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Obras completas de Fígaro, Tomo 1 cover

Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Chapter 38: CAPÍTULO XIV
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About This Book

La colección reúne artículos, ensayos y cartas que combinan sátira y reflexión para examinar costumbres públicas y privadas, el teatro, la administración y la vida cotidiana. Alterna piezas breves de crítica mordaz con un relato más extenso de carácter narrativo, y emplea el humor y la observación para señalar hipocresías y hábitos sociales, proponiendo pautas de juicio y reforma sin perder la viveza estilística. La edición incluye prólogos y notas que contextualizan la producción y su intención crítica.

CAPÍTULO XIII

¿Qué es aquesto, mi señora?
¿Quién es el que os hizo mal?

Canción de rom.

Largo tiempo hacía que Elvira, atada á la columna y sin poder pedir á nadie auxilio á causa del pañuelo que le tapaba la boca, esperaba con insufrible impaciencia á que la casualidad ó el trascurso del día le deparase un libertador que de tan crítica situación la sacase. Por fin llegó el momento deseado, y el paje, que tanto había tardado en la averiguación de lo que se encomendara á su cuidado, abrió las puertas de la cámara que de prisión servía á la afligida hermosa. Miró en derredor y á nadie veía, hasta que, fijando los ojos en la columna, ofrecióse á su vista el espectáculo de su aprisionada prima. Asustóse primero y exclamó:—¡Santo Dios! ¿qué ha ocurrido aquí?...

Mal podía responderle Elvira sino con los ojos; pero cuando vió el pajecillo que no parecía nadie, ni había asomos de peligro alguno, soltó la carcajada, impertinente á la verdad en aquel momento, y comenzó á dar brincos.

—¿Quién os ha puesto así, mi señora Elvira? ¿os ató el señor escudero por?...

Dióle lástima al llegar aquí el ver que su prima no parecía gustar de la prolongación de tan pesada chanza: llegóse entonces el atolondrado á Elvira, y desató sus crueles ligaduras.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! exclamó Elvira en viéndose libre, alguna gran desgracia está sucediendo á mi señora la condesa. Corramos...

—¿Adónde vais tan de prisa? repuso el paje deteniéndola; ¿y quién me paga mi recado? ¿quién escucha las nuevas que traigo? ¿quién sobre todo me cuenta lo que os ha sucedido, y la razón de haberos encontrado así mano á mano con esa columna negra?

—¿Traes nuevas? preguntó Elvira olvidando todo lo demás. ¿Traes nuevas?

—Y buenas, contestó el paje. El caballero de las armas negras era el que tañía...

—Lo sé... y...

—Pero sabed que le esperé inútilmente dos largas horas, más largas que las del arenero...

—¿Inútilmente?

—Sí, pero por fin llegó.

—¿Llegó? ¿Conque no era él el?... ¡Yo os bendigo, Dios mío! Sigue.

—¡Si le vierais qué agitado! descompuesto el cabello, espantados los ojos, entró en su cámara y no me vió: —Negra suerte, exclamó, y despedazó con sus manos el laúd que traía cruzado sobre la espalda. ¿No me serviréis, dijo rompiendo las cuerdas, sino de gemir eternamente? Vióme en seguida: ¿Qué haces aquí? me dijo con voz terrible; pero al reconocerme templóse toda su ira. Paje, me dijo entonces con voz mesurada, ¿tornas aún con nuevas demandas del hechicero?

—¡Ah! si supierais quién me envía, dije entonces; si supierais que una hermosa dama...

—Silencio, exclamó, no pronuncies su nombre... ¿Es posible?—Díjele entonces la comisión que me disteis en nombre de la señora condesa; largo rato suspiró y miró al cielo sin hablar.—Paje, me dijo en fin, no nos veremos más. He creído que mi brazo podía ser útil á una inocente; pero si es fuerte contra los hombres, es impotente contra los recursos de una ciencia misteriosa y... maldecida. El infierno me envía enemigos en medio de la soledad, y la Madre de Dios me abandona. Un acontecimiento extraordinario ha interrumpido mis avisos. He rondado la noche toda para volver á entrar en el alcázar; las órdenes más rigurosas, dadas no sé por quién después de mi salida, me han impedido verificarlo. He debido esperar á que entrase el día para que no fuese mi entrada sospechosa. Pero mañana el alba me encontrará lejos, bien lejos de Madrid. Si alguna mujer necesita mi amparo en cualquier ocasión, mal pudiera negársele un doncel de don Enrique. Dígame qué puedo hacer: por mí lo ignoro. Á Dios.—Apretóme la mano de una manera, prima, que yo creí que le atormentaban otros recuerdos que los de nuestra amistad. Envolvióse entonces en su pardo gabán, y cubriéndose con él la cabeza, oile sollozar y salí. He aquí, prima, las nuevas.

—Tristes, bien tristes, dijo pensativa Elvira. ¿Y de la condesa supiste?...

—¿La condesa? ¿Es su confidenta la que me pregunta?...

—Sí: ¿nada sabes?

—Pero, querida prima, ¿qué tenéis? vuestra palidez, vuestra agitación me asustan...

—¡Ah Jaime! la condesa es víctima en este momento de la más espantosa villanía... volemos á su socorro. No sé adónde me dirija; la menor imprudencia mía puede comprometer su suerte y el éxito mismo de mis diligencias. Si supiera... pero la más completa oscuridad reina en todas mis conjeturas.

Meditó un momento Elvira el partido que tomaría mientras que hacía nudos á uno de los cordones, que de su cintura pendía, el distraído paje. De pronto pareció que había iluminado su entendimiento un rayo de luz.

—No hay más recurso, dijo: para los casos extremos son los remedios violentos. Jaime... deja ese cordón, déjale, te digo... vamos á buscar á mi esposo: averigüemos primero qué voces corren de lo ocurrido, y qué se cree en el alcázar... después, si eres prudente, si has de ser callado, pero callado como la muerte, tú, que sabes el camino, me guiarás adonde pienso ir.

—Puede que algún día pruebe Jaime á su hermosa prima que no es tan atolondrado como le llaman.

Elvira apretó la mano del inteligente pajecillo con expresión de gratitud, y ambos salieron de la cámara que acababa de ser teatro de tan extraordinarias escenas.

Buscó Elvira á su esposo sin más demora, porque si bien sospechaba que don Enrique hubiese tenido parte en la pérfida desaparición de la condesa, ni veía claro en esto, ni menos lo podía asegurar. ¡Tan bien se había representado por todos la farsa que dejamos descrita! Ni por otra parte, aunque á pies juntillas hubiera creído la traición del conde, cabía en su imaginación la menor sospecha acerca del extremado honor de su esposo: sabíale ligado á los intereses de su señor; pero que él hubiese tomado parte activa en el mal hecho, no le era lícito á Elvira imaginarlo siquiera.

Así era la verdad: hidalga sangre corría por las venas del escudero, y hacía vanidad de honradez y de rectos sentimientos; no era uno de los pocos hombres ilustrados de la época; no hubiera sostenido una intrincada tesis con un teólogo; participaba de las preocupaciones de su siglo, pero era en sus acciones hidalgo, y esto es por lo menos tan recomendable como el talento. Alguna parte había tenido en el criminal proyecto de don Enrique, pero sólo aquella que no había podido excusar en calidad de escudero suyo; así que, se había opuesto constantemente á las miras de su señor, habíale afeado los medios, y le había reconvenido después, como arriba dejamos indicado; pero la misma probidad que le impulsaba á manifestar francamente sus sentimientos en tan delicado asunto, á riesgo de perder la gracia del conde, le impedía oponerse de hecho á sus deseos: era forzoso obedecer y callar por el propio honor del deslumbrado magnate; propúsose, pues, ser completamente pasivo y guardar el más riguroso silencio. Sospechando sin embargo que la primera que había de poner á prueba su fidelidad había de ser su esposa, no había vuelto á desatar las crueles ligaduras en que había quedado presa, y de que había sido él la causa, pues desde luego había manifestado el conde la imposibilidad de separarla de él, y la dificultad que hubiera encontrado para realizar su voluntad, mientras Elvira pudiese obrar libremente en los primeros momentos. Había, pues, dejado á alguna casualidad que no podía tardar en sobrevenir el cuidado de su esposo, deseoso de retardar á cualquier costa el instante de una explicación con ella, para la cual no tenía todavía muy meditadas las respuestas.

Avínole mal no obstante, pues poco tardó Elvira en presentarse ante sus ojos con una agitación tal, que no le pudo quedar duda al infeliz del objeto de su intempestiva venida. Hubiera él querido hallarse á cien leguas entonces de su consorte y del mundo entero, en cuyas miradas creía ver á cada paso otras tantas reconvenciones á su reservada y ambigua conducta. Repúsose con todo lo mejor que pudo, y ni las preguntas sencillas de Elvira, ni sus halagos, ni sus reconvenciones lograron recabar de él la menor noticia que pudiese dar luz sobre lo ocurrido á la desconsolada hermosa. Obstinóse en negar constantemente la menor participación del conde en el robo de la condesa; en una palabra, manifestó con toda entereza hallarse en la misma ignorancia que la corte toda, y aun se indignó con notable aire de verdad á la menor idea de sospecha presentada por Elvira. Comenzaba ya ésta á dudar si serían sus juicios temerarios, pero nunca pudo convencerse á sí misma; vió además á don Enrique, y parecióle que brillaban al través de su aparente dolor sentimientos de otra especie. Difícil cosa es por cierto engañar la natural penetración de una mujer: la inutilidad de los esfuerzos del de Villena para dar con los robadores, y el horrible atentado cometido en una mujer que á nadie había hecho daño, reunidos á los antecedentes particulares que de aquel matrimonio desgraciado sólo ella acaso tenía, la hacían ver más claro en tan atroz intriga que todos los demás. Inexplicable fué su dolor cuando llegó á sus oídos la funesta nueva, que de boca en boca corría por el alcázar, de la desdichada muerte de su señora: afirmábanse al recordarla todas sus sospechas, ardía en deseo de venganza, y la idea de la impunidad la hacía padecer tormentos imponderables. Resolvióse, pues, á realizar el plan que tenía meditado, arriesgado en verdad, y delante del cual había retrocedido muchas veces. El amor, en fin, que á la condesa había tenido, una voz superior y celestial que creía oir continuamente, pidiéndole venganza y reparación, la hicieron creer que el cielo mismo y que su conciencia la obligaban á volver por la inocencia, y constituyóse entonces campeón de la ultrajada virtud. Seguida del inquieto paje, que tan asombrado como ella lloraba también la desgracia de doña María de Albornoz, entróse en su aposento, donde la dejaremos poniendo los medios que más propios creía para dar cima á la importante empresa que sobre sí tomaba, sin comprometer su honor por otra parte, su virtud y hasta su misma tranquilidad.


CAPÍTULO XIV

Contadme vuestros enojos;
No toméis malencolía;
Que sabiendo la verdad
Todo se remediaría.

Rom. del conde Alarcos

En la misma postura que el paje refería haber dejado al melancólico doncel, envuelto en su gabán hasta los ojos, y roto á sus pies el laúd, permanecía cuando se presentó delante de él Hernando diciéndole con su acostumbrada sequedad:

—¿Lloras, señor? Levanta la cabeza y mira que ó yo entiendo poco de rastro, ó se te viene la res por sí sola á tiro de tu venablo.

Alzó la frente el consternado mancebo, y vió á pocos pasos de él una figura envuelta en un ropón negro, y cubierta la cara con la mascarilla que usaban en aquel tiempo las damas cuando salían sobre todo de su casa, ó cuando habían de hablar con caballeros desconocidos.

—¿De qué res hablas, Hernando? ¿Quién es esta dama? preguntó desembozándose con enfado el doncel.

Miróla entonces de alto abajo, y reparando que su silencio podía indicar que no venía á hablarle con testigos:—Retírate, Hernando, dijo: yo te llamaré cuando te haya menester. Cogiendo entonces de una mano á la dama, hízola entrar en su cámara. Luchaban en su fantasía mil encontradas ideas.

—Señora, le dijo con voz mesurada y tímida, sola estáis: si alguna revelación tenéis que hacerme, si alguna ocasión tenéis que proporcionarme en que pueda seros útil mi débil brazo, hablad: no en vano os habéis dirigido á un caballero de la corte del ínclito y poderoso rey de Castilla.

—Caballeros tiene la corte de don Enrique que pudieran desmentir la hidalguía de vuestras palabras, repuso la tapada con voz que desfiguraba enteramente la mascarilla que cubría su rostro.

—Nombradlos, señora; si algún caballero ha mancillado el nombre de una orden de caballería, él me dará razón y satisfacción...

—No os alteréis, y oidme. Sí, caballeros hay, y cerca de nosotros, que amancillan la clase á que pertenecen. Ni la sangre que corre por sus venas, ni el nombre ilustre que ostentan, ni la dorada cuna en que se mecieron son rémora bastante á sus desenfrenados deseos. ¿Conocéis á la condesa de Cangas y Tineo, á la ilustre doña María de Albornoz?...

—¿Sería posible? Seríais vos, señora...

—¡Pluguiese al cielo! Pero ni soy la condesa... ni...

—¿Quién sois, pues, vos la que en su nombre?...

—Templad vuestro ardor, noble caballero, y dadme palabra de oirme, y de no indagar quién yo soy...

Latía violentamente en el pecho el corazón de Macías: miraba una y otra vez á la desconocida; no osaba, sin embargo, afirmarse en sus sospechas.

—Con esa palabra proseguiré en mi demanda, dijo la dama. Contóle en seguida al caballero, que de todo estaba ignorante, cuanto de la condesa se decía...

—¡Muerta la condesa! exclamó Macías al llegar al funesto desenlace de tan triste historia... y vive el conde todavía... y...

—¡Silencio! He ahí el objeto de mi venida. La tiranía, la injusticia piden reparación. Mañana una amiga de la condesa se arrojará á los pies del rey, y denunciará la traición. Acaso será preciso que un caballero salga fiador con su espada de su acusación. ¿Estaréis mañana en la corte de don Enrique?...

—¿Qué me pedís, señora? Cuando pensaba alejarme de esa funesta corte...

—¿Alejaros? dijo con un movimiento de sorpresa la dama: ¿alejaros? repitió lanzando un amargo suspiro.

—¡Ah! señora, ¿ignoráis, repuso el doncel con la mayor agitación, que mi tranquilidad depende acaso de mi marcha precipitada?...

—¿Y dejaréis la inocencia ser presa de la traición?...

—Jamás; pero...

—¿Y sabéis vos, por ventura, poco generoso mancebo, lo que en este momento sacrifica la que tenéis ante vuestros ojos, los respetos que atropella, los riesgos á que se expone?...

—Acabad, santo Dios: ¿quién sois? vos, vos... no hay duda...

—Caballero, respetad mi silencio y mi dolor. Acabemos: he procedido de ligero cuando he creído que...

—No; no; mañana estaré en la corte de don Enrique. Una sola gracia os pido. Si he de ser vuestro caballero, dadme una prenda, señora, un color...

—¡Mi caballero! interrumpió la dama. El caballero seréis de la inocencia: el mío es imposible.

—¡Imposible! Elvira, vos sois...

—Soltad, imprudente joven, soltad. ¿Por dónde presumís que soy la esposa del escudero? Vuestra imaginación os engaña, y acaso vuestro deseo...

—¡Me engaña!... Mi deseo, señora, es de servir á esa dama, que conozco, como pudiera conocer...

—Vuestra turbación os delata; pero esa imprudencia permanecerá oculta en mi pecho. Conozco á esa Elvira, y su honor me es harto caro...

—Nunca podría padecer su honor...

—Bien, ¿qué nos importa Elvira? La prenda que me pedís, si mañana ante la corte toda el rey decreta el duelo y el juicio de Dios, la tendréis; pero ni os podréis nombrar mi caballero, ni exigiréis de mí que me descubra. Básteos saber que conozco demasiado á la dama que nombrásteis, y que sé, doncel, que ella no viniera á vos.

—¿Eso sabéis?

—Lo sé.

Dejó caer Macías al oir estas dos palabras, pronunciadas con funesta tranquilidad, la mano con que tenía asida una punta de la ropa de la tapada, como para detenerla. Inclinando en seguida la cabeza, declaró que al día siguiente se hallaría en la corte de don Enrique, y ofreció su mano á la desconocida: aceptóla ésta para salir, pero un notable temblor la agitaba; oprimióla suavemente el doncel como si quisiese tentar este último y desesperado recurso para salir de su terrible duda; un movimiento involuntario y convulsivo correspondió á su indicación, y en el mismo momento la tapada, volviendo en sí, arrancó su mano de la del doncel y se lanzó fuera de la estancia. Arrojóse en pos Macías: iba á prosternarse á sus pies, iba á hablar, pero un ademán imperioso de la negra fantasma le mandó apartarse, y más rápida en seguida que esas rojas exhalaciones que surcan el espacio en una oscura noche de estío, desapareció á sus ojos la aérea visión. Macías creyó ver un ser sobrenatural, la sombra acaso de la misma condesa; permaneció con los brazos cruzados, y la vista fija, como si quisiese ver más allá de la oscuridad y de la distancia. Entonces oyó un suspiro lanzado á lo lejos, y parecióle que al desaparecer de sus ojos en el confín del corredor se había reunido la dama á otra figura más pequeña que allí la estaba sin duda alguna esperando.

Sé, doncel, que ella no viniera á vos, repitió un momento después Macías con doloroso acento. Yo también lo sé: nunca me amó. ¿Ni cómo pudiera amarme? ¿no amaba á ese feliz escudero cuando se unió á él en indisolubles lazos? ¡Loco, insensato de mí! Ah, quienquiera que seas la que vienes á implorar mi espada, ¡cuán poco conoces el corazón del hombre! ¡un amante correspondido, un mortal feliz es invencible; á un miserable despechado y aborrecido un niño le vence!


CAPÍTULO XV

¿De dónde vino este diablo?

Rom. del Cid

De vuelta don Enrique en su cámara con su primer escudero y con su favorito juglar, revolvía en su cabeza los medios de dar á su intriga la feliz conclusión que por tanto tiempo había deseado. Estorbábale la idea de Macías, pero dejó al tiempo el cuidado de iluminarle acerca de lo que de él podía temer. Despidió, pues, á Hernán, cuya probidad le incomodaba no poco para sus fines, y sólo el juglar, de cuya aparente estupidez nada recelaba, entró con él al secreto laboratorio.

—Libres estamos ya de la condesa, Ferrus, dijo; pero merced á tu singular valor, quédanos en campaña otro enemigo no menos terrible...

—¿Eres ya maestre, señor?...

—Lo seré, Ferrus, ó poco ha de poder don Enrique de Aragón: acabo de recibir un aviso secreto de que ha sido elegido papa en Aviñón don Pedro de Luna, bajo el nombre de Benedicto XIV. Esperaba este favorable acaecimiento de un momento á otro. Luna es aragonés, como yo, y vínculos antiguos de amistad nos unen: la lucha que habrá de sostener además con Urbano en este cisma de la Iglesia, y la necesidad que tiene Castilla y Aragón, unida á la influencia que él sabe que ejerzo en estos dos reinos, me aseguran su provisión para el maestrazgo: la piedad por otra parte de don Enrique III no podrá menos de pesar en la balanza en favor mío cuando éste sepa que mi allegado, el rico-hombre de Luna, ha ceñido á sus sienes la triple corona. Ahora necesito sacar partido de la ignorancia en que de esta nueva está la corte, y de la feliz tardanza de la noticia de la muerte del maestre de Calatrava...

—Tu antecesor.

—Así lo espero, Ferrus. Tira el cordón que corresponde al cuarto del astrólogo, y retírate á esa cámara inmediata.

Hízolo Ferrus como se le mandaba. Apenas había doblado tras sí las batientes hojas de la puerta, oyéronse los vacilantes pasos de una persona de edad que bajaba escalones con toda la prisa que sus cansados años le permitían.

—Entrad, dijo don Enrique, y se presentó en la habitación el físico de su alteza Mosén Abrahem Abenzarsal, el mismo que en la corte de la mañana había acompañado constantemente al Doliente rey. Su estatura era pequeña, su tez pálida y macilenta; brillaban sus ojos en su oscuro semblante como dos carbuncos en medio de las tinieblas de la noche, y era la expresión de toda su persona, malignidad y avaricia; su mano descarnada y su barba larga le daban cierto aire de adusta gravedad. Su traje era un largo y amplio balandrán negro cogido con una larga correa; ayudábale á andar un nudoso y retorcido báculo semejante al bastón pastoral, y una toquilla con dos plumas malamente colocadas encubertaba su calva zolloa.

—¿En qué puedo servir al ilustre y eminente?...

—Tregua á las lisonjas; nos conocemos, y entre nosotros no son necesarias.

—Sea en buena hora, conde, repuso con humildad el físico. ¿Habéis menester de mi ciencia y de las relaciones que con el espíritu del ser conservo? ¿queréis consultar el curso de las estrellas?...

—En cuanto á las estrellas, Abrahem, no creo saber menos que vos. Dejemos á los astros del cielo recorrer tranquilamente su carrera, y no nos acordemos más de ellos que ellos se acuerdan de nosotros. Otros astros más humildes que cruzan sombríamente por esta esfera terrestre, haciendo sombra á mis vastos planes, son los que os será preciso desviar y no consultar.

—¿Queréis que amolde una semejanza de cera?... Señaladme la víctima: antes que la noche haya tendido sus densas sombras sobre el alcázar de Madrid, veréisla concluida y atravesado el pecho con punzante almarada: una lámpara arderá delante de ella; cuando gustéis, una vez pronunciado el funesto conjuro, vos mismo apagaréis el resplandor mortecino, y el que os haya ofendido, bien pudiera estar en el apartado polo, caerá herido de invisible mano...

—Tregua, viejo miserable, tregua al torpe manejo de vuestra pérfida ciencia. ¿Creéis por ventura que tengo yo mi tiempo libre para oir vuestras impertinencias? ¿Creéis que habláis con el imbécil don Enrique el Doliente, á quien su débil contextura arroja como una víctima inerme en vuestros groseros lazos? ¿Creéis que he pasado años enteros sobre los triángulos y los crisoles, llamando inútilmente á ese espíritu de las tinieblas, para dejarme deslumbrar de vuestra impudente charlatanería? Guardad para el vulgo esa necia ostentación, y acordaos de que es más fácil oir que adivinar.

Temblaba el viejo de mal reprimido coraje, pero no osaba arrostrar la indignación del impaciente Villena.

—Ea, Abrahem, dijo entonces don Enrique, más sosegado con el terrible efecto que en el réprobo habían hecho sus tonantes expresiones, ¿cuánto oro habéis fabricado esta mañana?

—¿Oro? ¡pluguiera al cielo! En vano he intentado encerrar en el crisol un rayo de ese sol que nos alumbra: él contiene la apetecida esencia del oro; pero el medio, el medio...

—¿No sabéis, pues, hacer oro con toda vuestra ciencia?

—Si supiera hacer oro, señor, ¿imagináis que fraguara, para ganarle, mentiras que algún tiempo yo mismo creí, pero que la experiencia me obliga en fin á desechar tristemente?

—Bien, Abrahem: ahora os ponéis en la razón; ahora habláis con el conde de Cangas. Ved: yo soy mejor alquimista. Sin andar á caza de la esencia del oro encerrada en un rayo del sol, yo hago ese precioso metal con los terrones de mis estados. Tomad esas doblas, añadió alargando al viejo, cuyos ojos brillaban ya de alegría, un repleto bolsón de cuero, tomadlas: ése es el mejor conjuro; á la voz de ése no hay espíritu en el orbe que no responda.

—¿Y en qué puede serviros vuestro criado?

—Oíd: ¿sabéis qué os ha elevado al alto favor que en la corte de don Enrique gozáis?

—Con tu licencia, señor, mi padre Abrahem Abenzarsal era ya físico del rey don Pedro el Cruel.

—¿Y os sostendríais, Abenzarsal, en ese lugar, que creéis arrogantemente haber heredado, si el nieto del célebre y primer marqués de Villena quisiese patentizar á la corte entera que vuestra existencia toda, vuestras palabras, vuestra misma persona, no son más que una prolongada impostura?

—Pero esas preguntas...

—Quiero asegurarme vuestra fidelidad. Conozco á los hombres. Son fieles cuando tienen interés en serlo. Escuchad ahora. Quiero ser maestre de Calatrava.

—¡Por Israel! Comprendo: un rayo de luz acaba de iluminarme, y la muerte de la condesa no es ya un enigma para...

—Pues os advierto precisamente que debe serlo hasta para vos.

—En buen hora, señor; no digas más: confieso que no lo entiendo. Pero hay ya un maestre, y no suele haber dos en ningún orden...

—Precisamente eso es lo que todas las figuras cabalísticas no os hubieran revelado nunca á vos antes que á los demás. No hay ninguno.

—¡Dios de Abraham! Dos muertes en menos de...

—Con respecto al maestre Guzmán, ese mismo Dios de Abraham que invocáis tuvo á bien llevarle á mejor vida.

—¿Qué dices, señor?

—Ahora lo sabemos dos en Madrid. Vos y yo.

—¿Y creéis que Clemente VII?...

—Clemente VII estará probablemente ahora donde el maestre...

—¡¡Qué de importantes noticias!!

—Don Pedro de Luna ocupa la santa silla de Aviñón. Ahora bien, ¿á qué hora veréis á su alteza?

—Debo asistir á su refacción de la noche.

—¿Qué más pudierais pretender? Deslumbrad á la corte. Allí podéis hacer uso de vuestra recóndita ciencia. Adivinad delante de su alteza las noticias que acabo de daros, y adivinad también que el maestre de Calatrava ha de ser...

—Don Enrique de Villena.

—Justo. Mañana me ha de saludar el rey en la corte con ese pomposo título. Para el logro de nuestro fin es preciso que le conste al rey que no nos hemos visto.

—Nada más fácil. Ya sabes, señor, que la quebrantada salud del joven rey me obliga á habitar, ciñéndome á sus mismas órdenes, una habitación inmediata á la suya, y que todos ignoran que tengo una comunicación abierta con vuestro laboratorio. Su alteza juzga que encanezco ahora sobre los crisoles, que consulto las estrellas sobre el éxito de la guerra de Granada, y que revuelvo á Dioscórides buscando remedio á sus dolencias.

—Perfectamente. Esperad. Dos personas más me estorban para mis fines...

—Ya sabéis que he recibido no ha mucho de Italia un pomo de aquella agua clara, más cristalina que la que envían las sierras vecinas á esta villa, y que el que la llega una vez á sus labios no vuelve en sus días á tener sed.

—Basta, Abenzarsal, basta. Si el estudio endurece de esa suerte el corazón del hombre, quemaré mis libros, viejo empedernido en el pecado; soy ambicioso; pero creo que hay un Dios, y juzgo que ya he hecho lo bastante hoy para haberle de dar cuentas largas y terribles el día que se digne llamarme á su juicio.

—En ese caso...

—Oíd. La una persona es un doncel de Enrique el Doliente, un mancebo valeroso: las armas no pueden nada con él... pero es mozo de pasiones vivas; acaso manejándolas y volviéndolas contra él mismo...

—¿Se llama?

—Macías.

—¿Está en Calatrava?

—En el alcázar por mi desgracia.

—Prosigue, señor, la otra...

—Elvira, la mujer de...

—Tranquilizaos. Vos ignoráis acaso algunas circunstancias que derraman gran luz sobre mis ideas. Mañana os he de decir...

—No: hablad ahora.

—Bien: sabed que ese mancebo ha estado fuera de la corte por una pasión que le domina...

—¿Qué decís? Yo creí que mis servicios solos...

—Os equivocáis.

—¡Ah! ¡de esa ignorancia nació mi error! Proseguid.

—Es bizarro, pero preocupado, supersticioso como los jóvenes todos de esa corte ciega y atrasada...

—Proseguid.

—En una ocasión halléle en mi habitación: iba á consultarme sobre su horóscopo; examiné su temperamento, ardiente, arrebatado; hícele varias preguntas al parecer indiferentes; pero un joven de veinte años mal hubiera pretendido encubrir su flaco á un hombre de mi experiencia. Díjome sin querer decirlo que amaba, y de sus respuestas, que yo aparentaba despreciar, inferí que amaba á una dama casada...

—¿Casada?

—Mi predicción fué vaga. Deseoso de informarme mejor, tomé tiempo para responderle más claramente. Observéle entre tanto: de allí á pocos días un ramillete cayó del pecho de una dama desde un corredor al patio de los leones de su alteza; recordaréis que un caballero incógnito, armado y calada la visera, se precipitó á recoger el ramillete á riesgo de su vida...

—Adelante, Abrahem.

—El ramillete era de Elvira, el caballero, Macías. En la corte, y entre los que no tenían antecedente ni interés alguno en observarlos, esta anécdota sonó dos días, y se olvidó después. De allí á poco anuncié al mancebo que un astro fatal le perseguía en la corte...

—¡Santo Dios!

—El crédulo mancebo me creyó y desapareció. No me cabe duda: ama á Elvira, y la ama como un frenético. Mas, debe de ser correspondido: la dama no pensó en recoger su ramillete. Creedme; le he examinado atentamente; es de aquellos hombres en quienes el amor es siempre precursor de la muerte.

—¡Qué descubrimiento! ¿Y pensáis que?...

—Pienso que si logramos poner en juego esa pasión, pienso que si el doncel no ha olvidado su amor, vuestros enemigos se destruirán por sí solos, sin que necesitéis cargar vuestra conciencia con un crimen.

—Hacedlo, Abenzarsal, hacedlo, gritó don Enrique fuera de sí; quitáisme un peso horrible.

—Un medio para reunirlos, una ocasión, y son perdidos.

—Un medio, una ocasión... es más fácil decirlo que...

—No importa. Una ocasión.

—Y que Hernán Pérez...

—Sí: una vez impuesto Hernán Pérez, su ruina es cierta; el escudero es osado, pundonoroso, valiente...

—¡Ah! pero me hacéis recordar... si ha de envolver su desgracia la de mi escudero... mirad que me ha prestado servicios...

—Tranquilizaos, ilustre conde. ¿Qué mal le podrá venir? ¿Haber de encerrar á su mujer en una reclusión para toda su vida? Supongo que sabéis que un esposo de tres años no se morirá de tristeza por tan terrible golpe... Vos érais también esposo y...

—Abrahem, Abrahem, ya os he dicho que no consiento alusiones en esa materia: dejadme tiempo á lo menos para reconciliarme conmigo mismo.

—Señor...

—En buena hora, concluyamos en ese asunto; pues vos me respondéis de mi inocencia y de la vida de mi escudero, de consuno buscaremos un medio para reunirlos, y acaso la Virgen Santísima de Atocha, de quien soy devoto, nos le proporcione presto. Si lo consigo, ofrezco edificarle un santuario en la mejor villa del maestrazgo...

—Besad este escapulario, señor, que representa su efigie, dijo entonces el redomado físico, alargando el que del cuello traía pendiente, y ella y su Hijo os ayuden.

—Amén, dijo levantándose don Enrique con aquella incomprensible mezcla de devoción y de impudencia, de religión y de vicios que distinguía así á los hombres vulgares como á los más ilustrados de la época, sin que dejemos de inclinarnos á creer que en hombres como nuestros dos interlocutores eran aquellas prácticas exteriores hijas sólo de la costumbre. Amén, repitió, y apretando la mano del físico, separáronse con una afectuosa mirada de inteligencia; volvió á subir el astrólogo la escalera escondida por donde había bajado, para meditar en los medios de cooperar á los planes ambiciosos de don Enrique, y éste cruzó su laboratorio alquimístico en busca de Ferrus, que en la cámara impaciente le esperaba.


CAPÍTULO XVI

Viendo aquesto un moro viejo
Que solía adivinar...
Suspirando con gran pena,
Aquesto fué á razonar.

Canc. de Rom.

Inútil es decir á nuestros lectores que el físico Abrahem Abenzarsal contó en cuanto llegó á su aposento las relucientes doblas del de Villena, y que animado con su sonido vivificador, y con la esperanza fundada de merecer nuevas confianzas de la misma especie, coordinó sus ideas y estudió preventivamente el difícil papel que ante el rey de Castilla había de representar de allí á poco. Llegada la hora, asistió como tenía de costumbre á la mesa frugal de su alteza, ora previniéndole los platos que debía comer y los que sólo debía gustar, ora dando pábulo con sus bien estudiadas respuestas á la conversación naturalmente seca y desabrida de Enrique III. Hubieron empero de chocarle tanto á su alteza las misteriosas palabras con que salpicó la cena su médico, que no pudo menos de hacerle entrar en su cámara, y á presencia sólo del buen condestable Rui López Dávalos, que gozaba con él de la mayor privanza, y era no poco afecto á supersticiones y hechicerías,—Abrahem, le dijo, tus palabras encierran esta noche un sentido que no acierto á comprender. Díme por tu vida si algún fausto acontecimiento se prepara para estos reinos, ó si alguna calamidad nos amaga, que podamos evitar con el favor de nuestro padre san Francisco, á quien venero particularmente.

—Vana es ya la intercesión de los santos, señor, cuando es pasada la hora del hombre.

Paróse aquí el inspirado varón, arqueó las cejas con siniestro mirar, dió un golpe en el pavimento con su nudoso báculo, y permaneció suspenso largo espacio, insensible á las reiteradas instancias del asustado monarca, que puesto en pie y descubierta la cabeza, pendía de su boca, ni más ni menos que el reo que espera oir de la de su juez la temida sentencia. Llegándose entonces el astrólogo judiciario á una rasgada y gótica ventana, y examinando el cielo detenidamente,—No me engañaron, exclamó con voz hueca y sonora, que salía como un trueno de lo más hondo de su agitado pecho: no me engañaron los infalibles cálculos de mi cábala. El astro que ha presidido tan infausto día, velado entre cenicientas y rojas nubes, acabó su diurna revolución, y corrió á lanzarse en la inmensidad de los mundos, dejando tras sí sangrientas huellas de su funesto paso. ¡Oh rey! humilla tu frente soberbia; la iglesia de tu Dios dividida y presa de un cisma prolongado, va á caer su columna principal; el sublime vicario de su ungido inclina la frente pálida, soltando sus sienes la triple corona que dignamente llevó, y sus débiles manos las llaves de Pedro y el anillo del Pescador.

—¡Dios mío! exclamaron á un tiempo el piadoso rey y el asombrado condestable; ¡Clemente VII!

—Sí, Clemente VII, continuó el energúmeno, ha pagado á la tierra el tributo de que sólo un profeta de Israel, arrebatado por el fuego del cielo, pudo eximirse. Pero esperad; veo levantarse sobre su asiento y calzar la sagrada sandalia á un ilustre aragonés: un rico-hombre de los de Luna es el elegido del Señor, á quien confía el timón de su nave zozobrante... Oh Benedicto, catorce de este nombre; á alta misión has sido llamado por el cielo. ¡Qué de lágrimas costará tu aragonesa condición, tu invencible tenacidad, á los fieles divididos! En ti habrán de estrellarse los esfuerzos conciliadores de Urbano y del sacro colegio romano.

—¡Don Pedro de Luna! exclamó vuelto hacia el condestable el sorprendido rey; ¡don Pedro de Luna! y arrodillándose ante una venerada estampa de las llagas de san Francisco, ¡Oh portento! continuó; libradme, Señor, de todo mal, y purificad mi alma si estas predicciones son hechas por arte de vos reprobado...

—Rey, interrumpió al oir este escrúpulo religioso el solapado Abrahem, el Dios del cielo y de la tierra no reprobó nunca la ciencia, si bien quiso descubrir á pocos sus recónditos arcanos. Los hechos que te refiero, además, no son predicciones de incierto porvenir, en cuya oscuridad no es dado siempre á los míseros mortales penetrar; á la hora esta, si es cierto que hablan los astros á los que poseen el don de entender su lenguaje sublime, Aviñón ha sido testigo ya de los grandes acontecimientos que te anuncio. ¿Ves aquella estrella, cuyo incierto resplandor parece querer apagarse con vacilantes oscilaciones, á la derecha de la Osa menor, siguiendo la dirección de mi báculo? Parece lanzar sus mortecinos reflejos á la parte de Calatrava...

—Abrahem, ¿qué nueva desdicha?...

—Una columna de la cristiandad española yace derribada, el rayo contra el Moro de Granada se extinguió. Acaba de entregar su espíritu al Señor...

—¿Guzmán? preguntó con precipitación el buen López Dávalos.

—Sí: ¿veis aquella parda y manchada nubecilla que el viento del norte impele violentamente hacia el mediodía? miradla reunirse á los demás vapores que un resto del calor del día levanta de la húmeda superficie de la tierra. El astro del virtuoso maestre se ha eclipsado para no volver á lucir jamás.

Al llegar aquí, un profundo silencio sucedió á la tonante voz de Abenzarsal, y don Enrique y el condestable oraron fervorosamente por el alma del difunto maestre.

—Si las señales de mi ciencia, continuó el físico, no han dejado de ser infalibles, sangre más ilustre ha de reemplazar la del piadoso maestre, y el estandarte de Calatrava verá agregarse á su cruz roja las barras de Aragón. Otro aragonés llevará á la victoria á los valientes caballeros de Calatrava. El ciclo ensalza á los hijos de don Jaime, y un nieto del primer condestable de Castilla...

—Basta, interrumpió don Enrique III con voz desfallecida, basta, Abrahem: los altos juicios de Dios son incomprensibles, pero el tiempo viene á justificarlos. Ayer el voto de la orden de Calatrava hubiera apartado á ese nieto del primer marqués de Villena del alto puesto á que está destinado. Un acontecimiento desgraciado, pero cuya causa, escondida hasta ahora, revelan tus palabras, ha llevado á mejor vida á mi muy amada doña María de Albornoz, y su afligido esposo ha quedado desatado de los lazos que lo alejaban del maestrazgo. Dios la tenga en su santa gloria. Adoro tus fines, ó Providencia. Abrahem, decid, ¿habéis visto hoy al conde de Cangas?

—Señor, respondió con afectada sorpresa el hipócrita charlatán, tu alteza sabe que el estudio absorbe las horas todas de mi vida, y desde esta mañana no he cesado de consultar mis pergaminos en mi cámara inmediata á la tuya. Don Enrique por otra parte no se apartará de su estancia en estos momentos de luto para su corazón. No he visto, pues, al conde...

—No sabes en ese caso, repuso el rey, si está dispuesto á admitir el alto cargo á que el cielo le destina.

—No creo que haya pensado en ello siquiera, ni menos que pueda saber nadie en el alcázar todavía la triste muerte de don Gonzalo...

—Dices bien, Abrahem. Por otra parte, el nombre ilustre de mi pariente no puede menos de dar realce á la orden de Calatrava, y sus caballeros no opondrían obstáculo á tan acertada elección.

—¡Hágase la voluntad del Señor! respondió el taimado físico con solemne entonación; é inclinando la cabeza, el recogimiento en que quedó pareció anunciar el fin de sus predicciones.

—Condestable, dijo el rey después de una ligera pausa, mañana dispondréis que la corte se reúna. Quiero recibir á los embajadores del Tamorlán y del rey de Francia. Abenzarsal, ayudadme á entrar en mi cámara: mis fuerzas se debilitan, y después de la agitación de esta noche necesito que las restaure un sueño reparador.

Llamó el condestable á los camareros de su alteza, y abriéndose las puertas de la estancia en que dormía, despidióse de él el primero; el rey de allí á poco, apoyado en el brazo de su físico favorito, desapareció, volviéndose á cerrar las hojas de la puerta, y quedando aquella parte del regio alcázar sumida en el más profundo silencio.


CAPÍTULO XVII

Yo os repto, los zamoranos,
Por traidores fementidos;
Repto á todos los muertos,
Y con ellos á los vivos;
Repto hombres y mujeres,
Los por nacer y nacidos;
Repto á todos los grandes,
Á los grandes y á los chicos,
Á las carnes y pescados,
Y á las aguas de los ríos.

Canción de Rom.

Aún no había conciliado el sueño el poderoso rey de Castilla, cuando ya el impaciente conde de Cangas y Tineo sabía palabra por palabra el coloquio que en el anterior capítulo dejamos descrito. Á la mañana siguiente creyó ya del caso la llegada de la noticia de la muerte del maestre de Calatrava; tomó en consecuencia sus disposiciones para que el enviado, que precisamente había llegado la víspera y que él había sabido entretener, se presentase en la corte de aquel día, y esperó tranquilo el resultado de su artificio.

El salón principal del alcázar donde tenía corte su alteza se hallaba ya ocupado en la mañana del día, que tan fecundo prometía ser en notables acontecimientos, por algunos caballeros jóvenes donceles del rey, por varios pajes de lanza y de estribo, y por los ballesteros que guardaban las puertas como prevenía la etiqueta del tiempo. Algunos caballeros cortesanos de los que no acompañaban al rey á la misa, que á la sazón oía, discurrían sobre las noticias del día.

—¿Qué novedades, dijo un joven de gallarda apostura y de pulido arreo á otro caballero que paseaba con él á lo largo del salón, qué novedades habéis recogido para vuestra corónica, señor coronista Pedro López de Ayala?

—La principal, señor don Luis de Guzmán, es la que de Sevilla me escribe el ginovés Micer Francisco Imperial.

—¿El de las trovas que comienzan Gran sosiego é mansedumbre á doña Angelina de Grecia, la princesa que ha regalado á Castilla el gran Tamorlán, del botín que cogió al turco Bayaceto?

—El mismo. Buen ingenio.

—¿Y qué os dice?

—Díceme que el ginebrino que envió á buscar su alteza á París para componer el reloj de la torre de Sevilla, halo compuesto á las mil maravillas, y que da todas las horas como antes de haberle caído el rayo hace un año.

—Cierto que es importante, porque no había otro reloj tan maravilloso en Castilla, ni quien supiera componer aquella enredada máquina. ¿Premiáronle bien?

—Merece más de diez mil maravedís. ¿Habéis oído, señor comendador, que acaba de llegar un demandadero de Calatrava?

—Por la Virgen de Atocha que eso me interesaría, porque mi tío el maestre estaba malo...

—Sabéis que si muriese, lo que Dios no quiera, podríais pretender...

—Acaso. Pues nada oí: estuve jugando á las tablas...

—¡Ah! vos bohordais bien.

—Sí, ahora que no está aquí el doncel Macías: cuando está, nadie lanza con más tino el bohordo, ni derriba más veces el tablero. Cobróle afición el rey sólo por eso.

—¿Y qué es de Macías? ¡Bravo trovador y buen caballero!

—Desde que está en comisión del hechicero no se sabe de él. ¿Sabéis que ese hombre es el diablo, y que todo el que se le llega desaparece? Mirad ahora la condesa...

—¡Bah! como dice Rodríguez del Padrón, el trovador gallego, amigo de Macías, ya se le podría hechizar á él con una buena lanza, porque, sea dicho sin ofenderle, se le entiende más de lais y vireláis, que de achaque de encuentros. Ahora anda enseñando la gaya ciencia al marqués de Santillana.

—Eso sí que es mancebo de sutil ingenio. El joven don Iñigo Mendoza gusta mucho de letras, y ha de hacer con el tiempo mejores trovas que el mismo Alfonso Álvarez de Villasandino, y que el judío Baena. Á propósito, ¿cómo lleváis vos vuestro rimado?

—Téngolo suspendido porque digo grandes verdades en él, y ya sabéis que en palacio...

—Oh, la verdad nunca gusta á...

—¡El rey!... dijo una voz que salía de las piezas inmediatas.

—¡El rey! repitieron dos farautes que entraban ya vestidos de ceremonia por las puertas del salón. Apartáronse los caballeros, y don Enrique subió á su trono, rodeado de los principales señores de Castilla, á cada uno de los cuales seguían los caballeros y escuderos de sus casas.

Ocupaba don Enrique de Villena, como tío segundo que era de su alteza, el lugar preeminente, si se exceptúa el del físico y el del condestable Dávalos, que á uno y otro lado pisaban el primer escalón del trono. Tenía el conde á su izquierda á su primer escudero y detrás al juglar, y rodeábanle varios caballeros, en cuyos pechos lucían las cruces de Calatrava, en lo cual echará de ver el lector que no se había descuidado aquella mañana en atraérselos con mercedes y distinciones para tenerlos favorables á sus miras. Vestía luto, pero su semblante más anunciaba alegría que dolor por más que procuraba él disimularla.

—Chanciller, dijo don Enrique cuando se hubo sentado y saludado en derredor á sus cortesanos, ¿qué letras tenéis?

—Acábanse, señor, de recibir éstas.

—¡Ah! de Otordesillas, de mi esposa. Díceme doña Catalina que está próxima á su alumbramiento. ¿Paréceos, Abenzarsal, que tendrá Castilla que jurar un príncipe de Asturias, después de haber jurado solemnemente á la infanta doña María, mi muy amada hija?

—Pudiera ser, señor. ¿Qué mal habría en eso?

—Haced, condestable, que se dispongan tiros, y avisad á los pueblos de aquí á Otordesillas que se hagan grandes fogadas y ahumadas en las eminencias luego que las vean hacer en el pueblo inmediato, empezando Otordesillas mismo en cuanto su alteza dé á luz un príncipe. De esa suerte sabremos ese fausto acontecimiento pocas horas después: dispondréis que no falten atalayas. ¿Hay más?

—Señor, desea besar los pies de tu alteza el sublime Mahomat Alcagí, embajador del llamado gran Tamorlán.

—Que entre, dijo su alteza; y los cortesanos todos volvieron las cabezas con ansiosa curiosidad hacia la puerta, como quien iba á ver una cosa que no todos los días se veía.

Entró efectivamente el Tártaro con áspero continente al aviso de un paje de antecámara. Acompañábanle al lado Payo Gómez de Sotomayor y Hernán Sánchez de Palazuelos, embajadores del rey de Castilla al Tamorlán, que habían vuelto con él después de haber recorrido vastas regiones, climas apartados y diversas costumbres de países.

Hablaba el bárbaro, y Sotomayor, que en dos años que su larga embajada había durado, había tenido ocasión de aprender algún tanto su lengua, le sirvió de truchimán.

—El rey Tamurbec el Honrado, Tabor Bermacian, mi señor, me envía á ti, rey de las ciudades y lugares de Castilla y de León y España. Dure tu tiempo y buena fama en noblezas generales y en gracias cumplidas. El rey mi amo, noticioso de la grandeza de tu reino, acepta la amistad y buena correspondencia que con tus embajadores le enviaste á ofrecer. El Profeta te sea en ayuda, te dé sus saludaciones. En muestra de buena amistad, envíate el rey mi señor el presente de joyas y las dos hermosas damas, que te traje para tu harem, que al hijo de Osmín ha cogido en la gran victoria que le ha ganado. El rey de los reyes ha humillado la soberbia condición del hijo de Osmín Tamorlán, y hoy en una jaula de hierro sirve de estribo al poderoso Tamurbec, rayo de Dios.

—Recibo vuestra embajada, valiente Mahomat Alcagí, y no os doy respuesta, dijo don Enrique, porque quiero que tornen embajadores míos á vuestro amo y señor el muy honrado Tamurbec con mis cartas y presentes. Rui González de Clavijo, añadió vuelto á este su camarero que entre la turba de cortesanos andaba oscurecido, quiero que vos y fray Alonso Páez de Santa María, maestro en santa teología, y Gómez de Salazar mi guarda, hagáis este viaje como embajadores míos.

Adelantóse entonces Rui González de Clavijo, y poniendo en tierra una rodilla,—Beso á tu alteza los pies, dijo, por la lisonjera distinción con que honras á tu vasallo.

Retiróse el embajador de Tamorlán, y salieron con él algunos caballeros, curiosos de preguntarle y saber las varias noticias que de tan luengas tierras y afamadas hazañas podía darles.

Entraron en seguida los embajadores del rey Carlos de Francia, sexto de este nombre, los cuales dijeron á su alteza, después de las primeras fórmulas de etiqueta, cómo se hallaba bastante malo el rey su amo de resultas de habérsele prendido fuego en un baile de máscaras á una piel de salvaje de que iba vestido. Aseguraron después á los cortesanos en confianza, que lo que en Francia más se temía no eran las resultas de este accidente, sino que corría el rumor de que el buen rey Carlos VI estaba á punto de perder la razón; que se había observado ya muchas veces tal cual desatino en su conducta, que pasaba los días enteros sin hablar, y otras extravagancias de esta especie. Estos embajadores trajeron en presente dos truenos grandes, como entonces se llamaban, que fueron la admiración de los cortesanos, por haberse reducido ya á tan cortos límites una arma que había empezado por no poderse usar sino en las murallas de una plaza sitiada, que se había podido trasladar de un punto á otro después por medio de una máquina convenientemente montada, y que ya podía manejar y disparar casi un hombre solo, si bien con trabajo. Apreció mucho este regalo el rey Enrique, y despachó á los embajadores, los cuales volvieron para su tierra, no sin dejar alguna moda de las de su traje en la corte del rey de Castilla, pues eran muy galanos, y venían lindamente ataviados. Al día siguiente salieron ya varios jóvenes donceles con el pantalón muy ajustado, y dos mangas perdidas recortadas como las habían visto en los embajadores: moderaron la barba que antes se dejaban crecer en derredor de la cara, porque los embajadores no la traían, y hubo quien sacó el zapato retorcido y puntiagudo, que entonces se llevaba, con más de seis pulgadas de punta, ni más ni menos que el asta de un toro.

Presentóse en seguida de los embajadores franceses un demandadero de Calatrava, el cual anunció á su alteza la infausta noticia de la muerte del maestre.

—La sabíamos, dijo el rey, y hoy mismo le nombraré sucesor.

—Hernán Pérez, dijo el de Villena dándole con el codo.

—Entiendo, señor, contestó el taimado escudero.

Apenas se había retirado el demandadero, cuando se dejó ver en las puertas del salón, precedida de dos dueñas vestidas de negro, una dama enlutada y con antifaz que le tapaba completamente el rostro... Grande fué la sorpresa de los cortesanos todos: examinaban detenidamente sus contornos, por ver si descubrían quién fuese la que de aquella manera se presentaba. Llegóse la tapada lentamente hasta los pies del trono, y prosternóse en actitud de esperar á que su alteza le diese licencia para hablar.

—Condestable, dijo curioso y admirado don Enrique, ¿por qué no me habéis prevenido que hoy nos las habíamos de haber con fantasmas? Vive Dios que hubiera preparado mi alma á recibirlas dignamente: ¿sabéis quién sea esta dolorida?

—Ha burlado sin duda la vigilancia de los ballesteros: si su presencia te incomoda, señor, harásela salir.

—Es mujer, condestable, y su manera de presentarse encierra algún misterio que es fuerza aclarar. Alzad, señora, prosiguió don Enrique, alzad, y declarad qué causa extraordinaria os fuerza á venir de esta manera.

—¡Justicia, señor, justicia! exclamó con doliente voz la arrodillada dama.

—Alzad y contad vuestras cuitas, repuso su alteza: nunca el rey de Castilla negó justicia á nadie.

—Señor, prosiguió la dama levantándose y mirando en derredor con notable inquietud, como si buscase á alguien que apoyase la demanda que iba á hacer, señor, un crimen se ha cometido en tus dominios, en tu villa de Madrid, en tu propio palacio.

—¿Un crimen?

—Un crimen, y crimen destinado á quedar impune. Los poderosos que rodean insolentemente tu trono, validos de tu favor, son, señor, los que infringen tu justicia, y los que la arrostran. Doña María de Albornoz, la ilustre condesa de Cangas y Tineo, ha sido asesinada.

—Lo sabemos, dueña, dijo don Enrique, y ya hemos dado nuestras órdenes para que se descubran los autores de tan horrible atentado.

—¿Los autores, señor? Uno hay no más, y ése no corre los campos fugitivo á esconder como debiera debajo la tierra su insolente rostro; ése se ampara en tu misma corte. Ése nos oye.

—¿En mi corte? dijo don Enrique mirando dudoso á todas partes. Agolpáronse al oir estas palabras los cortesanos para escuchar más de cerca á la atrevida acusadora. Don Enrique de Villena, de cuyo semblante había desaparecido su natural serenidad desde el momento en que había columbrado el sentido de las palabras de la dama, la miraba con ojos indagadores, y afectando una curiosidad hija del interés que le convenía aparentar por el descubrimiento del perpetrador del asesinato de su esposa.

—Hernán, dijo en voz baja á su escudero durante la pausa que se siguió á las últimas palabras de la tapada, Hernán Pérez, ¿qué quiere decir esto?

Hernán Pérez estaba tan inquieto como el conde: por una parte creía que la tapada no podía ser otra que una persona que muy de cerca le tocaba. Su voz, aunque disfrazada, le había hecho un efecto singular; por otra parte no podía concebir que se diese tal paso sin su noticia.—Señor, contestó al conde, sea lo que fuere, tu escudero no desmiente nunca su fidelidad.

—En tu corte, prosiguió la dama: él nos oye, y él recibe tus beneficios...

—Nombradle, dijo el rey, nombradle.

—Sí, añadió con voz trémula el de Villena, echando el resto á su mal sostenido disimulo; ¿quién es?

—¡Vos! respondió una voz tonante, vos.

—¿Yo? preguntó don Enrique: ¿yo?

—¡Don Enrique! exclamó el rey mirando alternativamente al de Villena y á la tapada.

—¡Don Enrique! repitieron en voz confusa casi á un mismo tiempo los señores todos que rodeaban el trono.

—¡Santo cielo! exclamó el agitado conde volviéndose al rey con ademán y gesto hipócrita. ¿No me bastaba, señor, que una fatal estrella me privase de mi esposa; era preciso que la calumnia se uniese á la alevosía, y que don Enrique de Villena se viese así ultrajado en tu misma corte y en tu presencia misma? Toma, señor, los honores que me has dado, recoge las distinciones con que me has honrado; toma esta espada, acepta esa banda que mal pudiera llevar con honor quien vió de esa manera el suyo atropellado...

—Serenaos, don Enrique, dijo tranquilamente después de un breve rato de meditación el rey justiciero, serenaos: conservad esas distinciones que tan bien os están, y tened presente que la calumnia se embota en el inocente como la punta de la lanza en el bruñido peto.

—¿La calumnia? repitió mirando de nuevo en derredor la dueña desconsolada.

—Dueña, dijo don Enrique entonces con entereza, ¿sabéis el nombre que habéis tomado en boca, y la persona á quien ultrajáis?...

—La verdad nunca puede ser ultraje.

—¿Sabéis á ciencia cierta lo que dijisteis?...

—Juráralo si fuera menester.

—¿Qué caución dais de vuestras palabras? ¿quién sois? ¿por qué venís tapada á acusar al delincuente? La verdad trae la cara descubierta á la faz del sol. La mentira es la que se esconde.

—¿Quién yo soy, señor? si pudiera decirlo no viniera de este modo. ¿No es posible que circunstancias personales me impidan descubrirme en público? Tomad, señor, dijo entonces la tapada presentando á su alteza un anillo que en el dedo traía. Ese anillo puede decir quién soy algún día.

Tomó su alteza el anillo y examinóle detenidamente.—¿Conocéis ese anillo, Abenzarsal, ó la seña que dice esa dama?

—Señor, dijo Abenzarsal al oído de su alteza, las piedras forman un nombre.

—Guardadle, pues.

—Además, señor, no trato de huir; póngome bajo tu salvaguardia; sé que desde el punto en que tomo sobre mí esta acusación mil peligros me rodean.

—¿Y sabéis, incauta dueña, que la pena del talión espera al impostor?...

—Sólo sé que el crimen debe denunciarse y desenmascararse al criminal.

—¿Sabéis que si os faltan pruebas, ó un caballero que sostenga vuestra acusación, seréis puesta en tormento y?...

—¡En tormento! dijo espantada la dama volviendo á mirar en derredor con inquietud. ¡En tormento!

—Á tiempo estáis de desdeciros...

—Desdecirme... exclamó la dama enlutada clavando en don Enrique los ojos, que aparecían en medio de su antifaz como los relámpagos que rasgan la negra nube en medio de una noche tempestuosa. Jamás.

—En ese caso es forzosa la muerte del delincuente ó la vuestra.

—¡Nadie, nadie! dijo entre dientes la demandante mirando á las puertas, y escuchando con la mayor ansiedad. ¿No hay un caballero, exclamó entonces con despecho volviéndose á los cortesanos todos, no hay un cortesano siquiera del poderoso rey de Castilla que sepa empuñar una lanza por la inocencia, que salga por una mujer?

Leve y susurrante murmullo corrió por la asamblea á esta invitación desesperada. Pero lucían en los pechos y en los brazos de los más caballeros jóvenes prendas del amor de sus damas: un caballero que tenía la suya no podía adoptar otra. No era además seguro que la acusadora no hubiese perdido el juicio, cuando con tan poco apoyo y favor osaba habérselas con el más poderoso señor de Castilla. ¿Quién la conocía? Nadie: ¿quién estaba seguro de no ser víctima del rencor del de Villena si tomaba la defensa de la advenediza?—¡Oh oprobio! ¡oh mengua! ¡oh caballeros! exclamó sollozando la desairada hermosa. ¡He aquí la corte de don Enrique III! Lo veo, aunque tarde: la inocencia no encuentra defensa entre los hombres. No importa. Insisto en la acusación.

—Faraute, dijo entonces su alteza, haced vuestro deber.

Adelantóse un faraute, y en la fórmula del tiempo anunció tres veces en alta voz la acusación hecha á don Enrique de Villena; preguntó si algún caballero tomaba la demanda de la acusadora, y sucediendo á sus voces sepulcral silencio, intimó á aquélla que en el plazo preciso de tres días había de presentar un defensor ó las pruebas de su acusación, y que cumplido el plazo sin presentarle sería puesta en tormento y llevada al suplicio, donde le sería la lengua cortada y arrojada á los canes, después de ello ajusticiada por calumniadora.

No pudo oir esta última parte de la intimación la desolada dama sin exhalar un gemido de terror, y abandonándola sus fuerzas, dejóse caer en brazos de una de las dueñas que la habían acompañado.

Movido á lástima el rey al ver su situación, alzóse en el trono, y puesto en pie,—Don Enrique, dijo, estoy seguro de vuestra inocencia, y el cielo en todo caso saldrá por ella. Aflígeme sin embargo el estado de esa desgraciada, y la administración de la justicia exige que yo satisfaga la vindicta pública. Dadme, Abenzarsal, ese anillo. Quiero yo mismo requerir por última vez un defensor. Ricoshombres, caballeros, ¿quién de vosotros toma esta demanda? El caballero que se proclame su defensor recibirá este anillo como prenda de la dama que va á defender, y si sale con victoria de la prueba á hierro y demuestra en el palenque, con el favor de Dios, la verdad de la acusación, que no creemos, este anillo le servirá de seguro para los días de su vida: la persona que me lo presente logrará la gracia que pida, y su dueño será libre de toda pena en el momento de presentarlo. ¿Quién de vosotros toma la demanda de la acusadora?

—¡Yo! exclamó una voz estentórea que resonó fuera de la cámara todavía.

—¡Él es! gritó con penetrante alarido la enlutada, y el exceso de la alegría, pudiendo más en su alma que el pasado dolor, la derribó sin sentido en brazos de sus dos dueñas.

Volvieron los ojos los cortesanos á mirar quién fuese el temerario que en tan arriesgada demanda se entrometía, y don Enrique de Villena, cuya alegría se había manifiestamente conocido por algunos instantes, dirigió miradas de fuego y de incertidumbre hacia el advenedizo defensor de su acusadora.

Entraba éste ya por la cámara con ademán resuelto y pasos precipitados. Venía armado de pies á cabeza, y su sobreveste negra y su penacho del mismo color, que ondeaba funestamente sobre su capacete, parecían anunciar la muerte á todo el que se opusiese á su bizarro valor.

—Yo, repitió con voz fuerte entrando. Dirigiéndose en seguida hacia el trono, arrodillóse y pidió licencia á su alteza para tomar la demanda de la desconocida, fuese la que fuese.

Mirábanse unos á otros los circunstantes, no sabían qué pensar de las aventuras de la mañana.—Condestable, dijo el rey volviéndose á Rui López Dávalos, ¿será que hoy no hayamos de conocer á ninguno de nuestros vasallos? ¿qué decís, conde de Cangas, de este defensor? ¿le conocéis?

—No responderé nunca, señor, á la acusación de dos enmascarados.

—¿Y responderéis á la mía? preguntó alzándose la visera el denodado mancebo.

—¡Macías! exclamó el rey. ¡Macías! repitieron asombrados los más de los que presentes estaban. Don Enrique fué el único que sobrecogido de la ira y del terror, ni acertaba á pronunciar palabra ni osaba levantar los ojos del suelo, al cual se los habían hecho bajar mal su grado la seguridad y la audacia de las miradas de Macías.

—Perdóneme tu alteza, prosiguió éste vuelto á don Enrique el Doliente, si me hallo en tu palacio sin haberme presentado antes á recibir tus órdenes: tu alteza conoce mi lealtad, y sólo poderosísimas causas pueden habérmelo impedido.

—Sensible es á mi corazón, doncel, que cuando os veo después de tan larga ausencia sea para declararos contrario de mi muy amado pariente el conde de Cangas y Tineo, y para defender contra él una acusación que estimo calumniosa.