar los límites del puente levadizo sin llevar consigo á cierta distancia alguno que otro ballestero del destacamento de la puerta para que le guardase las espaldas contra el músico, que podía no gustar de que saliesen á escucharle al claro de la luna.

—¡Cielos! exclamó la agitada camarera saltando del lecho al oir las primeras palabras de la letra. Conozco la voz. ¿Es cierto, pues, que ha vuelto de Calatrava? ¿Sueño todavía? ¿Mas qué sentido encierran esas palabras? ¡El conde, un caballero te avisa! ¡Entiendo, entiendo!

El músico, que oyó aquel rumor en la habitación donde sabía que habitaba Elvira, clavó los ojos en la ventana, abierta ya de par en par, distinguió un leve contorno blanco, que parecía salirse del mismo fondo de las tinieblas, como nos dicen que salió el mundo del caos; olvidó la prudencia que debiera haber sido su norte, y no pudo resistir á la tentación de poner en su carta una posdata para sí.

Volviendo á preludiar en su instrumento, añadió á las dos ya cantadas la siguiente estrofa:

¡Pluguiera á Dios que pudiese
Librarse así el caballero
Que tienes, señora mía,
Entre tus cadenas preso!...

Al llegar aquí no pudo Elvira contener más tiempo el sobresalto y la agitación que la ofuscaban: basta, oyó decir el caballero, basta, trovador imprudente, á una voz que resonó en su oído como la campana de la población inmediata al caminante perdido, y oyó en pos cerrar con un ¡ay! doloroso la ventana.

Mas no tardó mucho en volverse á abrir. Cesó de pronto el laúd; el músico, cuyo bulto había visto hasta entonces Elvira al pie de su ventana, había mudado entre tanto de sitio, ó había obedecido á la voz celestial: un ruido como de voces ofensivas y alteradas se oyó un breve instante; sucedió un confuso ruido de armas, el cual cesó de allí á poco: sacó Elvira la cabeza por entre los hierros de la reja, como saca el cuello del agua el infeliz, asido de una tabla, que se siente ahogar en medio del mar; un prolongado gemido se siguió al silencio, y retumbó el ruido hueco y resonante de un cuerpo armado que cae en tierra cuan largo es.

Helóse la palabra en la garganta de la infeliz Elvira, que era toda oídos, pues nada alcanzaba á ver. Un momento después se oyó el ruido de un hombre que monta á caballo y parte aceleradamente.

—¡Infeliz! exclamó Elvira después de un momento de pausa glacial; pero un nuevo rumor la obligó á prestar atención.

—¿Dónde está? dijo una voz de hombre que sobrevino de allí á poco.

—¡Qué sé yo! ¡voto á tal! ¿no le oisteis por aquí? respondió otra.

—Debió caer.

—Y también debió levantarse.

—Ó debieron levantarle; según yo oí, no quedó muy bien parado.

—Volvamos, y el diablo le lleve.

—Llévele en buen hora. ¡Ah!

—¿Qué es eso? ¿Os caéis?

—Voto á tal que con el lodo está el piso que parece mármol. Heme caído.

—¿Con el lodo? ¿eh? á ver, volveos: poneos á la luz de la luna. Por el alma del cobarde, que es el diablo quien le ha llevado ó el hechicero, porque aquí ha dejado... toda... su... vida...

—¿Qué decís?

—¿No veis cómo os habéis puesto?

—¿De qué?

—¡De sangre, voto á tal! ¡Y que esto pase por alguna desvanecida!

El diálogo era en todas sus partes destrozador para la infeliz Elvira, que por los antecedentes que tenía no podía prescindir de ver claro en este desdichado asunto; cada palabra retumbaba en su alma como el golpe del martillo que hace entrar á trozos la cuña en la madera: así entraba la horrible realidad en el alma de Elvira. Pero al oir la palabra sangre, un estremecimiento involuntario la sobrecogió; la atmósfera pesó como plomo sobre su cabeza al resonar en el aire el amargo reproche con que la frase concluyó; un ¡ay! penetrante se escapó de su pecho desgarrado, dió consigo en tierra privada de sentido la triste camarera, sonando su cabeza sobre el pavimento como piedra sobre piedra, y nada volvió á oir.

Llegó el ay dolorido á los oídos de los dos que hablaban, y era efectivamente tan penetrante é inexplicable, que no sólo en aquel siglo de ignorancia, sino aun en éste, más de un valiente hubiera temblado al escucharle á aquellas horas, en aquel sitio, sin ver de donde saliese, y sobre el pedazo de tierra que acababa de ser teatro de una muerte, según todas las apariencias.

—¿Has oído? dijo uno al otro. ¡Cuerpo de Cristo! aquí ha quedado su alma para pedir venganza á todo el que pase: ese grito no es de persona; huyamos.

—Huyamos, repuso el compañero. Sonaron un momento sus pasos precipitados al rededor del muro. De allí á un momento nada se oía ni dentro ni fuera, ni en las inmediaciones del funesto alcázar.


CAPÍTULO IX

Ese caballero, amigo,
Díme tú qué señas trae.

Canción de Rom.

La hora del alba sería cuando el famoso caballero don Enrique de Villena, cansado de esperar inútilmente á su juglar, á quien había comprometido, como sabe el lector, en el misterioso y nocturno acontecimiento de la víspera, vacilando entre mil ideas confusas, había entregado al descanso sus miembros fatigados. Ni el miedoso juglar había vuelto, ni él, desde el punto en que le enviara á explorar quién fuese el músico, había tornado á oir más que el confuso ruido de las armas de los desconocidos combatientes. No habiendo querido dar sospechas á nadie en el alcázar de que pudiera tener la menor parte en los sucesos que él se figuraba haber ocurrido, no se había determinado, ni á salir en persona á reconocer el estado de las cosas, ni á despertar á ninguno de sus pacíficos sirvientes. Habíale entre tanto sorprendido el sueño en medio de la encontrada lucha de sus opuestos pensamientos, y vestido como estaba se había reclinado en su rico lecho, determinado á esperar el día y con él la aclaración de los acontecimientos de la noche. El sol, sin embargo, que á más andar se venía, amaneciendo por las doradas puertas del oriente, daba la señal á caballeros y escuderos de tornar á las obligaciones diarias, porque en la época de nuestra narración no se había introducido aún la moda regalona de perder las gentes principales las horas más hermosas del día en el mullido y caliente lecho.

La cámara principal del señor de Cangas y Tineo, inmediata á su gabinete alquimístico (cuya entrada no era á todos permitida), presentaba un aspecto imponente, tanto por el lujo y afectación con que se hallaba alhajada, como por las diversas personas que en ella se veían reunidas esperando á que se dignase recibir su acostumbrado homenaje el ilustre pariente de Enrique III. Gentileshombres, caballeros y escuderos de su casa, oficiales de su servicio, donceles y pajes conversaban en diversos grupos, pendientes del menor ruido que pudiera anunciarles la deseada presencia de su señor. Notábase sólo la falta de dos personas, y no se oían más que preguntas misteriosas sobre su extraña ausencia.

—¿Qué era del primer escudero? ¿Qué del juglar?

—¿Qué puede causar la tardanza de Fernán Pérez?

—Por el señor Santiago que es cosa difícil de comprender. Cuando volvíamos anoche de la batida, él se adelantó con un solo montero y se separó de nosotros. Desde entonces no le volvimos á ver.

—Sí, reponía otro: apostara la mejor pieza de mi arnés á que fué á ver bajo las ventanas de su amada esposa si andaban Moros en la costa.

—Bravo modo de decirnos que el escudero es celoso.

—¡Dios me perdone! como un Moro.

—¡Oh! entonces, decía un tercero, ya se explica su ausencia Habrá tardado en conciliar el sueño... al lado de su dama...

—¡Chitón! la puerta de la cámara se ha abierto.

—Es el camarero.

—El camarero, el camarero, repitieron varias voces por lo bajo. Fijáronse las miradas de todos en Rui Pero, quien con la mayor inquietud preguntó:

—¿No ha venido aún Ferrus? Su señoría pregunta por su juglar.

—Estará haciendo alguna trova, ó pensando algún donaire, dijo el más atrevido de los caballeretes.

—Cierto que comienza su tardanza á inquietarme, dijo Rui Pero. Y acercándose á los principales personajes de aquella pequeña corte:—Su señoría no se ha desnudado esta noche; Fernán Pérez no parece; Ferrus tarda, les dijo misteriosamente: temo grandes novedades. Voy á prevenir á su señoría, añadió en voz alta, y se entró.

Duraron otro rato las misteriosas conversaciones de la cámara; pero no tardó mucho en venir á interrumpirlas la presencia del primer escudero.

—Dios nos dé su bendición, dijo en entrando, al comenzar este día, y se santiguó devotamente.

—Dios nos la dé, repitieron los circunstantes, é imitaron, como en las cortes se usa, la acción del valido. Bien venido sea el escudero de su señoría, exclamaron después.

—Bien venido, sí, y bien despierto: la trasnochada me ha hecho ser indolente. Vuestras mercedes me darán licencia que entre á tomar las órdenes de nuestro amo. Ya hace rato que debiera estar á su lado.

No le dió lugar sin embargo á entrar la salida del conde en persona, á quien acompañaba su fiel camarero. Hízose como los demás á un lado respetuosamente Fernán Pérez, y el conde, que le había visto antes que á otro alguno, disimulándolo sin embargo, como para castigarle de su tardanza, dirigió comedidamente la palabra á sus principales cortesanos, después de las ceremonias y fórmulas de uso.

—Caballeros, dijo el conde, asuntos de alguna importancia me obligan á separarme de vuestras mercedes. Podréis esperarme en la antecámara de su alteza, adonde no tardaré en seguiros. Fernán Pérez, quedaos.

Inclinaron la cabeza los circunstantes, y hablando entre sí por lo bajo, dejaron la cámara desocupada, no muy contentos con el frío recibimiento del distraído conde de Cangas y Tineo.

—Y bien, Fernán Pérez, dijo éste luego que quedaron solos, supongo que habéis encontrado en completa salud á la hermosa Elvira.

—Esa pregunta, señor...

—¡Oh! no, hacéis bien: no se puede vacilar entre el servicio de una hermosa y el de un conde. Voy viendo que os debo de armar pronto caballero, porque ya sin serlo cumplís perfectamente con la orden de caballería. ¿Á qué hora habéis entrado en Madrid? Rui Pero, dispondréis que se busque dentro y fuera del alcázar á Ferrus. Su ausencia me inquieta.—Ya estamos solos, Vadillo. ¿Á qué hora habéis entrado?

—Podrían ser las cuatro, si dicen las horas las estrellas.

—¿Las cuatro? Á esa hora... ¿no habéis visto á la entrada á Ferrus?

—Ojalá, señor, que hubiera visto á Ferrus: algo peor es lo que he visto.

—¿Peor? explicaos presto.

—Y peor lo que he oído.

—¿Habéis oído?

—Volvía, señor, de la batida, como me dejaste mandado, á la cabeza de los caballeros y monteros de tu casa: al llegar al alcázar, habíame adelantado algún tanto para hacer la señal de que nos echaran el rastrillo, cuando creí oir hacia cierto punto del alcázar, pero de la otra parte del foso, un laúd asaz bien templado.

—Seguid, Vadillo.

—Parecióme mal que á tales horas se diesen serenatas hacia la parte precisamente del alcázar que habita...

—Seguid.

—Apreté los ijares al caballo: cuando llegué la música había cesado; pero un hombre que rodeaba el muro exterior, y que á la sazón se hallaba debajo de las ventanas de mi señora la condesa...

—¡Vadillo!

—De Elvira, señor... perdonad si mi lengua... ¡maldita sospecha! ahora caigo en que... aquel hombre, pues, no me pareció bien, y le acometí.

—Por Santiago que acertaste. ¡Es mi hombre! ¿Era el músico?

—Sin duda, puesto que por allí otro alguno no se veía.

—¿Se defendió?

—Trató de defenderse, y trató de hablar; pero mi venablo no le dió todo el espacio que él quisiera. Le disparé y cayó.

—¿Cayó? adelante, Vadillo. Tu recompensa igualará tu servicio.

—Apeéme del caballo para reconocerle, pero fué imposible: había llovido, y él cayó en el fango; mi venablo le había pasado por la frente, y su cara estaba llena de lodo y de sangre: la oscuridad además y mi turbación no me permitieron conocerle. Figuréme sin embargo que no debía de estar muerto aún, pues latía su corazón y se quejaba. Deseoso de saber quién fuese el músico que á aquellas horas osaba comprometer el honor de las dueñas del alcázar, atravesélo en mi caballo: sin embargo antes de entrar lo encomendé al cuidado del montero que se había adelantado conmigo: respondióme de su seguridad. Fuí á dar órdenes para hospedar á la gente de la batida, y ahora solo espero las tuyas, gran señor, para reconocer al insolente trovador.

—¡Ah! ¿No sabéis aún quién sea?

-Sólo sé que no está herido de muerte; pero el montero al anunciármelo añadió que el maestro á quien había recurrido, al hacerle la cura, había encargado que no se le viese ni hablase. Creí, pues, del caso esperar á la mañana. Parecióme sin embargo joven y gallardo mancebo.

—Él es, no hay duda. Te tengo en mi poder, mal caballero. Vadillo, es preciso tenerle á buen recaudo.

—¿Conócesle tú entonces, gran señor?

—Sí, le conozco; tú le conocerás también. Necesito sin embargo á Ferrus. Á esa misma hora de las cuatro le envié á reconocer al músico; de entonces acá ha desaparecido. El villano cobarde ha tenido miedo sin duda; acaso luego se aparecerá y creerá desarmar mi enojo con alguna juglería. Entre tanto Rui Pero está en el encargo de encontrármele muerto ó vivo. Sus orejas servirán de pasto á mis lebreles si ha cometido villanía, por Santiago. Ahora, Vadillo, es preciso no perder tiempo: supuesto que está en nuestro poder quien pudiera únicamente desbaratar mis planes, dentro de una hora he de quedar servido. Hernán Pérez, ¿tenéis valor y resolución?

—Dispón, señor, de mi vida.

—Venid conmigo; prontitud y secreto.

Dicho esto, salieron don Enrique y su primer escudero, y atravesando apresuradamente las galerías del alcázar, se dirigieron á las caballerizas del conde: dieron allí varias órdenes, al parecer de la mayor importancia; separáronse en seguida. El primer escudero buscó y habló misteriosamente á algunos escuderos de la casa de su señoría. El movimiento y el sigilo con que ciertos preparativos se hacían pronosticaban algún proyecto de la mayor importancia. Reuniéronse de nuevo el conde y su primer escudero, y en otra secreta conferencia aquél pareció dar á éste instrucciones de grave peso, después de las cuales se dirigieron entrambos seguidos de los escuderos y armados que para su plan habían escogido, y desaparecieron entrándose por la cámara de don Enrique. Nada se trasluce en las crónicas del objeto de aquellas ignoradas conferencias. El lector sin embargo, si presta un poco de paciencia, podrá tal vez adivinarle por sus prontos resultados.