CAPÍTULO X
Mate el conde á la condesa,
Que nadie no lo sabría,
Y eche fama que ella es muerta
De un cierto mal que tenía.
Rom. del conde Alarcos
Cuando Fernán Pérez de Vadillo hubo dejado su presa al cuidado del montero, se apresuró á desvanecer las sospechas que en su alma comenzaban á nacer acerca de la dueña á quien podría haber sido la serenata dedicada. Era evidente que el trovador se hallaba debajo de las rejas de doña María de Albornoz; ¿rondaba empero á la condesa, ó á alguna de sus dueñas y doncellas? ¿era acaso Elvira el objeto de tan intempestiva música? La conducta irreprensible de la condesa y de su esposa las ponían en cierto modo á cubierto de cualquier juicio temerario. Los maridos, sin embargo, que nos lean, no extrañarán que el celoso escudero fabricase en el aire mil castillos fantásticos hasta la completa aclaración por lo menos de sus terribles dudas.
El taimado pajecillo entre tanto al oir saltar de su lecho á su hermosa prima, se había levantado, y había conseguido hacer que ella volviese en sí de su aturdimiento, golpeando á su cerrada puerta, y preguntándola si necesitaba algún auxilio, y cuál era la causa de aquel ¡ay! doloroso y del extraordinario ruido que acababa de oir.
Repúsose Elvira lo mejor que pudo, y tranquilizando al paje, mandóle que se retirase á su lecho, y aun le trató de visionario y de curioso impertinente. Á lo de curioso nada tenía el pobre Jaime que responder, pero en cuanto á lo de visionario, él sabía muy bien que no había soñado lo que realmente había oído, y si obedeció por entonces, no fué sin reservarse el derecho de averiguar todo el caso en amaneciendo. Elvira, satisfecha con el silencio del paje, tornó á escuchar, pero no oyendo ruido alguno que pudiese ponerla en camino de dar con la verdad de lo sucedido, volvióse al lecho también; de suerte que á la venida inesperada del celoso escudero pudo disimular convenientemente la reciente turbación. Después de las primeras preguntas que entre los dos pasaron acerca de aquella imprevista llegada, en balde trató Fernán Pérez de sondear mañosamente el alma de su avisada esposa. Nada había oído, nada sabía de cuanto á Vadillo traía inquieto. Hubo este, pues, de conformarse y remitir á otra ocasión más favorable la satisfacción de sus deseos. Concilió el sueño de que tanta falta tenía, y cuando se despertó se vistió apresuradamente, y despidiéndose de su amada esposa se dirigió á la cámara de don Enrique, como arriba dejamos indicado.
No deseaba Elvira otra cosa: cada vez más inquieta acerca del oscuro sentido de las trovas de la noche pasada, presagiaba ya mil próximas desventuras. Determinó dar aviso á la condesa, quien había oído muy confusamente los sucesos referidos. Antes empero de dar este importante paso, llamó al paje y le dijo cómo era inútil que guardase por más tiempo el secreto de la venida del caballero de Calatrava, puesto que ella lo había reconocido: añadióle que importaba mucho á la seguridad de su señora la condesa saber cuál había sido el desventurado lance de la noche, y hablar al caballero, si había quedado de él con vida y libertad, para que le aclarase sus misteriosos avisos; prometió el paje indagar cuanto hubiese en el asunto tanto por dar contento á su querida prima, como por el interés que en las cosas del caballero trovador se tomaba Salió, pues, en busca de él, resuelto á no volver mientras no diese con él y no le indicase el deseo de la condesa, de agradecerle su fina amistad, é implorar al mismo tiempo su protección y amparo, si algo sabía que fuese en contra de ella ó de los suyos.
Más tranquila después de esta primera diligencia, acudió la triste Elvira á la cámara de su señora, á quien encontró levantada, pero no repuesta de las terribles escenas de la víspera. No contribuyó á aquietarla lo que Elvira le refirió, y entrambas á dos determinaron vivir con cautela, no dudando que las palabras del trovador tuviesen alguna relación con los proyectos que el irritado conde había dejado traslucir la noche antes, en medio de su colérico arrebato contra su inocente esposa.
Bien quisiera la condesa penetrar el arcano que las nocturnas trovas encerraban, y aún más quisiera traslucir quién podía ser el caballero generoso que tan bien informado se hallaba de las asechanzas que contra ella se prevenían, y que tan singular interés por su seguridad tomaba. No eran pequeñas por otra parte las zozobras y la duda que á entrambas nuestras heroínas agitaban acerca de los resultados de la desgracia que al caballero le había acarreado su generosidad.
Era para Elvira evidente que poco después de haber callado el desventurado cantor, le había sobrevenido un trance de armas: la caída de un cuerpo había resonado luego funestamente en sus oídos y en su corazón, y el silencio y la duda habían sucedido á la catástrofe. Era de presumir que el muerto ó herido fuese el músico; pero era imposible saber nada á punto fijo antes de la vuelta del paje; corría entre tanto el tiempo, si bien no tan aprisa como al desgraciado que espera le suele comúnmente convenir, y el paje no daba noticias de su persona.
Si nuestros lectores han esperado alguna vez, podrán formar una idea aproximada de la penosa agonía de la de Albornoz y Elvira, porque idea exacta de ninguna manera la podrán concebir.
—¿Has oído? preguntaba en medio del mayor silencio la condesa.
—¡Es Jaime! respondía Elvira; mas no, no suena nada, añadía después de un momento de inútil expectación.
—Ahora... ahora sí, exclamaba de allí á un rato la condesa.
—Sí; ahora; pasos son, y pasos acelerados...
—De muchacho.
—Jaime, Jaime es... ahora sí... repetía Elvira atenta á la puerta, los ojos fijos en sus batientes hojas, y palpitándole el seno aceleradamente con el movimiento de las olas azotadas por la brisa; veíala abrirse ya, se medio incorporaba en su asiento, entreabría los labios para hablar á Jaime... La puerta sin embargo cerrada, fija, inmóvil como una pared. Los pasos se alejaban, apenas se oían. Nada ya.
—Sería algún criado que pasaba.
Una vez, en fin, la puerta se movió al morir en ella el ruido de los pasos; todavía no se podía ver al que iba á entrar: parecía sacudirse por sí sola, y antes de que se abriese lo bastante para dar paso al paje, que era sin duda el que iba á entrar, la condesa y Elvira, unánimemente inspiradas de uno de estos raptos del primer momento, tan comunes é irreprimibles como inexplicables en las mujeres, habían gritado:—¡Jaime! entra, Jaime.
Abrióse por fin la puerta enteramente, y entró don Enrique de Villena. Hay una inclinación natural en el que espera á creer que nadie puede venir sino el esperado; nada tienen pues, de particular el asombro y la repentina frialdad de la condesa y su camarera al ver echado por tierra tan inesperadamente todo el aéreo castillo de sus fantásticas esperanzas. Miráronse una á otra en el primer momento de estupor; el lector hubiera adivinado en sus semblantes infinidad de ideas que bullían en sus imaginaciones, y que por la vista se cruzaban, se comunicaban, se hablaban, se refundían en un solo objeto de entrambas comprendido sin más verbal explicación.
Examinó un momento don Enrique de Villena las cambiantes fisonomías de la señora y su camarera.
—Bien veo, dijo pausadamente después de un momento, bien veo, doña María, que no esperáis á vuestro esposo. ¿Pudiera yo merecer vuestra confianza hasta el punto de saber cuál interés os liga al imprudente paje que ha abandonado de una manera tan imprevista mi envidiado servicio? ¿Calláis? ¿me conserváis rencor aún por la escena de anoche?
Dijo estas últimas palabras con tal acento de dulzura y de reconvención, que no pudo menos la ilustre víctima de manifestar á las claras en su semblante su singular asombro. Tenía efectivamente el de Villena gran facilidad para revestir la máscara que á sus fines mejor convenía. Nadie hubiera reconocido en sus modales y palabras al tirano esposo de la víspera.
—¿No queréis, señor, que extrañe tan singular mudanza en vuestras acciones? ¿debo creeros, ó prepararme para otra?...
—Basta, doña María: ¿es posible que no acabéis de conocer los sentimientos de don Enrique de Villena? No negaré que pudierais estar justamente ofendida; pero vengo á reclamar mi perdón. He pensado mejor mis verdaderos intereses, he reconocido mi error: vuestras virtudes me han hecho abrir los ojos; si sois la misma que habéis sido siempre, Elvira puede ser testigo de nuestra reconciliación.
—¡Don Enrique! exclamó alborozada la de Albornoz. Miró sin embargo á Elvira como para preguntarla con los ojos si podría creer en la sinceridad de las palabras del conde: Elvira bajó los suyos, y dejó sin respuesta la muda interrogación de su señora.
—Desechad las dudas, doña María. Vengo á daros una prueba positiva de mi afecto. Espero que esta noche os presentaréis brillante de galas y preseas en la corte de Enrique III. Quisiera que vencieseis en esplendor á todas vuestras émulas, y que la corte toda, á quien hemos dado harto motivo de murmuración con nuestras anteriores contiendas, presenciase los efectos de nuestra nueva alianza. ¿Dudáis aún?
—Esta duda, señor, repuso la de Albornoz, puede seros garante del deseo que en mi alma abrigaba de veros por fin esposo algún día. ¡Ah! si vuestro amor, si esta reconciliación fuesen una nueva artería, si fuesen un lazo...
—¡María!
—Perdonadme: vos habéis dado lugar á mi desconfianza; si esta paz aparente fuese sólo la calma precursora de nuevas borrascas, seríais bien cruel y bien pérfido caballero: ¿qué gloria podría prestarle al león el jugar con la inocente y crédula oveja? Ved mi alma: yo os perdono, don Enrique; perdonémonos entrambos. Oíd empero. Si sólo intentáis divertiros á costa de mi loca credulidad, Dios confunda al malsín, abandone la Virgen Madre al engañador de las damas, y el buen Santiago al mal caballero. Apodérese el ángel malo del alma del traidor, y no le sean bastante castigo las penas todas de los condenados al fuego eterno. He aquí mi mano y mi amor, don Enrique.
Las últimas palabras enérgicas que la de Albornoz había pronunciado con toda la entereza de la virtud y el entusiasmo de la inspiración, habían hecho bajar los ojos al imperturbable don Enrique: un estremecimiento involuntario le había cogido desprevenido, y estrechó la mano de la de Albornoz diciendo balbuciente y confuso:
—Ved aquí la mía; el cielo sabe la verdad de mis palabras.
Abrazáronse los consortes en presencia de la asombrada Elvira, quien, acostumbrada á la táctica de don Enrique, no hacía sino examinar su semblante como buscando en sus facciones y en el más insignificante de sus gestos pruebas contra sus palabras. La de Albornoz, deslumbrada por su mismo deseo y su amor al conde, se entregaba más fácilmente á la esperanza de ver por fin su suerte mejorada. ¿No era por otra parte muy posible que sus virtudes hubiesen hecho realmente en don Enrique el efecto que éste acababa de suponer? Nada hay más fácil que hacernos creer lo que con vehemencia deseamos. La de Albornoz tragó, pues, el cebo y el anzuelo.
Repuesto don Enrique de su primera turbación, no perdonó medio alguno de inspirar confianza á su esposa: las palabras más tiernas fueron por él prodigadas, y las más vivas protestas de amor y fidelidad. Un amante no hubiera dicho más que el hipócrita marido.
Poco tiempo podía hacer que esta escena duraba en la cámara de doña María de Albornoz, cuando la puerta misma que el día antes había proporcionado á don Enrique retirada se abrió con admiración de los circunstantes, y se aparecieron seis figuras fantásticas, que un hombre del vulgo hubiera llamado entonces seis endriagos. Venían armados al parecer de pies á cabeza, pero unas especies de sayos que sobre la armadura traían, y cuya capucha cubría su cabeza y rostro, á manera de los que usaban los almogávares, no permitían ver quiénes ni qué especie de hombres fuesen.
Suspensas quedaron á tan extraña aparición doña María y su camarera; mirábanse alternativamente, y miraban luego con atención exploradora á don Enrique, deseosas de reconocer en su fisonomía si se presentaban los intrusos allí por su orden, ó si tendrían ellas motivo para temer algún nuevo peligro.
—¡Vive Dios! exclamó don Enrique levantándose: ¿quién es el osado que os envía? ¿quién se atreve á interrumpir de un modo tan incivil las conversaciones del conde de Cangas y Tineo? salid fuera y...
No le dieron tiempo á proseguir los encubiertos: el que parecía ser jefe de ellos desenvainó una espada, á cuya señal se acercaron los demás con sendos puñales á las aterradas damas, todo sin proferir una palabra.
—¡Don Enrique! exclamó la de Albornoz arrojándose á sus pies y estrechando sus rodillas, al paso que éste con el acero, fuera ya de la vaina, parecía protegerla de todo extraño acometimiento.
—Traición, señora, gritó Elvira, traición: ¡nos han vendido! y quiso arrojarse hacia la puerta para demandar socorro. No se lo consintieron dos de los fantasmas, que arrojándose á su paso la sujetaron fuertemente y pusieron término á sus alaridos, cubriendo su boca con su fino cendal, y procediendo en seguida á sujetarla á una de las columnas de la cámara. Don Enrique entre tanto gritaba y maldecía.
—¡Por Santiago! he olvidado mi silbato de plata en mi cámara, y ningún criado me oirá aunque los llame. Pero venid, añadía al jefe de los invasores; llegad y arrancadme la vida antes que el honor.
En vano trató la de Albornoz de separar á su esposo del trance que le esperaba. Don Enrique la rechazó y cruzó su espada con la del desconocido, en tanto que los compañeros de éste, apoderándose de la casi desmayada doña María, vendaban su boca con su propio pañuelo, en cuyas puntas se veían ricamente recamadas en oro las armas reunidas de su casa y la de Aragón; cubriéronla toda con un largo manto negro, que de pies á cabeza la ocultaba, y comenzaron á sacarla fuera de la cámara por la puerta secreta, sin que pudiese oponerles resistencia alguna la consternada y ya enteramente enajenada víctima.
Combatía entre tanto don Enrique con el desconocido, el cual, visto lo hecho por sus compañeros, se replegaba defendiéndose con destreza. Miraba Elvira con atención el semblante de don Enrique, por ver si descubría en él alguna señal que manifestase estar mancomunado con los traidores. Ofendía y se defendía éste, empero, con bizarría; voceaba llamando á sus criados y persiguiendo siempre al fuerte caballero que protegía la retirada de los suyos con su presa, mas sin poder herirle: al llegar á la puerta secreta el desconocido hizo un último esfuerzo para desembarazarse de su molesto perseguidor, y tirándole un furibundo mandoble desarmó al conde. Bien trató el al parecer irritado Villena de recoger su acero en cuanto vió que el encubierto no se había aprovechado de su ventaja para rematarle, pero la acción de don Enrique dió tiempo al fugitivo; lanzóse á la escalera cerrando tras sí la puerta con el oculto cerrojo, de modo que cuando el conde, apoderado ya de su arma, volvió á la carga, no halló más que una pared tersa é insuperable delante de sí, procurando en vano tocar el resorte que la solía abrir.
Volvióse atrás entonces el conde, y no parando mientes en Elvira, que atada y amordazada permanecía, salió por la puerta principal de la cámara, llamando socorro y armas contra los robadores, como los llamaba, y malandrines que acababan de arrebatar á su cara esposa de entre sus mismos brazos, allanando su propia habitación por arte sin duda de Luzbel, y con auxilio de todas las potestades del abismo, contra su robusto y valeroso brazo.
—Á la mina, mis escuderos, al campo, gritaba, al campo del Moro, al Manzanares: allí los alcanzaremos: la escalera secreta no tiene otra salida.
No tardó mucho en esparcirse por el alcázar la noticia del extraordinario robo y desacato cometido en la persona de la condesa de Cangas y Tineo: caballeros y escuderos acudían todos á la voz del conde, y en menos de media hora estuvo éste en disposición de traspasar el rastrillo en busca de los robadores; quién enlazaba este acontecimiento con la música oída la noche antes bajo la ventana de la condesa, quién suponía que el hecho era imposible, en vista de que sólo don Enrique poseía las llaves de los candados que cerraban aquella salida al campo. Todos conjeturaban, todos hablaban, nadie veía clara la verdad.
No era sin embargo menos cierto que los robadores habían hallado el secreto de introducirse en la cámara de la de Albornoz por la puerta que la unía con la del conde, y que tenía salida á la escalera, y de allí á la larga mina no conocida de todos. Nada más frecuente en los alcázares antiguos y de construcción morisca sobre todo que estas minas secretas: hacíanse prudentemente con la mayor reserva y secreto, y solían parar á una ó dos leguas á veces del alcázar á que pertenecían. Varias puertas y trampas de hierro, bien cerradas y puestas á trechos, impedían la entrada en ellas á los enemigos, aun en el caso de ser su boca descubierta, cosa de suyo poco menos que imposible, y podían ser de mucha utilidad á los poseedores del alcázar, tanto para hacer una salida imprevista como para introducir víveres, como también para salvarse por ellas en una noche la guarnición del castillo, en el caso de verse reducida al último extremo por un ejército aguerrido y numeroso. Por una de estas minas, pues, escaparon los encubiertos; de suerte que ya se hallaban muy lejos de Madrid cuando pudieron llegar sus perseguidores á la boca de la mina, habiéndoles sido preciso reunirse, armarse, salir del alcázar, y dar un gran rodeo para su objeto, pues perseguirlos por la misma mina era caso imposible, puesto que habiendo sustraído y llevado las llaves de las diversas puertas los encubiertos, era claro que habrían ido cerrándolas todas sucesivamente tras sí, como con la primera de la cámara había hecho el jefe de ellos, con el prudente objeto de asegurarse las espaldas.
Dejemos á don Enrique á la cabeza de los oficiales de su casa corriendo el campo del Moro en busca de su robada Elena, y pidamos al lector un ligero descanso, que después de la pasada refriega y aventura extraordinaria referida habemos en gran manera menester.
CAPÍTULO XI
Cuando el conde aquesto vido
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Fuérase para el palacio
Donde el rey solía estar,
Saludó á todos los grandes,
La mano al rey fué á besar.
Rom. del conde Grimaltos, Silva de varios rom.
La pequeña corte de la antecámara de don Enrique, que dejamos en anteriores capítulos descrita, era un imperfecto y pálido remedo de la del muy alto y poderoso rey don Enrique III.
Veíanse lucir en ésta á más de los que tenían los primeros oficios de la real casa de su alteza las principales dignidades de Castilla. Hallábanse en derredor del trono á derecha é izquierda, y por el orden de su dignidad y favor, el buen condestable don Rui López Dávalos, el almirante don Alfonso Enríquez, don Fadrique, duque de Benavente, don Gastón, conde de Medinaceli, el conde don Juan Alfonso de Niebla, los maestres de Santiago y Alcántara, el mariscal don Garci González de Herrera, don Juan de Velasco, camarero mayor, Diego López de Stúñiga, justicia mayor, Pero López de Ayala, chanciller mayor y del sello de la puridad, el adelantado Pedro Manrique, donceles y caballeros principales, en fin, que á la corte asistían. En el momento de nuestra narración llegaba su alteza á ocupar su regia silla: acompañábanle al lado don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, don Juan Hurtado de Mendoza, su mayordomo mayor, y sosteníanle del brazo fray Juan Enríquez, su confesor, y don Mosén de Abenzarsal, su físico. Don Enrique III, en medio de su juventud, tenía el natural aspecto enfermizo que á su rostro prestaban sus habituales dolencias. Semblante pálido y prolongado por la enfermedad, noble con todo, grave y lleno de majestad; sus ojos eran hermosos: mezclábase en ellos cierta languidez y tristeza con la penetración y la severidad; su andar era lento y su voz flaca.
Hasta el momento de la entrada de su alteza habíase tratado con raro interés entre los palaciegos del robo singular de doña María de Albornoz, y ninguno en consecuencia extrañaba la ausencia de don Enrique de Villena y de los caballeros de su casa. Sucedió el mayor silencio á la entrada de su alteza, y éste recorrió con la vista apresuradamente el círculo de sus cortesanos, saludando á uno y otro lado con su natural sequedad.
—¿Y nuestro fiel pariente y vasallo don Enrique de Villena? preguntó su alteza: condestable, ¿creo que me habéis dicho que ha vuelto de la montería del Real de Manzanares?
—Señor, dijo el buen López Dávalos inclinando su cabeza cana y despojada por el tiempo, cierto es lo que aseguré á tu alteza: don Enrique volvió ayer del Pardo.
—¡Por san Francisco! que no sabe sus intereses mi primo cuando olvida presentarse á su rey...
—¡Es una omisión imperdonable!... pero, señor, hay causas á veces que...
—¿Causas? quiero saberlas.
—Seis enmascarados han robado á su esposa.
—¿Robado? ¿dónde?
—En su cámara misma.
—¿En mi palacio? no puede ser, condestable. Tal desacato costaría la cabeza... explicaos.
—Nada hay más cierto, señor.
Aquí el condestable, amigo del conde de Cangas y Tineo, refirió al rey cuanto en el alcázar corría acerca de tan extraño acontecimiento.
—Diego López de Stúñiga, dijo el rey levantándose cuando hubo oído la relación del caso, el rey Enrique no desmentirá jamás la fama que tiene granjeada de justiciero. Como justicia mayor de mis reinos os cometo la averiguación del suceso. Compadezco á nuestro fiel pariente y vasallo, y quiero vengar la felonía cometida en la persona de mi muy amada doña María de Albornoz. Antes de tres meses me habréis descubierto quién sea el reo, y habrá pagado con su cabeza su atrevimiento. Juro por las llagas de san Francisco que no le podré dar seguro aunque me le pida.
Inclinó respetuosamente la cabeza Diego López de Stúñiga, y volvió á ocupar su lugar.
—Vos, Pero López de Ayala, tendréis entendido que quiero que se extienda hoy mismo la cédula que os dije: es mi real voluntad que no paguen mis reinos más monedas, á pesar de no haberse acabado aún la guerra con Granada. ¿Qué os parece, almirante?
—Paréceme, señor, que pudieran recrecerse graves daños de la supresión del tributo de las monedas, repuso el almirante: si bien con eso contentáis á los pecheros y hombres de afán, también si los Moros vuelven á hacer entrada...
—No me lo digáis, repuso el rey; estad cierto de que tengo yo mayor miedo de las maldiciones de las viejas de mis reinos que de cuantos Moros hay de esta parte y de la otra parte del mar.
Calló el almirante, y alto murmullo de aprobación acogió el paternal dicho de Enrique el Doliente.
Otra media hora pasaría en que el rey de Castilla despachó en medio de su corte algunos negocios del gobierno de sus reinos; ya iba á dar la vuelta á la cámara, cuando se sintió ruido como de muchas personas armadas que se acercan; volviendo todos las cabezas hacia el sitio por donde el rumor sonaba, un faraute de su alteza llegando hasta el medio de la sala hizo una reverencia, otra á poca distancia, y hecha la tercera á los pies casi del trono:
—Poderoso rey, dijo en alta voz, y justo don Enrique, tu pariente y leal vasallo don Enrique de Aragón, conde de Cangas y Tineo, rico-hombree de estos reinos, y señor de Alcocer, Salmerón y Valdeolivas, viene á pedir á tus plantas justicia y reparación.
—Decid que entre á mi pariente y leal vasallo.
Retiróse el faraute con las mismas cortesías sin volver jamás las espaldas, y llegado á la puerta, entrad, dijo con voz descomunal.
Dos farautes de don Enrique precedían. Don Enrique de Villena detrás con rostro á la par airado y pesaroso. Seguía á su lado su primer escudero, y detrás un caballero de su casa con el estandarte de sus armas, en que lucían sobremanera las barras paralelas de Aragón. El estandarte, pendiente de una asta á la manera de los que aún se usan en algunas procesiones, era ricamente recamado de oro y plata sobre campo azul. Venían después armados como su señor los caballeros y escuderos vasallos del poderoso don Enrique.
Pedido y dado el permiso de hablar por su alteza, tres veces reclamaron los farautes de don Enrique la atención y silencio de los demás señores y asistentes.
—Oíd, oíd, oíd el desacato y felonía cometido en la persona de la muy noble é ilustre señora doña María de Albornoz, esposa del muy noble é ilustre señor don Enrique de Aragón, y de que en nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y de la Bienaventurada Virgen gloriosa, viene á pedir justicia y reparación.
Respondido hablad tres veces también por el faraute de su alteza, comenzó don Enrique, hincando en tierra una rodilla, á hacer relación de cómo le había sido en su misma cámara robada su muy amada esposa, y de cómo había salido en persecución de los robadores, entre los cuales contábanse criados de su casa, cuya falta había notado al mismo tiempo.
—Alzad, le dijo el Doliente rey, conde de Cangas y Tineo, y decid cuál sea el fruto de vuestra expedición.
—No me levantaré, señor excelso, mientras no acabe el cuento de mi cuita, y no esté seguro de que tu alteza me otorga lo que á pedirte vengo. Inútilmente he recorrido el campo en busca de los robadores; á haberlos encontrado, señor, no hubiera menester pedirte justicia, porque mi espada me la supiera dar muy suficiente. ¡Pero, oh dolor! gran rey, he hallado en vez de la esposa ó de la venganza que buscara, esos sangrientos despojos que sólo una funesta catástrofe me pueden anunciar.
Adelantáronse al llegar á decir esto de entre el grupo de los caballeros dos escuderos, que tendieron á la vista del rey el manto y el velo de doña María de Albornoz todos ensangrentados.
—¡Cielo santo! exclamó horrorizado el piadoso rey. Un movimiento de horror circuló por la corte, y todos apartaban la vista de los sangrientos restos.
—He aquí, señor, exclamó sollozando el desdichado esposo: ¡y ojalá no hubiera encontrado más pruebas de mi desgracia!
—¿Qué decís? hablad, exclamó Enrique III.
—Un pastor, gran rey, que es el que ves y puede darte de ello testimonio, me ha asegurado que unas horas antes de encontrar con estas ropas, había visto pasar á unos armados con un cadáver de una mujer, á su parecer hermosa y joven; mi esposa, señor. Receláronse de él, y quisieron echarle mano para impedir que su mal hecho se supiese; mas el conocimiento que tiene del país, las quebradas de las peñas y sus buenos pies le salvaron por desdicha mía, para mi amargo desengaño.
—Pastor, llegad, dijo don Enrique: ¿vos habéis visto eso?
—Verdad dice su grandeza, repuso el pastor con visible turbación, que achacaron todos al asombro de hallarse en tal paraje. Llevábanla sin duda á enterrar en los sitios ocultos en donde los vi.
—Justicia, pues, señor, justicia. Otorgadme que me dé á buscar al alevoso, y que donde quiera que le encuentre pueda sin duelo ni formalidad alguna castigar al que como villano se portó.
—Yo os juro, don Enrique, justicia y reparación. Alzad: ¿tenéis vos indicios de quién pueda ser el robador?
—Ninguno, respondió Villena levantándose.
—¿Sospecháis, por ventura, si una venganza ó si una pasión?...
—¡Ay de quien osare ofender la memoria de mi esposa!...
—Nadie en mi presencia la ofenderá, conde de Cangas y Tineo. Imposible me fuera concederos que os entreguéis á buscar al delincuente; necesito vuestra asistencia en mi corte. Pero los oficiales de mi justicia apurarán la verdad, y le hallarán donde quiera que se esconda. Os otorgo, sin embargo, en nombre de Dios trino y uno, á quien en la tierra representan los reyes ejercitando su justicia, que matéis al villano, si lo halláis, donde quiera que lo halléis, armado ó desnudo, solo ó acompañado, por vuestra mano ó por la de villanos vasallos vuestros. Otorgo otro sí, que quede privado de cualquier gracia que pudiere yo hacerle ó le hubiere hecho sin conocerle; mando á quien le encuentre, caballero, escudero, noble ó pechero, y le requiero que le castigue como su villanía merece, y al que le mate hágole de su muerte salvo y perdonado. Alzad ahora, don Enrique.
—No esperaba yo menos, gran rey, de tu recta justicia.
Adelantándose entonces don Enrique el espacio que del trono le separaba, llegó con rostro apenado, y doblando de nuevo la rodilla ante el rey Doliente, quitóse el yelmo, besóle la mano, y dióle repetidas gracias por el favor singular que acababa de otorgarle. Retiróse en seguida á desarmar con sus caballeros por el mismo orden que habían venido.