—El cielo, señor, puede sólo decidir esta querella.
—Aquí, pues, tenéis, dijo el rey presentando á Macías el anillo de la tapada, que ya había vuelto en sí de su desmayo, la prenda de la dama que elegís.
—Perdóneme tu alteza, exclamó la dama arrojándose en medio del rey y de Macías: permite que no reciba de mi mano ese anillo hasta el día en que haya de verificarse el combate. Yo informaré á la persona de tu confianza que elijas de mis circunstancias, y quedaré hasta que las sepas en tu poder, si necesario fuese. Como prenda de que os admito por mi campeón, aceptad ese lazo, noble caballero.
Arrodillóse el mancebo, á quien palpitaba violentamente el corazón dentro del pecho, y mientras que su dama rodeaba su cuello con una banda negra que tenía por lema estas dos palabras bordadas: imposible, venganza:—¿Será posible, le dijo en voz baja, que insistáis en ocultaros de quien ha de ser vuestro caballero, no sólo acaso en la lid?...
—Imposible, repuso por lo bajo también la tapada.
—¿Qué tenéis, pues, derecho á exigir de mí?... repuso Macías.
—Venganza, volvió á contestar la dama concluyendo de anudarle el lazo.
—Y bien, Macías, ¿tenéis que pedirme alguna gracia? dijo el rey.
—Ninguna, respondió el doncel, sino que oiga tu alteza y apruebe mi desafío. Oíd, ricos-hombres, caballeros y escuderos. Yo, Macías, doncel del poderoso rey de Castilla don Enrique III, á ti, don Enrique de Aragón y Villena, conde de Cangas y Tineo, tomamos por testigos á todos los aquí presentes, te desafiamos de mal caballero, descortés y aleve, y te retamos á muerte como matador de tu esposa la muy ilustre doña María de Albornoz, á ti y á todos los caballeros de tu casa, á lanza ó á espada, á pie ó á caballo, mientras corra la sangre en las venas, renunciando á tu merced, como tú debes renunciar á la mía, y sobre esto Dios y la Virgen de Atocha me ayuden. Á ti solo, ó á varios.
Al decir estas palabras arrojó Macías su guante. Gran suspensión y silencio siguió á esta acción determinada.
—Conde de Cangas y Tineo, dijo el rey volviéndose á alzar en el trono y comenzando á bajar los escalones, Macías, mi doncel, ricos-hombres, caballeros, escuderos aquí presentes, yo don Enrique, rey de Castilla, concedo el juicio de Dios á mi doncel Macías y á don Enrique de Villena para que en combate singular riñan cuerpo á cuerpo, y declaro traidor y aleve y digno de muerte al que fuere en la lid vencido si saliere del vencimiento con vida. Dios sea en favor de la inocencia y de la justicia. Conde, ¿qué hacéis? añadió viendo que don Enrique inmóvil no recogía el guante que le había arrojado su contrario.
—Espero, señor, que no permitirás que yo descienda de la clase en que el parentesco que nos une y los honores con que me has distinguido me han colocado para rebatir cuerpo á cuerpo con un simple doncel de tu alteza una calumnia que desprecio y...
—Si os empeñáis, contestó el rey picado, igualaré al doncel Macías...
—No es necesario, señor, replicó Hernán Pérez adelantándose á recoger la prenda abandonada; no es necesario: yo la alzaré por mi señor...
—Teneos... gritó Macías poniendo un pie en el guante: sois escudero.
—Le armaré, dijo el conde, y será vuestro igual; y en tanto, Hernán, alzad el guante por mí. Ó yo ó vos. Bastamos cualquiera de los dos para castigar la insolencia del campeón de las damas desconocidas.
Iba á responder Macías á este sarcasmo; pero el rey, volviéndose á entrambos,—Conde, dijo, espero que vos, ó un caballero en vuestro lugar, sostendréis vuestra buena fama. Os hago maestre de Calatrava; espero que ni los caballeros de la orden ni Su Santidad desaprobarán esta elección que recae en mi misma sangre.
—Señor, dijo inclinándose con mal rebozada alegría el conde, estoy pronto á aceptar esta nueva honra si los caballeros de la orden...
—¡Viva el maestre don Enrique! clamaron tumultuariamente varios de los presentes.
—Bien, señores, bien, dijo el rey; no esperaba menos de mis leales caballeros de Calatrava. Á vos, Macías, os doy un hábito de Santiago, y os cubriré yo mismo. Habéis manifestado hoy valor y cortesanía. Espero que entraréis á mi cámara en cuanto os desarméis.
Inclinóse Macías en señal de gratitud, y el rey se retiró diciendo al condestable:—Rui, me recordaréis que debo fijar el día del combate.—Vos, Abrahem Abenzarsal, encargaos de esa dueña en vuestra cámara hasta que órdenes posteriores mías os indiquen dónde puede permanecer durante el plazo que falte para el combate.
El físico en consecuencia intimó la orden á la dama enlutada, y la encaminó con un paje á su cámara. Retiróse el rey, y con su marcha desaparecieron en pocos momentos los más de los cortesanos.—No ha sido del todo feliz el día, dijo Abenzarsal á don Enrique, que se retiraba con su escudero; pero no importa, son nuestros: haced por dirigir á la noche á Hernán Pérez á mi cámara.—¿Habéis hecho algo? preguntó don Enrique.—Espero hacer.—Dicho esto se separaron por no dar sospechas. Don Enrique y su escudero se fueron, departiendo acerca de los muchos sucesos buenos y malos que habían pasado aquel día, y acerca de quién podía ser la dama, si bien muy pocas dudas les quedaban, y ya se proponía salir de ellas al momento el escudero.
Entre tanto rodeaban á Macías varios caballeros, quién á darle la bien venida, quién á preguntarle nuevas de Calatrava. Entre los muchos que se le acercaban, tocóle uno en el hombro con misteriosa familiaridad.
—¡Ah! sois vos, padre mío, buen Abrahem, le dijo Macías con un estremecimiento involuntario, y una nube de tristezas envolvió su frente.—Bien venido á la corte. —¡Á la corte!—Sí: á Dios, joven osado.—Escuchad; esas palabras... me dijisteis, es verdad... ¡corte, corte funesta!—Á Dios.—¿No podéis explicaros?—Ahora imposible: si queréis verme, al anochecer os esperaré en mi cámara.—¿Cierto, Abrahem? Esperadme.—Á Dios.—Á Dios.
Siguió el astrólogo con su aparente prisa la dirección de su cámara, y Macías, distraído, revolviendo mil confusas ideas en su imaginación, quedó entre sus curiosos amigos, á quienes ni contestaba ya acorde, ni podía apenas atender. ¡Tal era la impresión que la palabra corte, pronunciada por el físico, había hecho en su imaginación!—Macías ha perdido la cabeza, iban diciendo sus amigos al despedirse de él: ese maldito hechicero, en cuyas comisiones ha andado, le ha turbado el juicio. ¡Habéis visto qué desconcierto! ¡qué distracción! Ó está enamorado, ó ha perdido el seso.
CAPÍTULO XVIII
Melisendra está en Sansueña,
Vos en París descuidado,
Vos ausente, ella mujer.
Harto os he dicho; miraldo.
Rom. de Gaiferos
En cuanto había llegado á su habitación don Enrique de Villena, se había despedido de él el escudero, ansioso de saber definitivamente si era su esposa la que por obsequio á la memoria de la condesa se había presentado con tanta osadía en la corte del rey de Castilla. Pesábale en gran manera que hubiese cabido en la imaginación de su consorte tan heroica determinación, pero lo que con más cuidado le traía era la circunstancia de haber llegado tan á punto el doncel para tomar sobre sí su demanda, y la exclamación de la tapada al oir la voz de su defensor, circunstancias entrambas que ligaba mal que bien con el músico de la noche anterior á la desaparición de la condesa. Podía ser casual esta coincidencia; podían muy bien, su consorte por amistad á doña María de Albornoz, y Macías por amor á esa misma, ó por cortesanía de caballero ocioso, encontrarse en el mismo camino. Esta reflexión, sin embargo, no bastaba á declarar sus dudas, y pensó en el partido que debería tomar si no encontraba á Elvira en su cuarto.
Sucedióle sin embargo lo que no pensaba. Llamó el escudero á su habitación, y la primera persona con quien dió fué con el listo paje, el cual con aire sumamente alegre:
—Buenos días, le dijo, señor Hernán Pérez; bien hacéis en venir, porque desde que la señora condesa ha desaparecido no hay medio de alegrar á mi prima. Venid, venid á consolarla; mis esfuerzos todos son inútiles.
—¡Vuestra prima, señor paje! dijo con asombro y gravedad el escudero. ¿Supongo que no os queréis burlar de mí?
—¿Yo burlarme, señor escudero, pesia mi alma? Para burlas estamos por cierto, y no se cesa de llorar hoy en esta habitación. Entrad vos mismo y lo veréis.
Abrió Hernán Pérez la mampara inmediata, y quedóse como de piedra cuando contra todas sus esperanzas vió levantarse al presentarse él á Elvira, que con afectuosas palabras:
—Esposo, le dijo, cuán mal lo hacéis conmigo: vos tenéis secretos para mí, vos pasáis los días enteros lejos de mí: hoy, sobre todo, me habéis dejado sola, y sabéis que no tenía ya la compañía de la condesa...
—Perdonad, Elvira, si... yo... ya sabéis que... Pero nunca pudo decir más el asombrado escudero. Su esposa estaba vestida de negro, sí, pero su ropa no manifestaba haber salido aquella mañana; por otra parte, la dama enlutada había quedado en palacio.
—¿Qué tenéis? ¿Traéis mala nueva?
—Sí por cierto, contestó más repuesto Hernán Pérez; os traigo la de que me he vuelto loco.
—Muy cuerdo lo decís.
—Jurara que os había visto en otra parte...
—Puede...
—¿Cómo? ¿puede?...
—Tantas veces me habéis dicho que no me separe un punto de vuestra imaginación, que me veis en todas partes tal cual soy... que... ¿no es cierto?
—Sí, replicó mordiéndose los labios el desairado esposo. Pero esta mañana no os creí yo ver de ese modo. En fin, parece que estáis aquí...
—¿Os estorbo, Vadillo? habladme con el corazón en la mano... ¿Queréis que salga efectivamente?...
—No, no es eso; es que me he vuelto loco, ya lo he dicho.
—Lindo humor traéis, esposo. Si hubierais perdido una amiga, si os persiguiese una voz que os gritase continuamente en vuestro pecho: Un crimen se ha cometido, y el criminal está impune...
—¿Qué decís? ¿ois vos esa voz?
—Os digo que no puedo desechar de mi imaginación que esa pobre condesa ha sido malamente muerta, y que una persona...
—¡Silencio! gritó con terror Vadillo.
—¡Silencio! ¿por qué? Esta noche lo he soñado.
—¿Qué habéis soñado?
—Tonterías; pero cuando está una afligida y prevenida por una idea... no sé qué efecto...
—Contad.
—Nada; soñé que había estado en la corte no sé por qué accidente, y que una dueña enlutada se había aparecido á pedir justicia...
—Proseguid, dijo temblando Vadillo.
—Sus facciones eran las de la condesa, su voz la misma: arrojéme á abrazarla y...
—¿Vos?
—Yo, y me rechazó: «Aparta, dijo; estoy manchada de sangre: ¿no la ves correr aún?». Un chorro entonces pareció salpicarme toda y temblé... Pero ¡Dios mío! vos tembláis también.
—No.
—Sí.
—Bien, sí... Estoy mortal, añadió para sí levantándose Vadillo: si habrá muerto efectivamente la condesa; ¿sería capaz el conde?... ¡Qué horror! Por otra parte, conociéndome, si lo hubiera hecho, me lo hubiera ocultado... yo le afeé... ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Yo he sido cómplice de un asesinato? La dueña enlutada no podía ser sino la sombra misma de la condesa. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Virgen santísima! gritó Vadillo fuera de sí.
—Esposo, ¿qué es eso? ¿sabéis que empiezo á temer que sea cierta la pérdida de vuestra razón?... Contadme por Dios...
—Nada; imposible; en dos palabras: ¿vos no habéis salido?
—¡Qué pregunta!
—¿No saldréis?
—¡Qué aire!
—Á Dios. Elvira, á Dios. No me esperéis hasta la noche. Asuntos de importancia me llaman al lado de don Enrique...
—¿Os vais? ¿Para eso habéis venido? Mirad...
—Bien sé que me queréis, que me sois fiel; soy un loco... pero... la condesa... ya sabéis... ahora dejadme por Dios, dejadme, vuestra presencia me hace mal.
Separóse al decir esto casi por fuerza de los brazos de su esposa, la cual quedó sollozando en un sillón con el paje al lado.
—Esto es mejor, dijo el paje. ¿Lloráis de veras?
—Jaime, sí. Hace una tantas cosas contra su voluntad; las consideraciones del mundo...
—¿Cómo? ¿Lo decís porque tenéis que agasajar y poner buen semblante á vuestro esposo?
—¿Qué dices, Jaime? preguntó lanzando un suspiro Elvira: ¿quién te ha dicho eso? es mentira, mentira. Yo amo á mi esposo; ni pudiera amar sino á él: ¡es tan bueno!
—Pues entonces, dijo el paje, no os entiendo: yo por mí, si no os viera llorar, ahora me reiría, soltaría la carcajada.
—¿Por qué? ¿Porque una circunstancia desgraciada le ha puesto en el caso bien triste de no poder distinguir la verdad del engaño? ¿Porque una mujer tenga mil veces que parecer artificiosa con su esposo, se habrá de deducir que éste es risible? Ah, Jaime, en todo engaño ten lástima siempre al engañador, que en realidad ése es el más risible, y ése es acaso realmente el engañado.
Después de esta pequeña reprimenda no osó hablar el pajecillo.
—Mira, Jaime, si va lejos ya Hernán Pérez.
—Tan lejos que no lo alcanzaría el mismo Hernando, que no hay corza que no alcance.
—Vamos, pues, paje; no hay tiempo que perder: ya tienes tus instrucciones. Prudencia y silencio... Como la muerte, ¿estás?
—Como la muerte, respondió el paje. Dichas estas palabras, Elvira y el paje pasaron á otra pieza, donde no nos es lícito penetrar con ellos.
Hernán Pérez entre tanto recorría con más terror que celos las inmensas galerías del alcázar: cada pisada suya le parecía las de la condesa. Hay muchos hombres valientes, temerarios contra un millar de enemigos armados en un día de batalla, y que perecen de terror ante la idea de un muerto y el recuerdo de una fantasma; que treparían los primeros á la brecha, y no subirían nunca solos una escalera oscura. En aquel momento Hernán Pérez era de éstos: el menor ruido que hubiera oído realmente, la menor sombra que se hubiera puesto delante de sus ojos le hubiera derribado por tierra sin sentido. Tal traía él la imaginación llena de ideas de muertes y apariciones, de sombras y emplazamientos. Llegó por fin á la cámara de don Enrique. Abrióla de golpe, y precipitóse dentro con los cabellos erizados y los ojos casi fuera del cráneo.
—¿Qué traes, Vadillo? dijo levantándose don Enrique al ver el desorden de su escudero.
—Es su sombra, señor, es su sombra, repuso Vadillo mirando atrás todavía, y procurando componer su semblante.
—¿Qué sombra? replicó don Enrique. Será la que hace vuestro cuerpo al pasar por delante de la lámpara de la galería.
—No es eso, señor, no es eso.
—¿Qué es, pues? explicaos.
—Mi esposa...
—¿Vuestra esposa es sombra? ¿Qué decís?
Temblaba ya Ferrus de pies á cabeza con la explicación del escudero, y no sabía don Enrique qué creer de semejante asombro.
—Digo, señor, concluyó Vadillo reponiéndose, que la dueña enlutada no es mi esposa, porque mi esposa está en su habitación, y mi esposa no ha salido ni saldrá...
—¿Estáis seguro?
—Como estoy vivo.
—¿Quién puede entonces?...
—No puede ser, dijo Ferrus, sino...
—La sombra de la condesa, concluyó Vadillo.
—¿La sombra de la condesa? ¡Ésa es buena! exclamó soltando una estrepitosa carcajada don Enrique de Villena.
—¿Te ríes, señor?
—¿No he de reirme, si habéis perdido entrambos la cabeza?
—Ah, señor, repuso Vadillo, veo que si yo contara un sueño... En fin, quiero que me hayáis referido de la condesa la pura verdad. ¿Estáis seguro de que el encargado de?...
—Deliráis, Vadillo, deliráis. Verdad es que ahora pierdo yo el hilo de mis observaciones, y no sé... Puesto que decís que estáis seguro de haber visto á vuestra esposa, confieso que no entiendo... De todos modos es necesario que vayáis á buscar al astrólogo: os aguarda para darme una razón que espero con ansia. ¿Os atreveríais, ya que vais, Vadillo, á averiguar quién sea la tapada? ¿Tendríais resolución?...
—Manda, señor, á tu escudero.
—Bien, pues yo confío á vuestro talento esa intriga: si el nigromántico lo sabe, os lo dirá: si no, ved de tocar siquiera esa sombra, que como la toquéis, y como ella ofrezca cuerpo y resistencia, añadió riéndose don Enrique, podéis estar seguro, no quiero yo decir de que sea vuestra esposa, pero á lo menos, sí, de que es persona; y á ser hombre como parece mujer...
—Entonces, señor, yo os prometo que mi espada hiciera pronto la experiencia. Perdona si el sobrecogimiento de una escena que he tenido tan rara, tan extraordinaria, me ha hecho parecer á tus ojos, señor...
—Vadillo, os he visto pelear; sé que tenéis valor. Conozco por otra parte á los hombres: son débiles y miserables en todo. Una preocupación es más fuerte que cien ballesteros.
Iba á despedirse el escudero para la cámara del astrólogo, donde le esperaban acontecimientos más extraordinarios cien veces que los pasados; pero don Enrique le detuvo para dar lugar, lo uno á las intrigas que debía preparar el nigromante, y lo otro porque entonces que en realidad le engañaba, una voz interior le gritaba que debía tratarle con más amistad y consideración que nunca. No debía faltarles tampoco qué hablar desde que don Enrique era maestre, desde que iba á ser Hernán Pérez caballero, y desde que el singular duelo de la mañana había venido á complicar tan extraordinariamente los negocios y los intereses de los principales personajes de nuestra verídica historia.
CAPÍTULO XIX
Y después de haber propuesto
Su intento y sus pretensiones
Á los de guerra y estado
Que atento le escuchan y oyen,
En confuso conferir
Se oye un susurro discorde,
Que sala y palacio asorda
La diversidad de voces.
Rom. de Bernardo del Carpio
Cosa indudable es que don Enrique de Villena, una vez adoptadas sus ambiciosas ideas de elevación, no perdonaba medio alguno de llevarlas á cabo, ni daba un pronto reposo á su imaginación, buscando trazas para asegurarlas. El alto puesto que anhelaba era sin embargo bastante apetecible para que se le ofreciesen naturalmente en el camino de sus intrigas temibles maquinaciones de sus enemigos y poderosos contendedores. No habrá olvidado el lector tan pronto, si es que ha llegado á tomar alguna afición á los sucesos que le vamos con desaliñada pluma enarrando, aquel don Luis de Guzmán, que paseaba el salón de la corte en la mañana de este mismo día hablando con el famoso coronista Pedro López de Ayala. Si no ha olvidado á aquel caballero, y si recuerda el diálogo en que se le presentamos por primera vez, tendrá presente también que el coronista le había designado como sucesor probable de su tío don Gonzalo de Guzmán, último maestre de Calatrava. Llamábanle efectivamente á este alto puesto, en primer lugar su parentesco con el difunto, su vida ejemplar é irreprensible conducta, el título de comendador de la orden, y la confianza que inspiraba á los más de los caballeros. Era generalmente querido, y en realidad más digno del maestrazgo que don Enrique de Villena, en aquella época, sobre todo, en que el valor solía suplir todas las demás calidades: teníale don Luis en alto grado, y había dado de él repetidísimas y brillantes pruebas en las guerras de Portugal y de Granada, al paso que don Enrique se podía sospechar fundadamente que no era su virtud favorita, pues nadie recordaba haberle visto jamás en ningún trance de armas. Había probado además don Luis que conocía los deberes todos de buen caballero en las diversas justas y torneos en que había sido mantenedor ó aventurero; sabía manejar en todas ocasiones con singular gracia un caballo, rompía una lanza con bizarría, acometía con denuedo en la carrera, corría parejas con extrema donosura, cogía sortijas con destreza, y disparaba cañas con notable inteligencia. Don Enrique, por el contrario, empleaba todo su fuego en semejantes circunstancias en hacer una trova muy pulida y altisonante, en que cantaba las hazañas ajenas, á falta de las propias. Pero era el mal que en la corte de don Enrique no habían obtenido todavía las trovas aquel grado de estima que en reinados posteriores llegaron á alcanzar; cosa en verdad que no dejaba de ser justa, si se atiende á que las trovas servían sólo para matar el fastidio momentáneamente en un banquete de damas y cortesanos, al paso que una lanza bien manejada derribaba á un enemigo; y en aquellos tiempos belicosos eran más de temer los enemigos que el fastidio.
Las intrigas de don Enrique habían impedido que este mancebo generoso supiese á debido tiempo la infausta nueva de la muerte de su tío. La primera noticia que de ella tuvo fué la que en pública corte recibió, y en el primer momento la sorpresa de no haber sido de ella avisado, circunstancia que no acertaba á explicarse á sí mismo fácilmente, y el dolor le embargaron toda facultad de pensar y abrazar un partido prontamente. Sacóle empero de su letargo la elección que hizo el rey de su pariente para suceder en el maestrazgo, é indignóle aún más que semejante nombramiento la bajeza con que se adelantaron varios caballeros de su orden á proclamar casi tumultuosamente al conde. Mal podía sin embargo en aquella circunstancia manifestar su agravio, ni menos oponerse á la dicha de su competidor. Aunque lo hubiera intentado, hubiérale sido muy difícil pronunciar una sola palabra, porque debemos añadir á lo que de su carácter llevamos manifestado, que tenía tanto don Luis de cortesano, como don Enrique de valiente. Todos sus conocimientos estaban reducidos á los de un caballero de aquellos tiempos: habíanle enseñado en verdad á leer y escribir, merced á la clase elevada á que pertenecía; pero cuando no tenía olvidado él mismo que poseía tan peregrinas habilidades, que era la mayor parte del tiempo, no comprendía por qué se habrían empeñado sus padres en hacerle perder algunos años en aquellos profundísimos estudios, que no le podían ayudar, decía, á rescatar una espuela ni el guante de su dama en un paso honroso. ¿Qué cota por débil que fuera, qué almete por mal templado había cedido nunca á la lectura de un pergamino por bien dictado que estuviese, ó al rimado de una trova por armoniosa que sonase? Despreciaba asimismo las galas del decir, y el elegante artificio de la oratoria, porque solía repetir que él llevaba la persuasión en la punta de su lanza; y efectivamente había convencido con ella á más Moros que los misioneros que iban continuamente á Granada; éstos no solían sacar otro fruto de su peregrinación cristiana que la palma del martirio, la cual podía ser muy santa y buena para su alma; pero no daba un solo súbdito á la corona de Castilla, sino antes se lo quitaba. Bien se ve por este ligero bosquejo que era don Luis hombre positivo, y que no hubiera hecho mal papel en el siglo XIX. En esta candorosa ignorancia y en la fuerza de su brazo consistía su popularidad, porque entonces como ahora se pagaba y paga la multitud de las cualidades que le son más análogas, y que le es más fácil tener: en ellas tomaba su origen el carácter impetuoso y poco ó nada flexible de don Luis; cuando oyó la elección que había hecho el rey Doliente, miró á una y otra parte todo asombrado, como si no pudiese ser cierta una cosa que no le agradaba, enrojecióse su rostro, cerró los puños con notable cólera é indignación, miró en seguida al rey, miró al conde de Cangas, miró á los caballeros calatravos que le proclamaban, encogióse de hombros, y sin proferir una sola palabra salióse determinadamente de la corte; acción que en otras circunstancias menos interesantes hubiera llamado extraordinariamente la atención de los circunstantes. Nadie sin embargo la notó, y el ofendido caballero pudo entregarse libremente al desahogo de su mal reprimida indignación. Hubiera él dado su mejor arnés y su mejor caballo por haber sabido el golpe que le esperaba en el momento aquel en que la acusadora de su rival había apostrofado á los caballeros presentes en favor de su demanda. No hubiera sido Macías entonces el que se hubiera llevado el honor de salir por la belleza; porque es de advertir que la acusación, que, como á todos, le había parecido inverosímil en el instante de oírla, comenzó á tomar en su fantasía todos los visos no sólo de verosímil, sino de probable, y hasta de cierta desde el punto en que se vió suplantado por el que era objeto de la querella. «Es evidente, dijo para sí, que don Enrique es un fementido: mientras más lo pienso, más me convenzo de su iniquidad. ¡Felonía! ¡matar á una mujer!!!». Desde que hizo este raciocinio hasta el día de su muerte, don Luis de Guzmán no pudo admitir jamás suposición alguna que no fuese en apoyo de esta opinión: era evidente para él que don Enrique había matado á su esposa, y aunque la hubiera vuelto á ver de nuevo buena y sana, cosa que no sabremos decir si era fácil ya que sucediese, hubiera dudado primero de sus propios ojos que del delito de don Enrique. Así juzgan los hombres, y los hombres exaltados sobre todo.
Llegado don Luis á su casa, llamó á su escudero, y le dió el encargo de convocar á los caballeros de Calatrava en quien más confianza tenía, y que no habían asistido á la corte de aquel día. Mientras que el escudero partió á desempeñar su delicada comisión, quedó don Luis paseando á lo largo su habitación, y maquinando cómo podría asir la dignidad que acababa de deslizársele entre las manos.
De allí á poco comenzaron á ir llegando los caballeros de Calatrava, llamados unos, de su propia voluntad otros, al saber la escandalosa novedad que en la orden ocurría. Varios entre ellos tenían el mismo motivo de agravio que don Luis, es decir, que no podían alegar más causa de su enemistad á don Enrique que el haber éste conseguido lo que ellos para sí deseaban: estos tales se hubieran reunido igualmente con Villena contra don Luis si hubiera sido éste el afortunado. El amor propio ofendido y el deseo de derribar al poseedor eran su único objeto al reunirse, cosa que sucede comúnmente en los más de los conspiradores y descontentos. No sucedió, pues, en esta ocasión sino lo que suele siempre suceder en casos semejantes; pero había una circunstancia favorable para ellos esta vez: á saber, que Villena prestaba mucho campo á la oposición, de suerte que en realidad no eran sus enemigos los que tenían ventaja, sino él el desaventajado.
No tardaron mucho tiempo en hallarse reunidos en la casa posada de don Luis de Guzmán más de veinte entre caballeros y comendadores de Calatrava. Seguía paseándose en silencio el desairado candidato, y solamente una seca inclinación de cabeza, y un ademán más seco todavía, con que hacía seña de ofrecer asiento, marcaban de cuando en cuando la entrada de un nuevo concurrente. Al ver tan distraído y preocupado al dueño de la casa, sentábase cada cual, y esperaba con humilde resignación á que tuviese por conveniente romper tan incómodo silencio: lo más á que se extendía el atrevimiento en tan solemne reunión, era á preguntar en voz imperceptible alguno á su compañero y adlátere el objeto de aquella misteriosa asamblea. Luego que le pareció á don Luis suficiente el número de sus oyentes, soltó la rienda á su desnuda elocuencia con toda la seguridad de un hombre que está muy lejos de imaginar que puedan reprochársele las frases que usa, ó vituperársele los vocablos que para expresar sus ideas adopta.
—¡Por Santiago, caballeros de Calatrava! exclamó: que hoy luce un día bien triste para nuestra orden. Día de oprobio, día que no saldrá fácilmente de vuestra memoria. Un rey débil, un rey enfermo, un rey en cuya mano estaría mejor la rueca de una dueña que la lanza de un caballero, osa atropellar vuestros fueros y privilegios, y ¡voto va! que no luce bien la cruz roja en un pecho dispuesto á sufrir humillaciones. ¿Sabéis lo que es honor, caballeros de Calatrava? se interrumpió bruscamente á sí mismo el comendador, parándose de pronto en su paseo, como hombre que ha perdido el hilo de un largo discurso que trae mal estudiado, y que se decide por fin á reasumir en una sola frase enérgica y terminante todos sus cargos y argumentaciones: ¿sabéis lo que es honor, caballeros de Calatrava?
Á la primera enunciación de este inesperado apóstrofe, dejóse percibir sordo murmullo de desaprobación en el auditorio, y poniéndose en pie uno de sus principales oyentes:
—Duda es ésa, señor don Luis de Guzmán, que cada uno de los que aquí miráis reunidos á vuestro llamamiento sabría desvanecer bien presto, á no ser vos el que la anunciáis. Ignoro los motivos que podéis tener para haber llegado á darle entrada en vuestro corazón, pero yo en mi nombre, y en el de todos los presentes, os ruego que os sirváis exponernos brevemente la causa que á esta convocación os mueve, y á declarar qué habéis visto en los caballeros de la orden que provoque tan alta indignación. Espada tenemos todos, y en cuanto al valor, no será ésta la primera ocasión en que probemos que no estamos acostumbrados á sufrir ultrajes impunemente.
—Nunca dudé, contestó don Luis con la satisfacción de un hombre que ve abundar á sus oyentes en sus mismas opiniones, nunca dudé de vuestro valor. Como comendador más antiguo, como pariente de nuestro buen maestre, que acaba de fallecer en Calatrava, he creído tener derecho á convocaros cuando se trata de los altos intereses de la orden, y de evitar acaso su ruina.
—¿Su ruina? exclamaron á una todos los caballeros.
—Su ruina, sí, repitió Guzmán, su ruina. Hoy ha llevado un golpe que tarde ó nunca se reparará. Varios de vosotros lo habéis oído. Escuchadlo los demás con espanto y con indignación. No se espera ya á que los caballeros de la orden, reunidos en su capítulo, pongan á su cabeza, movidos de justas razones, al caballero más perfecto, más experimentado en las lides, más prudente en los consejos. No: un rey por sí y ante sí, atropellando nuestros más sagrados derechos, eleva á la dignidad que mil hechos heroicos, que una larga vida de virtudes bastan apenas á merecer, ¿á quién? á un hombre cuyo penacho no sirvió nunca de guía á los valientes en una batalla, á un hombre que nunca dió el primero ni oyó resonar en torno suyo el grito de ¡Santiago cierra España! Á un hombre que ha trocado la lanza por la pluma, cuyo campo de batalla es una mesa cubierta de inútiles pergaminos, que no ha vencido nunca sino las necias dificultades de lo que llama él rimas. Á un hombre, caballeros, de quien con fundada razón se dice que tiene inteligencia con los espíritus, y que...
—¡Qué horror!
—Oidlo, sí, con escándalo, nobles compañeros. Ése es el hombre que nos destinan por maestre: un afeminado cortesano, un intrigante ambicioso, un rimador, un nigromante en fin...
—¡Fuera, fuera! gritaron á una los caballeros, cuyos ánimos iba templando ya el calor comunicativo y la natural elocuencia de la pasión que dominaba en el comendador.
—¿Lo sufriremos? continuó don Luis, como una piedra que caída de una altura desmesurada sigue rodando largo espacio después de llegada al llano, ¿lo sufriremos? Yo por mí, nobles caballeros, juro á Santiago de no dormir desnudo y de no comer pan á la mesa mientras que vea la orden á su cabeza al... al... ¿para qué callarlo en fin? al asesino de su esposa.
No necesitaban ni tanto ya los caballeros reunidos en casa del comendador para acabar de perder la poca sangre fría que les quedaba. La última frase del orador produjo el efecto de una chispa lanzada en medio de un montón de estopa seca. Veíase lucir en todos los semblantes la misma animación que en el de Guzmán; todos provocaban y excitaban mutuamente su cólera con la relación de las ofensas que en aquel momento se figuraba cada cual haber recibido ó del rey Doliente ó del intruso maestre. Inútil es decir si se recapitularon largamente las calidades del conde de Cangas. Había quien lo había visto horas enteras evocando los manes de los difuntos en un cementerio en compañía del judío Abenzarsal; había quien le había visto sepultarse en una larga redoma y desaparecer á los ojos de los circunstantes; y hasta se llegaba á probar que había estado en más de una ocasión en dos partes opuestas á un mismo tiempo: lo cual, como convinieron todos, no podía obrarse sino por arte del demonio, si se atiende á que cada uno no suele tener en el mundo más que un cuerpo; ahora bien, era cosa sabida que el demonio no hace nada de balde, circunstancia que podría hacerle pasar perfectamente por escribano ó agente de negocios; de lo cual era forzoso inferir que don Enrique le habría vendido su alma, si bien no había entre tanto ilustre caballero quien osase descifrar las ventajas que al demonio le podían resultar de poseer el alma de don Enrique de Villena, tanto más cuanto que á todo tirar no era realmente de las mejores.
Quedó sin embargo establecido por punto general: primero, que don Enrique había sido, era y sería eternamente nigromante por pacto con el demonio; segundo, que había sido asimismo, era y sería eternamente el asesino de su esposa, lo cual había de ser irremisiblemente cierto, mas que no hubiese tal demonio, ni tal esposa muerta, cosas para nosotros, si hemos de decir verdad, igualmente dudosas.
Resueltos estos dos puntos principales, era consecuencia forzosa el resolver la deposición del maestre: esto en verdad ofrecía más dificultades, pero la imaginación las superó; convínose primeramente en que don Luis de Guzmán quedaría en la corte para exponer reverentemente á su alteza que los estatutos de la orden de Calatrava determinaban que sólo pudiese ser nombrado el maestre por elección de los caballeros y comendadores reunidos en capítulo; y que para ganar tiempo mientras se recababa de su alteza la revocación del nombramiento ilegal, saldrían varios de los caballeros presentes en calidad de emisarios á los diversos puntos donde había fortalezas y castillos de la orden para evitar que se reconociese y prestase juramento de pleito homenaje al conde de Cangas. Uno sobre todo debía ir y declarar al clavero de la orden residente en Calatrava que era la voluntad del mayor número de los caballeros que siguiese desempeñando las funciones de maestre, lo cual además le suplicaban rendidamente por el bien de todos, mientras que se procedía á la elección del que hubiese de ser válida y legalmente nombrado.
No perdieron, pues, instantes preciosos, y antes de anochecer los caballeros habían hecho voto solemne de llevar adelante su empresa, mientras que estuviese pegado el puño de la espada á la hoja, y mientras que corriese una gota de sangre por las venas: todos habían ofrecido al santo de su devoción el don que les parecía más grato á sus ojos, y se habían separado, después de conferidos poderes á cada uno de los emisarios en nombre de aquella junta, que llamaron capítulo extraordinario, y al cual supusieron igual poder que al capítulo general, en vista de la urgencia y apuro de las circunstancias en que se había celebrado.
Verdad es que tampoco se había dormido don Enrique de Villena, á quien no se le ocultaba que podría encontrar una enérgica oposición en los caballeros; antes disponiendo de varios de los que se habían pronunciado en su favor en la corte de aquella mañana, tomó igual providencia enviando á Calatrava, á Alhama y á otros puntos emisarios que le dieran á reconocer, que animasen á los tibios con promesas de adelantamiento, ganasen á los descontentos con plazas efectivas de comendadores, y enardeciesen á los amigos para que no pudiese en ningún caso ser contraria á la elección de su alteza la elección del capítulo, que bien sabía él que se necesitaba para la tranquila é indisputable posesión del apetecido maestrazgo.
Dejemos empero á los emisarios de uno y otro corriendo los campos de Castilla, y llevando de una parte á otra órdenes contradictorias, y volvamos á seguir el hilo de las maquinaciones, de que era teatro la parte del alcázar destinada á las habitaciones de su alteza y de sus más allegados servidores.
CAPÍTULO XX
Quien esto vos aconseja,
Vuestra honra no quería.
Rom. de don García
Empezaba á anochecer cuando el astrólogo Abrahem Abenzarsal, paseándose en su laboratorio con notable inquietud, parecía esperar á alguna persona, ó el éxito por lo menos de alguna de las muchas intrigas en que le tenía embarcado á la sazón su desmedida avaricia.
—¿Si habré cometido una imprudencia? decía. ¡Oh! á mi edad sería imperdonable. ¡¡Los motivos que me expuso fueron tan poderosos y tantas sus lágrimas, tan eficaces sus ruegos!! No sé qué principio de condescendencia hay en el corazón del hombre, el más duro, el más empedernido, el más viejo, para con una mujer, y una mujer hermosa y joven que suplica... pero... alguien viene... ¡Ah! No cometí imprudencia alguna.—Señora, me halláis en la mayor inquietud... estaba anocheciendo ya...
—Os di mi palabra, respondió la dama, que entraba, é hicisteis mal en estar con cuidado. Pero os advierto lo mismo que esta mañana os advertí: bien conocéis cuán difícil es que en mi posición pueda continuar semejante enredo. Os he dicho ya que las razones que á ocultarme me obligaron nada tenían de común con su alteza; muchas veces no se puede hacer una obra buena á cara descubierta; las posiciones de la vida... En fin, ya me habéis comprendido. Espero, pues, que si no habéis hablado á su alteza, lo habléis cuanto antes os sea posible.
—Esta misma noche, señora, podréis retiraros. Una vez que sepa su alteza quién sois, ¿qué inconveniente podrá haber?...
—¡Qué agradecida debo estaros, sabio Abrahem!
—Vuestra estancia aquí es ahora indispensable. Su alteza pudiera querer veros, y sus órdenes han sido tan terminantes... Por otra parte no es de extrañar que quiera tomar con la acusadora de su querido pariente todas las medidas que la prudencia indica, sobre todo cuando no presenta acusación tan atrevida vislumbre alguno de verosimilitud.
—¿Vos también, Abenzarsal, vos que conocéis á don Enrique de Villena?...
—Porque le conozco, señora, no le creí nunca capaz de un...
—De todo, Abrahem, de todo.
—Veo que os hace obrar, señora, algún resentimiento particular... ¡Oh! sabido es que el conde fué siempre aficionado en demasía á las bellas...
—De nada le hubiera servido esa afición para conmigo...
—Conozco vuestra virtud... pero pudiera muy bien...
—¿Sí? ¿y qué? ¿para qué negarlo? largo tiempo duró su persecución; pero si alguno de los dos puede aborrecer al otro por ese recuerdo, él es y no yo...
—Lo sé, señora.
—Por lo que á mí hace, me ha movido la amistad que á la condesa, mi señora, siempre he profesado, y el cielo; no otras consideraciones. Las que puedan moverle á él contra mí me interesan poco, Abenzarsal. Hállome bajo la protección de las leyes, bajo la salvaguardia de mi estado, bajo la custodia ahora de su alteza mismo.
—Decís bien, hermosa dama. Perdonadme si no entro ahora mismo á hablar por vos á su alteza; pero tengo para mí que ha de estar en su cámara todavía su doncel favorito, cuya larga ausencia no podía menos de dar lugar ahora á largas entrevistas. ¿Conocéis supongo al doncel Macías? ¡Pero qué distracción! es vuestro defensor.
—Sin embargo, respondió la dueña cubriéndose el rostro con su abanico morisco, nunca le hablé...
—¿No?
—Ya visteis que su presencia en la corte no tenía indicio de cosa premeditada de consuno. La casualidad sin duda le trajo... á tiempo que ningún caballero de la corte de don Enrique quería arrostrar por una débil mujer el poder del insolente Villena.
—Y su bizarro valor fué en ese caso y su cortesanía lo que le obligó á...
—¡Oh! eso no es nada. Más es de admirar la cobardía de los demás caballeros que su valor. Ése es deber...
—No seréis vos sin embargo, prosiguió el astuto astrólogo, la que negaréis al único caballero que os ha librado del riesgo en que estábais las brillantes y peregrinas dotes que Castilla toda le concede...
—Ciertamente, no. ¿Sabéis qué hora es?
—Aquí tenéis el arenero... Un solo defecto suelen encontrarle...
—¿Á quién?
—Al doncel.
—¿Y cuál? repuso la dama afectando una indiferencia que por cierto no sentía...
—Nada; dícese que nunca se le ha conocido dama alguna: sin embargo, tiene ya edad de enamorarse...
—¿Quién sabe si lo estará realmente? ¿Es forzoso decir á gritos?...
—No; pero sabéis que á su edad es raro el caballero que no puede llevar un mal lazo, una banda, prenda del amor de su dama. Hasta es desdoro. Como no sea que adore en secreto á alguna belleza cuyo mote no pueda llevar...
—¿Qué decís?
—Ó es eso, señora, ó es que el doncel no es sensible, sino al aguijón de la gloria. En ese caso su galantería sería pura caballerosidad...
—¿Estará ya solo su alteza? interrumpió la agitada dama.
—Paréceme, señora, que tenéis interés en interrumpir la conversación del doncel... ¿Sería yo indiscreto al hablar delante de vos?...
—Oh, no, no, nada de eso; hablad de él como pudierais de cualquiera otro. Sólo me relaciona con él el vínculo de la gratitud que recientemente me ha merecido.
—Sólo una cosa tenía que añadir, en el supuesto de que esta conversación no os incomode... ¿Estáis inquieta?
—No, os he dicho que no: estoy tranquila. ¿Por qué no habría de estarlo?
—Digo, pues, que acaso ahora con ser vuestro caballero...
—¡Mi caballero!
—Forzosamente ha de serlo.
—Sí, mi campeón, repuso la enlutada con un suspiro escapado del pecho á su pesar.
—Como queráis. La posición en que está para con vos, ese misterio que os empeñáis en guardar, la compasión que inspiráis, y el entusiasmo al mismo tiempo á que inclina el hermoso rasgo de amistad que habéis...
—No me lisonjeéis, y acabad.
—Todo eso, pues, hará nacer acaso en su imaginación ideas que no habrá tenido nunca tal vez, y en su corazón una afición...
—Perdonad, Abrahem, si os interrumpo; pero admiro vuestra penetración. ¿Habéis conocido antes en mi rostro que me sentía incomodada?...
—¿Será cierto? esta conversación...
—No, la conversación no, repuso la dama reclinándose; pero la agitación del día, la precipitación además con que he tenido que andar no me ha permitido tomar alimento, y siento una debilidad...
—¿No os decía yo? La palidez de vuestro rostro me lo anunciaba. Ved qué necio, yo creía que era la conversación... ¡Qué tontería! Ya veo que el día que habéis traído hoy es más que suficiente motivo...
—Decís bien.
—Ya sabéis que mi primera ciencia es la de curar; si queréis seguir mis consejos...
—¡Ah! ¿Creéis que esta debilidad?...
—¿Queréis tomar algún alimento?
—Me será imposible...
—Verdad es... Si quisierais una bebida cordial que os diese fuerzas...
—¿Tenéis?...
—Yo mismo os la prepararía... Os daría descanso y fuerzas...
—Como gustéis, Abrahem.
—La tomaréis, dijo el físico preparando unas yerbas, y podréis descansar un rato aquí mientras que paso á hablar á su alteza.
—Pero en vuestra ausencia...
—No temáis: nadie viene á mi cámara: el estudio y el retiro en que vivo alejan de mí las visitas que pudieran turbar vuestro reposo. Ningún sitio del palacio más seguro que éste; su inmediación á la cámara del rey, las muchas guardias que custodian las próximas galerías...
—No, no es que tema ningún peligro; pero...
—Perded miedo; por otra parte tenéis vuestro antifaz, que puede en todo caso guardaros de la indiscreción, y vuestras dos dueñas esperan vuestras órdenes en mi antecámara. Á la menor voz, ellas y los ballesteros...
—Decís bien.
—Perdonad si vuestros mismos intereses me obligan á dejaros sola en mi habitación; mi ausencia será corta.
—Eso deseo.
—Tomad, pues, señora, esa bebida.
—¿Pero me respondéis de su eficacia?...
—Estoy seguro de ella: apuradla.
—Ya veis si tengo confianza en el físico de su alteza; ni una sola gota he dejado.
—Obrasteis como prudente, repuso el empírico con una alegría que disimulaban mal sus ojos llenos de fuego y de esperanza. Reclinaos ahora un momento.
—No, no hay necesidad.
—Presto conoceréis sus efectos: es maravillosa la virtud de la bebida: al principio parecerá quitaros las fuerzas; pero después... y obra con una rapidez...
—Sí; paréceme que siento como pesadez...
—¿No os dije? acaso os hará dormir...
—¡Dormir, Dios mío! y aquí... ¡Abrahem!!!
—¡Señora!
—¡Santo Dios! ¿por qué no me lo habéis dicho?
—¡Oh! será un momento... una hora.
—¡Una hora, Abrahem! Quiero marcharme... me pondré el antifaz...
—¿Qué decís? si queréis, mi lecho...
—¡Dios mío! ¡Dios mío!... ¡Qué sueño, Abrahem, qué pesadez! es de plomo mi cabeza... Abrahem, Abrah... ah.... Bien.
Apenas tuvo fuerza para pronunciar esta última palabra, á la cual no podía ya dar la enlutada sentido alguno. Inclinóse su cabeza, dejó caer su brazo lánguidamente, abrióse su mano, y desprendióse de ella sobre su sitial el hermoso pañuelo que bordado de su propia mano traía, y en que lucía su nombre con gruesos caracteres góticos de oro y seda artificiosamente mezclados. El más profundo letargo había sobrecogido á la enlutada: y el astrólogo conocía efectivamente muy bien el maravilloso efecto de la narcótica bebida.